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La Rosa de Damasco

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LA ROSA DE DAMASCO

Comedia en dos actos

Francisco Bullón

La acción se desarrolla en la actualidad, en una ciudad imaginaria del


Levante español llamada “La Puebla de Almoradí”

Personajes:

Rosa Buendía.
La señora Remedios.
La señora Milagros.
La señorita Consuelo.
Felipe
Lolita.
Rodrigo
Damián
Julián Ledesma.
Don Jaime.
Doña María de las Mercedes del Pilar de Alcántara, “La Sultana”.
Cuatro miembros de la Asociación “El Murciélago”.
Pérez.
Tres periodistas
Tres hinchas del club de fútbol “Penibético”.

1
Primer Acto.

Escena I

Plaza de las Carrozas. Se trata de una plaza de estilo modernista con un templete para
bandas en el centro. En el extremo izquierdo, puede verse un corte transversal de la
casa de Rosa Buendía. Adosadas a ella, las casas de doña Milagros, doña Remedios y la
señorita Consuelo, entre otras. Todas son casas de dos plantas con un pequeño
balconcito.

(La señora Remedios y la Señora Milagros salen a la puerta de su casa)

Remedios: ¡Ay! ¡Qué dolor de riñones!

Milagros: ¡Ay! ¡Qué dolor de espalda!

Remedios: Buenos días, Milagros ¿Cómo andamos hoy?

Milagros: Buenos días, Remedios. Fatal, hija mía, fatal. Es este reuma de mil
demonios que no me deja descansar ni de noche, ni de día.

Remedios: ¿Le pusiste una vela a San Antonio, como te recomendé Milagros?

Milagros: Yo creo que ya les he puesto velas a todos los santos, Remedios. Tendré
que probar con cirios a ver si así...

Remedios: Consuélate, hija mía, consuélate; porque a mí la artritis no me deja vivir,


Milagros. Sólo encuentro un poco de alivio tomando las aguas, que son
cosa santa, ¿no las has probado?

Milagros: Algún consuelo me dieron cuando fui el año pasado por San Eulogio,
pero no me da el presupuesto para estar todo el año tomando las aguas,
Remedios. Son muchos gastos, hija mía, son muchos gastos; y encima
con esto del Euro no me aclaro mucho que yo creo que han hecho su
agosto los mangantes esos del gobierno.

Remedios: Te dije que no los votases y tú vas y los votas un año tras otro, Milagros.

Milagros: No los voto por mí, los voto por mi marido, Remedios. ¿En algo tengo
que complacerlo? ¿No te parece?

Remedios: Es que la mujer es una pobre esclava, Milagros. ¿Qué vamos hacer? Es
nuestro sino. ¡Ay! ¡Qué dolor de riñones!

Milagros: Esta mañana me he levantado con el estómago revuelto. No puedo


probar cosa alguna. Hasta el café de la tarde me he tenido que quitar
¿Qué te parece?

2
Remedios: No te quejes, Milagros, no te quejes. A ti te daba yo mi dolor de ovarios.

Milagros: ¿Pero a ti no te quitaron los ovarios, Remedios?

Remedios: ¡¿A mí?! Nada de eso. Tú me confundes con otra, Milagros.

Milagros: Mira, te quejas de vicio, Remedios. A ti por lo menos se te ha muerto el


marido, pero y del mío, que no se me muere ni a tiros ¿qué me dices?
Lleva ya cinco años muriéndose y no se me muere ni a tiros; al final voy
a tener que envenenarlo. No voy a tener en esta vida ni el consuelo de
quedarme viuda como la golfa esta de aquí al lado.

Remedios: ¿A quién te refieres?

Milagros: Pues a la vecina, que se ha mudado a esa casa hace unos días.

Remedios: ¿Qué me dices? ¡No me he enterado de nada!

Milagros: Como siempre estás en casa de tu hermana, que vive en Babia, no te


enteras de nada, hija mía. Estoy hablando de la nieta de Ramiro.

Remedios: ¿Qué nieta?

Milagros: Pues la única que tenía.

Remedios: Nunca me habló de su nieta.

Milagros: ¿Pero es que te habló alguna vez de algo? Desde que se murió su mujer,
se enterró en vida y así estuvo hasta que lo enterraron de verdad el mes
pasado, que yo no sé si se dio mucha cuenta de que se iba de esta vida a
la otra.

Remedios: Pues no sé quién es la nieta.

Milagros: La misma que se casó con Alfredo en mala hora, la muy desvergonzada
que lo abandonó a él y a sus hijos. Pero mujer, si ya te conté la historia,
no me digas que no te acuerdas.

Remedios: No me acuerdo de nada, Milagritos.

Milagros: Parece que tienes Alzheimer, hija mía, para un escándalo que tenemos en
la Puebla... El caso es, que ahora que ha muerto el marido, ha recobrado
la tutela de los hijos que se la quitó el juez por golfa y por drogadicta y se
ha instalado en casa del abuelo. Siempre llevó mala vida esa mujer.

Remedios: Pobre hombre, criar el sólo a sus hijos.

3
Milagros: Criarlos, lo que se dice criarlos no sé muy bien si lo hizo, porque era un
bribón y un bergante y un borracho; claro que con esa mujer no me
extraña. Yo creo que se criaron solos a la buena de Dios, Remedios. Es
cierto que la madre de él les echó una mano, pero no era más que una
pobre anciana con un genio del demonio; así han salido los pobres: la hija
medio puta, el hijo medio marica y el otro hijo, golfo y medio.

Remedios: ¡Qué pena de hijos! Pero es natural... Crecer así sin el amparo y la
ternura de una madre, que los lleve por el buen camino con mano de
hierro o a fuerza de quejas y de suspiros, Milagros.

Milagros: ¡Ay! Sí.

Remedios: ¿Y por qué no volvió a casarse?

Milagros: ¿Pero cómo iba a casarse de nuevo sin haber enviudado antes, Remedios?
Era un hombre muy decente. Es verdad que siempre estaba por ahí de
putas, pero nunca se casó con ninguna, Remedios. Por lo menos tuvo esa
decencia. Quiero decir aparte de la golfa de su mujer, que esa no cuenta
porque le salió así al pobre.

Milagros: ¿Y por qué no la mató?

Remedios: Te juro que es un misterio para mí por qué no lo hizo, porque genio no le
faltaba. ¡Calla, calla que aquí viene!

Milagros: ¿Es esa?

Remedios: La misma que viste y calza.

(Entra en escena Rosa).

Rosa: ¡Ah! ¡Qué día más hermoso! ¿No les parece, vecinas? ¡Cómo huelen los
jazmines y las rosas! No he podido evitar la tentación de arrancar esta
rosa de un rosal silvestre que ha crecido junto a unas ruinas aquí al lado y
ponérmela en la oreja.

Milagros: Sí, claro.

Remedios: Ya lo veo.

Rosa: ¡Qué fragancia! Parece mentira que todavía huelan las rosas a algo, claro
que esta es una rosa silvestre. Parecen muy abatidas. ¿Les pasa algo,
vecinas?

Milagros: No nos pasa nada, vecina, los deberes y las preocupaciones de una casa,

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que hay que currárselo mucho para llevarla como Dios manda.

Rosa: ¡Bah! Si es por eso, no se preocupen. Un día de estos nos expropian la


casa y nos barren a todas sin el menor miramiento.

(Aparece un joven que las mira un instante y entra en la casa)

Milagros: ¡¿Cómo?!

Rosa: ¿No lo sabían? Quieren trazar una avenida enorme que atraviese todo el
barrio, y en pleno centro, una barbaridad vecinas. ¡Ay! Sí. Es lo malo de
esta puñetera plutocracia que nos gobierna. No sé para qué nos sirven las
ministras. Buenos días, hasta luego (Entra en casa).

Milagros: ¡¿Pero tú has oído lo que ha dicho?!

Remedios: No sé qué cosa de la putocracia; que no sé lo que es, pero será alguna
sinvergonzonería.

Milagros: ¡Qué putocracia, ni qué putocracia! ¡Que ha dicho que nos expropian la
casa!

Remedios: ¡Ve ahora mismo a hablar con tu marido a ver qué pasa! ¡Ay! ¡Qué
hombre más inútil tienes por marido, hija mía! Seguro que nos
expropian y el muy bribón sin enterarse.

Milagros: Esa mujer debe de estar loca. ¡Ay! ¡Qué dolor de espalda! Hasta luego,
Remedios.

Remedios: ¡Ay! ¡Qué dolor de varices! Hasta luego, Milagros. (Salen)

Felipe: (Que la espera junto a la puerta intrigado) ¿Por qué les has dicho eso,
mamá? ¿Es que van a expropiarnos?

Rosa: Es un rumor que corre por ahí, pero no te preocupes, Felipe. No creo que
llegue a buen puerto la cosa, ¿no ves que con la crisis no tienen ni un
duro? Se lo he dicho para mosquearlas un poco, porque me tienen harta
con sus malos modales y sus caras avinagradas. ¡Venga! Vamos a
ponernos manos a la obra, que hay que pintar toda la casa.

Felipe: ¿De verdad es necesario?

Rosa: Por supuesto.

Felipe: Pues no me hace ninguna gracia. ¿Por qué no contratas a alguien?

Rosa: Pues porque no tengo un duro, cariño. (Sale de escena)

5
Felipe: Yo no he nacido para esto ¿sabes mamá? Yo soy un estudiante muy
brillante. ¿Es que no has visto mis notas? Ni las has mirado siquiera. No
te importan, ¿verdad? No te importan, igual que no le importaban a mi
padre. Soy el segundo de la clase, y a ti no te importa una mierda.

Rosa: (Vuelve a entrar con un cubo de pintura y un par de brochas) Sí que me


importa, cariño, no sabes lo que me importa. Sí, Felipe, he visto tus
notas y me preocupan, me preocupan muchísimo.

Felipe: ¿Que te preocupan? ¡Pero si he sacado sobresaliente en todo menos en


educación física!

Rosa: Pues eso es lo que me preocupa, cariño: que sacas muy buenas notas.
¿Qué estás intentando demostrar cariño? No tienes que sacar buenas
notas, no hace falta; yo te voy a querer lo mismo. Además eso de ser el
segundo de la clase es una horterada, cariño. ¡Anda! ¡Toma una brocha!
(Le da una brocha) ¿Por qué no habrá venido tu hermana? Le dije muy
claramente que estuviera aquí a las cuatro.

Felipe: Estará follando con su novio, como siempre.

Rosa: ¡Ah, qué lenguaje! Desde luego me vais a matar entre unos y otros. En
fin... Roma no se hizo en un día. La culpa de todo esto la tiene tu padre,
que era un borracho, un reaccionario y un facha. Pero ya he vuelto a
tomar las riendas de la casa. ¡Vamos! ¡A pintar! De ésta no te escapas,
cariño, lo siento. Para algo eres el hombre de la casa.

Felipe: ¿Y por qué no llamas a Rodrigo? Él dice que es muy hombre [Aparte]
(Macarra de mierda...)

Rosa: Lo haría si supiese donde está, cariño. Sabes de sobra que no sé dónde
está.

Felipe: Pues yo sí lo sé.

Rosa: ¿Y por qué no has ido a buscarlo, o es que me vas a hacer poner una
denuncia?

Felipe: ¿Yo? ¿Qué dices? Sus amigos son todos gentuza, macarras del tres al
cuarto. Son todos medio animales.

Rosa: ¿Y qué?

Felipe: ¿Como que y qué?

Rosa: Son seres de carne y hueso, cariño y tendrán su corazoncito como todo el

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mundo, querido.

Felipe: Tienen el mismo tipo de corazoncito que tenía mi padre, mama. Ése que
por lo visto no le encontraste por ninguna parte.

Rosa: Te estás volviendo demasiado sarcástico, cariño, llevamos tres días juntos
y cada día te veo más sarcástico. Como sigas así te vas a convertir en un
cínico.

Felipe: ¡Pero qué tonta eres! ¿Es que todavía no te has enterado dónde vives?.
Aquí o te cuelgas de un pino o te conviertes en cínico, no te queda otra,
mamá.

Rosa: Qué humor tan negro tienes, hijo mío. No sé de qué te sirven las buenas
notas si tienes la cabeza llena de negatividad y de malos pensamientos.

Felipe: Eso es porque la uso.

Rosa: Mira, Felipe, no vayas a pensar que porque saques buenas notas eres el
único que piensa. Pensar, pensamos todos. Todo el mundo piensa en sus
cosas, pero ¡qué cosas, cariño! Que si la hipoteca, que si la bonoloto, que
si la nómina. Dinero, dinero, dinero. Y luego Europa, Europa, y más
Europa. Estoy harta de Europa. ¿Pero es que no se les puede meter en la
cabeza que no van a ser europeos nunca? Han llegado demasiado tarde.
Los europeos se están volviendo asiáticos a pasos agigantados. Es la
última moda en París, querido. La verdad es que no sé si ponerme una
gargantilla de oro tipo mujer jirafa que resalte bien mi cuello y unos
pendientes de aro tipo africano. No, la verdad es que no me pega. Me
gusta ir muy andaluza, Ahora, eso sí, sin peineta, la peineta no me va. A
ti lo que te pasa es que piensas demasiado, cariño. Seguro que te pasas el
día haciéndote pajas mentales, y esas sí que producen locura y no como
decían antes de las otras.

Felipe: ¿Vas a pasarte todo el tiempo hablando mamá? Me duele la cabeza de


oírte. (Aparte) (¡Qué pesada, joder!)

Rosa: Pero bueno... ¿Es que no te interesa mi conversación, cariño?

Felipe: Pues la verdad es que no. Bastante tengo con tener que estar dándole a la
brocha.

Rosa: Pues mira, me alegro de que no te interese. Eso es buena señal, hijo. Tú
lo que necesitas es tener un poco más de entereza y encanallarte un poco.
No digo yo encanallarte mucho. Pero un poco sí, cariño. Si cogieras un
toque canalla estarías guapísimo. Así como vas siempre, te veo un poco
pijo.

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(Entra la hija con una bolsa de chucherías, y se tira al sofá y lo mira todo con
indiferencia).

Rosa: ¡Vaya! ¡Benditos los ojos que te ven, cariño! ¿Qué estás haciendo ahí
cruzada de brazos? ¿No ves que estamos trabajando?

Loli: Ya te dije que anoche iba a ir al concierto con mis amigos y que me
quedaría en casa de una amiga. Estoy hecha polvo, mamá.

Rosa: ¡Al concierto! A cualquier cosa le llaman concierto, ese cantante es un


hortera y un pijo. Me avergüenza que te gusten esas cosas,

Loli: Pues le gusta a todo el mundo que lo sepas.

Rosa: ¿Y qué? Desde luego los jóvenes de hoy en día sois todos unos
borreguitos. No he visto juventud más conformista y burguesa en mi
vida. Y encima tenéis un gusto pésimo.

Loli: Yo no soy conformista, si fuera conformista hubiera venido aquí a las


ocho.

Rosa: Una cosa es ser inconformista y otra muy distinta ser una holgazana.

Loli: No voy a dejar que me encarceles como hizo mi padre. ¿Me has oído,
mamá? (Llaman a la puerta) ¡Ay! Es mi amiga Helena, me voy con ella
(Se levanta y abre).

Rosa: (Le corta el paso) Tú no te vas a ninguna parte.

Helena: (Cohibida) Hola…

Rosa: Muy buenas.

Helena: Venía a ver a Loli, pero si molesto…

Rosa: La verdad es que estamos adecentando un poco la casa como puedes ver,
cariño; ahora que si quieres echar una manita pues bienvenida seas

Loli: Pero mamá ¿Qué dices?

Rosa: Aquí no hay peros que valgan ¿Tienes alguna obligación ahora mismo,
querida?

Helena: Pues yo... Más tarde tengo que hacer los deberes de clase.

Rosa: ¡Ah! ¿Pero es que tú haces los deberes de clase? No te pareces en nada a

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mi hija, que no tiene deberes de ninguna clase. Celebro que seas su
amiga.

Loli: ¿Quieres dejar de incordiar, mamá?

Rosa: Pasa, pasa, querida. ¡Que chica tan guapa! Ahora que, si no te importa
que te lo diga, vais las dos echas unos adefesios. Si me dejaras a mí te
vestiría como si fueras una princesa.

Loli: ¡Tú estás loca, mamá!

Rosa: (La chica se mira la ropa) Venga, quitaros esas ropas, tengo un mono para
cada una y esta tarde vais a salir de aquí echas unos pinceles. (Entra con
la chica un poco confusa)

Loli: ¿Y tú de qué te ríes?

Felipe: De lo que me da la gana.

Loli: Te crees muy sabiondo, pero eres tonto de remate que lo sepas.

Felipe: Y tú, una zorra.

Loli: Y tú, un marica.

Felipe: No me llames marica, zorra.

Loli: Y tú no me llames zorra, marica.

Rosa: (Volviendo) Pero bueno... ¿Esto qué es? ¡Qué vergüenza! ¿Pero qué otra
cosa podía esperar habiendo vivido tantos años con el sinvergüenza de tu
padre? Tú, cámbiate de ropa ahora mismo, si no quieres que te dé una
buena zurra.

Loli: Ya será menos.

Rosa: Tú ponme a prueba, cariño, ponme a prueba. Me temo que no me


conoces hija mía.

Loli: Pues claro que no te conozco, no te he visto desde hace años... (Entra con
ademán de desprecio)

Rosa: Nunca es tarde, si la dicha es buena, hija mía, nunca es tarde.

(Oscuro)

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Escena II

(Cruzan la plaza y llegan hasta la puerta de la casa, Rodrigo y un amigo)

Rodrigo: ¡Joder, colega! ¡Qué mal! ¡Qué movida! ¡Qué puto rollo de mierda!
¡Estoy hundido, estoy pero que muy jodido, chaval…! No sabes el
marrón que tengo yo en mi casa, tío.

Un amigo: Pues como todo el mundo, colega. ¿Sabes? Mejor me largo. No voy
contigo a tu queli. Me quedan muchas cosas por hacer.

Rodrigo: ¿Cosas? ¿Qué cosas?

Un amigo: Cosas mías, colega. Luego te llamo al móvil

Rodrigo: ¿Al móvil? ¿Pero qué móvil?

Un amigo: ¡Pues al tuyo!

Rodrigo: No tengo móvil ya. Me lo han birlado.

Un amigo: ¿Que te lo han birlado?

Rodrigo: Sí. ¡Me lo han birlado, joder! ¡Me lo han birlado!

Un amigo: Pues mira: Yo te vendo uno por cuarenta euros ¿Qué me dices?

Rodrigo: Te digo que te vayas a la mierda. Cuarenta euros... Tú estas colgao.

Un amigo: Pero míralo, joder. Es una virguería, colega.

Rodrigo: No entiendo cómo puedes ser tan mangui conmigo, tío.

Un amigo: ¡Pero si te lo vendo tirado, joder!

Rodrigo: Será mamón… No tengo un puto duro, te he dicho lo mal que están las
cosas en mi queli, y el tío va y me dice que me vende un móvil. ¿De
dónde lo has sacado?

Un amigo: Eso no es asunto tuyo, colega.

Rodrigo: El mismo pringado que me ha birlado el mío, lo mismo te ha pasado


también ese, capullo.

Un amigo: ¡Tú alucinas, chaval!

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Rodrigo: Que me vende el móvil… ¡Y por cuarenta euros! ¡Tú eres un mangui de
mierda! ¡Y además tus viejos están forrados, mamón!

Un amigo: ¡Ah! ¿Sí? Mis viejos estarán forrados, pero no me pasan un puto duro ¿Y
sabes por qué?

Rodrigo: ¿Por qué?

Un amigo: Por andar contigo. Por andar con todos vosotros, mamón

Rodrigo: ¿Pero qué dices?

Un amigo: No les gustan mis amistades, dicen que sois gentuza, que sois
impresentables, ya sabes.

Rodrigo: ¡Ah! ¿Sí? Pues a ti no te conocen, tío. ¡Menuda joya!

Un amigo: Mira: No te calientes más la sangre. No quiero malos rollos contigo,


colega. Nos vemos luego en la rambla. Tú no te apures por nada; a lo
mejor más tarde te regalo mi móvil viejo si consigo arreglar un asuntillo
¿OK? (Sale)

Rodrigo: ¡Adiós! (Entra en la casa) Que me vende el móvil… Será capullo,


mamón, mangui de mierda. ¡Y encima va y se larga tan fresco! ¡Joder!
¡Estoy que muerdo! ¡Estoy que rabio! ¡Me cago en la puta! Brrr (Agarra
un cojín y lo muerde como un perro. Farfulla unas cuantas onomatopeyas
ininteligibles y se despatarra sobre el sofá)

(Entran en escena - procedentes del interior de la casa y sin advertir la presencia de


Rodrigo - Rosa, Felipe y Loli)

Felipe: Yo ya estoy harto de pintar.

Loli: Y yo también estoy harta. No tienes vergüenza mamá, viene una amiga
mía y le haces que trabaje.

Rosa: Pues mira, me alegro de haberlo hecho. Mientras trabajábamos la he


estado psicoanalizando todo el rato para hacerme una idea de cómo son
aquí los jóvenes. Y la verdad es que sois idénticas, querida. Sois
idénticas.

Loli: ¿De veras?

Rosa: Pues sí. Tenéis los mismos defectos y la misma ausencia total de
virtudes, hija mía. Mucha ignorancia y mucha arrogancia, eso es todo.

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Felipe: ¿Nos vas a soltar otro discursito, mamá? No sé de qué te sirve fumar
porros si siempre le estás echando a todo el mundo la bronca.

Rosa: Yo no fumo porros. No digas que fumo porros, no me gusta esa palabra.

Loli: Fumas porros. Te hemos pillado ya varias veces.

Rosa: Fumo un poco de maría, porque me viene bien para mis problemas de
insomnio, eso es todo.

Loli: Ya. Menudo chollo han encontrado los viejos, con eso de que la maría es
un medicamento

Rosa: ¡Oh! Ya basta. ¡Estoy harta de que me faltéis al respeto!

Loli: ¿Sabes mamá? En el fondo eres una reaccionaria.

Rosa: ¿Qué yo soy reaccionaria? Mira, cariño, tú no sabes de lo que estás


hablando. La verdad es que tienes cierta vena anarquista semioculta
debajo de un montón de zarandajas que debes de haber heredado de mí,
afortunadamente.

Felipe: ¿Anarquista, ésta? No sabe ni lo que significa esa palabra. Es igual que
Rodrigo. Una palurda. Aquí son todos unos palurdos, los de izquierda
son unos palurdos y los de derechas otros palurdos. Aquí todos ordeñan
la vaca, ya sea la flaca o la gorda. Todos ordeñan la vaca loca.

Loli: Mira, ya habló el listo de la clase. Es un pelota mamá, no es más que un


pelota de mierda.

Felipe: Yo no soy ningún pelota.

Loli: Un pelota baboso que va siempre detrás y delante del profe, y se sienta
así en el pupitre con esa carita de mosquita muerta y de lameculos de
mierda.

Felipe: A mí no me llames lameculos, zorra. (Va a golpearla y Rosa se interpone)

Rosa: ¡Basta! ¡Basta ya de una vez! No pienso tolerar ese lenguaje por más
tiempo, en esta casa. ¡Se acabó! . No sé qué va a ser de mí en medio de
esta tribu salvaje ¡Pero si parecéis medio caníbales!. Que fumo porros,
que fumo porros... No sé cómo iba a poder sino desconectar un poco y
salir adelante en medio de este maldito nido de brujas.

Felipe: Ya le ha dado la paranoia.

Loli: Son los porros.

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Rosa: No le dado en todo el día ni una caladita a mi pipa. Esto es un nido de
brujas, querida, son todas unas brujas. Entro en el supermercado y me
digo: son todas unas brujas. Voy a la peluquería y pienso: son todas unas
brujas. Voy a la asociación de vecinos y pienso: son todas unas brujas.
Lo que tienen que hacer es aceptarlo: Sí, lo admito, lo confieso, soy una
bruja; como hacen los alcohólicos que quieren dejar de serlo. Hola, me
llamo fulanita y soy una bruja. Yo no soy ninguna bruja, en todo caso,
una pitonisa o algo así. (Se sienta en un sofá y enciende un cigarrillo).
¡Ah! ¡Estoy molida!

Loli: Yo alucino con esta tía.

Rosa: No me llames tía, cariño. ¡Ni se te ocurra! Llámame mamá. Soy tu


madre, querida, no soy tu tía. Yo no soy ninguna “tía”, recuérdalo. (Se
da media vuelta y repara en la presencia de Rodrigo. ¡Vaya! ¡Pero si está
aquí vuestro hermano!...

Rodrigo: ¡Dejadme en paz!

Rosa: ¡Dichosos los ojos que te ven, querido! Ya era hora de que apareciera el
señor de la casa.

Rodrigo: Yo no soy ningún señor, soy un motero.


.
Loli: ¡Ja! Un motero... ¿Pero tú has visto la mierda de moto que tiene?

Rodrigo: La tendría mejor si no se hubiera muerto mi padre.

