Dunn
Dunn
Our Evolution
Parte I
En el verano de 1992, Tim White vio los restos que cambiaron su vida. La primera cosa que él
vio fue un diente, un solo molar. Y luego, cuando se aproximó al lugar en el lecho de barro,
había más. No podía estar seguro de lo que estaba viendo. Podían haber sido fácilmente tanto
los restos de un perro como los de una muchacha adolescente. Ni siquiera podía estar seguro
de si había sólo un cuerpo o varios. Un equipo de búsqueda estaba estacionado allí y todas las
piezas de potencial evidencia comenzaron a ser recolectadas. Pronto se descubrieron otros
indicadores un poco más lejos -más dientes y un hueso de brazo. La carne había desaparecido
hace mucho tiempo, pero en su geografía precisa estas partes parecían contar una historia.
White se alejó de los huesos y caminó a su alrededor para ganar perspectiva. Cuanto más
observaba, más sería capaz de identificar lo que estaba viendo. Pero tomó un tiempo. No fue
hasta 1994, dos años después, que un número suficiente de huesos posibilitó la reconstrucción
del cuerpo, o al menos algo más que sus partes separadas. Finalmente serían descubiertos
varios individuos, pero fue el primero el que llamó más su atención. A tantos años de su último
suspiro y todavía atrapaba la atención. Él no conseguía desviar la mirada, pues ella removía
sentimientos en él -quizás era el calor que se mezclaba con su ego, una suerte de indigestión
psicológica-, pero comenzó a imaginar que era otra cosa. Todo científico que estudia fósiles
espera que un día su caminata en el desierto sea interrumpida por un hallazgo que todos los
demás hayan pasado por alto, un descubrimiento tan importante que el mismo desierto
parezca crecer en importancia. Con el tiempo, White comenzó a creer que esto era lo que le
había sucedido.
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hallazgo lo inmortalizaría. Si estaba equivocado, bueno, podría ser simplemente otro
antropólogo que terminara medio loco entre el polvo de su propia imaginación.
Ciertamente había cosas que apuntaban a una locura de White. La probabilidad de encontrar
un fósil tan singular e importante como él pensaba que éste podía ser era extraordinariamente
baja, de una en un billón, si no peor. Sin embargo, si White estaba buscando base de
sustentación, también podía encontrarla aquí. El solo contexto de este descubrimiento sugería
que podía estar en la pista correcta. Él y sus colegas estaban trabajando en el desierto Afar de
Etiopía. Su sitio de excavación, llamado Aramis, no estaba lejos del lugar donde otros huesos
de homínidos tempranos fueron encontrados en 1974. Tampoco estaba lejos de donde él y sus
colegas habían descubierto los huesos más antiguos de humanos, de unos 160.000 años. Si
White iba a excavar estos huesos, quería hacerlo bien, aunque esto significaba un gasto mayor
en tiempo y dinero. La tentación de hacerlo rápido, de hacer un corte quirúrgico pero sucio,
habría sido grande. Él se resistió a ella. La credibilidad del estudio de la historia evolutiva
humana es difícil de conseguir y fácil de perder. Lo que habría de venir luego -los numerosos
pequeños huesos y fragmentos de huesos, cada uno de ellos extraído del suelo, tratado y
ensamblado lenta y cuidadosamente- tendría que hacerse con perfección. Un solo fragmento
de mandíbula habría de ocupar meses del tiempo de un antropólogo. Un trozo de pelvis, unas
semanas más. Y había simplemente muchísimos huesos. Parecía como si este cuerpo hubiese
sido pisoteado por antiguos hipopótamos, para ser castigado un poco más cada año por el
movimiento de trituración de la tierra, los túneles de termitas y hormigas y, más simple y
menos clementemente, el paso del tiempo. Esos huesos llevaban 4,4 millones de años
desbaratándose. Esperaba él que no tomara un tiempo semejante juntarlos. Todos los
asistentes de Tim White y todos sus colegas se esforzaron. No era sólo que los huesos habían
sido destrozados. Las mismas piezas eran quebradizas. Si se las manipulara sin cautela, se
harían polvo. Y con unas pocas ocurrió eso.
White y su equipo prácticamente no hablaron con nadie acerca de lo que estaban haciendo.
Nadie fuera del grupo sabía con exactitud lo que habían descubierto. Se filtraron algunos
detalles de un año a otro, pero éstos parecían contradictorios, casi como si pistas falsas fuesen
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dejadas intencionalmente. Mientras tanto, lo que White estaba comenzando a pensar era que
la mujer en la arena -Ardi, como habría de bautizarla con afecto- era el esqueleto completo
más antiguo de un ancestro humano. Si fuera así, el suyo sería probablemente el fósil de
homínido más importante de los descubiertos. Esto era suficiente para mantener a White
trabajando ardientemente. En realidad, ardiente comienza a no ser una palabra
suficientemente fuerte.
A medida que White y su equipo avanzaban, iba quedando claro que los huesos que estaban
ensamblando parecían, de cualquier manera, humanos. Las diferencias entre lo que White y su
equipo había descubierto y los huesos de humanos modernos eran, en el contexto más amplio
de la evolución, muy pequeñas. Ella podía tener 4,4 millones de años, pero en gran medida
parecía ser una niña humana. Lo mismo podría haberse dicho de sus órganos y células si
hubiesen durado. Ella era como nosotros por la simple razón de que los principales rasgos de
nuestro cuerpo evolucionaron mucho antes del homínido más antiguo o incluso del primate
más antiguo. Para encontrar huesos de animales con muchas diferencias se debe ir mucho más
profundamente en los estratos geológicos. Por el tiempo en que nació Ardi éramos casi
completamente quienes somos hoy, salvo por unos pocos elementos extra, o tal vez podamos
decir mejor: cerebros grandes, herramientas y palabras.
El estrato en el que Tim White estaba estudiando su hallazgo fósil estaba, en su parte más
profunda, alrededor de dos pies por debajo de la superficie de arena y sedimento del desierto.
Dos pies es la profundidad del sedimento formado durante 4,4 millones de años, a veces unos
pocos granos cada vez, a veces más. Los estratos de sedimento en el que los fósiles y la historia
están atrapados no se fijan uniformemente, pero si estuvieran así, el estrato en el que la
historia de la vida comenzó estaría a una profundidad aproximada de media milla. En la base
de esa pila de arena uno puede encontrar la era de la primera célula viva. Ya era un poco como
cada uno de nosotros. Tenía genes que todavía tenemos, genes necesarios para las partes
básicas de cualquier célula. Entre ese momento y Ardi estuvo el origen de la mitocondria, los
pequeños órganos en nuestras células que obtienen energía de donde no hay, el primer núcleo
en una célula, los primeros organismos multicelulares y la primera espina dorsal. Cuando
aparecen los primates, sólo treinta pies debajo de la superficie, que es la profundidad de un
pozo de agua, ellos eran pequeños, incluso enanos y, sin intención de ofender, no muy listos,
pero eran ya casi idénticos a nosotros en materia genética.
Cuando habría evolucionado el individuo que White encontró, nuestros corazones ya habían
estado latiendo, nuestros sistemas inmunitarios habían ya estado luchando, nuestras
articulaciones habían estado crujiendo y otras partes habían estado puestas a prueba por el
medioambiente en nuestros ancestros vertebrados durante cientos de millones de años. A
través de estos vastos periodos de tiempo, los climas mejoraron y empeoraron, los continentes
se movieron unos contra otros. No obstante, unas pocas realidades permanecieron
imperturbables por estas maquinaciones de la tierra y el cielo. El sol salió y se puso. La
gravedad atrajo toda acción e inacción hacia la tierra. Los parásitos se adhirieron. Ningún
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animal ha estado alguna vez libre de ellos. Los predadores devoraron todo; ningún animal ha
estado alguna vez libre de ellos tampoco. Los patógenos que causan enfermedades eran
comunes, aunque quizás menos predeciblemente presentes que los parásitos y los
predadores. Toda especie existió en mutua dependencia con otras especies, en relaciones que
evolucionaron esencialmente con el origen de la vida. Ninguna especie fue una isla. Ninguna
especie ha caminado sola en todo este tiempo.
Todas estas cosas fueron ciertas no sólo durante la vida de Ardi, o la mayor parte de la
evolución primate, sino desde que evolucionaron las primeras células microbianas y otra célula
logró aprovecharse de ellas. Las interacciones entre especies son la gravedad de la vida,
predecibles y de peso. A partir de los estratos de tierra en los que Tim White estaba
excavando, o tal vez un poco más recientemente, estas interacciones comenzarían a cambiar.
Por primera vez en toda la historia de la vida, nuestro linaje comenzó a distanciarse de otras
especies de las que había una vez dependido. Este cambio nos haría humanos. No fuimos la
primera especie en usar herramientas o en tener cerebros grandes. Ni siquiera fuimos la
primera especie capaz de usar lenguaje. Pero una vez que tuvimos grandes cerebros, lenguaje,
cultura y herramientas, fuimos la primera especie que salió a cambiar sistemáticamente (y al
menos en parte conscientemente) el mundo biológico. Hemos favorecido algunas especies
sobre otras y lo hemos hecho en cada lugar en donde levantamos una casa o sembramos un
campo. Los antropólogos han estado argumentando por cientos de años sobre qué nos hace
humanos modernos, pero la respuesta es clara. Somos humanos porque elegimos tratar de
tener el control. Nos volvimos humanos cuando la tierra y todos sus seres vivos comenzaron a
lucir como arcilla fresca, cuando nuestras carnosas manos empezaron a parecer herramientas.
Cuando pasaron cinco años y Tim White no había aún publicado ningún resultado más de su
hallazgo, circularon rumores de que se había vuelto un poco loco. Uno puede imaginar el
escenario. Después de ensamblar miles de huesos, White podría haberse vuelto fácilmente
obsesivo con volver a buscar las últimas piezas faltantes en la arena. Por lo que White podría
haber excavado y excavado hasta pasar toda su vida en el desierto, en un foso. Pero en 2009
Tim White salió de su foso y envió, junto con su tribu de colegas, once artículos a la prestigiosa
revista científica Science, que publicó todos. En los artículos, White y sus colegas presentaron a
la joven Ardipithecus ramidus que ellos bautizaron como Ardi. Para White fue como si él
hubiera hecho a Ardi y sus parientes. Ella medía cerca de cuatro pies. Su nariz era chata, y en la
reconstrucción ella mira permanentemente hacia adelante. Sus dedos son largos y su gran
dedo gordo del pie asoma hacia un lado, como un pulgar. No era muy bella, pero para White
era adorable.
Cuando se publicaron los resultados, Ardi estuvo en las portadas de los periódicos del mundo,
siempre mirando con los ojos bien abiertos, como si hubiese estado sorprendida. White puede
no haber alcanzado la inmortalidad, pero Ardi sí. National Geographic preparó una serie a
color sobre ella. Era la nueva Lucy, aunque más vieja y, al menos en el relato de White, más
significativa. Su cuerpo parecía ser un ancestro de nuestro linaje o mínimamente un pariente
cercano, y se diferenciaba de todo lo encontrado hasta ese momento. Parece tener
características, como los dedos gordos extendidos, para caminar en cuatro patas entre los
árboles, y otros rasgos para caminar erguida por el suelo, aunque incluso todo ello sea materia
de especulación. Lo que no es especulativo es que estos huesos son la más completa
reconstrucción de una criatura antigua de apariencia humana.
Tampoco son debatibles sus circunstancias. Se la encontró entre otros huesos e indicios que,
en conjunto, muestran claramente que ella y su grupo estaban viviendo en un bosque tropical
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húmedo, no en un desierto. A juzgar por los huesos de animales y otra evidencia encontrada a
su alrededor, habrían existido antílopes, monos y palmeras. Los huesos de Ardi indican que
estuvieron alimentados con higos y otras frutas frescas y secas, pero también con algo de
carne de insectos y otros animales. Habría estado alguna vez localizada en una rama no lejos
de donde White la encontró, masticando higos y quizás incluso preguntándose acerca de su
lugar en el esquema más amplio de las cosas. Usaba palos como herramientas para ayudarse a
comer cuando estaba con hambre, pero no poseía fuego ni herramientas líticas. Todavía no
había intentado controlar la tierra. Era como las otras especies, aún salvaje, aún cubierta de
microbios y gusanos, con una muerte más probable en las fauces de un gran felino que por
vejez.
Con las publicaciones de White, Ardi pasó del anonimato a la fama en muy poco tiempo. No se
sabe dónde terminarán los restos reconstruidos de Ardi. En la disposición estándar, ella estaría
ubicada en la línea de nuestros ancestros, la que inicia con un microbio o un pez y culmina
luego con un hombre tipeando en una computadora. En esa disposición, Ardi sería presentada
mirando hacia el futuro. Dado, sin embargo, que fue encontrada con sus huesos apuntando en
varias direcciones, sería posible pensar en ella como acostada sobre su (y nuestra) larga
historia y mirando hacia arriba desde ese punto de vista. Ella observaría la delgada capa de
arena que se encuentra arriba. En esos escasos pies de historia geológica evolucionaron los
humanos modernos. Cuando lo hicieron, la permanente presencia de parásitos, patógenos,
predadores y mutualistas vino a cambiar por primera vez.
En los inicios, los estratos de sedimento y huesos depositados sobre el cuerpo de Ardi no
fueron esencialmente diferentes de aquél en el que ella nació y murió. Los bosques
persistieron por generaciones, repletos de monos y palmeras. Pasarían dos millones de años
hasta el momento de los grandes cambios. Cuando la tierra de todos esos años cubría el
cuerpo de Ardi, nuestros primeros ancestros, quizás sus descendientes, estaban fabricando las
primeras herramientas. Eran toscas -rocas para golpear, piedras de cantos filosos, raspadores y
excavadores- pero útiles y muy usadas. Ardi llevaba un millón de años más bajo tierra cuando
comenzó la siguiente etapa, cuando homínidos como el Homo erectus, quienes usaban estas
toscas herramientas, dejarían su lugar a aquéllos que utilizaban hachas de mano -grandes
cuchillas con forma de lágrima- para cortar cuerpos, aunque quizás todavía no para matarlos.
Sorprendentemente, seis pulgadas más de arena se acumularían, 500.000 años, antes de que
algo cambiara realmente. A lo largo de estas generaciones, las hachas de mano fueron hechas
unas 100.000 veces en muchos lugares, casi siempre del mismo exacto modo.
Hace 200.000 años, con sólo una pulgada de arena acumulada antes de la era moderna, los
neandertales y primeros humanos comenzaron a atar sus piedras a palos. Fue un movimiento
brillante, al menos desde la perspectiva de nuestra habilidad para matar otros animales.
Cuando tienes que correr a un león y golpearlo con un hacha de mano, las tienes todas en
contra. Pero con un palo adosado a esa roca afilada, las chances parecerían al menos un poco
mejores. Uno imagina que había, cuando nuestros ancestros descubrieron cómo atar palos a
rocas, una alta demanda por palos largos. Estas herramientas eran toscas, pero lograban su
propósito. Con ellas comenzamos a matar animales, muchos de ellos. Sus huesos se
acumularon en nuestras antiguas cuevas, pero aún no habíamos causado la extinción de otras
especies. Éramos sólo una especie entre muchas, aunque comenzando a asumir cierta actitud
y comenzando a ver, quizás, la posibilidad de aumentarla.
Hace 28.000 años, todo lo que quedaba para deponer era un estrato de arena y sedimento tan
delgado como el azúcar glaseado. En esa rociadura de tiempo habría de venir todo lo demás
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que nos ha ocurrido -a ti, a mí y al resto de los humanos. Si deseamos buscar lo que nos hace
diferentes como humanos, eso sucedió en esta rebanada de tiempo durante la que los
neandertales, ese último bastión de lo que fue alguna vez un mundo de muchas especies de
homínidos, se extinguieron. Hace 28.000 años descubrimos la religión. Las cuentas de piedra
comienzan a acumularse en el sedimento, así como los sitios de enterramiento. Las estatuillas
de mujeres con grandes nalgas y pechos se vuelven furor, temprana evidencia de que las
antiguas preferencias se repiten, o quizás nunca desaparecieron. Desarrollamos una cultura
más “sofisticada”, y cuando lo hicimos comenzamos a tener el control de la tierra. El momento
que nos hizo humanos en esa serie de acontecimientos no fue el lenguaje, los dioses o incluso
la habilidad de crear mujeres estilo Rubens en piedra. Fue cuando decidimos que si un
leopardo acosara la cueva debíamos perseguirlo y matarlo. Cuando decidimos matar una
especie no por alimento o en defensa propia, sino para controlar lo que puede o no vivir a
nuestro alrededor, cuando hicimos eso, fuimos entonces totalmente humanos.
El grado al que hemos cambiado la tierra a nuestro alrededor durante los pocos años en que
hemos sido una especie es impresionante, pero puede haber sido algo inevitable,
consecuencia de nuestros intentos, si bien incompetentes, de sobrevivir. El arte de matar
animales con piedras afiladas y palos nos modificó, así como lo hizo el fuego. Quemamos para
cocer los alimentos. Quemamos millones de acres, pero torpemente. Quemamos bosques y
praderas indiscriminadamente. Quemamos lo que podía encenderse, y cuando se nos dio la
gana. Las habilidades para construir nuestras moradas, matar grandes animales y transformar
los paisajes con el fuego se combinaron con una urgencia peripatética que vendría a
transformar no sólo partes tropicales de Asia y África, sino el mundo entero. Los humanos
llegaron a Australia hace aproximadamente 50.000 años, y no mucho tiempo después todos
los grandes animales se habían extinguido. Los humanos llegaron al Nuevo Mundo hace
20.000-13.000 años, y con su arribo se extinguieron mastodontes, mamuts, lobos gigantes,
tigres dientes de sable y más de setenta especies de grandes mamíferos.
Después de cada uno de estos cambios hicimos del mundo algo diferente de lo que había sido.
Lo hicimos mediante cambios simples que favorecieron hábitats completos y conjuntos de
especies que percibimos como buenas, al mismo tiempo que desfavorecían a especies que
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pensamos que eran malas. En esencia, creamos unos pocos hábitats nuevos que luego fuimos
a recrear en todos los lugares a donde fuimos. Todo esto continuó a tasa creciente, con las
poblaciones en expansión y un progresivo incremento de nuestra capacidad para inventar
herramientas. Mayores armas de fuego nos permitieron matar más cosas de manera más
rápida. El DDT nos permitió matar plagas desde aviones. Los antibióticos nos permitieron
matar bacterias. Esta matanza se volvió más necesaria cuando cambiamos nuestros paisajes.
Sin ella, las enfermedades hubiesen sido rampantes en nuestros nuevos centros más
populosos. Sin ella, las plagas hubiesen crecido exponencialmente en nuestros monocultivos.
Sin la matanza, todo lo que hemos conseguido se revertiría, volviendo a las enmarañadas
riberas en donde comenzamos, por lo que nos hincamos y rezamos.
Hace cuarenta años, cuando la gente escribía sobre Lucy, se describía su estilo de vida como
primitivo. Ahora, más avanzados en nuestro experimento de humanos modernos, cuando
miramos a Ardi y su estilo de vida, se hace difícil no usar la palabra “idílico”, quizás como
consecuencia de un cambio de perspectiva acerca de nuestro “éxito”. Hace cuatro millones de
años la vida en Aramis, Etiopía no era idílica, por supuesto. Sin embargo, elementos de la
simple y asediada vida de Ardi pueden parecer, si no buenos, integrales, como si encajaran
perfectamente, con cada una de las piezas de su rompecabezas ecológico conectada a la
contraparte. Ardi vivía como siempre han vivido los animales, con parásitos, predadores y poco
control del resto de la naturaleza. Ella se quitaba las pulgas y soñaba con los pasos del
leopardo. Hoy vivimos en vastas áreas rediseñadas por nuestras manos para excluir a los
predadores, para cultivar nuestras pocas gramíneas (trigo, maíz, centeno) en lugar de los
bosques; áreas donde las plagas, los parásitos y los agentes patógenos son eliminados. Hemos
vivido de este modo sólo durante una muy delgada sección de la historia, un trazo de pisada
en la arena. Viviendo de este modo, se nos puede ver desde dos perspectivas. Desde muy
lejos, nos vemos aún muy pequeños ante la magnitud de la naturaleza. Sin embargo, de cerca
se ve algo muy diferente. Hemos ejercido un increíble control sobre la naturaleza. Hemos
calentado toda la tierra, incluso cuando rota alrededor del sol. Hemos tratado de tomar el
control para mejorar nuestro lote, pero ese control nos ha llevado a una relación con el resto
del mundo viviente que es muy diferente del que todas las especies han experimentado.
En estos momentos estás prácticamente fuera del riesgo de depredación. Los tigres no están al
acecho en tu cocina o patio. El riesgo de que encuentres un parásito es bajo. Pero también es
probable que tengas dificultades para ver durante tu vida algo que se parezca a un espacio
silvestre desprovisto del impacto de los humanos. Estas realidades tienen consecuencias, más
de las que nos hemos dado cuenta. Podrías llamarlas efectos secundarios, excepto que ellas
parecen estar justo frente a nosotros, golpeando nuestra puerta. Son los fantasmas de nuestra
historia ecológica. Golpean suavemente, pero cargan con el peso de billones de años de vida.
Parte II
Pocas cosas esperamos con más ansiedad que el progreso, progreso a partir de Ardi, pero
también desde ayer mismo. Entre las medidas más simples de nuestro progreso está la calidad
y la extensión de nuestras vidas. No hace tanto tiempo estábamos cubiertos de pelo y
podíamos esperar vivir menos de cuarenta cortos años entre el nacimiento y la depredación.
Hacia el último cambio de siglo, las expectativas de vida en países desarrollados habían
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aumentado a más de ochenta años. Por la mayor parte (aunque no toda, un punto al que
volveremos más adelante) de la historia humana hemos vivido más que la generación
precedente. En 1850, la expectativa de vida en los Estados Unidos era de cuarenta años; en
1900 era de cuarenta y ocho años; en 1930, de sesenta, y así progresivamente, por lo que es
fácil imaginar que continuaría así para siempre, con cada generación viviendo más que la
precedente. Es decir, era fácil imaginarlo hasta tiempos recientes -podrían argumentar
algunos-, cuando las proyecciones de las expectativas de vida en muchas de las partes
“civilizadas” del mundo comenzaron a estancarse o incluso, en algunos lugares, a declinar en
materia de longevidad y calidad de vida. En los países más ricos nuestro futuro más longevo,
más saludable y feliz, está comenzando a ponerse en duda. Nuestros hijos pueden esperar
llevar vidas más afectadas y quizás incluso más cortas que las nuestras. Esto queda claro. Lo
que no está claro es porqué. Aquí entonces hay un crimen misterioso del que somos casi todos
víctimas.
Deberíamos tener vidas más largas y saludables. Hemos encontrado maneras de matar más y
más de las especies que una vez trataron de vivir a nuestras expensas. Si alguna criatura se
introduce en tus orificios o debajo de tu piel, hay una pastilla para ello, un aerosol o tal vez una
pomada. ¿Tienes gérmenes? Usa una toallita húmeda antibacterial. ¿Tienes la lombriz
solitaria? Toma una pastilla. La mayoría de nuestras tradicionales enfermedades puede ser
curada, al menos con el dinero suficiente. Pero justo cuando parecemos estar logrando
librarnos de las viejas amenazas, un conjunto de “nuevas” enfermedades -incluyendo la de
Crohn (inflamación del intestino), la artritis reumatoide, el lupus, la diabetes, la esclerosis
múltiple, la esquizofrenia y el autismo, entre otras- se ha vuelto cada vez más común, y estas
enfermedades parecen ser, al menos en parte, las que nos atormentan. Estas enfermedades,
contrariamente a nuestras ideas establecidas sobre el progreso, se volvieron más comunes
precisamente en aquellos países donde más recursos se invierten en salud pública y cuidados
hospitalarios. Tanto estadounidenses como belgas, japoneses o chilenos, en el “mundo
moderno” estamos enfermándonos de nuevas maneras.
Uno puede imaginar muchas razones por las que la gente en países desarrollados podría sufrir
de problemas que los habitantes de países en vías de desarrollo no tienen. Prácticamente
todas las cosas que difieren entre países desarrollados y en desarrollo podrían ser candidatas a
la culpabilidad. La diferencia podría ser la polución ambiental, los pesticidas o estar “en el
agua”. Podría ser la dieta o nuestras interacciones sociales. Comenzando entre 1900 y 1950 y
continuando hasta los días presentes, varias de estas nuevas enfermedades, muchas de ellas
de naturaleza autoinmune y alérgica, se han vuelto cada vez más comunes. Durante este
mismo tiempo, casi todo lo referente a nuestras vidas ha cambiado. Comenzamos a viajar más.
Aspiramos en vez de barrer. Comenzamos a vivir en suburbios. La pasta dental con flúor
comenzó a usarse habitualmente, como eventualmente también los pogos saltarines, los
cortapelos de nariz, los cafés dobles, los perros electrónicos, las tapas a rosca a prueba de
niños, y por supuesto esos malditos videos de Buns of Steel. Cualquiera de estos elementos
puede contribuir al problema, y la verdad es que podría haber más de un problema, cada uno
con su propia causa.
Quizás sea útil comenzar con un misterio más específico. Entre las más irritantes de las nuevas
enfermedades está la enfermedad de Crohn. Probablemente conozcas a alguien con la
enfermedad de Crohn. Se caracteriza por un conjunto de problemas asociados con ataques del
sistema inmunitario sobre los intestinos, una guerra interna de posiciones en la que el sistema
inmunitario siempre gana. Estos ataques causan dolor abdominal, erupciones cutáneas,
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artritis, e incluso, en algunos casos, raros síntomas que incluyen la inflamación del ojo. En las
formas más severas de la enfermedad, los afectados por Crohn enfrentan años de vómitos,
pérdida de peso, calambres debilitantes y obstrucciones intestinales. En estos casos los
afectados suelen renunciar a sus empleos y se quedan en casa obligándose a comer. Los
tratamientos disponibles son sólo a veces efectivos. Cuando los individuos están terriblemente
afectados, son intervenidos quirúrgicamente para extraerles tramos del intestino y el colon,
algo que, si bien puede ser necesario en el corto plazo, empeora las cosas cada vez más en el
largo plazo. La enfermedad de Crohn es terrible y debilitante; excepto en raros casos, nunca se
va. Se ha vuelto también súbitamente común.
En los años 1930s, Crohn era tan rara que pasó en gran medida desapercibida. Luego, entre
1950 y mediados de la década de 1980, su incidencia comenzó a crecer. En Olmstead County,
Minnesota, el número de casos de Crohn en 1980 fue diez veces superior al de 1940. La
incidencia de la enfermedad ha también aumentado precipitadamente en Nottingham,
Inglaterra, en Copenhague, Dinamarca, y en casi todos los otros lugares del mundo
desarrollado para los que los datos son buenos. Hoy, aproximadamente 600.000 personas
tienen la enfermedad de Crohn en los Estados Unidos -teniendo en cuenta algunos casos
desconocidos, uno cada 500 individuos. Porcentajes similares en Europa, Australia y los países
más desarrollados de Asia también están afectados. Desde la perspectiva del número de casos,
la de Crohn es una epidemia global, o al menos una epidemia de los países desarrollados.
Aparte de sus consecuencias -los destinos de los afligidos-, sólo dos cosas sobre la enfermedad
se han sabido con certeza hasta tiempos muy recientes: que tiene un componente genético
(aunque débil e inconsistente) y que se da más comúnmente entre fumadores. Pero ninguno
de estos factores causa la enfermedad de Crohn. El keniata medio puede fumar todo lo que
quiera, y por más que su hermano en los Estados Unidos tenga Crohn él aún se mantiene casi
sin posibilidades de “pescarse” esa enfermedad. La variante genética que parece predisponer a
algunos individuos a la enfermedad de Crohn, CARD 15, no es un requisito, ni lo es el hábito de
fumar, que parece empeorar la condición antes que desencadenar su aparición. De alguna
manera, el desarrollo económico y lo que tendemos a pensar es la modernidad -prosperidad,
urbanización, riqueza- sí son prerrequisitos. Es como si el mismo progreso nos enfermara. Por
muchos años, los habitantes de India y China no fueron afectados, pero ahora que esos países
se han vuelto más exitosos, o que al menos algunos indios y chinos se han vuelto más exitosos,
la enfermedad de Crohn ha aparecido allí también.
Puede parecer inusual que todavía se conozca tan poco de una enfermedad tan común. La
verdad es que todavía se desconocen las causas de la mayoría de las enfermedades que
afectan a los humanos. Más de 400 enfermedades que afectan comúnmente a los humanos
han sido identificadas, mientras que las que no lo han sido ascienden a centenares. Tal vez una
docena de las enfermedades identificadas -polio, viruela y malaria, entre ellas- sea
relativamente bien conocida, pero la vasta mayoría, esos otros centenares, no lo es. Aunque
podamos saber cómo tratar los síntomas o matar al patógeno infractor (si hubiera uno) de las
enfermedades menos conocidas, lo que sucede precisamente en los cuerpos enfermos es con
mucha frecuencia una suerte de misterio corporal. Lo que tienen inevitablemente en común
estas pobremente conocidas enfermedades, sin embargo, es un grupo poco numeroso de
científicos dedicados a ellas, científicos que despiertan pensando que finalmente entienden lo
que está sucediendo en el cuerpo. En el caso de Crohn, uno de esos investigadores es Jean-
Pierre Hugot.
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Hugot, investigador en el Hospital Robert Debré en París, piensa que las bacterias que viven en
las heladeras son las responsables. Algunos datos fundamentan esta teoría y ningún dato la
contradice, pero todo lo que ha encontrado hasta ahora son datos de que las bacterias de la
heladera se encuentran frecuentemente en la escena del crimen, una pieza de evidencia
necesaria pero insuficiente. Un estudio reciente encontró que tener una heladera en casa está
ciertamente relacionado con la posibilidad de desarrollar Crohn. Pero el estudio también
encontró que tener un televisor, un automóvil o una lavadora de ropa estaría relacionado con
la probabilidad de desarrollar Crohn. Otro estudio encontró que la enfermedad de Crohn es
menos común donde la tuberculosis es más común. También es más común donde el clima es
más frío y el tiempo diurno más corto. Pero una correlación entre dos cosas no es garantía de
que una cause la otra. Se necesita que haya algún vínculo causal y una demostración de ese
vínculo; es necesario mostrar que A conduce a B. Hugot tenía A y B, pero no el “conduce a”. Y
así, aunque las bacterias del refrigerador se encuentren en relación con Crohn, podrían
fácilmente ser tanto espectadoras como villanas. Si no es la refrigeración, ¿qué es?
Algunos biólogos han sugerido la contaminación ambiental, otros la pasta dental o la ingesta
de azufre. ¿Quizás la vacuna contra el sarampión? O tal vez la enfermedad de Crohn es
psicosomática. Quizás la gente en países desarrollados tiene mentes ociosas proclives a la
hipocondría. El patrón en la distribución geográfica de Crohn parecería, como los patrones
similares para la diabetes tipo 2 o la esquizofrenia, invitar locas propuestas.
Más allá de si uno cree o no en la especulación de Hugot, una cosa que él dijo es verdad.
Algunas especies fueron favorecidas y otras desfavorecidas por la modernidad. Hugot
concentró su atención en las especies que fueron favorecidas. ¿Pero es posible que Crohn y
otras enfermedades de la modernidad tengan más que ver con esas especies que fueron
desfavorecidas? Esto fue lo que Joel Weinstock, un investigador médico de Tufts University
que antes pasó por University of Iowa, comenzó a preguntarse. Era 1995 y él estaba en un
avión de regreso a Iowa después de un congreso en los salones de la Crohn’s and Colitis
Foundation of America, en New York. Acababa de terminar el trabajo de edición de un libro
sobre parásitos del hígado y los intestinos, y estaba escribiendo un artículo reseña acerca de la
enfermedad inflamatoria del intestino -una clase de tratado medicinal de enfermedades que
incluyen la de Crohn y otras que resultan de los ataques del sistema inmunitario al intestino.
Leer estas dos fuentes juntas le hizo reparar en los modos en que los parásitos pueden dañar a
sus anfitriones, pero también en los modos en que pueden ayudarlos, aunque sólo fuese para
asegurar su propia supervivencia. Bajo esta luz, se le ocurrió que había una cosa que la familia
en Mumbai y la familia en Manhattan tenían en común, además de las heladeras, los
televisores y el tiempo de ocio. Ambas están extrañando su experiencia con esas especies de
las que nos hemos desprendido durante nuestra travesía al mundo moderno, en particular
nuestros parásitos intestinales -nuestras lombrices. La teoría microbiana de la enfermedad
está basada en la idea de que nos enfermamos cuando nuevas especies invaden nuestros
cuerpos. Weinstock pensó todo lo contrario. Quizás algunas enfermedades son causadas por la
expulsión de especies.
No se necesita tener una gran riqueza para evitar los gusanos intestinales. Todo lo que
realmente tienes que hacer es usar zapatos y un inodoro dentro de casa. En los 1930s y 1940s
casi la mitad de los niños estadounidenses tenía gusanos, algunos grandes y sinuosos como el
Ascaris y la lombriz solitaria y otros más delicados, como el pequeño tricocéfalo (Trichuris
trichuria). Ahora los gusanos son cosa del pasado en Estados Unidos. Tampoco es Estados
Unidos un caso inusual. Los lugares donde la enfermedad de Crohn estaba volviéndose algo
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común eran para Weinstock sitios donde se sabía que las lombrices intestinales se habían
convertido en una rareza. ¿Qué pasaría si la ausencia de parásitos intestinales estuviese
causando la enfermedad de Crohn? En ese momento, la idea de Weinstock era como muchas
otras teorías (aunque un poco más rebelde) en su carácter de correlatividad simple. Así, podría
ser cierto que hubiera menos parásitos donde Crohn es más común, pero como ya hemos
visto, también hay más televisores y heladeras. De todos modos, Weinstock confiaba, a miles
de pies de altura, que su especulación era correcta, al menos en sus inicios.
Lo que se le ocurrió a Weinstock fue algo completamente diferente. Su idea comenzaba con la
observación de que cuando nos mudamos a las ciudades y a la modernidad, nuestros cuerpos
perdieron más de lo que ganaron. Pensaba que era la ausencia de parásitos más que la
presencia de un agresor particular lo que nos estaba lastimando. Nuestros cuerpos, imaginó él,
extrañaban tanto a sus lombrices que estaban destruyéndose a sí mismos, devorando sus
entrañas por causa de la nostalgia. Cuando se sentó incómodo en su asiento del avión, todo lo
referente a la enfermedad de Crohn parecía más claro. Los trabajadores manuales serían
menos propensos a desarrollar Crohn que la gente que se sienta todo el día frente a
escritorios. ¡También es más probable que trabajen en la mugre y se pesquen lombrices
parasitarias! De repente, ésta y una docena de otras observaciones cobran sentido. Weinstock
había apenas dejado atrás la costa este, pero intelectualmente se sentía como si hubiese
viajado mil millas. Todos a su alrededor se quejaban de sus asientos, del olor del avión y de la
hosquedad del personal a bordo. Sin atender a todo esto, Weinstock estaba contento.
Había precedentes para la idea de que una especie como la humana pudiera extrañar a otra
especie, incluso a una como un gusano intestinal que le había hecho daño. El precedente
involucraba al antílope americano. La historia de éste es relevante para Crohn y puede ser una
respuesta a ésta y muchas otras enfermedades crónicas modernas.
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desde una avioneta a 72 km por hora. Incluso luego de correr rápido por un buen tiempo son
capaces de hacerlo más rápido aún y por más tiempo; no más rápido que una bala, pero sí más
rápido que una avioneta persiguiéndolos.
Tiempo atrás, decenas de millones de antílopes americanos florecían desde Canadá a México.
Luego vinieron las armas de fuego y la avidez de la expansión hacia el oeste. Los antílopes
americanos, como el bisonte, fueron matados para alimento y recreación hasta que quedaron
unos pocos millones, y luego unos pocos cientos de miles, y finalmente sólo unos miles, una
hembra preñada que se deja viva por ahí, en las praderas. Eventual y lentamente, esos miles
engendraron más miles hasta que, ayudados por las políticas de conservación de la tierra, el
antílope americano comenzó a repuntar demográficamente. Hoy existe una población de 10-
12 millones de antílopes americanos dispersos en las praderas existentes. Allí, ellos se inclinan
para pastar y entonces, ante la más mínima provocación, corren.
Contar antílopes americanos es difícil; es como contar cuervos o nubes. Súbitamente aparecen
por todas partes y de un momento a otro no se encuentra ninguno. En la mayoría de los
lugares viven anónimamente, sin que se los estudie, y en estado completamente silvestre.
Pero existe una zona de pradera en el refugio conocido como National Bison Range, en
Montana, donde los antílopes americanos son bien conocidos. Allí la hierba se yergue hasta
cubrir la mitad de sus cuerpos, y al doblarse ésta con el viento revela su presencia en grupos,
devolviendo la mirada con sus grandes ojos pardos. El National Bison Range es aún lo
suficientemente silvestre como para que las cosas puedan vivir, reproducirse y morir sin que
nadie se dé cuenta, pero se sabe con certeza que un hombre y una mujer podrían ser capaces
de ver algunos animales viviendo sus vidas, aprendiendo así realidades más generales. Así fue
como en 1981 el zoólogo John Byers asumió ser ese hombre, y su esposa Karen ser esa mujer.
John y Karen se mudaron de Chicago a Moscow, Idaho, donde él comenzaría como nuevo
profesor. Desde Moscow, cuando llegara el verano, habrían de migrar al Bison Range en una
casa rodante llamada Bucky. Rústica pero muy querida, Bucky los conduciría a la próxima fase
de sus vidas.
Cuando John y Karen se dirigieron a las praderas, el paisaje se abrió. Lucía como cualquier
pradera, tan abierta y tostada como las sabanas de África. Manejar allí daba la sensación de
llegar a casa, a un lugar donde las cosas están bien y son importantes. Entraron en las tierras
verdes-grisáceas de festuca, salvia y agropiro, y el bosque desapareció a sus espaldas, y con él
su vida diaria. El espacio era amplio, pero complejo. John escribiría después que era “el piso
del cielo”. Los albergaría por el verano o quizás por el resto de sus vidas.
Cuando llegaron los Byers se encontraron con los antílopes americanos. Los vieron correr hasta
que desaparecieron en los borrosos márgenes de la visibilidad. La primera tarea de los Byers
fue atrapar estos animales. Cada unidad capturada sería etiquetada y luego estudiada por el
tiempo que ella o la pareja pudieran persistir, años para decir la verdad, quizás más. Pero la
captura no era fácil. Los adultos eran demasiado rápidos y los cervatillos difíciles de encontrar,
al menos en primera instancia. Pero John y Karen perseveraron. Eventualmente encontraron
una madre con sus dos cervatillos escondidos entre las hojas de hierba con forma de cuchilla.
Cuando John se acercó, la madre huyó, pero los cervatillos se quedaron inmóviles. John los
alzó y los llevó en brazos para medirlos, pesarlos y etiquetarlos. Eran, en su pequeñez, como
pájaros. John y Karen esperaban seguir a estos dos y a los otros que pronto atraparían. El
corazón de cada cervatillo golpeaba la caja de sus costillas hasta que fueron liberados.
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John y Karen Byers se asentaron en la pradera con la idea de obtener observaciones sobre los
movimientos de los antílopes americanos, su dieta, apareamiento y todo lo demás. Como todo
científico, esperaban ellos observar una cosa para entender las otras. Querían buscar en el
antílope americano verdades más generales. El antílope americano saltaba y corría, y John y
Karen veían en su carrera a todo ser viviente que corre. John y Karen levantaban los cuerpos
de los animales que habían capturado y sentían que eran ejemplos de cualquier cuerpo de
animal.
Sin embargo, por más que John y Karen pensaran que podían encontrar trayectorias
universales entre los antílopes americanos, no dejaron de encontrar modos en los que ellos
parecían excepcionales en vez de generales. Una excepción en particular había ya
atormentado a otros científicos que habían estudiado al antílope americano, o que
simplemente lo habían visto -su velocidad. Audubon reparó en ella, pero también lo hicieron
todos los demás que los observaron por más de cinco minutos. Los antílopes americanos son
más veloces en distancias medias que los guepardos. Son el doble de rápidos que los lobos y
más rápidos que una camioneta de campo conducida con cuidado. Resulta que son incluso
más rápidos que una camioneta de campo conducida arriesgadamente. En distancias medias,
pueden bien ser el animal más rápido de todos los que se han conocido. Esa velocidad no
proviene de ninguna magia bioquímica particular, sino en cambio de largas y delgadas piernas,
pequeñas patas prácticamente indiferenciadas, una abundancia de músculos rápidos y lentos,
y pulmones fuertes. El antílope americano invierte en velocidad en detrimento de tener
cuerpos mayores o producir más crías. Parecen haberse excedido, como si hubieran
desarrollado su velocidad simplemente porque era posible. Una publicación científica tras otra
ha subrayado la velocidad del antílope americano. Cada una concluyó que era anómala,
interesante y un poco extraña. Los antílopes americanos tampoco corren solos. Corren y huyen
en grupos apretados más similares a bancos de peces o bandadas de aves que a cualquier
especie terrestre, grupos que se mueven en sincronía a alta velocidad. La gran cuestión,
además de cómo, es ¿por qué?
De acuerdo con las reglas de Darwin, la evolución no se excede. La selección natural tiene
escrúpulos en su edición. Ningún material se desperdicia y ningún animal es más alto, más
rápido o fuerte de lo que necesita ser para que le vaya mejor que a sus competidores. Si todos
los animales del planeta fueran tortugas, no habría ninguna ventaja en ser una liebre, sólo la
tortuga más veloz. Sin embargo, los antílopes americanos, en sus grupos sinuosos, superan a
todos. En los miles de horas que los Byers, otros investigadores, cazadores y pobladores locales
observaron a los antílopes americanos, hubo pocos ejemplos registrados de adultos siendo
capturados por depredadores. Esto es cierto incluso cuando se les ha colocado a muchos
antílopes americanos adultos un collar de radio y se los ha monitoreado a través de las
planicies, e incluso cuando la depredación de cervatillos puede verse fácilmente. Los cervatillos
son devorados por águilas, coyotes y otros depredadores. Pero los cervatillos no corren para
defenderse. Se quedan inmóviles. Los adultos son los que corren, y cuando lo hacen, los osos
no pueden acercarse para atraparlos, ni los lobos grises o los coyotes. Cuando los Byers vieron
por primera vez la velocidad de los antílopes americanos, les pareció como una afrenta a la
selección natural, una suerte de llamativa excepción de la que se alardea en cada oportunidad.
John Byers estaba pensando en esta velocidad excepcional cuando comenzó a ver fantasmas.
Veía animales persiguiendo antílopes americanos, corriéndolos de atrás. Los atrapaban por sus
tobillos. Los derribaban uno por uno entre las hierbas más altas. No eran reales, él lo sabía,
pero podía ver su evidencia, del modo en que uno puede percibir el viento a través de la visión
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de lo que se mueve. En un paisaje donde el depredador mayor es un oso, Byers veía el rastro
de guepardos y leones. Si entrecerraba los ojos cuando observaba al antílope americano, podía
incluso ver a estos depredadores persiguiendo. Podía verlos manifiestos en cada acción del
antílope americano. Byers llegó a creer que estos fantasmas eran una respuesta a la cuestión
de la velocidad del antílope americano, y a otras cuestiones también.
Hace unos 10.000 años, exactamente cuando las vacas estaban comenzando a ser
domesticadas en Asia, los antílopes americanos vivían en las llanuras con el lobo gris, el oso
negro, el oso grizzly y el coyote, pero también con otros grandes depredadores. Cuando los
humanos arribaron al continente americano, encontraron los antílopes americanos junto a una
mucho mayor variedad de otros herbívoros, pero también una mayor variedad de
depredadores. Las praderas americanas eran más salvajes y encarnizadas que las planicies
africanas. Los depredadores que encontraron los primeros inmigrantes en América del Norte,
cuando colonizaron el continente hace catorce mil años o más, eran más grandes, más feroces
y rápidos que los que conocemos hoy. Había cánidos de rapiña, cánidos de piernas cortas,
lobos terribles (Canus dirus), guepardos gigantes, leones gigantes de caverna (Panthera atrox),
varias clases de felinos con dientes de sable, osos gigantes Arctodus simus y otros monstruos
de gran dentadura, muchos de ellos rápidos. El león de caverna medía hasta doce pies de
largo. El felino con dientes de sable podía pesar 1.000 libras y el Arctodus simus unas 2.500
libras. Más relevante para la historia del antílope americano, sin embargo, fue el guepardo
americano (Miracinonyx trumani), un gran felino, largo y rápido, estructurado para perseguir y
atrapar a altas velocidades. Las analogías con los guepardos africanos modernos sugieren que
el guepardo americano habría gustado de devorar antílopes americanos en el mismo grado
que los guepardos africanos gustan de consumir antílopes. Y entonces fue en este contexto
que Byers comenzó a imaginar que la velocidad del antílope americano y su carrera en
enjambre evolucionaron en respuesta a depredadores ahora extinguidos. El antílope
americano tuvo una vez algo de lo cual huir. Los guepardos americanos evolucionaron para ser
más rápidos y así perseguir antílopes americanos, y éstos últimos evolucionaron para ser
incluso más rápidos. Entonces llegaron los humanos al continente y, de un modo u otro,
exterminaron más de sesenta especies de grandes mamíferos, incluyendo el guepardo, leones,
mamuts, mastodontes e incluso camellos. La extinción de estas grandes bestias y,
especialmente, del guepardo americano dejó al antílope americano anacrónica e
irrelevantemente rápido.
Una vez que Byers intuyó esto (que parece correcto, considerando los nuevos datos y análisis),
gran parte de la vida de los antílopes americanos parecía tener más sentido. Toda su biología,
pero en particular la de las hembras, se estructuró alrededor del escape de depredadores que
ya no estaban presentes. Las hembras escogieron los machos veloces para que sus crías
tuvieran la posibilidad de ser lo suficientemente rápidas como para escapar. Incluso sus úteros
bicornes y sus columnas vertebrales comprimidas parecerían ser una función de su pasado. No
eran una excepción, sino en cambio una manifestación poderosa de las reglas de selección
natural. Eran, de alguna manera, la regla. Aún más, parece como si la velocidad del antílope
americano y las características relacionadas con ella fueran costosas. Si lo fueran, y si con el
paso del tiempo los antílopes americanos se volvieran más numerosos, o su hábitat se volviese
más raro, ellos podrían volverse más lentos. Los individuos que corren más velozmente
podrían morir más jóvenes, exhaustos por huir de fantasmas e incapaces de ir más lentos. En
un tiempo dado, cada generación de antílopes americanos sería más lenta y, con una velocidad
más ordinaria, menos extraordinaria.
