Como ya sabemos, como sucesos destacables del siglo XIX nos encontramos con el desarrollo
renovado de las tecnologías, el conocimiento científico occidental, la democracia constitucional
como concepciones y prácticas organizadoras de las relaciones entre Estado y sociedad; y la
intensificación del proceso industrial. Sobre esta última, podemos detallar su expansión: a
finales del siglo XVIII se dió la revolución industrial en Inglaterra, a mediados del siglo XIX se
dió en Alemania, Francia, Estados Unidos y Bélgica; y por último, a partir de los años 90, la
revolución industrial se dió en los países escandinavos, los cuales son Holanda, norte de Italia,
Rusia y Japón.
La industria británica perdió vigor y Alemania junto a Estados Unidos pasaron a ser los motores
industriales del mundo. En 1870 la producción de acero de Gran Bretaña era mayor que la de
Estados Unidos y Alemania juntas. En 1913 estos dos países producían seis veces más que el
Reino Unido [el Reino Unido es una entidad política que incluye a Gran Bretaña (la cual a su
vez abarca a Inglaterra, Gales y Escocia) y a Irlanda del Norte, mientras que Gran Bretaña es
la isla principal que contiene esas tres naciones mencionadas].
La segunda revolución industrial se dió a mediados del siglo XIX por los adelantos tecnológicos
(por ejemplo la máquina a vapor) que indujeron al crecimiento de producción y al crecimiento
económico. Podemos destacar entonces algunos factores que favorecieron la modernización y
abaratamiento de transportes, los mismos fueron la exportación de textiles de los empresarios
ingleses a otros países, el cambio de la demanda de estos países (porque comenzaron a
fabricar sus propios textiles) y la mejora del sistema de transportes para la ampliación del
mercado. Con el avance tecnológico de los transportes casi todos los países del mundo
quedaron vinculados comercialmente. Así, se realizó la división internacional de trabajo, que
separaba en potencias industriales (Francia - Gran Bretaña - Estados Unidos - Japón)
encargadas de producción y venta de bienes industriales y al resto de los países, encargados
de la producción de materia prima o bienes primarios. Esto dividió al mundo en países
centrales o industriales y países periféricos o de producción primaria. Entre ambas áreas
intercambiaban productos, capitales y trabajadores. Los países latinoamericanos, por su parte,
se integraron a la división internacional de trabajo mediante la conquista (en muchos países
había tierras en manos de pueblos originarios o de la Iglesia, tierras que fueron conquistadas
por los Estados latinoamericanos), mediante las migraciones (hubo mucha migración de
trabajadores de México y Ecuador hacia Argentina, Uruguay y parte de Brasil, ya que en esos
lugares se los necesitaba y se les estableció una disciplina de trabajo rigurosa) y gracias a la
mejora en sistemas de transporte con aportes de capitales extranjeros pasaron de utilizar
mulas y carretas a ferrocarriles, puentes y sistemas telegráficos.
Así entonces, una vez parte de la división internacional de trabajo, cada país tenía su
producción propia de materia prima. Se los denominó países de economía primario-
exportadoras ya que se dedicaban a la exportación de productos primarios (materia prima).
Fueron fundamentalmente los ingleses los que aportaron la mayor cantidad de capitales. Ello
les permitió grandes ganancias, así como el dominio de actividades que eran estratégicas para
el funcionamiento de la economía de los países latinoamericanos, como los transportes, el
comercio y las finanzas. Tenían además inversiones en minería, en los frigoríficos y en los
ingenios azucareros. En algunos lugares, también se ocupaban de la producción agrícola. Los
países de América central y del Caribe se encontraban bajo la influencia de Estados Unidos,
como por ejemplo Cuba, que tenía una independencia sólo formal, ya que EEUU controlaba
todas las decisiones de su gobierno. Se creó Panamá sobre territorios colombianos y se creó el
canal de Panamá que permite el paso de buques de gran calado entre los océanos Atlántico y
Pacífico. Como consecuencia de la economía primario exportadora en latinoamérica se dió el
crecimiento poblacional y el surgimiento de nuevos sectores medios y populares. Por ejemplo,
en Argentina nos encontrábamos que en la zona de la llanura pampeana se encontraba muy
bien ya que ahí se daba la exportación, al igual que Tucumán y Mendoza que producían azúcar
y vino para el mercado pampeano. Sin embargo, las zonas como la Puna, Catamarca y
Santiago del Estero se estancaron y perdieron población, ya que se dedicaban por ejemplo a
las artesanías textiles que no podían competir con las telas inglesas.
