0% encontró este documento útil (0 votos)
13 vistas4 páginas

Reporte 11

Cargado por

Edher Zarate
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
13 vistas4 páginas

Reporte 11

Cargado por

Edher Zarate
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo (págs. 127-213).

Buenos
aires: CLACSO.
Edher Alejandro Vázquez Zárate
En este apartado Harvey analiza al neoliberalismo desde un enfoque asiático,
menciona que tras la muerte de Mao y en medio de una profunda crisis
económica, Deng Xiaoping impulsó en 1978 una serie de reformas orientadas a
modernizar China. Aunque no está claro si su intención era instaurar el
capitalismo, su propuesta combinó elementos de mercado con el férreo control del
Estado. Se promovió la competencia entre empresas estatales, se descentralizó el
poder económico y se abrió el país al comercio exterior, todo bajo una estricta
vigilancia del Partido Comunista.
Estas reformas coincidieron con el auge del neoliberalismo en Occidente, lo que
facilitó la inserción de China en el mercado global sin adoptar por completo sus
principios. A diferencia de otros países que aplicaron una “terapia de choque”,
China avanzó de forma gradual, evitando colapsos sociales y manteniendo la
propiedad estatal. Esta “privatización con características chinas” trajo un
crecimiento económico acelerado, pero también desigualdad, contaminación y el
resurgimiento del poder de clase capitalista, aunque bajo el dominio estatal.
El Partido logró modernizar al país sin renunciar al autoritarismo, como lo
demostró con la represión de las protestas de Tiananmen en 1989. En síntesis,
China adoptó una forma particular de neoliberalismo, adaptado a su realidad
política, cultural e histórica, donde el desarrollo económico es un medio para
fortalecer al Estado, no un fin en sí mismo.
Desde 1978, China transformó radicalmente su economía al abrirse al comercio
exterior y a la inversión extranjera. De representar solo el 7 % del PNB, el
comercio exterior pasó a ser el 40 % del PIB en los noventa. Para 2002, China era
el principal receptor de inversión extranjera directa (IED) entre los países en
desarrollo, atrayendo grandes corporaciones como General Motors.
Este giro no fue planeado desde el inicio. Las reformas iniciaron con zonas
económicas especiales como Guangdong, y solo tras su éxito se adoptó
plenamente el modelo exportador, impulsado por medidas como la devaluación de
1994. Hong Kong jugó un papel crucial como puente entre el capital global y el
mercado chino, facilitando el éxito de ciudades como Shenzhen.
La atracción de capital extranjero se extendió rápidamente gracias a la mano de
obra barata y calificada, así como a un creciente mercado interno. Para mediados
de los noventa, millones de chinos comenzaban a consumir productos antes
inaccesibles. Empresas como Samsung y Wal-Mart se establecieron en el país
para aprovechar tanto la producción como el consumo.
Sin embargo, esta apertura generó un desarrollo desigual y una economía
fragmentada territorialmente, con regiones más conectadas al exterior que al
interior del país. Con su entrada a la OMC en 2001, China aceleró su integración
global, convirtiéndose en un centro manufacturero de alta tecnología, desplazando
a otros países en desarrollo. El crecimiento económico incrementó su
dependencia energética y de materias primas, generando tensiones geopolíticas,
especialmente con Estados Unidos. Así, la apertura china redefinió su lugar en el
mundo, pero también planteó nuevos desafíos internos y externos para su modelo
de desarrollo.
Aunque el neoliberalismo se presenta como la única vía para el crecimiento global,
los motores económicos recientes, EE. UU. y China, han actuado más como
Estados keynesianos que como modelos neoliberales. EE. UU. ha mantenido su
economía con déficit y militarismo, mientras China ha invertido masivamente en
infraestructura con créditos arriesgados.
Lejos de impulsar el desarrollo, la neoliberalización ha fracasado en estimular el
crecimiento sostenido. Desde la década de 1980, el crecimiento global ha caído, y
en lugares como Rusia o América Latina, sus efectos han sido devastadores:
pobreza, estancamiento y retroceso en indicadores sociales. Solo en Asia, con
Estados desarrollistas más que neoliberales, se ha visto un crecimiento notable.
Sin embargo, desde el punto de vista de las élites, el neoliberalismo ha sido
