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Historiografía Cubana

El documento discute la evolución de la historiografía cubana, enfatizando la necesidad de estudiar la historia desde la perspectiva de los pueblos y clases sociales, especialmente tras la revolución de 1959. Se menciona la influencia de obras como 'La otra historia' de Howard Zinn y la importancia de nuevos enfoques que desafían la historiografía tradicional. Además, se analiza la obra de Sergio Aguirre, destacando su relevancia y controversia en el contexto de la historia política de Cuba.
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Historiografía Cubana

El documento discute la evolución de la historiografía cubana, enfatizando la necesidad de estudiar la historia desde la perspectiva de los pueblos y clases sociales, especialmente tras la revolución de 1959. Se menciona la influencia de obras como 'La otra historia' de Howard Zinn y la importancia de nuevos enfoques que desafían la historiografía tradicional. Además, se analiza la obra de Sergio Aguirre, destacando su relevancia y controversia en el contexto de la historia política de Cuba.
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Instituto de Historia de

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La nueva mirada de la historiografía cubana.
Autor(a): Dra. Mildred de la Torre Molina. Investigadora Auxiliar, Instituto de Historia de Cuba.

La reciente publicación en Cuba de la obra de Howard Zinn titulada La otra historia (Edit. Ciencias
Sociales, La Habana, 2004) y presentada, una vez más, en la Feria del libro en febrero del presente año,
hace pensar, entre numerosas cuestiones, en la necesidad de que se intensifiquen los estudios sobre la
historia de los pueblos, de los sectores y clases sociales y demás aspectos temáticos soslayados por la
historiografía tradicional.

Tal vez, a escala local e internacional, en congresos o eventos, los historiadores deban discutir en torno
a la aplicación de los conceptos de tradicionalidad o modernidad en la historiografía en tanto, no pocas
veces, son indiscriminadamente aplicados en el momento de valorar el quehacer historiográfico actual.

Algunas autores abordan el tema de la otra historia, entendida esta como la historia de los pueblos o de
las masas populares bajo una óptica tradicional aunque sus propósitos sean los de la justicia y el
progreso social. El positivismo puede ser el método empleado para denunciar o llamar la atención sobre
los grandes problemas históricos que han aquejado y aquejan a los pueblos.

Bajo ese mismo método historiográfico se puede presentar toda la documentación necesaria para
evidenciar las condicionantes y el contenido de las relaciones históricas de los gobiernos y de las
instituciones, del estado y del sistema político en su conjunto, de la cultura, del movimiento de las ideas
elitistas o no, de las tendencias y de las acciones concretas de los sectores populares para modificar o
mejorar sus estatus de vida.

Las obras publicadas en Cuba antes y después del triunfo revolucionario de 1959, referidas a lo que
comúnmente se entiende como la otra historia presentaron, con más o menos dosis, una interesante
combinación de positivismo tradicional e izquierdista. De ello dan fe las obras de Ramiro Guerra, José
Luciano Franco, Juan Pérez de la Riva, Pedro Deschamps, Emilio Roig, Fernando Portuondo y José
Rivero Muñiz entre otros.

Como estudios propiamente marxistas, sin exclusiones positivistas, aunque en menor cuantía, pueden
ser considerados los de Julio Le Riverend, Manuel Moreno Fraginals, Raúl Cepero Bonilla y Sergio
Aguirre. Tanto unos como otros se sumergieron en el amplio espectro de las historias sociales,
económicas y políticas. A excepción de Aguirre, cuya mayor motivación fue la de la interpretación, los
restantes, junto a los primeramente mencionados, dejaron una sustancioso legado investigativo, basado
en fuentes primarias, imprescindible para cualquier empeño epistemológico presente y futuro.

La revolución cubana propició, por su carácter esencialmente popular, la emersión de nuevos estudios
sobre la otra historia. No solo se inspiró en la necesidad de responder, con nuevas creaciones, a la
precedente historiografía tradicional cuyos enfoques, motivaciones y contenidos justificaban la existencia
de la república neocolonial y se enfrentaba a las posiciones patrióticas de lo que bien pudiera llamarse la
historiografía de resistencia, sino también en el carácter profundamente patriótico de la revolución
cubana. Esta es herencia y ruptura en tanto es continuación y parte del movimiento de liberación
nacional y su triunfo constituyó una ruptura radical con el estatus neocolonial.

