Comunicación.
Una de las formas de clasificar los textos es según su tipología textual, es decir, según su modo
de expresión. Dentro de esta clasificación nos encontramos con los siguientes tipos:
Descriptivo.
Narrativo.
Texto dialogado.
Instructivo.
Argumentativo.
Expositivo.
En este tema nos centraremos en los dos últimos; expositivo y argumentativo.
Textos expositivos: Son aquellos cuya función es informas de forma clara, precisa y
objetiva. En cuanto a su estructura suelen contar con tres partes: introducción (en la
que se presenta el tema del que se va a tratar), desarrollo (se desarrolla aquello de lo
que se pretende informar) y conclusión (se recoge la información más importante).
La función predominante en este tipo de textos es la referencial (la propia de aquellos
textos en lo que predomina la objetividad) esta se aprecia por los siguientes rasgos
lingüísticos: Verbos en 3ª persona, en modo indicativo y uso del “Se” impersonal.
También se aprecia en este tipo de textos el empleo de datos concretos y ejemplos. En
cuanto al léxico, será preciso y riguroso. La información se distribuirá en párrafos
cohesionados mediante conectores (aditivos, explicativos, consecutivos, etc.).
Dependiendo del receptor al que vayan dirigidos y su conocimiento del tema a tratar,
se clasifican a su vez en:
Divulgativos: temas de interés general y vocabulario sencillo; se pretende llegar a un
público más amplio.
Especializado: Emplean un léxico más especializado y profundizan más en la materia,
ya que están destinados a expertos en el tema del que se habla.
Veamos a continuación un ejemplo de texto expositivo divulgativo.
Un invento revolucionario en la Edad Media: las gafas Antes del siglo XIV, los defectos
de visión, fueran congénitos, como la miopía, o ligados a la edad, suponían una
limitación irremediable. Ello afectaba sobre todo a quienes se dedicaban a trabajos de
precisión o a actividades intelectuales basadas en la lectura y la escritura. Entre estos
últimos estaban los monjes, durante siglos los grandes conservadores del saber
occidental. Por ello, no es extraño que fuera en un convento donde poco antes de
1300 se desarrollase un invento que desde entonces ha cambiado la vida de una parte
considerable de la humanidad: las gafas. Un científico árabe, Ibn al-Haytham, conocido
en Europa como Alhacén, creó en el siglo xi las bases teóricas para esta invención con
su estudio de la córnea humana y de los efectos de los rayos de luz en espejos y lentes.
Sus libros se tradujeron al latín en el siglo XI y alimentaron un generalizado interés por
la óptica y por sus aplicaciones prácticas. Aparecieron así las «piedras de lectura»,
lentes planoconvexas (semiesféricas) que se usaban a modo de lupas y que
constituyen el precedente de las gafas.
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Alfonso López
Los textos argumentativos son aquellos que defienden una idea (tesis) mediante unas
razones (argumentos).
En cuanto a su estructura es variada y presenta varias formas:
Inductiva: argumentos+ tesis.
Deductiva: tesis+ argumentos
Circular o de encuadre: tesis+ argumentos+ tesis.
Los argumentos o razones con las que el autor va a respaldar su tesis se clasifican en:
Argumentos de autoridad: citan argumentos de personas de prestigio, por lo general
por medio de una cita.
De ejemplificación: se emplean ejemplos de la realidad para confirmar la tesis.
Objetivos o datos: basados en cifras y fácilmente comprobables.
Basados en proverbios o refranes: buscan reforzar la tesis por medio de refranes o máximas
conocidas por la comunidad. experiencia personal: el emisor emplea sus vivencias para
respaldar la tesis que defiende.
Comparación o analogía: se defiende alguna idea ,comportamiento, hecho,…basándose en que
es muy parecido a otra idea o acto que es cabal y convincente.
Generalizaciones indiscutibles: se introduce una idea admitida y aceptada por el conjunto de la
sociedad.
Contraargumento: a veces la tesis se plantea desde el punto de vista contrario(antítesis) y se
refuta con contraargumentos, que refuerzan la tesis del autor.
Falacias: serán aquellos argumentos falsos o erróneos:
Apelación a los sentimientos del autor.
Apelación falsa a la autoridad o prestigio de una persona.
Uso de tópicos de forma inadecuada.
Relación falsa causa-efecto.
Rasgos lingüísticos (la gran variedad de textos argumentativos dificulta la tarea de señalar las
características, se señala aquí algunas de las más frecuentes): Uso de la primera persona en
singular y plural. Preferencia por el presente de indicativo para aportar credibilidad, verbos de
juicio y opinión, perífrasis modales, estructuras lógicas, sintaxis compleja y oraciones
dubitativas, exclamativas, interrogativas.
