LEYENDA DEL QUEBRACHO COLORADO
Dicen que dicen... que el joven Puca Sonko,
desde su más tierna infancia, había conocido la vida
del monte, sabía todo lo que allí acontecía, él vivía
feliz junto a su tribu y los días pasaban tranquilos.
Todos en la comunidad contribuían con el quehacer
diario.
Después de un duro invierno, el padre de Puca
Sonko de enfermó y él fue nombrado cacique.
Todos participaron de la ceremonia alegres,
porque conocían muy bien a quien ahora los dirigía,
sabían que no los defraudaría.
Cierto día, cuando todos se disponían a descansar, llegó un chasqui, las noticias no eran buenas.
Un grupo aguerrido estaba avanzando sobre tierras vecinas, ellos se apropiaban de cuantas
posiciones hallaban a su paso.
Puca Sonko dio la orden de descansar y antes que llagara la madrugada armó grupos encargados
de defender a su gente.
El plan era que algunos cuidasen la comunidad y los demás interceptasen al enemigo antes de llegar.
Por la tarde, Puca Sonko y un nutrido grupo partieron al encuentro del enemigo.
Ellos se internaron en el monte, el cacique demostraba astucia y coraje, y les daba valor a sus
hombres.
De repente el temido encuentro se produjo, la pelea era muy intensa, había muchos gritos, pero no
hubo bajas.
Después, se hizo silencio, ellos creyeron haber vencido al enemigo, pero fue una emboscada.
Cuando menos lo pensaron, otro grupo volvió al ataque, gracias a Puca Sonko otra vez lograron
dispersar a sus contendientes, él los había llevado a la victoria.
Al fin todo quedó en silencio, unos y otros juntaban a los heridos, algunos bastante lastimados, pero
no había noticias del cacique.
Lo hallaron al pie de un árbol robusto, sin vida y cuya sangre regaba las raíces.
El tronco absorbía la sangre de Puca Sonko tiñendo al árbol de rojo.
Ahora la sangre del cacique, convertida en sabia circulaba por el árbol para que nadie olvidase al
valeroso y fuerte Puca Sonko.
LEYENDA DEL CARPINCHO
Le dieron el mote de "El Rey del estero" y es el roedor
más grande del mundo.
Su hábitat preferido, los esteros del Iberá, en el
interior de la provincia de Corrientes en la Argentina.
Dicen que dicen...que cerca de los esteros y a orillas
del río, se asentaba un hombre fuerte y rudo, de piel
curtida y muy hábil mariscador. Su nombre era Martín
López.
Martín vivía junto a su mujer, una guaina dulce como
la miel, en un pobre tacurú de adobe y paja. Cerquita
del rancho Martín había construido un depósito
precario donde almacenaba cueros de yacarés y pieles de víboras, plumas de garza y otros enceres que luego
cargaba en su canoa y los llevaba a vender.
Con los productos que vendía él obtenía lo que llamaba los vicios, provisiones como harina, grasa, fideos,
yerba, azúcar y un poco de tabaco.
La pareja llevaba una vida solitaria y austera, pues los hijos ya grandes habían rumbeado para la ciudad en
busca de trabajo.
Cierto día, Martín cargó su canoa, se despidió de la patrona y allá se fue, llevaba cueros, plumas y una lista de
los comestibles que necesitaba.
Después de vender sus productos Martín quedaba unas horas con sus amigos para saborear unas copitas de
caña mientras compartían un partido de truco.
Ese día, se le hizo más tarde que de costumbre y volviendo a su rancho en la canoa cargada se desató una
fuerte tormenta, el viento arreciaba y dificultaba la visión, en el trayecto la canoa chocó con un embalsado y dio
una vuelta de campana.
Martín salió despedido y vaya a saber uno con que se golpeó, pero su cuerpo quedó enredado entre los
pajonales y murió ahogado.
Al caer la noche viendo que la hora pasaba y su marido no llegaba, su mujer se afligió mucho.
Entonces como tantas veces lo había hecho antes ella tomó el farol de kerosene y fue a buscarlo.
El viento era insoportable y la tormenta era cada vez más fuerte, antes de llegar a la orilla algo la hizo tropezar,
ella instintivamente soltó la lámpara que fue a dar justo contra el tronco de un sauce que pronto comenzó a
arder, se prendieron las malezas y los pajonales, el viento hizo lo suyo y pronto las llamas la alcanzaron.
Hasta pasada la media noche el viento siguió soplando, pero cuando los rayos de luz comenzaron a iluminar
el día, más allá de la tragedia la luz tiño la aurora y desde el agua surgieron dos roedores jamás vistos y se
dirigieron hacia el lugar del incendio, juntos recorrieron el espacio y ambos reunidos en pareja se adentraron
en el estero.
