Hierro y sangre en la Sierra de Manantlán
Darcy Victor Tetreault1y Jaime Hernández Lamas2
Resumen
Los nahuas de la Sierra de Manantlán, ubicada en el suroeste de Jalisco y el norte de
Colima, tienen una larga historia de lucha social por la tierra, en defensa de los recursos
naturales y de los derechos humanos, agrarios e indígenas. Hoy en día el conflicto
ecológico más agudo gira en torno a la destrucción ambiental y la represión asociadas
con la explotación minera. El actor privado más importante en este escenario es el
Consorcio Benito Juárez Peña Colorada, cuya mina de hierro en Manantlán es la más
grande del país. En este trabajo analizamos el conflicto socio-ecológico en torno a la
explotación minera en Manantlán a través de un acercamiento orientado al actor, con un
enfoque en los actores colectivos que han luchado para detener la expansión de las
actividades mineras, poner fin a la violación de derechos humanos, y obligar al Consorcio
Pena Colorada y las demás compañías mineras a pagar una indemnización justa a los
pobladores locales perjudicados. ¿Quiénes son estos actores y sus aliados? ¿Cuáles son
sus demandas, propuestas y estrategias? ¿Cómo han respondido las compañías mineras
y las autoridades gubernamentales correspondientes a estas demandas? Éstas son
algunas de las preguntas que se pretenden explorar en este trabajo, lo cual está basado
en más de una década de investigación acción participativa en la Sierra de Manantlán por
parte de los autores, quienes tienen afiliación con la Unidad de Apoyo a Comunidades
Indígenas (UACI), una dependencia de la Universidad de Guadalajara.
1
Profesor investigador en la Unidad Académica en Estudios del Desarrollo, de la
Universidad Autónoma de Zacatecas. darcytetreault@[Link],
darcytetreault@[Link].
2
Responsable de la línea de Justicia y Autonomía Región Sur de la Unidad de Apoyo a
las Comunidades Indígenas, de la Universidad de Guadalajara.
kauyumari07@[Link].
1
Introducción
La Sierra de Manantlán se ubica en el suroeste de Jalisco y el norte de Colima,
cerca de la costa, donde confluyen tres cordilleras montañosas: la Sierra Madre
del Sur, el Eje Neovolcánico Transversal y la Sierra Madre Occidental. Esta
confluencia da lugar a altos niveles de biodiversidad y una abundancia de recursos
forestales, minerales e hidrológicos. En esta región pintoresca se encuentran
aproximadamente cien pueblos y aldeas, habitados por indígenas de
descendencia nahua y otomí, viviendo en condiciones de pobreza extrema y alta
marginación. Los indígenas de Manantlán tienen una larga historia de lucha social
por la tierra, en defensa de los recursos naturales y de los derechos humanos,
agrarios e indígenas. Hoy en día, el conflicto ecológico más agudo gira en torno a
la destrucción ambiental y los problemas sociales asociados con la explotación
minera.
El actor privado más importante en este escenario es el Consorcio Benito Juárez
Peña Colorada, cuya mina de hierro en Manantlán es la más grande del país.
Maneja una mina a cielo abierto que está acabando con el Cerro de Los Juanes,
ubicado en la zona limítrofe entre las dos entidades federales mencionadas. Dicho
cerro era un lugar donde pasaron peregrinaciones que llevaban imágenes
veneradas al lado de Colima; era una zona generadora de lluvias en una de las
principales cuencas hidrológicas de la región. Ahora, a este cerro, como dicen los
indígenas de Manantlán, “le quitaron toda el copete”; ahora es pura devastación.
Los pobladores cercanos se quejan por el despojo de tierras y fuentes de agua, y
por la muerte de su ganado que bebe las aguas contaminadas. Por otra parte,
acusan al capital minero y a sus cómplices en el gobierno de estar detrás de actos
de violencia e intimidación para proteger sus intereses y reprimir a la población
inconforme. De hecho, organismos como la Comisión Estatal de Derechos
Humanos de Jalisco (CEDHJ) y La Red Jalisciense de Derechos Humanos
(RJDH) han documentado una serie de violaciones en Manantlán; entre las más
2
preocupantes figuran el hostigamiento, detenciones arbitrarias, golpes y al menos
20 ejecuciones de campesinos indígenas. A pesar de estas denuncias, la
impunidad reina hasta la fecha.
En este trabajo, analizamos el conflicto socio-ecológico en torno a la explotación
minera en Manantlán, particularmente en el ejido de Ayotitlán. Empleamos un
acercamiento orientado al actor, con un enfoque en los actores colectivos que han
luchado por detener la expansión de las actividades mineras, poner fin a la
violación de derechos humanos, y obligar al Consorcio Pena Colorada a pagar una
indemnización justa a los pobladores locales perjudicados. El trabajo empieza con
un breve recorrido histórico del activismo social en Manantlán, para
posteriormente analizar con detalle la actual coyuntura. El objetivo general es
contribuir a encontrar soluciones a los múltiples problemas socio-económicos y
ecológicos que enfrentan los pobladores de la Sierra de Manantlán,
sistematizando la experiencia de la lucha social, con base en la investigación
acción participativa llevada a cabo por la Unidad de Apoyo a Comunidades
Indígenas (UACI) desde mediados de los años noventa.
