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11

UN NAUFRAGIO Y UN SUEÑO

Transcurría el mes de diciembre de mi vigésimo tercer año de soledad, y era


la época del solsticio austral (porque no puedo darle el nombre de invierno)
en la que me ocupaba yo de la recolección del grano, viéndome obligado a
permanecer gran parte de mi tiempo en las plantaciones. Una mañana,
cuando aún no era día claro y empezaba mi tarea, me sorprendió ver la luz
de un fuego en la costa, a unas dos millas hacia el extremo donde
primeramente advirtiera la huella de los salvajes, y al mirar con atención
comprobé que no se trataba del lado opuesto de la isla, sino de la parte
donde yo residía.
Fue tal el azoramiento que se apoderó de mí que no me atrevía a salir de
la enramada por miedo a que me sorprendieran, pero tampoco podía
quedarme allí por temor a que los salvajes, errando por los alrededores,
encontraran mis sembrados, las parvas de grano o cualquiera de mis otros
trabajos, lo que les demostraría de inmediato la existencia de habitantes en
el lugar. No dudaba que inmediatamente se pondrían a buscarme sin
descanso, de manera que armándome de valor volví al castillo, levanté la
escalera una vez que hube pasado, y traté de que todo tuviera el aspecto más
salvaje y natural posible.
Inmediatamente me apresté a la defensa. Cargando lo que yo llamaba
mis cañones, es decir, los mosquetes montados sobre horcones, y alistando
las pistolas, me resolví a defenderme hasta el último aliento, sin olvidar
encomendarme con fervor a la protección divina y rogar ardientemente a
Dios que me salvara de las manos de aquellos bárbaros. Así me quedé por
espacio de unas dos horas, lleno de impaciencia por saber lo que ocurría
más allá y careciendo de exploradores o espías que fuesen a buscar
novedades.
Después de estarme quieto, pensando qué debía hacer en la emergencia,
no pude resistir por más tiempo la inactividad, de manera que coloqué la
escalera haciéndola llegar como ya he descrito hasta el sitio donde la roca
formaba una especie de plataforma; levantando luego la escala y
volviéndola a colocar en dicho apoyo, me encaramé a la cresta de la colina.
Me había tirado de boca contra el suelo, y con ayuda del anteojo que trajera
ex profeso empecé a buscar el sitio donde ardía el fuego. Pronto descubrí
que había nueve salvajes desnudos que rodeaban una hoguera, no para
calentarse, ya que ninguna falta les hacía el calor en ese clima ardiente, sino
probablemente para entregarse a alguno de sus horribles banquetes de carne
humana que habrían traído consigo, aunque no alcanzaba a distinguir a los
posibles prisioneros.
Vi dos canoas que habían arrastrado fuera del agua; y como la marea
estaba baja, parecían a la espera del flujo para embarcarse nuevamente. No
es fácil describir mi estado de ánimo contemplando aquella escena, sobre
todo al darme cuenta de que ocurría de este lado de la isla y tan cerca de mí.
Pero al comprender que probablemente los desembarcos acontecían en el
momento del reflujo, me tranquilicé un poco pensando que me sería posible
salir con toda tranquilidad siempre que al empezar la marea no hubiese
visto antes aproximarse las canoas. Esto me permitió proseguir con más
calma las tareas de la cosecha.
Ocurrió tal como lo esperaba. Tan pronto creció la marea vi a los
salvajes embarcarse y remar (o más bien palear) hacia fuera. Olvidaba decir
que durante la hora y media que precedió a su marcha estuvieron bailando
en la playa, y que con ayuda de los anteojos pude ver perfectamente sus
movimientos y ademanes.
Tan pronto se alejaron me eché dos escopetas a la espalda, y con dos
pistolas al cinto y la gran espada sin vaina al costado, corrí con toda la
rapidez posible a la colina donde por primera vez había tenido noticia de los
salvajes. Cuando llegué allá, después de dos horas de fatigosa marcha,
cargado como estaba con tantas armas, descubrí que en ese lugar habían
atracado otras tres piraguas; mirando hacia el mar alcancé a verlas todavía
mientras se internaban en el océano.
Aquello era espantoso de ver, pero algo peor me esperaba cuando
descendí a la playa y encontré los restos que después del atroz festín habían
quedado diseminados; sangre, huesos, trozos de carne humana que aquellos
monstruos habían devorado en medio de danzas y júbilo. Tan lleno de
indignación me sentí a la vista del horrendo espectáculo que empecé
inmediatamente a premeditar la destrucción de los que desembarcasen una
próxima vez en la isla, sin importarme su número.
Transcurrieron con todo un año y tres meses antes de que volviera a ver
a los salvajes, como contaré en su lugar. Es probable sin embargo que
vinieran una o dos veces pero se quedaron muy poco tiempo o yo no tuve
noticia de su presencia. En el mes de mayo, según creo recordar, y en el año
vigésimo cuarto de mi residencia, tuve un extraño encuentro con ellos que
narraré en su debido momento.
Durante ese intervalo de quince o dieciséis meses, la perturbación de mi
espíritu fue grande. Dormía mal, despertándome en medio de terribles
pesadillas y sobresaltado. Como de día no abrigaba más que esa constante
preocupación, tal inquietud se reflejaba en mis sueños, donde me veía
matando salvajes o preguntándome cuál era el motivo para hacerlo. Pero,
dejando esto por el momento, diré que a mediados de mayo, creo que el
dieciséis según los inseguros datos de mi calendario de madera que yo
trataba de mantener al día; el dieciséis, digo, se levantó una gran tormenta
de viento, con relámpagos y truenos, y la noche que siguió fue tempestuosa.
No recuerdo exactamente las circunstancias, pero sí que me encontraba
leyendo la Biblia y meditando seriamente en mi presente condición cuando
escuché, viniendo del mar, un sonido semejante al de un cañonazo.
Sentí una sorpresa muy distinta de las que había experimentado hasta
entonces, porque las ideas que aquel cañonazo despertaron en mí eran de
naturaleza harto diferente. Me lancé como un rayo fuera de mi tienda, y en
un santiamén puse la escalera contra la roca, la retiré, volví a colocarla en el
segundo apoyo y me encaramé a la cumbre de la colina en el preciso
instante en que un destello me anunciaba el segundo cañonazo, cosa que
efectivamente escuché medio minuto más tarde; y por el sonido deduje que
venía del lado del mar hacia donde una vez la corriente me arrastrara con el
bote.
De inmediato comprendí que se trataba de un navío en peligro, que tal
vez disparaba los cañonazos en demanda de socorro a otro navío que
navegaba cerca. Tuve presencia de ánimo para pensar que aunque yo nada
podía hacer por ellos, acaso ellos pudiesen hacer mucho por mí, de manera
que juntando toda la leña seca que había a mi alcance y encendiéndola,
iluminé con una gran hoguera la cumbre de la colina. Aunque el viento era
muy fuerte, la madera seca ardió de inmediato, dándome la certeza de que si
en verdad un barco navegaba en las cercanías tendría que enterarse de mi
presencia. Y no dudo que así fue, porque apenas había alzado la hoguera
cuando resonó otro cañonazo y después varios seguidos provenientes del
mismo lugar. Mantuve encendido el fuego toda la noche; cuando fue día
claro y despejado alcancé a divisar algo a una gran distancia en el mar,
hacia el lado este de la isla, aunque no podía decir si era un casco o una
vela. Ni siquiera con ayuda del anteojo pude reconocerlo a esa distancia, ya
que aún persistía una cierta niebla.
Miré todo el día en aquella dirección, y no tardé en darme cuenta de que
no se movía; evidentemente era un barco fondeado. Ansioso por saciar mi
curiosidad, tomé la escopeta y corrí hacia el sur de la isla buscando aquellas
rocas donde la corriente me había arrebatado con la canoa. El tiempo estaba
muy claro, y trepando a la altura pude ver con toda nitidez y profunda
aflicción que el barco había naufragado durante la noche en aquellas rocas
ocultas que prolongaban el cabo y que yo había visto desde mi bote; las
mismas rocas que, oponiéndose a la violencia de la corriente y haciendo una
especie de contracorriente o remolino, me salvaran de la más desesperada
situación en que jamás me viera antes.
