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Libro de Mateo

Sigue a Dios

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LOS EVANGELIOS SINOPTICOS

La denominación evangelios sinópticos se utiliza para hacer referencia a tres de los


cuatro evangelios canónicos, en concreto los de Mateo, Marcos y Lucas, en razón de su
afinidad y de sus semejanzas en cuanto al orden de la narración y al contenido. El término
«sinóptico» proviene de las raíces griegas συν (syn, ‘junto’) y οψις (opsis, ‘ver’). La palabra
«sinóptico» indica que los contenidos de estos tres evangelios pueden disponerse para ser
«vistos juntos

En sentido absoluto, no hay más que un Evangelio, pero la figura de Jesús no


podía ser encerrada en un único libro. Ésta es la razón por la que hay cuatro
evangelios: según san Mateo, según san Marcos, según san Lucas y según
san Juan. Cada evangelio es un conjunto único y devela, a su modo, el misterio
de Jesús. Cada uno de ellos no intenta ser un reportaje en directo sobre la vida
de Jesús. De hecho no son denominados “vidas de Jesús”, ni “historias de
Jesús”, sino “Evangelios”. Esto significa que siendo escritos después de
Pascua, se hallan iluminados por la fe en el Señor resucitado. Sus autores, con
un método peculiar adaptado al fin que cada uno se proponía, seleccionaron
algunas de entre muchas tradiciones, reduciendo a síntesis otras, y explicando
otras de acuerdo al estado de las iglesias.

Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas son los denominados evangelios


sinópticos pues estos tres, dispuestos en tres columnas paralelas, pueden ser
leídos conjuntamente (sinopsis). El evangelio de Marcos es el más antiguo,
siendo Marcos el creador del género literario “evangelio”. Éste ha servido de
base para la formación de los otros dos. Es por esto que poseen gran cantidad
de versículos comunes, y en los tres se halla el mismo esquema de la vida
pública de Jesús: un largo viaje de Galilea a Jerusalén (no siendo éste el orden
cronológico de la vida misma de Jesús, sino que responde a un orden objetivo
de los autores). A pesar de estas similitudes se encuentran algunas diferencias
en el contenido, por ejemplo: en Marcos casi no encontramos discursos, Mateo
reúne en seis grandes discursos las sentencias de Jesús, y en Lucas, las
encontramos repartidas por todo el evangelio. En Marcos no aparecen los
relatos de la infancia y la genealogía, y en Mateo y Lucas son muy distintos,
buscando, cada uno, resaltar distintas cosas. También encontramos diferencias
en los relatos de la resurrección al igual que material propio en cada uno.
Evangelio según san Mateo
Introducción
El Evangelio que lleva el nombre de MATEO –un recaudador de impuestos que abandonó
su trabajo para seguir a Jesús (9. 9)– fue escrito hacia el 80 d. C. y está dirigido
principalmente a los cristianos de origen judío.
Dado el carácter de los destinatarios, Mateo cita con frecuencia textos del Antiguo
Testamento y se apoya en ellos para mostrar que el designio de Dios anunciado por los
Profetas alcanza su pleno cumplimiento en la persona y la obra de Jesús. Él es el «Hijo de
David», el «Enviado» para salvar a su Pueblo, el «Hijo del hombre» que habrá de
manifestarse como Juez universal, el «Rey de Israel» y el «Hijo de Dios» por excelencia.
Mateo también aplica a Jesús en forma explícita los oráculos de Isaías sobre el «Servidor
sufriente», que carga sobre sí nuestras debilidades y dolencias. Y al darle el título de
«Señor», reservado sólo a Dios en el Antiguo Testamento, afirma implícitamente su
condición divina.
Este evangelista atribuye una especial importancia a las enseñanzas de Jesús y las
agrupa en cinco discursos, que forman como la trama de su Evangelio y están
encuadrados por otras tantas secciones narrativas. El tema central de estos discursos es
el Reino de Dios. En ellos, Cristo aparece como «el nuevo Moisés», que lleva a su plenitud
la Ley de la Antigua Alianza. También es el «Maestro», que enseña «como quien tiene
autoridad» (7. 29) la «justicia» de ese Reino inaugurado y proclamado por él.
El Evangelio de Mateo ha sido llamado con razón «el Evangelio de la Iglesia», por el papel
preponderante que ocupa en él la vida y la organización de la comunidad congregada en
nombre de Jesús. Esta comunidad es el nuevo Pueblo de Dios, el lugar donde el Señor
resucitado manifiesta su presencia y la irradia a todos los hombres. Por eso ella está
llamada a vivir en el amor fraterno y el servicio mutuo, como condiciones indispensables
para hacer visible el verdadero rostro de Jesucristo.
Evangelio de Mateo

Autor: Este Evangelio es conocido como el Evangelio de Mateo, porque fue escrito por el
apóstol del mismo nombre. El estilo del libro es exactamente lo que se habría esperado de
un hombre que una vez fue recaudador de impuestos. Mateo tiene un gran interés en la
contabilidad (18:23-24; 25:14-15). El libro es muy ordenado y conciso. En vez de escribir
en orden cronológico, Mateo ordena este Evangelio a través de seis argumentos.

Como cobrador de impuestos, Mateo posee una habilidad que hace sus escritos aún más
interesantes para los cristianos. Se esperaba que los recaudadores de impuestos fueran
capaces de escribir en una clase de taquigrafía, lo que esencialmente significa que Mateo
pudo haber registrado las palabras de una persona mientras hablaba, palabra por palabra.
Esta habilidad significa que las palabras de Mateo no solo están inspiradas por el Espíritu
Santo, sino que deben representar una transcripción actual de algunos de los sermones de
Cristo. Por ejemplo el Sermón del Monte, como se registra en los capítulos 5-7, es casi con
certeza una perfecta grabación de ese gran mensaje.

Fecha de su Escritura: Como apóstol, Mateo escribió este libro en el período temprano
de la iglesia, probablemente alrededor del 50 d.C. Esta fue una época en que la mayor
parte de los cristianos eran judíos convertidos, por lo que es comprensible que Mateo se
enfocara en la perspectiva judía en este evangelio.

Propósito de la Escritura: Mateo intenta probar a los judíos que Jesucristo es el Mesías
prometido. Más que en ningún otro evangelio, Mateo cita el Antiguo Testamento para
mostrar cómo Jesús da cumplimiento a las palabras de los profetas judíos. Mateo describe
en detalle el linaje de Jesús desde David, y utiliza muchas formas de lenguaje con las que
los judíos debían haberse sentido cómodos. El amor y preocupación de Mateo por su
pueblo es evidente a través de su meticulosa manera de contar la historia del Evangelio.
Versos Clave: Mateo 5:17, “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas;
no he venido para abrogar, sino para cumplir.”

Mateo 5:43-44, “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a
los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.”

Mateo 6:9-13, “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así
también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos
los siglos.”

Mateo 16:26, “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su
alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”

Mateo 22:37-40, “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu
alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es
semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende
toda la ley y los profetas.”

Mateo 27:31, “Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus


vestidos, y le llevaron para crucificarle.”

Mateo 28:5-6, “Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque
yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como
dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”

Mateo 28:19-20, “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en
el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las
cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo.”

Breve Resumen: En los dos primeros capítulos, Mateo expone el linaje, nacimiento, y los
primeros años de la vida de Cristo. De ahí, el libro habla del ministerio de Jesús. La
descripción de las enseñanzas de Cristo está dispuesta alrededor de “discursos,” tales
como el Sermón del Monte en los capítulos del 5 al 7. El capítulo 10 incluye la misión y
propósito de los discípulos; el capítulo 13 es una colección de parábolas; el 18 trata de la
iglesia; el capítulo 23 comienza con un discurso sobre la hipocresía y el futuro. Los
capítulos 21 al 27 hablan del arresto, tortura, y ejecución de Jesús. El capítulo final,
describe la Resurrección y la Gran Comisión.

Conexiones: Puesto que el propósito de Mateo es presentar a Jesucristo como el Rey


Mesías de Israel, él cita el Antiguo Testamento más que cualquiera de los otros tres
evangelios escritos. Mateo cita más de 60 veces pasajes proféticos del Antiguo
Testamento, demostrando cómo Jesús les dio cumplimiento. Él comienza su Evangelio
con la genealogía de Jesús, trazando Su ascendencia hasta Abraham, el progenitor de los
judíos. Desde ahí, Mateo cita extensivamente a los profetas, usando frecuentemente la
frase “como fue dicho por el (los) profeta(s)” (Mateo 1:22-23, 2:5-6, 2:15, 4:13-16, 8:16-
17, 13:35, 21:4-5). Estos versos se refieren a profecías del Antiguo Testamento referentes
a Su nacimiento virginal (Isaías 7:14) en Belén (Miqueas 5:2), Su regreso de Egipto
después de la muerte de Herodes (Oseas 11:1), Su ministerio a los gentiles (Isaías 9:1-
2, 60:1-3), Sus curaciones milagrosas tanto del cuerpo como del alma (Isaías 53:4), Su
hablar en parábolas (Salmos 78:2), y Su entrada triunfal en Jerusalén (Zacarías 9:9).
Aplicación Práctica: El Evangelio de Mateo es una excelente introducción a las
enseñanzas centrales del cristianismo. El estilo lógico del esquema, permite la fácil
localización de la discusión de varios tópicos. Mateo es especialmente útil para entender
por qué la vida de Cristo fue el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento.

La audiencia a quien se dirigía Mateo eran sus compatriotas judíos, muchos de los cuales
–especialmente los fariseos y saduceos – tercamente se rehusaron a aceptar a Jesús
como su Mesías. A pesar de siglos de haber leído y estudiado el Antiguo Testamento, sus
ojos estaban ciegos a la verdad de quién era Jesús. Jesús mismo les reprocha la dureza
de sus corazones y su negativa a reconocer a Aquel que supuestamente ellos habían
estado esperando (Juan 5:38-40). Ellos querían a un Mesías bajo sus propios términos,
uno que cumpliera sus propios deseos e hiciera lo que ellos querían que Él hiciera. ¿Con
cuánta frecuencia nosotros buscamos a Dios bajo nuestros propios términos? ¿No lo
rechazamos al atribuirle sólo aquellos atributos que encontramos aceptables, aquellos que
nos hacen sentir bien –Su amor, misericordia, y gracia- mientras que rechazamos aquellos
que encontramos objetables –Su enojo, justicia, e ira santa? No nos atrevamos a cometer
el mismo error de los fariseos, creando un dios a nuestra imagen y luego esperar que él
viva de acuerdo a nuestros estándares. Tal dios no es más que un ídolo. La Biblia nos da
información más que suficiente acerca de la verdad, naturaleza, e identidad de Dios y
Jesucristo, como para justificar nuestra adoración y nuestra obediencia.

¿Por qué hay dos genealogías de Jesús?: Mateo 1:16 y Lucas 3:23

Mateo 1:16 – Lucas 3:23


Tanto Mateo 1 como Lucas 3 contienen genealogías de Jesús; pero existe un problema: estas son
diferentes. La genealogía de Jesús comienza en Adán, y va hasta David. La genealogía de Mateo
comienza en Abraham y va hasta David. Cuando las genealogías llegan a David, Mateo se divide
en Salomón—lado de José (v. 6, 16), y Lucas con Natán—lado de María (v. 23, 31).
No existe ninguna discrepancia ya que una genealogía es para María y la otra es para José. Era costumbre
Judía mencionar la genealogía a través del padre aun cuando era claramente sabido que la genealogía de
Jesús era a través de María.

Algunos críticos puede que no acepten esta explicación sin importar a qué razonamiento conduce. Ellos,
sin embargo, deben entender que la Biblia debe ser interpretada en el contexto de su estilo literario,
cultural e histórico. Dividir las genealogías en representaciones masculina y femenina era aceptable en la
cultura del antiguo Cercano Oriente ya que a menudo era de mala educación hablar de las mujeres sin que
se llevaran a cabo las condiciones apropiadas; es decir, la presencia masculina, etc. Por lo tanto, y aun,
cuando ambas mencionan a José, una genealogía es de María y la otra de José. En otras palabras: la
genealogía de María fue contada “en” José y bajo su autoridad. Segundo, muchos críticos lo que
realmente hacen es pensar que aquellos que recopilaron los libros del Nuevo Testamento—y quienes
creían que no tenían errores, no fueron conscientes de esta flagrante diferencia en las genealogías.
Realmente, ¿piensa alguien que los Cristianos eran tan torpes que no estuvieron conscientes de las
diferencias existentes en las listas de las genealogías? ¿Qué simplemente, cerraron sus ojos y aceptaron
los Evangelios en el Canon esperando de todas formas que nadie lo notaría? En lo absoluto. Ellos
conocían el contexto cultural y no tenían problema con esto, al saber que una era de José y la otra de
María. Tercero, note que Lucas empieza con María y va hacia atrás, hasta llegar a Adán. Mateo empieza
con Abraham y va hacia adelante, hasta José. Los intentos de las genealogías son obviamente diferentes,
lo cual se ve claramente en sus estilos. Lucas no estaba escribiéndoles a los judíos; mientras que
Mateo sí. Por lo tanto, Mateo llevaría la línea legal—desde Abraham hasta David—y Lucas,
presentaría la línea biológica—desde Adán hasta David. Note también que los primeros tres capítulos de
Lucas mencionan a María casi once veces; de ahí, la genealogía para ella. Cuarto, note en Lucas 3:23:
“Jesús mismo al comenzar su ministerio, era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de
Elí.” Este “según se creía” parece significar la genealogía de María ya que parece indicar que Jesús no es
el hijo biológico de José.

Finalmente, en la genealogía de José hay un hombre llamado Jeconías (Mt 1:11), y quien fuera maldecido
por Dios—llamado también Conías—declarando que ningún descendiente de él jamás se sentaría en el
trono de David:

“¿Es este hombre Conías una vasija despreciada y quebrada? ¿Es un trasto que nadie estima? ¿Por qué
fueron arrojados él y su generación, y echados a tierra que no habían conocido? 30Asi ha dicho Jehová:
Escribid lo que sucederá a este hombre privado de descendencia, hombre a quien nada próspero sucederá
en todos los días de su vida; porque ninguno de su descendencia logrará sentarse sobre el trono de David,
ni reinar sobre Judá.” (Jer 22:28, 30).

Pero claro está, que Jesús se sentará en el trono en el reino celestial. El punto es que Jesús no es un
descendiente biológico de Jeconías, sino a través del otro linaje, el de María. Por lo tanto, la maldición
profetizada sobre Jeconías se mantiene inviolable. Pero la adopción legal de Jesús por parte de José le
proveyó a Jesús, como hijo, los derechos legales de José, no la maldición biológica. Esta es la razón por la
cual necesitamos dos genealogías: una de María—de hecho, la línea biológica de acuerdo a la profecía—y
la otra, la línea legal a través de José.

Una vez más, es necesario declarar que la Iglesia primitiva lo sabía y no tuvo problemas con esto. Es sólo
debido a los críticos actuales, los cuales estrechan su visión en una literalidad y exigen que esto sea
considerado como una “contradicción” cuando en realidad tenemos una explicación que es más que
suficiente.

LUCAS: Adán, el padre de Set, el padre de Enós, el padre de Cainán, el padre


de Mahalaleel, el padre de Jared, el padre de Enoc, el padre de Matusalén, el padre
de Lamec, el padre de Noé, el padre de Sem, el padre de Arfaxad, el padre de Cainán, el
padre de Sala, el padre de Heber, el padre de Ragau, el padre de Serug, el padre de Nacor,
el padre de Taré, el padre de

MATEO: Abraham, el padre de Isaac, el padre de Jacob, el padre de Judá, el padre


de Fares, el padre de Esrom, el padre de Aram, el padre de Aminadab, el padre
de Naasón, el padre de Salmón, el padre de Booz, el padre de Obed, el padre de Isaí, el
padre de
Las dos genealogías de
Jesucristo
Las dos genealogías de Jesucristo vienen en Mateo 1:1-17 y en Lucas
3:23-38. No deberías de ver como algo raro el que hayan dos genealogías. Cada quien tiene
dos genealogías: una de su padre y la otra de parte de la madre. Ahora, el padre de
Jesucristo era Dios y de tal modo no pudo dar una genealogía de su padre natural. Sin
embargo, su estado legal en la sociedad dependía del hombre que la gente suponía que era
su padre, esto es, José. Es por eso que la Palabra de Dios da dos genealogías. En cuanto a
esas genealogías se han expresado dos supuestos problemas. El primero está conectado
con el hecho de que mientras en la genealogía que viene en Mateo (Mateo 1:16) dice:

“Jacob engendró a José, marido de María”

Esto es, que José era hijo de Jacob, en la genealogía correspondiente de Lucas leemos
que:

Lucas 3:23

“Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de
José, hijo de Elí, hijo de Matat….”

