La Rosa de Damasco
La Rosa de Damasco
Francisco Bullón
Personajes:
Rosa Buendía.
La señora Remedios.
La señora Milagros.
La señorita Consuelo.
Felipe
Lolita.
Rodrigo
Damián
Julián Ledesma.
Don Jaime.
Doña María de las Mercedes del Pilar de Alcántara, “La Sultana”.
Cuatro miembros de la Asociación “El Murciélago”.
Pérez.
Tres periodistas
Tres hinchas del club de fútbol “Penibético”.
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Primer Acto.
Escena I
Plaza de las Carrozas. Se trata de una plaza de estilo modernista con un templete para
bandas en el centro. En el extremo izquierdo, puede verse un corte transversal de la
casa de Rosa Buendía. Adosadas a ella, las casas de doña Milagros, doña Remedios y la
señorita Consuelo, entre otras. Todas son casas de dos plantas con un pequeño
balconcito.
Milagros: Buenos días, Remedios. Fatal, hija mía, fatal. Es este reuma de mil
demonios que no me deja descansar ni de noche, ni de día.
Remedios: ¿Le pusiste una vela a San Antonio, como te recomendé Milagros?
Milagros: Yo creo que ya les he puesto velas a todos los santos, Remedios. Tendré
que probar con cirios a ver si así...
Milagros: Algún consuelo me dieron cuando fui el año pasado por San Eulogio,
pero no me da el presupuesto para estar todo el año tomando las aguas,
Remedios. Son muchos gastos, hija mía, son muchos gastos; y encima
con esto del Euro no me aclaro mucho que yo creo que han hecho su
agosto los mangantes esos del gobierno.
Remedios: Te dije que no los votases y tú vas y los votas un año tras otro, Milagros.
Milagros: No los voto por mí, los voto por mi marido, Remedios. ¿En algo tengo
que complacerlo? ¿No te parece?
Remedios: Es que la mujer es una pobre esclava, Milagros. ¿Qué vamos hacer? Es
nuestro sino. ¡Ay! ¡Qué dolor de riñones!
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Remedios: No te quejes, Milagros, no te quejes. A ti te daba yo mi dolor de ovarios.
Milagros: Pues a la vecina, que se ha mudado a esa casa hace unos días.
Milagros: ¿Pero es que te habló alguna vez de algo? Desde que se murió su mujer,
se enterró en vida y así estuvo hasta que lo enterraron de verdad el mes
pasado, que yo no sé si se dio mucha cuenta de que se iba de esta vida a
la otra.
Milagros: La misma que se casó con Alfredo en mala hora, la muy desvergonzada
que lo abandonó a él y a sus hijos. Pero mujer, si ya te conté la historia,
no me digas que no te acuerdas.
Milagros: Parece que tienes Alzheimer, hija mía, para un escándalo que tenemos en
la Puebla... El caso es, que ahora que ha muerto el marido, ha recobrado
la tutela de los hijos que se la quitó el juez por golfa y por drogadicta y se
ha instalado en casa del abuelo. Siempre llevó mala vida esa mujer.
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Milagros: Criarlos, lo que se dice criarlos no sé muy bien si lo hizo, porque era un
bribón y un bergante y un borracho; claro que con esa mujer no me
extraña. Yo creo que se criaron solos a la buena de Dios, Remedios. Es
cierto que la madre de él les echó una mano, pero no era más que una
pobre anciana con un genio del demonio; así han salido los pobres: la hija
medio puta, el hijo medio marica y el otro hijo, golfo y medio.
Remedios: ¡Qué pena de hijos! Pero es natural... Crecer así sin el amparo y la
ternura de una madre, que los lleve por el buen camino con mano de
hierro o a fuerza de quejas y de suspiros, Milagros.
Milagros: ¿Pero cómo iba a casarse de nuevo sin haber enviudado antes, Remedios?
Era un hombre muy decente. Es verdad que siempre estaba por ahí de
putas, pero nunca se casó con ninguna, Remedios. Por lo menos tuvo esa
decencia. Quiero decir aparte de la golfa de su mujer, que esa no cuenta
porque le salió así al pobre.
Remedios: Te juro que es un misterio para mí por qué no lo hizo, porque genio no le
faltaba. ¡Calla, calla que aquí viene!
Rosa: ¡Ah! ¡Qué día más hermoso! ¿No les parece, vecinas? ¡Cómo huelen los
jazmines y las rosas! No he podido evitar la tentación de arrancar esta
rosa de un rosal silvestre que ha crecido junto a unas ruinas aquí al lado y
ponérmela en la oreja.
Remedios: Ya lo veo.
Rosa: ¡Qué fragancia! Parece mentira que todavía huelan las rosas a algo, claro
que esta es una rosa silvestre. Parecen muy abatidas. ¿Les pasa algo,
vecinas?
Milagros: No nos pasa nada, vecina, los deberes y las preocupaciones de una casa,
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que hay que currárselo mucho para llevarla como Dios manda.
Milagros: ¡¿Cómo?!
Rosa: ¿No lo sabían? Quieren trazar una avenida enorme que atraviese todo el
barrio, y en pleno centro, una barbaridad vecinas. ¡Ay! Sí. Es lo malo de
esta puñetera plutocracia que nos gobierna. No sé para qué nos sirven las
ministras. Buenos días, hasta luego (Entra en casa).
Remedios: No sé qué cosa de la putocracia; que no sé lo que es, pero será alguna
sinvergonzonería.
Milagros: ¡Qué putocracia, ni qué putocracia! ¡Que ha dicho que nos expropian la
casa!
Remedios: ¡Ve ahora mismo a hablar con tu marido a ver qué pasa! ¡Ay! ¡Qué
hombre más inútil tienes por marido, hija mía! Seguro que nos
expropian y el muy bribón sin enterarse.
Milagros: Esa mujer debe de estar loca. ¡Ay! ¡Qué dolor de espalda! Hasta luego,
Remedios.
Felipe: (Que la espera junto a la puerta intrigado) ¿Por qué les has dicho eso,
mamá? ¿Es que van a expropiarnos?
Rosa: Es un rumor que corre por ahí, pero no te preocupes, Felipe. No creo que
llegue a buen puerto la cosa, ¿no ves que con la crisis no tienen ni un
duro? Se lo he dicho para mosquearlas un poco, porque me tienen harta
con sus malos modales y sus caras avinagradas. ¡Venga! Vamos a
ponernos manos a la obra, que hay que pintar toda la casa.
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Felipe: Yo no he nacido para esto ¿sabes mamá? Yo soy un estudiante muy
brillante. ¿Es que no has visto mis notas? Ni las has mirado siquiera. No
te importan, ¿verdad? No te importan, igual que no le importaban a mi
padre. Soy el segundo de la clase, y a ti no te importa una mierda.
Rosa: Pues eso es lo que me preocupa, cariño: que sacas muy buenas notas.
¿Qué estás intentando demostrar cariño? No tienes que sacar buenas
notas, no hace falta; yo te voy a querer lo mismo. Además eso de ser el
segundo de la clase es una horterada, cariño. ¡Anda! ¡Toma una brocha!
