El león que no era
En la sabana ardiente, un león se erguía, su melena dorada brillando
bajo el sol implacable. Pero a pesar de su majestuosidad, el león se
sentía incompleto, como si una parte de él estuviera destinada a ser
otra cosa. Y así, un día, se acercó a la manada de cebras que
pastaban tranquilamente en la distancia.
“Quiero ser cebra”, dijo el león, su voz profunda y resonante. “Quiero
tener rayas negras y blancas, y correr con la manada bajo la luna
llena”.
La manada de cebras se rió de él, sus ojos brillando con diversión.
“Eres un león”, le dijeron. “Eres el rey de la sabana. ¿Por qué quieres
ser cebra?”
Pero el león insistió, y la manada, cansada de sus quejas, decidió
darle una lección. “Muy bien”, le dijeron. “Si quieres ser cebra,
entonces debes ser uno de nosotros. ¡Únete a nuestra manada!”
Y así, el león se unió a la manada de cebras, corriendo y pastando con
ellos bajo el sol ardiente. Pero pronto se dio cuenta de que no era
como pensaba. La manada de cebras no lo aceptaba como uno de los
suyos, y lo trataban con desconfianza y hostilidad.
Y una noche, mientras el león dormía, la manada de cebras se acercó
a él, sus ojos brillando con una luz feroz. Y con un rugido colectivo, se
lanzaron sobre el león, devorándolo con voracidad.
Al amanecer, solo quedaban huesos y piel, un recordatorio cruel de
que no se puede cambiar quién se es. El león había querido ser cebra,
pero la manada había decidido que era mejor que fuera su comida. Y
así, la sabana siguió adelante, indiferente a la suerte del león que
había querido ser algo que no era.
25/08/2021