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Rodo

Ana, una niña que vive en un barrio peligroso, regresa a casa siguiendo un rastro de sangre que la lleva a reflexionar sobre la violencia y la muerte que la rodean. Atrapada en un entorno de abuso y desesperación, su vida cambia drásticamente cuando, tras un enfrentamiento con su padre, lo apuñala en un acto de defensa y venganza. Con su hermana pequeña en su mochila, Ana se escapa en la noche, dejando atrás un ciclo de violencia y buscando su propia libertad.

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Rodo

Ana, una niña que vive en un barrio peligroso, regresa a casa siguiendo un rastro de sangre que la lleva a reflexionar sobre la violencia y la muerte que la rodean. Atrapada en un entorno de abuso y desesperación, su vida cambia drásticamente cuando, tras un enfrentamiento con su padre, lo apuñala en un acto de defensa y venganza. Con su hermana pequeña en su mochila, Ana se escapa en la noche, dejando atrás un ciclo de violencia y buscando su propia libertad.

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I.

“Lo peculiar de nuestro gran calabozo”

Ana volvió a su casa siguiendo las gotas de sangre que le guiaban el camino. Pensaba,
mientras las veía, en las formas que podía tener la herida: Profunda y corta. Larga
sobre el abdomen; intermitente, superficial pero sobre una arteria; aguda en las
muñecas suicidas. O certera, mortal en el degüello.
Imaginaba volviendo a su casa por la calle san juan, ya sin las luces de la avenida que la
protegían a medias, a la víctima del ataque. Un joven en un intento de robo, una mujer
en una pelea con su pareja, un señor en un ajuste de cuentas. Las posibilidades eran
muchas. Entregada a la velocidad de sus piernas iba entre las sombras de la calle. Se
imaginaba también el arma del atacante. Un tramontina, o un vidrio de botella
reventado, un destornillador o un punzón. Por la forma de la sangre, habría sido un
arma blanca.

Caminaba de forma sutil e irremediable, como si supiese que el mundo acabara. No


sentía su presencia liviana tanto como sí las ausencias de su barrio. Al andar por allí
ella sentía todo ensimismado. El olor a los colchones gastados, el olor de los
incinerados pasados -uñas y pelos-, parecían concentrarse todo en su nariz. Veía en
todos sus ojos el color grisáceo renegrido del hollín que había a su alrededor mientras
andaba. Esa combinación absorbida del blanco por el negro en las paredes de una
esquina junto al ángulo de la vereda, donde pisaban a su vez cabezas de ajo, era
prácticamente intolerable para ella. Como también las sonrisas toscas visiblemente
falsas o demasiado ingenuas. Aquel lugar estaba formado por una combinación de
olores y también de sabores que es inútil explicar: cebolla, carne de paté, papa, jugo
de tomate fresco. Trozos de huesos, patas y muslos con un reducido aire de
podredumbre en el centro rasgando las esquinas.
El único lugar del mundo dónde los refranes funcionan al revés es en ese barrio:
“pasearás como un enemigo y verás cadáveres sentados en la puerta de tu casa”.
Ana, se imaginaba que los grillos, ese insecto del que le habló su abuelo del campo,
sonaban similar a los gritos que allí escuchaba por la noche. Y por más que algunos
digan que el espíritu madura pronto en lugares ajenos, ella aún era niña y en el
momento en que intuía, con toda su carne (y vaya que lo hacía), los ojos
fantasmagóricos posar sobre su cuerpo, apresuraba los pasos. Y, sobre todo, en aquel
lugar, Ana evitaba ver a los perros a los ojos.

Pero al observar las rejas cerradas en las puertas, las grietas de los balcones que
pedían basta, las persianas caídas de las casas, el nylon que mojado y achicharrado
formaba una carpa como la de los antiguos originarios; su ansiedad se calmaba.
Parecía saber que aquel infierno le pertenecía., porque cuando esa extraña sensación
sucedía en ella, solo podía responder con su cuerpo de una manera: cerraba los ojos y
sentía con todo estupor el miedo conjunto del mundo, la soledad y la podredumbre de
esas calles que sostenían su andar día tras día. Luego abría su mandíbula y con una
bocanada tan grande como su deseo de estar en otro lugar, se tragaba todo aquel
hartazgo inevitable. Y con el calor en todo su pecho, seguía andando.
No se sabe, a esta altura, si resultaba una virtud o una condena la particular forma de
defensa que adquirió la chica desde temprano: hacer propio todos los tormentos.
No entendía bien aún la condición humana absurda. La forma consolidada de las
personas. La resignación que había a su alrededor, una sensación a la que aún no
podía ponerle nombre pero que la inundaba. “Nostalgia, bronca y conformismo”, le
decía su abuelo del campo, “eso son en su esencia los grillos”. Algo de ello empezaba a
percibir.

Para las miles de personas que llegaban de forma paradójica a aquel barrio porteño,
Ana era invisible. Solo los pocos podían verla y en algún punto eso la aliviaba, aunque
claro, le resultaba dificultoso para su tarea.