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Aquí estaba lo que todos los científicos buscan: un resultado general derivado del estudio de
algo muy específico. Porque cuanto más Byers hablaba con otros científicos más se daba
cuenta que su caso de los antílopes americanos no era el único. El suyo era un ejemplo bien
estudiado de las consecuencias que resultan de que una especie pierda a otra con la que había
estado vinculada por milenios. Unos años antes, en Costa Rica, el biólogo tropical y
conservacionista Dan Janzen había argumentado que las frutas de mayor tamaño, las que
ahora permanecen inmóviles a la sombra de sus plantas madre, evolucionaron para ser
dispersadas por medio de la ahora extinguida megafauna, especies que desaparecieron junto a
los depredadores del antílope americano. La idea de Janzen surgió de sus observaciones de las
vainas de tres pies de largo en los árboles Cassia grandis, un estudio realizado en 1979. Treinta
años después, Janzen parece estar en lo cierto, y esas frutas siguen estando inmóviles. Para
parafrasear al paleontólogo Paul S. Martin, vivimos en un tiempo de fantasmas, con su
prehistórica presencia indicada por las dulces frutas de mayor tamaño. Muchas de las frutas
que los humanos han venido a favorecer parecen haber evolucionado para ser acarreadas de
un lugar a otro, vehiculizadas temporariamente en las entrañas de los mamíferos gigantes -las
papayas integran la lista, así como las paltas, guayabas, chirimoyas, naranjas de Luisiana y los
deliciosos (aunque de pésimo aroma) durios. En otros lugares los biólogos encontraron
alargadas flores sin un obvio polinizador, flores que evolucionaron, sostienen, en respuesta a la
larga lengua de un ya extinguido polinizador. Con el tiempo se han descubierto más casos
como éstos, más ejemplos de las consecuencias de perder socios.
Pero el ejemplo del antílope americano era diferente. Las frutas gigantes se beneficiaron
alguna vez de ser dispersadas por grandes mamíferos consumidores de frutas, perezosos más
grandes que los elefantes y sus parientes. El antílope americano no se benefició de ser
devorado por guepardos gigantes. Sin embargo, sin el guepardo, el estilo de vida del antílope
americano, sus saltos y carreras, carecen ya completamente de sentido. El antílope americano
sufría las depredaciones de los guepardos americanos, pero de alguna manera puede sufrir
ahora la ausencia de su antiguo enemigo perseguidor. No hay razón para que corran. Gastan
energía, cuando les podría ir igualmente bien permaneciendo quietos. Huyen de fantasmas.
Todos lo hacemos.
Los Byers fueron al encuentro de los antílopes americanos para entenderlos. Lo que
descubrieron fue más general. Llamémoslo principio del antílope americano, que tiene dos
elementos: primero, todas las especies tienen características físicas y genes relacionados con
los modos en que interactúan con otras especies; segundo, cuando esas otras especies
desaparecen, las características se vuelven anacrónicas o algo peor. Las plantas desarrollaron
toxinas para defender sus hojas, néctar para atraer a animales y que transporten su polen, y
frutas para atraer a otros animales y que acarreen sus semillas. Los animales, a su vez,
desarrollaron largas lenguas para alcanzar el néctar, o mejores sentidos de olfato para detectar
frutas. Los carnívoros tienen largos y filosos dientes para matar a sus presas. Los parásitos
intestinales tienen apéndices que imitan, en sus contornos, los intestinos de sus anfitriones,
para sujetarse. Escoge cualquier organismo de la Tierra y verás que su biología está definida
tanto por el modo en que interactúa con otras especies como por los fundamentos de vivir,
comer, respirar y aparearse. Las interacciones entre especies (lo que los ecólogos llaman
interacciones interespecíficas) son parte de la intrincada ladera a la que se refería Darwin. Lo
que los Byers entendieron por vez primera en el contexto del antílope americano fueron las
consecuencias de remover las especies por cuya interacción nuestros cuerpos evolucionaron,
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sean depredadores (como en el caso del guepardo), mutualistas como los animales que una
vez dispersaron las frutas gigantes americanas, o incluso parásitos y agentes patógenos. La
pérdida de otras especies puede hacer de elementos clave en el cuerpo de cualquier
organismo algo tan anacrónico como las frutas gigantes que, depositadas en el suelo, esperan
que una megafauna que nunca llegará las levante de allí.
Pero si bien el principio del antílope americano es para ecólogos y biólogos evolutivos un
producto de la intuición que es parte central de nuestro conocimiento del mundo viviente,
nadie, ni siquiera los Byers, ha pensado cómo este principio del antílope americano se
relaciona con nuestros propios cuerpos. Los investigadores en medicina no suelen estar
entrenados para pensar sobre historia evolutiva, e incluso cuando sí lo están tienden a pensar
en humanos aislados, como si el pasado fuese una serie de largas caminatas de seres
desnudos, viviendo entre los árboles, sacando frutas para comer (cuando incluso esa fruta es
otra especie, una especie que tenemos que ver u oler para encontrarla). Hasta tiempos muy
recientes, ninguna investigación consideró lo que sucedió cuando exterminamos a todos
nuestros predadores o, en el mismo sentido, cuando removimos las solitarias, los
anquilostomas y sus parientes de nuestros intestinos. Uno se pregunta qué partes de nuestros
cuerpos están, como los músculos y la rapidez de los antílopes americanos, atormentadas por
fantasmas -al menos Joel Weinstock se lo preguntaría. ¿Qué sucede cuando los humanos dejan
atrás las especies por cuya interacción evolucionaron sus cuerpos, ya sean guepardos, agentes
patógenos, abejas o gigantes lombrices succionadoras?
Joel Weinstock no sabía nada de antílopes americanos. Es difícil imaginar una circunstancia en
la que ellos hubieran parecido relevantes para él. Como la mayoría de los investigadores
médicos, no había tomado nada que se parezca a una clase de ecología desde sus dieciocho
años. No hubiera podido decirte quiénes eran los más recientes ancestros de los humanos, ni
era particularmente un fan de la “naturaleza”. Conocía acerca del sistema inmunitario humano
y cómo es afectado por los parásitos. Éstos podrían parecer ámbitos de la biología demasiado
estrechos como para concentrarse en ellos, pero al conocer esos dos campos él ya tenía un
conocimiento más amplio que el de la mayoría de los biólogos. Esta amplitud moderada se
volvió útil para él cuando volaba de regreso a casa luego de su estancia en New York. Hojeaba
una carpeta de datos sobre la creciente frecuencia de la enfermedad de Crohn y otras
enfermedades “modernas”, y se preguntaba por qué se habían vuelto más comunes. Mientras
tanto recordaba que durante los mismos años muchos de nuestros gusanos parasitarios se
habían vuelto raros. Conectaba estas observaciones como se unen puntos. Una vez
relacionadas hubo una revelación. La causa de la enfermedad de Crohn podía ser, pensó
repentinamente, ¡las lombrices parasitarias, los helmintos! Cuanto más miraba los puntos que
había unido, más pensaba que había descubierto la respuesta, una que se relacionaba más con
los antílopes americanos y los extinguidos guepardos que con la ciencia médica estándar.
Es lindo pensar que tienes la respuesta. Tu corazón late. Quizás corras un poco alrededor del
laboratorio y dejes escapar un grito selvático. Por supuesto, en algún momento tienes que
contarle a alguien tu idea y es allí, en mi experiencia, cuando frecuentemente la cruda
sagacidad cae víctima de la realidad. Algún estudiante muy brillante dice algo como “no
entiendo cómo pueda esto realmente funcionar”, y allí es que te das cuenta de que no podría,
y te enfadas un poco. Pero a veces las percepciones son correctas. O al menos parecen
correctas por un tiempo mayor al de un día decepcionante.
El tiempo diría si Weinstock tenía razón. Él imaginaba que el problema con nuestros intestinos
modernos era nuestro sistema inmunitario, y que el problema con nuestro sistema inmunitario
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era que estaba extrañando a los parásitos con los que había evolucionado. Crohn y otras
enfermedades inflamatorias de los intestinos -él vendría a plantear- son consecuencia de que
nuestro cuerpo aún corre para escapar de su antiguo asaltante. Cuando un antílope americano
corre rápido para dejar atrás a un depredador que ya no existe derrocha energía. Cuando
nuestros cuerpos corren rápido para escapar de gusanos inexistentes se tropiezan, creía él, o
tal vez nunca aprenden a correr apropiadamente, en primer lugar.
Weinstock tenía una corazonada, pero no poseía evidencia directa. Por supuesto, es cierto que
la gente en países desarrollados sería más proclive a tener Crohn que aquélla de los países en
desarrollo, y menos proclive a tener lombrices parasitarias. En países subdesarrollados,
aproximadamente un billón de personas está infectado sólo con dos especies de anquilostoma
(Necator americanus y Ancylostoma duodenale), para no mencionar las lombrices solitarias,
tricocéfalos y otros posibles bichos con los que uno se tropieza, aunque sea accidentalmente.
Todas estas especies eran ancestralmente criaturas marinas. Fueron capaces de tocar tierra
mediante la colonización de los intestinos de animales, siendo cada uno de ellos de alguna
manera como un pequeño, si bien no muy pintoresco, mar.
Tal posibilidad parecía demencial para la comunidad médica, un anatema de la idea por mucho
tiempo sostenida de que la medicina está en parte para remover especies de nuestros
cuerpos, con el objetivo de hacernos más saludables. Antibióticos, antisépticos,
antihelmínticos y todos los otros “antis” están basados en la idea de remover vida, sin tener en
cuenta su identidad. Sin embargo, había algo interesante en el argumento de Weinstock, y la
gente lo escuchaba con atención. Él era también, conviene mencionarlo, un estimado
inmunólogo cuando comenzó a hablar de que “nuestros cuerpos extrañaban a sus lombrices
solitarias”. Los científicos estimados sufren menores consecuencias cuando presentan ideas
alocadas. Pueden gritarlas ante una ventanilla exterior de McDonald’s. Pueden incluso
anunciarlas en televisión. Todo lo que probablemente pase es que alguien diga: “Uff, Joel, ¿no
podías simplemente testear algo de esto antes de presentarte en el programa de Oprah?”
Los experimentos son los mejores exámenes para las nuevas teorías, pero los experimentos en
humanos no son siempre posibles, incluso cuando son moralmente aprobables. Es difícil
imaginar un experimento para testear los efectos de la refrigeración en la enfermedad de
Crohn o en cualquier otra enfermedad. La refrigeración puede jugar un papel, pero una
corroboración de la idea es probablemente difícil de alcanzar alguna vez. Incluso los pacientes
enfermos difícilmente estén dispuestos a abandonar el uso de las heladeras. Los efectos de la
pérdida de parásitos en la enfermedad de Crohn podrían, sin embargo, ser testeados
experimentalmente. Lo harías del mismo modo que podrías examinar los efectos de perder la
megafauna sobre las planicies y los antílopes americanos, es decir reintroduciéndolos.
Restaurar los delgados guepardos de los intestinos, con sus largas colas y sus microscópicas
fauces, sería la tarea.
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Cuando comencé a leer la literatura sobre Crohn, me pregunté sobre un experimento de esas
características. ¿Sería moral? ¿Lo aprobarían todos? Quizás el más claro precedente de lo que
Weinstock quería hacer nuevamente provenga del antílope americano. Un puñado de
científicos, amigos del biólogo Byers, sugiere que deberíamos devolver América del Norte
occidental a un estado silvestre. Estos científicos proponen “cambiar la premisa subyacente de
la biología conservacionista”. Necesitamos, dicen ellos, reintroducir los carnívoros existentes
en todos los lugares donde una vez estuvieron (osos y lobos, por ejemplo, ocupan sólo 1% del
área que ellos habitaban hace solamente 200 años). Pero también necesitamos introducir
elefantes para reemplazar mamuts y mastodontes, guepardos africanos para reemplazar
guepardos americanos y leones africanos para reemplazar leones americanos extinguidos.
Podríamos incluso introducir el camello bactriano para llenar el vacío dejado por las muchas
especies de camélidos que una vez poblaron América del Norte. Introduciendo estas especies
en el oeste americano lo haríamos más parecido a como era hace mucho tiempo, a lo que
“debería haber sido”. Erradicaríamos las ratas, los dientes de león y las hierbas. Quizás
entonces, cuando el antílope americano tenga de nuevo algo de lo que huir, su velocidad tenga
sentido.
Estas personas, junto a Josh Donlan, un biólogo conservacionista que trabaja por estos días en
Cornell University como suerte de líder estadista radical, son muchachos amantes de vérselas
cara a cara con mamíferos y serpientes. Están listos para la megafauna, listos ahora y sin miedo
a las consecuencias de defender su nueva postura. Son de la clase de muchachos (y son
mayormente varones) que, si se les da la opción, preferiría morir en las fauces de un tigre que
de un ataque cardíaco. En un artículo, Donlan pregunta: “¿Te contentarás con un desierto
estadounidense más vacío que lo que era hace unos cientos de años?” Donlan no. Traigamos
de regreso a los tigres, sostiene. Traigamos de regreso a los leones. Donlan y sus colegas
quieren el regreso de estas especies con tanto afán que están dispuestos a salir al desierto y
hacerlo ellos mismos. De hecho, eso es justamente lo que hicieron. En la oscuridad nocturna
atraparon algunos animales silvestres en una reserva de México, los transportaron en la caja
de un gran camión cruzando la frontera en Texas, y los liberaron en una hacienda de Ted
Turner. Que los ejemplares fueran tortugas de Bolson (Gopherus flavomarginatus) de 100
libras de peso, no leones, y que la reserva fuera un parque trasero cercado, aunque enorme,
no viene al caso. La meta era, como para los leones, restaurar sus funciones. Si hubieran sido
leones, eso sí, hubieran necesitado un camión de mayores dimensiones.
Cuando Josh Donlan y otros propusieron repoblar el oeste, recibieron un agresivo acoso en
forma escrita, o al menos la versión académica de eso, que son artículos de tono pasivo-
agresivo escritos en respuesta a sus artículos. La idea era tabú. Luego recibieron cartas
agresivas de granjeros, cuyos predecesores y ancestros trabajaron tan duramente para
eliminar la megafauna. En parte, el sentimiento de los críticos era antiguo, resumido en los
comentarios del biólogo británico William Hunter unos 240 años antes, cuando escribió:
“Aunque podamos, como filósofos, lamentarlo, no podemos como hombres sino agradecer al
cielo que su entera generación esté probablemente extinta.” En otras palabras, los tigres están
bien en Bangladesh, pero no en mi parque trasero. Sin embargo, hay una diferencia clave entre
el regreso a la vida silvestre del oeste de los Estados Unidos, ya sea con tortugas o con tigres, y
el repoblamiento de nuestros cuerpos. Es más fácil obtener permiso para hacer el
repoblamiento experimental de un cuerpo humano que el de las silvestres y ondulantes millas
de pastos en Idaho.
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Donlan y otros defensores del repoblamiento todavía esperan permiso para soltar elefantes y
guepardos en las Grandes Llanuras. Han obtenido algunos éxitos, pero no con mamíferos. La
tortuga Aldabran fue introducida por el ecologista danés Dennis Hansen en un área encerrada
de la isla Mauricio, donde otra especie de tortuga gigante vivió una vez. Hansen ha encontrado
evidencia de que las reintroducidas tortugas podrían ayudar a recuperar las poblaciones de
plantas nativas mediante la dispersión de sus semillas. Los plantones de semillas expulsadas
por tortugas crecen más altos, tienen más hojas y son menos propensos a ser comidos que
aquellos que surgen de semillas que simplemente cayeron al suelo. No se sabe con certeza si
serían liberadas todas las tortugas en cautiverio. Mientras tanto, Weinstock y sus colegas
comenzaron con un experimento en las entrañas de los ratones. Descubrieron que cuando les
daban gusanos nematodos a los ratones podían prevenirles de adquirir la versión para ratones
de la enfermedad inflamatoria del intestino. Con los ratones como viento de popa, Joel
Weinstock y sus colegas solicitaron el permiso del Comité de Revisión Institucional en la
Universidad de Iowa para suministrar experimentalmente nematodos de cerdo a pacientes
humanos. Quizás para su propia sorpresa, la solicitud fue aprobada.
Cuando estás saludable, el cuerpo se hace invisible. Cuando estás enfermo, la dimensión física
del cuerpo y de todos sus órganos y tejidos se vuelve muy clara, incluso exagerada. Los que
sufren de Crohn experimentan a diario los diversos modos en que el cuerpo, y la digestión en
particular, puede fallar. Cuando las cosas funcionan, masticamos nuestra comida para
despedazarla. Trituramos a través del uso de nuestros antiguos dientes, los que surgieron en
los peces. Nuestra lengua presiona el alimento y nuestra boca lo envuelve en saliva, que tiene
enzimas como la amilasa para auxiliar en la trituración de la comida. El bolo resultante de
viscosa papilla pasa luego por el estómago, donde se disuelve con ácido, y después a los largos
intestinos, donde cada fragmento útil es absorbido hacia el torrente sanguíneo y viaja hacia
nuestras células. Sorprendentemente, toda esta maquinaria funciona la mayor parte del
tiempo en la mayoría de nosotros. Funciona más frecuentemente, con toda probabilidad, que
cualquier otra máquina que tengas, como ser tu eliminación de la basura o el motor de tu
automóvil. Pero no en los pacientes con Crohn. Cada hora, cada día, con frecuencia en toda su
vida, ellos sufren los límites del cuerpo. La enfermedad les recuerda la actividad vulgar y las
debilidades de sus intestinos. Al menos a algunos de ellos se los recuerda con tanta
vehemencia que tomar un tratamiento de lombrices de cerdo no les parece más extraño que la
experiencia más periódica de las incómodas fallas del cuerpo.
Mientras los pacientes de Weinstock eran preparados para los tratamientos, así también los
nematodos de cerdo (tricocéfalos, para ser más específicos). Weinstock y colegas tenían que
asegurar que los gusanos no transmitieran enfermedades desde las tripas de origen. Los
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huevos eran tomados de cerdos comunes y colocados en cerdos libres de gérmenes. Como a
todo purasangre, se dejó a estos gusanos especiales que se reproduzcan luego en la privacidad
de sus cerdos. Sus huevos fueron entonces recolectados y divididos en pequeñas pilas de 2.500
cada una. Los huevos parecen pequeños balones de rugby marrones con botones en cada
extremo. Dentro de cada huevo se enroscaba un feto de gusano, tan estrujado como las
esperanzas de los pacientes.
Cada paciente fue observado cuidadosamente. El experimento había sido realizado en una
suerte de mini prueba el año anterior, con seis pacientes que sufrían casos extremos de Crohn.
Los resultados de este nuevo y mayor estudio eran impredecibles. Se esperaba que las
lombrices de cerdo no se adosaran a los intestinos de los pacientes por mucho tiempo. No lo
hicieron en la prueba preliminar, pero la posibilidad no podía ser descartada. Los gusanos
podían haber tenido efectos negativos. Los pacientes eran conscientes de esto. Podrían haber
buscado también en bibliotecas sobre “tricocéfalos” o “Trichuris” y encontrado una galería de
bestias terribles. Los tricocéfalos son como serpientes delgadas, sin rasgos distintivos. Los
tricocéfalos madres producen miles de huevos por día, cada uno de los cuales es, para usar el
eufemismo, “depositado” por sus anfitriones en el suelo. Una vez allí, los huevos, si es que
hacen algo en absoluto, esperan. Ellos esperan para ser accidentalmente ingeridos por alguien
más. Su improbable linaje ha existido de esta manera por millones de años, un accidente por
vez. De vuelta en los intestinos, los huevos se rompen. Los jóvenes gusanos salen y encuentran
la mucosa donde completan su desarrollo y, una vez que alcanzan la adultez, se reproducen,
aunque se esperaba que esto no ocurriera en los pacientes. Las lombrices jamás madurarían,
pensó Weinstock, sino que simplemente evocarían la deseada respuesta inmune en los
pacientes.
Pasó una semana. Pasaron dos semanas. Cada paciente se debatía en su decisión de si estaba o
no sintiéndose mejor. Cuatro pacientes renunciaron. Pasó más tiempo. Hacia la séptima
semana, algunos de los pacientes se estaban sintiendo un poco mejor, pero algunos se habrían
sentido mejor de todos modos. En la duodécima semana los pacientes volvieron al laboratorio
para ser examinados. Aquí estaba la prueba del repoblamiento radical de Weinstock. Y
entonces llegaron los resultados. Fueron anunciados por el gerente del laboratorio por
teléfono. Veintidós de los veinticinco pacientes aún bajo estudio estaban mejorando. Hacia la
semana veinticuatro, la última semana del estudio, veinticuatro pacientes habían mejorado y
veintiún estaban en remisión. Estos individuos, que habían estado todos enfermos, estaban
mejor ahora. Sus cuerpos eran, ahora que tenían parásitos, más saludables.
20
o autoinmunes eran resultado de extrañar a nuestros parásitos. Quizás incluso la depresión
estaba relacionada con la ausencia de lombrices, y algunos cánceres también. Sobre la base de
estas conjeturas más amplias se llevaron a cabo más experimentos. En todo caso, estos
seguimientos, cada uno aparentemente más escandaloso y significativo que el anterior, han
suministrado datos que prueban que el argumento de base de Weinstock nunca fue más
sólido. Cuando es tratada con gusanos, la gente con enfermedad inflamatoria de intestinos
mejora. Los ratones diabéticos retornan a niveles normales de glucosa en sangre. El
empeoramiento de enfermedades cardíacas se ralentiza. Incluso los síntomas de la esclerosis
múltiple mejoran.
Sin embargo, como escribió Rick Bass en el prefacio a uno de los libros de John Byers sobre el
antílope americano, “casi nunca un descubrimiento relaciona las cosas con claridad; ilumina sí
más territorio inexplorado y más motivos sin examinar, con una respuesta que da lugar de esta
manera a cientos de preguntas más.” La primera de este centenar de cuestiones sería simple:
¿por qué? Saber que nuestros cuerpos parecen, de algún modo real, necesitar de lombrices
solitarias, tricocéfalos, anquilostomas, etc., no responde en realidad a la más simple pregunta:
¿por qué? Expulsamos los gusanos y nos enfermamos. Los volvemos a instalar y nos
recuperamos. Podríamos simplemente continuar reinstalándolos y sentirnos, si bien asediados,
mejor también. Pero antes de devolver intencionalmente a nuestros cuerpos lo que por largo
tiempo hemos pensado eran adversarios, vale la pena saber qué diantres está sucediendo. Lo
que sea que es, nos está sucediendo ahora mismo, salvo que ya tengas una lombriz.
Con el tiempo, Weinstock llegó a creer que el sistema inmunitario requiere de la presencia de
gusanos para desarrollarse. Sin gusanos, el sistema inmunitario sería como una planta que se
deja crecer en gravedad cero. Hace mucho tiempo, durante la evolución de las plantas
terrestres, la conquista de las consecuencias de la gravedad fue un gran paso en la transición
de las plantas desde los pantanos a la tierra. Las células gruesas y las fuertes -incluso leñosas-
raíces evolucionaron como medio de vérselas con la gravedad, como así también los sistemas
de transporte de azúcares, agua y gases. Prácticamente todas las diferencias entre un árbol y
una hierba de humedal son consecuencia de las mayores dificultades que enfrentan las plantas
en suelo firme en cuanto a la gravedad. En ausencia de gravedad, las raíces y retoños crecerían
en cualquier dirección, como el cabello salvaje de Medusa. De manera similar, nuestro sistema
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inmunológico en ausencia de parásitos parece también estar en problemas para distinguir
arriba de abajo.
Se puede pensar que estoy siendo demasiado metafórico. Pero para explicar la relación entre
lombrices y sistema inmunitario, los inmunólogos mismos tienden a apoyarse más en metáfora
y analogía que en datos. Cuando son presionados, Weinstock y otros comienzan a decir cosas
como: “sin parásitos, el sistema inmunitario está en desequilibrio”, o “no está en armonía” o,
en un momento más cándido, “está fuera de control”. “Diferente” es cómo caracterizaría un
inmunólogo al sistema inmunitario de gente en países subdesarrollados. Esta es la lengua de la
incertidumbre. Nadie sabe bien lo que ocurre cuando eliminamos nuestros parásitos.
Eliminamos todos nuestros gusanos y parecemos tener una mayor posibilidad de caer
enfermos. Reinstalamos algunos de ellos y mejoramos, la mayor parte del tiempo en todo
caso.
Weinstock tiene una idea de respuesta más específica. Otros también, pero las diferencias
entre lo que varios científicos piensan que podría estar pasando son frecuentemente difíciles
de reconciliar. No obstante, y por ahora, la versión de Weinstock, ofrecida inicialmente por el
inmunólogo Graham Rook en Cambridge University, es razonable. No significa esto que sea
correcta, pero al menos por lo que sabemos hasta ahora es posible.
Aquí es de ayuda conocer un poco más acerca del sistema inmunitario humano. El cuerpo es
un país con dos fuerzas inmunológicas armadas. Una de ellas combate contra una clase de
enemigo, los virus y las bacterias; la otra lidia con otra clase de enemigo, los nematodos y
otros grandes parásitos. Trabajan juntas, aunque cuanta más energía corporal se gasta en una
parte del sistema inmunitario menos queda para gastar en la otra. Ésta es una explicación
vulgar, casi una caricatura, pero es todo lo que hemos averiguado desde comienzos de la
década de 1980. Podría darles todos los nombres y detalles, los TH1, los TH2, y las otras
palabras intraducibles del léxico de los inmunólogos, pero sirven en este caso sólo para dar la
apariencia de conocimiento, cuando todavía tenemos relativamente poco. Por el momento,
entonces, sólo recuerden que hay dos fuerzas armadas en diferentes frentes, luchando contra
los inevitables enemigos que asedian.
Estos dos elementos de nuestro sistema inmunitario han estado allí por más de 200 millones
de años. Los tienen los tiburones, las ardillas, los peces. Incluso algunos insectos parecen tener
elementos de ellos. Todos ellos los tienen porque a lo largo de la historia de los linajes
animales cada generación estuvo llena de parásitos, bacterias y virus. Nuestros parásitos eran
el éter en el que nuestros cuerpos cobraban sentido. La presencia de estos parásitos ha sido
por mucho tiempo tan segura como la gravedad. Entonces sobrevino el gran cambio. Los
humanos comenzaron a vivir en edificios y usar inodoros, y todo cambió en las últimas
generaciones -un segundo en un día de la historia de la vida.
Por mucho tiempo entendimos que el sistema inmunitario, casi en su totalidad, comprendía
sólo dos clases principales de fuerzas defensivas, una contra las bacterias y los virus, la otra
contra los grandes parásitos. Pero en los últimos cinco años ha surgido un problema en esta
historia. Estuvimos perdiendo algo, otro personaje. ¿Qué sucedería, se preguntaban los
científicos, cuando los parásitos se instalasen en el cuerpo? Se sabía que el sistema inmunitario
dejaría eventualmente de atacarlos, pero ¿por qué y cómo?
Resulta ser que hemos pasado completamente por alto un componente clave del sistema
inmunitario, que son los pacificadores. Cuando un parásito se instala y los intentos iniciales de
expulsarlo no tienen éxito, ¿qué debería hacer el cuerpo? Podría luchar por siempre. En
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algunos casos sucede esto, y cuando es así, la enfermedad y los problemas causados por la
respuesta inmunológica del cuerpo casi inevitablemente pesan más que el problema causado
por la lombriz misma. En este contexto, el cuerpo puede mejor rendirse a la realidad de que el
gusano está presente y aprender a tolerarlo. La respuesta parece ser una y otra vez que, si el
parásito sobrevive inicialmente, el cuerpo aprende a tolerarlo. Un equipo de células
pacificadoras ordena la retirada de las fuerzas armadas antiparasitarias y busca una respuesta
balanceada. Reservan la energía del cuerpo para batallar en el futuro contra un enemigo más
vencible o virulento.
Weinstock piensa que cuando introdujo gusanos en pacientes, sus cuerpos comenzaron a
producir pacificadores, los que mantuvieron la paz deteniendo al sistema inmunitario para que
no ataque a los gusanos. Por supuesto, así como los guepardos que persiguen antílopes
americanos, los anquilostomas pueden tener sus costos, el más común de los cuales es la
pérdida de sangre en infecciones graves y la consecuente anemia. Pero en promedio los costos
parecen ser mínimos, tanto en un sentido general como en relación con los costos de luchar
contra los gusanos por siempre. Si el gusano está bien instalado y el cuerpo continúa luchando
contra él, el cuerpo derrocha energía. Y entonces podría ser que los pacificadores provean de
un mecanismo para que los intestinos admitan la derrota de local y al mismo tiempo eviten
que el sistema inmunitario ataque prolongadamente a los intestinos, sea cuando un gusano
está presente o en otras situaciones. Los pacificadores mantienen la paz. Los gusanos, a su
manera, desencadenan esa paz. Tal vez.
También existe una segunda posibilidad, y ésta (que no excluye realmente la primera) es mi
favorita. Se sabe desde hace mucho tiempo que los gusanos en nuestros intestinos pueden
producir compuestos que suprimen al sistema inmunitario; compuestos que, en esencia,
avisan “Hey, está todo bien aquí -no hay necesidad de atacar.” Hacen esto a través de la
imitación de algunos compuestos propios del cuerpo. Muchos gusanos diferentes producen
estos compuestos. Puede ser que nuestros cuerpos se desarrollaran para terminar
dependiendo de al menos bajos niveles de tales compuestos producidos por los gusanos. No
quiero decir aquí que nuestros cuerpos los necesitaran, al menos no originalmente, como si
pudieran contar siempre con su presencia allí. Tal vez nuestros cuerpos producen más de una
respuesta inmunitaria, porque están “suponiendo” que algunas de estas respuestas serán
entorpecidas por los gusanos. Nadie puede demostrar que tal fenómeno esté ocurriendo,
todavía, pero parece plausible.
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Mientras tanto, la realidad más amplia es que nuestros sistemas inmunitarios parecen haber
evolucionado en el sentido de sólo funcionar “normalmente” cuando los gusanos estaban
presentes. Los científicos han denominado este fenómeno como la hipótesis de la higiene,
donde la idea central es que una vida limpia es mala para nosotros, ya que el funcionamiento
de nuestros sistemas inmunitarios necesita de las realidades “sucias” de las lombrices y de
quizás incluso uno o dos microbios particulares. Lo que parece haber sido pasado por alto es
que no sólo fue nuestro sistema inmunitario el que evolucionó para depender de la presencia
de otras especies. Es también la forma de nuestros intestinos, las enzimas que producimos en
nuestras bocas e incluso nuestra vista, cerebros y cultura. Todas estas partes de nuestras vidas
evolucionaron con la gravedad de otras especies, como conclusión inevitable. Entonces
eliminamos o cambiamos aquellas especies, y al hacerlo alteramos la gravedad biológica de
nuestras vidas. Como en el caso de los gusanos, no está siempre claro que sea el haberlos
eliminado lo que nos causa problemas, pero parece sí claro que eso nos cambia una y otra vez,
dejándonos como un bailarín moviéndose solo en la pista, con los brazos en posición, pero
nadie para sujetar.
Volveremos más adelante con las partes de nuestros cuerpos que fueron moldeadas por la
influencia de otras especies, ya sea mutualistas en nuestros intestinos, mutualistas en nuestros
campos, predadores o patógenos. Mientras tanto, sentado y leyendo como estás ahora, algo
está sucediendo en tus intestinos; las fuerzas armadas se están preparando. Si tienes o no una
lombriz va a influir en lo que ellas harán (como también otros factores casi con certeza, tales
como los detalles en tus genes). Tu sistema inmunitario actúa representándote, pero sin un
control consciente. Está actuando ahora mismo, con ejércitos de estructura diminuta. Si tu
sistema inmunitario no se ha vuelto contra ti con alergias, diabetes, Crohn u otros problemas,
tienes suerte, buenos genes, un buen gusano o todo eso junto. Pero muchos de nuestros
sistemas inmunitarios se volverán contra nosotros eventualmente. Si lo hace el tuyo, la
cuestión es qué deberías hacer. ¿Buscas, podrías buscar, buscarías un gusano?
Capítulo 4: Las Sucias Realidades de Lo que Se Debe Hacer Cuando Estás Enfermo y
Extrañando Tus Gusanos
Debora llegó al punto de sentirse con la disposición de hacer lo que sea. Había leído sobre los
vasos de Gatorade con tricocéfalos del experimento de Weinstock. La idea era repugnante,
pero de alguna manera era tan atractiva como cualquier otra opción. Las drogas que estaba
tomando para Crohn no estaban funcionando. Tampoco ella. No podía. Estaba descompuesta,
encerrada en casa y desnutrida. Tenía “diarrea crónica, sudoración nocturna y dolor de
barriga”. Podía a veces digerir sopa licuada, pero no siempre. Los sabores parecían haber sido
extirpados de su vida.
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Buscaba en internet, iba a las bibliotecas, llamaba a los amigos, hablaba con investigadores y
no dejaba piedra sin levantar. Había perdido la cuenta del número exacto y la clase de píldoras
que había tomado, pero podía recordar sus consecuencias. Su doctor le contó sobre otro
nuevo tratamiento experimental. Este último tratamiento ofrecía, como una suerte de castigo
por el deseo de mejorar, un alto riesgo de cáncer. Volvió a comenzar, observando,
preguntando y haciendo lo que podía. Eventualmente volvió al punto de partida -las lombrices.
La idea la aterrorizaba, pero comparada con las alternativas, quimioterapia intensiva sin
ensayos, trasplantes de médula ósea o cosas peores, ¿cuán mala podría ser? Tragar una dosis
de gusanos no parecía más barbárico que lo que había experimentado ya. Decidió que lo haría,
tal vez. No, ella lo iba a hacer, definitivamente.
Hablando con su médico, se comprometió a ingerir una dosis de huevos de tricocéfalo enviada
por correo, los mismos huevos que el técnico de Weinstock había ofrecido a los pacientes en
un vaso de Gatorade. Pero cuando fue a pedir los huevos se encontró con un nuevo problema.
La Administración de Alimentos y Fármacos de los Estados Unidos había declarado ilegal el
envío de huevos de tricocéfalo y, aunque pudiera obtener los gusanos por correo, eso le habría
costado $4.700 por las primeras dos semanas. Luego tendrían que conseguirse en repetidas
ocasiones, ella suponía, aunque nadie conocía ni conoce por cuánto tiempo, para hacerle
saber al cuerpo que los gusanos estaban allí. Es decir, $4.700 al mes, quizás por toda la vida.
Una vez más, Debora se encontraba sin opciones. Entonces se enteró de un estudio en
Nottingham, Inglaterra, en el que se les daba tricocéfalos a los pacientes en un experimento
doble ciego (algunos pacientes recibirían los gusanos, otros un placebo) para probar sus
efectos sobre la rinitis alérgica, el asma y la enfermedad de Crohn. Ella llamó, tratando de
guardar calma, pero no pudo evitar tener un poco de esperanzas. El estudio estaba abierto
para pacientes estadounidenses. Se encontró sintiéndose optimista por primera vez. Y fue
entonces que se enteró del truco: tendría que visitar el Reino Unido seis veces en un año. En su
condición, no podía imaginarse viajando en avión una vez, así que mucho menos seis o más
veces. Estaba demasiado enferma, y por más que pagara su viaje en repetidas ocasiones, tenía
un 50% de posibilidades de recibir un placebo.
25
cuerpo. Si todo funcionara bien, los anquilostomas se meterían por su brazo en el torrente
sanguíneo, por donde irían hasta los pulmones, de allí serían expectorados, tragados, y
entonces viajarían a los intestinos. Allí se instalarían y harían su vida, de tres a siete años o, si
ella fuera buena para ellos, incluso más tiempo. Si consiguiera un macho y una hembra, ellos
podrían reproducirse, pero no crecerían en número. Sus huevos pasarían a su inodoro y de allí
al sistema de cloacas de Santa Cruz, California, donde vive ella. No tendría que beber un vaso
lleno de huevos de tricocéfalo cada dos semanas. Podría simplemente tratarse cada tres años -
o quizás menos, una vez cada diez años. El proyecto se sentía más como adoptar una mascota
que como medicina moderna -un largo, translúcido, succionador, animal de compañía.
El “tratamiento” conllevaba riesgos. Su familia se los recordaba. Sin embargo, ella sabía que
todo lo que ya había estado haciendo tenía sus riesgos. Los tratamientos “de vanguardia”
causaban cáncer o infecciones, y se encontraban tan poco estudiados como los gusanos, cuyos
riesgos ya habían sido sopesados en los cuerpos de millones de personas. Sus efectos, si bien a
veces terribles, eran también predecibles -al menos parecían serlo en ese momento. Por lo
tanto, se subió con su familia en el auto y se dirigió al sur por ruta 5, hacia México.
Cuando Debora Wade conducía hacia México, muchas cosas se le cruzaron por la mente. Su
doctor le había advertido que en México ella no tendría control sobre lo que se le daba. No
tenía garantía, él argumentaba, de que incluso fueran anquilostomas. No tenía garantía del
lugar de origen de los anquilostomas. ¿Estarían los anquilostomas libres de otros parásitos,
virus y bacterias, por ejemplo? Ella no sabía ni podía saber, pero de algún modo se sentía bien.
Sentía como habiendo tomado una de las más importantes decisiones de su vida, porque por
primera vez en veinte años ella realmente tenía una oportunidad de sentirse mejor.
El hombre que Debora Wade iba a ver era Jasper Lawrence. Nunca lo había visto, pero ella
conocía su historia -todos parecían conocerla. Una vez oída, es inolvidable.
Por muchos años de su vida, Lawrence había trabajado en una agencia de publicidad en Silicon
Valley. Era exitoso, pero también sufría de asma, una afección que lo llevó a preocuparse
prematuramente de su muerte. Cuando inhalaba sentía sus pulmones frágiles -a un suspiro de
colapsar. Había estado siempre enfermo, incluso de niño, pero más tarde su salud, en
particular su asma, había empeorado. Era culpable del pecado usual de fumar, pero si esto
solamente era la razón por la que estaba enfermo o era la víctima de alguna serie más
complicada de consecuencias y genes es imposible de saber. Más allá de cómo se reconstruya
su historia, lo cierto es que llegó a un punto en su vida en que entraba y salía del hospital,
completamente dependiente de las pastillas de esteroide Prednisone para continuar su vida
diaria. Entonces, sin tener relación con sus problemas de salud, tomó un nuevo empleo. Estaba
entusiasmado con el nuevo puesto y con el cambio que traería a su vida. No sabía cuánto aún.
En el proceso de inicio del nuevo empleo, Lawrence tuvo que comenzar un nuevo seguro
médico. Lo necesitaba para que le cubra sus medicamentos, pero su condición preexistente lo
dejaba afuera de ese beneficio, y así quedó sin seguro y aterrorizado. Temía por su vida. Uno
puede imaginar su lápida: “Aquí yace Jasper Lawrence. Murió de condiciones preexistentes.”
Respiraba corto, consciente de cada respiro.
Lawrence aún no había entrado en crisis, pero la veía en el horizonte, amenazante. Estos
problemas hacían que esté más abierto a posibilidades que habría descartado en otros
momentos de su vida. Estaba preparado para una gran chance, así que cuando una suerte de
oportunidad se presentó no la dejó pasar. “El cambio” comenzó con una visita de rutina a su
tía en el Reino Unido. Durante esa visita sucedió que una noche se encontró sin poder pegar
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un ojo. Sin descanso, pero distraídamente, se sentó frente a la computadora y comenzó a
buscar soluciones. Su tía había mencionado un documental de la BBC sobre anquilostomas y
enfermedades como esclerosis múltiple y asma. Cuando comenzó a buscar el documental
encontró artículos de investigación escritos por Joel Weinstock y otros científicos. Comenzó a
leerlos, primero por curiosidad y luego con gran emoción. No recuerda bien lo que vio ese día.
Quizás había un estudio sobre dosis, o cuántos gusanos se necesitaban en un intestino para
que tengan efecto. Lo que recuerda es que cuando volvió a la cama, ya en el amanecer, había
decidido que iba a “probar algunas variedades de lombrices”. Habría de hacer -decidió- lo que
fuera necesario. En el peor de los casos, habría hecho una tontería, pensaba. En el mejor, se
curaría. Toda la noche soñó con gusanos enredados, serpenteando y arrastrándose. Eran, al
menos en retrospectiva, buenos sueños.
Lawrence pasó los siguientes meses leyendo y releyendo todo lo que pudo encontrar sobre
gusanos y salud. No era un científico, y entonces los artículos le resultaron difíciles, sobre todo
los primeros; así le sucede a todo aquél que decide tomar las riendas de su propia salud. La
ciencia era difícil de entender a causa de la jerga de los científicos, pero también porque los
mismos científicos no sabían con exactitud qué estaba sucediendo, qué pasaba cuando el
consabido martillo diera en el clavo. Pero Lawrence nunca estuvo tan seguro de que lo que
necesitaba él eran gusanos. Sus primeros problemas prácticos, igual que los de Debora Wade,
eran escoger y conseguir un gusano. Lo publicado hasta ese momento guarda silencio con
respecto a si una clase de gusano es mejor que otra. Las opciones eran casi infinitas. Gusanos
que aumentan el tamaño de los testículos; tricocéfalos; tenias, lombrices que crecen hasta
treinta pies de longitud en tu colon. Opciones, opciones. Lawrence optó por usar
anquilostomas. Las lombrices solitarias, pensó, eran en realidad las que más posibilidades
tenían de curarlo, pero le abrirían las puertas a una reinfección. Llamémoslo aprensivo, pero
simplemente no gustaba de la idea de tener un monstruo de treinta pies en sus intestinos, y
mucho menos de la posibilidad de “pasar” una bestia semejante. Sus decisiones no eran muy
educadas, pero funcionarían.
Lawrence voló a Gran Bretaña y luego a Camerún. El viaje fue caro y osado. Lawrence era un
nativo de California, un empresario. No era la clase de hombre que viajaba a países
subdesarrollados, pero aquí estaba, llegando a un aeropuerto que le parecía más una vieja
escuela preparatoria que un espacio responsable de la seguridad de los aviones. Salió del avión
y el aire era caliente. Vio pobreza en todas partes. En los días siguientes vio leprosos sin dedos,
niños mendigos, accidentes de ómnibus y un gran y terrible desprecio por la vida. Lawrence
también contemplaba la ironía, aunque ironía no fuese la palabra más adecuada, de lo que
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estaba haciendo. Gran parte del mundo, incluido Camerún, seguía siendo incapaz de sacarse
de encima los parásitos que terminaban con vidas prematura y brutalmente. HIV, malaria y
dengue matan gente, desestabilizan gobiernos e incluso precipitan guerras. Junto a estas otras
enfermedades, los gusanos también son considerados como destructores de vidas. Pero
Lawrence, como Joel Weinstock, cuyo trabajo había leído, había llegado a pensar que la
historia de los gusanos era más complicada. Había llegado, usando su propio cuerpo, para
poner a prueba esa creencia.
Lawrence fue hospedado por una familia que conoció en el avión. Les explicó su plan para
contraer anquilostomas. Deben haber pensado que estaba loco, pero difícilmente fuera el
primer occidental en viajar medio loco a la jungla en búsqueda de una cura o de un tesoro. No
era muy diferente él de esos anteriores exploradores, excepto por el hecho de que, a
diferencia de todos ellos, quería ir a los lugares más pobres y sucios del país. Quería ir allí
descalzo, para así contraer anquilostomas. Seguramente no era la mejor manera, pero si no
mejoraba él caería en bancarrota. Si caía en bancarrota y terminaba sin Prednisone, moriría. Y
así se encontró en Camerún, buscando pilas de excremento humano para pisar, en la
esperanza de que en esas pilas unos pocos gusanos pudiesen penetrarlo a través de la delgada
barrera de su suave piel urbana.
En realidad, no tenía que caminar sobre excremento fresco. Para su consternación inicial, le
llevó varios viajes a letrinas con los pies húmedos y malolientes enterarse de este importante
dato. Los anquilostomas tardan días en madurar, por lo que sólo necesitaba caminar en
letrinas más viejas y secas -aquellos espacios “detrás de las casas”, donde estrechos senderos
terminan en un hoyo en la tierra o más comúnmente en una serie de pilas de papel higiénico y
materia fecal. Cuando buscaba estos lugares la gente le gritaba y salía a perseguirlo. Él se
defendía con lo que, dada la locura en la que estaba inmerso, pasaba por razón. Pero cuanto
más explicaba, más se enojaba la gente. El único modo en que esta historia podría haber
terminado era con un encuentro pugilístico, una lucha con palos, o aún peor, entre un hombre
y él en las pilas de excremento de Camerún, con la hierba cubriendo sus cinturas y los
anquilostomas reptando en el suelo; una pelea demencial, sangrienta y desesperada por la
supervivencia de uno y la dignidad del otro. Pero no se dio así. De alguna manera Lawrence se
dirigió de letrina en letrina sin ser apaleado, hasta que un día sintió una picadura en su pie. Era
la picadura de la buena suerte, la de los gusanos penetrando su delgada piel, alguna vez rica,
en dirección a su corazón.
Cuando Debora Wade decidió ir a México, ella sabía que Lawrence había ido a Camerún en
busca de su propio tratamiento. Probablemente conocía también las distancias que Lawrence
había recorrido para conseguir sus gusanos. Más aún, estaba al tanto del cierre de su historia:
que los gusanos se habían introducido en su torrente sanguíneo, habían llegado a su corazón y
de allí fueron a sus intestinos. Una vez allí se batieron de alguna manera con su sistema
inmunitario, y el resultado final fue, de alguna manera mensurable, la casi completa
desaparición de su asma. Su sistema inmunitario ya no volvió a atacar al polen ni respondió
más a todo alérgeno. Su sistema inmunitario, de hecho, ya no desencadenó ninguno de los
incidentes que lo habían atormentado tanto. Respiraba fácilmente. Tan aparentemente
milagrosos fueron sus resultados que decidió que ahora la labor de su vida iba a ser ayudar a
otras personas a buscar tratamiento, no en Camerún sino en algún lugar cercano a su hogar.
Inició su clínica en México para distribuir gusanos. Lawrence era un hombre cambiado y tú
podías serlo también, o así lo anunciaba la página web del ex ejecutivo de agencias de
publicidad.
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Debora Wade estaba preocupada cuando viajó a Tijuana. Nunca había estado en México
anteriormente, porque tenía miedo de pescarse parásitos. Pensaba todo el tiempo “¿qué estoy
haciendo?” El 17 de diciembre de 2007 llegó a San Diego, desde donde cruzó la frontera hacia
su nueva vida con parásitos. Fue con su familia a un hotel resort (seguramente un poco de
mimos se justifica antes de infectarse intencionalmente con lombrices), en donde se relajarían,
pero antes incluso de que entrara a su cuarto se encontró a Jasper en la conserjería, quien se
presentó ante ella y le dio un apretón de manos. Mañana comenzaría la infección.
