Acerca de este libro
Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido
escanearlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo.
Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de
dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es
posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embargo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras
puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir.
Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como
testimonio del largo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted.
Normas de uso
Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas.
Asimismo, le pedimos que:
+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares;
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales.
+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos
propósitos y seguro que podremos ayudarle.
+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine.
+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La legislación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de
autor puede ser muy grave.
Acerca de la Búsqueda de libros de Google
El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página [Link]
Q 7819 C5 C4 1973 LAC
THE LIBRARY
OF
THE UNIVERSITY
OF TEXAS
AT
AUSTIN
PQ
7819
C5
C4
1973
LATIN AMERICAN COLLECTION
35
CANDIA
Publicaciones de ANTONIO PAREDES
CELESTE. novela de ARMANDO CHIRVECHES
{
Edición de 2.000 ejemplares
Tercera edición
PRIMERA EDICION 1905
SEGUNDA EDICION 1955
TERCERA EDICION 1973
Impreso en Bolivia
Depósito Legal Nº 1462.-
L. P. 6 9 73.
ARMANDO CHIRVECHES
CELESTE
Tercera edición
Ediciones ISLA
Casilla 4311
La Paz - Bolivia
1973
PRIMERA PARTE
Celeste Alvarez iba a asistir al primer baile.
Dijéronle lisonjeramente que su iniciación sería un
triunfo y ella estaba persuadida de tal cosa. ¡Cómo dudarlo
siendo tan bello su vestido de gasa rosa, estilo imperio; ese
traje que era un poema de seda y encajes! ¡Si valsaba con
tanto chic y con tanta molicie aristocrática! ¡Si sabía llevar
tan bien su vestido y manejar con tanta gracia su abanico!
Mirábase con gozo en la ancha luna de su tocador y
se encontraba bonita. Suave palidez ocasionada por la emo-
ción diluíase en sus tersas mejillas; sus labios estaban frescos,
húmedos y rojos; cierta expresión lánguida que la sentaba ad-
mirablemente adormía sus ojazos grises, sus pensativos ojos
grises, que pudieran decir tantas cosas, y que ella velaba con
gracia bajando los párpados; dulce sonrisa dibujaba sombras
vermellón en las áticas comisuras de su boca en flor, en la
cual no habían libado las abejas del beso.
) 7 (
Ante el mundo ignorado que iba a conocer, vaga im-
paciencia hinchaba su seno núbil y su corazón latía con apre-
surado ritmo de seguidilla, de polka, como marcando el
compás de 2/4.
La señora Alvarez, su madre, consumada la obra del
peinado, vistióla con el traje de gasa vaporoso y bello. Tomó
en seguida un manojo de rosas y las prendió en el friso del
escote, al abrigo tibio del seno.
Celeste se caló los guantes poco a poco, mirándose de
soslayo en el espejo, por temor de que su madre echara de
ver que contemplaba mucho su interesante personita y al
fin, un tanto ruborosa, exclamo. ¿Que tal mamá? La se-
ñora Alvarez por toda respuesta, dióla un beso en la frente.
-0-
La fachada del Club de La Paz encontrábase profusa-
mente iluminada. En la escalera se alineaban jardineras, lám-
paras de cobre repujado, arbustos, banderas de diversos paí-
ses en fraternal connubio y espejos, en uno de los cuales
pudo la señorita Alvarez mirarse a su sabor y ascender lue-
go muy lentamente. Pasaron al tocador. Allí su madre arre-
glóle algunos lazos y luego fueron conducidas al salón. Ce-
leste iba apoyada en el brazo de un joven rubio a cuyas pa-
Jabras apenas si prestaba atención, embargada como se halla-
ba por desconocidas emociones. En las puertas del salón se
le nublaron los ojos y sintió una ola de llanto que pugna-
ba por desbordarse baio de sus pestañas. Aquella hilera de
cabezas mas o menos bellas, aquel centenar de ojos ávidos,
los oios de la muier, eternamente curiosa y eternamente pér-
fida, la turbaban; luego la profusión de las luces, el tibio am-
biente de polvos de arroz y de perfumes, el ruido discreto
con crescendos de alarma, constituido por las múltiples con-
versaciones, convergían para impresionarla con mayor inten-
sidad.
Cuando luego de atravesar el salón. el joven rubio le
ofreció asiento junto a un bouquet de señoritas, las pupilas
) 8 (
ingénuas de Celeste recorrieron los grupos de mujeres; co-
lores claros: malva, rosa, azul celeste, lila y ladrillos; vió
multitud de abanicos que hacían aire y que se plegaban y
desplegaban a voluntad con una especie de sístole y diástole;
cabellos castaños, cabellos rubios, cabellos negros; allí una
señora con peineta de oro mate empedrada de brillantes,
mas allá un cuello admirable en torno del cual tremaba co-
llar de triple hilera de perlas. Cerca de las puertas de entra-
da, fracs en cuya solapa se marchitaba una flor, cuellos tie-
sos y lustrosos que se erguían sobre la pechera inmaculada-
mente blanca; cabezas graves y cabezas juveniles, relucientes
y engomadas que trascendían a vinagres de tocador, retor-
cidos bigotes que ennegrecía el cosmético y cuyas puntas
convergían hacia arriba; calvas cuya desnudez se prodigaba
tristemente entre exhuberantes cabellos .
-¡Qué rica! -murmuró Isabel Flor de Bayres, una
señora joven y bonita, acercándose a Celeste- ¿Sabes hija
que estas encantadora? El vestido largo te sienta a las mil
maravillas. No te pasa lo que a la generalidad, que asi que
visten de largo pierden el ciento por ciento y sino, ahí tie-
nes a Emma Velarde que de traje corto era deliciosa y aho-
ra, no pasa de ser una mediocridad perfecta. ¿Cuantos val-
ses tienes comprometidos? Dame tu carnet; pero vas a que-
darte sin bailar esta noche. ¿No conoces a ninguno de estos
señores? Vamos yo te presentaré a algunos. -Con extraor-
dinaria rapidez había pronunciado la señora de Bayres, aque-
llas palabras. Llamó en seguida a dos o tres gomosos v luego
de presentarlos a su protegida, dióles el carnet de esta para
que apuntaran un número cualquiera del rol.
Pasó la cuadrilla oficial y entonces, la señora Serra-
no una anciana de cabellos blancos, aproximóse del brazo
de su caballero a Celeste y llamando a un señor de oscuros
bigotes. presentólos con cierta sonrisa de proteccción mater-
nal. -La señorita Celeste Alvarez, mi hijo Alberto Serrano.
Inclinóse éste último sujetando el claque con ambas manos,
luego estrechó la pequeña de la joven, al mismo tiempo que
murmuraba una frase amable y como deber de cortesía le
)9(
ofreció el brazo. En el fondo hallábase disgustado de pasear
su gravedad en compañía de la ex-colegiala y daba a todos
los diablos la ocurrencia de su madre que probablemente pro-
yectaría su matrimonio con la muchacha.
La orquesta preludió un vals de Strauss y Alberto
ciñendo el talle de su pareja, comenzó a valsar. Convencióse
pronto de que la señorita Alvarez bailaba bien y hasta lle-
gó a encontrarla encantadora. Enredábase ésta aún en el
vestido largo y muchas veces se sentía en aprietos para re-
cogerlo con la elegancia necesaria. Desplegaba el abanico de
plumas y apoyábaselo en los labios húmedos y rojos, como
para mandar un beso, y entonces, parecía el abanico una
grande mariposa de grandes alas, dispuesta a volar hacia des-
conocido rumbo, llevando aquel ósculo incógnito y perfu-
mado.
Preciosa criatura, pensó Serrano. ¿Cuál de estos gomo-
sos será su enamorado? ¿Por qué me la habrá presentado
mi madre, sabiendo que las chiquillas me aburren? Claro,
uno no encuentra conversación para ellas. ¿De qué ha de
hablarles? ¿De colegio? A fe que la cuestión no me interesa.
¿De amor? es demasiado joven.
Alberto notó que su madre le sonreía desde un án-
gulo y en su fuero interno díjose: no hay duda, se trata de
una campaña matrimonial, pero deben contar con mis hos-
tilidades. Tengo treinta años, edad en la que casi siempre
un hombre es incansable y además escéptico en materia de
amor. La mujer es una obra de arte, aunque Schopenhauer
sostenga su imperfección estética, que debe ser contemplada
desde lejos; es pura forma y pura fragilidad y yo tengo el
cerebro perfectamente acromático para ver las cosas como
son y no enredarme en idilios. Pues no faltaba más!
Ofreció asiento a Celeste, acompañando su acción de
una amable y un tanto burlona sonrisa.
El vals había terminado.
Viola pasar después delante de él, cogida del brazo
de su pareja e involuntariamente la siguió con la vista, como
) 10 (
si sus pupilas quisieran envolverla en larga caricia a despecho
de su voluntad. Así, vestida de rosa, parecíale suavemente en-
cantadora. Una visión de adolescente. La linea pura del bus-
to, la opulenta cabellera, el seno palpitante, los brazos mór-
bidos y la blancura de la tez unida a la delicadeza de la
gasa transparente, algo muy femenino y muy fresco en el
conjunto de todas aquellas cosas y una mirada que parecía
formular cierta pregunta tímida para él.
Más tarde pasó Celeste bailando con un joven de ri-
sada cabellera a cuyas palabras reía con entusiasmo. He ahí,
pensó con cierta amargura el flirteador de la niña, tal vez el
amor primero.
Sus recuerdos tristes despertáronse. La música tal vez
obraba sobre su espíritu con intenso poder evocador. Era un
vals melancólico y flébil.
Un centenar de parejas bailaba en el salón. los vesti-
dos claros confundíanse, se arremolinaban, iban alejándose
poco a poco y las blancas colas de gasa y de raso proyecta-
ban su forma curva y graciosa como una ala de cisne.
Los escotes de blancura ideal y carne satinada, emer-
gían tentadores sobre las curvaduras opulentas de los bus-
tos. Palidecían los ópalos, los diamantes que hipnotizan, co-
mo las pupilas negras; palidecían las esmeraldas y era más
lánguida la mirada de los ojos garzos .... ¡Oh voluptuosidad
elegante y exquisita de los salones, esencias dulcemente afro-
disiacas de ámbar y opoponax que enervan y excitan!
Serrano sentía ese poder de las causas exteriores sobre
su cerebro y sobre su cuerpo. La música, los perfumes, los
escotes ...
Buscó refugio en su asiento de la sala de fumar, junto
a un biombo arropado con piezas de seda antigua. Hasta él
la música llegaba indistinta y suave, y al fin se apagó con
una serie de acordes.
Allí permaneció largo tiempo echando al aire espira-
les del humo azul de un magnífico habano, con la mirada
perdida, que recorría tal vez algún sendero de su vida, que
contemplaba alguna mujer de su historia.
) 11 (
-0-
Cuando después del baile, Celeste, luego de besar a
su madre se retiró a su dormitorio, multitud de imágenes bu-
llían en su cerebro, agitábanse locamente como mariposas
prendidas en sus oscuros cabellos. Sintióse sofocada por su
albornóz que arrojó sobre una butaca y abriendo una venta-
na se puso a contemplar la noche magnífica que en su gran-
deza muda elevaba el pensamiento con no se qué dulzura.
Sintió tentaciones de llorar y al preguntarse el motivo de su
terneza, dudaba si era de placer o de melancolía. Una raсһа
de viento fresco azotóle el rostro y entonces a pesar de su
recogimiento y de sus ensueños cerró apresuradamente la
ventana.
Debía de ser muy tarde, pero como no tenía sueño,
se recostó en un sofá con el deseo de divagar sobre las im-
presiones de su primer baile.
1
-0-
En sus retinas impresionadas, las imágenes de la soirée
giraban vertiginosamente al compás de mil valses. Bajo co-
loraciones vivas, cual fuego de Bengala, las cabelleras pare-
cían incendiadas. En rápidos giros pasaban cuerpos claros y
fracs negros envueltos en nieblas de polvos de arroz, los aba-
nicos se agitaban como bandadas de aves, luego el vértigo
apoderábase de los objetos; eran ya los grandes espejos, los
cuadros, el salón entero que daban vueltas como un carrou-
sel a vapor, al compás de músicas saltarinas y precipitadas.
En ese mundo dotado de movimiento de rotación, Alberto
Serrano valsaba con ella, contemplándola amorosamente a
pesar de su gravedad, y ella, Celeste, sentía tentaciones de
torcer sus sedosos bigotes tan negros y tan suaves . luego
a esta idea una gran risa le rebalsaba en los labios y entre
el azoramiento de él y de esa gente que daba vueltas y más
vueltas, prorrumpía en sonora carcajada ... como en efecto,
sentóse riéndo en el sofá que le había servido de lecho, ves-
) 12 (
tida de baile aún, y ahogó un grito: por la ventana alegre
de su cuarto de soltera, se cernía todo el sol reilón de una
mañana de octubre.
II
Hacía tiempo que Celeste recibió el diploma de pro-
fesora en un colegio de señoritas. Conservaba, sin embargo,
algo muy personal del establecimiento dirigido por monjas
en que la educaron: rezaba en francés y tenía cierto dejo
nasal al cantar. Todavía las escalas, las fugas, los nocturnos
pausados y tristes surgían en el piano bajo la presión de sus
afilados dedos, pero poco a poco fué cambiando el gusto
y el espíritu de su música y al cabo, ejecutó estudiando el
movimiento de las manos y la posición de los brazos valses
de perezoso vaivén.
Acostumbrada al uniforme negro, cuyo único adorno
eran alforzas superpuestas y de vez en cuando, la banda de
sobresaliente de seda azul o encarnada, sentíase gozosa cuan-
do se encontraba elegantemente vestida con sus colores pre-
feridos y hundía con satisfacción las manos en el delantal
y alisábase los cabellos, que libres ya de la esclavitud de la
trenza, cayeron opulentamente, perfumados y sedosos, sobre
sus hombros núbiles.
En lugar de los matices oscuros, negros o azul de pru-
sia, o blancos, de una blancura mística, llegó a amar la trans-
parencia suave de las gasas de colores pálidos; un celeste des-
mayado, un rosa lánguido, un malva desfalleciente ... De
colores claros vistió su dormitorio, en el que se tamizaba por
los trasparentes ventanales y celosías sonrosada luz y en el
cual, inmensas mariposas de papel plegado, presas en la va-
porosa red de las cortinas, obligaban a pensar en flores gi-
gantescas.
) 13 (
En su imaginación la idea de un desposorio místico
con Dios, adquirida en el colegio, habíase ido transformando
en el ensueño de un desposorio humano en un templo con
estrellas de oro en la bóveda, ventanas góticas y vidrios de
colores; ramos de margaritas sobre jarrones de cristal tras-
lúcido en los altares; rosas, muchas rosas en el pavimento y
un nocturno muy suave y muy dulce en el órgano ... Cuántas
veces, como sus compañeras, había escuchado en un jardín
que existía junto a la capilla del colegio, el curruqueo de
las palomas, cuyas casitas de madera hallábanse clavadas en
el tronco de corpulentos árboles, bajo la protección de las
frondosas copas, y adquirido así la noción del mimo y del
arrullo. Crecían en el huerto rosales y enredaderas de cam-
panillas azules, cantaban los jilgueros, posábase el mirlo so-
bre las ramas de esbeltos álamos, los picaflores se embria-
gaban con la miel de los claveles, las brisas del jardín eran
tibias y aromáticas, arrastrábanse sobre las frentes blancas
de las colegialas, robando perfume a sus labios, el cielo casi
siempre era azul; y en el alma de ellas había un algo que
no acertaba a decir: había algo azul como el cielo, perfu .
mado como la brisa y amoroso como las palomas.
Poco a poco aspiraciones informes, sueños vagos, algo
que se presentía y se deseaba, fueron tomando consistencia
y revistiendo contornos. Un día las novelas de Carolina In-
vernizio o de Carlota Braemé prestaron cierta realidad a sus
vagos ensueños y el novio ideal surgió retorciéndose los os-
curos mostachos. Algunas veces, en las vacaciones, las niñas
conocían un primo de diez y ocho años, de quien se enamo-
raban y luego referían a la amiga íntima sus impresiones,
pintando a aquel, como héroe de novela; mas a pesar de
esto, olvidaban invariablemente su bello ideal en los diez me-
ses de estudio.
Por curso de sentimientos semejantes, de quimeras ri-
sueñas del mismo género pasó Celeste.
Una vez salida del colegio, donde dejara sus recuer-
dos de niña, para convertirse en señorita, sufrió un cambio
radical en sus hábitos. Llegó hasta pasar horas enteras de
) 14 (
lante de un espejo de cuerpo entero. Fueron entonces para
ella objeto de estudio, actitud, sonrisa, expresión de los ojos,
juego de luz que a su fisonomía pudiera convenir, caída de
los pliegues, elegancia, de los rosetones, armonía del color.