Ello no desmiente, por supuesto, que dentro de la historiografía tradicional existan valores patrióticos o
que los mismos se hayan producido muy a pesar de las intenciones con que fue concebida. Los textos
de Herminio Portell Vilá, por ejemplo, concebidos para propiciar la anexión de Cuba hacia los Estados
Unidos y para justificar su política expansionista, despiertan sentimientos desfavorables a sus propósitos
y permiten sustentar las posiciones antiimperialistas e independentistas de la mayoría de los cubanos de
entonces y de ahora. Otros ejemplos, referidos al patriotismo nacionalista, los encontramos en Roberto
Agramonte, Emeterio Santovenia, José M. Pérez Cabrera. Juan J. Remos, Diego González y otros cuyas
valoraciones sobre el protagonismo intelectual y político mambí son imprescindibles para cualquier
indagación sobre el tema. A su forma y manera también fueron portadores de pensamientos y
estremecimientos patrióticos.

La otra historia ha ido desarrollándose paulatina y progresivamente en Cuba. Los estudios parciales
sobre los procesos políticos populares y revolucionarios y los relativos al protagonismo político social
junto a los fenómenos globales inherentes a la esclavitud y al capitalismo constituyen los temas
abordados por los historiadores de Cuba después de la revolución. Salvo las monografías de Julio Le
Riverend y Ramiro Guerra no hubo, antes de 1959, resultados científicos referidos a los asuntos
anteriormente señalados. La esclavitud, como sistema social, ha sido abordada por un grupo
considerable de historiadores profesionalmente formado después de 1959. Carmen Barcia, Gloria
García, Leyda Oquendo, Gabino La Rosa, Arturo Soreghi, Mercedes García, Fe iglesias, Olga
Portuondo, Orlando García, Oilda Hevia son, entre otros, protagonistas de ese nuevo quehacer
historiográfico.

Ello es indicativo del interés de los centros de investigación y de la enseñanza superior por patrocinar las
investigaciones relacionadas directamente con los procesos formacionales de la nacionalidad cubana y
de las motivaciones investigativas de los historiadores del patio por dilucidar el complejo mundo de las
relaciones sociales dentro del complejo y multifacético universo de la más horrible y despiadada
sociedad vivida por el género humano. Las interioridades investigadas comprenden las relaciones
económicas y sociales, los movimientos políticos, las rebeldías, el sistema de vida, las mentalidades, la
ideología y la familia. Hay, en todas ellas, sustratos e ingredientes propios de la otra historia. Aspectos
que se corresponden con los intereses de los historiadores foráneos especializados en Cuba; españoles,
ingleses y norteamericanos y cubanos norteamericanos. Entre estos últimos deben mencionarse a Ada
Ferrer y a Alejandro de la Fuente.

La publicación de textos sobre las guerras de independencia, sus próceres y protagonistas y lo relativo
con el patriotismo inherente al movimiento revolucionario del siglo XIX constituye una constante de la
política editorial de la revolución cubana desde 1959 hasta el presente.

La otra historia referida a ese aspecto, escrita y dada a conocer durante la república neocolonial, fue
reeditada sin sensibles distinciones ideológicas. De esta forma, la Imprenta Nacional de Cuba publicó
numerosos volúmenes de las historias escritas por Ramiro Guerra, Fernando Portuondo, José Luciano
Franco, Leonardo Griñan Peralta, Jorge Mañach, Emilio Roig, Hortensia Pichardo, Sergio Aguirre, Juan
Marinello, entre otros, junto a los de los protagonistas de las gestas independentistas como José Martí,
Antonio Maceo, Ramón Roa, Antonio Zambrana, Enrique Piñeiro, Manuel Sanguily e Ignacio Agramonte
por solo mencionar algunos.

