1.2.
EL MATRIMONIO EN EL NUEVO TESTAMENTO
1.2.1. La enseñanza de Jesús.
Una visión tan elevada del amor conyugal, como la que hemos visto, corresponde al proyecto original
de Dios -reflejado en el segundo relato de la creación (cfr. Gn 2, 18-23)-, que Jesús rescató.
rechazando las corruptelas vigentes en su tiempo y santificando la vida familiar. Más aún, Jesús elevó
el Matrimonio a la categoría de sacramento y a símbolo de su alianza con su Iglesia.
No deja de ser significativo que Jesús nazca y crezca en una familia, aunque ésta sea muy peculiar.
Por otra parte, tanto su comporta- miento, como el de María, su Madre, y el de san José, ponen de
relieve que la regla para todos es el amor totalmente desinteresado, aunque subordinado a la
voluntad de Dios (cfr. Mt 1 y Lc 1 y 2).
En su ministerio público, Jesús manifiesta su interés por la familia, de la que conoce sus aspectos
positivos y sus defectos, sus gozos y sus sufrimientos. En Caná su presencia es una bendición y una
ayuda material para los esposos en el día de su boda (cfr. Jn 2, 1-11). En Betania mantiene y goza de
la amistad íntima con una familia de tres hermanos. Cuando llega a las aldeas, se entretiene
gozosamente con los niños, a quienes trata con un cariño y amor verdaderamente materna- les. En
su predicación se sirve del drama de un padre traicionado por su hijo, para revelar el amor
infinitamente misericordioso de Dios Padre. Con todo, no hace de la familia un absoluto, pues desea
que esté abierta a las exigencias superiores de Dios (cfr. Mc 3, 31-35), sentando así las premisas
para optar por una vida distinta del Matrimonio. cuando lo requieran las exigencias del Reino.
Por otra parte, contestando a una insidiosa pregunta de un escriba sienta un triple principio: la
indisolubilidad del Matrimonio no admite ninguna excepción, la permisión mosaica tenía un valor
transitorio y la unión de un divorciado con otra persona es adulterina (cfr. Mt 19, 4-9), y
expresamente prohibida por el sexto mandamiento (cfr. Ex 20, 14; Dt 5. 18). La aparente excepción
de las palabras «fuera del caso de fornicación» no es tal, a la luz de la enseñanza de Marcos (cfr. Mc
10, 11- 12), Lucas (cfr. Lc 16, 18) y Pablo (cfr. 2 Cor 7, 10-11), y de su mismo sentido, ya que Jesús
habla de uniones consideradas como legítimas entre los paganos y toleradas por los judíos respecto
a los prosélitos, pero que eran en realidad irregulares y, por tanto, matrimonios falsos que, al ser una
especie de concubinato, debían evitarse. Algunos, sin embargo, piensan que se trataría de una
verdadera excepción.
1.2.2. La doctrina paulina sobre el Matrimonio
Las cartas paulinas ofrecen una rica enseñanza sobre algunos aspectos basilares de la dignidad del
Matrimonio, la virginidad, la vida familiar. También aluden a otras cuestiones, como el llamado
privilegio paulino».
- San Pablo expone la dignidad del Matrimonio, sobre todo, en dos lugares: la primera carta a los
Corintios y la carta a los Efesios. Respondiendo a los fieles de Corinto, entre los que parece que
existía una especie de «encratismo», tendente a despreciar el Matrimonio y privilegiar la virginidad, se
expresa así: «Sobre lo que me habéis escrito, os digo lo siguiente. Está bien renunciar al matrimonio;
pero para evitar la lujuria, que cada uno tenga su mujer y cada mujer su marido. Tanto el marido como
la mujer deben cumplir la obligación conyugal. La mujer no es dueña de su cuerpo, sino el marido;
igual- mente, el marido no es dueño de su cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro esa
obligación, a no ser de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración [...]. A los
casados les mando -es decir: no yo, sino el Señor- que la mujer no se separe del marido; y, si se
separa, que no se case o que se reconcilie con su marido; y que el marido no se divorcie de la mujer»
(1 Cor 7, 1-10). El texto pone de relieve, que el marido y la mujer son parte el uno del otro y, por lo
mismo, ya no son dos seres, sino uno solo; ambos tienen idénticos derechos y deberes; el divorcio
contradice el mandato del Señor, por lo que la única solución de emergencia es la separación, que,
de suyo, debe ser temporal, dado que el objetivo a conseguir sigue siendo la reconciliación con la otra
parte (Cfr. 1 Cor 7, 11).