Rosa: ¿Quieres que te compre una moto, querido? No me parece que estés
haciendo muchos meritos para que te haga ningún regalito. No me
parece que te vayas a llevar ninguna recompensa.

Rodrigo: Yo no necesito que me des nada.

Felipe: Con que le pongas el plato todos los días tiene bastante. Ya que eres tan
duro y tan macho porque no te largas y te buscas la vida por tu cuenta.

Rodrigo: Tú... Cállate o te sacudo. Es que me da vergüenza de tener un hermano


como tú.

Rosa: (Se levanta). ¿Pero tú tienes vergüenza, cariño? No tienes ninguna


vergüenza... Nosotros aquí trabajando todo el día para adecentar la casa y
tú ¿dónde estabas? ¿Dónde estaba el hombre de la casa?

Loli: No es un hombre. No es más que un mamarracho.

13
(Se levanta como para golpearla)

Rosa: (Que se interpone) ¡Ni se te ocurra emplear la violencia en esta casa,


cariño!

Rodrigo: A cualquier cosa le llamas tú emplear la violencia, y deja de hablar de


esta casa como si fuera mi casa. Esta no es mi casa, esta no es mi
familia. Si estoy aquí es por una putada.

Rosa: ¿Por una putada?

Rodrigo: Exacto, por una putada, porque la vida me ha gastado una putada y
resulta que soy huérfano y tengo que vivir con vosotros.

Loli: Tú no eres más que un facha comodón, como tu padre.

Rodrigo: ¿Que quieres que me meta a ladrón, golfa? Lo que voy a hacer es
ingresar en el ejército o en la policía.

Felipe: ¿Tú eres un motero y quieres ser policía? ¡Pues vaya motero de mierda!

Rodrigo: Quiero ser policía para limpiar la ciudad de escoria como vosotros.

Lolita: ¿Estás hablando de mi, cariño?

Rodrigo: Estoy hablando de los tres.

Felipe: Este imbécil se cree que es Robocop o algo de eso. Pues yo pienso
estudiar derecho para meteros a todos en la trena.

Rosa: ¡Basta, basta, basta! Me avergüenzo de vosotros.

Rodrigo: Y yo me avergüenzo de tener una madre como tú.

Rosa: ¡Ah! ¿Pero de verdad te queda algo de vergüenza? Rodrigo. No puedo


creerlo, es un milagro. Mira por donde todavía nos queda un rayo de
esperanza. Todos esos amigos tuyos no son más que pequeños fascistas
que ni siquiera saben que lo son, ya te he visto varias veces con tus
amigotes hablando de las mismas tonterías de siempre, alardeando de
vuestra vulgaridad, vuestra ignorancia, vuestra fuerza. ¡De vuestra fuerza
bruta! ¡Parecéis una panda de caníbales! ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Qué vergüenza
de hijos!

Rodrigo: No sé como puedes hablar de vergüenza después de dejar tirados a tus


propios hijos.

Rosa: Yo no os dejé tirados, simplemente me quitaron la custodia.

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Rodrigo: Por drogadicta.

Felipe: ¡Tendrá morro! No le dejes que te llame drogadicta, ¿No ves que es un
drogata de mierda? Siempre está tomando coca con sus amigotes.

Rosa: ¿Tú tomas cocaína?

Rodrigo: Sólo tomo un poco de vez en cuando, lo normal. Drogarse es cosa de


hombres.

Lolita: ¡Será machista!

Felipe: Tú también eres machista.

Lolita: ¿Yo machista? Pero ¿qué dices, pasmao?

Rosa: ¡Basta, ya basta he dicho! Os lo advierto, queridos, os lo advierto: o


empezáis a comportaros debidamente y me guardáis el debido respeto...

Rodrigo: ¿Respeto? ¿Pero tú sabes lo que dice de ti la gente?

Rosa: Me importa un rábano lo que diga de mí la gente. En la cara no me lo


dicen, hijo mío, porque les doy vuelta y media. ¡Y te prohíbo que
vuelvas a interrumpirme otra vez! Te lo advierto, Rodrigo, te lo advierto,
os lo advierto a todos: mientras viváis bajo mi techo tendréis que moderar
vuestro lenguaje y cambiar de modales de inmediato

Rodrigo: ¿O qué?

Rosa: ¿Cómo que o qué?

Rodrigo: Sí, a ver: ¿Qué piensas hacer si no te hacemos caso?

Rosa: Muy sencillo, cariño: Largarme con viento fresco y dejaros en manos de
la beneficencia pública. Luego, si queréis, me ponéis una denuncia. No
sería la primera vez que escapase de la justicia, es decir: de la injusticia.

Felipe: ¿No estarás hablando en serio, mamá?

Rosa: Me temo que no me conocéis, pequeños. Yo puedo ser completamente


diabólica si el fin justifica los medios como en este caso. Así que están
son las reglas de la casa: para empezar nada de tacos, ni de insultos

Rodrigo: No pienso vivir en esta casa.

Rosa: Te queda todavía un año para ser mayor de edad, cariño, ten cuidado

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porque soy capaz de meterte en un reformatorio.

Rodrigo: ¿Me estás amenazando?

Rosa: No, cariño, te estoy chantajeando: o te comportas debidamente o te meto


en un reformatorio.

Rodrigo: Inténtalo, si te atreves.

Rosa: Ya que eres tan viril y tan macho, hijo mío, lo que tienes que hacer es
convertirte en un héroe y no en un vulgar macarra.

Rodrigo: ¿Un héroe? ¿Qué coño entiendes tú por un héroe? A ti te gustaría que me
matara algún moro o algún puto inmigrante.

Rosa: No, cariño, pero si te matan, que por lo menos sea por defender a alguien
débil e indefenso.

Rodrigo: Tú estás loca.

Felipe: Yo no necesito que me defienda.

Loli: ¿Te vas a defender tú mismo?

Felipe: No. Me voy a limitar a largarme de este pueblucho de mierda.

Rodrigo: A la gente como tú no la aceptan en ningún sitio.

Felipe: Basta con que la ciudad sea lo suficientemente grande como para que no
sean todos unos putos analfabetos como tú.

Rodrigo: No vuelvas a hablarme así o te mato.

Rosa: No le levantes la mano a tu hermano ¿Me has oído?

Rodrigo: Me marcho.

Rosa: Sí. Márchate, pero te recomiendo que vuelvas a casa antes de las doce si
no quieres dar con tus huesos en la cárcel, quiero decir en un
reformatorio.

Loli: ¡Bah! No te preocupes que seguro que vuelve, por desgracia. No tiene a
donde ir...

Rodrigo: ¿Quieres ver como no vuelvo?

Loli: ¿A qué no?

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Rodrigo: ¿Tú quieres ver como no vuelvo?

Felipe: Volverás como siempre dentro de un par de días con el rabo entre las
piernas.

Rodrigo: No me vais a volver a ver el pelo en vuestra vida.

Loli: ¿Es que te lo vas a rapar?

Rodrigo: ¡Te lo van a rapar a ti, zorra!

Loli: ¡No me llames zorra, cabrón! (Intenta golpearlo y éste le sujeta las
manos)

Rosa: ¡Basta, basta!

Rodrigo: ¡Adiós, para siempre! Ahí os quedáis, me marcho (Sale).

Rosa: A las doce, te quiero aquí, Rodrigo. Y tú, Felipe, esperaba que por lo
menos tú tuvieras un poco más de juicio, cariño.

Felipe: ¿Juicio, mamá? Como se nota que nos ha vivido aquí en diez años, esto
es el infierno, mamá, el puto infierno.

Rosa: Pues cámbialo tú querido, empieza a tratar a la gente como a personas y


no como a cosas.

Felipe: Las personas son cosas, mama ¿En qué se diferencia una persona de una
cosa? ¿Quieres que te lo diga? En que compra. En que compra cosas. Y
yo pienso ganar el dinero suficiente para comprarlos a todos como a
cosas. Yo voy a ser el que fije el precio de las cosas el día de mañana, ya
lo verás, mamá, ya lo verás. (Se adentra en la casa).

Rosa: ¿Es esa también tu filosofía de la vida, hija mía?

Loli: Mira, mamá: ¿Quieres que te dé un consejo? No te metas en nuestras


cosas. Tú no te metas en mis cosas y yo no me meteré en las tuyas, es así
de simple. Adiós me voy a dar una vuelta por ahí. (Sale).

Rosa: ¡Ay! ¡Dios Santo! ¡Espero que tú me ilumines, porque no sé como voy a
salir de este enredo de mil demonios que se ha formado por culpa de ese
juez endemoniado que espero que arda en el infierno! El precio de las
cosas… Esto, esto es el precio de las cosas. O el precio de la casa, sí, el
precio de la casa de mis abuelos. El precio de la casa…

(Oscuro)

17
Escena III

Plaza de las Carrozas. La señora Milagros se encuentra a la puerta de su casa. La


señora Remedios se acerca cargada con el carrito de la compra.

Remedios. Buenos días, Milagritos.

Milagros: Buenos días, Remedios. ¿Qué? ¿Te enteraste de la que se lió el otro día
en casa de esa pelandusca?

Remedios: Pues no. No me he enterado de nada, Milagros.

Milagros. ¡Ay! Si es que estás más sorda que una tapia, hija mía.

Remedios: (Aparte) (Sí, claro. Que no estoy todo el día con la oreja puesta que no
es igual)

Milagros: ¿Cómo dices Remedios?

Remedios: Digo que la oreja izquierda es la que no tengo muy católica, Milagros

Milagros: Pues la verdad que en el fondo es mejor así. ¡Ay! Lo que tiene una que
oír, hija mía.

Remedios: Pero, bueno ¿Me quieres decir qué pasó? Me tienes ya sobre ascuas.

Milagros: Vergüenza me da repetir las palabrotas que se dijeron a la cara los unos a
otros. ¡Qué escándalo!

Remedios: ¿Y no podríamos denunciarlos por escándalo público?

Milagros: Pues no creo, Remedios; porque, cómo el escándalo pasó dentro de la


casa, público, lo que se dice público, no fue, la verdad.

Remedios: Calla, calla que allí viene. ¡Y con un hombre! ¿Sabes lo que te digo?
Que yo me meto en casa. No me apetece saludar a nadie. Que tengo
muchas cosas que hacer todavía, Milagritos. ¡Ay! ¡Qué batalla tengo con
la casa, hija mía! ¡Qué batalla! (Entra)

Milagros: ¡Ay! Sí. (Para sí) (¡A ésta le daba yo la cruz que tengo yo con mi marido!
¡Qué cruz! ¡Virgen Santa! ¡Qué cruz!

(Cruzan la escena Rosa y Damián)

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Rosa: No sabes el interés que tenía en conocer a algún miembro de la banda.

Damián: ¿Y por qué?

Rosa: Porque sois unos auténticos héroes, querido. Tocar tan bien la flauta o el
tambor o la trompeta y así: Por amor al arte.

Damián: Más que amor yo lo llamaría apego, Rosa.

Rosa: Es posible que lo vuestro no sea un amor apasionado, desenfrenado,


turbulento, que son los que más me gustan. Es más bien algo así como el
amor platónico, pero algo es algo. No recordaba que teníamos una banda
en el municipio. Es que no tocáis nunca ¿no?

Damián: Sí que tocamos. Tocamos en todas las fiestas. Tenemos el concierto de


verano, el de invierno...

Rosa: ¿De veras? A mí me encantaría que me despertasen todas las mañanas


con un concierto. Siempre puede poner una un disco, pero así no tiene
emoción la cosa. Lo excitante es no saber con quién vas amanecer en la
cama; si con Beethoven, si con Wagner, si con Chapí, si con el maestro
Alonso... Si es cuestión de dinero siempre podemos hacer una colecta o
fijar un impuesto extra.

Damián: Me parece que no iba a ser una decisión muy popular, Rosa...

Rosa: En fin. Y tú tocas el clarinete. Me has dicho que el clarinete ¿No?

Damián: El clarinete y la trompeta.

Rosa: ¿El clarinete y la trompeta?

Damián: El clarinete mejor que la trompeta.

Rosa: El clarinete. ¡Qué elegante! Pero entremos en casa,

Damián: La verdad es que yo también tenía interés en conocerte.

Rosa: ¡Ah! Sí, ¿y eso?

Damián: [Aparte] [Pues porque estás muy buena]

Rosa: ¿Cómo dices? No encuentro por ninguna parte el licor ¿Se lo habrá
llevado mi hija? Perdona, Damián, ¿de qué estábamos hablando?

Damián: De que deseaba conocerte.

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Rosa: Para eso tendrías que haber tenido noticias de mi existencia. Ni que
fuera una actriz famosa, querido.

Damián: Yo la veo con frecuencia dar clases de baile. Vivo en frente de la


Asociación de Vecinos.

Rosa: ¿De veras? Pues no me había dado cuenta. Claro como vas con esa pinta
de muerto de hambre.

Damián: ¿Es que voy mal vestido acaso?

Rosa: Vistes fatal, Damián, pareces uno de tantos. Tú no eres uno de tantos,
mentalízate, dítelo todas las mañanas cuando te levantes.

Damián: ¿Y cómo lo sabes?

Rosa: Pues... pues porque no hay dos personas iguales, querido. Todos somos
diferentes.

Damián: O sea: Me estás diciendo que soy diferente como todo el mundo, es decir
uno de tantos.

Rosa: Yo no he dicho semejante cosa, querido.

Damián: Aquí destacar no está bien visto, Rosa, no está bien dar la nota.

Rosa: Pero, a ver, Damián: ¿Cuál es tu meta en la vida? Me interesa saberlo.


[Aparte][Es mentira, no me interesa, pero por eso lo pregunto] A ver:
¿cuál es tu meta?

Damián: Pues la de todo el mundo: Ganar haberes, Rosa. En esa dirección puedes
destacar todo lo te apetezca o puedas.

Rosa: ¿Y tú has destacado mucho en esa meta?

Damián: Digamos que me defiendo más o menos. No me apetece hablar de ese


tema con una mujer que acabo de conocer, (enciende un cigarrillo un
poco nervioso) ¿no tienes un cenicero?

Rosa: (Le acerca uno) Pues de algo tenemos que hablar, querido. Todo eso no
son más que prejuicios. Con una mujer se puede hablar de cualquier
cosa, siempre que no te importe que te malinterpreten, y te critiquen pero
querido, es necesario que la gente te critique y hable de ti y te tenga en
cuenta. Si quieres, mañana mismo organizo una campaña para que hable
de ti todo el mundo...

Damián: ¡No, por Dios! ¡Ni se te ocurra!

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Rosa: Ése es el acicate de la vida. Me parece a mí que a ti hay que espolearte
un poco como a un caballo de raza. Te lo aseguro, Damián: no estarías
nada mal si te arreglases un poco y mirases por ti mismo, y te movieras
con más garbo. Materia prima no te falta. Así que mentalízate que no
eres uno de tantos. No has traído contigo el clarinete. Deberías llevarlo
siempre contigo para un caso de emergencia

Damián: ¿Un caso de emergencia?

Rosa: Sí. Necesito urgentemente escuchar un clarinete, no sé cómo suena un


clarinete. Soy una inculta, Damián. Me quedan tantas cosas por
aprender en la vida... A ver ¿cuánta gente sabe como suena un clarinete?
Tienes que dar la nota, Damián, no te cortes. Pues mira, la verdad es que
no tengo nada que ofrecerte, me he quedado sin existencias.

Damián: No importa.

Rosa: ¿Cómo que no importa? Pues claro que importa. Tenemos que celebrar
este encuentro, Damián. Mira, se me ocurrido una idea excelente.
Vamos al Café de la Alfaguara. Te parecerá increíble, pero no he vuelto a
verlo a pesar de que lo tengo prácticamente enfrente y de que llevo aquí
más de un mes.

Damián: ¿Y por qué tendrías que verlo?

Rosa: Pues porque es lo único que merece la pena ver en este pueblo, querido,
aparte de mí misma, claro. Pero a mí ya me veo en el espejo todas las
noches cuando me cepillo el pelo. Por las mañanas, nunca me miro antes
de las doce. Antes de las doce estoy horrorosa, Damián.

Damián: No lo creo.

Rosa: Sí, Damián, te lo aseguro: Necesito tres horas para recuperarme del
trauma de despertarme y descubrir que me encuentro en este pueblo
dejado de la mano de Dios y de los hombres. ¡Ay! ¡Si pudiera llevarme
la casa a cuestas como si fuera un caracol marino! ¡Esta casa donde tengo
tantos recuerdos inolvidables! Tú no sabes lo que significaba la casa de
mis abuelos para mí de niña. ¡Era como el Paraíso! Y la buhardilla...
¿No te he enseñado la buhardilla?

Damián: No, no me has enseñado nada; aparte del salón, que tampoco estoy muy
seguro de si me lo has enseñado o lo he visto por simple coincidencia.
Me siento como si estuviera aquí de forma completamente fortuita, Rosa.

Rosa: No hay nada fortuito, Damián, ha sido el destino el que te ha traído a esta
casa. Todo está predestinado, querido: Ha sido el destino el que ha

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encaminado tus pasos a esta casa para que pudieras acompañarme al Café
de la Alfaguara que guarda para mí tantísimos recuerdos. Allí me
enamoré locamente de mi marido, que en paz descanse, locamente y por
desgracia, porque no pude elegir un hombre menos indicado para
enamorarme. Me preguntó de si hay alguna forma adecuada de
enamorarse, supongo que lo adecuado es enamorarse cuerdamente de
alguien, pero todavía no me ha pasado.

Damián: Yo como no me he enamorado nunca.

Rosa: ¡No puedo creerlo!

Damián: Te lo juro.

Rosa: ¡No se te ocurra volver a decir nunca semejante cosa! ¿Pero tú estás
loco, Damián, confesarle a una mujer que no te has enamorado nunca a tu
edad?

Damián: ¿Por qué? ¿Es que es algún delito?

Rosa: Por supuesto que es un delito: es un delito de lesa majestad, pero... ¿tú
vas por ahí tocando el clarinete y no te enamoras de nadie? No entiendo
como puedes tocar el clarinete...

Damián: Pues leyendo la partitura que tengo delante.

Rosa: Pero si esa partitura vale algo, la habrá escrito alguien que se enamoró de
alguien o de algo, Damián.

Damián: Yo no me enamoro a no ser que se enamoren de mí antes; eso sería como


correr un riesgo innecesario ¿no te parece?

Rosa. Estoy completamente escandalizada, Damián, vámonos ahora mismo al


Café de la Alfaguara, a enamorarte cuánto antes de la primera que pase
por la puerta.

Damián: ¡Sí, hombre!

Rosa: En todo caso tienes que llevarme ahora mismo. ¡Ay! ¡Cuántos recuerdos
inolvidables! Allí me enamoré de mi difunto esposo. ¿No te lo he
contado?

Damián: Me lo has contado hace nada, Rosa.

Rosa: Era un auténtico canalla, querido, pero estaba tan sumamente guapo
aquel día, y los dos éramos tan jóvenes y tan necios, que no pude evitar
enamorarme, Damián.

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Damián: Mira Rosa, yo te acompaño a ese bar siempre que no me hables de otros
hombres.

Rosa: ¿Y de qué podemos hablar entonces? ¿Te interesa la política?

Damián: No mucho

Rosa: ¿Y la música?

Damián: Hombre, sí, la música, claro.

Rosa: No me apetece hablar de música. Vamos a hablar de las mujeres de las


que vas a enamorarte, Damián.

Damián: Pensaba que me iba a enamorar de una tan solo.

Rosa: ¿Qué dices? Necesitas por lo menos once o doce, Damián, necesitas
enamorarte de once o doce a la vez y cuánto antes, no te queda mucho
tiempo, Damián.

Damián: ¿Mucho tiempo para qué?

Rosa: Ahora te lo explico, querido, ahora mismo te lo explico.

(Oscuro)

Escena IV

Café de la Alfaguara. Un viejo establecimiento abierto en 1903 que conserva la


decoración original de estilo neomudejar. En el centro del local, sosteniendo el
artesonado de madera, se yergue una columna. Al fondo del café, en el extremo
izquierdo hay un espacio reservado separado del resto del establecimiento por una
celosía y un poco más allá, dos puertas que dan a los baños. Julián Ledesma conversa
con Antonio Pérez. Pascual, el dueño del establecimiento, se dedica a secar vasos.

Julián: Ése es el sitio justo, en el centro de la ciudad; ha sido una idea excelente.
¿Cómo es que has tenido esa idea? Nunca se me habría ocurrido pensar
que tú tuvieras ideas.

Pérez: Hombre, Julián... Si uno que tiene que tener alguna idea por el bien de la
ciudad, pues se tienen, ¿no te parece?

Julián: Está bien, pero no tengas más, Pérez, con una es suficiente por hoy.
Ponme un coñac, Pascual. Ideas, ideas... no nos hacen falta ideas, lo que
hace falta es que nos pongamos manos a la obra, quiero decir hacer que
otros pongan sus manos en la obra. ¿No dicen que hay que crear puestos

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de trabajo? Los pobres crean la mano de obra y nosotros creamos la obra,
nuestra gran obra: un parking enorme en el mismísimo centro de la
ciudad. Sólo hay que modificar un poco el trazado de la avenida. Por eso
no hay nadie nunca en la ciudad: la gente pasa con el coche, ve que no
hay aparcamiento y se larga. Salen de su casa en coche, van al centro,
ven que no hay aparcamiento y se vuelven a su casa. Necesitamos un
parking bien grande. No sé cómo no se me ha ocurrido antes. Es que
tengo tanto trabajo en el ayuntamiento con la alcaldesa que no me queda
tiempo de pensar en el bien de la ciudad, Pérez.

Pascual: [Para sí] [Claro, con pensar en el suyo tiene bastante].

Julián: ¿Cómo dices, Pascual?

Pascual: Que tiene que pensar más en si mismo, don Julián.

Pérez: Claro; sólo piensas en el trabajo y no te preocupas de tu propio bienestar.


Recuerda que lo que es bueno para ti, es bueno para los demás. Todos
estamos hechos de la misma madera, Julián.

Julián: Yo no estoy hecho de madera. Yo estoy hecho de metal, Pérez.

Pascual: [Aparte] [Sí, del vil metal]

Julián: Soy como el acero inoxidable, Pérez, inoxidable. Esta misma noche,
hablo con la alcaldesa.

Pérez: A ver si le da la comisión a otra empresa.

Julián: ¿A otra empresa? ¿Qué empresa?

Pérez: Tendrá que sacar la obra a concurso público.

Julián: Si se la dan a otra empresa, dejo de follármela y punto. No digas más


sandeces, Pérez.

Pascual: [Aparte] [¿Será verdad, que este ladrón se tira a la alcaldesa?]

(Entran en el local Rosa y Damián).

Rosa: ¡Qué bonito! ¡Está exactamente igual que hace 20 años! ¡Es un auténtico
milagro! (Lo coge del brazo y se sientan junto a una de las mesa).

Julián: ¿Y esa quién es?

Pérez: Ni idea.

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Rosa: Ven. Vamos a sentarnos en una mesita allí al fondo, no has abierto la
boca en todo el camino, querido. ¿Es que me vas a hacer hablar todo el
tiempo? Sí. Ya sé que hablo mucho, que hablo demasiado. Es mi peor
defecto, pero algún defecto tenía que tener ¿no te parece?

Damián: Mejor, así me ahorras a mí el trabajo.

Rosa: No, querido, yo no le ahorro a nadie el trabajo, ni el trabajo ni nada, cada


uno tiene que hacer su trabajo en la vida

Julián: Esa mujer me intriga, Pérez.

Pérez: A ella no la conozco, pero a él sí lo conozco.

Damián: No me apetece hablar del trabajo, Rosa.

Rosa: Pues claro que no. ¡Qué vulgaridad hablar del deber, del trabajo! Eso se
hace y punto.

Julián: ¿Y quién es?

Pérez: Uno que está sin trabajo.

Rosa: Prefiero hablar de los goces y las pasiones y los afectos. A ver: ¿Cuál es
tu pasión, Damián? y no me digas que son los coches o el fútbol porque
te mato.

Julián: Vamos. Preséntamelo, me interesa conocerla.

Damián: No tengo ninguna pasión que yo sepa, Rosa.

Rosa: Algún pasión, algún vicio inconfesable tendrás, querido, confiésalo.

Damián: Para nada.

Rosa: Algún vicio secreto tendrás, seguro, lo que pasa es que es tan secreto que
no lo conoces ni tú mismo.

Damián: Pues si lo descubres, avísame a mi primero, antes de propagarlo a los


cuatro vientos para que esté prevenido

Rosa: Prevenido contra qué.

Damián: Pues contra mí mismo, supongo.

Rosa: No te preocupes que si difundo algún vicio tuyo, será alguno que te
cuadre y te realce, Damián. De los otros no quiero ni enterarme.

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Damián: ¿Qué otros?

Rosa: La verdad es que no sé qué tomar. ¿Un pacharán? ¿Nos tomamos un


pacharán?

Damián: Como quieras. ¡Pascual, dos pacharanes!