Lo que salva a un hombre puede perder a otro. Estaba claro que
aquellos marinos, ignorantes de la costa y de los arrecifes, habían sido
arrastrados hacia ellos por el fuerte viento que toda la noche soplara del este
y E-NE. De haber visto la isla —cosa al parecer muy improbable— lo más
lógico era que hubiesen intentado llegar a tierra embarcándose en la
chalupa; pero aquellos cañonazos en demanda de auxilio, especialmente
después de haber visto, según yo suponía, mi hoguera, me llenaban de ideas
contradictorias. Pensé primero que tras de divisar mi fuego se habrían
embarcado en el bote del barco y puesto rumbo a la costa, pero que estando
el mar embravecido los habría arrastrado lejos. Luego imaginaba que
habrían perdido la chalupa antes de encallar, como tantas veces ocurre, en
especial cuando el oleaje barre la cubierta y obliga a los marineros a soltar
el bote o romperlo para precipitarlo sobre la borda. Después pensé que otro
navío, escuchando aquellas llamadas, se habría acercado y recogido a los
náufragos. Por fin imaginé a la tripulación mar afuera en la chalupa,
arrastrada por la gran corriente marina que la llevaría hacia la desolada
extensión del océano donde solo reina la muerte. Acaso en este instante
empezaban a sentir hambre, y pronto estarían en estado de comerse los unos
a los otros.
Todas aquellas eran conjeturas, pero en la situación en que me
encontraba yo, ¿qué otra cosa podía hacer sino meditar sobre la desgracia
de aquellos hombres y apiadarme de ellos? Una vez más pude comparar por
su suerte lo que debía agradecer a Dios, que tanto y tan bien me había
asistido en mi desdicha. De dos enteras tripulaciones ahora perdidas en esta
región del mundo, ninguna vida se había salvado más que la mía. Aprendí
nuevamente que es muy raro que la Providencia de Dios nos abandone a
una vida tan baja y miserable como para no tener oportunidades de
mostrarnos agradecidos, aunque solo sea viendo a otros en peores
condiciones que nosotros.
No puedo expresar con ningún lenguaje la ansiedad que se apoderó de
mí, la violencia de mis deseos al contemplar el triste espectáculo que me
obligó a prorrumpir en exclamaciones:
—¡Oh, que por lo menos se hayan salvado uno o dos, aunque solamente
sea uno! ¡Que pueda yo tener un compañero, un semejante con el cual
hablar, con el cual vivir!
En todos aquellos años de vida solitaria nunca había sentido una
necesidad tan grande de tener compañía; y nunca su falta se tradujo en una
melancolía más honda.
Así estaba dispuesto. Su destino o el mío, acaso ambos, lo prohibían;
hasta el último año de mi permanencia en la isla ignoré si alguno se había
salvado de la catástrofe. Tuve con todo el dolor de encontrar en la playa,
algunos días más tarde, el cadáver de un grumete ahogado. Yacía en la parte
próxima al sitio del naufragio y por ropas tenía una chaqueta de marino, un
par de calzones abiertos y una camisa de tela azul; no llevaba nada que me
permitiera conocer su nacionalidad. Encontré en sus bolsillos dos piezas de
a ocho y una pipa, que para mí valía diez veces más que el dinero.
Había vuelto la calma, y sentí deseos de aventurarme en mi canoa hasta
el casco encallado, con la seguridad de encontrar a bordo cosas que me
fueran útiles. Lo que más me impulsaba a hacerlo era la esperanza de que
en la nave pudiese haber quedado alguien con vida y no solo me alentaba el
deseo de salvar esa vida sino que imaginaba lo que para mí significaría
adquirir en esa forma un compañero. Tanto me torturó la idea que no
encontraba un instante de paz, ni de día ni de noche, y me repetía que era
necesario arriesgarme y llegar hasta el casco. Tan fuerte era mi ansiedad
que terminé por encomendarme a la Providencia Divina y pensar que aquel
impulso provenía de lo alto, que me equivocaba al resistirlo y que cometería
una falta si dejaba transcurrir más tiempo.
Dominado por una fuerza superior a mí, me apresuré a regresar al
castillo y hacer los preparativos del viaje, reuniendo buena cantidad de pan,
una tinaja de agua dulce, brújula, una botella de ron del que me quedaba
buena cantidad y un canasto de pasas. Cargado con todo aquello fui al sitio
donde fondeaba mi bote, achiqué el agua que contenía y después de
depositar el cargamento volví en procura de más. Este consistió en un saco
grande de arroz, la sombrilla para fijar en la popa, otra tinaja de agua y dos
docenas de panecillos de cebada, a lo que agregué también una botella de
leche de cabra y un queso. Con gran trabajo pude llevar todo hasta el bote, y
rogando a Dios que dirigiera mi rumbo me embarqué de inmediato.
Ayudado por los remos y sin apartarme de la costa, llegué por fin al punto
extremo de la isla, es decir, al noroeste. Ahora se trataba de penetrar en el
océano, de aventurarse o no en la empresa. Miré las rápidas corrientes que
corrían a ambos lados de la isla y que tanto terror me producían al recordar
el peligro en que estuviera; sentí que mi corazón me abandonaba, porque
estaba seguro de que llevado por cualquiera de ellas me internaría de tal
modo en el mar que la isla quedaría fuera de mi vista y de mi alcance. Solo
con que se levantara una simple brisa, mi pequeño bote naufragaría
irremisiblemente.
Tanto me angustiaron estos pensamientos que pensé en abandonar la
empresa. Llevando el bote hasta una pequeña caleta en la playa,
desembarqué y sentado en una eminencia me puse a pensar, abatido y
ansioso a la vez, luchando entre el miedo y el deseo. En esta perplejidad
advertí que cambiaba la marea y que empezaba el flujo, de manera que mi
posible viaje se tornaba impracticable durante muchas horas.
Decidí entonces trepar al terreno más alto de las inmediaciones para
tratar de ver en qué dirección y cómo se movían las corrientes de la marea,
a fin de saber a ciencia cierta si, en caso de que mi bote fuese arrastrado
mar afuera, la misma marea no podría traerme otra vez a la costa con igual
rapidez y fuerza. Apenas había pensado en esta posibilidad cuando ya me
encaramaba a una pequeña colina lo bastante elevada para tener visión
completa del mar y sus movimientos, buscando calcular qué rumbo debería
seguir a mi retorno del casco. Descubrí que así como la corriente de reflujo
pasaba rozando el extremo sur de la isla, la motivada por el flujo lo hacía
contra la costa del norte, de manera que cuidando de llevar el bote hacia allá
podría volverme a tierra sin peligro.
Animado por mi descubrimiento decidí embarcarme con la marea
matinal, y después de haber pernoctado en la canoa al abrigo del capote de
marino que ya he mencionado, zarpé temprano. Al comienzo puse rumbo al
norte hasta que empecé a sentir la fuerza de la corriente que me arrastró un
buen trecho hacia el este, aunque no con la terrible violencia que lo hiciera
la corriente austral en la anterior ocasión que me privó de todo gobierno de
la canoa. Con ayuda de los remos pude encaminar el bote hacia el sitio del
naufragio, y en menos de dos horas me encontraba junto al casco encallado.
¡Lamentable espectáculo para mis ojos! El barco, que por sus líneas
parecía español, estaba como encajado entre dos rocas, la popa y buena
parte de su casco destrozadas por el oleaje; el castillo de proa, incrustado en
las rocas, había recibido tal golpe que el palo mayor y el trinquete se
quebraron en la base. Sin embargo el bauprés estaba entero y el esperón
parecía firme.
Al acercarme, vi a un perro en la borda que al divisarme aulló y ladró.
Apenas lo hube llamado cuando se arrojó al mar y pronto estuvo a bordo
casi muerto de hambre y de sed. Le di una galleta y la devoró como un lobo
salvaje que llevara dos semanas en la nieve sin comer. Le ofrecí después
agua dulce, y bebió tanta que de haberlo dejado hacer su gusto hubiera
reventado.
Subí a bordo; lo primero que alcanzaron a ver mis ojos fueron dos
hombres ahogados en la cocina, sobre el castillo de proa; estaban
estrechamente abrazados, y comprendí por su actitud que al encallar el
buque en medio de la tempestad, tan alto había sido el oleaje y de tal modo
barría la cubierta que aquellos infelices no habían podido resistirlo,
ahogándose a bordo lo mismo que si hubieran estado bajo el agua. Fuera del
perro, nada quedaba con vida en aquel navío; y por lo que alcancé a ver el
cargamento estaba averiado. Descubrí algunos cascos de licor, ignoro si
vino o aguardiente, que se apilaban en la sentina y eran visibles con la
marea baja; pero mis fuerzas no bastaban para moverlos de su lugar. Había
también numerosos arcones, pertenecientes sin duda a los tripulantes; eché
dos de ellos en mi bote, sin perder tiempo en examinar el contenido.
Si al encallar el barco se hubiera destrozado la proa en vez de la popa,
estoy seguro de que mi viaje habría resultado fructífero, ya que de acuerdo
con lo que encontré en los dos arcones el navío tenía muchas riquezas a
bordo. Calculando por el rumbo que llevaba en el momento de naufragar,
supuse que había sido fletado desde Buenos Aires, o el Río de la Plata, en la
parte austral de América más allá del Brasil, y que su destino era La
Habana, en el golfo de México, o tal vez España. Llevaba un gran tesoro a
bordo que de nada serviría ya, y el destino de su tripulación era entonces
para mí un misterio.