El problema es generalmente generado porque la gente ha tomado esta genealogía


como la genealogía de José. Pero no es la genealogía de José, sino de Jesús. Jesús, a quien
la sociedad suponía que era hijo de José, era hijo de Elí, quien era hijo de Matat etc. No era
el hijo de Elí de José, puesto que de acuerdo a Mateo José no fue engendrado por Elí sino
por Jacob. Entonces, ¿a través de quién era Jesús el hijo de Elí? La respuesta es a través de
María por supuesto1.

Aparte de esto, otro punto que ha sido fuente de controversia es el


conteo de generaciones en el verso 17 de Mateo 1, donde leemos:
Mateo 1:17
“De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David
hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo,
catorce.”

La mayoría de la gente lee los 3 catorces del pasaje anterior y en lugar de tratar de encontrar
esos tres catorces intentan encontrar un solo cuarenta y dos (42). ¿Dónde habla la Palabra de
cuarenta y dos generaciones? En ningún lado. De la única que habla es de los tres grupos de
catorce generaciones cada uno. ¿Cuáles son esos grupos? La respuesta de la Escritura es muy
clara:

El primer grupo es de Abraham a David:

“desde Abraham hasta David son catorce”

Abraham, Isaac, Jacob, Judas, Phares, Esrom, Aram, Aminadab, Naason, Salmon, Booz, Obed,
Jesse, David.

El segundo grupo es desde David hasta la deportación a Babilonia. El error de muchos es que
aunque la Palabra diga “DESDE DAVID” empiezan contando desde Salomón. Siguiendo las
fronteras de la Palabra tenemos: “desde David hasta la deportación a Babilonia son catorce
generaciones.” David, Salomon, Roboam, Abia, Asa, Josafat, Joram, Ozias, Joatan, Achaz,
Ezequias, Manasés, Amón, Josías”.

Este es el majestuoso grupo de catorce generaciones ya que todos en ese grupo fueron reyes.
El grupo empieza con David y cierra con Josías el último rey verdadero del reino.

En cuanto al tercer grupo nos han dicho que es desde la deportación a


Babilonia hasta Cristo.

“desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce”

Jeconías4, Salathiel, Zorobabel, Abiud, Eliakim, Azor, Sadoc, Achim, Eliud,


Eleazar, Matan, Jacob, José, Jesús.
Como es evidente, cuando la Palabra de Dios dice tres grupos de catorce generaciones es eso
lo que significa. Si ahora nosotros tratamos de encontrar 42 generaciones, buscamos algo que
la Palabra no dice y obviamente vamos a tener problemas.

Anastasios Kioulachoglou

Español: Aleida López de Steinmetz


Versión Bíblica: Reina-Valera 1960

Notas al pie

1. El hecho de que en lugar del nombre de María tengamos el de su


esposo no se debe de considerar como extraño. Y puede confirmarse viendo algunas de las
genealogías que vienen en la Biblia y es muy raro encontrarse con nombres de mujeres en
ellas. Eso también sucede con las genealogías que vienen en Mateo y en Lucas donde no
aparece ningún nombre de mujer. La razón es porque probablemente tiene que verse en las
costumbres orientales de los países de los tiempos de la Biblia.

2. Aunque se refiere a Jeconías dos veces en Mateo 1:11, donde nos dice
que él y sus hermanos fueron engendrados “alrededor del tiempo de la deportación a
Babilonia”, y un verso más adelante en Mateo 1:12 donde dice que “DESPUÉS de que fueron
llevados a Babilonia Jeconías engendró a Salatiel…”, el tiene que ser incluido en solo 1 de los
dos grupos que tiene como límite la deportación a Babilonia. La razón es porque (en
comparación con David en el caso del primer y segundo grupo) el límite no es Jeconías sino la
deportación a Babilonia y por lo cual Jeconías en el conteo tiene que ubicarse en solo uno de
los dos lados del límite. El grupo al cual Jeconías pertenece es el tercero, puesto que en
cualquier otro caso el segundo grupo tendría quince generaciones mientras que el tercero
solo trece lo cual no es lo que la Palabra dice.

La Genealogía de Jesús
(Mateo 1:1-17; Lucas
3:23-38)
¿Qué es Genealogía? Conjunto de los Antepasados de un individuo. (Diccionario Larousse)
Genealogía: Lista que destaca el linaje de algunos individuos o las relaciones de parentesco entre grupos
tales como familias, clanes, tribus o naciones. Se traza a través de los varones, y las mujeres se mencionan
sólo excepcionalmente (Vg. Gn. 11:29; Nm. 27:1-11). (Diccionario Ilustrado de la Biblia).
Ejemplo: Si queremos conocer el nombre del tatarabuelo de un individuo, lo encontraremos en la lista de
Antepasados de ese individuo, que es genealogía, o dicho en otras palabras, ese nombre se encuentra en
alguna de las ramas del Arbol Genealógico.
La Genealogía de Cristo estaba escrita en los Libros oficiales del Registro Civil. Los judíos guardaban
con increíble exactitud estos documentos a través de miles de años. Por eso Mateo pudo conocer todos sus
Antepasados porque Jesús era Judío (Mateo 1:1)

Los Evangelios Registran dos aspectos de las Genealogías de Jesús:


1) Genealogías de María (Lucas), la Madre carnal de Jesús.
2) Genealogías de José (Mateo), el Apoderado Legal de Jesús.

Según la costumbre Judía, el hombre de la familia, fuera Padre o no, era el Representante Legal del niño;
por esto se explica la importancia de la Genealogía de José, aunque no engendró a Jesús, era su
Representante Legal, según la costumbre mencionada.

La Genealogía mencionada por Mateo 1: 16 corresponde a José.

En la Genealogía de María, en Lucas, vemos algo extraño, comienza con el nombre de José y no de María,
esto se explica por otra costumbre Judía, diferente a la nuestra, que consistía en poner la Genealogía de la
mujer a nombre de su esposo.

Por eso la Genealogía de José era más importante que la de María, porque era el Apoderado Legal de
Jesús.

Mateo simplifica en grupos más pequeño la Genealogía de Jesús, o sea la que corresponde a José el
apoderado legal, la cual es una lista larguísima de antepasados que abarca miles de años y para simplificarla
más todavía, Mateo excluye algunos antepasados (generaciones) la divide en cuatro grupos, los tres
primeros grupos, abarcan catorce (14) generaciones, hasta llegar a Jesús. (Mateo 1:17).
1. Introducción
2. David y sus descendientes
3. Linaje de José
4. Linaje de María, Madre de Jesús
5. Linaje de Jesús
6. A modo de conclusión
7. Bibliografía