Dicha temática ha continuado desarrollándose dentro del quehacer historiográfico. Hubo una primera
generación, protagonizada por Jorge Ibarra, Salvador Morales, Rolando Álvarez Estévez, Abelardo
Padrón, Gilberto Toste, Mary Cruz, Emilio Godínez, Nidia Sarabia, Ibrahím Hidalgo, Pedro Pablo
Rodríguez, Josefina Toledo, Francisco Pérez Guzmán, Olga Cabrera, Aleida Plasencia, José Cantón
Navarro, Oscar Loyola, Diana Abad, Eusebio Leal, entre otros, dedicados fundamentalmente al
movimiento de liberación nacional ,cuyas obras se conjugaron con las de los historiadores marxistas que
publicaron durante la república. A partir de los años 80 surge una nueva generación de historiadores
más dedicada a los problemas sociales que políticos en concordancia con los nuevos intereses de la
historiografía internacional.

El bregar histórico político de la sociedad colonial se aprecia en Yoel Cordoví con sus incursiones en la
vida y en la obra de Máximo Gómez y en sus valoraciones sobre el liberalismo de la segunda mitad del
siglo XIX aspecto este desarrollado por Alejandro Sebasco, igualmente es observable en Jorge Renato
Ibarra, Marilú Uralde, Angelina Rojas, Servando González en lo concerniente a la república, mientras
que lo social, lo no visto hasta el presente y que también conforma la otra historia, resulta de interés en
los resultados científicos de Yolanda Díaz con la criminalidad y la marginalidad, en Ricardo Quiza en lo
relativo a la intelectualidad, en Imilcy Balboa con los trabajadores libres durante la esclavitud, en Marial
Iglesias con sus análisis sobre la sociedad cubana en los inicios republicanos, en Pablo Riaño con el
costumbrismo de los inicios del XX, en Latvia Gaspe con la municipalidad y en Alain Basail con sus
estudios sobre la prensa decimonónica.

Antes de la revolución cubana hubo dos notables ausencias: la historia regional y la militar. Sobre la
primera debe mencionarse que, anteriormente a 1959 existieron realizaciones más en la esfera de la
crónica que en la propiamente historiográfica. Los historiadores locales, fundamentalmente, reseñaron el
acontecer independentista y el social entendido este como historias de las figuras y de las familias de la
localidad. Como disciplina científica y dotada de nuevos y renovados enfoques comienza a ejercer su
dominio después del triunfo revolucionario. De ello dan fe los estudios de Eusebio Leal, Hernán
Venegas, Olga Portuondo, Elda Cento, Violeta Rovira, Orlando García, Florentino Morales, Enrique
Alonso, Ovidio Díaz, Arnaldo Jiménez de la Cal, Hirán Pérez, Víctor Marrero y muchos más que
posibilitan la reconstrucción científica de las regiones, provincias y localidades en beneficio de la cultura
histórica.

El campo de desarrollo de la historia militar ha sido el de la confrontación entre Cuba y España durante
las guerras independentistas y el del diferendo con los Estados unidos desde 1959 hasta la actualidad.
Las más conocidas realizaciones historiográficas son las de Milagros Gálvez, Servando González, Raúl
Izquierdo, Francisco Pérez Guzmán, Roberto Pérez, Jesús Ignacio Suárez y Ángel Jiménez.

Los estudios sobre la mujer, aspecto relevante de la otra historia, constituyen, también, creación
autóctona de la obra historiográfica de la revolución y de las nuevas corrientes imperantes en el mundo
contemporáneo. La penetración en el género, bajo una óptica científica y desprejuiciada y dotada de un
inmenso caudal de sugerencias para mirar desde adentro la historia y la contemporaneidad de la
sociedad cubana revelando y develando nuevos caminos de indagación científica, tienen sus
expresiones en Mara Araujo, Luisa Campuzano, Diana de la Cruz, Tomás Fernández Robaina, Julio
César González, Ana Núñez Machín, Susana Montero, María Dolores Ortiz y Raquel Vinat de la Mata.

La historiografía cubana se fortalece en la misma medida en que los cambios se suceden según las
exigencias de los tiempos actuales. Los retos no son solo para el presente, lo son también para el
pasado y para el futuro. Ellos merecen la dignidad, la valentía y el honor de los hacedores actuales de la
historia. Ellos merecen también que con justicia se conozca la labor de los que desde Cuba hacen
posible que llegue a todos lo mejor de la cultura nacional y universal.

La ensayística historiográfica de Sergio Aguirre


Autor(a): Dra. Mildred de la Torre Molina. Investigadora Auxiliar, Instituto de Historia de Cuba.

