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¿Qué es el "fast fashion" (la

moda rápida) y por qué es tan


controversial?
Por Amaya McDonald, Taylor Nicioli
6 min de lectura
05:32 ET (10:32 GMT) 25 de noviembre de 2023

"Moda rápida" es el término utilizado para describir la producción rápida de prendas en grandes
cantidades para seguir el ritmo de las temporadas o de las tendencias en constante cambio.

(CNN) – Para mantenerse al día con las tendencias siempre cambiantes


propagadas por las pasarelas, los influencers y las redes sociales, los conocedores
de la moda y los ávidos compradores de ropa pueden recurrir rápidamente a las
opciones más convenientes —y económicas— que existen.
A menudo se trata de ofertas de “moda rápida” (fast fashion) que provienen de
minoristas electrónicos con sus interminables ofertas amables con el bolsillo o de
grandes almacenes que ofrecen esa gabardina hasta la rodilla o esa franela
oversize a precios de rebajas.

Pero aunque la moda barata pueda parecer la mejor opción, lo cierto es que el
sector de la moda rápida produce prendas a una escala demasiado grande para la
mayoría de los consumidores. Además, los materiales utilizados pueden durar tan
solo entre siete y diez usos, según la plataforma de datos medioambientales sin
ánimo de lucro Earth.org.

¿Por qué es tan popular la moda rápida?

La moda rápida es un modelo de negocios que se centra en la producción de


prendas al por mayor, y lo más rápidamente posible, en respuesta a las tendencias
del momento, según la Dra. Preeti Arya, profesora adjunta de desarrollo y marketing
textil en el Fashion Institute of Technology de Nueva York. El término se popularizó
por primera vez en un artículo de The New York Times en 1989 para describir la
primera apertura de la tienda minorista Zara en Estados Unidos. Según el Times, el
objetivo de la marca era que en solo 15 días un diseño pudiera estar disponible para
el consumidor.

Por lo general, los diseños de moda rápida son dupes, un término que podría
traducirse como imitaciones y que es muy popular en las redes sociales para
referirse a las prendas inspiradas (y, en algunos casos, directamente copiadas) de
lujosos looks de famosos y creadores de tendencias, o mostradas en pasarelas de
diseñadores de Nueva York a París. El objetivo de marcas y fabricantes es poner
estos diseños en manos de los consumidores mientras las prendas están todavía en
la cima de su popularidad, y a precios muy asequibles.

Si bien las grandes marcas actuales incluyen a minoristas de gran escala con
presencia en Internet, como Zara y H&M, la moda rápida ha permitido que cada vez
más marcas y vendedores que operan solo por Internet tomen las riendas, como
Shein, un minorista en línea de Singapur, así como Temu de China, Boohoo, ASOS
y PrettyLittleThing del Reino Unido y Fashion Nova de Estados Unidos, entre otros.

Gracias a sus rapidísimos calendarios de producción —solo tres días desde el


diseño hasta que la prenda está lista para la venta en el caso de Shein, según
informa Vox—, los minoristas en línea pueden lanzar cientos (si no miles) de
diseños en pequeños lotes y ajustar los ritmos de producción en función de la
respuesta de los consumidores, lo que, según Shein, les permite reducir los
residuos y el exceso de producción.

¿Cuál es el impacto de la moda rápida en


el mundo?

La industria de la moda es responsable del 10% de las emisiones mundiales


anuales de carbono, según las estadísticas de un informe de marzo de 2023 del
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). El informe
también constata que la cantidad de prendas producidas en la actualidad se ha
duplicado desde el año 2000, y se calcula que los consumidores compran hoy un
60% más de ropa, pero solo la usan la mitad de tiempo.
Para mantener bajo el precio de producción, las prendas de moda rápida se fabrican
a menudo con materiales como el poliéster —una fibra sintética y barata fabricada a
partir del petróleo, un combustible fósil no renovable—, según un informe de la
Changing Markets Foundation. El poliéster puede tardar aproximadamente 200 años
en descomponerse, según un informe de 2016 de Greenpeace.

