Historia de la Psicooncología: superar barreras
actitudinales y conceptuales
Jimmie C. Holland, MD
Resumen ampliado
La psicooncología despega formalmente a mediados de los años setenta, cuando el tabú que volvía
innombrable la palabra “cáncer” se relaja lo suficiente como para decir el diagnóstico y, por fin,
escuchar lo que sienten los pacientes. A ese viejo estigma se sumaba otro: el prejuicio contra “lo
psicológico” y la enfermedad mental incluso en contextos médicos, lo que retrasó el interés por la
dimensión emocional del cáncer. En el último cuarto del siglo XX, la psicooncología se consolida como
subespecialidad con cuerpo propio de conocimientos, formación y una agenda de investigación que
recorre todo el continuo del cáncer: prevención y hábitos, pesquisa precoz, riesgo genético, control de
síntomas (ansiedad, depresión, delirium, dolor, fatiga), secuelas en supervivientes y cuidados
paliativos y del final de la vida. Los vínculos mente-cuerpo relevantes para riesgo y supervivencia se
exploran, entre otros, mediante la psiconeuroinmunología. Con el cambio de milenio, la psicooncología
llega a la adultez: joven dentro de la oncología, bien definida dentro de la psiquiatría de enlace, y
ejemplo del valor de aplicar de forma amplia las ciencias conductuales y sociales.
Introducción
En apenas veinticinco años, la psicooncología articuló un modelo en el que lo psicológico se integra
—como subespecialidad— a la oncología centrada por enfermedades. Hoy aporta a la atención clínica
de pacientes y familias, a la formación del personal en manejo psicológico y a la investigación
colaborativa que va desde la prevención conductual hasta el tratamiento de trastornos psiquiátricos y
problemas psicosociales a lo largo de todo el curso del cáncer, incluido el final de la vida. Que su
historia formal comience recién a mediados de los setenta en EE. UU. se entiende al recordar que sólo
entonces disminuyó el estigma del cáncer al punto de comunicar el diagnóstico a la mayoría, abriendo
la puerta a explorar y estudiar sus respuestas emocionales.
Barreras actitudinales y estigma asociados al cáncer
En el siglo XIX —y antes—, “cáncer” equivalía a “muerte”. Sin causa ni cura conocidas, decir el
diagnóstico al paciente se consideraba cruel: mejor no saber para no perder la esperanza. Se imponía
una “mentira piadosa” al paciente mientras la familia sí era informada. Tolstói retrata magistralmente
esa soledad y la conspiración del silencio en *La muerte de Iván Ilich*. El estigma era tan fuerte que las
familias evitaban revelar el diagnóstico por vergüenza y culpa, y por el temor a un contagio inexistente.
A inicios del siglo XX, con la mejora de la cirugía y la anestesia, algunas curas se volvieron posibles si
el tumor era extirpado precozmente. Nació entonces la educación pública para combatir fatalismo e
ignorancia: la American Cancer Society (1913) difunde señales de alerta y lemas como “Luchar contra
el cáncer con conocimiento”. Pese a más información, muchos seguían consultando tarde, demasiado
tarde para una cirugía curativa. La radioterapia se suma pronto, aunque inicialmente como paliación
tras fracasos quirúrgicos, y despierta temores similares. La preocupación pública impulsa la
investigación: se funda el NCI (1937) y en 1948 Farber comunica remisiones temporales en leucemia
infantil con aminopterina; aparecen respuestas en Hodgkin a la mostaza nitrogenada y, ya en los
cincuenta, la primera cura con quimioterapia (coriocarcinoma con metotrexato). Desde entonces, la
quimioterapia se integra como tercer pilar junto con cirugía y radiación cada vez más precisas. Aun con
estos avances, el prejuicio hacia “lo mental” no desaparece. Muchos pacientes temen ser vistos como
“débiles” o “psiquiátricos” si piden ayuda. La respuesta efectiva es integrar sin fisuras los servicios
psicosociales dentro de la oncología —mismo equipo, mismo espacio— para minimizar el estigma que
generan circuitos paralelos y lejanos.
Comienzo formal de la psicooncología (1975)
La subespecialidad nace a mediados de los setenta, cuando cae la prohibición tácita de nombrar y
comunicar el diagnóstico y se vuelve posible conversar con los pacientes sobre el impacto del cáncer
en sus vidas. Confluyen tres cambios sociales: más supervivientes visibles y optimistas, ya sin
esconderse por miedo al estigma y a perder el trabajo; figuras públicas que permiten cobertura
mediática de su enfermedad (Betty Ford, Happy Rockefeller, y el testimonio de Betty Rollin en *First,
You Cry*); y el empuje de movimientos de derechos —legado de Vietnam— que vuelven la mirada
hacia mujeres, consumidores y pacientes. El cáncer “sale del clóset” y se abre la puerta a la dimensión
psicológica. En 1975, una reunión pionera en San Antonio aborda un obstáculo clave: la falta de
instrumentos para medir cuantitativamente síntomas subjetivos en pacientes médicamente enfermos
(dolor, ansiedad, depresión, náusea, delirium). Con apoyo de la American Cancer Society se
desarrollan y validan esas herramientas, y en 1977 se reconstituye en Memorial Sloan-Kettering el
grupo de psiquiatría con servicios clínicos, formación de posgrado e investigación, lo que permitió
impulsar el desarrollo nacional e internacional del campo en alianza con la ACS y el NCI.