Las razones de estas líneas obedecen a una vieja necesidad por expresarme en torno a la obra de uno
de los intelectuales más polémico y controversial de la segunda mitad del siglo XX cubano. Pero el
interés es mucho mayor en tanto dentro y fuera de la sociedad cubana se analizan y discuten, se
impugnan y se reivindican a no pocos exponentes de la cultura cubana que, de una forma u otra,
asumieron el complejo y difícil oficio de sembrar pensamientos revolucionarios, entiéndase comunistas,
al fragor de una batalla militante y comprometida con los destinos de la nación cubana. Valorar la obra
de Sergio Aguirre, en toda su magnitud, requiere del análisis de los complejos mundos de la
intelectualidad cubana de la segunda mitad del pasado siglo con sus rompimientos y continuidades
derivados del triunfo revolucionario del 59. Por razones de espacio no es posible, en esta oportunidad,
contextualizar la obra de Aguirre.

Confieso que, pese a mi distancia generacional, aun me resulta embarazoso sumergirme críticamente en
la obra del maestro. Aun siento muy cerca su presencia profesoral, siempre polémica y dinámica, y a su
cotidiano andar por el mundo académico. Aún siento muy cerca sus consejos y críticas.

Las valoraciones sobre la obra de Aguirre.

La memoria a veces está ausente en los historiadores. Muchas veces se critica una época a través de
los errores cometidos por los hombres que ejecutan políticas y viceversa. A veces se relacionan
conductas personales con políticas de gobierno, a veces, también, se utilizan las figuras para condenar a
las ideologías. Lo cierto es que Sergio Aguirre, desde los tiempos de la década del cuarenta del pasado
siglo hasta el presente, ha ocupado la atención de la crítica historiográfica. Sin embargo, su obra nunca
ha dejado de estar presente en los textos de historia de Cuba, por importante o no que sean. Los que lo
impugnan los consultan y no siempre para criticarlo sino más bien para asumirlos. Porque,
indudablemente, facilitan, con creces, cuanta información bibliográfica pueda existir sobre la historia
política de Cuba.

Los detractores de Aguirre señalan que su obra carece de valor epistemológico porque se basa en las
investigaciones realizadas por los historiadores de su contemporaneidad. Él honestamente admitió la
veracidad de esa afirmación, sin embargo, sus textos denotan un exhaustivo trabajo de compilación
bibliográfica así como un uso permanente de la prensa periódica y de las revistas especializadas. Como
polemista se mantuvo constantemente actualizado de las corrientes historiográficas en boga así como
de los métodos y conceptos inherentes a la ciencia histórica. Sus libros también constituyen fuentes de
referencias en dicha esfera del conocimiento. No pocos historiadores han reconstruido su campo
específico de estudio desconociendo a las fuentes primarias y su cientificidad no ha sido cuestionada, no
pocos, también, se han basado en el intérprete Aguirre para orientar su bregar científico. En fin, hay
mucho mundo por discutir al respecto.

También algunos de sus analistas, nacionales y extranjeros, lo han vinculado estrechamente con el
sectarismo político de los años sesentas debido a su alineación al Partido Comunista desde los tiempos
de la neo colonia. Los criterios van dirigidos a probar la existencia de una historia oficial durante esos
años y a la imposición de cánones inherentes a la historia política, fundamentalmente la especializada
en los movimientos independentistas, hacia toda la esfera del conocimiento histórico .Habría que hurgar
en los contenidos oficialistas de los textos de historia de entonces y en la obra de los críticos de Aguirre
para demostrar el alcance de esos oficialismos. En esos criterios hay mucha mezcla de asuntos
personales con los propiamente científicos y sobre todo mucho más interés en el quehacer del dirigente
que en del historiador.

Otro es el análisis presentado por Carmen Almodóvar. En su conocida Antología crítica de la


historiografía cubana (Período neocolonial) después de reseñar los contenidos de sus obras más
conocidas, apunta con agudeza ética sobre algunas de sus imprecisiones, particularmente en su ensayo
más comentado por la historiografía cubana, Seis actitudes de la burguesía cubana en el siglo XIX, tales
como la exclusión del abolicionismo como corriente ideológica y la indeterminación de las causas de las
posiciones reformistas con respecto a la esclavitud. Pero Almodóvar reconoce como mérito la aplicación
de la metodología marxista y que interpreta el bagaje informativo de otros, a la vez que propone una
polémica: la del nacimiento de la nacionalidad a fines del XVIII y principios del XIX. Para la autora el
ensayo es útil y orientador.