En el hotel Wade durmió bien, pero despertó nerviosa, sintiendo el latido de su corazón en la
garganta y con adrenalina por todo su cuerpo. Se metió en un automóvil y condujo hasta la
clínica. El barrio lucía difícil. La misma clínica era una casa de dos pisos sobre una calle
transitada, la casa de Lawrence. Dentro, Debora se encontró nuevamente con Lawrence, junto
con un hombre llamado Dr. Llamas, quien sería el encargado de iniciar la infección. Ella esperó
brevemente junto a su esposo en una sala de estar, antes de ser trasladada por un pasillo
hasta una habitación como la de cualquier consultorio médico. Tenía una camilla de hospital
como las que habría visto en su país, cubierta con papel blanco. El Dr. Llamas era amigable: él
preguntó por su enfermedad y su estado de salud. Él simpatizó, y un enfermero entró en el
consultorio para extraer sangre. Fue en ese momento que realmente vio con claridad el poco
control que tenía sobre lo que le iban a administrar y las consecuencias que ello podría tener.
Se encontraba a merced del Dr. Llamas y Lawrence, pero también del comportamiento de un
grupo salvaje de gusanos, sin interés alguno en sus prioridades o destino. Al día siguiente
comenzaron los potenciales fuegos de artificio. Llamas la infectó con, esperaba ella, bienestar.
Si las cosas iban bien, las larvas de gusano -crías de las larvas que habitaban en Jasper
Lawrence- atravesarían su piel. Cuando terminó el procedimiento agradeció a todos, se reunió
con su esposo y volvió a casa.
Hasta el día de hoy, casi un centenar de pacientes con asma, colitis ulcerativa, enfermedad de
Crohn y otras enfermedades autoinmunes han hecho el viaje que Debora hizo, al mismo
consultorio. En cuanto a Debora Wade, una vez en casa, esperó. Se realizó todo el
procedimiento, pero fue menos satisfactorio de lo que había imaginado -debió concluir. Por un
lado, el viaje a México y el tratamiento cuestan cerca de 8.000 dólares. Por otro lado, los
gusanos, sus gusanos, fueron donados por Lawrence. Al comienzo no se le ocurrió que los
gusanos provendrían de alguien. Jasper Lawrence evacuó los huevos que se volvieron gusanos
y que eventualmente les fueron suministrados. ¿Conocía realmente a Lawrence? ¿Había
averiguado sus credenciales? Cuando repasaba toda la escena en su cabeza, podía recordar
que el hombre que le extrajo sangre tenía sucias las uñas. El consultorio estaba, bueno, no
completamente limpio tampoco. ¿Qué es lo que había hecho?
Una vez en casa, se quitó los vendajes buscando una serie de diez puntos de origen donde las
larvas se introdujeron. Encontró un solo punto rojo, pero nada más. Los inicios de todo este
esfuerzo fueron, para ponerlo en términos amables, desilusionantes. Al tercer día estaba
todavía claramente descompuesta y pasó la noche en el inodoro observando las
constelaciones a través de la ventana. Pasó más tiempo. Llegó Navidad y, con ella, una fiebre,
quizás en respuesta al asentamiento de los gusanos, con su cuerpo combatiendo lo que su
mente deseaba tanto. Luego se descompuso aún más, tanto de Crohn como de fiebre. Apenas
podía considerar la idea, pero se sentía como empeorando su condición. Finalmente, e incluso
entonces sólo lentamente, empezó a mejorar. Pero era muy difícil decirlo, porque se medía el
progreso en un marco de esperanza.
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Luego, muy claramente, Debora empeoró. Aparecieron nuevos síntomas: artritis y tobillos
inflamados, sumados a los viejos síntomas. Luego mejoró, mucho. Por un tiempo pareció estar
totalmente curada. Sorprendentemente, ya no era por esos días una paciente de Crohn. Luego
las cosas empeoraron nuevamente. En definitiva, se le inocularon más gusanos. Parece que
con cada inoculación ella se siente mejor por unos pocos meses, y entonces regresan los
síntomas, tal vez a causa de la muerte de sus gusanos. Hacia junio de 2010 estaba
preparándose para regresar a conseguir más gusanos. Ella continúa viviendo así, diariamente,
repoblando su cuerpo, y si bien no curada todavía, mejor. Es todo lo que ella buscaba.
Debora Wade, aunque haya tenido resultados más ambiguos que muchos de los que han sido
tratados, está todavía convencida de sus gusanos. Ella continúa infectándose. La mayoría de
los días se siente mejor. Ahora tiene síntomas nuevos, cuya causa ella no está en condiciones
de discernir, pero lo mismo podría haber ocurrido si hubiese experimentado la nueva píldora o
inyección, o cualquier químico que esté a punto de salir al mercado. Mientras tanto, ella y
otros esperan más investigación. Como me dijo Debora, “es todo muy nuevo y no tenemos
idea de lo que estamos haciendo, si más es mejor”, ni idea de cuál es la frecuencia requerida
de reinfección, o todo lo demás. Otra investigación se está desarrollando, aunque para Debora
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va demasiado lenta. El estudio de Nottingham en el que ella pensó primero en participar ha
finalizado. No han todavía publicado sus resultados.
El Dr. David Pritchard, biólogo a cargo de ese estudio, está moviéndose con temor. El hecho de
que tanta gente sea tratada antes de que el tratamiento sea bien entendido es preocupante
para Pritchard. Sin embargo, es tan poca la gente que estudia los efectos de los helmintos u
otros parásitos y enfermedades sobre el sistema inmunitario, especialmente en los espacios
clínicos, que los pacientes que toman la iniciativa podrían estar también haciendo algo
razonable. Más allá de los tratamientos de Lawrence y los experimentos en Nottingham, hay
investigaciones en proceso en Edinburgo y Londres, el trabajo de Weinstock en Estados Unidos
y un nuevo proyecto en Australia. Existen dos sitios más en México donde se están llevando a
cabo tratamientos con gusanos, en Ovamed y Wormtherapy, con el último conducido por
Garin Aglietti, uno de los primeros colaboradores de Jasper Lawrence que se independizó
luego.
De alguna manera, el Dr. Pritchard en Nottingham está en lo cierto, sin dudas: lo que está
ocurriendo al sur de la frontera, en México, es disparatado. Lo que está haciendo Jasper
Lawrence no está probado, pero no es un experimento en el sentido científico. En otras
palabras, no hay control, no hay un real monitoreo de los resultados y no hay comparación con
lo que les sucede a pacientes que no se tratan.
Entonces, si tienes Crohn, ¿qué deberías hacer? Si tienes alergias, diabetes, síndrome de
inflamación de los intestinos o esclerosis múltiple, y estás desesperado por tener una vida más
saludable, ¿hay esperanza? Parece claro que los parásitos y esas enfermedades están
relacionados, pero es menos claro el modo en que lo están. Aparentemente necesitamos, de
alguna manera, volver a alguna versión de los viejos tiempos; pero esos tiempos ya pasaron, y
lo que necesitamos es encontrar una nueva manera de restaurar los elementos de lo que una
vez fue. Necesitamos domesticar a nuestros gusanos, para hacer sus efectos más predecibles y
sus consecuencias más controladas. Por ahora, para los que sufren de versiones de las
enfermedades relacionadas con la pérdida de gusanos, las enfermedades que son reacias a los
tratamientos estándar, hay pocas posibilidades. ¿Qué haría yo en esa situación?
Probablemente viajaría descalzo a una de esas regiones donde los gusanos son la norma, pero
escogería con mucho cuidado. O quizás soy un hombre afortunado; he viajado y caminado
descalzo lo suficiente como para ya tener algunos. No hay opciones perfectas. Éstas son las
realidades mugrientas de nuestra situación, donde permanecemos atados a nuestra historia en
redes tan complicadas que no somos capaces de desenredarlas, no todavía.
La lección que ofrecen claramente los gusanos, sin embargo, es que el viejo modelo médico,
en el que sólo limpiamos de nuestros cuerpos las otras vidas, es incorrecto. Los sistemas
principales de nuestros cuerpos, incluido el sistema inmunitario, evolucionaron para funcionar
mejor cuando otras especies viven en nosotros. No es que seamos simplemente anfitriones de
otras especies; llevamos vidas vinculadas estrechamente con ellas, e incluso los límites entre
las categorías más simples de “nosotros” y “ellos”, “bueno” y “malo” son difusas para las
herramientas con las que contamos hoy en día. Y los gusanos son sólo el comienzo. En
nuestros cuerpos hay miles de especies, una suerte de país de las maravillas. Hay más células
bacterianas en ti ahora mismo que bisontes en las antiguas Grandes Llanuras; más células
microbianas, en realidad, que células humanas. Es a la cuestión de esas células, cada una de
ellas diminuta pero tal vez relevante, y su relación con nuestro bienestar, que nos dedicaremos
ahora. Ningún humano es una isla, ni siquiera cuando está libre de gusanos.
31
Parte III
Capítulo 5: Las Muchas Cosas que los Intestinos Saben y el Cerebro Ignora
Una vez que aprendemos cómo matar algo, tendemos a hacerlo siempre. Disfrutamos de la
caza. Con picas de punta de piedra apuñalábamos mastodontes. Perseguimos a tigres diente
de sable, lobos terribles y guepardos americanos que alguna vez devoraban antílopes
americanos. Hubo prisa en la persecución. Con armas de fuego hicimos lo mismo, pero más
exhaustivamente, hasta que eventualmente cambiamos a presas más pequeñas como la
paloma migratoria, animales que a veces comeríamos, pero con menos frecuencia. El afán por
la caza puede exceder nuestras necesidades. Luego de la invención de los pesticidas
fumigamos millones de acres por las presas más pequeñas. Incluso hemos fumigado nuestros
cuerpos. Se ha frotado con cariño DDT en el cabello de cientos de miles de niños. Una vez que
aprendimos a aprovechar los compuestos que matarían microbios, nos llenamos de estos
brebajes. Por más que podamos adorar las pinturas paisajistas y los destellos fugaces de vida
silvestre, nada parece más natural para nuestros cerebros que erradicar la naturaleza.
Cada una de las tecnologías que hemos usado contra otras especies es una suerte de
antibiótico (literalmente, “contra la vida”) -aunque raramente una tecnología mate toda la vida
que perseguimos. Por el contrario, cada una tiende a favorecer algunas en perjuicio de otras, la
fuerte y enmalezada por sobre la débil y de crecimiento lento. Cuando apedreamos,
lanceamos o disparamos a los grandes predadores, a los pequeños depredadores les fue
mejor. Usamos DDT para matar las plagas en nuestros cultivos y nuestros hogares,
favoreciendo las resistentes y perniciosas. Fumigamos nuestros cultivos y jardines para matar
las hierbas y dejamos que crezcan las súper hierbas entre nuestras filas de maíz y en las grietas
de nuestras construcciones de cemento. Encontramos todas estas especies a nuestro
alrededor, como el diente de león y la ambrosía, especies que florecen a partir de la privación
y la persistencia, creciendo hacia el sol incluso cuando se sacuden el asfalto de sus hojas.
32
Comenzamos a usar antibióticos porque los necesitábamos desesperadamente. Su
descubrimiento produjo un trío de premios Nobel y curó nuestra gonorrea, tuberculosis y sífilis
en el proceso. La penicilina fue la droga salvavidas más efectiva de la historia del mundo,
amenazada sólo por otros antibióticos. Pero el uso de antibióticos para el tratamiento de
enfermedades mortales representa ahora una pequeña proporción de todos los usos -la mayor
parte es para resfriados, dolores de oído o incluso intentos preventivos de conjurar la maldad
de los microbios. (“Doctor, me siento un poco raro. Pienso que podría estar pescándome, no
sé, algo que necesite antibióticos…”) y así continúa la historia, repetidamente. Recurrimos
fácilmente a las pastillas o cucharadas de amoxicilina, ampicilina, la vieja penicilina y todas las
demás. Recurrimos a ellas como una vez recurrimos a nuestras armas de fuego, en defensa
propia. La cuestión no es si nuestros antibióticos, en el uso más general del término, nos han
ayudado, sino en cambio cuán capaces de acertar somos cuando apretamos el gatillo.
Por la mayor parte de la larga historia de los antibióticos, nadie estudió los detalles de cómo
ellos afectan las bacterias en nuestros intestinos. El enfoque de la investigación médica es con
frecuencia ver primero lo que nos ayuda y luego, sólo secundariamente, entender cómo y por
qué funciona. Se sabía que los antibióticos matan patógenos como la sífilis (sabemos eso
porque cuando se les da antibiótico a los pacientes la sífilis desaparece). Pero lo que en
realidad les sucedía a los otros microbios que están en nosotros cuando la sífilis moría nunca
se ha estudiado. La tecnología apropiada no existía. Y, más concretamente, para la comunidad
de investigación médica el objetivo era curar enfermedades. Muchas de ellas eran bacterianas
en origen y por lo tanto todas las bacterias vinieron a ser consideradas malas (una idea
perpetuada por James Reyniers, el rey de la rata en la burbuja plástica, a quien retornaremos
luego). Eran tan malas como los leopardos y lobos que alguna vez devoraron a nuestros
animales y niños, o como las plagas que consumieron nuestros cultivos y sustento. “Matarlas
todas ahora y hacer preguntas después” fue la solución médica. Al menos en los inicios, este
enfoque pareció razonable.
Entiendo nuestro afán por volvernos un poco villanos cuando inventamos una nueva
herramienta, en especial cuando se trata de sobrevivir. Cuando se descubre que una clase de
vida es controlable y que es la raíz de alguna enfermedad, la controlamos. Pero al mismo
tiempo, cuando aprendemos a distinguir entre lo bueno y lo malo, lo mortal de lo inocuo o
incluso beneficioso, también tenemos que tratar de matar con matices. El problema en
nuestros intestinos es que hasta tiempos muy recientes no podíamos distinguir entre lo bueno
y lo malo, ni sabíamos incluso qué especies nuestras armas -en este caso antibióticos- estaban
matando. O quizás debiera decir que nuestros cerebros no pudieron hacer esas distinciones,
porque resulta que nuestros intestinos (y en especial nuestros apéndices) sabían lo que estaba
pasando todo ese tiempo. Sólo que no pudieron decir nada.
33
incultivables. Más de un millar de especies de microbios han sido descubiertas en los intestinos
humanos. Un millar más pueden estar viviendo en tus otras partes. La mayor parte de ellas
nosotros no podemos cultivar en absoluto, excepto en el lugar donde las encontramos.
Sabemos muy poco sobre microbios como para llevarlos a vivir al laboratorio. Están vivos en
nosotros, pero son herméticamente difíciles de ver o entender.
En la última década hubo algunos cambios. Con las innovaciones en genética obtuvimos un
conjunto de nuevas herramientas de observación, una suerte de “genoscopio”, tan potente y
revolucionario como un telescopio, pero para ver los mundos en nuestro interior en vez de
aquellos a nuestro alrededor. Este conjunto de herramientas hizo posible examinar el ARN
(pariente del ADN e intermedio en tus células entre ADN y proteína) encontrado en una
muestra, como medida de qué especies están presentes. Uno puede tomar una cucharada de
agua de lluvia y, usando este procedimiento, identificar la vida en ella, o tomar una muestra de
excremento y al menos observar indirectamente la cantidad de genes presentes y lo que nos
dicen sobre quiénes abundan. Ahora que los microbios pueden identificarse sobre la base de
su ARN, no tenemos que cultivarlos para saber si están presentes (aunque aún es de ayuda).
Tales técnicas genéticas se están volviendo fáciles y económicas, tanto que un joven
estudiante o técnico podría esperar usarlas para responder a una pregunta relevante para toda
la humanidad, como lo hicieron recientemente Amy Croswell, quien trabaja junto a su
mentora Nita Salzman, y otros tres colegas.
Gran parte de lo que Salzman y Croswell hicieron fue relativamente fácil. Se experimenta con
ratones en todos los laboratorios del mundo. Generaciones de cría e investigación han llevado
a jaulas y protocolos que, si bien no siempre elegantes, son perfectamente funcionales. Los
ratones que Salzman y Croswell iban a estudiar eran descendientes de una familia de ratones
que había estado en el laboratorio por decenas de generaciones. Era, de todos modos, su
medioambiente nativo, más parecido a nuestro medioambiente humano moderno que al de
sus (o nuestros) ancestros. Nacieron por cesárea en el laboratorio, fueron alimentados con
fórmula, y luego, a las cinco semanas de vida, fueron tratados con sus antibióticos
correspondientes.
34
usando debía matar todos los microbios. Croswell y Salzman agregaron los antibióticos al agua
y esperaron. Luego de unos días los científicos recogieron pequeñas muestras de excremento
de cada ratón y, por si fuera poco, los mataron, tomaron muestras exhaustivamente y después
los arrojaron a un gran tacho plástico en un rincón del laboratorio.
Cuando observaron las muestras de los ratones, y como esperaban, encontraron que los que
habían bebido agua limpia sin antibióticos tenían una dotación completa de microbios. Sus
intestinos estaban, como los nuestros, viscosos de vida, gramos de vida. Los ratones que
habían sido tratados con antibióticos, sin embargo, eran una historia diferente: los ratones que
por analogía con nuestro propio sistema médico eran los medicados, los saludables, tenían
microbios en sus intestinos (lo que es un importante resultado), pero muchos menos,
especialmente en sus intestinos gruesos y colon. El efecto fue mayor en los ratones tratados
con los cuatro antibióticos, pero se hizo presente en los tratados con sólo uno de ellos, la
estreptomicina. En esencia, los antibióticos fueron capaces de barrer con billones de células en
los intestinos de esos animales tratados. Ahora bien, los diferentes antibióticos tendieron a
matar diferentes microbios, pero ninguno mató solamente las “bacterias malas”. Muchas
clases diferentes de bacteria fueron afectadas. Como los intestinos de ratón son como los
humanos, esto significa que cuando usamos antibióticos nos pasa lo mismo. Cuando matamos
nuestros microbios con antibióticos estamos abandonando las relativamente escasas especies
a partir de las cuales se reconstruye un nuevo imperio microscópico de vida. Nadie sabía, pero
ahora que lo sabemos parece aún más importante entender lo que esos microbios -los que
nosotros diezmamos (pero no eliminamos del todo) cada vez que tomamos antibióticos- hacen
realmente. La respuesta involucra a un hombre joven, una gigante burbuja de acero y un error.
La cuestión de cuánto y qué hacen por nosotros los microbios en nuestros intestinos es
prácticamente tan antigua como el estudio de los microbios. Aunque Pasteur se volvería un
fuerte defensor de la matanza de criaturas vivientes en nuestra leche (la pasteurización) y
otros alimentos, creía que las criaturas que viven en el interior y la superficie de nuestros
cuerpos son tan necesarias que, sin ellas, moriríamos. Ellas evolucionaron, pensaba él, para
depender de nosotros y nosotros de ellas. Matar los microbios, decía, significaba matar al
hombre. En otras palabras, pensaba que los microbios en nuestros intestinos son nuestros
socios mutualistas obligados, donde “obligados” significa que son necesarios y “mutualistas”
simplemente significa que ellos y nosotros nos beneficiamos de la relación. La teoría
microbiana de las enfermedades, por el contrario, ha estado basada en la idea opuesta -que
algunas o quizás la mayoría de las especies representan más probablemente un peligro para
nosotros. Nadie nunca ha realizado el examen necesario para ver quién tenía razón, a pesar de
que la respuesta era claramente importante. En un mundo en el que continuamos removiendo
muchos de nuestros microbios (aunque casi nunca todos), la respuesta importa ahora mucho
más. ¿Qué pasa realmente cuando usamos toallitas antibióticas en nuestras manos?
Vale la pena recordar aquí que esta cuestión es similar a la que se preguntó John Byers acerca
del antílope americano: ¿qué sucede cuando eliminas a los predadores? Es la misma pregunta
que Weinstock vendría a hacerse sobre los gusanos: ¿qué pasa cuando los quitas? Es la misma
pregunta repetida una y otra vez con diferentes formas de vida, hecha por diferentes
científicos, cuando observan cada una de las muchas partes de nuestros cuerpos.
Nacido en 1909, James Reyniers, “Art” para sus amigos, fue un joven común -el buen hijo
católico de un trabajador en un taller mecánico. Fue común hasta que se interesó, sin ninguna
razón aparente, por la cuestión de Pasteur. Quería saber si era posible eliminar todas las
bacterias de una rata o tal vez de un cobayo. La idea de que todo animal en el mundo estaba
35
cubierto de microbios, pero nadie parecía saber si eran buenos, malos o algo más fastidiaba a
Reyniers. Replanteada, la cuestión era si las especies que viven en nosotros en gran número
son mutualistas (que se benefician de nosotros y nos benefician), consumidoras (que se
benefician de nosotros pero que no nos afectan), o patógenas (que se benefician de nosotros a
nuestras expensas). Debía haber, llegó él a creer, una respuesta positiva o negativa, blanco o
negro, mutualista o patógena. No había necesidad de grises; o los microbios ayudaban o no lo
hacían, y si no lo hacían, podían y debían ser eliminados. Si no lo hacían, entonces la dosis de
antibióticos en los intestinos estaría bien y justificada. Constituiría un progreso, como la
invención de la agricultura, la eliminación de los gusanos o la domesticación de la vaca.
Para Reyniers, el problema era mecánico. Su desafío era separar a los humanos de los
gérmenes del modo en que separarías oro de arena. Soñaba con ratas sin gérmenes y, con
ellas, la grandeza. Hacia 1928 se convenció de que encontraría la manera de hacer que un
animal no tuviera gérmenes. Todos los que antes de Reyniers trataron de hacer lo mismo
removieron los gérmenes, de una manera u otra -una suerte de enfoque Mr. Clean. Es la
perspectiva que cada uno de nosotros usa en nuestros cuerpos a diario y que, al saber que
tienes trillones de células microbianas en tu cuerpo (cien veces más que tus células humanas),
puedes sentirte compelido a intentarlo. Esos intentos fallaron del mismo modo en que
fracasan los tuyos cuando friegas. Eliminar “casi todos” los microbios de un animal es algo muy
diferente a eliminarlos todos. De una sola célula sobreviviente y persistente pueden surgir
billones.
Reyniers, sin embargo, era mecánico por aprendizaje y tradición familiar, no un biólogo, por lo
que eligió una ruta diferente. Decidió usar herramientas industriales de metal, plástico y goma
para separar al animal del germen. El pulmón de acero acababa de inventarse, como también
el primer robot. ¿Y si él usara la misma clase de tecnología para construir un mundo libre de
microbios, y luego permitiera a las madres parir dentro de ese mundo? Noé puso animales en
pares dentro del arca. Reyniers pensó que podía aislarlos.
En caso de que Reyniers alcanzara ese objetivo, probaría ser el primer hombre de la historia en
producir un animal desprovisto de gérmenes -bacterias, arqueas, protistas, hongos e incluso
virus. Tal animal sería fascinante y moderno. También sería útil. Permitiría a los científicos
devolverle uno a uno los microbios, con el objetivo de entender sus efectos de una manera
que no había sido posible antes. Para ese momento se llevaban realizados ya cientos, quizás
miles de experimentos en cobayos, ratas, ratones y pollos, experimentos en los que se exponía
a estos animales a patógenos (así funcionan todavía hoy los complejos industriales de
laboratorios). Pero esos animales ya tenían en sus cuerpos cantidades desconocidas de otros
microbios, cuyos efectos son imposibles de saber. Reyniers pensó que podía cambiar lo que
sabemos sobre cómo funcionan nuestros cuerpos y, en el proceso, abrir la puerta a un nuevo
modo de estudiar las enfermedades.
Pronto se reveló que Reyners planeaba más que solamente crear el primer animal libre de
gérmenes. Deseaba hacer miles de ellos, cientos de miles incluso. Antes de que hubiera tocado
una rata o cobayo de laboratorio, imaginó un reino biológico entero, poblado de animales sin
gérmenes. Sería como una suerte de zoológico de seres vivos sin gérmenes. Cuando propuso el
proyecto al cuerpo de profesores y administradores de la Universidad de Notre Dame,
argumentó que llevaría cincuenta años cumplir no sólo con la creación de los primeros
animales libres de gérmenes, sino con su producción masiva y el estudio de sus generaciones.
Ése era su sueño, uno que parece el más improbable una vez que uno se entera que no era aún
un profesor titular. Tampoco era un adjunto, ni un becario posdoctoral; ni siquiera un
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estudiante de posgrado. Era un estudiante de licenciatura de 19 años, un muchacho delgado
con ropas de hombre.
No estoy seguro de lo que haría si un estudiante de grado me solicitara permiso para usar una
gran sala y miles de libras de metal para realizar un experimento de cincuenta años de
duración, en el que fuera a eliminar gérmenes en cobayos, ratas, pollos y monos. Ninguna de
las respuestas que se me ocurren incluye las palabras “sí” o “OK”. (La frase “cuando los
cobayos vuelen” sí, en cambio, viene a mi mente) Reyniers, sin embargo, era aparentemente
un hombre extraordinario, lo suficiente como para que un decano en la administración de la
universidad dijera “sí” ante su pedido de un espacio en el Science Hall de Notre Dame, metal y
un soplete. Tal vez el decano no estaba prestando atención; quizás pensó que Reyniers era
profesor. Pero esos primeros días se materializaron, fueron el comienzo. Fue así como un
muchacho comenzó lo que era presumiblemente el proyecto más ambicioso en la historia de la
microbiología.
El plan de Reyniers era tratar de obtener crías por cesárea, primero de cobayos, sin que se les
permita entrar en contacto con gérmenes, incluyendo aquéllos en sus manos, boca e inclusive
su aliento. Reyniers sabía que los fetos, humanos o no, están libres de microbios. Pensaba que
podía ser capaz de conservar este estatus, en vez de tratar de matar los microbios una vez que
se hubieran establecido. Los animales luego serían conducidos a vivir, aparearse y morir en un
mundo sin microbios. Reyniers inició lo que consideraba el trabajo de su vida, consciente de
que si las cosas salían de acuerdo con sus expectativas más optimistas estaría comprometido
con el proyecto hasta sus 69 años.
Usando las habilidades que había aprendido en el taller mecánico de su padre junto a sus dos
hermanos, quienes se convertirían en mecánicos, Reyniers comenzó a armar estructuras
metálicas, grandes recámaras en las que instaló guantes para alcanzar su interior y practicar
cirugías. Construyó muchas de estas recámaras, a veces con la ayuda de su familia, pero más
frecuentemente solo. Eran medio submarino, medio hospital. De día o de noche, cuando
alguien pasaba por su pequeña habitación, podía verlo, soldador en mano. Era como un
escultor o artista visionario. Cada tanto se distanciaba de lo que estaba haciendo para admirar
su trabajo. “¡Mira esa curva, ese perfecto cierre hermético!” Debe haber tenido sus dudas,
pero si así fue nunca se registraron. Las cosas fallaron más de lo que funcionaron durante
años. Reyniers trabajó, al menos en promedio, sin descanso. A veces incluso llegó a dormir
junto a sus creaciones -un pequeño hombre junto a grandes esferas de metal, cada una
asemejándose al planeta Tierra.
Algunas partes del plan de Reyniers fueron fáciles de implementar. Desde el comienzo
descubrió que era capaz de más o menos esterilizar la superficie de las hembras, por ejemplo.
Las madres serían afeitadas y desplumadas (los gérmenes adoran el pelo, una realidad a la que
volveremos más adelante), bañadas en fluido antiséptico y luego cubiertas por un manto
tratado con antibióticos. Hasta ahí fue fácil. Cualquiera podía hacerlo, aunque supongo que se
trata de un afán poco común. Más difícil fue lo que Reyniers se propuso hacer después. Quiso
tomar la madre envuelta en el manto y transferirla al cilindro de metal donde sus crías
nacerían por cesárea. Hacer el cilindro de tal modo que estuviera desprovisto de bacterias era
prácticamente imposible. Los guantes tenían que estar sellados completamente herméticos, lo
que llevó algunos arreglos. Las juntas tenían fugas. Luego el aire en el interior de la recámara
necesitó ser esterilizado también. Finalmente estaba la cuestión de qué animal usar. Reyniers
trató de usar gatos, pero ellos arañaban los guantes, destrozando el sellado del cilindro y la
piel de Reyniers, pero no su resolución. Había ido demasiado lejos como para retroceder.
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La historia registra sólo trazos del bienestar emocional de Reyniers mientras todo esto sucedía.
Es fácil imaginar que, en la medida en que trataba de hacer lo que había planeado por mucho
tiempo, se habría deprimido. Cuando cumplió los 20 no había podido aún producir una sola
recámara funcional. A los 26 tenía las recámaras, pero no había producido todavía un solo
animal libre de gérmenes -aunque no por falta de esfuerzo. Muchos cobayos murieron. Los
gatos murieron. Los ratones murieron. Las ratas murieron. Incluso los pollos murieron.
Murieron porque la cirugía era difícil y tediosa (entre otras dificultades, en los primeros años
tenía que hacerse a través de gruesos guantes de goma), y porque en cada etapa del proceso
algunos individuos tenían que ser examinados, para asegurarse de que estaban libres de
gérmenes. Todo el calvario era agotador para los animales y para los
cirujanos/mecánicos/biólogos. Las probabilidades de fracaso de todo intento particular eran
simplemente mucho mayores que las de éxito. En estas circunstancias me habría vuelto loco,
pero Reyniers continuó, y en 1935, a la edad de 27, tuvo éxito. Basado en la exitosa
“producción” de una cohorte de cobayos libres de gérmenes, se presentó en público. Ni
siquiera se preocupó por escribir un artículo. Simplemente hizo el anuncio a la revista Time, y
así se supo que el 10 de junio de 1935 James Arthur Reyniers produjo los primeros animales
libres de gérmenes del mundo. Ahora la cuestión era si estas crías sin gérmenes iban a morir.
Reyniers había estado trabajando en el proyecto por tanto tiempo que durante el proceso
terminó sus estudios de grado y, sin un doctorado, fue contratado como profesor. En ese
momento uno imaginaría que él había olvidado la pregunta que deseaba responder cuando
comenzó todo. Pero no. La primera cosa que hizo cuando todo estaba finalmente funcionando
fue comparar los cobayos en las recámaras con los de afuera. Si Pasteur estaba en lo cierto, los
cobayos dentro de las recámaras morirían. Los microbios en sus intestinos y en la superficie de
sus cuerpos serían una parte tan vital de ellos que, con su ausencia, la vida fallaría.
Pero los cobayos sin gérmenes no murieron. De hecho, parecían tener más apetito y estar más
activos que aquellos que estaban fuera, con microbios. ¡Un éxito! Con el paso del tiempo, los
animales en los recintos parecían vivir más tiempo también, y nunca desarrollaron caries. Para
Reyniers ellos eran un modelo de lo que era posible incluso para humanos. Un artículo en la
revista Popular Science en 1960 presentaba las recámaras como un mundo futurista en
miniatura, en el que los animales ya no eran susceptibles al capricho de los gérmenes. El
problema estaba, al parecer, resuelto inequívocamente. Se hacía mención del envío de
humanos libres de gérmenes al espacio, y, si no, de monos libres de gérmenes. La idea de que
podríamos hacer nuestros propios espacios de vida, como los de los cobayos de Reyniers, era
tan obvia para todos los lectores, tan implícitamente una parte de la historia, que difícilmente
necesitaba mención. En estas recámaras estaba el futuro, no sólo de la ciencia, sino también
de nuestras vidas. No era la biodiversidad ni el arca con pares de especies lo que se proyectaba
al futuro, sino lo contrario, sólo nosotros. Reyniers no sólo había alcanzado el primer grupo de
sus objetivos; había inspirado la imaginación de las masas, las llevó a creer que podríamos vivir
como sus cobayos, libres de gérmenes y prácticamente para siempre.
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descendientes de las recámaras de Reyniers, y así son simultáneamente náuticas y
monstruosas.
Reyniers logró un triunfo fabuloso al realizar lo que había imaginado a la edad de 19 años,
gracias tanto a su propia visión como a la gente capacitada (y por derecho propio visionaria)
que él contrató para trabajar a su lado, como Philip Trexler, quien lograría hacer recámaras
más pequeñas, más económicas y fáciles de usar que los submarinos de Reyniers. Este último
no llegaría a la edad de 69 años para ver la validez de los cincuenta años de su proyecto, pero
poco importaba. Había conseguido un triunfo. Sus animales libres de gérmenes habrían de
salvar millones de vidas por permitir el estudio de enfermedades aisladas de otros factores. Sin
embargo, también tuvieron el efecto más amplio de llevar a los biólogos de todo el mundo a la
conclusión de que los microbios en nuestros intestinos son, en conjunto, malos. Pero Reyniers
había pasado por alto algo. Su descuido fue irrelevante para el uso de animales libres de
gérmenes en el estudio de las enfermedades. Finalmente, ése era y continúa siendo su gran
valor. Pero el error cobra importancia al momento de analizar la cuestión de Pasteur acerca de
lo que ocurre cuando eliminas los microbios de un cobayo o, en este mismo sentido, de un
hombre.
En el contexto de la cuestión de Pasteur -qué hacen nuestros microbios y qué debemos hacer
con ellos- las fallas no están en los experimentos de Reyniers, sino en su interpretación de los
resultados. Reyniers era un mecánico, entrenado en el uso de martillos y metales, no en carne
y células. No sabía de evolución, de ecología o de alguno de los otros campos que habrían
proporcionado un contexto a su trabajo. En la medida en que sus habilidades aumentaron con
el paso del tiempo, éstas se expandieron al gerenciamiento y a la captación de fondos, no a los
detalles de la vida. En este contexto se le puede perdonar el no haber prestado atención a los
matices de sus resultados, ignorando un cobayo muerto aquí o un gato muerto allá. El
problema fue que los biólogos llegaron a ver el mundo de los animales libres de gérmenes a
través del prisma de Reyniers. Él hablaba frecuentemente y con el peso de su instituto y sus
logros. Su voz vino a dominar el campo en tal medida que su interpretación se repetía como
verdad. Con cada conferencia o estudio la acentuaba, hasta que uno podía casi oírla como un
coro: “¡mata los gérmenes! ¡Mata los gérmenes!” y seremos libres de nuestro pasado. Mata
los gérmenes y seremos más saludables y felices, así como los cobayos en sus mundos gigantes
de metal.
Sobre la base del trabajo de Reyniers y otros trabajos de similares características llegamos a
creer que todos los microbios eran malos, y así hemos continuado limpiándonos, para hacer de
nuestras vidas algo más parecido a las de los cobayos en las recámaras. Si el experimento
original de Reyniers fue planificado para cincuenta años, el experimento societal, en el que
hemos sido los cobayos, llevó incluso menos tiempo para ponerlo en marcha. Pasamos de no
usar antibióticos en nuestros cuerpos a usar miles de toneladas de ellos en sólo unas pocas
décadas. Los antibióticos no han sido una burbuja. Nunca mataron -o matan- todos los
microbios, pero imaginamos que sí lo hacían. Los cobayos y ratas dentro de las recámaras
vivían más tiempo, y nosotros queríamos eso también, ser como ellos. Queríamos entrar a las
recámaras del futuro, donde estaríamos desprovistos de las plagas de nuestro pasado. Era tal
nuestra confianza en un futuro libre de gérmenes que muchos niños fueron criados libres de
gérmenes (y carentes de interacción física con otros humanos) durante un tiempo. Eran niños
que no contaban con sistemas inmunitarios y así, en caso contrario, no tenían posibilidades de
sobrevivir. Los limpiamos de microbios para que pudieran vivir. Hicimos eso con la esperanza,
incluso la suposición, de que una vida libre de gérmenes era a lo que nosotros nos dirigíamos.
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La burbuja era, si no necesaria, inevitable, un futuro al que estos niños subían primero. Eso
parecía.
Luego estaba el problema de que incluso los animales que parecían libres de gérmenes no
siempre permanecían en ese estado. Cada tanto un germen de alguna clase u otra se
introducía en las recámaras. Una sola bacteria o célula de moho era suficiente para contaminar
las recámaras. Había y hay miles de maneras de que una célula tal se introduzca, y una vez allí
se divida y conquiste. La naturaleza adora el vacío. Los microbios adoran la recámara del
cobayo sellada al vacío. En algunos casos, quizás la mayoría, los animales habrían de
desmejorar cuando se introdujeron gérmenes. Pero en otros casos la salud de los animales
habría de mejorar. Estas diferencias eran interesantes, pero también servían como
recordatorio constante de que con los avances tecnológicos también podrían llegar avances en
la habilidad de los microbios, buenos o malos, para introducirse. En un momento dado,
Reyniers perdió diez años de su investigación cuando entró a sus recámaras una bacteria
patógena y mató a todos sus animales (momento en el que él declaró a un periodista que,
como la mayor parte de la gente, no tenía muchas décadas para perder). Fueron gérmenes
furtivos los que en última instancia mataron al niño de la burbuja, el más famoso de los niños
introducidos a recámaras libres de gérmenes. El niño de la burbuja había sido
antisépticamente trasladado a una recámara apenas nacido, porque carecía de un sistema
inmunitario. En el interior de su recámara fue criado por doctores hasta los 12 años. A esa
edad quiso salir. Algo tenía que cambiar, y entonces se le realizó un trasplante de médula ósea
en el intento de restablecer su sistema inmunitario. La operación salió bien, y hubo esperanzas
de que éste fuese un caso de triunfo del ego y la medicina sobre la enfermedad. Pero luego el
muchacho se enfermó. La médula ósea de su madre contenía un virus, que rápidamente mató
al muchacho. La persistencia de los patógenos en casi todas partes, sean virus, bacterias o algo
mayor, debería haber por sí sola descartado la idea de que pudiéramos lograr una utopía sin
gérmenes para nosotros. Podemos construir recámaras cada vez mayores (o casas cada vez
mayores repletas de más y más antibióticos), pero cuanto más grande el mundo del cual
queremos excluir a los microbios, más difícil excluirlos. Lo que es peor, aunque las especies
que se introdujeron en las recámaras de Reyniers eran a veces inofensivas, las especies que
sortean las barreras que intentamos erigir con toallas húmedas antibióticas, aerosoles
antibióticos, etc., casi nunca lo son. Gérmenes furtivos, sin embargo, no son el único problema.
Uno de los primeros indicios del problema mayor proviene de las termitas. En la madera seca
de la Tierra existe un imperio de termitas, trillones de individuos, cada uno de ellos dedicado a
vivir de lo que ningún otro animal quiere. Piensa en toda la madera y hojas que han caído
alguna vez. Imagínatelos apilados, elevándose a tu alrededor. La mayor parte de las piezas de
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madera que han caído alguna vez en la tierra ha sido consumida por las termitas. En el tiempo
de los primeros mamíferos, el mundo ya estaba repleto de sus casi transparentes cuerpos y sus
largos, finos como fideos, intestinos.
Las termitas sobreviven comiendo lo que muy pocos animales son capaces de digerir, los
nutrientes en la madera seca y las hojas, en particular aquellos inmersos en dos compuestos
difíciles de desglosar, lignina y celulosa. La lignina en particular es un alimento parco,
putrefacto. Fue por mucho tiempo poco claro cómo las termitas hacían exactamente este buen
y necesario trabajo. Entonces, a comienzos de los 1990s, Joseph Leidy -padre de la moderna
microbiología estadounidense y de la paleontología de los dinosaurios- abrió los intestinos de
una termita. Quién sabe lo que esperaba encontrar, ¿quizás su comida? Lo que él descubrió
fue un tumulto arremolinado de vida, multitudes que le parecieron a Leidy como gente que
hombro con hombro va saliendo de un atestado lugar de reunión. Esta multitud incluía
bacterias, pero también otras criaturas -protistas, hongos y animales más difíciles de
caracterizar. Estos habitantes del intestino de las termitas desarrollaron durante cien millones
de años rasgos y conductas que les permiten ser pasados de una termita a otra y, al hacerlo,
conseguir un pasaje gratis a la madera y las hojas. Las termitas, por su parte, desarrollaron
intestinos que ayudan a sus habitantes. De hecho, la variación de una especie de termita a otra
tiende a ser en la forma y química de sus intestinos. Esta variación favorece a diferentes
microbios en diferentes especies de termita y, con ellos, diferentes habilidades para digerir
alimento. Algunas termitas tienen microbios que son más capaces de comer tierra, otros son
más capaces de consumir hojas, y otros más hábiles para ingerir madera. Algunas termitas, a
través de sus microbios, pueden en realidad extraer nitrógeno del aire a su alrededor,
igualmente capaces, en efecto, de comer ramitas y aire.
Como con los cobayos, una de las primeras cuestiones para las termitas era si sus microbios
eran necesarios. Seguramente los microbios parecían necesitar a las termitas, o al menos la
mayoría de ellos, pero ¿las termitas necesitaban a sus microbios? Con las termitas era más fácil
examinar esa cuestión que con los cobayos. Las termitas pueden ser calentadas o congeladas.
El congelamiento mata los microbios, pero deja a los animales mismos vivos. Puedes poner
termitas en una plancha de cubos de hielo por un tiempo corto y luego sacarlas de allí. Se
descongelan lentamente y después miran a su alrededor como si hubieran nacido de nuevo.
(En realidad lo hicieron de algún modo. Pierden toda memoria de olores cuando se enfrían, y
terminan incapaces de reconocer a su propia reina o rey). Es un experimento que puedes
hacer en casa, siempre y cuando vivas donde las termitas viven y tengas un freezer. Cuando
este experimento se llevó a cabo por primera vez hubo sorpresa, al menos en el contexto del
trabajo de Reyniers. Cuando las termitas se enfrían o calientan y mueren sus microbios, las
termitas mueren. Continúan alimentándose por un tiempo, pero el alimento que ingieren pasa
a través de ellas sin ser digerido. Sufren hambre incluso cuando están rodeadas de madera.
Sufren hambre porque sin sus microbios son incapaces de digerir su preferida, pero dificultosa,
dieta.
Nadie que haya estudiado vertebrados libres de gérmenes (ratas, cobayos, pollos, etc.)
consideró este trabajo sobre las termitas. Para tomarlo en cuenta habrían tenido que hablar
con la gente que estudia termitas. Esta gente hace la suya; conversan con los que estudian
hormigas y abejas sólo a regañadientes, y con los que estudian humanos menos. Hay unos
pocos centenares de ellos y son, en gran medida, felices de concentrarse exclusivamente en
termitas por el resto de sus vidas. Tampoco estaban los biólogos que se ocupan de
vertebrados particularmente preocupados con las termitas. Cada grupo hizo la suya e ignoró el
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hecho de que dos cuerpos de pesquisa han arribado a conclusiones exactamente opuestas -
una con la inversión de decenas de años de trabajo y enormes cantidades de metal, y la otra
con una plancha de cubitos de hielo.
La diferencia en los resultados entre los experimentos sobre los intestinos de termita y los de
cobayos es relevante para toda la humanidad. Explica lo que Reyniers no entendió en el
contexto de la cuestión de Pasteur. No es que él haya cometido un gran error, necio por el
orgullo. Falló del mismo modo que gran parte de la medicina moderna; no fue capaz de poner
su cuestión en contexto, ya sea acerca de nuestros orígenes o de nuestras vidas modernas. Él
quería hacer de los cobayos sin gérmenes algo útil por medio de hacerlos sobrevivir, lo que
hizo. Pero en el proceso manipuló en forma involuntaria la competencia entre cobayos sin
gérmenes y cobayos con gérmenes, de manera tal que se hizo prácticamente imposible que
sus cobayos libres de gérmenes murieran.
Deberías hacer una pausa aquí para pensar en la diferencia entre el experimento con las
termitas y el experimento con los cobayos. Las respuestas son alimento, enfermedad y
casualidad. La historia del alimento es una de abundancia, una bonanza de últimas cenas. Las
termitas, cuando se les eliminaron las especies que viven en sus cuerpos, comieron lo que en
realidad encuentran en estado salvaje. Sin microbios, este alimento fue indigesto. La celulosa
requiere de celulasa y la lignina de lignasa para que se disgreguen en nutrientes usables. Las
termitas producen muy poco o nada de estas enzimas, por lo que el alimento que consumieron
se asentó en sus intestinos, donde los azúcares simples fueron digeridos pero la mayor parte
de la madera y las hojas pasaron al otro lado, en tamaño más pequeño, pero sin cambios. Los
cobayos, por el contrario, habían recibido tanto alimento como pueden haber deseado. Ese
alimento estaba enriquecido con todos los nutrientes que se puedan concebir, hasta que se
asegurara que cada uno de los cobayos tuviera lo suficiente de todos y cada uno de los
nutrientes. Cuando una dieta no funcionaba (es decir, cuando los cobayos morían, lo que
ocurrió muchas veces) se probaba con otra. La competencia entre cobayos con gérmenes y sin
gérmenes se había realizado bajo reglas que garantizaban el beneficio de los sin gérmenes.
Para Reyniers, los animales eran máquinas para ser puestas en funcionamiento con el mejor
combustible posible. Eran como automóviles de serie o motores a vapor que necesitaban
simplemente ser alimentados con lo que necesitaran. Pero los cobayos, como nosotros, no
eran máquinas. La competencia en la que habían evolucionado para competir, la de la
selección natural, sucedió sobre una dieta de alimentos silvestres, no óptimos, y tuvo lugar en
el contexto de las enfermedades.
Cuando los experimentos de Reyniers se repiten hoy, en recámaras mucho más pequeñas
generalmente hechas de plástico, los animales libres de gérmenes continúan progresando
relativamente bien. Pero hay una salvedad: se les tiene que dar más alimento para que
alcancen el mismo peso de los cobayos con gérmenes, y un alimento más rico en nutrientes
que el que se les da a los animales normales. Los microbios en los intestinos de los cobayos,
como aquellos en los intestinos de las termitas y, resulta ser, en los nuestros, proveen de
enzimas de las que sus huéspedes carecen, enzimas que habilitan a sus huéspedes a usar una
mayor proporción de los nutrientes en su alimento, especialmente aquellos nutrientes en los
carbohidratos complejos que uno encuentra en el material de las plantas, la llamada fibra. La
bacteria Bacteroides thetaiotaomicron, por ejemplo, que es común en los intestinos humanos,
produce más de 400 enzimas relacionadas con la disolución del material de las plantas,
enzimas que nosotros no tenemos. Cuando el alimento es limitado, los microbios lo hacen
menos. Los microbios en los intestinos de los cobayos y, sabemos ahora, en los nuestros
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también, producen un 30 por ciento más de calorías de la comida en comparación con lo que
los huéspedes pueden producir por sí mismos. Por cada alimento que tú comes hoy, esta cifra
continúa siendo probablemente cierta. Tus microbios te auxilian a obtener más de la comida,
más nutrientes, pero también más calorías, las quieras o no.