Una trabajadora confecciona prendas en una fábrica de ropa que suministra a Shein en
Guangzhou, China, el 18 de julio de 2022

Y la industria de la moda rápida no solo depende de materiales baratos, sino


también de mano de obra barata, con aproximadamente 75 millones de empleados
en fábricas de todo el mundo, y solo el 2% de ellos con un salario digno, según la
Universidad George Washington.
Las empresas de confección suelen recurrir a países como India, Bangladesh y
Pakistán para la fabricación de sus productos. En las industrias de confección de
estos países se paga a los trabajadores salarios más bajos, a veces en condiciones
peligrosas y, en ocasiones se permite la explotación infantil, según Humanium,
organización internacional dedicada a apoyar los derechos de la infancia.

En otras palabras, aunque los productos finales puedan ser baratos para los
consumidores, tanto el medio ambiente como los trabajadores que los fabrican
están pagando un alto coste, afirmó Beth Osnes, profesora de estudios
medioambientales de la Universidad de Colorado y experta en el papel de la moda
rápida en el cambio climático.

La moda rápida supone “diseños rápidos, fabricación rápida, comercialización


rápida, venta rápida al por menor; no deja tiempo para considerar estas
necesidades mayores, como las consideraciones éticas o los derechos de los
trabajadores”, afirmó Osnes. “El combustible fósil no solo impulsa la maquinaria que
crea estas prendas, sino que es literalmente el material con el que se crean estos
artículos de moda”.

“Se produce a tal velocidad que no se cuida ni a la persona que lo ha hecho ni al


medio ambiente”, afirma Aja Barber, escritora y estilista cuyo trabajo trata de la
sostenibilidad y la ética en la industria de la moda. “El planeta está en llamas, y la
verdad es que la industria de la moda colabora en un porcentaje de ello”.

¿Es la “moda sostenible” una alternativa


viable?
La moda sostenible es un término utilizado para referirse a la ropa que se diseña y
produce para ser más respetuosa con el medio ambiente, según Good on You, una
fuente líder en clasificaciones de sostenibilidad de marcas de moda. Esto incluye
ropa que utiliza fibras naturales, como algodón, cáñamo, lino, lana y seda, que son
más duraderas, explicó Preeti Arya, del Fashion Institute of Technology.

En el informe 2023 del PNUMA, la organización enumera los cambios en los


patrones de consumo, las inversiones en infraestructuras compartidas y las mejoras
en las prácticas ambientales y sociales como prioridades que la industria de la moda
puede adoptar para hacer más sostenibles sus modelos de negocio. Esto incluye
informar a los consumidores de su impacto ambiental, por ejemplo, y dar prioridad a
la reciclabilidad y a los materiales de origen local en los diseños.
Según la Dra. Preeti Arya, una opción asequible para participar en la moda sostenible es
comprar ropa fabricada con un mayor porcentaje de fibras naturales como algodón, cáñamo,
lino, lana y seda.

Aunque estos cambios pueden tardar en convertirse en práctica habitual, hay


medidas que los consumidores pueden tomar para reducir su propia huella de
carbono y tomar decisiones activas para comprar menos moda rápida.

Al elegir prendas con menos de un 20% de poliéster, los consumidores pueden ser
más conscientes del medio ambiente con sus hábitos de compra; los artículos
fabricados con fibras naturales pueden durar hasta tres generaciones, afirma Arya.
(Comprar en tiendas de segunda mano suele ser otra buena forma de encontrar
ropa de fibras naturales, añadió).

“Nadie te pide que no compres. Pero compra de forma responsable (…), intenta
utilizar tu presupuesto para comprar un artículo de buena calidad”, dijo Arya, en
lugar de un exceso de básicos de moda rápida.
Moda rápida: la industria que desviste al
planeta
Claudia Hernández

Ilustración: Eva Lobatón

La moda rápida tiene presencia en prácticamente cualquier centro comercial y nos cautiva
porque con ella podemos lucir una apariencia moderna a precios accesibles. Sin embargo,
se trata de un modelo de negocios altamente contaminante y controvertido.

Nuestra manera de vestir influye en cómo nos relacionamos con las personas, nos da
sentido de pertenencia y nos ubica en un determinado estrato social, queramos o no. En
diferentes lugares y momentos de la historia se promulgaron leyes que dictaban los tipos,
colores y materiales de las prendas que se podían usar. El objetivo, de acuerdo con la
historiadora inglesa Aileen Ribeiro, era que nadie se vistieran por encima de su clase social.
Aunque hoy en día sigue habiendo códigos de vestimenta, lo que escogemos para ponernos
ahora depende más bien de las tendencias de la moda y de nuestro presupuesto. Durante
la segunda mitad del siglo XX el precio de la ropa aumentó a un ritmo menor que el de
otros productos por el consumismo en este sector.