Introducción
El propósito del presente trabajo de investigación teológica, es demostrar con hechos si "Jesús"
pertenece o no al linaje o casa de David. Para ello, sustentaremos el presente principalmente con las
lecturas de los Libros de Mateo y Lucas, quienes opinan contrariamente entre si respecto a la
descendencia de la que se deriva la vida de Jesús; y de otros Libros, tanto del Antiguo Testamento como
del Nuevo Testamento de las Sagradas Escrituras.
Tanto Mateo 1 como Lucas 3 contienen genealogías de Jesús. Pero hay un problema: son diferentes. La
genealogía de Lucas empieza en Adán y va hasta David. La de Mateo empieza en Abraham y va
hasta David. Cuando las genealogías llegan a David, estas se dividen con el hijo de David, Natán (¿El
lado de María?) y Salomón (El lado de José).
Ambos coinciden y llegan a la conclusión que el rey David es hijo en la descendencia en ambas
generaciones.
David y sus descendientes
David (En hebreo: "el amado" o "el elegido de Dios"; 1040 - 966 a.C.) fue un rey israelita,
sucesor de Saúl y segundo monarca del Reino de Israel, que logró unificar su territorio e incluso
expandirlo, hasta comprender las ciudades de Jerusalén y Samaria, Petra, Zabah
y Damasco. La historia de David figura en la Biblia, en los Libros del profeta Samuel y en
el Libro de los Salmos. David fue uno de los grandes gobernantes de Israel y padre de otro de
ellos, Salomón. Es venerado como rey y profeta en el judaísmo, el cristianismo y el islam.
David es considerado como un rey justo, valiente, apasionado; guerrero, músico y poeta, pero
un rey, también, no exento de pecados. Se le atribuye la autoría de gran parte del Libro de los
Salmos. Aparentemente vivió entre los años 1040 y 966 a.C., reinó en Judá entre el 1010 y 1006
a.C. y sobre el reino unido de Israel entre el año 1006 y el 966 a.C.
David nació en Belén, en el territorio de la Tribu de Judá. Su padre se llamaba Isaí. Su madre no
se nombra en la Biblia, pero el Talmudla identifica como Nitzevet, hija de Adael. David tenía
siete hermanos y era el menor de todos ellos. Tenía ocho esposas: Michal, la segunda hija de rey
Saúl, Ahinoam de Jezreel, Abigaíl, la carmelita, antes esposa del malvado Nabal, Maachâ, hija
de Talmai, rey de Gesur, Haggith, Abital, Egla y Betsabé, anteriormente la esposa de Urías el
hitita.
Genealogía.
Según el Libro de Ruth 4: 18-22, David es el descendiente de la décima generación de Judá, el
cuarto hijo del patriarca Jacob (Israel). La línea genealógica es la siguiente:
Judá ? Fares ? Hezrón ? Ram ? Aminadab ? Naasón ? Salmon ? Booz (el marido de
Ruth) ? Obed ? Isaí ? David.
El Nuevo Testamento describe en la genealogía de Jesús a David y Adán, con tres bloques de
catorce "generaciones" de cada ser igualmente esquemático. En el mundo antiguo, cada letra del
alfabeto tenía un valor numérico, el valor para el nombre de "David" es de catorce años: de las
catorce "generaciones", lo que subraya la ascendencia davídica de Cristo y de su identidad como
el Mesías esperado.
El Libro de las Crónicas proporciona la lista de los hijos que David tuvo con sus varias
esposas y concubinas. En Hebrón, tuvo seis hijos (1 Crónicas 3:1-3): Amnón, mediante
Ahinoam; Daniel, por Abigail; Absalón, por Maachâ; Adonías, por Haguit; Sefatías, por Abital
e Itream, por Egla. Con su esposa Betsabé, sus hijos fueron: Samúa, Sobab, Nathan y Salomón.
Sus hijos nacidos en Jerusalén por otras madres incluyen: Ibhar, Elisúa, Elifelet, Noga, Nefeg,
Jafía, Elisama y Eliada (2 Samuel 5:14-16). Según 2 Crónicas 11:18, Jerimot, que no se
menciona en ninguno de las genealogías, se menciona como otro de los hijos de David. Según 2
Samuel 9:11, David adoptó a Mefiboset, el hijo de Jonathan, su cuñado y su mejor amigo.
David también tenía al menos una hija, Tamar hija de Maachâ, que fue violada por Amnón, su
medio hermano. Su violación conduce a la muerte de Amnón (2 Samuel 13:1-29). Absalón,
hermano de Tamar de la misma madre, espera dos años, y después venga a su hermana
enviando a sus criados para matar a Amnón en una fiesta que había preparado para todos los
hijos del rey (2 Samuel 13).
Los Libros de Samuel son la crónica principal de su vida y su reinado, continuando con sus
descendientes en el Libro de los Reyes. Se han preservado pocas referencias arqueológicas,
pero la estela de Tel Dan y la estela de Mesha podrían determinar la existencia, a mediados del
s. IX a. C., de una dinastía real hebrea llamada "Casa de David". Además de existir otras
referencias en este grabado sobre la descendencia del rey David. Así también, la costumbre de
dejar genealogías en las familias hebreas lo hace aparecer en varias de ellas en la misma Biblia.
La vida de David es importante para el judaísmo, el cristianismo y el islam. Su biografía se basa
casi exclusivamente en los libros de Samuel, donde se lo describe además como "rubio, de
hermosos ojos, prudente y muy bella presencia."
David perteneció a la familia de Isaí, de la tribu de Judá. Según 1 Samuel 16:11; 17:12, era el
menor de los ocho hijos de Isaí y, como era costumbre en esos tiempos, el menor era el más
postergado y al que se le daban las tareas pastoriles. Tres de sus hermanos mayores fueron
soldados del rey Saúl. Samuel, el profeta, viajó hasta Belén, por mandato de Dios, para buscar al
nuevo "ungido". Los candidatos -dijo Dios- debían ser de la familia de Isaí.
El rey Saúl había pecado al desobedecer a Dios durante la batalla de Michmash, donde debía
destruir a todos los enemigos amalecitas y no lo hizo. Por ello, Dios decidió retirarle su
bendición y envió al profeta Samuel en busca de un nuevo «ungido», de un nuevo rey para
Israel. Su destino era Belén, donde vivía Jesé, un pastor con sus hijos. Uno de ellos era el
elegido y Samuel, como profeta, debía saber cual. Para evitar un castigo del rey Saúl, el profeta
se excusó alegando que viajaba para realizar un sacrificio. Una vez en casa de Jesé, el profeta
conoció a siete de sus ocho hijos, pero ninguno fue el ungido. Cuando preguntó si faltaba
alguno, Jesé llamó al más pequeño: David, y cuando el profeta lo vio, supo que era él. Allí,
delante de su padre y hermanos mayores, le ungió como futuro rey de Israel. Era además David,
un varón prudente y de buen parecer, rubio y de buen semblante.
David, con la gracia de Dios, fue nombrado músico a cargo de arpa y paje de armas. Estas tareas
las compaginaba con su trabajo como pastor. Tan bueno era tocando el arpa que escuchando la
melodía, Saúl se relajaba. El rey Saúl le concedió su buena disposición.
Israel, bajo las órdenes del rey Saúl, estaba en guerra con los filisteos. Un gigante
llamado Goliat de Gat, de seis codos y un palmo de estatura y miembro de las tropas de choque
filisteas (1 Samuel 17:4), desafió al ejército israelita durante cuarenta días, proponiendo que
escogieran a su mejor hombre para hacerle frente. En palabras de Goliat, si él resultaba
derrotado y muerto por el israelita, los filisteos serían esclavos de Israel, pero si él vencía y
mataba al escogido de Israel, los israelitas serían esclavos de los filisteos (1 Samuel 17:8,9).
Los hebreos temían en gran manera a Goliat y se escabullían del reto.
David, cuyo padre le había pedido que viajara al campamento para saber cómo estaban sus
hermanos mayores y llevarles algo de comida, escuchó el desafío del gigante (1 Samuel 17:23).
Según la Biblia, la condición de pastor llevó a David a estar preocupado por defender a sus
rebaños de los ataques de fieras salvajes y, utilizando su talento, cogió un cayado y una honda.
Con ello se presentó ante el rey Saúl y se propuso para luchar contra el gigante. Con la anuncia
de Saúl, David se vistió con la armadura del rey, pero al no estar acostumbrado a utilizarla, se
deshizo de ella y se dirigió al campo de batalla con su honda. Por el camino recogió cinco
piedras lisas en un arroyo y se plantó delante del gigante Goliat. Éste se burló de él y tuvo en
menos al más joven de los hijos de Jesé que se presentaba para tener un combate singular con él.
Pero David proclamó: "Toda la Tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y toda esta asamblea sabrá
que no por la espada ni por la lanza salva Yahveh, porque de Yahveh es el combate y os entrega
en nuestras manos". (1 Samuel 17:46,47).
Y con su honda de boleo, David le incrustó una piedra en la frente a Goliat y, cuando cayó,
aprovechó para cortarle la cabeza con la espada del propio filisteo. La Biblia de Jerusalén señala
que se ha comparado este combate singular con los combates individuales de laIlíada. En
alusión a este combate, la expresión "honda de David" simboliza que no existe enemigo
desdeñable por pequeño que sea, si el acierto le acompaña. David vencedor de Goliat constituye
además un símbolo del valor que tienen el tesón y la voluntad férrea desarrollados frente a un
enemigo en apariencia muy superior.
Después de vencer al gigante, David consiguió la confianza de los criados y del pueblo, se ganó
la amistad de Jonatán y el amor de Mical quien fue su primera esposa y ambos eran hijos de
Saúl. Y, precisamente eso, produjo los celos del rey Saúl, que ordenó capturarle. David tuvo que
huir al desierto con un escuadrón de 200 guerreros leales y se convirtió en el paladín de los
oprimidos. Allí aceptó la protección del rey filisteo Aquis de Gat, enemigo de Israel, y situó a su
familia y los suyos en la ciudad filistea de Siclag. Cuando Aquis se fue a la guerra contra el rey
Saúl, David no pudo acompañarle porque los otros nobles no confiaban en él.
David, rey de Judá.
Esta batalla, que tuvo lugar en Gilboá, acabó con la vida del rey Saúl y de su hijo Jonatán,
amigo de David. La Casa de Saúl estaba prácticamente anulada y David se dirigió a la ciudad
de Hebrón para ser nombrado rey de Judá. Pero los norteños no estaban de acuerdo con tal
decisión y buscaron a un descendiente lejano del difunto rey para nombrarle como sucesor. El
escogido fue Isboset, al que nombraron rey. Éste intentó ganarse la confianza del reino, pero dos
caudillos seguidores de David decidieron asesinarle en su propia casa. Cuando se presentaron
ante el rey David esperaban una recompensa, pero se encontraron con la muerte. David no
estuvo de acuerdo con la muerte de su enemigo y decidió ejecutarles por asesinato.
En Hebrón, el rey David no conseguía la confianza de los norteños y decidió que, para unir a las
doce tribus israelitas, debía buscar una ciudad neutral donde gobernar. Sin embargo, con la
muerte del hijo del difunto rey Saúl, los ancianos de Israel se acercaron a Hebrón manifestando
lealtad a David, que por entonces tenía 30 años.
David, rey de Israel.
Esa ciudad neutral fue Jebus, que por entonces no estaba en manos de la gente de Judá ni en
manos de los israelitas del norte. Pero, estaba ocupada por los jebuseos. Una vez reconocido por
los líderes de todas las tribus, David conquistó la fortaleza de Jebus y la hizo su capital. Una
ciudad que pasó a ser conocida como la Ciudad de David y, posteriormente, Jerusalén. "Hueso y
carne tuya somos". Líderes de las doce tribus israelíes al rey David (2 Samuel 5:1-3).
Jerusalén como capital.
El rey David era el líder de una teocracia que pretendía instalar "el reino de Dios en la Tierra".
Por su parte, el rey Hiram de Tiro envió mensajeros a la capital y comenzó a suministrarle a
David, madera de cedro, carpinteros y albañiles para que pudiera construirse la casa de David.
Éste quería construir un templo para Yahvé, pero el profeta Natan le dijo, por orden de Dios,
que el templo debía esperar una generación, pues se habían cometido muchos crímenes. Sin
embargo, Dios hizo un pacto con el rey David: la Casa de David nunca se extinguiría. "Tu trono
será establecido para siempre".
Yahvé al rey David.
David conquistó Soba, Aram (la actual Siria), Edom y Moab (la actual Jordania), así como las
tierras de los filisteos y de otros territorios. En muchos casos exterminó gran parte de sus
habitantes cananeos.
David y Betsabé.
Durante el sitio de Rabbah, el rey David decidió no ir a la batalla y quedarse en Jerusalén.
Después de una siesta y desde la terraza, el rey observó que, en una casa vecina, una hermosa
mujer estaba bañándose. David quedó prendado de ella y quiso saber quién era: Betsabé, la
mujer de un soldado hitita principal llamado Urías que estaba luchando en el sitio de Rabbah.
Pero ni eso paró al rey. La dejó embarazada mientras su marido luchaba en el sitio y
el adulterio de la mujer, en Israel, era penalizado con la muerte. Con tal de evitar esto, David
pidió a su marido que volviera del sitio y hacerle creer que él mismo había embarazado a su
mujer. Pero, no lo consiguió. Urías se negó a quedarse en casa, con su mujer, mientras sus
compañeros luchaban en la batalla.
El rey David, preocupado por perder a la mujer de la que estaba enamorado, decidió cambiar
su estrategia. Pidió al comandante del sitio que situara al esposo en el lugar más difícil de la
batalla, con la intención de que muriera en combate. Así, nadie sospecharía del adulterio y el rey
podría seguir con Betsabé. Urías murió en combate y David se casó con ella y llegó a ser su
esposa preferida y ella llegó a amarle con devoción.
El profeta le advirtió que Dios le quitaría la tranquilidad y que le enviaría zozobras continuas,
que su reinado sería agitado, lleno de disturbios civiles violentos e intrigas. Y también le
advirtió que él no moriría por haber dejado embarazada a una mujer casada y haber ordenado la
muerte de su marido, pero que sí lo haría el hijo que iba a nacer. Su hijo vivió siete días, durante
los cuales el rey ayunó. Pero cuando murió, el rey se vistió y volvió a comer. Sus sirvientes le
preguntaron por qué se lamentó cuando su hijo todavía estaba vivo, pero no cuando ya había
muerto.
"Mientras el niño aún vivía, yo ayunaba y lloraba. Pensaba que tal vez el Señor tendría
compasión de mí y que el niño pudiera vivir. Pero ahora que ha muerto, ¿por qué he de ayunar?
¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, pero él no volverá a mí."
La rebelión de Absalón.
Tal como lo había profetizado Natan, los errores del rey fueron la causa de diversos trastornos y
zozobras a la llamada Casa de David. Uno de sus hijos, Absalón, se rebeló contra su padre y
llegaron a luchar por el derecho al trono. Un día, Absalón quedó atrapado por su cabello en las
ramas de un roble y Joab, el comandante de tropas de David, le clavó tres flechas y lo mató ( 2
Samuel 18:14). Así, toda una facción festejaba esa muerte como una victoria, pero, cuando la
noticia de la victoria fue llevada al rey David, éste no se alegró: "¡Oh hijo mío, Absalón, hijo
mío, hijo mío, Absalón! Me habría muerto en lugar de ti, Absalón, hijo mío, mi hijo!".
Rey David al saber la muerte de su hijo y rival.
Todo ese tiempo de conflictos deterioraron la imagen de David y su espíritu. Los sinsabores
continuarían, pues su hijo Adonías también pretendía reinar. Ambicionó el trono de su padre,
que ya había perdido gran parte de su anterior prestigio.
Recta final.
El rey David, ya anciano, estaba postrado en la cama y su hijo Adonías aprovechó este hecho
para proclamarse rey. Betsabé y el profeta Natan, conociendo la actitud hostil del joven,
pidieron a David que nombrara como heredero a otro de sus hijos. Concretamente a Salomón.
Éste había sido elegido por Dios y este acuerdo entre David y su mujer preferida sólo
concretaba los designios divinos.
"No derramar sangre (...). No buscar revanchas y seguir los preceptos del Señor".
Consejo del rey David a su hijo y heredero al trono Salomón.
También le prometió continuar la línea hereditaria en el trono de Judá por siempre. David murió
aproximadamente a los 70 años y fue enterrado en Ciudad de David, futuraJerusalén. Gobernó
cuarenta años sobre Israel, siete en Hebron y treinta y tres en Jerusalén.
David en el judaísmo.
En el Judaísmo, el reinado de David representa la formación de un Estado Judío coherente, con
su capital política y religiosa en Jerusalén y la institución de un linaje real que culminará en
la Era mesiánica. La supuesta descendencia de David como hijo de una conversa ("Ruth") es
tomada como prueba de la importancia de los conversos dentro del judaísmo. El hecho de que
Dios no le haya permitido construir un templo perpetuo es tomado como prueba del imperativo
de paz en asuntos de estado. David es también visto como una figura trágica; su inexcusable
toma de Bathsheba, y la pérdida de su hijo son vistas como tragedias centrales en el judaísmo.
Nota del Libro de Rut: Booz se casó con Rut y fueron padres de Obed, que fue padre de Isaí e
ísaí fue padre de David. Por lo que Rut sería la bisabuela del Rey David.
David en el Cristianismo.
En el Cristianismo, David tiene importancia como el ancestro del Mesías. Muchas Profecías del
Antiguo Testamento indicaban que el Mesías descendería de la línea de David; los Evangelios
de Mateo y Lucas trazan el linaje de Jesús hasta David para completar este requerimiento.
David es también relacionado figurativamente con Cristo, la derrota de Goliat es comparada con
la forma en que Jesús venció a Satanás mientras estaba en la cruz. Más frecuentemente, David
es la figura del creyente Cristiano. Los salmos que escribió muestran a un cristiano que depende
de Dios, tanto en los momentos de adversidad, como en los de gloria y de arrepentimiento.
David (Dawud) en el Islam.
En el Corán, David es conocido como "Dawud" y es considerado uno de los profetas del islam,
para quien fueron revelados por "Alah" los Salmos de "Zabur". Como en el judaísmo, se cuenta
que David mató a Goliat ("Jalut") lanzándole una piedra. La creencia general dice que durante
su reinado se pusieron los cimientos de la Cúpula de la Roca. Los musulmanes rechazan
la descripción bíblica de David como un adúltero y un asesino, debido a la creencia islámica en
la infalibilidad y superioridad moral de los profetas.
Siendo Jesús descendiente de José, por adopción, no podría tener su sangre, porque José
provenía del linaje de Jeconías.

En Jeremías 22:30, podemos leer, lo siguiente: "Así ha dicho Jehová: Escribid lo que
sucederá a este hombre privado de descendencia, hombre a quien nada próspero
sucederá en todos los días de su vida; porque ninguno de su descendencia logrará
sentarse sobre el trono de David, ni reinar sobre Judá".
Esto ha sido muy cuestionado, pero al contrario de lo que muchos piensan, este increíble
cumplimiento califica aún más a Jesús como el Mesías, y vuelve su genealogía más
impresionante todavía.
En el caso que el Mesías viniese por otro descendiente de Salomón, que no fuese Jeconías, él
podría ser hijo biológico, pero en el caso que fuese descendiente de Jeconías, el Mesías no
podía ser descendiente del linaje directo (o biológico) de Jeconías. El mesías no podría heredar
su sangre -una condición casi imposible de cumplirse,- pero fue a través de esta condición, casi
imposible e inesperada que el Mesías vino, y heredó el trono de David, porque Jesús abolió la
maldición de sangre, lo que ningún otro hombre que no fuese el mesías podría haber hecho.

La profecía de Jeremías no se trata de una maldición hereditaria, y sí un rechazo del linaje


natural y biológico de Jeconías. (...) ninguno de su descendencia logrará sentarse sobre el trono
de David, ni reinar sobre Judá.

En el tiempo del Profeta Jeremías, Dios se hartó y pronuncio una maldición de sangre sobre el
linaje de David, diciendo que ningún hijo del Rey Joacím reinaría ya más sobre Israel
(Jeremías 22:30). El linaje Davídico, iniciado con Salomón, estaba aparentemente terminado y
la promesa de Dios a David quebrada. El Mesías debía venir del linaje real, entretanto ahora
había una "maldición de sangre" sobre ese mismo linaje.
El Renuevo.
Antes de que la nación fuera llevada a Babilonia, cuando un Rey davídico aún se sentaba en el
trono, Dios hizo que Ezequiel anunciara que el linaje estaba siendo suspendido y que no sería
restaurado hasta que "venga aquel a quien pertenece por derecho" (Ezequiel 21:27), trayendo a
la mente la profecía de Jacob. A ruina, a ruina, a ruina (corona) lo reduciré, y esto no será más,
hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré.
En 519 a.C, después que lo Judíos volvieron del cautiverio Babilónico, Dios dijo que un hombre
que él llamo de "el renuevo" seria el rey, y que Él tendría también el sacerdocio, combinando
ambos (Zacarías 6:12). Y le hablarás, diciendo: Así ha hablado Jehová de los ejércitos,
diciendo: He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará
el templo de Jehová.
Nacido de una Virgen.
Pero ¿cómo Dios aboliría la maldición de sangre? Para responder a esto, tenemos que volver
hasta cerca del 750 a.C. En aquel tiempo dos de las más específicas profecías mesiánicas jamás
proferidas estrecharon el campo a una única posibilidad. En Isaías 7:14 el Señor proclamo que
el Mesías nacería de una virgen, y en Miqueas 5:2 que el nacería en Belén, la Ciudad de David.

Los críticos y judíos contestan que el texto de Isaías, al referirse al nacimiento Virginal. Alegan
que la palabra "almah", no significa "virgen", y sí una "chica Joven". Alegan que el texto fue
adulterado por Mateo, forjando así un nacimiento virginal para Jesús.

Pero felizmente, las fechas no mienten. Mateo utilizó los escritos de la Septuaginta para escribir
su libro. En la septuaginta, la palabra hebrea "almah", está traducida como "virgen".

La Septuaginta fue escrita 400 años antes de que Mateo naciera. Entonces ¿por qué la palabra
"almah" fue traducida por virgen?

El texto de Isaías es una sombra de la profecía que se cumpliría en Jesús. Él se refiere a un hijo
del profeta, que serviría como espejo del Mesías.

El significado "chica joven" es el significado más "amplio", sin embargo virgen es un


significado más específico, como se explica al inicio de este estudio. Por algún motivo que
desconocemos, Los traductores de la Septuaginta, que eran hebreos y hablaban griego, la
tradujeron de esta manera.

La lengua hebrea es bastante limitada, dando diversos significados para una misma palabra.
Tenemos palabras que pueden tener más de 20 significados. Ya el griego se constituye de una
riqueza léxica extraordinaria. Todas las cosas tienen su propia palabra, y la palabra "virgen"
tiene su correspondiente correcta en griego, lo que el hebreo no existe. En hebreo, tenemos
"bethulah", que es usada casi siempre para "Ciudad Virgen", o "Virgen Nación". Una referencia
a la juventud de las personas de tales ciudades.
Creemos que tales traductores, por conocer el real significado de la palabra "almah" del texto de
Isaías, la tradujeron como virgen.

La Calificación.
A fin de clasificar legalmente para sentarse en el trono de David, el Rey Mesías debía ser de la
casa y del linaje de David. Ser de la casa de David significa ser un descendiente biológico de
David. Ser del linaje de David significa pertenecer al linaje Real. ¿Cómo puede ser esto?
Cuando leemos las genealogías del Señor en Mateo 1 y Lucas 3, podemos ver diferencias
comenzando en el tiempo de David. La genealogía de Mateo corre a través de Salomón, el
Linaje Real maldecido. Más la de Lucas corre a través del hermano de Salomón, Natán. El
linaje de Natán no fue maldecido, pero ellos tampoco eran reyes. María era de la familia de
Natán. Así, José y María eran descendientes de David, y José era uno de los muchos que eran
herederos del trono de David, pero incapaces de reclamarlo debido a la maldición sobre su
linaje.

Entonces, a través de su madre María, Jesús era un descendiente biológico de David.

Cuando María y José se convirtieron en marido y mujer, Él también se vuelve el hijo legal
de José y heredero del trono de David, pero, no siendo biológicamente relacionado a José,
no tenía la maldición de sangre.