Por otro lado, se dieron muchísimas migraciones de europeos de las zonas más pobres de
Europa (donde sus salarios eran bajos y la tecnología estaba reemplazando su trabajo, la mano
de obra). Migraban a países americanos como Argentina, donde necesitaban trabajadores
rurales. La modernización de los transportes facilitó las migraciones de un continente a otro
porque se redujeron los tiempos de los viajes y los costos de los pasajes.
En el año 1873, el capitalismo entró en crisis por una sobreproducción de mercadería, a
diferencia de las sociedades agrarias anteriores donde la época de crisis se daba por
sobrecrecimiento de la población o mala época de cosecha y por ende por menos producción
de la necesaria. En la crisis del capitalismo, cuando las ganancias caían demasiado las
empresas quebraban y dejaban a gran número de trabajadores desocupados. Como resultado,
las regiones agrícolas de Europa se empobrecieron y eso incrementó las migraciones del
campo a las ciudades y hacia otros continentes.
Luego de la crisis, el capitalismo resurgió con transformaciones: el Estado elevó las tarifas
aduaneras para que convenga comprar productos de industria nacional y no importados y así
cuidar su economía. A mediados de 1980, se dió el ascenso nuevo del capitalismo Europeo.
Se dió una “concentración económica”: quebraron muchas empresas chicas y quedaron pocas
empresas de grandes dimensiones en cada rama de la producción.
Como consecuencia de esto, se alteró la libre competencia: una vez que en una rama de la
producción quedaban pocas firmas o una única firma, la competencia prácticamente
desaparecía y los precios pasaban a ser fijados por estas empresas. Este último efecto se
denominó oligopolización (pocas empresas) o monopolización (una empresa única).
Una de las grandes desventajas del capitalismo es que este sistema solo favorecía a la
burguesía (industriales, comerciantes y terratenientes) que tenían poder económico y político,
por lo tanto a un pequeño grupo de la población total, mientras que el gran porcentaje de la
misma se veía desfavorecida. Así es como surge el movimiento socialista, en defensa del
proletariado, con Karl Marx como representante del mismo. Su propuesta abarcaba una
revolución con conquista del poder político, creación de un Estado obrero al servicio de los
trabajadores, una producción socialista (los medios de producción ya no serían de propiedad
privada), así sin propiedad privada no habría diferencia de clases sociales y sin clases sociales
no habría Estado (ya que para Marx el Estado es la dominación de una clase social sobre otra).
Este socialismo sería el paso a una sociedad luego comunista: igualitaria, sin clases sociales ni
Estado.
Gracias a las luchas de los trabajadores, a fines de siglo XIX, los gobiernos concedieron
reformas: el permiso para organizarse libremente en sindicatos, el descanso dominical, la
jornada laboral de 8 horas.y la extensión del derecho al voto al conjunto de los sectores
sociales hasta llegar al sufragio universal para los varones mayores (antes sólo podían votar
los hombres que pagaban impuestos, osea los que tenían alguna riqueza).
A fines del siglo XIX las potencias conquistaron territorios, formando imperios. A esto se le
llamó “expansión imperialista”. Las potencias, al poseer territorios donde obtienen materia
prima a bajo costo, se les abarató su producción: así dominaron lugares donde hay mercados y
eso les permitió vender allí sus producciones. Los dirigentes políticos de estos imperios
pensaban que el sentimiento nacionalista serviría para que los trabajadores abandonen sus
banderas socialistas. Así el mundo quedó dominado por las metrópolis de las potencias.