Julián: Venga, Pérez, preséntanos. (Se dirigen hacia ellos. El camarero, a su


vez, deja la barra y les sirve en la mesa)

Pérez: Hombre, Damián... ¿Cuánto tiempo sin verte? ¡Y qué bien acompañado
te encuentro!

Rosa: Muchas gracias.

Damián: ¿No conoces a Rosa?

Julián: No tenemos el gusto, pero tú vas a presentárnosla, ¿no es cierto?

Damián: Rosa Buendía, Antonio Pérez.

Julián: Julián Ledesma, para servirte en lo que se ofrezca.

Rosa: ¡Qué galante!

Pérez: [Aparte] [Sí. A ratos. Cuando le da la vena, cuando le place].

Damián: Bueno ¿y qué es lo que se ofrece?

Julián: ¿Cómo que qué se ofrece? Pues se ofrece trabajo. Venía a ofrecerte
trabajo, Damián.

Damián: ¿A mí? Pero si no me conoces...

Pérez: Hombre, Damián, yo sí te conozco.

Rosa: Estás muy equivocado, no lo conoces. ¿Verdad Damián que no te


conocen? Yo, por ejemplo, estaba empezando a conocerlo cuando habéis
aparecido.

Julián: ¡Ah! ¿Sí? ¿Y cuánto tiempo hace que lo conoces?

Rosa: Pues cinco minutos como quien dice, pero en cinco minutos ha cambiado
completamente. Lo veo muy cambiado de cuando lo conocí hace cinco
minutos.

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Pérez: Claro, pero nosotros nos conocemos de toda la vida, somos amigos de
siempre. ¿No es cierto, Damián?

Julián: Él es amigo tuyo, y tú eres amigo mío, y lo que es de uno, pues es de


todos, ¿no es cierto? Y un amigo está para lo que haga falta, así que
cuando me ha dicho mi amigo que tiene un amigo sin trabajo, pues me he
dicho: vamos a remediarlo.

Rosa: Pues a lo mejor él no quiere remediarlo. O sea que tú le das trabajo a la


gente, no le quitas trabajo sino que se lo das. ¡Qué engorroso! Yo pienso
que mejor que les des goces a que les des trabajo ¿no te parece?

Julián: ¿Goces? ¿Qué tipo de goces?

Rosa: Pues de cualquier tipo, querido. ¿Qué más da uno u otro? Me temo que
tú eres uno de esos que separan el placer del trabajo.

Julián: Pues claro, yo me quedo con el placer y el trabajo se lo doy a otros.

Damián: A mí. ¿No es eso?

Julián: Lo siento, macho, a alguien tenía que dárselo ¿no te parece?

Damián: Me parece a mí que a ti te va a dar mucho trabajo otra persona.

Julián: Bueno, hay trabajos y trabajos.

Rosa: En fin será mejor que volvamos a nuestro nido, Damián.

Damián: Como quieras.

Julián: ¿A vuestro nido?

Rosa: Quiero decir, él al suyo y yo al mío. Es que tengo mucho trabajo con la
casa, acabo de mudarme,

Julián: ¿Adónde? Si no es mucha indiscreción

Rosa: Aquí al lado, a la Plaza de las Carrozas número 11.

Julián: ¿Plaza de las Carrozas, número 11?

Rosa: Sí, es una plaza preciosa. ¿No la conoces?

Julián: Yo conozco cada rincón de mi ciudad, Rosa.

Rosa: Este rincón me parece que no lo conoces. Ha sido un placer, caballeros.

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¿Vamos?

Damián: Vamos.

Pérez: Plaza de las Carrozas...no vayas ahora a encoñarte con esa mujer, Julián,
no vaya a ser eso un obstáculo.

Julián: ¿Obstáculo? ¿Qué coño de obstáculo? Una mujer nunca es un obstáculo,


Pérez. Es simplemente un acicate para que uno siga con su trabajo. Hay
que conquistar esa plaza, Pérez, hay que conquistar esa plaza. A saco,
hay que entrar a saco en esa casa.

Pérez: ¡Y tanto! Como que está encima del parking.

Julián: Me da igual encima que debajo. Me interesa, Pérez, esa mujer me


interesa. Voy a tener que hacerle una visita para que me enseñe la casa
ante de tirarla abajo.

Pérez: Pues mejor será que te des prisa. No me gusta a mí esa idea de mezclar
el sexo con los negocios.

Julián: ¡Bah! A esta me la ligo yo en un abrir y cerrar de ojos.

Pascual: (El camarero cortando jamón) [Este se ve que no tiene bastante con la
alcaldesa. ¿Será verdad que se tira a la alcaldesa? Pues mira la verdad es
que no le alabo el gusto.]

(Oscuro)

Escena VI

Plaza de los Carrozas. Un anciano muy atildado conversa con una vecina de la plaza: la
señorita Consuelo, que lleva una pequeña hornacina en forma de armario con la imagen
de la Virgen.

Consuelo: Buenos días, don Jaime.

Don Jaime: Buenos días vecina. ¡Que día tan bueno hace hoy! ¿No le parece?

Consuelo: La verdad es que ni me había fijado, don Jaime.

Don Jaime: Así que me he levantado y me he dicho: vamos a dar un paseíto, a


ver si tengo un poco de suerte y no me atropella ningún coche.

Consuelo: ¡Ay! Sí.

Don Jaime: ¡Es terrible! Antes daba gusto pasear por las calles

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tranquilamente, pero ahora siempre que salgo a dar una vuelta me
parece que estoy andando sobre el filo de la navaja. Parece que
vivimos en una autopista. No hay más que coches por todas
partes; nos han ganado la batalla las máquinas, Consuelito, esta
ciudad parece un cementerio de chatarra. ¡Ay! Sí. ¡Qué tiempos
estos! Ya no hay ni bancos para sentarse a escuchar el trino de los
pájaros.

Consuelo: Para paseos esto yo, don Jaime.

Don Jaime: ¿Y eso?

Consuelo: Unos ahogos y unos sofocos que me dan por la noche, que parece
que se me va a salir el corazón por la boca. Ahora mismo vengo
de recoger a la Virgen. Me da consuelo tenerla unos días en mi
casa. ¡Ay! ¡Qué triste suerte la nuestra! Don Jaime ¡Qué triste
suerte la nuestra!

Don Jaime: ¿Y cómo lleva su labor evangelizadora?

Consuelo: Fatal, don Jaime, fatal. He dejado ya de predicar para los testigos.
Son una secta, don Jaime, son una secta, y yo tonta de mí, he
estado a punto de dejar que me conviertan; que me conviertan en
más tonta de lo que soy, quiero decir. Mire, usted, yo he sido toda
la vida católica y no voy a cambiar ahora de secta. Prefiero
quedarme con la secta de toda la vida. Aunque la verdad es que
estoy un poquito preocupada con la nueva vecina.

Don Jaime: ¿La nueva vecina?

Consuelo: Sí. No sé si atreverme a decirle unas palabras, a darle un consejo. Yo no


soy nadie, pobre de mí, para dar consejos, pero a veces hay que darle a la
gente un empujoncito para que vea la luz, don Jaime. ¡La luz!

Don Jaime: Me parece que todavía no se le ha pasado del todo la fiebre


evangelizadora, Consuelo.

Consuelo: ¡Ay! Sí, se me ha quedado como el gusanillo. Es que me lavaron el


cerebro completamente, don Jaime, nos lavaron el cerebro a todos. Yo
cuando me dijeron que me estaban lavando el cerebro, salí huyendo
despavorida, así como si una no fuera ya lo suficientemente limpia. ¡Yo
el cerebro lo tengo muy limpio, don Jaime, no tienen por qué lavármelo!
Claro que así me va. ¡Ay! ¡Qué triste vida esta! Voy a rezarle un poco a
la Virgencita, don Jaime. ¡Ay! Mire, esa es la nueva vecina. Es una gran
pecadora, don Jaime.

(Entra en escena Rosa).

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Don Jaime: Bueno, yo sigo con mi paseo matutino, Consuelito.

Consuelo: Voy a abordarla. (Se dirige hacia ella). Buenas días, vecina.

Rosa: (Sorprendida) Buenos días.

Consuelo: Quería presentarme, por si se le ofrece alguna cosa, lo normal entre


vecinas. Yo vivo allí en el número 9.

Rosa: Pues mucho gusto. Yo me llamo Rosa.

Consuelo: Ya lo sé. Yo me llamo Consuelo.

Rosa: ¿Y qué es eso que lleva ahí?

Consuelo: Pues es la Virgen, hija mía, soy muy devota de la Virgen del Carmen,
patrona de los marinos.

Rosa: ¡Ah! Claro y por eso ha comprado esa imagen.

Consuelo: ¿Comprado? No hija. Esta hornacina nos la pasamos los fieles para
tenerla un par de días en casa y para rezarle y que nos bendiga.

Rosa: No me acordaba ya de esa costumbre. Así que se van pasando a la


Virgen...

Consuelo: Pues claro.

Rosa: La verdad es que la hornacina es muy bonita. Y la virgen está sobre una
nubecita con angelitos y todo. Pues la verdad es que me encanta. Es una
buena costumbre. Aunque yo creo que deberían pasarse también otras
diosas.

Consuelo: ¿Otras diosas? ¿Qué diosas, hija mía? ¿Es que es usted de alguna secta?
Tenga mucho cuidado, hija mía, tenga mucho cuidado, porque esa gente
lo único que quieren es lavarle a una la cabeza. (Se lleva una mano a la
cabeza).

Rosa: [Aparte] [Pues la verdad es que a ésta si le lavaran la cabeza y le


cambiasen el peinado no harían nada de mal]

Consuelo: ¿Cómo dice vecina?

Rosa: Pensaba en que no le favorece nada ese peinado que lleva, vecina, si no
le importa que se lo diga. Debería cambiar de peinado, debería cambiar
de peinado inmediatamente.

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Consuelo: Tengo otras cosas en qué pensar, hija mía, no me voy a emperifollar
ahora para los hombres a mi edad, vecina.

Rosa: No es por los hombres; vecina, es por las mujeres. Cuánto más fea y más
alicaída y más estropeada te ven, más se alegran: son todas unas brujas.
Se lo digo yo.

Consuelo: No sé si las mujeres serán unas brujas, pero los hombres son el demonio,
vecina ¡El demonio! Y no le digo los jóvenes. Parecen de una secta
satánica, vecina. Todos los hombres son de alguna secta satánica hoy en
día. ¡Líbreme Dios del diablo y sus tentaciones, hija mía! Mire. Si
quiere le paso a usted la Virgen y se la dejo unos días en la casa. Yo creo
que en su caso podría convencer a los hermanos para que se la dejen por
lo menos una semana. [Aparte] [A ver si hace algún milagro y llama a la
golfa esta por el buen camino].

Rosa: Pues no sé...

Consuelo: Si, mujer.

Rosa: Venga sí, déjemela, la voy a poner en el recibidor. Ahora que yo de rezos
nada. No me venga con rezos vecina, no tengo la cabeza para rezos,
bastantes cosas tengo ya en la cabeza.

Consuelo: A veces es bueno rezar un poco para ahuyentar los malos pensamientos,
hija mía.

Rosa: ¿Los malos pensamientos?

Consuelo: Sí, hija. Los malos pensamientos. ¡Rezar para que no nos tiente el
demonio!

Rosa: ¡Ay, vecina! Déjelo que me tiente alguna vez por lo menos, aunque sólo
sea de uvas a peras. Sí, se lo confieso, no me tienta nada en esta ciudad.
No me tienta nada. Nada, ni nadie me tienta. Es simplemente espantoso.
¡Qué triste monotonía! ¿Quiere entrar en casa y tomarse un cafetito?

Consuelo: No muchas gracias, vecina. Me voy a ver la telenovela. ¡Ay! ¡Qué triste
suerte la nuestra, vecina! ¡Qué triste suerte la nuestra! (Entra en su casa.
Felipe se encuentra leyendo un libro).

Felipe: ¿Dónde vas con eso?

Rosa: ¿Te gusta? Me la ha prestado la vecina.

Felipe: ¿Prestado? Seguro que tienes que pagar algo por ella.

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Rosa: Pues no sé, querido, tampoco será gran cosa. Ya sé que estamos en la
ruina, pero por eso me la he traído, porque estamos en la ruina. Debería
montar mi propia academia de baile. En fin, ya veremos; de todas formas
tenemos esta casa maravillosa completamente gratis. No sé si alquilar
una habitación.

Felipe: ¿A quién?

Rosa: Pues no sé... A alguien que la necesite. Lo que debería hacer es alquilar
la habitación de Rodrigo. Le voy a lanzar un ultimátum. O duermes aquí
todas las noches o alquilo tu habitación. Lo que prefieras.

Felipe: Buena idea: Alquílala.

Rosa: Todavía no le he lanzado el ultimátum. ¿Qué estás haciendo, cariño?

Felipe: Pues estudiando...

Rosa: Eso está muy bien, Felipe, pero tienes que salir un poco de vez en
cuando; relacionarte con la gente de tu edad.

Felipe: No me gusta la gente de mi edad.

Rosa: ¿Qué no te gusta la gente edad? ¿Y de qué edad te gustan?

Felipe: No me gustan de ninguna edad.

Rosa: O sea que estás escondiendo en los libros. ¿De quién te estás
escondiendo, querido?

Felipe: Pues de todo el mundo. De la mafia, de la cofradía, de la bofia. Me


estoy escondiendo de la policía y de los ladrones al mismo tiempo.

Rosa: Te veo como muy paranoico, cariño. Tienes que enfrentarte a tus miedos,
tienes que salir un poco, tienes que ir a los guateques y todo eso.

Felipe: Ahora no hay guateques, mamá.

Rosa: Pues lo que sea.

(Entra en la casa Rodrigo)

Rosa: Hombre, Rodrigo, qué coincidencia; estábamos hablado de ti


precisamente.

Rodrigo: ¿De mí?

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Rosa: Pues sí, como apareces y desapareces cuando te place como si esto fuera
una pensión o un hostal, pues he tenido una idea excelente, voy a
convertir la casa en un hostal. Hostal Casa Rosa, ¿qué te parece? Lo
primero que voy hacer es alquilar tu habitación. ¿Vas a dormir aquí esta
noche, querido?

Rodrigo: ¿Por qué?

Rosa: Pues para que me pagues la habitación, cariño, son 12 euros la noche. A
ti te hago un precio especial por ser mi hijo, pienso pedir veinte euros por
ella. Ya que no quieres trabajar y convertirte en el cabeza de familia y
sacar adelante a la familia. Tendremos que apañárnosla por nuestra
cuenta.

Rodrigo: Tú eres la que deberías darme dinero, y no me das ni una mierda. Yo soy
menor de edad todavía, no puedo trabajar ¿sabes, mamá?

Rosa: ¿Que no puedes?

Rodrigo: No, no puedo. Es ilegal.

Rosa: ¿Y a mí eso qué me importa? Yo no tengo ningún respeto por la justicia,


desde que me quitaron la custodia de mis hijos, le perdí todo el respeto a
la justicia. Así que ya lo sabes: o estudias o trabajas. O duermes aquí
todas las noches o no duermes ninguna.

Rodrigo: No voy a dormir ninguna noche, con dormir de día me basta. Me voy a
echar un rato, estoy hecho polvo, adiós (se adentra en la casa).

Felipe: ¿Pero tú ha visto la pinta que lleva? Está en las últimas. Se le ha


acabado la mecha. ¿No ves que todos sus amigos son unos muertos de
hambre como él? Son unos pijos muertos de hambre que viven con sus
viejos. El viejo les compra la motito o el cochecito y van por ahí
haciendo el cafre. Pero no tienen agallas para salir de su pueblo.

Rosa: Está bien querido, pero no te ensañes con él. Habrá que civilizarlo poco
a poco

Felipe: Bueno. Yo me voy un rato a la biblioteca. Adiós.

Rosa: Adiós, cariño. ¡Ay! ¡Dios! ¡Qué hastío! No sé qué hacer. Necesito
galantear con alguien cuanto antes. Si no, me voy a morir de
aburrimiento y de tristeza en esta ciudad fantasmagórica. (Llaman a la
puerta) ¿Y ahora quién será? (Se mira un momento en el espejo y abre)
¡Qué agradable sorpresa, Damián! ¿Qué te trae por aquí? Pero,
sentémonos un rato. Estoy completamente exhausta.

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Damián: ¿Y eso?

Damián: Las clases, querido. Las clases. Me siento como si hubiera bailado con
todo un batallón del ejército. Y eso que solo hay diez alumnos en clase.

Damián: En fin... yo venía a darte una excelente noticia, Rosa. Bueno, una no.
Dos.

Rosa: ¿De veras?

Damián: Mañana por la mañana damos un concierto aquí en la plaza. Empieza a


las diez. Quería avisarte para que no te comprometas con otra cosa a esa
hora.

Rosa: Querido, no te preocupes. A esa hora estaré en los brazos de Morfeo


seguramente. Me parece que me vais a sacar del sueño vosotros.

Damián: ¿En brazos de quién?

Rosa: Morfeo, Damián, Morfeo. El dios del sueño. ¿No me digas que no
conoces a Morfeo?

Damián: Me parece a mí que es el único dios que conozco.

Rosa: ¡Ay! Sí. Me parece que voy a tener que resignarme a dormir entre los
brazos de Morfeo por un tiempo a falta de otros, no puedo pensar ahora
en amoríos, Damián. Pero en serio, es maravilloso. Ya tenía muchas
ganas de escucharos. ¿Qué vais a tocar?

Damián. Pues...

Rosa. No, no me lo digas, prefiero que sea una sorpresa. Espero que empecéis
el programa con alguna pieza lánguida y meliflua. ¿No me iréis a sacar
de la cama con la cabalgata de las Walkirias o algo de eso?

Damián: No creo, pero el concierto empieza a las diez, Rosa. No es tan temprano.

Rosa: Últimamente me acuesto tardísimo. No sé qué me pasa. Es la


melancolía que se ha apoderado de esta ciudad y de esta plaza y me tiene
completamente sitiada, querido. La gente parece presa de una extraña
resignación, con ese abatimiento de los que han dado su vida por perdida,
Damián. De los que han aceptado la derrota.

Damián: Tampoco será para tanto.

Rosa: Parece mentira que vivamos junto al Mediterráneo tan luminoso.

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¿Quieres un poco de té frío? Está buenísimo.

Damián: ¿No tienes algo más fuerte?

Rosa: Vaya, parece que te estás espabilando, Damián. ¿Y cuál era la otra buena
noticia?

Damián: Pues…

Rosa: (Vuelven a llamar) Llaman a la puerta, discúlpame un segundo.

Julián: Buenas tardes.

Rosa: ¡Vaya! ¡Qué sorpresa! ¿Su nombre era...?

Julián: Julián. Julián Ledesma. Perdona el atrevimiento, pero acabo de


terminar unas gestiones que tenía que hacer cerca de aquí y de pronto he
visto la plaza y he pensado en aceptar tu amable ofrecimiento de ayer
tarde. Quizás llegue en un momento inoportuno.

Rosa: No, no. Estaba conversando con un amigo, perdona, qué torpeza la mía,
pasa, pasa. La verdad es que me ha sorprendido tu visita. Es que yo
invito a todo el mundo a que me hagan una visita. Pero como nadie
acepta nunca la invitación...

Julián: No puedo creerlo.

Rosa: Pues será que no eres de aquí, querido. Aquí ya nadie invita a nadie a su
casa y si lo hacen, nadie sería tan estúpido como para pensar que hablan
en serio. Siéntate, conoces a Damián ¿No es cierto?

Julián: Del otro día.

Rosa: Yo estoy empezando a conocerlo, nunca terminamos de conocernos


¿verdad Damián?

Damián: Pues eso espero, Rosa.

Julián: Tratándose de ciertas cosas, mejor los comienzos que los finales ¿no es
cierto?

Rosa. Depende, y si de pronto nuestra amistad tuviera un final apoteósico ¿Eh,


Damián? ¿Qué te parece?

Julián: ¿Un final apoteósico?

Rosa: Pues sí, algo así como la gran traca final, como una mascletá ¿No sería

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fantástico? Perdonadme necesito descocarme un poco, porque si no va a
poder conmigo la melancolía contagiosa de esta ciudad de los demonios.
¿Querías una copa, no Damián? Vamos a tomar un poco de te frío con
whisky los tres.

Julián: ¿Melancolía? ¿Qué melancolía, ni qué narices? Aquí no hay melancolía


de ninguna clase. Lo que pasa es que no has conocido a la gente idónea o
al hombre idóneo. Mírame a mí, por ejemplo. ¿Estoy yo acaso
melancólico? ¿Te parezco melancólico, Rosa?

Rosa: La verdad es que no. Demasiado eufórico, quizás.

Damián: [Aparte] [Vaya miradas que le echa el muy cabrón]

Julián: ¿Demasiado eufórico?

Rosa: Pues sí. Así como si hubieras hecho alguna conquista. ¿Es que has
conquistado algo?

Julián: No sé, pero yo creo que ante ciertas cosas, ante ciertos desafíos, un
hombre como yo no puede aceptar nunca la derrota.

Rosa: Nunca es mucho decir, querido.

Julián: Nunca, Rosa, te digo yo que nunca.

Damián: ¿Me sirves un poquito más?

Rosa: Sírvete tú mismo, Damián, estás en tu casa, querido. En fin, me parece


que está muy bien todo eso de no darse por vencido, pero me parece a mí,
si no te importa que te lo diga, que tú no eres uno de esos hombres que no
dan nada por perdido sino más bien un hombre que lo da todo por hecho.
De los que venden la piel del tigre antes de cazarlo, vamos.

Damián: [Aparte] [Muy bien dicho]

Julián: ¿Te he dado esa impresión? Lo siento. Puede que sea un poco
apresurado al principio, pero luego, cuando he conseguido mi pieza... El
tigre, la tigresa o lo que sea, me gusta saborearla despacio, muy despacio.
La victoria, quiero decir. Lo siento. Me expreso fatal. Es que las
mujeres me ponen nervioso. ¿Sabes?

Rosa: ¿Te ponen nervioso las mujeres?

Julián: Sí, lo confieso. Soy tan tímido en el fondo, Rosa...

Rosa: Pues no lo pareces. ¿Sabes? Cuando has llegado estábamos hablando del

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concierto que va a dar la banda municipal aquí mañana. Damián toca el
clarinete, es un artista ¿no lo sabías?

Julián: Yo soy un hombre de negocios, que son los que mantienen a los artistas.

Rosa: Pues cada vez lo hacéis peor querido, claro como no entendéis nada de
arte, nos estáis dejando sin artistas. Yo también soy artista: doy clases de
baile de salón en la Asociación de Vecinos del barrio.

Julián: ¡Qué interesante!

Rosa: El baile es importantísimo, querido. Yo no creo que pudiera enamorarme


de un hombre que no supiera bailar. ¡Imposible! Resulta tan excitante,
no creo que haya nada más sexy en este mundo que un bailador de
flamenco, por ejemplo. ¿Tú sabes bailar?

Damián: A ver si ahora nos vas a hacer bailar flamenco, Rosa.

Julián: Confieso que el baile no es lo mío, pero existen otras cosas mucho más
importantes.

Rosa: ¿Como qué?

Julián: Es demasiado pronto para hablar de ciertas cosas, no quiero que me


acusen de vender la piel del tigre antes de tiempo y todo eso. Ha sido un
placer conocerte (le besa la mano). Nos veremos mañana en el concierto,
espero.

Rosa: Me temo que no. Pienso escucharlo en la cama y entre los brazos de
Morfeo.

Julián: ¿Los brazos de quién?

Rosa: Morfeo, querido. El dios del sueño.

Julián: El dios del sueño... no lo sabía ¿Y quién es la diosa del sueño?

Rosa: ¿La diosa del sueño? Pues no sé, eso dependerá de cada uno, supongo.

Julián: ¡Ay! Últimamente no pego ojo, Rosa, son los negocios que me llevan de
cabeza. A ver si tuviera un poquito de suerte y me tropezara con... la
diosa del sueño. Hasta luego. (Sale)

Rosa: ¡Qué hombre más insolente! ¿No te parece Damián?

Damián: No sé, Rosa. No me apetece hablar de esas cosas contigo, ni con nadie
la verdad. En fin, espero que te guste el concierto. [Aparte] [Ya sabía yo

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que, en cuestiones de caza, lo mejor son las malas artes]

Rosa. ¿Cómo dices?

Damián: Qué pienses en la música, Rosa, que te acuerdes de la música. Gracias


por la copita, hasta mañana. (Sale)

Rosa: Hasta mañana, Damián, hasta mañana. ¿Qué habrá querido decir con
eso? ¡Ay! La verdad que este hombre tan insolente, me gusta. Bueno me
gusta y no me gusta. Ya veremos como acaba todo esto, espero no sufrir
una recaída y volver a enamorarme de un carca. En fin... Por lo menos
parece que me ha salido un pretendiente, necesito otros tres o cuatro para
poder decidirme. No voy a decidirme por el primero que me salga. Pues
sí señor... (Se adentra en la casa)

(Oscuro)

Escena VIII

(Plaza de las Carrozas. Ha concluido el concierto y los músicos han abandonado su


puesto en el templete. Se ve a dos o tres marcharse con sus instrumentos y sus atriles.
Damián y Julián conversan con Rosa).