Esa es la misma tónica empleada para valorar la restante producción del historiador. De Esclavitud y
abolicionismo reconoce la capacidad de Aguirre para desenmascarar el falso humanitarismo inglés y de
su famosas Quince objeciones a Narciso López celebra su recorrido bibliográfico con ojo de águila e
inobjetables conclusiones.

Con igual serenidad, posible gracias al distanciamiento histórico y generacional, se expresa Oscar
Zanetti. En su libro Isla en la historia. La historiografía de Cuba en el siglo XX reconoce en Aguirre la
defensa de la verdad histórica y de la nación cubana a través de su enfrentamiento con Herminio Portell
Vilá por vincular a Narciso López dentro del pensamiento independentista. Zanetti asumió los criterios de
Carlos Rafael Rodríguez en lo concerniente al papel desempeñado por Aguirre como intérprete de la
historia de Cuba y no como investigador.

Igualmente, reconoce Zanetti la utilización de la obra de Aguirre como arma de combate así como de
haber sido un exponente de la tendencia historiográfica marxista procedente de la neocolonia y su papel
como participante activo en la polémica de los años sesentas sobre nación y nacionalidad. Su influencia
en la creación historiográfica posterior, es apreciada por Zanetti a través de la interpretación clasista de
la historia ofrecida por Jorge Ibarra y demás historiadores.

Sobre los valores de su obra ensayística.

Resulta conveniente recordar que Sergio Aguirre fue profesor de historia en la enseñanza media y en la
Universidad de la Habana. Como escritor, tan excelente como profesor, le obsesionó la idea de trasmitir
los conocimientos de la historia de Cuba a las masas. Su arte expositivo fue siempre de carácter
didáctico en correspondencia con sus intereses divulgativos.

Se trataba de una divulgación profundamente comprometida con la defensa de la nación cubana y de


sus más sufridos protagonistas, entiéndase a los integrantes de las masas desposeídas del poder
económico social del país. A ello va unido su evidente obsesión por desacralizar la historia y desgajarla
de los grandes intereses ideo políticos de la burguesía en el poder. En este último sentido debe
señalarse que a través de sus estudios pretendió reivindicar a los procesos políticos del país sobre la
base de la interpretación de sus valores nacionales. Fue, indiscutiblemente, un activista del pensamiento
emancipador cubano.
De ahí que su ensayística pueda enmarcarse dentro de dos tendencias: la marxista y la patriótica
nacionalista. Junto a Raúl Cepero Bonilla, Lionel Soto, Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roca, entre otros,
Aguirre compartió sus pensamientos con Ramiro Guerra, Fernando Portuondo, Hortensia Pichardo,
Emilio Roig, José Luciano Franco y Elías Entralgo por solo mencionar algunos .Su presencia marxista se
evidencia en su concepción materialista de la historia y en sus lecturas sobre el desenvolvimiento de las
clases sociales. Sin embargo, su enfoque sobre el quehacer ideo político de las mismas lo acerca al
nacional patriotismo, sin renunciamientos, por supuesto, al marxismo.

En la obra de Aguirre hay ausencias de análisis teóricos conceptuales sobre las clases sociales en
Cuba. Tampoco existe valoración histórica en torno a sus desenvolvimientos socio económicos. Sus
aportes interpretativos son apreciables en el comportamiento ideo político de las mismas. Sus miradas
hacia la estructura socio clasista le permitió reconstruir la confrontación ideológica desde los ángulos de
las aspiraciones, demandas y proyectos de los diferentes ideólogos y exponentes del pensamiento
político decimonono, cuestión en sí, no carente de un cierto reduccionismo metodológico, muy propio de
la época del historiador. Cualquier juicio sobre dicho particular debe tener en cuenta que Aguirre dialogó
con su tiempo a través de la historia y ese diálogo fue profundamente partidista y comprometido con sus
ideales emancipatorios. Para enfrentar a la reacción burguesa escribió sus libros e impartió clases y
conferencias.