El Instituto de Recursos Mundiales (WRI por sus siglas en inglés) estima que hoy en día
compramos 60 % más ropa que en el año 2000. En 2017 la distribuidora Grupo AXO
reportó un aumento de las ventas del 75 % en México en comparación con 2013. Este
aumento también obedece a que hay más disponibilidad. Otro de los cálculos del WRI es
que el volumen de ropa que se produce anualmente alcanza para que todas las personas
del mundo compremos al menos 20 prendas cada año, más o menos a razón de una prenda
cada tres semanas.

Pero el ensueño de la ropa disponible y asequible se transforma en pesadilla cuando


echamos un ojo al panorama completo: desde lo que tiene que suceder para que las
prendas lleguen a las tiendas hasta lo que hacemos con ellas después de que las
compramos.
El significado de “rapidez” en la moda se refiere a la velocidad de los procesos de
producción y venta de la ropa, pero también a la brevedad del tiempo que la usamos.

Utilidad fugaz
Para hacer una prenda artesanalmente, primero hay que ir a la toma de medidas, luego hay
que hacer o escoger un diseño, después hay que elegir la tela y finalmente esperar a que la
prenda esté lista para probárnosla y enamorarnos de ella o hacer los ajustes pertinentes.
Podríamos decir que esta forma individualizada de producción constituye una especie de
moda lenta. Hoy en día, la ropa prácticamente ya no se elabora así, sino bajo el esquema de
ropa producida con medidas estándar que espera en anaqueles a que vayamos a comprarla.
La idea de la rapidez en la moda rápida o fast fashion no se refiere solo a la velocidad de los
procesos de producción y venta de la ropa, sino también a la brevedad del tiempo que la
usamos. Este tipo de ropa suele hacerse con materiales de mala calidad y con acabados
pobres, así que muy pronto se desgasta o se rompe. Aunque podríamos usarla por más
tiempo si hacemos algunas composturas, hay una segunda razón que nos decide a
desecharla: pasa de moda.

Las prendas, así como los zapatos, los accesorios, el estilo del pelo y el maquillaje que
complementan nuestra imagen, estarán a la moda o se considerarán anticuadas en función
de las tendencias de temporada. Las tendencias siempre han cambiado, solo que hoy en día
lo hacen a un ritmo sin precedentes. Hasta hace unos 30 años la industria de la moda se
desarrollaba alrededor de dos grandes temporadas: primavera-verano y otoño-invierno.
Hoy, en cambio, el WRI ha llegado a contabilizar más de 50 micro-temporadas al año,
además de nuevos ciclos como el regreso a clases y las graduaciones. Si no quieren
rezagarse, las tiendas tendrían que cambiar su surtido de ropa cada semana.

Como otra característica de la moda rápida es que cuesta poco; para mantener un buen
margen de ganancia tiene que haber un volumen de ventas muy alto todo el tiempo. Para
conseguir esta meta, las campañas de publicidad utilizan estrategias psicológicas para
convencernos de comprar ropa que no necesitamos: prendas preciosas a precios increíbles
que nos abren la puerta al mundo de la popularidad o al de la clase social a la que
aspiramos. Si el precio no fue gancho suficiente, entonces utilizan la carta del descuento:
ofertas inigualables que nos brindan una segunda oportunidad de entrar en ese mundo. La
realidad es que su intención es sacar toda esa ropa para hacer lugar a la nueva colección.
Desde hace décadas, el modelo de negocios de la moda pasó de “producir lo que se pueda
vender” a “vender lo que se produce”.

El lado inhumano de la moda

La industria manufacturera emplea aproximadamente a 75 millones de personas en todo el


mundo, medio millón en México. Aunque en su mayoría son mujeres de entre 18 y 24 años,
esta industria ha protagonizado múltiples escándalos por emplear a niñas y niños. Tampoco
es secreto para nadie que a estas personas se les explota con largas jornadas de trabajo y
malas condiciones laborales.
Uno de los eventos más infames ocurrió el 23 de abril de 2013 cuando el edificio Rana
Plaza en Bangladesh se desplomó, matando a más de 1 100 personas e hiriendo a otras 2
500. Durante los dos sismos del 19 de septiembre en la Ciudad de México, cientos de
costureras perecieron cuando sus edificios de trabajo se desplomaron. A diferencia del
derrumbe de Bangladesh, aquí no sabemos con certeza quiénes ni cuántas eran.