Rosa: Me ha encantado el concierto, querido. Pero deberíais haber invertido el


programa. Empezáis con “La Cabalgata de las Walkirias, que me he
despertado sobresaltada como si fuera a invadirnos o a arrollarnos la
bestia rubia, y luego acabáis con los “”Suspiros de España. Mejor
hubiera sido al contrario.

Julián: Vamos, que la habéis sacado de la cama a cajas destempladas,

Damián: En fin, me he imaginado que como estaría sola en la cama, pues tampoco
tendría mayor interés en remolonear en ella.

Rosa: ¡Pero, Damián! Me dejas de piedra. Ese comentario estaba


completamente fuera de lugar, querido. ¿Qué va a pensar este hombre?

Damián: Pues lo mismo de siempre. Me parece que tiene tres o cuatro


pensamientos que le ocupan todo el tiempo. Bueno, yo más bien diría
dos pensamientos, cuatro son muchos.

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Julián: Te equivocas, tengo tan solo uno.

Damián: ¿Uno solo?

Julián: Pues sí, siempre suelo tener un pensamiento en la cabeza que luego llevo
a la práctica. Los que tienen más son gente ociosa, que no piensan en lo
que hay que pensar ¿Verdad Rosa?

Rosa: Me parece que me he perdido, querido.

Julián: O como no tienen trabajo, ni nada mejor que hacer, pues piensan.

Damián: Ya tengo trabajo.

Julián: (Que lo ignora y le da la espalda) La verdad es que yo, más que oír el
concierto, lo que quería es invitarte a cenar, si no te importa, a la “Cueva
de Aladino”.

Damián: Ya tengo trabajo en el Centro Profesional de Música la Lira Albufereña.

Damián: Es un restaurante marroquí excelente que hay a las afueras de la ciudad.


¿No lo conoces?

Rosa: Pues no.

Julián: Te gustará. Parece un lugar salido de las mil y un noches. La comida es


exquisita, y la música que ponen es así como oriental, sensual,
voluptuosa... Te va a encantar. ¿A ti no te gustaba la música oriental,
Rosa?

Rosa: A mi me gusta toda la música, siempre que sea buena.

Julián: Esta lo es. No es en directo claro, pero a lo mejor a Damián no le


importaría darnos un concierto en el restaurante y ganarse un dinero
extra.

Damián: Lo siento mucho, pero yo sólo toco por amor al arte y poco, será que no
le tengo mucho amor, pero yo pienso que por poco que le dediques
siempre es mucho, demasiado. ¿No te parece Rosa?

Rosa: Pues no sé qué decirte, Damián.

Damián: Cuánto menos amor pongas en las cosas, mejor. Me voy con la música a
otra parte. Adiós. [Aparte] [Es lo de siempre, mucha palabrería y
mucho idealismo, y al final siempre salen a relucir los billetes, es lo
único que reluce] Adiós. Hasta nunca. (Sale malhumorado]

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Rosa: ¿Le habré ofendido en algo? No entiendo por qué ha salido así en
estampida.

Julián: Me parece a mí que este amigo tuyo es un poco quisquilloso. Aunque tú


lo sabrás mejor que yo. ¿Has acabado ya de conocerle?

Rosa: Nunca se acaba de conocer a nadie, amigo mío.

Julián: Eso depende, si decides no ver más a alguien, pues ya has terminado de
conocerle. Pero en fin yo prefiero que hablemos de otras cosas.

Rosa: ¿De qué cosas?

Julián: Esta noche te lo explico. ¿A qué hora quieres que te recoja?

Rosa: Todavía no he aceptado.

Julián: Vamos, Rosa, no es más que una cena. Una cena no compromete a
ninguna cosa. ¿No pensarás que voy a drogarte o algo de eso?

Rosa: [Aparte] [No hace falta, ya me drogo yo por mi cuenta]. Mira, si no te


importa, preferiría que me invitases ahora mismo al café de la Alfaguara.

Julián: A las dos cosas, Rosa. Te invito a las dos cosas.

(Oscuro)

Escena IX

Café de la Alfaguara. Una gran banda anuncia que se conmemora el ciento y un


aniversario del local. Junto a la columna que la ocultará en el momento oportuno a los
ojos de los recién llegados, se encuentra, la alcaldesa. Lleva un gorro del club de fútbol
“Penibético” y habla con Antonio Pérez, un edil del ayuntamiento. En la mano porta un
abanico con los colores de la bandera de España y la leyenda: “Bodegas Cuerno de
Toro”.

La Sultana: ¡Ay, Pérez! Estoy cansada de ser alcaldesa de una localidad tan rústica
como ésta. Es cierto que todos los empresarios de la ciudad me abruman
con sus obsequios y sus lisonjas, pero ¡qué lisonjas! No saben lisonjear
con gracia, Pérez.

Pérez: El ejercicio del poder también cansa, señora alcaldesa; tiene también sus
engorros y sus servidumbres.

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La Sultana: Estoy hasta el gorro, querido. (Se quita el gorro del club de fútbol
Penibético) ¡Ay! ¡Ni me acordaba del puñetero gorro! Estoy tan aturdida
que se me olvidaba que me han hecho ponerme este gorro ridículo.
Todos se empeñan en que pruebe sus productos. Esta mañana me he
tenido que tomar un vino de las bodegas “Cuerno de Toro”, (mirándose la
permanente en el espejo), luego que si el jamón ibérico y la sobrasada de
la casa de no sé quién.

Pérez: El “Solar” señora alcaldesa, el “Solar”. “Sobrasada el Solar”


Casa Jonás era el nombre del restaurante donde se ha llevado a cabo la
degustación oficial.

La Sultana: Estoy harta. No paro de saltarme el régimen. ¿Y no podríamos


anunciarlo por el periódico? “La alcaldesa está de régimen”. A ver si así
dejan de atiborrarme con morcones y butifarras.

Pérez: Cálmese, su excelencia; ya debe de estar a punto de llegar la comitiva.

La Sultana: Y encima esos cafres del club de fútbol se han atrevido a ponerme el
gorro del equipo. Si alguien tiene que ponerse el gorro te lo pones tú que
eres edil del ayuntamiento. ¡Se ha perdido el protocolo completamente!

Pérez: Aquí vienen los miembros de la asociación “El Murciélago”, doña


Mercedes.

(Entran los miembros de la asociación “El Murciélago” y se sitúan junto a la alcaldesa


rodeándola. Visten todos capa española con un murciélago bordado a la espalda)

Murciélago 1: ¿Se encuentra mejor ya, doña Mercedes?

La Sultana: Perfectamente, don Jorge. Sólo ha sido un ligero mareo, ya se lo he


dicho; a veces le abruman a una los deberes de su cargo. Es tanta la
responsabilidad que pesa sobre mis frágiles hombros de mujer... En fin,
pero ya me he repuesto completamente. ¡Me ha reanimado el café de
esta santa casa! ¡Este noble establecimiento que cumple hoy ciento y un
años!

Murciélago 2: Como la plaza de las Carrozas.

Murciélago 3: Es usted una mujer infatigable.

Murciélago 4: Tiene nervios de acero.

Camarero: [Aparte] [¡Y tanto! No me extrañaría nada que fuera un hombre]

La Sultana: Es el sentido del deber simplemente, caballeros.

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Murciélago 3: ¿Se han decidido ya por un proyecto para acondicionar la zona de
la rambla y convertirla en un parque?

La Sultana: ¿Y para qué vamos a acondicionarla si en cualquier momento viene una


riada y se lo lleva todo por delante? Lo mejor sería que hicieran un
trasvase del Júcar al Guadalquivir que cruzara toda la Cordillera
Penibética, pero esas decisiones no dependen sólo de mí, por desgracia.

Murciélago 4: En fin, nosotros queríamos proponerle al ayuntamiento que se


crease un servicio de carrozas.

La Sultana: ¿Un servicio de carrozas?

Murciélago 1: Pues claro un servicio de carrozas para pasear a los turistas por el
centro de la ciudad. ¡Ah, qué tiempos aquellos en que las damas
paseaban en carroza!

La Sultana: Imposible eso congestionaría todavía aún más el tráfico.

Camarero: [Aparte] [Sí. El tráfico de influencias]

La Sultana: Podría considerarse de forma temporal, quizás, don Jorge; en las


fiestas de la ciudad o algo de eso. No, lo que hemos decidido es
construir un parque de automóviles, aquí cerca, en el centro de la
ciudad. ¡Pero si es imposible aparcar en el centro! No sé cómo
mis predecesores en el cargo no acometieron esa empresa, me
pasaron una villa completamente postrada y hundida en el polvo.
Vamos todavía muy a la zaga de las grandes potencias, caballeros.
Es preciso construir un parking enorme de siete u ocho plantas,
así como si fuera una tarta de aniversario, en lo alto de la tarta,
quiero decir del parking, puede poner usted un stand para vender
sus butifarras, don Valeriano.

Murciélago 1: Me parece una idea excelente.

Murciélago 4: Pues yo pienso que se podría habilitar alguna zona para el paseo
en carroza. Cada carroza podría llevar el logotipo de una de las
empresas de la ciudad ¿no le parece?

La Sultana: No sé qué decirle, don Álvaro. Podría discutirse acerca de ello en


el próximo pleno del Ayuntamiento.

Murciélago 4: Coches y carrozas, doña Mercedes, coches y carrozas; así una


cosa compensa la otra: el futuro y el pasado, la tradición y la
innovación, los viejos tiempos y los nuevos tiempos.

(Rosa y Julián entran en el local y se sitúan junto a la puerta sin reparar en el resto de

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los presentes. Julián, que le da la espalda a la alcaldesa, flirtea con Rosa)

La Sultana: Lo consultaré con la almohada, caballeros. [En un aparte] Pérez: ¿Quién


es esa mujer que no deja de manosear el señor Ledesma?

Pérez: (Que se vuelve) ¿Cómo? Ejem... Lo ignoro, señora alcaldesa.

La Sultana: ¡Será bellaco! [Aparte] [¡Ah, traidor! Te he pillado in fraganti]. [Así que
primero me adulas y me cortejas, y me calientas la oreja, y luego te
dedicas a tontear con la primera pelandusca que te sale al paso. Ándate
con tiento, querido, no sea que te cambie los coches por una carroza
fúnebre]. Pérez, si no te importa, ¿podrías decirle al señor Ledesma que
estamos hablando precisamente de un asunto que le incumbe?

Pérez: Ahora mismo. (Dirigiéndose hacia la pareja) ¿Importuno?

Julián: ¡Hombre, Antonio! ¿Qué haces tú aquí?

Pérez: Pues hablar de ti precisamente.

Julián: ¿De mí?

Pérez: Así es. Y con la alcaldesa, para más señas.

Julián: (Reparando en ella) [Para sí] [¡La Sultana! ¡Maldita sea mil veces...!]
Discúlpame un momento, Rosa.

(Entra Damián y se sienta en un extremo de la barra sólo)

Julián: Señora alcaldesa... ¡Qué coincidencia!

La Sultana: Buenos días, Ledesma. Precisamente estaba hablando con estos


caballeros de un asunto de tu incumbencia, del nuevo parque
automovilístico cuya construcción hemos decidido adjudicar a tu empresa
en el último pleno, aunque todavía podríamos volvernos atrás por el bien
de la ciudad, claro está, y si así se vota en la asamblea del ayuntamiento.

Julián: ¿Si se vota el qué?

La Sultana: Una idea excelente que han tenido estos caballeros: Habilitar el centro de
la ciudad para el tráfico de carrozas.

Julián: ¿Carrozas? ¿Qué carrozas?

La Sultana: Pero no dejes sola a tu acompañante, Julián, preséntanosla. Me parece


que no tengo el gusto de conocerla.

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Julián: No creo que te apetezca conocerla realmente, Mercedes.

La Sultana: Yo no he dicho que me apetezca, lo que he dicho es que me la presentes.


¿O es que hay alguna razón para que no lo hagas? [Aparte] [Se
avergüenza, se avergüenza de ella el muy ruin].

Julián: [Aparte] [Esta se ha puesto celosa, pues allá ella]. Ahora mismo, doña
Mercedes. Rosa, te presento a la señora alcaldesa de la ciudad.

Rosa: Encantada.

La Sultana: Le estaba comentando al señor Ledesma, que no tengo el gusto de


conocerla, debe de ser del pueblo llano, ¿no es cierto, querida? El sufrido
y honrado pueblo llano de esta noble villa a la que dedico todos mis
desvelos.

Rosa: Se le nota.

La Sultana: ¿Cómo dices?

Rosa: Digo que se le notan todos los desvelos, yo creo que deberían de fabricar
un maquillaje especial para alcaldesas.

La Sultana: No te entiendo, querida.

Rosa: La política es nefasta para el cutis. Una profesión tan estresante... Claro
que en último caso siempre es posible recurrir a un buen lifting de vez en
cuando. Yo, sin embargo, como me dedico al arte, apenas necesito
recurrir a los cosméticos.

La Sultana: [Aparte] [No puedo creer lo que oigo] ¿Al arte? ¿Qué arte, querida?

Rosa: A todos y cada uno de ellos.

Julián: Sí. Ejem. Es una auténtica amante del arte, Mercedes.

La Sultana: ¿Y desde cuándo te interesas tú por el arte, Julián?

Julián: Desde que la he conocido como quién dice ¿no es cierto Rosa? Me ha
descubierto todo un mundo nuevo y desconocido.

La Sultana: ¿De veras? Entonces eres como América, querida.

Rosa: Sí, lo confieso, en ciertas cosas, soy como una india americana: muy
primitiva, muy arcaica, pero soy tan arcaica que soy moderna. Si no te
importa que te dé un consejo de mujer a mujer, hazme caso, nunca te
quedes a medias en estas cosas: o muy arcaica o nada arcaica, pero claro

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como los políticos de ahora siempre estáis en medio y en el centro, pues
siempre os quedáis a medias.

La Sultana: Yo soy una mujer de mi tiempo, querida.

Rosa: Eso está bien, pero procura que tu tiempo sea también el de otros, porque
si no, te vas a quedar tú sola arrinconada en tu tiempo. [Aparte] [El de
Maricastaña] Disculpadme, voy a saludar a un amigo. (Repara en
Damián y se acerca a él)

La Sultana: ¡Qué mujer más irritante y odiosa! No sé por qué has tenido la ocurrencia
de presentármela.

Julián: Me has pedido tú que lo hiciese.

La Sultana: ¿Sabes, Julián? Me preocupas. Últimamente te veo con extraños


compañeros [Aparte] [Compañeros de cama, me parece] Y eso puede
hacer que peligren tus negocios, querido.

Julián: Querrás decir, nuestros negocios, Mercedes.

La Sultana: No, querido, me refiero a “tus” negocios.

Pérez: Señora alcaldesa, permítame presentarle al nuevo director de la banda


municipal.

La Sultana: ¿Y qué ha pasado con el viejo?

Pérez: Pues se murió. ¿No recuerda que estuvimos en su entierro?

La Sultana: [Aparte] [Estoy de un humor de perros] Disculpadme. ¡Qué cabeza la


mía! Le acompaño en el sentimiento, quiero decir que le felicito por
ocupar su puesto. ¡Un puesto tan importante! Ha sido un concierto
magnífico.

Pérez: Pero si no hemos ido al concierto, señora alcaldesa.

La Sultana: [No seas impertinente, Pérez] Un político siempre se debe al pueblo, a


todo el pueblo, hasta a los artistas se debe ¿Me disculpa, caballero?
(Tirando de Pérez discretamente) Vamos, Pérez. Sí al pueblo, al pueblo,
a los muertos de hambre del pueblo, pero son tantos los muertos de
hambre que hay en el pueblo de la Puebla empeñados en atiborrarla a una
con butifarra, que estoy que me comen los demonios. ¿Cómo se atreve la
muy lagarta a faltarme al respeto?

Pérez: ¿Le ocurre algo, doña Mercedes?

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La Sultana: [Para sí] [Me ocurre que tengo ganas de abofetear a esa lagarta] Estoy
completamente exhausta, Pérez. Vámonos. (Dirigiéndose a los
miembros de la Asociación “El Murciélago”) Me retiro caballeros, ha
sido una charla agradabilísima, pero el deber me reclama, Tengo que
discutir unos asuntos en privado con el secretario del Ayuntamiento.

Murciélago 1: Tendrá que descansar alguna vez, doña Mercedes.

Murciélago 2: Dedicar algún tiempo a su esparcimiento y a ligeros y femeniles


pasatiempos.

La Sultana: No tengo ni un momento de descanso. Le estoy robando horas al


sueño, caballeros, pero en fin, cada cual tiene su misión en la
vida. Buenos días.

Los Murciélagos: Buenos días.

La Sultana: Esta misma noche me conciertas una cita con ese caradura, con
ese sinvergüenza de Ledesma. ¡Destrozar una plaza que es el
último conjunto histórico que queda de finales de siglo!

Pérez: ¿De qué siglo?

La Sultana: ¡Del que sea! Hemos dejado que nos obnubilen con esa falsa
visión del progreso y de los billetes. Pero con eso lo pienso
enredar: con los billetes. Ése es su punto flaco: los billetes, los
billetes... y la bragueta. Sí, Pérez, nos hemos olvidado
completamente de nuestra identidad, nuestras esencias...

Pérez: Pero señora alcaldesa, si el proyecto ya está aprobado y ya hemos


comprado por cuatro perras todos los inmuebles menos cinco.

La Sultana: Ya se le sacará provecho a esa inversión de una forma u otra. Hay que
volver a estudiar el asunto, ha salido a la luz información valiosísima que
no podemos pasar por alto. ¡Vamos! ¡Un conjunto histórico de
principios de siglo! No sé de qué le sirven a una los miembros de su
equipo si no se enteran de nada. Ya lo sabes Pérez: esta misma noche lo
quiero en el Ayuntamiento, quiero decir, en mi despacho privado. Hasta
luego, voy a coger ese taxi. (Sale por la derecha)

Pérez: Me parece que ésta lo quiere tener sujeto con los billetes y el otro tenerla
sujeta con la bragueta. ¿Y qué pasa con mi inversión? Como la cosa se
ponga fea me dedico al transfuguismo que es una profesión tan buena
como cualquier otra cuando no se tiene otra, y tienes que trabajar en esto
de la política. No pienso ser el tercero en discordia. Yo soy el tercero en
la lista, no pienso dejar que me conviertan en un vulgar proxeneta y
alcahuete. (Entra, se apoya en la barra y le hace una seña con la mano a

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Julián)

Julián: Perdonadme un segundo, pero el deber me reclama. (Se dirige hacia


Pérez).

Rosa: Me siento incómoda, Damián ¿No te importaría acompañarme a casa?


Vámonos a casa; te invito a un té con hierba buena (lo coge del brazo)

Damián: ¿Otro té?

Rosa: Cada vez me siento más perdida en este enredo de opereta o de zarzuela
de alpargata. ¿Es que no hay un solo hombre decente en esta ciudad del
demonio, Damián?

Damián: Ya te dije que no me hablaras de otros hombres, Rosa. Yo te acompaño a


casa, pero no se te ocurra hablarme de los hombres.

Rosa: En fin, hablaremos de política o de música. [Aparte] [La verdad que


confieso que me gusta ese granuja, pero no pienso transigir con ciertas
cosas, no pienso rendirme así como así. No pienso asumir la derrota, eso
nunca, Rosa, eso nunca]. (Salen del brazo)

Oscuro.

Escena X

(Salón de la casa solariega de doña Mercedes del Pilar de Alcántara “La Sultana”.
Lleva un salto de cama de tela roja de Damasco y calza chapines).

La Sultana: Se está retrasando, se está retrasando este bergante. ¡Como me dé


plantón, lo hundo en la miseria para siempre! ¡Éste no me conoce!
¡Claro! Se aprovecha de nuestros tratos secretos para dejarme en
evidencia delante de todo el mundo sin que nadie se dé cuenta. ¿Qué va a
pensar de mí la gente? Estoy que me comen los demonios, no sé si me ha
dejado en ridículo o no me ha dejado en ridículo. Pero yo a este no le
tolero ni la sombra de una sospecha, que si Anguita es el sultán de
Córdoba, yo soy la grandísima Sultana de todas las Españas. Por algo
llevo ya más de diez años en mi feudo. No voy a dejar que murmure de
mí la gente lo que a mí no me apetezca. Que murmuren lo que yo quiera,
lo que me plazca, pues sí señor. No sé si sacar un edicto o una proclama
o un bando: por orden de la alcaldesa se dispone que se murmure lo
siguiente. Como no me complazca plenamente lo convierto en un
eunuco. El eunuco de la sultana. Ya lo sabes querido: o mi semental o
mi eunuco, no te queda otra. ¡Que arrogancia! ¡Pero si se la comía con
los ojos en mi presencia! Y encima va y me la presenta el muy bribón.

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¡Ya está aquí!

Julián: Buenas noches.

La Sultana: Lo de buenas o malas lo veremos ahora mismo.

Julián: ¿Pero bueno? ¿Qué pasa, señora alcaldesa? No puede un hombre


retrasarse cinco minutos a una cita.

La Sultana: Pues depende querido, depende de qué cita se trate. Si es una cita de
trabajo, te aseguro que no es conveniente retrasarse.

Julián: O sea que es una cita de trabajo.

La Sultana: ¡Tendrá valor! ¿Tú de qué quieres que sea? Si es de trabajo estás
despedido, y si no es de trabajo, estás perdido, porque te mato. ¿Cómo te
atreves a insultarme con otra mujer? ¿Te crees que soy una de tus
conquistas baratas? Todavía no me has conquistado del todo, querido, y
te recomiendo que lo hagas cuanto antes si no quieres que te hunda en la
miseria para siempre.

Julián: Tienes tú muchos humos esta noche, me parece a mí.

La Sultana: Si los tengo es porque puedo. [Como que te tengo agarrado de los
mismísimos] Tienes tú demasiados intereses que están en mis manos, y a
lo mejor de pronto por una razón u otra, pues dejan de interesarme.

Julián: ¿Me estás amenazando?

La Sultana: Te estoy dando un consejo, simplemente, querido.

Julián: Sabes muy bien que si tiro de la manta, nos vamos todos al carajo. Me
temo que tus intereses, son mis intereses.

La Sultana: Eso no es más que un farol, querido, sabes muy bien que soy yo la que
llevo las riendas del negocio. ¿Quién es esa mujer? Confiesa: ¿Es tu
amante?

Julián: No es más que la propietaria de un inmueble que deseo adquirir a buen


precio. Regalado casi. Y que da la coincidencia que se encuentra en la
Plaza de las Carrozas. Así no tienes que expropiarla y te ahorro trabajo.

La Sultana: ¡Qué diligente eres querido! No hace falta que te tomes tantas molestias,
ni que seas tan diligente; no eres ningún funcionario del ayuntamiento.

Julián: Por eso me las tomo, porque no soy funcionario. Es que soy un hombre

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muy desinteresado, Mercedes.

La Sultana: Yo solo te digo una cosa: como te vea con esa mujer otra vez, estás
acabado. De momento ya he congelado el proyecto del parking hasta que
se compruebe su “viabilidad”. Así como quien congela una merluza. Te
recuerdo que tengo la mayoría absoluta, querido, te tengo en mis manos
completamente. ¿Tú has visto con qué facilidad has medrado en tus
negocios? Pues a lo mejor, de pronto, no medras tanto. ¡No medras nada!

Julián: ¡Esto es intolerable! ¿Es que no puede un hombre ser galante con una
mujer si le apetece? Querida, ¿no ves que estoy practicando con otras
para poder complacerte mejor? La seducción es un arte y hay que
practicarlo mucho para convertirse en un maestro.

La Sultana: ¿Maestro de qué? ¿De las finanzas o de los braguetazos? No me vengas


con cuentos, querido, tú lo que quieres es tirártela.

Julián: ¿Y si ya lo hubiera hecho?

La Sultana: (Se lanza sobre él) Granuja... ¡Te voy a matar!

Julián: (Sujetándola) Calma, calma, mi amor. No he dicho que lo haya hecho, te


he preguntado que ¿qué pasaría si ya lo hubiera hecho?

La Sultana: No juegues conmigo, Julián, te lo advierto. Quien quiera mis favores,


que se los gane a pulso.

Julián: ¿A pulso? Eso suena como muy esforzado ¿Es que quieres que emplee la
violencia, Mercedes? Yo que pensaba colmarte de caricias y de besos. En
fin, me marcho, buscaré el consuelo del amor en otra parte.

La Sultana: Tú eres un truhán y un ladrón. No te pienses que te vas a escapar de mí


tan pronto. A esa mujer, ni mirarla. Mañana le envío la circular para que
la expropien.

Julián: Pero, querida ¿no ves que me encanta verte celosa? [Aparte] [A esta la
toreo yo como si fuera una vaca]

La Sultana: Estoy contrariada, estoy furiosa, no sé por qué.