En la carta a los Efesios, san Pablo expone una teología matrimonial aún más profunda. Hablando de
los deberes de la familia cristiana, el Apóstol comienza recordando los deberes mutuos de los
esposos cristianos: «Respetaos unos a otros por fidelidad a Cristo. Que las mujeres sean sumisas a
sus maridos como si se tratara del Señor [...].
Maridos: amad a vuestras esposas, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, a fin de
santificarla por medio del agua del Bautismo y de la palabra [...]. Así, los maridos deben también amar
a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, se ama a sí mismo. Porque nadie
odia jamás a su propio cuerpo, sino que, por el contrario, lo alimenta y cuida como hace Cristo con la
Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre y se
unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Éste es un gran misterio, que yo lo aplico a Cristo y
a la Iglesia» (Ef 5, 21- 33; cfr. Col 3, 18-19; 1 P 3, 1-8).
Los aspectos más relevantes de este denso texto son los siguientes: 1) todo el discurso sobre el
Matrimonio se desarrolla bajo el signo del amor; 2) la relación marido-mujer se define sobre la
relación Cristo-Iglesia, que es una relación de amor; y 3) el Matrimonio cristiano hunde sus raíces en
el misterio mismo de Dios, el cual, según el lenguaje paulino, es su proyecto salvífico que culmina en
la Encarnación, de la que es prolongación la Iglesia, en cuanto Esposa de Cristo.
De la primera afirmación se deduce que la «sumisión» de un esposo al otro no es signo de esclavitud,
sino de dependencia en el amor; de ella no se escapa ni siquiera el marido, aunque aparezca como
«cabeza de la mujer». El segundo principio muestra no sólo que la relación Cristo- Iglesia es modelo
del amor recíproco que deben profesarse los esposos, sino que Cristo asume el amor humano de los
bautizados, lo purifica de todas las escorias que pueda llevar consigo, y lo hace fermentar desde
dentro, para convertirlo en una imagen de su relación con la Iglesia. Del tercer aspecto se desprende
que el Matrimonio no es un asunto privado, sino que tiene una dimensión eclesial y debe servir para
el crecimiento de la Iglesia, de la que es como un germen, en la medida en que es capaz de crear
relaciones de amor y de fe entre todos sus miembros.
1.2.3. La celebración del Matrimonio
El Nuevo Testamento no ofrece ningún dato sobre el modo de celebrar el Matrimonio cristiano. Como
luego veremos, lo más probable es que se siguiera la formalidad externa del lugar en que vivían, en
todo aquello que fuera compatible con la fe y la moral cristianas. Lo que es incuestionable es que los
bautizados tenían conciencia de que el suyo era un matrimonio esencialmente distinto al de los
paganos y de que lo vivían de forma distinta, según se desprende de la enseñanza catequética de los
Apóstoles, especialmente de san Pablo.
1.3. HISTORIA DE LA CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO CRISTIANO
La historia de la celebración del Matrimonio cristiano puede dividirse en cinco períodos: hasta la paz
de Constantino; desde el siglo IV a la época carolingia; desde el siglo IX al Concilio de Trento; desde
Trento al Concilio Vaticano II; y después del último concilio.
3.1.1. La celebración del Matrimonio, desde los orígenes hasta el siglo IV
La mayor parte de los autores sostiene que, durante los primeros siglos, la celebración del Matrimonio
cristiano seguía los usos greco-romanos, salvo en sus aspectos idolátricos e inmorales. Con todo,
como los testimonios de la época no se refieren al modo de celebrar el Matrimonio, sino al concepto
que se tenía de este sacramento, nos movemos en el terreno de las hipótesis, aunque sean
razonables.
a) El matrimonio en Grecia y en Roma
Los griegos y romanos celebraban el matrimonio en dos momentos distintos y separados en el
tiempo: los esponsales y las nupcias. En Grecia, durante la época clásica, los esponsales consistían
en un encuentro entre el padre de la novia y el novio, para determinar todo lo relativo al matrimonio y
especialmente la dote, que permanecía como propiedad de la novia, pudiendo el marido sólo
usufructuarla. Se trataba, por tanto, de una entrada en la familia y de un compromiso recíproco de los
novios. Pasado un cierto tiempo, se celebraban las bodas.
