Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo (págs. 71-126).
Buenos aires:
CLACSO.
Edher Alejandro Vázquez Zárate
David Harvey analiza el Estado neoliberal como un modelo que prioriza la
reducción del intervencionismo estatal, centrándose en proteger la propiedad
privada, los mercados libres y el marco legal. Promueve la privatización de
servicios públicos (como salud y educación) y la desregulación económica para
aumentar la eficiencia y la competencia global. El neoliberalismo se consolida
mediante organismos internacionales (como la OMC) y grupos de poder,
facilitando la libre circulación de capital, pero restringiendo la movilidad laboral.
Harvey critica su tendencia antidemocrática, ya que concentra el poder en élites
técnicas y poderes ejecutivos, marginando la participación popular y subordinando
instituciones clave (como los bancos centrales) a las demandas del mercado en
lugar de las necesidades sociales.
Aunque el neoliberalismo se promueve como una doctrina que garantiza libertad
económica mediante mercados autorregulados, su aplicación evidencia
contradicciones estructurales. La competencia, su principio central, deriva en
monopolios que requieren intervención estatal, como en servicios públicos
esenciales, desmintiendo el mito de la autosuficiencia del mercado. Además, fallos
como externalidades ambientales y asimetrías de poder exponen la imposibilidad
de mercados "perfectos". Políticamente, el modelo proclama individualismo pero
suprime mecanismos colectivos (sindicatos, democracia participativa), delegando
el poder en élites técnicas y organismos no electos (FMI, bancos centrales). Lejos
de reducir el Estado, el neoliberalismo lo reconfigura para proteger intereses
corporativos, combinando retórica de libertad con prácticas autoritarias cuando
surgen resistencias.
El neoliberalismo, aunque defiende la libre competencia, genera monopolios y
oligopolios, lo que contradice su propia teoría. En sectores como energía y
transporte, la competencia es inviable, obligando al Estado a intervenir, pese a la
retórica de desregulación. Además, los fallos del mercado, como la contaminación
y la especulación, muestran que las empresas tienden a externalizar costos sin
asumir sus consecuencias. Aunque algunos neoliberales aceptan una intervención
mínima, siempre prefieren soluciones de mercado, como impuestos o
comercialización de derechos. El modelo también asume una competencia justa,
ignorando que los actores más poderosos amplían sus ventajas mediante
información privilegiada y patentes. En el ámbito tecnológico, la obsesión con la
innovación genera inestabilidad y crisis recurrentes.
Políticamente, el neoliberalismo limita la democracia al favorecer gobiernos
tecnocráticos y reprimir movimientos sociales que exigen regulación estatal. La
globalización y la propaganda se usan para contener la oposición. En última
instancia, como predijo Karl Polanyi, el neoliberalismo necesita del autoritarismo
para sostenerse, restringiendo la libertad de muchos para beneficiar a unos pocos.
El neoliberalismo se expandió globalmente desde los años 70 como un proceso
contradictorio y geográficamente desigual, más que como una teoría económica
coherente. Promovido como receta universal, en la práctica combinó
privatizaciones, flexibilización laboral y desregulación financiera de forma
selectiva, siempre al servicio de las élites económicas. Mientras [Link]. e
Inglaterra lideraban la ofensiva con Reagan y Thatcher, países como Alemania y
los "tigres asiáticos" demostraron que el éxito económico no requería
neoliberalismo puro, sino intervención estatal estratégica; sin embargo las
recurrentes crisis mostraron sus fallas, mientras el FMI imponía ajustes que
ampliaban desigualdades. Lejos del libre mercado prometido, el Estado se
reconfiguró para rescatar bancos y garantizar privilegios corporativos.
El neoliberalismo, más que una teoría económica coherente, se revela como un
proyecto político de restauración del poder de clase, implementado de forma
desigual y adaptativa a nivel global. Aunque promovido como fórmula universal de
prosperidad, su aplicación selectiva, privatizaciones, flexibilización laboral y
desregulación financiera, etc., priorizó sistemáticamente los intereses corporativos
y las élites, reconfigurando el Estado para socializar pérdidas y privatizar
ganancias. Las crisis recurrentes (como las de México en 1995 o Asia en 1997) y
el contraste con modelos exitosos de intervención estatal revelan sus
contradicciones, lejos de garantizar desarrollo equitativo, profundizó
desigualdades e inestabilidad, dependiendo de mecanismos coercitivos para
imponerse. Así, su legado no es el libre mercado que proclamaba, sino un
capitalismo financiado donde la concentración de riqueza y el autoritarismo
tecnocrático erosionan el bienestar social.