En el contexto global actual, la educación enfrenta desafíos complejos derivados
de la intersección entre demandas sociales, avances tecnológicos y
transformaciones pedagógicas. Los sistemas educativos, especialmente en países
en desarrollo como México, operan bajo tensiones estructurales que priorizan
indicadores cuantitativos de desempeño sobre enfoques cualitativos que
respondan a las necesidades cognitivas y emocionales de los estudiantes. En este
escenario, la neuroeducación emerge como un campo interdisciplinario que
combina los hallazgos de la neurociencia con las prácticas pedagógicas,
ofreciendo herramientas para optimizar el aprendizaje al comprender cómo el
cerebro procesa, retiene y aplica el conocimiento. Sin embargo, la integración de
estas herramientas en la formación y práctica docente en México es limitada, lo
que plantea una problemática significativa que se aborda en esta tesis titulada Las
Herramientas Neuroeducativas en la Formación y la Práctica Docente. La
formación docente en México ha sido objeto de análisis exhaustivo en las últimas
décadas, revelando deficiencias estructurales que afectan la calidad educativa.
Según datos del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE,
2018), en el nivel de educación básica, solo el 77.1% de los docentes de primaria
cuentan con estudios específicos acordes a su nivel educativo, mientras que el
8.86% poseen formación superior en áreas no relacionadas con la enseñanza
primaria, el 9.8% tienen estudios de posgrado, y un 10.24% cuentan únicamente
con formación normalista inicial que no supera el nivel de primaria. Aunque estas
cifras datan de 2018, estudios más recientes confirman que las brechas persisten.
Por ejemplo, un informe de la Secretaría de Educación Pública (SEP, 2024) indica
que, en 2023, aproximadamente el 15% de los docentes de educación básica en
México carecían de formación pedagógica específica para el nivel en el que
imparten clases, lo que refleja una persistente heterogeneidad en los perfiles
docentes. La formación continua, destinada a actualizar las competencias
docentes, también enfrenta limitaciones. La Encuesta Internacional sobre
Docencia y Aprendizaje (TALIS, 2018) señaló que, en México, el 62% de los
docentes reportaron que los programas de capacitación continua no satisfacían
sus necesidades profesionales, ya sea por falta de relevancia práctica o por su
enfoque teórico desvinculado de las realidades del aula. En 2025, esta situación
no ha mejorado significativamente: un estudio de la Universidad Pedagógica
Nacional (UPN, 2024) encontró que solo el 28% de los docentes de educación
básica participaron en programas de formación continua con enfoque en
metodologías innovadoras durante el último ciclo escolar, y de estos, menos del
10% incluyeron componentes de neuroeducación. La neuroeducación, definida
como la integración de principios neurocientíficos en la práctica educativa, ofrece
un marco para diseñar estrategias pedagógicas basadas en el funcionamiento del
cerebro. Según Mora (2021), la neuroeducación permite cerrar brechas entre
enseñanza y aprendizaje al considerar factores como la plasticidad cerebral, la
atención, la memoria y las emociones. Por ejemplo, estrategias como el
aprendizaje intercalado, las pausas cognitivas y el uso de estímulos
multisensoriales han demostrado mejorar la retención y la comprensión en los
estudiantes (Tokuhama-Espinosa, 2021). A nivel global, países como España,
Canadá y Estados Unidos han incorporado estas herramientas en la formación
docente, con resultados prometedores: un estudio en España (2023) mostró que
los docentes capacitados en neuroeducación incrementaron en un 18% la
motivación estudiantil y en un 12% los resultados académicos en comparación con
grupos de control. En México, sin embargo, la neuroeducación sigue siendo
marginal en los programas de formación docente. Un análisis de la Universidad
Mexicana de Estudios y Posgrados (UMEP, 2025) señala que menos del 5% de
las instituciones formadoras de docentes en el país incluyen módulos específicos
de neuroeducación en sus planes de estudio. Esta ausencia se atribuye a factores
como la resistencia al cambio, la falta de recursos institucionales y la prevalencia
de enfoques conductistas en las aulas, que priorizan la memorización sobre el
aprendizaje significativo. Además, la influencia de paradigmas pseudocientíficos y
creencias populares sobre el aprendizaje, como las mencionadas por Parra-
Bolaños et al. (2017), dificultan la adopción de enfoques basados en la evidencia
neurocientífica. A nivel global, la neuroeducación ha ganado relevancia como
respuesta a las demandas de una educación personalizada y centrada en el