Aparte de los arcones encontré un pequeño barril de licor de unos veinte
galones, que con no poco trabajo puse en el bote. Había muchos mosquetes
en una cabina y un frasco de pólvora conteniendo no menos de cuatro
libras. Los mosquetes no me eran necesarios, pero sí la pólvora, por lo cual
la tomé, así como una pala y tenazas, que me hacían muchísima falta. Di
con un par de ollitas de cobre, una chocolatera y unas parrillas, y con ese
cargamento, además del perro, emprendí el regreso aprovechando la marea
que empezaba a subir. Esa misma tarde, ya entrada la noche, alcancé la isla,
donde desembarqué melancólico y fatigado hasta la extenuación.
Pasé la noche en el bote, y por la mañana decidí guardar mis nuevos
efectos en la gran caverna en vez de conducirlos al castillo. Después de
alimentarme puse el cargamento en tierra y empecé a examinarlo con
detalle. El casco de licor contenía una especie de ron, pero no como el que
se bebe en el Brasil, que es harto mejor. Sin embargo los arcones me
consolaron porque contenían diversas cosas de gran utilidad. Por ejemplo
encontré una caja de extraordinaria forma, llena de botellitas conteniendo
cordiales de excelente calidad y delicado sabor; cada botella tenía unas tres
pintas de licor y estaba cerrada con tapón de plata. Había también dos
frascos de frutas en almíbar o confitadas, tan bien cerrados que el agua de
mar no los había dañado; otros dos, en cambio, estaban averiados. Encontré
algunas excelentes camisas que fueron un verdadero regalo, y una docena y
media de pañuelos de hilo blanco, así como corbatas de color. Los pañuelos
me llenaron de contento, ya que me serían muy útiles para enjugarme el
rostro en los días calurosos. Luego, al mirar en el fondo del cofre, vi tres
grandes sacos conteniendo piezas de a ocho, lo que daba unas mil piezas en
total; en uno de los sacos y envueltos en papel hallé seis doblones y algunas
barritas de oro. En conjunto creo que pesaban cerca de una libra.
El otro arcón contenía también algunas ropas, pero de poco valor;
supuse que el cofre era el perteneciente al oficial de artillería, pero aunque
busqué pólvora solo pude dar con tres frascos pequeños conteniendo una
pólvora muy fina y brillante, que sin duda se reservaba para cargar las
escopetas de caza. En realidad mi expedición al barco me fue de poco
provecho; por lo que respecta al dinero no tenía oportunidad de usarlo, y me
importaba tanto como la tierra que pisaban mis pies. Lo hubiera dado
íntegramente a cambio de tres o cuatro pares de zapatos ingleses y medias,
que mucha falta me hacían desde varios años atrás. Cierto que era dueño de
dos pares de zapatos que quité a los marineros ahogados que viera en el
puente, y uno de los cofres encontré otros dos pares; pero no eran como
nuestros zapatos ingleses, ni por su solidez ni por comodidad, mereciendo
más el nombre de escarpines. En uno de los cofres hallé unas cincuenta
piezas de a ocho reales, pero no oro. Presumo que el arcón pertenecía a uno
de los marineros, mientras el otro debió ser de un oficial.
De todos modos me llevé el dinero a la caverna, donde puse junto al que
extrajera de mi propio barco. Era una verdadera lástima que la parte más
importante del buque no hubiera estado a mi alcance, ya que tengo la
seguridad de que habría podido llenar de oro mi canoa varias veces
acumulando riquezas suficientes en la gruta para llevármelas conmigo si
alguna vez conseguía escapar de la isla.
Asegurado el cargamento solo me quedaba volver al bote y remar en él
hasta dejarlo fondeado en su vieja ensenada; de allí, luego de asegurarlo
bien, volví a mi morada donde todo estaba en orden y sin novedad. Tras
haber descansado bastante reanudé mi existencia habitual cuidando mis
intereses domésticos; por un buen lapso viví sin inquietudes, solo que ponía
más cuidado en mis movimientos y no me alejaba tan a menudo de mi casa.
Si algún paseo emprendía era hacia el lado oriental de la isla, donde contaba
con la seguridad de que los salvajes no desembarcarían nunca. Eso me
evitaba adoptar tantas precauciones y llevar conmigo un enorme peso en
armas y municiones, absolutamente necesario cuando me encaminaba en
dirección opuesta.
Dos años más transcurrieron en tales condiciones; pero mi malhadada
imaginación, siempre dispuesta a recordarme que yo había nacido para
hacer de mí un desdichado, estuvo todo ese tiempo fraguando proyectos y
planes para escapar de la isla; a veces me sugería la conveniencia de hacer
otro viaje hasta el casco encallado, aunque la razón me decía claramente
que nada quedaba allí que me sirviera; otras veces me insinuaba navegar
hacia un lado o hacia otro. En fin, estoy convencido de que si hubiera
tenido a mi disposición la chalupa con la cual huí de Sallee me habría
aventurado a cruzar el mar, con rumbo desconocido y destino incierto.
En todas las circunstancias de mi vida yo he sido una especie de aviso
para aquellos que también sufren la más grande plaga de la humanidad,
plaga de la cual proviene por lo menos la mitad de sus desdichas; me refiero
a los que no se sienten satisfechos con aquello que Dios y Naturaleza les
han concedido.
Una lluviosa noche de marzo, en el vigésimo cuarto año de mi
existencia solitaria, reposaba en mi lecho o hamaca, despierto aunque sin
sentir la menor molestia; mi salud era excelente, no tenía dolores ni la
preocupación de mi mente era mayor que otras veces, y sin embargo no
conseguía de ningún modo cerrar los ojos; me fue imposible dormir un solo
instante en toda la noche.
Sería tan difícil como inútil tratar de describir la innumerable multitud
de pensamientos que se precipitaban a través de ese vasto camino del
cerebro que es la memoria. Volvía a ver la entera historia de mi vida,
aunque en miniatura o compendiada, hasta mi arribo a la isla; y también la
siguiente etapa solitaria de mi existencia.
Mi mente se detuvo un cierto tiempo a considerar las costumbres de
aquellos miserables salvajes, y me pregunté cómo podía ocurrir en este
mundo que el sabio Rector de todas las cosas hubiera podido dejar caer
alguna de sus criaturas hasta semejante grado de inhumanidad, algo todavía
por debajo de la brutalidad, como lo es devorar a sus semejantes. Pero
terminando aquellas ideas en inútiles consideraciones, se me ocurrió de
pronto preguntarme en qué parte del mundo vivían aquellos monstruos.
¿Estaba muy lejos la costa desde donde venían? ¿Por qué se aventuraban a
apartarse tanto de su tierra? ¿Qué clase de canoas tenían? Y por primera vez
encaré la posibilidad de lanzarme a un viaje que me llevase hasta el país de
los salvajes, así como ellos eran capaces de llegar al mío.
No sentí en ese momento la menor preocupación por lo que me
esperaría al arribar allá. Ignoraba qué iba a ser de mí si era apresado por los
salvajes, o cómo me las arreglaría para impedirlo. Tampoco se me ocurrió la
manera de llegar hasta sus playas sin que me alcanzaran antes con sus
piraguas, cosa de la que me sería imposible defenderme. Luego, aun si me
salvaba de sus manos, ¿cómo evitar morirme de hambre, cuál debería ser mi
rumbo en tierra firme? Nada de todo eso, lo repito, cruzó entonces por mi
cerebro; demasiado absorbido estaba con la esperanza de llegar al
continente. Me limitaba a considerar mi actual situación como la más
miserable que pudiera imaginarse, y creía que nada, salvo la muerte, podría
parecerme peor que ella. Traté de animarme con la idea de que, ya en tierra
firme, encontraría pronto algún socorro o bien podría ir costeando el
continente como ya una vez lo hiciera en África, hasta dar con un país
habitado donde me auxiliaran. Tal vez en mi camino encontrara algún
buque cristiano que me recibiera a bordo, y si venía lo peor, solo tenía la
muerte por delante, lo cual era una manera de terminar de una vez con todas
aquellas desdichas.
Estos pensamientos se agitaron en mí por espacio de dos horas o más,
con tal violencia que mi sangre parecía arder y mi pulso latía como si
estuviera bajo la acción de la fiebre. ¡Tal era la fuerza de mi imaginación y
su poder! Pero la Naturaleza, como si quisiera rescatarme de tan gran fatiga,
terminó por sumirme en un profundo sueño. Se podía pensar que mis
sueños siguieron el curso de aquellas ideas de la vigilia, pero nada de ello
ocurrió, sino algo muy distinto.