1. Un breve recorrido histórico
Hubo avances en la lucha por la tierra durante el siglo XX, dando lugar a varios
núcleos agrarios en la Sierra de Manantlán, entre los más importantes: el ejido de
Ayotitlán y las comunidades indígenas de Cuzalapa, Chacala y Teutlán (en
Jalisco) y Zacualpán (en Colima). Sin embargo, las contradicciones internas de la
reforma agraria resultaron en demoras, omisiones y empalmes territoriales, que a
su vez exacerbaron conflictos sobre la tierra y sobre los derechos de usufructo. En
el caso de Ayotitlán, el núcleo agrario más grande de la región, los pobladores
locales solicitaron la restitución de sus tierras en 1921. Treinta y cinco años
después, las autoridades agrarias revierten el proceso de Restitución de Tierras
3
Comunales al de Dotación Ejidal, argumentando que era imposible emitir dictamen
sobre la autenticidad del título virreinal fechado en 1757.3 No fue hasta 1963 que
se emitió la Resolución Presidencial que otorgó 50,332 hectáreas a 783 jefes de
familias. Luego, pasaron 14 años más hasta que el Departamento de Asuntos
Agrarios y Colonización (DAAC) ejecutara esta resolución, y por si fuera poco, sólo
se entregaron 34,700 hectáreas. Hasta la fecha, no se han entregado las 15,632
hectáreas restantes. Además, no se ha ejecutado la ampliación de 10,350
hectáreas que fue otorgado a través de una resolución presidencial publicada en
el Diario Oficial, el 21 de agosto de 1974.
En parte, estas irregularidades pueden ser explicadas por el imperativo
desarrollista de entregar los recursos naturales más valiosos del país a empresas
privadas y paraestatales, para maximizar el crecimiento del PIB y alimentar el
proceso de industrialización. De acuerdo con este imperativo, la reforma agraria
en Manantlán fue entorpecida, primero por los intereses de compañías forestales y
posteriormente por la penetración de grandes consorcios mineros. Así, durante la
fase de industrialización por sustitución de importaciones (ISI), caciques notorios
como Longinos Vázquez, Antonio Correa y Guadalupe Michel ganaron acceso a
los bosques de Manantlán. Con la complicidad de actores gubernamentales;
crearon títulos fraudulentos, provocaron el aplazamiento de la reforma agraria
local e ignoraron por completo las normas gubernamentales diseñadas para limitar
y regular la tala de árboles.4 Los inconformes fueron reprimidos violentamente,
incluso con una matanza en 1951 y la erradicación de un poblado llamado
Tenamaxtla, por órdenes del notorio general Marcelino García Barragán, según los
3
Según Rojas (1996: 60), “No fue la duda sobre la autenticidad de los títulos de propiedad
concedidos por el rey de España a los indígenas el factor que determinó el cambio de
procedimientos jurídicos, de restitución de tierras comunales a dotación de tierras ejidales.
Son los intereses de las empresas madereras lo que influyó fuertemente en esta
resolución.” De hecho, un estudio paleográfico entregado al CAM en 1956 apoyaba la
autenticidad del título virreinal, así como los testimonios orales de los ayotitlenses.
4
Los caciques madereros de la Sierra de Manantlán son personificados en la famosa
novela de Agustín Yáñez, La tierra prodiga.
4
testimonios de los ancianos. De esta manera, durante décadas compañías
privadas talaron los bosques de la Sierra a un ritmo desmesurado, dejando atrás
una huella de destrucción ambiental, conflictos internos y represión.
Ante esta situación, a finales de los años setenta, los líderes tradicionales de
Manantlán se movilizaron para defender su territorio ancestral, proteger sus
medios de vida y hacer valer sus múltiples derechos. Con el apoyo de activistas
externos vinculados a la Alianza Campesina Revolucionaria (ACR) y a la rama
progresista de la iglesia católica, recurrieron a acciones radicales para expulsar a
los taladores, incluyendo el bloqueo de caminos y el sabotaje de maquinaria. El
Estado respondió con represión y violencia, hasta que un grupo de
conservacionistas de la Universidad de Guadalajara ganó el apoyo político
necesario para crear la Reserva de la Biósfera de la Sierra de Manantlán (RBSM),
con base en argumentos sobre la necesidad de proteger la biodiversidad después
del descubrimiento de Zea Diploperrenis, un pariente silvestre del maíz con
propiedades genéticas valiosas. De esta manera, en 1987 se puso fin definitivo a
la tala comercial de árboles (no clandestina), sin afectar las actividades mineras
que quedaron fuera del polígono de la Reserva, en una zona fronteriza disputada
por Jalisco y Colima.
En efecto, la explotación minera está detrás de esta disputa. Sus raíces remontan
a 1920, cuando el hacendado colimense Carlos Fernández, al enterarse de las
riquezas minerales ubicadas al oeste del río Marabasco, reclamó la zona como
suya y ordenó a sus sicarios matar a trece de los indígenas que rehusaron
alejarse.5 Cincuenta años después, el estado de Colima arbitrariamente extendió
su jurisdicción sobre la misma zona al otorgar derechos de usufructo al Consorcio
Peña Colorada y a otras compañías mineras para explotar los yacimientos
ferrosos. De este modo, se inició en 1969 la explotación minera industrial a gran
escala en la región.
5
Crescenciano Brambila citado en Rojas (1996: 92-93).