La segunda razón por la que los cobayos sin gérmenes mueren es que llegan a carecer de
vitaminas específicas, la K, pero también algunas vitaminas B. Sin los microbios, los
vertebrados (cobayos y humanos) no son capaces de sintetizar suficiente vitamina B o
cualquier vitamina K. Esta última funciona en cuerpos vertebrados, incluyendo el tuyo,
coagulando la sangre (la “K” es en realidad por “coagular”, o al menos la versión alemana de
ello). Como adultos almacenamos la vitamina K que obtenemos de la ingesta de plantas y de
nuestros microbios. Como recién nacidos, sin embargo, tenemos poca vitamina K y, al menos
en el momento de nacer, ningún microbio. El vacío tampoco lo llena la leche materna, pues es
baja en vitamina K. Históricamente, los bebés han obtenido su vitamina K de la rápida
colonización de los microbios. Cuando los recién nacidos no obtienen microbios en sus
intestinos lo suficientemente rápido, están en riesgo de desarrollar una enfermedad llamada,
con poca inclinación al eufemismo, enfermedad hemorrágica del recién nacido. Los bebés con
esta enfermedad carecen de la habilidad para coagular sangre y se encuentran en alto riesgo
de sangrar hasta la muerte. Como precaución contra esta enfermedad, se les da ahora a todos
los recién nacidos en Estados Unidos y el Reino Unido inyecciones de vitamina K. En países
donde los niños no reciben uniformemente tales inyecciones, la enfermedad hemorrágica es
más común en bebés nacidos por cesárea (y que por lo tanto tienen menos exposición a los
microbios de la madre durante el nacimiento) y parece estar incrementándose su frecuencia. Y
así como los bebés que no han sido colonizados todavía por microbios están en riesgo de
enfermedades de coagulación de la sangre, así también lo están los niños o adultos a los que
se les ha suministrado antibióticos que reducen el número de sus microbios y, al mismo
tiempo, su capacidad para producir vitamina K.
Si nos reorientamos un poco y pensamos no en los cobayos y en los infantes modernos sino en
cambio en los antiguos homínidos, ya sea Ardi o sus descendientes, podemos volver a
examinar la cuestión de qué es exactamente lo que nuestros microbios hicieron alguna vez y si
eran patógenos (como creía Reyniers) o mutualistas. Ellos suministraban la vitamina K donde
alguna vez fue escasa, pero en igual importancia, nos permitió extraer calorías de nuestro
alimento, cerca de un 30 por ciento más. Más de estas calorías habrían sido convertidas en
grasa en nuestros cuerpos, lo que, por la mayor parte de nuestra historia, fue una gran cosa.
En otras palabras, fueron nuestros socios mutualistas. Cada año, pero en particular en los años
de escasez, sus ofrendas serían la diferencia entre vida y muerte. En la mayoría de los años de
nuestra historia habríamos sobrevivido mediante nuestros microbios. Si uno tuviese que pasar
diez horas al día recolectando alimento sin microbios, el día de recolección se acortaba a siete
o incluso seis horas con los microbios. Los microbios ayudaron a que nuestros ancestros
obtuvieran más provecho de su alimento, como ya habían hecho con los ancestros de ellos, y
así hacia atrás decenas de millones de años. Tampoco fue ésta la única gran diferencia entre
tener y no tener microbios. Quedan aún los problemas de la casualidad y la enfermedad, y
para entenderlos necesitamos volver a Nita Salzman, Amy Croswell y sus ratones.
Amy Crosswell y Nita Salzman, recuerden, variaron los antibióticos que recibían los ratones en
su laboratorio. Ellas también, aunque no lo mencioné antes, sometieron algunos ratones, pero
no otros, al patógeno que causa la salmonela. Crosswell y Salzman se preguntaban si los
microbios nativos en los intestinos de los ratones podrían ayudar a prevenir la infección por
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salmonela, actuando como una suerte de sistema viviente de defensa. Los microbios nativos,
después de todo, tendrían prácticamente las mismas razones para defender los intestinos que
los mismos ratones. Eran su pan con manteca (o, en este caso, su macerado gránulo de ratón).
Los ratones tratados con el patógeno y los antibióticos se enfermaron, pero los ratones
expuestos al patógeno que no tomaron los antibióticos no cayeron enfermos. Cuando se
suministra antibióticos, entonces, sería más factible que la salmonela invada sus cavidades
corporales a través de los intestinos. Además, sería más probable que los intestinos se
inflamen. En cambio, cuando se permite a los microbios nativos de estos ratones
reestablecerse, la salmonela ya no encontraría cómo pasar a la cavidad corporal. Sería repelida
aparentemente por los microbios nativos que compiten con ella, y al hacerlo así previenen que
la salmonela se establezca. Los antibióticos, en otras palabras, matan los microbios existentes
en los intestinos (sean los nuestros o los de los ratones), pero facilitan el acceso para
cualquiera que quiera meterse después. Si, por casualidad, sucede que éste último es un
patógeno mortal, el resultado es un ratón muerto o, en nuestro caso, un humano.
Tal vez la analogía ecológica más cercana para lo que Crosswell y Salzman observaron es el uso
de pesticidas para controlar las hormigas rojas. Las Solenopsis invicta fueron introducidas
accidentalmente en los Estados Unidos (y subsecuentemente en gran parte del mundo) desde
Argentina a comienzos del siglo XX. Cuando su presencia fue notada por primera vez en
Mobile, Alabama, y se observó que estaban expandiéndose, se decidió esparcir masivas
cantidades de pesticidas en las regiones afectadas. En el corto plazo los pesticidas consiguieron
matar las hormigas rojas, pero también mataron las hormigas nativas. En el largo plazo, la
matanza de hormigas nativas parece haber sido la consecuencia más importante. En esas áreas
en las que tanto las hormigas rojas como las nativas fueron eliminadas, las hormigas nativas se
recuperaron lentamente; no así las hormigas rojas, que parecen haberse esparcido más
rápidamente en áreas donde los pesticidas se habían aplicado. Del mismo modo es que
podríamos esperar el avance de los ejércitos invasores de microbios cada vez que un intestino
se trata con antibióticos.
¿Qué significa todo esto para tus intestinos en el mundo moderno? Irónicamente, y gracias en
gran medida a Reyniers, somos ahora más parecidos a los cobayos de Reyniers o a una rata de
laboratorio que a nuestro potencial ancestro, Ardi. Al menos en los países desarrollados, la
mayoría de nosotros tiene mucho alimento disponible, y hemos intentado, aunque sólo parcial
e irregularmente, hacer que nuestro medioambiente sea “libre de gérmenes”. Una diferencia
clave, sin embargo, aparte del hecho de que nosotros, a diferencia de los roedores sin
gérmenes, permanecemos cubiertos de microbios, es que mientras la comida de los cobayos y
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ratas ha sido optimizada para su salud, no puede decirse lo mismo de nuestras propias dietas.
En países desarrollados, las calorías adicionales generadas por nuestros microbios pueden en
realidad añadir leña al fuego. Todavía peor, los individuos obesos tienden a tener microbios
más eficientes, tanto en humanos como en ratones, ratas y cerdos. En particular tienden a
tener microbios que son mejores en la disolución de azúcares y grasas complejos. Los
científicos han trasplantado microbios de ratones gordos a ratones flacos, y al hacerlo
engordaron a los segundos. Todas estas características de los microbios que son eficientes en
el uso de azúcar y grasas se han convertido en perniciosas ahora que contamos con comida
suficiente. Pero, por otro lado, en países donde mucha (o en algunos casos incluso la mayor
parte de la) gente pasa hambre, es decir la mayoría de los países de la Tierra, el efecto de estos
eficientes microbios y de los microbios en general en la obtención de nutrientes es todavía
muy beneficioso. Si tienes microbios muy eficientes en la obtención de energía del alimento y
pasas hambre, te van a salvar. Si tienes esos mismos microbios y les das papas fritas, queso y
pan blanco a diario, probablemente te harán gordo. La diferencia entre nuestras vidas
modernas y las vidas que llevamos alguna vez cambiaron el efecto que nuestros microbios
tienen sobre nosotros. Hubo un tiempo en que ellos nos mantuvieron delgados, pero ahora
nos convierten en gordos, aunque todavía, parecería, menos proclives a enfermarnos de otros
microbios.
Vivir en una burbuja sin gérmenes está bien, siempre y cuando estés solo y alguien te de todo
lo que necesitas, pero en una burbuja con fisuras y con una dieta mala, bueno, es una historia
completamente diferente. El chico que vivía en la burbuja se aterrorizó con el paso del tiempo
de la posibilidad de tener una fisura en la burbuja, a través de la cual los gérmenes pudieran
meterse. Nos hemos aterrorizado similarmente de los gérmenes a nuestro alrededor,
gérmenes que podrían introducirse a través de las barreras de nuestros antibióticos. Pero el
problema no es la posibilidad de una fisura -el problema es en primer lugar nuestra idea de
que podemos crear una burbuja para nosotros. Nuestros microbios son en gran medida
buenos para nosotros. Pasteur tenía razón; sin sus microbios, nuestros ancestros habrían
muerto de hambre y enfermedades. Sin nuestros microbios hoy podríamos ser más flacos,
pero nos perderíamos los nutrientes clave, y estaríamos en mucho más alto riesgo de
enfermarnos. Parece probable que en los años futuros nuestro frecuente uso de antibióticos
haga que cada trocito de nuestro alimento sea progresivamente menos nutritivo y otorgue a
cada patógeno a los que estamos expuestos mejores posibilidades de apoderarse de nuestro
cuerpo, pulgada a pulgada del colon, intestino y estómago. Con el tiempo podríamos aprender
a administrar mejor los tipos particulares de microbio (los que ayudan con vitamina K, pero no
los que ayudan a engordarnos, por ejemplo), pero ese momento no ha llegado todavía.
Tampoco es éste el final de la historia. Para ello es útil volver primero a otras sociedades
aparentemente más sofisticadas, las de las termitas y hormigas, y luego ir al apéndice humano,
que (a pesar de su nombre) es central en la cuestión de quiénes somos.
Sería justo preguntar cómo científicos y sociedad no han sido capaces de valorar a muchos de
nuestros microbios y, en vez de pensar en cómo ayudar a los buenos microbios, se han
concentrado en la tarea de matarlos a todos. Parte de la respuesta es que existió un momento
en que estábamos tan amenazados por enfermedades microbianas que matarlos a todos no
resultaba ser una idea terrible. Reyniers mismo podría también tener algo de culpa, en su
fervor. Pero la razón principal, yo diría, está relacionada con Babel. Una premisa central en
ecología, y en este libro, es que la naturaleza se repite con variaciones en unos pocos temas
principales. Si se entendiera cómo funciona un sistema ecológico, como los respiraderos de
aguas profundas, las lecciones aprendidas en ese sistema podrían ser aplicadas en otros. Los
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altibajos en las poblaciones de linces que se alimentan de liebres son muy similares a las de los
ácaros que se alimentan de los ácaros del polvo en tu almohada. En este sentido, las lecciones
que se aplicarían a nuestros intestinos pueden ser cosechadas en muchos estudios ecológicos
de mutualismos entre animales y microbios. Hasta muy recientemente, los investigadores que
estudian el cuerpo humano no han aprendido esas lecciones, ya provengan de las termitas, de
las hormigas o de los tardígrados, a nuestra costa colectiva, aunque el problema no es su
ceguera o falta de perspicacia. Puede tener que ver con cambios más amplios que han tenido
lugar en la ciencia en los últimos cincuenta años, cambios que tienen su mejor modelo en
Babilonia. La historia, como la ecología, se repite. Ésta es la razón por la que Reyniers no
entendió la real importancia de sus resultados para la cuestión de Pasteur. Y es también la
razón por la que continuamos sin entender el lugar que nos corresponde en el universo
retorcido de los seres vivos.
En la historia bíblica de la Torre de Babel, la gente de Babilonia se congrega para erigir un gran
edificio que llegue al cielo. Esta torre sería su gloria, su gran y ambicioso logro. Ladrillo por
ladrillo ellos lo levantaron, hecho de barro salpicado de sudor. Lo levantaron usando sus
manos, pero su lengua en común también ayudaba a coordinar sus esfuerzos -para gritar
“¡aquí, necesitamos un ladrillo!” y seguir levantando la torre, piso a piso. Su lengua es tan
necesaria para su empresa como las feromonas de las termitas y hormigas lo son para sus
logros, o la danza de las abejas para los suyos. La lengua los sujeta como un hilo, pero no todo
lo que comienza ambiciosamente termina bien. Dios castiga a esta gente por su arrogancia
dividiéndolos; los fuerza a hablar cientos de lenguas, un hecho que los separa. La moraleja que
típicamente se ha sacado de esta historia es la de las consecuencias de la ambición. Pero
también hay una segunda moraleja, implícita en el método elegido para dividir a esta gente -
que el fracaso de la comunicación conduce al fracaso. Algo análogo ha ocurrido en la ciencia
con índices crecientes en vez de decrecientes. Con ello, las líneas de ladrillos se han vuelto más
difíciles de asentar. Existen líneas previas, por supuesto, sobre las que apilar ideas de barro
cocido, pero ¿sobre qué se sostienen realmente? Aún más importante, ¿hacia dónde va esta
torre? Esas respuestas se han vuelto más difíciles de ver.
Observando la ciencia desde afuera, se podría esperar que, en la medida en que crece nuestro
conocimiento total, se gane una comprensión más amplia y completa de cómo funciona el
mundo. Colectivamente, podríamos. Las bibliotecas crecen. Pero para los individuos se ha
vuelto más difícil tener una perspectiva amplia. Los científicos de cada campo han desarrollado
cada vez más palabras y conceptos específicos para su cantera. Es ahora difícil para un
neurobiólogo entender a un nefrólogo, y viceversa, pero es difícil incluso para distintos
neurobiólogos entenderse entre sí. La habilidad promedio de un individuo para entender otros
dominios científicos se ha limitado. Para lograrlo, deben ser científicamente multilingües. Los
políglotas biólogos son la pieza más rara en el estudio de los humanos, donde los territorios
están finamente divididos. Uno podría pasar toda la vida estudiando una clase de célula del
corazón humano o algún atributo de la mucosa. Cuanto más dividido en partículas se halla un
campo, menos probable es que surjan algunos tipos de gran descubrimiento. Los
descubrimientos mecánicos tienen lugar todavía cuando los científicos se esfuerzan, por
ejemplo, para entender cada pequeña parte del oído y cómo tales partes confluyen para hacer
el sonido, pero pocos individuos retroceden lo suficiente con respecto a lo que están
observando para ser capaces de realizar grandes avances conceptuales. Esos avances muy
frecuentemente provienen primero de científicos que estudian otros, más oscuros dominios de
la vida, dominios en los que ellos son aún, relativamente, sus propios reyes y pueden situarse a
distancia de los brotes de profundidad. Los ecólogos y biólogos evolutivos están entre aquellas
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tribus más oscuras que retroceden un poco más (aunque menos de lo que antes lo hacían).
Desde esa mayor distancia pueden a veces ver lo que de otra manera fue pasado por alto,
perdido, como si se tratara de una traducción. Para realmente ver lo que está pasando uno
necesita alejarse lo suficiente como para ver los paralelos, las resonantes similitudes entre un
campo u organismo y otro. Yo sugeriría que una distancia ideal es lo suficientemente lejos
(figurativamente) como para ver tanto los cuerpos de las termitas como los cuerpos humanos,
pero también la gran extensión del mundo ecológico. Desde una distancia tal es difícil evitar
ver las hormigas.
Las hormigas están en todas partes. Quizás el ejemplo clásico de interacciones entre una
especie (como la humana) y otra especie que vive en ella (como nuestros microbios) es el de la
relación entre hormigas y acacias. Las acacias proveen a las hormigas de albergue y pequeños
frutos en forma de pera a cambio de la protección que dan las hormigas a sus hojas. Las
acacias con hormigas crecen más saludables y más rápidamente que aquellas sin hormigas, ya
que, al premiar a las hormigas, estas plantas obtienen una defensa contra otro grupo más
costoso de insectos herbívoros. En la historia de esta relación hay un obvio paralelo con la
historia de nuestros cuerpos y nuestros microbios. Pero se pueden encontrar también
paralelos más cercanos -sólo se necesita mirar a esas hormigas que cultivan.
Las hormigas granjeras son más como nosotros que cualquier otra especie. Las colonias de
hormigas granjeras o, como se las conoce mejor, cortadoras de hojas, son sociedades
colosales. Están compuestas de miles, a veces millones, de individuos estériles, todos haciendo
lo que su reina ordena. Como en cualquier sociedad, los individuos son imperfectos. Algunos
toman malas decisiones. Algunos son devorados. Algunos acarrean hojas tóxicas. Algunos
caminan persistentemente en la dirección equivocada. Pero en promedio hacen bien el
trabajo, que consiste en cargar trozos de hojas cortados con la mandíbula y dejarlos en el nido,
donde se esparcen como fertilizante para las huertas de hongos. El hongo produce cuerpos
ricos en azúcar -se podrían llamar frutas- que las hormigas dan de comer a sus larvas. Para las
hormigas, el hongo sirve como intestino externo, digiriendo las hojas de un modo que las
hormigas no pueden por sí solas. Diferentes especies de hormigas cortadoras de hojas (y hay
muchas) cultivan diferentes hongos. Las hormigas y los hongos se necesitan mutuamente. Los
artilugios que las hormigas han desarrollado para aprovechar los hongos son muchos y
elaborados. No es nada fácil cultivar hongos, y no obstante las hormigas raramente fallan.
Tampoco es fácil, desde la perspectiva del hongo, alimentar a las hormigas. Pero la huerta
crece. La colonia crece. La piel del abdomen de la reina se estira, nunca tan fina, en la medida
en que se llena de huevos de prosperidad.
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moviéndose alrededor del alimento, descartando las toxinas, haciendo su parte para mantener
viva la totalidad.
Las hormigas cortadoras de hojas son admirables, como lo son sus hongos. Juntos, ejemplifican
el grado al que una especie puede llegar a depender de otra. Pero los biólogos que estudiaron
el intestino humano no sabían de estas hormigas, al menos no más de lo que podrías saber tú
por verlas en un especial del Discovery Channel, en y fuera de foco, o en comparación con el
dedo meñique de un humano. También, hasta tiempos recientes, elementos clave de la
historia de las hormigas cortadoras de hojas eran aún desconocidos. Todavía no estaba claro el
modo en que los simples sistemas inmunitarios de las hormigas cuidarían que el hongo, su
intestino externo, sea atacado por enfermedades. (Es una cuestión, puedes notarlo, análoga a
la de cómo nuestro intestino se cuida de ser invadido por bacterias que atacan sus partes
internas.) Una huerta descuidada tiende a ser devorada, particularmente en los trópicos, pero
estos hongos crecen relativamente puros y, aunque delicados, intactos. Tampoco era claro
cómo las mismas hormigas, rodeadas por el hongo, se cuidarían de ser infectadas por algún
patógeno.
En la naturaleza, cuando las cosas no son comidas, hay una razón. Tienen mal sabor, toxinas, o
están defendidas de otra manera. Pero ¿qué es lo que mantiene a los demonios fuera de las
huertas de las hormigas y, por ello, de sus cuerpos que se conducen diariamente entre
microbios? La respuesta, sugerida recientemente, es “buenas” bacterias. Cameron Currie, un
biólogo que está ahora en la Universidad de Wisconsin ha encontrado bacterias viviendo en
terrones especiales y en lugares difíciles del cuerpo de las hormigas. Las bacterias parecen ser
más abundantes cuando los patógenos son más frecuentes en las colonias de hormigas. Currie
ha argumentado que estas bacterias ayudan a las hormigas a defenderse de los microbios
“malos” en sus buenos hongos. Se ha sabido desde hace mucho tiempo que las bacterias
producen antibióticos (la mayoría de nuestros antibióticos, como la penicilina, provienen de
ellas, al menos originalmente). Las bacterias en las hormigas cortadoras de hojas pueden
producir antibióticos que repelen a los malos hongos (llamados Escovopsis) que atacan a los
buenos hongos de las hormigas. Las bacterias, en esta teoría, son las defensoras y socias de las
hormigas, cultivadas por las hormigas en sus cuerpos, usadas como piel sobre el hueso. Las
hormigas parecen mantener a las bacterias e incluso han desarrollado rasgos y quizás
recompensas que las mantienen interesadas en quedarse. Una explicación alternativa para las
bacterias es que en realidad defienden a las hormigas antes que a los hongos. Las dos ideas
son posibles. Mientras tanto, la idea de que nuestros cuerpos pueden cultivar buenos
microbios para nuestra defensa proviene primero de las hormigas. Y porque las hormigas son
más fáciles de estudiar que los humanos, las complejidades de la relación de las hormigas
(aunque ya polémicas) van a resolverse probablemente más rápido que las nuestras. Tanto si
está en lo cierto o no sobre lo que está sucediendo, Cameron Currie da los suficientes pasos
hacia atrás para notar algo interesante, algo que es aplicable a las hormigas, pero también
resulta ser que a nosotros.
Tendemos a pensarnos como complejos, o cuando menos complicados. En los viejos esquemas
estábamos en la cumbre de la gran cadena vital. Pero al mismo tiempo parecemos tener
dificultades para imaginar que nuestras relaciones con otras especies son tan sofisticadas
como las de, por ejemplo, las hormigas. Pero nuestras interacciones son también elaboradas.
Las hormigas cortadoras de hojas eran simplemente, hasta tiempos recientes, mejor
estudiadas y con mayor perspectiva desde una distancia mayor. Somos más como una colonia
de hormigas cortadoras de hojas de lo que habíamos imaginado, en términos de cómo
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cuidamos nuestras huertas microbianas. Nuestros apéndices, cuando no están rompiéndose,
son claves para justamente ese trabajo. Incluso cuando nuestros cerebros tratan de decirnos
que las bacterias en nuestros intestinos o sobre nuestra piel son todas malas, el apéndice
murmura otras cosas. De algún modo primitivo, silencioso, lo sabe.
La celebración de Rector fue corta. A la mañana siguiente despertó pensando que estaba por
morir. Muchos peligros acechaban a Rector y sus camaradas, pero ese día fueron los demonios
internos los que atacaron primero. Cuando el dolor empeoró, él comenzó a gemir. Era más el
sonido de un perro que el de un hombre. Un marinero pensó que lo que tenía Rector era “sólo
una gripe”. “Quizás nostalgia”, ofreció otro, pero cuando Rector gimió de dolor se volvió
ineludible la realidad. Tenía apendicitis.
En circunstancias ordinarias la apendicitis puede ser peligrosa, pero para Rector las
circunstancias estaban lejos de ser ordinarias. No había a bordo ningún cirujano entrenado, y
encontrar uno tan lejos de casa y rodeados de japoneses era imposible. Ellos tendrían que
operar, pero ¿cómo? ¿Quién practicaría la operación? Oficialmente, Wheeler B. Lipes era el
cirujano del navío, pero sólo de título. Su experiencia médica consistía en haber manejado una
máquina de electrocardiogramas. Cuando su comandante le pidió a Lipes que operara, él se
negó, por lo que su comandante pasó a ordenarle que practicara la cirugía. Entre las razones
para las dudas de Lipes (además de su total falta de experiencia) estaba que no sabía cuánto
duraría el efecto del éter, que no sabía dónde encontrar el apéndice en un cuerpo humano, y
que no podía imaginarse, escasos como estaban de utensilios de cocina, cuáles usar como
herramientas quirúrgicas. Así y todo, se le ordenó a Lipes hacerlo, y entonces comenzó los
preparativos.
Luego de una búsqueda de equipo y de alma, Lipes se aprestó eventualmente para remover el
apéndice de Rector. Se lo había colocado boca arriba sobre una mesa en la sala de estar de la
comandancia. La mesa “tenía la dimensión justa como para que la cabeza y los pies de Rector
no quedaran colgando”. Lipes se paró frente a su paciente, todavía hojeando nerviosamente
un libro de medicina (buscando, uno presume, un diagrama que indicara la geografía del
órgano infractor). Tenía puesto un colador de té como barbijo. Los hombres escogidos para
asistirlo portaban cucharas de cocina para usarlas como retractores musculares. Ellos se
dispusieron a cada lado del paciente. Entonces, como se describiría después en un artículo del
Chicago Daily News, Lipes se inclinó sobre su paciente y dijo: “mira, Dean, nunca hice algo
como esto antes”. Los ojos de Dean se agrandaron. Él vio cuando Lipes, siguiendo “la antigua
regla, puso su dedo meñique sobre la depresión del ombligo, su pulgar en la punta del hueso
de la cadera, y dejando caer su dedo índice encontró el punto donde debería cortar”.
El apéndice es la parte corporal más frecuentemente extirpada. Muchas veces, como lo deja
en claro la situación de Dean Rector, esas extirpaciones suceden bajo circunstancias
apremiantes. Ve a la oficina y mira la gente a tu alrededor. A pocos les faltará un ojo. Ninguno
habrá perdido el corazón, pero muchos no tendrán apéndice. Estos numerosos individuos sin
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apéndice se mueven sin que nadie repare en ellos, sin cargar con un estigma ni sufrir
consecuencias obvias. Tal vez seas uno de ellos. Más allá de que lo seas, es justo preguntarse:
si un apéndice causa tantos problemas y es, según lo que parece, menos necesario que unos
pantalones (cuya ausencia en un colega sería notada), ¿por qué lo tenemos? La respuesta,
resulta ser, tiene que ver con nuestros microbios intestinales y nuestro contexto evolutivo. El
apéndice tiene sentido sólo a la luz de nuestro pasado evolutivo, aunque nadie a bordo del
submarino tenía tiempo de pensarlo. Estaban todavía mirando a Dean Rector, cuya boca
permanecía abierta en un lento gemido.
Lipes, luego de una pausa para reunir todo su ingenio, procedió a cortar.
El apéndice es un pequeño colgajo de carne que pende del intestino delgado. Es del tamaño de
un dedo meñique, por lo que, si bien es diminuto en comparación con otros órganos, es lo
suficientemente grande como para merecer una explicación. Sin embargo, la cuestión de qué
hace el apéndice no ha tenido una respuesta concisa. El corazón bombea sangre. Los riñones
limpian la sangre y ayudan a mantener la presión sanguínea. Los pulmones distribuyen oxígeno
y quitan el dióxido de carbono. El apéndice, bien, cuelga. Varios talentos han sido atribuidos a
este pequeño órgano durante los 300 años transcurridos desde la primera vez en que se
extirpó uno, algunos mágicos, pero la mayoría bastante ordinarios. Podría ser parte del
sistema inmunitario. Podría jugar algún papel neurológico. Quizás se relacione con la secreción
hormonal o la función muscular. La visión dominante, sin embargo, ha sido por mucho tiempo
que no hace nada en absoluto. Es un vestigio, como las tetillas en los hombres o los huesos de
patas traseras en las ballenas, una reliquia prominente e innecesaria de la historia. Esa
respuesta es errónea, pero hasta muy recientemente nadie lo sabía.
La historia de nuestros intentos por entender al apéndice comienza mucho antes de Lipes,
pero con más especulación que gusto. La evidencia principal para la idea dominante de que el
apéndice es un vestigio es que nada sucede cuando se lo quita. Esa ha sido la suma total de la
lógica. Los cirujanos (o, en el caso de Lipes, los técnicos de electrocardiogramas) han extirpado
millones de apéndices. Han observado las consecuencias del mismo modo que tú podrías mirar
el resultado de la remoción de una viga de tu casa. Cuando la casa no colapsa, se obtiene un
sentido de alivio (sólo traicionado por un nerviosismo moderado cuando sopla el viento). Por
más que el viento sopló, los individuos a quienes se les quitó el apéndice no parecieron sufrir
ninguna consecuencia ni morir más jóvenes. Sus casas eran sólidas. Si el apéndice tuviera una
función necesaria, los sin apéndice, al menos algunos de ellos, habrían caído enfermos. Pero al
igual que los cobayos en las cámaras libres de gérmenes, no parecieron hacerlo, por lo que
parecía claro que nuestro apéndice era una reliquia del modo en que nuestros cuerpos
funcionaban cuando éramos monos o quizás de mucho antes, cuando vivíamos como ratas
entre los dinosaurios. Tal vez en nuestros ancestros el apéndice desempeñó una función vital;
ahora simplemente cuelga en nuestros cuerpos como el badajo de una campana, y cada tanto,
como en el caso de Dean Rector, suena fuerte y claro –“Estoy aquí. ¡Sácame ya!”
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nuestros genes y características que tienden a matarnos, o incluso que sólo nos debilitan, no
andan bien en el patrimonio genético. Los peces que realizan el movimiento evolutivo a una
vida de caverna pierden sus ojos muy rápidamente, porque tener ojos es tanto inútil como
costoso. Si tener un apéndice fuese tanto inútil como costoso, entonces, como los ojos de los
peces de caverna, desaparecerían. Los peces de caverna pueden perder no sólo sus ojos, sino
también los circuitos de sus ojos en relativamente pocas generaciones luego de haberse
mudado a aguas más profundas. Las regiones del cerebro correspondientes a la visión se
reducen. Pero no ha sido así con el apéndice, el que -responsable de millones de muertes-
permanece.
El gran problema con la hipótesis, sin embargo, son los monos. Si nuestro apéndice realmente
fuera un vestigio inútil, seríamos capaces de mirar a nuestros parientes e inferir cuál era su
uso. ¿Qué hacía un apéndice en nuestros ancestros cuando todavía tenía una función, y qué
hace todavía en nuestros parientes cercanos? Si nuestro apéndice es un vestigio de nuestra
historia, entonces podríamos esperar que los monos tengan apéndices más desarrollados y
obviamente más útiles que los nuestros. Los chimpancés deberían tener apéndices más
pequeños que los de la mayoría de los monos, ya que son nuestros parientes más cercanos y
sus estilos de vida (y la utilidad del apéndice para esos estilos de vida) son más similares a los
nuestros. Los peces de caverna pueden perder sus ojos porque no son ni útiles ni baratos, pero
se puede observar a los parientes de los peces de caverna para ver qué uso tuvieron alguna
vez sus ojos. Del mismo modo, debemos ser capaces de mirar a nuestros parientes para ver lo
que alguna vez nuestro apéndice hacía.
En ello se encuentra el centro del dilema y lo interesante de la historia. Los humanos y algunos
simios parecen tener un más desarrollado, mayor y más estructuralmente elaborado apéndice
que el de la mayoría de los otros primates, lo que sugiere que el apéndice es probablemente
más importante para nosotros de lo que lo fue para nuestros ancestros. El patrón es el opuesto
a lo que sería esperable si nuestro apéndice fuera un vestigio. ¿Qué podría significar esto?
Parece que el apéndice, que por mucho tiempo se pensó como inútil, hace algo por nosotros, o
al menos lo hizo en la historia muy reciente. Lo hizo a tal grado que permitió a los individuos
con apéndices más desarrollados y definidos vivir más tiempo y tener más hijos, quienes
transmitirían sus genes para un apéndice más definido. De algún modo hemos estado
entendiendo la historia precisamente al revés. El mirar a otros primates llevó a la conclusión
de que nuestro apéndice debe haber tenido un valor en nuestra historia evolutiva reciente.
¿Pero cuál?
Por varios siglos, la cuestión de qué hacía o hace el apéndice estuvo dando vueltas, esperando
por el científico adecuado. Nadie en el mundo estuvo trabajando activamente sobre la
cuestión. Como la mayor parte de las cuestiones, estaba allí simplemente para discutirse
durante el almuerzo y luego ser ignorada. En todo el mundo, los cirujanos han pasado sus vidas
enteras extirpando apéndices, quitando tantos que la cirugía ha llegado a parecer mundana,
como abrir una lata de gaseosa o cortar el tallo de un tomate. La mayoría dejó de preguntarse
lo que hace el apéndice, sin siquiera hacer una pausa antes de echarlo a la basura. Nadie ha
considerado la posibilidad de que jugara un papel en la relación con los microbios, pero
deberían haberlo hecho.
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lo secara. Una cavidad en el cuerpo de un hombre se abría ante él. La cirugía fue agotadora.
Por veinte minutos Lipes buscó un apéndice dentro de Rector, pero en vano. Él “trató de un
lado del intestino ciego”, y luego del otro lado. Comenzaba a dudar de él mismo.
Entonces, cuando todo parecía perdido, lo encontró. El apéndice de Rector se había enroscado
en el intestino oculto. Lipes lo extirpó y lo puso en un frasco, secó a Rector y, con hilo catgut,
cosió su herida. Para que no se diga que en ninguna parte de la operación Lipes había estado
en posesión de los instrumentos apropiados, cortó el hilo con un alicate cortaúñas.
Viviera o no Rector, su apéndice estaba en un frasco para que todos lo miren. Si Lipes lo
hubiera observado con atención, habría notado los indicios de lo que hace. Podría haber visto
que el apéndice estaba relleno de tejido linfático, signo de que guardaría alguna relación con el
sistema inmunitario. Habría notado que estaba lleno de bacterias, una densa alfombra de
diversas células que estaban -como las bacterias en algunas hormigas- vinculadas en una
suerte de lámina. Podría también haber observado que el apéndice se asemeja a una suerte de
cueva. Lipes no percibió ninguna de estas cosas, sin embargo. En ese momento no podría
haberle importado menos lo que el apéndice de Rector hubiera hecho. Tenía suficiente en su
cabeza, que en ese momento estaba aturdida por los efectos secundarios del éter y la
adrenalina en los que él y los otros hombres habían estado inmersos durante las horas de la
cirugía. El apéndice en su frasco se deslizaba de un lado al otro, en la medida en que el
submarino se balanceaba en las olas. También Rector se balanceaba en su camilla,
esperanzado de que haya sido salvado.
En los siguientes días se volvió claro que Rector iba a sobrevivir. Lipes fue su héroe improbable.
Iba a ser aclamado por el resto de su vida por su valor y creatividad, pero la historia más
reciente del apéndice de su paciente o de cualquier humano presenta un personaje
igualmente improbable, un hombre que ha visto muchísimos apéndices en frascos y tachos de
basura y que, al verlos allí, notó los indicios. Randal Bollinger es profesor emérito en Duke
University, Durham, North Carolina. Él afirma haberse jubilado. Envíale un e-mail y su cuenta
responderá que él no volverá a su oficina hasta 2050. Para los relatos estándar de la historia de
la ciencia, ya han quedado atrás los momentos de sus mejores ideas e innovaciones. No es un
polluelo, como dicen ellos, ni siquiera un gallo de mediana edad. Pero los relatos estándar
tienen sus límites. Tienden a ignorar el valor de la experiencia y la observación. Es verdad que
el mejor trabajo de Picasso surgió de las llamas de su juventud, pero el talento de su amigo
Matisse era más semejante al vino, pues llevó décadas su maduración. Matisse pintó muchas
de sus más influyentes pinturas entre los setenta y los ochenta y cinco años, y Bollinger,
bueno, se mantuvo trabajando y pensando sobre los cuerpos humanos. Ellos habían sido por
mucho tiempo los lienzos para su arte dual de reparación y descubrimiento. Sabía él que ellos
tenían aún uno o dos misterios por resolverse. Uno de esos misterios era el apéndice.
Muchas personas percibieron lo que Bollinger percibió, pero la mayoría de ellos lo ignoró del
mismo modo en que todos ignoramos casi todo lo que vemos. Pero en el caso de Bollinger, sus
simples observaciones sobre la historia natural del apéndice iban a resultar útiles. El
descubrimiento necesitó de los indicios que él observó y de la aguda visión de su colega Bill
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Parker en el Duke Medical Center. Fue un encuentro de rutina en el laboratorio, en 2005.
Parker y Bollinger estaban hablando con estudiantes y doctores en estancia postdoctoral
acerca de sus últimas investigaciones. La función del apéndice nunca había sido un tema de
discusión durante las reuniones, y ese día comenzó como siempre. Parker recuerda el banco
del laboratorio adonde estaba sentado, incluso en qué taburete. Bollinger, al decir de Parker,
“simplemente puso cara de que se había dado cuenta de algo”, y dijo repentinamente, como si
hablara consigo mismo, pero en voz alta, “apuesto a que es eso lo que hace el apéndice”. De
allí en más, de la nada, la discusión se expandió. Los estudiantes se quedaron mirando,
entusiasmados pero estupefactos. Bollinger y Parker pronto creyeron que en unos pocos
minutos de una mañana primaveral habían resuelto una cuestión de varios siglos de
antigüedad. La habían descifrado. La respuesta de repente resultaba obvia. El apéndice,
Bollinger y Parker habían llegado a creer, era una morada para las bacterias. Había
evolucionado para servir como un espacio donde las bacterias podían crecer, lejos del lavado y
molienda de los intestinos mismos. Era un callejón pacífico. Desde ese callejón, pensaban, los
microbios podían también ser capaces de recolonizar los intestinos luego de que una
enfermedad los dejara limpios. El cólera, por ejemplo, provoca vómitos y diarreas tan violentos
que gran parte de la comunidad bacteriana del intestino humano es expulsada. Para el cólera,
este efecto parece adaptativo. Cuando las células de cólera son expulsadas (por lo general al
suministro de agua), pueden entonces ser transmitidas a otros humanos, tan predeciblemente
como si el agua que las transporta fuera un mosquito. El cólera provoca esta respuesta al
producir un compuesto de más que, si bien no es tóxico en realidad, engaña al cuerpo y lo lleva
a responder como si masivas cantidades de toxina se hicieran presentes. En tales condiciones,
quizás el apéndice sea una morada segura.
En ese momento había pocas cosas en el mundo de lo que Bollinger y Parker estuvieran más
seguros. Tal vez los cuerpos humanos eran, después de todo, prácticamente tan sofisticados
como los de las hormigas. Ahora tenían que decidir qué hacer. Podían tratar de publicar su
idea inmediatamente, o podían tomarse un tiempo para examinarla mejor. De mala gana,
decidieron esperar y examinar. Para hacerlo necesitarían “de algunos colones humanos
frescos, con sus apéndices adjuntos.” Aunque no lo sabían en ese momento, les llevaría unos
dos largos años.
La percepción que tuvieron ese día Bollinger, Parker y el resto en el laboratorio de Parker no
hubiera podido lograrse con ninguno de ellos en solitario. Se basó en la combinación de sus
conocimientos y experiencias. Requería de las experiencias de Bollinger mirando los apéndices.
Igual de importante, necesitaba de un descubrimiento que había hecho Parker unos diez años
antes. Parker estaba estudiando a los anticuerpos e investigando el modo en que los
anticuerpos responden ante las bacterias. Al hacerlo, se había dado cuenta de dos cosas: que
los anticuerpos a veces ayudan en vez de atacar a otras especies, y que el apéndice estaba, por
razones inexplicables, repleto de anticuerpos. No sólo era extraño que este aparentemente
inútil órgano existiese en primer lugar. También parecía estar lleno de los anticuerpos que el
cuerpo produce a un alto costo. Se ignoraba por qué.
Los anticuerpos son por lo general descriptos como parte del sistema defensivo del cuerpo,
una suerte de segunda línea de defensa una vez que otro atacante ingresa a nuestro cuerpo y
pasa, por ejemplo, la mucosa de la nariz. Esto es sólo parcialmente cierto, sin embargo. Lo que
los anticuerpos hacen en realidad es diferenciar células y partes de nuestros cuerpos de las de
otros organismos. Desde la perspectiva de los anticuerpos, el mundo está poblado de dos
clases de vida, “nosotros” y “ellos”, y el separar los dos y luego disparar la respuesta apropiada
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es la manera en que ellos pasan sus vidas. El componente anticuerpo de nuestro sistema
inmunitario es antiguo. Nuestro sistema inmunitario funciona como el sistema de una rata o
de una rana, porque en los cientos de millones de años pasados desde que compartimos el
último ancestro, éste ha funcionado bastante bien.
Parker comenzó investigando lo que otros biólogos ya sabían acerca de una clase particular de
anticuerpo, lgA, que es el más común en los intestinos. Al buscar sobre lgA, vio lo que otros
científicos habían visto cuando revisaron la producción publicada. “La función principal de los
anticuerpos lgA es encontrar e identificar bacterias en el intestino”, para que los otros
jugadores en el sistema inmunitario puedan enviarlas a empacar a través del colon y
expulsarlas del cuerpo. Pero algo en este relato no tenía sentido.
Debería decirse ahora que gran parte de la ciencia está, al menos en algunos detalles,
equivocada. Arreglar lo que está mal es una parte importante de lo que cientos de miles de
científicos hacen. La esperanza es que la verdad se acumule y que los errores sean rechazados
(enviados por el colon, digamos), pero a veces esto lleva un tiempo. A veces la ficción se
disfraza de hecho durante generaciones, cada vez más difícil de ver porque está impresa en
libros de texto y memorizada por todos los jóvenes científicos. Encontrar estos viejos errores e
ideas equivocadas es difícil. Pero si lo puedes hacer, por medio de la perspicacia, la paciencia,
la lectura cuidadosa, la buena suerte o una combinación de éstas, será como encontrar una
puerta hacia un mundo secreto en medio de Grand Central Station. Uno quisiera detenerse a
preguntarle a alguien, “¿cómo no viste esto?”
Cuando Parker miraba los viejos artículos sobre lgA, leyó lo que todos los otros inmunólogos
habían leído, pero algo parecía extraño. Las partes estaban todas allí, pero era como si
hubieran sido ensambladas de manera equivocada, con la pierna pegada torpemente en la
parte superior de la cadera. Los estudios desde los años 1970s han subrayado que las bacterias
que los lgA atacaban tenían un receptor, una suerte de puerta microscópica para los lgA.
Cuando los lgA atacaban esas bacterias, lo hacían a través de esa puerta. Pero ¿qué hacían las
bacterias con una puerta para los mismísimos anticuerpos, cuyo objetivo era atacarlas y
expulsarlas del cuerpo? Era como si los chinos, después de haber construido la Gran Muralla,
hubiesen dejado también una escalera gigante. ¿Por qué ofrecer una puerta a su enemigo?
Luego, en la medida en que Parker continuó leyendo, encontró algo incluso más extraño. Un
estudio reciente había mostrado que en pacientes y ratones que carecen de lgA, las bacterias
con receptores para lgA parecen desaparecer.
Así fue como en 1996 Bill Parker se encontraba sentado en su laboratorio, pensando acerca de
lo que sabía sobre el lgA. Muchos científicos tienen estos momentos en donde manipulan
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mentalmente los hechos -como un jaguar con un armadillo- para tratar de resolver el tema de
cómo las cosas encajan. En la mayoría de los casos el armadillo se revela demasiado difícil de
abrir. Continúa caminando alrededor del laboratorio, burlándose de los investigadores, pero
de vez en cuando el jaguar encuentra un punto blando. Parker pensó que había encontrado
una vía de penetración. Tenía una explicación que hacía que todas sus distintas observaciones
cobraran sentido. La respuesta había estado allí todo el tiempo. Ni siquiera requería de una
nueva observación, al menos no todavía. Era una teoría que, si era correcta, cambiaría todo lo
que sabemos sobre el anticuerpo más común de nuestro intestino.
En 1996, la epifanía que tuvo Bill Parker fue que, si su cuerpo o el de cualquier otro estuviese,
a través de la producción del lgA, tratando de eliminar o controlar estas bacterias, estaría
haciendo en realidad un muy mal trabajo. Si las bacterias estuvieran tratando de evitar a los
anticuerpos lgA, serían igualmente ineficientes. Las bacterias no sólo habían dejado la puerta
abierta, sino que habían cambiado la cerradura para que la llave de los lgA entrara mejor. De
hecho, no era sólo que las bacterias tenían una puerta, un receptor, para los lgA; la dirección
inversa también podía verificarse. Los anticuerpos lgA tienen azúcares que las bacterias
reconocen y a los que responden. Lo que Parker pensó fue que todo aquél que había estudiado
alguna vez a los lgA en el intestino se había equivocado acerca de su función. ¡Los lgA estaban
en realidad ayudando a las bacterias! Las estaban ayudando, más específicamente, para que se
agrupen y se instalen en el intestino sin que sean lavadas.
Los anticuerpos lgA, imaginó él, ayudaban a las bacterias suministrando una suerte de
andamiaje en el que ellas pueden vincularse para formar biopelículas, una comuna de células
microbianas de otro modo no emparentadas. Las biopelículas son comunes en la naturaleza.
Las bacterias que viven en las hormigas cortadoras de hojas forman una biopelícula. Bill Parker
no sabía todavía de las hormigas cortadoras de hojas, pero sí conocía similares interacciones
en las plantas. El descubrimiento de Parker era que las bacterias en los intestinos humanos
eran notablemente similares a las de las raíces de las plantas. ¿Y si el cuerpo humano, como las
raíces de las plantas, estuviera produciendo compuestos para facilitar la adherencia de las
bacterias? ¿Y si el lgA estuviera, en vez de luchando contra las bacterias, auxiliando a algunas
de ellas para que se queden?
Para examinar su idea, Parker necesitaba establecer un sistema de estudio de las interacciones
del lgA con los microbios del intestino en el laboratorio. Comenzó criando células de intestino
en una suerte de película plástica y colocando luego microbios sobre esas células. Había
frascos de escoria de espantosa apariencia por todo el laboratorio, en algunos casos preparada
con excremento humano. A veces un gran descubrimiento implica caminar por un sendero que
atraviesa un nuevo bosque, donde grandes maravillas aparecen súbitamente. Otras veces, sin
embargo, es un laboratorio lleno de bacterias de excremento humano. Para todos los que se
molestaron en observar, este escenario lucía terrible, incluso un poco vulgar -para todo el
mundo, excepto Parker, para quien el laboratorio olía a descubrimiento; potente, pero de
alguna manera, dulce.
En 1996, todo lo que Bill Parker tenía era una idea, pero parecía ir sobre ruedas. Necesitaba
testear esa idea. Por siete años esos exámenes se producirían, aunque lentamente.
Eventualmente Parker estuvo en condiciones de mostrar en el laboratorio que cuando se
agregaba lgA a las biopelículas éstas se formaban más rápidamente y se volvían más gruesas.
Las bacterias tenían prácticamente el doble de chances de adherirse a las células humanas
cuando estaba presente el lgA. Cuando se usaba una enzima para destruir los lgA, las
biopelículas se destruían también. A pesar de que él pensaba que tenía los datos para
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fundamentar su idea, por un tiempo nadie le creyó. Nadie financiaba sus subsidios o publicaba
sus artículos sobre el tema. Eventualmente, en 2003, pudo publicar su artículo. ¿Pero alguien
lo tomaría en cuenta? ¿O iría a caer en los anales de las ideas oscuras sobre la vida? Parker
podía estar en lo cierto y al mismo tiempo ser ignorado.