Hasta el presente Él es el único hombre nacido en Israel desde 600 a.C. con derecho legítimo al
trono de David. El ángel Gabriel confirmo eso a María cuando anunció su embarazo, diciendo
que Él lo ocuparía para siempre (Lucas 1:32,33). Esto muestra que Jesús es absolutamente el
único capaz de ser el Mesías.
Linaje de José
De José se sabe muy poco, sólo se menciona que es hijo de Jacob.
Desde hace años se está enseñando en el SIA la mentira de que la genealogía de Jesús
mencionada en el Evangelio de Lucas es por parte de María, y de esta manera los iglesieros
apostatas pretenden basar su doctrina diabólica de que Jesús era hijo de María, pero no de José.
Si leemos en Lucas 3:23, Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años,
hijo, según se creía, de José, hijo de Elí; pero según Mateo Es Maria la hija de Elí.

Linaje de María, Madre de Jesús


[Del heb. "Miryam" (María), que posiblemente signifique: "Rebelde"].
María, la madre de Jesús.
Era hija de Elí, aunque en la genealogía de Lucas se lee que José, el esposo de María, era "hijo
de Elí". En "La Cyclopædia de M"Clintock y Strong, señalan dichos autores: "Es sabido que los
judíos trazaban su árbol genealógico únicamente por el nombre del varón, y cuando el linaje del
abuelo pasaba al nieto por medio de una hija, se omitía el nombre de esta y se ponía el de su
esposo como hijo del abuelo materno (Números 26:33; 27: 4-7)". Esta debió ser la razón por la
que el historiador Lucas dice que José era "hijo de Elí". (Lucas 3:23).
Los evangelios canónicos del Nuevo Testamento no dan cuenta del nombre de los padres de
María. La historia de los mismos aparece en el Protoevangelio de Santiago, un texto apócrifo;
allí, Joaquín es descrito como un hombre rico y piadoso que donaba bienes regularmente a los
pobres del templo de Jerusalén. Como su esposa era estéril, las autoridades religiosas ordenan
sacrificios a Joaquín, al considerar que la esterilidad es un signo de descontento de Dios.
Aunque Joaquín, según la tradición católica y ortodoxa, fue el padre de la Virgen María y
marido de Ana y por lo tanto abuelo materno de Jesucristo.
De Joaquín se sabe que era natural de Nazaret y que sus padres fueron Matat y Estha. La
genealogía que presenta san Lucas en su evangelio es la de él, ya que los
nombres Eli y Joaquín son equivalentes.
María era de la tribu de Judá y descendiente de David. Por consiguiente, se podía decir
que su hijo Jesús "provino de la descendencia de David según la carne". (Romanos 1:3)
Por su padre adoptivo José, descendiente de David, Jesús tenía el derecho legal al trono de
David, y por su madre, como "prole", "descendencia" y "raíz" de David, tenía el derecho
hereditario natural al "trono de David su padre". (Mateo 1:1-16; Lucas 1:32; Hechos
13:22,23; 2 Timoteo 2:8).
Si la tradición está en lo cierto, Ana fue esposa de Elí y madre de María. Una hermana de Ana
tuvo una hija llamada Elisabet, que fue la madre de Juan el Bautista. Según esa tradición,
Elisabet era prima de María. Las Escrituras dicen que María estaba emparentada con Elisabet,
que era "de las hijas de Aarón", de la tribu de Leví. (Lucas 1:5,36) Algunos piensan que
Salomé, esposa de Zebedeo y madre de Juan y Santiago, dos de los apóstoles de Jesús, era
hermana de María. (Mateo 27:55,56; Marcos 15:40; 16:1; Juan 19:25).
La visita un ángel.
A finales del año 3 a.C., Dios envió al ángel Gabriel a María, una muchacha virgen del pueblo
de Nazaret. "Buenos días, altamente favorecida, Jehová está contigo", fue el sorprendente
saludo del ángel. Cuando le dijo que concebiría y daría a luz un hijo llamado Jesús, María, que
en aquel tiempo solo estaba comprometida con José, preguntó: "¿Cómo será esto, puesto que
no estoy teniendo coito con varón alguno?", a lo que el ángel respondió: "Espíritu santo vendrá
sobre ti, y poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, también, lo que nace será
llamado santo, Hijo de Dios". Emocionada con la perspectiva, pero con la debida modestia y
humildad, ella contestó: "¡Mira! ¡La esclava de Jehová! Efectúese conmigo según tu
declaración". (Lucas 1:26-38).
A fin de fortalecer aún más su fe para esta experiencia tan importante, a María se le informó de
que su parienta Elisabet, ya anciana, había dejado de ser estéril por el poder milagroso de
Jehová y estaba encinta de seis meses. María fue a visitarla, y cuando entró en su casa, la
criatura que estaba en la matriz de Elisabet saltó de gozo. Ante esto, Elisabet felicitó a María
diciendo: "¡Bendita eres tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu matriz!". ( Lucas
1:36,37, 39-45) A continuación María pronunció bajo inspiración palabras de alabanza a Jehová
por su bondad. (Lucas 1:46-55).
Tras pasar unos tres meses con Elisabet en la serranía de Judá, María volvió a Nazaret. (Lucas
1:56) Cuando José se enteró de que estaba embarazada (probablemente por boca de la propia
María), pensó en divorciarse de ella en secreto, más bien que exponerla a la vergüenza pública.
(A las personas comprometidas se las consideraba como si estuvieran casadas, y se requería
un divorcio para disolver el compromiso.) Pero el ángel de Jehová se le apareció y le reveló a
José que lo que había sido engendrado en ella era por espíritu santo. Por consiguiente, José
obedeció la instrucción divina y tomó a María por esposa, "pero no tuvo coito con ella hasta que
ella dio a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús". (Mateo 1:18-25).
Da a luz a Jesús en Belén.
En el transcurso de estos acontecimientos, el decreto de César Augusto que exigía que todos se
registraran en su pueblo natal resultó providencial, pues tenía que cumplirse la profecía
concerniente al nacimiento de Jesús. (Miqueas 5:2) Por lo tanto, José tomó a María, que se
encontraba "en estado avanzado de gravidez", y la llevó en un agotador viaje de 150 Km. desde
su casa de Nazaret, en el Norte, hasta Belén, al Sur. Como no había sitio en el hospedaje, el niño
nació en las condiciones más humildes y fue acostado en un pesebre. Esto ocurrió
probablemente alrededor del año 6 ó 5 a.C. (Lucas 2:1-7).
Cuando los pastores oyeron al ángel decir: "Les ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el
Señor, en la ciudad de David", se apresuraron a Belén y allí hallaron la señal: el hijo de María
estaba "envuelto en bandas de tela y acostado en un pesebre". Informaron a la feliz familia lo
que el gran coro de ángeles había cantado: "Gloria en las alturas a Dios, y sobre la tierra paz
entre los hombres de buena voluntad". María, por su parte, "iba conservando todos estos dichos,
sacando conclusiones en su corazón". (Lucas 2:8-20).
Al octavo día, María hizo circuncidar a su hijo en obediencia a la ley de Jehová. A los cuarenta
días ella y su esposo llevaron al niño al templo de Jerusalén para presentar la ofrenda prescrita.
La Ley requería el sacrificio de un carnero joven y un palomo o una tórtola. Si la familia
no poseía lo suficiente para la oveja, se tenían que ofrecer dos tórtolas o dos palomos. El que
María ofreciese "un par de tórtolas o dos pichones" muestra que José era un hombre de
escasos recursos. (Lucas 2:21-24; Levíticos 12:1-4, 6,8) Cuando el anciano Simeón, un hombre
justo, vio al niño, alabó a Jehová por haberle permitido contemplar al Salvador antes de morir.
Volviéndose a María, dijo: "Sí, a ti misma una espada larga te atravesará el alma", no queriendo
decir que ella sería traspasada con una espada literal, sino que experimentaría dolor y
sufrimiento a causa de la predicha muerte de su hijo en un madero de tormento. ( Lucas 2:25-
35).
Vuelve a Nazaret.
Cierto tiempo después, un ángel le advirtió a José de la trama urdida por Herodes el Grande
para matar al niño y le ordenó que huyese con Jesús a Egipto. (Mateo 2:1-18). Una vez muerto
Herodes, la familia volvió y se estableció en Nazaret. Allí María tuvo más hijos, de los que por
lo menos cuatro eran varones. (Mateo 2:19-23;13:55,56; Marcos 6:3).
Aunque la Ley no requería que las mujeres asistieran a la celebración anual de la Pascua, María
solía acompañar a José año tras año en el largo y difícil viaje de unos 150 Km. hasta Jerusalén
con este propósito. (Éxodo 23:17; 34:23). En uno de esos viajes, alrededor del año 12 E.C.,
después que la familia había salido de Jerusalén y recorrido la distancia correspondiente a un día
para regresar a su casa, descubrieron que faltaba Jesús. Sus padres volvieron inmediatamente a
Jerusalén para buscarlo. Después de tres días lo hallaron en el templo, escuchando e
interrogando a los maestros. María exclamó: "Hijo, ¿por qué nos trataste de este modo? Mira
que tu padre y yo te hemos estado buscando con la mente angustiada". Jesús respondió: "¿Por
qué tuvieron que andar buscándome? ¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre?".
Ciertamente el lugar lógico donde hallar al Hijo de Dios era el templo, donde podría recibir
instrucción bíblica. María "guardaba cuidadosamente todos estos dichos en su corazón". (Lucas
2:41-51).
A los doce años Jesús demostró un conocimiento sobresaliente para su edad: "Todos los que le
escuchaban quedaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas". (Lucas 2:47). El
conocimiento y el entendimiento que tenía Jesús de las Escrituras reflejaban que sus padres le
habían dado una excelente educación. Tanto María como José debieron ser muy diligentes en
enseñar y educar al niño, criándolo en "la disciplina y regulación mental" de Jehová y
cultivando en él la costumbre de asistir a la sinagoga todos los sábados. ( Lucas 4:16; Efesios
6:4).
Jesús la amaba y respetaba.
Después de su bautismo, Jesús no manifestó favoritismo alguno por María; no se dirigió a ella
como "madre", sino simplemente como "mujer". (Juan 2:4; 19:26). El uso de este término en el
contexto de la época no demostraba en ningún sentido falta de respeto. Su uso moderno
tampoco tiene por qué transmitir un sentimiento negativo. María era la madre de Jesús según la
carne, pero desde que se le engendró por espíritu en el momento de su bautismo, fue
principalmente el hijo espiritual de Dios y su "madre" era "la Jerusalén de arriba". (Gálatas
4:26). Jesús puso de relieve este hecho cuando María y sus otros hijos le interrumpieron en una
ocasión, mientras estaba enseñando, pidiéndole que saliese afuera, a donde ellos estaban. Jesús
mostró que en realidad su madre y sus parientes cercanos eran los miembros de su familia
espiritual y que los asuntos espirituales tenían prioridad sobre los carnales. (Mateo 12:46-
50; Marcos 3:31-35; Lucas 8:19-21).
Cuando faltó el vino en una boda en Caná de Galilea y María le dijo a Jesús: "No tienen vino",
él respondió: "¿Qué tengo que ver contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora". (Juan 2:1-
4). Jesús se valió de una antigua forma interrogativa que aparece ocho veces en las Escrituras
Hebreas (Josué 22:24; Jueces 11:12; 2 Samuel 16:10; 19:22; 1 Reyes 17:18; 2 Reyes 3:13; 2
Crónicas 35:21; Oseas 14:8) y seis veces en las Escrituras Griegas. (Mateo 8:29; Marcos
1:24; 5:7; Lucas 4:34; 8:28; Juan 2:4). Traducida literalmente, la pregunta diría: "¿Qué para
mí y para ti?", queriendo decir: "¿Qué hay en común entre yo y tú?", "¿qué tenemos en común
tú y yo?" o "¿qué tengo que ver contigo?". En cada uno de los casos, la pregunta indica objeción
a lo que se ha sugerido, propuesto o sospechado. Así que Jesús expresó de esta forma su
bondadosa reprensión, indicándole a su madre que él recibía instrucciones de
la Autoridad Suprema que le había enviado y no de ella. (1 Corintios 11:3). María, mujer
sensible y humilde, lo entendió rápidamente y aceptó la corrección. Se hizo a un lado y, para
dejar que Jesús llevase la delantera, dijo a los servidores: "Todo cuanto les diga, háganlo".
(Juan 2:5).
María estaba junto al madero de tormento cuando fijaron a Jesús. Para ella, Jesús era más que
un hijo amado, era el Mesías, su Señor y Salvador, el Hijo de Dios. Al parecer, en aquel
entonces María ya había enviudado. Por consiguiente, Jesús, como primogénito de la casa de
José, cumplió con su responsabilidad y pidió al apóstol Juan, probablemente su primo, que
llevase a María a su casa y cuidase de ella como si fuera su propia madre. (Juan 19:26,27). ¿Por
qué no la confió Jesús a uno de sus medio hermanos? No se dice que ninguno de ellos estuviera
presente. Además, no eran creyentes, y Jesús consideraba la relación espiritual más importante
que la carnal. (Juan 7:5; Mateo 12:46-50).
Discípula fiel.
La última referencia bíblica a María muestra que era una mujer creyente y devota y que todavía
tenía una relación estrecha con otros fieles después de la ascensión de Jesús. Los once apóstoles,
María y otros discípulos estaban reunidos en un "aposento de arriba", y "todos estos persistían
de común acuerdo en oración". (Hechos 1:13,14).
La tradición cristiana dice que santa Ana, casada con Joaquín, fue la madre de María y por tanto
la abuela de Jesús de Nazaret.

Ana en los evangelios apócrifos y en el Islam.


El nombre es conocido en hebreo y árabe como "Hannah". Todo lo que se conoce sobre su vida,
incluso su nombre, está basado en los Evangelios apócrifos, no admitidos por la Iglesia dentro
de sus libros canónicos. Según estos, santa Ana era natural de Belén. Sus padres eran "Mathan"
y "Emerenciana". Descendía del rey David y de Leví (casta sacerdotal).
Según el Protoevangelio de Santiago, Joaquín y Ana eran una pareja acomodada, pero estéril.
Joaquín fue rechazado al llevar su ofrenda al templo por no tener descendencia. Apenado,
Joaquín no volvió a su casa, sino que se dirigió a una montaña, donde rogó a Dios que le diera
un hijo ayunando durante 40 días y 40 noches; Ana, mientras tanto, lloraba su dolor. Entonces
un ángel se les apareció simultáneamente, anunciando que sus ruegos habían sido escuchados y
que concebirían un hijo.
Ana prometió dedicar al niño al servicio de Dios y cumplidos los nueve meses dio a luz a una
niña a la que llamó "Miryam" ("María"). Al cumplir los tres años, Joaquín y Ana llevaron a
María al templo para consagrarla a Dios como habían prometido. María vivió en el templo hasta
que cumplió los 12 años, edad en la que fue entregada a José como esposa.

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david.shtml#ixzz4ZqcQ3T5s

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mateo-lucas-y-juan.shtml (ojo. PARA BUSCA INFORMACION SOBRE MARCOS)
San Mateo
Apóstol y Evangelista
Mateo significa: "regalo de Dios".
Se llamaba también Leví, y era hijo de Alfeo.
Su oficio era el de recaudador de impuestos, un cargo muy odiado por los judíos, porque esos impuestos
se recolectaban para una nación extranjera. Los publicanos o recaudadores de impuestos se enriquecían
fácilmente. Y quizás a Mateo le atraía la idea de hacerse rico prontamente, pero una vez que se encontró
con Jesucristo ya dejó para siempre su ambición de dinero y se dedicó por completo a buscar la salvación
de las almas y el Reino de Dios.
Como ejercía su oficio en Capernaum, y en esa ciudad pasaba Jesús muchos días y obraba milagros
maravillosos, ya seguramente Mateo lo había escuchado varias veces y le había impresionado el modo
de ser y de hablar de este Maestro formidable. Y un día, estando él en su oficina de cobranzas, quizás
pensando acerca de lo que debería hacer en el futuro, vio aparecer frente a él nada menos que al Divino
Maestro el cual le hizo una propuesta totalmente inesperada: "Ven y sígueme".
Mateo aceptó sin más la invitación de Jesús y renunciando a su empleo tan productivo, se fue con El, no
ya a ganar dinero, sino almas. No ya a conseguir altos empleos en la tierra, sino un puesto de primera
clase en el cielo. San Jerónimo dice que la llamada de Jesús a Mateo es una lección para que todos los
pecadores del mundo sepan que, sea cual fuere la vida que han llevado hasta el momento, en cualquier
día y en cualquier hora pueden dedicarse a servir a Cristo, y El los acepta con gusto.
Mateo dispuso despedirse de su vida de empleado público dando un gran almuerzo a todos sus amigos, y
el invitado de honor era nada menos que Jesús. Y con Él, sus apóstoles. Y como allí se reunió la flor y nata
de los pecadores y publicanos, los fariseos se escandalizaron horriblemente y llamaron a varios de los
apóstoles para protestarles por semejante actuación de su jefe. "¿Cómo es que su maestro se atreve a
comer con publicanos y pecadores?"
Jesús respondió a estas protestas de los fariseos con una noticia que a todos nos debe llenar de alegría:
"No necesitan médico los que están sanos, sino los que están enfermos. Yo no he venido a buscar santos
sino pecadores. Y a salvar lo que estaba perdido". Probablemente mientras decía estas bellas palabras
estaba pensando en varios de nosotros.