exitoso: ha restaurado el poder de clase, incrementado la desigualdad y debilitado
al Estado en favor del capital. El dominio mediático ha reforzado el mito de que los
fracasos económicos se deben a la falta de competitividad o a fallas personales.
La narrativa justifica así el abandono del bienestar social, el fortalecimiento del
aparato represivo y la perpetuación de privilegios. Frente a ello, la paradoja es que
una verdadera salvación del sistema capitalista podría venir, no de las élites, sino
de una renovada fuerza socialdemócrata y obrera.
Harvey, D. (2022, octubre 18). «Estamos viendo una reconfiguración del orden
mundial». Jacobin.
La noción de imperialismo ha sido central en la teoría crítica del capitalismo,
particularmente desde los desarrollos teóricos de Lenin en el contexto de la
Primera Guerra Mundial. Sin embargo, las transformaciones del sistema mundial a
lo largo del siglo XX y principios del XXI han generado nuevas formas de entender
las dinámicas imperialistas, especialmente en el marco de las reconfiguraciones
económicas, políticas y espaciales del capitalismo. En este sentido, el geógrafo
marxista David Harvey, particularmente en su obra El nuevo imperialismo, ofrece
una perspectiva renovada que permite analizar las formas contemporáneas de
dominación, así como los límites de la teoría clásica del imperialismo.
Cuando Harvey escribió “El nuevo imperialismo”, el contexto era la invasión de
Irak por parte de Estados Unidos. Esta acción no solo respondía a intereses
económicos, como el acceso al petróleo iraquí, sino también a una reconstrucción
ideológica al interior de EE. UU., impulsada por grupos neoconservadores que
veían en el modelo del Imperio Británico un ejemplo a seguir para ejercer una
hegemonía “benévola” a nivel mundial. Tras los atentados del 11 de septiembre de
2001, este proyecto encontró su justificación, configurando un nuevo tipo de
imperialismo que no se centraba exclusivamente en la lógica económica, sino
también en la proyección ideológica y militar del poder estadounidense.
A diferencia del imperialismo clásico, basado en la alianza entre el Estado y el
capital monopolista organizado sobre bases nacionales, como lo analizó Lenin, el
nuevo imperialismo surge en un contexto donde el capital ha superado muchas de
las fronteras nacionales. Tras el colapso del sistema de Bretton Woods en los
años 70, se abrió paso a una mayor liberalización del capital financiero, lo que
modificó radicalmente la configuración del capitalismo mundial. Si durante el
periodo de posguerra el capitalismo estaba segmentado nacionalmente, con
controles sobre los flujos de capital y economías nacionales protegidas, la década
de 1970 inauguró un ciclo en el que el capital financiero emergió como fuerza
dominante. La industria comenzó a trasladarse a países con menores costos de
producción, intensificando la competencia global entre corporaciones.
Harvey sostiene que, más allá de la simple noción de imperialismo, lo que define
al capitalismo contemporáneo es su capacidad para producir y reorganizar el
espacio. En este sentido, el “ajuste espacial” se convierte en un concepto clave
para entender cómo los excedentes de capital generados en un territorio buscan
realizarse en otros espacios. Este fenómeno ha sido una constante en la historia
del capitalismo: desde el préstamo de capital británico a Argentina en el siglo XIX
para construir ferrocarriles que usaban acero británico, hasta la ayuda exterior
estadounidense condicionada a la compra de productos estadounidenses. Esta
lógica sigue operando hoy, aunque bajo nuevas configuraciones.
Este fenómeno es visible en la creciente presencia de China en América Latina,
África y Asia. Aunque algunos lo califican de “imperialismo chino”, Harvey señala
que más que una reedición del imperialismo clásico, estas prácticas forman parte
de la lógica del capitalismo global. China, al igual que antes lo hizo EE. UU.,
emplea mecanismos como créditos condicionados e inversiones en infraestructura
para expandir su influencia económica. El nuevo imperialismo, entonces, no solo
se basa en la dominación militar, sino en la reorganización del espacio mundial por
parte del capital. En este juego, EE. UU. aún mantiene hegemonía, pero enfrenta
desafíos importantes ante el ascenso de nuevas potencias como China y Rusia, lo
que abre un nuevo capítulo de tensiones geopolíticas y reconfiguraciones del
poder global.

También podría gustarte