Ella trataba siempre de no volver muy tarde a casa, pero a veces le era inevitable. Si
tenía un buen día vendía casi todos los pares de medias y repasadores con los que salía
de su casa, aunque esto podía llevarle unas cuantas horas. La gente le daba bola
porque era una niña y encima tenía cara de buena niña. Dulce con voz limpia,
procuraba siempre llevar el pelo atado y la cara enjuagada. Sabía a qué distancia
exacta ubicarse para que la escuchen, la gesticulación precisa de sus ojos para no
transmitir miedo y el tono justo de su voz para que la pena en los posibles
compradores (a ellos les encantaba sentir pena) sea la suficiente.
Ese día la mayoría de la gente se detuvo ante la niña para escuchar su ofrecimiento y
pasar así el compromiso ocasionado; haciendo valer una estéril educación casi nadie le
compró. Esto fue lo que la demoró algunas horas más para volver a su casa. No le
gustaba regresar con las manos vacías, sabía que eso era peor que ampollarse los pies
caminando cuadras y cuadras en busca de una venta.

Era una niña particular si se la compara con el común de las personas de su edad.
Tenía algunas amigas, pero no terminaba de comprenderlas del todo. Tampoco se
dejaba obnubilar por ojos ajenos, por chicos apuestos, o por los artilugios comunes
que podían presentar las personas mayores. Desde temprana edad sentía que no iba a
sentirse plena jamás. Vivía con ello de forma natural.
Era la fluidez de lo espontáneo lo que le causaba, en su reducido estómago, aquel
sacudón adrenalínico que en otro tiempo llamaban mariposas. Era el tiempo fugaz que
por fugaz se volvía inatrapable, lo que la reconfortaba de manera profunda. Era así:
cuando algo le sucedía sin cálculos entraba en un estadio frenético de enamoramiento
momentáneo. Por eso, sea la hora que fuese, para ella era mejor cuando encontraba
sangre de regreso a su casa. Significaba la suerte de irse en su mente. La posibilidad de
pensar y resolver un crimen que a nadie en ese barrio le interesaría y que, sin dudas, la
policía no iba a investigar.
Un motivo más profundo se dibujaba en aquel engaño que Ana le procuraba al tiempo:
el retorno a su hogar. Una madre tirada sobre un colchón gris sin almohadones, bajo
una ventana que estaba siempre cerrada. Delgada, balbuceante en algún rincón de la
degradación. La niña no podía evitar verla como un esquelético reptil que en los días
de calor desenrollaba su lengua para absorber las gotas de humedad que la pared de la
habitación le regalaba.
Una vez; un anochecer -para ser más preciso-, le confesó frente a frente las siguientes
palabras:
- “Imagínate ser gusano, Ana, escarbar la tierra y sentir la acuosa frescura de un final.
¿No sería eso algo bello, Ana?”. Y después, levantando sus párpados quemados de
pestañas, miró a su hija por completo para repetir con los dientes en temblor: “¿No
sería eso algo bello, Ana?”
Al igual que alguien que es incapaz de ver los atributos de las cosas, la mamá de Ana
no podía imaginar ningún futuro. Nadie sabe igual por qué vivía.

En la casa también lo esperaba su padre. Ex comisario de la delegación policial que


está debajo de la autopista, en la calle San José. Dueño de 4 hoteles del barrio
utilizados para vender chicas -como su hija- y las mismas sustancias que convertían a la
madre en un reptil. En la puerta de cada uno de sus establecimientos colgó un cartel
de bienvenida con la siguiente leyenda: “Siempre un culo tiene que sangrar, que no
sea el tuyo”.
El señor era uno de los peces gordos. Un poronga, dirían algunos. En sus últimos años
como comisario había llevado la corrupción hacia el punto más alto de su posibilidad.
Conoció a quien fuera la madre de Ana una noche en la que la descubrió vendiendo
cocaína en las esquinas del barrio. En vez de pedirle un porcentaje de la venta para
que continúe con su negocio, le pidió un favor sexual. El comisario encontró el gusto y
la mujer no se despegó de él, aunque en reiteradas ocasiones la usaba también para
descargar su bronca a trompadas.

Cuando Ana llegaba, y después de dejar su mochila con la mercadería que no pudo
vender sobre la mesa, el papá la recibía con una cachetada en la mejilla izquierda y un
beso en la comisura derecha de su boca. “No hay mal que por bien no venga”, le decía
en voz baja. Luego Ana le entregaba el 90% de la plata que había ganado vendiendo
medias por el once y se iba a ver a clara, su hermanita de ochos meses, que se
encontraba siempre en la habitación de abajo al cuidado de Nancy, la encargada del
hotel.