Desde entonces Mateo va siempre al lado de Jesús. Presencia sus milagros,


oye sus sabios sermones y le colabora predicando y catequizando por los
pueblos y organizando las multitudes cuando siguen ansiosas de oír al gran
profeta de Nazaret. Jesús lo nombra como uno de sus 12 preferidos, a los
cuales llamó apóstoles (o enviados, o embajadores) y en Pentecostés recibe
el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego. Los judíos le dieron 39 azotes
por predicar que Jesús sí había resucitado (y lo mismo hicieron con los otros
apóstoles) y cuando estalló la terrible persecución contra los cristianos en
Jerusalén, Mateo se fue al extranjero a evangelizar, y dicen que predicó en
Etiopía y que allá murió martirizado.

En todo el mundo es conocido este santo, y lo será por siempre, a causa del
maravilloso librito que él escribió: "El evangelio según San Mateo". Este corto escrito de sólo 28 capítulos
y 50 páginas, ha sido la delicia de predicadores y catequistas durante 20 siglos en todos los continentes.
San Mateo en su evangelio (palabra que significa: "Buenas Noticias") copia sermones muy famosos de
Jesús, como por ej. El Sermón de la Montaña (el sermón más bello pronunciado en esta tierra), el sermón
de las Parábolas, y el que les dijo a sus apóstoles cuando los iba mandar a su primera predicación. Narra
milagros muy interesantes, y describe de manera impresionante la Pasión y Muerte de Jesús. Termina
contando su resurrección gloriosa.
El fin del evangelio de San Mateo es probar que Jesucristo sí es el Mesías o Salvador anunciado por los
profetas y por el Antiguo Testamento. Este evangelio fue escrito especialmente para los judíos que se
convertían al cristianismo, y por eso fue redactado en el idioma de ellos, el arameo.
Quizás no haya en el mundo otro libro que haya convertido más pecadores y que haya entusiasmado a
más personas por Jesucristo y su doctrina, que el evangelio según San Mateo. No dejemos de leerlo y
meditarlo.
A cada uno de los 4 evangelistas se les representa por medio de uno de los 4 seres vivientes que, según
el profeta, acompañan al Hijo del hombre (un león: el valor. El toro: la fuerza. El águila: los altos vuelos. Y
el hombre: la inteligencia). A San Marcos se le representa con un león. A San Lucas con un toro (porque
empieza su evangelio narrando el sacrifico de una res que estaban ofreciendo en el templo). A San Juan
por medio del águila, porque este evangelio es el que más alto se ha elevado en sus pensamientos y
escritos. Y a San Mateo lo pintan teniendo al lado a un ángel en forma de hombre, porque su evangelio
comienza haciendo la lista de los antepasados de Jesús como hombre, y narrando la aparición de un
ángel a San José.
Que San Mateo, gran evangelizador, le pida a Jesús que nos conceda un gran entusiasmo por leer,
meditar y practicar siempre su santo evangelio.
Decía Jesús "Convertíos y creed en el evangelio" (Mc. 1, 15).

Mateo evangelista
Cafarnaúm, era un centro mercantil, residencia de mercaderes y traficantes, de tenderos y comisionistas,
y, punto estratégico para los cambistas y los recaudadores, oficina importante de los publicanos de
Galilea.
- Galileo nacido en Cafarnaúm, conocido como Leví o Mateo, hijo de Alfeo.
- Cuando Jesús lo llamó como discípulo ejercía el oficio de publicano o recaudador de impuestos para los
romanos en Cafarnaúm.
- Fue un hombre rico, sabio y prudente, y entendió lo que le costaría seguir a Jesús como discípulo.
- Ante la invitación de Jesús dejó sus riquezas, su familia, y su profesión.
- Ofreció a Jesús y a sus discípulos una gran comida en su casa, a la cual invitó también a sus amigos
publicanos
- Acostumbrado a los números, a extender letras y recibos, era un letrado al lado de Pedro, y tal vez se
distinguía también entre los demás por la facilidad de la palabra.
- Cuando Jesús llamó a Mateo, ya tenía seis elegidos, los dos hijos de Jonás, Simón y Andrés, los dos
hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y Felipe y Bartolomé; todos pobres, sencillos, rudos e ignorantes.
Eran simples pescadores galileos. Ningún sacerdote, ningún escriba, ningún fariseo, ningún rabino. Y
ahora Mateo, despreciable y odioso por ser publicano.
- Los publicanos no tenían categoría propia, eran simples subordinados, cobradores de impuestos para el
Imperio. Todos eran mirados con desprecio, nadie escogía ese oficio, o muy mal tenía que estar para
ganarse la vida ejerciéndolo. Por ello buscaban para este oficio a gente sin prestigio y sin escrúpulos.
Gente con entrañas duras, para que no se apiadasen de las lágrimas ni de la miseria.
- En Judea, el cobrador tenía un estigma más infamante aún, porque el pago del tributo de los judíos a los
romanos estaba prohibido por la Ley, era un sacrilegio; el que colaboraba en ese sacrilegio, hacía traición
a su patria, se vendía a los gentiles.
- El reino de Palestina era una teocracia, era el pueblo de Dios, que al ser invadida por los romanos, pasó
a ser una provincia romana, gobernada por el emperador romano.
- Por ello la condición de publicano era comparable con la de los criminales y las prostitutas. Una de las
acusaciones dirigida contra Jesús, por andar, comer, y seleccionar de entre ellos a uno de sus apóstoles
en Cafarnaúm.
- Jesús fue al puerto, vio a Leví o Mateo, sentado en el telonio, banco de la recaudación, se acercó y le
dijo: Sígueme. Y él, dejándolo todo, se levantó y echó a andar con el Señor.
- Leví al dejar su negocio lucrativo, ofreció un banquete de despedida a todos sus amigos y compañeros
publicanos, al que invitó a Jesús y a sus discípulos.
- Además de apóstol, Mateo fue evangelista. El autor de la más antigua recopilación de dichos y hechos
memorables de Jesús, que constituirán el primer evangelio. Escribió su evangelio en arameo para los
conversos de Palestina.
- Luego se separó de sus compañeros para ir a predicar en países cercanos la doctrina de Jesús.
- Predicó por varios años en Judea y países vecinos. Murió en Hierápolis, Turquía.

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mateo-lucas-y-juan.shtml#ixzz4ZqzxymGD

La Genealogía de Jesús

Esta se da también en Lucas 3:23-38. La venida de Cristo había


sido prevista, no solamente desde la eternidad en el cielo, sino
también desde el comienzo de la historia terrenal.

En el remoto pasado Dios había escogido a una familia


determinada, la de Abraham; y más adelante, dentro de la familia
abrahámica, a David, para ser el medio por el cual Su Hijo vendría al
mundo. La nación hebrea fue fundada, y protegida por Dios durante
las edades, como baluarte de aquella descendencia familiar.

La genealogía, tal como se da en Mateo, es condensada. Omite


algunos nombres. Pero esto no invalida la línea de descendencia. Las
42 generaciones abarcan un período de 2.000 años. Se dividen en
tres partes de 14 generaciones cada una, quizás como ayuda para la
memoria. La primera abarca 1.000 años; la segunda, 400 años; ya la
tercera, 600 años. Son tres grupos de 14 cada uno. 14 es dos veces 7,
y 3 y 7 son números sagrados.

En el tercer grupo se dan solamente 13 nombres, pero es evidente


que el decimocuarto corresponde a María. La genealogía tal como
aparece en Lucas es algo diferente. Mateo remonta hasta Abraham;
Lucas, hasta Adán. La una es descendiente: "engendró" ; la otra es
ascendente :"que fue de". Desde David en adelante siguen líneas
diferentes y divergentes, que sin embargo se tocan en Salatiel y
Zorobabel.

La opinión generalmente aceptada es la de que Mateo da la


ascendencia de José y muestra a Jesús como heredero legal de las
promesas dadas a Abraham y a David; y que Lucas da la línea de
María y presenta la descendencia sanguínea de Jesús, "de la simiente
de David según la carne" (Romanos 1:3). La genealogía de María,
conforme a la usanza Judía, estaba a nombre del esposo. José era
"hijo de Elí" (Lucas 3:23), es decir, yerno de éste. Elí era el padre de
María, y el padre de José era Jacob (Mateo 1:15).

Estas genealogías, por más áridas que nos parezcan a nosotros,


forman la vértebra dorsal de los anales del A.T. Conservadas con todo
cuidado durante largos siglos de vicisitudes trascendentales,
contienen "una descendencia familiar a través de la cual una promesa
fue transmitida durante 4.000 años - un hecho nunca igualado en la
historia humana".

Vista Panorámica de Mateo

El libro de Mateo es fundamental para comprender la Biblia como el


oxígeno lo es para respirar. El escritor del primer Evangelio no se
identifica por nombre, pero el autor fue Mateo, cuyo nombre significa
“don de Yahveh.” Era conocido también por el nombre de Leví (Mr
2:14–17; Lc 5:27–32). El respondió de inmediato a la invitación de
Jesús (9:9–13) y en Capernaúm dejó su oficio (9:1) de recaudador de
impuestos para el gobierno romano (10:3) para seguir a Jesús.
Siempre aparece en la lista de los doce apóstoles (10:3; Mr 3:18; Lc
6:15; Hch 1:13).

Mateo escribe principalmente para lectores judíos. El cita cincuenta


y tres veces del Antiguo Testamento, tanto del hebreo original como
de la traducción griega (Septuaginta), y alude al mismo setenta y seis
veces, más que cualquier otro escritor de los Evangelios. Mateo
escribe acerca del Reino de los Cielos (Dn 2:44; 4:37), expresión que
no se encuentra en ninguna otra parte del Nuevo Testamento. El se
refiere al Hijo de David nueve veces
(1:1; 9:27; 12:23; 15:22; 20:30, 31; 21:9, 15; 22:42) haciéndole recordar
a sus lectores de las profecías mesiánicas (Is 9:7; Jer 33:15, 17, 21).
La genealogía de Jesús es trazada hasta Abraham, el padre del
pueblo judío (1:1–2). Mateo menciona ocasionalmente costumbres
judías sin explicarlas (15:2), lo que indica que él escribe
principalmente a una audiencia judía.

Mateo también estaba interesado en los gentiles (los no judíos). El


incluye a mujeres gentiles entre los antepasados de Jesús (1:5). El
relato de los magos del oriente (2:1–12) que visitaron a Israel,
capturaría el interés de lectores gentiles, como lo haría la idea de que
personas extranjeras, además de israelitas, formen parte del reino de
Cristo (8:10–11). Los gentiles son instados a poner su esperanza en
Jesús, el Mesías (12:18, 21), de acuerdo a la comisión que Cristo dio a
sus seguidores de hacer discípulos de todas las naciones (28:19–20).
Describiendo quince parábolas y veinte milagros, Mateo escribe para
fortalecer a los que creyeron en Jesús como el Salvador ungido de
Dios, muchos de los cuales sufrían persecución por su fe.

Varios temas sobresalen en el libro. Mateo demuestra el derecho


de Jesús de ser rey de Israel. El conflicto entre Jesús y los fariseos
surge frecuentemente al unirse ellos a los saduceos (con quienes no
estaban muy de acuerdo) para rechazar lo que Cristo decía (16:11–
12). El libro comienza con un prólogo largo (1:1–4:25) en el cual Mateo
introduce al Mesías como Rey. El cuerpo principal del libro se organiza
alrededor de cinco discursos principales que Jesús pronunció. Estos
son puntos de observación acerca del Rey y tienen dos partes: un
discurso acerca de la verdad y una demostración de la verdad. La
transición entre las partes es marcada por la frase “Cuando Jesús
terminó…” (7:28; 11:1; 13:53; 19:1; 26:1).

El primer discurso del Rey, el Sermón del Monte (5:1–7:29), es


dicho a la multitud estando presente los doce apóstoles (5:1; 7:28–29).
Su segundo discurso (10:1–42) es dirigido a los doce apóstoles (10:1),
instruyéndoles acerca de su ministerio. En el siguiente discurso, las
parábolas del reino (13:1–52), el Rey le da a la multitud una expresión
de su persona (13:2, 36). En el cuarto discurso, el Rey caracteriza a
sus súbditos (18:1–35) y en el quinto, comúnmente llamado Discurso
de los Olivos (24, 25), se dirige a sus propios discípulos (18:1; 24:1).
Comenzando con el prólogo y continuando a través de estas cinco
expresiones personales de Cristo, el Rey y su reino son mencionados
treinta y cinco veces.