Finalmente, en 2004, se produjo un avance. Jeffrey Gordon, un científico mayor que Bill Parker,
con millones de dólares de apoyo para investigación y casi una docena de postdoctorados,
escribió un artículo conceptual que apoyaba la idea de Parker. El artículo de Gordon parece
haber sido el umbral, la necesaria tracción, y pronto otros que habían estado callados se
permitieron creer. Casi tan pronto como sube la marea desde las raíces de los manglares, la
idea de Parker pasó de herejía a, si bien no dogma, verosimilitud. El lgA, ahora parece
evidente, realiza la función principal de ayudar a las bacterias. En el estudio de laboratorio de
Parker, el que al comienzo nadie publicaba, él había encontrado que las bacterias intestinales
crecen quince veces más rápido cuando está presente el anticuerpo lgA que cuando este
último está ausente. Por lo que no solamente el lgA permitiría que a las bacterias les vaya
mejor -permitiría que les vaya mucho mejor.
El cambio que las ideas de Parker estaban introduciendo silenciosamente fue revolucionario.
Cuando Parker comenzó su trabajo, se creía que la función del sistema inmunitario en nuestros
intestinos era principalmente atacar a las bacterias. Caso cerrado. Ahora Parker y un número
creciente de otros científicos sostenían exactamente lo opuesto. Nuestros anticuerpos lgA, al
golpear las puertas de las bacterias, no las atacan. Las ayudan por medio del suministro de
substratos necesarios para que se vinculen y formen la comunidad de bacterias llamada
biopelícula. Tales biopelículas, Parker y Bollinger demostraron luego, parecen envolver gran
parte del intestino delgado, en particular el colon y el apéndice. Lucen, en sección transversal,
como una alfombra con formas de bastones, uno junto al otro como pequeños soldados,
hombro con hombro. Con frecuencia se cree que estas biopelículas son “malas” en un
contexto médico. Crecen a lo largo del interior de las sondas y en los equipos. Pero en nuestros
intestinos podrían no ser malas. En nuestros intestinos pueden ser buenas, incluso necesarias.
Volveremos a la cuestión de “bueno para qué”, pero primero, Bill Parker no había terminado
de pensar.
Fue con la idea de Parker (por ahora, totalmente un descubrimiento) en mente que Randall
Bollinger presentó su hipótesis sobre lo que hace el apéndice. Si el sistema inmunitario estaba
ayudando a las bacterias en el intestino, y si el apéndice era donde más se concentraban el
tejido inmunitario y los anticuerpos (y donde las células estaban exudando menos
rápidamente, haciendo de él una suerte de laguna en vez de un río), parecería que el apéndice
puede estar auxiliando a las bacterias desmesuradamente. El apéndice es un pequeño
incubador, apartado como está del veloz flujo de los intestinos (y de la posibilidad de infección
por el paso de patógenos), un jardín Zen de vida microbiana.
Bollinger y Parker necesitaban esperar por los colones para confirmar la intuición de Bollinger
de que las biopelículas eran densas en el apéndice. Cuando los colones llegaron, esto es
exactamente lo que ellos mostraron, una suerte de bosque de células en miniatura -un nido, se
podría incluso decir- de vida. La interpretación de Bollinger es que el apéndice alberga grandes
cantidades de bacteria en biopelículas, que a su vez ofrecen servicios beneficiosos para
nuestro intestino. Además, Bollinger argumenta que el apéndice es un refugio de las
tormentas. Cuando un patógeno severo como el cólera barre con las bacterias buenas en el
intestino, ellas pueden ser reinstaladas desde el apéndice.
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Por ahora, lo que Bollinger, Parker y colegas han presentado es la única hipótesis que tiene
sentido, dado lo que sabemos sobre el apéndice. La hipótesis explica otros patrones que han
sido asociados con el apéndice, pero que están poco entendidos. Explica por qué la apendicitis
es común en países desarrollados, pero no en países en desarrollo, donde los humanos se
enferman más frecuentemente, en particular de parásitos intestinales. Tal patrón es lo
esperable, ya que el apéndice aún actúa su papel en la repoblación de los intestinos en los
países en desarrollo. Por el contrario, el apéndice en los países desarrollados es muy pocas
veces desafiado por patógenos. Pudo quedar sin estímulos (como lo está el sistema
inmunitario en general ante la ausencia de parásitos y/o patógenos) de manera tal que la
apendicitis es, a su modo, como muchas otras enfermedades modernas, la consecuencia de la
pérdida de especies en nuestra vida diaria. Cuando los apéndices revientan es porque los
cuerpos se vuelven contra sí mismos. En cuanto a Dean Rector, el primer paciente de una
cirugía por apendicitis bajo el agua, si bien sobrevivió, la tragedia lo iría a encontrar. Meses
después, Dean Rector murió cuando un torpedo que su submarino había disparado funcionó
mal e hizo una vuelta en U. Como su apéndice, se volvió contra él. Esta vez no tuvo la chance
de escapar.
Fue un avance el darse cuenta de que nuestro sistema inmunitario, incluido el apéndice,
podría estar ayudando y no impidiendo el paso de los microbios en nuestros intestinos.
Revirtió las falsas conclusiones de décadas de investigación en las cámaras gigantes con
cobayos, y sugirió no solamente que podríamos beneficiarnos de nuestros microbios, sino
también que a lo largo del tiempo evolutivo nos hemos beneficiado tanto que valía la pena
desarrollar anticuerpos y órganos específicos para asegurar que esos microbios fueran
tratados bien. Junto a este cambio de perspectiva impulsado por el trabajo de Amy Croswell,
Bill Parker, Randal Bollinger y otros, un completamente nuevo campo de investigación ha
surgido. Por la mayor parte de la historia de la medicina humana hemos pensado que las otras
especies eran negativas. Las bacterias nos matan. Los hongos nos matan. Gusanos, virus,
protistas y otras legiones de la fatalidad biológica nos matan. Lo que ha impedido que biólogos
médicos antes de Parker (y otros que estaban llegando al mismo tiempo a conclusiones
similares) vieran lo que él vio fue, parcialmente, esta visión de otras especies como mortales.
En el mejor de los casos, otras especies fueron consideradas como no teniendo ningún efecto
sobre nosotros. Pero no podían ayudarnos. Los mutualismos estaban reservados para los
ecólogos que estudian organismos oscuros (por ejemplo, hormigas y termitas tropicales) en
tierras distantes.
La historia del intestino, del apéndice y sus bacterias es la punta del iceberg, y estamos apenas
comenzando a ver lo que está oculto debajo de la superficie del agua. Nuestros cuerpos se han
adaptado para interactuar con muchas especies, aparte de las bacterias. Tú y yo somos como
las colonias de hormigas cortadoras de hojas, dependientes de otras especies sin las cuales no
estaríamos completos. Nos imaginamos asediados por los gérmenes, pero es un error.
Nuestros cuerpos están integrados con los microbios. En secciones transversales de nuestros
intestinos, es imposible decir dónde terminan las bacterias y comienzan nuestros intestinos.
Los anticuerpos lgA no pueden reconocer a nuestras bacterias buenas como foráneas. Esas
buenas bacterias son, para lgA, como cualquiera de nuestras otras células. Si bien esta nueva
visión de nuestras vidas es extraña a la comunidad médica, es familiar para los ecólogos. Ella es
más el modo promedio de la vida que el aberrante.
Es difícil visualizar las interacciones de nuestros cuerpos con otras especies, y para el futuro
inmediato parece probable que siga siendo así. Podemos imaginar nuestros intestinos e
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incluso también la diminuta casa que muchos de nosotros estamos en este mismo momento
dando a las bacterias en forma de apéndice, pero incluso esto es vago. Las recreaciones de los
nidos de hormigas cortadoras de hojas, por otro lado, ofrecen una ventana lateral hacia lo que
podríamos ver. Recientemente los científicos descubrieron una colonia entera de una especie
de hormiga cortadora de hojas. Echaron galones y galones, y luego camiones y más camiones
de cemento dentro del nido. El cemento, más acuoso que de costumbre, llenó todos los
túneles de la gran ciudad de las hormigas, matando primero a las obreras, luego a las crías, y
finalmente a la reina, pero congeló para siempre una versión negativa de la construcción.
Otros hormigueros han sido armados de modos similares, pero ninguno de este tamaño, ni
siquiera cerca.
El nido físico de las hormigas ha sido esculpido por la evolución para beneficio no sólo de las
hormigas, sino también de sus socios. Los túneles especiales surgieron para ventilar a los
hongos. Las cámaras vinieron a tener esa forma para facilitar el crecimiento de los hongos. Los
depósitos o pilas de deshechos se colocaban lejos de los hongos, para que si surgiera algún
patógeno de los muertos pudiera ser aislado y controlado. Nuestro cuerpo no es diferente al
nido de las hormigas, compuesto de múltiples células y múltiples especies. Lo que sorprende,
sin embargo, es que mientras nos sorprendemos, pero no nos impresionamos, de las
relaciones entre hormigas y microbios, no esperamos lo mismo de nuestros propios cuerpos.
No tenemos problemas para creer que una colonia de hormigas depende de la compleja serie
de microbios que crece sobre los cuerpos de las hormigas, en sus intestinos, o que cubre e
incluye a sus hongos. Ningún problema tenemos para creer que cambios sutiles en las
comunidades de plantas alrededor de los hormigueros son suficientes para alterar
fundamentalmente a una colonia. Que lo mismo es cierto en nuestras vidas es de alguna
manera más difícil de creer. Nos pensamos como animales complejos, inclusive sofisticados,
pero imaginamos sin embargo que una complejidad en las interacciones está reservada para
otras especies.
El apéndice es una ventana que conduce a nuestra similitud con las hormigas y otras formas de
vida. Abre el apéndice y examina su contenido. Espárcelo. Es turbio, pero puede leerse. Su
mensaje parece ser que hemos desarrollado, a diferencia de nuestros parientes más cercanos,
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un apéndice especial para albergar bacterias, repleto de anticuerpos lgA que las ayudan a
quedarse. El apéndice y los anticuerpos lgA son una metáfora de nuestros cuerpos de modo
más general, cuerpos que luchan contra algunas especies, pero que también, de manera
consciente o no, han desarrollado habilidades especiales para ayudar a otros, algunos de ellos
tan diminutos como las bacterias; otros resultan ser tan grandes como una vaca.
Parte IV
Cómo Tratamos de Domesticar a las Vacas (y a los Cereales), pero Ellos en Cambio Nos
Domesticaron, y Por Qué Eso Nos Convirtió a Algunos en Gordos
Tendemos a pensar que los cambios que hemos provocado en la naturaleza han desfavorecido
a las especies que nos dañan y han favorecido a las que nos benefician. Se podría esperar eso
siempre, pero está lejos de ser el caso, al menos no se verifica universalmente, tal vez ni
siquiera en promedio. Las especies que nuestro cerebro nos urge a desfavorecer son a veces
especies que nos matan, como en el caso de los más desagradables entre nuestros parásitos y
muchos de nuestros microbios. Pero las especies que desfavorecemos también incluyen a las
frutas frescas y secas que alguna vez recolectamos. Éstas eran las dulces y grasas especies que
sustentaron nuestra evolución, especies que habrían tocado los rugosos labios de Ardi,
especies alguna vez preciadas, pero ahora ignoradas.
Durante gran parte de nuestra historia primate pasamos horas del tiempo semanal sacando y
degustando frutos silvestres. Esos frutos nos beneficiaron. También sacamos provecho de sus
semillas mediante su “deposición” donde sea que nos aliviáramos. Algunas especies de plantas
se diseminaron por el mundo de este modo, usando las letrinas como paso intermedio. Con
respecto a esto, nuestros ancestros fueron como los tucanes, emúes, monos y muchas otras
especies que sirven a las plantas como dispersantes de sus semillas. Comimos otras cosas, por
supuesto. Procuramos algunos insectos -las hormigas reinas, por ejemplo, o las larvas de
grandes escarabajos- pero, durante la mayor parte de nuestra historia, las plantas fueron el
soporte fundamental de nuestra embarcación. Hoy, cuando miramos a nuestros socios
evolutivos, los que no están dentro de nuestros cuerpos, vemos un escenario completamente
diferente. No menos de la mitad de todos los bosques y praderas silvestres ha sido
reemplazada por la agricultura y otros usos de la tierra intensivamente administrados. En estas
tierras controladas criamos una diminuta minoría de especies terráqueas, nuestras
domésticas, ya sean ellas el maíz, el trigo, el arroz o, más raramente, alguna más. Estas
especies son aún nuestras mutualistas, pero de un modo muy diferente al árbol de papaya que
crece como un ave fénix en el excusado. Al hacer la transición de la recolección de miles de
especies al cultivo de muchas menos, hicimos que tanto nuestras especies favorecidas
(domesticadas) como las desfavorecidas por nosotros evolucionen, pero ellas no fueron las
únicas en hacerlo. Nosotros evolucionamos también. La historia de cómo cambiamos comienza
con los primeros días de la agricultura y lo que de esa semilla iría a resultar.
Vista a cierta distancia, la tierra cultivada parece provista de poder y belleza. En las antiguas
pinturas paisajistas los campos resplandecen, preñados con semilla. Pero la agricultura es un
arte oscuro. Los años malos y difíciles sobrepasan en número a los buenos o fáciles, y mismo
así tenemos que persistir de todos modos, porque ya no hay alternativa. Alguna vez pudimos
encontrar todo el alimento que necesitábamos con sólo caminar, buscando. Cientos de miles
de años atrás, todos los humanos vivían en África. Luego, un linaje de humanos (una rama del
árbol humano) abandonó el este de África y llegó a Europa, y de allí más tarde al Asia tropical,
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Australia y eventualmente América del Norte. En todo ese tiempo nadie sembró. Todos
aprendieron de las especies que los rodeaban, y las recolectaron y mataron. Entonces, en los
últimos 10.000 años las cosas comenzaron a cambiar. Surgió la agricultura, en múltiples
momentos y en regiones separadas, y se extendió como lo ha venido haciendo desde ese
momento. Casi todo el alimento consumido por los humanos es ahora producido, ya sea en un
campo de cultivo, en pastizales o una jaula.
Es fácil olvidar que hasta tiempos muy recientes el mundo era diferente. En el Amazonas, por
ejemplo, hace sólo 6.000 años, los grupos humanos eran pequeños en número y vivían a lo
largo de las costas, junto a los ríos y bajo las copas de los árboles. Recolectaban lo que
necesitaban. Esos grupos se habrían extendido desde Bolivia a Ecuador, separados por
considerables espacios. Estos primeros asentamientos en el Amazonas han sido muy poco
estudiados. Los huesos y fósiles son destrozados rápidamente por las raíces y revitalizados en
forma de hojas, termitas y escarabajos. Sin embargo, a causa de que el Amazonas fue
colonizado más recientemente de lo que fue la mayor parte del mundo tropical, provee de un
claro retrato de la transición de lo que fuimos a lo que somos. Lo que sabemos es que una vez
que el Amazonas fue colonizado, los grupos se movían a lo largo de los ríos. Se movían a los
mejores lugares y luego, cuando los mejores lugares eran ocupados, continuaban moviéndose.
Año tras año emergían más grupos, cada uno con más individuos. El Amazonas es inmenso,
pero finito. Las guerras mantuvieron algún control sobre las poblaciones, como lo hicieron
también los años flacos y el infanticidio. Pero eventualmente la Amazonia abundó de humanos
corriendo bajo los árboles. En cada aldea, tanto en el Amazonas como en cualquier parte del
mundo, la gente habría aprendido el universo de plantas y animales a su alrededor; no todos
ellos, pero muchos de ellos. Fue, de un modo bastante real, una era dorada del conocimiento.
Los pueblos indígenas contemporáneos que viven en los bosques tropicales tienden a conocer
cientos de especies vegetales y quizás un número similar de especies animales, una gran
proporción de los cuales son usados como alimento, medicamento, construcción, e incluso
como juguetes. Si lo mismo es aplicable a sus (y nuestros) ancestros, cientos de miles de
especies pudieron haber sido conocidas y usadas globalmente. Colectivamente, nuestros
ancestros recolectores conocían los usos de más especies por entonces que las que nosotros
sabemos ahora. Ellos no sabían de la teoría microbiana de la enfermedad o de la física de
partículas, pero podían distinguir las frutas deliciosas de las venenosas y sabían lo suficiente de
la biología de cada animal comestible como para conocer cómo, cuándo y dónde perseguirlos.
Pero por más que los pueblos indígenas de la Amazonia y otros lugares pudieran extraer
nutrientes de muchas especies diferentes, el crecimiento del bosque y sus criaturas no era
ilimitado. Al menos en algunas narraciones, el Amazonas, como el Congo o los bosques de
Asia, era una suerte de placa de Petri, limitado por los Andes de un lado y por océanos y
desiertos por otros lados. En esta meseta plana las poblaciones se volvieron cada vez más
densas, hasta que hubo millones de personas en los bosques, todos ellos recolectando frutas y
cazando monos y pájaros. Piensa acerca de las posibilidades en un escenario como ése. Las
poblaciones habrían crecido hasta que los recursos se agotaran. ¿Y luego qué?
Cuando las poblaciones humanas crecieron en Amazonia y otros lugares, podrían simplemente
haberse enfrentado con índices crecientes de guerra y muerte. Esto es lo que les sucede a las
bacterias. Es la razón por la que no estamos enterrados en grandes pilas de microbios. O
pudieron trasladarse a tierras marginales, más lejos del agua necesaria o del alimento de fácil
acceso. Estas fueron posibilidades que indudablemente se encontraron en algunos lugares. La
otra posibilidad, sin embargo, era que algunas poblaciones pudieran encontrar otros medios
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de supervivencia. En tales circunstancias, dos “invenciones” aparecen repetidamente en la
historia: la agricultura y la civilización -pan y reyes.
Cuando se piensa en la vida propia, vale la pena preguntarse qué efectos tuvo la transición a la
agricultura sobre uno. Justifica preguntarse qué clase de éxito resulta de ser parte de los que
han sobrevivido, ya no basados en las abundantes frutas, frutos secos y animales, sino en
cambio en los pocos que crecerían pese a ser recolectados, los que podían ser domesticados y
que ahora crecen en tu jardín o que compras procesados en la tienda. ¿Qué sucedió, en otras
palabras, cuando la historia eliminó las especies silvestres de nuestras dietas originales? La
respuesta depende tanto de quiénes fueron tus ancestros y cómo cambiaron sus dietas como
del simple hecho de que las dietas efectivamente cambiaron, más lentamente en algunos
lugares que en otros, pero eventualmente casi en todos los lugares.
Volvamos al Amazonas. En lo que ahora tendemos a pensar como la Amazonia “prístina”, las
civilizaciones y la agricultura florecieron alguna vez. Florecieron en los márgenes del bosque,
en tierras estacionales donde los buenos años eran buenos, pero los malos eran muy, muy
malos. En esos lugares, las poblaciones crecieron más densamente que en otros espacios. Las
aldeas se convirtieron en grandes ciudades de miles y quizás cientos de miles de habitantes. Se
puede volar hoy en día sobre la Amazonia boliviana y ver las ruinas de estas civilizaciones,
cientos de millas de caminos de tierra elevados, las impresiones en cuadrícula de los campos
elevados y a su alrededor montículos de casas -los decrépitos hormigueros del hombre.
Separadas y similares civilizaciones surgieron en Colombia, Perú y Brasil en consonancia con el
desarrollo de la agricultura. Maníes, mandioca y batata eran cultivadas en largas parcelas
elevadas, separadas por aguas de inundación. Otros cultivos irían a crecer en altas elevaciones,
donde los incas sembraron su imperio. Por toda la región crecieron los cultivos, y cuando lo
hicieron la gente dejó de trasladar sus hogares. Cambiaron los estilos de vida. Los humanos
pasaron de ser lo que eran a algo más parecido a lo que somos ahora, asentados, agrícolas y
densos.
Cambios similares habrían de acontecer en todas partes del mundo. Inventamos la agricultura
en múltiples oportunidades, del modo en que una sola tormenta podría provocar muchos
incendios. Es típico ver esta transición de cazador-recolector a agricultor como uno de
nuestros logros mayores, el relámpago de la abundancia. Con la agricultura vendrían las
sociedades complejas y sus signos: la escritura, el arte, la música y la clase de inimaginable
complejidad de la cultura con que ahora nos enfrentamos en nuestras vidas diarias. En muchas
culturas se le otorga a la agricultura el estatus especial de una bendición o resurgimiento. En
algunos grupos amazónicos se dice que los primeros humanos vinieron de una planta de
mandioca de cuyas raíces, enterradas en la justa medida, brotaron piernas, brazos y alma.
Demetra, la diosa griega de los cultivos era la que traía la primavera y los niños. La agricultura y
ella eran los signos de nuestro resurgimiento como una especie que podía cambiar la tierra de
modo tal que se hiciera más provechosa. Aunque muchos insectos han desarrollado la
habilidad del cultivo, entre los mamíferos somos los únicos. Aprendimos a cultivar después que
las hormigas, los escarabajos y las termitas, y entonces ahora, como ellos, sembramos los
frutos cuyas consecuencias recogemos.
Sería fácil imaginar que la agricultura se encuentra en la raíz de nuestra salud y felicidad. Pero
no. Por un lado, con la transición a un estilo de vida agrícola (de depender de muchas especies
a depender de unas pocas), las expectativas de vida tendieron a decrecer en vez de aumentar.
Los cazadores-recolectores parecen haber vivido más tiempo, en promedio, que los primeros
agricultores. Además, varias medidas de “bienestar”, de la clase que puede discernirse de
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cualquier modo en los huesos, también empeoraron. La transición de cazador-recolector a
labriego tendió a conducir a un incremento de la carga patológica, que incluye desórdenes
digestivos asociados con la nueva dieta. Todavía peor, las nuevas dietas agrícolas estuvieron
acompañadas por jerarquías sociales y desigualdades, por lo que incluso cuando hubiera
suficiente alimento no todo el mundo lo recibía. Más que nunca, con la agricultura la
supervivencia vino a depender más del estatus, la cultura y las complejidades que surgen de
miles o incluso millones de personas viviendo juntas que de evitar el ataque de predadores o
recolectar suficiente alimento.
Uno comienza a preguntarse por qué, si la agricultura tenía tantos efectos negativos, elegimos
comprometernos en ella en primer lugar. El cultivo es duro e insalubre. Entonces, ¿por qué
hacerlo? La respuesta, al menos en parte, puede ser que en muchos de esos momentos clave
de la historia, cuando nuestros ancestros escogieron el camino de la agricultura, la elección no
fuera entre los días buenos de la caza-recolección y los del cultivo, sino más bien entre los
peores días de la caza y recolección (cuando escaseaba el alimento) y la agricultura. Al menos
esto es lo que Leigh Binford, un antropólogo en la Universidad de Connecticut, propuso en los
años 1970s. Binford imaginó que cada uno de los numerosos surgimientos de agricultura se
produjo cuando las comunidades se encontraron sin alternativas -sin alimento ni opciones. No
decía esto como un arribista chiflado, sino en cambio como uno de los pensadores mejor
considerados en antropología, lo que no significa que estuviera siempre en lo cierto o que
otros antropólogos acordaran siempre con él. No obstante, si estaba en lo cierto podría
significar importantes cosas para la cuestión de quiénes somos. Si cada pueblo agricultor no
surgió de un gran imperio, sino que eran unos pocos luchando para sobrevivir y lo lograron,
entonces cada uno de esos grupos de agricultores podría tener genes singulares, genes de un
evento fortuito o incluso, quizás, genes que les permitieron sobrevivir con sus particulares
nuevos cultivos o animales. Muchos de nosotros podríamos entonces descender de esos
pequeños grupos de individuos, de los pocos afortunados, de los mutantes que lograron
superar la prueba con sus particulares cultivos y variantes genéticas.
Binford y sus críticos estaban de acuerdo en algunas partes de la historia de los orígenes de la
agricultura. Se sabía que mucho antes de que la agricultura se practicara para el sustento, se
realizaba más casualmente. Alguien podría encontrar una parra que le gustase y enterrarla
junto a su casa. Podrían algunos desenterrar un árbol favorito y volverlo a plantar. Podrían
incluso cultivar más activamente unas pocas cosas aquí y allá. Esa era la dimensión de la
agricultura, tal vez por la simple razón de que recolectar alimento en el bosque era más fácil.
No requería mucho tiempo, sólo de cuatro a seis horas diarias, juntar alimento suficiente para
una familia. El resto del tiempo era ocioso. Sobre este punto, hay poco desacuerdo. El día
promedio de un cazador-recolector estaba compuesto de un poco de trabajo y gran cantidad
de tiempo para el arte, la danza y, uno supone, el sentarse en ronda a contar historias. El
desacuerdo comienza con lo que sucedió después.
Imaginemos por un momento el escenario que Binford visualizaba. Vives en una pequeña
comunidad de una tribu mayor que, con el paso de las generaciones, no para de crecer. En la
medida en que lo hace, el alimento comienza a escasear en las inmediaciones de la aldea, en
particular cuando el movimiento se vuelve más difícil. Las plantas favoritas desaparecen
primero. Las plagas se acumulan. Las pulgas viven en cada casa, los piojos también, y otros
animales. En tiempos pasados podías haber mudado tu aldea. Quizás la hubieras trasladado en
algunos lugares (como los trópicos) con mayor rapidez que en otros, pero eventualmente, sin
importar donde estuvieses, lo hubieras hecho. Innumerables aldeas en el Amazonas, como en
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otros lugares, vagaban como langostas. En el Amazonas lleva unos quince años que las pulgas,
piojos, murciélagos y otras realidades de la vida en la jungla se desarrollen en un grupo de
casas fuera de las densidades habitables. Por lo que la mayoría de los cazadores-recolectores
amazónicos, como los de África y Asia tropical, se mudaban aproximadamente cada quince
años. Pero en algún momento no pudiste moverte más. El bosque ya estaba ocupado en todas
las direcciones. Entonces te quedaste, y al hacerlo se desencadenó lo inevitable a tu alrededor.
Patógenos y sus enfermedades se volvieron más comunes, y el alimento en los árboles, en los
nidos y cuevas disminuyó. Pasaba tal vez en un año malo, cuando no había suficiente para
comer tampoco en las otras aldeas. En esos años muchos habrían muerto. Habrían estado
postrados en sus hamacas, hambrientos y picados por las pulgas. Los sobrevivientes pueden
haber sido los pocos que aún tenían algo de alimento plantado cerca de sus casas, todavía no
cultivos domesticados, pero cultivos que podían ser domesticados. Comieron lo que crecía y, si
podían, plantaban más. Aldeas completas murieron, pero en tu aldea las pocas plantas se
arraigaron. Basados en esos primeros cultivos -las casi frías brasas de la humanidad-
sobrevivieron tú y un pequeño grupo, cuidando de cada tallo y semilla, del modo en que se
podría cuidar un fuego en la oscuridad, sabiendo que cada semilla debe ser pasada
nuevamente al suelo, como lo han hecho hasta el día de hoy.
Binford imaginaba que al menos algunos de nuestros ancestros en América y otras partes se
pasaron a la agricultura por desesperación. Imaginaba que en la medida en que las
poblaciones se volvieron demasiado densas, muchos individuos morían de hambre. Quizás sólo
unos pocos individuos o familias habrían cultivado lo suficiente, y lo suficientemente rápido
como para sobrevivir. En la visión de Binford, la agricultura fue, al menos en algunas
oportunidades, y quizás incluso muy frecuentemente, un acto desesperado. De ese acto
surgieron sociedades que no habían inventado la agricultura, pero que fueron conquistadas
por ella. Los primeros cultivos habrían comenzado, casi por definición, como algo demasiado
raro para sustentar a alguien, o más o menos así. Habrían sido difíciles y tediosos. Toda
variante de gen humano que facilitara el vivir de estos cultivos, su digestión, por ejemplo,
habría sido favorecida. Fue así, imaginó Binford, que sus culturas y quizás, sólo quizás, sus
genes, vinieron a girar alrededor de la agricultura. Las comunidades se volvieron sedentarias y
sus dietas empeoraron. En la agricultura Binford vio la ruina de la humanidad. Pero cuando los
humanos comenzaron a escribir, se comprometieron irrevocablemente con ese estilo de vida.
Si es correcta, esta visión tendría muchas consecuencias para la cuestión de quiénes somos y
cómo vivimos ahora. Entre las consecuencias está que los cultivos son inevitables,
permanentes y problemáticos. Los cultivos permitieron a unos pocos pueblos afortunados
crecer en densidad, más allá de lo que había sido posible antes, pero si alguna vez dependieron
de miles de especies como nuestras mutualistas, vinieron a depender de sólo unas pocas, y en
algunos lugares de sólo una. Ellos y, por herencia, nosotros nos vinculamos no sólo con la
producción de alimentos en general, sino incluso con clases individuales de cultivo. En la
Amazonia fueron los maníes y la mandioca (Cassava manihot). En otros lugares esta tragedia
sería representada con diferentes especies, pero con actores y papeles que eran, para Binford,
extrañamente los mismos.
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La visión de la historia y la agricultura que tenía Binford puede no ser la regla en todas partes.
Recientemente, la evidencia parece estar comprobando que sí es la regla, o al menos el relato,
en algunos lugares. Un gen revelador, un gen que apunta a lo que les sucedió a los humanos
en el amanecer de la agricultura y cómo hemos cambiado, ha sido descubierto ahora. Estos
genes y sus variantes prueban cuán importante fue la domesticación de plantas y animales
para nuestra supervivencia, si bien no en todos los casos, al menos en algunas oportunidades.
También revelan a qué podía solamente estar aludiendo Binford: la magnitud de la
domesticación de los humanos.
La historia de estos genes comienza con los uros (Bos primigenius), el ancestro de las vacas
modernas. Los uros evolucionaron en el norte de África y el sur de Asia en un tiempo en que
las estepas se habían extendido a través de gran parte de estos continentes, y los bosques
tropicales se habían comprimido hacia el ecuador. Estas bestias se alimentaban de las nuevas y
más abundantes clases de hierbas. Fueron sólo una de las muchas clases de animales vacunos
que evolucionaron durante este tiempo, como el bisonte (Bison bison), el banteng (Bos
javanicus) y otros. Sin embargo, ellos serían la especie elegida, una de nuestras elegidas. Cada
uro adulto tenía una altura de seis pies hasta sus hombros. Los uros tenían la forma de una
vaca, pero estaban más próximos en tamaño a un elefante pequeño. De gran tamaño, se
extendieron por las praderas en expansión como áfidos sobre las copas de los árboles. Sus
grandes dientes evolucionaron para arrancar la hierba desde su base y machacarla. Dentro de
sus estómagos había una tormenta de vida -bacterias, arqueas, incluso protistas- que los
ayudaban a digerir su comida. Sin éstas, sus socias, no habrían conseguido sobrevivir.
Los uros prosperaron en las grandes estepas. Sin embargo, si bien los brotes verdes estaban
sustentando a los uros, tal socorro era esquivo para los humanos. Éstos nunca desarrollaron la
habilidad de comer hierba. Podemos masticarla, pero la celulosa y la lignina de las cuales está
hecha pasan por nuestro aparato digestivo intactas. Sólo las semillas, los llamados granos, nos
satisfacen, y así, al menos inicialmente, al observar los campos verdes, nuestros ancestros eran
marineros en el mar, húmedos y aun así sedientos, rodeados por alimento y sin embargo
hambrientos. No obstante, cada alimento debe ser probado antes de que pueda abandonarse,
por lo que nuestros ancestros habrían tomado puñados de hierba y los habrían introducido en
sus bocas. Habrían masticado y se habrían esperanzado. Fracasamos precisamente allí donde
los uros parecían tener éxito.
El éxito, sin embargo, así como el fracaso, tiene sus límites, sus puntos de quiebre.
Eventualmente, los uros se quedaron sin nuevas praderas para colonizar. La hierba se detenía
en los bordes del bosque, y hasta ahí llegaban también los uros. Limitados por esas fronteras
naturales, era todo lo que su éxito podría lograr. Entonces, en algún oscuro sendero, un uro se
encontró con un humano. Un acuerdo estaba por alcanzarse. En la historia real de la tentación
y la consecuencia, el fruto prohibido y trascendental no fue una manzana, sino en cambio una
peluda ubre de uro.
En los inicios la relación fue difícil. Hubo torpeza y una suerte de inevitable vulnerabilidad. El
ordeñe habría sido complicado. Incluso hoy se hace un esfuerzo considerable para convencer a
las vacas de “entregar su leche”. Como Juliet Clutton-Brock lo expresa en su libro sobre la
historia natural de los animales domesticados, “la vaca debe estar callada, relajada y en total
familiaridad con el ordeñador…su becerro debe estar presente, o un substituto que ella
identifique con el becerro…y con frecuencia es necesario estimular el área genital antes de que
el reflejo de la eyección de leche inicie la secreción”. Ciertamente difícil. Pero de ese primer
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humano debajo de la vaca y otros como él descendería gran parte (aunque no toda) de la
futura humanidad.
Como con los orígenes de la agricultura en general, se ha especulado por mucho tiempo acerca
de los detalles de este comienzo, pero es difícil de saber. Muchos arqueólogos y antropólogos
culturales imaginaron que esos acontecimientos, ya estén relacionados con vacas o con
cultivos, sucedieron en los márgenes de una sociedad ya exitosa. Creían en el relato tal cual
aparecía en los libros de texto. La domesticación de los uros era para ellos otra manifestación
de nuestro poder de innovación y de control de la naturaleza, una clase de ciencia y tecnología
incipientes. En retrospectiva, nuestra habilidad para encoger animales salvajes y hacer que
vivan con nosotros parece casi mágica. Domesticamos la vaca, pero también, después, los
caballos, las cabras, los gatos y también los perros. Lo hicimos un acoplamiento o sacrificio por
vez. Es fácil verse envuelto en este acto de transformación propio de un dios. Resulta ser, sin
embargo, que los uros no fueron los únicos en ser transformados. Ellos nos cambiaron
también, aunque nadie lo supo hasta tiempos muy recientes. Ellos no “tuvieron la intención”,
pero el resultado, desde una perspectiva inconsciente de la evolución, es el mismo, como si
ellos hubiesen querido ser nuestros y que nosotros seamos suyos. Incluso Leigh Binford, quien
pensaba que la agricultura fue el resultado de la supervivencia en tiempos difíciles, no imaginó
cuán difíciles los tiempos podían ser, ni cuánto nos cambiarían.
En los últimos cinco años, las modernas herramientas de la genética nos han permitido
preguntarnos no sólo cómo están relacionadas las especies, sino también cuándo las variantes
genéticas particulares y las habilidades asociadas con ellas se desarrollaron y, una vez que lo
hicieron, cuán rápidamente se volvieron comunes. La mayoría de los nuevos genes -genes
mutantes- desaparecen inmediatamente. Sus portadores mueren. Unos pocos genes nuevos
persisten, y los que persisten van al encuentro de uno de los varios destinos posibles. Pueden
persistir por un tiempo y luego desaparecer. Pueden volverse cada vez más comunes por
alguna ventaja modesta que confieran. Es posible también, pero improbable, que una vez que
surge un nuevo gen se vuelva universal casi de inmediato. La única manera de que eso pase es
que su portador se aparee con casi todos, o que casi todos los que no tienen el gen mueran.
Los genetistas llaman eufemísticamente a tales escenarios “barridas selectivas”, que suena
más como una buena serie de hockey que como un periodo durante el cual los individuos que
carecen de un cierto rasgo fracasan.
Los nuevos métodos genéticos han permitido a los científicos reconstruir las historias de los
uros y de los humanos separadamente, para luego entretejer las dos narrativas. La historia del
origen de la vaca a partir del uro comienza aproximadamente hace 9.000 años, en algún lugar
del Cercano Oriente, donde los uros comenzaron a acercarse a los asentamientos humanos.
Quizás era allí donde encontraban las hierbas más tiernas. Quizás era allí donde estaban más
seguros de los predadores. Es difícil, tal vez imposible, saberlo. Lo cierto es que, si bien
inicialmente ellos vinieron hacia nosotros, tranquilamente o pataleando, en relativamente
pocas generaciones ellos estuvieron domesticados. Desde éste y subsecuentes momentos de
contacto, los uros se expandirían con los humanos a nuevas áreas, incluyendo gran parte de
Europa, pero también nuevos hábitats en Asia. Se expandieron a hábitats que los humanos
despejaban. Se expandieron más allá de su alcance nativo, y cuando lo hicieron se volvieron
más y más diferentes de aquellos individuos no cuidados por humanos, de aquellos uros
salvajes que con el tiempo desaparecerían, sin poder competir con sus nuevos parientes más
domésticos que desde esos primeros días en adelante habrían siempre de ser ayudados por los
humanos. Con ellos, a los uros les fue mucho mejor que si hubiesen tomado otro camino.
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Prosperaron incluso cuando otros herbívoros, predadores y plantas recolectadas a su
alrededor se estaban extinguiendo.
Si bien un grupo de genes asociados con un menor tamaño corporal y con la docilidad vino a
ser favorecido en los uros cuando éstos interactuaron con humanos, un singular conjunto de
rasgos también comenzó a ser favorecido en los mismos humanos. Las características
favorecidas fueron las asociadas con la persistencia de la lactasa (la habilidad de digerir la
leche en la edad adulta). Los perros adultos no pueden digerir la leche, ni tampoco las vacas
adultas, los cerdos adultos, los monos adultos, las ratas adultas o cualquier otro mamífero
adulto. Incluso los gatos adultos, a quienes tan diligentemente les damos un plato de leche de
vaca, parecen carecer del gen para efectivamente deshacer la lactosa. La leche es comida de
bebé, o al menos lo es para todos los mamíferos, excepto algunos humanos modernos. Para
digerir la leche en la etapa adulta, los humanos tuvieron que desarrollar la capacidad de
continuar produciendo lactasa. Ésta es la enzima que desintegra la lactosa de la leche,
haciéndola útil. Nuestros ancestros, está muy claro, no podían digerir la leche en la adultez. Si
los cavernícolas bebían leche sufrían de diarrea y gases. Tal vez pudieron haber obtenido
algunos nutrientes de la leche, pero no muchos, y si ya estaban enfermos, la leche y su
consiguiente diarrea los podría haber hecho empeorar. Pero hoy en día, la mayoría de la gente
de descendencia europea occidental, es decir los que descienden de los primeros criadores de
vacas, pueden digerir la leche como adultos. En otras palabras, cuando los uros cambiaron
genéticamente durante la domesticación, también lo hicieron los humanos. Cuando lo hicimos,
nos convertimos en domesticados también. Una vez que alcanzamos una densidad
demográfica suficiente como para necesitar depender de las vacas, ya no pudimos regresar a
los días de cazador-recolector. Nuestros estilos de vida cambiaron para siempre, así como
nuestros genes. Ya no éramos silvestres.
Varios años atrás, los científicos identificaron la mutación que está asociada en los europeos
con la habilidad de beber leche en edad adulta. (La mutación lleva a la producción de lactasa o,
más específicamente, LPH). Con esta secuencia decodificada, pudieron estudiar cuándo surgió
y cuán rápidamente se extendió entre las poblaciones una vez que ya hubiera aparecido. La
primera respuesta llegó más rápidamente. La forma mutante del gen para digerir la leche en la
adultez surgió hace 9.000-10.000 años, justo cuando la evidencia arqueológica y los datos de
los genes de las vacas sugieren que los humanos y los uros se juntaron por vez primera. Aquí,
en otras palabras, estaba un artefacto genético dejado para contar la historia de los primeros
días de humanos y vacas, un marcador cuya presencia en una persona hablaría de la historia
de su descendencia.
Ahora, discernir la velocidad en que el gen se expandió tomó más tiempo. Necesitó de más
tiempo y tecnología, pero la cuestión eventualmente se rendiría ante la persistencia científica,
más muestras de sangre y horas en el laboratorio inspeccionando listas de computadora de los
As, Ts, Cs y Gs del código genético. La respuesta corta sería “velozmente”. En las tribus de
nuestros ancestros donde las vacas fueron domesticadas por primera vez, esos individuos -la
mayoría- que no lograban digerir leche en edad adulta sufrieron y murieron. Los pocos que
consiguieron digerirla sufrieron menos y sobrevivieron. Así como Leigh Binford había
argumentado mucho tiempo antes sobre la agricultura en general, el surgimiento de nuestra
ganadería no fue ningún estallido feliz de innovación, sino un contrato más dificultoso y
permanente. Uno podría entonces ver al primer hombre que extrajo leche de una vaca como
una clase de héroe antiguo, una pieza de evidencia del modo en que, incluso en la peor de las
situaciones, los humanos se levantarán y perseverarán. A causa de su linaje, abandonamos a
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nuestros antiguos mutualistas, las numerosas clases de plantas y animales silvestres que una
vez recolectamos, por las pocas que pudimos cultivar y criar. Cuando lo hicimos, nos volvimos
dependientes de nuestros nuevos socios -nuestros cultivos. Continuaríamos cambiando, pero
sólo en la medida en que reemplazáramos una especie con otra, el trigo por las vacas, el sorgo
por el trigo. Desde ese momento hemos sobrevivido gracias a nuestros cultivos y ganados,
solamente por ellos.
Tendemos a pensar que somos especiales, y así es que llamamos domesticación a esas
circunstancias en las que llegamos a depender de otras especies. Sin embargo, en la medida en
que nosotros y nuestros domésticos producimos ambos más progenie juntos de lo que lo
hubiéramos hecho por separado, esta es simplemente una nueva forma de mutualismo, una
que, al igual que ha sucedido con nuestras otras nuevas interacciones, es simplificada con
respecto al modo en que vivimos alguna vez. A los humanos con los genes para digerir lactosa
en la adultez les fue mejor, y lo mismo vale para los uros con genes para ser un poco más
amables con los humanos, para aparearse en cautiverio y para producir más leche. Por causa
de los humanos, los uros con esos genes fueron capaces de comer más hierba, algo que jamás
habrían descubierto por sí mismos. Aunque los humanos no podían, sin los uros como
intermediarios, ingerir hierba, pudieron hacer que haya más hierba mediante la quema y la
tala de los bosques. También pudieron reducir la competencia de otros animales que comen
pasto a través de su matanza. De esa primera interacción provino una dependencia mutua.
Dependimos y continuaríamos dependiendo de los uros para producir el alimento suficiente
para el sostén de las grandes densidades demográficas a las que llegarían nuestras
poblaciones. Los uros dependerían de nosotros para conseguir más hierba y matar todo lo que
pudiera competir con ellos o matarlos en esas nuevas tierras de pastos. Juntos comenzamos a
rehacer el mundo, no porque pudiéramos, sino porque tuvimos que hacerlo. Una vez que
entramos en esta relación, no hubo vuelta atrás. Con nuestra ayuda, los uros que se
convirtieron en vacas superaron a los que no lo hicieron. Los uros salvajes se extinguieron, así
como también casi todos los grandes herbívoros con los que una vez compitieron. Matamos a
esos competidores de los uros y matamos también a sus predadores. Pero no fueron los
competidores del uro los únicos en desaparecer. Así también lo hizo la mayoría de los
cazadores-recolectores alrededor del mundo, gente que fue empujada cada vez más lejos,
hacia bosques que cada año se encogían un poco más, bosques que habían dado lugar, en
general, a nuestros uros y cultivos, los nuevos mutualistas.
Hoy en día hay más de un billón de descendientes de los uros (vacas) en el planeta. Los
sobrepasamos en número, pero no pesamos más que ellos, y así, dependiendo de cómo lo
cuentes, es ambiguo si fueron ellos o nosotros los que sacaron el mayor beneficio de la
reunión. Esta estimación no es muy correcta, sin embargo, porque el número que debería
calcularse no es el de todos los humanos y linajes humanos, sino el de los específicos linajes
humanos con los que las vacas han coevolucionado. Por mucho tiempo se consideró que eran
sólo los europeos, pero esto resultaría ser erróneo. Una vez más, el estudio de la evolución de
nuestras diferencias iría a cambiar nuestra comprensión no sólo de quiénes éramos, sino de
quiénes somos.
Hace unos diez años, la genetista Sarah Tishkoff, ahora en la Universidad de Pennsylvania,
comenzó a preguntarse cómo es que los Masai, en África Oriental, quienes crían vacas por
millares, beben leche. Tishkoff sabía la historia de los europeos y los uros. También sabía que,
además de los europeos, muchos otros pueblos en el mundo beben leche. Los Masai y otras
tribus ganaderas pasaban y pasan sus días siguiendo sus rebaños de lugar en lugar. Al hacerlo,
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beben grandes cantidades de leche, como muchos otros pastores en África. Además, se sabe
que el ganado vacuno fue domesticado independientemente en África (probablemente en el
nordeste) y se extendió hacia el sur desde ese momento de la domesticación. Parecen haberse
extendido a África Occidental y Austral, y con las vacas se desarrollaron complejas culturas
asociadas con ellas y la leche, culturas como la de los Masai. Pero los Masai y otras tribus no
son obviamente descendientes de los europeos que domesticaron vacas, por lo que es difícil
de entender cómo pudieron tener el gen necesario para beber leche en la etapa adulta.
Tal vez, uno podría pensar, los Masai hacían algo especial con la leche para hacerla más
digerible. La producción de queso reduce el contenido de lactosa de la leche, por ejemplo.
Pero los Masai y otros grupos de África Oriental no hacían queso. Por un tiempo pareció
posible que hubiese habido una migración de individuos (o de sus genes) de Europa a partes
de África Oriental y Occidental, donde se encontraba pastoreo. Luego, un grupo de científicos
en Europa encontró algunas de las variantes genéticas aparentemente asociadas con la
persistencia de la lactasa. Cuando buscaron la presencia de esas variantes en diferentes
poblaciones, encontraron que estaban sorprendentemente presentes tanto en descendientes
europeos de consumidores de lácteos como en los Fulani y los Hausa, pastores africanos
occidentales. Aparentemente, una migración había permitido que las variantes mutantes del
gen europeo para beber leche se muden a África, o al menos a los Fulani y los Hausa. Pero este
resultado no convencía a Tishkoff. Parecía como si algo estuviese faltando, por lo que ella
recolectó más datos sobre otros pastores, y allí fue que surgió el problema: los Masai, los
Dinka y otros grupos en África Oriental carecían de las variantes genéticas para digerir leche en
la adultez.
Los Masai no procesaban su leche, ni tenían el gen europeo para digerir la leche. Tishkoff
decidió considerar una tercera posibilidad, que estos grupos, en su larga historia con las vacas,
hubiesen desarrollado la habilidad para digerir leche independientemente de los europeos,
que hubieran revivido la historia que Leigh Binford imaginó como común para el origen de la
agricultura; pero incluso más que eso: que lo hubieran hecho con exactamente la misma
especie. Quizás los individuos con variantes mutantes de genes que permitieron que su lactasa
persista en la adultez fueron favorecidos independientemente en África Oriental y Europa. Era
una apuesta arriesgada, pero Tishkoff continuó.