El esquema celebrativo de las bodas era el siguiente:
1) ofrecimiento de un sacrificio a las divinidades tutelares de las bodas, en casa de la esposa y a
cargo del padre de familia;
2) banquete nupcial, durante el cual los esposos llevaban sobre sus cabezas una guirnalda,
normalmente de mirto, o una corona de metal;
3) entrega de la esposa al marido, a cargo del padre, y coronación de ambos esposos,
inmediatamente antes de iniciarse el cortejo nupcial;
4) conducción de la esposa a casa del esposo al atardecer entre música, cantos y bailes (cortejo
nupcial);
5) acogida de la esposa por sus suegros y coronación de la misma con frutos, como símbolo de
fecundidad y prosperidad;
6) inspección del hogar por ambos esposos unidos por las manos;
7) conducción de los esposos a la cámara nupcial por sus padres y amigos, donde comían una fruta
granosa, como símbolo de fecundidad; y 8) retirada de los invitados, dando gritos para alejar los
malos espíritus.
En Roma se seguían unas costumbres muy parecidas. Primero se celebraban los esponsales según
una fórmula jurídica muy rígida. Los dos cabezas de familia realizaban una stipulatio, que con el
tiempo se convertiría en un verdadero contrato; la dote era, por tanto, un elemento importante de los
esponsales. A finales del siglo I a.C. aparece un elemento que desconocían las fuentes antiguas: la
dextrarum coniunctio o unión de las manos. Plinio habla de un anillo de hierro sin piedras preciosas,
que el novio enviaba a la novia. Después de un tiempo se cele- braban las nupcias.
El esquema celebrativo de las nupcias era el siguiente:
1) vestición de la novia, que recibía una guirnalda de mirto o de naranjo, y el velo amarillo con reflejos
rojos (flammeum), distintivo de las mujeres casadas (esta imposición del velo tenía tanta
importancia que casarse se llamaba velarse: ab nubere);
2) presentación de la novia por una pronuba, mujer casada que era una especie de dama de honor,
consulta a los augures siempre favorable- y, sobre todo, lectura del contrato, tabulae
matrimoniales, en presencia de testigos, que lo firmaban;
3) intercambio de los consentimientos (ubi tu Gaius, ego Gaia, era la fórmula consagrada en Roma);
4) entrega de la esposa al marido por la pronuba mediante la unión de las manos (dextrarum iunctio);
5) ofrecimiento de un sacrificio a los dioses, primero en casa y posteriormente en los templos;
6) banquete nupcial, ordinariamente en casa de la esposa; 7) conducción de la esposa a casa del
esposo, como en Grecia; y 8) conducción de los esposos a la cámara nupcial.
Al día siguiente de las bodas la nueva esposa se vestía de matrona y ofrecía un sacrificio a los dioses
lares, teniendo lugar un segundo ban- quete.
b) El Matrimonio cristiano
De acuerdo con la célebre frase de la Carta a Diogneto: «los cristianos se casan como todos», el
Matrimonio cristiano se celebraba según los usos que acabamos de describir. La Iglesia estaba de
acuerdo con la concepción jurídica romana que definía el matrimonio según el consentimiento
(«matrimonium fit consensus», decía Ulpiano), adoptando este marco legal para fijar sus exigencias,
sobre todo la prohibición del divorcio, admitido por la ley romana.
Sin embargo, la Carta a Diogneto no puede tomarse al pie de la letra, puesto que en la celebración
del matrimonio en Grecia y Roma existían elementos que un cristiano no podía asumir, tales como el
sacrificio a los dioses, la consulta a los augures y las costumbres licenciosas que acompañaban al
cortejo nupcial. De ahí que no sea improbable pensar que los cristianos tuvieran algunos ritos y
oraciones específicas, aunque no existan testimonios absolutamente concluyentes, debido, entre
otras causas, a la no existencia de textos fijos en las celebraciones de esa época.