En el marco de la gran depresión (1873-1895), gran parte de los dirigentes liberales de la
época (como Joseph Chamberlain en Gran Bretaña y Jules Ferry en Francia) giraron hacia el
imperialismo para sostener una política expansionista apoyada por el Estado, basada en un
fuerte potencial militar que garantizaría la superioridad de la propia nación. Sin embargo
también hubo liberales que rechazaron la colonización como una empresa “civilizadora”. En las
últimas décadas del siglo XIX, en el marco de un capitalismo cada vez más global, se desató
una intensa competencia por la apropiación de nuevos espacios y la subordinación de las
poblaciones que los habitaban. La expansión de un pequeño número de Estados desembocó
en el reparto de África y el Pacífico; y el control sobre Asia (aunque la región oriental de este
continente quedó al margen de la colonización occidental). Latinoamérica no fue incluida en el
reparto colonial, pero se acentuó su dependencia de la colocación de los bienes primarios en el
mercado mundial. El crecimiento económico de los países de esta región dependió del grado
de integración en la economía global del último cuarto del siglo XIX. En el Caribe, a la
prolongada dominación europea de gran parte de las islas y algunos territorios de América
Central y del Sur se sumó la creciente gravitación de Estados Unidos, especialmente a partir de
su intervención en la guerra de liberación de Cuba contra España en 1898.
La India fue una pieza clave de la estrategia británica global: era la puerta de acceso para las
exportaciones de algodón al Lejano Oriente y consumía del 40 al 45 % de esas exportaciones.
El reforzamiento de su base en la India le permitió a Gran Bretaña forzar las puertas de China
reduciendo el poder de los grandes manchúes, convertir el resto de Asia en una dependencia
europea, establecer su supremacía en la costa arábiga y adquirir el control del Canal de Suez.
Pero los éxitos económicos británicos dependieron en gran medida de las importaciones y de
las inversiones en los dominios blancos: Sudamérica y Estados Unidos.
En principio, las colonias se incorporaron al mercado mundial como economías dependientes,
pero esta subordinación tuvo impactos sociales y económicos disímiles en cada una:
coexistieron desarrollos económicos desiguales en virtud de los distintos tipos de
organizaciones productivas: por un lado un reducido número de grandes propietarios muy ricos
y por otro una masa de trabajadores con bajísimos salarios y en muchos casos sujetos a
condiciones serviles. Para dar un ejemplo, tanto en Latinoamérica como en las Indias
Orientales Holandesas, el cultivo del azúcar estuvo asociado a la presencia de oligarquías
reaccionarias y masas empobrecidas. En cambio, los cultivos basados en la labor de pequeños
y medianos agricultores y en los que el trabajo forzado era improductivo –los casos del trigo, el
café, el arroz, el cacao– ofrecieron un marco propicio para la constitución de sociedades más
equilibradas y con un crecimiento económico de base más amplia.
Gran parte de las áreas dependientes no se beneficiaron del crecimiento de la economía
global. En la mayoría de las colonias se acentuó la pobreza y sus poblaciones fueron víctimas
de prácticas depredatorias.
Las experiencias en las que la incorporación al mercado mundial dio lugar a una importante
renovación y modernización de la economía estuvieron localizadas en las áreas de
colonización reciente que contaban con la ventaja de climas templados y tierras fértiles para la
agricultura y la ganadería. En Canadá, Uruguay, Argentina, Australia, Nueva Zelanda, Chile, el
sur de Brasil las lucrativas exportaciones de granos, carnes y café alentaron la afluencia de
inmigrantes y la expansión de grandes ciudades que estimularon la producción de bienes de
consumo para la población local. Aquí hubo incentivos para promover una incipiente
industrialización. También las colonias en que prevalecieron los cultivos de pequeña
explotación fueron beneficiadas con un cierto grado de crecimiento económico a través del
incremento de las exportaciones.