La ciencia de agradar despertaba en su instinto femenino,
sin grandes esfuerzos. Sonreía su madre al notar esa trans-
formación, más sin alarmarse por aquellos inequívocos sín-
tomas, que según su criterio eran cosas de la edad.
Muchas veces Celeste parecía malhumorada llegando
hasta llorar sin motivo, otras, cerraba los párpados y que-
dábase como abstraida en dulces soñaciones en medio del
conjunto de su bello cuarto de soltera. Sentíase aquejada
de tristes pensamientos sobre todo en los días grises. El co-
lor plomizo de las nubes, la electricidad atmosférica, el mo-
nótono rumor de la lluvia ocasionaban desafinamientos en
su exquisita sensibilidad. En las noches acosábanla terrores
absurdos, pánicos de morir de improviso y de que a la ma-
ñana siguiente hallaran su cadaver entre las sábanas de ba-
tista. Latían sus sienes y su corazón con cierta violencia y
muchas veces al despertar de una pesadilla incorporábase en
el lecho, indagando la oscuridad con las pupilas dilatadas.
Encontraba placer en mil cosas, como en cierto dolor
agridulce y voluptuoso, cuando al ofrecer alpiste en la boca
a cada uno de sus canarios, uno de estos erraba el golpe,
causando ligera herida en la pulpa roja de sus labios. Arran-
caba con maligno gusto los pétalos de las corolas abiertas:
las mujeres son crueles con las flores.
Algunas obras de mano poseían el privilegio de ocu-
par su atención largas horas. Era maestra en anudar macramé
en el bastidor de caoba y en el de combinar labores de ro-
cocó. Durante mucho tiempo entretúvose (en fabricar in-
mensas flores de papel a manera de crisantemas colosales
y las que quemaba o rompía para combinar otras más fan-
tásticas.
En el colegio tuvo una profesora de dibujo que no
pudo enseñarle gran cosa de su arte. Llegó hasta dibujar pai-
sajes a dos lápices, boceteando más tarde al óleo, marinas
) 15 (
muy azules y praderas muy verdes. Para un cumpleaños de
su padre, diseñó el retrato de éste al pastel, y aun cuando
el buen hombre no tenía pretensiones de ser un Antinoo,
ni mucho menos, sintióse inclinado a pensar, que el retra-
to en cuestión, tenía más de pastel que de retrato. Celeste
se convenció pronto que los pinceles no eran del todo dóci-
les en sus bellas manos y poco a poco fué olvidando sus
colores y sus espátulas. Además, una razón lógica y deci-
siva la impulsó a ello: aunque pintara con guantes, sin sa-
ber cómo, encontrábase los dedos teñidos de azul de pru-
sia, de ocre o de cualquier otro color y al querer sacar la
mancha de tales sustancias que se adherían formidablemen-
te a su piel de rosa, como si encontraran muy de su sabor
el hallarse sobre tan satinada superficie, maltratábase la de-
licada epidermis.
Estaba muy bella. Era alta y esbelta, abultado su seno
y su pie enano y gordote. La tez blanquísima de su rostro
libre del más ligero barro o peca que empañara su nitidez,
resultaba ideal bajo la cabellera negra, cabellera de criolla
que despedía cierto aroma de jazmines. Sus ojos gris azu-
lado, casi garzos, eran a manera de dos jacintos pálidos or-
lados de luto, poseían suavidades de mar en calma, y para
el que mirase al fondo de ellos, algo así como horizontes
azulosos, lejanías tristes, perspectivas de cielos inmensos y
distantes .
Su padre la miraba algunas veces al través de los len-
tes, atusando sus largos bigotes, mientras fingía leer un dia-
rio. Era el señor Alvarez sagaz y amable aun con su suegra,
excelente gastrónomo y presidente casi perpetuo de El Cen-
tro de Amigos, club que, en cuanto a goces del estómago y
a horas de solaz, en la intimidad de diez o doce colegas, no
tenía rival. Aunque poco amigo de observar y deducir, dió-
se pronto cuenta de que Celeste atravesaba por una crisis,
pero se limitó por el momento al papel de mero espectador.
La señora Alvarez, alimentaba hacía tiempo, la idea
de casar a su hija con un ministro, encastillándose en mu-
tismo feroz, toda vez que don Pedro, su marido, con la
) 16 (
eterna sonrisa burlona que le era peculiar, llegaba a demos-
trarle la inconveniencia de tales planes. Que Celeste tenía
infinitos admiradores, era indudable. Para adquirir el con-
vencimiento de esto, hubiera bastado fijarse en cómo se
quitaban el sombrero ante ella, el señor Herboso, Encarga-
do de Negocios del Perú, el Secretario de la Legación del
Ecuador, el Chargé d'Affaires de Francia y Robertito Ala-
mos, redactor de La Revista Azul. Consecuente con estas
ideas, doña Isabel se bañaba en agua de rosas, toda vez que
se asegurara haber Celeste revuelto los cascos al canciller
de Ko al ministro de Q.
Tales cosas si bien divertían a la muchacha, no eran,
ni mucho menos, el señuelo de sus ilusiones, aun cuando pro-
baran cariño hacia ella, como también vanidad maternal.
¿Qué la importaba que el señor Urcullo la mirase procu-
rando dulcificar la expresión de sus ojillos rojos, si resul-
taba tan feo y tan prosaico, con la fisonomía de ídolo, la
calva lustrosa como ungida de aceites sagrados, su obesidad,
su barba rala e inculta, su levita de corte antiguo y los pu-
ños de la camisa salidos, como si hasta éstos quisieran pro-
clamar su autonomía? ¿Qué podía dársele de que don Ma-
nuel González, un acaudalado excéntrico, le mandara con-
fites y chocolates y hubiera pedido permiso a su madre pa-
ra hacerle la corte? Y finalmente, qué le importaba que su
primo Panchito, eternamente peinado a la brosse, la mirara
con ojos moribundos? ¿Un novio peinado a la brosse? ¡Va-
ya una cosa cursi! Y al hacer en su imaginación la caricatu-
ra de cada uno de sus adoradores, Celeste se moría de risa.
III
El día siguiente del baile que tuvo lugar en el Club
de La Paz, Alberto Serrano se levantó tarde, almorzó sin
apetito y encerróse en su estudio. Largas horas estuvo le
) 17 (
yendo El Mal del Siglo, por Max Nordau. Era un trasunto
de su historia. Dejábale ese final doloroso una vibración
psíquica de inmenso pesimismo. La carne, esa eterna triun-
fadora, había sido vencida, pero la tragedia se desarrollaba
luego, como fatal corolario. Un tanto cansado por la lec-
tura, arrojó el libro sobre una mesa y se puso a meditar. En
aquel medio de luz anémica que se tamizaba por las cortinas
oscuras de su estudio, sintióse aquejado por vaga morbosi-
dad de recuerdos .Una estrofa de Las Flores del Mal acudía
a su imaginación y a sus labios, como hecha de palabras
mágicas, evocadoras de espíritus muertos y de añoranzas :
Mére des souvenirs, maitresse des maitresses
O toi' tous mes plaisirs! O toi, tous mes de voirs !
Tu te rappelleras la beauté des caresses,
La donceur du foyer et la charme des soirs,
Mére des souvenirs, maitresse des maitresses.
Delante de él, un hermoso satán de terracota, inspira-
do en una ilustración de Gustavo Doré contemplaba con in-
finito sarcasmo la histórica serpiente-símbolo de la curio-
sidad, de la seducción y del misterio;-sus alas desplega-
das proyectaban angulosa sombra y detrás de él, la luz vela-
da de una ventana sobre la cual se dibujaba su macabra si-
lueta parecía jugar un crepúsculo de tintas moribundas.
Aquella figura eminentemente simbólica recordaba a
Serrano el Mefistófeles de Goethe y el Luzbel de Milton.
El uno, valiéndose de la ciencia como señuelo es quien in-
cita al hombre a franquear la barrera inconocida; el otro,
le enseña luego que se ha escudriñado los ocultos senderos
del saber y que se han gustado, si gustar es posible sus mis-
terios, que el amor vale más que la ciencia, que la juventud
perdida no vuelve nunca.
Un rayo de luz alegre, como paradoja huminosa, ju-
gaba sobre los lomos de tantos libros que habían minado
sus creencias y en proceso de lentos aluviones científicos,
desprendido de su espíritu las riberas florescientes de la glo-
) 18 (
ria, de la esperanza y del amor. El no tenía una mujer aman-
te, cuyas pupilas ingenuas al contemplarse en sus ojos, hi-
cieran la más íntima de las confidencias hablando de la co-
munidad de las almas y de la comunidad de los recuerdos.
No podía decir la palabra dulce de los poemas, no podía
decir: ¡te amo! y como estrambote cariñoso ¿te acuerdas?
El satán continuaba envolviéndolo en la ironía de su
sonrisa, el verso de Baudelaire volvía a su imaginación y a
sus labios, y Serrano, se dejó caer poco a poco en ese hach-
isch espiritual de los recuerdos.
**
La historia de su niñez era hermosa. Sentía al recor-
darla perfume vago de rosas y de naranjos en flor.
Habíase criado hasta los diez años en Yungas, región
casi tropical vestida de exhuberante vegetación, en la cual
se arrastran perezosamente las nieblas como aliento y res-
piración de la montaña. Naturaleza pródiga en contrastes,
desde las nieves eternas a que llegan a veces los cóndores en
su alto vuelo, hasta el bosque umbroso, la vega de atmósfe-
ra pesada, en que la virgen montaña tiene mil rumores
misteriosos; conciertos de aves y de chicharras, cascadas que
se descuelgan con elegante molicie sobre la musgosa felpa
de las peñas y en las noches, rumor de élitros, perfume de
jazmines, luciérnagas cuya pálida luz incendia las flores, pal-
pita y parpadea con algo de somnolencia y de misterio. Allí
la vista ávida puede reconocer mil familias de árboles en
gradación, desde el helecho arborescente hasta la palmera.
Las flores del cedro a manera de antiquísimas corolas labra-
das en madera por admirable artífice, tejen doseles y coro-
nas, las hojas del plátano, en radiada y simétrica colocación,
proyectan largas sombras y con oscilaciones lentas hacen ai-
re, cual gigantescos abanicos, cuya protectora sombra sue-
len buscar las criollas yungueñas. En el fondo de esas que-
bradas, siempre hay un río que se precipita revoltoso y ale-
gre, acariciador de los tallos de flores acuáticas que contem
) 19 (
plan como infinitos narcisos sus corolas magníficas y embal-
samadas; río que en las noches recogidas canta eternamen-
te su melopea monótona, sus versos monosílabos, mientras
el grillo, a su vez, entona una romanza saturada de tristeza.
En esas regiones, el alma se confunde con el todo en oración
sublime: oración de perfumes, de música y de estrellas pal-
pitantes.
Aquella naturaleza tan virgen y tan sabia dejó huella
eterna en su alma. En su seno había adquirido amor al re-
cogimiento y la contemplación.
Mil veces sintió el olor a almizcle de las víboras y es
cuchó el cascabel del crótalo sonando en la floresta, unido
aquel al perfume de las flores exóticas y odorantes ,al volup-
tuoso aroma de los jazmines del Cabo que parecen tallados
en mármol; al unísono el rumor del último, con los trinos
de las aves canoras, mientras allá arriba, los astros se encen-
dían sobre la montaña arropada en sombras, llena de rumo-
res confusos, de estremecimientos, de música salvaje como
de besos de fieras ... En las tinieblas, sobre la tierra, arras-
trándose, vivían los reptiles, los insectos venenosos, agitában-
se los fangos en las oscuras fermentaciones de su cieno, le-
vantando vahos capitosos ... El diosdará cantaba a lo lejos,
sobre las altas copas de los árboles añosos. Más arriba hallá-
banse cascadas graciosas, como si emergieran de las fuentes
en que se aduermen las ephydriadas, más arriba aún, las
cimas curvas que se recortan sobre el firmamento cual se-
nos de diosa cafre y más arriba, mucho más arriba, el cielo
hermoso y claro como los ojos de una mujer rubia encendi-
da de deseos.
-0-
A la edad de doce años pusiéronle de interno en un
colegio de la Compañía de Jesús y tuvo, en lugar del paisaje
amplio, la celda de estudiante: un cuarto de madera de tres
metros de largo por dos de ancho, a manera de camarote, en
el cual apenas si cabían un catre, una mesa de cabecera y
dos sillas.
) 20 (
Contemplaba con la mirada del recuerdo la capilla
del Colegio, el artesonado magnífico, los severos salones pin-
tados de blanco con cenefas verdes, en los cuales pupitres
negros se extendían a uno y otro costado; el esplendor de
los altares envueltos en el humo de los cirios, las arcadas
góticas de la Iglesia. Impresionóle profundamente la música
religiosa y las letanías que cien bocas repetían siempre con
el mismo dejo nasal, mientras en su imaginación las santas
del Año Cristiano de palidez de cirio, de cabelleras negras,
con mirada luminosa de divino amor, pasaban lentamente,
hieráticas y suaves. Leyó a los quince años La Imitación de
Cristo por Kempis y como don Luis de Vargas en Pepita
Jiménez, creyó que su vocación para el sacerdocio era ma-
nifiesta.
Al llegar a los cursos superiores su índole cambió un
poco, apasionóse por la filosofía y por las ciencias natura-
les, ambicionó distinciones, hizo versos y se enamoró. La
última distribución de premios habíale dejado gratos recuer-
dos. El fué quien a nombre de sus compañeros, con el pe-
cho engalanado por tres medallas leyó el discurso de des-
pedida al Colegio, trémula la voz y mirando el sitio ocupa-
do por ella, por Luisa.
Tenía entonces veinte años, según constaba en su di-
ploma de bachiller. Veinte años. Sus sueños de adolescente,
sus deseos de estudiar y de ser algo, convergían hacia Luisa,
como al fin supremo. ¡Oh Luisa, Luisa! ¡Cuántas noches de
desvelos había pasado escribiéndola imposibles cartas de
amor que jamás le mandaba!
Luisa era una muchacha bonita, graciosa y de voz aca-
riciadora. Hermana de uno de sus condiscípulos, y amigo
íntimo suyo, no le fué difícil encontrarse algunas veces cer-
ca de ella. Tímido como era se ruborizaba al hablarla y te-
mía decir tonteras. Al fin un día todo tembloroso, sintien-
do que el corazón le daba formidables tumbos, le ofreció
un par de rosas y le dijo que la amaba. Ella sonrió. ¡Qué
bien recordaba esa sonrisa un tanto burlona! Ella sonrió y
luego, levantando las flores, aproximólas a sus labios y les dió
) 21 (
un beso. Al despedirse estrechóle la mano y volvió a son-
reir. ¡Qué lejos estaba todo aquello! Con ese osculo a unas
flores terminó su primer idilio. Ella se fué. Habían nombra-
do a su padre cónsul no recordaba dónde ... Algunos años
después supo que se había casado.
¿
Qué sería de Luisa?
-0-
Mas tarde se sucedieron tantas mujeres! Morenas, ru-
bias, de pelo castaño; románticas y sensuales. Había sido
un movimiento de cuerpos y cabelleras perfumadas, de pu-
pilas mentirosas y labios enrojecidos con petit pot.
En una caja negra con inscrustaciones de concha, ha-
llábanse envueltas en cintas, cartas de enrevesadas y sutiles
letras, llenas de equis y puntos suspensivos, en cuya escri-
tura angulosa y desigual era fácil descubrir el alma proble-
mática de sus autoras. !Cuántos nombres podían leerse en
ellas! Nombres que parecían una incógnita a resolver sobre
la firma sinuosa, que por veces tenía arcos de interrogación
y otras afectaba trazos de incógnita irresoluble. Habían allí
pañuelos, pensamientos disecados, sortijas de cabellos, apa-
churrados myosotis, relojeras en que se leía To my love y
guarda guantes en que una había bordado con cabellos pos-
tisos je vous aime. Algunos retratos, algunos recuerdos ...
¿Qué valía aquello?
Entonces no creía ni en las mujeres ni en el amor.
-0-
Estaba ya enfermo su espíritu, cuando para curarse
buscó un lenitivo en los viajes. Cada puerto que abandona-
ba, proporcionábale la sensualidad de una tristeza enferma.
Había cierto egoismo del dolor en su propio sufrimiento al
contraer pasajeras amistades, al ver y dejar para siempre las
ciudades o las mujeres que pasaban ante sus pupilas indi-
ferentes. Alguna mirada de simpatía, el hallazgo de neuras-
) 22 (
tenias semejantes a la suya, viajeras de esbeltos contornos,
cuya elegante silueta lo había impresionado una noche; em-
barcaciones desde las cuales los pañuelos agitados manda-
ban un adios, playas de lujuriosa vegetación, brisas satura-
das de sales tibias y perfumadas, emigradoras de países re-
motos, he ahí todo, y al final, otra vez mar cielo y la sole-
dad de su alma bajo la inmensidad azul e infinita.