Soñé que, al salir como todas las mañanas del castillo, veía dos canoas
en la costa y once salvajes que desembarcaban arrastrando a otro que sin
duda se disponían a asesinar y comer; repentinamente, el salvaje prisionero
se desasió de un salto y confió su vida a la velocidad de la carrera. Me
parecía en mi sueño que se acercaba hasta ocultarse entre el espeso seto
delante de mis fortificaciones, entonces, viendo que estaba solo y que sus
enemigos no lo buscaban de ese lado, me mostré a él sonriéndole
bondadosamente para darle ánimo. El salvaje cayó de rodillas ante mí,
pareciéndome que me rogaba auxilio. Le mostré la escalera, haciéndolo
entrar por ella en el castillo, y escondiéndolo en la cueva pronto se
transformó en mi criado. Tan pronto como en sueños me sentía dueño de
ese hombre, me decía: «Ahora puedo aventurarme sin temor al continente;
este salvaje me servirá de piloto, me indicará qué debo hacer, si me
conviene o no desembarcar en procura de provisiones, en fin, me irá
evitando todo peligro de ser apresado y comido».
Me desperté bajo esa impresión y tal había sido el rapto de mi alegría
ante la posibilidad de escapar de la isla, que el desencanto subsiguiente lo
igualó en intensidad, sumiéndome en una profunda melancolía.
Aquel sueño, sin embargo, me llevó a la conclusión de que mi única
probabilidad de escapar de la isla estaba en apoderarme de algún salvaje, en
lo posible algún prisionero traído a la isla para ser muerto y devorado. La
dificultad del proyecto consistía en que no iba a ser fácil llegar a tal fin sin
atacar antes a toda la pandilla de caníbales y matarlos. La tentativa podía
muy bien fracasar, y a la vez se renovaban en mí los escrúpulos acerca de
mi derecho a hacer una cosa semejante; mi corazón se estremecía a la idea
de derramar tanta sangre aunque fuera para mi salvación. No necesito
repetir todos los argumentos que acerca de esto se me ocurrieron, ya que
son los mismos expuestos antes. Hasta había llegado a acumular nuevas
excusas, como la de que aquellos salvajes eran un peligro para mi vida,
pues si me echaban mano me devorarían; que mi proceder contra ellos
equivalía a una defensa propia en su más extremo grado, ya que con él
obtendría la liberación de esta existencia peor que la muerte; que si me
adelantaba a atacarlos procedía con el mismo derecho que si ellos hubieran
abierto el asalto, y otras cosas parecidas. Pero aunque todo aquello argüía
en defensa de mis planes, la idea de verter sangre humana como precio de
mi libertad se me antojaba terrible y durante mucho tiempo no pude
conciliar ambas cosas en mi conciencia.
Por fin, después de muchas y renovadas disputas conmigo mismo en las
que pasaba por extraordinarias perplejidades, ya que los argumentos
luchaban y se debatían en mi cerebro, las incontenibles ansias de libertad
dominaron toda reserva y me decidí, costara lo que costase, a tratar de
apoderarme de alguno de los salvajes.
De inmediato se planteó el problema de llevar esto a la práctica, y no
creo que haya tenido otro más arduo. No hallando por el momento solución
plausible, me dediqué a hacer de centinela a la espera de que llegaran a
tierra, dejando el resto confiado a los acontecimientos que por sí mismos
me dictarían el camino a seguir.
Adoptadas estas resoluciones, principié a vigilar la costa casi de
continuo y con tal intensidad que llegué a hartarme de ello, pues transcurrió
más de un año y medio en espera, durante el cual casi diariamente iba yo
hasta el extremo oeste o al ángulo sudoeste de la isla en busca de posibles
canoas que jamás arribaban. La inacción era descorazonante, y empezó a
torturarme con violencia, porque contrariamente a la vez anterior, en que el
tiempo calmó mi irritación contra los salvajes, ahora parecía como si su
ausencia exacerbara mi ansiedad por descubrirlos. Así como años atrás me
mostraba deseoso de no tener contacto con aquellas gentes y evitaba hasta
espiarlos, ahora me desvivía por las ganas de verlos desembarcar.
Había pensado que quizá pudiera apoderarme no solo de uno, sino de
dos o tres de ellos, y confiaba en convertirlos en esclavos que no solamente
me obedecieran en todo sino que resultaran incapaces de hacerme el menor
daño. Imaginaba constantemente el modo de lograrlo, pero entretanto la isla
continuaba desierta. Todos mis proyectos empezaron a sucumbir y pasó
mucho tiempo sin que los salvajes se aproximaran a tierra.
12
VIERNES

Llevaba así un año y medio, y después de haber abrigado tantos planes los
veía desvanecerse en el aire por falta de ocasión para ejecutarlos. Una
mañana, sin embargo, me sorprendió la presencia de unas cinco canoas en
la costa, cuyas tripulaciones habían desembarcado y estaban fuera de mi
vista. Todas mis previsiones se derrumbaron al pensar en el número de
aquellos salvajes, porque viendo tantas canoas y seguro de que en cada una
venían cuatro o cinco tripulantes, no se me ocurría la manera de atacar a
veinte o treinta hombres con mis solas fuerzas. Perplejo y desilusionado
permanecí en el castillo, pero adopté, al igual que la vez anterior, las
necesarias precauciones en caso de ataque, y pronto estuve listo para
repelerlo. Aguardé un rato tratando de oír si hacían algún ruido, mas como
mi impaciencia crecía por momentos puse las escopetas al pie de la escalera
y me encaramé a la cumbre de la colina con el procedimiento ya descrito,
teniendo sin embargo buen cuidado de que mi cabeza no sobrepasara el
nivel de la roca y quedara completamente oculta a las miradas de aquellos
hombres. Con ayuda del anteojo vi que no eran menos de treinta, que
acababan de encender una hoguera y aderezaban allí sus alimentos. No
pude distinguir qué clase de carne era aquella y de qué modo la cocían; pero
los vi bailar como locos en torno al fuego, haciendo toda clase de
contorsiones y bárbaros ademanes.
Mientras los observaba, mi anteojo me mostró de pronto a dos
miserables prisioneros que eran arrastrados desde las canoas y conducidos
al sacrificio. Vi a uno de ellos caer inmediatamente, y supongo que lo
golpearon con una maza o cachiporra, como es su costumbre habitual.
Inmediatamente dos o tres salvajes se precipitaron sobre el caído y
empezaron a descuartizarlo, mientras el otro desgraciado permanecía
inmóvil y a la espera de que le llegara el turno. Pero en ese mismo instante,
como el infeliz había sido descuidado por sus captores y el instinto le
inspirara una esperanza de vida, echó a correr con velocidad increíble a lo
largo de la playa, justamente en dirección al lugar donde se hallaba mi
morada.
Confesaré que el espanto se apoderó de mí al verle tomar esa dirección,
y sobre todo cuando la pandilla entera se lanzó en su persecución. Pensé
que mi sueño iba a cumplirse y que el salvaje se ocultaría en el bosquecillo;
pero no contaba con que el resto del sueño se cumpliera igualmente, es
decir, que los salvajes renunciaran a seguirlo por esos lados. Permanecí
inmóvil y a la espera, y pronto recobré algo de ánimo al advertir que
solamente tres hombres perseguían al prisionero, y más aún comprobando
que su rapidez en la carrera era muy superior a la de aquellos, con lo cual si
conseguía mantenerla por una media hora jamás se pondría de nuevo a su
alcance.
Entre el lugar hasta donde habían llegado y mi castillo se encontraba la
ensenada que he citado en la primera parte de mi relato, cuando
desembarqué los efectos del buque. El perseguido debía necesariamente
nadar a través de ella, o lo apresarían en la orilla. Lo vi llegar a toda carrera
y, sin preocuparse de que la marea estaba alta, zambullirse y lanzarse a la
otra orilla sin perder un segundo; en unas veinte brazadas alcanzó el lado
opuesto y allí siguió corriendo aún con más rapidez y energía que antes. Los
tres perseguidores llegaron de inmediato a la ensenada, pero solamente dos
sabían nadar; el otro, luego de mirar al fugitivo, no se animó a tirarse al
agua y poco después se volvió lentamente hacia atrás, lo que fue para su
propio bien.
Desde mi apostadero pude observar que los dos perseguidores
emplearon el doble de tiempo que el perseguido en cruzar la ensenada.
Entonces me invadió el impulso irresistible de procurarme allí mismo el
criado, o tal vez el compañero y ayudante que necesitaba, y pensé que la
Providencia me había designado para salvar la vida de aquel infeliz.