Por si esto fuera poco, está el tema de los salarios. Dana Thomas, periodista
estadounidense especializada en moda y cultura, estima que a una persona se le pagan
apenas unos cuatro pesos por confeccionar una prenda de $400. La moda rápida es una
industria de 35 000 millones de dólares anuales que se reparte de manera
escandalosamente inequitativa: en 2017 la revista Forbes estimó que una costurera tarda
casi dos años en ganar lo que un director gana en dos horas.

Emisiones de miedo
Es muy difícil tener cifras precisas del impacto ambiental de la moda rápida porque se trata
de una industria global cuyos procesos ocurren en países diferentes. Aun así, se pueden
hacer estimaciones. En 2017 el foro para la sustentabilidad en la moda Global Fashion
Agenda y la consultoría estadounidense The Boston Consulting Group, publicaron un
reporte en el que estiman que en 2015 la industria de la moda fue responsable de la
generación de 1 715 millones de toneladas de emisiones de CO2 equivalente, del consumo
de 79 000 millones de metros cúbicos de agua y de la producción de 92 millones de
toneladas de desechos. También estimaron que, si la industria de la moda no cambia sus
procesos, estos números aumentarían en un 50 % para 2030.

El CO2 equivalente es una medida de la emisión total de gases de efecto invernadero y se


calcula a partir de la producción directa o indirecta de las emisiones. En el caso de las fibras
naturales, se contabilizan las emisiones de los combustibles fósiles que usan la maquinaria
y los sistemas de riego, así como las de los fertilizantes, las de las heces de los animales y
las de las quemas. Para las fibras sintéticas, que son derivadas del petróleo, el contador de
emisiones arranca desde la búsqueda de depósitos de crudo.

Antes de continuar vale la pena recordar que nuestro sistema económico es capitalista y, en
consecuencia, las empresas se instalarán en lugares donde los costos de producción se
mantengan al mínimo para poder maximizar la ganancia. En el caso de la industria de la
moda, los principales productores son China, Bangladesh, India, Vietnam, Indonesia y
Turquía; México aparece un poco más abajo en esta lista del Banco Mundial de Datos. Los
principales consumidores son Estados Unidos, los países de la Unión Europea, China y
Japón. No es nada descabellado imaginar un escenario en el que una prenda que se vende
en Estados Unidos se haya hecho en China con algodón cultivado en Egipto. Esto quiere
decir que se necesitarán cientos de vehículos terrestres, aéreos y marítimos para trasladar
los insumos a todos estos lugares, lo que representa otro montón de emisiones que
contabilizar. Y no hay que olvidar las emisiones generadas por los combustibles necesarios
para operar herramientas y máquinas de toda la cadena de producción, y para generar la
electricidad que ilumina las fábricas y los puntos de venta. Un grupo de investigación del
Instituto Tecnológico de Massachusetts estimó en 2015 que la fabricación de una sola
playera de poliéster emite un aproximado de 5.5 kg de CO 2 equivalente. A este acumulado
todavía hay que agregar las emisiones que se generan cuando tiramos las prendas. La
fundación Ellen MacArthur propone esta imagen para poner el desecho mundial de ropa en
perspectiva: cada segundo se desecha o incinera un camión de textiles. Sí: mucha de la ropa
que no se vende se incinera para reducir el volumen de basura en los tiraderos o para evitar
que caiga en las manos equivocadas, como declaró una marca de lujo en 2018 después de
quemar mercancía valorada en más de 38 millones de dólares. Las prácticas suntuarias ya
no son ley, pero las marcas de lujo prefieren quemar su inventario que correr el riesgo de
que sus productos se vulgaricen.

El ensueño de la ropa accesible se vuelve una pesadilla cuando vemos el panorama


completo: desde lo que tiene que suceder para que las prendas lleguen a las tiendas hasta
lo que hacemos con ellas después de que las compramos.

El asunto del agua


Los países más atractivos para las empresas de moda rápida son aquellos en donde las
normas sociales, ambientales y económicas son menos estrictas.