Julián: Descansa, querida, descansa esa cabeza, reclínate así sobre el diván.

La Sultana: ¡Ay! Te vales de que mis deberes, mis graves responsabilidades, me


ocupan todo el tiempo, y no puedo consagrarme a ningún hombre en
cuerpo y alma, pero te lo advierto, Julián, te lo advierto: como me pongas
los cuernos con esa pelandusca, te meto en la cárcel, te dejo en la calle, te
quedas sin trabajo.

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Julián: Ya será menos.

La Sultana: Tú haz la prueba, querido, haz la prueba. Igual que ahora estás de vacas
gordas, mañana puedes estar de vacas flacas o de vacas locas, es muy
difícil torear a una vaca, ya sea gorda, ya sea flaca, más difícil que a un
toro. Querido.

(Oscuro)

Escena. XI

Plaza de la Morería. En una esquina, se distingue un pequeño establecimiento: “La


Rosa de Damasco”, un bazar propiedad de un comerciante sirio y una taberna. Damián
medita junto a un banco.

Damián: No sé qué me pasa. Es como si hubiera abierto los ojos de repente.


Como si me hubieran quitado las telarañas que nublaban mi vista. ¡Me
han sacado de la gruta, me ha sacado de la gruta donde sólo veía a
sombras fúnebres y silenciosas que pasaban cabizbajas arrastrando con
triste resignación el peso de su existencia! O el peso de la existencia de
otros. ¿A quién llevaba yo a rastras? O ¿Quién me llevaba a mí a rastras,
mordiendo el polvo, vencido sin saberlo? Yo que había dado la vida por
perdida sin conocerla, como a una mujer que no conoces, ni sueñas con
conocerla. Una estrella remota que ves por la tele, en el cine, en las
revistas.... Pues ahora la tengo que dar por perdida después de conocerla.
No sé lo que es peor: Morir sin conocer la dicha, o morir después de
haber soñado con la dicha inútilmente ¿Qué puedo yo ofrecerle a esta
mujer desconcertante, irritante, casquivana, caprichosa, necia, obtusa,
imprevisible, maravillosa como una rosa inesperable que se abre en lo
más crudo del invierno? Mi fracaso. Puedo ofrecerle mi fracaso, puede
ofrecerle mi derrota, y decirle: mira Rosa, he perdido mi vida sin
conocerla, he abierto los ojos y he visto que soy un inútil al que
derrotaron sin que se enterase. Me vencieron hace ya mucho tiempo, y
ahora que me he enterado, asumo mi derrota. ¿Me aceptas? No me gusta,
no me gusta tener que avergonzarme de mi mismo. Mejor hubiera sido
seguir viviendo como un roedor miserable que se acerca al sol que más
calienta que nunca calienta el corazón de un hombre.

Voy a despedirme, voy a decirle que me marcho; lo cual le importará un


carajo. No sé, pero me gustaría dar la nota de alguna forma. Regalarle
un collar de diamantes por ejemplo y decirle: toma, gracias por abrirme
los ojos, no quiero volver a verte nunca. Largarme con viento fresco y
dejarla boquiabierta y con un palmo de narices

Yamal: ¡Eh! Amigo, ¿cómo va la cosa?

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Damián: Pues no muy bien la verdad. Me cago en la mar...

Yamal: ¿Y eso? No me digas que has perdido ya el trabajo.

Damián: Peor que eso. He encontrado a la mujer, Yamal, y quería hacerle un


regalito.

Yamal: Pues aquí hay muchos regalitos.

Damián: ¿Tienes alguna alfombra mágica?

Yamal: Sí que tengo una alfombra, pero yo no sé si es mágica o no. Yo te la


vendo y tu ya descubrirás luego si es mágica. ¿Qué es lo que quieres
hacer en la alfombra? ¿Volar? Pues a lo mejor te sientas en ella y vuelas.

Damián: Sí. Con una bomba.

Yamal: O con una mujer. Una mujer puede ser peor que una bomba. ¿Quieres
tirártela o casarte con ella?

Damián: Hombre, Yamal...

Yamal: Mira esto puede servir para las dos cosas. (Le muestra una pequeña rosa
de cristal) Es la Rosa de Damasco: La del amor verdadero. A las mujeres
les gustan esas cosas.

Damián: ¿Tú crees?

Yamal: Pues claro, y si no le gusta da lo mismo porque vale cuatro perras,


Damián, cuatro perras.

Oscuro.
Escena. XII

(Plaza de las Carrozas. Se acerca don Jaime a casa de Rosa, que está sentada fumando
de su pipa, y llama)

Don Jaime: Buenos días, mi querida señorita.

Rosa: [Aparte] [¿Su querida señorita?] Buenos días, buen hombre, buenos días.
¿Qué desea usted?

Don Jaime: Perdóneme si le resulto importuno, pero hace tiempo que quería hacerle
una visita de cumplido por la memoria de su pobre abuelo, que en paz
descanse, un hombre al que tuve el inmenso honor de tratar durante un
corto espacio de tiempo. ¿Me permite que pase?

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Rosa: Por supuesto. Pase, pase, discúlpeme, don...

Don Jaime: Don Jaime, para servirla en lo que se presente, mi estimada vecina.

Rosa: Discúlpeme don Jaime, pero estoy un poco aturdida por una serie de
imprevistos que me han surgido a última hora. Don Jaime, don Jaime...
¡Pues claro, pero si yo lo conozco a usted mucho de oídas!

Don Jaime: ¿De veras?

Rosa: Naturalmente. ¿No ve que aquí somos todas un atajo de cotillas del
demonio? Pase, pase, don Jaime. Le confieso que sentía un vivo interés
por conocerle en persona.

Don Jaime: Me halagas, hija mía.

Rosa: Por lo que me decían, siempre he pensado que era usted un hombre muy
conservador en el fondo y en la forma, don Jaime, pero eso es lo bueno,
que al menos conserva lo malo y lo bueno del pasado, es decir, las formas
y no como esos supuestos conservadores que sólo conservan lo malo del
pasado, es decir: el fondo. Los progresistas conservamos lo bueno del
pasado y los conservadores lo malo. Quiero decir los auténticos
progresistas.

Don Jaime: ¿Y quiénes son esos auténticos progresistas?

Rosa: ¿Pues quiénes van a ser? ¿Quiénes van a ser, don Jaime? ¡Ay! Lo siento,
he perdido el hilo de la palabra, no sé qué iba a decir. Son estos hijos
míos que me llevan de cabeza, don Jaime.

Don Jaime: ¿Y qué edad tienen?

Rosa: Pues la misma. Son de la misma edad los tres.

Don Jaime: ¿De la misma edad?

Rosa: ¡Ay! Sí. Son trillizos, don Jaime, son trillizos. Vinieron los tres de golpe.
Me dejó embarazada su padre por partida triple. Yo creo que lo hizo
aposta.

Don Jaime: Pero mi querida amiga, eso no puede hacerse así premeditadamente.

Rosa: Ya sabía él muy bien que la única forma de retenerme era cargarme de
hijos cuánto antes y la verdad es que no pudo ir más deprisa. Todo lo
hacía deprisa y corriendo ese hombre. Tardó menos de un año en
destrozar nuestro matrimonio y en desengañarme. Ojalá hubiera tardado

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un poco más en desengañarme.

Don Jaime: ¿En desengañarla de qué?

Rosa: Pues de los hombres, don Jaime, de los hombres ¿De qué va a ser? Era un
redomado fascista, don Jaime y lo peor de todo es que no tenía la más
ligera idea de que lo era. Pero yo creo que todos los hombres son
demasiado fascistas. Bueno, y las mujeres no digamos.

Don Jaime: ¿Profesa usted acaso el credo comunista?

Rosa: Yo no tengo ideología de ninguna especie, don Jaime. Soy demasiado


idealista para tener ideología de ninguna clase. ¿Qué me importan a mí
las ideas de un hombre? Me importan sus intenciones, me importa su
talante, me importan sus sentimientos; los buenos sentimientos claro.
Usted es un hombre sentimental y bienintencionado, don Jaime, se le
nota.

Don Jaime: Muchas gracias, doña Rosa.

Rosa: Tan recto, tan cumplido, tan caballeroso... Le confieso que siento gran
debilidad por los hombres caballerosos. Lastima que sean todos tan
viejos... y disculpe si le he ofendido.

Don Jaime: ¡Hija mía! Yo soy un viejo y no me avergüenzo de serlo; en todo caso de
otras cosas.

Rosa: ¿De otras cosas? Pero, discúlpeme... Aún no le he ofrecido nada. No


dispongo de mucho tiempo, la verdad. Tengo una cita esta noche y yo,
como cualquier mujer que se precie, necesito dos o tres horas para
arreglarme. Pero podemos charlar un ratito. ¿Le apetece tomar una
copita de Jerez?

Don Jaime: Si insiste usted.

Rosa: (Sirviéndosela) Pero ¿de qué se avergüenza usted, don Jaime?


Discúlpeme si soy indiscreta, pero usted tiene la culpa por excitar de una
forma tan espantosa la natural indiscreción de todas las mujeres.

Don Jaime: De haber perdido la vida con demasiadas ceremonias, Rosita. Mi vida no
ha sido más que eso: Una larga ceremonia, una larga letanía de cortesías
y descortesías. ¿Y para qué? En esta ciudad se han perdido totalmente
las formas, nadie ha seguido nuestro ejemplo, Rosita.

Rosa: ¡No se rinda usted nunca, nunca, don Jaime! Aunque no tenga otro apoyo
y otro sostén que su viejo bastón de ébano. Es que es usted algo así
como la flor de la caballerosidad andante.

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Don Jaime: Bien puede decir lo de andante, porque voy andando a todos sitios. La
culpa la tienen esos autobuses públicos desvencijados que siempre llegan
con adelanto o con retraso. Sólo funciona lo privado, Rosita. Nunca
funciona lo público. “La res publica”

Rosa: Desengáñese don Jaime; le digo yo que lo privado tampoco funciona. No


funciona ni lo privado, ni lo público.

Don Jaime: Tristes tiempos los nuestros, Rosita, quiero decir los míos o los suyos.
En fin, no sé muy bien de quién son los tiempos. La cortesía es la ciencia
de las ciencias, doña Rosa, la cortesía y la gentileza y la consideración
por el prójimo ¿no le parece?

Rosa: Estoy completamente de acuerdo con usted. La elegancia ante todo, el


porte, la distinción, la prestancia. Para mí un hombre sin porte, no
importa. No cuenta. No como mi marido que en paz descanse, que era
un sinvergüenza.

Don Jaime: ¿Y por qué se casó con él?

Rosa: Porque al principio me pareció que tenía mucho porte, pero era todo
apariencia. Me dejé deslumbrar por el porte. Era prácticamente una
niña. Luego me volví un poco hippie y le di prioridad a otras cosas; me
arrojé de cabeza al mundo de las drogas y del esoterismo: El alma, don
Jaime, hay que bucear en el alma de las cosas. ¡Ay! No sé lo que me digo
(se muestra visiblemente bajo los efectos de la marihuana).

Don Jaime: ¡Qué bonita pipa tiene usted! ¡Es una maravilla!

Rosa: ¿Le gusta? Me la regaló en Madrid un cantante de Reggae; en un bar de


la Calle del Barquillo. ¡Me aseguró que había fumado de ella el mismo
Bob Marley!

Don Jaime: ¿Bob Marley? No conozco a ese caballero. Aunque su nombre me suena.

Rosa: Un profeta de la nueva era, don Jaime. La nueva era que no viene nunca.
No sé cuántos años llevan ya prediciéndola.

Don Jaime: La verdad es que prefiero no verla. Le confieso, doña Rosa que yo, por
mi parte, sentía ciertos escrúpulos en conocerla. Yo creo que lo que la ha
perjudicado entre el vecindario es el hecho de que abandonara a sus hijos.

Rosa: Lo que me perjudica entre el vecindario es el donaire, don Jaime.

Don Jaime: ¿El donaire?

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Rosa: Sí, el amor a la verdad, la desenvoltura y el donaire. Las tres cosas y
además por ese orden. ¿Quiere otra copita?

Don Jaime: Con mucho gusto.

Rosa: Además, yo no abandoné a mis hijos. Me los arrebataron los jueces.


Desde ese momento perdí toda la fe en la justicia. Quiero decir la de los
hombres. Ya sólo confío en la divina, don Jaime.

Don Jaime: ¿Y cómo pudo suceder semejante cosa?

Rosa: Pues por una razón muy simple. Mejor dicho por dos razones: Yo
abandoné el hogar con mis hijos, los metí a los tres en el coche y salí
huyendo con ellos de mi marido

Don Jaime: ¿Huyendo?

Rosa: No podía soportarlo por más tiempo. No hace mucho de eso. Cuatro o
cinco años, pero no llegué muy lejos. Me detuvo la policía y encima se
me acusó de tenencia ilícita de drogas.

Don Jaime: Falsamente, imagino.

Rosa: Desde que luego que era falso. No era tenencia ilícita, sino lícita, don
Jaime. Yo tomo drogas como todo el mundo, don Jaime, o ¿qué se piensa
que le he servido en ese vaso?

Don Jaime: Pues espero que sea Jerez, hija mía.

Rosa: Le he servido alcohol, don Jaime. Una droga más bien depresiva que mi
marido tomaba a todas horas, por cierto, y que le costó la vida en mi
opinión. El caso es que, cuando nos detuvo la policía, yo llevaba un poco
de maría en el coche y eso fue suficiente para que me arrebataran la
custodia de mis hijos y se los entregasen a ese indecente machista con el
que tuve la desgracia de casarme en mi alocada juventud, don Jaime, pero
no quiero desenterrar ahora tristes memorias. ¿Más Jerez?

Don Jaime: No, gracias. En fin, ahora ya los tiene usted de nuevo a su cuidado.

Rosa: No sé si podré deshacer ya el desaguisado, ya veremos. Yo intento


siempre mirar con optimismo hacía el futuro. Pero hábleme de sus
estudios, don Jaime. He oído decir que es usted un auténtico erudito.

Don Jaime: Precisamente han sido mis investigaciones las que me han hecho encallar
en este triste agujero. Mis infructuosas indagaciones me han atado a esta
tierra mientras todo se desmoronaba en torno mío, Rosa.

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Rosa: ¿Y qué investigaciones son esas don Jaime?

Don Jaime: Yo estoy convencido que en esta ciudad se encuentra la Ermita de la


Derrota. Pero lamentablemente no he descubierto todavía pruebas
fehacientes que lo demuestren.

Rosa: ¿La Ermita de la Derrota?

Don Jaime: Un lugar sagrado de contrición donde el último rey godo de nuestra
historia reclinó la frente y rezó una plegaria tras ser derrotado por las
huestes árabes y antes de enterrarse en vida en un sepulcro como
expiación por sus culpas.

Rosa: ¿Enterrarse en vida, ha dicho?

Don Jaime: Así es: en un lúgubre sepulcro con la única compañía de una serpiente.
Yo estoy convencido de que bajo esta ciudad, en alguna catacumba, se
encuentra el sepulcro del último rey Godo, Rosa.

Rosa: Pues no sé si sería mejor no encontrarlo. Nunca había escuchado esa


lúgubre historia. Es que soy tan inculta don Jaime, pero aquí está usted
para remediarlo. Cuénteme, cuénteme la historia de cabo a rabo.

Don Jaime: La verdad es que no sabría por dónde empezar.

Rosa: Pues por el principio

Don Jaime: Entonces no acabaríamos nunca. A mí lo que me sedujo y me hizo


sumergirme en ese capítulo de nuestra historia fue la figura de
Chindasvinto.

Rosa: ¿Chindasvinto?

Don Jaime: Así es. Estaban las huestes de Chindasvinto… Pero antes de nada… ¿Le
importaría que utilizara un momento el servicio?

Rosa. Pero ¿Cómo no? (Llama a la puerta Damián) Discúlpeme si no le indico


el camino, está allá al fondo a la izquierda, están llamando a la puerta
como ve. (Don Jaime sale de escena en tanto que Rosa abre la puerta)
Hola, Damián. Pasa, pasa. ¿Qué te trae por aquí? Una visita de
cumplido, imagino.

Damián; Pues no, no es de cumplido, precisamente, Rosa.

Rosa: ¿Ah no? Pues ya es hora de que me hagas algún cumplido, Damián. A mí
o a cualquier otra. Pero veo que llevas contigo el clarinete. ¿No pensarás
darme una serenata?

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Damián: No, no. ¡Qué va! Ni de coña.

Rosa: ¿Pero qué escondes ahí, querido? Pareces un poco inquieto…

Damián: ¡Bah! No es nada. Un pequeño regalo que me he atrevido a hacerte.

Rosa: ¿Un regalo?

Damián: Lo vi en el bazar, el de Yamal, ya sabes, y me dije: voy a comprarle algo


para que no se le hunda del todo el negocio, para darle ánimos.

Rosa: ¿Le va mal el negocio?

Damián: Eso dicen.

Rosa: ¿Y es para mí el regalito? ¡Qué detalle, Damián! ¿Pero qué es esto?

Damián: Es la Rosa de Damasco: la del amor verdadero, o por lo menos eso dice
el letrerito que lleva en la base.

Rosa: No sé qué decir, Damián. Me siento como si me hubieras regalado un


anillo de compromiso... Desde luego, cada día que pasa te vuelves más
desconcertante e imprevisible ¡La Rosa de Damasco! No sabía ni qué
existiese esa rosa.

Damián: Es tan solo un regalo de despedida, para que lo encuentres si es que lo


buscas y quieres y si no, la escondes en el desván. Me voy, me marcho
de aquí.

Rosa: ¿Te vas? ¿Adónde?

Damián: A cualquier parte. Con estar a 100 kilómetros de aquí es suficiente.

Rosa: ¿A 100 Kilómetros? ¿Y por qué a cien kilómetros?

Damián: Es un decir. Me voy de aquí para no verte, Rosa, o mejor dicho para no
ver con quién te ves, que ya sé que no es asunto mío, pero por eso me
marcho porque no es asunto mío y no hay que meter las narices donde a
uno no le importa ¿no te parece?

Rosa: No sé qué decirte. Me estás dejando de piedra, Damián.

Damián: Yo sólo te digo una cosa, Rosa, como le des cancha a ese hombre, estás
perdida, te digo yo que te la juega.

Rosa: Pero no sé de qué me hablas, querido.

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Damián: Lo sabes perfectamente. Es un payaso. No te merece. Un mamarracho
que piensa con la bragueta y se ha hecho millonario. ¡Es increíble! Para
hacerse millonario, basta con pensar con la bragueta. Debe de ser algo
así como el asiento o la sede de la inteligencia. Tú sabrás lo que haces.
Yo me marcho para siempre de esta ciudad de mierda, llenas de mierdas
como yo. Adiós. (Sale)

Rosa: Pero... (Va a seguirlo y se detiene) No entiendo, nada, no es posible, no


me di cuenta de nada. ¡Damián! ¡Pero, oye…! (Se dispone a seguirlo y
se da de bruces con la señorita Consuelo que se planta en la puerta
apurada) ¡Consuelo! ¿Usted aquí?

Consuelo: ¡Ay! Déjeme pasar un momentito, vecina. Se lo ruego.

Rosa: ¿Pero por qué está usted tan agitada? ¿Viene a traerme a la virgen?

Consuelo: Y malas noticias, vecina, malas noticias. ¡Ay! No puedo más, no puedo.
(Entra don Jaime en escena y se sienta intrigado) Tome, tome récele usted
un poquito a ver si entre unas y otras...

Rosa: Pero, cálmese, mujer. ¿Le apetece un vinito?

Consuelo: Pues no sé si tomarme una garrafa, Rosa. ¡Nos expropian, Rosa, nos
expropian!

Rosa: ¿Qué nos expropian? (Le sirve una copa)

Consuelo: Muchas gracias. Sí, vecina, nos expropian la casa; nos echan de la plaza.

Don Jaime: ¿Pero qué me cuenta, Consuelito?

Consuelo: Lo que oye, don Jaime. ¡Ay de mí! ¿Dónde irán ahora a parar mis tristes
huesos?

Rosa: Eso no es más que un bulo que corre por ahí, Consuelo.

Consuelo: ¿Es que no han recibido la carta del ayuntamiento? Miren, miren bien
entra la correspondencia de hoy y verán como no miento. Van a
arramblar con toda la plaza, Rosa. Resulta que estamos en medio.

Rosa: ¿En medio de qué?

Consuelo: Del parque subterráneo.

Rosa: ¿De qué parque subterráneo?

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Consuelo: Pues del que van a construir para los coches.

Rosa: ¿Cómo van a construir un parque subterráneo aquí en medio?

Consuelo: Es que no hay sitio para que aparquen los coches.

Don Jaime: Es el progreso que lo arrastra todo a su paso, Rosa. Me temo que somos
un estorbo para el progreso de la ciencia.

Rosa: ¿Progreso? ¿Qué progreso ni qué narices? Lo más progresista que hay en
esta ciudad soy yo. Conmigo no arramblan aunque lancen contra mí
todas las huestes de Chindasvinto. No será para tanto la cosa.
Repónganse usted del susto vecina. ¿Quiere un poco más de vino?

Consuelo: Pues no sé yo.

Rosa: Voy a poner un poco de música. Me siento ahora demasiado meliflua


como para pensar en coches, ni en garajes. Beba, bébase usted el vinito.
Me contaba don Jaime no sé que cosa de Chindasvinto...

Consuelo: ¿Chindasvinto?

Rosa: Un descubrimiento fantástico que está a punto de hacer ¿no es eso? Una
especie de sarcófago.

Don Jaime: El sepulcro del último rey godo, doña Rosa.

Consuelo: ¿Y quién era Chindasvinto?

Rosa: Prosiga usted con la historia, don Jaime.

Consuelo: No creo que esté para contar historias, porque a usted también lo
desalojan. [Para sí] [Claro que éste tendrá una buena paga]. Esto es muy
serio, Rosa, que te digo yo que te desalojan; te pagan cuatro perras y te
desalojan.

Rosa: Ya será menos.

Consuelo: Ya está todo aprobado. Le han adjudicado la obra a la empresa de un tal


Ledesma.

Rosa: ¡¿Cómo?!

Consuelo: Lo que oye, vecina.

Rosa: No puedo creerlo. Es inaudito... Así que esto es cosa de Ledesma...


[Aparte][¡El muy canalla! Por un lado me corteja y por otro quiere

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tirarme la casa. ¿Cómo pude estar tan ciega y ser tan tonta? ¡Ah, pero
conmigo has dado en piedra, querido! Lo pienso hacer morder el polvo.
Se le va a atragantar la cena esta noche. ¡Como que me llamo Rosa!].
(Dirigiéndose a don Jaime) Pero ¿qué nos estaba usted contando acerca
de Chindasvinto, don Jaime? Cuente, cuente...

(Oscuro)

Escena XIII

(Plaza de las Carrozas. La señora Remedios se encuentra a la puerta de casa con la


señora Milagros).

Remedios: Hola. Milagritos ¿qué tal? ¿Cómo andamos?

Milagros: Aquí me tienes sacando la basura, Remedios.

Remedios: De eso vengo ¿Has recibido tú también la carta del ayuntamiento?

Milagros: Sí, hija mía. Sí.

Remedios: Me he tirado todo el día hecha un mueble sin poder levantar la cabeza.
¡Yo no sé para donde voy a tirar, hija mía!

Milagros: Yo de aquí no me muevo, que me busque un piso la alcaldesa. Si hace


falta me amarro a la farola ésa de ahí en medio.

Remedios: ¡Ay, Virgen Santa! ¡Qué desgracia! A lo mejor haciendo fuerza entre
unos y otros… ¿Y la lagarta ésta cómo se lo habrá tomado?

Milagros: ¡Y yo qué sé! Mírala: Ahí la tienes tan pancha. ¡Y con otro
hombre! Vamos qué…

Remedios: ¡Ay, qué cruz, Virgen Santa! ¡Qué cruz! Hasta luego, Milagros.

Milagros: Hasta luego. (Salen)

(Entra en escena Rosa acompañada de Julián Ledesma)

Rosa: Ha sido una velada maravillosa, Julián; gracias por acompañarme hasta
mi casa.

Julián: ¿Y me vas a dejar así en la puerta sin invitarme a algo?

Rosa: ¿A qué?

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Julián: A cualquier cosa.

Rosa: Me duele terriblemente la cabeza, querido, es de tanto escucharme a mí


misma; como apenas hablabas durante la cena.

Julián: Es que no podía dejar de mirarte. (Le besa la mano).

Rosa: Yo pensaba que mi conversación era apasionante, pero por lo visto lo


único que te apasiona es mi mano. ¿Piensas pedírsela a alguien?

Julián: Si te pido algo, no será la mano solamente.

Rosa. Te voy a hablar francamente, Julián: Hace unos días sí que me apetecía
tener un romance, estaba a punto ya de caer rendida entre tus brazos.

Julián: ¿De veras?

