Ponencia: El rol de las y los bibliotecarias/os en tiempos de
tecno-feudalismo. Soberanía cognitiva, justicia social digital e
independencia tecnológica
Sergio Santamarina y Carlos Authier
Buenos días a todas, a todos, a todes.
Más que una ponencia, nos gustaría proponerles que esto sea una conversación, un
diálogo colectivo en desarrollo. Y qué mejor marco para ello que esta 56ª Reunión de
Bibliotecarios, un espacio donde nosotros, los profesionales de la información, nos
reencontramos para compartir las vicisitudes, los desafíos y, sobre todo, las
esperanzas de nuestra profesión.
Les confieso que el título de esta charla tuvo sus idas y vueltas. Inicialmente, se iba a
llamar “Soberanía subjetiva, independencia tecnológica y justicia digital” haciendo
alusión a las banderas justicialistas con los conceptos “soberanía subjetiva”
e “independencia tecnológica”. Iba a ejemplificar esta última con el brillante caso
del ARK-CAICyT, un desarrollo nacional que es un ejemplo de lo que significa
gestionar identificadores persistentes con soberanía. Pero, al enterarme de que el
propio Carlos Authier estaría presentando en esta misma jornada, celebrando los
seis años de ese desarrollo, decidimos que lo más lógico y potente era unificar
nuestras ponencias. Su exposición será, sin duda, la mejor prueba tangible de que
la independencia tecnológica no es una utopía, sino un proyecto en marcha. Ese fue
el primer cambio.
El segundo gran cambio en mi enfoque surgió tras escuchar una conferencia del
psiquiatra Santiago Levin en la UNPAZ, titulada “Los adolescentes y las tecnologías
en el umbral de un futuro desconocido”. En ella, Levin recurría a la mirada lúcida de
la psicóloga Silvia Bleichmar para iluminar un concepto que es la piedra angular de
mi charla de hoy: la producción de subjetividad.
Bleichmar nos aclara que la producción de subjetividad no es un concepto
psicoanalítico, sino sociológico. Se refiere al modo en que las sociedades determinan
las formas de constituir “sujetos plausibles”, individuos que encajan en el sistema y
ocupan un lugar en él. Es un proceso constituyente, instituyente, como diría
Castoriadis. Es el conjunto de elementos que produce un “sujeto histórico, potable
socialmente”.
Pensémoslo con ejemplos: la generación de nuestros abuelos se formó bajo la
premisa “el ahorro es la base de la fortuna”. Ese no era un simple consejo; era un
mandato subjetivo al servicio de un Estado que buscaba acumular capital. O
recordemos aquellas frases de Eva Perón: “los únicos privilegiados son los niños” o
“dónde existe una necesidad, hay un derecho”. Esa idea de igualdad de
oportunidades y de un país proyectado hacia el futuro hoy nos resulta casi ajena,
hasta utópica (hundida en un mar de correlación de fuerzas) y sustituida por la
cultura de la inmediatez y el presente perpetuo.
Volviendo entonces, la producción de subjetividad es, por tanto, el campo de batalla
cultural. Es el terreno donde se tensionan el nacionalismo y la globalización, y donde
hoy se libra la pulseada entre el individualismo cruel y la solidaridad. Es una batalla
feroz, porque la fuerza con que una época desmantela los enunciados anteriores
puede hacernos sentir estúpidos por defender valores éticos.
De la soberanía subjetiva a la soberanía cognitiva
Este entendimiento del concepto me llevó a reflexionar que: si la subjetividad es el
terreno de la batalla, entonces es siempre soberana. De esta reflexión surgió el
cambio en mi título: de “soberanía subjetiva” a “soberanía cognitiva”.
Los procesos cognitivos – operaciones mentales para adquirir, almacenar,
interpretar y usar la información que se recibe para generar conocimiento.
El contexto digital: el Tecno-Feudalismo de las GAFAM
Vivimos inmersos en un ecosistema digital dominado por unas pocas corporaciones,
las llamadas Big Tech o GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft). Este
modelo, que algunos ya denominan con mucha precisión tecno-feudalismo, se basa
en la extracción masiva de nuestros datos, nuestra huella digital.