5
La disputa fronteriza sigue vigente hasta la fecha, a pesar de que trascurrió ocho
años en las manos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para
posteriormente pasar al Senado. En efecto, la falta de certeza jurídica sobre el
territorio sirve para proteger los intereses de las compañías mineras, que hacen
todo lo posible para no derramar sus ganancias en la zona, ni internalizar los
costos ecológicos de sus actividades, maximizando así las ganancias de sus
accionistas. La misma incertidumbre jurídica funciona como un pantano
burocrático, donde se estancan las exigencias de los indígenas que luchan para
poner fin a la destrucción medioambiental y a la constante violación de sus
derechos humanos.
Como se mencionó anteriormente, el actor privado más importante en este
escenario es el Consorcio Benito Juárez Peña Colorada, cuya mina de hierro en
Manantlán es la más grande del país, representando 30 por ciento de las reservas
nacionales.6 Dicho consorcio nació como una paraestatal en 1967, para
posteriormente ser privatizado; hoy en día es subsidiario de dos poderosas
corporaciones transnacionales: Mittal Steel, cuyo principal accionista es el
multimillonario Lakshmi Mittal de nacionalidad india; e Hylsa Ternium, de capital
argentino-italiano.7 Otras empresas mineras que operan en Manantlán incluyen la
Comercializadora Internacional de Minas, de capital chino, y la Minera del Norte
(anteriormente Minera Monterrey). Todas manejan minas a cielo abierto que
destruyen por completo los cerros que contienen minerales; dejan atrás montones
de piedras contaminadas y envenenan el sistema hidrológico a través del proceso
de lixiviación y aterramiento. El consorcio Peña Colorada utiliza, además, grandes
cantidades de agua para transportar el hierro a través de un sistema de tuberías
que se extiende 44 kilómetros hasta el puerto de Manzanillo. El uso de este
6
Los cálculos sobre el tamaño de las reservas minerales de Peña Colorada como
porcentaje del total nacional varían entre 30 y 40 por ciento. Aquí, se confía en los datos
proporcionados por Loeza y Gutiérrez (1996).
7
El abogado y periodista Carlos González García ha difundido esta información y mucha
más en una serie de artículos publicados en La Jornada.
6
sistema le evita al consorcio minero utilizar transporte terrestre, lo cual les permite
mantener un bajo costo de producción y por ende ser lideres en el mercado.
La mina del Consorcio Peña Colorada ocupa 594 hectáreas del ejido de Ayotitlán;
de estás, 402 hectáreas se rentan de forma legal. Las 192 hectáreas restantes
están en disputa; el Consorcio argumenta que son parte de su propiedad privada.
Como ya se mencionó, los pobladores cercanos se quejan por el despojo de
tierras y fuentes de agua, y por la muerte de su ganado que bebe las aguas
contaminadas. Además, han sido víctimas de actos de violencia e intimidación:
hostigamiento, detenciones arbitrarias, golpes y al menos 20 ejecuciones de
campesinos indígenas, incluyendo dos miembros del Consejo de Mayores.8 A
pesar de estas denuncias, la impunidad reina hasta la fecha.
En 1988, más de cien indígenas de Manantlán hicieron un plantón frente al Palacio
de Gobierno de Colima para protestar por los problemas causados por la minería y
los casi nulos beneficios. Sin embargo, no fue sino hasta principios de los años
noventa que Peña Colorada empezó a aportar modestamente al cofinanciamiento
de proyectos de desarrollo comunitario, en el marco del Programa Nacional de
Solidaridad. En 1998, dicho consorcio firmó un contrato con el comisariado de
Ayotitlán, el núcleo agrario más grande de la Sierra; pagó 1.5 millones de pesos
para explotar los recursos minerales de esta comunidad durante los siguientes 30
años. Prometió pagar, además, al ejido 136.6 mil pesos anuales por el derecho de
tirar desechos industriales, así como 40 mil pesos anuales “para gastos del
comisariado ejidal”. Si bien estos pagos representan un avance, es importante
poner las cosas en perspectiva: los pagos al ejido de Ayotitlán sólo representan
aproximadamente 2 centavos por cada mil pesos de las ganancias anuales de
Peña Colorada, y no contemplan los 27 años de explotación antes de llegar al
8
Para una descripción más detallada de estas violaciones de los derechos humanos,
véase Brigada Zeferino Padilla Villa (2007).
7
acuerdo.9 Por otra parte, el representante legal del Consejo de Mayores –
Gaudencio Mancilla Roblada – asegura que hasta fechas recientes el dinero
pagado al comisariado ejidal no había sido manejado con transparencia.
Actualmente, el Consejo de Mayores es la organización local que encabeza la
lucha en contra de la minería ecológicamente devastadora y socialmente
irresponsable en Manantlán.10 El Consejo fue reconstituida en 1997 a la imagen de
las autoridades indígenas tradicionales del pueblo nahua (vigentes hasta antes de
la imposición del modelo ejidal), con el propósito de defender el territorio y los
recursos naturales de la comunidad, y para servir como espacio para el diálogo
comunitario y la resolución de conflictos. Cuenta con la asesoría de la Unidad de
Apoyo a las Comunidades Indígenas (UACI) de la Universidad de Guadalajara y
está vinculado al movimiento indígena nacional a través del Congreso Nacional
Indígena Región Centro Pacífico. Más adelante analizaremos las acciones del
Consejo, diseñadas para detener la expansión de las actividades mineras y para
9
Hasta fechas recientes, el Consorcio Peña Colorada pagó a Ayotitlán 382 mil pesos
anuales (en precios de 2010), a partir del acuerdo de 1998, el cual estipuló un monto total
de 176,590 pesos anuales, ajustado a las tasas de inflación. Las estimaciones de las
ganancias anuales del mismo consorcio varían entre mil 500 millones y dos mil millones
de dólares. Así, con base en la más conservadora estimación, se puede calcular que las
transferencias al ejido de Ayotitlán sólo constituyen dos centavos por cada mil pesos de
ganancias.