Rosa: Sí, lo confieso. Pero ahora tengo otras cosas mucho más importantes en
la cabeza; problemas que me quiere crear el ayuntamiento, que es para lo
único que sirve. Quieren tirar esta casa que levantó mi abuelo y que
tiene ya ciento y un años. ¿Qué te parece?

Julián: Me parece que eso carece de la menor importancia ¿Quieres una casa,
Rosa?

Rosa: Ya tengo una, querido.

Julián: Una más nueva. Ésta está ya muy vieja.

Rosa: No me digas que piensas ponerme un piso. Esas cosas ya no se hacen.

Julián: Yo es que estoy chapado a la antigua, Rosa. ¿Me dejas que pase o no me
dejas que pase?

Rosa: [Aparte] [Voy a dejarlo que pase para poder echarlo de la casa al muy
granuja]

Julián: ¿Qué dices?

Rosa: Que pases, que pases un momento. Entra, entra... ¿Has visto bien la
casa? Pues mírala bien porque es la última vez que vas a verla por dentro,
y no porque vaya a tirarla una empresa de facinerosos. Tu empresa, ¿no
es cierto Julián? ¡Qué trabajo más odioso querido: tirar las casas abajo!

Julián: Para levantar otras casas.

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Rosa: ¿Otras casas u otras cosas?

Julián: ¿Otras cosas? ¿Qué cosas?

Rosa: Pues no sé... Quizás el miembro flácido de algún viejo verde


acostumbrado a confundir a las personas con las cosas y a los hombres
con el ganado, con las vacas. ¿Tú me has tomado acaso por la vaca de la
alcaldesa? Tienes un gusto pésimo para las mujeres, querido. Me extraña
que yo te guste; aunque, claro, quizás tú eres uno de esos hombres a los
que les gustan todas las mujeres. ¿Es ese tu caso, Julián?

Julián: Unas me gustan más que otras. Tienes tú muchos humos esta noche.

Rosa: Tengo los humos que me place.

Julián: Pues no te lo aconsejo, no estás en posición de desafiarme. La casa... a


mí qué me importa esta casa que levantó ¿quién me has dicho que la
levantó? ¿Tu abuelo?

Rosa: La levantó un hombre de los que ya no quedan, querido. Por eso quiero
conservarla porque ya no quedan hombres que levanten una casa. O las
tiran o les van poniendo parches y más parches y más parches.

Julián: Yo levanto edificios, Rosa.

Rosa: Un edificio no es una casa, no te confundas, querido. Ni te confundas, ni


me confundas. Y menos con la alcaldesa.

Julián: ¿Vas a declararme la guerra, Rosa? ¡Ah! Claro. Se me olvidaba que eres
una idealista y te gustan las causas imposibles.

Rosa: Imposible no hay nada en esta vida, querido: Una causa puede ser más
imposible o menos, depende dónde te encuentres. En esta ciudad es
bastante imposible cualquier causa me parece, pero no lo suficiente para
mí.

Julián: Ni para mí. Basta ya de palabras, ya te has lucido bastante. (La abraza).

Rosa: ¡Suéltame!

Julián: Ya estás lo suficientemente hermosa. Ya estoy que me subo por las


paredes de esta casa tan venerable, ahora quiero pasar a los hechos.

Rosa: ¡No te atrevas a tocarme! ¿Quieres que grite pidiendo auxilio? En esta
plaza no hay más que cuatro viejos, pero me bastan y sobran para
empapelarte por villano.

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Julián: ¡Ja! Tranquila, tranquila... No hace falta que te sulfures. ¿Empapelarme
dices? Yo ya estoy empapelado. ¿Y qué? En este país se compra todo
Rosa, se compran hasta los jueces. Si no se compra a uno, se compra a
otro. Hay muchos donde elegir.

Rosa: Igual te toca alguno que no se vende, Julián. En esas cosas pasa como
con los décimos que a lo mejor te toca o no te toca.

Julián: Tú ya tienes experiencia con ellos, con las causas con los jueces, digo.

Rosa: Algo. Hace tiempo me vi las caras con uno. Pero eran otros tiempos,
ahora me han dicho que hay un poco más de democracia en este país. No
mucha, pero la suficiente como para enfrentarme a un fascista como tú.

Julián: ¿Qué pasa Rosa? ¿No te gustan los fascistas? ¿Prefieres a los
comunistas?

Rosa: Pues la verdad que ni una cosa ni la otra. Me gustan los hombres que
defienden a los débiles y se enfrentan a los fuertes y no al revés como tú.

Julián: Eso no son más que palabras huecas y lo sabes. Me voy, me voy de esta
santa casa que tiene tantos años. ¿Cuántos años me has dicho? ¿Ciento y
uno? Se le nota. ¿Y tú cuántos años tienes?

Rosa: Los mismos, más o menos, que llevas tú viendo pasar la vida sin
atreverte a conocerla.

Julián: ¡Sin atreverme yo…!

Rosa: Yo soy simplemente eso, querido: ¡La vida! ¡La vida que no llamará a tu
puerta en la vida!

Julián: Pues a lo mejor llama, si no tiene otra a la que llamar. Ya veremos.


Adiós. No te beso la mano, la próxima vez que te bese, será otra cosa en
todo caso. (Sale).

Rosa: Miserable... ¡Qué asco de hombres! La verdad es que ya me importa todo


un carajo, me da igual la casa. Pero tú has dado en hueso querido, de
aquí no me voy hasta verlo morder el polvo, el polvo, querido, el polvo
vas a besar, me parece. ¡Que muerda el polvo y luego que se caiga la
casa abajo o la ciudad entera de una punta a otra y que se hunda en los
infiernos! Tengo que recurrir a algún subterfugio, a alguna treta, no vaya
a ser que tenga que tragarme mis palabras. ¿Qué hago? Ya sé. Voy a
ponerle una denuncia, voy a denunciarlo por acoso y derribo de una
pobre viuda indefensa. Que se entere la alcaldesa de que me acosa
psicológica y sexualmente. Yo creo que aquí hace falta un escándalo para
animar la cosa y que no se aburran tanto. ¿Quieren chismes? Pues van a

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tener chismes para rato.

Telón.

II Acto

Escena I

(El café de la Alfaguara. Son las fiestas de moros y cristianos de la Puebla. La


alcaldesa conversa con Pérez en la barra del local. Ambos van disfrazados de
sarracenos).

La Sultana: ¡Ay! Estoy completamente piripi, Pérez. Ese maldito homenaje en las
bodegas Cuerno de Toro...

Pérez: Ya le aconsejé que se moderase, doña Mercedes.

La Sultana: Pero, Pérez... Es que me estaban mareando ya con tanta indirecta, tanto
soborno encubierto, tanto rondarme como si fuera la abeja reina... Yo me
tomaba las copitas como quién no quiere la cosa, y ahora estoy
completamente “ubbriaca”, menos mal que tengo el velo, para
protegerme un poco...

Pérez: ¿De qué?

La Sultana: ¡Ay! Pues del acoso de los hombres, querido; es la seducción del poder,
Pérez, no puedo evitarlo. ¡Ay! Estoy completamente seducida por el
poder que ejerzo sobre los hombres...

Pérez: [Aparte] [Esta desbarra].

La Sultana: Voy a tomarme un vinito en este establecimiento: este noble


establecimiento que cumple ya ciento y un años...

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Pérez: Eso fue hace dos meses, doña Mercedes, no se encane.

La Sultana: ¿Y eso qué importa? La vida es maravillosa, Pérez, deja al


establecimiento que cumpla años y a mí que los descumpla. Aunque
ahora que lo pienso ése podría ser un buen lema para la campaña: La
Sultana Cumple; quiero decir, que el partido cumple. Cumple ya no sé
cuantos años en el poder... Aunque no, no me gusta, tenemos que acabar
ya con esa cantinela, Pérez.

Pérez: ¿Qué cantinela?

La Sultana: Pues la de los años que cumple en el poder nuestro partido. Porque si el
partido cumple años, yo también los cumplo y de eso nada, querido. ¿Has
avisado a al señor Ledesma y al ingeniero, Pérez?

Pérez: Sí. Están allí fuera, contemporizando un poco con la oposición, doña
Mercedes.

La Sultana: ¡Ay! Sí. ¡Qué lata! Ya ni me acordaba de que teníamos oposición,


querido. Claro, como visten exactamente igual que nosotros... Parece que
estamos en la China de Mao, Pérez. Una siempre espera que la oposición
se encargue de revolucionar la moda. Hay que dejarles que revolucionen
la moda para que no se nos revolucione otra cosa, pero no nos sirven ni
para eso. Es un muermo. Estamos de acuerdo en todo. Hasta en el
vestido. La mitad van de moros y la otra mitad de cristianos, es un rollo,
Pérez. En fin, ve y avísales. Vamos a reunirnos un poco la camarilla y a
tomarnos un respiro. Te espero allí al fondo. ¿Te importaría encargar un
café para mí querido?

Pérez: No, señora alcaldesa.

La Sultana: Este Ledesma, me tiene harta. ¡Pero si me trata prácticamente como si


fuera su esposa! Claro: se piensa que me tiene en el bote el muy granuja
y me ningunea miserablemente, ahora que eso no, a mí no me ningunea
ningún hombre. Voy a tener que hacer que se baje del burro un poco.
Está tensando demasiado la cuerda. No tenses demasiado la cuerda,
querido, no tenses demasiado la cuerda... Vamos: si el poder no va a
servirle a una para tener bien sujeto a un hombre de los mismísimos, no
sé para qué quiere una ser sultana, ni alcaldesa. (Se sienta tras la celosía).

(Entran en el bar Rosa y don Jaime)

Rosa: Le agradezco tantísimo que haya sido tan amable de acompañarme, don
Jaime, no puede salir una a tomar un café con un hombre sin que te
corteje, es agotador.

Don Jaime: No se lamente de las atenciones que le dedican los hombres, Rosa.

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Rosa: Pues de algo tengo que lamentarme ¿no le parece?

Don Jaime: La verdad es que admiro tu temple, hija mía, dentro de poco nos
desahucian y no parece que te afecte en absoluto.

Rosa: Hay que plantarles cara, don Jaime. Hay que plantarle cara al poder. No
hay que ceder ni un ápice ante su acoso. Es que son unos brutos, los
hombres son unos brutos. Quieren arramblar con una y demolerla como
si fuera una casa. Ya no quedan hombres como usted tan mirados y
corteses. [Aparte] [Aunque la verdad es que no sé si lo lamento, pero en
fin...]

Don Jaime: ¡Es admirable! ¿Pero cómo piensas plantarle cara, hija mía?

Rosa: Pues de una forma u otra, o mejor dicho de todas las formas posibles. Yo
de momento ya he puesto mi denuncia.

Don Jaime: No creo que eso prospere, Rosa.

Rosa: Mientras no prospere a mi costa el denunciado, me conformo.

Don Jaime: ¡Ay! Yo ya estoy haciendo las maletas como quien dice. No sé qué voy a
hacer con todas mis pertenencias. He ido acumulando recuerdos y más
recuerdos y ahora voy a tener que arrojarlos a la basura, o abrir un bazar:
El bazar de los recuerdos, no es mal nombre, ¿no te parece?

(La Sultana se levanta para ir un momento al aseo de señoras y Rosa, mirando


distraídamente en esa dirección, repara en ella.)

Rosa: Los recuerdos no se venden, don Jaime, en todo caso se comparten. ¡Ay!
Pero esa que estaba sentada junto a la celosía... ¿no era la alcaldesa?

Don Jaime: La misma que viste y calza.

Rosa: Acaba de ocurrírseme una idea estupenda. Sentémonos a su lado, como


quien no quiere la cosa y usted, sígame la corriente, don Jaime, y no se
sorprenda de nada de lo que diga.

Don Jaime: Querida, a mí, de usted ya nada me sorprende.

(Se sientan junto a la alcaldesa, al otro lado de la celosía)

Rosa: Siéntese, siéntese, don Jaime. ¡Ay! ¡Qué triste suerte la nuestra don
Jaime! Vernos así en la calle por culpa del capricho de un hombre sucio y
cochino, por culpa de ese villano de Julián Ledesma

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La Sultana: ¿Pero, qué oigo? (La Sultana se cubre la cara con el velo y acerca el oído
a la celosía)

Don Jaime: ¿Su capricho, dices, hija mía?

Rosa: Sí. Su capricho. Su apetito sexual salvaje e irrefrenable. Su insaciable


lujuria, su repugnante lascivia, su asquerosa concupiscencia. No sé si
recurrir a la alcaldesa y postrarme a sus pies para pedir clemencia y
justicia. Pero ¿para qué? No sé qué hacer, don Jaime, no sé que hacer,

Don Jaime: De momento ya has puesto la denuncia, Rosa.

Rosa: Eso no servirá de nada. Es un hombre muy influyente, muy poderoso...


¡Pero si se jacta de que maneja a la alcaldesa como si fuera un títere!

La Sultana: (Retira el velo de su cara) [No es posible. No puedo dar crédito a lo que
oigo]. (Vuelve a cubrirse y a poner la oreja junto a la celosía).

Don Jaime: No puede ser. No puedo creer semejante cosa, hija mía.

Rosa: Como lo oye. Asegura que está que bebe los vientos por él, y que se
arrastra a sus pies como si fuera una mujer de la calle, don Jaime.

Don Jaime: No puedo creer que una mujer de su clase... ¡Qué vergüenza hija mía!

La Sultana: [¡Ah! ¡No puedo más! ¡Yo lo mato, lo mato!]

Rosa: ¡Bah! ¡Si eso es ya la comidilla del pueblo! Alardea de ello. Es un


monstruo, don Jaime, es un monstruo. Ha dicho que va a tirar la casa
abajo para obligarme a vivir con él, así: en concubinato, como ha hecho
hasta ahora con la alcaldesa, de la que dice que se va a deshacer porque
no es más que una vaca y una gorda.

La Sultana: (Completamente sulfurada) ¡No!

Rosa: Lo tenía todo planeado desde hace mucho, el muy canalla, don Jaime.
Lo del parking no es más que una excusa. Estoy segura. Lo que él
pretende es que me quede en la calle a su merced. Quiere verme desnuda
e impotente al alcance de sus garras. Me asusta quedarme sola en casa.
Hace unos días llegó y estuvo a punto de forzarme. Afortunadamente, en
ese instante, llegó mi hijo y se contuvo. En el fondo es un cobarde, pero
me ve sola, indefensa, sin amigos y no deja de importunarme. Al final
tendré que ceder y convertirme en su amante.

Don Jaime: Eso nunca, Rosa.

La Sultana: [Para sí] [Eso no lo verán tus ojos, mientras a mí me quede una gota de

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sangre]

Rosa: ¿Y qué puedo hacer? La policía hace oídos sordos, me tachan de


mentirosa, de enajenada, de loca y dentro de poco me veré en la calle con
mis tres hijos. ¿Qué haría usted en mi caso? No tengo a dónde ir. Tendré
que recurrir a él y ponerme en sus manos por mucho que me repugne.
Así como si fuera la favorita del harem, secuestrada en la finca, mientras
él se va de putas, con perdón.

Don Jaime: Ya encontrarás otra casa o alguien te abrirá su puerta.

Rosa: ¿A los cuatro? Imposible. Solamente un hombre completamente cegado


por la pasión, como es su caso, cargaría con mis tres hijos.
.
Don Jaime: No creo que un hombre como él diera a la opinión pública el penoso
espectáculo de vivir amancebado con una viuda con tres hijos que lo ha
denunciado por acoso. La gente como él tiene morro pero no tanto, hija
mía.

Rosa: Dice que tiene un finca lejos de aquí, no sé dónde.

La Sultana: [Para sí] [El muy ladrón... Debe de ser el picadero donde se lleva a sus
conquistas].

Rosa: Al principio me entró con muy buenas palabras, con muy buenas formas,
don Jaime.

Don Jaime: Sí. Ya conozco el paño, hija mía. Tiene una fama terrible de don Juan
ese hombre.

Rosa: Y tonta de mí, le presté oídos. Escuchaba confiada sus requiebros y sus
lisonjas como si todo fuera un simple juego inocente. ¡Qué incauta fui!
Poco a poco pasó de las lisonjas a la extorsión y al chantaje y a las
amenazas. Quiere convertirme en su esclava, don Jaime,

Don Jaime: ¿Su esclava?

Rosa: Su esclava sexual, don Jaime. Se ve que está acostumbrado a tener


esclava

La Sultana: [Aparte] [¡Su esclava! ¿Lo dirá por mí?]

Rosa: Cada día estoy más desesperada, cuando se me acerca me siento como si
estuviera desnuda y maniatada frente a una bestia en celo.

Don Jaime: ¿Tanto te desea ese hombre?

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Rosa: Esta completamente fuera de sí. Cualquier día me viola, don Jaime.

Don Jaime: No te quedes nunca a solas con él, hija mía.

Rosa: Me da miedo hasta salir a la calle. Si al menos el juez le impusiera el


alejamiento ése, pero él se ríe de los jueces, se ríe de la alcaldesa que está
loca por él, según dice, se ríe de todo el mundo. Lo veo todo muy negro
don Jaime. ¡Ay!... Es todo tan vulgar que me aterra. No sé si aparecer
en unos de esos programas de televisión pidiendo auxilio y exponiendo
mi caso. Es un tema candente, de actualidad, a la gente le interesa el
acoso. ¡Que hagan un reportaje de mi vida y de la vida de la alcaldesa!
Ya no importan nada, don Jaime.

La Sultana: (A punto de estallar) [¡Ah! ¡Perro traidor...!]

Don Jaime: Calma, hija mía, calma. Confía en la justicia, déjala seguir su curso.

Rosa: No. Ya no confío en la justicia, don Jaime, ya no confío en ella.

Don Jaime: ¿No has pensado en recurrir a una ONG? Hay muchas para mujeres
maltratadas...

Rosa: Sí, pero así nadie se entera de que la maltratan a una. Prefiero la tele o
eso o ceder, don Jaime. ¿Nos vamos?

(Salen del brazo).

La Sultana: (Que sale de su escondite, hecha un basilisco y se apoya en la barra)


¡Grandísimo ladrón! Si pudiera le sacaba los ojos... ¡Ay! Si no fuera
porque soy una dama y tengo que contenerme, sacaba una daga y se la
hundía en el bajo vientre, por bajo, por ladrón, por fementido, por sátiro.
De eso se vale el muy bribón. De mis deberes, de las ataduras de mi
posición y de mi cargo. Al final voy a ver mi nombre arrastrado por el
fango por culpa de sus líos de faldas. Su esclava sexual, su lujuria
irrefrenable...Pero si últimamente apenas me toca el muy bribón... Cubrir
el expediente, eso es lo que quiere él: cubrir conmigo el expediente
mientras luego va por ahí a putear con unas y con otras. ¡Qué bien
miente el ladrón, el muy hipócrita! Ahí llega. Contente, Mercedes,
contente. Tú muy altiva, muy digna, muy señorona, muy regia, como te
corresponde. Ahora que yo a ti te hundo en la miseria, ladrón. O mi
esclavo sexual o mi eunuco. No te queda otra, querido.

(Entra Julián Ledesma vestido de caudillo sarraceno y Pérez disfrazado de visir)

Julián: Muy buenas, doña Mercedes.

La Sultana: [Aparte] [Ya estamos con lo de buenas]

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Julián: Perdone, nuestro retraso. Estábamos confraternizando un poco con sus
rivales, es para darle un poco de celos al poder. ¿No es cierto Pérez?

La Sultana: ¡Ja! Este Julián siempre tan pícaro. Me parece que confraternizas
demasiado con mis rivales querido. [Aparte] [Es decir con las mujeres]
Ten cuidado no sea que te conviertas en uno de ellas, quiero decir, de
ellos. [Aparte] [Porque te voy a colgar de ellos, querido]

Pérez: La veo un poco inconexa señora alcaldesa. ¿Le pido otro cafetito?

La Sultana: No. Pídeme un licor de manzana, si eres tan amable

Pérez: ¿De manzana?

La Sultana: ¡De manzana verde! Es terrible, Julián: las mujeres como yo, de mi
alcurnia, de mi rango; que asumen una responsabilidad y un cargo como
el mío debemos mantenernos siempre vigilantes, alertas. No podemos
confiar en ningún hombre, en ninguno. ¡Ay! Sí, Pérez. He sido muy
blanda, he sido muy ingenua, me he dejado llevar demasiado por mi
dulce corazón de mujer. Pero ya se ha acabado el chollo, querido, voy a
mirar con lupa, Pérez, con lupa la honestidad de mi equipo, la honestidad
y los bolsillos de la chaqueta de los cambia chaquetas. [Para sí] [La
chaqueta y la bragueta] ¿Dónde está esa copa, Pérez?

Pérez: Aquí la tiene, señora alcaldesa. [Aparte] [Me parece a mí que a ésta no se
le ha pasado aún la cogorcia]

Julián: ¿Tú la entiendes?

Pérez: (Que se encoge de hombros). Ahí vienen los murciélagos.

(Se acercan al grupo dos miembros de la Asociación del Murciélago, disfrazados en esta
ocasión de visires, y el ingeniero)

Los Murciélagos: Buenos días.

Julián: Muy buenas. (A la sultana) La verdad es que no entiendo muy bien sus
palabras, doña Mercedes. Sabe muy bien la señora alcaldesa que su
partido tiene mi lealtad incondicional y a toda prueba.

La Sultana: ¿De veras? Pues mira voy a ponerla a prueba. Han llegado a mis oídos
ciertos rumores y estoy completamente escandalizada, señores.

Murciélago uno: ¿Escandalizada? ¿A qué se refiere, doña Mercedes?

La Sultana: Yo tonta de mí, no sabía nada, don Jorge. ¡Ay! Sí, el poder a veces la

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aísla a una, le impide oír la voz del pueblo llano, de los votantes, de los
dignos ciudadanos a los que dedico todos mis desvelos menos uno.

Pérez: [Aparte] [No entiendo nada Ledesma]

Julián: [Aparte] [Y yo menos].

La Sultana: ¿Vamos dejar así a cuatro pobres viejos y a una pobre viuda con hijos
víctima del acoso de un desalmado en la calle?... ¡Es intolerable! Una tal
Rosa Buendía. (A Julián) ¿La conoces no es cierto, querido?

Julián: ¿Rosa Buendía? Yo conozco a muchas mujeres.

La Sultana: [Para sí] [Pero a mí no me conoces, querido] Sí, amigos míos. Siento la
voz del pasado, me siento imbuida de amor cívico por mis
conciudadanos. Tenemos que dar ejemplo, Pérez, mantener los valores
sagrados de la familia, de la honestidad y la dignidad de nosotras pobres
mujeres víctimas del acoso de algunos sátiros [Aparte] (Dirigiéndose a
los dos miembros de la asociación El Murciélago) No hacemos nada por
luchar contra el acoso y el maltrato de las mujeres, caballeros. ¡Es
vergonzoso! Pero eso va a cambiar: como que pienso meter este asunto
de faldas en el programa

Murciélago dos: ¿Cómo?

La Sultana: Quiero decir, don Jorge, que este asunto debe de aparecer en el programa
electoral del partido. Hay que erradicar de raíz este mal, esta lacra. Es
una afrenta, Ledesma, una auténtica afrenta. [Aparte] [Que te va a costar
muy cara] Así que borrón y cuenta nueva.

Julián: ¿Y a qué viene ahora esta arenga, doña Mercedes? Le recuerdo que no
estamos en campaña.

La Sultana: ¡Ja! [Aparte] [Eso es lo que tú te piensas]

Pérez: Todavía no ha empezado la campaña y ya ha desenterrado usted el hacha


de guerra.

Murciélago 1: Parece que quiere pasar usted el rodillo, doña Mercedes.

La Sultana: El rodillo, el hacha, y lo que haga falta. No puedo evitar turbarme,


amigos míos: Son cosas muy penosas que nos indignan a nosotras, pobres
mujeres indefensas frente al impúdico acoso de los hombres y su
violencia injustificada.

El ingeniero: Pero yo pensaba que íbamos a hablar de mi proyecto para el parking.

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La Sultana: Precisamente, amigo mío. Hay que cancelar ese proyecto de inmediato.

El ingeniero: ¿Pero, señora alcaldesa?

Julián: Eso no me parece nada serio, doña Mercedes.

La Sultana: ¿Pero vosotros creéis que voy a poner en la calle a una mujer víctima del
acoso sexual de un hombre? De tu acoso, al parecer, Julián.

(Los hombres agachan la cabeza abochornados y se apartan ligeramente de ellos)

Julián: Esa mujer es una loca.

La Sultana: Es posible. Pero este asunto tiene que aclararse antes que nada. No
puede haber ni una sombra de duda sobre nuestra reputación intachable.
Vamos, Pérez, va a comenzar la cabalgata inaugural de las fiestas de
moros y cristianos y tenemos que ocupar nuestro puesto en el palco de
autoridades. ¡El más alto!

El ingeniero: ¡Pero señora alcaldesa, tanto trabajo desperdiciado!