(Le da una brocha) ¿Por qué no habrá venido tu hermana? Le dije muy
claramente que estuviera aquí a las cuatro.
Rosa: ¡Ah, qué lenguaje! Desde luego me vais a matar entre unos y otros. En
fin... Roma no se hizo en un día. La culpa de todo esto la tiene tu padre,
que era un borracho, un reaccionario y un facha. Pero ya he vuelto a
tomar las riendas de la casa. ¡Vamos! ¡A pintar! De ésta no te escapas,
cariño, lo siento. Para algo eres el hombre de la casa.
Felipe: ¿Y por qué no llamas a Rodrigo? Él dice que es muy hombre [Aparte]
(Macarra de mierda...)
Rosa: Lo haría si supiese donde está, cariño. Sabes de sobra que no sé dónde
está.
Rosa: ¿Y por qué no has ido a buscarlo, o es que me vas a hacer poner una
denuncia?
Felipe: ¿Yo? ¿Qué dices? Sus amigos son todos gentuza, macarras del tres al
cuarto. Son todos medio animales.
Rosa: ¿Y qué?
Rosa: Son seres de carne y hueso, cariño y tendrán su corazoncito como todo el
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mundo, querido.
Felipe: Tienen el mismo tipo de corazoncito que tenía mi padre, mama. Ése que
por lo visto no le encontraste por ninguna parte.
Rosa: Te estás volviendo demasiado sarcástico, cariño, llevamos tres días juntos
y cada día te veo más sarcástico. Como sigas así te vas a convertir en un
cínico.
Felipe: ¡Pero qué tonta eres! ¿Es que todavía no te has enterado dónde vives?.
Aquí o te cuelgas de un pino o te conviertes en cínico, no te queda otra,
mamá.
Rosa: Qué humor tan negro tienes, hijo mío. No sé de qué te sirven las buenas
notas si tienes la cabeza llena de negatividad y de malos pensamientos.
Rosa: Mira, Felipe, no vayas a pensar que porque saques buenas notas eres el
único que piensa. Pensar, pensamos todos. Todo el mundo piensa en sus
cosas, pero ¡qué cosas, cariño! Que si la hipoteca, que si la bonoloto, que
si la nómina. Dinero, dinero, dinero. Y luego Europa, Europa, y más
Europa. Estoy harta de Europa. ¿Pero es que no se les puede meter en la
cabeza que no van a ser europeos nunca? Han llegado demasiado tarde.
Los europeos se están volviendo asiáticos a pasos agigantados. Es la
última moda en París, querido. La verdad es que no sé si ponerme una
gargantilla de oro tipo mujer jirafa que resalte bien mi cuello y unos
pendientes de aro tipo africano. No, la verdad es que no me pega. Me
gusta ir muy andaluza, Ahora, eso sí, sin peineta, la peineta no me va. A
ti lo que te pasa es que piensas demasiado, cariño. Seguro que te pasas el
día haciéndote pajas mentales, y esas sí que producen locura y no como
decían antes de las otras.
Felipe: Pues la verdad es que no. Bastante tengo con tener que estar dándole a la
brocha.
Rosa: Pues mira, me alegro de que no te interese. Eso es buena señal, hijo. Tú
lo que necesitas es tener un poco más de entereza y encanallarte un poco.
No digo yo encanallarte mucho. Pero un poco sí, cariño. Si cogieras un
toque canalla estarías guapísimo. Así como vas siempre, te veo un poco
pijo.
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(Entra la hija con una bolsa de chucherías, y se tira al sofá y lo mira todo con
indiferencia).
Rosa: ¡Vaya! ¡Benditos los ojos que te ven, cariño! ¿Qué estás haciendo ahí
cruzada de brazos? ¿No ves que estamos trabajando?
Loli: Ya te dije que anoche iba a ir al concierto con mis amigos y que me
quedaría en casa de una amiga. Estoy hecha polvo, mamá.
Rosa: ¿Y qué? Desde luego los jóvenes de hoy en día sois todos unos
borreguitos. No he visto juventud más conformista y burguesa en mi
vida. Y encima tenéis un gusto pésimo.
Rosa: Una cosa es ser inconformista y otra muy distinta ser una holgazana.
Loli: No voy a dejar que me encarceles como hizo mi padre. ¿Me has oído,
mamá? (Llaman a la puerta) ¡Ay! Es mi amiga Helena, me voy con ella
(Se levanta y abre).
Rosa: La verdad es que estamos adecentando un poco la casa como puedes ver,
cariño; ahora que si quieres echar una manita pues bienvenida seas
Rosa: Aquí no hay peros que valgan ¿Tienes alguna obligación ahora mismo,
querida?
Helena: Pues yo... Más tarde tengo que hacer los deberes de clase.
Rosa: ¡Ah! ¿Pero es que tú haces los deberes de clase? No te pareces en nada a
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mi hija, que no tiene deberes de ninguna clase. Celebro que seas su
amiga.
Rosa: Pasa, pasa, querida. ¡Que chica tan guapa! Ahora que, si no te importa
que te lo diga, vais las dos echas unos adefesios. Si me dejaras a mí te
vestiría como si fueras una princesa.
Rosa: (La chica se mira la ropa) Venga, quitaros esas ropas, tengo un mono para
cada una y esta tarde vais a salir de aquí echas unos pinceles. (Entra con
la chica un poco confusa)
Loli: Te crees muy sabiondo, pero eres tonto de remate que lo sepas.
Rosa: (Volviendo) Pero bueno... ¿Esto qué es? ¡Qué vergüenza! ¿Pero qué otra
cosa podía esperar habiendo vivido tantos años con el sinvergüenza de tu
padre? Tú, cámbiate de ropa ahora mismo, si no quieres que te dé una
buena zurra.
Loli: Pues claro que no te conozco, no te he visto desde hace años... (Entra con
ademán de desprecio)
(Oscuro)
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Escena II
Rodrigo: ¡Joder, colega! ¡Qué mal! ¡Qué movida! ¡Qué puto rollo de mierda!
¡Estoy hundido, estoy pero que muy jodido, chaval…! No sabes el
marrón que tengo yo en mi casa, tío.
Un amigo: Pues como todo el mundo, colega. ¿Sabes? Mejor me largo. No voy
contigo a tu queli. Me quedan muchas cosas por hacer.
Un amigo: Pues mira: Yo te vendo uno por cuarenta euros ¿Qué me dices?
Rodrigo: Será mamón… No tengo un puto duro, te he dicho lo mal que están las
cosas en mi queli, y el tío va y me dice que me vende un móvil. ¿De
dónde lo has sacado?
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Rodrigo: Que me vende el móvil… ¡Y por cuarenta euros! ¡Tú eres un mangui de
mierda! ¡Y además tus viejos están forrados, mamón!
Un amigo: ¡Ah! ¿Sí? Mis viejos estarán forrados, pero no me pasan un puto duro ¿Y
sabes por qué?
