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Cuento Luna Pitbull Final

Cuento sobre una perrita

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Cuento sobre una perrita

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Luna, la perrita pitbull

En una pequeña casa vivía una familia muy unida: Marcel, Larissa, y sus tres hijos: Isabella,
Celeste y Matthew.

A los niños les encantaban los animales y soñaban con tener un perrito que les acompañara
a jugar y dormir.

Marcel también quería uno, pero Larissa no estaba de acuerdo.

—No, ya tuvimos un perrito antes y fue muy triste cuando se fue. No quiero pasar por eso
otra vez —decía Larissa con un suspiro.

Los niños insistían todos los días.

—Por favor, mamá, ¡nos portaremos bien! —decía Isabella.

—Yo lo cuidaré, le daré agua y comida —prometía Matthew.

Celeste, con sus pocas palabras, decía emocionada:

—¡Pe… perri-tooo, guau guau!

Marcel, con paciencia, hablaba con Larissa cada noche.

—Amor, los niños serían tan felices… y un perrito puede traer alegría a la casa. No será lo
mismo que antes, démosle una oportunidad.

Un fin de semana, Darío, el hermano de Larissa, llamó por teléfono.

—Tengo una cachorrita pitbull de dos meses que necesita una familia. Es cariñosa y muy
noble. ¿La quieren?

Larissa dudó, pero al ver la ilusión en los ojos de su esposo y recordar los ruegos de Isabella,
Celeste y Matthew, aceptó con un nudo en la garganta.

—Está bien… pero no les diremos nada todavía. Será una sorpresa.
Al día siguiente, Larissa fue en el carro a recoger a la perrita. Cuando la vio por primera vez,
su corazón se enterneció.

La cachorrita era pequeña y juguetona, con el pelaje negro y manchitas blancas en el pecho
y las patas.

Su nariz era blanca, salpicada de manchitas negras que la hacían ver única y muy tierna.
Movía la cola sin parar, como si supiera que estaba a punto de tener un hogar.

Darío sonrió mientras la entregaba y dijo con orgullo:

—Esta perrita es hija de mi perro, y se parece muchísimo a él. Es como una copia en
miniatura. Estoy seguro de que en tu casa será muy feliz.

—Bueno, pequeña, parece que ya eres parte de la familia —dijo Larissa sonriendo por
primera vez.

De regreso a casa, Isabella, Celeste y Matthew dormían profundamente en su cama. Era de


madrugada, y la casa estaba en silencio.

Larissa, con cuidado, puso a la perrita sobre las cobijas, justo en medio de los tres
hermanos. La cachorrita se acurrucó y pronto se quedó dormida junto a ellos.

Cuando salió el sol, Isabella abrió los ojos primero. Sintió algo tibio moviéndose a su lado y,
al mirar, no pudo creerlo.

—¡Matthew, despierta! —gritó con emoción.

Matthew abrió los ojos y vio a la cachorrita lamiéndole la mano. Los dos comenzaron a reír y
abrazarla.

En ese momento, Celeste se movió y abrió los ojitos. Miró a la perrita y, con una gran
sonrisa, señaló diciendo con su vocecita tierna:

—¡Guau guau, Luna!


Los tres comenzaron a reír y aplaudir. Isabella y Matthew gritaban de alegría:

—¡Es nuestra! ¡Tenemos una perrita!

En ese instante, la habitación se llenó de risas y gritos de felicidad. Isabella y Matthew


corrieron por toda la casa con Luna en brazos,

mientras Celeste saltaba detrás de ellos con sus pasitos rápidos, riéndose a carcajadas. La
perrita ladraba y movía la cola, contagiando su felicidad a todos.

Marcel y Larissa miraban desde la puerta. Marcel sonreía orgulloso y Larissa, con los ojos
llenos de lágrimas, comprendió algo importante:

aunque había tenido miedo de sufrir otra vez, no podía negar la felicidad de sus hijos.

Esa misma mañana, Larissa tomó el teléfono y llamó a su hermano Darío para contarle lo
sucedido:

—No te imaginas la reacción de los niños, hermano. Se despertaron sorprendidos,


abrazaron a la perrita y hasta lloraron de felicidad. Gracias por este regalo.

Darío rió emocionado al otro lado de la línea.

—Me alegra tanto que estén felices. Esa perrita es especial, y sé que con ustedes tendrá la
vida que merece.

Desde entonces, todos los días Larissa le enviaba fotos de Luna: jugando en el jardín,
durmiendo en su camita, comiendo de su taza nueva o saltando alrededor de los niños.

Darío, orgulloso, las miraba con una sonrisa y sentía que, de algún modo, seguía cerca de su
sobrina perruna.

Ese mismo día, Marcel explicó a los niños que tener una mascota también significaba
cuidarla con responsabilidad.

—Primero debemos llevarla al veterinario —dijo con seriedad—. Luna necesita ser
desparasitada y vacunada, así crecerá sana y fuerte.
Los niños asintieron con entusiasmo.

—¡Sí, papá! Nosotros la cuidaremos —respondieron Isabella y Matthew al mismo tiempo.

Celeste aplaudió y repitió feliz:

—¡Lu-na guau guau!

Después de la visita al veterinario, la familia fue a comprar todo lo que Luna necesitaba: una
taza especial para su agua y comida,

un collar con un dije brillante que llevaba su nombre, una cama suave y acolchada para que
durmiera cómoda y un costal de purina para alimentarla bien.

Los niños estaban felices ayudando a elegir cada cosa. Isabella probaba los collares,
Matthew escogió la camita y Celeste abrazaba el costal de comida repitiendo entre risas:

—¡Es pa’ Lu-na!

Con el paso de los días, la familia aprendió a organizarse. Isabella ayudaba a cepillar el
pelaje de Luna y a limpiar su camita.

Matthew se encargaba de darle comida y agua, y también barría el piso cuando la cachorrita
dejaba migajas de croquetas.

Celeste, aunque era pequeña, ayudaba recogiendo sus juguetes y aplaudía feliz cuando veía
todo limpio.

Larissa, al ver a sus hijos colaborar, sonreía satisfecha. La casa no solo estaba llena de juegos
y risas, también de responsabilidad y trabajo en equipo.

Luna, agradecida, corría de un lado a otro, moviendo la cola, como si entendiera que era
parte de esa familia.

Ese día fue inolvidable. La casa se llenó de juegos, risas y ladridos.

Los niños corrían, saltaban y gritaban de felicidad con Luna, mientras Larissa, aunque al
principio dudaba, sentía que el hogar estaba más vivo que nunca.
Con el tiempo, Luna se convirtió en parte inseparable de la familia. Ya no era solo una
perrita: era la amiga fiel, la guardiana y el corazón que unía a todos.

Moraleja: Tener una mascota es una alegría, pero también una responsabilidad. Con amor,
cuidados y trabajo en equipo, los animales se convierten en parte de la familia.

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