Cada click, cada like, cada búsqueda, cada minuto de visualización
alimenta algoritmos opacos cuyo objetivo principal no es informarnos, sino retener
nuestra atención para vendérsela a anunciantes. Estos algoritmos crean cámaras de
eco y burbujas, mostrándonos un mundo que confirma nuestros sesgos, amplifica la
polarización y prioriza lo viral sobre lo veraz. Esto se llama manipulación
algorítmica, la distorsión deliberada de nuestro acceso a la información para influir
en nuestra percepción, nuestro comportamiento y, en última instancia, en nuestra
construcción de la realidad.
Frente a esto, la soberanía cognitiva se erige como una necesidad urgente. Se trata
de la capacidad de una nación, una comunidad o un individuo para pensar, decidir y
actuar de manera autónoma.
•¿De qué se trata? De controlar nuestra propia narrativa y pensamiento. De
garantizar la independencia en la gestión del saber y asegurar la autonomía en la
toma de decisiones.
•Su objetivo central es evitar las influencias o interferencias externas que
distorsionen nuestra percepción y nuestra forma de construir conocimiento.
Pero no podemos hablar de soberanía si no es para todos y todas. La soberanía
cognitiva, si no es universal, es un privilegio. Aquí es donde este concepto se
encuentra inexorablemente con la Justicia Social Digital.
Justicia Social Digital: el imperativo ético
La Justicia Social Digital se define como garantizar a los grupos sociales que han
sido estructural e históricamente vulnerados, el acceso, la participación plena y
el poder de decisión en el entorno digital. Implica eliminar brechas y sesgos para
asegurar su soberanía cognitiva, su intervención en la gobernanza tecnológica y el
disfrute equitativo de los beneficios de la tecnología.
Esto se concreta en tres pilares fundamentales:
[Link] el acceso real: No es solo tener conectividad (brecha de acceso). Es
también la alfabetización digital crítica (habilidades para usar la tecnología de
forma segura, creativa y consciente) y la accesibilidad para personas con
discapacidad.
[Link] al conocimiento y a su construcción: Debemos promover que las
comunidades vulneradas puedan producir y compartir su propio conocimiento y
narrativas, contrarrestando la desinformación y los algoritmos sesgados.
Democratizar el acceso a través de redes descentralizadas donde el lucro no sea el
motor de la comunicación.
[Link] al poder y a la toma de decisiones: Esto es crucial. Se trata de facilitar
la participación en la gobernanza de internet y en la creación de políticas
públicas digitales. De incluir a estas comunidades en el diseño y desarrollo de
tecnologías (IA, algoritmos) para que reflejen la diversidad y no perpetúen la
discriminación. Y de defender su derecho a la privacidad y a no ser vigilados o
explotados digitalmente.
En esencia, la justicia digital se trata de desmantelar las estructuras de poder
injustas que se reproducen y amplifican en el mundo digital. Asegurar que la
tecnología sea una herramienta de empoderamiento y equidad, y no una nueva
fuente de marginación y control.
Y entonces… ¿Cuál es nuestro rol?
Ahí es donde entramos nosotros, los y las profesionales de la información.
Históricamente hemos sido guardianes de la información, facilitadores del
conocimiento y garantes del acceso democrático a él. En la era del tecno-feudalismo,
ese rol no solo es relevante, sino que es estratégico para:
•Impulsar la alfabetización digital crítica que permita decodificar las estrategias de
manipulación.
•Curar colecciones y recursos libres de sesgos algorítmicos, promoviendo fuentes
diversas y confiables.
•Construir y mantener repositorios institucionales, nacionales y
comunitarios que aseguren la preservación y acceso a la diversidad de voces,
conocimientos y lenguas. Proyectos como el ARK-CAICyT son el ejemplo perfecto de
esta independencia tecnológica aplicada: crear nuestra propia infraestructura para
gestionar nuestro conocimiento con soberanía.
•Abogar por políticas públicas que prioricen a las personas sobre las ganancias,
que exijan transparencia algorítmica y que cierren brechas digitales.
Nuestra misión es, nada más y nada menos, ser los facilitadores de ese ecosistema
de información soberano del que depende la soberanía cognitiva de nuestras
comunidades. Es trabajar incansablemente, desde nuestras trincheras bibliotecarias,
para que las frases “los únicos privilegiados son los niños”, “dónde existe una
necesidad, hay un derecho” vuelvan a tener sentido en un mundo digital justo,
equitativo y tendido hacia el futuro.