Un amigo: Por andar contigo. Por andar con todos vosotros, mamón
Un amigo: No les gustan mis amistades, dicen que sois gentuza, que sois
impresentables, ya sabes.
Loli: Y yo también estoy harta. No tienes vergüenza mamá, viene una amiga
mía y le haces que trabaje.
Rosa: Pues sí. Tenéis los mismos defectos y la misma ausencia total de
virtudes, hija mía. Mucha ignorancia y mucha arrogancia, eso es todo.
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Felipe: ¿Nos vas a soltar otro discursito, mamá? No sé de qué te sirve fumar
porros si siempre le estás echando a todo el mundo la bronca.
Rosa: Yo no fumo porros. No digas que fumo porros, no me gusta esa palabra.
Rosa: Fumo un poco de maría, porque me viene bien para mis problemas de
insomnio, eso es todo.
Loli: Ya. Menudo chollo han encontrado los viejos, con eso de que la maría es
un medicamento
Felipe: ¿Anarquista, ésta? No sabe ni lo que significa esa palabra. Es igual que
Rodrigo. Una palurda. Aquí son todos unos palurdos, los de izquierda
son unos palurdos y los de derechas otros palurdos. Aquí todos ordeñan
la vaca, ya sea la flaca o la gorda. Todos ordeñan la vaca loca.
Loli: Un pelota baboso que va siempre detrás y delante del profe, y se sienta
así en el pupitre con esa carita de mosquita muerta y de lameculos de
mierda.
Rosa: ¡Basta! ¡Basta ya de una vez! No pienso tolerar ese lenguaje por más
tiempo, en esta casa. ¡Se acabó! . No sé qué va a ser de mí en medio de
esta tribu salvaje ¡Pero si parecéis medio caníbales!. Que fumo porros,
que fumo porros... No sé cómo iba a poder sino desconectar un poco y
salir adelante en medio de este maldito nido de brujas.
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Rosa: No le dado en todo el día ni una caladita a mi pipa. Esto es un nido de
brujas, querida, son todas unas brujas. Entro en el supermercado y me
digo: son todas unas brujas. Voy a la peluquería y pienso: son todas unas
brujas. Voy a la asociación de vecinos y pienso: son todas unas brujas.
Lo que tienen que hacer es aceptarlo: Sí, lo admito, lo confieso, soy una
bruja; como hacen los alcohólicos que quieren dejar de serlo. Hola, me
llamo fulanita y soy una bruja. Yo no soy ninguna bruja, en todo caso,
una pitonisa o algo así. (Se sienta en un sofá y enciende un cigarrillo).
¡Ah! ¡Estoy molida!
Rosa: ¡Dichosos los ojos que te ven, querido! Ya era hora de que apareciera el
señor de la casa.
Rosa: ¿Quieres que te compre una moto, querido? No me parece que estés
haciendo muchos meritos para que te haga ningún regalito. No me
parece que te vayas a llevar ninguna recompensa.
Felipe: Con que le pongas el plato todos los días tiene bastante. Ya que eres tan
duro y tan macho porque no te largas y te buscas la vida por tu cuenta.
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(Se levanta como para golpearla)
Rodrigo: Exacto, por una putada, porque la vida me ha gastado una putada y
resulta que soy huérfano y tengo que vivir con vosotros.
Rodrigo: ¿Que quieres que me meta a ladrón, golfa? Lo que voy a hacer es
ingresar en el ejército o en la policía.
Felipe: ¿Tú eres un motero y quieres ser policía? ¡Pues vaya motero de mierda!
Rodrigo: Quiero ser policía para limpiar la ciudad de escoria como vosotros.
Felipe: Este imbécil se cree que es Robocop o algo de eso. Pues yo pienso
estudiar derecho para meteros a todos en la trena.
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Rodrigo: Por drogadicta.
Felipe: ¡Tendrá morro! No le dejes que te llame drogadicta, ¿No ves que es un
drogata de mierda? Siempre está tomando coca con sus amigotes.
Rodrigo: ¿O qué?
Rosa: Muy sencillo, cariño: Largarme con viento fresco y dejaros en manos de
la beneficencia pública. Luego, si queréis, me ponéis una denuncia. No
sería la primera vez que escapase de la justicia, es decir: de la injusticia.
Rosa: Te queda todavía un año para ser mayor de edad, cariño, ten cuidado
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porque soy capaz de meterte en un reformatorio.
Rosa: Ya que eres tan viril y tan macho, hijo mío, lo que tienes que hacer es
convertirte en un héroe y no en un vulgar macarra.
Rodrigo: ¿Un héroe? ¿Qué coño entiendes tú por un héroe? A ti te gustaría que me
matara algún moro o algún puto inmigrante.
Rosa: No, cariño, pero si te matan, que por lo menos sea por defender a alguien
débil e indefenso.
Felipe: Basta con que la ciudad sea lo suficientemente grande como para que no
sean todos unos putos analfabetos como tú.
Rodrigo: Me marcho.
Rosa: Sí. Márchate, pero te recomiendo que vuelvas a casa antes de las doce si
no quieres dar con tus huesos en la cárcel, quiero decir en un
reformatorio.
Loli: ¡Bah! No te preocupes que seguro que vuelve, por desgracia. No tiene a
donde ir...
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Rodrigo: ¿Tú quieres ver como no vuelvo?
Felipe: Volverás como siempre dentro de un par de días con el rabo entre las
piernas.
Loli: ¡No me llames zorra, cabrón! (Intenta golpearlo y éste le sujeta las
manos)
Rosa: A las doce, te quiero aquí, Rodrigo. Y tú, Felipe, esperaba que por lo
menos tú tuvieras un poco más de juicio, cariño.
Felipe: ¿Juicio, mamá? Como se nota que nos ha vivido aquí en diez años, esto
es el infierno, mamá, el puto infierno.
Felipe: Las personas son cosas, mama ¿En qué se diferencia una persona de una
cosa? ¿Quieres que te lo diga? En que compra. En que compra cosas. Y
yo pienso ganar el dinero suficiente para comprarlos a todos como a
cosas. Yo voy a ser el que fije el precio de las cosas el día de mañana, ya
lo verás, mamá, ya lo verás. (Se adentra en la casa).
Rosa: ¡Ay! ¡Dios Santo! ¡Espero que tú me ilumines, porque no sé como voy a
salir de este enredo de mil demonios que se ha formado por culpa de ese
juez endemoniado que espero que arda en el infierno! El precio de las
cosas… Esto, esto es el precio de las cosas. O el precio de la casa, sí, el
precio de la casa de mis abuelos. El precio de la casa…
(Oscuro)
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Escena III
Milagros: Buenos días, Remedios. ¿Qué? ¿Te enteraste de la que se lió el otro día
en casa de esa pelandusca?
Milagros. ¡Ay! Si es que estás más sorda que una tapia, hija mía.
Remedios: (Aparte) (Sí, claro. Que no estoy todo el día con la oreja puesta que no
es igual)
Remedios: Digo que la oreja izquierda es la que no tengo muy católica, Milagros
Milagros: Pues la verdad que en el fondo es mejor así. ¡Ay! Lo que tiene una que
oír, hija mía.