10
Hay otra organización local que ha incidido en esta lucha. En 2006, la Red Jalisciense
de Derechos Humanos (RJDH) impulsó la creación del Frente Regional pro-Manantlán y
Cuenca del Marabasco (FREMMAR), con el objetivo de “resolver de manera pacífica y
efectiva el ancestral conflicto limítrofe y ecológico que enfrentan los estados de Jalisco y
Colima” (citado de la constitución jurídica del FEMMAR). En la práctica, esto se traduce en
un enfoque en la defensa de los derechos humanos, sobre todo para los indígenas que
viven en la franja fronteriza en disputa. Los siete miembros de su Consejo Directivo
participaron en la elaboración de informes y denuncias sobre la represión violenta
asociada con las actividades mineras. En su afán por promover la reflexión y acción frente
a la minería a cielo abierto, han participado en diversos eventos coordinados por la
REMA, incluyendo un taller que se llevó a cabo en el poblado de Telcruz (que forma parte
del ejido de Ayotitlán) del 12 al 14 de junio de 2009. Desde ese entonces, no ha habido
avances significativos.
8
extraer mayor indemnización; primero explicamos las raíces de los conflictos
internos que han condicionado esta lucha.
2. Conflictos internos en el ejido de Ayotitlán, los antecedentes11
Antes de la creación del ejido, hubo un con Consejo de Mayores (antes conocido
como “la mayoría”, “la mayordomía”, “el casco del pueblo” o “el ayuntamiento”),
que gobernaba en el ámbito local. Este Consejo se conformaba por 12 hombres
mayores de edad (las mujeres no tenían poder en este nivel y todavía no lo
tienen); se consideraban sabios y gozaban del respeto y prestigio que se confiere
a los mayores que han pasado por una serie de cargos en las ceremonias
tradicionales y en los trabajos comunitarios. Además, en cada localidad o
“ranchería” había uno o dos mayores que formaban “el Cabezal”, un segundo nivel
de autoridad y representación. Entre estos dos niveles de gobierno tradicional, se
administraba la asignación de parcelas y se resolvían los conflictos internos de la
comunidad (Robertson, 2002).
La imposición del régimen ejidal, junto con la penetración de empresas madereras
y mineras, socavó el sistema político tradicional y generó conflictos internos en
Ayotitlán. Cuando los madereros explotaban los bosques, en un contexto de
represión y terror, el Consejo de Mayores tenía que empezar a reunirse
clandestinamente. Al mismo tiempo, un nuevo grupo de gobernantes internos
emergió, bajo el auspicio de la Confederación Nacional Campesina (CNC) y el
Partido Revolucionario Institucional (PRI), y subordinado por los intereses de las
industrias extractivas. Estos “caciques internos” mantenían relaciones clientelares
con las empresas madereras y, más tarde, con las mineras; controlaban el puesto
de Comisariado y dominaban la Asamblea del Ejido con la táctica del “palo y la
11
Para una descripción más detallada de estos antecedentes, véase Tetreault (2009).
9
zanahoria”; tomaban decisiones entre sí y no compartían información con el resto
de la comunidad. Sus amigos y familiares recibían derechos de explotar las
mejores y más grandes tierras agropastorales y sus opositores corrían el riesgo de
perder sus parcelas tradicionales. Aceptaban sobornos monetarios de las
empresas forestales y mineras, a veces para ellos mismos y a veces en nombre
del ejido, para ayudar a financiar proyectos de desarrollo, particularmente a partir
de 1990. Al mismo tiempo, gozaban del poder político asociado con el ejido, la
única institución local con personalidad jurídica.
A finales de los años ochenta, en el nuevo contexto político local marcado por el
establecimiento de la RBSM y la expulsión de los taladores, los activistas sociales
de Ayotitlán empezaron a desafiar al autoritarismo de los grupos cacicales. Sobre
esta línea, en 1987, tomaron acción jurídica en contra de las autoridades ejidales,
en virtud de que éstas estaban despojando a ejidatarios afiliados a la ACR de sus
unidades parcelarias para entregárselos a personas ajenas. Esta coyuntura marcó
el inicio de una lucha para democratizar el aparato político del ejido de Ayotitlán y
utilizarlo como un espacio institucional para enfrentar las compañías mineras con
demandas colectivas. En esta lucha, se han perfilado dos grupos opositores: por
un lado, los “caciques internos”, tradicionalmente afiliados con la CNC, también
conocidos como “priístas”; y por el otro lado, los activistas sociales locales,
anteriormente afiliados con la ACR y actualmente aglutinados alrededor del
Consejo de Mayores. Este segundo grupo está comprometido a frenar la
expansión de las actividades mineras y ejercer demandas colectivas.
A principios de los años noventa, el poder político de los activistas sociales había
crecido a tal grado que representaban una amenaza para “los priístas” y los
intereses económicos detrás de ellos. Ante esta amenaza, las autoridades ejidales
aprovecharon una Investigación General de Usufructo Parcelario (IGUP) para
privar a los activistas de sus derechos ejidales. Para ese entonces, el padrón de
ejidatarios necesitaba ser actualizado, ya que muchos de los ejidatarios originales
habían fallecido, heredando sus derechos a viudas, hijos u otros familiares.