Cualquiera que fuese el sistema político imperante, todas las metrópolis compartían el mismo
criterio respecto de la función económica de las colonias: la colonización no se había hecho
para desarrollar económica y socialmente a las regiones dominadas sino para explotar las
riquezas latentes en ellas en beneficio del capitalismo imperial.
Los tres imperios de mayor antigüedad (el persa, el chino y el otomano) con sus vastos
territorios y añejas culturas, no cayeron bajo la dominación colonial pero fueron profundamente
impactados por la expansión imperialista.
En el antiguo Imperio persa, antes de la Primera Guerra Mundial, hubo dos movimientos: la
protesta del tabaco (1891 - 1892) y la revolución constitucional (1905 - 1911). La protesta del
tabaco surgió a raíz de que el Sah (quien es el monarca de Persia) le concedió el monopolio de
la venta y exportación de tabaco a una compañía inglesa: esto desató una oleada de huelgas
dirigidas por comerciantes y líderes religiosos musulmanes. Uno de los principales ayatolás (un
ayatolás es un líder religioso del Islam, un cura) dictó un decreto islámico (fatwa) que prohibía
fumar, y las mezquitas se abrieron para dar asilo a quienes protestaban. El Sah, así, tuvo que
revocar la medida. Por otro lado, sucedió la revolución constitucional. Para entrar en contexto,
el término "ulema" se refiere a los eruditos religiosos en la tradición islámica, sin importar su
origen geográfico. Un erudito religioso es una persona que ha dedicado su vida al estudio
profundo y académico de una religión, demostrando un conocimiento extenso y profundo en los
textos, doctrinas, historia y prácticas de esa fé. Los ulemas persas tenían una base financiera
sólida y se concentraban en las ciudades sagradas de Nayaf y Kerbala, en el Irak otomano. Los
monarcas carecían de un ejército moderno y de una burocracia central capaz de imponer su
voluntad en materia de educación, leyes y administración de parte de los territorios.
A medida que crecía la influencia económica de los europeos, los comerciantes y artesanos
nativos recurrieron al consejo de los ulemas, con quienes compartían similar procedencia
familiar y los mismos ideales religiosos. Los ulemas legitimaron sus reivindicaciones: Persia
dejaría de ser una nación musulmana si los soberanos seguían cediendo poder a los infieles.
En 1906, el Sah, frente a las movilizaciones que rechazaban su política, aceptó la convocatoria
a una asamblea que al año siguiente aprobó una constitución inspirada en la de Bélgica, de
decidido corte parlamentario. El texto constitucional enmendado reconoció a un comité de
ulemas el poder de vetar aquellas leyes que contradijeran la sagrada ley del islam. En 1908 el
Sah, apoyado por una brigada de cosacos rusos, dio un golpe de Estado que clausuró la
asamblea y ejecutó a los reformadores más radicales. Un contragolpe destituyó al Sah, y se
nombró una segunda asamblea. Ambos movimientos (la protesta del tabaco y la revolución
constitucional) expresaron el rechazo al nuevo rumbo de la economía y al mismo tiempo
evidenciaron el peso del ideario político liberal en distintos grupos de la sociedad,
especialmente sectores medios y parte del clero chiíta.
En la era del imperialismo, la economía atravesó dos etapas: la gran depresión (1873 - 1895) y
la Belle Époque hasta la Gran Guerra. La gran depresión fue un declive continuo y gradual de
los precios mundiales. En el marco de la deflación (este concepto se refiere a una caída
general y sostenida de los precios de bienes y servicios en una economía), derivada de una
competencia que inducía a la baja de los precios, las ganancias disminuyeron. Las reducciones
de precio no fueron uniformes. Los descensos más pronunciados se concretaron en los
productos agrícolas y mineros suscitando protestas sociales en las regiones agrícolas y
mineras. En el marco de la crisis y en relación con el afianzamiento de nuevos industriales y
nuevos países interesados en el desarrollo de la industria, ganó terreno el proteccionismo (es
una política económica que busca proteger la producción nacional de la competencia
extranjera, a través de medidas como aranceles, cuotas y otras barreras comerciales).