Remedios: Pero, bueno ¿Me quieres decir qué pasó? Me tienes ya sobre ascuas.
Milagros: Vergüenza me da repetir las palabrotas que se dijeron a la cara los unos a
otros. ¡Qué escándalo!
Remedios: Calla, calla que allí viene. ¡Y con un hombre! ¿Sabes lo que te digo?
Que yo me meto en casa. No me apetece saludar a nadie. Que tengo
muchas cosas que hacer todavía, Milagritos. ¡Ay! ¡Qué batalla tengo con
la casa, hija mía! ¡Qué batalla! (Entra)
Milagros: ¡Ay! Sí. (Para sí) (¡A ésta le daba yo la cruz que tengo yo con mi marido!
¡Qué cruz! ¡Virgen Santa! ¡Qué cruz!
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Rosa: No sabes el interés que tenía en conocer a algún miembro de la banda.
Rosa: Porque sois unos auténticos héroes, querido. Tocar tan bien la flauta o el
tambor o la trompeta y así: Por amor al arte.
Damián: Me parece que no iba a ser una decisión muy popular, Rosa...
Rosa: ¿Cómo dices? No encuentro por ninguna parte el licor ¿Se lo habrá
llevado mi hija? Perdona, Damián, ¿de qué estábamos hablando?
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Rosa: Para eso tendrías que haber tenido noticias de mi existencia. Ni que
fuera una actriz famosa, querido.
Rosa: ¿De veras? Pues no me había dado cuenta. Claro como vas con esa pinta
de muerto de hambre.
Rosa: Vistes fatal, Damián, pareces uno de tantos. Tú no eres uno de tantos,
mentalízate, dítelo todas las mañanas cuando te levantes.
Rosa: Pues... pues porque no hay dos personas iguales, querido. Todos somos
diferentes.
Damián: O sea: Me estás diciendo que soy diferente como todo el mundo, es decir
uno de tantos.
Damián: Aquí destacar no está bien visto, Rosa, no está bien dar la nota.
Damián: Pues la de todo el mundo: Ganar haberes, Rosa. En esa dirección puedes
destacar todo lo te apetezca o puedas.
Rosa: (Le acerca uno) Pues de algo tenemos que hablar, querido. Todo eso no
son más que prejuicios. Con una mujer se puede hablar de cualquier
cosa, siempre que no te importe que te malinterpreten, y te critiquen pero
querido, es necesario que la gente te critique y hable de ti y te tenga en
cuenta. Si quieres, mañana mismo organizo una campaña para que hable
de ti todo el mundo...
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Rosa: Ése es el acicate de la vida. Me parece a mí que a ti hay que espolearte
un poco como a un caballo de raza. Te lo aseguro, Damián: no estarías
nada mal si te arreglases un poco y mirases por ti mismo, y te movieras
con más garbo. Materia prima no te falta. Así que mentalízate que no
eres uno de tantos. No has traído contigo el clarinete. Deberías llevarlo
siempre contigo para un caso de emergencia
Damián: No importa.
Rosa: ¿Cómo que no importa? Pues claro que importa. Tenemos que celebrar
este encuentro, Damián. Mira, se me ocurrido una idea excelente.
Vamos al Café de la Alfaguara. Te parecerá increíble, pero no he vuelto a
verlo a pesar de que lo tengo prácticamente enfrente y de que llevo aquí
más de un mes.
Rosa: Pues porque es lo único que merece la pena ver en este pueblo, querido,
aparte de mí misma, claro. Pero a mí ya me veo en el espejo todas las
noches cuando me cepillo el pelo. Por las mañanas, nunca me miro antes
de las doce. Antes de las doce estoy horrorosa, Damián.
Damián: No lo creo.
Rosa: Sí, Damián, te lo aseguro: Necesito tres horas para recuperarme del
trauma de despertarme y descubrir que me encuentro en este pueblo
dejado de la mano de Dios y de los hombres. ¡Ay! ¡Si pudiera llevarme
la casa a cuestas como si fuera un caracol marino! ¡Esta casa donde tengo
tantos recuerdos inolvidables! Tú no sabes lo que significaba la casa de
mis abuelos para mí de niña. ¡Era como el Paraíso! Y la buhardilla...
¿No te he enseñado la buhardilla?
Damián: No, no me has enseñado nada; aparte del salón, que tampoco estoy muy
seguro de si me lo has enseñado o lo he visto por simple coincidencia.
Me siento como si estuviera aquí de forma completamente fortuita, Rosa.
Rosa: No hay nada fortuito, Damián, ha sido el destino el que te ha traído a esta
casa. Todo está predestinado, querido: Ha sido el destino el que ha
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encaminado tus pasos a esta casa para que pudieras acompañarme al Café
de la Alfaguara que guarda para mí tantísimos recuerdos. Allí me
enamoré locamente de mi marido, que en paz descanse, locamente y por
desgracia, porque no pude elegir un hombre menos indicado para
enamorarme. Me preguntó de si hay alguna forma adecuada de
enamorarse, supongo que lo adecuado es enamorarse cuerdamente de
alguien, pero todavía no me ha pasado.
Damián: Te lo juro.
Rosa: ¡No se te ocurra volver a decir nunca semejante cosa! ¿Pero tú estás
loco, Damián, confesarle a una mujer que no te has enamorado nunca a tu
edad?
Rosa: Por supuesto que es un delito: es un delito de lesa majestad, pero... ¿tú
vas por ahí tocando el clarinete y no te enamoras de nadie? No entiendo
como puedes tocar el clarinete...
Rosa: Pero si esa partitura vale algo, la habrá escrito alguien que se enamoró de
alguien o de algo, Damián.
Rosa: En todo caso tienes que llevarme ahora mismo. ¡Ay! ¡Cuántos recuerdos
inolvidables! Allí me enamoré de mi difunto esposo. ¿No te lo he
contado?
Rosa: Era un auténtico canalla, querido, pero estaba tan sumamente guapo
aquel día, y los dos éramos tan jóvenes y tan necios, que no pude evitar
enamorarme, Damián.
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Damián: Mira Rosa, yo te acompaño a ese bar siempre que no me hables de otros
hombres.
Damián: No mucho
Rosa: ¿Y la música?
Rosa: ¿Qué dices? Necesitas por lo menos once o doce, Damián, necesitas
enamorarte de once o doce a la vez y cuánto antes, no te queda mucho
tiempo, Damián.
(Oscuro)
Escena IV
Julián: Ése es el sitio justo, en el centro de la ciudad; ha sido una idea excelente.
¿Cómo es que has tenido esa idea? Nunca se me habría ocurrido pensar
que tú tuvieras ideas.
Pérez: Hombre, Julián... Si uno que tiene que tener alguna idea por el bien de la
ciudad, pues se tienen, ¿no te parece?
Julián: Está bien, pero no tengas más, Pérez, con una es suficiente por hoy.