Los abuelos sabios dicen que Ñande Yara transformó las almas de la pareja en carpinchos, un animal de piel
gruesa y resistente, pero de una inusual fidelidad.
LEYENDA DEL PALO BORRACHO
Este árbol en forma de botella es original de la selva tropical y subtropical de Sudamérica.
Tiene la copa redonda y bellísimas flores blancas que con los días se transforman en rosadas.
Se lo denomina de diferentes formas: palo borracho, samohú, palo botella y palo rosado entre otros.
La particularidad de este raro árbol es que de joven su corteza es lisa y verde, pero al envejecer se vuelve
rugosa, se llena de espinas anchas en la base y finas y punzantes en la punta.
Dicen que dicen...que en ciertas tribus cercanas al río Pilcomayo, cuya denominación es río de pájaros en
lengua guaraní, a este árbol lo llaman "madre pegada a la tierra".
Cuentan que, en una antigua tribu de la selva, se destacaba una bella niña, a la cual todos los jóvenes de la
comunidad pretendían.
Sin embargo, ella estaba enamorada profundamente de un bravío guerrero, ambos vivían un apasionado
romance, hasta que cierto día, una tribu enemiga les declaró la guerra.
Ante la inminente contienda, el cacique reunió a su gente. Entre ellos estaba el guerrero amante de la joven,
que debió ser de la partida
Él junto a otros tantos, se marchó y ella quedó sola, no sin antes, prometerle amor eterno.
Los días y las noches se sucedían sin noticias, los guerreros no daban signos de vida, muchas lunas pasaron
hasta que conocieron la terrible verdad, ya no volverían.
A la joven le resultaba imposible apartar su corazón de quien tanto había amado.
Su corazón estaba partido y ya no podría amar a nadie más.
Si bien recibía todo tipo de halagos y proposiciones, ella se negó a todos.
Cuando no pudo más con su dolor, una tarde gris como su tristeza, dejó todo atrás y se internó en la selva.
Ella entristecida se dejó morir.
Así fue encontrada por unos cazadores que andaban por allí.
La muchacha yacía sin vida en medio de unos yuyales.
Alertados del suceso, decidieron llevar su cuerpo a la comunidad, al alzarla, entre llantos de congoja y
asombrados, notaron que de sus brazos nacían ramas y que su cabeza se doblaba hacia el tronco y de sus dedos
crecían bellísimas flores blancas.
Los hombres que, habían querido levantarla, salieron corrieron ante semejante acontecimiento hacia la aldea.
Días después un grupo quiso cerciorarse que los sucesos descriptos eran verdaderos y se internaron en la selva
al encuentro de lo que quedaba de la hermosa muchacha.
Solo se encontraron con un árbol vigoroso, cuyas flores blancas se habían tornado rosadas.
Cuentan los ancianos, que esas flores blancas eran las lágrimas de la joven y que se volvían rosadas debido a
la sangre derramada por su valiente guerrero.
LEYENDA: La Piedra Movediza
Era el principio de los tiempos. El Sol y la Luna eran marido y mujer: dos dioses gigantes, tan buenos y generosos como
enormes eran. El Sol era el dueño de todo el calor y la fuerza del mundo; tanto era su poder que de sólo extender los
brazos la tierra se inundaba de luz y de sus dedos prodigiosos brotaba el calor a raudales. Era el dueño absoluto de la vida
y de la muerte. Ella, la Luna, era blanca y hermosa. Dueña de la sabiduría y el silencio; de la paz y la dulzura. Ante su
presencia todo se aquietaba. Andando por la tierra crearon la llanura: una inmensa extensión que cubrieron de pastos y
de flores para hacerla más bella. Y la llanura era una lisa alfombra verde por donde los dioses paseaban con blandos pasos.
Luego crearon las lagunas donde el Sol y la Luna se bañaban después de sus largos paseos.
Pero los dioses se cansaron de estar solos: y poblaron de peces las aguas y de otros animales la tierra. ¡Qué felices se
sentían de verlos saltar y correr por sus dominios! Satisfechos de su obra decidieron regresar al cielo. Entonces fue cuando
pensaron que alguien debía cuidar esos preciosos campos: y crearon a sus hijos, los hombres. Ahora ya podían regresar.
Muy tristes se pusieron los hombres cuando supieron que sus amados padres los dejarían. Entonces el Sol les dijo:
-Nada debéis temer; ésta es vuestra tierra. Yo enviaré mi luz hasta
vosotros, todos los días. Y también mi calor para que la vida no acabe.