10
Además, había ejidatarios que ya habían salido de la comunidad, abandonando
sus parcelas y en algunos casos vendiendo sus derechos ejidales a vecinos,
aunque no era posible hacer esto legalmente. Con 1,551 ejidatarios en total, la
situación era bastante confusa y le tocaba a la Comisión Agraria Mixta (CAM)
llevar a cabo la investigación necesaria para desenmarañar los derechos ejidales
caso por caso.12 Sin embargo, en lugar de hacer el trabajo necesario para
actualizar el padrón correctamente, los representantes del CAM simplemente
aceptaron un padrón “actualizado” por las autoridades ejidales. No fue por
casualidad que en éste no se incluían a centenares de los ejidatarios que habían
luchado con la ACR.
Aunque no es posible contar con números exactos, aproximadamente 400
ejidatarios de Ayotitlán perdieron sus derechos en 1990 sobre premisas falsas. En
los casos más absurdos, se trataba de ejidatarios que supuestamente habían
muerto o habían salido permanentemente de la comunidad, cuando en realidad
todavía estaban vivos, trabajando sus tierras. Las autoridades ejidales no querían
correr a esta gente de la comunidad o tratar de quitarles su tierra, sólo querían
quitarles sus derechos ejidales, para que no pudieran votar en la Asamblea Ejidal.
Al mismo tiempo, concedieron estos derechos ejidales a amigos o parientes, para
poder contar con su voto. De esta manera, “los príistas” o “los de la CNC”
pretendían seguir dominando la Asamblea Ejidal, órgano máximo del aparato
político del ejido.
Por su parte, los ejidatarios adversamente afectados por la IGUP consiguieron un
abogado y levantaron un juicio en un esfuerzo por defender sus derechos ejidales.
Aunque no los recuperaron inmediatamente, con esta acción, lograron proteger su
voto en la Asamblea Ejidal, mientras que el juicio se procesara en el Tribunal
Unitario Agrario Número 13 en Guadalajara. Durante los siguientes ocho años, la
12
En Ayotitlán, había 1,625 ejidatarios originales: 783 de la Dotación, más 842 de la
Ampliación. Luego, en 1984, se llevó a cabo una Investigación General de Usufructo
Parcelario que redujo el número de ejidatarios a 1,551.
11
política interna del ejido estuvo tumultuosa y conflictiva, culminando en el
asesinato del presidente del Comisariado en 1997.
Un año después, los integrantes del Consejo de Mayores pidieron asesoría a la
UACI para ayudar a resolver el juicio de privación de derechos ejidales. Con este
fin, la UACI asumió la responsabilidad de recolectar copias de todos los
documentos necesarios para actualizar los derechos ejidales caso por caso. Al
mismo tiempo, realizaron recorridos por todas partes del ejido para conocer y
escuchar a los miembros de la comunidad y para fomentar un proceso de
reconciliación entre los grupos antagonistas.
Los vaivenes de la política local, marcados por el cambio del Comisariado cada
tres años, resultaron en demoras y complicaciones jurídicas; a veces la UACI
representaba el ejido, a veces no. En 2003, a raíz de los cambios en los distritos
jurisdiccionales de los Tribunales Agrarios, el juicio de privación de derechos y
nuevas adjudicaciones se traslado de Guadalajara al Tribunal Unitario Agrario del
Distrito 38 en Colima. La UACI aprovechó esa coyuntura para acudir a dicho
Tribunal y proponer lo siguiente: que el asunto se resolviera en la comunidad con
la participación de todos los involucrados. El juez emitió un dictamen favorable a
esta propuesta, dando lugar a un proceso llamado “composición amigable”. Este
proceso se llevó a cabo entre abril y octubre de 2003; consistió en 14 sesiones de
trabajo, en las que participaron representantes de los Asuntos Agrarios del
Gobierno Estatal, la CEDHJ, la Procuraduría Agraria, la Comisión Nacional para el
Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), la UACI y más de 700 ejidatarios, de
los dos grupos en conflicto. Todos los participantes se sentaron en mesas de
trabajo para determinar, caso por caso, los dueños legítimos de los derechos
ejidales de Ayotitlán. Al final del proceso, todos se pusieron de acuerdo con los
resultados, sin la disensión de nadie. Los ejidatarios que habían perdido
ilegítimamente sus derechos ejidales en 1990, los recuperaron. Por otra parte, se
extendieron derechos ejidales a algunos de los adjudicados. De esta manera, se
12
resolvió el juicio de privación; un gran avance del que se pueden desprender
lecciones positivas.
3. La lucha sigue: 2005 al presente
En 2005 la minera Peña Colorada trató de abrir una nueva mina en el ejido de
Ayotitlán. Para este fin, financió la campaña de uno de sus contratistas – un
ejidatario llamado Jesús Michel Prudencio – para que éste llegara a ser presidente
del Comisariado de Ayotitlán. Con la compra de votos, la manipulación del padrón
ejidal y otras irregularidades, Michel Prudencio ganó fraudulentamente las
elecciones del 23 de octubre del mismo año, respaldando así los planes de
expansión. Sin embargo, el Consejo de Mayores, junto con sus asesores de la
Universidad de Guadalajara, se movilizó para no permitir esto; interpuso un juicio
agrario para protestar por el fraude cometido en las elecciones ejidales y solicitó el
amparo y protección de la justicia federal, con el objetivo de detener la
construcción de caminos y otras obras preparatorias. Con esta acción jurídica se
logró paralizar los planes de Peña Colorada para extraer 150 mil toneladas de
hierro en una operación “exploratoria” cerca de los poblados de Chanquiáhuitl y
Cerro Prieto. De la misma manera, a finales de 2007, el Consejo detuvo a la
compañía minera Comercializadora Internacional de Minas cuando ésta trató de
introducirse en el ejido sin los permisos gubernamentales necesarios, mucho
menos con la aprobación de la comunidad. En este caso, el Consejo no sólo
interpuso un juicio de amparo para detener la intrusión, sino que también movilizó
a centenares de miembros de la comunidad para frenar la maquinaria de dicha
empresa, que ya había empezado a abrir caminos y extraer minerales.