Al dejar cada ciudad, en tanto que el vehículo se ale-
jaba y los detalles de aquella comenzaban a borrarse, aco-
metíalo la idea de que no la volvería a ver y cerraba los
ojos, procurando grabar en su memoria la imagen que se
perdía lentamente a pesar de sus esfuerzos.
Por veces en el mar, cuando encontraba solitarios arre-
cifes, cuya desnudez vestían yerbas acuáticas y sobre los cua-
les las aves marinas descansaban de sus altos vuelos, com-
parábase a ellos, en no ser asiento sinó de cosas pasajeras,
de visiones de un día, de que en su espíritu se posaran los
amores como aves marinas inmigrantes, para no volver más! ...
¡Qué triste era todo eso!
Allí, frente a él, en los estantes de su estudio, alineá-
banse volúmenes de todas formas y ediciones, incunables,
poemas modernos en papel de holanda y papel japón; des-
de doña María de Sayas hasta Palacio Valdés y Picón; des-
de Flaubert y Stendhal hasta Maeterlink, en la novela; des-
de la Espumadera de los Siglos de Roberto Robert hasta la
Bostromische, en la filosofía. Toda la gama de las sutilida-
des metafísicas, de las doctrinas destructoras, todo el posi-
tivismo corrosivo de la filosofía a la moda. Sobre ese inmen-
so sedimento de lavas revolucionarias, muertos a su enten-
der en el sentimiento y amor, había escrito mentalmente,
apenas llegado a los veintinueve años un triste lema en su
nueva existencia, leyendo El Canto del Sepulcro de Niezt-
che: "Allí está la isla de los sepulcros, la silenciosa, allí es
tán también los sepulcros de mi juventud".
¿No sería inútil su exsitencia, estéril de esperanzas y
de ensueños, minada por el mal del siglo, el mal del siglo?...
Si son necesarios el análisis y la disección, es para des
) 23 (
cubrir el remedio. Si el escalpelo desgarra las carnes es para
hallar la enfermedad en su fuente misma y combatirla.
El que había analizado las cosas con frío criterio, que
había pretendido descomponer las afecciones humanas va-
liéndose de su filosofía y de su escepticismo como de un
reactivo moral, anhelada ese amor que había convertido en
las retortas de su laboratorio psíquico en simple instinto,
cuyo imperio pasa en un día, en un mes, en una estación;
como la época del celo en el ave, en el insecto; como la
gestación de yemas en la flor ...
La inmensa tristeza de su vida se alzaba hasta él a
manera de perfume enervador y maligno.
Próximas unas flores, con la impresión del aroma so-
bre su sensorio enfermo, recordábanle un amor muerto: eran
margaritas, margaritas de pétalos como de terciopelo blan-
co, que se marchitaban en los jarrones de porcelana de Sa-
jonia, cual una mujer hermosa se marchita sin amor y sin
besos ... El color azul pálido de la tarde causábale sensa-
ciones puras de melancolía, la música de las campanas, que
le traían apagada las ondas sonoras, proyectaba en su espí-
ritu dolorosas añoranzas ... ¡Oh tristeza, tristeza! ¿Por qué
la llevaba en su sangre como herencia fatal, como enferme-
dad incurable, como maldición? ¿Por qué el rictus de la
pena había trabajado la amargura en su sonrisa? ¿Por qué
el hastío de la vida había envejecido su alma, si es tan bella
la alegría de vivir? Las herencias vergonzosas, las miserias
atávicas tienen una curación. Todo se redime y se purifica,
pero la tristeza no, la tristeza es la rueda de serpiente que
atormentaba a Ixión. La tristeza es la envenenadora de la
vida. ¿Por qué la habría invocado con amor Graca Aranha, en
Channan?; "Tristeza! Por ti comprehendo a agonia da vi-
da; por ti, que és o guia do soffrimento humano, por ti,
fago do dór universal a minha propia dór. Que o meu rosto
náo mais se desfigure pelas visagens do riso cangado e mata-
dor, dá-me a tua serenidade" . No, él no quería esa sere-
...
nidad, porque la serenidad suprema es la de la muerte.
) 24 (
-0-
Cuando Alberto Serrano volvió a la realidad un reloj
de pared, dió seis campanadas. Apercibióse de que estaba
casi a oscuras y abrió la ventana de su estudio que gozaba
de magnífico panorama. En gradación superponíanse hasta
palidecer a distancia las colinas y los oteros. Con tonos per-
fectamente definidos se extendían más acá los sembrados en
flor, los rubios cebadales que mecían su pelaje amarillo co-
mo tapices de terciopelo salpicadas de trecho en trecho por
amapolas rojas, los campos de habas de un verde azulado,
alguna que otra casita de enanas puertas y techo de paja,
cuya chimenea primitiva dejaba escapar un penacho de hu-
mo, arboledas de eucaliptos y de sauces y sobre su pedestal
de rocas y de sedimentos el Illimani, bajo cuya cima una
nube se arrastraba a manera de reptil.
Ante aquel paisaje bucólico volvió a pensar en el amor,
en el amor con una muchacha sencilla y tierna, con una
muchacha de ojos claros, así como Celeste Alvarez.
Celeste Alvarez. ¡Qué bonita era! Si pudieran que-
rerse en un idilio lleno de dulzura y suavidad! ... Si pudie-
тап? ...
Serrano quedó un momento pensativo, con los ojos
poblados de visiones.
¡Cuán bella la tarde! La ciudad comenzaba a dormir
arropada en sombras. En su blancura, en el dejo triste del
Angelus, en la vibración lenta de las campanas flotaba algo
de infinita melancolía. Hundíanse el sol. El cielo de un ro-
sa agonizante, de un verde muerto, de un malva recamado
de estrellas, palidecía, palidecía infinitamente ...
IV
Una noche que se cantaba en el Teatro Municipal
el Mefistófeles de Abrigo Boito, Alberto Serrano vió a la se-
ñorita Alvarez en palco.
) 25 (
No supo por qué descubría cierta íntima relación en-
tre ella y Margarita, entre Fausto y él.
Sentada en la testera del palco, ligeramente descota-
da, con un ramo de flores en el seno, los cabellos plegados
sobre las sienes y los ojos claros que el juego de luces y las
ojeras agrandaban, Celeste parecía un trasunto de Margarita.
Largo tiempo dirigió hacia ella sus gemelos de teatro
hasta obtener una ligera sonrisa.
Luego, se dejo envolver por la armonía magnífica que
parecía simbolizar la lucha del amor y de la ciencia. Los
crescendos de los contrabajos y la melodía dulce de los vio-
lines obraban divergentemente sobre sus nervios. Los unos
emocionábanlo con sus zozobras, sus vibraciones sordas, su
tristeza profunda, los otros le hablaban principalmente del
amor.
En la creación sublime de Goethe, Fausto llega a du-
dar de todo, aun de las afirmaciones de las matemáticas,
de los teoremas y corolarios eternos, pero no puede poner
en duda el amor, pues allí está bajo la forma suavemente
graciosa de Margarita. Su espíritu también encontrábase de-
crépito. ¿Qué le quedaba, sinó el amor de una muchacha
ingénua y pura como la Gretchen incomparable de Francfort
sobre el Mein?
En la escena había pasado el prólogo en el cielo, las
falanges y los coros místicos y los penitentes y los coros
alegres que bailan al son de la cornamusa. La escena re-
presentaba el laboratorio de Fausto, de noche. Oíanse me-
lodías lejanas y Mefistófeles cantaba coreado por las esca-
las profundas y los trémolos: "Soy el espíritu que lo nie-
ga todo, astros y flores. Bajo la proyección de mis gigantes
alas negras nacen las tinieblas y se agrupan las sombras. Soy
la muerte de la luz y la eterna contradicción. Soy el no
eterno, el no. Destruyo, rujo, aullo y silvo. Río en el dolor
y brota de mis labios la sílaba no".
Luego seguían las frases entrecortadas, las vacilacio-
nes que la orquesta interpretaba admirablemente. Era la lu-
cha espantosa del espíritu de Fausto. La tentación con dul
) 26 (
ces trinos cantábale al oído las seducciones del placer. El
trémolo de los contrabajos iba creciendo lentamente al mis-
mo tiempo que la melodía dulce de los violines y rompía al
fin a toda orquesta para hacer una pausa, cuando Fausto
exclama: -Si tú me proporcionas en la tierra una hora de
reposo y de felicidad, si logro la realización de esa dicha que
buscamos en vano, si un día digo al momento que huye :
¡Detente! ¡Qué hermoso eres! ¡Muera yo entonces! Enton-
ces te perteneceré !
Serrano volvió la cabeza, y vió junto al rostro de Ce-
leste una carota rubicunda y calva, en cuya nariz montaban
dos lentes engastados en oro. Era don Práxedes Urcullo, un
acaudalado que pretendía la mano de la señorita Alvarez.
Alberto sintió cierto malestar al verlos tan juntos, pero son-
rió observando el contraste que formaban.
Vamos, díjose, haré lo que D. Práxedes. Voy a visi-
tarla en su palco.
Recibieronle con amabilidad. Doña Isabel tuvo para
él una sonrisa, Celeste una mirada y hasta Urcullo se hizo a
un lado para dejarle campo junto a la señorita Alvarez. Una
vez que los saludos hubieron terminado, don Práxedes, que
tenía la palabra antes de que entrara Serrano, continuó con
ella:
-Pues como decía. Yo creo que el amor surge más po-
deroso en la madurez de la vida. Cuando el hombre ha de-
jado de gustar los cambios y las situaciones equívocas y an-
hela únicamente la tranquilidad de un hogar dulce y la com-
pañía de una mujer tierna que sepa comprender y amar,
Fausto es todo un símbolo.
-He ahí una opinión inteligente. ¿No es verdad Alber-
to?- murmuró la señora Alvarez, sonriendo levemente. El
señor Urcullo acaba de sintetizar en unas cuantas palabras
todo el espíritu del Fausto.
-Efectivamente, repuso Alberto. -La opinión de don
Práxedes es la mía, solamente que no todos los Faustos ten-
drán una salvación, ni todas las Margaritas una apoteosis. Al
fin y al cabo, quién sabe si un sabio decrépito y una mu-
) 27 (
chacha de cuatro lustros, son dos extremos inconciliables en
la vida real, y al decir esto, miró a Celeste, cuyos labios
plegaba también cierta sonrisa burlona.
La primera escena del segundo acto sencilla, casi bu-
cólica, pasó sin que Alberto prestara atención al escenario,
abstraído como se hallaba, en la contemplación de Celeste.
Sus pupilas sin que se diera cuenta, envolvieron a la linda
muchacha en caricia muda. Seguía con cierta fruición la eu-
ritmia de aquel conjunto encantador : los rasgos finos y las
líneas ovaladas del rostro y de los contornos que claramen-
te acusaban la más pura raza latina. El era amante apasio-
nado de la forma, porque la forma y la belleza son latinas.
Con él no rezaba la teoría de Wagner sobre la armonía du-
ra e indefinida, sobre la vaguedad de los rasgos, la orquesta-
ción complicada de los sonidos y los colores. Gustábale la
melodía clara y limpia, la línea exquisita, el color puro. Así
en Celeste veía realizados, en cierto modo, sus ideales de
belleza .
El movimiento de la orquesta y la voz de Mefistófeles
sacáronle de su abstracción.
La escena había cambiado. Era el valle de Schirk en
el que erguían sus cuchillas y sus crestas negras las cum-
bres de Bróken. La luna amarillenta iluminaba el cuadro.
Mefistófeles cantaba: Anda, anda, anda. La noche es
tenebrosa y la cuesta escarpada. Anda, que allá lejos está la
montaña del viejo Satán. Se veían fuegos fatuos cruzar el
proscenio y la orquesta en prodigios de armonía imitativa,
semejaba el paso de éstos, con ligeros stacattos de las flau-
tas.
Todo el mundo estaba pendiente de la escena. Sola-
mente Serrano volvía a contemplar a Celeste, observando al
mismo tiempo a Urcullo, en cuyos gastados nervios era evi-
dente que aquella música no causaba fuerte impresión.
Doña Isabel criticaba a los artistas, encontrando en D.
Práxedes un interlocutor dócil, que aceptara sus conclusio-
nes sin discutirlas .
) 28 (
Al final del acto Serrano se despidió.
El resto de la función no tuvo interés para él, como
no fuera en el palco de la familia Alvarez .
Los cuadros del cuarto acto y la música soñadora y
flébil no acertaron a sacarle de su ensimismamiento .
La luna envolvía como un ópalo luminoso el templo y
las esfinges. En el fondo una barca de madreperlas y plata
oscilaba suavemente sobre las aguas luminosas, conduciendo
a Elena y Pantalis. Alberto sintió esos efectos decorativos
con cierta inconsciencia y únicamente prestó atención a la
muerte de Fausto .
Desde esa noche no intentó siquiera poner en duda que
estaba enamorado de Celeste. Se explicó el estado de su es-
píritu en los dos o tres meses anteriores, sus malhumores
inmotivados, sus tristezas, y resolvió, en arranque de ener-
gía raro ya en él, luchar con todas sus fuerzas para que la
hermosa niña fuese su esposa. ¿Quién sabía si el ensueño de
la tarde en que recordó su pasado y quiso pensar en el ca-
riño de una mujer sencilla y joven iba a convertirse en rea-
lidad? ¿Por qué no hacer que todos sus esfuerzos convergie-
sen a ese fin, que todas sus energías tanto tiempo acalla-
das despertaran para lograrlo? Comprendía que era la úni-
ca solución, que era necesario quemar el úlitmo cartucho,
porque perdida Celeste, no le restaría sinó el desastre de-
finitivo; pero Urcullo se alzaba entre ellos. ¿Sería temible?
Para el corazón de Celeste indudablemente no, pero los pa-
dres? Don Práxedes era rico. Alberto se daba cuenta de que
doña Isabel era esencialmente plutocrática y que dispensa-
ba al Senador grandes consideraciones y protección no disi-
mulada.
Ciertamente, ella no se preocuparía de la especie. Es
algo que los padres no tienen en cuenta para casar a sus
hijos. Y sin embargo, ¿qué herencias vergonzosas aportarían
a la vida los descendientes de ese mestizo de cabello rubio
ceniciento por un raro capricho, pero cuyas facciones inno-
bles, cuyo cabello ordinario indicaban inequívocamente san-
gre mezclada y oscuridad de origen? Era un hijo del mon
) 29 (
tón, como tantos otros, como esos chiquillos desconocidos
que llaman papá al primero que pasa por la calle. ¿Y el
amor? Otra premisa que apenas consideran los padres. Pero
era preciso luchar. Era preciso que Celeste fuera suya.
Hízose asíduo concurrente de los tées de confianza con
que la señora Alvarez regalaba a sus amistades todos los
martes. En ellos fué insinuándose poco a poco en los senti-
mientos de Celeste. De ordinario esas noches en que la se-
ñorita Alvarez ejecutaba en piano alguna romanza sencilla,
mientras él daba vueltas a las hojas del papel de música y
en que sus pensamientos tenían simpatía rara como en los
fenómenos telepáticos, creeríase que hubieran expresado mil
cosas, sin pronunciar una palabra. La música hablaba por ellos.
Ambos la sentían del mismo modo y en ciertos pasajes sus
miradas encontrábanse, refrendando todo aquello que las
notas musicales habían balbucido vagamente y que no eran
otra cosa que frases de amor, más dulces cuanto más vagas,
más hechas a soñarlas y a embeberse en su significación cuan-
to menos concretas. Al lado de Celeste, Serrano hallaba la
profunda armonía de la mujer. Sus pupilas iban de la luz
velada por pantalla de rojas blondas a las flores, de las flo-
res a las manos de ella, pequeñas, finas, con las venas trans-
parentes al través de la blanquísima epidermis; de sus manos
a sus ojos grises, de sus ojos a los cabellos oscuros, tan os-
curos, casi negros. Celeste era el resumen de todo eso: de la
luz, del ritmo y de las flores. Como pudiera decirla en un
madrigal: Antes de que vos naciérais, los cielos eran más
bellos, los lirios más blancos, la luz más suave; pero ahora,
los cielos más hermosos están en vuestros ojos, los lirios más
blancos en vuestras manos, la luz más suave en vuestra mi-
rada ......
Octubre es en La Paz el mes de las flores. Las flo-
res del durazno y del guindo se desprenden y las corolas a-
) 30 (
rrancadas y los pétalos sueltos vuelan en brazos del viento,
como mariposas blancas.
Las retretas de la tarde en el parque principal, bajo
la arboleda, retretas en las cuales se aspira el perfume vo-
luptuoso de las madreselvas y se escucha una música llena
de molicie, van perdiendo en concurrencia y disminuye poco
a poco el número de los vestidos claros y el de los jaquettes
de última moda.