En la conclusión (28:16–20) se expone la comisión dada por el Rey


a sus embajadores. La promesa que asegura su permanente
presencia estimula a cada verdadero seguidor de Jesucristo a
compartir las Buenas Nuevas por todas partes.
1,1-17 Genealogía de Jesús. La genealogía nos ayuda a conocer nuestros orígenes y saber de nuestras
raí- ces. Para los judíos era muy importante conservar viva la memoria de sus antepasados. De esta
manera, el nacimiento de Jesús queda vinculado a la historia de un pueblo, Israel; una historia cargada
de promesas y esperanzas, pero también de fragilidad y de pecado. Una pequeña historia, en
definitiva, que representa y de la que dependerá toda la historia humana. Así lo ve Mateo al comenzar
su evangelio con la genealogía de Jesús, elaborando artificiosamente la cadena de generaciones hasta
llegar a su punto culminante: un hombre concreto, «Jesús, llamado Mesías» (1,16). En Él confluyen la
historia de los hombres y la historia de las promesas de Dios, representadas por David y por Abrahán,
o lo que es lo mismo: la única historia de la salvación. Pero Mateo no nos está hablando solamente de
la historia en abstracto, sino de la real y concreta historia de los hombres y mujeres que la componen y
cuyos nombres evocan todo lo que de bueno, de frágil, de éxito y de fracaso, de dolor y de sufrimiento
existe en la familia humana: patriarcas, sabios y profetas, buenos y malos gobernantes, trabajadores,
campesinos, desterrados, esclavos, nativos y emigrantes, prostitutas… ¿Quién, al leer esta primera
página del evangelio, se sentirá excluido de la familia de Jesús? ¿Quién no se sentirá llamado a
participar de la plenitud de las promesas de Dios que se han hecho carne en un miembro de nuestra
familia humana? Al poner fin a la serie de nombres, Mateo intencionadamente no llama a María
esposa de José, sino todo lo contrario, José, esposo de María. 1,18-25 Anuncio a José. La cadena de
generaciones desemboca, por fin, en el último eslabón, no uno más, sino único, definitivo y
extraordinario: un nacido de «virgen». Mateo se apoya en la promesa/profecía de Is 7,14, leída en un
sentido especificado ya por la tradición judía. Mateo sigue esa tradición y la autentifica en este relato
que desarrolla con total claridad que la maternidad de María no es obra de José, sino del Espíritu
Santo. Así habla el texto (1,20-23) y así ha permanecido en la fe de la Iglesia. ¿Cómo reacciona José
ante el acontecimiento del embarazo de María? Se dice que José era «honrado» y no quería difamarla
repudiándola públicamente; por eso decidió hacerlo en privado. ¿Le sorprendió ver a María
embarazada? ¿Es posible que su prometida no le hiciera partícipe del acontecimiento? No es éste el
drama que acongoja su corazón. Podemos pensar que la decisión de José tiene en Mateo un sentido
más profundo: se siente perplejo y desconcertado, lleno de temor reverencial ante un misterio que
intuía y que le desbordaba. La instintiva reacción de huida ante la presencia del misterio de Dios es una
constante en los relatos de vocación de todos los grandes personajes del Antiguo Testamento. Y esto
es probablemente lo que el evangelista quiere contarnos a través del drama humano de su relato: la
«vocación de José» al servicio del misterio de la salvación. Una vez que el ángel calma su temor, José,
convertido en el padre legal del hijo de María, iniciará su misión e impondrá al futuro recién nacido un
nombre, Jesús, cuyo significado resume toda la nueva revelación que se hará realidad en su vida,
muerte y resurrección: «porque él salvará al pueblo de sus pecados». Así inicia José su vocación:
encubriendo y protegiendo el misterio del «Emmanuel, Dios-con-nosotros» (1,23), hasta que llegue su
hora. 2,1-12 Homenaje de los magos. He aquí uno de los episodios más bellos de la infancia de Jesús,
que ha cautivado y sigue cautivando la imaginación de creyentes y no creyentes, de teólogos, pintores
y poetas: el homenaje de los Magos. ¿Qué quiere contarnos el evangelista? ¿Un acontecimiento
histórico, una leyenda, una re- flexión teológica dramatizada sobre el alcance universal del nacimiento
del Salvador? Quizás un poco de todo eso. Y con esa mente abierta debemos adentrarnos en los
relatos de todo el capítulo segundo, en donde Mateo va tejiendo, a modo de presentación, el perfil de
su personaje. Desde la noche de los tiempos, la contemplación de la estrellas ha fascinado a hombres y
mujeres de todas las religiones y culturas. Las estrellas les han hablado Dios y del destino del ser
humano; y han leído en el cambiante mapa astral acontecimientos decisivos de la historia; han visto en
la aparición de una nueva estrella el nacimiento de personajes importantes; han asignado a cada
pueblo su estrella o constelación. Han soñado y esperado y rezado mirando a las estrellas. También la
cultura bíblica escudriñó en las estrellas el acontecimiento más importante hacia el que tendía toda la
historia de Israel: el nacimiento del Mesías-Rey. La secta judía de Qumrán había llegado hasta
confeccionar su horóscopo. En el libro de los Números (24,17) el profeta astrólogo Balahán contempla
en el firmamento cómo «avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel». Sobre este
horizonte de historia y de leyenda proyecta el evangelista esta meditación en forma de relato
escenificado que contiene ya, en germen, todo lo que nos va a decir a lo largo de su evangelio: Jesús es
el heredero de las promesas de Israel, pero también de la esperanza de todos los pueblos de la tierra;
es el Rey-Mesías e Hijo de Dios, pero se revela en la humilde fragilidad del niño, hijo de María; su
presencia provoca el rechazo de los suyos y la aceptación de los alejados y extranjeros; los que,
dejándolo todo, se lanzan decididamente en su búsqueda, lo encontrarán y se llenarán del «gozo
inmenso» (2,10) de quienes han entrado, como los Magos, en el misterio de la presencia amorosa de
Dios (cfr. Mt 5,12; 13,20; 13,44; Lc 1,28; 2,10; 10,20). La liturgia de la Iglesia ha captado y expresado
todo el alcance de la narración de Mateo en el nombre de la fiesta con que celebra la visita de los
Magos: La Epifanía (manifestación) de Jesús. 2,13-23 Huida a Egipto y matanza de inocentes. Regreso
de Egipto. Historia, leyenda y teología se dan de nuevo la mano en el presente episodio con el que
Mateo va a concluir su presentación de Jesús. La crueldad sanguinaria de Herodes, que afectó al recién
nacido y a su familia, es un dato histórico de aquellos tiempos turbulentos por los que atravesaba
Palestina bajo la opresión del tirano. Así lo recoge el evangelista, pero no como historiador, sino como
un teólogo que lee la historia, la interpreta a la luz de la Palabra de Dios y después la vierte en un
relato dramático de tonos legendarios, el instrumento literario que más se presta a la evocación
simbólica y a la reflexión. Al igual que Moisés (cfr. Éx 2,1-9), Jesús es salvado de una muerte segura a
manos del tirano; como el fundador del pueblo de Israel (cfr. Éx 4,19-23), tiene que huir con su familia.
La matanza de los inocentes evoca el exterminio de los niños israelitas (cfr. Éx 1,15-16) y el llanto de
Raquel (cfr. Jr 31,15). Su regreso de Egipto parece obedecer al mandato de Dios que ya anunció el
profeta: «llamé a mi hijo que estaba en Egipto» (Os 1,11). De esta forma, el evangelista nos dice que
Jesús es el nuevo Moisés quien, a través de un nuevo Éxodo, llevará a su pueblo, asumiendo el exilio y
la persecución, hacia una nueva y definitiva liberación. Pero no sólo a su pueblo, Israel, sino a todos los
pueblos de la tierra. Mateo insinúa esta dimensión con el nombre del lugar donde se establece y
donde comenzará su vida pública: «Galilea», «el distrito de los paganos», la provincia más extranjera y
más paganizada de Palestina. La pincelada final del retrato de Jesús tiene también su intención: «se
llamará Nazareno» (2,23), en alusión a la aldea perdida donde vivió como artesano carpintero durante
años. Aunque todavía no se ha logrado identificar el texto del profeta aludido en el versículo 23, el
nombre de «nazareno» era polémico y despreciativo; ser de Nazaret era considerado como ser un
«Don nadie». El evangelista Juan lo dirá más explícitamente por boca de Natanael: «¿De Nazaret
puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). 3,1-12 Juan el Bautista. Después de varias décadas de vida oculta y
anónima de Jesús, que los evangelistas dejan en el silencio, Mateo retoma su narración con una
fórmula temporal genérica, con la que introduce en escena a Juan, con el título propio de «el
bautista». El retrato que nos hace del Bautista es impresionante, tanto por su atuendo silvestre, dieta
ascética y el lugar de su predicación, el desierto, como por la fuerza denunciadora de su mensaje: el
arrepentimiento como cambio radical de vida y la inminencia del juicio de Dios, vengador de las
injusticias. En su punto de mira están, sobre todo, los líderes religiosos y políticos del pueblo,
responsables directos de la corrupción y decadencia de aquella sociedad: los fariseos y saduceos, «raza
de víboras» (3,7). De esta manera oblicua hace Mateo entrar también en escena a estos personajes
que, de ahora en adelante, serán los enemigos más acérrimos de Jesús. Juan exige el arrepentimiento
(cfr. Jer 8,6), la confesión pública (cfr. Neh 9), la enmienda como fruto (Sal 50,23; 51,15). Y como señal
de purificación, el bautismo. El paso por el agua, recuerda el paso del mar Rojo y el Jordán. Frente a los
proyectos de la élite judía (fariseos y esenios), se encuentra en el movimiento bautista una aguda
preocupación por anunciar a todos la salvación, vista la proximidad amenazante del inminente juicio
de Dios. El «bautista» es el anillo entre los profetas y Jesús: lo que los profetas vieron o entrevieron
como futuro, él lo muestra como ya presente. 3,13-17 Bautismo de Jesús. La brevedad con que narra
Mateo esta escena deja, aparentemente, muchas preguntas sin responder. ¿Fue Jesús discípulo de
Juan? Y si lo fue, ¿qué le movió a formar parte del movimiento reformador iniciado por el profeta del
desierto? Pero, sobre todo, ¿por qué se sometió, también él, al rito simbólico de purificación? En el
relato del Bautismo se narra un hecho histórico (Jesús es bautizado por Juan) con ayuda de elementos
de la apocalíptica. De ella procede el rasgarse el cielo que hace posible la aparición del Espíritu y la
audición de la voz divina. Como resultado se obtiene un relato de vocación sapiencial-apocalíptica. Con
el reconocimiento por parte del bautista de la superioridad de Jesús, Mateo responde tanto a los
discípulos de Juan que habían sobrevivido a la muerte del profeta y que continuaban aferrados a su
memoria, como a los primeros cristianos que podían escandalizarse del gesto de Jesús. Pero es en sus
palabras enigmáticas con las que acalla la reticencia del Bautista, donde hay que buscar el sentido
profundo de todo el episodio: «conviene que realicemos la justicia plena» (3,15). Si el rito era para
otros señal de arrepentimiento, para Jesús es plenitud de la Justicia. El evangelista adelanta así uno de
los temas fundamentales que, junto con el «reinado de Dios», va a desarrollar a lo largo de todo su
evangelio. La «justicia» de Dios no es otra sino su voluntad de salvación gratuita ofrecida a todos sin
discriminación, y es esta justicia la que Jesús llevará a su plenitud en cada palabra y en cada gesto de
solidaridad y de perdón con que acogerá a los pobres, a los oprimidos y alejados. Bautizándose con los
pecadores en el Jordán, Jesús carga sobre sus hombros solidarios todo el peso del pecado y del
sufrimiento humano. Sólo después de pasar Jesús por este bautismo del pueblo pecador, se abre el
cielo y el Padre lo señala como “su hijo predilecto” y se hace explícita su misión. El gesto bautismal de
Jesús, viene completado con la visión celestial, en forma de estructura trinitaria, puesta de relieve por
la posterior tradición cristiana: voz del Padre, presencia del Espíritu y título de Hijo. Es la segunda
Epifanía, la manifestación solemne de una identidad que ya se había ido perfilando en los capítulos de
la infancia. La expresión «este es mi hijo amado, mi predilecto» (3,17) es una adaptación de las
palabras de Yahvé dirigidas al «Siervo» (cfr. Is 41,1), figura misteriosa que, aunque inocente, sufre por
su pueblo. Y así, al gesto de Jesús se une la palabra del Padre para indicarnos que este Hijo es también
el Siervo sufriente de Dios. 4,1-11 Jesús puesto a prueba. Mateo nos ofrece a continuación uno de los
episodios más impresionantes de todo el Nuevo Testamento, conocido tradicionalmente como «las
tentaciones de Jesús», aunque es preferible llamarlas pruebas, más que tentaciones. Literaria y
teológicamente, es también uno de los textos más elaborados. Sólo el artificio dramático de un relato
como el presente podía decir tanto en tan pocas líneas. Jesús acaba de ser proclamado Hijo de Dios y,
como tal, va a comenzar el nuevo Éxodo que será duro y doloroso. Sin embargo, antes de contarnos
paso a paso el itinerario que le conducirá a la muerte, el evangelista nos presenta, como en un pórtico
grandioso, la confrontación de Jesús con el enemigo que le seguirá constantemente a lo largo del
camino y al que vencerá: el Diablo, o la personificación de la tentación y de la prueba (cfr. Mt 12,38;
16,22; Jn 6,15; 7,3; 12,27). Esta gran confrontación entre el proyecto del Padre, personificado por
Jesús y el anteproyecto del «rival» («diábolos», en griego), viene escenificado en tres episodios de
creciente dramatismo que se desarrollan en el escenario tradicional de la «prueba» en la cultura
bíblica: el desierto, y durante 40 días, símbolo de los 40 años del éxodo de Israel. El desenlace y la
victoria final tendrán una dimensión cósmica, la cúspide en una «montaña altísima» (4,8) ante el
esplendor y poderío de todos los reinos de la tierra. En cada episodio, una proposición tentadora del
diablo: el milagro fácil e injustificable; el espectáculo gratuito de efecto rápido y asegurado; y sobre
todo, el poderío universal, si se somete a las reglas del juego del pretendido soberano del mundo. Y a
cada tentación del «rival», camuflada en una cita bíblica, el rechazo de Jesús y el compromiso de vivir
solamente de la palabra de Dios. Aunque las tres tentaciones parecen diferentes, todas van dirigidas a
un único objetivo: apartar a Jesús de la voluntad del Padre, o lo que es lo mismo, poner a prueba su
filiación divina. Gracias a los elementos tomados del Antiguo Testamento, el relato sirve para salir al
paso de ciertas expectativas mesiánicas corrientes en el tiempo de Jesús y que seducían también a sus
seguidores. En definitiva, se trata de poner de relieve no sólo la misión de Jesús –el proyecto del
reinado de Dios– frente al proyecto del anti reino, sino también la manera concreta de anunciarlo,
celebrarlo y llevarlo a la práctica. Se confrontan también los dos tipos de mesianismos: el mesianismo
davídico, fundado en el poder, en el prestigio, en las soluciones fáciles y rápidas, y el mesianismo del
Siervo sufriente, que carga con los pecados de su pueblo y vive de cara a Dios y en solidaridad con los
pobres y excluidos. De esta nueva forma de comprender el reinado de Dios, se desprende una nueva
imagen del Mesías que se espera. A partir de la llegada del reinado de Dios es posible llevar a cabo una
vida en que la obediencia a Dios nos conduzca a una relación de comunión con los demás hombres. La
desobediencia al designio de Dios se ha hecho patente en el mundo creando entre los hombres
relaciones opresoras en el triple orden de lo económico (pan), político (reinos de la tierra), religioso
(milagro). Sólo su rechazo en las tentaciones hace posible un orden humano que destruya esas
relaciones opresoras a partir de la existencia de un nuevo poder. 4,12-17 En Galilea. Cafarnaún, junto
al lago, será su ciudad (9,1). Galilea, en un tiempo pagana o influenciada por el paganismo, lugar de
encuentro de pueblos y culturas, será el escenario y plataforma de revelación, como en el gran oráculo
de Isaías 8,23-91. Así comienza a cumplirse el encargo de la misión universal de predicar el evangelio al
mundo entero (28,18ss). El paralelismo/oposición entre Juan y Jesús expresa la íntima conexión de
éste último con los movimientos bautistas pero también su originalidad que lo separa en puntos clave.
La coincidencia inicial se transforma pronto en separación irreductible entre ambos. La predicción
bautista de un Dios vengador de las injusticias se convierte en Jesús en propuesta de un Dios Pacífico y
no violento. El arrepentimiento que pide es para recibir el evangelio como Buena Noticia, como pura
gratuidad de Dios (4,23; 9,35). El ofrecimiento de la gracia ocupa el lugar del juicio de Dios. Jesús sale
al encuentro de la expectativa del pueblo con un anuncio que, desde el comienzo, tiene como
contenido central el reinado de Dios y será desde entonces el centro de su predicación. 4,18-22 Llama
a los primeros discípulos. Jesús llama. Y en esto se diferencia de los rabinos de su época que eran
elegidos por sus discípulos. Jesús, en cambio, es el que elige a los suyos. La llamada es categórica, la
respuesta es rápida e incondicional: ellos responden a su llamado y comienzan a seguirlo. Con estos
rasgos se inaugura un nuevo tipo de seguimiento, el cristiano: es una vocación irresistible y vinculante,
es un discipulado permanente, es un compartir en todo la vida y la misión del Maestro, «les haré
pescadores de hombres» (19). La autoridad y el alcance del llamado de Jesús, evoca el de Yahvé a los
profetas del Antiguo Testamento en el que vocación y misión forman parte de una misma realidad,
como en el caso de Jeremías (cfr. Jr 20, 27ss) o como, ya en el Nuevo Testamento, acontecerá con
Pablo (1 Cor 9,16). 4,23-25 Resumen narrativo de la actividad de Jesús. La actividad de Jesús engloba y
unifica enseñanza (7,28-29; 21,23), proclamación de la Buena Noticia (10,7) y curaciones (8,16-17),
afectando así a la totalidad de la persona del oyente. Un evangelio que sólo mire al «alma» y no al
hombre y a la mujer en su totalidad, no es evangelio de Jesús; y así, donde Mateo dice: «toda clase de
enfermedades y dolencias», debemos nosotros hoy leer también: toda opresión, injusticia,
marginación, es decir, todas las enfermedades estructurales que nacen como subproducto de un
sistema político como el actual que excluye de la mesa del mercado a gran parte de la población
mundial, especialmente la situada en los países del tercer mundo. La fama de Jesús se difunde y atrae
a todo el Israel histórico, con Jerusalén como capital. Atento siempre a toda resonancia bíblica de cada
gesto y palabra de Jesús, el evangelista ve cumplida en la proclamación del reinado de Dios, el anuncio
de Isaías: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que…dice a Sión: Ya reina tu
Dios!» (Is 52,7; cfr. Is 61,1). 5,1-12 Sermón del monte: las bienaventuranzas. El sermón del monte (el
primero de los cinco discursos programáticos de Jesús) es la Carta Magna del nuevo pueblo de Dios. Se
ha de leer con el monte Sinaí y Moisés al fondo (Éx 19) para apreciar diferencias y contrastes.