La Sultana: Ya se encontrará otra ubicación más apropiada para esa chapuza ¡Ay! ¡La
culpa la tienes mis asesores que son unos ineptos! Estoy harta, estoy
rodeada de energúmenos. Una quiere favorecer el talento de los hijos de
la villa, pero si los hijos de la villa no tienen talento, pues no tienen
talento, habrá que importarlos.

El ingeniero: No entiendo nada.

Julián: No te preocupes, Ramírez. Me parece que la alcaldesa ha sufrido un


simple ataque pasajero de altruismo. [Para sí][O mejor dicho: de
cuernos].

La Sultana: ¿Decía algo señor Ledesma?

Julián: Digo que la veo demasiado altruista últimamente, doña Mercedes.

La Sultana: Es mi deber, querido. Eso y mantener limpia la reputación de mi equipo,


aunque tenga que cortar por lo sano y eliminar algunos miembros. Hay
que tener mucho cuidado con algunos miembros, señor Ledesma.

Julián: ¿Con qué miembros?

La Sultana: Pues con los nobles, querido, con los nobles. Con las partes nobles o con
las partes pudendas. Con ambas partes, querido. ¡Ay! Sí. Después de
todo me parece que voy a reconsiderar el asunto de las carrozas. Sí, eso
es: Un servicio de calesas. Esta ciudad necesita un parque de calesas.

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Siento la voz del pasado, caballeros. Hay que devolverle a esta villa el
esplendor de los viejos tiempos. ¡Ay! ¡Qué tiempos aquellos en que las
damas paseaban en calesa! ¿Me acompaña don Jorge?

Murciélago 1: Con sumo placer, doña Mercedes.

La Sultana. Sí, don Jorge. Me siento inspirada esta tarde, pienso escribir un bando
que va a ser una verdadera declaración de principios. Una cruzada que
pienso emprender contra los obsesos. Adiós, señor Ledesma.

El ingeniero: Nos ha dejado con dos palmos de narices. En fin, yo me marcho


también. Hasta luego, señores.

Julián: Hasta luego. Esto es intolerable, Pérez.

Pérez: Mira, Julián. No pienso tomar partido por uno, ni por otro; me importa el
parking un carajo. A mí, mientras no me quiten el escaño… Y te
recomiendo una cosa: No metas tus partes pudendas en la olla, Julián. O
al menos, si lo haces, mételas en la tuya, pero no en la de los otros. ¡Y
adiós!

Julián: Sí. Ve a refugiarte bajo sus faldas. Me parece que va siendo hora de que
me meta en política y funde mi propio partido. Después de todo... ¿Para
que sirve si no la democracia? Pues para entrar en las listas de cabeza. El
cabeza de lista. ¿Es que no tengo cojones, es que no tengo carisma? ¡Ja!
Cojones y carisma. Ese va ser el lema del partido: Cojones,
desvergüenza y carisma. Esa es la clave del éxito en la política. Lo
único que necesito son las siglas. Ya me están mosqueando demasiado
estas brujas, ya me he cansado de sus remilgos y sus caprichos.
¡Malditas mujeres! Sírveme un coñac, Pascual.

Pascual: Le veo mala cara, don Julián.

Julián: ¡Ah! Son las mujeres, las mujeres que me llevan de cabeza. Si las
acosas, se quejan, y si no las acosas también se quejan. Ahora que a mí
no me gobiernan, ni con mayoría absoluta. ¡Pues faltaría más! ¡Me cago
en la leche! Ponme un coñac, ponme un coñac, y luego me voy a la
cabalgata. ¡Qué lástima que no pase por la puerta de la casa de esa Rosa,
porque soy capaz de entrar con el caballo hasta su alcoba, follármela y
cargarla a la grupa como si fuera un fardo! ¡Ah! No sé qué me pasa, me
siento un nuevo hombre. ¿Será esta indumentaria? ¿Será esta cimitarra,
este alfaque? Me hierve la sangre, estoy que echo chispas, lleno de furia
y de rabia. Es la furia española, Pascual, la furia española. Siento en mí
el espíritu de mi estirpe, de mi raza de colosos, de gigantes nacidos para
levantar un imperio sobre las ruinas de otro.

Pascual: ¿De su raza? ¿De qué raza?

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Julián: ¡De la que sea, joder! No me calientes la sangre. ¿O es que te crees que
no sé que tu abuelo era un rojo al que cazaron en el monte como si fuera
un conejo?

Pascual: Más le vale no sacar los muertos a colación, don Julián, porque si usted
tiene un alfaque o una cimitarra, yo tengo a mano el cuchillo para cortar
los jamones o degollar a los cerdos.

Julián: ¿Me estás amenazando?

Pascual: Yo sólo le digo una cosa, don Julián: que soplan nuevos vientos, soplan
nuevos vientos y le conviene no abrir demasiado la boca hasta saber en
qué dirección sopla el viento.

Oscuro.

Escena II

Plaza de la Morería. Cruza de vez en cuando la plaza algún miembro de la Peña de


Cristianos o de Moros. El club Penibético juega esa semana contra el Club Atlético
Pirenaico, como reza en un cartel enorme. Yamal traspasa su tienda.

(Entran en escena don Jaime y Rosa)

Don Jaime: La verdad es que no sé qué te propones hija mía,

Rosa: Pues hundir a todo el mundo en la miseria. ¿Qué me voy a proponer?


Estoy harta, don Jaime, estoy harta. Tanta democracia, tanta democracia,
y parece que estamos todavía en el franquismo. Los hombres sólo hablan
de fútbol. ¡Qué horror! ¡Estoy harta! ¡Y encima quieren tirar esta casa
que edificó mi abuelo con sus propias manos y eso no lo consiento y
menos que quiera tenerme de segundo plato o de simple barragana, un
don Juan de poca monta! ¡Pues faltaría más!

Don Jaime: Cálmate, hija mía, cálmate.

Rosa: ¡Ay! Me siento sola, desvalida, indefensa... Y ¿esto? (Se detiene ante un
cartel, pegado en la pared) Una agrupación de mujeres afganas viaja por
el país para denunciar la opresión que padecen a causa del integrismo
religioso... ¡Pero si van a dar una conferencia en Valencia! Aquí al lado,
como quien dice ¿Sabe don Jaime? Me parece que voy a llamarlas para
que den una conferencia después de la concentración que hemos
organizado para el sábado.

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Don Jaime: ¿Qué concentración es esa, Rosita?

Rosa: Pues la concentración contra la violencia de género, don Jaime.

Don Jaime: ¿Y para qué las vas a invitar?

Rosa: ¿Pues para qué va a ser? Para incordiar, don Jaime, para incordiar a la
vaca de la alcaldesa y al zascandil de Julián Ledesma. Nos viene como
anillo al dedo ahora que ya tenemos preparada la manifestación contra el
maltrato. Va a ser la guinda del pastel. ¡Que vengan! Sí, que vengan.
Pienso ponerme el burka para protestar por el maltrato franquista y
machista y el acoso que padecen las mujeres en esta ciudad, don Jaime.
Pienso convocar a toda la prensa. Tan sólo hay que proporcionarles un
pequeño escándalo y apelar a la conciencia que no tienen. Una noticia
que venda, don Jaime.

Don Jaime: No me parece muy oportuno, Rosa, con las fiestas de moros y cristianos,
de por medio y los fuegos artificiales y todo eso. Sólo nos faltaban las
mujeres afganas. Eso es muy serio, Rosa.

Rosa: ¿Y es que lo mío no es serio, don Jaime? Voy a llamarlas ahora mismo.
(Refiriéndose a sus tres vecinas que los espían al cruzar la plaza y
murmuran) Las brujas esas no paran de mirarnos, pues a estas las
embarco yo también, buenos días vecinas,

Las tres a una: Buenos días. Buenos días don Jaime.

Don Jaime: Buenos días, mis queridas vecinas.

Rosa: Supongo que vendrán ustedes al acto

Remedios: ¿Al acto?

Milagros: ¿Qué acto, vecina?

Rosa: Pues a la concentración de protesta contra el maltrato (va a parecer una


congregación de brujas, pero en fin...)

Remedios: Nosotras no entendemos de política, vecina.

Rosa: No les estoy pidiendo que se presenten a alcaldesas, vecinas, si no que


acudan a la concentración para apoyar a las pobres e indefensas mujeres
explotadas y molidas a golpes. Nunca se sabe, queridas. Cualquier día
nos toca a algunas de nosotras. Bueno... A mí ya me ha tocado

Milagros: (Con retintín) Sí. Algo he oído

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Remedios: Nosotras no nos metemos en la vida de nadie, vecina.

Rosa: [Aparte] [No poco].

Remedios: ¿Cómo dice?

Rosa: Digo que no se trata de meterse en la vida de nadie, sino de preocuparse


un poco por la suerte de los demás. Ya llevamos tres mujeres muertas
este año, y hay que ser muy burra y muy insensible para cruzarse de
brazos y no protestar de alguna forma, queridas.

Remedios: ¡Ah, no! ¡Eso no! De violencia nada, ¿verdad, Milagros?

Milagros: Me levanta a mí la mano mi marido y le pego un guantazo que lo tumbo.

Remedios: Es que los hombres son todos unos cerdos. Tenemos que ir a la
concentración esa, Remedios. No nos queda más remedio.

Consuelo: ¡Ay! ¡Los hombres son todos el demonio, vecinas, el demonio!

Rosa: Bueno, pues allí las espero a las ocho. (Salen)


¡Ay! (Señalando el bazar de Yamal) Mire: Se traspasa. Nos abandonan
hasta los inmigrantes, es terrible, si ya lo decía yo---

Yamal: Buenos días, Rosa.

Rosa: Buenos días Yamal. ¿Cómo es eso que te marchas?

Yamal: Pues porque no gano un duro, y encima no me han dejado


participar en las fiestas, Rosa.

Rosa: ¿Cómo es eso? ¿No te dejan hacer de moro, Yamal?

Yamal: Yo no quería hacer de moro, yo quería hacer de cristiano. Yo no soy


moro, Rosa. Yo soy árabe.

Rosa: Bueno, querido, tampoco hay que ser tan quisquilloso.

Yamal: ¿Te gustaría a ti que te tomaran todo el rato por rusa? Si los cristianos
pueden hacer de moros ¿por qué no podemos hacer los árabes de
cristianos?

Rosa: ¿Y por qué no te disfrazas de miembro de la guardia mora de Franco,


como protesta?

Don Jaime: ¿Pero qué dices, hija mía?

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Rosa: Es perfecto, os presentáis unos cuantos amigos disfrazados de guardia
mora de Franco, con un cartel en la espalda que diga cualquier cosa... Yo
qué sé: No al racismo, no al machismo, no a los tejemanejes de la
alcaldesa. ¡Basta ya de cochambre!

Don Jaime: ¡Cálmate, hija mía, cálmate! ¡Que no están mirando!

Rosa: Pues que miren Entonces Yamal ¿Qué me dices? ¿Te prestas o no?

Yamal: ¿A qué cosa?

Rosa: Pues a hacerles la puñeta a todos esos caciques del demonio ¿No ves
que tienen la culpa de todo lo malo que te pasa? Por el disfraz no te
preocupes, ya conseguiré yo tres o cuatro. ¿Tú no querías participar en
las fiestas? Pues yo te consigo un uniforme de Guardia Mora y el sábado
te presentas en la Asociación.

Yamal: Yo ya estoy liquidándolo todo. ¿Qué consigo con hacer el payaso, ahora?

Rosa: Pues hacerme un favor, querido.

Yamal: ¿Y tú qué favor me haces?

Rosa: Pues no sé, te puedo comprar alguna cosa.

Yamal: Cómprame esta alfombra.

Rosa: No. Alfombras, no

Don Jaime: ¿De qué país es ese hombre?

Rosa: No sé, me parece que es sirio. ¿Y eso qué más da, don Jaime?

Don Jaime: Ese no sabe lo que fue la guardia mora de Franco, Rosa. [Aparte]
[Conmigo que no cuente, por un lado los moros, por otros los cristianos,
por otro las afganas y encima la guardia mora de Franco, eso sin contar
con los petardos] Ten cuidado Rosa, ten cuidado que igual se arma una
traca de mil demonios.

Rosa: ¡Que se arme, don Jaime, que se arme! Usted no me conoce. Yo pongo
la ciudad patas arriba en cuatro días, si me lo propongo. Los cuatro días
que faltan para el sábado. Aunque tenga que desatar una guerra y salga
volando por los aires como las brujas. ¿Y estos pañuelos?

Yamal: ¿Te gustan? Son baratísimos.

Don Jaime: Bueno, Rosa, yo me marcho. Estoy ya muy achacoso para emprender

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guerras de ninguna clase Que tengas mucha suerte con tu cruzada, hija
mía.

Rosa: Usted deshaga las maletas, deshagas las maletas que de aquí no se va
nadie. ¡Ay! ¡Espero que Dios me ayude con tanto mangante, con tanto
chorizo, con tanto chupóptero! (Examina los pañuelos mientras habla)
Ahora que conmigo no arramblan... Querer tirar esa casa que construyó
mi abuelo con el sudor de su frente... ¡Pero si es un monumento! La casa
es un monumento y yo... pues otro monumento.

Yamal: Bueno, entonces ¿qué me compras?

Rosa: Pues no sé... Algo típico de tu país. Un cojín, una lámpara, pero
alfombras no. Es que parece que atraen el polvo, Yamal.

Oscuro.

Escena III

(Despacho del Ayuntamiento de la Puebla).

(Entra la Sultana con su séquito de funcionarios)

La Sultana: Estoy completamente anonadada, ¿dónde está ese Pérez?

Una funcionaria: (Sentada junto a su mesa de trabajo pintándose las uñas) ¿Qué ha
pasado, doña Mercedes?

La Sultana: Pues que me he tropezado aquí mismo. Aquí junto al ayuntamiento con
una mesa pepitoria extrañísima. Al principio pensé que serían las chicas
de la cruz roja, luego que eran las chicas de la media luna roja, porque
había mujeres musulmanas tras la mesa, claro que como estamos en
fiestas, pues es un lío, la verdad. Tras la mesa había dos mujeres con el
burka y esa loca de Rosa Buendía soltando una arenga. Ha sido
terriblemente embarazoso y encima ha aparecido de pronto un grupo
como de titiriteros y de titiriteras con el ojo morado y cubiertos de vendas
haciendo el payaso, no sé si protestaban por el maltrato, por la guerra o
por las dos cosas. Nos acusan de pasividad a los poderes públicos.
Pérez, ¿qué es eso de la comitiva de mujeres afganas que viene el
sábado?

Pérez: ¿Mujeres afganas? No sé de qué me habla, doña Mercedes.

La Sultana: Este inepto... ¿Tú sabes algo de eso?

Otro funcionario: ¿Yo?

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La Sultana: Tú o quien sea.

Una funcionaria: Pero, señora alcaldesa... ¿No recuerda que firmó usted la
autorización para que dieran la conferencia?

La Sultana: Pues no, querida, aquí se dan muchas conferencias. Las


conferencias son ideales para que el pueblo se duerma en ellas.
¡Son todas soporíferas! ¡Que me lo digan a mí que tengo que
inaugurar los congresos! Pero yo no he autorizado ninguna
manifestación de ninguna clase. ¡Que la disuelvan!

Pérez: ¿Le parece prudente?

La Sultana: ¿Por qué?

Pérez: Pues porque está la ciudad llena de gente y de turistas. Bastante trabajo
tienen las fuerzas policiales con toda esa muchedumbre.

La Sultana: ¿Dónde está el programa de esa conferencia?

Otro funcionario: A mí me ha pasado un volante uno de esos manifestantes.

La Sultana: ¿Qué dice ese miserable panfleto?

El funcionario: Leo: “Mujeres de esta villa insigne, mujeres de todo el mundo, os


convocamos para que prestéis vuestro apoyo a estas compañeras
nuestras hostigadas por los hombres, acosadas por la barbarie.
Algunas de nosotras también hemos sufrido en nuestras propias
carnes la brutalidad del macho ibérico. Amas de casa,
encarceladas en sus propios hogares, luchando por sacar adelante
a sus hijos, mientras algún canalla, sin vergüenza y sin alma las
muele a golpes. Es intolerable. Tenemos que unirnos, tenemos
que unirnos todas las mujeres del mundo para luchar contra el
machismo afgano o el machismo franquista”. ¿Sigo?

La Sultana: Me estoy quedando de piedra. Sigue, sigue.

El funcionario: “Quieren ponernos el burka. Quieren acallarnos, silenciarnos.


Nos asesinan impunemente mientras las autoridades se vuelven de
espaldas, en tácita connivencia con esos sádicos que se pasean por
las calles, libremente, a su antojo. Son vecinos de esta villa,
tienen apellidos y nombre propio. Tanto ellos como sus
cómplices. No voy a decirlos por el momento. Sí. Ellos se
pasean libremente, mientras nosotras, víctimas inocentes, madres
inocentes, mujeres inocentes, tenemos que escondernos. Yo como
presidenta de la Asociación de Vecinas del barrio de la Albufera,

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quiero solidarizarme con nuestras camaradas afganas en la lucha,
quiero ponerme el burka en acto de protesta y guardar un minuto
de silencio por las víctimas de la incultura y la barbarie. Quiero
saber lo que sienten. Y pienso, amigas, que todos los gobernantes
deberían hacer lo mismo. Empezando por la alcaldesa como
representante de las fuerzas vivas de la región”.

La Sultana: ¿Quién firma eso?

El Funcionario: Una tal Rosa Buendía.

La Sultana. ¡Detesto a esa mujer!

La Funcionaria: La verdad que todo esto no me huele nada bien, señora alcaldesa.
La gente está muy sensibilizada porque hace poco que falleció
una vecina del ayuntamiento a manos de su marido.

Un funcionario: Y ya van tres este año.

La Funcionaria: Y las elecciones municipales a un paso, como quién dice.

Pérez: ¿No será una maniobra de la extrema izquierda?

La Sultana: Es posible. ¡Ah! Pero esos no me conocen. Entérate de cuándo


se celebra la conferencia. Si hay que solidarizarse, se solidariza
una lo que haga falta. ¡Yo, a esa mujer la hundo, la hundo! Hay
que convocar a la prensa y a la televisión local, tiene que ser un
acto solemne, pienso preparar un discurso incendiario que ni la
misma Pasionaria. Lo ideal sería que se pusiese el burka
también algún hombre, alguien influyente, alguien así como...
Julián Ledesma [Aparte] [a ése lo meto yo en una jaula, para
siempre, como si fuera un pájaro]. ¿Dónde está mi secretario?

El secretario: Aquí mismo, señora alcaldesa.

La Sultana: ¿A qué hora es el acto?

El secretario: Aquí dice que a las 8 de la tarde.

La Sultana: ¡Que lo retrasen! A esa hora es la entrega de la ciudad. Que se


celebre a las diez y en el Ayuntamiento. Preparadme el cortejo.
Pienso llegar en calesa. Y en cuanto a ese Julián Ledesma,
tenemos que ingeniárnoslas para que dicten contra él arresto
domiciliario.

Pérez: ¡Pero señora alcaldesa...! ¡Eso es imposible!

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La Sultana: Sólo un par de días, como si fuera una especie de error burocrático.
Luego cuando se demuestre su inocencia, si es que se demuestra, siempre
podemos decir que lo injurió esa loca, y arrestarla a ella. [En un aparte, a
Pérez] [¿No podríamos contratar a algún mafioso que le diera una paliza
a la tal Rosa?]

Pérez: ¡Pero, doña Mercedes!

La Sultana: Eres completamente idiota, Pérez. Soborna en nombre de Julián


Ledesma a cualquier macarrilla de la ciudad, algún ultra de esos del Club
Penibético, para que le dé unos cuantos guantazos y punto. Tengo que
verlo cargado de cadenas y mordiendo el polvo a mis pies. ¡Ja! Y ahora
que va a entrar en funciones la nueva jueza... [Que es mi parienta].
Búscalo, búscalo, Pérez. Quiero que le hagas una severa advertencia.
¡Dile que la espada de la justicia pende de un hilo sobre su cabeza! Le
voy a dar un par de días de plazo para que modifique su conducta [y para
que se postre de hinojos ante mi] ¿Es que no me has oído? ¿A qué
esperas?

Pérez: Como quiera, doña Mercedes.

La Sultana: Como cosa tuya claro, como si fuera un consejo de amigo. La orden de
alejamiento hay que ir dictarla cuánto antes.

Pérez: [Aparte] [Todavía no ha llegado la nueva jueza y ya quiere manejarla]

La Sultana: ¿Qué dices, Pérez?

Pérez. Que voy al punto, doña Mercedes. (Sale)

La Sultana: Y tú, llama a la Asociación y ponlos a caldo. Si quieren populismo y


demagogia, habrá que satisfacerlos ¿no te parece? Se pasan la vida
acusándose unos a otros de hacer demagogia, pero... ¿Qué se puede hacer
en una democracia, sino demagogia? A las diez me planto en la
explanada del Ayuntamiento, echo un discursito, me pongo el burka, y
luego me voy de copas. ¡Pues faltaría más!

Escena IV.

(Plaza de la morería. Entran en escena Rodrigo y sus amigos hinchas del Club
Penibético).

Un hincha: Los muy cabrones.

Rodrigo: A ese árbitro lo han comprado como a una puta.

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Otro hincha: ¿Pero tú has visto ese penalti que ha pitado en el último minuto?

Felipe. Pues claro que lo he visto. Lo que no he visto ha sido la patada.

Un hincha: La patada en los cojones que teníamos que haberle dado entre todos, no
tenéis agallas, cabrones.

Otro hincha: Pero si se ha largado el muy capullo en su mercedes.

Un hincha: ¿Qué ese capullo tiene un mercedes? ¿Pero qué dices?

Otro hincha: Como lo oyes, tío.

Un hincha: ¡Ja! Está perdido, voy a dejarle el mercedes que no lo van a querer ni
como chatarra.

Rodrigo: Cuenta conmigo.

Otro hincha: Y conmigo.

Otro hincha: Y conmigo.

Un hincha: Esto es ya lo último, joder perder el partido contra el Pirenaico en casa.


¡Qué mal!

Rodrigo. Ellos suben a segunda y nosotros nos vamos a la puta mierda.

Otro hincha: Nos tratan como a ciudadanos de tercera clase.

Un hincha: Como son de la capital, tienes más pasta para comprar a los árbitros, los
muy cabrones.

Otro hincha. Mira, Rodrigo, hay que armarla, hay que armarla en algún sitio, a ese
árbitro lo han untado de mierda. ¿Lleváis los petardos?

Rodrigo. ¿Pero, dónde?

Un hincha: Pues en el ayuntamiento, ¿no ves que toda la culpa la tiene esa guarra de
la alcaldesa? Claro, como es del mismo partido que su compadre de la
capi, nos ha vendido como a putas.

Rodrigo: Pues esta noche creo que suelta un discurso en la plaza del Ayuntamiento

Un hincha: Vamos a tirárselos a las piernas para quemarla como si fuera una bruja.

Otro hincha: Y si les soltamos también un par de perros rabiosos.

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Un hincha: Buena idea.

Otro hincha: ¡Ja! Va a ser sonada.

Un hincha: Pero tenemos que disfrazarnos de algo.

Rodrigo: Nos ponemos un pasamontañas.

Un hincha: No, que podría mosquearse la poli si nos ven acercarnos.

Otro hincha: ¿Y si nos disfrazamos de moros con barbas enormes? Así no nos
reconocen ni nuestros padres.

Rodrigo: Bien pensado, tronco.

Un hincha: ¡Ja! Estos se van a enterar de lo que vale un peine.

Rodrigo: Pasar a tercera división. ¡Qué mal!

Escena V

Café de la Alfaguara. Julián Ledesma, con su traje de caudillo árabe empina el codo.

Julián: Ponme otra copa, Pascual. ¡Hombre, Pérez! ¿Qué te cuentas? Tienes
mala cara, ¿Es que te ha tirado de las orejas, la alcaldesa? Te las veo un
poco rojas.

Pérez: A ti, sin embargo, te veo muy ufano. No sabes la que te viene encima,
amigo.

Julián: ¿A mí?

Pérez: Sí, a ti. No deberías subestimar a una mujer como ésa, y menos si está
celosa.

Julián: ¿Tú crees? No entiendes de mujeres, Pérez. Hay que hacerlas rabiar un
poco de vez en cuando, que es lo que más les gusta. Y a mí, no te digo.
Otra copa, voy a celebrar que está de malas, y luego vas y se lo dices, así
con estas palabras: he visto a Julián Ledesma tomándose unas copas a la
salud de la alcaldesa en una casa de putas.

Pascual: Oiga, usted, don Julián...

Julián: Calla, hombre, ¿no ves que estoy adornando un poco el relato para
hacerlo más interesante? ¡Ja! Me imagino la cara que pondría. Mira le

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vas a decir lo siguiente: “Señora alcaldesa, el señor Ledesma ha tenido la
osadía de citarme en una casa de citas y brindar conmigo a su salud
mientras sentaba en sus rodillas a una fulana, a ver cómo le cae.

Pérez: ¿Qué pasa? ¿Es que quieres acabar en la picota?

Julián: Quiero bajarle los humos, que ya está bien.