La respuesta que Tishkoff encontró en África Oriental fue que la habilidad de los humanos
adultos para digerir lactasa evolucionó más de una vez. Lo hizo en europeos, hace
aproximadamente 9.000 – 10.000 años, por el tiempo en que la evidencia arqueológica y los
genes de vaca apuntan a la domesticación de vacas en Europa. Después evolucionó de nuevo,
al menos tres veces, en África, comenzando hace unos 7.000 años, justo cuando la evidencia
sugiere que las vacas fueron domesticadas por segunda vez. Al menos dos veces (y
probablemente más como cuatro veces) los uros fueron domesticados. En cada uno de estos
casos, Tishkoff ha mostrado que los individuos humanos que tuvieron los genes para digerir
leche como adultos tuvieron muchos más hijos que sobrevivieron para tener ellos mismos
hijos que aquellos que no los tenían, y así progresivamente en las generaciones subsiguientes.
Su árbol de familia se ramificó, y por esas ramas los genes que les permitían beber de la tierra
se extendieron rápidamente por todo Europa y África. Estos fueron los mayores cambios
genéticos en nuestra historia reciente, al menos de lo que nosotros sabemos hasta ahora.
Fueron repetidos, tal cual como había predicho Binford, con resultados casi idénticos. En
ambos casos, los individuos que no estaban en condiciones de obtener los beneficios de la
domesticación de las vacas murieron o simplemente no se reprodujeron. La leche le hizo bien
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al cuerpo porque éstos eran tiempos de hambruna, tiempos y lugares donde la nutrición y el
líquido extras hicieron la diferencia entre transmitir o no transmitir los genes de uno. Con la
leche, gran parte, si no toda, de la población humana cambió.
Al final, la historia de vacas y humanos es un ejemplo de una historia incluso mayor, más
amplia. El trigo nos salvaría, así como lo hicieron los uros, la mandioca, el arroz y otros de
nuestros productos primarios. Cuando nuestros pueblos se volvieron densos, nos habríamos
encontrado repetidamente en el punto de pasar hambre y de ser salvados. Cuando los
orígenes de nuestros otros cultivos y animales, y de la gente que los domesticó, son estudiados
en más detalle, parece probable en muchos casos, quizás la mayoría, que se demuestre que los
genes de aquellos que comenzaron a cultivar cambiaron. Ya se sabe que la gente que vive en
regiones donde los granos son domesticados tiene genes de amilasa extra, siendo ésta una de
las enzimas que ayudan a desintegrar el almidón. Si también estos genes pasaron rápidamente
entre las poblaciones no ha sido todavía estudiado. Parece posible. De hecho, parece posible
que en cada lugar en que surgió la agricultura nuestros cuerpos hayan cambiado,
independiente y diferentemente. Nuestra gran variedad humana refleja, en gran medida, la
gran variedad de modos en que vinimos a depender de especies individuales, un conjunto
menos diverso de especies, para superar los años más duros.
En las aldeas de nuestro linaje nos unimos a estas nuevas especies, del modo en que un bebé
se engancha con su madre. Habíamos sido valientes e independientes, pero en esos momentos
nos rendimos. Viviríamos, en los tiempos siguientes, donde esas especies necesitaran que
viviéramos para obtener un beneficio de lo que esos lugares ofrecían. Hicimos un contrato
evolutivo del cual nunca nos hemos apartado. Es mucho más fácil divorciarte de tu esposa que
divorciarte de la agricultura. Por supuesto, uno puede salirse de la red y cazar y recolectar,
pero ya no es fácil, y no podemos hacerlo colectivamente, no como especie o incluso como
país. No hay muchos lugares para ir, y nos hemos olvidado de cómo vivir de esos modos
silvestres. Lo mismo es cierto para nuestros animales domésticos también. Nuestros perros
pueden volverse salvajes, pero nunca van lejos. Ellos dependen sólo de nosotros, mientras que
nosotros ahora dependemos colectivamente de muchas especies; pero incluso esto es
engañoso. Según algunas estimaciones, el 75% de todo el alimento consumido en el mundo
proviene de solamente seis plantas y un animal. Si las vacas se extinguieran mañana, millones
de humanos morirían, como ocurriría también con el trigo o el maíz, y como una vez ocurrió
con la plaga de las papas. Las vacas pueden mirarnos con ojos desanimados, pero somos
socios. Cualquiera sea el destino que nos aguarde en el futuro, es en gran medida compartido.
Lo que no se comparte son nuestros genes. Los genes que tú y yo tenemos hoy fueron
moldeados por esos acontecimientos en la historia reciente, cuando, como una función de
nuestras nuevas culturas y maneras de sobrevivir, algunos individuos pasaron sus genes y
otros no. Estas diferencias persisten. Es difícil no preguntarte quién eres y cómo tu propia
historia, genes e incluso (para volver a visitar capítulos anteriores) microbios influyen en tu
destino moderno. Es difícil, dado en particular que más allá de nuestras diferencias estamos
ahora convergiendo sobre similares dietas y estilos de vida “modernos”. El estilo de vida
lácteo, de grasas saturadas, alto en sales y en azúcares que estamos imponiendo sobre nuestra
variedad de historias y genes diferentes tiene consecuencias para nuestra salud moderna, que
depende de quién eres y también de quiénes eran tus ancestros. Incluso hoy, importa si tu
gente era la que gateaba bajo una vaca primitiva o eran los pocos que observaban a distancia y
se tomaban el tiempo para señalar y reírse.
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Un billón de personas en el planeta tiene sobrepeso, con sus barrigas sobresaliendo por sobre
sus cinturones y sus cuerpos agobiados por el exceso. La situación es peor en los Estados
Unidos, pero otros países se están poniendo rápidamente a tono. Aunque incluso en los
Estados Unidos no todos son afectados. El sesenta y cinco por ciento de los adultos
estadounidenses está excedido de peso, pero el resto no lo está. Es fácil atribuir esta variedad
a diferencias en la dieta y el ejercicio físico, pero el estilo de vida es sólo una parte de la
historia. Hay también, en nuestras diferencias, una suerte de misterio. Después de todo, la
gran mayoría de los occidentales tiene ahora dietas que derivan de relativamente pocos
animales y plantas domesticadas. Tal vez consumas sólo pomelos o leche de camello orgánica.
Quizás practiques la moderación y tomes decisiones conscientes, reflexivas. Si es así, eres una
excepción. El estadounidense medio y, cada vez más, el occidental medio tienen una dieta en
la que tres cuartos de todas las calorías provienen de lácteos, cereales (semillas de hierbas),
azúcares simples, aceite vegetal o bebidas alcohólicas. Ninguno de estos alimentos fue
consumido antes del advenimiento de la agricultura. Hace diez mil años, decenas de miles de
plantas silvestres habrían sido recolectadas por los humanos. La agricultura, incluso en sus
primeras encarnaciones, disminuyó el número total de alimentos que recolectábamos como
especie y el número de clases de alimentos al que todo humano individual estaba expuesto.
Con el tiempo se domesticaron más cultivos, y recuperamos algo de la diversidad de nuestros
comestibles. Pero desde entonces hemos venido a concentrarnos en aquellas pocas especies
que crecen mejor y que más fácilmente conforman a nuestras papilas gustativas. En el proceso
hemos descuidado muchas especies de cultivo (varios cultivos se han extinguido y casi un
millar se encuentra en peligro) y hemos olvidado cómo hacernos con alimentos que una vez
recolectamos. Las bayas silvestres ahora permanecen en sus tallos, y un puñado de cultivos
constituye la mayor parte de las calorías que consumimos globalmente. Seguramente puedes
encontrar quinua en un local de la cadena Whole Foods, pero como proporción de las calorías
consumidas hoy por los humanos, tales cultivos boutique son una gota en un balde de tamaño
oceánico repleto de maíz, trigo, arroz y unas pocas piezas de carne crocante.
Volvamos a la historia de la leche. Como he dicho, no todos tenemos una de las versiones del
gen que se necesita para digerir leche en la edad adulta. Geográficamente hablando, la
habilidad de beber leche en la adultez continúa siendo relativamente rara. Ninguna población
nativa de América, ya sean los incas, los mayas o cualquiera de los miles de otros grupos, eran
capaces de beber leche antes del arribo de los europeos y sus genes. Alrededor del 25 por
ciento de la gente en el mundo es totalmente incapaz de digerir la lactosa en la adultez, y otro
70
40-50 por ciento sólo puede digerirla parcialmente. Si estos billones de individuos beben leche,
sufrirán diarrea y obtendrán de la dieta estadounidense estándar, en promedio, un 5 por
ciento menos de peso que aquellos que pueden digerirla. En medioambientes propensos a las
enfermedades, esos individuos también se encuentran en mayor riesgo de deshidratación por
diarrea. En el contexto de las aldeas de nuestros orígenes, todo individuo que recibiese un 5
por ciento menos de calorías tendría menos posibilidades de transmitir sus genes, y así es que
históricamente los genes de la digestión de la leche triunfaron, al menos donde domesticamos
vacas. En el contexto de nuestro mundo moderno en países desarrollados, en el que abundan
las calorías, el 5 por ciento extra es más probable que sea apuntado como perjudicial para
nosotros. Así, mientras las publicidades pueden decir que la leche “le hace bien al cuerpo”, no
mencionan las salvedades “pero sólo si tu cuerpo puede digerirla” y “sólo si la necesitas”. Que
nuestros cuerpos responden de manera diferente a los mismos alimentos como consecuencia
de nuestros ancestros puede sonar obvio. Pero ignoramos tales realidades a diario. La
pirámide alimentaria de la USDA todavía tiene como uno de sus principales productos a la
leche, junto a frutas, vegetales, carnes y frijoles, por más que la mayor parte de los humanos
en el mundo no pueda digerirla. La leche es sólo el comienzo de la revelación de la idea de que
ninguna especie de planta o animal (o versión procesada de ellos) nos podría hacer bien a
todos.
Es sólo a la luz de nuestra evolución reciente que las diferencias entre nuestros genes cobran
sentido. Tomemos la saliva como otro ejemplo. La amilasa es una de las varias enzimas
presentes en la saliva de muchos animales, incluyéndote. Auxilia en la desintegración de
almidones como los que se encuentran en el maíz, la papa, el arroz, la batata y otros alimentos
básicos tanto de la agricultura temprana como de las dietas modernas. Algunos humanos
tienen genes extra de amilasa, y por lo tanto producen más amilasa. Esos individuos digieren
almidón más rápida y eficientemente. Algunos de nosotros, quizás tú, tienen dieciséis veces
más amilasa que otros. En el contexto histórico, esta variedad parece existir por una razón.
Nuestros ancestros anteriores a la agricultura tenían pocos ejemplares de los genes de amilasa
y, en consecuencia, una saliva menos eficiente. Pero parece que en esos pueblos que
comenzaron a cultivar productos con almidón los individuos con más ejemplares del gen de
amilasa progresaron, y así transmitieron sus genes. En las partes del mundo donde los
humanos aún pasan hambre regularmente y comen alimentos con almidón, como gran parte
del mundo subdesarrollado, pero también las regiones pobres del mundo desarrollado, el
tener genes extra de amilasa puede ser beneficioso. Esto puede permitir a algunos individuos
obtener más energía de un mismo saco de arroz. En aquellas partes del mundo donde
comemos demasiado, los mismos genes probablemente nos ayuden a engordar. Cómo
respondan nuestros cuerpos al alimento que les damos depende de las maneras en que
nuestros ancestros recientes vivieron y de dónde vivimos ahora. El gen de la supervivencia de
un hombre es la barriga de otro.
Tampoco son los descendientes de los agricultores (hayan sido ellos productores de lácteos o
de papas) los únicos factibles de tener genes singulares. Los descendientes de los cazadores-
recolectores pueden también tener genes especializados asociados con sus anteriores estilos
de vida. Diez mil años atrás, todos nuestros ancestros eran cazadores-recolectores, aunque
recolectaban diferentes cosas como consecuencia del lugar y del modo en que ellos vivían.
Algunas poblaciones comían mayormente carne, otras insectos, y otras tenían dietas ricas en
corteza (no dije sabrosas, sólo ricas). Hace 5.000 años, un menor número de pueblos
sobrevivía sólo recolectando y cazando. Hace 1.000 años, había aún menos, y estaban
localizados por lo general en ambientes marginales, lugares estacionalmente fríos o secos
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como los desiertos y el Ártico, donde los cultivos no crecían lo suficientemente bien como para
reemplazar la recolección. En general, se esperaría que al menos algunos de estos pueblos que
continuaron siendo cazadores-recolectores pudieran haber desarrollado genes asociados con
los singulares desafíos de sus modos de vida. Esto debería ser lo más probable en aquellos
grupos al límite de la supervivencia, en lugares tan inhóspitos para prosperar que los
agricultores nunca se molestaron en expulsarlos de allí. En esos espacios marginales, los genes
que eran útiles han sido probablemente muy diferentes de los que eran útiles en sociedades
agrícolas densas. ¿Pero cómo?
A comienzos del siglo XIX, el doctor alemán Karl Georg Lucas Christian Bergmann planteó que
los animales que viven en lugares fríos tienden a ser mayores y más robustos que los que viven
en lugares cálidos. Su explicación para este patrón era que los animales grandes y robustos
tienen una menor superficie con respecto a su volumen (una serpiente es todo superficie, un
elefante es todo entrañas, por ejemplo) y de esta manera es más probable que puedan
soportar el frío congelante del invierno. Con el tiempo, la regla original de Bergmann se amplió
cuando se hizo evidente que había dos razones para estar gordo donde hacía frío: para guardar
calor (como originalmente sugirió Bergmann) y para no pasar hambrunas durante los meses en
que el alimento era demasiado escaso y se hacía inevitable el ayuno. En otras palabras, la grasa
era útil tanto donde hacía frío como donde el alimento era estacional. La grasa es una comida
cuando no hay otra. Las sociedades, sin embargo, tienen otras opciones. Pueden, como las
abejas, almacenar alimento en el invierno. La cuestión es si los humanos son más como los
osos Grizzlies o como las abejas.
Aunque discutida con frecuencia, la hipótesis de Neel ha sido muy poco estudiada. Puede estar
equivocado. Para examinar la teoría de Neel uno podría buscar genes que tiendan a ser
favorecidos entre los cazadores-recolectores, aunque puedan ser diferentes en diferentes
grupos cazadores-recolectores (como las diferentes mutaciones en africanos y europeos que
permiten a los adultos beber leche). Alternativamente, uno podría investigar si los cazadores-
recolectores, cuando se enfrentan con dietas agrícolas modernas, tienden a sufrir
desproporcionadamente de diabetes y obesidad, como podría esperarse si fueran
especialmente eficientes en la conversión del alimento en grasas y azúcares simples,
fácilmente usados. La teoría de Neel predice que los cazadores-recolectores de
medioambientes estacionales deberían producir más azúcar y grasa con esta moderna dieta
que los individuos de linajes cazadores-recolectores provenientes de medioambientes menos
estacionales (como los bosques tropicales) o de sociedades agrícolas. En otras palabras,
deberían tener más posibilidades de ser obesos (buen almacenamiento de grasa) y diabéticos
(muy buena conversión del alimento en azúcares). Se podría predecir que la diabetes debe ser
común en pueblos que vivieron en esos mismos lugares donde las hormigas y abejas
almacenan miel o los osos son gordos, es decir en desiertos, tierras subtropicales y tundra.
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salmones pueden ser disecados. En esos grupos, la diabetes es todavía rara, en realidad más
rara, por ejemplo, que en las sociedades occidentales. Por el contrario, en los grupos
subtropicales y del desierto, ya sea en Australia, África, Asia o América, donde se hace más
difícil almacenar alimento, la diabetes es cuatro veces más común que en las sociedades
agrícolas y las sociedades occidentales. Existen sólo dos explicaciones posibles para este
patrón. Las presiones societales pueden empujar consistente y casi inevitablemente a las
poblaciones cazadoras-recolectoras hacia estilos de vida que son más pobres en nutrientes y
más simples en azúcares con respecto a la población general. Alternativamente, aunque no
mutuamente excluyente, los cazadores-recolectores sufren hoy en día por las consecuencias
de sus genes, alguna vez singularmente útiles, pero ahora fuera de lugar.
Nadie entiende todavía cómo todos los genes para el metabolismo convergen para crear las
diferentes respuestas a dietas similares que pueden verse entre diferentes pueblos. Los genes
para procesos corporales como el almacenamiento de grasa son mucho más complicados (y
antiguos) que los de la digestión de la leche en adultos. Cualquiera sea la respuesta, es
imposible que sea simple. Tampoco es posible que sea la misma para todos los grupos
cazadores-recolectores. Al mismo tiempo, parece predecible que, en la medida en que los
humanos se esparcían por el mundo, sus metabolismos cambiaran reflejando las diferencias en
dieta y estilo de vida. Cuanto más observemos, más probable es que encontremos nuestras
diferencias. Esas diferencias se deben a nuestras muchas historias, y producen consecuencias.
Claramente, las dietas de nuestros ancestros influyen en cómo responden nuestros cuerpos a
las dietas actuales. Se descubrirán más genes relacionados con nuestras distintas historias.
Algunos de los genes asociados con cómo nos tratamos, nuestro comportamiento social, por
ejemplo, parecen diferir dramáticamente de un grupo a otro.
Parte V
Cómo los Predadores Nos Dejaron Asustados, Patéticos y con la Piel de Gallina
Capítulo 9: Éramos Cazados, Lo que Explica que Todos Nos Asustemos Alguna Vez y que
Algunos Nos Asustemos Todo el Tiempo
Nuestros parásitos y mutualistas influían sobre nuestros cuerpos. Pero los predadores se
metían con nuestras mentes. Provenimos de una larga línea de presas; hemos sido devorados
desde que éramos peces. Durante la mayor parte de nuestra historia fuimos más parecidos a
los antílopes americanos que a los guepardos, con más probabilidades de huir que de
perseguir. Así fue como, hasta tiempos muy recientes, el tiempo y la selección natural han
favorecido al cauteloso y no al valiente. Puedes experimentar la desconfianza de tu cuerpo
ante la amenaza de un predador cuando alguien salta a la vista desde un escondite oscuro.
Puedes sentir este pasado cuando ves una película de terror o incluso cuando lees acerca de
una experiencia atemorizante, como por ejemplo cuando en 1907 una muchacha india llamada
Bakhul y sus amigas fueron a recolectar hojas de nogal para alimentar a las vacas. Bakhul había
trepado hasta las ramas altas para conseguir los brotes más tiernos, que son los favoritos de
las vacas.
Ese día ella fue la primera en terminar la recolección y comenzó a descender del árbol. En ese
momento sintió un tirón en uno de sus pequeños pies. ¿Era una de sus amigas? No, era más
firme, menos lúdico. Un tigre se encontraba en la base del árbol. La miraba con sus ojos bien
abiertos y lanzó un nuevo zarpazo con sus garras extendidas. La arrastró como si fuese un
cordero. Ella gritó y se aferró, pero sólo por un momento. Sus hojas cayeron alrededor del
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árbol, así como también las cuentas de su pequeño collar azul. El tigre la llevó al bosque. Ella
gritaba. Estaba aterrorizada, pero todavía viva.
Cuando se les contó acerca del tigre, los padres de Bakhul quedaron abatidos. En un pueblo
cercano una mujer había visto a su amiga capturada por este mismo tigre, y había quedado
muda, en shock. Los padres de Bakhul también parecían incapaces de hablar. La madre
revolvía el plato de su comida, y el padre permanecía sentado, trastornado. La puerta de su
vida se había abierto de par en par y no podía cerrarse. En algún lugar de los confines del
pueblo o en los tranquilos espacios entre las casas el tigre se movía. Bakhul podría aún estar
viva, pero nadie se animaba a buscarla, no todavía. Las familias temblaban y esperaban en sus
casas lo que podría sobrevenir. Los rayos pueden caer en un mismo lugar sólo una vez, pero los
tigres pueden atacar repetidamente. Esta hembra había ya matado más de 200 personas en
Nepal, antes de que guardias armados la persiguieran hasta cruzar la frontera. Una vez en
India, había matado otras 237. Ahora era en este pueblo que habría de hacer su tarea. Dada su
historia, ella sin dudas iba a devorar alguien más. Si no fuera Bakhul, ¿entonces quién?
En esta historia uno desearía gritarle a la familia de Bakhul que vaya a buscarla. “¡Búsquenla,
sean valientes!” Nadie habría escuchado. El pueblo estaba inmovilizado por el terror. Las
puertas todas cerradas. Los niños orinaban en latas y arrojaban el contenido por las ventanas.
Los adultos también buscaban sus propios recipientes, o se ponían en cuclillas junto a la puerta
de entrada. Esta sociedad se había volteado hacia su interior, rancia de miedo y excrementos.
Nadie quería dejar sus casas, por más que el alimento comenzara a escasear y los cultivos se
pudriesen en sus tallos. Incluso los babuinos, más fuertes, veloces y de mejores defensas que
los humanos, se mantienen cerca de su grupo cuando se acercan los predadores. Se sientan
espalda contra espalda en estado de alerta y se cuidan entre ellos, tocando con suavidad las
cabezas y espaldas de los otros, igual que lo que pasaba en esta aldea, con la gente cuidándose
con similares dosis de ternura y alarma.
Cuando los aldeanos esperaban, tenían tiempo de recordar otras historias que habían
escuchado sobre este tigre, y cuando esas historias se agotaban, sobre otros tigres. En otro
pueblo, la aldea de Champawat, un grupo de hombres estaba caminando por un sendero
cercano a la aldea cuando escucharon gritos. Luego vieron a un tigre venir en su dirección, y en
sus fauces una mujer desnuda, su largo cabello arrastrándose mientras pedía ayuda a los
gritos. En esa historia también los hombres estaban demasiado aterrorizados como para
actuar, por lo que el tigre, cargando a la mujer, continuó su camino. Había docenas de estas
historias. La mayoría terminaban fatalmente, pero de vez en cuando la persona se salvaba, y
entonces se esperanzaban por Bakhul. Tenían esperanzas de que ella se arrastrara de regreso
al pueblo, ya que estaban todos demasiado aterrorizados como para actuar.
La historia de Bakhul ha perdurado en los escritos de Jim Corbett, el gran cazador de animales
devoradores de hombres. Fue Corbett quien eventualmente trató de encontrar a Bakhul y
matar al tigre. La más larga historia de los humanos y predadores, sin embargo, está inserta en
nuestros cuerpos, en nuestros genes y sus productos, particularmente en una red de antiguas
células cerebrales denominada amígdala. Ésta está conectada con las partes más antiguas y
modernas del cerebro. Al igual que el sistema suprarrenal, queda a mitad de camino entre
nuestro pasado profundo y el presente. Desde allí nos urge a actuar o a contemplar,
dependiendo de las circunstancias. Si sintieras algún afán con respecto a Bakhul, alguna
moderada inquietud por la resolución de su historia, un interés que quizás envíe uno o dos
escalofríos a tus brazos, es a causa de tu amígdala y sus señales. Pero más en general, es
porque desciendes de una larga línea de individuos que escapaban de ser comidos, al menos lo
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suficiente como para reproducirse; un linaje que no se remonta sólo a tus abuelos, sino a
lagartos e incluso aún más lejos. Tu corazón late más fuerte cuando estás con miedo (o
enojado, un asunto al que volveremos más adelante) a causa de las palancas y poleas de tus
glándulas suprarrenales y las señales enviadas desde tu amígdala al tronco encefálico, que
allanan la raíz más primitiva de nuestras acciones y deseos. Este sistema, a veces llamado
módulo del miedo, evolucionó principalmente para auxiliarnos a lidiar con los predadores,
tanto por medio de la huida o, menos frecuentemente, al menos históricamente, a través de la
lucha, pero es un sistema melindroso que puede despertarse ante la mera idea de una
amenaza. El miedo, o al menos el impulso que lo precede, puede incluso ser nuestra reacción
predeterminada a los entornos. Algunos elementos de las amígdalas parecen enviar
constantemente señales a nuestros cuerpos de que tenemos miedo. La mayor parte del
tiempo otras partes de la amígdala suprimen esas señales. Pero cuando vemos, oímos o
experimentamos algo que dispara el miedo, la supresión desaparece y el miedo viaja a través
de nosotros, instantáneamente, como una bomba en nuestro cerebro.
Nuestros módulos de miedo han sido formados por miles de generaciones de muertes y
escapes, desde los primeros momentos en el que un animal persiguió a otro. Ahora nos
tomamos revancha con estos predadores, pero durante la mayor parte de nuestra larga
historia de interacción con ellos no tuvimos armas de fuego. Ni siquiera teníamos recursos
para levantar y empuñar palos. Gritábamos (el mismo grito es un elemento casi innato del
módulo del miedo) y corríamos. Si no lo hacíamos, era sólo una cuestión de tiempo el terminar
“uno por uno en el espacioso estómago del archienemigo, que nunca perdía la oportunidad de
reducir nuestro número y así cumplir su misión en la vida.”
Cuando se nos pide en fogones y mesas de póker construir historias de nuestra identidad,
tendemos a posicionarnos como predadores, poderosos y en control. En los libros de cuentos,
Caperucita Roja se salva en el último instante. Eso puede ser lo que somos ahora -Johnny al
rescate con su gran y dañina escopeta. Pero la verdad es que durante la mayor parte de
nuestra historia no fuimos capaces de salvar la niña en la madriguera del lobo. Pudimos haber
tratado, pero fallamos la mayoría de las veces, al menos en los primeros cientos de millones de
años. Por el tiempo en que Bakhul fue atacada, tales ataques eran menos comunes, y sin
embargo aún ocurrían (y ocurren). El tigre que encontró a Bakhul resultaría ser un “devorador
de hombres”, un ejemplar que, por causa de lesión o de edad, se había vuelto incapaz de
atacar a su presa habitual, que podría responder al ataque. Por la mayor parte de la historia
humana, sin embargo, nuestros ancestros habrían sido devorados simplemente como una
entre una variedad de posibles presas. En la medida en que nos volvimos más comunes,
pudimos en realidad habernos vuelto preferidos. Cuantos más éramos, más fácil era
encontrarnos.
Los predadores no evitaban a nuestros ancestros, hasta que ellos tuvieron armas. Incluso así,
el concepto completo de devoradores de hombres sugiere nuestra debilidad ancestral en vez
de nuestra fortaleza. Lesionados y viejos “devoradores de hombres” comen humanos porque
somos los más fáciles de atrapar y matar. No tenemos cuernos, dientes filosos ni pelo que
impida la digestión. Estamos prácticamente tan preparados para el consumo como un pancho.
Los “devoradores de hombres de Tsavo” habrían matado docenas de personas en Kenia, lo
suficiente como para impedir la construcción de la vía férrea desde las costas del Lago Victoria
al puerto de Mombasa a fines del siglo XIX. Los dos leones macho fueron abatidos
eventualmente y enviados a Londres, donde fueron ignorados en un museo durante cien años.
Sin embargo, un estudio de los huesos y fauces de estos leones muestra que estaban
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enfermos, en un caso deforme y careciendo de un número de dientes. En otras palabras, si
eres un predador viejo incapaz de atrapar otra cosa, tu mejor elección es un humano. Estamos
entre los únicos animales, aparte de un ñu sin una pata o nuestras ingenuas vacas, tan
indefensos que incluso un animal con una pata quebrada o faltándole dientes puede
atraparnos. Hoy en día, esos animales que nos atacan tienden a ser abatidos (como
eventualmente lo fueron los Devoradores de Hombres de Tsavo), pero por la mayor parte de
nuestra historia operaron con impunidad. Nuestros ancestros apenas podían ver en la
oscuridad, por lo que cuando escuchaban un sonido en una cueva se agachaban, aguzaban los
oídos y esperaban que en el caso que fuera un tigre, un oso u otro gran carnívoro se comiera a
otro primero. Imaginemos orinar en los bosques a la noche, con un cielo estrellado y los
sonidos de leones, o tigres y otros animales en los pastizales adyacentes. Fue quizás con tales
pensamientos que los bosquimanos San produjeron pinturas rupestres de leones
desmembrando humanos. Esas escenas han atormentado nuestros sueños por mucho tiempo.
En la agitada historia de humanos y grandes predadores fuimos sin dudas por mucho tiempo la
presa, lo que abrió las puertas a los módulos de miedo en nuestros cerebros, módulos que se
desarrollaron muchos millones de años atrás, persistiendo e incluso volviéndose más
elaborados en la medida en que evolucionamos. Para encontrar un predador en nuestros
antepasados podríamos tener que retrotraernos a tiempos cuando teníamos cuatro patas, una
cola de lagarto y escamas. Incluso por entonces, éramos probablemente tan candidatos para
comer como para ser comidos. Hemos estado gritando el equivalente bárbaro, animal de “oh
no, no me comas” por 300 millones de años. Cuatro clases de dato nos indican que éramos
comidos hasta muy recientemente. Primero, una gran cantidad de hechos de depredación
sobre humanos ha sido registrada. En la India colonial los tigres pueden haber devorado más
de 15.000 humanos por año. Al menos 563 personas fueron matadas por leones entre 1990 y
2004 sólo en Tanzania. Y no se limita esto a tigres y leones. Los pumas comen gente. Las
águilas gigantes comen (o al menos comían) niños. Los osos de algunas pocas variedades
comen gente. Leones, leopardos, caimanes, cocodrilos, tiburones e incluso también serpientes
comen gente, especialmente niños. Incluso los lobos cazan uno o dos corredores. Y todo esto
es sólo para los años recientes, cuando los predadores son más raros y mucho menos diversos
de lo que eran durante la mayor parte de nuestro pasado evolutivo.
Segundo, el registro fósil está repleto de indicios óseos de nuestras con frecuencia
horripilantes muertes. Un individuo de Australopithecus africanus fue descubierto con marcas
de la garra de un águila en su cabeza. Fue descubierto en una pila de otros huesos, debajo del
nido de un águila. En un estudio de las dietas del leopardo en el Pleistoceno, los A. africanus
fueron la presa más común en un sitio, lo que sugiere que los leopardos estaban
especializándose en nuestros ancestros. En un segundo sitio, otra pila de huesos revela
resultados similares. En ambos sitios los huesos no encontrados por los científicos son los de la
cabeza, que los leopardos no comen, y luego, en una pila, las piezas regurgitadas del resto del
cuerpo. Uno imagina a nuestros ancestros viviendo juntos en pequeños grupos que eran,
noche a noche, víctimas no sólo de los leopardos sino también de otros predadores que se
movían en la oscuridad, invisibles para nuestros toscos sentidos, como leones, hienas y perros
salvajes, sus más robustos parientes, ahora extintos. Tampoco son estas cuevas sudafricanas
una excepción. Entre los fósiles más antiguos de homínidos, muchos provienen de huesos que
parecen haber sido quebrados por carnívoros. Vemos nuestra propia historia, nuestra historia
como mamíferos, más claramente a través de las fauces de grandes perros y gatos.
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Pero la evidencia más detallada del papel de los predadores en la formación de nuestra
identidad proviene de otros primates. Por la mayor parte de nuestra historia primate,
habríamos sido del tamaño de un mono capuchino, y por lo tanto sufrimos muchas veces un
destino como el suyo. Varias especies de águilas del Nuevo Mundo, como por ejemplo la arpía,
prefieren comer monos. Los leopardos caminan sigilosamente por los árboles y atrapan
monos. Un reciente estudio en Costa de Marfil siguió a dos leopardos, descubriendo que si
bien los dos ejemplares tenían diferentes preferencias alimenticias (el pangolín de un gato es
la rata gigante de otro), casi la mitad de la dieta de los dos estaba compuesta por primates,
incluyendo grandes monos e incluso chimpancés. De hecho, en los pocos lugares donde los
primates han sido estudiados por muchos años, y donde los grandes predadores son todavía
relativamente comunes (si bien no tan comunes como pudieron haber sido alguna vez),
mueren más individuos en las fauces de predadores o por mordeduras de serpiente que por
otras causas. Los babuinos han sido particularmente bien estudiados (y comidos), y en esos
estudios se encuentra evidencia de depredación por parte de águilas, hienas, perros salvajes,
leones, leopardos, chacales, guepardos e incluso chimpancés.
Donde son comunes los predadores, quizás tres de cada cien monos mueren devorados cada
año, y ése fue probablemente nuestro destino en la mayor parte de nuestra historia. En un año
el cáncer mata sólo uno de cada mil estadounidenses, lo que significa que, en caso de que los
primeros humanos fueran como los primates modernos, la muerte por depredación habría
sido treinta veces más probable en cualquier momento que la muerte por cáncer hoy. Más
aún, el cáncer tiende a matarnos después de que nos reprodujimos, mientras que los
predadores no conocían tal grado de indulgencia. Más allá de cuándo los humanos escaparon
de la depredación mediante la fabricación de mejores herramientas o siendo más inteligentes,
comenzamos como los otros primates, comidos frecuente y casi inevitablemente. Como
éramos diferentes, parece posible que fuéramos también más comestibles. Éramos
potencialmente más fáciles de perseguir que otros primates, pues nuestras huellas son más
profundas; además, al menos según un antropólogo, tenemos cuerpos más olorosos. Esas
pocas especies primates, como los cercopitecos verdes, que tienen gritos con significados
específicos, casi inevitablemente tienen unos relacionados con la amenaza de la depredación.
Los cercopitecos verdes tienen tres palabras, “leopardo”, “águila” y “serpiente”, que
estuvieron seguramente entre nuestras primeras palabras, los nombres más importantes. Uno
sospecha que luego venía el verbo “correr”.
Los humanos, como otros primates, fueron presas por mucho tiempo, una situación que dio
forma a la manera en que Bakhul y sus amigos respondieron, pero también a cómo ellos vivían
y, en este sentido, cómo respondemos y vivimos. Cuando los predadores andan cerca, ir al
baño y dormir están entre los caminos más sencillos para morir (en particular porque muchos
primates, no solamente los humanos, parecen roncar). Algunas de nuestras respuestas ante
tales amenazas se relacionan con especificidades de nuestras conductas, como el modo en que
nosotros (como primates) dormimos y construimos nuestras casas. Monos y simios construyen
nidos en las partes altas de los árboles y duermen juntos, para que al menos un individuo
siempre esté despierto y pueda alertar a los otros acerca de una amenaza. Los chimpancés
construyen nidos, en general a más de tres metros de altura, que quizás no sea coincidencia
que sea la altura alcanzada por el salto de los leopardos. La única excepción, además de
nosotros, es la de los gorilas, que cuando se mudaron a la superficie se volvieron grandes y
fuertes, tal vez como defensa contra los predadores. Si no puedes trepar, más vale que seas lo
suficientemente grande para lidiar con un leopardo persiguiéndote.
77
Cuando nos mudamos nosotros al nivel de la superficie no éramos lo suficientemente grandes.
Como consecuencia de ello nos convertimos en algo todavía más fácil de comer, más de lo que
ya habíamos sido antes. Pudimos haber compensado esto mudándonos a cavernas (como lo
hacen los babuinos hoy) y luego, eventualmente, construyendo casas de las que pudiesen ser
excluidos los predadores, casas que tendimos a colocar en círculos, como las carretas, cuando
los predadores andaban cerca, con las puertas de entrada orientadas hacia el interior. Las
puertas eran pequeñas y defendibles, y casi siempre vivimos en grupos relativamente
considerables de diez o más, incluso cuando esos grupos nos exigían caminar largas distancias
para encontrar alimento. Los pigmeos Mbuti construyeron alguna vez cabañas reforzadas
como una jaula, aunque era para mantener a los animales fuera. En el pueblo de Bakhul, las
casas estaban agrupadas, como pueden estar en el tuyo. La subdivisión cerrada y sus callejones
sin salida es una versión moderna de nuestras primeras aldeas, en las que nuestras puertas
principales se enfrentaban una con otra y todos mantenían la atención sobre lo que pudiese
ocultarse en nuestras sombras colectivas, por más que un diseño tal sea ineficiente y, por un
número de razones, más peligroso en realidad que una cuadrícula de calles. Nos sentimos más
seguros de este modo porque una vez lo estuvimos. Y es así que cerramos con llave nuestras
puertas cada noche y que, en la aldea de Bakhul, cruzaban un tablón sobre ellas.
Los predadores también influyen, incluso hoy en día, cuando hacemos lo que hacemos.
Humanos y otros primates hacen muy poco de noche. Dormimos en grupo, pero por otra parte
estamos inactivos, por buenas razones. Nuestros sentidos son torpes para las realidades y
peligros de la noche. Una de las pocas cosas que hacemos a la noche es parir. En esos pocos
lugares donde el nacimiento no es inducido, como la aldea de Bakhul, la mayoría de los bebés
nacen en las horas de oscuridad entre el atardecer y el amanecer. Un reciente estudio de
chimpancés en zoológicos descubrió que aproximadamente nueve de diez nacieron a
medianoche, no mucho más allá de las 0:00. Si tienes más de cincuenta años, probablemente
naciste también alrededor de las 2:00 am. El nacer en medio de la noche, cuando tus parientes
están reunidos durmiendo y, si hubiera la necesidad, defendiendo, puede disminuir las
chances de que la madre y el bebé sean devorados durante el parto.
Mi esposa y yo una vez encontramos un mono colobo blanco y negro en la cavidad de un árbol.
En sus brazos estaba un bebé recién nacido, blanco pálido. Lucía frágil e indefenso, como
nuestros hijos recién nacidos lo eran. No puedo imaginar lo que sería tratar de huir de un
predador apenas después de que mi esposa diera a luz. Sospecho que todo lo que hubiéramos
sido capaces de organizar habría sido algo parecido a lo que dijimos a las enfermeras: “sólo
denos un tiempo”. Recién nacidos y madres primerizas (y al menos este padre primerizo)
necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Quizás sea revelador que el único mono que se
sabe que da a luz durante el día es el mono patas. Los individuos patas están juntos durante el
día, pero separados en la noche. Estos patrones de parto pueden o no estar vinculados a la
depredación. Hasta ahora no se han sugerido otras posibilidades.
Los efectos de los predadores sobre cuándo damos a luz y cómo construimos nuestras casas
son aún un poco especulativos. Pero también hay consecuencias menos ambiguas del haber
sido comidos durante la mayor parte de nuestras generaciones; por ejemplo, nuestros mismos
módulos de miedo, formados con elementos de hormonas, sangre, glándulas suprarrenales y
cerebro. Cuando el tigre tiró del pie de Bakhul, una serie predecible de cosas sucedieron en su
cuerpo y, importante, en los cuerpos de sus amigas, que estaban viendo de cerca. Las células
en sus glándulas suprarrenales habrían liberado ráfagas de adrenalina de “paquetes”
especializados. La adrenalina habría disparado una cadena de otros químicos que habrían
78
causado que sus pequeños corazones latieran más rápido y con más fuerza. El flujo sanguíneo
se habría incrementado y los pulmones expandido, permitiendo más oxígeno en la sangre.
Todo eso habría desencadenado una descarga de energía y conciencia super potentes, y en
segundo lugar una sensación de miedo, una sensación cuyo fin es disparar una respuesta
posterior, más reflexiva. Para Bakhul nada de esto fue suficiente para mantenerla fuera de las
fauces del tigre. Podría haberla salvado de la muerte, aunque las posibilidades eran bajas. Una
vez que los tigres atrapan a su presa, difícilmente fallen en matarla. Las amigas de Bakhul, por
otro lado, escaparon debido en gran medida a la respuesta de sus sistemas suprarrenales, que
evolucionaron específicamente para ayudarnos a escapar de predadores o, más raramente,
para hacerles frente.
En primates salvajes, cuando se dispara la respuesta del miedo, se deja oír con frecuencia una
alarma, ya sea algo específico como la versión cercopiteco verde de “leopardo” o un grito más
general. Luego los monos suelen huir, lo que es probablemente la respuesta más común. Más
raramente, cuando el predador parece débil o no queda otra posibilidad, los primates
formarán una turba y atacarán (aunque usualmente a distancia segura -mejor no tentar
demasiado la suerte o los leopardos). A veces esas turbas son exitosas, espantando al
predador o incluso matándolo. Otras veces no. Cuando está la opción, el mejor camino sigue
siendo huir, como hicieron las amigas de Bakhul.
Los primates como nosotros no son los únicos, por supuesto, en tener sistemas suprarrenales y
comportamientos defensivos asociados. Nuestro sistema suprarrenal evolucionó hace cientos
de millones de años. Su funcionamiento básico ha permanecido inalterable a través de las
generaciones, perfeccionado, pero no reemplazado. Casi todos los vertebrados responden
ante las amenazas con la misma reacción corporal que nosotros experimentamos. Lo que
difiere de un animal a otro es cómo se orquesta la respuesta y cómo se ajusta. En reptiles no
hay amígdala, por lo que el miedo fluye directamente desde la percepción a la percepción
troncal del cerebro, y de allí a la acción apenas modulada. En mamíferos la amígdala asume la
orquestación. Da señales al tronco cerebral. Notifica al cerebro consciente con una señal que
nosotros experimentamos como miedo. Entre los mamíferos, los nerviosos movimientos de las
amígdalas de las diferentes especies difieren en su sintonía. La respuesta de huida de una vaca
está relativamente apagada ante provocaciones externas (aunque puede ser desencadenada
con suficientes estímulos, como parece ser frecuente en las grandes granjas industrializadas).
Esta es una de las razones por las que vacas y muchos otros animales domésticos, como ovejas
e incluso salmones genéticamente modificados, son tan vulnerables ante los predadores.
Vacas y ovejas no sólo son dóciles. Están en realidad insensibilizadas a los peligros que una vez
las acecharon, demasiado sumisas para huir incluso cuando se acerca el lobo o el matarife.
Gran parte del reajuste del sistema suprarrenal de especie a especie, o de un individuo
humano a otro, ocurre por medio de cambios en la abundancia de una sola proteína. En
promedio, los humanos tienen una gran cantidad de ella, como así también casi todas las
especies más numerosas y mejor defendidas. Las vacas pueden haber tenido alguna vez una
gran cantidad también, pero nosotros se la eliminamos, como lo hicimos con muchos otros
animales domésticos. Tales cambios, si bien evitables (los caballos son todavía muy tensos),
pueden ocurrir muy rápidamente. En un experimento ruso que comenzó en los años 1960s
para domesticar zorros, se produjeron animales amigables con los humanos en sólo tres
generaciones de selección. Luego de treinta y cinco generaciones, los zorros no solamente
eran amigables sino también sumisos. Movían sus colas y lamían los dedos de sus
domesticadores. Estas crías tenían una reducida respuesta de miedo con respecto a sus
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ancestros, y niveles más bajos de hormonas asociadas con el miedo. Los datos sugieren que
cambios similares tuvieron lugar en lobos cuando realizaron la transición de caza solitaria a
caza en grupo (en la que movimientos nerviosos y ráfagas de adrenalina y agresión podrían
haber sido contraproducentes para los esfuerzos del equipo), con animales sociales como los
lobos siendo dóciles unos con otros, un poco como las vacas son dóciles con los humanos.
Se puede argumentar que sería útil para la sociedad si los humanos desarrollaran una
respuesta de lucha o escape menos temperamental. Sin embargo, en general parece que
hemos mantenido nuestra alta reactividad. Si algo cambió en los años más recientes de
evolución humana es que es menos probable que huyamos y más probable que, con nuestras
nuevas herramientas y mayores cerebros, nos plantemos y luchemos. Incluso comenzaríamos
a buscar pelea, como es el caso de Jim Corbett, el cazador que fue convocado a la aldea para
encontrar a Bakhul, al tigre que la atacó y quizás mató, y rescatar a los aldeanos de su antiguo
y abrumador miedo. Corbett encontraría su presa (aunque matarla fuese algo totalmente
diferente), y como especie nosotros encontraríamos grandes animales en todas partes, los
perseguiríamos, los heriríamos, los agotaríamos y los comeríamos, uno por uno.
En el caso de Bakhul, los aldeanos habrían de contraatacar, pero sólo cuando arribó Jim
Corbett al pueblo. Corbett era un hombre joven, realmente un muchacho, pero llegó a la aldea
para matar un tigre. Quería devolverle la paz a la aldea. Con el tiempo, Corbett se convertiría
en el mayor cazador de felinos devoradores de hombres, pero no todavía. En este momento
de su vida poseía la sabiduría de un hombre joven combinada con la bravura de un rifle. Con
esta arma en sus manos él convertía su miedo en rabia, la huida en lucha. Quería perseguir al
tigre y, una vez en el pueblo, no le tomaría mucho tiempo encontrar las huellas. En el sitio
cercano a los nogales encontró sangre y las cuentas del collar de Bakhul, y comenzó a seguir el
rastro fresco. No había caminado mucho, con el miedo y luego también la rabia surgiendo en
su garganta, cuando halló una de las piernas de la muchacha a orillas del río, en un charco de
sangre. Bakhul definitivamente estaba muerta.
Corbett se hincó ante la pierna, delicadamente. Cuando estaba allí hincado y afligido, comenzó
a sentir que había cometido un error. La sensación era muy específica. El vello de sus brazos se
erizó. Su piel hormigueaba. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y tenía un abrumador afán de
correr. Cada una de estas reacciones era innata e inconsciente, disparada por el sonido de la
tierra cayendo de la colina frente a él. Era el tigre, mirando hacia abajo, sus pesadas patas
resquebrajando el suelo flojo de la colina. El cuerpo de Corbett liberó adrenalina que inundó su
sangre, y él comenzó a sentirse, a falta de una palabra más perfecta, explosivo. Su corazón
saltó en su tórax, como tratando de escapar de allí. Alguna parte de su cuerpo estaba segura
de que, como Bakhul, iba a morir, y esa parte le urgía, le imploraba, correr.
El tigre se alejó de Corbett y prosiguió subiendo la colina. Luchando para controlar las
exhortaciones de su cuerpo, Corbett empuñó mejor su arma. Fue detrás del tigre, súbitamente
consciente de miles de sonidos. Podía oír las hojas moviéndose con el viento, el movimiento de
los insectos y luego, cuando se acercó, el lento gruñido de la tigresa. Estaba alerta con la
adrenalina. Corbett siguió el sendero de las pisadas y un latido que podría haber sido el de su
corazón, o quizás incluso el de ella. Continuó así toda la tarde, hasta que su mente se agobió
con las hormonas y sangre acumuladas. No podía vislumbrar dónde estaba con respecto a la
aldea o a la tigresa, por lo que entró en pánico. Corrió sobre rocas, a través de espinas de
zarzamora y helechos gigantes, hasta que el cielo se puso azul oscuro, y luego negro. No tenía
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luz, y así, aunque la tigresa sin dudas podía verlo, él no podía verla. Se encontraba en una
grieta estrecha, cerrada en uno de sus extremos. Tenía un rifle, pero en ese momento estaba
tan desnudo y vulnerable como todo humano lo ha sido. Podía oírla ahora, nuevamente.