Y dijo la Luna:
-Nada debéis temer; yo iluminaré levemente las sombras de la noche y
velaré vuestro descanso.
Así pasó el tiempo. Los días y las noches. Era el tiempo feliz. Los indios se
sentían protegidos por sus dioses y les bastaba mirar al cielo para saber
que ellos estaban siempre allí enviándoles sus maravillosos dones.
Adoraban al Sol y la Luna y les ofrecían sus cantos y sus danzas.
Un día vieron que el Sol empezaba a palidecer, cada vez más y más y más... ¿qué pasaba?, ¿qué cosa tan extraña hacía
que su sonriente rostro dejara de reír? Algo terrible, pero que no podían explicarse, estaba sucediendo. Pronto se dieron
cuenta que un gigantesco puma alado acosaba por la inmensidad de los cielos al bondadoso Sol. Y el Dios se debatía entre
los zarpazos del terrible animal que quería destruirlo. Los indios no lo pensaron más y se prepararon para defenderlo.
Los más valientes y hábiles guerreros se reunieron y empezaron a arrojar sus flechas al intruso que se atrevía a molestar
al Sol. Una, dos, miles y miles de flechas fueron arrojadas, pero no lograban destruir al puma, que, por el contrario, cada
vez se ponía más furioso. Por fin uno dio en el blanco y el animal cayó atravesado por la flecha que entraba por el vientre
y salía por el lomo. Sí, cayó, pero no muerto. Y allí estaba, extendido y rugiendo; estremeciendo la tierra con sus rugidos.
Tan enorme era que nadie se atrevía a acercarse y lo miraban, asustados, desde lejos.
En tanto el Sol se fue ocultando poco a poco; había recobrado su aspecto risueño. Los indios le miraban complacidos y él
les acariciaba los rostros con la punta de sus tibios dedos. El cielo se tiñó de rojo... se fue poniendo violeta.., violeta. ... y
poco a poco llegaron las sombras. Entonces salió la Luna. Vio al puma allá abajo, tendido y rugiendo. Compadecida quiso
acabar con su agonía. Y empezó a arrojarle piedras para ultimarlo. Tantas y tan enormes que se fueron amontonando
sobre el cuerpo hasta cubrirlo totalmente. Tantas y tan enormes que formaron sobre la llanura una sierra: la Sierra de
Tandil. La última piedra que arrojó cayó sobre la punta de la flecha que todavía asomaba y allí se quedó clavada. Allí quedó
enterrado, también, para siempre, el espíritu del mal, que según los indios no podía salir. Pero cuando el Sol paseaba por
los cielos, se estremecía de rabia siempre con el deseo de atacarlo otra vez. Y al moverse hacía oscilar la piedra suspendida
en la punta de la sierra.
LEYENDA: El Centinela
Eran los primeros tiempos del Fuerte Independencia, que había incrustada su avanzada civilizadora entre los ricos valles y
serranías de la hoy floreciente Tandil. Algunos soldados que se aventuraban, en vespertinas cacerías hacia los inexplorados
rincones de las serranías, habían traído la noticia o la leyenda de una extraña jovencita, de piel blanca, de hermoso porte.
Que como una gacela sorprendida, desaparecía con habilidad en cuanto se apercibía de ser observada, siendo inútil
después cuanto se hiciera para volver a encontrarla.
Amaike era una extraña flor de la región. Su madre, india, había muerto cuando ella era muy niña. Vivía junto al cariño de
su padre, un hombre ciertamente curioso en su aspecto y que, por otra parte, denunciaba su ascendencia extranjera, y
puede ello admitirse, que era hijo de la cautiva de un gran Cacique. Amaike había heredado la fortaleza de la raza aborigen
y una belleza asiática que contrastaba con la rusticidad de las hijas del lugar. Su vida natural, en constante ejercicio y a
plena luz y sol, había dado a su cuerpo de moza una esbeltez y flexibilidad que unidas al tinte claro de su piel y a la extraña
belleza de su rostro y de sus ojos, la habían convertido en una especie de diosa del paraje.
Los aborígenes respetaban a Amaike como cosa sagrada.
Los sencillos pero valientes pobladores de los valles y del llano, crueles con sus declarados enemigos, pero en el fondo
blandos y susceptibles a la superstición, encontraban algo de divino en aquella criatura un tanto misteriosa, de belleza no
común, cuya mirada serena, pero profunda, los hacía mantener distancia, en respetuosa contemplación.