Además, en el afán de reducir la competencia se avanzó hacia la concentración de los
capitales, surgiendo los acuerdos destinados a reducir el impacto de la competencia a través
de diferentes modalidades: oligopolios, carteles, holdings (un holding es una sociedad
financiera que posee o controla la mayoría de las acciones de un grupo de empresas). Una
tercera innovación, explorada centralmente en Estados Unidos, fue la gestión científica del
trabajo que incrementaría la productividad y debilitaría el poder de los sindicatos que defendían
el valor de la fuerza de trabajo de los obreros calificados. Por último, un conjunto de Estados
nacionales y grandes grupos económicos se lanzaron al reparto del mundo en pos de
mercados, fuentes de materias primas y nuevas áreas donde invertir los capitales.
Por otro lado, la Belle Époque fué un periodo histórico de avances en Europa, especialmente
en París, que se extendió desde el final de la guerra franco-prusiana (1871) hasta el inicio de la
Primera Guerra Mundial (1914). Desde mediados de los años 90, los precios comenzaron a
subir y con ellos los beneficios. El impulso básico para este repunte provino de la existencia de
un mercado de consumo en expansión, conformado por las poblaciones urbanas de las
principales potencias industriales y regiones en vías de industrialización. En la belle époque el
mundo entró en una etapa de crecimiento económico y creciente integración.
Entre 1896 y 1914, las economías nacionales se integraron al mercado mundial a través del
libre comercio y el movimiento de la fuerza de trabajo por las migraciones.
El comercio mundial casi se duplicó entre 1896 y 1913: a Gran Bretaña con su
imperio le correspondió cerca de una tercera parte de todo el comercio
internacional → el comercio no vinculado directamente con Gran Bretaña prosperó
debido a que formaba parte de un sistema más amplio que reforzaba la orientación
librecambista.
El movimiento proteccionista y de los grupos agrícolas afectados por la incorporación de
nuevos productores, no afectó la apertura internacional ya que los países que la adoptaron no
rompieron su vinculación con el mercado mundial. Aun con políticas que tenían en cuenta a los
que reclamaban protección, se mantuvieron fuertes lazos con los intercambios mundiales vía la
entrada de materias primas que no competían con la producción nacional e insumos
intermedios de los que ésta carecía.
Junto con la vasta circulación de bienes y capitales, millones de personas se trasladaron a las
regiones más dinámicas del Nuevo Mundo abandonando las zonas más pobres de Europa y
Asia. La llegada de los extranjeros significó salarios más bajos. La tendencia hacia la baja de
los salarios de la mano de obra no calificada, junto con las diferencias religiosas y étnicas
entre los grupos de diferente origen, alentaron las divisiones entre los trabajadores. En
Australia y Estados Unidos, los sindicatos apoyaron las restricciones a la inmigración y los más
afectados fueron los inmigrantes procedentes de Japón y China.
El papel hegemónico de la principal potencia colonial (Gran Bretaña) se basó en la influencia
dominante de sus instituciones comerciales y financieras, como también la coherencia entre su
política económica nacional y las condiciones requeridas por la integración económica mundial.
Europa inundó al mundo con sus productos manufacturados y se vio a la vez nutrida de
productos agrícolas y materias primas provenientes de sus colonias o de los Estados
soberanos, pero no industrializados, como los de América Latina.