Pasados los cielos transparentes y azules del invierno
del país y las tardes un tanto frías pero bellas, en las que
cada dama llevaba un ramo de violetas en el seno o pren-
dido en el manguito de piel de marta, no existiendo por
otra parte, la necesidad de buscar en el ejercicio físico un
poco de calor y también algo que facilite la circulación de
la sangre, retírase la buena sociedad de los paseos o se mar-
cha a un valle próximo en busca de tranquilidad, oxígeno
para los pulmones y descanso para el cuerpo, obedeciendo a
esa dulce pereza ingénita en los hispano-americanos.
El estado de celo, permanente en la naturaleza de los
climas tropicales, despierta vagamente en primavera, en la
hoyada abierta por el Choqueyapu. Es una gestación de ro-
sas, un florecer suave de claveles y de enredaderas. No
i
hay allí la fruta en sazón columpiándose en la rama misma
del árbol, no crecen las limas sobre sus hojas como senos
núbiles tostados por el sol, no tienen aromadas mieles las
flores, no hay calígines, ni vahos pestilentes de charco, ni
perfumes penetrantes de vega. Suave es en La Paz la época
que convida al amor. Diríase el vago anhelo de una ado-
lescente que lo conoce apenas en sus vagos ensueños. Llegan
sí, como un reflejo de las vegas próximas, picaflores de tor-
nasolados plumajes, moscardones de dorados petos y un pol-
villo luminoso incendia la atmósfera, juega en los rayos de
sol y se aduerme en los cálices de las últimas violetas.
Como tantas otras familias, la de Alvarez había ido
al campo. Poseían una pintoresca quinta, rodeada de em-
palizadas en el valle de Sopocachi, y en ella pasaron la tem-
porada balnearia. Allí viéronse muchas veces, tanto Serrano
) 31 (
como Urcullo y llevaron a cabo agradables paseos por los
senderos del jardín, como por las orillas del Choqueyapu,
que corre entre huertos por una quebrada y pintoresca abra
y sobre lecho de arenas auríferas, que tienen fugaces rever-
beraciones de pedrería y luminosas misturas y en el que con-
templan su imagen, adulterada por la impetuosa corriente,
flores silvestres amarillas y azules, bocas de sapo, tacones
multicolores, flores de espino de tornasoladas irisaciones o
blancas, erguidas en lo alto del tallo erizado de púas, como
cáliz hecho para que en el se deposite el rocío, o para que
se alce sobre su broche la luna en las noches serenas, cactus
multiformes, geranios de radiado dibujo a manera de alas de
mariposa y todo eso, sobre tapices de musgo, junto a matas
de myosotis, bajo la sombra de las copas cenceñas de álamos
surgentes entre sofáes rústicos de mirto.
El paisaje variado tenía cierto encanto; arideces de
terrenos volcánicos, exhuberancias de colina florecida, oteros
lejanos que palidecían sucesivamente hasta el Illimani, con
su eterna juventud de nieve. Sobre todo aquello ,arrastrában-
se nubes perezosas y rosadas como oceánidas rubias. Celeste
era el coronamiento de eso. Su pupila reflejaba dulcemente
tanta quietud y tanto cielo. Serrano lo consideraba así. Co-
mo todo enamorado, descubría bellezas en parajes donde
nunca las halló. Encontraba armonía y ritmo desde el salvaje
monólogo del río hasta la voz suave de Celeste.
Algunas veces, en compañía de amigas y amigos, for-
mando pintorescos grupos de colores claros, que se dibuja-
ban alegremente sobre los matices vivos de los sembrados,
iban a buscar la sombra de frondosas arboledas para llevar
a cabo un lunch a la rústica, o en cabalgatas entusiastas diri-
gíanse a Obrajes, villa compuesta de casas-quintas. Como
esas excursiones casi siempre tenían lugar en compañía de
varias personas, pocas veces pudo Serrano encontrarse solo
con Celeste. El hubiera querido estar nada más que con su
amada en el florecimiento hermoso de tantos sitios.
A principios de noviembre realizaron un paseo bastan-
te agradable. Formaban parte de la excursión varias señori
) 32 (
tas y entre ellas, una hermosa viuda de irreprochables for-
mas, que se hallaba encantadora, con el traje de amazona y
las mejillas ligeramente encendidas, bajo el velo sutil anu-
dado en las cortas alas de un sombrero de copa. Esta coque-
teó con Serrano aquella tarde y aun lo llamó dos o tres veces
a su lado.
Un momento Celeste lanzó su caballo a galope, dan-
do, lugar a que Alberto, que en aquel instante acompañaba
a la viuda, temiendo alguna desgracia, fuera a alcanzarla ca-
si a la carrera del suyo. Ella rió al verle llegar asustado, y
contuvo al animal con infinita gracia.
-¿Qué dice la viuda? le preguntó, jugando con el chi-
cotillo.
-La viuda, respondió Serrano, -dice, como todos, que
está Ud. encantadora; pero que esos ejercicios ecuestres son
peligrosos.
-¿Cómo ha podido Ud. dejar tan amable compañía por
impedir que hiciera galopar a mi caballo?
-Porque así hallaba un pretexto para venir a su lado.
-¡Mil gracias ! Felizmente no corría ningún peligro .
-Una mujer bonita jamás puede estar segura de no
correrlo ...
-Pues yo estoy segura de ello ...
-Es cierto, que como las mujeres han dado en la moda
de no tener corazón!
-¿Juzga Ud. por la viuda?
Tal vez, y tal vez tuviera que juzgar por Ud.
-¿Por mi? ......
1
-¿Sería usted capaz de querer?
-Pues ya lo creo. La vida sin afecciones debe ser una
cosa atroz. Pasando por alto el cariño que profeso a mis pa-
dres, amo locamente la música y el vals. También dispenso
bastante cariño a mis canarios. Tengo un vestido de baile al
que quiero mucho, así como un libro de misa y un pendien-
te de oro muy pequeño, que figura un trébol de cuatro ho-
jas, y en el cual, se hallan los retratos de mi padre y de mi
madre.
) 33 (
-Y sería usted capaz de amar a un hombre?
-¿A un hombre? .... No sé ....
En aquel instante los ojos de Celeste, tenían esa ex-
presión que Serrano había observado en ellos. Parecía que
reflejaran un mar distante.
-Sí, a un hombre que la quiera y que la mine y sobre
todo, Celeste, a un hombre que la comprenda....
-Pero, será posible comprenderme? Hay veces que yo
misma no me comprendo, Alberto. Hay veces que no me
comprendo ...
Celeste sonreía.
-¿No comprende Ud. ni sus sentimientos? Sin embar-
go, en una muchacha como Ud. no los creo sumamente com-
plejos. Su corazón de niña puede ser que no se dé cuenta
de ello, pero sus ojos, sus ojos suaves parece que tienen con-
ciencia de lo que sienten cuando miran.
Algunas veces pienso que yo la he conocido a Ud. en
alguna parte. No sé donde, Quien sabe si en una prexisten-
cia, en un sueño dulcísimo. Puedo haberla presentido en
una vigilia. Creo haberla besado en un poema vivido. Eso
es demasiado maeterlinckiano, dirá Ud. pero la noche que
la conocí, algo se estremeció en mí. Tuve una sensación se-
mejante a la que causa el perfume que recuerda a la mujer
amada, a la que despierta la música que se escuchó junto a
ella, al tacto de algo satinado, como la delicada epidermis de
unas manos bellas. ¿Era instinto, era exceso de imaginación,
era afinidad de un fluído magnético? ¿Era mi alma que re-
conocía la suya?
No ría, Celeste, de estas mis raras cosas, pero las sen-
saciones que le refiero han pasado por mis nervios.
Durante algunos minutos enmudecieron ambos. Ca-
minaban en silencio el uno al otro. Y ese mutismo era elo-
cuente. Parecía continuar la conversación de sus comunes
ensueños, de una manera semejante a como los rayos ultra-
violetas, continúan el espectro solar, sin que lo perciban las
pupilas humanas.
Por fin él reanudó la conversación interrumpida.
) 34 (
-Ese hombre de que hablaba a Ud., soy yo, Celeste. Si
Ud. me quisiera hasta creería en el amor, sin embargo de
que soy escéptico en esa materia. De modo que llevaría a
cabo una obra de misericordia: convertir a un escéptico.
-¡Conviértase antes !
-¡Qué mala es Ud.!
Y como Serrano continuara, Celeste se puso el chico-
tillo sobre los labios para imponerle el silencio.
Una vez en Obrajes dejaron los caballos y fuéronse a
pasear por parejas, guardando cierta distancia entre una y
otra.
Alberto embromaba a la señorita Alvarez con Urcullo.
-Me hará testigo de su boda, decíala, para que algún
día, pueda yo contar, que presencié ese matrimonio entre una
hada y un Senador.
Celeste iba buscando una rosa y esquivaba la respuesta.
De improviso, como quisiera arrancar una, dió un gri-
to stacatto, gracioso y enseñó al joven uno de sus afilados
y blancos dedos con una espina clavada en las proximidades
de la yema.
-Una espina que se me ha clavado.
Serrano tomó en las suyas que temblaban, ligeramen-
te la mano de Celeste y arrancó la espina. Luego, al ver la
gota de sangre que temblaba en la epidermis delicada, sin
saber como, en un pequeño vértigo, llevó aquella mano a
sus labios ....
Ella echóle una mirada de reproche y murmuró sua-
vemente:-dos espinas ...
Otro día, poco antes de que la familia Alvarez tornara a
la ciudad, caminaban Alberto y Celeste en el jardín de la
quinta, a alguna distancia de doña Isabel, que se entretenía
con una amiga suya.
Por entre los bancos rústicos de mirto, entre retamas,
abrían sus hojas radiadas campanulas y girasoles, formando
arbustos, que animaban el paisaje con ese su color vivo que
se hace pálido en el centro del caliz. Serrano había arran-
cado inconscientemente un girasol, comenzó a desgranarlo y
) 35 (
poco a poco, fué arrojando los delicados pétalos en tanto
que murmuraba mirando a Celeste:
-Si me quiere, no me quiere, mucho, poco, nada; si me
quiere, no me quiere, mucho, poco, nada... y así como
iban desapareciendo los pétalos amarillos, sentía extraña
emoción, cual si atribuyera capital importancia al resultado
que iba a obtener.
-Si me quiere, no me quiere, mucho, poco, nada. Ce-
leste permaneció sonriente, recogida la falda de su vestido
con gracioso ademán. Cuando él terminó, murmurando con
acento desconsolado, al arrancar la última hoja, nada! ...
Ella le dijo riendo:
-Pero si no es así. Primero tiene que soplar ligeramen-
te la flor, la persona cuyo sentimiento se anhela conocer. Al
menos, de tal manera me lo enseñaron.
-Bien, dijo Alberto, vamos a hacerlo y si el resultado
que obtengamos está conforme con la verdad, mañana le
mando una maceta con margaritas de Fausto, que es la flor
que generalmente se emplea para este oráculo amoroso.
-Aceptado, y Celeste comenzó a su vez a desgranar
una corola murmurando muy suavemente las frases: Si me
quiere, mucho, poco, nada. Una marpiosa se detuvo un ins-
tante sobre el medio caliz de la flor.- Mal augurio, murmu-
ró Serrano. El cariño de Ud. será fugaz como esa maripo-
sa. La señorita Alvarez hizo un mohín desdeñoso y continuó
sonriendo:-Si me quiere, no me quiere, mucho, poco na-
da! ... ¡Qué bella estaba en aquel instante! Las mejillas li-
geramente encendidas, dilatadas las sonrosadas fosas de la
nariz, los párpados bajos, y la armonía rosa de su vestido y
de su carne rosa y el rosa subido de sus labios y el rosa
de las yemas de sus dedos que mantenían la flor amarilla y
en el fondo, las rosas blancas, mates y escarnadas, mecién-
dose al ritmo de sus tallos, sobre la verdura de las hojas,
emergiendo detrás de la grácil figura de ella, como si forma-
ran el marco de esa rosa más aterciopelada, más sedeña,
más llena de perfume ... Y Celeste continuaba plegando los
) 36 (
labios con amor, como si recitara la más bella estrofa de
un poema exquisito :
-Si me quiere, no me quiere, mucho, poco nada; si
me quiere, no me quiere, mucho, poco nada: Sólo quedaba
una hoja. Vaciló un instante, acabando por exclamar casi
triunfalmente, al mismo tiempo que arrancaba el último pé-
talo-mucho ! ....
-Ya vé Ud., le dijo él.-Las flores no mienten como las
mujeres. La quiero mucho! ....
¡Qué azul estaba el cielo aquella tarde y qué suave
el perfume de las rosas!
VI
Don Práxedes Urcullo era un hombre de regular es-
tatura, un tanto obeso y encendido de color. Las líneas de
su rostro tenían esa indecisión que procede de las mezclas :
los maxilares grandes, la nariz gruesa, los ojillos rasgados y
oblícuos, el cráneo cónico. Ser híbrido de varias razas, po-
seía cierta asimetría facial y ciertos caracteres antropológi-
cos, que hubiéranle hecho clasificar por un psiquiatra mo
derno, como a criminal nato o como a loco moral.
Sin embargo, no era ni una ni otra cosa, sino más
bien, un burgués sano y relativamente equilibrado, que gus-
taba de refocilarse con amores baratos, vinos de pura uva
y burbujeante chicha de maíz.
Senador casi vitalicio y dueño de cuantiosa fortuna,
había llevado durante su adolescencia y su juventud, vida
oscura. Las pequeñas miserias de un estado próximo al pau-
perismo y el conjunto de resortes empleados durante ios
años difíciles de su existencia, acabaron por ser en él una
exigencia de hábito. Ignaro y audaz, paciente, calculador
por costumbre y metódico, llegó siempre al final del cami-
no que se trazaba, sin escrúpulo acerca de los medios ele
) 37 (
gidos para conseguir su objeto. Jamás se propuso, por otra
parte, la consecución de bienes imposibles. Su criterio prác-
tico contribuyó a que no se diera a quimeras y desvarios,
así que no soñó como esos atorrantes megalómanos con pa-
lacios, ni con besos de marquesas, ni se atrevió a decir, Ile-
vando raídos los zapatos y remendado el pantalón: mis pa-
lacios y mis alamedas, mis carruajes y mis queridas ....
Hombre de trabajo, disciplinado en la lucha con un
medio hostil, no tuvo tiempo sobrado ni imaginación lison-
jera para amar o para desearlo. Aventuras de arrabal, idilios
de barrio bajo, fugaces y brutales, apenas si podían formar
una página de erotismo canallezco en la historia de su vida.
Su feroz egoísmo acorazábalo contra emociones
¿Amar? ¡Qué absurdo! Se debía desear y poseer a la hem-
bra, jamás a la mujer, ni soñar con dulce elación en la ama-
da. ¿Sentir? ¿Qué intensidad podía tener en sus sentimien-
tos un individuo que había curtido su epidermis moral en
las asperezas de la batalla por la existencia? Los bordados
psicológicos de un idealista no eran comprensibles para él
que sólo sabía de fuerza y de materia sin haber leído a
Büchner. Los lirismos de un poeta no dejaban nada en su
alma. Sonaban a hueco. Eran como ese rumor de mar que
se escucha en las conchas vacías. Nada más que aire, pura
ilusión acústica... El ruido de las monedas que se cuentan,
la argentina música de las libras de oro que se desparra-
man; eso sí que llenaba su fantasía de ensueños y sacudía
su sensorio.
Con inquebrantable constancia, moneda a moneda,
había edificado su fortuna. Pasó por todas las oscuridades,
por todos los charcos y salió un día con los bolsillos reple-
tos de dinero.
Después de explorar con la sonda del propio criterio
su yo, y de encontrarlo semejante al de la mayor parte de
los ministriles, leguleyos y jueces de pocos reparos con quie-
nes trataba, adquirió, por decirlo así, una rara conciencia
de la especie. Según su manera de juzgar en el mundo nada
era honrado ni noble. Parecíale que las bajezas habían de
) 38 (
encontrar hospitalidad en cualquier conciencia y así como
por sus lentes de miope se cernía una mirada irónica y fal-
sa, buscaba él, sarcasmo y falsía en todas las pupilas.
Como esas colectividades que obran en virtud de un
impulso ciego, no tenía conciencia y en él obraba la colecti-
vidad de sus antepasados: los españoles que habían venido
a América en busca de oro, los emigrados del Cabo o de
Mozambique, que en su calidad de siervos, lo habían guar-
dado y custodiado en las antiguas arcas, los indios que lo
arrancaron a las entrañas de la tierra para esconderlo de nue-
vo. Todas esas conciencias diversas ¿qué hubieran podido
engendrar al fin, sino una conciencia negativa infinitamente
neutralizada y ante la cual había quedado atávicamente el
oro como el supremo bien?
