Rodo
Rodo
Ana volvió a su casa siguiendo las gotas de sangre que le guiaban el camino. Pensaba,
mientras las veía, en las formas que podía tener la herida: Profunda y corta. Larga
sobre el abdomen; intermitente, superficial pero sobre una arteria; aguda en las
muñecas suicidas. O certera, mortal en el degüello.
Imaginaba volviendo a su casa por la calle san juan, ya sin las luces de la avenida que la
protegían a medias, a la víctima del ataque. Un joven en un intento de robo, una mujer
en una pelea con su pareja, un señor en un ajuste de cuentas. Las posibilidades eran
muchas. Entregada a la velocidad de sus piernas iba entre las sombras de la calle. Se
imaginaba también el arma del atacante. Un tramontina, o un vidrio de botella
reventado, un destornillador o un punzón. Por la forma de la sangre, habría sido un
arma blanca.
Pero al observar las rejas cerradas en las puertas, las grietas de los balcones que
pedían basta, las persianas caídas de las casas, el nylon que mojado y achicharrado
formaba una carpa como la de los antiguos originarios; su ansiedad se calmaba.
Parecía saber que aquel infierno le pertenecía., porque cuando esa extraña sensación
sucedía en ella, solo podía responder con su cuerpo de una manera: cerraba los ojos y
sentía con todo estupor el miedo conjunto del mundo, la soledad y la podredumbre de
esas calles que sostenían su andar día tras día. Luego abría su mandíbula y con una
bocanada tan grande como su deseo de estar en otro lugar, se tragaba todo aquel
hartazgo inevitable. Y con el calor en todo su pecho, seguía andando.
No se sabe, a esta altura, si resultaba una virtud o una condena la particular forma de
defensa que adquirió la chica desde temprano: hacer propio todos los tormentos.
No entendía bien aún la condición humana absurda. La forma consolidada de las
personas. La resignación que había a su alrededor, una sensación a la que aún no
podía ponerle nombre pero que la inundaba. “Nostalgia, bronca y conformismo”, le
decía su abuelo del campo, “eso son en su esencia los grillos”. Algo de ello empezaba a
percibir.
Para las miles de personas que llegaban de forma paradójica a aquel barrio porteño,
Ana era invisible. Solo los pocos podían verla y en algún punto eso la aliviaba, aunque
claro, le resultaba dificultoso para su tarea.
Ella trataba siempre de no volver muy tarde a casa, pero a veces le era inevitable. Si
tenía un buen día vendía casi todos los pares de medias y repasadores con los que salía
de su casa, aunque esto podía llevarle unas cuantas horas. La gente le daba bola
porque era una niña y encima tenía cara de buena niña. Dulce con voz limpia,
procuraba siempre llevar el pelo atado y la cara enjuagada. Sabía a qué distancia
exacta ubicarse para que la escuchen, la gesticulación precisa de sus ojos para no
transmitir miedo y el tono justo de su voz para que la pena en los posibles
compradores (a ellos les encantaba sentir pena) sea la suficiente.
Ese día la mayoría de la gente se detuvo ante la niña para escuchar su ofrecimiento y
pasar así el compromiso ocasionado; haciendo valer una estéril educación casi nadie le
compró. Esto fue lo que la demoró algunas horas más para volver a su casa. No le
gustaba regresar con las manos vacías, sabía que eso era peor que ampollarse los pies
caminando cuadras y cuadras en busca de una venta.
Era una niña particular si se la compara con el común de las personas de su edad.
Tenía algunas amigas, pero no terminaba de comprenderlas del todo. Tampoco se
dejaba obnubilar por ojos ajenos, por chicos apuestos, o por los artilugios comunes
que podían presentar las personas mayores. Desde temprana edad sentía que no iba a
sentirse plena jamás. Vivía con ello de forma natural.
Era la fluidez de lo espontáneo lo que le causaba, en su reducido estómago, aquel
sacudón adrenalínico que en otro tiempo llamaban mariposas. Era el tiempo fugaz que
por fugaz se volvía inatrapable, lo que la reconfortaba de manera profunda. Era así:
cuando algo le sucedía sin cálculos entraba en un estadio frenético de enamoramiento
momentáneo. Por eso, sea la hora que fuese, para ella era mejor cuando encontraba
sangre de regreso a su casa. Significaba la suerte de irse en su mente. La posibilidad de
pensar y resolver un crimen que a nadie en ese barrio le interesaría y que, sin dudas, la
policía no iba a investigar.
Un motivo más profundo se dibujaba en aquel engaño que Ana le procuraba al tiempo:
el retorno a su hogar. Una madre tirada sobre un colchón gris sin almohadones, bajo
una ventana que estaba siempre cerrada. Delgada, balbuceante en algún rincón de la
degradación. La niña no podía evitar verla como un esquelético reptil que en los días
de calor desenrollaba su lengua para absorber las gotas de humedad que la pared de la
habitación le regalaba.