Era jueves. Eran las 19.30 hs de un invierno que no se dejaba notar. Ana no podía dejar
de ver la sangre en el camino. Las gotas eran rojas, bien rojas y estaban frescas, bien
frescas. Como si recien hubiera ocurrido el acto. Ya estaba por llegar a su casa y a esa
altura estaba casi segura de que la herida había sido mortal. Probablemente en el
cuello. Pero no había forenses, ni policías, ni ambulancias, ni gente observando el
crimen en ninguna de las calles por las que caminaba. Para su pesar, a dos cuadras de
su casa, la sangre en el piso se desvanecía. Estaba como… ida, sin poder descubrir qué
había sucedido.
Llegando al punto donde la sangre se apagaba, la niña se inclinaba de cuclillas,
olfateaba, daba dos pasos adelante, uno hacia atrás, volvía a observar el lugar justo
donde la sangre terminaba. Miraba de frente y de reojo, tocaba el piso. Nada.
Hacía ya algunas cuadras había decidido revisar el contenedor de basura de cada calle
que pisaba. Necesitaba encontrar algo más, intuía que el arma debía estar descartada
en alguno de los tachos. O tal vez algún trapo que utilizó el asesino para limpiarse.
Buscaba otro indicio del crimen, pero nada. Abría y cerraba con estruenda decepción
cada contenedor sin entender cómo resolver el asunto.

Llegó entonces a la esquina del hotel: Sáenz Peña y Pavón. Pero antes de doblar por la
calle compuesta y dirigirse rendida hacia la puerta en la cual vivía, cruzó a ver el último
tacho de basura que le quedaba en el camino. Se acercó a 30 cms del contenedor, con
sus ojos negros bien abiertos lo observó de frente y de costado, de arriba hacia abajo.
Le dio una vuelta entera. Apaciguó los golpes del pensamiento y volvió a pararse
frente a él con las manos sobre la tapa, lista para abrirla. Ya eran las 8 de la noche.
Suspiró sabiendo que allí estaba su última opción, no había más pistas. No había más
posibilidades. Tiró la tapa para arriba dejando al descubierto el interior del tacho. En el
mismo movimiento metió medio cuerpo adentro para mirar y oler lo que había.
Nada.
No había más que mugre en el contenedor frente a su casa. Por la bronca Ana lloró.
Cerró la tapa del tacho y le dio una patada que nadie escuchó.

Cruzó la calle sin olvidarse de la sangre, abrió el bolsillo del costado izquierdo de su
mochila, busco la llave, abrió la puerta del hotel y subió la quejosa escalera de madera
dos pisos hacia su habitación.
La madre estaba tirada en una esquina del cuarto balbuceando una bienvenida. O un
insulto. El padre fumando le dio una trompada en la mejilla izquierda para que no se le
olvide quien mandaba, la agarró del pelo, la besó y le pidió la plata de su jornada
porque, le repitió, “no hay mal que por bien no venga”.

Ana lloraba más por el crimen que nadie descubrió que por el golpe al cual ya sabía
cómo engañar. ¿Y si era una niña como ella la víctima? O peor aún... ¿alguien como su
hermana o su madre? Escuchó al padre nuevamente:

Dame la plata pendeja.

-Si, espera que me cambio, le respondió ella mientras hacía un esfuerzo mental para
poder ubicarse donde estaba.

Se desvistió delante del expolicía. Se puso su vestido favorito de lunares rojos.


Volvió a la mochila para buscar la plata, pero encontró adentro la lapicera con la cual
anotaba sus ventas. La agarró, la apretó fuerte y en un segundo la sacó de la mochila y
la clavó, en un mismo movimiento, en el cuello del padre. La sacó y la volvió a clavar.
La sacó con un poco más de esfuerzo y la volvió a clavar más profundo. Los ojos del
hombre se hincharon abiertos. La boca balbuceaba ahora como la de la madre, no por
las inconexiones cerebrales causadas por la droga, sino por la muerte.
Había sangre de nuevo. Un río que salía de la boca y del cuello del padre.
El cuerpo de Mr. Poronga calló al suelo. Con la risa manchada de rojo clavó
nuevamente la lapicera al grito susurrado de “No hay mal que por bien no venga”.
Infringió la puñalada unas cuatro veces más.
Bajó con toda velocidad al cuarto de Nancy, las escaleras viejas de madera chillaron
más que nunca haciéndole saber que tenía que irse de ahí. Abrió la puerta de una vez y
agarró a su pequeña hermana. La guardó dentro de su mochila de trabajo para que
nadie la vea salir con ella.

Ana no tenía donde ir, pero sabía cómo volver. Justo por donde vino. Los hilos de
sangre que había visto en la vereda le dieron seguridad en sus pasos. Con el vestido de
lunares rojos de sangre y la mochila llena de llanto en sus espaldas, se fue pensando
dos cosas: algo de la vulnerabilidad que aún no entendía y en quién era la víctima de
ese crimen. Esto último le carcomía.
Procuró no descartar nada en los tachos de basura de aquellas cuadras y desapareció
en lo inmenso de la noche.

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