El patrón oro es un sistema monetario en el que el valor de la moneda de un país está
directamente respaldado por oro físico, es decir que la cantidad de moneda que un país puede
emitir está limitada por la cantidad de oro que posee como reserva. El mismo aseguró que los
intercambios comerciales y los movimientos de capital tuvieran un referente monetario seguro y
estable. Fue más importante para las finanzas internacionales que para el comercio. La
adhesión de los Estados al patrón oro les facilitaba el acceso al capital y a los mercados
exteriores. Pero al mismo tiempo, desde la perspectiva de las economías nacionales, impedía
que los gobiernos intervinieran en la regulación del ciclo económico. Con la aceptación del
patrón oro se renunciaba a la posibilidad de devaluar la moneda para mejorar la posición
competitiva de los productos nacionales: los gobiernos no podían imprimir dinero ni reducir los
tipos de interés para inyectar estímulos a la inversión y aliviar el desempleo en momentos de
recesión. La evolución de la economía nacional quedaba atada a la preservación de la
confiabilidad ganada por la moneda en el escenario internacional.
El orden basado en el patrón oro, de hecho era gestionado por el Banco de Inglaterra y vigilado
por la Armada británica. Cuando algún país deudor se quedaba sin oro o plata, suspendiendo
el pago de sus deudas (por ejemplo Egipto y Túnez) podía perder territorios o incluso la
independencia a manos de las potencias occidentales.
Los agricultores, ganaderos y mineros, afectados por la competencia con productores de
países con monedas devaluadas, fueron la base de apoyo del movimiento populista que en los
años noventa defendió el retorno a la plata. Esta vía, según los populistas, liberaría al país del
plan concebido por los banqueros, inversores y comerciantes extranjeros.
El capitalismo laissez-faire es una teoría económica que busca el mínimo intervencionismo del
gobierno en la economía, permitiendo que las fuerzas del mercado (oferta y demanda)
determinen los precios, los salarios y la producción. Es una forma de capitalismo de libre
mercado donde el gobierno no interviene ni regulando ni controlando la actividad económica.
Bajo este capitalismo, se beneficiaban por ejemplo: banqueros de Londres, fabricantes
alemanes, ganaderos argentinos, productores de arroz indochinos. Lo que los unía era el
hecho de haberse dedicado a una actividad altamente competitiva en el mercado mundial y, en
consecuencia, no deseaban que la intervención del Estado afectara el funcionamiento del
mercado.
Sin embargo, había un sector desfavorecido, al cual se le exigió enormes sacrificios
porque no podían competir en el mercado internacional. Estos son, por ejemplo, los
agricultores de los países industriales y los industriales de los países agrícolas →
querían protección. Los más pobres y débiles, junto con los menos eficientes (tanto
en las actividades agrarias como en la industria), presionaron sobre los gobiernos
para que aliviaran su situación.
Solamente Gran Bretaña y los Países Bajos adoptaron acabadamente el libre comercio. En
Estados Unidos, aunque los proteccionistas tuvieron un peso destacado no asumieron planteos
extremos: si bien defendían la preservación del mercado interno para los productores agrarios
e industriales nacionales, al mismo tiempo reconocían las ventajas de colocar la producción
estadounidense en el exterior y que el país recibiera inversiones. La mayor parte de los países
fueron más o menos proteccionistas.
El movimiento obrero se mostró ambiguo en el debate sobre proteccionismo y libre cambio.
Como consumidores podrían verse favorecidos por el libre comercio si los precios de los
alimentos importados eran menores que los locales, por otro lado, no necesariamente las
importaciones reducían la oferta de trabajo, esto dependía de la actividad a que estuvieran
ligados los trabajadores. La principal preocupación de los obreros era el desempleo y la baja de
los salarios derivada del mismo. En este sentido, la mayor amenaza procedía de un patrón oro
rígido que al aceptar las recesiones como una consecuencia normal del ciclo económico,
impedía a los gobiernos a tomar medidas para evitar no sólo la desocupación sino también la
miseria que iba asociada a la falta de trabajo. A medida que el movimiento obrero se afianzó,
se hizo cada vez más difícil que los trabajadores aceptaran que sus condiciones de vida
quedan sujetas a los movimientos del mercado mundial.