Una vez; un anochecer -para ser más preciso-, le confesó frente a frente las siguientes
palabras:
- “Imagínate ser gusano, Ana, escarbar la tierra y sentir la acuosa frescura de un final.
¿No sería eso algo bello, Ana?”. Y después, levantando sus párpados quemados de
pestañas, miró a su hija por completo para repetir con los dientes en temblor: “¿No
sería eso algo bello, Ana?”
Al igual que alguien que es incapaz de ver los atributos de las cosas, la mamá de Ana
no podía imaginar ningún futuro. Nadie sabe igual por qué vivía.
Cuando Ana llegaba, y después de dejar su mochila con la mercadería que no pudo
vender sobre la mesa, el papá la recibía con una cachetada en la mejilla izquierda y un
beso en la comisura derecha de su boca. “No hay mal que por bien no venga”, le decía
en voz baja. Luego Ana le entregaba el 90% de la plata que había ganado vendiendo
medias por el once y se iba a ver a clara, su hermanita de ochos meses, que se
encontraba siempre en la habitación de abajo al cuidado de Nancy, la encargada del
hotel.
Era jueves. Eran las 19.30 hs de un invierno que no se dejaba notar. Ana no podía dejar
de ver la sangre en el camino. Las gotas eran rojas, bien rojas y estaban frescas, bien
frescas. Como si recien hubiera ocurrido el acto. Ya estaba por llegar a su casa y a esa
altura estaba casi segura de que la herida había sido mortal. Probablemente en el
cuello. Pero no había forenses, ni policías, ni ambulancias, ni gente observando el
crimen en ninguna de las calles por las que caminaba. Para su pesar, a dos cuadras de
su casa, la sangre en el piso se desvanecía. Estaba como… ida, sin poder descubrir qué
había sucedido.
Llegando al punto donde la sangre se apagaba, la niña se inclinaba de cuclillas,
olfateaba, daba dos pasos adelante, uno hacia atrás, volvía a observar el lugar justo
donde la sangre terminaba. Miraba de frente y de reojo, tocaba el piso. Nada.
Hacía ya algunas cuadras había decidido revisar el contenedor de basura de cada calle
que pisaba. Necesitaba encontrar algo más, intuía que el arma debía estar descartada
en alguno de los tachos. O tal vez algún trapo que utilizó el asesino para limpiarse.
Buscaba otro indicio del crimen, pero nada. Abría y cerraba con estruenda decepción
cada contenedor sin entender cómo resolver el asunto.
Llegó entonces a la esquina del hotel: Sáenz Peña y Pavón. Pero antes de doblar por la
calle compuesta y dirigirse rendida hacia la puerta en la cual vivía, cruzó a ver el último
tacho de basura que le quedaba en el camino. Se acercó a 30 cms del contenedor, con
sus ojos negros bien abiertos lo observó de frente y de costado, de arriba hacia abajo.
Le dio una vuelta entera. Apaciguó los golpes del pensamiento y volvió a pararse
frente a él con las manos sobre la tapa, lista para abrirla. Ya eran las 8 de la noche.
Suspiró sabiendo que allí estaba su última opción, no había más pistas. No había más
posibilidades. Tiró la tapa para arriba dejando al descubierto el interior del tacho. En el
mismo movimiento metió medio cuerpo adentro para mirar y oler lo que había.
Nada.
No había más que mugre en el contenedor frente a su casa. Por la bronca Ana lloró.
Cerró la tapa del tacho y le dio una patada que nadie escuchó.
Cruzó la calle sin olvidarse de la sangre, abrió el bolsillo del costado izquierdo de su
mochila, busco la llave, abrió la puerta del hotel y subió la quejosa escalera de madera
dos pisos hacia su habitación.
La madre estaba tirada en una esquina del cuarto balbuceando una bienvenida. O un
insulto. El padre fumando le dio una trompada en la mejilla izquierda para que no se le
olvide quien mandaba, la agarró del pelo, la besó y le pidió la plata de su jornada
porque, le repitió, “no hay mal que por bien no venga”.
Ana lloraba más por el crimen que nadie descubrió que por el golpe al cual ya sabía
cómo engañar. ¿Y si era una niña como ella la víctima? O peor aún... ¿alguien como su
hermana o su madre? Escuchó al padre nuevamente:
-Si, espera que me cambio, le respondió ella mientras hacía un esfuerzo mental para
poder ubicarse donde estaba.
Ana no tenía donde ir, pero sabía cómo volver. Justo por donde vino. Los hilos de
sangre que había visto en la vereda le dieron seguridad en sus pasos. Con el vestido de
lunares rojos de sangre y la mochila llena de llanto en sus espaldas, se fue pensando
dos cosas: algo de la vulnerabilidad que aún no entendía y en quién era la víctima de
ese crimen. Esto último le carcomía.
Procuró no descartar nada en los tachos de basura de aquellas cuadras y desapareció
en lo inmenso de la noche.