estudiante. Según un informe de la UNESCO (2024), el 65% de los sistemas
educativos en países de la OCDE han integrado principios de neurociencia en sus
programas de formación docente, con énfasis en estrategias para fomentar la
atención, la metacognición y el bienestar emocional. En contraste, en América
Latina, solo el 12% de los países han implementado iniciativas similares, y en
México, este porcentaje es aún menor, rondando el 3% según datos de la OEI
(2024). En el contexto mexicano, las estadísticas reflejan un panorama
preocupante. El Censo de Escuelas, Maestros y Alumnos de Educación Básica y
Especial (CEMABE, 2023) revela que el 68% de las escuelas primarias en México
operan con docentes que no han recibido capacitación en metodologías
innovadoras, incluyendo la neuroeducación. Además, un estudio de la UPN (2024)
encontró que el 72% de los docentes encuestados desconocen conceptos básicos
de neuroeducación, como la plasticidad cerebral o el impacto de las emociones en
el aprendizaje. Este desconocimiento se traduce en prácticas pedagógicas que no
aprovechan el potencial del cerebro para optimizar el aprendizaje, perpetuando
resultados educativos por debajo de la media regional, como lo evidencia el
informe PISA 2022, donde México se ubicó en el puesto 58 de 81 países en
competencias de lectura, matemáticas y ciencias. La implementación de
herramientas neuroeducativas en México enfrenta múltiples obstáculos. En primer
lugar, la estructura de los planes de estudio de las instituciones formadoras de
docentes, como las Escuelas Normales y las Universidades Pedagógicas, sigue
anclada en modelos tradicionales que priorizan contenidos disciplinares sobre
enfoques interdisciplinarios. Un estudio de la OEI (2023) señala que solo el 8% de
los planes de formación inicial en México incluyen asignaturas relacionadas con la
neurociencia educativa, en contraste con el 45% en países como Canadá. En
segundo lugar, la falta de recursos institucionales y apoyo gubernamental limita la
capacitación continua. Según un análisis de la SEP (2024), el presupuesto
destinado a la formación docente en México se redujo en un 7% entre 2020 y
2023, lo que restringe el acceso a programas especializados en neuroeducación.
Además, la resistencia al cambio por parte de los docentes, derivada de una
cultura educativa arraigada en prácticas conductistas, representa un desafío
significativo. Un estudio cualitativo en Perú, con similitudes al contexto mexicano,
encontró que el 60% de los docentes perciben las estrategias neuroeducativas
como "complejas" o "poco prácticas", lo que desincentiva su adopción. Finalmente,
la heterogeneidad en la composición de las escuelas mexicanas, que van desde
unitarias hasta de organización completa, dificulta la estandarización de
programas de capacitación. Esta diversidad, combinada con la variabilidad en los
perfiles docentes, requiere enfoques flexibles que aún no han sido desarrollados a
gran escala. La ausencia de herramientas neuroeducativas en la formación y
práctica docente en México representa una oportunidad perdida para transformar
el sistema educativo. Mientras que las tendencias globales apuntan hacia la
integración de la neurociencia en la pedagogía, en México persisten barreras
estructurales, culturales y económicas que limitan su adopción. Los datos actuales
muestran que la mayoría de los docentes carecen de conocimientos básicos en
neuroeducación, lo que perpetúa prácticas pedagógicas desactualizadas y
contribuye a los bajos resultados educativos. Para revertir esta situación, es
imperativo reformar los planes de estudio de las instituciones formadoras,
incrementar la inversión en formación continua y promover una cultura de
innovación pedagógica basada en la evidencia científica. Solo así se podrá alinear
la educación mexicana con las demandas del siglo XXI, garantizando un
aprendizaje significativo y adaptado a las características cerebrales de los
estudiantes. De los resultados obtenidos en las áreas de las neurociencias se han
extraído claves esenciales sobre el funcionamiento del cerebro para generar la
cognición, motivo por el cual se han comenzado a esbozar herramientas que
cualquier docente puede emplear para conseguir que los estudiantes aprendan,
entonces vale la pena cuestionarse ¿las herramientas neuroeducativas se
encuentran presentes en la función y la formación de los docentes?
Referencias
Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE). (2018). La
docencia en México: Informe 2018. México: INEE.
Mora, F. (2021). Neuroeducación: Solo se aprende aquello que se ama.
Madrid: Alianza Editorial.
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