En julio de 2008, el Cuarto Tribunal Colegiado en Materia Administrativa del Tercer
Circuito de Guadalajara emitió un dictamen que efectivamente desconocía a
Michel Prudencio como presidente del comisariado del ejido de Ayotitlán. Sin
13
embargo, no fue hasta noviembre del mismo año que el Consejo de Mayores
finalmente logró retirarlo de su puesto, a través de la vía electoral, cuando un
ejidatario afín con el Consejo – Juan Mancilla – ganó las elecciones ejidales,
cambiando así el balance de poder en el ámbito local. Por otra parte, como
reacción a la pérdida de la representación del Comisariado, el citado grupo
opositor al comisariado de Ayotitlán, fincó su estrategia jurídica en dos instancias
judiciales: por un lado promovió el juicio de nulidad de actas correspondientes a la
Asamblea General de ejidatarios convocada para el cambio de comisariado del día
2 de noviembre de 2008, esto ante el Tribunal Unitario Agrario del Distrito 38 en
Colima; y por otra parte promovieron amparo indirecto con el objetivo de
suspender el registro del Acta de Elección, expedición de credenciales y en
general los actos jurídicos que requieran registrarse ante el Registro Agrario
Nacional.
El juicio de nulidad impulsado en el Tribunal Agrario se resolvió mediante
composición amigable dictada y acordada en sentencia de fecha 29 de abril de
2010. Esta composición fue resultado de la conciliación que se acordó en la
Audiencia jurisdiccional del día 23 de febrero de 2010, celebrada en el TUA #38.
En ésta se acreditó con pruebas oportunas e idóneas que la realización del acto
electivo había estado sujeta a todas y cada una de las formalidades esenciales del
procedimiento que establece la Ley Agraria para este tipo de actos. Demostrada la
legalidad del acto electivo, el magistrado inquirió a los demandantes para que
externaran cuáles eran sus pretensiones reales, ya que de manera evidente
estaban afectando la unidad social y el desarrollo económico del ejido. Las
pretensiones vertidas fueron en el sentido de que Ernestino Ciprián, el candidato
de “los priístas” en las elecciones ejidales de 2008, fuera nombrado presidente del
Consejo de Vigilancia y que se les tomara en cuenta dentro del proceso de
revisión de la relación contractual suscrita con la minera Peña Colorada. La
primera pretensión fue desechada directamente por el titular del órgano
jurisdiccional por aberrante y por estar fuera de todo orden. Respecto a la
14
segunda, los nuevos dirigentes del Comisariado revelaron que por su parte no
existía inconveniente alguno en que se les integrara en el proceso de negociación,
ya que de por sí el proceso de revisión se estaba realizando de manera abierta en
las asambleas del ejido. De este modo, con el fin de conciliar y ser transparentes,
propusieron la integración de una Comisión de Negociación para revisar el
contrato con Peña Colorada. Dicha Comisión sería compuesta por 10
representantes comunitarios, nombrados por la Asamblea de ejidatarios durante
una reunión convocada ex profeso y con toda formalidad por la Procuraduría
Agraria.
En este nuevo contexto, se pretendía desplazar la concepción colectiva de que
frente a la empresa minera existen sólo dos maneras de relacionarse: o ser
sumisos o combativos. Los nuevos dirigentes del Comisariado decidieron que la
mejor manera de enfrentar la presencia ineludible de la mina era sentarse a
negociar y revisar puntualmente el contrato de ocupación temporal que se
suscribió en 1997. Sin embargo, ello sólo sería posible con la unidad de los
ejidatarios, ya que la presión que ejercía el grupo opositor al Comisariado era
aprovechada de manera ventajosa por los representantes de la empresa minera
para alargar la negociación, argumentando que no buscaban favorecer a ningún
grupo político del ejido. Con la inclusión de representantes del grupo disidente en
la Comisión de Negociación frente a la minera Peña Colorada, particularmente
Enerstino Ciprián, se logró que este grupo dejara de boicotear sin fundamento las
asambleas, para que en lugar de ello asumiera una actitud propositiva y de trabajo
en beneficio de la comunidad. De este modo se desactivó su oposición y
renuencia al trabajo impulsado por la autoridad ejidal, o cuando menos así se
mostraron en principio.
Durante 2009 y 2010, la Comisión de Negociación impulsó una serie de reuniones
con los representantes del Consorcio Peña Colorada, rechazando desde un
principio las invitaciones para comer y beber de manteles largos. Al mismo tiempo,
un equipo de investigadores del Instituto Manantlán de Ecología y Conservación
15
de la Biodiversidad (IMECBIO) identificó 17 puntos en los que se podría promover
una denuncia de carácter ambiental, agregando presión a la necesidad de llegar a
un nuevo acuerdo con los actavistas dirigentes del ejido de Ayotitlán. En el
acuerdo que finalmente firmaron en las oficinas de la Procuraduría Agraria el 8 de
noviembre de 2010, se estipula que dicha empresa pague siete millones de pesos
anuales dentro de un plazo de diez años, con incrementos correspondientes a la
tasa de inflación y con un pago adicional de tres millones de pesos en 2010. Los
pagos anuales se destinarían a proyectos de desarrollo social: una beca universal
para todos los estudiantes de bachillerato y licenciatura, asistencia adulta
comunitaria, un proyecto de viviendas ecológicas, un programa de proyectos
productivos y un programa de investigación sobre impactos ambientales. Los tres
millones adicionales que iban a pagar el primer año por única y sola vez, eran para
repartirse entre todos los ejidatarios.