A nivel léxico nos podemos encontrar en las argumentaciones objetivas, un léxico técnico y
denotativo, pero en el caso de las argumentaciones subjetivas el léxico es connotativo, con
adjetivos valorativos y el nivel puede oscilar desde literario hasta coloquial.
Ejemplo de texto argumentativo:
La inteligencia y el lenguaje Parece extraño que la inteligencia humana tenga esa paradójica
capacidad de construirse a sí misma. Ninguna máquina puede hacerlo y los neurólogos
encuentran, en el misterioso fondo de nuestra inteligencia, una complejísima maquinaria
neuronal. Y, para colmo de males, genéticamente determinada. Admitir la autocreación sería
como afirmar que un automóvil puede mejorar su propio motor. Siento contradecir algo que
parece tan evidente, pero lo cierto es que el ser humano hace cosas muy extrañas. Parece que
puede encaramarse sobre sí mismo. La palabra superarse designa esa posibilidad. «Hay que
aprender a bailar sobre los propios hombros», decía Nietzsche. El colmo de la paradoja es que
el hombre consigue una parcial libertad usando mecanismos deterministas. No somos libres,
estamos siempre en proceso de liberación. Esto sí que es un gran vuelo. Un vuelo de águila y
no un tortoleo de gallina. Por ser capaz de tan extraordinaria hazaña, he comparado muchas
veces la inteligencia humana con el barón Münchhausen, el protagonista de una antigua
novela alemana. Un hombre de muchos recursos que, habiéndose caído una vez en un
pantano, se sacó de él a sí mismo y a su caballo tirándose hacia arriba de los pelos. Aunque lo
parezca, no es una broma: la especie humana ha hecho cosas parecidas. Ha inventado
herramientas mentales que acabaron por hacer más poderosos los mecanismos que las habían
producido. El ejemplo más claro, y más importante para nuestro tema, es el lenguaje. Nuestra
inteligencia es lingüística. Pensamos con palabras, hacemos planes con palabras, nos
comunicamos con ellas. Estamos continuamente hablándonos, haciéndonos preguntas,
criticándonos. La facilidad con que lo hacemos nos impide ver lo incomprensible del
fenómeno. El lenguaje es una creación muy sofisticada y compleja. […]. Se supone que el
hombre comenzó a hablar hace ciento veinte mil años. El lenguaje tuvo que inventarlo una
inteligencia muda, es decir, una inteligencia muy distinta de la nuestra. Resulta difícil explicar
tal alarde. No basta con decir que lo hizo tirándose hacia arriba de los pelos, claro. Para salir
del atolladero, algunos lingüistas del siglo pasado afirmaron que Dios tuvo que haberle dado el
lenguaje al hombre, todo hecho, con sus pluscuamperfectos y condicionales. Los seres
humanos, dejados a su aire, no hubieran podido hacer algo tan perfecto. En 1866, siete años
después de que Darwin publicara El origen de las especies, la Sociedad Lingüística de París,
harta ya de especulaciones, prohibió que se siguiera discutiendo el tema del origen del
lenguaje en la especie. Si consideramos el lenguaje en su estado actual, su riquísimo
vocabulario, la fascinante sutileza de la sintaxis, el hecho de que podamos producir un número
infinito de frases, resulta incomprensible su invención. Pero conviene contemplarlo en una
perspectiva histórica. Durante cien mil años el hombre fue inventando poco a poco signos —
las palabras son signos—, que le capacitaron para inventar nuevos signos. La herramienta
inventada sirvió para perfeccionar la herramienta inventora. Fue una larguísima creación social
que ocupó a la humanidad durante decenas de milenios y que ahora cualquier niño puede
asimilar y aprovechar en cuatro o cinco años. Cada vez que decimos una frase resuena en
nosotros la sabiduría creadora de millones de humanos.
José Antonio Marina, El vuelo de la inteligencia (adaptación)
Los mensajes propagandísticos.
Son aquellos que pretenden convencer al lector para que actúe de una forma
determinada; están relacionados con distintas áreas; pueden promocionar las visitas a
un lugar determinado, un tipo de estudios, cuestiones culturales…se diferencia de los
mensajes publicitarios en que estos últimos tienen como objetivo que se compre un
producto o en su caso un servicio.
Los mensajes propagandísticos responden a la siguiente estructura:
Eslogan: frase que pretende ser atractiva en la que se destaca las cualidades del producto o
actividad.
Texto: se desarrolla el mensaje en el que se pretende mantener la atención del lector y
convencerlo de aquello que se oferta.
Imagen: parte visual en la que se presenta el producto o actividad de forma sugerente.
Las formas de difundir estos mensajes son Internet, medios audiovisuales y otros como
videojuegos, carteles…