Ponme un coñac, Pascual. Ideas, ideas... no nos hacen falta ideas, lo que
hace falta es que nos pongamos manos a la obra, quiero decir hacer que
otros pongan sus manos en la obra. ¿No dicen que hay que crear puestos
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de trabajo? Los pobres crean la mano de obra y nosotros creamos la obra,
nuestra gran obra: un parking enorme en el mismísimo centro de la
ciudad. Sólo hay que modificar un poco el trazado de la avenida. Por eso
no hay nadie nunca en la ciudad: la gente pasa con el coche, ve que no
hay aparcamiento y se larga. Salen de su casa en coche, van al centro,
ven que no hay aparcamiento y se vuelven a su casa. Necesitamos un
parking bien grande. No sé cómo no se me ha ocurrido antes. Es que
tengo tanto trabajo en el ayuntamiento con la alcaldesa que no me queda
tiempo de pensar en el bien de la ciudad, Pérez.
Julián: Soy como el acero inoxidable, Pérez, inoxidable. Esta misma noche,
hablo con la alcaldesa.
Rosa: ¡Qué bonito! ¡Está exactamente igual que hace 20 años! ¡Es un auténtico
milagro! (Lo coge del brazo y se sientan junto a una de las mesa).
Pérez: Ni idea.
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Rosa: Ven. Vamos a sentarnos en una mesita allí al fondo, no has abierto la
boca en todo el camino, querido. ¿Es que me vas a hacer hablar todo el
tiempo? Sí. Ya sé que hablo mucho, que hablo demasiado. Es mi peor
defecto, pero algún defecto tenía que tener ¿no te parece?
Rosa: Pues claro que no. ¡Qué vulgaridad hablar del deber, del trabajo! Eso se
hace y punto.
Rosa: Prefiero hablar de los goces y las pasiones y los afectos. A ver: ¿Cuál es
tu pasión, Damián? y no me digas que son los coches o el fútbol porque
te mato.
Rosa: Algún vicio secreto tendrás, seguro, lo que pasa es que es tan secreto que
no lo conoces ni tú mismo.
Rosa: No te preocupes que si difundo algún vicio tuyo, será alguno que te
cuadre y te realce, Damián. De los otros no quiero ni enterarme.
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Damián: ¿Qué otros?
Pérez: Hombre, Damián... ¿Cuánto tiempo sin verte? ¡Y qué bien acompañado
te encuentro!
Julián: ¿Cómo que qué se ofrece? Pues se ofrece trabajo. Venía a ofrecerte
trabajo, Damián.
Rosa: Pues cinco minutos como quien dice, pero en cinco minutos ha cambiado
completamente. Lo veo muy cambiado de cuando lo conocí hace cinco
minutos.
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Pérez: Claro, pero nosotros nos conocemos de toda la vida, somos amigos de
siempre. ¿No es cierto, Damián?
Rosa: Pues de cualquier tipo, querido. ¿Qué más da uno u otro? Me temo que
tú eres uno de esos que separan el placer del trabajo.
Rosa: Quiero decir, él al suyo y yo al mío. Es que tengo mucho trabajo con la
casa, acabo de mudarme,
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¿Vamos?
Damián: Vamos.
Pérez: Plaza de las Carrozas...no vayas ahora a encoñarte con esa mujer, Julián,
no vaya a ser eso un obstáculo.
Pérez: Pues mejor será que te des prisa. No me gusta a mí esa idea de mezclar
el sexo con los negocios.
Pascual: (El camarero cortando jamón) [Este se ve que no tiene bastante con la
alcaldesa. ¿Será verdad que se tira a la alcaldesa? Pues mira la verdad es
que no le alabo el gusto.]
(Oscuro)
Escena VI
Plaza de los Carrozas. Un anciano muy atildado conversa con una vecina de la plaza: la
señorita Consuelo, que lleva una pequeña hornacina en forma de armario con la imagen
de la Virgen.
Don Jaime: Buenos días vecina. ¡Que día tan bueno hace hoy! ¿No le parece?
Don Jaime: ¡Es terrible! Antes daba gusto pasear por las calles
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tranquilamente, pero ahora siempre que salgo a dar una vuelta me
parece que estoy andando sobre el filo de la navaja. Parece que
vivimos en una autopista. No hay más que coches por todas
partes; nos han ganado la batalla las máquinas, Consuelito, esta
ciudad parece un cementerio de chatarra. ¡Ay! Sí. ¡Qué tiempos
estos! Ya no hay ni bancos para sentarse a escuchar el trino de los
pájaros.
Consuelo: Unos ahogos y unos sofocos que me dan por la noche, que parece
que se me va a salir el corazón por la boca. Ahora mismo vengo
de recoger a la Virgen. Me da consuelo tenerla unos días en mi
casa. ¡Ay! ¡Qué triste suerte la nuestra! Don Jaime ¡Qué triste
suerte la nuestra!
Consuelo: Fatal, don Jaime, fatal. He dejado ya de predicar para los testigos.
Son una secta, don Jaime, son una secta, y yo tonta de mí, he
estado a punto de dejar que me conviertan; que me conviertan en
más tonta de lo que soy, quiero decir. Mire, usted, yo he sido toda
la vida católica y no voy a cambiar ahora de secta. Prefiero
quedarme con la secta de toda la vida. Aunque la verdad es que
estoy un poquito preocupada con la nueva vecina.
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Don Jaime: Bueno, yo sigo con mi paseo matutino, Consuelito.
Consuelo: Voy a abordarla. (Se dirige hacia ella). Buenas días, vecina.
Consuelo: Pues es la Virgen, hija mía, soy muy devota de la Virgen del Carmen,
patrona de los marinos.
Consuelo: ¿Comprado? No hija. Esta hornacina nos la pasamos los fieles para
tenerla un par de días en casa y para rezarle y que nos bendiga.
Rosa: La verdad es que la hornacina es muy bonita. Y la virgen está sobre una
nubecita con angelitos y todo. Pues la verdad es que me encanta. Es una
buena costumbre. Aunque yo creo que deberían pasarse también otras
diosas.
Consuelo: ¿Otras diosas? ¿Qué diosas, hija mía? ¿Es que es usted de alguna secta?
Tenga mucho cuidado, hija mía, tenga mucho cuidado, porque esa gente
lo único que quieren es lavarle a una la cabeza. (Se lleva una mano a la
cabeza).
Rosa: Pensaba en que no le favorece nada ese peinado que lleva, vecina, si no
le importa que se lo diga. Debería cambiar de peinado, debería cambiar
de peinado inmediatamente.
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Consuelo: Tengo otras cosas en qué pensar, hija mía, no me voy a emperifollar
ahora para los hombres a mi edad, vecina.
Rosa: No es por los hombres; vecina, es por las mujeres. Cuánto más fea y más
alicaída y más estropeada te ven, más se alegran: son todas unas brujas.
Se lo digo yo.