Descendí a toda velocidad por la escalera, tomé las armas que, como he
dicho, había dejado al pie de esta, y volví a subir a la cresta de la colina.
Marchando en dirección al mar, como había un camino de atajo que
descendía bruscamente de la colina a la playa, pronto me hallé entre el
perseguido y los perseguidores, llamando a aquel en alta voz. Cuando, al
mirar hacia atrás, me vio distintamente, tuvo más miedo de mí que de los
otros, pero le hice señas con la mano de que se acercara; entretanto avancé
sigiloso hacia los dos salvajes, y saltando bruscamente sobre el que venía
adelante lo derribé de un culatazo. No me atrevía a disparar el arma por
temor a que el resto oyera el ruido, aunque a tan gran distancia no era fácil,
máxime que tampoco podrían ver el humo y orientarse por él. Ya en el suelo
el salvaje, el otro que iba más atrás se detuvo como aterrado; me acerqué
lentamente, pero entonces vi que tenía un arco y flechas, que estaba
armando para atravesarme, por lo cual no quedó otro remedio que disparar
sobre él y lo derribé muerto al primer tiro.
El pobre salvaje fugitivo, que ante mi actitud permanecía inmóvil a
cierta distancia, vio a sus enemigos caídos y muertos, pero tuvo un terror
tan grande al oír el estampido de la escopeta que se quedó como piedra,
incapaz de avanzar o retroceder y, sin embargo, con más ganas de seguir
huyendo que de venir hacia mí. Lo llamé otra vez, haciéndole signos de que
se aproximara, lo que entendió fácilmente. Dio unos pasos, se detuvo, luego
caminó otro trecho y volvió a pararse; advertí que temblaba a la idea de
sufrir el mismo destino que sus perseguidores. Insistí en hacerle señas de
que se acercara, tratando de demostrarle en toda forma que no le haría nada,
para animarlo; fue aproximándose lentamente, pero cada diez o doce pasos
se arrodillaba en señal de reconocimiento por haberle salvado la vida. Le
sonreí de la manera más cariñosa, haciéndole seña de que se adelantara aún
más, y por fin llegó a mi lado.
Entonces, dejándose caer de rodillas, besó el suelo y apoyó en él su
cabeza, y tomando mi pie lo puso sobre ella, lo que sin duda significaba su
voluntad de hacerse mi esclavo por toda la vida.
Lo levanté, acariciándolo y tratando de devolverle el coraje en todo lo
posible. Sin embargo aún había tarea que realizar, porque de pronto advertí
que el salvaje que golpeara con la culata no estaba muerto sino solamente
desmayado y daba señales de recobrar los sentidos. Le apunté con la
escopeta mientras hacía señas a mi salvaje para que reparara en su enemigo;
comprendiendo, me habló algunas palabras que, aunque carentes para mí de
sentido, fueron muy dulces de oír, ya que era el primer sonido humano que
escuchaba yo en aquella isla después de veinticinco años.
Pero no había tiempo ahora para reflexiones: el salvaje se recobraba
poco a poco de su desmayo, lo vi que se sentaba en el suelo y advertí que
mi compañero principiaba a asustarse otra vez, por lo cual le ofrecí la otra
escopeta por si quería emplearla. Pero él me señaló por el contrario la
espada que yo llevaba desnuda en la cintura, y se la alcancé. Apenas lo
había hecho cuando lo vi precipitarse sobre su enemigo y cortarle la cabeza
de un solo tajo con tal destreza que el mejor verdugo de Alemania no lo
hubiese hecho más pronto ni mejor.
Aquello me asombró en un hombre que, según imaginaba yo, jamás
había visto antes una espada, salvo las de madera que usan esos pueblos.
Más tarde, sin embargo, vine a saber que fabrican sus espadas con una
madera tan dura como pesada, y que el filo es tan agudo que con ellas
pueden decapitar de un golpe, e incluso tajar un brazo entero.
En cuanto a él, después de matar a su enemigo, vino hacia mí riendo en
señal de triunfo, y con abundancia de ademanes que no entendí depositó a
mis pies la espada ensangrentada y la cabeza del salvaje.
Lo que más lo pasmaba era la forma en que yo había matado al otro
indio, y señalándolo parecía pedirme permiso para ir a examinarlo, lo que le
concedí lo mejor que pude. Cuando llegó junto al cadáver se quedó como
helado, mirándolo por todas partes; le dio vuelta a un lado, después al otro,
observó la herida de la bala, que había alcanzado a darle en el pecho,
haciendo un orificio del cual manaba muy poca sangre, ya que la muerte se
había producido por hemorragia interna. Por fin tomó el arco y las flechas y
vino junto a mí, que me disponía a regresar. Le hice señas de que me
siguiera, tratando de atemorizarlo a la vez con la idea de que otros salvajes
podían presentarse de improviso.
Como entendiera muy bien, me hizo señas de que lo dejara enterrar los
cuerpos en la arena para que el resto de la pandilla no los encontrara.
Cuando asentí se puso a cavar un hoyo con las manos, y pronto fue lo
bastante grande para enterrar a uno de los muertos; repitió el procedimiento
y un cuarto de hora más tarde los dos estaban sepultados. Llamándolo
entonces lo llevé conmigo, no al castillo, sino a la gruta que quedaba en el
otro extremo de la isla; de modo que no dejé cumplirse el sueño en aquella
parte, según la cual el salvaje había buscado refugio en mi soto.
Le di pan y un racimo de pasas, así como agua, de la que estaba muy
necesitado después de aquella carrera.
Luego que se hubo refrescado le hice signos de que se acostara a
dormir, señalándole un sitio donde había un colchón de paja de arroz
cubierto con una manta, que yo empleaba a veces para descansar allí. El
pobre obedeció y pronto estuvo dormido.
Era un individuo bien parecido, muy bien formado y fuerte, no
demasiado alto pero de gran esbeltez, que contaría según calculé unos
veintiséis años, tenía un rostro agradable, sin ninguna fiereza ni ferocidad,
aunque advertí que sus facciones eran muy varoniles; cuando sonreía,
encontraba yo en su rostro toda la suavidad y la dulzura de los europeos. Su
largo y negro cabello no se encrespaba como lana; la frente era ancha y
despejada, y había vivacidad e inteligencia en su mirada. La piel no era
negra sino atezada, pero sin ese desagradable matiz amarillento de los
naturales del Brasil, Virginia y otros lugares americanos, sino más bien un
aceitunado oscuro que resultaba muy agradable de ver aunque no sea fácil
describirlo. La cara era redonda y llena, con una nariz pequeña y no
aplastada como la de los negros, una boca firme de labios pequeños y
dientes tan perfectos y blancos como marfil.
Luego que hubo dormitado, más que dormido, una media hora, se
levantó y saliendo de la gruta fue hacia donde estaba yo terminando de
ordeñar las cabras que guardaba en ese sitio. Cuando me divisó vino
corriendo a arrodillarse otra vez a mis plantas, con fervientes
demostraciones de reconocimiento y humildad, haciendo mil gestos para
que yo comprendiera. Por fin apoyó la cabeza contra el suelo junto a mi pie,
y volvió a levantar mi otro pie y colocárselo encima, tras lo cual hizo todos
los ademanes posibles de sumisión y servidumbre para darme a entender
que sería mi esclavo por siempre. Comprendí bastante todo esto, y traté de
demostrarle que me sentía muy contento con él. Poco después empecé a
hablarle, a fin de que aprendiera a contestarme poco a poco. Ante todo le
hice saber que su nombre sería Viernes, ya que en este día lo salvé de la
muerte y me pareció adecuado nombrarlo así. A continuación le enseñé a
que me llamara amo y a que contestara sí o no, precisándole la significación
de ambas cosas. Llené de leche un cacharro que puse en sus manos,
mostrándole primero cómo se bebía aquello y mojando mi pan en la leche;
de inmediato hizo lo mismo, dando señales visibles de que le gustaba
mucho.
Lo tuve conmigo aquella noche, y a la mañana siguiente le indiqué que
me siguiera, haciéndole comprender que le daría algunas ropas para que se
vistiera, ya que estaba completamente desnudo. Cuando cruzamos el lugar
donde había enterrado a los dos salvajes me señaló con precisión el sitio,
mostrándome las marcas que había hecho para encontrarlos otra vez, y
comprendí por sus signos que me invitaba a desenterrarlos y comerlos. A
esto me mostré encolerizado, dándole a entender la repugnancia que me
producía la sola idea, e hice como si su intención me causara náuseas,
ordenándole que se alejara de allí al punto, cosa que hizo con gran
sumisión. Lo llevé conmigo hasta la cumbre de la colina, para observar si
sus enemigos habían vuelto a embarcarse; con ayuda del anteojo recorrí la
costa y aunque encontré el lugar donde se habían congregado no descubrí la
menor señal de su presencia, lo que indicaba evidentemente que se habían
marchado sin inquietarse en lo más mínimo por la suerte de sus dos
compañeros.