Sin embargo, según el parecer de la mayoría de los liturgistas, no parece probable que antes del siglo
IV existiese una bendición sobre los esposos. A pesar de ello, los fieles sabían que su Matrimonio no
era como el de los paganos, aunque fuera semejante en la forma, sino que quedaba transfigurado por
dentro gracias a su bautismo: se unían en Cristo y esta unión era signo de otra más alta, la de Cristo
y su Iglesia (cfr. Ef 5, 32). Esta convicción está atestiguada por Tertuliano y las imágenes de algunos
sarcófagos o fondos de copa, en los que Cristo mismo aparece coronando a dos esposos y
presidiendo la unión de sus manos, colocadas sobre el libro de los evangelios. Los gestos
matrimoniales de los paganos y cristianos eran parecidos, pero el significado de las bodas se situaba
en planos muy distintos.
1.3.2. La celebración del Matrimonio, desde el siglo IV al siglo X
El principal fenómeno que tiene lugar durante estos siglos es la ritualización eclesial del Matrimonio.
Por una parte, en efecto, se crea una liturgia nupcial embrionaria y aparece la bendición litúrgica de
los esposos; por otra, la Iglesia comienza a regular el ordenamiento jurídico del Matrimonio,
exigiendo, sobre todo, que deje de celebrarse en casa de los esposos o en otro lugar privado y se
realice públicamente in facie ecclesiae ante el sacerdote; con estas medidas la Iglesia quería velar
sobre los matrimonios clandestinos.
Los usos litúrgicos no son uniformes en Occidente, sino que se agrupan en torno a Roma y Milán, por
un lado, y las Galias, Hispania y países celtas por otro; siendo elementos especificativos la velatio
nuptialis en el primer caso, y la benedictio in thalamo en el segundo.
a) La velatio nuptialis en Roma y Milán
El desarrollo natural de la celebración sacramental pedía que la bendición de Cristo a los esposos
terminara manifestándose externa- mente en presencia del padre de familia, del obispo o del
presbítero vitado a la boda; la Biblia, por otra parte, contenía ejemplos de oración y bendición para el
casamiento.
De hecho, a principios del siglo quinto san Paulino de Nola atesigua una plegaria de bendición sobre
los esposos en un epitalamio compuesto con ocasión del matrimonio de Julián, de Benevento. El
obispo pronuncia la bendición nupcial sobre los esposos, cuya cabeza permanece cubierta con un
velum o velamen (distinto del flammeum romano que vimos anteriormente).
Esta velatio es el único rito litúrgico que existió en Roma durante muchos siglos. Era obligatoria para
los clérigos, se aconsejaba a los laicos y se negaba a los fornicarios y a quienes contraían segundas
nupcias. Los tres sacramentarios romanos contienen formularios de bendición nupcial y otros ritos
conexos.
El Sacramentario Veronense contiene un ordo titulado Incipit velatio nupcialis, con las tres oraciones
de la misa, un hanc igitur propio y una bendición sobre los esposos, precedida de una oración,
careciendo, en cambio, de prefacio propio. La plegaria de bendición se inspira en la Sagrada
Escritura y está íntegramente destinada a la esposa. Partiendo de la creación de la mujer de los
huesos de Adán, se hace notar que viene en su ayuda y que ambos forman una sola carne; ofrece
ejemplos de castidad y santidad de mujeres de la Sagrada Escritura y pide que la mujer tenga un
sentido acusado del pudor, sabiduría necesaria para que el Matrimonio discurra felizmente, y sea
fecunda en hijos. La bendición nupcial está reservada al sacerdocio ministerial.
El Sacramentario Gelasiano contiene un ordo titulado Incipit actio nuptialis. Es fácil advertir que se
han ordenado las partes del Sacramentario Veronense para colocar la bendición en su debido lugar:
entre el Padrenuestro y la Pax Domini. La bendición nupcial es prácticamente la misma del
Sacramentario Veronense y, por lo mismo, dirigida a la esposa; pero con la contrapartida de una
bendición sobre ambos esposos después de la Comunión y antes de la oración de poscomunión. A
diferencia del Veronense, el Sacramentario Gelasiano tiene prefacio propio y la peculiaridad de un
hanc igitur para el día trigésimo de las bodas o para el primer aniversario del Matrimonio.