Hasta el último cuarto siglo XIX, se dió una nueva política: el liberalismo. Las fuerzas
conservadoras fueron el principal rival de los liberales. Con disímiles grados de fuerza y
convicción en los distintos países, la burguesía ascendente se enfrentó al orden monárquico y
a la aristocracia. El proyecto liberal incluía la defensa de los derechos humanos y civiles, la
mínima intervención del Estado en la economía, la creación de un sistema constitucional que
regulara las funciones del gobierno y las instituciones que garantizaran la libertad individual.
Sin embargo, en el presente, los liberales condicionaron la democracia: los que no tenían
educación y carecían de bienes que defender, debían ser guiados por los ilustrados y los que
promovían el crecimiento económico. Únicamente los ilustrados y los propietarios estaban
capacitados para adecuar las políticas del Estado a las leyes naturales del mercado. En un
principio, los liberales levantaron una serie de barreras económicas y culturales para impedir el
voto de las mayorías.
El avance de la industrialización asociada con la decadencia de la economía agraria tradicional
modificó profundamente la trama de relaciones sociales. El debilitamiento de las aristocracias
terratenientes, junto con el fortalecimiento de la burguesía y la creciente gravitación de los
sectores medios y de la clase obrera, gestaron el terreno propicio para el avance de la
democracia. En este proceso se combinaron las reformas electorales que incrementaron
significativamente el número de votantes, la aparición de nuevos actores, los partidos políticos,
y la aprobación de leyes sociales desde el Estado.
Los liberales del siglo XIX buscaban un “justo equilibrio” queriendo evitar la “tiranía de las
masas” a quienes consideraban tan destructiva como la de los monarcas. Los liberales
luchaban por un parlamento eficaz que reflejara los intereses de todo el pueblo, así
descartaban que los pobres y los incultos comprendieran cuáles eran sus propios intereses.
Estos liberales realizaban fraude electoral. Los nuevos partidos que pretendían llegar al
gobierno sufrían tanto las consecuencias del fraude como la violencia instrumentada desde el
Estado. Estas prácticas tuvieron mayor peso en los países más débilmente urbanizados, por
ejemplo los del sur europeo. El fraude electoral se vió intervenido por un avance significativo de
la política democrática en la mayoría de los países europeos. Las profundas transformaciones
sociales que acompañan a la segunda revolución industrial, así como la creciente urbanización
y los cambios culturales, provocan una progresiva ampliación de las bases sociales sobre las
que se sustentó la legitimidad del ejercicio de la política. Se integraron cada vez con mayor
fuerza las clases medias urbanas en las prácticas democráticas.
Ante la creciente movilización de los sectores populares y el temor a la revolución social, los
gobiernos promovieron reformas sociales con el fin de forjar un vínculo más o menos
paternalista con los sectores más débiles del nuevo electorado.
Como dijimos entonces, la expansión imperialista se dió a fines del siglo XIX gracias a que las
potencias dominaban lugares donde con fines económicos. Los dirigentes políticos de estos
imperios pensaban que el sentimiento nacionalista serviría para que los trabajadores
abandonen sus banderas socialistas. Así el mundo quedó dominado por las metrópolis de las
potencias.
Por otro lado, los socialistas planteaban un internacionalismo, lo cual consistía en la unión de la
clase obrera de todos los países en contra de la burguesía. Los gobiernos, por su parte, los
enfrentaban con un nacionalismo, planteaban ideas de sentimiento nacionalista que
impulsaban el orgullo por la nación propia.
A la par de estos movimientos sociales, se dieron rivalidades económicas y enfrentamiento por
colonización de territorios. Las rivalidades entre Alemania e Inglaterra fueron las que hicieron
surgir un sistema de alianzas permanentes entre distintos países que, finalmente, condujo a
una guerra mundial. Se constituyó la triple alianza, conformada por Alemania, Italia y Austria-
Hungría. Italia no duró mucho y se fué a otro bloque. Por otro lado, se formó la Triple Entente,
la cual abarcaba Francia, Rusia y Gran Bretaña. Así, en 1914 se enfrentaron en la primera
guerra mundial.