No contento con este descubrimiento, y como el mayor coraje
aumentaba en igual grado mi curiosidad, confié a Viernes mi espada así
como el arco y flechas que llevaba a la espalda y que sabía usar
diestramente; le di también una escopeta para mí, y llevando yo otras dos,
nos encaminamos hacia la costa donde habían pernoctado los salvajes.
Cuando estuvimos allí la sangre se me heló en las venas y me pareció que
mi corazón se detenía; ¡tan atroz era el espectáculo! Me quedé inmóvil de
espanto, aunque Viernes no parecía conmovido en lo más mínimo. El lugar
estaba cubierto de huesos humanos, el suelo tinto en sangre; grandes trozos
de carne aparecían diseminados aquí y allá, devorados a medias y
carbonizados; en fin, eran los testimonios del banquete triunfal con que
aquellos salvajes habían celebrado la victoria sobre sus enemigos. Encontré
tres cráneos, cinco manos y los huesos de tres o cuatro piernas y pies, así
como abundancia de otras porciones de carne humana.
Por medio de signos, Viernes me dio a entender que habían traído cuatro
prisioneros para devorar, que aquellos restos pertenecían a tres y que él —se
apuntaba con la mano— era el cuarto. Me explicó del mismo modo que
había habido una gran batalla entre aquellos salvajes y los súbditos de un
rey vecino, del cual parecía ser vasallo, y que habiendo resultado
vencedores los otros, habían tomado gran número de prisioneros que fueron
conducidos a distintos lugares para servir de pasto en el bárbaro festín de la
victoria; un grupo de aquellos miserables era el que había desembarcado en
mi isla.
Ordené a Viernes que reuniera los cráneos, huesos y demás restos e
hiciera con ellos una pirámide y le pegara fuego hasta que se calcinaran.
Observé que se mostraba harto dispuesto a comerse parte de aquella carne,
y que seguía siendo caníbal en su naturaleza; pero di tantas señales de
repugnancia a la sola idea de semejante cosa, que no se atrevió a manifestar
sus verdaderos instintos, ante todo porque yo le había dado a entender que
si cedía a ellos no vacilaría en matarlo.
Terminada la tarea volvimos al castillo, donde empecé a trabajar para mi
criado Viernes. Ante todo le di unos calzoncillos de lienzo que encontrara
en el arcón del pobre artillero y que rescaté del naufragio; con pequeñas
modificaciones, le sentaron muy bien. Luego hice una chaqueta de piel de
cabra, lo mejor que me fue posible, ya que era un discreto sastre; le di una
gorra de piel de liebre, muy cómoda y pasablemente elegante, con lo cual
quedó bastante presentable y me pareció satisfecho de verse igual que su
amo. Cierto que al comienzo se sentía incómodo con aquellas ropas; los
calzoncillos le estorbaban enormemente, y las mangas de la chaqueta le
lastimaban los hombros y la piel de los brazos. Pero cuando se quejó de ello
le hice los retoques convenientes y pronto se habituó sin la menor
dificultad.
Al siguiente día de tenerlo conmigo empecé a considerar dónde alojaría
a mi criado. Se necesitaba un sitio que fuera cómodo para él y conveniente
para mí, de modo que terminé levantando una pequeña tienda en el espacio
libre que quedaba entre las dos fortificaciones, es decir, en el interior de la
segunda y el exterior de la primera. Como justamente allí estaba la abertura
que permitía entrar en la cueva, construí una verdadera puerta, clavando
tablas sólidas en un marco del tamaño conveniente y fijándola en el interior
del pasaje a la cueva. La puerta se abría hacia dentro, y de noche la
aseguraba sólidamente teniendo también la precaución de retirar las
escaleras, con lo cual nunca hubiera podido Viernes llegar hasta mí sin
hacer mucho ruido que me hubiera despertado de inmediato.
Es de recordar que mi primera empalizada tenía ahora un verdadero
techo, formado por largas pértigas que cubrían enteramente la tienda y se
apoyaban en la roca; sobre ellas había colocado troncos finos en lugar de
vigas, y todo estaba cubierto espesamente con paja de arroz, tan sólida
como si fuese caña. En el agujero que dejé para salir por la escalera había
instalado una especie de trampa, que, al intentar abrirla desde afuera,
hubiese caído, con gran estrépito. En cuanto al armamento, lo guardaba
todas las noches conmigo.
Sin embargo ninguna de estas precauciones resultó necesaria, porque
nunca hombre alguno tuvo un sirviente tan fiel, amante y sincero como lo
fue Viernes conmigo. Sin violencias, enojos o mala intención, se mostraba
profundamente adicto y dispuesto; su afecto por mí parecía más bien el de
un hijo por su padre, y me atrevo a decir que hubiera sacrificado
voluntariamente su vida para salvar la mía en cualquier ocasión. Muchos
testimonios me dio de ello, y pronto me convencí de que era inútil emplear
con él aquellas excesivas precauciones.
Esto me dio oportunidad de pensar frecuentemente y con no poca
maravilla que si Dios, en su Providencia y en el gobierno de su Creación,
había decidido privar a tantas de sus criaturas del mejor empleo de sus
facultades y sentimientos, sin embargo los había dotado de las mismas
disposiciones, la misma razón, iguales afectos y sentimientos de humildad y
devoción, así como de las mismas pasiones y resentimientos ante las
ofensas, sentido de gratitud, sinceridad, fidelidad y todo el poder de hacer el
bien y recibirlo que diera a sus demás criaturas. Y que cuando a Dios le
placía ofrecerles oportunidades de ejercitar aquellas cualidades, estaban tan
dispuestos y hasta parecían más capaces que nosotros en emplearlas para el
bien.
Pero volvamos a mi nuevo compañero. Me sentía muy contento con él,
y traté de enseñarle enseguida aquellas cosas que lo tornarían útil, capaz y
diestro. Mi mayor deseo era enseñarle a hablar, y que entendiera lo que yo
le decía. Nunca se encontró mejor alumno que él; se mostraba tan contento,
tan aplicado y daba muestras de tal alegría cuando alcanzaba a
comprenderme o lograba que yo lo entendiera a él, que resultaba un placer
hablarle. Mi vida se tornó tan placentera que con frecuencia me decía que
de no mediar el peligro de los salvajes no me hubiera afligido tener que
quedarme allí para siempre.
Después de llevar dos o tres días en el castillo pensé que para alejar a
Viernes de su horrible costumbre de comer carne humana y hacerle perder
el hábito adquirido lo mejor sería darle a probar otras carnes. Una mañana,
pues, lo llevé conmigo a los bosques dispuesto a matar para él una de las
cabras que tenía en cautiverio y traer su carne al castillo. Pero en el camino
di de pronto con una cabra que descansaba rodeada por dos cabritos. Detuve
inmediatamente a Viernes.
—¡Quieto! —le ordené, haciéndole seña de que no se moviera.
Inmediatamente apunté y el tiro alcanzó a uno de los cabritos. Viernes,
que me había visto matar a distancia a uno de sus perseguidores, pero
seguía sin comprender cómo era posible tal cosa, se puso a temblar y me
miraba con un aire tan horrorizado que me pareció que iba a caer
desvanecido. Ni siquiera se dio cuenta de que yo había tirado contra un
cabrito y que allí yacía muerto, sino que empezó a tantearse la chaqueta
como si quisiera descubrir alguna herida. Debió pensar, como me di cuenta
enseguida, que intentaba matarlo, porque precipitándose a mis pies me
abrazó las piernas, mientras decía gran cantidad de cosas que no entendí,
aunque evidentemente me rogaba que no le arrebatase la vida.
No me costó mucho convencerlo de que no le haría daño alguno, y
tomándolo de la mano lo obligué a levantarse y le señalé el cabrito muerto,
ordenándole que fuera a buscarlo, lo que hizo enseguida. Mientras él
observaba maravillado la forma en que fuera herido el animalito, cargué de
nuevo la escopeta y pronto vi un gran pájaro semejante a un halcón posado
en un gran árbol cercano. Para darle a entender a Viernes cuál era mi
intención le mostré el pájaro —que era en realidad un papagayo y no un
halcón— y después señalé la escopeta y el sitio debajo del árbol donde
estaba el animal, para que comprendiese que no dejase de mirar el
papagayo, e inmediatamente lo vio caer. Se quedó de nuevo como
petrificado, a pesar de mis explicaciones, y advertí que, como no me había
visto cargar otra vez el arma, pensaba sin duda que había en ella un
inagotable caudal de muerte y destrucción para todo hombre, animal o
pajar, que se pusiera a distancia de tiro.