El grupo encabezado por Ernestino Ciprián estaba aparentemente de acuerdo en
los alcances de este acuerdo, auspiciado por la Procuraduría Agraria, con la
obligación pactada de que se destinarían siete millones de pesos anuales al
desarrollo social de Ayotitlán. Sin embargo, en la asamblea extraordinaria del ejido
Ayotitlán que fue convocada y celebrada por la Procuraduría Agraria en su
segunda convocatoria el día 5 de diciembre de 2010, dicho líder del grupo
contrario puso a consideración de la Asamblea los recursos económicos que
tenían ya en depósito, seis millones de pesos. Por un lado les dijo que el recurso
se podía invertir en el proyecto de desarrollo que se había propuesto “por la
universidad” y aprobado ya por el consorcio minero, o que podían optar por otra
propuesta, como la de repartirse todo el recurso entre los ejidatarios. Era una
propuesta inesperada, cuando menos para los demás integrantes de la Comisión
de Negociación, el Consejo de Mayores y la UACI. No obstante, animó a los
ejidatarios inconformes con el Comisariado a votar a favor del reparto total del
dinero, lo que solamente beneficiaría a los ejidatarios, dejando atrás los jóvenes,
mujeres y ancianos de la comunidad que no gozan de derechos ejidales.
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En el momento de escribir este texto (principios del año 2011), los representantes
del consorcio Peña Colorada parecen reacios a pagar los cuatro millones pesos
faltantes para el año 2010, apuntando hacia el incumplimiento del acuerdo sobre
el destino de los recursos. Nuevamente, dichos recursos eran para el desarrollo
social, no para financiar la borrachera del año, que es lo que finalmente pasó. Y
para el Consorcio Peña Colorada es importante aparentar que se apeguen a los
principios de la responsabilidad social empresarial. Ahora, ¿cómo se puede
avanzar hacia un desarrollo social y ecológicamente sustentable en la Sierra de
Manantlán?
4. El camino adelante: reflexiones y recomendaciones
Desde cierto punto de vista, es entendible que la mayoría de los ejidatarios de
Ayotitlán votaron por el reparto del dinero y el consumo inmediato; los nahuas de
Manantlán viven en la pobreza extrema y tienen necesidades apremiantes.
Además, con la corrupción del pasado y la lentitud de llevar a cabo proyectos
sociales, era más seguro apostar por un beneficio inmediato. Pero esta visión de
corto plazo y esta lógica individualista han socavado los esfuerzos por negociar
colectivamente con el consorcio Peña Colorada para extraer beneficios para toda
la comunidad. Ahora, es necesario emprender de nuevo la construcción de unidad
y solidaridad entre los ayotitlenses, aprendiendo de los éxitos y fracasos del
pasado.
Recordemos que, desde su llegada, el Consorcio Peña Colorada ha causado
conflictos internos en la comunidad, en un contexto marcado por violencia e
impunidad. Como hemos visto, en tiempos recientes, estos conflictos se
manifestaron en un juicio de privación de derechos ejidales, el asesinato del
Comisariado, y la ejecución de dos miembros del Consejo de Mayores. El tejido
social estaba severamente dañado y, para finales de los años noventa, la
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animosidad entre los dos grupos de ejidatarios opositores había llegado a tal punto
que ya no hablaban entre sí. Al mismo tiempo, las empresas mineras estaban
expandiendo sus actividades, con consecuencias ambientales destructivas, y la
vieja lucha para restituir las tierras tradicionales estaba estancada.
Desde aquel entonces, ha habido avances importantes, gracias sobre todo al
trabajo del Consejo de Mayores y la UACI. El proceso de reconciliación fue
impulsado por tres recorridos de campo, incluyendo visitas a las comunidades más
retiradas, que sólo pueden ser accedidas por caminatas largas. El juicio de
privación de derechos ejidales se resolvió a través de un proceso de “composición
amigable”, lo que implicó años de trabajo investigativo, la construcción de alianzas
con diversas organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, y la
creación de mesas de trabajo que reunieron los dos grupos ejidatarios en pugna.
Todo esto preparó el terreno para democratizar la Asamblea ejidal y enfrentar la
mina Peña Colorada con demandas colectivas, culminando en las elecciones
ejidales de 2008, cuando un representante del Consejo de Mayores llegó a ser
presidente del Comisariado.