Retrocedió lentamente, alejándose del bosque, volviendo sobre sus pasos y escuchando a la
tigresa que ya no podía oír por sobre su respiración, a la tigresa que estaba seguro iba a
perseguirlo.
De algún modo, Corbett estuvo a salvo y regresó a la aldea. Allí se recuperó. Al día siguiente
trataría de hacer algo nuevo, diferente. Mientras tanto, sobre el barranco, entre plantas
trepadoras, espinas y colinas, el tigre rugía.
Nadie sabe cuándo los humanos comenzaron a cazar regularmente. Por supuesto, cazamos por
mucho tiempo insectos, caracoles y el ocasional roedor en una madriguera. ¿Pero una presa
de mayor tamaño? La respuesta se encuentra mezclada entre las desordenadas pilas de
huesos de ungulados y humanos excavadas en África, Europa y Asia, sobre las que esta
cuestión es debatida acaloradamente por los antropólogos. Portan lapiceras y lápices en
manos que alguna vez sostuvieron lanzas. Las blanden y refunfuñan, pero el consenso parece
lejano. Lo que podemos decir es que antes de inventar herramientas la caza habría sido
probablemente rara y torpe.
Incluso una vez que tuvimos herramientas, no habrían sido de gran ayuda al comienzo. Por los
primeros 500.000 años de nuestra historia humana, no tuvimos más que piedras lo
suficientemente afiladas como para extraer el tuétano de huesos recogidos. Con estas
primeras herramientas éramos como las hienas, aunque menos peligrosos y mucho menos
efectivos. Eventualmente, las herramientas líticas tempranas se combinaron con palos para
producir lanzas. Las lanzas se combinaron con la carrera y los gritos aquí y allá para perseguir,
en primer lugar, animales herbívoros más pequeños. Esto parece haber ocurrido por el tiempo
en que los lobos también comenzaron a volverse más sociales. Habríamos cazado junto a los
lobos durante el día, mientras que a la noche nos habríamos ocultado de ellos. La transición
fue lenta, pero progresiva. En al menos dos sitios bien documentados los arqueólogos han
mostrado que los humanos pasaron de comer presas lentas para moverse y reproducirse,
como tortugas y lapas, a rápidas en movimiento y reproducción, como conejos y
eventualmente pájaros. Cuando las tortugas y lapas escasearon y los conejos fueron
ahuyentados, la caza de venados y otros herbívoros más grandes cobró una mayor
importancia. En algunos lugares, como las regiones frías donde poco alimento vegetal estaba
disponible durante el invierno, puede incluso haberse vuelto necesaria.
Los cambios hacia la caza provocaron que nuestros cuerpos cambien. Mira tu mano. Cuando
comenzamos a asir palos y piedras, los huesos de nuestras manos evolucionaron literalmente
para ser más capaces de manejar tales armas. Las maneras en que agarras un bate o una
pelota de béisbol son vestigios del modo en que tus ancestros agarraron una vez palos y
piedras, respectivamente. El Homo erectus o el Ardipithecus ramidus habrían sido muy malos
en béisbol, como también nuestros ancestros más lejanos. La única manera en que los
individuos con mejores habilidades para asir hubieran sido favorecidos es si el sostener un palo
o una pelota hubieran incrementado sus chances de supervivencia o apareamiento. En otras
palabras, las herramientas y su uso fueron eventualmente necesarias para sobrevivir. Nuestras
piernas se alargaron y nuestros pulmones crecieron relativamente. Nos volvimos buenos en
carrera de larga distancia. Todas estas cosas cambiaron de forma conjunta. Todavía éramos
débiles y carnosos. Aún estábamos entre los vertebrados más comestibles, pero podíamos
trabajar en conjunto con el uso de palos y gritos.
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Jim Corbett, en el contexto de esta larga historia, tuvo una idea. Usaría a los aldeanos para
perseguir a la tigresa desde las amplias partes altas del valle a la única abertura de su extremo
más estrecho, donde él podía dispararle. Al hacerlo, Corbett estaría emulando a miles de
cazadores del pasado que, como los lobos o perros salvajes africanos, se habían gritado entre
ellos, incluso pasado señas, mientras perseguían a sus presas. Apenas unos pocos años antes,
los arqueólogos habían documentado un lugar donde los nativos americanos habían
perseguido una manada de búfalos por una quebrada hasta que cayeron de un acantilado,
donde luego los carnearon. Esa noche él repasó el plan en su mente, como si estuviera
esbozando una pintura rupestre. En la imagen estaba el tigre, cientos de aldeanos con sus
brazos en alto y un hombre debajo, con un rifle. En este esbozo el tigre, como los predadores
de cientos de pinturas rupestres, parecía aún con buenas chances.
Cuando los aldeanos fueron a auxiliar a Corbett a perseguir el tigre tenían cuerpos como
aquéllos que habían perseguido animales por mucho tiempo. El plan de Corbett era que ellos
juntaran lo que pudieran -piedras, latas y palos- y se ubicaran en la parte más alta del
desfiladero. Cuando Corbett y el jefe de la aldea enviaran la señal desde la parte baja, todos
comenzarían a batir sus instrumentos, para así sacar al animal del bosque y enviarlo hacia
abajo, hacia el rifle de Corbett. Al realizar este plan, ellos estaban recreando la imperfecta
transición humana de ser cazado a ser cazador.
Los aldeanos estaban en posición. Hasta ahí, todo se había hecho de acuerdo con el plan, pero
cuando Corbett y el jefe caminaron, éste comenzó a cansarse. Era viejo. Le pidió a Corbett que
le dejara descansar, y entonces, antes de que Corbett tuviera la posibilidad de responder, se
detuvo. Nada podía ser más inocente y natural que su deseo de sentarse, excepto que el
hundimiento de su cuerpo en un tronco, como el descenso de una bandera, fue interpretado
por los aldeanos como la señal para comenzar a hacer ruido. Lo hicieron con furor y rabia, con
toda la energía que habían reprimido en su duelo. Gemían sobre sus tambores improvisados.
Seguramente la tigresa huiría de su valentía directamente hacia el lugar donde Jim Corbett y el
jefe iban a dispararle.
Corbett y el jefe no estaban preparados todavía. Aún estaban en la parte alta de la colina y
tuvieron que comenzar a correr hacia abajo para adelantarse a una tigresa corriendo por la
maleza. Si Corbett y el jefe no llegaran al cuello del valle, la tigresa escaparía y mataría
nuevamente. Corrieron, pero eran demasiado lentos, al menos con respecto a un tigre.
Entonces sucedió. La tigresa surgió del bosque cuando Corbett estaba a 300 yardas de
distancia. El jefe se hallaba incluso más lejos. Corbett evaluó la situación y se detuvo. El jefe
consideró la situación y actuó con toda la furia de la aldea entera. Disparó y erró. Y así fue
como la tigresa corrió en dirección a los aldeanos.
Parecía haber sólo un resultado posible. La tigresa atravesaría la línea de aldeanos, matando
uno o más en el camino, y luego correría de regreso a los bosques, donde podría ocultarse por
días o años. Pero ningún aldeano sabía lo que había ocurrido. Habiendo oído el rifle del jefe,
pensaron que la tigresa había muerto. Estaban celebrando. Nadie miraba colina abajo cuando
la tigresa comenzó a correr. Ellos eran como corderos. Entonces el azar intervino.
La tigresa oyó a los aldeanos celebrando prematuramente y huyó del ruido, regresando hacia
Corbett y el jefe, quienes ahora estaban listos. Corbett disparó y alcanzó a la tigresa en el
hombro. La tigresa pareció no resultar afectada. Se dirigió hacia Corbett, sus ancas elevadas y
sus hombros bajos, del modo en que un gato doméstico se posicionaría antes de atacar una
musaraña. Corbett era la musaraña. También estaba él sin balas y gritó al jefe para que le
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traiga su rifle. La tigresa estaba lista para el ataque. Lo que sucedió después fue tan rápido que
todas las adaptaciones se equivocan en algunos detalles. De algún modo, Corbett tomó el rifle
del jefe y gatilló.
Después que Corbett mató la tigresa, los aldeanos habrían de tomarse un tiempo para un
funeral y enviar el cuerpo de Bakhul río abajo, para que su historia llegara al Ganges y se
mezclara allí con las historias de otras mujeres en otras aldeas de India y a través del tiempo,
que también habían sido devoradas. Los tigres matarían más gente en los siguientes años, pero
cada vez menos. En el último siglo hemos escapado de la carga de ser presa, que duró muchos
millones de años. Los cientos de miles de tigres que cubrieron alguna vez la India se volvieron
miles, y luego cientos. Pueden vivir ahora más tigres cautivos en Texas que tigres salvajes en
toda Asia. Lo mismo es cierto, o casi cierto, para otros predadores -cheetahs, leopardos,
leones, pumas, jaguares, incluso lobos y osos. El proceso que comenzó miles de años atrás,
cuando cazamos por primera vez en grupo como lobos, ha prácticamente alcanzado su final.
Los grandes predadores matan gente todavía, unas docenas al año, pero son muy pocos y
mayormente en los bordes de las tierras silvestres, donde nos adentramos para orinar en el
bosque y recrear nuestros impulsos primitivos, mientras ellos, a su vez, recrean los suyos.
Sin embargo, los efectos del pasado persisten en cada una de nuestras vidas y en gran parte de
nuestra enfermedad mental, descontento y quizás incluso elecciones de dónde y cómo vivir.
Porque si bien matamos la mayoría de los tigres, de los lobos, de los osos, cheetahs y leones
(aunque no las águilas gigantes devoradoras de primates, ni las serpientes venenosas
mortales), las respuestas de nuestros cuerpos a esos predadores permanecen -moldeadas por
los efectos de haber tenido que huir corriendo por tanto tiempo.
Aún tenemos glándulas suprarrenales y la amígdala en nuestros cerebros que traduce lo que
percibimos a la respuesta de nuestro cuerpo. Todavía tenemos estas estructuras, por más que
esencialmente no tengamos ahora posibilidades de ser comidos o incluso perseguidos por un
predador. Nuestro miedo (y su compañera la furia), moldeado por estas partes de nuestro
cuerpo, nos llevó a matar la mayor parte de los animales que provocaban ese miedo. ¿Pero
qué entonces les queda a los sistemas de campanas, silbatos y vasos sanguíneos en nuestros
cuerpos, que evolucionaron para producir miedo?
Un espacio en el que podemos ver cómo funciona el miedo es nuestra demanda de películas y
libros de terror. Pensar en vampiros, Freddy Krueger y terribles asesinatos en programas
televisivos sobre crimen, los que nos aterrorizan, dispara los mismos químicos en nuestros
cuerpos que una vez estimularon los tigres en las proximidades de nuestras aldeas. Hemos
llegado a comprar los estímulos que disparan nuestra reacción de miedo como para recordar
lo que ésta puede hacer, como para tener presente el modo en que nuestra sangre puede
bombear cuando huimos.
Pero la otra realidad de nuestro contexto moderno es que el mismo sistema que una vez
produjo miedo en nosotros entra en cortocircuito en un mundo en el que muchos de nuestros
estímulos no provienen de amenazas directas a nuestro cuerpo, sino de amenazas lejanas.
Escuchamos las noticias y nos enteramos de cada uno de los asesinatos. Pensamos en nuestros
presupuestos y tememos las consecuencias. Estos miedos difusos provocan las mismas
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respuestas que una vez provocaron los tigres, pero lo hacen crónicamente, un poquito cada
día. En vez de producir una resolución, este miedo produce ansiedad y estrés. Uno de cada tres
adultos sufrirá en algún momento de desórdenes de ansiedad provocados por un miedo fuera
de lugar. Si se prolongan, esos miedos fuera de lugar pueden conducir incluso a depresión y
otras enfermedades relacionadas con el estrés, y a vidas más cortas. Nuestros miedos crónicos
y fuera de lugar crean estrés y angustia crónicos, y hacen que tengamos más probabilidades de
morir. Podemos despertarnos en medio de la noche listos para huir de nuestros cheques sin
fondo con tanta frecuencia como nos guste y nunca escaparemos. Nuestra rabia, a su vez,
conduce a todo, desde violencia doméstica a guerra. Hemos respondido a este estrés y rabia
crónicas mediante el consumo de drogas y la compra de productos que estimulan estas partes
antiguas de nuestros cerebros.
Algunas personas son más susceptibles que otras a las modernas consecuencias de tigres,
leopardos y nuestro miedo residual. Parte de la diferencia de una persona a otra es genética;
otra parte se relaciona, complejamente, con las experiencias, tanto en la niñez como después.
Quizás tengas la fortuna de dormir tranquilamente, sin miedo a nada, sin furia en tu corazón (o
más bien en la amígdala) ni tampoco miedo. O quizás vivas una vida en la que tu miedo todavía
tiene sentido. Pero si es así, tu compañía es escasa. La respuesta de la mayoría de nuestros
sistemas suprarrenales en el contexto de nuestro miedo y agresión modernos dejó de ser
adaptada. Está fuera de contexto y control, y así, sin ningún recurso, tendemos a medicarnos,
tanto con recetas médicas (que pueden ayudarnos con la ansiedad, pero no con el pánico o las
fobias) como drogas ilegales, con el fin de aquietar a los predadores que todavía caminan por
nuestros cerebros. Los medicamentos nos cuestan billones por año. Las drogas ilegales nos
cuestan mucho más -economías, medios de vida y vidas. En el futuro, se ha sugerido,
podríamos ser capaces de silenciar las acciones de los genes que nos hacen temerosos,
fóbicos, ansiosos o furiosos, para enseñarnos, en otras palabras, genéticamente, que los tigres
que imaginamos en todas partes ya no están. Mientras tanto, hemos prácticamente extinguido
los tigres reales del mundo real. En los zoológicos ponemos nuestras caras contra sus jaulas
para recordar lo que una vez inspiraron en nosotros. Nos reímos cuando ellos golpean sus
barrotes. Pero también nos estremecemos, porque bien profundo, debajo de nuestra grasa y
músculo, nuestros cuerpos recuerdan. Nuestros cuerpos recuerdan incluso cuando nuestras
mentes conscientes han olvidado. Y así seguirá siendo por mucho tiempo. Mucho después que
incluso más tigres hayan sido extinguidos, los recordaremos en cada noche de insomnio,
alimentada por adrenalina. Tampoco es este descontento el final de la historia. Los predadores
moldean nuestros miedos, pero ése no es el límite de su influencia. El legado de su brutalidad
deja muchas marcas, la más dominante de las cuales formula en primer lugar lo que oímos y
olemos; en otras palabras, cómo es que construimos y vivimos en este mundo. Ellos dan forma
a todo lo que, a través de las lentes de nuestros sentidos, buscamos cambiar.
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Capítulo 11: La Ley de Vermeij de las Consecuencias Evolutivas y Cómo las Serpientes
Hicieron el Mundo
Imaginemos todo de otro modo. Imaginemos que eres capaz de ver cosas más pequeñas o
distantes de lo que lo puedes hacer. Imaginemos que tienes un mejor sentido del olfato. Cada
especie construye el mundo a partir de las señales recibidas de sus sentidos. Pájaros y abejas
ven formas ultravioletas. Las hormigas ven las franjas de luz polarizada en el cielo. Las víboras
ven el calor, prueban químicos en el aire y sienten las vibraciones de cada pisada en su piel.
Nosotros no experimentamos sus percepciones, excepto a través de herramientas que hemos
inventado, pero no internalizado. El mundo que nuestros sentidos han creado en nuestras
mentes es visual, siendo los otros sentidos sólo secundarios, personajes anónimos en los
grandes guiones hollywoodenses de nuestras vidas. Mira la silla en la que estás sentado. Mira
los muros a tu alrededor. Fueron escogidos por su atractivo visual y, quizás en una menor
medida, su textura. No fueron elegidos por su gusto u aroma, o por ninguna de las señales
visuales que serían aparentes para otras especies, pero no para nosotros.
Nuestros ojos no sólo nos guían. Conducen nuestras acciones. Los niños escogen entre los
caracoles de la playa por sus colores y apariencia, y hemos colectivamente elegido entre las
cosas vivas de la Tierra de manera similar. Las rosas salvajes huelen muy bien, pero las rosas
que hemos domesticado y criado son esencialmente inodoras. Privilegiamos la belleza visual a
la aromática a causa de la calidad de nuestros ojos. Realizamos esas elecciones una y otra vez.
Perseguimos los animales grandes, visibles, en particular aquéllos que se perciben como
peligrosos, como los coyotes, fuera de nuestras ciudades, pero prestamos menos atención a
las especies más pequeñas y menos visibles que se adhieren a la noche y a los muros.
Matamos inocentes serpientes consumidoras de ratas en el jardín porque son grandes, negras
y visibles, pero pasamos por alto a la mayoría de las cucarachas y chinches, para no hablar de
vidas incluso más pequeñas que pasan a nuestro lado sin que nos demos cuenta, especies que
serían obvias si nuestros sentidos fuesen diferentes. Ignoramos a los microbios hasta que
alguien nos cuenta que están en todas partes, y entonces reaccionamos exageradamente
contra ellos (aunque sólo las especies susceptibles a nuestras drogas). En otras palabras, todos
los modos en que hemos cambiado el mundo, en particular las especies con las que
interactuamos, se deben a nuestra visión. Aún más, mientras nuestra visión se ha vuelto más
dominante, al menos algunos de nuestros otros sentidos en realidad se han atrofiado. Los
genes del olfato se han debilitado y quebrado. Podemos distinguir menos aromas que nuestros
ancestros. Pero nuestros ojos son maravillosos y poderosos. La cuestión entonces es cómo
esos ojos y su influencia han evolucionado. Ahora mismo, mientras estás leyendo, tus ojos, que
evolucionaron en África bajo el sol tropical, están distinguiendo las finas líneas de las letras
que suben en las r y bajan y circulan en las u. Las habilidades de nuestros ojos y su influencia
merecen una explicación. Esa explicación, en la medida en que la tengamos, parece tener
mucho que ver con una mujer llamada Lynne Isbell y las serpientes.
Lynne Isbell es una primatóloga de la Universidad de California, Davis. Durante la mayor parte
de su vida no tuvo ninguna intención de pensar acerca de cómo evolucionaron sus ojos azules,
y mucho menos los de los monos que ella estudiaba. Un día estaba corriendo rápido en el
bosque, persiguiendo monos. Tendemos a pensarnos como el primate exitoso, pero cuando
ella luchaba para mantener el ritmo era difícil no sentir que ella era la que había fracasado. Su
cuerpo era lento, incluso torpe, en los pastizales de su origen. Ella trepaba sobre troncos y
ramas mientras escuchaba el sonido de los monos dando zancadas. Entonces sucedió. A mitad
de camino se dio cuenta que estaba pisando una delgada serpiente negra atravesada en el
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sendero, pero no podía hacer nada para cambiar el resultado. La adrenalina inundó su cuerpo.
Afortunadamente la serpiente, tal vez una cobra, no atacó. Siguió su camino, un poco peor por
la pisada. Éste no sería su último encuentro cercano. En los siguientes años se encontraría cara
a cara con una cobra escamada en posición defensiva, y posteriormente con una víbora
bufadora. Lo que la asombró en estos casos fue que luego de ver estas serpientes,
absolutamente en la mayoría de los casos, su cuerpo de algún modo respondió percibiéndolas
antes de que estuviera consciente de su presencia. Fue como si mientras su ser intelectual
estaba mirando al futuro, otro ser más consciente de sí mismo hubiera estado observando los
alrededores. Lynne se frenaba justo antes de entrar al espacio de encuentro directo con la
serpiente, antes de siquiera saber por qué se había frenado. Que ella detectara estas
serpientes y respondiera antes de estar consciente de su presencia era una suerte de misterio
de la visión, del cerebro y del destino. Sus experiencias no eran realmente de vida o muerte,
pero ese misterio habría de eventualmente cambiar su vida.
Antes de los encuentros con serpientes, e incluso por unos años después de ellos, lo que Isbell
había planeado hacer con su carrera era separar un área reservada del espacio intelectual y
pasar los siguientes veinte años estudiando dentro de ella. Estaba interesada en la conducta
social de los monos, incluyendo sus peregrinaciones (por ello, en parte, su persecución).
Quería entender por qué las hembras de América -de monos araña, lanudos, ardilla y todos los
demás- se van frecuentemente de su lugar de origen al alcanzar la adultez, mientras que las
del Viejo Mundo (África y Asia) casi nunca lo hacen. Esta no era la única diferencia curiosa
entre los monos del Viejo y Nuevo Mundo. Los monos del Viejo Mundo nunca desarrollaron
colas prensiles. Ellos tienen visión en colores que cubre el mismo espectro que el nuestro, rojo,
naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta. Muchos de los monos americanos, por otro
lado, tienen largas colas con las que se agarran, pero la mayoría de las especies son inhábiles
para reconocer rojos y naranjas. Éstas son diferencias interesantes, pero al comienzo Isbell se
concentró en la dispersión de monos jóvenes que se distanciaban de sus madres. En el relato
más amplio de la historia y los detalles de la vida sobre la Tierra, la dispersión de los monos es
un tema acotado, pero fue suficiente como para intrigarle. Entonces, por medio de sus propios
ojos de primate, ella vio literal y figurativamente a la serpiente. Fue una sola observación, y sin
embargo la encendió del modo en que, con el suficiente gas, una llama piloto alimenta una
llama mucho mayor.
Lo que llamó la atención de Isbell fue un extraño y corto artículo sobre una enfermedad
incluso más extraña. Había estado tratando de entender la historia evolutiva de predadores y
primates, y así fue como revisó publicaciones relacionadas de cualquier posible manera con el
tema. Las bibliotecas están repletas de tales fragmentos y piezas de conocimiento dejadas allí
para que alguien las junte en un relato, para que las vuelva a colocar de un modo que tenga
sentido. Los autores del artículo argumentaban que los carnívoros y monos comparten una
clase específica de virus llamada RNA retrovirus (el HIV, por ejemplo, es también un RNA
retrovirus). Que felinos y monos tuviesen el mismo virus sugería una de tres posibilidades: 1)
alguien lo arruinó todo en algún laboratorio; 2) un felino había devorado un mono, y en el
proceso contrajo el virus; o 3) los monos tienen más tendencias sexuales inusuales de lo que se
sabía.
Para Isbell, un felino que consumió carne de mono era el más probable de estos escenarios.
Era el único escenario que se le ocurría en ese momento. La misma Isbell había perdido grupos
enteros de primates -a veces primates que ella había bautizado- por ataques de leopardos.
Había también escrito un importante artículo sobre la influencia de predadores en la conducta
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y evolución de los primates. Todo lo que el virus compartido sugería en realidad era que algo
que conocemos sucede ahora ha estado sucediendo desde hace mucho tiempo. El virus era un
vestigio de una antigua interacción, un fósil viviente de la clase que se encuentra en muchos
animales. Isbell se detuvo con el artículo por un momento. Lo retuvo y dio vueltas sobre el
asunto del modo en que Indiana Jones podría considerar una pista hacia un tesoro. Quizás
significara algo más. Ella no sabía qué, no todavía.
Ese artículo condujo a Isbell a otro artículo, incluso más peculiar. Señalaba que una clase de
virus RNA encontrado en monos de Asia tenía sus parientes más cercanos en una serpiente, la
víbora de Russell (Daboia russellii). Ésta ha matado, según algunas estimaciones, más humanos
en la historia reciente que cualquier otra serpiente. Es tan preciosa como irritable, del modo
que puede haber sido siempre. Los autores del artículo no se habían molestado en discutir por
qué o cómo había sucedido esto. ¿Una serpiente venenosa había picado a un mono hace
muchísimo tiempo, lo que llevó a contagiarle el virus? No lo podía probar. No obstante, estos
dos artículos en conjunto le sugerían una larga historia del juego evolutivo entre la serpiente
venenosa, el felino y el pobre y acosado mono. La serpiente venenosa pica al mono. El felino se
come al mono. El mono come frutos. El contagio de los virus de primate a predador le
confirmaba a Isbell el relato del mono como presa. Todavía no era audaz su nueva teoría, pero
éstas eran las primeras piezas, las que estaban comenzando a parecer como si tuviesen algo
que ver con sus propias experiencias con serpientes. Había estado en ese camino para saber
de los monos, pero comenzó a preguntarse si lo que había encontrado era un relato sobre
humanos y ella misma.
Todavía interesada en la dispersión de los monos, Isbell continuó. Decidió estudiar más sobre
serpientes y su historia y geografía, en particular cuando se relacionaba con primates. Llamó a
Harry Greene, un profesor de Cornell y máximo especialista en serpientes, para consultarle
sobre la historia de las serpientes. Se preguntaba ella, después de hablar con Greene y leer
más, si las serpientes podían de algún modo explicar algunos de los misterios de cómo los
primates son diferentes en distintas regiones. “¿Y si -ella pensaba en voz alta para su esposo-
el hecho de que las monas sean más proclives a abandonar sus lugares de origen en el Nuevo
Mundo tuviera que ver con la densidad e historia de las serpientes venenosas en el Nuevo
Mundo?” Si fuese más probable que los monos se encontraran con serpientes en el Viejo
Mundo, podría también ser menos probable que ellos se movieran imprudentemente en largas
distancias. De pronto, su trabajo diario y sus locas ideas habían comenzado a cruzarse. Era un
momento de entusiasmo. Ella pensaba sobre la idea en el auto. Pensaba sobre ello mientras
iba caminando a su oficina. Pensaba sobre ello cuando hablaba con los estudiantes o cuando
cenaba con su esposo. Como una droga, la inocente teoría de Isbell se volvía irresistible.
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Posiblemente fue a esta historia que ella, como todos nosotros descendientes de un primate
africano, debe su propia habilidad para detectar la cobra y otras serpientes en su cercanía.
Quizás, sólo quizás. Si fuera así, difícilmente sea ese el fin de las implicaciones.
Si Isbell estaba en lo cierto, y las serpientes venenosas hubieran causado la evolución de una
visión más rica en algunos primates, pero no en otros, entonces ella podía realizar una
predicción. Estaba en posesión de una pieza del rompecabezas. Sabía que en el Nuevo Mundo
sólo algunos primates ven la gama completa de colores visibles para los humanos, pero en el
Viejo Mundo lo hacen todas las especies. ¿Pudo la antigua presencia de serpientes venenosas
en el Viejo Mundo ser la responsable de estas diferencias? También sabía que en Madagascar
los lémures, una clase de primate primitivo separado hace mucho tiempo de otros linajes
primates, no solamente tienen una más pobre visión en color, sino que tampoco pueden ver
en detalle del modo que nosotros y otros monos y simios del Viejo Mundo pueden. La teoría
de Isbell predecía que no hay serpientes venenosas en Madagascar.
Entre primatólogos, la idea de Isbell no tenía precedentes. Pero con frecuencia las ideas
nuevas en un campo son verdades aceptadas en otro. La posibilidad radical en un campo
puede ser el dogma de otro. La depredación no es el destino exclusivo de los primates. El ser
comido es un modo muy común de morir, sea uno un primate o un molusco; especialmente,
supongo, si uno es un molusco. Quizás el mejor precedente de lo que Isbell estaba
comenzando a argumentar provenga justamente de esos moluscos. Fue el trabajo realizado en
el laboratorio de Geerat Vermeij. Él trabaja a unos pocos edificios de distancia del de Isbell, en
el departamento de geología de la Universidad de California, Davis, y vive en una casa a una
cuadra de la de Isbell. Son vecinos en el trabajo, en la vida y, resulta ser, en las ideas.
Todos los domingos puedes encontrar a Geerat Vermeij de cuclillas en la playa, recogiendo
conchas. Se mueve lentamente, como un pájaro primitivo, seleccionando los deshechos,
tratando de encontrar las raras o interesantes. Ha pasado su vida entre las conchas, vivas o
muertas, recientes o fósiles. Se ha especializado más que nada en entender las diversas
maneras en que mueren los animales. Estudia estas muertes como si fuera una escena de
crimen. En vez de sangre y huesos, él tiende a buscar hoyos en las conchas y las líneas de
sutura de viejas heridas. En vez de armas, busca picos, sierras, dientes y otros artificios
homicidas de la evolución. En este enfoque sería justo decir que tiene una visión poco común
de la vida, pero Vermeij no tiene ninguna visión. Un caso de glaucoma a la edad de tres años lo
dejó ciego. Los doctores le sacaron los ojos y debió encontrar su camino en el mundo con sus
otros sentidos. Como una serpiente él escucha, huele y saborea. Pero es con su sentido del
tacto que él ha construido su conocimiento más detallado del mar y su historia. Desde la costa
él alcanza el fondo del océano, y desde allí viaja en el tiempo.
Uno de los misterios que Vermeij detectó en los mismos inicios de su carrera fue similar a
aquél con el que Isbell se había tropezado, específicamente que cuando nuevos predadores -ya
sean cangrejos, serpientes u hombre moderno- surgen, sus presas cambian. Desde su infancia,
Vermeij se ha concentrado en moluscos (almejas y caracoles). En las conchas de esos animales
sus dedos detectan texturas, formas y matices de forma. Detente por un momento e imagínate
haciendo este trabajo como él lo hace. Dirígete a los gabinetes que él abre todos los días.
Muévete de memoria entre los ecos de los objetos. Abre un cajón lleno de conchas. Ahora
pasa tus dedos sobre ellos. Cuando lo hagas, presta atención a la forma y el tamaño, pero
también a bultos, crestas y retorcidas complejidades. Percibe también lo que está faltando,
aunque sea ésta la parte difícil, porque para ello uno debe conocer lo que se supone estaba allí
en primer lugar. Nota los intervalos, el ocasional y aparentemente inexplicable hoyo o fractura.
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Ahora concéntrate en esa fractura. Tus dedos evolucionaron para recolectar frutas y luego
para agarrar piedras y lanzas, pero llévalos a su límite. ¿Qué podría ser? Este agujero es
perfectamente circular, como perforado con un taladro. Pero toca su interior, introduce la
punta de tu dedo meñique y podrás notar una textura más rugosa. Todas estas sutilezas son
indicios de la historia de la concha que tienes en la mano y, para Vermeij, de las historias
particulares de cientos de miles, quizás millones, de conchas que él juntó y tocó. Por estas
sensaciones Vermeij ha construido un mundo diferente al que la mayoría de nosotros
experimentamos, aunque de ninguna manera menos rico. En su mundo, algunas cosas son tan
obvias que con la visión se pasarían por alto.
Vermeij ha notado muchas cosas en sus horas entre las conchas. Advirtió lo que podrías ver si
asumieras su trabajo -que las conchas variaron de lugar en lugar y de tiempo en tiempo.
También descubrió otras cosas que todos han pasado por alto. Tal vez algunas características
sean más obvias para los dedos que para los ojos. Había patrones en las clases de conchas que
se encuentran en diferentes lugares y tiempos. Él disfrutaba las diferencias, del modo que
cualquiera podría deleitarse con el encuentro de algo nuevo, pero también se preguntaba
acerca de su causa. Es a partir de las especificidades que los biólogos construyen sus
universalidades, y estaba comenzando a encontrarse con muchas especificidades. Lo que era
más llamativo para él era que las especies del Pacífico tenían conchas más gruesas que las del
Atlántico, con entradas más pequeñas y obstruidas y lomos más largos. ¿Y si -se preguntaba él-
esas diferencias fueran el resultado de diferencias en los predadores consumidores de
moluscos presentes en los diferentes océanos? En el Pacífico, los cangrejos tienen pinzas más
grandes que son mejores para aplastar un caracol sin protección. Había un patrón incluso más
pronunciado que él percibió en la punta de sus dedos, un cambio no a través del espacio sino a
través del tiempo. Incluso cuando los dinosaurios se estaban extinguiendo, revoluciones
mayores estaban sucediendo bajo el agua. Estas parecían, para Vermeij, no tener en su raíz
meteoros o algún otro cataclismo, sino en cambio, una vez más, las especificidades de los
predadores. Después que surgieran los cangrejos y otros predadores, la vida en el fondo
marino respondió. Tenía que hacerlo. Las conchas se engrosaron. Las aperturas de las conchas
se estrecharon y todo se volvió más espinoso, blindado contra el destino. Los moluscos se
mudaron del lecho marino al sedimento. Linajes completos de vida desaparecieron. Pero había
más. A diferencia del destino de los dinosaurios, las muertes de moluscos dejaron evidencia
del crimen, grietas en las conchas, agujeros y otras marcas reveladoras que no indicaban las
manos de algún dios, sino en cambio millones de pinzas de cangrejos. Al manipular las
conchas, de lo que se dio cuenta Vermeij fue que la evolución de las herramientas de matanza
de los predadores había formado todo el lecho marino y sus habitantes. Lo que llegaron a
cambiar los moluscos, su foco de atención fue una función de las particularidades de lo que las
pinzas de una región y tiempo dados podían o no podían quebrar. Todo esto junto le sugiere a
Vermeij una suerte de ley, una regla sobre vida tan general como las leyes de la física acerca de
partículas, una regla que es aplicable a moluscos, pero también a todo lo demás, incluyendo
serpientes, primates y a ti.
La ley de Vermeij era acerca de una clase de gravedad natural, que es la fuerza que ejercen los
predadores sobre las presas. Cuando nuevos predadores evolucionan o cuando viejos
predadores se vuelven más abundantes, la presa responde. Ellas deben hacerlo, así como las
nubes deben separarse cuando chocan con edificios y la arcilla fresca ceder ante la presión de
las manos. Lo que Vermeij había exclusivamente descubierto era que los modos en los que
ellos respondían eran predecibles e inevitables. Para la mayoría de la gente antes de Vermeij
(en la medida en que todos hayan considerado la cuestión), había parecido que las presas
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debían responder a aquellas cosas en que los predadores eran mejores, sus más predecibles y
mortales herramientas. Vermeij pensaba lo contrario. Imaginemos un cangrejo que procede a
través de cuatro actos en su desempeño -encontrar un molusco, capturarlo, quebrarlo y luego
matarlo y comerlo. En algunas tareas raramente falla. Encuentra presas sin problemas. Mata
con certeza mortal una vez que ha atravesado la concha. En lo que falla más frecuentemente
es atravesar la concha. Ésta es una tarea difícil y, por lo tanto, lo que los moluscos han hecho a
través del tiempo es cambiar mayormente en aquellas características que previenen las
quebraduras por parte de cangrejos. Esta fue la ley de Vermeij: la presa responde a las
debilidades de los predadores, a los modos en que falla en vez de a los modos en que logra su
cometido. La principal salvedad es que la presa debería variar genéticamente en rasgos
relacionados con la debilidad de los predadores, pero en la mayoría de los casos lo hace. Ahora
que los cangrejos están en todas partes, casi todas las conchas en el océano son gruesas y
duras, pero los cuerpos carnosos de los animales en su interior son tan indefensos como los
cuerpos blandos de los niños humanos. Los cangrejos raramente fallan una vez que penetran
la concha, y la mayor parte de los moluscos ni siquiera tratan de ofrecer resistencia.
Lynne Isbell estaba comenzando a descubrir justamente cómo fallan las serpientes. Era muy
diferente de los modos en que otros predadores de primates lo hacen. Cuando leones,
leopardos o tigres fracasan en sus ataques a primates, esto tiende a ocurrir en la emboscada.
Estos carnívoros encuentran sistemáticamente a los primates por el olor (somos un grupo
apestoso), pero necesitan de la sorpresa para un ataque exitoso. Cuando los monos detectan
un leopardo, éste puede incluso alejarse, así como la tigresa se alejó de Corbett cuando él
dirigió su mirada hacia ella, como admitiendo simplemente que el baile ha terminado. Sin el
elemento de sorpresa un gran felino es mucho menos capaz de matar su presa (aunque a
veces tratarán de todos modos, hambre es hambre). Como lo ha señalado el mismo Vermeij,
los grandes felinos fracasan en matar a su presa tanto como la mitad de las veces una vez que
han sido detectados, en gran medida a causa de perder el elemento de sorpresa. Por ello, las
respuestas de los monos a los leopardos han evolucionado en el sentido de alertar a los
carnívoros de que han sido detectados. Muchas especies primates, incluyendo los cercopitecos
diana y las monas de Campbell, gritan llamados de alarma por “gran felino”. Al hacerlo, los
monos parecen enviar señales no sólo a los otros monos sino también al felino mismo. Tan útil
es este aviso de emboscada que varias especies de mono son incluso capaces de reconocer los
llamados de alarma por “gran felino” proferidos por otras especies de mono, y al escucharlos
saben lo que hay que hacer, que es en primer lugar mirar hacia abajo. Los llamados de alarma
están en el centro de la capacidad de los primates para escapar de los carnívoros. Se ha
argumentado incluso que han sido los precursores del lenguaje en los humanos. La primera
palabra que mi hija dijo fue “pez” (quizás estaba imaginando un pez muy grande), pero la
primera palabra de nuestro linaje puede bien haber sido “leopardo”.
Los chimpancés también cazan monos. Cualquier aprensión que puedas sentir por comer un
animal que te devuelva la mirada con ojos similares a los de un niño humano, los chimpancés
no la sienten. Algunos chimpancés comen muchos monos, pero al hacerlo fallan en algo
diferente a la debilidad de los leopardos. Una vez que esos chimpancés detectan monos, los
atrapan y matan prácticamente todas las veces -los chimpancés cazan activamente y
persiguen. Pero no son muy buenos detectando monos. No es necesario para los monos
desarrollar defensas contra chimpancés, y definitivamente no es necesario hacer sonar las
alarmas. Como consecuencia, cuando los monos divisan chimpancés responden huyendo a la
carrera o se acurrucan junto a las ramas y se quedan totalmente en silencio, en una versión de
vida o muerte del juego de las escondidas.
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Luego están las serpientes, que consumen monos. Pero también los matan en defensa propia
(porque, después de todo, de vez en cuando los monos matan serpientes). Una vez que los
monos divisan serpientes, los llamados de alarma son útiles para avisar a otros monos dónde
están las serpientes. Varias especies de mono producen llamados específicos para serpiente, e
incluso pueden hacerlo de un modo que distingue diferentes clases de serpiente (las monas de
Campbell, por ejemplo, hacen sonar una alarma cuando se las pone ante modelos de víbora de
Gabón, pero no ante mambas negras). Hay una diferencia, sin embargo, entre divisar felinos y
divisar serpientes. Los monos necesitan ver los felinos, pero preferentemente a buena
distancia. Eso no es necesario con las serpientes. Si la ley de Vermeij es correcta (y si, como
tiende a acordarse, muchos monos mueren de picaduras de serpiente), entonces los monos
deberían haber desarrollado la capacidad de percibir la presencia de serpientes por más que
éstas se quedaran inmóviles y camufladas. En otras palabras, los monos y simios del Viejo
Mundo deberían ser mejores que otros animales en detectar serpientes. Tal posibilidad no fue
considerada, no hasta que Lynne Isbell se tropezó con ella, moviéndose a tientas en la
oscuridad de las ideas del mismo modo que Vermeij.
Si Isbell estaba en lo cierto en cuanto a que la visión de los primates evolucionó en respuesta a
la presencia o ausencia de serpientes venenosas, ella esperaría encontrar una mejor visión con
la mayor exposición a serpientes venenosas. Eso es justamente lo que ella encontró. Las
serpientes venenosas evolucionaron en el Viejo Mundo, y fueron arribos relativamente
recientes (10-20 millones de años atrás) en el Nuevo. Esto coincide con las diferencias en la
visión primate. Encaja en su teoría. ¿Pero qué sucede con Madagascar, donde los primates
prosimios presentes tienen una visión relativamente pobre? Desde el comienzo, Isbell tenía la
esperanza, de alguna manera, de estar equivocada. Si lo estuviera podría regresar a la vida que
ella llevaba antes de su idea. Quizás encontraría que hay serpientes venenosas en Madagascar,
pero, justo como había predicho, no hay. Madagascar no tiene serpientes venenosas, y los
primates de Madagascar, los lémures, tienen la peor visión de todos los primates. Es tan
probable que se guíen por el gusto, el olor o el tacto que por la vista. En esto, son como
Vermeij.
Isbell ha elaborado los detalles de su teoría en su libro The Fruit, the Tree, and the Serpent, y al
menos dos cosas asoman como innegables. Primero, nuestra visión en color y la visión en color
de monos y simios de Asia y África en general merece una explicación. La única explicación
alternativa importante para los patrones de la visión en color, además de la de Isbell, es que
nuestra visión en color evolucionó para ayudarnos a discernir diferentes clases de fruta. Esto
parece posible, aunque no queda claro por qué la visión en color sería importante para la fruta
en el Viejo Mundo, pero no en el Nuevo y en Madagascar, donde la mayoría de los lémures
comen fruta. Sin embargo, incluso si la hipótesis de la fruta fuese correcta, nos quedamos
todavía con la certeza de que tenemos una buena visión en color por nuestras interacciones
con otras especies. Segundo, una vez que el espectro completo de nuestra visión en color
evolucionó y nuestros otros sentidos se atenuaron, muchas consecuencias resultaron de ello,
tanto para nosotros como para el resto del mundo viviente.
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de tipear “trayectoria evolutiva del cerebro”. De hecho, nuestra visión se volvería el sentido
dominante asociado a nuestro pujante cerebro. La evidencia de los genes de diferentes
mamíferos sugiere que en la medida en que nuestra visión mejoraba, al menos algunos de
nuestros otros sentidos empeoraban. Los genes asociados con el olfato mutaron, uno después
del otro, y a causa de que el olfato se había vuelto tan insignificante en comparación con la
vista, los individuos con mutaciones no anduvieron mal. A través del tiempo, más y más de
nuestros genes para el olfato han dejado de funcionar, caídos en desuso y aparentemente
innecesarios, como ha sucedido repetidamente con la visión de los peces de caverna. No se
sabe si lo mismo es válido para nuestros sentidos táctil y auditivo, aunque parece posible. En
otras palabras, para Isbell las serpientes son el guisante bajo la almohada de nuestras mentes y
los modos en que percibimos y hemos construido el mundo.
Es fácil ser escéptico sobre la idea de Isbell, así como también sobre muchas grandes teorías en
la evolución primate. Los hechos son fragmentarios, como lo serán siempre, y la capacidad
para testear teorías experimentalmente es limitada, por lo que las manos del antropólogo
arquetípico comienzan a ondear como sujetas por una cuerda a nubes durante una tormenta.
Personalmente me pregunto sobre la columna central sobre la que descansa toda su idea, que
las serpientes venenosas han matado primates con la suficiente frecuencia como para haber
afectado la evolución primate. La mayoría de las serpientes en la Tierra, después de todo,
nunca matan a alguien, salvo a roedores e insectos. Son tímidas y renuentes a morder; ni
atractivas ni terribles.
Sin embargo, como señala Isbell, hay muchos registros de primates siendo matados y a veces
comidos por algunas clases de serpiente. Decidí realizar mi propia prueba -llevado por algo
más fuerte que la curiosidad. Envié un e-mail a mis amigos preguntando cuántos de ellos
conocían de un biólogo que hubiese cometido un error y fuera accidentalmente atrapado o
mordido por una serpiente venenosa. Imaginé que habría de recibir una lista de famosos
biólogos especialistas en serpientes (y con muertes famosas) que habían hecho una estocada
en el campo. En cambio, descubrí con sorpresa que muchos de mis amigos habían sido
mordidos por serpientes venenosas.
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pensó que era venenosa. Slowinski pensó que ese alguien estaba equivocado. Su taxonomía le
falló y resultó muerto.
Por supuesto, conozco mucha más gente que ha sido afectada por cáncer o accidentes de auto
que aquéllos mordidos por serpientes venenosas. Sin embargo, en todas estas historias habita
una realidad básica. Cuando los biólogos se meten en zonas tropicales y no prestan la
suficiente atención (o su visión no les permite prestar suficiente atención), tienen justas
chances de ser mordidos por serpientes venenosas (menores que ser atropellados por un auto,
pero los autos no eran una amenaza durante nuestra evolución temprana). Aún más, los
biólogos tienden a interactuar con otras especies más de la manera en que nuestros ancestros
lo hicieron -en experiencia directa-. Al observar la larga historia de las relaciones humanas con
serpientes, es claro que las picaduras de serpiente fueron alguna vez incluso más comunes de
lo que son hoy en día, y hoy están lejos de ser raras. Tienden a ser poco reportadas, pero
incluso así los casos suman ahora unas 30.000 – 40.000 muertes al año, para no mencionar a
los sobrevivientes de mordidas. Un estudio de más de 1.000 recolectores de caucho en Brasil
descubrió que un 10% de ellos había sido mordido por una serpiente venenosa. ¡La mitad de
ellos lo había sido dos veces! Un estudio de siete años en Benin contó más de 30.000 mordidas
de serpientes venenosas, el 15% de las cuales resultó en muerte. Un estudio anterior en Niger
estimó que 10.000 personas al año son mordidas por serpientes venenosas en ese país. No hay
razón para creer que estos estudios son inusuales. En cambio, para el paisaje tropical en el que
viven (o vivían) las serpientes venenosas más agresivas, ellas parecen representar nuestra
general susceptibilidad a morir en el extremo del colmillo de una serpiente, particularmente
cuando estábamos en los trópicos africanos de nuestros orígenes.
¿Pienso que las mordidas de serpiente son o eran lo suficientemente comunes como para
favorecer a individuos con mejor visión, una para ver objetos inmóviles y camuflados? Quizás,
especialmente cuando uno considera el tamaño pequeño de muchos de nuestros ancestros
tempranos y por ende de sus hijos. Como señala Isbell, uno de los más antiguos entre nuestros
parientes primates, Eosimias, pesaba un cuarto de libra, lo suficientemente pequeño como
para ponerlo en un panecillo con una hoja de lechuga. Para tales ancestros del tamaño de un
bocado, las muertes debidas a serpientes habrían sido algo común, una manera demasiado
fácil de que ocurran. Si había algo diferente en los genes y rasgos de esos individuos que
sobrevivieron, sería favorecido generación tras generación. Parece muy plausible que lo
diferente fuera la calidad de la visión y en última instancia los cerebros de los que vivieron.
En resumen, iría tan lejos como para decir que la lectura que hizo Isbell de la historia de los
primates y su visión es tanto alocada como plausible. Y, en cualquier caso, para mi tesis más
amplia sobre las consecuencias de nuestras interacciones, casi no importa. Cualquier respuesta
casi inevitablemente tiene que invocar interacciones con otras especies, ya sean serpientes,
frutas o algo más. Yo voto por las serpientes. Cierra tus ojos e imagina a Geerat Vermeij en la
jungla, caminando por un sendero. A su lado va alguien con visión. ¿Quién piensas es más
probable que muera de una mordedura de serpiente? Casi inevitablemente, Vermeij, quien
puede sentir árboles y saber su tipo, puede oler frutas y escuchar leopardos, pero es incapaz
de notar la presencia de serpientes. Salvo que él las agarre, lo que es poco aconsejable, no son
parte de su mundo perceptivo. Vermeij ha estado a punto de morir en manos de varios
animales peligrosos justamente por esta razón. Una vez agarró un pez venenoso, sólo para que
la realidad cayera poco a poco sobre él cuando tocó su textura. Buscando conchas también
puso su mano una vez en la cola de una raya. Vermeij, como los lémures en Madagascar, fue
bastante afortunado por haber nacido donde la muerte por serpientes es rara, y así pudo
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prosperar palpando su camino. Por la mayor parte de la larga historia de predadores y pobres
monos asediados, él no hubiera tenido tanta suerte.
