Con Dios todo tiene sentido.
Muchas veces he escuchado decir, la Biblia dice “para todo hay tiempo”, sin embargo la Biblia
no dice así, lo que dice en el libro de Eclesiastés es que “todo tiene su tiempo”.
La palabra que se utiliza aquí es del hebreo TIEMPO/ZEMÁS y significa tiempo, ocasión,
estación, momento oportuno. NVI “todo tiene su momento oportuno…”
El libro de Eclesiastés parece haber sido escrito como un soliloquio (una persona que habla
consigo misma). “Eclesiastés” significa el orador o el predicador. Respecto al autor es
claramente visible que es Salomón, hijo de David (lo dice en el comienzo).
Se cree que se escribió en el año 1000 a.C. Una palabra que se menciona repetidamente es
“vanidad” que quiere decir “pasajero, volátil” algo que se acaba.
En el capítulo 3 del libro de Eclesiastés, podemos encontrar una frase muy llamativa y conocida
por muchas personas, pero ignorada por la mayoría: “Todo tiene su tiempo”.
Muchas veces intentamos acelerar el ritmo de las cosas, y ejecutamos acciones en el momento
que no les corresponde, viéndonos afectados luego por consecuencias negativas que causa el
mal uso del tiempo.
Dios es un ser sabio “El más sabio de todos los tiempos” “el único que conoce el pasado, el
presente y el futuro”. Si Él quiso expresarnos esta frase a través de las escrituras, es porque
sabe qué es lo que va a suceder si alteramos el ciclo de la vida, y de cada una de las
eventualidades que la conforman.
Hay dos cosas fundamentales que debemos entender para poder tener éxito, la primera es que
todas las cosas tienen su momento y la segunda es que el tiempo de Dios es perfecto.
“Todo tiene su tiempo, para cada asunto bajo el cielo existe un periodo preciso”:
Para nacer y para morir.
De plantar y de arrancar lo plantado.
Para matar y tiempo para curar.
De llorar y tiempo de reír.
Para lanzar piedras y para juntarlas.
Existen momentos para abrazar y para abstenerse de hacerlo.
De buscar y de perder.
Para rasgar y para coser.
De callar y de hablar.
Para amar y para odiar.
Para la guerra y para la paz.
Puede ser difícil entender que cada momento bueno o malo es un regalo para nuestro
crecimiento.
Esta lista en Eclesiastés 3: 1-8 se representan todas las estaciones y los cambios importantes
que pueden estar en nuestras vidas. Algunos son tiempos felices, otros tristes; algunos son
productivos mientras que otros parecen derrochadores; algunos inspiran paz y otros traen
dolor.
Todos ellos son necesarios para que podamos aprender, crecer y evolucionar como seres
espirituales. Su aparición no es accidental. Si miramos lo suficientemente de cerca, cada
experiencia revela un propósito amoroso y divino en el que podemos aprender a confiar. Cada
momento es un regalo.
Algunos de estos regalos son fáciles de identificar: los momentos primaverales de nuevos
comienzos; los momentos de verano de una vida fácil y sin preocupaciones; y los momentos
otoñales de abundante cosecha.
Otros regalos no son tan fáciles de identificar, como las tormentas de transición que a menudo
marcan el comienzo de una nueva temporada, el calor opresivo del verano o el frío amargo del
invierno.
Estos otros dones requieren que miremos más allá de las apariencias y observemos mucho más
profundamente su significado.
Es muy importante entender realmente que todo tiene su tiempo.
Aunque los nuevos comienzos generalmente se prefieren por encima de los finales, debemos
recordar que todo tiene su tiempo, y que cada nuevo comienzo requiere un final, a veces
incluso la triste y desgarradora muerte.
Del mismo modo, recoger una cosecha puede ser preferible al trabajo de preparar, plantar y
cuidar un cultivo o jardín, pero no podemos disfrutar uno sin el otro.
No se pueden pasar los tiempos buenos sin pasar por un proceso.
Incluso las tormentas de transición de nuestras vidas son necesarias para limpiar la atmósfera
de las viejas formas de pensar que nos impiden experimentar plenamente las próximas
temporadas de nuestras vidas.
Nada en la vida es estático por mucho tiempo. A menudo, el proceso de la vida es "crecer y
moverse constantemente". Tan pronto como crezcamos al siguiente nivel, es hora de irnos al
siguiente nivel. Y seguimos avanzando, a menos que nos resistamos.