Desde lo alto de una colina rocosa, un joven indio, gigante y fuerte solía contemplar inmóvil, horas enteras, hasta que el
sol se perdía en el horizonte, a la espera de esa maravillosa aparición de la muchacha.
Al principio la miraba como a una diosa, encandilado y cauto, a la distancia. Más adelante, saltaba a su encuentro en
cuanto la divisaba, ganando a poco, con su destreza y su arrogancia, la confianza de Amaike hasta inspirarle el mismo sano
y dulce amor que por ella había nacido. Él, vigilante, todas las tardes se situaba en su natural mirador de la colina, como
un centinela y paciente esperaba las cada vez más frecuentes salidas de la hermosa muchacha. El amor los iba atando
firmemente y en sus lazos, ambos jóvenes se entregaban con la ilusión de sus vidas en flor.
En una oportunidad, dos soldados que hicieron una entusiasta descripción de la muchacha mientras bebían en el bodegón
del naciente pueblo de Tandil, juraron traer prisionera a la "endiablada" y blanca indiecita, a fin de justificar su narración.
Alguna base tenían para arriesgar ese juramento. Unos de los soldados había sospechado del periódico encuentro de la
jovencita serrana con el indio valiente que desde una colina lejana permanecía firme y desafiante. Así es que a fuerza de
vigilar, apostados en los senderos, lograron sorprender a la escurridiza muchacha. Esta, que nunca había sabido de
violencias, luchó desesperadamente y se defendió con coraje y decisión para no perder la libertad que la alejaba de sus
prados y de su amor... Pero nada pudo hacer... Ya en plena noche, los tenaces soldados regresaban complacidos, y al
franquear la entrada del fuerte, vióse con ellos a la más hermosa de las prisioneras.
Al día siguiente, con las primeras luces de la madrugada, se tuvo la certeza de
que Amaike había sido hecha prisionera por el hombre blanco. Entre los indios,
su recuerdo no tardó en apagarse y su existencia fue atribuida únicamente a la
leyenda. Pero, en lo alto de la colina, por los días y los días, el atlético indio que
aguardaba siguió firme en su mirador, con la esperanza ya vana, de volverla a
ver. Quienes visitan el lugar, creen adivinar a través de los contornos de la
erguida piedra, la figura imperturbable de quien espera todavía fiel a su amor,
que nunca más volverá.
La Leyenda del Carayá
El carayá es un animal, tal vez el que tenga mayor cantidad de
leyendas, especialmente en la República del Paraguay, en la
Provincia de Misiones y en nuestra Provincia. Pero en la zona de
la laguna del Iberá, se originó una leyenda que posiblemente sea
la de mayor divulgación en la zona.
Esa leyenda cuenta que Carayá era un indio que vivía en las
inmediaciones del Iberá. Le gustaba recorrer el monte todo el día,
pero sufría mucho el miedo extraordinario que tenia a las fieras,
el yaguareté, el gato montés, el aguará y otros habitantes del
monte.
Quería superar ese inconveniente, y un día le comunicó al
hechicero, que querría que lo convirtiera en un animal parecido a
ellos.
- Quiero ser alguien al que nada le puedan hacer los yaguaretés,
ni las víboras y los zorros. Quiero vivir en el monte como ellos,
trepando a los árboles, saltando de rama en rama, comiendo las
frutas que estén a mi alcance, sin que nadie me diga nada.
Dicen que exclamó frente al hechicero "ah, si pudiera trepar siempre a los árboles. ¡Esa será mi mayor ventura!.
- Bueno le respondió el hechicero. ¡ Será lo que deseas! Y comenzó a pronunciar palabras entre dientes y quemó
algunas hojas secas de una hierba del lugar mezclada con hojas secas de tabaco.
De esa manera, y casi sin darse cuenta, el indio comenzó a transformarse paulatinamente en un mono. La piel
se le volvió dura, con pelo y muy negra. Cambió la forma de su cabeza, la nariz, las manos adoptaron una forma
especial, se le acortaron las piernas y le nació una larga cola.
Y como si todo el mundo sabía lo que había pasado, en cuando vieron a ese extraño animal trepando por los
árboles, los miembros de la tribu lo llamaron "Carayá", el mono gran aullador de nuestra Provincia.
LEYENDA DE MELINCUÉ
Melincué es una laguna al sur de la Provincia de
Santa Fe, Argentina.
Está enclavado en un área de aproximadamente
120 Km. cuadrados y forma parte de un humedal
con grandes poblaciones de aves y patos.
Tiene la particularidad que en épocas de sequía
se hace salina.