El Sacramentario Gregoriano también ha organizado en sus orationes ad sponsas velandas las partes
del Sacramentario Veronense, con la finalidad de situar la bendición en el lugar del Sacramentario
Gelasiano. Las oraciones son las mismas del Sacramentario Veronense, más el prefacio del
Sacramentario Gelasiano, aunque con una variante que lo empobrece un tanto. Los ritos de estos
tres sacramentarios son la base de todos los rituales posteriores hasta nuestros días.
b) Los usos de las Galias, Hispania y países celtas
La bendición de los esposos en la cámara nupcial es la forma más extendida de la liturgia matrimonial
en las Galias. Esta costumbre se apoyaba, sobre todo, en el relato bíblico de la boda de Tobías y
Sara (cfr. Tb 8, 4-10), que se menciona en el texto de bendición nupcial conservado en el Misal de
Bobbio. Tal costumbre fue sustituida por san Cesáreo de Arlés, que no permitió que en su Iglesia se
diera la bendición en la cámara nupcial, sino en la basílica, siguiendo los usos romanos.
En Hispania existía ya en el siglo IV la costumbre de que un sacerdote bendijera el Matrimonio, según
la carta de Siricio a Himerio de Tarragona; con todo, no hay una descripción de la liturgia matrimonial
anterior al De Ecclesiasticis officiis de san Isidoro, y ésta es fragmentaria. El apéndice del Liber
Ordinum -que puede testificar, junto con el sacramentario de Vic, un verdadero ordo del matrimonio in
thalamo- ofrece una liturgia nupcial mucho más rica y desarrollada que la galicana, pues comprendía
los siguientes elementos: bendición de la cámara nupcial, oficio votivo para la vigilia y mañana de las
bodas, bendición de ambos cónyuges en la iglesia y de la mujer durante la misa, y última bendición
sobre los esposos.
Además, existían dos gestos que fueron adoptados en los rituales medievales: la traditio puellae al
esposo, realizada por el sacerdote en nombre y en lugar del padre, y un ordo arrarum. Ambos ritos
pertenecían en inicio a los esponsales que tenían mucha importancia y servían para hacer pasar a
una joven del clan de su padre al del marido. Los esponsales se caracterizaban por la entrega de las
arras a la familia de la futura esposa y dieron pie a una bendición. Ésta confería a los esponsales una
obligación en sentido estricto, lo cual motivó que fueran aproximándose cada vez más a la fecha de la
boda, hasta que en el siglo XI se realizaban ya inmediatamente antes de la misa de casamiento. Los
novios llevaban al sacerdote dos anillos; la bendición que seguía era, a la vez, una bendición de los
anillos y una invocación sobre la pareja. Un beso intercambiado entre los novios ratificaba los
esponsales.
1.3.3. La celebración del Matrimonio desde el siglo XI al Concilio de Trento
Hasta ahora hemos encontrado dos situaciones: el Matrimonio celebrado en casa, sin la presencia de
ministros sagrados y carente de ritos litúrgicos (siglos I-IV); y el Matrimonio celebrado en la casa de
los esposos, salvo en los casos de Roma y Milán, pero con la presencia de ministros sagrados y
según una liturgia nupcial.
En el siglo XI aparece una nueva situación: el Matrimonio deja de celebrarse en casa o en otro lugar
semejante y se sitúa inmediatamente antes de la misa, pero en el exterior de la iglesia (in facie
ecclesiae, en sentido literal). Ello se debió a dos preocupaciones de la Iglesia: por una parte, asegurar
la libertad del consentimiento (sobre todo de la mujer), ya que, según los teólogos y canonistas de la
época y de los siglos posteriores, éste constituía el Matrimonio, incluso cuando careció de
formalidades y publicidad; y, por otra, dar publicidad del Matrimonio.
Para asegurar la libertad del consentimiento de la esposa, los sínodos y capítulos insisten en que los
esposos reciban la bendición nupcial, a la vez que obligan a los sacerdotes a realizar una inquisición
previa. Para asegurar la publicidad reaparece la bendición in thalamo en Normandía y de allí se
extiende a toda Francia y, desde ella, a todo el continente: la noche de bodas el sacerdote bendice a
los esposos, la cámara nupcial y el anillo de Matrimonio, aunque hayan recibido por la mañana la
bendición en la Iglesia. Enseguida se comprobó que tal bendición se prestaba a inconvenientes y era
demasiado privada; por este motivo, fue prohibida en el Sínodo de Ruán del año 1012, de modo que,
aunque se mantuvo en algunos lugares, carecía de valor jurídico o sacramental.