Una vez que tuvimos mejores ojos, los aspectos del mundo que eran aparentes para nosotros
cambiaron, y cuando lo hicieron el mismo mundo cambió. Nuestra visión puede haber sido
formada cuando éramos presas, pero sus mayores efectos llegaron una vez que nos
convertimos en predadores. Sus efectos incluyen prácticamente todo lo bueno o malo que le
hemos hecho al mundo, incluidos los cambios que hemos instigado en nuestras relaciones con
predadores y serpientes. Cuando evolucionaron los cangrejos y sus pinzas, el resto de las
criaturas marinas cambió en respuesta. Cuando Eva vio la serpiente, ésta la tentó con la
manzana y entonces, en última instancia, con el conocimiento y las decisiones sobre el destino
de otros. Cuando evolucionamos para ser capaces de ver a la serpiente nosotros también
encontramos la manzana, o al menos el camino hacia la consciencia, las herramientas, el poder
y las consecuencias. Cuando se los combina con nuestras preferencias, nuestros sentidos son
lo que formulan muchas de las decisiones que tomamos en el mundo. Incluso esas
preferencias evolucionaron para ayudarnos a sobrevivir en un mundo de especies que tienen
la intención de hacernos daño. Surgen del profundo pozo de la historia y nos auxilian a escoger
entre las cosas que percibimos. Nuestras preferencias no son usualmente conscientes, pero
determinan gran parte del modo en que actuamos. Nosotros y nuestras acciones estamos
atados a lo que éramos, empujados a diario de un lado a otro entre las escenas que nuestros
ojos transmiten, escenas coloridas ya no con serpientes, pero moldeadas por ellas, sin
importar quiénes somos. Son nuestros sentidos y preferencias los que, al final, nos llevarían a
iniciar la matanza de serpientes. Las matamos más allá de su peligro, porque las vemos. Sufren
ellas por lo que nos han hecho: el permitirnos ver, por más que sea poco claro. En algunos
lugares aprendimos a distinguir lo mortal de lo inocuo o, más simplemente, a evitar las
mordidas de serpiente (la invención de botas de goma salvó muchas vidas). Pero en otros
lugares azotamos ciegamente con palas y machetes, y así las serpientes sufren las
consecuencias de quiénes hemos sido. No hemos caído en la tentación, sino que en cambio
nos hemos rendido a nuestros sentidos, conducidos por nuestros ojos de aquí para allá por el
mundo aparente.
Un puñado de científicos pasa sus días tratando de identificar cosas universales para todas las
culturas humanas que alguna vez existieron. Hurgan en las etnografías y buscan en estudios
antropológicos las diferencias entre una tribu y otra, pero también aquellas cosas que no son
diferentes. Buscan los modos en que ellos mismos son similares a la gente de Tahití o
Timbuktú. Estos científicos han compilado una lista de unos pocos cientos de atributos
humanos que se hallan en casi todos nosotros, sin importar si vivimos en una casa en un árbol
de Papúa Nueva Guinea o en un departamento con vista al Central Park. Estas similitudes
están en el núcleo de lo que nos une, más allá de las diferencias. Entre estos universales está
una tendencia a la cautela acerca de las serpientes. Pero también hay otros. Parecemos ser
todos aficionados a los dulces, la sal y la grasa y rechazar, al menos en la niñez, los alimentos
amargos. Más intrigante aún, la mayoría de los humanos parece preferir escenas con un
frondoso árbol en medio de una pradera abierta, con un pequeño curso de agua a cierta
distancia. La mayor parte, y quizás todas estas preferencias universales, se relaciona con
nuestro pasado evolutivo, donde tales preferencias se desarrollaron y cobraron sentido,
incluso cuando ya hayan dejado de tenerlo. Estos universales derivan de los modos en que
nuestros sentidos afectan nuestra percepción. Los universales serían algo pintoresco si no
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hubiesen formado la versión del mundo viviente que hemos construido a nuestro alrededor.
Serían una curiosidad si no fueran la fuente de muchos de nuestros problemas reales,
especialmente los asociados con la manera en que hemos cambiado el mundo.
Cuando nos cruzamos caminando en la calle o nos miramos de auto a auto en movimiento,
tendemos a suponer que los otros son como nosotros. La misma similitud de lo que vemos
hacer a otros con respecto a lo que hacemos -caminar, conducir, escupir y hacer muecas-
sugiere nuestra profunda uniformidad, como ocurre con la sensación que nos produce la
lectura de un poema familiar. En las antiguas pinturas rupestres de Namibia uno encuentra
cazadores persiguiendo presas. Estos cazadores tienen cuerpos como los nuestros. No
podemos sino sentir que la persona que creó esto, así como la audiencia a la que se dirige, era
en gran medida como nosotros. Nos sentimos conectados en nuestra humanidad esencial. Sin
embargo, lo cierto es que la mayoría de los atributos de nuestros pensamientos y
comportamientos, los que podemos enumerar, difieren de persona en persona, o de cultura
en cultura. Algunos tenemos dioses. Otros no. Algunos tenemos una sola esposa o un solo
esposo. Otros tienen muchas/muchos. En algunos lugares las reacciones violentas ante
afrentas al orgullo propio son la norma. En otros el orgullo casi no existe. En ciertos lugares los
tobillos gruesos son hermosos, en otros son los traseros grandes. En relativamente pocas
culturas la delgadez es sexy. Somos todos la misma especie y, sin embargo, a causa de la
velocidad con que cambia la cultura, la variedad de nuestros espacios y el capricho e
idiosincrasia de la historia, hacemos y gustamos de cosas diferentes. De hecho, el rasgo más
sobresaliente de los universales es el hecho de que existen en la misma medida en que las
culturas varían de lugar en lugar. Relativamente pocas de las verdades que nosotros
consideramos obvias lo son en todas partes.
Dado que hay cerca de siete billones de humanos sobre la Tierra con infinita capacidad para la
variedad, es interesante que pocos de nuestros atributos sean verdaderamente universales.
Esos atributos deben en última instancia derivar de nuestra biología. Tanto si alguno de
nuestros universales hubiera estado bajo nuestro control consciente como si hubiera podido
fluir con los cambios entre culturas, ellos habrían variado ahora de lugar en lugar, aunque sea
sólo por causa de adolescentes rebeldes. Que unos pocos hayan resistido las caóticas
consecuencias de nuestra variedad sugiere que son genéticos y, en algún modo profundo y
primitivo, que están fuera del alcance de nuestra habilidad para el cambio.
Nuestras preferencias visuales, las formadas por la influencia de predadores y serpientes, son
las más dominantes en su influencia. Pero son también complicadas. Quizás la más sencilla de
nuestras preferencias evolutivas sea el gusto. Si entendemos el gusto podemos usarlo como
modelo para comenzar a entender la visión. Saca la lengua y toca con ella uno de tus dedos.
Sentirás dos cosas a la vez: tu dedo sentirá tu lengua y tu lengua sentirá y degustará tu dedo.
Qué sabores ella obtenga depende de tu dedo. Cinco posibilidades básicas -dulce, salado,
amargo, agridulce y agrio- pueden juntarse para producir impresiones más matizadas (¿dedo
índice con una pizca de mantequilla de maní, tal vez?). Las papilas gustativas mismas parecen
corales cerebro, en el centro de los cuales están las puntas sensibles de las células gustativas,
cada una de las cuales finaliza en un cabello delgado. Cuando comes, pequeñas partículas de
alimento se disuelven sobre estos cabellos. Si un azúcar se disuelve sobre los cabellos de una
papila gustativa del dulce, los nervios debajo de la papila gustativa envían una señal a tu
cerebro. Los cabellos son estimulados y arranca una cadena química hasta que suena “dulce”
en el espacio entre tus oídos. Al menos dos clases de señal son enviadas cuando se siente
“dulzura”. Una señal se envía a tu cerebro consciente, que dispara la sensación que tú piensas
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es la dulzura. Por otro lado, se envía subliminalmente una señal a tu más antiguo y más
profundo cerebro reptiliano, donde se estimulan cambios hormonales en tu cuerpo en
respuesta a haber recibido azúcar.
Se pueden imaginar, como un experimento del pensamiento, escenarios en los que nuestras
papilas gustativas no pudiesen producir sensaciones conscientes. Si su único propósito fuera
modular nuestras hormonas y enzimas digestivas, nuestras papilas digestivas no tendrían
ninguna razón para notificar a nuestro cerebro consciente de que algo ha sido degustado. Esto
es justamente lo que sucede en nuestros intestinos. Todavía en 2005 nadie sabía que teníamos
papilas gustativas en nuestros intestinos. Ahora parece que allí es donde se encuentra la
mayoría de nuestras papilas gustativas, o al menos los receptores de gusto. Esos receptores
son idénticos a los que están en nuestra boca, con dos excepciones -están dispuestos en
grupos más pequeños y difusos, y no están conectados con nuestro cerebro consciente. Como
resultado, ellos envían todas sus señales a la parte subconsciente de nuestros sistemas
nerviosos y cuerpos más en general. Cuando el alimento entra en contacto con ellos, los
receptores del gusto en nuestros intestinos inician ondas de respuesta en nuestros cuerpos.
Pueden disparar la salivación, pero también otras consecuencias diversas.
Aunque son disparados subconscientemente, los efectos de los receptores del gusto en
nuestros intestinos son visibles para nosotros. Los podemos ver en funcionamiento cuando
comemos alimentos nocivos que nos hacen vomitar. El acto reflejo de apertura de nuestras
bocas y expulsión de la comida puede ser causado por la respuesta de las papilas gustativas del
sabor amargo en el estómago, que responden a sabores que ellas interpretan como tóxicas.
Nada de esto aparece en nuestras mentes conscientes hasta que nos encontramos aferrados al
inodoro. Los receptores de gusto en nuestros intestinos son evidencia de los modos en que
todos nuestros receptores de gusto y papilas gustativas pueden haber funcionado. Que las
papilas gustativas en nuestra boca nos lleven a estar contentos o descontentos es por nuestros
ancestros. Esos ancestros cuyas papilas gustativas desencadenaban una sensación placentera
cuando comían alimentos de los que necesitaban encontrar más eran los que más
probablemente iban a sobrevivir. Lo inverso vale para alimentos peligrosos y sensaciones
desagradables. Como los animales de laboratorio, nuestros ancestros fueron adiestrados por
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sus sensaciones de perseguir algunas cosas y huir de otras. Sus lenguas los conducían a tomar
las decisiones correctas: “busca más de este dulce y serás recompensado”. Pero también los
reprendían por sus decisiones incorrectas: “pone de nuevo esa planta en tu boca y te haré
sufrir. Te juro por Dios que incluso podría hacerte vomitar.”
La razón, entonces, de que las papilas gustativas susciten sensaciones en nuestras mentes
conscientes es desencadenar preferencias y, en última instancia, acciones. Es por esta razón
que nuestras papilas gustativas están tan ajustadas a sólo unas pocas sensaciones buenas
(dulce, agridulce), malas (amarga, agria) o ligeramente más complicadas (salada). Todos
preferimos alimentos dulces y agridulces porque todos tenemos las mismas papilas gustativas.
Todos disfrutamos de la sal, excepto que esté demasiado concentrada, por la misma razón. Las
papilas gustativas producen preferencias innatas porque evolucionaron para ayudarnos a
distinguir cosas que necesitábamos de aquellas que debíamos evitar. Lo amargo y lo agrio han
provocado aversión desde siempre (tanto en moscas de fruta como en humanos), mientras
que lo dulce, lo agridulce y, por la mayor parte, lo salado nos lleva a encontrar y comer más.
El problema con nuestras papilas gustativas -y, sostendré, el problema con la mayoría de
nuestras preferencias universales- es que evolucionaron para favorecer cosas que eran raras y
necesarias, así como para desfavorecer cosas que eran malas, en un contexto muy diferente al
nuestro. Este sistema de buenas y malas -una suerte de moralidad sensorial- funcionó por
cientos de millones de años. Es análogo a los sistemas usados por las bacterias para alejarse de
las cosas malas y acercarse a las buenas. Como las bacterias, nos dirigimos hacia las frutas
dulces, la carne grasa y la sal (proveniente de la tierra o de donde sea), mientras que nos
alejamos de lo que era mortífero o venenoso. Lo que cambió fue que inventamos
herramientas y obtuvimos poder sobre paisajes enteros. Desarrollamos la habilidad para
volver común lo que una vez fue raro. Pero no fue simplemente que nos dedicamos a la
agricultura. Otras especies cultivan, sean ellas hormigas, escarabajos de la corteza o termitas.
Nosotros combinamos agricultura con la habilidad de procesar alimentos, extraer compuestos
y sabores específicos y por lo tanto de alimentar a nuestras papilas gustativas de modo de
estimularlas, sin que conlleve la nutrición que tales gustos alguna vez indicaron. No fuimos lo
suficientemente listos como para anticipar las consecuencias de esto, consecuencias como las
que recayeron sobre un pájaro africano, el indicador. Su pequeño cuerpo del tamaño de un
canario es indicativo de un problema mucho más amplio -el de la dulzura, el deseo y el destino
del mundo.
El indicador vive en gran parte de África, donde consume la cera, las crías y los huevos de las
abejas. La cera es indigesta para la mayoría de los animales. El indicador ha sido a la vez
bendecido con la habilidad de comer cera y maldecido con el dilema de cómo obtenerla. El
pico del indicador es demasiado pequeño para penetrar en las colmenas. Los humanos
tenemos un problema diferente. Codiciamos las colmenas por su miel. Estamos dispuestos a
hacer lo que sea para conseguir la miel. En Tailandia los niños pequeños son enviados a trepar
los árboles con una vara humeante y luchar con abejas gigantes de tres pulgadas de largo para
quitarles su miel. Por todo el mundo los niños, hombres y mujeres se han encontrado cara a
cara con abejas, envueltos por enjambres, cubiertos de aguijones, y sin embargo se han
sentido contentos con su descubrimiento dulce y pegajoso. La miel, parafraseando al
antropólogo Claude Lévi-Strauss, tiene “una riqueza y delicadeza difíciles de describir para
aquellos que nunca la han probado, e incluso puede parecer de un sabor casi intolerablemente
exquisito…Traspasa los límites de la sensibilidad y desdibuja sus registros, a tal punto que el
consumidor de miel se pregunta si está saboreando un manjar o se está quemando en las
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llamas del amor”. El problema para los humanos, sin embargo, además de los aguijones (que
hemos aprendido a más o menos evitar) es encontrar las colmenas. Juntos, los indicadores
pueden encontrar las colmenas y los humanos pueden abrirlas, lo que puede producir una vida
más dulce tanto para hombres como para pájaros. Fue entonces que, por cientos, si no miles o
incluso cientos de miles de años, el indicador y los africanos del este vinieron a darse cuenta
de los talentos de cada uno y a depender mutuamente.
Muchos biólogos de pájaros han observado la interacción entre el mayor indicador (Indicator
indicator, el mismo nombre un indicio de su historia) y los humanos. Un indicador, cuando ha
encontrado una colmena, se presentará ante la casa o persona más cercanas. Allí cantará,
mostrará el blanco de su cola y volará hacia cualquiera que tenga la suerte de verlo.
Continuará haciendo eso hasta que alguien lo siga a la colmena. En la colmena cantará de
nuevo y esperará. Con suerte la colmena estará lo suficientemente baja como para alcanzarla
trepando, y así un recolector de miel encontrará un alimento que contente a sus papilas
gustativas, mientras que el indicador obtendrá un bocado que contenta a las suyas (nuestras
papilas gustativas son lo bastante antiguas como para que tengan similares aficiones con las de
los indicadores). No se conoce otro mamífero que siga al indicador, por lo que cada parte de su
elaborado acto parece haber evolucionado para nosotros, para que podamos ayudarlo a saciar
nuestras respectivas papilas gustativas. Fue entonces que muy recientemente todo comenzó a
cambiar.
A miles de millas de distancia de donde se encuentra el indicador, en el año 350 (año más, año
menos), los indios descubrieron cómo cultivar azúcar en la forma de caña de azúcar. Con el
paso del tiempo el proceso se hizo más sofisticado, hasta que el dulzor de los cristales puros de
azúcar fue extraído de la caña. Fue, en la historia humana, un proceso revolucionario. Lo que
una vez fue valioso por su rareza se volvió común en la medida en que la caña de azúcar y la
habilidad de procesarla se expandía. En otros lugares se domesticó la remolacha. Cada año
hemos cultivado más caña de azúcar y más remolachas azucareras. Ahora se han sumado
también las granjas productoras de maíz. En esas granjas se cultiva un útil alimento (el maíz)
para producir un nutricionalmente inútil jarabe de maíz, elevado en fructosa. En 2010, más de
400.000 kilómetros cuadrados del planeta estaban dedicados al cultivo de remolachas
azucareras y caña de azúcar, una superficie del tamaño del estado de California. Una cantidad
similar de tierra está dedicada al maíz usado para producir jarabe de maíz.
Mientras millones de seres humanos continúan pasando hambre cada año, el hecho de que
hayamos consagrado una superficie tan grande para una substancia de la que ninguno de
nosotros tiene real necesidad (incluso sin agregar azúcar, todas nuestras dietas tienen ahora
ciertamente bastante de esta substancia) es un signo de cuán en deuda estamos con nuestras
papilas gustativas. Podríamos ver nuestra inversión en la agricultura azucarera como elección,
pero es igualmente razonable verla como inevitable consecuencia de lo que nuestras papilas
gustativas pueden percibir y lo que nos dicen que es “bueno”. Porque jamás, en nuestra larga
historia evolutiva, enfrentamos una situación en la que sintiéramos haber ingerido demasiada
azúcar: no tenemos campana o silbato en nuestro cuerpo que nos alerte que hemos comido
demasiado. La demanda de azúcar por parte de nuestro cuerpo es esencialmente infinita e
irracional, pero eso nunca fue un problema hasta el momento en que desarrollamos la
habilidad de empuñar herramientas y cambiar la tierra.
Volviendo a África Oriental, nadie sigue ya al indicador. Él ya no se acerca a las aldeas. Los
niños que antes lo seguían persiguen ahora los chupetines. Cambiamos de socios, y entonces,
mientras los indicadores son ahora más raros de lo que solían ser, las remolachas azucareras y
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los tallos de caña de azúcar son comunes, más comunes incluso que los humanos -miles de
tallos por cada hombre y mujer del mundo. Nadie escogió ignorar al indicador; simplemente
hicimos lo que era necesario para mantener contentas a nuestras papilas gustativas. A causa
de esta tiranía de nuestras papilas gustativas, esas pocas especies que pueden suministrarnos
grandes cantidades de azúcar fueron favorecidas, y las que nos proporcionaban una colmena
aquí y allá pasaron a ser más raros.
En muchos lugares de África, inclusive donde ya nadie recolecta miel, existen todavía historias
sobre el indicador. Dicen esas historias que, si alguien recolectando dulces deja alguna vez sin
un poco de azúcar y cera al indicador, éste se volverá contra los humanos. Llevará al elefante,
o quizás al hipopótamo, a las colmenas y abandonará a todos los humanos. No se ha visto
elefantes siguiendo a los indicadores, pero las moralejas pueden hablar de la naturaleza de
una consecuencia, incluso cuando los detalles sean erróneos. Hemos dejado de premiar al
indicador y hemos sufrido las consecuencias, aunque por la excesiva abundancia y no la
escasez de todo lo dulce.
Así como una vez necesitamos azúcar para energía, así mismo necesitamos por mucho tiempo
la sal por razones de contingencia histórica. Nuestro sistema circulatorio evolucionó cuando
todavía éramos peces en el mar, y la sal se encontraba en todas partes. En ese contexto, la
evolución favoreció la sal y otros compuestos comunes por los interruptores, palancas, poleas
y otras partes del cuerpo. La sal fue usada particularmente en todo nuestro cuerpo. Le ayudó a
regular la presión sanguínea, que es aún una de sus funciones principales. Otros nutrientes
podrían haber funcionado, pero en el mar la sal era barata y fácil de conseguir. Luego salimos
del mar y nos mudamos a la costa, donde la sal es escasa. La buscamos, así como lo hicieron
otras especies. Los guacamayos vuelan hacia los salares, los elefantes caminan en ellos y las
mujeres embarazadas pueden a veces comer puñados de arcilla salada. Fue durante este
tiempo de transición desde los océanos a la tierra que nuestras papilas gustativas para la sal se
refinaron y acentuaron. El cable que une el sabor de la sal con nuestra respuesta placentera
fue instalado profunda y sólidamente. Era fácil morir sin sal. Nuestros cerebros necesitaban
recordarnos que la busquemos.
En los últimos siglos nuestra necesidad de sal cambió, como fue el caso del azúcar.
Desarrollamos la habilidad de cosechar, almacenar e incluso producir sal. Ahora somos de
nuevo como los peces. Tenemos mucha sal a disposición, pero nuestras papilas gustativas son
antiguas, y así todavía ruegan por ella y nosotros se la damos: una papa frita, un tazón de sopa
de tomate o una gaseosa. Nuestras papilas gustativas para la sal, a diferencia de las dedicadas
a lo dulce y agridulce, tienen límites. Consideramos que las concentraciones demasiado altas
de sal son perjudiciales, pero debajo de ese nivel deseamos más y más. Puedes echarte la
culpa por tu incapacidad para dejar de comer alimentos salados, por tu falta de autocontrol
quizás. Pero la verdad es que estás haciendo lo que tu cuerpo desarrolló para recompensarte.
Tus papilas gustativas para la sal no tienen otra cosa para hacer que recordarte las bondades
de la sal y que deberías encontrar más. Te lo imploran. Parte de la lucha, entonces, para
controlar la ingesta de azúcar, sal, grasa (por la que las papilas gustativas agridulces aúllan) o
cualquier otra cosa es que, si bien tu cerebro consciente puede indicarte evitarla, el mismo
cerebro te estimula para que la procures. La nuestra es una lucha universal que no es de poder
de voluntad, sino entre quiénes somos y quiénes éramos.
Tampoco se limita esto a la sal y el azúcar. Nuestras otras papilas gustativas claman,
universalmente, por grasas y proteínas, también limitadas por gran parte de nuestra historia.
En cuanto a sabores amargos y agrios, es al revés. Los sabores amargos son señal de fuertes
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químicos, por lo que cuando los saboreamos tenemos una mala sensación que nos da ganas de
escupir o vomitar. Nuestras respuestas a lo amargo y a lo ácido son en realidad provocadas por
muchos compuestos diferentes que tienen poco en común, salvo su toxicidad. Nuestra lengua
es sumamente sofisticada. Evalúa la complejidad en el mundo y la simplifica en dos
posibilidades: encontrar más o escupirla. Vomitamos alimentos malos porque nuestro cuerpo
no lo haría de otra forma. Nos ha salvado, una baya u hoja repugnante a la vez. Y así es que, a
lo largo de nuestra extensa historia, en un mundo de cosas tóxicas y necesarias, sobrevivimos.
Nuestras papilas gustativas son un buen punto de partida para nuestras preferencias en
general, porque evolucionaron para guiarnos a lo que necesitamos. Nuestras papilas
gustativas, como otros aspectos de nuestras preferencias, son muy diferentes del hambre o la
sed. Las papilas gustativas no nos indican cuánta azúcar o grasa necesitamos, o cuándo las
necesitamos. Evolucionaron sin válvulas de cierre (distintas a las relacionadas con la saciedad
más en general), y funcionan en la “suposición” evolutiva de que siempre necesitamos ambas
sustancias. Sin importar cuánto hayas comido, cuando tocas una porción de galletita con tu
lengua, tu cerebro resonará “dulce”. La sed y el hambre son diferentes. Ellas nos dicen cuándo
necesitamos agua o alimento (en respuesta, en parte, a los sensores que miden cuán estirados
se encuentran nuestros estómagos con comida). Una vez que nuestro cuerpo tiene suficiente,
o una vez que cree que ya tiene suficiente, deja de pedir por más. Se puede incluso inflar un
globo en el estómago y simularía el mismo efecto, la misma sensación de estómago lleno del
tipo contracción. Pero no nuestras papilas gustativas, pues ellas nos dicen lo que
necesitábamos hace miles de años y estábamos urgidos de conseguir. Podríamos estar a punto
de morir de alta presión sanguínea -colectivamente lo estamos- y nuestras papilas gustativas
aún nos dirían que la sal es buena. Son irracionales en su moderno contexto.
¿Qué sucede con aquellas otras preferencias y rechazos aparentemente universales que listé
antes, los que no se relacionan con el gusto, sino con la visión, el sonido o incluso el olor?
Algunas de nuestras percepciones de olores evolucionaron claramente para dirigirnos a o
alejarnos de factores que influyen en nuestro bienestar. Universalmente rechazamos el olor
del excremento. Parece plausible que el hedor que sentimos al oler excremento se desarrollara
para mantenernos alejados de esa materia (puede no parecer necesario un recordatorio para
que nos mantengamos alejados de pilas de excremento, pero al pensar esto estamos
sobreestimando a nuestros ancestros). En la medida en que los escarabajos peloteros
experimentan un aroma en sus cabezas cuando huelen excremento, es probable que sea uno
placentero, así como para los buitres los cadáveres deben oler muy bien. Estiércol y carroña no
producen intrínsecamente malos olores, así como el azúcar no produce intrínsecamente un
sabor dulce. Así son las extravagancias de los sentidos. Nuestros cerebros responden de modo
diferente a diferentes clases de sonido, y si bien este efecto ha sido muy poco estudiado, se
pueden imaginar contextos en los que esto habría beneficiado la condición física de nuestros
ancestros. Gran parte de lo que experimentamos como algo universal parece estar
directamente relacionado con nuestra supervivencia, si no en tiempos presentes, en tiempos
pasados.
Pero volvamos a la vista. Ésta debe ser diferente. Haya sido o no formada por las serpientes, es
nuestro sentido especial, nuestro niño consentido. Nuestras lenguas, narices y oídos
responden diferentemente a las varias categorías de estímulo, pero se encuentran marginados
con respecto al mundo de la observación. La vista responde a escenas intrincadas en su
totalidad, ya sean pinturas de Jackson Pollock o tigres que saltan hacia nosotros. Nuestros
vocabularios para describir tacto, gusto y olfato son pobres. Pero no lo son para la visión, que
100
podemos describir en detalle, con tonos de color, calidades de luz y cientos de adjetivos
asociados. Parece poco plausible que estén inmersas en el proceso de la visión las mismas
clases de preferencia que encontramos en el modo en que saboreamos u olemos, poco
plausible y sin embargo posible.
Sabemos que ciertas escenas provocan sistemáticamente las mismas respuestas en los
individuos, sin importar sus culturas. Las serpientes nos llevan a pegar un salto hacia atrás.
Provocan pesadillas y miedo, excepto cuando ese miedo ha sido contrarrestado desde
temprano por la cultura o la educación. Las escenas con agua despiertan placer, como lo hacen
también los paisajes abiertos, las praderas y los bosques que lucen como si hubieran sido
domados, con su vegetación inferior removida como cuando se hacen arboledas. ¿Pueden esas
respuestas también ser la consecuencia de nuestro pasado evolutivo? ¿Podría ser que ciertas
clases de imagen nos contentan a todos y otras nos atemorizan a todos, y que esos efectos
sean, o al menos fueran, adaptativos? Alguna vez fue útil temer a las serpientes. Quizás alguna
vez también fue útil dirigirse hacia las praderas y alejarse de la espesa y oscura vegetación de
los bosques. Aquí retornamos a las víboras de Lynne Isbell que, como la comida amarga,
alguna vez nos mataron y pueden haber aguzado nuestros ojos.
Ha sido difícil para los científicos estudiar los aspectos adaptativos de la vista. Somos
cortejados por nuestra visión, pero también la usamos como herramienta para estudiarnos y,
así como un perro le es difícil morder su propia cola, parecemos tener dificultades para ver
nuestros propios ojos. No obstante, todas las explicaciones para nuestra sofisticada visión en
color implican habilidad para detectar otras formas de vida, ya sean frutos o serpientes. ¿Y si,
como sucede con el gusto, el olfato y quizás también el oído, nuestros sistemas de visión
despiertan no sólo nuestras respuestas conscientes, sino también respuestas subconscientes a
las categorías de escenas, categorías que alguna vez nos salvaban y que ahora sólo influyen
sobre el mundo? Si nuestra lengua nos pudiera guiar hacia el buen alimento, ¿no es posible
que nuestros ojos pudieran también guiarnos hacia cosas que nos ayuden y alejarnos de las
cosas que nos vayan a hacer daño? Parecemos imaginar al mismo tiempo que nuestros ojos
son el sentido más sofisticado y que son los menos capaces de reconocer elementos
específicos de lo bueno y lo malo del mundo, estímulos que vale la pena buscar o alejarse de
ellos. Tal vez nuestros ojos provoquen también preferencias.
Regresemos a las serpientes. Es difícil abandonarlas, después de todo. Nuestro miedo a las
serpientes, o al menos nuestro recelo inicial hacia ellas, parece universal. Es fácil creer que
cuando vivíamos todos a la intemperie en los trópicos de África y Asia, donde la muerte por
mordidas de serpientes venenosas o incluso por constricción de serpientes como la pitón era
relativamente común, tal recelo habría de salvar vidas. Cualquiera que fuera universalmente
incauto con las serpientes (digamos, por ejemplo, los herpetólogos) habría sido menos capaz
de pasarlo a sus genes. Lo que es sorprendente es que este miedo persista, sin importar dónde
y cómo vivamos ahora. Estamos tan predispuestos a volvernos miedosos de las serpientes en
Manhattan como en una selva tropical de Camerún. En promedio, tememos más a las
serpientes que a los automóviles o las armas de fuego. No todos temen a las serpientes, pero
los estudios tienden a sugerir que más del 90% lo es. Este miedo se desarrolla desde temprano
y es o innato o fácilmente aprendido. Los monos a los que se les muestra videos de otro mono
respondiendo con miedo ante una serpiente tendrán miedo de ellas por el resto de sus vidas.
Los monos a los que se les muestra videos con un conejo en lugar de la serpiente nunca se
vuelven temerosos de los conejos. Las serpientes parecen ocupar una categoría única en los
cerebros primates, a diferencia de otras amenazas e incluso de otras criaturas amenazantes.
101
Los monos no parecen, por ejemplo, aprender tan rápidamente el miedo a los felinos. Y no
sólo los monos. Niños demasiado jóvenes para hablar parecen concentrarse en videos de
serpientes (en vez de videos de otro animal) de manera innata (es decir, sin aprendizaje)
cuando un adulto cerca de ellos habla con tono de miedo. Pero cuando el adulto habla
normalmente, el niño da igual atención a serpientes y a, digamos, hipopótamos. Es como si
nuestros cerebros tuviesen una regla que dice “si no tienes nada que temer, no temas a nada,
pero si tienes algo que temer, teme a las serpientes.” Y así lo hacemos.
Una explicación para cómo algunas escenas provocan respuestas negativas (en el modo en que
lo hacen también los alimentos amargos) se relaciona con la amígdala, ese elemento del
cerebro que tira de las cuerdas en nuestros cuerpos cuando somos perseguidos o peleamos.
Cientos de biólogos pasan sus vidas asustando ratas para estudiar sus miedos, amígdalas y
vistas. Pueden contarte que si muestras a una rata una foto aterrorizadora (ya sea de un gato o
de un biólogo), la rata responde incluso cuando su cerebro consciente está concentrado en
otro punto. Las imágenes aterrorizadoras excitan las amígdalas de las ratas, pero no sus
lóbulos frontales (la parte del cerebro tan exagerada en los seres humanos, y que está
asociada con nuestra inteligencia). Más importante aún, cuando las amígdalas son removidas
en los monos, éstos pierden su temor a las serpientes. Por un tiempo no fue claro si el miedo
era comunicado subconscientemente del mismo modo en los humanos.
Biólogos del cerebro buscaron con empeño y por mucho tiempo individuos, ratas y humanos,
con problemas. Querían hallar individuos con “visión ciega” que pudieran todavía ver, pero sin
conocimiento consciente de que lo estaban haciendo. Los individuos con visión ciega no son
conscientes de que ven, de la misma forma que nuestros intestinos saborean la comida sin que
nosotros seamos conscientes de que lo están haciendo. Los individuos con visión ciega por lo
general se sorprenden al darse cuenta de que son conscientes de la posición de objetos. En un
estudio reciente, un hombre con visión ciega caminó por un pasillo, zigzagueando entre
objetos que no sabía que estaban allí. Algunos individuos también tienen una visión ciega
emocional y pueden responder a rostros atemorizados encogiéndose, incluso cuando son
completamente inconscientes de que no están viendo absolutamente nada. Que la visión ciega
puede ocurrir significa que todos experimentamos tanto respuestas conscientes como
inconscientes a lo que vemos, igual que las ratas. Esto a su vez lleva a cuestiones sobre lo que
esas visiones encontradas subconscientemente están haciendo. Surgen más preguntas, tales
como si la visión ciega pudiera -como las papilas gustativas de nuestros intestinos- registrar
subconscientemente distintas categorías de escenas, sean ellas específicas, tales como
serpientes, o sólo variedades más generales de miedo.
Arme Öhman (un biólogo del cerebro que se aterroriza con las serpientes a pesar de vivir en
Suecia) y sus colegas han desarrollado una prueba que imita los efectos de tener visión ciega.
Para hacer esto les muestran a los participantes una foto de un rostro. Algunas veces el rostro
está acompañado por un sonido estridente y molesto; en otros casos no. Cuando el rostro está
acompañado por un sonido bastante estridente y una imagen lo suficientemente rápida,
Öhman puede producir situaciones en las que, aunque se ve la imagen, ninguna de éstas llega
al cerebro consciente del participante. Cuando se le pregunta, el participante dice que él o ella
no vieron la cara. Además, la parte del cerebro que uno esperaría que se encienda si se ve un
rostro no lo hace. Lo que se enciende, en cambio, es una parte separada del cerebro, una parte
del cerebro que sugiere que al menos algunas señales pasan directamente a la amígdala. Son
señales que nadie había notado hasta el trabajo de Öhman y sobre las cuales no somos nunca
conscientes.
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La cadena de conexiones que los investigadores han identificado son antiguos conectores que
son más prominentes en ratas que en humanos, pero que están presentes en todos los
mamíferos. Es el antiguo sistema de miedo, agresión e impulsos. Algunos estímulos y escenas
visuales directamente despiertan este antiguo sistema, y el cuerpo responde a ellos sin que la
señal se vuelva consciente. Cuando Öhman le muestra a los participantes serpientes o rostros
atemorizantes, las señales viajan a sus amígdalas y despiertan una respuesta corporal general
al miedo. Esto ocurre incluso cuando los cerebros conscientes de los participantes son
inconscientes de que el participante había visto una serpiente. No podían razonar acerca de la
serpiente, porque la razón ni siquiera está involucrada.
Cómo funciona el antiguo sistema en nuestros cerebros es algo muy poco conocido, pero está
sin dudas allí, haciéndonos saltar, temblar, correr o golpear. No parece difícil implicar a este
viejo sistema en algunas de nuestras preferencias (o miedos) de imágenes de algunos
animales, así como también en nuestras visiones de lo que es feo o lindo, pacífico o
aterrorizante. En las ratas existen células asociadas con el antiguo sistema que ayuda a marcar
cuán cercano está un individuo de un objeto. Células separadas, llamadas células de lugar,
hacen un seguimiento de cuándo un animal pasa por un objeto prominente o del camino que
se está tomando. ¿Cuán inverosímil sería pensar que estas células pudieran también registrar
la señal registrada cuando los ojos siguen la sinuosa forma de una serpiente, esa delgada
amiga en el pasto? ¿Cuán forzado sería imaginar que estas partes subconscientes del cerebro
pudieran registrar incluso aspectos más sutiles del mundo, aspectos que producen
sentimientos buenos o malos, indignación o alegría?
Lo que sabemos por ahora es que todos parecemos haber nacido con una fácil habilidad para
aprender o haber desarrollado un recelo hacia las serpientes, así como una habilidad, una vez
que nos atemorizamos, para desatar un recelo mucho mayor, un real miedo. La mayoría de
nosotros también nació prefiriendo paisajes relativamente abiertos antes que unos boscosos.
Una escena con un árbol que tiene ramas para trepar es juzgada por la mayor parte de
nosotros como más bella que una con un árbol largo y recto. Esas preferencias, como el miedo
a las serpientes, pueden modularse mediante el aprendizaje, hacerlas más fuertes o débiles
por la experiencia y la razón, pero parecen comenzar profundas y ser innatas. Hay otras
también, como las preferencias universales por el agua, o por los colores azules
resplandecientes. Cómo todo esto funcione, qué escenas realmente preferimos, cómo ellas
sean aprendidas y no aprendidas, y cómo nuestro cuerpo responda a ellas es fascinante, una
gema primitiva tan fundamental para quiénes somos como nuestras papilas gustativas, un
reino indocumentado que apenas empieza a explorarse.
Así como los mecanismos de nuestras preferencias universales permanecen enigmáticos, sus
consecuencias son claras. Dirigiendo nuestras opciones, ellas han formado el mundo viviente y
nos han sacado de la naturaleza en la que evolucionamos. Comenzó cuando cambiamos de
presa a predador, del miedo a una algo más complicada mezcla de miedo y agresión. Como en
el caso del cangrejo, nuestras influencias se ramifican por nuestras herramientas y sentidos.
Una vez que tuvimos armas, las primeras especies que sufrieron nuestra influencia fueron las
que podíamos ver y atrapar. Las buscamos porque nuestros ojos y oídos las detectaban y
porque, cuando las atrapábamos, su grasa recompensaba a nuestras lenguas. La supervivencia
frente a nuestras armas significaba y significa escapar de nuestra visión o aparearse muy
rápidamente. Perseguimos los animales grandes y obvios. Pueden haber tratado de escapar
aprovechándose de nuestras debilidades (como en la ley de Vermeij), pero con lanzas y
sociedad nuestras debilidades resultarían ser cada vez menos. Cuando observamos el paisaje,
103
también comenzamos a quemar. Quemamos pastizales, hojas secas, árboles, y todo lo que
pudiera encenderse. Convertimos bosques en praderas, en las que pudimos ver a la distancia.
Con la agricultura elegimos nuevamente especies que crecían en espacios abiertos y
plantamos campos de mijo, trigo y maíz. El maíz es un cultivo bajo, y el mijo también. Donde
no podíamos plantar cereales, criamos ganado que consumía las hierbas altas, creando incluso
más acres de tierra abierta y, para la mayoría de nuestras sensibilidades, hermosa. En algunos
lugares hicimos y hacemos sutiles distinciones, por ejemplo, entre serpientes verdaderamente
peligrosas y en gran medida o completamente inofensivas. En otros lugares, como en Texas,
las matamos sin tal discernimiento, como se hace aún cada año en las colectas de serpientes
de cascabel. Cada uno de estos cambios hizo al mundo más acorde con nuestro paisaje
preferido, el que nos da placer seamos conscientes de ello o no, sea bueno para nosotros, el
futuro de la vida o no.
Plantas y vacas no son las únicas especies que favorecimos. También vinimos a escoger
especies que eran bellas para nuestros sentidos, como los pájaros que cantan dulcemente o
los peces dorados. Que veamos a tales especies como bellas invita a cuestionar si la misma
belleza es como la dulzura, una sensación adaptativa que nos ayuda a sobrevivir. Nadie sabe,
todavía. Mientras tanto, los tulipanes y otras flores se envían a todas partes del mundo con
grandes costos. Los peces dorados viven en casas de prácticamente todos los países. Los
perros, quienes recurren a nuestro sentido social de contemporización y conectividad, fueron
llevados a dormir en nuestras camas. (Los gatos -bueno, nadie los puede explicar) Los trenes
de la modernidad desgastan las vías, transportando lo que pedimos, una carga por vez.
Más allá de las especies que hemos conscientemente favorecido (por razones subconscientes)
está otro grupo, el que quizás ha respondido más directamente a nuestros sentidos: nuestras
plagas y huéspedes. Ellos se mueven furtivamente cuando dormimos, o andan por rincones y
rendijas que desconocemos. Las ratas se pegan a los muros, porque es allí donde ellas se
mueven sin ser vistas. Palomas y otros pájaros urbanos ubican sus nidos en los aleros, donde
no los encontraremos. Insectos nocturnos andan por nuestras casas. Especies como los ácaros
del polvo y las chinches, lo suficientemente pequeñas como para evitar ser vistas, se suben y
bajan de nuestros cuerpos con total impunidad. Criaturas diminutas, bacterias y arqueas,
florecen. Las atacamos, pero se desarrollan, con cambios, pero todavía persistentes.
Nuestros sentidos, junto con nuestro poder, cambiaron el mundo tan rápida y universalmente
que es fácil olvidar cómo lucía el mundo. Hoy cerca del 60% de la superficie de la tierra está
controlada por humanos por motivos de producción, y la mayoría de la tierra está dedicada a
una u otra clase de hierba. Casi todos los humanos del planeta viven cerca del agua. (Piensa en
tu playa favorita, pero también en Manhattan y Los Angeles) Muchos de nosotros tendemos a
vivir cerca de un curso de agua porque la necesitamos, pero también porque tendemos a
preferirlo. Nos atrapa la atención como si fuera gravedad y nos hace sentir bien. Hubo una vez,
sin embargo, antes de los humanos modernos, en que había más bosques y animales grandes.
Las ratas eran raras, así como los ratones y las cucarachas. Incluso las tierras de pastos no eran
nada comunes, y las florecientes plantas que han crecido a nuestro alrededor no habían aún
captado nuestra atención. En muchos lugares las costas a lo largo de las cuales ahora
caminamos con tanta facilidad estaban ocultas detrás de dunas de decenas de pies de altura,
dunas que si bien nos son útiles para la protección de nuestras costas también oscurecen
nuestras vistas. Éstas se impusieron y así fue como en general las dunas desaparecieron,
reducidas a una línea menor de colinas que nos permite ver incluso más de lo que nuestros
ojos y cerebros piden.
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No todo está sujeto a los destinos y papilas gustativas. En los bolsillos pequeños, la razón se ha
impuesto sobre nuestras urgencias. Hemos instituido agencias y planes de conservación,
sistemas de salud y sanidad públicos, cada uno de los cuales requirió de nosotros elegir de
alguna manera lo que era razonable y no lo que era simplemente atractivo. Hay éxitos reales,
triunfos no de la intuición o de nuestro “olfato” sino de la razón no intuitiva que se acumula a
través de pueblos y generaciones. Otras veces, cuando tratamos de resolverlo por nuestros
propios medios, la razón fracasa, atrapada en un mundo mental construido por sentidos que
evolucionaron para detectar serpientes y frutas, no para solucionar crisis globales.
Colectivamente, hemos tendido repetidamente a tomar la misma decisión, más allá de
nuestras culturas y diferencias. Tenemos sentidos y preferencias universales, por lo que con
frecuencia escogemos universalmente. Los aborígenes incendiaron bosques en Australia. Los
amazónicos quemaron selvas. Otros incendiaron en Europa y América del Norte. La gente
quemaba porque podía, pero también porque el resultado era el preferido en todas partes. En
algunos lugares, esta preferencia por los hábitats abiertos ha sido llevada a distancias
extremas. En los Estados Unidos se planta ahora más tierra con hierba -quizás la manifestación
más perfecta de la preferencia de nuestras mentes por los espacios abiertos simples, sin
adulteraciones- que con maíz. El azúcar sigue siendo dulce, la sal tentadora y las escenas
abiertas de los océanos o las praderas bellas de un modo que no puede expresarse con
exactitud.
Podría haber sido de otro modo. Lo hubiera sido si nuestros sentidos fueran diferentes; si
fuéramos, por ejemplo, ciegos como las termitas. Las termitas sienten sus caminos a lo largo
de túneles oscuros, oliendo y tanteando a través del mundo, como lo hacen los topos, las ratas
topo y otros residentes del mundo subterráneo de hoyos y recámaras. En su mundo, la luz es
en gran medida irrelevante. En algunas especies subterráneas, los ojos de sus ancestros se
desconectaron de sus cerebros hasta que desaparecieron completamente. Una vez que los
ojos desaparecieron, los colores que una vez significaron mucho para ellos se volvieron
también innecesarios. Para una reina ciega, un rey llamativo no era más atractivo que uno
soso. Porque todos los colores son costosos, las termitas han perdido sus tonalidades. Se han
vuelto versiones espectrales de sus anteriores formas -el color de la cáscara de una cebolla. En
este mundo alternativo, los olores y las texturas gobiernan. Las especies de escarabajos, ácaros
e incluso hongos se introducen furtivamente en los nidos de las termitas. Se ocultan allí, a la
vista de todos. No tienen la apariencia de las termitas, pero sienten como ellas. Huelen como
ellas también. En cuanto a sus alimentos, las termitas usan el gusto y el olfato para escoger los
alimentos que se están descomponiendo, que para ellas deben oler a dulzura. Somos como
ellas al construir un mundo que conforma a nuestros sentidos; sólo que diferimos en cuáles
son esos sentidos.
Finalmente, hemos estado con frecuencia como la termita o la hormiga, a merced de nuestros
urgidos sentidos. Pero la razón puede prevalecer, siempre y cuando no “confiemos en nuestros
cuerpos”. Ellos y en particular nuestros sentidos mienten. Están todo el día en el porche de la
casa, balanceándose y recordando los viejos tiempos. Y así, cuando tocas tu alimento con la
lengua disfrutas del placer de los buenos sabores. La cultura, por supuesto, puede influir en
cómo respondemos a diferentes sabores, así como a diferentes escenarios. Podemos aprender
a gustar de las serpientes, así como hemos aprendido a gustar de los estímulos que da el café,
aunque es amargo. Nuestra aversión a las serpientes y nuestra atracción por los azúcares, sales
y grasas son los susurros de nuestra historia, pero tales susurros pueden ser acallados.
Nuestros miedos y ambiciones universales han sido nuestro destino, pero no necesitan serlo.
Más allá de cuál pueda ser la acción correcta, el indicador no nos conducirá allí, ni tampoco
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nuestras papilas gustativas, que continuarán pidiendo por más, así como nuestros miedos nos
llaman a pelear o huir.
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