Consuelo: No sé si las mujeres serán unas brujas, pero los hombres son el demonio,
vecina ¡El demonio! Y no le digo los jóvenes. Parecen de una secta
satánica, vecina. Todos los hombres son de alguna secta satánica hoy en
día. ¡Líbreme Dios del diablo y sus tentaciones, hija mía! Mire. Si
quiere le paso a usted la Virgen y se la dejo unos días en la casa. Yo creo
que en su caso podría convencer a los hermanos para que se la dejen por
lo menos una semana. [Aparte] [A ver si hace algún milagro y llama a la
golfa esta por el buen camino].
Rosa: Venga sí, déjemela, la voy a poner en el recibidor. Ahora que yo de rezos
nada. No me venga con rezos vecina, no tengo la cabeza para rezos,
bastantes cosas tengo ya en la cabeza.
Consuelo: A veces es bueno rezar un poco para ahuyentar los malos pensamientos,
hija mía.
Consuelo: Sí, hija. Los malos pensamientos. ¡Rezar para que no nos tiente el
demonio!
Rosa: ¡Ay, vecina! Déjelo que me tiente alguna vez por lo menos, aunque sólo
sea de uvas a peras. Sí, se lo confieso, no me tienta nada en esta ciudad.
No me tienta nada. Nada, ni nadie me tienta. Es simplemente espantoso.
¡Qué triste monotonía! ¿Quiere entrar en casa y tomarse un cafetito?
Consuelo: No muchas gracias, vecina. Me voy a ver la telenovela. ¡Ay! ¡Qué triste
suerte la nuestra, vecina! ¡Qué triste suerte la nuestra! (Entra en su casa.
Felipe se encuentra leyendo un libro).
Felipe: ¿Prestado? Seguro que tienes que pagar algo por ella.
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Rosa: Pues no sé, querido, tampoco será gran cosa. Ya sé que estamos en la
ruina, pero por eso me la he traído, porque estamos en la ruina. Debería
montar mi propia academia de baile. En fin, ya veremos; de todas formas
tenemos esta casa maravillosa completamente gratis. No sé si alquilar
una habitación.
Felipe: ¿A quién?
Rosa: Pues no sé... A alguien que la necesite. Lo que debería hacer es alquilar
la habitación de Rodrigo. Le voy a lanzar un ultimátum. O duermes aquí
todas las noches o alquilo tu habitación. Lo que prefieras.
Rosa: Eso está muy bien, Felipe, pero tienes que salir un poco de vez en
cuando; relacionarte con la gente de tu edad.
Rosa: O sea que estás escondiendo en los libros. ¿De quién te estás
escondiendo, querido?
Rosa: Te veo como muy paranoico, cariño. Tienes que enfrentarte a tus miedos,
tienes que salir un poco, tienes que ir a los guateques y todo eso.
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Rosa: Pues sí, como apareces y desapareces cuando te place como si esto fuera
una pensión o un hostal, pues he tenido una idea excelente, voy a
convertir la casa en un hostal. Hostal Casa Rosa, ¿qué te parece? Lo
primero que voy hacer es alquilar tu habitación. ¿Vas a dormir aquí esta
noche, querido?
Rosa: Pues para que me pagues la habitación, cariño, son 12 euros la noche. A
ti te hago un precio especial por ser mi hijo, pienso pedir veinte euros por
ella. Ya que no quieres trabajar y convertirte en el cabeza de familia y
sacar adelante a la familia. Tendremos que apañárnosla por nuestra
cuenta.
Rodrigo: Tú eres la que deberías darme dinero, y no me das ni una mierda. Yo soy
menor de edad todavía, no puedo trabajar ¿sabes, mamá?
Rodrigo: No voy a dormir ninguna noche, con dormir de día me basta. Me voy a
echar un rato, estoy hecho polvo, adiós (se adentra en la casa).
Rosa: Está bien querido, pero no te ensañes con él. Habrá que civilizarlo poco
a poco
Rosa: Adiós, cariño. ¡Ay! ¡Dios! ¡Qué hastío! No sé qué hacer. Necesito
galantear con alguien cuanto antes. Si no, me voy a morir de
aburrimiento y de tristeza en esta ciudad fantasmagórica. (Llaman a la
puerta) ¿Y ahora quién será? (Se mira un momento en el espejo y abre)
¡Qué agradable sorpresa, Damián! ¿Qué te trae por aquí? Pero,
sentémonos un rato. Estoy completamente exhausta.
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Damián: ¿Y eso?
Damián: Las clases, querido. Las clases. Me siento como si hubiera bailado con
todo un batallón del ejército. Y eso que solo hay diez alumnos en clase.
Damián: En fin... yo venía a darte una excelente noticia, Rosa. Bueno, una no.
Dos.
Rosa: Morfeo, Damián, Morfeo. El dios del sueño. ¿No me digas que no
conoces a Morfeo?
Rosa: ¡Ay! Sí. Me parece que voy a tener que resignarme a dormir entre los
brazos de Morfeo por un tiempo a falta de otros, no puedo pensar ahora
en amoríos, Damián. Pero en serio, es maravilloso. Ya tenía muchas
ganas de escucharos. ¿Qué vais a tocar?
Damián. Pues...
Rosa. No, no me lo digas, prefiero que sea una sorpresa. Espero que empecéis
el programa con alguna pieza lánguida y meliflua. ¿No me iréis a sacar
de la cama con la cabalgata de las Walkirias o algo de eso?
Damián: No creo, pero el concierto empieza a las diez, Rosa. No es tan temprano.
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¿Quieres un poco de té frío? Está buenísimo.
Rosa: Vaya, parece que te estás espabilando, Damián. ¿Y cuál era la otra buena
noticia?
Damián: Pues…
Rosa: No, no. Estaba conversando con un amigo, perdona, qué torpeza la mía,
pasa, pasa. La verdad es que me ha sorprendido tu visita. Es que yo
invito a todo el mundo a que me hagan una visita. Pero como nadie
acepta nunca la invitación...
Rosa: Pues será que no eres de aquí, querido. Aquí ya nadie invita a nadie a su
casa y si lo hacen, nadie sería tan estúpido como para pensar que hablan
en serio. Siéntate, conoces a Damián ¿No es cierto?
Julián: Tratándose de ciertas cosas, mejor los comienzos que los finales ¿no es
cierto?
Rosa: Pues sí, algo así como la gran traca final, como una mascletá ¿No sería
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fantástico? Perdonadme necesito descocarme un poco, porque si no va a
poder conmigo la melancolía contagiosa de esta ciudad de los demonios.
¿Querías una copa, no Damián? Vamos a tomar un poco de te frío con
whisky los tres.
Rosa: Pues sí. Así como si hubieras hecho alguna conquista. ¿Es que has
conquistado algo?
Julián: No sé, pero yo creo que ante ciertas cosas, ante ciertos desafíos, un
hombre como yo no puede aceptar nunca la derrota.
Julián: ¿Te he dado esa impresión? Lo siento. Puede que sea un poco
apresurado al principio, pero luego, cuando he conseguido mi pieza... El
tigre, la tigresa o lo que sea, me gusta saborearla despacio, muy despacio.
