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Nelson, G. D. (2021).

Regional planning as cultural criticism: Reclaiming the


radical wholes of interwar regional thinkers. Regional Studies, 55(1), 127–137.

Edher Alejandro Vázquez Zárate


En el texto se establece que la disciplina de la planificación regional es
relativamente reciente, pero que su estudio suele centrarse en un horizonte
temporal aún más corto. A través de una comparación entre el enfoque actual de
los estudios regionales y el pensamiento radical de los primeros planificadores del
siglo XX, el autor argumenta que las ideas ideológicas y críticas que antes
formaban parte del regionalismo han sido desplazadas progresivamente.
Este desprendimiento de la crítica cultural dentro de la planificación regional ha
llevado a que los primeros pensadores sean reconocidos solo superficialmente, sin
un análisis profundo de sus ideas. Como resultado, muchos de los temas centrales
que les preocupaban han sido eclipsados en la academia contemporánea.
A finales de la década de 1920, la planificación regional comenzaba a consolidarse
como un concepto clave dentro del urbanismo y la gestión territorial. En una carta
de 1928 dirigida a Patrick Geddes, Lewis Mumford mencionó la participación de la
Regional Planning Association of America (RPAA) en la nueva edición de la
Encyclopædia Britannica, aunque expresó su descontento por la falta de
organización del proceso editorial. La RPAA, un grupo inicialmente poco conocido
de planificadores, arquitectos paisajistas y reformadores urbanos con base en
Nueva York, surgió bajo la influencia del movimiento de las "ciudades jardín" y
amplió su enfoque hacia la planificación regional, un término que apenas
comenzaba a ganar relevancia profesional en la década de 1920. Es posible que
el vínculo con la enciclopedia haya sido facilitado por John Dewey o Isaiah
Bowman, miembros del consejo editorial.
En la entrada escrita por Mumford y Benton MacKaye en 1929, la planificación
regional se definió como un proceso integral de ordenamiento de los recursos
naturales, la infraestructura y la población, con el propósito de establecer una base
física sólida para la "buena vida", diferenciando la planificación regional de la
metropolitana, que se centraba en la expansión de las ciudades en áreas urbanas
más amplias. La planificación regional articulada por la RPAA destacó la
colaboración entre planificadores comunitarios, ingenieros y geógrafos,
vinculándolos con el trabajo práctico de ordenamiento territorial. Aunque algunos
de estos principios siguen siendo relevantes en el pensamiento urbanístico actual,
otros han quedado en el olvido, lo que refleja la evolución de la disciplina y sus
enfoques predominantes a lo largo del tiempo.
A inicios de la década de 1920, Lewis Mumford se cuestionó sobre la unidad de
estudio en la planificación regional, explorando el trabajo de los geógrafos
franceses, especialmente Vidal de la Blache. Siguiendo su enfoque, identificó tres
tipos de regiones: la primitiva o natural, determinada por su geografía y clima; la
cultivada, donde el campesinado y el comercio generaban intercambio económico;
y la energizada, caracterizada por la expansión urbana y la industrialización.
Si bien la planificación regional de entreguerras suele vincularse a Mumford y
Benton MacKaye, otros intelectuales desarrollaron ideas similares. En el sur de
Estados Unidos, Howard W. Odum propuso un modelo que integraba cultura,
ecología y desarrollo económico, enfrentando además la historia racial de la
región. Para Odum, la planificación debía reconocer identidades culturales,
organizar regiones en unidades administrativas funcionales y promover su
integración en un sistema mayor.
Hoy, la globalización ha transformado la estructura territorial, poniendo en duda la
vigencia de la región como unidad autónoma. Sin embargo, el pensamiento
contemporáneo, como plantea Harrison (2013), ha reformulado la noción de
región, pasando de una delimitación geográfica rígida a una identificación basada
en dinámicas políticas, sociales y económicas. Así, aunque su concepción ha
cambiado, la región sigue siendo una categoría clave para el análisis del territorio.
Rubin, J. W. (2003). Descentrando el Régimen: Cultura y Política regional en
México. Relaciones. Estudios de historia y sociedad, XIV(96), 125–180.
En el texto se ofrece una perspectiva innovadora sobre la política mexicana,
alejándose de los análisis tradicionales que se centran en el Estado como un ente
centralizado y homogéneo. Rubin argumenta que la hegemonía en México no se
construye únicamente desde el centro, sino que es un proceso dinámico que varía
según las regiones y está profundamente influenciado por prácticas culturales
como la etnicidad, el lenguaje, el género, la religión y la identidad cívica.
Se critica los enfoques previos que han interpretado la política mexicana desde
una perspectiva centrada en el Estado, señalando que estos análisis han
malinterpretado la naturaleza del poder en el país, especialmente durante el
régimen postrevolucionario. Aunque reconoce la importancia del corporativismo,
menciona que este no es suficiente para explicar la complejidad de la política
mexicana. En su lugar, propone que la hegemonía se construye y se impugna en
el ámbito regional, donde las dinámicas locales y las prácticas culturales juegan un
papel central.
A través de estudios de caso como Juchitán (Oaxaca), Puebla, Guerrero, San Luis
Potosí y Sonora, se demuestra cómo las luchas políticas regionales han influido en
la política nacional. Por ejemplo, en Juchitán, el movimiento de la COCEI
(Coalición Obrera-Campesina-Estudiantil del Istmo) desafió al régimen y logró
negociar con el gobierno central, mostrando cómo las identidades étnicas y las
prácticas culturales locales pueden transformar la política nacional. En Puebla y
Guerrero, los cacicazgos regionales y los movimientos populares también tuvieron
un impacto significativo en la configuración del poder estatal y nacional.
Se enfatiza que la política no se limita a las instituciones formales, sino que
también se manifiesta en la vida cotidiana a través de rituales, lenguas indígenas y
prácticas de género. Estas prácticas culturales, son fundamentales para entender
cómo se construye y se disputa el poder en México. Por ejemplo, en comunidades
indígenas como Juchitán, la resistencia cultural y la reivindicación de la identidad
zapoteca han sido herramientas clave para desafiar la hegemonía del Estado.
La propuesta de un enfoque descentrado para entender la política mexicana,
donde las regiones y las prácticas culturales son elementos centrales en la
configuración del poder, desafía la idea de un Estado todopoderoso y homogéneo,
y en su lugar, presenta una visión más matizada y compleja de la política en
México, donde las dinámicas regionales y culturales son fundamentales para
comprender la hegemonía y la resistencia.

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