El pasmo que esto le causaba era tal que transcurrió un tiempo antes de
que se recuperara y creo que de haberlo dejado me hubiese adorado tanto a
mí como a la escopeta. Durante muchos días no se atrevió a tocar el arma,
pero a veces, cuando estaba solo con ella, le hablaba y parecía esperar una
respuesta. Más tarde me confesó que le había suplicado con insistencia que
no lo matara.
Luego que se le pasó el primer susto al ver cómo mataba yo al pájaro,
obedeció mi orden y fue a recogerlo, pero como el papagayo no estaba más
que herido revoloteó para alejarse y Viernes tuvo que correr tras él hasta
que al fin pudo alcanzarlo; entretanto yo aproveché su ausencia para cargar
otra vez la escopeta, pues había advertido cómo lo asombraba este detalle
del arma y la guardaba lista para un nuevo disparo si se presentaba la
ocasión. No la hubo, sin embargo, y volvimos trayendo el cabrito, que
desollé aquella misma tarde. En una de las ollas herví y guisé una cantidad
de carne, obteniendo un excelente caldo. Luego de haberlo probado le di
una porción a mi criado, que pareció gustar muchísimo de él. Lo que sin
embargo lo maravillaba era verme comer la carne con sal, e hizo señas de
que la sal no era sabrosa, y poniéndose un poco en la boca pareció sentir
una viva repugnancia, escupiéndola enseguida y yendo a enjuagarse la boca
con agua fresca. A mi vez me llevé a la boca un trozo de carne sin sal
haciendo toda clase de demostraciones de repugnancia, para convencerlo de
que así no debía comerse; pero no obtuve resultado alguno, y Viernes siguió
comiendo su carne y bebiendo el caldo sin sal; más tarde empezó a salar su
comida, pero apenas.
Habiéndolo alimentado con el caldo y la carne hervida, me propuse
ofrecerle al día siguiente un cuarto de cabrito asado. A tal fin colgué el
trozo de una cuerda, tal como había visto hacerlo a mucha gente en
Inglaterra; fijando dos estacas a ambos lados del fuego y un palo atravesado
sobre ellas, sujeté la cuerda en este último cuidando de hacer girar
continuamente el trozo de carne. Viernes admiró mucho estos preparativos,
pero aún más maravillado se mostró al probar la carne, empleando tales
gestos y ademanes para indicarme cuánto le había gustado que hubiese sido
imposible no advertirlo. Por fin me dio a entender que jamás volvería a
comer carne humana, lo que me produjo una gran alegría.
Al otro día lo puse a trillar grano, así como a cernirlo de la manera que
ya he contado; pronto aprendió a hacerlo tan bien como yo, especialmente
cuando hubo advertido cuál era el objeto de ese trabajo, es decir, la
obtención de pan. Le mostré cómo se preparaba y se cocía el pan, y en poco
tiempo Viernes fue tan hábil en efectuar aquellos trabajos como pudiera
haberlo sido yo mismo.
Había que tener ahora en cuenta que éramos dos bocas para alimentar
en vez de una, de modo que urgía preparar más tierras y sembrar mayor
cantidad de grano que hasta entonces. Luego de elegir una superficie
conveniente me di a la tarea de hacer un vallado igual al anterior, y Viernes
no solamente me ayudó con habilidad y tesón sino que parecía mostrar
verdadero entusiasmo. Le di a entender para qué trabajábamos, que ahora
era necesaria una mayor cosecha a fin de disponer de más pan, ya que
ambos teníamos que alimentarnos.
Comprendió con suma inteligencia mi razonamiento, y me significó que
él se daba clara cuenta de que mis tareas aumentaban mucho con su
presencia, pero que estaba dispuesto a trabajar con todas sus fuerzas si yo le
enseñaba el modo de hacerlo.
Aquel fue el más agradable año de todos los que viví en la isla. Viernes
empezaba a hablar bastante bien, entendía los nombres de casi todas las
cosas que yo podía pedirle y de los lugares adonde lo enviaba. Como
hablábamos mucho, volví a tener ocasión de emplear el idioma que durante
tanto tiempo me había sido inútil, por lo menos para conversar. Fuera del
gusto que me daban estas charlas, me sentía cada vez más atraído hacia el
muchacho; su sencilla y franca manera de ser se me revelaba cada día con
más claridad, y llegué a quererlo profundamente. Pienso también que él
sentía por mí un cariño que jamás había experimentado en su vida.
Una vez se me ocurrió comprobar si Viernes guardaba alguna nostalgia
de su país. Como le había enseñado bastante inglés para que pudiese
contestar casi todas mis preguntas, le interrogué sobre si su nación era
capaz de triunfar en las guerras. A esto se sonrió y me dijo:
—Sí, sí, nosotros siempre en pelea mejores.
Quería significar que combatían mejor que los otros pueblos. Entonces
mantuvimos el siguiente diálogo:
—¿Así que vosotros peleáis mejor? —dije yo—. ¿Y cómo es que te
tomaron prisionero, Viernes?
VIERNES: Mi nación vencer muchos por eso.
AMO: ¿Cómo vencer? Si tu nación venció, ¿cómo es que fuisteis
apresados?
VIERNES: Ellos más que mi nación en sitio donde yo estar; mi nación
apresar uno, dos, muchos mil.
AMO: ¿Y por qué, entonces, los de tu nación no acudieron a rescataros
de las manos del enemigo?
VIERNES: Ellos meter uno, dos, tres y yo en canoa; mi nación no tener
entonces canoa.
AMO: Dime, Viernes, ¿qué hacen los de tu nación con los enemigos que
toman prisioneros? ¿Se los llevan para comerlos, como tus enemigos?
VIERNES: Sí, mi nación también comer hombres; comerlos todos.
AMO: ¿Adónde los llevan?
VIERNES: Otros sitios, donde gustarles.
AMO: ¿Vienen a esta isla?
VIERNES: Sí, sí, venir aquí; venir muchas partes.
AMO: ¿Viniste aquí con ellos alguna vez?
VIERNES: Sí, yo estar allí. (Y señalaba el lado noroeste de la isla que, al
parecer, era su sitio preferido.)
A través de este diálogo descubrí que mi criado había formado
anteriormente parte de las partidas de salvajes que desembarcaban en el
extremo de la isla, haciendo con otros lo mismo que ahora habían
pretendido hacer con él. Más adelante, cuando tuve ánimo suficiente para
llevarlo conmigo a aquel lugar que ya he descrito, conoció inmediatamente
el sitio y me dijo que allí mismo habían devorado en una ocasión veinte
hombres, dos mujeres y un niño. No sabía decir «veinte» en inglés, pero se
puso a alinear piedras y me suplicó que las contase.
He narrado este episodio porque explicará lo que sigue, y es que luego
de oír a Viernes hablar de su nación, le pregunté a qué distancia quedaba
nuestra isla de aquellas costas y si las canoas no se perdían con frecuencia.
Me respondió que no había peligro y que jamás se perdían las canoas, ya
que apenas salidas mar afuera encontraban siempre una misma corriente y
un mismo viento, en una dirección por la mañana y en otra por la tarde.
Comprendí que se refería simplemente a las mareas alternas, pero más
tarde vine a descubrir que se trataba de los grandes movimientos y el reflujo
del enorme río Oroonoko,[1] ya que como terminé por saber nuestra isla se
hallaba en el gran golfo de su desembocadura. La tierra que se alcanzaba a
ver hacia el O y el NO era la gran isla Trinidad, en la parte norte de las
bocas del río. Hice mil preguntas a Viernes sobre el país, los habitantes, el
mar, la costa, y cómo se llamaban las naciones próximas. Con toda buena
voluntad me dijo cuanto sabía. Le pregunté los nombres de las distintas
tribus de su raza, pero solo supo responder: «Carib». Me fue fácil deducir
que se trataba de los caribes, que nuestros mapas colocan en la parte de
América que va desde las bocas del Oroonoko hasta la Guayana y Santa
Marta. También me dijo que mucho más allá de la luna —queriendo
significar el poniente de la luna, hacia el oeste de su nación— vivían
hombres de barba blanca como yo (y señalaba mis bigotes y patillas ya
mencionados). Agregó que los blancos habían matado «mucho hombre»,
según sus palabras, por lo cual comprendí que se refería a los españoles,
cuyas crueldades en América se han difundido en el mundo entero al punto
de ser recordadas y transmitidas de padres a hijos en cada nación.
Pregunté a Viernes si podía decirme el modo de salir de la isla y llegar
al país de los hombres blancos.
—Sí, sí —replicó—. Poder ir en dos canoas.
No supe qué quería significar ni conseguí que me describiera su
pensamiento, hasta que al fin y con gran dificultad vine a darme cuenta de
que al decir «dos canoas» quería indicar un bote que tuviese un tamaño
equivalente al doble de una piragua.