Aunque Aguirre se interesó por las clases sociales para acceder al mundo de la política y de la ideología
le prestó interés, como estudioso del siglo XIX, a la esclavitud cono régimen social. En este sentido hubo
aciertos y desaciertos en sus análisis, Uno de estos últimos se hizo ostensible cuando apreciaba las
contradicciones sociales sin contextualizarlas en tiempo y espacio o cuando pasaba por alto las
movilidades interclasistas .Hubo en él una cierta oscuridad expositiva en el momento de vincular los
fenómenos raciales y racistas con sus sustentaciones clasistas. De sus grandes aciertos pueden
señalarse sus aportes a la reflexión en torno al papel del negro dentro de los procesos sociales y
políticos de la esclavitud. En la década del cuarenta, el historiador desmenuzaba, con inteligencia y
sabiduría, el papel protagónico del esclavo dentro de una sociedad que lo marginaba de los más
elementales derechos humanos .Por su representatividad económica, por el andamiaje universal de las
políticas europeas y norteamericana, por sus valores culturales, el esclavo es visto por Aguirre como el
eje central de un mundo de horror. Ese protagonista, cargado de ilusiones, rabia y desesperación es
retomado por estudiosas como María del Carmen Barcia y Gloria García para hacer recordar a los que
se olvidan que los hombres y mujeres de la pobreza son también voces de la historia.

Esa misma visión sobre las fuerzas sociales que pugnan por un espacio justo y humano en la sociedad
está presente en sus estudios martianos. A decir verdad, no les dedicó tiempo a los modelos teórico
conceptuales de la obra martiana sino a su proyecto de emancipación social desde el ángulo de los
intereses y necesidades de las masas populares. Igualmente escudriñó en la mirada martiana hacia las
contradicciones clasistas.

Sus análisis sobre José Martí adquieren relevancia durante la década del 70 y principios del 80. No solo
estudió sus obras publicadas sino también su extenso articulado en el periódico Patria. Además, el
maestro Aguirre fijó su atención en la conocida polémica independencia-autonomía y en el
independentismo conservador para probar los valores históricos de la unidad política y la importancia y
trascendencia de José Martí y el Partido Revolucionario Cubano en el devenir de la nación cubana.

Aguirre también fijó su atención en los valores históricos del protagonismo histórico. Junto a José Martí,
analizó, desprejuiciada e imparcialmente, a Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo, Máximo
Gómez y Juan Gualberto Gómez. Sobre Céspedes debe retomarse su artículo Problemas de
interpretación en la guerra de los Diez Años para apreciar un modelo de análisis marxista sobre el papel
de la personalidad histórica en uno de los acontecimientos más trascendentes de la historia de Cuba.
Aguirre logra que el lector descubra el universo de las contradicciones políticas en las esencias de la
sociedad cubana al tiempo que dialécticamente muestra la evolución del primer proceso emancipador
cubano.

Como búsqueda de frustraciones y verdades, inmerso en el análisis de las reales circunstancias y sin
manejar criterios o conceptos anacrónicos devenidos de las mentes de los jueces y no de los discípulos
de la historia, el maestro muestra las causas del Zanjón para mostrar la grandeza de Baraguá. Maceo no
es el simple héroe de los humildes sino una de las voces más altas de su tiempo. Así lo dijo Aguirre
porque así lo dijo la historia.

Bajo esa misma tónica de interpretar y reinterpretar, de hablarse a sí y de hablar a los demás, mostró a
un Máximo Gómez irredento, injustamente evaluado por su contemporaneidad y vigente para las nuevas
contiendas políticas.

La vida, el quehacer y la época de Juan Gualberto Gómez están presentes en su obra póstuma.
Constituye un excelente texto que muestra no solo el itinerario del patriota sino también el contradictorio
tránsito de la colonia hacia la república neo colonial y las dolorosas circunstancias que originaron a los
movimientos políticos donde el patriota estuvo presente.