Desarrolláronse en él, las cualidades positivas : ener-
gía, voluntad, aspirabilidad, constancia; los instintos también
positivos: lubricidad, egoísmo, venganza. La sangre proba-
blemente asiática de los indios, sus progenitores, inclinába-
lo a la última, a la venganza. Al pensar en ella recreábase
su imaginación con sangrientas imágenes; la lubricidad, ori-
ginada de algún antepasado de los trópicos. Bastaba obser-
var la pequeñez de su cráneo, la carnosidad de su nariz que
alimentaba un pólipo, el grosor de sus labios que se en-
treabrían sensualmente. Su cabeza de mulato tenía la epi-
dermis rojiza y el cabello rubio de algún antepasado godo...
Era el producto de un bastardo ayuntamiento de razas, te-
nía sangre de conquistador, sangre de indio y sangre de es-
clavo.
No poseyó intuición de la belleza. Sus ambiciones ha-
brían matado cualquier tendencia que pudiese apartarlo del
camino de enriquecer y la belleza en las mujeres, era una
de estas. Además, el sentido de la belleza casi siempre va
unido a la dulzura, a la delicadeza de espíritu, desconoci-
das para él.
Cuando llegó a tener entrada en los salones de la
aristocracia, del cuerpo diplomático, del alto comercio, hí-
zose perdonar a fuerza de dinero y de banquetes su origen
) 39 (
anónimo y comenzó recién a prestar atención a la hermo-
sura femenina. Aficionóse a los perfumes que excitan los
sentidos. Al aproximarse a una mujer bella y elegante, as-
piraba con delicia los efluvios suaves de trébol y de rosa y
se estremecía como un sátiro al tocar la epidermis de las
blancas manos, cuando saludaba a una dama. Habíase tro-
cado en desprecio su antigua frecuencia con las mujeres del
pueblo. Lo que buscaba ahora eran los finos dedos ensorti-
jados, en los cuales brillaban facetas de piedras preciosas:
rubíes que parecían retazos húmedos de labios, turquesas
y zafiros que recordaban pupilas azules, ópalos semejantes a
trozos de piel satinada de escotes blanquísimos ...
Alguna vez se detuvo ante un espejo. Al verse tan feo,
no dijo con tristeza y dolor como Cruz de Souza, el poeta
brasileño: "Yo gusto de tí-joh feo!-porque eres la escal-
pelante ironía de la hermosura, la sombra de la aurora de
la carne; el luto de la materia dorada por el sol; la cual
fulgurante de la sátira sobre la ostentosa podredumbre de
la belleza pintada ...... Aunque tengas en tu horror la co-
rrección perfecta, así como el sapo tiene la corrección pro-
pia del sapo" (1 ), sinó que exclamó:-Me haré amar por
la fuerza y por el dinero, recordando como un consuelo, el
refrán popular: "el hombre y el oso, cuanto más feo más
hermoso ."
Un día vió a Celeste y la ley de los contrastes en sumo
grado le enloqueció de amor. Ella era núbil, fresca, inex-
perta, bella, suave; poseía un pie de oréade, unas manos de
reina y una sonrisa encantadora. El era feo, velludo, frisa-
ba en los cincuenta años y conocía la vida; era fuerte, muy
fuerte. Sus manos tenían de zarpa y de garra y toda su per-
sona algo de plantígrado y de antropomorfo.... pero ¿qué
importaba!
Era absurdo unir los diez y ocho años de una mucha-
cha con el comienzo de la senectud; mas qué podía signifi-
(1) R. Jaimes Freyre. "Cruz de Souza".
) 40 (
car esto si lo que en su egoísmo de hábito ambicionaba, era
borrar el rictus de su cansada sonrisa, con un beso que per-
fumara la frescura de la adolescencia. Celeste sería suya, se-
ría suya porque la amaba él acostumbrado a triunfar de to-
das las vicisitudes.
Desde un principio puso de manifiesto sus intenciones
ante ella y ante sus padres. Sonreíala con aire protector, con
bonachona expresión de inteligente que contempla un her-
moso objeto de arte. Sus pupilas dilatábanse con extasis amo-
roso al ver a Celeste y se detenían con fruición en cada
una de las gracias de la bella muchacha, que no encontraba
muy de su satisfacción esos minuciosos exámenes, durante
los cuales los ojillos incoloros de Urcullo brillaban de ex-
traña manera.
Sus asiduidades fueron acogidas por la señora Alvarez
con agrado. En su vanidad de madre y sobre todo en su va-
nidad de mujer de mundo, consideraba que la mano de don
Práxedes, aunque tosca y velluda, estaba próxima a desple-
gar la banda de ministro y detrás de ella, como detrás del
escudo feudal de una gran casa, veía hermosas propiedades,
coches y confort. Para doña Isabel, rayana en los cuarenta
y ocho años, el amor era un espejismo de la juventud, que
convenía evitar. Ella había amado, es verdad; pero libre ya
de todo sentimiento vehemente a la edad en que en el ma-
trimonio sólo puede existir la estimación y la amistad de los
cónyuges, no prestaba gran importancia a lo que pudiera pa-
sar en el espíritu de Celeste.
Con toda su destreza de mujer ladina, obraba de ma-
nera que Urcullo se encontrara siempre al lado de la señorita
Alvarez, contrariando a ésta, que sentía por el acaudalado
la misma repugnancia que una flor debe experimentar por
un batracio.
Serrano dióse cuenta del proceder de doña Isabel y
comenzó a sentirse herido en su amor propio de hombre
superior al que se quiere posponer a un cualquiera, porque
ese cualquiera tiene dinero. En el fondo de su alma alimen-
taba un gran orgullo y además, hallábase acostumbrado a
) 41 (
golpes rudos para no temblar al verlos venir. Su despecho
de entonces comenzó a traducirse en frialdad para con Ce-
leste, que no sabía cómo atenuar la actitud de su madre.
Urcullo, con la perspicacia que le era propia, com-
prendió, desde el primer momento, que teniendo por aliada
a doña Isabel, la victoria sería suya. La voluntad de Celeste,
poco firme aún, acabaría por inclinarse a él. Podía llegar a
amarlo. Un alma de niña es tan maleable, tan dúctil! ...
Lo que convenía era obrar con tiempo, antes que sus coque-
teos con Serrano dieran margen a una pasión.
Una tarde presentóse en la casa de Alvarez de levita
y chistera y después de algunos preámbulos pidió la mano
de Celeste. Dióle una corazonada a la madre que de pron-
to no supo como responder. Temía la desautorización de
su esposo y su hija, y limitóse a contestar que consultaría
a ambos, aunque estaba casi segura de obtener respuesta
afirmativa, dada la estimación que Celeste le había tenido
a él, a don Práxedes, y el cariño que su esposo le profesaba.
Urcullo se levantó con las orejas un tanto congestio-
nadas y despidióse ofreciendo volver a saber el resultado.
Habíale hecho poquísima gracia la respuesta casi evasiva de
su mejor aliada y temió haber madrugado mucho. Luego de
haber acariciado un triunfo seguro, su casi fracaso, estuvo
a punto de ocasionarle una congestión. Resolvió sin embargo
esperar, sabiendo como él sabía que con paciencia se con-
quista el cielo.
Una vez en su casa sintió alguna fatiga por las emo-
ciones sufridas.
Reclinóse en una mecedora junto a un balcón de per-
sianas oscuras. Las luces de la tarde se cernían anémicas por
la trama de ellas. Sin saber por qué Urcullo ante esa som-
bría tarde que comenzaba a desfallecer en un crepúsculo
lacrimoso, sintióse triste, como si después de haber camina-
do mucho por un bello sendero, encontrara al fin, burlados
sus ideales y perdidos sus encantos. Vaga somnolencia, es-
pecie de modorra aquejábalo y sus gruesos párpados comen-
zaban a cerrarse, mientras sus pupilas habituadas ya a la con-
) 42 (
templación de una bella imagen, veíanla surgir como el su-
premo bien.... y así, con los párpados entornados y con-
templando con la mirada del recuerdo a la bella Celeste,
Urcullo parecía un cerdo triste, que soñara con pacer lirios
inmaculados y azucenas blanquísimas ......
VII
-Esos amorcillos de los veinte años duran muy poco.
Que Serrano es buen mozo, serio y circunspecto, concedido,
que no hará un mal esposo, perfectamente; pero de eso, a
tener una vida de comodidades y de holgura, dista mucho.
Si te casaras con él, no pasarías de un mediocre bienestar,
de cierta pobreza bien vestida, en tanto que con Urcullo es
otra cosa. Urcullo te llevará a Europa, y haréis un delicioso
viaje de novios, Urcullo será ministro! ....
-Pero mamá! Ir a Europa casada con un hombre tan
feo y por qué no decirlo, ridículo? Prefiero quedarme sol-
tera!
-Mira Celeste, no siempre hay un Urcullo que nos mi-
re con buenos ojos y venga a pedir nuestra mano, ofrecién-
donos fortuna saneada y posición brillante.
La joven hundía las manos en los bolsillos de su de-
lantal, sin saber cómo dar respuesta a los argumentos de su
madre. Su propósito de no ceder era todo lo firme que de
su entereza pudiera esperarse. Bajaba la cabeza y abatía los
párpados para que sus ojos no manifestaran a la señora Al-
varez, con el mudo lenguaje de la mirada, su profundo re-
proche.
Ella no sabía ninguna de esas leyes de la selección se-
xual, en virtud de las cuales el amor busca los seres bellos,
como un jardinero escoge las rosas más lindas, para obtener
hermosos ejemplares y depura sus rosales de las marchitas,
de las débiles, de las contrahechas. Solamente podía darse
) 43 (
cuenta de que todo su ser rechazada a Urcullo con instinti-
va repugnancia. Serrano en cambio la atraía. ¡Qué de sensa-
ciones desconocidas experimentaba a su lado! Levantábase
su seno como la espuma se levanta bajo la caricia de un
sol de primavera.
-Oye Celeste, yo he cumplido con mi conciencia al
consultarte, cual si fueras persona razonable, cuando no pa-
sas de ser una chiquilla caprichosa. Me bastaba decirte, el
señor Urcullo me ha pedido tu mano y yo pienso conce-
dérsela, para que tú no tuvieras más remedio que aceptar
esto, sin distingos ni observaciones. Pero no, yo como ma-
dre buena te consulto y quiero llevar a tu ánimo el con-
vencimiento de lo que realmente te conviene. Más tarde,
cuando reposes en la seguridad de la fortuna de tu marido,
cuando veas el confort de tu casa y aprecies desde tu altu-
ra la brillante posición ocupada, entonces, con sonrisa de
satisfacción en los labios, exclamarás : -Mamá tenía ra-
zón!- y con cierto énfasis, doña Isabel se detuvo.
Celeste continuaba guardando un silencio tanto más
molesto, cuanto más prolongado.
-¡Por Dios, habla Celeste, habla!
-Pero mamá! .... y Celeste no pudo más. Hacía rato
que en sus ojazos grises dos lágrimas pugnaban por hallar
libertad. Un sollozo hinchó su pecho, estallando al fin fuer-
te e incontenible.
Doña Isabel no esperaba semejante explicación y ante
aquel argumento irrefutable, el supremo argumento de las
mujeres, quedó perpleja. Sus sentimientos de madre, por
una parte, hacían que ardiese en deseos de estrechar a Celes-
te en sus brazos; pero cómo, después de haber sostenido sus
propósitos, podía declararse en retirada inmediata y replegar
las avanzadas de sus razones, ¿cómo, ante el llanto de una
chiquilla, iba a consentir que su plan artísticamente prepa-
rado se fuera a tierra como un castillo de naipes? .... No,
y no, y no .... Y cediendo al sentimineto egoísta que en el
concurso de sus amores triunfaba, exclamó con voz dura :
) 44 (
---Puedes llorar cuanto quieras, pero te casarás con Ur-
cullo, lo oyes? Te casarás con Urcullo y te casarás con Ur-
cullc! ......
Levantóse en seguida y abandonó el campo, segura
como estaba, de no poder continuar sus razonamientos, una
vez que Celeste no tendría más respuesta que dar curso a
sus lágrimas.
Esta, después de vacilar un poco, retiróse a su habita-
ción y abriendo su pequeño secretaire, que dejó escapar mo-
desto perfume de virginidad, de idilio en flor, sacó de el un
libro con cubierta de finísima concha y lomo de cuero de
rusia, en cuyo papel de holanda alineábase el más puro tipo
elzeviriano: era su libro de misa. Allí un ramo de violetas,
habíase secado con los pétalos abiertos en que serpentea-
ban sutilísimas vénulas y habíanse secado entre dos amorosos
salmos, que ella solía deshojar con sus labios frescos y per-
fumados, cuando rezaba por las noches, arrodillada en un
reclinatorio de caoba y terciopelo azul.
Tomó el ramo de violetas y lo contempló unos ins-
tantes con límpida mirada. Sentimiento o deseo, algo que a
un tiempo era timidez e impaciencia, palpitaba en su ser y al
fin, vencida por ese no se qué grato y dulce, imprimió un
largo beso en las corolas de la pobres flores secas ......
Aquel ramo era un recuerdo de Alberto. Habíaselo dado la
tarde que en su memoria marcaba una de las fechas felices
de su existencia, porque en ella, le dió a entender Serrano,
que la amaba con toda su alma.
Suave deliquio de tristeza apoderábase de ella. Eso era
lo que ella había soñado un día, eso era?
De improviso sintió un beso en la frente y la mirada
de dos cariñosas pupilas, al mismo tiempo que una mano
alisaba sus cabellos: era su padre. Con instintivo impulso
arrojóse en los brazos de éste y lloró algún tiempo.
Una vez que los sollozos de la muchacha se calmaron,
condujo el señor Alvarez a su hija a un sofá. luego le cogió
una mano y quedó unos instantes contemplándola.
) 45 (
-He oído, le dijo, el discurso de tu madre, tejido con
más o menos arte por la buena señora en defensa de Urcu-
llo, su candidato, discurso que ella creía irresistible. Tu ma-
dre supone asegurada la felicidad de tu vida si casas con don
Práxedes, porque a los cuarenta y cinco años y mi mujer los
tiene, aunque se haya empecinado en no pasar de los trein-
ta y ocho, porque a los cuarenta y cinco, decíamos, no se
piensa sinó en las facilidades de una vida cómoda, lo cual
es perfectamente lógico y razonable. Es necesario que no
tomes estas cosas tan dramáticamente. Hay que procurarse
una vida alegre y agradable. Espero que como señorita bien
educaba, verás estas cosas juiciosamente y que no contraria-
rás la voluntad de tus padres, que tienen mundo, y que
conocen perfectamente lo poco que duran esas impresionci-
llas de la juventud, pasadas las cuales, solo quedan los re-
sultados, los amargos resultados ! .....
Economiza las lágrimas que derramas casi sin motivo
Celeste, casi sin motivo. Mírame, qué bonita estás así!
Luego riendo la atrajo hacia sí, le dió un beso en la
frente, sin notar la sonrisa desdeñosa de su hija y se fué.
Celeste permaneció sentada algunos instantes, pen-
sando en su situación.
Ese era el consuelo que encontraba, ese el apoyo. Ca-
si las mismas frases de su madre y una cosa graciosa dicha
sobre la edad de esta, para hacerla sonreír entre sus lágri-
mas. He ahí todo, como si las cosas del corazón se curasen
con una sandez. Si al menos encontrara una persona que
pudiese comprenderla, ya que Dios le había dado unos pa-
dres frívolos y egoístas !
En aquel instante sintió que llamaban a su habitación.
Secóse presurosamente las lágrimas y abrió la puerta de en-
trada. Era el arbusto de margaritas de Fausto, que Serrano
le había prometido quince días antes, cuando se encontra-
ban aun en el campo.
) 46 (
VIII
En un momento se extendió por La Paz, la noticia
de que Urcullo había pedido la mano de Celeste y no fal-
taba quien asegurara que la mano en cuestión fue concedida.
En la intimidad de algunos amigos don Práxedes seguro de
la victoria anunció olímpicamente que lo haría. Doña Isabel
de Alvarez lo contó reservadamente a una amiga, ésta, en
reserva parecida a otra, y por semejante camino de reservas,
la cosa llegó a hacerse pública, engrosando como la bola
de nieve de la fábula con todos los comentarios y aditamen-
tos que a su paso cogía y así disfrazada de mentiras, llegó a
los oídos de Alberto. Este no puso en duda la nueva, ni
siquiera la concedió una cuarentena prudente. La actitud de
la madre había sido demasiado manifiesta, además, transcu-
rieron varios días sin que Celeste se dejara ver, y en todos
estos síntomas que juzgara inequívocos, vió él una confir-
mación tácita de los díceres del público.
No quiso ahondarse en averiguaciones que no hubie-
ran hecho sinó amontonar detalles desagradables en la mag-
nitud de su desengaño. Al fin y al cabo, había temido siem-
pre aquello. Parecíale lógica conclusión de un conjunto de
circunstancias que obraban fatalmente, la resultante ineludi-
ble de una serie de fuerzas convergentes a cuyo impulso él
debía ser eliminado.