Dicen que dicen...que rodeando la laguna vivían
el cacique Melín junto a su esposa y su hijo. Vivían
felices, se amaban intensamente y se cuidaban
unos a otros.
Su mujer, Nube Azul, adoraba a Melín de quién estaba perdidamente enamorada.
El hijo de ambos, Cué, era un muchachito inteligente y cariñoso al que su papá le enseñaba el arte de la caza.
Tan enamorada estaba Nube Azul que cuando Melín hacía sus incursiones de caza, ella no hablaba con nadie
hasta que él regresaba.
Durante el tiempo que él estaba afuera, ella derramaba lágrimas de amor porque lo extrañaba infinitamente.
Sucedió que, en unas de esas excursiones de caza, un grupo invasor, queriendo adueñarse de tierras ranqueles,
atacó al cacique Melín y a su grupo el que también integraba Cué.
La contienda se llevó a cabo a orillas de la laguna y en la reyerta aniquilaron a todos lo que eran de la partida.
Luego se dirigieron a la población.
Nube Azul enterada de las malas nuevas ensilló su caballo, un tordillo brioso e inteligente y entre lágrimas y
ayes de dolor, furiosa por las pérdidas de su amado Melín y su primogénito Cué.
En la urgente huida, Nube Azul fue herida mortalmente, sin embargo, su caballo la depositó en una isla
perteneciente a la laguna.
Ella estaba desbastada y sin fuerzas, ya no le que daba aliento, la vida sin sus amores, ya no tenía sentido, en
su agonía nombró a la laguna Melincué, la unión de los nombres de su pareja y su hijo.
Antes de dejar esta vida le deseó al pueblo que las aguas de la laguna crecieran tanto, pero tanto, que los
campos fueran tapados y los invasores ya no pudieran habitar en él.
Y así fue..., la profecía se cumplió y hoy en día quienes son antiguos moradores del lugar,
aseguran que, en noches de tormenta, cuando la lluvia arrecia y el tronar del cielo parece abrirlo en
dos, el espíritu de Nube Azul sopla con todo su aliento para que el agua anegue una vez más el
pueblo como castigo al invasor.
La leyenda del Sauce Llorón
Isapí era una joven india muy hermosa, hija del jefe de la tribu. Su
belleza sólo podía compararse con la dureza de su corazón. No amaba ni
compadecía a nadie. La llamaban “la que nunca lloró”, porque jamás rodó
una lágrima de sus profundos ojos negros. Así era la hermosa Isapí,
orgullosa y fría como el hielo.
Cierta vez, una crecida del río Uruguay inundó todo, arrancó las
viviendas y se llevó para siempre a mucha gente de su tribu, pero Isapí no
lloró. Todos empezaron a pensar que ella era la causa de tantas desgracias,
y una hechicera dijo que sólo las lágrimas de Isapí calmarían a los dioses.
Muchas otras desgracias ocurrieron. La tribu quedó reducida a unas
pocas mujeres y a un puñado de combatientes. Se refugiaron todos en las
selvas. Estaba con ellos Isapí, pero en sus ojos no brillaba ni una lágrima.
Fue entonces cuando la hechicera de la tribu, en un acto de castigo y
desesperación; invocó al poderoso señor de los maleficios y le contó lo
sucedido.
Él mandó llamar a Isapí, inmediatamente los guardianes la llevaron
ante su presencia. Ella no sabía por qué la habían llamado y le dijo al señor:
– ¿Por qué estoy aquí?
Él le dijo: – Porque quiero hablar contigo de tus sentimientos- y le dio
en un humilde vaso de madera un líquido salado y muy brillante.
El señor le dijo: – Soy el amo de las maldiciones en esta parte del
mundo, hice miles de cosas en estos montes, convertí soldados en aves y a
séptimos hijos en seres grotescos. Aún, así no puedo entender la decisión
de tu tribu. Pero mi trabajo es el que estoy haciendo, y yo también viviré
con ello.
Ella tomó la poción y empezó a no oír nada de lo que estaban
hablando los miembros de la tribu en las afueras, el sonido de las aves se
perdía y comenzó solo a sentirlos por cada fibra de su ser.
Empezó a meter los pies en la tierra y su cabello comenzó a
convertirse en ramas de las que colgaban miles hojas.
Por primera vez la princesa sintió miedo y se soltó a llorar, provocando
que su follaje creciera más y más hasta extenderse por el bosque.
Así fue como nació el sauce llorón, un árbol muy bello pero que
siempre parece muy triste. Llora para pedir perdón por el corazón de piedra
que alguna vez tuvo.
Leyenda litoraleña de la Provincia de Santa Fe