Desde mi punto de vista, una de sus excelencias interpretativas la constituye sus Quince objeciones a
Narciso López, inicialmente dado a conocer en la Revista La Última Hora en 1953. En su análisis,
insertado de lleno en una polémica con el historiador Herminio Portell Vilá, Aguirre revela su alto dominio
sobre el tema en particular y sobre la historia de Cuba en general, pero sobre todo, su profunda
alineación con el patriotismo y la nacionalidad cubana. Leer la polémica es desentrañar las esencias de
la lucha ideológica de entonces y aprehender de las contradicciones de su movimiento intelectual.
Aguirre enseña que la historia es ciencia sin dejar de ser ideología.

Sin lugar a dudas, Aguirre, a través de su obra escrita, de su profesorado y de su vida militante fue un
vehemente defensor de la nación cubana. Mostrar sus valores patrióticos y las grandezas morales de su
historia constituyó su única razón de ser.

Ante la pregunta si fue o no un historiador vale de nuevo preguntarse si él fue o no capaz de interpretar
críticamente el pasado y mostrar sus grandes verdades.

Con su excelente y refinada pluma y con su brillante oratoria rompió silencios y movió pensamientos
útiles al mejoramiento humano ¿eso es criticable en un historiador.

Lo recuerdo en su sillón leyendo todo cuanto caía en sus manos. También lo recuerdo agudo, ágil,
brindándome consejos, sintiendo el presente con fogosidad y vehemencia, lo recuerdo defendiendo
principios e ideas, lo recuerdo así, soñando con la vida.

Comentario a la monografía La creación artística en la política cultural de


la Revolución Cubana (PCRC), 1988-1992. Acercamiento, de la Lic.
Jorgelina Guzmán Moré.
Autor(a): Dra. Mildred de la Torre Molina. Investigadora Auxiliar, Instituto de Historia de Cuba.

Cinco años atrás, la autora de la monografía objeto de este comentario me abordó porque quería
investigar la política cultural de la Revolución. Desde entonces hasta el presente nuestras relaciones se
han estrechado progresivamente gracias a un diálogo constante sobre el objeto de su investigación. Ello
no responde a que formemos parte, en la actualidad, de un equipo de trabajo, sino a su afán e interés
por intercambiar sus conocimientos sobre el tema. Resulta destacable su permanente deseo de
superación, tanto en su campo específico de trabajo investigativo como en lo que concierne a las
ciencias sociales en su conjunto. Telly, como usualmente se le conoce, indaga, investiga, lee
constantemente y se mantiene actualizada.

La monografía fue discutida y conversada con cuanto colega ella entendiera que podía aportarle ideas,
información y por supuesto, críticas. De ahí que para muchos este libro, aún inédito, pero en preparación
para ser publicado, sea sumamente conocido.

Estamos delante de su primer trabajo de investigación. Sin embargo, el alcance de sus resultados,
después de tres años de labor, parece el de una investigadora de mayor experiencia.

Abordar críticamente la política cultural, aunque sólo sea la referida al segmento artístico y literario,
constituye una ventana interesante para acercar al lector al difícil mundo de la Cuba contemporánea. Al
propio tiempo, el período seleccionado por la autora --no al azar por cierto, ya que existen otras
valoraciones sobre los años precedentes-- es sumamente complejo; sin embargo, ella logra deslizarse
con la misma intensidad exigida por el acontecer nacional. Puede intuirse el contexto de una política y de
una creación sin entrar en grandes profundidades. Telly nos permite leer la sociedad cubana para el que
la vive y la estudia.

La monografía, con 254 páginas, está estructurada en cuatro capítulos, las conclusiones, los anexos, la
bibliografía y la cronología. Resulta interesante la elaboración de esta última, en tanto es infrecuente
este tipo de aporte. Su importancia radica en que todo cuanto se expresa en el texto queda registrado en
una guía cronológica que permite comprender la secuencia de los eventos descritos e interpretados en
el cuerpo de la obra. Es como una columna vertebral para el ejercicio de cualquier empeño venidero.

Otro elemento significativo es la explotación de las fuentes bibliográficas, documentales y testimoniales.


Resulta encomiable el amplio aparato referativo presentado por la autora durante su exposición. Hay un
enjundioso cuerpo bibliográfico, de contenido específico y metodológico, capaz de salvar cualquier
escollo en el difícil camino de la indagación sobre los problemas específicos de la política cultural.