¡Que sean felices! se dijo. Yo ni moriré de amor, ni
me daré un balazo, porque desprecio la vida para no poder-
la contemplar con infinito desdén; pero me iré lejos, to-
do lo lejos que pueda para ir olvidando poco a poco. ¡Qué
triste es eso de tener que olvidar cuando se quiere! Ellos se
felicitarán de que el obstáculo se aleje por sí mismo, esto
es nuevo, no todos los obstáculos tienen la inteligencia de
alejarse por sí mismos .... Celeste se casa conforme a la
voluntad de sus padres con un hombre rico pero bruto, tie-
ne razón! .... Yo, después de todo, no soy sino un espectro
de alma en cuerpo joven. Luego, cuando se trata del con
) 47 (
trato del matrimonio como negocio, tiene razón el papá y
tiene razón la mamá y en casi todos los casos también tie-
ne razón la niña.
Su madre inquieta por aquella determinación abrupta
de viaje dejando clientela y amor, procuró disuadirlo, aun-
que en vano, con razonamientos y lágrimas. Alberto le ma-
nifestó que su resolución estaba tomada de mucho antes y
que ese viaje convenía a su espíritu cansado y a la neuro-
sis que lo aquejaba.
La noche que fué a despedirse de la familia Alvarez,
pasó largo tiempo en su tocador. Quería agradar a Celeste
aunque fuera la última vez que hubieran de verse. Notó con
cierta satisfacción que se hallaba pálido y ojeroso, que sus
bigotes oscuros resaltaban enérgicamente sobre la palidez de
su rostro. Luego pensó para sí: Cualquiera creería que me
preparo para asistir a una cita amorosa con una mujer de
mundo, no con objeto de despedirme de la pobre Celeste
para un largo viaje. ¿Quién sabe si muy largo? ¿Quién sabe
si volveré?-Volver? ¿Para qué? Para encontrarla casada con
ese imbécil, para llamar señora de Urcullo a la que antes
fué Celeste Alvarez? Va! ... Lo malo es que ni siquiera
tengo la fuerza de voluntad suficiente para deshechar esa
imagencilla graciosa que encuentro en todas partes, lo mis-
mo al despertar que al dormir. Esto es insufrible! Y yo que
no creía en el amor! El amor ... y cuando se pierde, la ban-
carrota de los sentimientos cuando no, la bancarrota de la
juventud. He ahí una frase hecha: "La bancarrota de la ju-
ventud".
Recibieronle en la casa de Alvarez con mucha amabi-
lidad y al saber el objeto de su visita se inmutaron visible-
mente. Celeste púsose pálida y doña Isabel se encendió un
tanto... luego, prodújose cierto molesto silencio, porque
cada cual procuraba acallar sus impresiones. Dijo Serrano
que se marchaba por razones de salud y al dar salida a esta
mentira, miróle Celeste y fué su mirada un reproche.
La contempló un momento envuelta en la seducción
de lo imposible. Recorrió cada una de sus facciones en cu-
) 48 (
ya formación se habían dado cita las gracias, los ojos tier-
nos, la nariz pequeña y admirable, los labios finos. Entre
el encaje de las mangas de Celeste, veíase al través de la
trama, el brazo de un rosa encantador, un rosa pálido como
el del ágata rosa. Mentalmente trazó la línea exquisita de
ese brazo que él había soñado alrededor de su cuello o en
la palidez de su frente. Tal vez por su propia voluntad, por
soberbia perdía todo eso.
Cuando Alberto traspuso los umbrales de la puerta,
Celeste y su madre quedaron contemplándose un rato, de-
seaban hacerse mútuamente una pregunta. ¿A qué obedecía
la marcha de Serrano?
Dos lágrimas temblaban en las pestañas de Celeste y
sus azorados ojos, expresaban bien a las claras que todo es-
peraba, menos aquello.
-Doña Isabel besando a su hija le dijo con voz acari-
ciadora:-No te aflijas. Este viaje os conviene a ambos. A él
para que no se haga ilusiones de imposible realización, a tí,
para que lo olvides.
-0-
La víspera de su partida, en la noche, Serrano ocupó-
se de arreglar sus papeles. Hizo un pequeño paquete. con
retratos y cosas de Celeste; un guante, un pañuelo, unas
flores secas y tuvo ímpetus de arrojarlas al fuego, pero algo
protestó en su conciencia de semejante determinación. Allí
delante de él los tuvo largo rato en contemplación, antes
de cerrarlos, lacrarlos y escribir al dorso de la cubierta,
"recuerdos de ella" .
Hasta la luz amarillenta de la lámpara antojábasele
triste.
Hablábase a sí mismo en largos monólogos.- Si parez-
co un soñador de 1830, se decía. Sin embargo, esto se redu-
ce a que me voy a pesar de una muchacha bonita, a que me
llevo algunos gratos recuerdos y algunos recuerdos tristes,
como los lleva todo el mundo. Pobre Celeste! Me parece
) 49 (
verla tan bonita, tan suave, de brazo de ese animal, en cu-
yo cerebro no puede tener cabida una idea delicada. La so-
la idea de que Urcullo la bese con sus labios belfos me cau-
sa estremecimientos. Los dos hemos sido luchadores pero yo
vencido y él victorioso; él armado de sus instintos atávicos,
de sus rencores acumulados de sus medios escabrosos, yo tan
sólo con el patrimonio de mi honradez y de mi trabajo y
se la lleva. ¡Hermoso botin de guerra!
Sentía extraordinaria excitación nerviosa. Las som-
bras proyectadas por la luz de una lámpara eran enormes, si-
nuosas, casi trágicas. En medio de ese conjunto de objetos
de rojiza apariencia, como si el pincel de Rembrandt pin-
tara la vigilia de un enamorado, creía ver a Celeste Alvarez
vestida de blanco y con el cabello destrenzado y lleno de
rosas. Sentía algo así como si el alma de ella voltejeara en tor-
no suyo, y repetíase mentalmente, los versos de José Asun-
ción Silva:
¡Oh las sombras de los cuerpos que se enlazan con las sombras de
(las almas!
¡Oh las sombras que se buscan en las noches silenciosas de tristezas
(y de lágrimas !
-0-
Casi no conservaba memoria del viaje.
Algún tiempo permaneció abstraído pensando en su
madre a quién dejaba, en Celeste, en sus clientes. Pasó lue-
go a un estado en el que sus ideas embotadas, giraban en
torno de un punto vago, centro de indefinidos círculos.
Como en un cinematógrafo confuso veía cerros roco-
sos, llanuras áridas de monotonía espantable, limitadas por
colinas verde azulado o formando horizonte, el horizonte
gris de las pampas. Los rebaños de ovejas en medio del pas-
to pobre y ralo miraban pasar el vehículo con ojos estúpi-
dos, que debían reflejar la inmensa desolación del paísaje
alejábanse a la carrera parándose de trecho en trecho y ba
) 50 (
lidos unidos al mugir largo y humeante del ganado bovino
escuchándose cada vez más lejos. El perro de rebaño, lano-
so y raquítico, con el hocico a manera de zorro, ladraba al
tren a respetuosa distancia.
Sucedíanse interminables las pampas pobladas de ca-
seríos tristes. Alguno que otro riachuelo manso sobre lecho
de piedras reflejaba el cielo azul, despiadadamente azul.
Yuntas de bueyes trabajaban aquí y allá, arrastrando
el arado primitivo, bajo la mano fuerte del sobrio indio.
Algunas mujeres tejedoras reclinadas sobre el rústico telar,
combinaban la trama de sus raras telas matizadas de ama-
rillo, de rojo y de añil. Sobre una pequeña eminencia un
mercader de flautas de caña ensayaba las cualidades sono-
ras de sus instrumentos. Alberto escuchó durante algún tiem-
po esa melodía monotona y triste.
A su derecha extendíanse las gigantescas moles de los
Andes. Serpeaba la cadena de nevados eslabones como el
cadáver de crótalo petrificado que durmiera en las puertas
del mundo misterioso. Formaban sus conos blancos, sus sá-
banas inaccesibles soberbia perspectiva, demasiado sublime
para la armonía de un paisaje, digna sólo del inmenso alti-
plano, en que yacen las osamentas blancas de mil razas
muertas.
A la vuelta de un recodo presentóse a los ojos de Se-
rrano, con todo su esplendor, el Titicaca. Un vapor ancla-
do aún cabeceaba junto al muelle de Guaqui. En el hori-
zonte algunas balsas con las velas al viento alejábanse ve-
loces, como en regata sui generis. Sobre dos o tres boyas
flotantes, varias aves marinas acurrucadas, contemplaban sus
imágenes de blanco y negro, que las olas prolongaban o
reducían como en un juego de espejos cóncavos y convexos,
y en pleno lago, bajo un cielo azul místico y puro, no he-
cho a las nubes sinó a las noches estrelladas, veíase deslum
bradora franja, como si allí bulliesen escamas incendiadas,
aderezos de diosas lacustres, joyas perdidas de los tesoros
incásicos.
) 51 (
Embarcóse la misma tarde de su llegada. Una vez en
el camarote que le correspondía, echó cerrojo a la puerta
de entrada y se recostó. El estremecimiento del maderamen
era perceptible. Oyó un silbido prolongado y el traqueteo de
la máquina, tric trac, tric trac ....
Al día siguiente llegaron a Puno e inmediatamente
tomó el tren. La vorágine de hierro avanzaba a todo vapor
con jadear lleno de ansia. El ventanillo de su lado estaba
abierto y mucho rato, tuvo la cabeza apoyada en el y en-
vuelto por el humo del penacho de la locomotora, cuyos an-
drajos le traía el viento. Pronto comenzaron a ascender.
Desde el crucero alto contempló el Titicaca como un inmen-
so edredón de moaré que arropara los piés de los Andes,
entumidos por la nieve. El tren serpeaba por laderas des-
nudas, entre paja brava salpicada de flores amarillas. Algu-
na que otra vicuña desaparecía como saeta por barrancos y
quiebras. Mas tarde el terreno se hizo volcánico. Sedimentos
de lavas superpuestas y casi petrificadas descolgándose en
abruptos pliegues, como si un inmenso torrente de materia
calcinada hubiese sido detenido por fuerza colosal... Lue-
go distinguió el Misti, tipo estético de la bella montaña y
al fin, como un oasis en pleno desierto, Arequipa, reclina-
da en él con molicie, como conviene a una criolla.
No se detuvo sinó una noche. Partió a las ocho de la
mañana. Sentía fiebre por cambiar de lugares. Ansiaba ver
el mar para poderle decir: ¡tú eres más inmenso que mi
desgracia! A las tres de la tarde, algunas aves marinas pa-
saron por sobre su cabeza y entre la doble giba de una lo-
ma, distinguió una línea de plata: era el océano.
Media hora después pudo contemplarlo a su sabor. El
tren corría por la orilla. Hasta él llegaban brisas saturadas
de sal que aspiró con delicia, y vió el tumbo eterno de las
olas que se hacían menudo polvo al chocar en rompientes so-
berbias contra las rocas, como si se irguieran colosales rosas
de espuma, como si se desmenuzaran penachos de gigantes
plumas blancas, como si se rasgaran ideales colas de vestidos
de baile....
) 52 (
¡Oh mar, yo te saludo! Eres el símbolo de la eterna
mutación permaneciendo el mismo. En tí pasan los paisajes,
los estados de naturaleza, las noches claras, los días grises
como en el alma los estados de espíritu; en tí la muerte es-
cribe sus inmensas tragedias que las olas borran; en tí las
estelas de los navíos que llevan la nostalgia de un amor son
fugaces, y siempre tienes la espléndida victoria de tu alma
azul; tu aderezo de perlas y corales, tus caídas de blondas,
tus auroras rosadas como niñas rubias; tus tardes tristes, en
que cantas con ritmo majestuoso, nocturnos de gigantes es-
trofas, tus gallardos combates, tus iras titánicas, para tornar
de nuevo, como el amor que nace sobre el matorral de las
amarguras, sobre los desastres de la experiencia: siempre
nuevo, siempre invencible, siempre joven, siempre inexperto.
) 53 (
2
SEGUNDA PARTE
Había pasado un año.
Desde que Alberto Serrano se ausentó, apenas si Ce-
leste tuvo noticias suyas.
Los meses anteriores de su vida estuvieron tan llenos
de él, que ahora, al sentir en torno a su persona el vacío
de esa afección exclusiva y respetuosa como un culto, ex-
perimentaba el hondo pesar que sobreviene con el presenti-
miento de lo ido para siempre.
En un principio, dióse a esas remembranzas, a ese pe-
regrinar con amor por los senderos del pintoresco jardín de
su muerto idilio, añadiendo detalles imaginativos: vestida
con trajes claros que poseían un pliegue, una línea de su-
prema elegancia, suelto el cabello ondulado, que se detc
nía un instante en los hombros y acariciaba luego la seda
del blanco peinador.
Más tarde comenzaron a palidecer las rosas y los li-
rios de ese huerto, y al fin pereció la araña encantadora,
) 55 (
que tejió su tela sutil sobre los pétalos y sobre las hojas, so-
bre los rugosos troncos y los bancos de junco. El hilo de oro
que conducía a su red de ensueños, a su laberinto de qui-
meras se rompió un día, porque Celeste, para ahorrarse me-
lancolías, resolvió no evocar más su pasado y sus amores.
Recordar es cruel: recordar lo bello que fué, es triste;
recordar lo desagradable, es amargo. ¿Para qué recordar?
Procuróse distracciones, frecuentó paseos y tertulias y aun
se atrevió a coquetear un poco. Sus amigas la iniciaban en
ese arte del flirt que tan fácilmente domina la mujer. Flir-
tear. He ahí una palabra de cuyo significado recién se daba
cuenta.-Tú no sabes flirtear, querida, le dijo una amiga su-
ya. Tú no sabes flirtear y es necesario que lo sepas. Es tan
agradable, sabes? Cuando una se aburre, lo mejor es deslum-
brar a cualquier muchacho simpático. El individuo es cosa
secundaria, con tal de que sea elegante y atrevido.
Celeste tenía otras ideas, así que semejantes teorías,
comenzaron por alarmarla un poco, pero luego se fué acos-
tumbrando a ellas. Además, en quién iba a encontrar un
verdadero apoyo, un confidente sincero? ¿Su madre? Esta-
ba demasiado abstraída en sus intrigas políticas, en su em-
presa de atraer a Urcullo y en su mundo de pequeñas va-
nidades. ¿Su padre? Era tan frívolo ! Seguramente daría más
importancia a la combinación de un cocktail nuevo, que a
sus asuntos sentimentales, enfermedadsillas que según su
teoría se curaban con dosis de distracciones, con tónicos y
con baile. El resolvía las cosas más graves con una fórmula
graciosa. Era capaz de casarla con don Práxedes, por el solo
placer de que hubiera en su familia una persona a quién
echar pullas de la mañana a la noche.
Siguió pues Celeste los consejos de sus amigas, en
parte por desaliento y un tanto, por condescendencia, y tu-
vo al cabo un flirt. Fué un joven alto, moreno, aficionado al
sport, uno de esos don cualquiera que montan bien a caba-
llo y pertenecen a buena familia; pero que en materia de in-
teligencia están a la altura de un labrador y en cuanto a ins-
trucción, son poco menos que analfabetos. Aquel muchacho
) 56 (
llevaba una flor en el ojal del saco, era miembro de todos los
clubs y la miraba con insolencia. Esto era bastante.
La señorita Alvarez habíase transformado física y mo-
ralmente. Sus facciones finas se acentuaban. Los ojos claros
parecían haber aumentado en tamaño, la nariz pálida cerca
de las fosas tornóse más delgada. Su boca aunque menos
roja, poseía mayor expresión, el labio inferior dividido en
dos abultamientos por un pequeño surco, como si fuera el
seno de una flor, sobresalía ligeramente. Redondeábansele
las formas, desplegando las caderas arco gracioso Su andar
1
se hacía mas reposado, su sonrisa más serena, su mirada más
segura. Cuando pasaba, el frou frou de sus Lajos de batista,
1
tenía no se qué rumor de besos.
Las conversaciones de algunas amigas solteras y de
1 algunas amigas casadas, habíanla ilustrado acerca de muchas
cosas, dando a su lenguaje familiar frases hechas, que sirven
para encubrir decentemente ciertas alusiones. Gran parte de
م
su encantadora ingenuidad iba desapareciendo. Crecía su
コ
aplomo y su dominio de sí misma, pero quedaban desvane-
cidos sus más dulces ensueños. Esta obra era debida a sus
amigas, a su prematuro desengaño, a la indiferencia de sus
padres, a la ignorancia en que se encontraban con respecto
a las leyes de la vida, de la selección, del amor. La fortuna
era lo único que podía inquietarles, como si las condiciones
de raza, si las energías de los hijos robustos, sanos y bellos,
no fueran capitales acumulados para el porvenir.