La victoria, quiero decir. Lo siento. Me expreso fatal. Es que las
mujeres me ponen nervioso. ¿Sabes?
Rosa: Pues no lo pareces. ¿Sabes? Cuando has llegado estábamos hablando del
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concierto que va a dar la banda municipal aquí mañana. Damián toca el
clarinete, es un artista ¿no lo sabías?
Julián: Yo soy un hombre de negocios, que son los que mantienen a los artistas.
Rosa: Pues cada vez lo hacéis peor querido, claro como no entendéis nada de
arte, nos estáis dejando sin artistas. Yo también soy artista: doy clases de
baile de salón en la Asociación de Vecinos del barrio.
Julián: Confieso que el baile no es lo mío, pero existen otras cosas mucho más
importantes.
Rosa: Me temo que no. Pienso escucharlo en la cama y entre los brazos de
Morfeo.
Rosa: ¿La diosa del sueño? Pues no sé, eso dependerá de cada uno, supongo.
Julián: ¡Ay! Últimamente no pego ojo, Rosa, son los negocios que me llevan de
cabeza. A ver si tuviera un poquito de suerte y me tropezara con... la
diosa del sueño. Hasta luego. (Sale)
Damián: No sé, Rosa. No me apetece hablar de esas cosas contigo, ni con nadie
la verdad. En fin, espero que te guste el concierto. [Aparte] [Ya sabía yo
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que, en cuestiones de caza, lo mejor son las malas artes]
Rosa: Hasta mañana, Damián, hasta mañana. ¿Qué habrá querido decir con
eso? ¡Ay! La verdad que este hombre tan insolente, me gusta. Bueno me
gusta y no me gusta. Ya veremos como acaba todo esto, espero no sufrir
una recaída y volver a enamorarme de un carca. En fin... Por lo menos
parece que me ha salido un pretendiente, necesito otros tres o cuatro para
poder decidirme. No voy a decidirme por el primero que me salga. Pues
sí señor... (Se adentra en la casa)
(Oscuro)
Escena VIII
Damián: En fin, me he imaginado que como estaría sola en la cama, pues tampoco
tendría mayor interés en remolonear en ella.
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Julián: Te equivocas, tengo tan solo uno.
Julián: Pues sí, siempre suelo tener un pensamiento en la cabeza que luego llevo
a la práctica. Los que tienen más son gente ociosa, que no piensan en lo
que hay que pensar ¿Verdad Rosa?
Julián: O como no tienen trabajo, ni nada mejor que hacer, pues piensan.
Julián: (Que lo ignora y le da la espalda) La verdad es que yo, más que oír el
concierto, lo que quería es invitarte a cenar, si no te importa, a la “Cueva
de Aladino”.
Damián: Lo siento mucho, pero yo sólo toco por amor al arte y poco, será que no
le tengo mucho amor, pero yo pienso que por poco que le dediques
siempre es mucho, demasiado. ¿No te parece Rosa?
Damián: Cuánto menos amor pongas en las cosas, mejor. Me voy con la música a
otra parte. Adiós. [Aparte] [Es lo de siempre, mucha palabrería y
mucho idealismo, y al final siempre salen a relucir los billetes, es lo
único que reluce] Adiós. Hasta nunca. (Sale malhumorado]
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Rosa: ¿Le habré ofendido en algo? No entiendo por qué ha salido así en
estampida.
Julián: Eso depende, si decides no ver más a alguien, pues ya has terminado de
conocerle. Pero en fin yo prefiero que hablemos de otras cosas.
Julián: Vamos, Rosa, no es más que una cena. Una cena no compromete a
ninguna cosa. ¿No pensarás que voy a drogarte o algo de eso?
(Oscuro)
Escena IX
La Sultana: ¡Ay, Pérez! Estoy cansada de ser alcaldesa de una localidad tan rústica
como ésta. Es cierto que todos los empresarios de la ciudad me abruman
con sus obsequios y sus lisonjas, pero ¡qué lisonjas! No saben lisonjear
con gracia, Pérez.
Pérez: El ejercicio del poder también cansa, señora alcaldesa; tiene también sus
engorros y sus servidumbres.
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La Sultana: Estoy hasta el gorro, querido. (Se quita el gorro del club de fútbol
Penibético) ¡Ay! ¡Ni me acordaba del puñetero gorro! Estoy tan aturdida
que se me olvidaba que me han hecho ponerme este gorro ridículo.
Todos se empeñan en que pruebe sus productos. Esta mañana me he
tenido que tomar un vino de las bodegas “Cuerno de Toro”, (mirándose la
permanente en el espejo), luego que si el jamón ibérico y la sobrasada de
la casa de no sé quién.
La Sultana: Y encima esos cafres del club de fútbol se han atrevido a ponerme el
gorro del equipo. Si alguien tiene que ponerse el gorro te lo pones tú que
eres edil del ayuntamiento. ¡Se ha perdido el protocolo completamente!
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Murciélago 3: ¿Se han decidido ya por un proyecto para acondicionar la zona de
la rambla y convertirla en un parque?
Murciélago 1: Pues claro un servicio de carrozas para pasear a los turistas por el
centro de la ciudad. ¡Ah, qué tiempos aquellos en que las damas
paseaban en carroza!
Murciélago 4: Pues yo pienso que se podría habilitar alguna zona para el paseo
en carroza. Cada carroza podría llevar el logotipo de una de las
empresas de la ciudad ¿no le parece?
(Rosa y Julián entran en el local y se sitúan junto a la puerta sin reparar en el resto de
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los presentes. Julián, que le da la espalda a la alcaldesa, flirtea con Rosa)
La Sultana: ¡Será bellaco! [Aparte] [¡Ah, traidor! Te he pillado in fraganti]. [Así que
primero me adulas y me cortejas, y me calientas la oreja, y luego te
dedicas a tontear con la primera pelandusca que te sale al paso. Ándate
con tiento, querido, no sea que te cambie los coches por una carroza
fúnebre]. Pérez, si no te importa, ¿podrías decirle al señor Ledesma que
estamos hablando precisamente de un asunto que le incumbe?
Julián: (Reparando en ella) [Para sí] [¡La Sultana! ¡Maldita sea mil veces...!]
Discúlpame un momento, Rosa.
La Sultana: Una idea excelente que han tenido estos caballeros: Habilitar el centro de
la ciudad para el tráfico de carrozas.
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Julián: No creo que te apetezca conocerla realmente, Mercedes.
Julián: [Aparte] [Esta se ha puesto celosa, pues allá ella]. Ahora mismo, doña
Mercedes. Rosa, te presento a la señora alcaldesa de la ciudad.
Rosa: Encantada.
Rosa: Se le nota.
Rosa: Digo que se le notan todos los desvelos, yo creo que deberían de fabricar
un maquillaje especial para alcaldesas.
Rosa: La política es nefasta para el cutis. Una profesión tan estresante... Claro
que en último caso siempre es posible recurrir a un buen lifting de vez en
cuando. Yo, sin embargo, como me dedico al arte, apenas necesito
recurrir a los cosméticos.