Estas afirmaciones de Viernes me agradaron mucho, y desde entonces
volví a abrigar la esperanza de que alguna vez hallaría oportunidad de
fugarme de la isla, y que aquel pobre salvaje sería para mí una valiosa
ayuda.
En el ya largo tiempo que Viernes llevaba a mi lado cuando fue capaz
de hablar y comprender lo suficiente, no descuidé de sembrar en su alma los
fundamentos del conocimiento religioso. En una ocasión le pregunté quién
lo había creado, pero el pobre muchacho no fue capaz de comprender el
sentido de mi pregunta, de modo que busqué otra manera y le pregunté
quién había creado el mar, la tierra sobre la cual andábamos, las colinas y
los bosques. Me dijo que el creador era el anciano Benamuki, que vivía más
allá de todo. Era incapaz de decirme nada acerca de él, sino que Benamuki
era viejo, mucho más viejo que el mar y la tierra, que la luna y las estrellas.
Le pregunté por qué si aquel anciano era el creador de todas las cosas, no
era adorado por ellas. Me miró gravemente y luego, con una absoluta
inocencia, dijo:
—Todas las cosas dicen «¡Oh!» a Benamuki.
Lo interrogué sobre si los hombres que morían en su nación iban a
alguna parte.
—Sí —me contestó—. Ellos ir a Benamuki.
—¿También los que son devorados?
—Sí —dijo Viernes.
Partiendo de esas conversaciones principié a instruirlo en el
conocimiento del verdadero Dios. Le dije que el Hacedor de todas las cosas
vivía en lo alto, y le señalé el cielo; que gobierna el mundo con el mismo
poder y providencia de que se valió para crearlo; que era omnipotente,
pudiendo hacer todo por nosotros, darnos o quitarnos todo; y así
gradualmente fui iluminando su inteligencia. Escuchaba con gran atención,
y aceptó con placer la idea de que Jesucristo había sido enviado a la Tierra
para redimirnos, así como la forma de rogar a Dios y la seguridad de que Él
escuchaba las plegarias desde el cielo. Un día me dijo Viernes que si
nuestro Dios podía escucharnos desde más allá del sol era necesariamente
un dios más grande que Benamuki, que apenas vivía algo más lejos de la
tierra y solamente escuchaba a los hombres cuando subían a lo alto de las
montañas donde moraba para invocarlo. Le pregunté si alguna vez había
subido a hablarle; me dijo que no, que los jóvenes jamás lo hacían sino que
era privilegio de los ancianos a quienes llamaban Uwokaki, queriendo
significar, según me explicó, los sacerdotes o ascetas; aquellos eran los que
subían a decir «¡Oh!» —evidentemente, a elevar sus plegarias— y a su
regreso manifestaban la voluntad de Benamuki. De ahí deduje que aun entre
los más ciegos, ignorantes y paganos habitantes del mundo existe la
superchería, y que la astucia de crear una religión secreta a fin de mantener
la veneración popular se practica acaso en todas las religiones del mundo,
incluso las de los más embrutecidos y bárbaros salvajes.
Hice lo posible por explicarle a Viernes ese fraude, y le dije que la
artimaña de los ancianos al subir a las montañas para decir «¡Oh!» al dios
Benamuki era un engaño, y mucho más su pretensión de ser los portadores
de mensajes divinos. Que si alguna palabra recibían en lo alto era
proveniente del espíritu del mal, y de ahí nos internamos en una larga
conversación sobre el diablo, su origen, su rebelión contra Dios, el odio que
le profesa y las causas del mismo, su residencia en los lugares más
sombríos de la tierra para que allí se lo adore como si fuese Dios, y las
muchas estratagemas de que es capaz para precipitar en la ruina a la
humanidad.
Le mostré cómo el diablo tiene secreto acceso a nuestras pasiones y
nuestros afectos, y la astucia con que tiende sus trampas aprovechando
nuestras inclinaciones a fin de que nosotros mismos nos tentemos y nos
hundamos voluntariamente en la destrucción.
Le decía yo cómo el diablo es el enemigo de Dios en el corazón de los
hombres y emplea allí toda su malicia y su destreza para impedir los buenos
designios de la Providencia, a fin de ocasionar la ruina del reino de Cristo,
cuando Viernes me interrumpió.
—Bueno —me dijo—. ¿Vos decir Dios tan grande, tan fuerte, mucho
más que diablo?
—Sí, sí —afirmé yo—. Dios es más fuerte que el diablo, Viernes. Dios
está por encima del diablo, por eso rogamos a Dios que nos permita pisotear
al diablo, resistir sus tentaciones y apagar el fuego de sus dardos.
—Pero —declaró él— si Dios más fuerte, si Dios más poderoso que
diablo, ¿por qué no matar Dios al diablo, y este así no hacer más daño?
Aquella pregunta me sorprendió grandemente, pues aunque en aquel
entonces era yo hombre maduro, mi capacidad teológica no excedía a la de
un novicio y de ninguna manera podía dármelas de casuista para solucionar
tales dificultades.
Me encontré sin saber qué contestar, y fingiendo que no le había
entendido le pedí que me repitiera su pregunta. Demasiado inteligente era
para haber olvidado su duda, y me la repitió con las mismas pintorescas
palabras. Ya entonces había recobrado un poco la serenidad, y le contesté:
—Dios lo castigará severamente al fin; ha sido reservado para el juicio
final, y será precipitado en los abismos sin fondo, donde lo consumirá un
fuego eterno.
Esto no satisfizo a Viernes, sino que volvió a la carga empleando mis
propias palabras:
—¡Reservado al fin! Yo no entender. ¿Por qué no matar ya diablo? ¿Por
qué no desde antes?
—Lo mismo podrías preguntarme —le dije— por qué Dios no nos mata
a nosotros cuando cometemos pecados que lo ofenden. Él nos reserva la
oportunidad de arrepentirnos y ser perdonados.
Meditó un rato esta observación, y entonces me dijo de pronto y muy
emocionado:
—Bien, bien, eso muy bien; entonces vos, yo, diablo, todos malos,
todos ser reservados, arrepentirse, Dios perdonar a todos.
Interrumpí entonces el diálogo, levantándome bruscamente como si me
llamara alguna tarea urgente; y luego de haber enviado lejos a Viernes elevé
mis plegarias a Dios para que me hiciera capaz de instruir
convenientemente a aquel pobre salvaje, y que mi enseñanza de la Palabra
de Dios fuera tal que su conciencia se abriera a ella, sus ojos vieran la luz y
se salvara su alma. Cuando volvió Viernes, le di una extensa explicación
acerca de cómo habían sido redimidos los hombres por el Salvador del
mundo, y le enseñé la doctrina del Evangelio dictada por el mismo Cielo,
insistiendo en la noción del arrepentimiento y en la fe hacia nuestro bendito
señor Jesucristo. Le expliqué después lo mejor posible por qué el santo
Redentor no había adoptado la naturaleza y forma de los ángeles sino la
estirpe de Abraham; y cómo, por eso, los ángeles caídos no participaban de
la redención; en fin, le narré que Él había venido solamente a salvar la oveja
descarriada de la casa de Israel y así las restantes nociones religiosas.
Continuando del mismo modo, en todo momento libre, las
conversaciones que mantuvimos Viernes y yo fueron tales que aquellos tres
años que vivimos juntos en la isla me parecieron absolutamente felices y
venturosos, como si en verdad fuera posible la dicha total en algún sitio
sublunar. Ya entonces el salvaje era un excelente cristiano, mejor por cierto
que yo; tengo razón para creer y esperar, Dios sea bendito por ello, que
ambos estábamos arrepentidos y que el consuelo divino nos había
alcanzado ya. Con nosotros estaba la Palabra de Dios que podíamos leer, y
no nos sentíamos más lejos de la ayuda de su gracia que si hubiésemos
vivido en Inglaterra.
Todas las disputas, riñas, debates y cuestiones que la religión ha
suscitado en el mundo, ya por discrepancias sutiles de doctrina o cismas en
el gobierno de la Iglesia, nos eran totalmente ajenos, así como a mi entender
lo han sido para el resto del mundo. Poseíamos la más segura guía del
Cielo, es decir, la Palabra de Dios, claras nociones del Espíritu Divino que
Su Palabra nos enseñaba, conduciéndonos seguramente hacia la verdad e
inculcándonos la voluntad y obediencia a sus dictados. No alcanzo a
entender la utilidad que hubiese podido darnos el más profundo
conocimiento de los puntos discutibles de la religión, por los cuales tantas
confusiones acontecen en la tierra. Pero debo ya proseguir con el relato de
nuestra existencia y ordenar sus distintos episodios.

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