Celeste no se daba cuenta completa de tales cosas,
pero comprendía el absurdo sin conocer la causa. El resto
lo debía a los libros. No cayeron en sus manos novelas de
psicólogos o idealistas, nada de Stendhal, o de Rod ni si-
quiera de Paul Bourget. Las mujeres no gustan de ese género
literario; lo encuentran cansado, no lo comprenden, no exci-
ta sus sentidos. Algunas buscan sus fuentes de lectura en
el naturalismo. Un cuento de Paul Alexis que se lee a hur-
tadillas, una anécdota de Silvestre. Muchas de ellas conocen
El Buen Mozo de Maupassant y Las Vírgenes a Medias de
Prevost. Esto es encantador. Cuán deliciosamente estreme
) 57 (
cen sus descripciones. Aquellos héroes audaces y brutales las
encantan. El mundo de las mujeres histéricas y de los
struggler for life es incomparablemente tentador. La aven-
tura es palabra que suena muy bien en ciertos oídos de son-
rosados pabellones. El adulterio, es un tecnicismo jurídico,
que no se pronuncia jamás.
Las conversaciones íntimas a sotto voce, reclinados los
cuerpos en un confidente, en el salón, cuyas ventanas vela-
das por elegantes celosías, dejaban penetrar azulada luz, co-
gidas las manos y la sonrisa en los labios, lastimaban los οί-
dos de la señorita Alvarez, de la que en un principio se
cuidaron, acabando por contarse todas esas cosas confiden-
ciales delante de ella. Al fin se casaría y su ignorancia sobre
eso tendría fin.
Así, escuchando anécdotas galantes, narraciones pin-
torescas referidas entre dos carcajadas y ataques de maledi-
cencia envidiosa, que tan bien dominan las mujeres de todos
los países, adquirió esa noción de la moral elástica del día,
semejante en sus efectos a las llantas de caucho, que apagan
el ruido y hacen menos sensibles las durezas del terreno.
Con cierta intuición y cierta facilidad propia de la mujer,
entrevió claramente todo el mundo de las comedias, desde
la comedia de la honradez hasta la comedia del vicio, desde
la comedia del amor hasta la comedia del matrimonio, des-
de la comedia de la política hasta la comedia del talento ...
Vió desplomarse reputaciones que creía intachables,
conoció caciques que pasaban por hombres de genio cual
Urcullo y sin analizar, sin perderse en filosofías como Al-
berto Serrano, impropias por otra parte de un cerebro fe-
menino, formuló sus conclusiones tácitamente, casi sin pen-
sarlas, traduciéndolas simplemente a la práctica.
Esos nuevos horizontes que a su vista se desarrollaban
iban amortiguando poco a poco su sensibilidad. El manual
de la perfecta casada había pasado de moda hacía mucho
tiempo, la educación sentimental quedaba para las historias
de 1830.
) 58 (
Pobre Celeste! ¡Qué inmensa decepción la suya!
Algunas veces procuraba poner en orden sus recuer-
dos. Eran encantadores de frescura pero se alejaban cada vez
más. Sin darse cuenta acostumbrábase a la idea de su matri-
monio con Urcullo. No le parecía ya ni irracional ni ilógico.
Habíanse despertado en ella el amor al lujo y al bienestar.
Vestir conforme al último figurín del Correo de la Moda,
tener un victoria forrado de azul y tirada por un buen tron-
co, poseer una preciosa casa de construcción moderna con
balcones espaciosos de balaustres blancos, he ahí lo soña-
do. Luego describíase mentalmente los detalles de su casa.
Tendría los corredores cerrados de vidrios y tapizadas las pa-
redes del fondo; su tocador sería color de rosa, con mue-
bles de laca, de palo santo o de hierro esmaltado; en su
lecho haría colocar edredones de razo azul celeste con paisa-
jes nevados, y al pie, una piel blanca, alta de pelo, sobre la
cual sus pies pequeños se deslizaran sin ruido. Desfilaban,
en seguida, salones de varios estilos, salitas elegantes, come-
dores llenos de espejos y de luces, con molduras modernis-
tas de caoba, sin que Urcullo asomara su lustrosa carota de
pómulos planos, ni dejara escuchar su risa de paleto.
Un día díjole a la señorita Alvarez, una amiga suya,
de esas que se mueren por dar malas noticias:-Celeste,
¿sabes que me han dicho que Alberto Serrano casa con una
preciosa muchacha? Que ha mandado el retrato de ella a su
madre y que su madre se halla satisfecha, porque su futura
nuera es un dechado de cualidades? No te decía yo que to-
dos los hombres son lo mismo?
¿Sería cierto lo que habían dicho? Hay mujeres tan
malas que por el solo placer de atormentar echan un em-
buste. ¿Pero y la conducta de la madre de Alberto? En un
principio la señora Serrano se daba maña en las conversacio-
nes para , referirse al joven, después fué enfriando sus rela-
ciones, hizo raras sus visitas, hasta que acabó por no ir. ¿Es
taría impuesta de sus coqueteos? sabría que en su casa era
cosa decidida su enlace con Urcullo?
) 59 (
Cuando se marchó la amiga. Celeste sentóse al piano.
Conocía el poder evocador de la música y aquella tarde por
una última coquetería sentimental, quiso escuchar las armo-
nías favoritas de Serrano, que ambos habían saboreado tan-
tas veces en el mismo salón, bajo la acción de cierta simpa-
tía psíquica, envueltos en esa semi claridad de luz intercep-
tada por portiers y cortinajes, que comunica misterioso en-
canto a los objetos, que pone expresiones sombrías en los
ojos muertos de las estatuas, que arropa como una vestidura
de terciopelo oscuro las columnas salomónicas y los torsos
de mármol de las diosas paganas.
Ejecutó sucesivamente con inspiración y amor la Fan-
tasía Impromptu en la bemol y el nocturno Nº 1 de Chopin,
la Balada de Thalberg, Romanzas sin Palabras y Mar Tran-
quila de Mendelssohn, que tanto gustaban a Alberto.
Cuando terminó con un smorzando de infinita dui-
zura, en actitud de completo abandono, las añoranzas de su
primer idilio sucediéronse encantadoras, como una canción
de amores.
De improviso dió Celeste un débil grito. Hacía tiempo
que no regaba el arbusto de margaritas de Fausto que Se-
rrano le obsequió. Levantóse presurosa y llegó corriendo al
pequeño invernáculo donde tenía sus flores. Las margaritas
de Fausto estaban secas !
II
Iba a vencerse muy pronto el término que los esposos
Alvarez pidieron a don Práxedes Urcullo para concederle
la mano de Celeste, cuando sobrevino un movimiento polí-
tico que llevó a aquél al desempeño de una cartera.
Por fin iba a ceñirse la banda de seda y a manejar el
bastón con puño de oro de ministro de Estado. Su obesa
) 60 (
personalidad rebosaba de placer, sentíase rejuvenecido y una
sonrisa de satisfacción inmensa plegaba sus labios.
Con que fruición vistió el frac, se perfumó, se rizó el
cabello y los bigotes ralos y gruesos que el cosmético se en-
cargaba de oscurecer, el día en que iba a prestar el jura-
mento de estilo en el gran salón de recepciones del Palacio
de Gobierno. ¿Quién sabía si después de jurar guardar las
leyes y la Constitución en la vasta sala tapizada de rojo, ju-
raría amor eterno a Celeste en la capilla, vestida de blanco?
Saboreando el triunfo de hoy que le hacía presentir
el de mañana, dirigióse al Palacio de Gobierno. La gente se
arremolinaba en torno de los salones. Subió la escalinata de
1
berenguela majestuosamente. Un murmullo de espectadores
le acogió al pasar. Era el nuevo ministro. Un sabio, según se
decía y un gran político, aunque no faltaba quien opinara
que era un animal.
Su carota rubicunda y ancha, con los pómulos salien-
1
tes, bajo la frente piramidal, tenía algo de felino, que aca-
baba por imponerse, a causa de sus rasgos enérgicos.
Arrodillado sobre almohadón forrado de terciopelo ro-
コ jo, con la mano derecha puesta sobre el facistol que soste-
nía los evangelios, prestó el juramento de costumbre. En el
] momento de comenzar su discurso, tuvo tentaciones, sofo-
S cado como se hallaba por la emoción, de relatar su vida pa-
sada : sus luchas, sus pobrezas; los recuerdos amargos de la
infancia, en que el trabajo había ahogado el juego; las me-
morias de su juventud sin amor, sin ilusiones .... La ex-
traña correlación entre la posesión de la cartera y la pose-
sión de Celeste volvía a su mente. Después de la mistura
de rosas que le echaran sus comadres, ¿no estaría el bou-
quet de azahares ?
Lentamente comenzó a leer su discurso escrito, en
que se adivinaba el espíritu burgués, la tenacidad arrolladora,
el hábito de vencer. No hubieron en el florilegios ni ara-
bescos de estilo. Simplemente la frase de cajón, la amabili-
dad de costumbre realzada por cierta energía, la energía de su
temperamento.
) 61 (
Al día siguiente le ofrecieron un banquete.
Cuando ocupó el centro de la mesa adornada con
flores y senderos rojos y bajo la profusión de las luces, vió
tantas caras que lo contemplaban con admiración o con en-
vidia, tal vez alguna con sarcasmo, y cuando el encargado de
ofrecerle el banquete, alzó la copa colmada de espumante
champagne y con ingenio y frase galante se lo ofreció, sin-
tióse embargado por emoción que participaba de la vanidad
y del deseo cumplido. Las frases del discursante pronuncia-
das con voz acariciadora, que crecía en los instantes patéticos
y que luego, haciéndose flébil, perdíase casi, envolvíanlo con
dulzura, como si fueran música sentimental de armonía sua-
vísima.
Al terminar, el orador había dicho:
-Os, hemos contemplado en las Cámaras Legislativas
creando las leyes con vuestro superior criterio, combatiendo
los prejuicios y las utopías, aun desde las filas de una mi-
noría ilustrada. Hoy habéis llegado a la meta. Sois ministro
de Estado, y nosotros, que apreciamos la legitimidad de vues-
tro triunfo, que hemos admirado siempre vuestros elevados
propósitos, como se sigue el alto vuelo de las águilas cauda-
les, os saludamos con entusiasmo a nombre de la Nación.
Urcullo agradeció, hablando despacio, con períodos
largos, a los cuales seguía un énfasis. Alzaba sus manotas,
abría los dedos gruesos en que tremaban diamantes, mas-
cujaba las frases, rugía con el brazo extendido, mientras la
sangre se le subía a las orejas, y tornaba rojos sus mofletes.
En su voz hubo cierta onomatopeya, cierta armonía
imitativa cuando habló de las multitudes y de los aplausos,
del triunfo de la aristocracia y de la nobleza del talento, de
la revolución de las ideas, que era seguida del choque de
las armas y del estampido de los cañones.
Los diamantes cuyas facetas reflejaban la luz de las
arañas, la zarpa alzada y el cuello de toro que se hinchaba
con una ola de palabras, que sin embargo salían difícilmen-
te, torturadas, causaban indefinible impresión.
) 62 (
A la hora de los postres la conversación ceremoniosa
del principio habíase convertido en bulliciosa charla, inte-
rrumpida por risas y carcajas generales. Oíase una frase gra-
ciosa, un epígrama chispeante. Un poeta jocoso leía versos
que alzaban aplausos, despertando hilaridad.
Urcullo habíase tornado jovial. Inmenso deseo de ex-
pandirse, de comunicar a otro sus impresiones, lo aquejaba.
Cerca de él encontrábase un joven de esos que se acomo-
dan a todas las situaciones. Era su amigo. En aquella oca-
sión hízole su confidente. Le habló de todas las cosas que
había tenido guardadas tanto tiempo. Se revolvió, moralmen-
te, como se revuelve una media; luego fué subiendo de to-
no hasta hacer el panegírico de Celeste y al hablar de ésta,
cogía los botones del frac de su interlocutor con rusticidad,
en que asomaba la oreja lugareña ... Retirándose a la una
de la mañana satisfechos y alumbrados. Por la calle habla-
ban a voz en cuello y don Práxedes, con el chaleco desabro-
chado y el sombrero de felpa metido hasta las orejas, de-
cía a ese su amigo que se impuso la tarea de escucharle:
-El amor es el gran asunto de la existencia, amigo mío.
El amor. ¡Qué cosa más bella! Sobre todo, cuando se nace
como yo, con buena suerte para con las mujeres!
-0-
Una vez vencido el plazo y seguro ya de su victoria,
Urcullo pidió nuevamente la mano de la señorita Alvarez,
que le fué concedida sin reparos. Interrogada ésta ante el
ministro, respondió como muchacha bien educada, que ten-
dría mucho gusto en ser la esposa de don Práxedes.
La fecha en que iba a celebrarse la boda, fué señala-
da para el mes siguiente.
El día en que Urcullo envió a Celeste el vestido de
novia, de raso blanco con gasa, ésta lloró un poco. Luego
vistió el traje perfumado y suave. ¡Cuán encantador le pare-
cía llevar esa larga cola vaporosa. ¡Cómo la recogería com
infinita elegancia! Al mismo tiempo que se miraba en un
) 63 (
espejo de cuerpo entero, envolvióse la cabeza con el amplio
veio de desposada, lo dejó caer en dos alas, se lo puso como
manto, anudóselo en la frente a manera de diadema y siem-
pre encontrábase bella.
Después de haber prendido un ramo de azahares en su
seno, dejó caer algunos a lo largo del velo, sobre la cola,
sobre los hombros. Era como una lluvia de blancas flores
sobre esas cosas blancas. ¡Cuán suavemente resaltaba todo
eso sobre el fondo de su cuarto entapizado de rosa! Reco
gió con el pie el vestido por un extremo y lo dejo caer en
toda su amplitud por los otros, formando caprichosos zig
zags. La luz trazaba pinceladas claras sobre los pliegues de
seda, y al través de la gasa, adivinábanse las líneas, se sen-
tía indecisamente el arco de las caderas, la curvatura del
busto.
De improviso, se le ocurrió una idea loca: Si me mu-
riera así. Cerró los ojos y quedó mirándose por entre la red
de las pestañas. Casada con Alberto Serrano, cuánto orgu-
llo habría tenido de que la encontrara linda, así tan pálida
como su vestido,.... melancólica y conmovida. En cambio
¿qué efecto causaría de brazo de su futuro, obeso y encen-
dido de color? Al lado de ese hombre tan feo, parecería más
hermosa .... Ah sí, más hermosa y más interesante ....
La noche de su matrimonio tuvo durante la ceremo-
nia una serenidad de que no se hubiera creído capaz. Todo
aquello le hacía el efecto de una colosal mentira. No obstan-
te, las palabras del sacerdote levantaron una ola de protes-
tas ahogadas en su ser. El sí que dió en el instante supre-
mo fué tan quedo, que casi necesitó ser adivinado ... En ese
momento sintió que los ojos se le humedecían ligeramente.
La orquesta ejecutó brillantemente la marcha nupcial de
Grieg, y ella de brazo de su marido dirigióse al salón de bai-
le, recibiendo, al pasar, los homenajes y la admiración de
todos los que envidiaban al hombre feliz que se llevaba una
muchacha tan linda. Mas tarde la concurrencia llenó los sa-
lones.
) 64 (
Celeste estaba encantadora. La palidez de su rostro
hacíala más interesante. Pasaba esbelta y grácil. Había en su
expresión esa suave melancolía de los cielos de la primavera
que agoniza ... En sus cabellos, al través del velo, la luz
I
se enredaba con algo semejante a besos luminosos. Indolen-
1
cia de mujer elegante que ha perdido la ingenuidad y las
S
ilusiones de los diez y ocho años, perezoso movimiento, es-
tudiado ademán; ese atrayente no se qué de la dama aristo-
0
crática, asomaba en ella y enseñoreábase de su persona.
1
Valsaba en brazos de Urcullo seria y altiva, recogida
la cola del vestido, cual si se envolviera en ondas de encaje,
g
le
proyectando su gracia sobre la corpulencia antiestética del
Π
ministro, en tanto que éste sonreía, ebrio de dicha, arreba-
el tándola en sus brazos en el vaiven del vals, como el Minotau-
ro debía llevarse las bellísimas doncellas que le tributaba
Atenas. Y ese vals que se desperezaba sensualmente en la
ed
orquesta, era el mismo que Celeste había bailado con Alber-
to Serrano la noche de su primer baile.