Barreras hacia el cuidado psicológico del paciente médico
El estigma histórico frente a la enfermedad mental influyó de forma decisiva en la lenta incorporación
del cuidado psicológico al paciente con enfermedad médica. Durante buena parte del siglo XX, la
psiquiatría estuvo apartada en manicomios; su entrada a los hospitales generales fue resistida o
ignorada. Con el tiempo, la psiquiatría de interconsulta y enlace se abrió paso, mostrando la frecuencia
de comorbilidad psiquiátrica —depresión, ansiedad, delirium— en pacientes con cáncer y la necesidad
de un enfoque integrado en el lugar donde se trata la enfermedad oncológica.
Búsqueda de “causas psicológicas” y giro metodológico
Un sesgo persistente de mediados de siglo fue intentar explicar el cáncer por rasgos de personalidad o
eventos vitales. Esa línea, poco conectada con la oncología clínica, postergó investigaciones
prospectivas que miraran la adaptación psicológica y los efectos de los tratamientos. El campo cambió
de rumbo con estudios observacionales y ensayos colaborativos entre equipos oncológicos y de salud
mental, centrados en los problemas reales del curso de la enfermedad y sus terapias.
Psiconeuroinmunología y respuestas condicionadas
La psiconeuroinmunología aportó métodos para observar interacciones mente–sistema inmune y
explicó fenómenos clínicos como la náusea condicionada por quimioterapia. Aunque su papel en
riesgo o supervivencia sigue en estudio, su contribución metodológica fortaleció el enfoque
biopsicosocial.
Veracidad diagnóstica y debates éticos
Hasta los años sesenta era común no revelar el diagnóstico de cáncer al paciente. Con el avance de
los derechos de los pacientes y la exigencia de consentimiento informado, la práctica cambió: decir la
verdad permitió deliberar sobre opciones terapéuticas y cuidar la autonomía. En paralelo, el
movimiento de cuidados paliativos y el trabajo de Elisabeth Kübler-Ross rompieron el tabú de hablar
de la muerte y promovieron el acompañamiento sensible del final de la vida.
Consolidación 1975–2001: epidemiología, intervenciones y medición
Desde fines de los setenta, los estudios multicéntricos describieron la elevada prevalencia de
trastornos adaptativos, depresión, ansiedad y delirium en oncología, y su relación con dolor,
toxicidades y deterioro cognitivo. Se ensayaron intervenciones psicosociales y psicofarmacológicas, y
se formaron equipos con psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, enfermeras y capellanes. La
medicina conductual y la psicología de la salud impulsaron la modificación de hábitos (por ejemplo,
cesación de tabaco), modelos de afrontamiento y, sobre todo, la medición estandarizada de la calidad
de vida como desenlace en ensayos clínicos.
Contribuciones de enfermería y trabajo social
Enfermería clínica y de investigación refinó la evaluación y manejo de síntomas —dolor, fatiga,
náusea—, la atención paliativa y la educación del paciente. El trabajo social lideró la intervención con
familias, cuidadores, infancia y supervivientes, además de organizar redes de apoyo y grupos
terapéuticos.
Espiritualidad y sentido
El acompañamiento espiritual y el asesoramiento pastoral tomaron protagonismo al reconocer que el
cáncer precipita una crisis psicospiritual: la búsqueda de significado, valores y creencias que
sostengan. Se desarrollaron instrumentos para evaluar espiritualidad y su uso en el afrontamiento
clínico.
Desarrollo institucional del campo
Aparecen manuales y revistas especializadas, sociedades científicas nacionales e internacionales y
unidades de psicooncología y oncología conductual en centros oncológicos. La integración
multidisciplinaria se vuelve criterio de calidad asistencial.
Necesidad de un modelo integrador
La amplitud de aportes disciplinarios exigió un marco común. Los modelos contemporáneos de
afrontamiento incorporan la dimensión del significado: la persona contrasta su “sentido global”
—creencias, valores, metas, autoimagen— con el “sentido situacional” de la enfermedad, y reequilibra
mediante reevaluaciones, resolución de problemas, regulación emocional y construcción de sentido.
Este marco explica la eficacia de intervenciones que apuntan al control sintomático, a las habilidades
de afrontamiento, al soporte familiar y a la dimensión espiritual.
Ejemplo clínico
Un corredor de larga distancia que requiere amputación por un osteosarcoma enfrenta la tarea de
integrar esa pérdida a su proyecto vital o de redefinir su identidad y sus metas. La intervención
psicooncológica acompaña ese proceso de reconfiguración del sentido y promueve la recuperación
funcional y social.
Logros y agenda para el nuevo milenio
La psicooncología se define por dos grandes ejes: (1) las reacciones psicológicas de pacientes,
familias y equipos en todas las etapas del cáncer; y (2) los factores psicológicos, sociales y
conductuales ligados al riesgo, la detección y la supervivencia. Los avances biológicos y terapéuticos
generan nuevos desafíos psicológicos: estados preclínicos y consejo genético; toxicidades
neuropsiquiátricas; manejo del distrés, dolor y fatiga; y acompañamiento al final de la vida. Las
prioridades incluyen: integración completa en los equipos oncológicos; tamizaje sistemático de distrés;
intervención temprana en depresión, ansiedad y delirium; evaluación rigurosa de calidad de vida y
años de vida ajustados por calidad; investigación sobre mecanismos psico–biológicos; y estándares y
guías clínicas para la atención psicosocial.
Cierre
Al comenzar el siglo XXI, la psicooncología ha alcanzado la madurez: es un componente reconocido
de la oncología y una subespecialidad bien delimitada de la psiquiatría de enlace. Su sello es la
integración: cuidado del sufrimiento de la mente junto con el del cuerpo, para que la medicina trate
personas, no diagnósticos.