La ropa requiere de agua en varios momentos de la cadena de producción. Para estimar con
mayor fidelidad cuánta, no hay que dejar de considerar el agua con la que se regaron las
plantas o la que se dio a beber a los animales de los que se extrajeron las fibras. Para
producir un kilo de algodón, por ejemplo, se necesitan aproximadamente 10 000 litros de
agua (suficientes para que una persona se mantenga hidratada durante 13 años), y con esta
cantidad de algodón apenas alcanza para una playera y un pantalón de mezclilla. Las telas
luego se sumergen en baños de agua mezclada con diferentes productos químicos para
blanquearlas, hacerlas más maleables, dispersar y fijar los pigmentos y, finalmente,
lavarlas. Tan solo en India, en donde el agua potable es un lujo, estos procesos húmedos
requieren de 1 600 millones de litros de agua diariamente.

Todos esos residuos acuosos se vierten en los ríos locales sin ningún miramiento. En
Indonesia, por ejemplo, unas 200 fábricas textiles vierten sus aguas residuales en el río
Citarum, considerado el más contaminado del mundo. México no está exento de esta sucia
realidad: en 2012 Greenpeace denunció que las empresas fabricantes de mezclilla Kaltex y
Lavamex han contaminado los ríos San Juan en Querétaro y San Pedro en Aguascalientes
durante años. Mientras que en los países desarrollados la contaminación del agua se
considera un delito, en los países en vías de desarrollo esta actividad parece pasar
inadvertida.

El asunto de la contaminación del agua no acaba ahí, pues a los océanos llega medio millón
de toneladas de microfibras cada año, más o menos lo equivalente a más de 50 000
millones de botellas de plástico. Estas microfibras son prácticamente imposibles de limpiar
y muy probablemente entrarán en la cadena alimenticia, pues serán ingeridas por los peces
que luego comeremos.

Más que solo ubicarnos en un determinado estrato social, la manera de vestirnos debería
ubicarnos en el planeta: las etiquetas en la ropa no reflejan su impacto ambiental ni social.

Prácticas alternativas
Según la Organización de las Naciones Unidas, la industria de la moda rápida es
responsable del 1012 % de las emisiones globales y de la producción del 20 % de agua
residual a nivel mundial. Es una de las más contaminantes y el reciclaje aún no es una
alternativa real. De acuerdo con la fundación Ellen MacAr- thur, el 60 % de la ropa que se
produce termina en los basureros o se incinera. Menos del 1 % de los materiales que se
usan en la ropa se reciclan para fabricar otras prendas y menos del 13 % se utiliza para
hacer otros productos. En diciembre de 2019, en un artículo en la Revista del Consumidor,
la Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) estimó que en México apenas se recicla
el 0.5 % de los textiles que se tiran al año. Estos bajos porcentajes se deben, en parte, a
que no hay muchas opciones para recuperar fibras reutilizables.

¿Qué hacer entonces? Dado que la dinámica de la moda rápida consiste en comprar más y
usar menos, algo que podemos hacer para frenar esta tendencia es exactamente lo
contrario: comprar menos y usar más. Así que lo inmediato es evitar comprar ropa que no
necesites. Usa la ropa lo más que puedas y, cuando ya de plano no la quieras, considera
dársela a otras personas que puedan aprovecharla más tiempo o busca un mercado de
trueque. En la Ciudad de México existen varios bazares en donde reciben prendas en
buenas condiciones y, a cambio, recibes créditos para comprar otras prendas en buenas
condiciones. Si necesitas comprar ropa que sabes que solo usarás una vez, como un vestido
de etiqueta o un esmoquin, considera que no necesitas comprarla, pues en México existen
varias empresas dedicadas a la renta de ropa.

Apoya a las empresas locales, a las que tienen estándares éticos, a las que utilizan
materiales sustentables y a las que producen prendas con materiales compostables. Evita
comprar en tiendas de marcas que perpetúan este modelo de negocios insostenible:
Bershka, C&A, Calvin Klein, Espirit, Forever 21, Gap, Guess, H&M, Lefties, Levi’s, Old Navy,
Mango, Nike, Oysho, Pull & Bear, Shasa, Stradivarius, Benetton, Uterqüe, Urban Outfitters,
Victoria’s Secret y Zara, entre otras señaladas por la PROFECO. Aunque la ropa sea
hermosa, no olvides que las etiquetas no reflejan su costo ambiental ni el impacto negativo
que dejan en las poblaciones donde se producen.

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