La publicidad del Matrimonio se aseguró trasladando el Matrimomio desde la casa a las puertas de la
iglesia. Aunque existe una gran variedad en los Ordines, los ritos matrimoniales se realizaban
generalmente del siguiente modo:
1) delante la iglesia se hacía el intercambio de consentimientos entre los esposos, la entrega del
anillo y de las arras, la firma y entrega de la dote ante testigos-se trata de ritos tradicionales de los
esponsales convertidos en ritos del Matrimonio mismo-, la dextrarum coniunctio, perteneciente al
antiguo ritual del Matrimonio, pero que ya no comportaba la entrega de la esposa al esposo, sino que
simbolizaba el don recíproco de los esposos, también expresado con palabras.
2) Después, seguía la misa, durante la cual se impartía la bendición de los esposos,
inmediatamente antes de la pax vobis, según el uso tradicional.
3) Terminada la misa, se realizaban algunos ritos locales, como la bendición del pan y del vino y
la bendición de la cámara nupcial (benedictio thalami), propios de las culturas autóctonas o de la
piedad popular.
La expresión del consentimiento podía reducirse a un «sí», respondiendo a las preguntas del
sacerdote, o usando esta significativa fórmula, o una parecida: «yo, N., tomo a N., aquí presente,
como mujer y esposa, y le prometo mantener fidelidad y lealtad: sana y enferma, la protegeré, y,
mientras viva, no la cambiaré por ninguna otra», como dice el Ritual de Châlons del siglo XV. Aunque
no pocos autores -como Ivo de Chartres e Ildefonso de Tours- pensaron que el consentimiento
constituye la esencia del sacramento, otros, como Guillermo de París, juzgaron que el Matrimonio no
tiene la sacramentalidad, ni la gracia que le es intrínseca, si el consentimiento no va acompañado de
la bendición del sacerdote. Esta concepción era la existente durante la época del Concilio de Trento.
Durante los siglos XI-XV, la entrega del anillo -o de dos anillos. como en Alemania- se hacía según la
siguiente rúbrica -u otra sustancialmente idéntica-:«... el sacerdote entrega el anillo al esposo, el
esposo, a través de la mano del sacerdote, se lo pone en un dedo de la esposa, diciendo [...]».
Simbolizaba la alianza de Cristo con la Iglesia, de la cual participaban ambos esposos. Sin embargo,
esta teología bíblica de la alianza no aparece en las fórmulas de bendición del anillo.
La entrega de las arras aparece sobre todo a partir de los siglos XIV-XV, aunque ya desde el siglo XIII
los Ordines del Matrimonio hablan de un documento de dote, debido a que el derecho imperial exigía
un instrumentum dotale llamado tabulae nuptiales; en él constaba el consentimiento y era, por ello, la
prueba testifical de la existencia del Matrimonio.
En cuanto a la misa nupcial, las oraciones solían provenir del Sacramentario Gregoriano, aunque en
algunos manuscritos aparezca la misa de la Santísima Trinidad con una segunda oración, que es la
del Sacramentario Gregoriano. La bendición de los esposos tenía lugar después del Padrenuestro y
antes de la Pax vobis.
Esta preeminencia de los esposos motivó que se oscureciese la función del sacerdote y el sentido
originario del ego vos coniungo o fórmulas equivalentes, o del gesto de darse las manos (que era la
entrega de la novia que hacía el sacerdote en lugar y representación del padre, para salvaguardar la
libertad del consentimiento del esposo en el caso de un Matrimonio impuesto)
1.3.4. El Matrimonio cristiano según la reforma tridentina
El deseo de asegurar la libertad del consentimiento de la esposa y, sobre todo, de acabar con los
matrimonios clandestinos motivó que el Concilio de Trento declarase inválido el Matrimonio celebrado
sin presencia del párroco. Esto trajo consigo la generalización de la expresión precedente ego vos
coniungo como fórmula sacramental.
Consecuentemente, el sacerdote pasó a ocupar un lugar indispensable en la celebración del
Matrimonio, como atestigua el Ritual de 1614. Ciertamente, Trento no pretendió abolir los rituales
locales y, de hecho, en muchas diócesis esos usos se mantuvieron; pero a partir del siglo XVII se
generalizó el Ritual romano.