Cuando llega la crisis, la resistencia es la primera respuesta normal. Es autoprotector, pero a la
larga se vuelve autodestructivo. Con cada crisis viene una elección: resistir o aceptar, responder
con miedo o con fe.
Si recordamos que hay un don en cada crisis o desafío, en cada transición de la vida, podremos
seguir más fácilmente. A medida que descubrimos que todo tiene su tiempo, y que hay un
regalo en cada estación, aprendemos a confiar en ese amoroso y divino propósito detrás de él.
Entonces, la corriente de la vida puede llevarnos a nuevas aventuras, más gratificantes y
emocionantes que cualquiera que hayamos elegido en un estado mental resistente.
Todos preferimos que nuestros cambios en la vida ocurran sin problemas y de forma natural.
Pero cuando nos atacan con toda la fuerza de una tormenta perfecta, podemos recordar que
estas son oportunidades intensas para la transformación espiritual.
Si respondemos a cada tormenta desde el "ojo" de la presencia de Dios en el interior, donde
mora la paz y la sabiduría perfecta, emergeremos aún más fuertes, más sabios y más libres que
antes. Seremos transformados.
A veces nos enfrascamos en la rutina diaria y pensamos que los días pasan sin sorpresas, sin
nuevas expectativas, esto nos sucede cuando olvidamos que cada día para Dios tiene un
propósito.
Nos olvidamos de Dios, pero Él jamás se olvida de nosotros, aunque esté silencioso, está
cuidándonos en silencio.
La providencia de Dios siempre ocurre en el tiempo perfecto. Dios nunca está apresurado, y Él
nunca está tarde.
Algunas de ustedes están esperando que Dios se mueva, y piensan, Siento que es tarde. ¿Por
qué será que Él no está haciendo nada? Él está haciendo algo. Él se está moviendo. Él está
obrando, y Su tiempo es perfecto. En la providencia de Dios, no ocurren accidentes’. No hay
casualidad. No hay tal cosa como la suerte. En la providencia de Dios, Dios siempre está en
control.
Mientras piensas sobre tu vida y la providencia de Dios, piensa sobre lo que Dios te ha dado: los
privilegios, las bendiciones, la salvación. Mientras un billón de personas o más en este planeta
ni siquiera ha escuchado el nombre de Jesús, ha sido en la providencia de Dios que tú
escuchaste el Evangelio que pusiste tu fe en Cristo, que tienes conocimiento de la Palabra de
Dios.
Las habilidades que tienes, las influencias que tienes, los recursos materiales que tienes todos
son regalos y una mayordomía de parte de Dios, en Su providencia. Dios te entregó esas
experiencias, esas oportunidades, esas bendiciones, para que como administradora le sirvas a
Él y las uses para avanzar Su reino en la tierra.
Disfrutamos todas esas bendiciones. No son solo para nuestra felicidad, no son para nuestra
satisfacción, no son en primer lugar para nuestro placer. Son para la gloria de Dios en un tiempo
como este. El hogar en que naciste, las oportunidades que has tenido, la cultura en la que vives,
la época en la que vives todo está de acuerdo con la providencia de Dios y es para los
propósitos de Dios y de Su reino.
Descubramos en esa relación personal e íntima que tenemos con Dios cada día, cuál es su
voluntad para nosotros, entonces sabremos que en las manos del Señor no hay vidas estériles,
hay mucho que aprender y hacer. No está en nuestras manos controlar la vida, o el tiempo pero
lo que sí puedo hacer con el tiempo es recibirlo y ser un buen mayordomo en el uso de él.
Cuando dejemos de pensar un poco en nosotros mismos y coloquemos nuestra mirada en los
demás, entenderemos que cada día nos ofrece una oportunidad de servir y dar de lo que somos
y tenemos. Es tiempo de amar, plantar, curar, edificar… no lo desperdiciemos.
Podemos mirar atrás y ver las oportunidades que desperdiciamos al no involucrarnos en la obra
de avanzar el reino de Cristo en este mundo. Quizás tuvimos oportunidad de compartir sobre
Cristo con un amigo en particular, pero nunca lo hicimos.
Tuvimos la oportunidad de entrenar a nuestros hijos en los caminos de Dios, ahora han crecido,
y no tienen un corazón para Dios, ni hambre de Dios.
Quizás tuviste la oportunidad de amar y servir a tu compañero, pero estabas muy consumida
con tu trabajo, tu felicidad, o tu deseo de ser servida.
Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance
el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. Eclesiastés 3:11