Encabezan el discurso las ocho bienaventuranzas que constituyen el nuevo programa del reinado de
Dios. Declaran: “felices los pobres” porque en ellos el reino de Dios se hace ya presente como don y
como gracia en medio de nosotros. Son enunciados de valor, no mandatos como el decálogo del Sinaí;
invitación a superarse constantemente, denuncia de mezquindades, oferta de la misericordia de Dios y
don del gozo incontenible que trae el reinado de Dios. A diferencia de Lucas (6,20-23), cuyas
bienaventuranzas van dirigidas a todos sin especificar, como mensaje profético que señala a los
pobres, perseguidos y marginados como los preferidos, las bienaventuranzas de Mateo tienen un
auditorio concreto y restringido: el grupo de los que Jesús había llamado a seguirle: «se acercaron los
discípulos…y los instruyó en estos términos» (1). El evangelista escribe para una comunidad cristiana
ya establecida, que comienza a organizarse como Iglesia y necesita profundizar en su nueva identidad
de seguidores de Jesús, después de la ruptura traumática con el judaísmo de donde procedía la
mayoría, y que les dejó en una situación de marginación social, cultural y religiosa. Es probable que
estos hombres y mujeres fueran realmente pobres, menospreciados y perseguidos. Mateo les invita a
descubrir en las dificultades por las que atraviesan, los valores del reinado de Dios. Las palabras de
Jesús son, en primer lugar, una invitación a vivir la pobreza, la aflicción, el desposeimiento, el hambre y
la sed de justicia, como «bienaventuranzas». Y así, la pobreza material se transformará en «pobreza de
corazón» o apertura confiada a la voluntad y providencia del Padre; la aflicción, en «consuelo»
mesiánico, el único capaz de dar sentido al sufrimiento y a la muerte; el desposeimiento, en posesión
de la «herencia» de la tierra, expresión que equivale a recibir el reinado de Dios; y el hambre y la sed
de justicia, en «esperanza» del cambio radical que traerá el evangelio. Estas cuatro primeras
bienaventuranzas podrían dar la impresión de una fácil y falsa espiritualización de la dura realidad
humana con la esperanza pasiva de una reivindicación en un futuro reinado de Dios. Pero no es así. A
estas cuatro actitudes del corazón, siguen las otras cuatro bienaventuranzas del compromiso y del
empeño por cambiar la realidad y hacer presente el reinado de Dios aquí y ahora: el compromiso de la
misericordia y la solidaridad; el empeño de una vida honrada y limpia; el trabajo por la paz y la
reconciliación; la firmeza ante la persecución. En estas ocho bienaventuranzas Jesús indica el comienzo
del reinado que ya está aconteciendo en la praxis de los pobres. Y es en la práctica de los pobres
donde despunta, aunque de lejos, la nueva creación. En ellos la vida nueva del reinado se construye en
torno a sus ejes básicos: posesión compartida de la tierra (5,4), ausencia de males que hacen sufrir y
llorar (5,6), práctica de la justicia (5,6), de la solidaridad (5,7), nueva experiencia de Dios (5,8) y de la
relación filial con Él (5,9), que es la raíz de la verdadera fraternidad. 5,13-16 Sal y luz. La breve parábola
de la sal y de la luz completa la proclamación de las bienaventuranzas y termina el exordio del sermón
del monte. Estos dos elementos tan necesarios en la vida cotidiana han entrado a formar parte del
mundo simbólico de todas las religiones y culturas. La tradición bíblica ha visto en las propiedades de
la sal –dar sabor y preservar los alimentos– un símbolo de la sabiduría. Para Mateo esta sabiduría es la
palabra de Dios, el evangelio, no en abstracto, sino personificado en la vida de los creyentes: «Ustedes
son la sal de la tierra» (13). La advertencia de «si la sal se vuelve sosa», sigue resonando hoy día, quizás
con más urgencia que en otras épocas de la historia de la evangelización de la Iglesia. Nuestro mundo
postmoderno, que ha dado ya la espalda a todas las ideologías, sólo reacciona ante el impacto del
testimonio, y sin el testimonio de una vida cristiana seria y consecuente, el evangelio se convertirá en
una ideología más; habrá perdido todo su sabor. En la misma línea se mueve la comparación de los
cristianos con la luz del mundo. Más explícitamente que la sal, la luz evoca el mensaje de Jesús
reflejado en la conducta diaria de sus seguidores. San Pablo dirá: «si en un tiempo eran tinieblas, ahora
son luz por el Señor: vivan como hijos de la luz» (Ef 5,8). Pero también la luz, sin el testimonio, es
opaca; brilla solamente a través de las obras. La práctica de las bienaventuranzas lleva consigo una
forma de vida alternativa que necesariamente será contracultural y en donde la persecución aparece
como una consecuencia ineludible. Pero, incluso, o mejor, en la persecución este estilo de vida alcanza
mayor plenitud de sentido: serán “sal de la tierra” y “luz del mundo”. Así realizarán la misión del Siervo
de Dios: siendo perseguidos (Is 50,4-9), serán “luz de las naciones” (Is 42,6; 49,6). En la visión de Isaías
(60,1-3) de la ciudad irradiando luz desde lo alto y atrayendo a todos los pueblos de la tierra, ve el
evangelista la misión universal de anunciar el evangelio, encomendada a los que han sido ya
iluminados por la luz de Cristo. 5,17-48 Jesús y la Ley. Jesús expone su postura frente a la Ley, la Torá.
Primero, en términos genéricos, incluyendo toda la Escritura en la fórmula consabida «ley y profetas»;
después, en una serie de seis contraposiciones agudamente perfiladas, encabezadas por las famosas
antítesis de Mateo: han oído que se dijo…pues yo les digo. Jesús habla con una autoridad que está por
encima de la legislación antigua. Jesús reconduce los mandamientos a su raíz y a su objetivo último: el
servicio a la vida, a la justicia, al amor, a la verdad. No opone a la ley antigua una nueva ley, sino que la
transforma y la lleva hacia una radicalidad sin precedentes, rompiendo todos los moldes y criterios que
han dado origen a toda la legislación humana. En el centro de esta parte del sermón del monte, está el
respeto sagrado a la persona y la denuncia contra todo aquello que, aun camuflado de artificio legal,
atente contra la dignidad del hombre y de la mujer. Pero es, sobre todo, en las dos últimas «antítesis»
donde aparece toda la revolucionaria novedad del mensaje de Jesús, el no rotundo a la «ley del
talión»: «ojo por ojo y diente por diente» (38). ¿No sería utópica una sociedad humana sin esta ley? En
realidad, la «ley del talión» ha existido en todas las culturas, no sólo en la bíblica, como mecanismo
para que la sociedad no se disuelva en el caos de una violencia indiscriminada. Aunque su cruda
aplicación haya desaparecido ya prácticamente en nuestro mundo de hoy, sin embargo, «la ley del
talión», por más sofisticada que se muestre en nuestros comportamientos individuales o en los
códigos legales, sigue estando vigente y considerada como necesaria para asegurar una aceptable
convivencia humana. Y así, la «violencia legalizada» y más o menos controlada, parece ser la única
respuesta para hacer frente a todo otro tipo de violencia que amenace al individuo o a la colectividad.
Un ejemplo entre tantos, la pena de muerte o la reciente guerra contra Irak. Jesús propone la
subversión de este principio porque corrompe las relaciones de las personas entre sí y con Dios. Este
cambio radical sólo podrá partir de la fuerza creadora del amor y será la única respuesta que pondrá
fin a toda violencia. Y no sólo se trata de una no-violencia pasiva: «no opongan resistencia al que les
hace el mal…» (39), sino activa: «pues yo les digo: amen a sus enemigos, oren por sus perseguidores»
(44). Esta es la utopía evangélica que propone el sermón del Monte: el amor a todos, sin condiciones,
como es el amor de «su Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre
justos es injustos» (45). El amor no tiene límites, como no tiene límite la perfección a la que el creyente
tiene que aspirar: «Sean perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el cielo» (48).
Imitando de esta manera a Dios, podremos crear una sociedad justa, radicalmente nueva (5,43-48).
Quizás tengamos que confesar tristemente que nuestro mundo no está aún preparado para que la ley
evangélica del amor substituya a la ley del talión; pero, precisamente porque hemos tocado fondo en
los horrores de la violencia y existe como enquistada una violencia institucionalizada, Jesús invita
apremiantemente a sus seguidores a poner en práctica la utopía del amor evangélico como humilde
levadura que producirá el cambio. Mateo lo expresa con sencillez y realismo: «si uno te da una
bofetada…al que quiera ponerte pleito…si uno te fuerza a caminar mil pasos…a quien te pide
prestado» (39-42). Las respuestas podrán parecer absurdas, pero llevan en sí el poder que cambiará el
mundo. 6,1-18 Sobre la práctica de las obras buenas. Limosna, oración y ayuno. Al igual que para la
mayoría de las religiones de la tierra, la limosna, la oración y el ayuno eran como los tres pilares de la
práctica religiosa judía. Pero cuando estas prácticas se institucionalizan y se legalizan, corren el riesgo
de convertirse en pura rutina, superficialidad e hipocresía. Así ocurría en el contexto religioso judío
donde vivían las pequeñas comunidades de Mateo que buscaban su identidad como cristianos. Mateo,
a través de las palabras de Jesús, les invita a puri- ficar toda práctica religiosa a partir del espíritu
evangélico como criterio de discernimiento, como hizo antes con respecto a la Ley. Y establece un
principio general: las obras de piedad no deben practicarse para ganar prestigio ante los hombres,
posición de poder o privilegios. Llama comediantes, hipócritas, charlatanes, a los que exhibían sus
rezos y sus ofrendas al son de trompetas en las esquinas y en las plazas o «desfiguraban la cara para
hacer ver a la gente que ayunan» (16). Es una crítica mordaz al eterno problema del fariseísmo,
enfermedad que puede atacar a todos, pero que se ceba especialmente en las «personas de riesgo» o
gentes de iglesia, como eran los fariseos de su tiempo. Con razón, una de las críticas históricas a la
Iglesia como institución y a sus representantes ha sido precisamente la de la ostentación, el boato, la
apariencia, el culto a la imagen. 6,9-15 El Padrenuestro. Todas las religiones tienen su oración especial,
la que define su identidad y ha quedado grabada en la memoria colectiva de sus seguidores. Para los
cristianos es el «Padrenuestro» u «oración dominical» (Dominus = Señor), porque ha salido de los
labios del Señor. Lucas (11,1) dice explícitamente que fue enseñada por Jesús a petición de los
discípulos. Mateo lo deja entender (9). La versión que nos da Mateo es más elaborada que la de Lucas,
quizás porque así se rezaba ya en las comunidades cristianas a las que dirige su evangelio. Con esta
oración pedimos, agradecemos y nos renovamos. Contiene una invocación y siete peticiones, tres en
honor de Dios (su nombre, su reino, su voluntad); cuatro a favor nuestro (nuestro pan, nuestras
ofensas, nuestras tentaciones, los males que nos acechan). La gran novedad de la «oración dominical»,
está en la primera palabra con la que comienza: «Padre», de la que surge espontáneamente y cobra
verdadero sentido todo lo demás. Si bien la expresión «Padre» referida a Dios es frecuente en la
tradición bíblica del Antiguo Testamento, nunca se había llegado más allá de un signifi- cado simbólico:
Dios era padre del pueblo en general o se comportaba como un padre. En Jesús, el símbolo se hace
realidad; Dios es realmente su padre, al que llama con el diminutivo entrañable con que los niños se
dirigen a la persona que les dio la vida «Abba» (papá). Pero no sólo es «su» padre, sino también
«nuestro» padre; de cada uno en particular y de todos como familia suya y hermanos de su Hijo
primogénito. Todo el Nuevo Testamento es revelación de este misterio de salvación (cfr. Rom 5,2; Ef
2,18; 3,12; Heb 10,17-20). Aunque por razón de su cultura patriarcal los evangelistas no se atreven a
llamar a Dios «madre», hoy día, libres ya de esos condicionamientos culturales, no expresaríamos
adecuadamente toda la dimensión de nuestra relación filial con Dios, si no nos dirigiéramos a él/ella
como: «Padre-Madre que estás en el cielo», o simplemente Padre-Madre Dios, ya que la expresión
«que estás en el cielo» es una expresión que encubre el nombre de Dios, y que el israelita, por respeto,
no se atrevía a pronunciar. Las tres primeras peticiones, tu nombre, tu reino, tu voluntad, son en
realidad una sola: el deseo ardiente de que su paternidad-maternidad se haga presente eficazmente
en el mundo. El Nombre, el reino, la Ley son los tres ejes sacados del Antiguo Testamento y expresan
cómo debe ser la nueva relación con Dios. El «nombre» en la tradición bíblica es sinónimo de la
identidad de la persona; apelar al nombre de Dios es invocar el esplendor de su presencia activa en
medio de nosotros. Es una petición de fe. «Venga tu reino» (10) es la otra cara de la fe: el deseo y la
esperanza de que el ejercicio de su poder (es decir el reinado de Dios, tema central de la predicación
de Jesús), vaya cambiando la realidad presente hasta su futura y plena transformación. La petición
«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (10), no es fatalismo ni espera pasiva, sino que
expresa el compromiso activo del orante, consecuencia de la fe y de la esperanza, a colaborar
activamente para que el reinado de Dios se vaya haciendo realidad aquí y ahora. Las cuatro peticiones
restantes nos muestran que la relación renovada con Dios sólo es posible en la relación renovada entre
nosotros. De ahí que esas cuatro peticiones sean para la comunidad y se refieren a cuatro necesidades:
el orante pide a su Padre-Madre Dios la fuerza para el camino: primero, el alimento de cada día:
«danos hoy el pan nuestro de cada día». Esta expresión de Mateo deja abierta una variedad de
sentidos que no se excluyen entre sí, sino que contribuyen a presentar todo el arco de las necesidades
humanas: el alimento terreno; el pan del pobre y del necesitado y, sobre todo, el alimento definitivo
del reinado de Dios, anticipado en el pan de la Eucaristía. Finalmente, y dada la condición pecadora del
orante, se pide el perdón de nuestras ofensas –el perdón de las deudas– con el compromiso añadido
de perdonar a los que nos ofenden, el auxilio en la prueba y la protección contra el maligno. El perdón
es un punto central en la oración cristiana. El mal, como realidad o el Maligno como causante del mal,
tiene en cada momento su figura histórica. Atrevernos a delimitarlo y a llamarlo por su nombre en
cada coyuntura histórica es un ejercicio de discernimiento cristiano y una exigencia de la dimensión
profética de nuestra fe. Así termina la oración cristiana que, en su brevedad, resume todo el evangelio.
6,19-21 Sobre el poseer. Luz y tinieblas. Dios y el dinero. Con sus cuatro recomendaciones sobre la
posesión de bienes, Jesús no se suma, sin más, a la condena tradicional del afán excesivo de poseer,
sino que desenmascara la maldad de la codicia en su raíz más profunda: la idolatría. Mamón, dios del
dinero, es rival irreconciliable con el Dios de las bienaventuranzas, cuya santidad se manifiesta en el
esplendor de su generosidad, como lo acaba de enseñar en el «Padrenuestro». ¡Cuánta oscuridad»
(23) la que entra en el corazón del hombre o de la mujer a través del ojo cegado por la tacañería! Y
termina con una frase lapidaria que emplaza a sus oyentes, de ayer y de hoy, a hacer una opción
radical, sin medias tintas: «No pueden estar al servicio de Dios y del dinero» (24). 6,25-34 Confianza en
Dios. Quizás no exista otro concepto religioso en nuestra tradición cristiana que se haya prestado tanto
al desconcierto, al abuso y a la manipulación, como el de la «providencia de Dios». Ha servido para
todo, para encubrir la falta de esfuerzo y trabajo personal, y aceptar con fatalismo lo que venga; o para
aquietar nuestra conciencia ante la injusticia y la opresión de los pobres, esperando que la providencia
se cuide de ellos. A veces llamamos instintivamente «providencia» a la abundancia y al bienestar o nos
sentimos apartados de ella cuando llama a nuestras puertas la penuria y el sufrimiento. En el fondo, si
no sabemos a qué atenernos respecto a la Providencia de Dios, es porque, hasta ahora quizás, no
hayamos leído de verdad el «sermón del monte». Jesús no nos explica cómo o cuándo se hace
presente la «Providencia»; simplemente nos invita a abandonarnos en manos de nuestro Padre-Madre
Dios para quien sus hijos e hijas son las criaturas más importantes de toda su creación, y así, pasar de
la angustia a la con- fianza. Jesús resume en una frase cuál debe ser la actitud de sus seguidores ante la
providencia de Dios: «busquen primero el reinado de Dios y su justicia» (33). Y el reinado se recibe
como don gratuito, con la alegría y con- fianza de quien experimenta la paternidad-maternidad de Dios
en su acción trasformadora del mundo. Pero esta «justicia» (salvación) de Dios invita también a la
colaboración y al empeño personal y colectivo de sus seguidores con su plan salvador. La confianza
lleva necesariamente al compromiso, pues nadie se compromete con una causa perdida. Y esto es
justamente lo que nos enseña esta página entrañable del evangelio: que el poder salvador de Dios,
simbolizado en el esplendor y la delicada magnificencia con que trata a las aves del cielo y a las flores
del campo, no va a dejar fuera del banquete del reino a sus hijos e hijas. 7,1-6 No juzgar: la pelusa en el
ojo del hermano. El sermón del monte ha ido desmantelando poco a poco todas las estructuras y
condicionamientos internos que aprisionan y esclavizan a la persona, desde una perspectiva nueva que
revoluciona toda la ética y todo comportamiento humano convencional: la presencia del reinado de
Dios. Lo ha hecho con la ley del talión, con el afán de poseer, con la angustia ante el mañana; ahora lo
hace con el juicio contra el hermano. Si Jesús hablara simplemente de las actitudes civilizadas de la
compresión y la tolerancia, no habría dicho nada nuevo que no hubieran dicho ya los rabinos de su
tiempo (o de todos los tiempos) quienes usaban la proporción como norma positiva de juicio: «Del
mismo modo que ustedes juzguen se los juzgará» (2). Confucio decía, quinientos años antes de Jesús,
que «el hombre justo, cuando ve una cualidad en los demás, la imita; cuando ve un defecto en los
demás, lo corrige en sí mismo». Jesús cita la norma, pero para negarla, para prohibir y condenar como
falso, hipócrita y farisaico todo juicio humano que no esté ya inspirado en la nueva justicia que ha
traído el reinado de Dios. Y esto lo ilustra con el proverbio que pone de relieve la desproporción
hiperbólica entre la basura o la pelusa en el ojo del hermano y la viga en el ojo propio. Si la presencia
del reinado de Dios entre nosotros nos ha hecho experimentar el don inmenso e impagable de su
perdón y misericordia, es decir, la revelación de su justicia (salvación), todo otro juicio que no sea el de
ver al prójimo en el mismo abrazo salvador del Padre, sería tan injusto y absurdo como quien se fija en
la pelusa del ojo del hermano llevando una viga en el propio. 7,7-12 Pidan y se les dará. A estas alturas
del sermón del monte, el discípulo-oyente de Jesús podría sentirse sobrecogido ante los desafíos tan
radicales que plantea el reinado de Dios. Desafíos que aparecen como exigencias utópicas que
bordean lo absurdo y desbordan toda nuestra capacidad humana de comprensión y de realización.
Pues con el mismo laconismo y autoridad con que ha propuesto la nueva ley del reinado de Dios, Jesús
nos viene a decir que dicha ley no se puede cumplir a través del solo esfuerzo humano, sino que se
recibe gratuitamente, como don de Dios. Pero al don debe preceder la petición del don, y no una
petición puntual y coyuntural, sino toda una vida entendida como empeño de búsqueda
comprometida con el reinado, expresada en la reiteración: «pidan, busquen, llamen…porque quien
pide, quien busca, quien llama» (7s). La posible duda sobre un Dios sordo a nuestras peticiones la
reduce Jesús al absurdo; sería como colocar a «el Padre-Madre del cielo» (11) a un nivel más bajo que
los padres y madres de la tierra quienes, aunque malos, saben dar cosas buenas a sus hijos. La «regla
de oro» (12) no es nueva; de una manera u otra se encuentra en el código ético de todas las religiones
y culturas. En el judaísmo aparece expresada negativamente: «no hagas a otro lo que no quieres que
te hagan a ti», tal como Tobías inculcaba a su hijo y los judíos enseñaban a los prosélitos de origen
pagano (Tob 4,15). El sermón del monte culmina con esta regla de oro, pero lo nuevo que propone no
está en que viene expresada en forma positiva: «traten a los demás…» (12); esto sería sólo cuestión de
matices. Su novedad está en la perspectiva radicalmente distinta en que viene colocada: la presencia
del reinado de Dios entre nosotros, que revoluciona el comportamiento mutuo abriéndolo a la
creatividad de un amor que no conoce proporciones ni límites. 7,13s La puerta estrecha. Mateo pone
fin al sermón del monte con un epílogo que refleja las circunstancias de los cristianos de su tiempo que
vivían en un ambiente duro, no exento de hostilidad y persecución. Si el evangelista tiene presente a
las comunidades a las que dirige su evangelio, las palabras de Jesús se dirigen a todos sus seguidores
de todos los tiempos para quienes, persecución o no, profesar una vida según los valores del evangelio
es siempre ir contracorriente, contra lo social, polí- tico y, a veces, religiosamente correcto. En
situación semejante hay que tomar decisiones y actuar entre dificultades. Jesús lo previene y ofrece
criterios de discernimiento, usando y renovando las imágenes tradicionales del camino, el árbol y la
construcción. La puerta estrecha sigue siendo para todos los seguidores de Jesús la puerta del pobre y
del excluido, la puerta por la que el mismo Jesús atravesó el umbral de la existencia humana; Él no se
hizo genéricamente hombre, sino específicamente hombre pobre. En las palabras de Jesús a sus
discípulos «como el Padre me ha enviado, así les envío yo», no sólo se expresa el anuncio del envío
misionero, sino también la forma específica de realizar la misión, como Él la llevó a cabo, por voluntad
del Padre. 7,15-29 Por los frutos los reconocerán. Roca y arena. Los falsos profetas fueron en el
Antiguo Testamento la pesadilla de los auténticos profetas (cfr. Jer 23 y Ez 13, entre otros), lo mismo
que los falsos doctores lo fueron de las primeras comunidades cristianas (1 Jn 2, habla de anticristos).
El criterio de discernimiento es claro: los frutos, como los que da el árbol sano. No es cuestión de
doctrina correcta, de ortodoxia, sino de ortopraxis. Jesús anatematiza a los que nunca recorrieron la
senda del pobre y al final se encontraron sin los frutos del reinado: «tuve hambre…tuve sed…era
emigrante…estaba desnudo…en la cárcel... enfermo…y no me dieron de comer…» (25,42-43), y «lo que
no hicieron a uno de estos más pequeños no me lo hicieron a mí» (45) 8–9 Sanaciones. Las sanaciones
no son prueba extrínseca y heterogénea de una doctrina y una misión, sino que son ya realización
parcial y concreta; al sanar, Jesús está haciendo presente el reinado de Dios, que lleva consigo la
liberación de toda la persona y de todas las personas. Los relatos de sanación siguen con gran libertad
un esquema básico: diálogo con el enfermo y el efecto en los que asisten o se enteran. En primer plano
se aprecia la necesidad de creer y confiar en Jesús para disponerse a su gesto liberador. Todos los
relatos sinópticos suponen o conducen a una fe en Jesús. A veces Jesús mismo la pide, otras la
descubren en los gestos de la gente o la suscita con sus preguntas. En ocasiones, subraya que es la fe
del enfermo la que le ha curado. Mateo acentúa, frente a Marcos y Lucas, la «poca fe» de los
discípulos como impedimento para comprender la persona y los gestos de Jesús, y la dificultad de
hacer ciertas curaciones que Jesús realiza. Se tiene fe en Jesús si se tiene fe en la Buena Noticia del
reinado que Él anuncia y realiza. Por encima de todo, lo que Jesús está pidiendo es una fe en la
irrupción de la fuerza del reinado en esas obras poderosas que lo manifiestan. Mateo subraya este
camino del reinado, enseñado por Jesús en varios discursos, pero también mostrado en obras, sobre
todo en esas “obras poderosas” que concentra especialmente en los capítulos 8 y 9 y repite en sus
sumarios a lo largo de todo su evangelio (4,23s; 8,16; 9,35; 12,15s; 14,14.34ss; 15,29ss; 19,2; 21,14).
Esta misma actitud debe continuar en la Iglesia, poniéndose al servicio de los peque- ños y superando
la “poca fe” (6,30; 8,26; 14,31; 16,8 y 17,20 en su Maestro y Señor. 8,1-17 Tres marginados: el leproso,
el extranjero y la mujer. La fuerza salvadora del reinado de Dios no tiene fronteras; por eso Jesús se
acerca, en primer lugar, a tres necesitados que simbolizan la marginación a que estaban sometidos en
aquella sociedad: los enfermos contagiosos, por su enfermedad; las mujeres, por la opresión de una
cultura patriarcal; y los paganos, por su exclusión del pueblo de Dios. Jesús respeta la ley de reintegrar
al leproso sin un certificado otorgado por un sacerdote. Los sacerdotes examinaban, diagnosticaban y,
en ciertos casos, confinaban o excluían de la vida civil. Jesús sana, limpia y restituye a la vida de la
comunidad. Es su voluntad y tiene el poder. El centurión (jefe de cien hombres del ejército romano),
además de pagano, representaba a la potencia colonial de Roma; doble motivo para convertirse en
una persona desdeñable. Pero por su fe entra en la nueva comunidad y crece como figura ejemplar:
como denuncia de los que se resisten a creer y como anuncio de muchos que creerán. El caso
particular de la sanación del criado paralítico se prolonga como anuncio misionero de alcance universal
(cfr. Is 2,2-5; Miq 4,1-5). La expresión del Salmo 107,3: «den gracias al Señor porque es bueno…que lo
digan (…) los que reunió…de oriente, occi