Cualquier estudioso del tema tiene en el libro un excelente punto de partida que lo remite hacia todos los
posibles caminos del entendimiento sobre el mismo, al menos los asequibles para los investigadores
cubanos. Hay lecturas objetivas, serias y sistémicas que no pueden soslayarse en el momento de
valorar estos resultados. En síntesis, la autora ha sabido orientarse y orientar sobre su campo específico
de trabajo.

Estamos delante de una investigación inédita, que supera con creces a los intentos investigativos
anteriores. Esa superación no es sólo en el orden del contexto cronológico, sino lo es también en el
contenido informativo y por supuesto, en sus valoraciones personales y convincentes. Puede
discreparse de algunos o de todos sus puntos de vista, pero ningún juicio contrario a los emitidos por la
autora la cuestiona científicamente.

Para nadie resulta desconocido que este tema está en el centro de uno de los debates ideológicos más
importantes de los días actuales en el país. El último congreso de la UNEAC y el movimiento de
discusiones que se ha generado en numerosos sectores de la población sobre el devenir de la cultura en
la nación cubana así lo evidencian. Obviamente, esta querella va más allá de las fronteras nacionales
para insertarse en el conjunto de criterios que sobre la Revolución Cubana se genera en los círculos
foráneos de opinión, mal o bien intencionados.

El desarrollo del libro evidencia que no fueron las medidas gubernamentales adoptadas, sino la propia
maduración del proceso revolucionario --nítidamente develada a través de las transformaciones
producidas en los planos de la conciencia social y de los imaginarios-- las causales de los cambios que
en materia de política cultural se produjeron desde los finales de la década del 80.

La autora, acertadamente, expresa la inexistencia de “una sola” política cultural y la puesta en vigor de
“varias” (pág. 9). Se infiere que son las instituciones las gestoras de las mismas. Este planteamiento
sobre el objeto de investigación requiere de estudios multidisciplinarios y de nuevas lecturas científicas.
No es posible, a pesar del carácter centralizado del Estado cubano, que la política cultural sea ejecutada
exclusivamente por la institución gubernamental asignada para su rectoría. La política cultural en
particular atañe a todas las esferas del sistema político y del quehacer de las individualidades, directa o
indirectamente involucradas. El fenómeno identificado por Guzmán Moré es medular para el
entendimiento de la relación entre sociedad, sistema político y cultura.

El discurso general del libro demuestra la necesidad de que se estudie la vida interna de la sociedad
cubana, así como las incidencias de las políticas en la transformación de las formas y maneras de vivir la
gente. Generalmente éstas se abordan a través de las medidas y de sus implementaciones, pero no se
profundiza en sus resultados. Telly, a través de la política cultural, apunta hacia este problema
destacando lo posible y lo imposible a investigarse. Lo no demostrado ha sido por carencias informativas
y no por ausencias de empeños científicos. Insisto, en el texto hay teoría y práctica, metodología y
contenido.

Altamente valioso es el equilibrio expositivo entre lo crítico y lo plausible, es decir, entre los aciertos y los
desaciertos. Ello permite la presencia de un discurso coherente, realista y altamente reflexivo.

Entre las carencias del texto se observan el desenvolvimiento de la enseñanza artística y los elementos
justificativos del desarrollo alcanzado por las artes plásticas en el período. Sobre lo primero se sabe que
no tuvo la autora acceso a la información. En cuanto a lo segundo, resulta conocido el fenómeno en sí y
ella es convincente en su demostración.

Igualmente, llama la atención lo señalado sobre el diferendo generacional en el momento de explicar el


proceso complejo y fascinante de las artes plásticas. Vale preguntarse si, además del fenómeno
anteriormente señalado, estuvo presente la mutación social provocada por el llamado “período especial”
y sus consecuentes trastornos en el enramado sociocultural de entonces. También puede esclarecerse a
través de los cambios que dentro y fuera de la sociedad cubana venían produciéndose desde algunos
años atrás.

Podría seguir hablando sobre el libro, el desarrollo del tema merece un debate interesante y necesario
para los tiempos presentes. Habrá muchos momentos para conversar sobre lo investigado por Telly. Lo
cierto es que tenemos una investigación excelentemente concluida por lo dicho y por lo mucho que incita
a la indagación futura. Felicito a la autora, con la certeza de un comienzo prometedor. De ella hemos
aprendido a investigar y a conocer la política cultural.

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