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Raffestin, C. (2011). Por una geografía del poder (págs.

12-51 y 101-156) Colegio


de Michoacán.
Edher Alejandro Vázquez Zárate
Raffestin cuestiona los paradigmas tradicionales de la geografía política al
proponer un enfoque relacional y multidimensional del poder. A diferencia de las
perspectivas clásicas, que reducían el análisis al Estado y sus estructuras
territoriales, Raffestin postula que el poder es una red compleja de relaciones que
se materializa en el espacio a través de actores, estrategias y códigos. Este
ensayo explora las ideas centrales del autor, destacando su crítica a la geografía
política clásica, su propuesta de una "geografía del poder" y su análisis del
territorio como producto de relaciones asimétricas.
Raffestin inicia su reflexión cuestionando la genealogía de la geografía política,
dominada por la figura de Friedrich Ratzel. Aunque reconoce su aporte al vincular
Estado, territorio y población, critica su enfoque determinista y su reducción del
poder a lo estatal. Para Raffestin, esta visión ignora otras formas de poder que
operan en escalas locales, regionales o transnacionales. La geografía clásica, al
centrarse en el Estado como único actor, simplifica las dinámicas espaciales y
omite conflictos, resistencias y negociaciones que también configuran el territorio.
El autor propone superar este reduccionismo mediante una "geografía del poder",
donde el análisis se desplaza de las estructuras fijas a las relaciones fluidas. Aquí,
el poder no es un atributo exclusivo del Estado, sino una energía que circula entre
actores diversos: desde individuos hasta organizaciones económicas,
comunidades o movimientos sociales. Raffestin enfatiza que estas relaciones son
asimétricas y se materializan en estrategias espaciales, como la delimitación de
fronteras, la construcción de redes o la apropiación de recursos.
Raffestin distingue entre espacio (realidad material previa) y territorio (producción
humana mediante trabajo, energía e información). El territorio, así entendido, es
un campo de batalla donde se disputan significados y control. Por ejemplo, la
cartografía moderna, surgida con el Estado-nación, no es neutral, es un
instrumento de dominación que homogeniza y jerarquiza el espacio según
intereses políticos.
La territorialidad, otro concepto clave, refiere a cómo los grupos humanos se
apropian simbólica y materialmente del espacio. Desde las aldeas tailandesas que
resisten la lógica capitalista hasta los departamentos franceses creados por la
Revolución, Raffestin muestra que las divisiones territoriales nunca son inocentes.
Son "información estructuradora" que refleja modos de producción, ideologías y
conflictos históricos.
El autor ilustra cómo los cambios políticos o económicos reconfiguran el territorio.
En Francia, la Revolución de 1789 reemplazó las provincias feudales por
departamentos, combinando la utopía geométrica revolucionaria con herencias
históricas. En Tailandia, el paso del modo de producción asiático al capitalista
transformó una organización espacial basada en aureolas jerárquicas en una red
administrativa centralizada. Estos casos demuestran que el territorio es un archivo
de relaciones de poder en constante evolución.
Parece ser entonces que la propuesta de Raffestin es abandonar la visión estática
del Estado como centro único del poder y a explorar, en cambio, las microfísicas
que tejen lo político en lo cotidiano. Su enfoque relacional no solo enriquece la
geografía, sino que ofrece herramientas críticas para analizar fenómenos actuales,
como la globalización, las migraciones o los conflictos ambientales. En un mundo
donde el poder se fragmenta y se globaliza simultáneamente, Raffestin nos
recuerda que el territorio sigue siendo el escenario donde se juega la
emancipación o la sujeción.

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