En esa coyuntura, los activistas sociales de la Sierra de Manantlán y sus aliados
no veían la posibilidad de cerrar definitivamente las minas, ni de apropiarse de
ellas, para posteriormente explotarlas de una manera social y ecológicamente
responsable, en beneficio de la comunidad. Los antecedentes de represión
violenta y la inefectividad del sistema jurídica apuntaban hacia una estrategia de
negociación menos polémica, combinada con acciones directas en momentos
oportunos, con los objetivos de detener la expansión de las actividades mineras,
mitigar los impactos ecológicos más nocivos, poner fin a la violencia, y obtener
más recursos para impulsar proyectos de desarrollo social. En todo esto, se logró
cierto grado de éxito, incluso con respecto a la indemnización pagada por la
minera Peña Colorada, ya que según el contrato firmado a finales de 2010, los
pagos anuales incrementarán por un factor de más de 20, en comparación con
contrato anterior. Ahora estos recursos están en juego y los programas sociales
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que ellos iban a financiar están estancados; el ambiente social ha sido impregnado
con cierta medida de desconfianza y el camino adelante es difícil de vislumbrar.
¿Cómo seguir adelante? Por su parte, la UACI está empleando dos estrategias:
una es trabajar con la autoridad tradicional, es seguir caminar con ellos a su lado;
la otra es reiniciar la construcción de unidad y solidaridad a través del diálogo con
ejidatarios disidentes. Esta segunda estrategia implica la necesidad de realizar
otro recorrido por el ejido, con el objetivo de informar a la gente sobre su trabajo y
sobre la propuesta de desarrollo social que salió del proceso de negociación
descrita arriba, además de seguir escuchando a los ejidatarios para entender
mejor sus necesidades y preocupaciones. También implica la necesidad de
organizar otra vez mesas de trabajo que reúnan los ejidatarios en un proceso de
reconciliación y construcción de consensos. A corto plazo, la meta es obligar al
consorcio minero a pagar a la comunidad los siete millones de pesos anuales
acordados durante los próximos 10 años y utilizar estos recursos para impulsar
proyectos de desarrollo social que beneficien a toda la comunidad.
A largo plazo, será necesario cambiar el modo de explotar los recursos mineros,
para que sea más ecológica y socialmente racional. Esto implica el control local de
los recursos naturales; el pueblo nahua debe decidir democráticamente si quiere o
no llevar a cabo actividades mineras, cómo minar los recursos y cómo repartir los
beneficios entre sí. En este sentido, la experiencia del manejo forestal comunitario
es instructiva. Después de una lucha dura y prolongada, las comunidades
boscosas de México ganaron control de sus recursos forestales y muchas de las
mismas, sobre todo en el Sur, emprendieron un manejo colectivo de dichos
recursos, lo que ha resultado ser mucho más sustentable en términos sociales y
ecológicos.13 Aunque sea difícil imaginar en este momento, bajo el actual modelo
13
Si bien el activismo de los años ochenta puso fin al sistema de concesiones y vedas, lo
cierto es que las políticas neoliberales en el sector forestal han favorecido el fomento de
unidades de producción privada para competir con EU y Canadá, grandes exportadores
de madera; en vez de nutrir las iniciativas en torno al manejo forestal comunitario. Bajo
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neoliberal que ha abierto el país a las depredaciones del capital extranjero,
nosotros creemos que algo parecido puede suceder en el sector minero. Es decir,
las comunidades indígenas y ejidales con recursos minerales pueden ganar
control efectivo sobre los mismos, pero solamente a través de una lucha
coordinada en los ámbitos nacional e internacional. Para ello, es imprescindible
que la lucha en Manantlán se vincule con otras parecidas, a través de las redes
nacionales e internacionales que dan forma organizativa a los movimientos
indígenas y socio-ecológicos. Actualmente, Ayotitlán está fuertemente vinculado al
movimiento indígena, sobre todo a través del Congreso Nacional Indígena de la
Región Centro Pacífico. Es hora de fortalecer estos vínculos y crear nuevos.
Referencias bibliográficas
Bray, David y Leticia Merino Pérez (2004), La experiencia de las comunidades
forestales en México: Veinticinco años de silvicultura y construcción de empresas
forestales comunitarias, México DF: Instituto Nacional de Ecología. (Disponible en
el Internet: [Link]
Brigada Zeferino Padilla Villa (2007), Deberes Incumplidos: Responsabilidad oficial
por la violencia en la zona de límites Jalisco-Colima y la Sierra de Manantlán,
[Link]
[Link] (30 de mayo de 2010)
Loeza-Corichi, Alicia y Raquel Gutiérrez-Nájera (1996), “Evaluación de las
afectaciones al ambiente relacionadas con las actividades del Consorcio Minero
‘Benito Juarez Peña Colorada’, S.A. de C.V.”, Revista Jurídica Jalisciense, año 6,
núm. 3, sept-dic, pp. 41-62.
Robertson, Margarita (2002), Nos cortaron las ramas, pero nos dejaron las raíces:
identidad indígena en Ayotitlán, Colegio de Jalisco, Universidad de Guadalajara,
Unidad de Apoyo de Comunidades Indígenas (UACI), tesis de la maestría.
estas condiciones, la mayoría de los ejidos y comunidades indígenas forestales,
incluyendo Ayotitlán, no ha podido superar los formidables obstáculos para emprender un
proyecto de manejo forestal comunitaria. Para un análisis detallada de la lucha por los
bosques y la experiencia del manejo forestal comunitario en México, véase por ejemplo
Bray y Merino (2004).
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Rojas, Rosa (coord.) (1996), La comunidad y sus recursos: Ayotitlán ¿Desarrollo
sustentable?, Guadalajara, Universidad de Guadalajara / Instituto Nacional
Indigenista.
Tetreault, Darcy (2009), Pobreza y degradación ambiental. Las luchas de abajo en
dos comunidades del occidente de Jalisco: Ayotitlán y La Ciénega. Guadalajara,
Universidad de Guadalajara.
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