Pérez: Las tornas se están volviendo en tu contra, Julián. Para empezar está lo
de la nueva jueza.

Julián: ¿Qué nueva jueza?

Pérez: Pues la que va a sustituir al viejo, que por cierto creo que es prima
segunda de doña Mercedes o algo de eso.

Julián: ¡¿Otra mujer?!

Pérez: Pues sí. Claro que siempre puedes intentar seducirla.

Julián: Si hace falta...

Pérez: [Aparte] [Pues espero que con ésta le vaya mejor que con las otras] Lo
cierto, Julián, es que la sultana se ha tomado muy a pecho, la denuncia
interpuesta por esa tal Rosa, quiere presionar para que se dicte orden de
alejamiento en contra tuya. Eso para empezar. Sí. Rosa Buendía, te
acuerdas de ella, ¿no es cierto? La misma que esta tarde celebra un acto
de solidaridad con las mujeres afganas en la asociación de vecinos de su
barrio. Piensa ponerse un burka en plan reivindicativo y soltar un
discursito. No me extrañaría que hiciera alusión a su caso. No es buen
momento para acosar y maltratar a las mujeres de la Puebla, Julián.

Julián: ¿Que se va a poner qué cosa?

Pérez: El burka. Así que para empezar más te vale alejarte de ella.

Julián: Eso es lo que le gustaría a ella, que la acosase. Pues mira por donde, a lo
mejor le doy el gusto, para que se queje a gusto, vaya. Esto es
intolerable, ¿pero es que nos van a gobernar a los hombres de la Puebla,
un par de locas? Pues faltaría más [Aparte] [este como es un calzonazos,
come y calla]

Pérez: ¿Dices algo?

Julián: Digo que van a cambiar las cosas en esta puebla, digo en este pueblo, y le
pienso dar un escarmiento a esa Rosa, que se le van a bajar los humos
para siempre. Otra copa, Pascual. Ya se me está calentando la sangre.

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Pérez: En fin, yo ya he cumplido avisándote, tú verás lo que haces. (Sale).

Julián: Anda, sí, vete a hacerle la pelota. Ya no quedan hombres como Dios
manda en esta Puebla, Pascual, claro que por eso ligo tanto. Así que una
nueva jueza... No me importa. Si la nueva jueza es su parienta, el
director de la televisión local es mi amigote. Si quieren guerra, van a
tener guerra. Y si no quieren, también. Voy a hacer una campaña
histórica, una campaña galante, pienso meterme en la casa de todos los
votantes y en la cama de todas las votantes. Y esa Rosa, que se vaya
preparando. Me debes un polvo, cielo, me debes un polvo. Y luego que
me acuse de lo que quiera. A ésta le va la marcha. Pero si en el fondo les
gusta que las maltraten a las muy putas. Ponme otra copa, Pascual.

Pascual: Ya lleva cinco, don Julián.

Julián: Como si son veinte. ¿Qué pasa? ¿Te molesta?

Pascual: A mí mientras me pague.

Julián: Pues eso, sírveme las copas, cobra y calla.

Escena VI

(Acto solemne en la Explanada del Ayuntamiento. Cámaras de la televisión local,


moras, cristianas, manifestantes, curiosos, etc.).

Un periodista: (Frente a las cámaras) Buenas noches, señores y señoras


televidentes. Nos encontramos en la Explanada del Ayuntamiento
de esta histórica villa para ofrecerles en directo el solemne acto
con el que los honrados ciudadanos de la Puebla de Almoradí
piensan rendir tributo a las mujeres víctimas de la intolerancia y la
barbarie y romper una lanza por la democracia, el progreso y el
entendimiento entre todo tipo de razas, géneros y credos. Señora
alcaldesa, sabemos que es terrible que el equipo de la ciudad, en
medio de sus fiestas, haya sufrido una humillante e ignominiosa
derrota frente al Club Atlántico Pirenaico ¿Podría dirigirles unas
palabras a sus convecinos al respecto?

La Sultana: ¿Y qué puedo decir? Sino que lamento en el alma este revés de la
suerte. Pero los habitantes de esta villa - pueblo noble y
esforzado como ninguno - sacará fuerzas de flaqueza y luchará
con más brío que nunca en esta sagrada cruzada por restablecer
nuestra honra.

Locutor: Se rumorea que ha habido tongo, que se han dejado influir por las
presiones de la capital de la comunidad.

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La Sultana: Eso no es más que una calumnia. Una innoble maniobra de la oposición
que quieren sacar ventaja política hasta las desgracias del pueblo. ¡Es
vergonzoso!

Locutor: Muchas gracias, señora alcaldesa, y ahora, estimados televidentes de


nuestra cadena vamos a hablar con una de las representantes del colectivo
afgano. Corta.

Rosa: (A Yamal y un par de amigos disfrazados de guardia mora) Ya sabéis, queridos,


cuando la alcaldesa eche el discursito os ponéis detrás.

(La alcaldesa se acerca a la mesa donde se encuentra Rosa tomándose una copa de
vino).

Rosa: ¿Un vinito, doña Mercedes?

La Sultana: Muchas gracias.

Rosa: No puedo creer, señora alcaldesa, que haya tenido usted la gentileza de
querer ocupar mi puesto en este acto.

La Sultana: He seguido tus consejos, querida. ¿Tú no decías en ese pequeño y


miserable panfleto que los gobernantes debíamos dar ejemplo?

Rosa: Nunca se me ocurrió pensar que aceptarían mi consejo.

La Sultana: Tú a mí no me pisas la campaña, querida, pero si ese es nuestro lema: No


al acoso de la puebla. No al maltrato de la puebla. Democracia.
Progreso. ¡Europa, Europa, Europa!

Rosa: ¿Y no sería mejor el rapto de Europa? Me parece más poético, doña


Mercedes. El rapto de Europa raptada por un toro. ¡Pero un toro de
Mihura!

La Sultana: No deberías bromear con esas cosas, querida, ¿no has puesto una
denuncia por acoso? ¿No has sufrido la violencia de los hombres en tus
propias y delicadas carnes? No sabes cuánto te compadezco, querida,
que ande el nombre de una así, en solfa, porque te acosa, abusa de ti y te
maltrata un hombre. ¡Qué vergüenza! ¡Y encima que no sea cierto! ¿Por
qué imagínate que se demuestra que no es cierto, querida?

Rosa: ¡Ay, sí! Podría ser que pasase. Nosotras las mujeres nobles, decentes e
idealistas estamos ya, por desgracia, acostumbradas a que triunfe la
injusticia.

La Sultana: ¡Ay! La justicia no es de este mundo, querida. Desde luego lo del burka

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ha sido una idea excelente. Seguro que si te lo pusieras, dejarían de
acosarte. Deberías ponértelo, pero no durante un minuto, sino durante los
365 días del año.

Rosa: Sin embargo, en su caso, no es necesario que se lo ponga ni durante un


minuto. ¿No es cierto?

La Sultana: ¿Qué insinúas, querida?

Rosa: Digo que su autoridad, su continente, su imagen de mujer fuerte, su


nombre sin tacha mantendrá alejados a los hombres con intenciones
aviesas. ¡Ay! ¿No sabe cuánto la envidio?

La Sultana: ¿De veras?

Rosa: Completamente. Sin embargo, nosotras: Las mujeres de dulce


temperamento, tiernas y sensibles, estamos expuestas a todo tipo de
atropellos por parte de esos brutos insaciables.

La Sultana: No me tomes por tonta, querida, ¿pero tú te crees que me he tragado el


cuento del acoso? Ese Julián Ledesma es un canalla y un perro, no hay la
menor duda de eso, pero nunca se atrevería con una mujer decente, una
mujer de esas que no van por ahí lanzando el anzuelo a todo bicho
viviente.

Rosa: A lo mejor es que no lo conoce lo suficiente. Nunca se conoce a un


hombre, querida, sobre todo cuando no le interesa que lo conozcan. La
verdad es que su interés en mi caso, me sorprende, doña Mercedes.

La Sultana: No quiero que se me acuse de negligencia; es simplemente eso, querida.


Si me tomado la molestia de tomar en consideración tu caso, no ha sido
más que para mostrar la magnanimidad inmensa de los gobernantes de
esta villa, celosos guardianes del bienestar y la paz de sus vecinos. Eso
es lo malo que tienen las alcaldesas: que encima de ser honestas, tenemos
que parecerlo. [Aparte] [Lo cual es un auténtico incordio, pues no nos
comemos un rosco]. No, no es suficiente ser honestas, por desgracia para
nosotras. ¿Quieres que te diga sinceramente lo que pienso?

Rosa: Por supuesto.

La Sultana: Pues que la verdadera honestidad no necesita guardaespaldas. Se


basta y se guarda a sí misma

Rosa: [Aparte] [Piensa como una vaca reaccionaria, que es lo que es]

Un periodista: Dos minutos para el discurso, doña Mercedes.

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La Sultana: ¿Has dicho algo querida?

Rosa: Nada, doña Mercedes. Simplemente pensaba que debería usted cambiar
el curso de sus pensamientos si quiere dar un discurso acerca del
maltrato. ¡Cualquiera diría que piensa usted como un hombre! ¡Ah!
¡Cómo se nota que no ha sido víctima de su brutalidad, ni objeto de su
acoso! [Aparte] [Ya tendrían que estar locos]

La Sultana: Tú, sin embargo, parece que te vanaglorias de tu condición de víctima.

Rosa: ¡Antes víctima, que verdugo!

La Sultana: No te preocupes, querida. Voy a mantener a ese sujeto, que


supuestamente te importuna, a mil leguas de distancia de tu casa.
Supongo que así estarás satisfecha. ¿Quieres que ponga una patrulla de
policía delante de la misma las 24 horas del día?

Rosa: No es necesario. No hace falta que se tome tantas molestias, es suficiente


con su presencia en este acto.

La Sultana: No es ninguna molestia. Es que ya nos han matado a tres vecinas


decentes de la ciudad y no queremos que le pase nada a una cuarta.
[Aparte] [Por muy indecente que sea la susodicha]

Periodista 1: ¿Doña Mercedes? Cuando usted quiera, empezamos.

La Sultana: Ahora mismo. Me voy a soltar un discurso para enardecer a las masas.
Te aconsejo que no te pierdas ni una coma. [Pues sí... a mí me va a dar
ésta lecciones de demagogia. Conmigo has dado en hueso, querida].

(Ante la cámara) Amigas, vecinas de esta villa, conciudadanas, estamos


aquí reunidas, para solidarizarnos con nuestras hermanas de Oriente y
expresar nuestra protesta por el trato vejatorio que reciben de los
hombres de su tierra. Nosotros estamos en fiestas. Pero no quiero que
piensen que el pueblo de la Puebla no es un pueblo generoso. Quiero
que mi corazón de mujer de la Puebla tolerante con el pueblo guarde
silencio y luto por un minuto en tributo al sufrimiento de estas hermanas
nuestras que luchan por la libertad y la democracia. Yo, como mujer de
la Puebla, quiero saber lo que sienten. Quiero vivir su drama de mujeres
esclavizadas un instante para que se avergüencen los hombres a los que
les quede un poco de vergüenza. Porque si un hombre no se avergüenza
de esta infamia, de este ultraje a mi persona, es que no tiene vergüenza.
¡Arriba Europa! ¡Arriba España! ¡Arriba la Puebla! Todo por el pueblo,
todo por la Puebla. Todo por la Puebla, pero sin la Puebla.

Periodista 1: Nobles y fogosas palabras.

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Periodista 2: El vivo retrato de la mujer decente de la Puebla. Ahora se va a proceder
al acto simbólico de vestidura.

Periodista 1: ¡Qué silencio!

Periodista 2: ¡Impresionante!

(La alcaldesa viste el burka a manos de Rosa)

Periodista 3: Oye tú, que aquí no hay ninguna mujer afgana.

Periodista 1: ¿Qué no hay afganas?

Periodista 3: Se han ofendido por lo visto, y se han largado diciendo que esto era un
circo.

Periodista 2: ¿Y esas que llevan el velo?

Periodista 3: Esas son moras de la puebla.

Periodista 2: ¿Moras de la Puebla?

Periodista 3: Moras o cristianas. ¡Yo qué sé! Pero son de aquí, de las fiestas, joder.

(Aparece una pandilla de ultras. Sueltan un par de perros y empiezan a tirar petardos a
diestro y siniestro. Los escoltas de la Sultana se lanzan en su persecución. El público
asistente sale en estampida)

Un periodista: ¡Un boicot! Filma, filma. Quita chucho.

Cámara: Agarra a esa fiera. Que me muerde, que me muerde.

(Salen huyendo del perro)

Consuelo: Un ataque terrorista, un ataque terrorista.

La Sultana: ¡Ah, socorro, me asfixio, me ahogo! ¡Sabotaje! ¡Sabotaje!

No puedo quitarme esto. ¡Mis escoltas! ¡Mis escoltas!

Julián: (Que entra en escena completamente ebrio y fuera de sí. Va vestido con
su traje de caudillo sarraceno pero con unas grandes barbas para
camuflarse): ¡Ja! Le han boicoteado el acto, esta es la mía. Ahí la tengo:
sola, abandonada, indefensa. Es el momento idóneo. Así te quería yo
ver, pedazo de guarra. (A la alcaldesa que enmudece presa de pánico, de
estupor y de rabia)

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La Sultana: Umm. Umm.

Julián: Te voy a dar lo que has estado buscando desde el principio, zorra (La
rodea con una cuerda. La carga en la calesa como si fuera un fardo y le da
un cachete en el trasero)

La Sultana: ¡Ah! ¡Oh! Brrrr

Julián: A ti te fuerzo yo, que es lo que siempre has querido y luego le cargo el
muerto a algún indeseable, y a la puta de la alcaldesa no pienso ni mirarla
hasta que no venga arrastrándose a suplicarme.

La Sultana: ¡Ah! ¡Venganza, venganza!

Julián: Calla, guarra. (Le da otro cachete en el trasero)

Todo conspira a mi favor: la confusión de la noche, la confusión


de las fiestas y la confusión del sabotaje. ¡Ja! Tengo un subidón
de testosterona que me corro de gusto. (Fustiga al caballo) Y tú...
Arranca de una vez, jamelgo cabrón, hijo de puta.
Escena VII

(Plaza de la Morería. Yamal reniega junto a su tienda. Damián está de copas con un par
de amigos a la puerta de la taberna. Brilla en el cielo la media luna).

Yamal: Mujer del demonio... Un poco más y me queman la barba. ¡No saco los
pies del plato, joder! No puedo poner el culo en ningún sitio. No sé qué
me pasa. Yo creo que me han hecho el mal del ojo. La culpa la tiene esta
alfombra que nadie quiere comprarme, tiene gafe ¡A la mierda con la
alfombra! Pero no, tengo que vendérsela a alguien como sea, para
librarme del gafe. Tengo que vendérsela a alguien aunque sea por cuatro
perras. Hombre, pero si ese es Damián, a ver si le endilgo la alfombra
de mierda. ¡Eh, amigo! ¿Qué haces por aquí? ¿Volviste al pueblo?

(Damián se vuelve se aleja un par de pasos del grupo y habla con Yamal. Los amigos
los miran y siguen conversando)

Damián: He venido a tocar con la banda por las fiestas. Pero mañana me marcho.

Yamal: ¿Adónde?

Damián: Pues al pueblo de al lado (Rezongando para sí) (No iba a dejar yo el
trabajo por una mujer, y menos ahora con los recortes, uno tiene su
orgullo pero no es tonto del culo).

Yamal: Pues yo me voy más lejos. Me largo a Alicante.

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Damián: ¿A Alicante?

Yamal: Sí. Aquí, no me como uno rosco, amigo, voy de culo. No levanto cabeza
y encima, un poco más y me achicharran por culpa de esa Rosa del
demonio.

Uno de los amigos: Bueno, Damián. Vamos a entrar de una vez a remojarnos el
gaznate.

Damián: Ahora mismo voy. (Los amigos entran en la taberna) ¿De Rosa? ¿Qué
Rosa? ¿De Rosa Buendía?

Yamal: La misma. Por cierto, al final... ¿Te la tiraste o no te la tiraste?

Damián: Hombre, Yamal...

Yamal: ¿Te sigue gustando?

Damián: ¿Y qué más da si me gusta o no me gusta? Estará por ahí tonteando con
ese capullo de Julián Ledesma.

Yamal: Lo que tienes que hacer es darle caña. Es que tú eres tonto, amigo, tú
eres tonto. Si te gusta, lo último que tienes que hacer es decírselo. Ponla
celosa. Tú ponla celosa. Llévale un regalito y de paso háblale de tus
conquistas.

Damián: ¿De qué conquistas?

Yamal: Pues de las tuyas. ¡Joder! Si no tienes, te lo inventas. ¡No sé de qué te


sirve vivir aquí, en Europa, entre infieles, si no follas nunca!

Damián: En fin. Algo cae de vez en cuando. Como siempre que llego a un pueblo
están de fiesta...

Yamal: ¿Lo ves? Es que tú eres tonto, amigo, tú eres tonto. Ponla celosa, ponla
celosa y de paso le haces un regalito, esta alfombra, por ejemplo.

Damián: ¡Venga ya!

Rosa: (Entra en escena ausente, contrariada y se detiene junto a un rosal de la


plaza) ¡Qué ridícula payasada! Un poco más y me queman como a una
bruja. ¡Qué vergüenza! ¡Qué horror! Mi vida se ha convertido en una
farsa. Una farsa ridícula. (Arranca una rosa de un rosal) Estoy a punto de
despedirme de mi juventud para siempre como esta pobre rosa de la
Puebla y no tengo en quién poner los ojos.

Yamal: Mira, aquí viene.

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Damián: ¿Cómo?

Rosa: Un hombre de verdad, apuesto, sincero gallardo, quijotesco. Aunque sea


de la Puebla. Tampoco pido tanto, me parece a mí.

Yamal: ¡Rosa! ¡Rosa!

Rosa: ¿Sí? Hombre, Damián. ¿Qué haces tú por aquí?

Damián: ¿Yo? Nada.

Yamal: Ha venido a tocar con la banda y ahora mismo me ha comprado esta


alfombra que pensaba regalarte.

Rosa: ¿De veras?

Damián: Pues yo…

Yamal: Una alfombra persa, Rosa. No dirás que no te cuidan y agasajan. Venga
te la dejo en cien euros

Damián: ¿Cien euros?

Yamal: Ochenta, sesenta, cincuenta… Venga amigo, ráscate el bolsillo.


Acoquina que tengo que cerrar la tienda (Coge el dinero y cierra la
persiana)
.
Rosa: La verdad que es todo un detalle, Damián. Aunque hubiera bastado con
que me hicieras una visita. ¿Y dices que estás de paso? ¿Dónde vives?

Damián: Pues por aquí. En el Poblet del Vilar

Rosa: Pero eso está aquí al lado.

Damián: Sí, ejem. No puedo alejarme tanto como quisiera. No puedo dejar el
trabajo

Rosa_ ¿Qué trabajo?

Damián: (Sacando pecho) Pues el trabajo de profesor de lenguaje musical en la


Lira Albufereña.

Rosa: ¡Hombre, pero qué bueno! ¿y por qué no me lo dijiste antes?

Damián: Ya lo intenté

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Rosa: ¿De veras? Mira si no te importa me voy a fumar un poquito de hachís.
Me han dicho que es paquistaní.

Damián: No. ¡A mí qué me va a importar! Si te quieres drogar es cosa tuya.

Rosa: Quiero dejarlo no creas, pero es que tengo una congoja ¡Ay! No se puede
confiar en ningún hombre, Damián, en ninguno. Te lo digo yo. En
ninguno.

Damián: ¿Ah, no? ¿Y eso?

Rosa: No. Son todos viles y miserables. (Le tapa la boca) No, no me hables.
No se te ocurra responderme. Ten al menos la decencia de aguantar un
pequeño rapapolvos, querido. ¿Qué menos que tener el pequeño detalle
de darme la buena nueva? Es imperdonable, Damián. Pero deja la
alfombra en el suelo querido, que pareces un vendedor ambulante. A ver,
a ver… La verdad es que es preciosa. Lo malo de las alfombras es el
polvo que atraen, querido.

Damián: Pues sí. Que pesa un huevo. Es que estoy un poco aturullado. Son las
fiestas

Rosa: ¿Las fiestas?

Damián: Este año llevamos las fiestas de tres pueblos. Estoy molido…

Rosa: Pues vamos a sentarnos en ella un momentito. ¡Qué mullida! ¿No?

Damián: Un día te despiertas en un sitio, al siguiente día en otro. Una noche te


acuestas con una, a la siguiente con otra y así estoy que no pego ojo.

Rosa: ¡¿Pero qué dices, Damián?!

Damián: Es que con las fiestas, el alcohol, la charanga, a la gente se le va la pinza,


un poco, yo he estado bebiendo más de la cuenta hoy. Las mujeres se
aprovechan de esas cosas. Pues menudas son.

Rosa: Pero qué poca delicadeza, Damián… Hablarle a una mujer de tus
conquistas. Además, no me creo ni una sola palabra de lo que dices,
querido. No me vaciles. Toma fuma, fuma.

Damián: ¡Ah, no! Yo no

Rosa: ¡Anda, vamos querido no seas tonto! La verdad que es una alfombra
estupenda. Muy mullida ¿verdad? Y además parece auténtica.

Damián: ¿Qué quieres decir conque parece auténtica?

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Rosa: ¡Venga! Toma: fuma un poco querido; y ten al menos la delicadeza de no
dejarme fumar sola.

Damián: No, Rosa, no. Bastante tengo ya con la cogorcia que llevo.

Rosa: Anda. No seas tonto.

Damián: Tú lo que quieres es drogarme.

Rosa: ¡Qué manía! ¡Pero si ya estás drogado, querido!

Damián: (Que fuma) En fin. Tú verás. Pero si pasa algo malo no respondo, Rosa.

Rosa: Pues no creo que vayas a violarme, Damián. Eso ya sería el colmo.
Fuma, fuma sin miedo. [Aparte] [Pues la verdad es que no está nada mal,
no sé como estuve tan ciega antes. Pero claro... Cómo voy tan ciega
siempre]. Pues mira, querido, lo celebro. Celebro que hayas dado un
cambio tan radical. Es que antes eras un poco apocado…

Damián: Oye no sé lo qué me pasa. Todo me da vueltas.

Rosa: ¡Ay! Damián te envidio, no sabes cuánto te envidio, envidio tu vida


bohemia y aventurera de artista errante.

Damián: Hombre, mujer, tanto como errante…

Rosa: Sí. Me ha vencido la monotonía de esta ciudad, te lo confieso. Ya estaba


a punto de tirar la toalla cuando te he visto. Me siento, sola, Damián,
desarmada, indefensa, ante la insensibilidad de los hombres y las mujeres
de este pueblo o de esta puebla de los demonios. Es un muermo,
Damián, un auténtico muermo. Nadie me sorprende, nada ni nadie me
sorprende. Nunca, nunca pasa nada fuera de lo corriente. No puedo más,
Damián, no puedo más... (Rompe a llorar).

(Comienza a elevarse la alfombra lentamente)

Damián: Cálmate, Rosa, no puedo creerlo, no puedo creer que te encuentres tan
abatida.

Rosa: No puedo más. Me doy por vencida, Damián. Fuma, fuma, querido,

Damián: No sé, estoy muy mareado, Rosa. Oye: ¿Esto se está moviendo? ¿O soy
yo el que se mueve? ¡Ay! ¡Que se levanta! Rosa ¡Qué se levanta! (Se
agarra a ella)

Rosa: Estás blanco como la pared, querido ¿Pero qué haces, Damián?

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Damián: Pues sujetarme. ¿Pero no ves cómo se levanta esta cosa?

(Bajan desde lo alto sus voces, fuera ya de la vista del público)

Rosa: ¡Ay! Querido... ¡Pues déjala que se levante! Es que te empeñas en


controlarlo todo. Eres incorregible Pero... ¿Qué haces, Damián? Deja ya
de tocarme ¿Te has vuelto loco?

Damián: Mira, Rosa, yo lo siento, pero a algo tengo que agarrarme.

Rosa: Claro como no has fumado, nunca. Te dan mareos. Te alarmas. Se te


altera el subconsciente. No pasa nada, querido, lo que pasa es que tienes
miedo de ti mismo.

Damián: ¿De mí mismo?

Rosa: Claro, querido de tu subconsciente. ¿Qué tienes en tu subconsciente,


Damián? Confiésalo. ¿Eh? ¿Qué tienes en tu subconsciente, pillín?

Damián: Pues lo contrario que tú, supongo.

Rosa: ¡Ay, querido! Pues entonces me temo que no vamos a entendernos


nunca. ¡Ay! ¡Pero qué subidón! Esta marihuana es fantástica. Y si no es
la marihuana, será tu subconsciente. ¡Qué subconsciente, tienes Damián!
¡Qué subconsciente! ¡Menudo subconsciente!

(Se escuchan a lo lejos las trompetas beodas de alguna banda y cae el)

Telón

Fin de la “Rosa de Damasco”

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