Las bienaveturanzas
Perfil: El Evangelio de Mateo
Este evangelio se escribió aparentemente a mediados de la década de los ochentas.
Tradicionalmente el punto de origen es Antioquía en Siria, aunque algunos se inclinan por un
lugar cerca de Damasco o Galilea. Se escribió sencillamente por un escriba judío bien
familiarizado con las escrituras de Israel. Es posible que el autor se veía como "un maestro en
religión que ha sido instruido sobre el Reino de los Cielos... que saca de sus armarios cosas
nuevas y viejas" [13:52].

El autor escribe en una iglesia bastante judía, tanto demográfica como ideológicamente. Hay
miembros gentiles, pero se espera que ellos también obedezcan las normas de la Ley [22:11-14],
posiblemente incluyendo la circuncisión. Escrito en una comunidad predominantemente judía
de creyentes en Jesús como Señor, el evangelio manifiesta la competencia con otros líderes en
el judaísmo por controlar el vacío de poder que quedó después de la destrucción del Templo en
el año 70. Es importante notar que la Iglesia de Mateo es una derivación del judaísmo del
primer siglo. Mateo se considera a sí mismo judío, incluso más auténticamente judío que otros
grupos judíos, porque él sigue la Ley enseñada con autoridad por Jesús. Otros judíos después
del año 70 interpretaron la Ley de acuerdo con normas diferentes, particularmente los fariseos,
cuyas tradiciones contribuyeron en gran parte al nacimiento del judaísmo rabínico. Por lo tanto,
Mateo compite por el alma de judaísmo con los fariseos locales (he aquí la negatividad de estos
personajes en el evangelio de Mateo). El debate principal se centra en quién interpreta la Ley
correctamente.
Consecuentemente, el Jesús de Mateo "no viene a suprimir la Ley sino para llevarla a la forma
perfecta" [5:17]. Aquellos que niegan aún la norma más pequeña de la Ley son los más
pequeños en el Reino de Dios [5:19]. (Esto puede estar dirigido a cristianos como Marcos, cuyo
contexto gentil le llevó a presentar a Jesús prescindiendo de leyes alimenticias [Mc 7:19].)
Este evangelio está organizado con un propósito educativo. Tiene cinco sermones de Jesús [5:1-
7:29; 10:1-42; 13:1-52; 18:1-35; y 23:1-25:46], que recuerdan los cinco libros de la Ley. En el
primero de estos discursos, el "Sermón de la Montaña" (el cual en Lucas 6:17ss tiene lugar en
un lugar plano), Jesús como un nuevo Moisés presenta su enseñanza definitiva sobre la Ley. El
Sermón contiene seis "tesis mayores" en las que Jesús declara "ustedes han escuchado. . . pero
yo les digo. . ." [5:21,27,31,33,38,43] en las cuales, sólo con una excepción, Jesús toma un
principio que ya existe en la Ley y lo intensifica en la misma dirección.

Mateo ve a Jesús como la encarnación de toda la historia judía precedente. Por ejemplo, las
narrativas de la infancia contienen una genealogía [1:1-17] en las que aparecen mujeres notables
[1:3,5,6]; un número de pasajes de "cumplimiento" que se relacionan a Jesús con textos
proféticos [1:22-23; 2:5-6,14-15,17-18,23]; y alusiones a judíos famosos del pasado (por
ejemplo , José, quien, tal como el José de la antigüedad, recibe mensajes por medio de sueños
[1:20; 2:13,1,22]; y Moisés, quien como Jesús, fue rescatado cuando era niño de un rey que le
quería asesinar [2:16- 18].) El ministerio de Jesús comienza con tres tentaciones en el desierto
que corresponden a las experiencias de Israel en el desierto después de éxodo. Pero donde Israel
hijo de Dios falló, Jesús Hijo de Dios venció [Compare Ex. 16:1-3; 17:1-2,7; 32:1-4 con Mt.
4:3-10].

Todo esto conduce a la conclusión de que Mateo piensa en Jesús como una Ley Viviente. He
aquí que el icono para este evangelio es un rollo de la Ley. El Jesús de Mateo es aparentemente
la personificación de la Sabiduría de Dios, quien en las escrituras de Israel estaba con Dios en la
creación, vino a vivir en Israel, residió en el Templo y se consagró en la Ley. Ella, como el
Jesús de Mateo, es aquella cuyo yugo es ligero y su carga ligera y conforta a todos los que
vienen a ella [Compare Mt. 11:19,28-30 con Eclesiástico 6:18-37; 24:19-24; 51:23-27]. Ella es
normalmente rechazada por los mortales a quienes viene a buscar.

Como Sabiduría viviente de Dios, las enseñanzas de Jesús tienen que ser observadas. Todos
aquellos que dicen "!Señor!, !Señor!" no entrarán en el reino de los Cielos sino sólo aquellos
que hagan la voluntad del Padre [7:21; vea también 25:31ss]. La iglesia de Mateo debe poner la
Ley de Jesús en práctica con un énfasis especial en reconciliación y perdón [5:23-24; 18:23ss],
usando medidas extremas sólo cuando sea estrictamente necesario [18:15-17]. El evangelio
consistentemente concluye con un énfasis final en Jesús como Maestro: "Vayan, pues, y hagan
que todos los pueblos sean mis discípulos... y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he
encomendado" [28:9-10].

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