Ha
Las notas trajéronle el recuerdo del joven.
io
Sintió una ola de llanto que subía a sus ojos, el último
1
sollozo que hinchaba su bella garganta, la postrera emoción
que levantara su turgente seno. Hubo un momento en el
ás
que creyó iba a desmayarse en brazos de su esposo. Las in-
flexiones del vals le decían tantas cosas! tantas bellas cosas
0- perdidas para siempre, tantas frases elegantes y tiernas que
0
Alberto había murmurado a sus oídos, enlazadas las manos
コ del joven a su talle, mirándose ambos infinitamente, ella un
S
poco echada hacía atrás, como si aspirara el perfume de esas
frases; la mirada de él envolviéndola en suavísima caricia,
e
mientras sus piés se deslizaban rítmicamente sobre la alfom-
bra y en tanto que las notas parecían morir en deliquio amo-
e
roso .... Cerró los ojos un instante para no mirar la calva
reluciente, la carota rubicunda, los labios belfos que se ple-
e gaban como si quisieran posarse sobre los suyos con ardor
y experimentó un fenómeno raro: parecióle que valsaba con
Serrano; que era el brazo de éste el que oprimía su talle y
la mano de él la que estrechaba su mano .... y se dejó con
) 65 (
ducir, se dejó llevar, en rápidos giros, casi adormecida, casi
desmayada. Las notas decrecían en un pianísimo, hasta el
punto de no escucharse sinó el acompañamiento, en el que
se esfumaban los sonidos. De pronto, pasada una ligera pau-
sa, el vals comenzó de nuevo fuerte, vigoroso, como en otro
vértigo de amor y Celeste abrió los ojos. Irguióse altiva,
comprendiendo que era preciso vencerse. En la puerta de la
casa les esperaba el carruaje en el que debían partir esa mis-
ma noche a la quinta de los Alvarez a pasar la luna de
miel .... Dirigióse al tocador, se puso su albornoz de armiño
y luego descendieron ambos la ancha escalera, bajo la pro-
fusión de las luces.
1
-0-
El victoria tirado por un magnífico tronco de caba-
Ilos, en cuyos arneses habían prendido ramitos de azahares,
corría con brío por la avenida de los coches en la Alameda
de La Paz.
Era una bella noche de luna, serena y transparente.
Urcullo veía pasar las manchas de los árboles en fan-
tástica carrera, arrastrando en la sombra sus oscuras clámides
de follaje, que resaltaban enérgicamente sobre el claro for-
mado por la luz de la luna. Delante de ellos el camino casi
blanco, a cuyos costados crecían arbustos de rosas que perfu-
maban el aire, extendíase soberbio, a manera de vía victorio-
sa, construída para el paso triunfal de los novios.
Don Práxedes sentía cierto perfume de violeta, quin-
taesenciado y exquisito: era del velo de Celeste.
Desde que abandonaron el salón de baile, hallábase
cohibido al lado de la linda muchacha, como si llevara a ca-
bo un rapto a viva fuerza y no fuera el esposo legítimo de
ella, ante Dios y los hombres. Sabía él tan poco de amores,
a pesar de su medio siglo. Ni una sola aventura galante de
buen tono en su vida, ni un solo beso robado a labios aris-
tocráticos. ¿Qué pensaría su novia de tal timidez? Si al me-
nos le hubiera tomado la mano !
) 66 (
Urcullo se volvió hacia Celeste. Esta lloraba. Atrájola
entonces hacia su pecho, enlazándola el talle con un brazo.
En la Avenida 12 de Diciembre, el vehículo caminaba
casi al galope.
1
Algo semejante a sinfonía lejana vibraba en las ondas
sonoras, como si se formara de músicas flébiles de besos de
flores y de estremecimientos de alas.
En el dombo gris claro azuloso del firmamento, las
}
이 estrellas mentían a Urcullo ser margaritas luminosas prendi-
das allá arriba, en festejo de sus bodas.
En la atmósfera había algo tibio y acariciador, carga-
do de voluptuoso aroma de rosa del campo y de madre-
selvas ....
1.
Don Práxedes, en un arranque, poético, díjose a si
S
mismo: Dios mío ¡qué hermoso es esto!
la
En aquel momento las hijas de los colonos de la quin-
ta de Alvarez, llegaron hasta el carruaje, eran indias jóvenes
e.
que llevaban mistura de flores para arrojar a su ama. Una llu-
via de pétalos cayó sobre ellos.
s
El áuriga paró el victoria de un solo golpe. Estaban a
la puerta de la quinta. Urcullo descendió del vehículo, con
I toda la ligereza que era dable a su pesada humanidad, y dió
la mano a Celeste, para que ésta también echara pie a tierra.
コ
Pasaron bajo un arco de mirto, ceñido por randas de
hilo de plata, y con festones de ramilletes de azahares. Un
cupido de arcilla con el carcaj roto y los ojos vendados, a-
puntaba hacia la entrada. En el centro del jardín dos surti-
dores emergían de una fuente de piedra que sostenía en
las mandíbulas un monstruo marino, sobre cuyas escamas
había crecido musgo.
El mayordomo, vestido con una especie de librea, con-
dújolos ceremoniosamente por entre doble hilera de arbus-
-
tos de claveles, blancos y rojos, alternados con macetas de
heliotropo, myosotis, hortensias, pensamientos y reseda. El
suelo hallábase alfombrado de mistura blanca, y en las ra-
mas de las enredaderas de hiedra v de campanillas azules, col-
gaban farolillos de papel de múltiples colores, que también
) 67 (
se extendían en líneas luminosas, paralelas y oblícuas por los
diversos senderos del jardín, formando alegre perspectiva de
luces rojas, azules, amarillas y rosadas. Dos corpulentos cac-
tus cerraban el sendero. En las hojas de uno de ellos enre-
dóse la fimbria del vestido de Celeste. El mayordomo se
encargó de libertar el suave raso prisionero de la garra de la
planta.
Don Práxedes, entre tanto, procuraba acariciar la ma-
no de su esposa, que la retiró, envolviéndolo en una mirada
indefinible.
De improviso diez o doce palomas blancas se abatie-
ron curruqueando y con las alas abiertas a los pies de Celes-
te. Deshízose ésta del brazo de su marido y cogió entre sus
manos enguantadas aún, la primera. Eran las compañeras
de su infancia y de su pubertad. Llamólas cariñosamente
por sus nombres; azucena, candida, nevada, armiño .... Es-
trechólas contra su corazón y para cada una tuvo un largo
beso de sus labios trémulos, que temblaban ansiosamente, no
sabía por qué .... Eran sus últimos besos de virgen.
III
Alberto Serrano entre tanto había llevado a cabo un
largo viaje.
Quería olvidar, pero su espíritu, sin embargo de la dis-
ciplina a que estaba acostumbrado, rebelábase contra tal man-
dato y al fin, se vió obligado a confesarse a sí mismo que
amaba mucho .
Las cartas de su madre, en un principio repetían mu-
chas veces el nombre de la señorita Alvarez, luego fueron
más pobres de noticias. Escribióle un día que Celeste no
era la misma, que Celeste coqueteaba .... Más tarde casi
no le habló de ella y al fin una fué portadora de la triste
nueva : Celeste casaba con Urcullo. Al saber esto Serrano
) 68 (
emprendió viaje de regreso a su patria. En diez y ocho días
salvó el transatlántico que lo llevaba, la distancia que sepa-
ra América de Europa.
Una tarde, la víspera de su partida, hallándose en Mon-
tevideo recibió una carta de su madre.
Tuvo un presentimiento doloroso. Rasgo el sobre, y
leyó las últimas líneas: "Celeste casó ayer con don Práxe-
des Urcullo. Esa muchacha no te convenía".
La carta tenía casi un mes de fecha.
Debían estar en plena luna de miel. Permaneció unos
instantes con aquella carta entre las manos, luego guardó-
sela en un bolsillo. Maquinalmente se puso a encender un
cigarro, en tanto que contemplaba el paisaje.
Descendió la escalera del hotel en que se hallaba, cu-
S
ya fachada principal miraba al mar, y se dirigió a la orilla de
e
este con pasos lentos y largos. Parecióle que las olas balbu-
S
0 cían confusamente melopeas con estribillos de carcajadas,
0
cuyos sonidos iban a perderse muy lejos, diptongos burles-
cos que se dislocaban, risas sofocadas que estallaban irónica-
mente, ecos prolongados hasta lo infinito, notas dispersas
que le traía la brisa a manera de susurros maldicientes, y
que todo eso, condensábase en una sola frase: Celeste ha
muerto para tí! .... Celeste ha muerto para tí!
Sacó del pendiente de la cadena de su reloj una mi-
niatura: el retrato de ella, y lo arrojó al mar.
El océano, las primeras estrellas que se encendían en
1
el azul lívido del horizonte, las colinas lejanas cuyos con-
S
tornos íbanse esfumando en gamas azulosas sobre el último
plano melancólicamente bello, como si estuvieran en el se-
e
creto de la elegía de su espíritu, creeríase que significaban
con el simbolismo del paisaje y del color, la misma cruel
realidad: Celeste a muerto para tí, Celeste ha muerto para
tí!
1
Tuvo impulsos de arrojarse al agua, pero el recuerdo
コ de su madre lo contuvo.
1 Acudió un pensamiento a su mente: la venganza.
¡Qué dulce sería la venganza!
コ
) 69 (
Mas, ¿de quién iba a vengarse? ¿De Urcullo? Urcullo
no hacía sino pedir lo que creía que le correspondiera en
este mundo, después de medio siglo de vida oscura, acaban-
do por conseguir lo que pidió. Esto era todo. Encontraba
una juventud y un amor a los cincuenta años. Su espíritu que
jamás alimentara esa vaga gestación de ideales, que se inicia
en la adolescencia con hermoso florecer de pensamientos y
esperanzas y acaba en una obra de arte, en un heroísmo, en
un poema, encontraba sublime perspectiva de felicidad casi
sin haberla deseado, en tanto que él, Serrano, soñador de
una coyunda idílica, en que se unieron las almas y los cuer-
pos, asistía al naufragio de todo ese amor y de esa vida, an-
te el mar sereno, bajo el cielo estrellado, en un soberbio os-
curecer de la naturaleza, que parecía buscar armónicas rela-
ciones entre el paisaje de su alma y un crepúsculo magnífi-
co, pero luctuoso .... Vengarse de Celeste? Pobre Ce-
leste. Era inconsciente. Iba por el mundo, reflejando en sus
ojos los seres y las cosas, sin saber por qué. No podía sus-
traerse a los prejuicios, a las sugestiones del medio, ni a los
mandatos de su madre. Y, a la manera de esas rosas, que des-
hoja poco a poco la cálida brisa de estío en las tardes ca-
niculosas, en que los pétalos pierden el perfume, volando en
brazos del viento que estropea su epidermis satinada, aca-
bada en un charco, lo que comenzó en una yema, en un ca-
pullo, en una flor.
A su espalda el puerto dibujaba agujas, torres, cúpu
las y más allá mirábanse colinas sobre un cielo de matiz sua-
ve de raso. En el flotaban nubecillas blancas como ramas
de flores, como algodón escarmenado detrás de stratus ver-
duscos o negros, cuyos extremos se perdían en líneas oscu-
ras sutilísimas .
Casi no había viento: las ráfagas de este no acertaban
a despeinar los cabellos ni a mecer las olas. La cantinela del
mar habíase hecho suave, lejana, cariñosa como una trova.
Sólo en su alma se agitaba por momentos una tem-
pestad de recuerdos, de dudas, de cosas tristes, de todo eso
) 70 (
que implica una negación, de esa marejada deprimente que
deja resaca eterna en el espíritu: el hastío.
Calma infinita, serenidad suprema al par que manse-
1 dumbre, apoderábase de las cosas; cierta redondez curvaba
los perfiles angulosos de las rocas y borraba el cofín del mar,
a cual si este, en un desfallecimiento de colores, en deliquios
de tristeza, agotado el festín de luz y de música, cayera en
11 la sombra y retirara su cauda de encajes, de orlas de espu-
$1 ma .
le Una línea de plata a veces brillante, a veces apagada,
I estelaba la luz en el horizonte. Era como si la naturaleza
11- se dispusiera para el sueño dando tersura a las ondas, sua-
۱۶ vidad a los matices, haciendo leda la prisa, desvanecido el
la- perfume, quedo el sonido, bajo la suprema quietud de las
fi cosas dormidas.
Je Sobre todo aquello flotaba el pensamiento doloroso de
SII:
él : Celeste, la señora de Urcullo ......
Si al menos ella hubiese muerto? No valía más desapa-
OS recida, dejándole intacto su postrer ensueño?
es ¡Ah! pero en brazos de Urcullo. Perteneciendo a otro
Ca hombre la mujer amada. Poseída por ese imbécil de tem-
en peramento de cerdo!
a- Al menos, la muerte la hubiera dejado virgen. Con la
1 frente casta y serena, con los labios que no hubiesen des-
florado aún un beso de amor y que nunca más, nunca más
hubieran vuelto a entreabrirse para besar.
Ahora, al mismo tiempo que moría para él, le ma-
taba el último combatiente de sus ideales, el postrer propó-
S
sito de lucha. ¿Para qué luchar? No valía más, como esos in-
sectos que a veces arrastra la corriente de un río, dejarse
conducir sin lucha hacia el océano de la muerte?
Ella lo hubiera salvado con sus besos cariñosos, con
sus ojos serenos, con sus creencias sencillas, con sus risas
ingénuas, con sus manos blancas y mimosas. Y qué dulce hu-
biera sido esa salvación!
Representóse imaginativamente un hogar dulce y tibio.
En una sala un piano de cola y ella vestida de rosa ejecu
) 71 (
tando amorosamente nocturnos de Chopin. Armonía de co--
lor en la luz que bañara los espejos, las cortinas oscuras de
pliegues opulentos, los cuadros severos; armonía musical es--
tremeciéndose con ternura en la estancia y armonía dulcísi-
ma en su alma y en la de ella ....
Y más tarde, la alcoba alegre donde la mujer amada
meciera un hijo que tuviese el espíritu suyo y la gracia de
Celeste, dormido suavemente, soñando con los reyes magos
a los arrullos de ella, que hubieran participado del curru-
queo de las palomas y de los besos de la madre.
!Qué bello era todo eso! .... Alberto Serrano perma-
neció algunos instantes abismado en la contemplación de sus
ensueños perdidos, al través de la realidad de las cosas.
Los contornos, las siluetas, las tonalidades del cuadro vi-
viente que a su vista se extendía, que iba cambiando lenta-
mente, eran solo evocadores.. Todo eso se reflejaba en sus
pupilas, pero su pensamiento iba más allá, proyectábase so-
bre el pasado, así como la luz de las estrellas que ya han
desaparecido se proyecta sobre la tierra. Hermosa realidad
de la mentira .... Era por esos sueños, por esas remen-
branzas, en que el espíritu vuelve sobre sí mismo, que él
hubiera querido conservar recuerdos puros y encantadores de
Celeste.
Las olas, el viento, el cielo azul, el horizonte que se
anaranjaba con incendios de ocre y de vermellón, como si
ese fuego lejano simbolizara la incineración de sus amores
muertos, repetía: Celeste ha muerto para tí, Celeste la sua-
ve, ha muerto para tí, solo para tí, nada más que para tí.
Un inmenso sollozo hinchó su garganta.
Luego, como si respondiera a esa voz sarcástica y des--
piadada:
-Sí, repuso, Celeste ha muerto en mi alma, Celeste ha
muerto para mí. Nunca más mis labios pronunciarán ese
nombre maldito, nunca más mis ensueños se agitarán alre-
dedor de la caricia de sus ojos, de la blanca suavidad de sus
manos.
) 72 (
Ah! Celeste, Celeste, la señora de Urcullo! .... La
voz se alzó también sobre las olas con entonación burlesca.
La señora de Urcullo!
La poesía con que había rodeado a su antigua novia,
desaparecía asociada a ese apellido burgués. Al volver a
pronunciar las sílabas de ese nombre, una risa nerviosa le
rebalsó en los labios y repitió por última vez, en una carca-
jada seca: ¡La señora de Urcullo! Y la voz fué tumbando
de ola en ola, perdiéndose lentamente, con rumor general,
en que aquellas balbucían riendo: la señora de Urcullo, la
señora de Urcullo, la señora de Urcullo ....
5
En aquel momento, la luz moría detrás del mar con
toda la tristeza de los estremecimientos agónicos, Apagábase
con livideces de moribundo, en tanto que en el mar proyec-
$
taba imágenes adulteradas de nubes pálidas, así como en un
Y
espíritu que se hunde en el gran misterio, deben proyectarse
las sombras de los recuerdos, las añoranzas de los amores
que fueron.
Sobre el confín del océano flotaban los últimos refle-
jos del sol y como en el crepúsculo en que presintió su tris-
1
te idilio con Celeste, el cielo de un rosa agonizante, de un
e
verde muerto, de un malva recamado de estrellas, palidecía,
palidecía infinitamente ......
i
) 73 (
1
UNIVERSITY OF TEXAS AT AUSTIN - UNIV LIBS
3026590130
0 5917 3026590130