Según este Ritual, el Matrimonio ya no se celebra delante, sino dentro de la Iglesia, aunque antes de
la celebración de la misa. El esquema celebrativo es sencillo:
1) expresión del consentimiento (ordinariamente respondiendo «sí» a las preguntas del sacerdote);
2) unión de las manos con la fórmula «ego vos coniungo» y una aspersión;
3) bendición del anillo, que el esposo entrega a la esposa;
4) algunos versículos, y una oración conclusiva. A continuación se celebraba la misa del Matrimonio,
que no tiene ya prefacio ni hanc igitur propios e incluye la bendición de la esposa después del
Padrenuestro.
1.4. EL RITUAL DEL MATRIMONIO DEL CONCILIO VATICANO II
La Constitución Sacrosanctum Concilium mandó reformar el Ritual romano de 1614 y señaló algunos
criterios que debían tenerse en cuenta en la celebración del Matrimonio.
Respecto a la reforma, estableció:
a) revisar y enriquecer el rito, de modo que expresase la gracia del sacramento e inculcase con
mayor claridad los deberes de los esposos (cfr. SC 77-a);
b) conservar las costumbres y ritos legítimos de las diversas regiones (cfr. SC 77-b); y c) dar
amplio margen a las Conferencias Episcopales, para que pudiesen preparar un rito propio, que
respondiese a los usos de los respectivos lugares, permaneciendo firme la obligación de que «el
sacerdote asistente pida y reciba el consentimiento de los contrayentes (SC 77 c).
En cuanto a la celebración, establecía dos criterios básicos: el matrimonio habría de celebrarse “de
modo ordinario” durante la misa o en un contexto de la celebración de la Palabra (SC 78), y la
bendición de la esposa seria retocada convenientemente para inculcar la igualdad de ambos esposos
en la obligación de mutua fidelidad (SC 78).
5 de septiembre 2025
Todo este estudio nos recuerda que la “liturgia Semper reformata” la liturgia siempre es dinámica. El
Matrimonio en el CVII,
1. Revisar e inrriquecer el rito
2. Conservar las costumbres de algunas regiones.
3. Dos criterios básicos:
a. El ritual del matrimonio se celebre de manera ordinaria durante la misa
4. Desde el punto de vista celebrativo y desde el punto de vista teológico
a. El nuevo ritual inserta la celebración del matrimonio durante la misa.
b. Quitar un poco el machismo.
c. Leccionario rico en lecturas- (8AT)-
5. EL ACTUAL RITO TIENE ESTA ESTRUCTURA :
a. Acogida: Junto al altar
b. Oración colecta: cuatro oraciones colectas; además no se hace acto penitencial.
c. Liturgia de la palabra : 28 textos
d. Rito sacramental: L
e. Temas fundamentales: libertad, educación de los hijos y la permanencia.
f. Bendición nupcial: gran reelaboracion, en esta bendicion se introduce una referencia
completa al esposo, porque la bendición anterior se bendecía a la esposa, en esta nueva
reformulación la bendicion va dirigida a los dos, se han suprimido algunas expresiones de
carácter juridico (matrimonio como contrato, legalidad y nulidad), y se introdujeron
expresiones de carácter bíblico y liturgico,
g. SE SUPRIMIO la carga de la mujer,
h. En esta bendicion se contempla el matrimonio como simbolo de la union de cristo
con la iglesia
i. UBICACIÓN: La anterior bendicion se hace al final, sino dentro del rito, y pone de
manifiesta la union entre el matrimonio y la eucaristía
Hay tres formularios que se pueden utilizar dependiendo del contexto, el primero se caracteriza
porque lee el matrimonio dentro de la historia de la salvacion,El seguno habla de la indisubilidad, y el
tercero pone el carácter sacramental del matrimonio como signo de la union de cristo con la iglesia.
Después de la oración post comunion, aparecen unas bendiciones solemnes, son tres formularios: 1.
Bendice a la pareja, recordando la tarea de fecundidad. 2. Referido a las bodas de cana,3. Obligados
a dar testimonio de vida cristiana.
Mirada a elementos de Pablo VI y el ritual del matrimonio del concilio Vaticano II.