La Sultana: [Aparte] [No puedo creer lo que oigo] ¿Al arte? ¿Qué arte, querida?
Julián: Desde que la he conocido como quién dice ¿no es cierto Rosa? Me ha
descubierto todo un mundo nuevo y desconocido.
Rosa: Sí, lo confieso, en ciertas cosas, soy como una india americana: muy
primitiva, muy arcaica, pero soy tan arcaica que soy moderna. Si no te
importa que te dé un consejo de mujer a mujer, hazme caso, nunca te
quedes a medias en estas cosas: o muy arcaica o nada arcaica, pero claro
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como los políticos de ahora siempre estáis en medio y en el centro, pues
siempre os quedáis a medias.
Rosa: Eso está bien, pero procura que tu tiempo sea también el de otros, porque
si no, te vas a quedar tú sola arrinconada en tu tiempo. [Aparte] [El de
Maricastaña] Disculpadme, voy a saludar a un amigo. (Repara en
Damián y se acerca a él)
La Sultana: ¡Qué mujer más irritante y odiosa! No sé por qué has tenido la ocurrencia
de presentármela.
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La Sultana: [Para sí] [Me ocurre que tengo ganas de abofetear a esa lagarta] Estoy
completamente exhausta, Pérez. Vámonos. (Dirigiéndose a los
miembros de la Asociación “El Murciélago”) Me retiro caballeros, ha
sido una charla agradabilísima, pero el deber me reclama, Tengo que
discutir unos asuntos en privado con el secretario del Ayuntamiento.
La Sultana: Esta misma noche me conciertas una cita con ese caradura, con
ese sinvergüenza de Ledesma. ¡Destrozar una plaza que es el
último conjunto histórico que queda de finales de siglo!
La Sultana: ¡Del que sea! Hemos dejado que nos obnubilen con esa falsa
visión del progreso y de los billetes. Pero con eso lo pienso
enredar: con los billetes. Ése es su punto flaco: los billetes, los
billetes... y la bragueta. Sí, Pérez, nos hemos olvidado
completamente de nuestra identidad, nuestras esencias...
La Sultana: Ya se le sacará provecho a esa inversión de una forma u otra. Hay que
volver a estudiar el asunto, ha salido a la luz información valiosísima que
no podemos pasar por alto. ¡Vamos! ¡Un conjunto histórico de
principios de siglo! No sé de qué le sirven a una los miembros de su
equipo si no se enteran de nada. Ya lo sabes Pérez: esta misma noche lo
quiero en el Ayuntamiento, quiero decir, en mi despacho privado. Hasta
luego, voy a coger ese taxi. (Sale por la derecha)
Pérez: Me parece que ésta lo quiere tener sujeto con los billetes y el otro tenerla
sujeta con la bragueta. ¿Y qué pasa con mi inversión? Como la cosa se
ponga fea me dedico al transfuguismo que es una profesión tan buena
como cualquier otra cuando no se tiene otra, y tienes que trabajar en esto
de la política. No pienso ser el tercero en discordia. Yo soy el tercero en
la lista, no pienso dejar que me conviertan en un vulgar proxeneta y
alcahuete. (Entra, se apoya en la barra y le hace una seña con la mano a
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Julián)
Rosa: Cada vez me siento más perdida en este enredo de opereta o de zarzuela
de alpargata. ¿Es que no hay un solo hombre decente en esta ciudad del
demonio, Damián?
Oscuro.
Escena X
(Salón de la casa solariega de doña Mercedes del Pilar de Alcántara “La Sultana”.
Lleva un salto de cama de tela roja de Damasco y calza chapines).
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¡Ya está aquí!
La Sultana: Pues depende querido, depende de qué cita se trate. Si es una cita de
trabajo, te aseguro que no es conveniente retrasarse.
La Sultana: ¡Tendrá valor! ¿Tú de qué quieres que sea? Si es de trabajo estás
despedido, y si no es de trabajo, estás perdido, porque te mato. ¿Cómo te
atreves a insultarme con otra mujer? ¿Te crees que soy una de tus
conquistas baratas? Todavía no me has conquistado del todo, querido, y
te recomiendo que lo hagas cuanto antes si no quieres que te hunda en la
miseria para siempre.
La Sultana: Si los tengo es porque puedo. [Como que te tengo agarrado de los
mismísimos] Tienes tú demasiados intereses que están en mis manos, y a
lo mejor de pronto por una razón u otra, pues dejan de interesarme.
Julián: Sabes muy bien que si tiro de la manta, nos vamos todos al carajo. Me
temo que tus intereses, son mis intereses.
La Sultana: Eso no es más que un farol, querido, sabes muy bien que soy yo la que
llevo las riendas del negocio. ¿Quién es esa mujer? Confiesa: ¿Es tu
amante?
La Sultana: ¡Qué diligente eres querido! No hace falta que te tomes tantas molestias,
ni que seas tan diligente; no eres ningún funcionario del ayuntamiento.
Julián: Por eso me las tomo, porque no soy funcionario. Es que soy un hombre
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muy desinteresado, Mercedes.
La Sultana: Yo solo te digo una cosa: como te vea con esa mujer otra vez, estás
acabado. De momento ya he congelado el proyecto del parking hasta que
se compruebe su “viabilidad”. Así como quien congela una merluza. Te
recuerdo que tengo la mayoría absoluta, querido, te tengo en mis manos
completamente. ¿Tú has visto con qué facilidad has medrado en tus
negocios? Pues a lo mejor, de pronto, no medras tanto. ¡No medras nada!
Julián: ¡Esto es intolerable! ¿Es que no puede un hombre ser galante con una
mujer si le apetece? Querida, ¿no ves que estoy practicando con otras
para poder complacerte mejor? La seducción es un arte y hay que
practicarlo mucho para convertirse en un maestro.
Julián: ¿A pulso? Eso suena como muy esforzado ¿Es que quieres que emplee la
violencia, Mercedes? Yo que pensaba colmarte de caricias y de besos. En
fin, me marcho, buscaré el consuelo del amor en otra parte.
Julián: Pero, querida ¿no ves que me encanta verte celosa? [Aparte] [A esta la
toreo yo como si fuera una vaca]
Julián: Descansa, querida, descansa esa cabeza, reclínate así sobre el diván.
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Julián: Ya será menos.
La Sultana: Tú haz la prueba, querido, haz la prueba. Igual que ahora estás de vacas
gordas, mañana puedes estar de vacas flacas o de vacas locas, es muy
difícil torear a una vaca, ya sea gorda, ya sea flaca, más difícil que a un
toro. Querido.
(Oscuro)
Escena. XI
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Damián: Pues no muy bien la verdad. Me cago en la mar...
Yamal: O con una mujer. Una mujer puede ser peor que una bomba. ¿Quieres
tirártela o casarte con ella?
Yamal: Mira esto puede servir para las dos cosas. (Le muestra una pequeña rosa
de cristal) Es la Rosa de Damasco: La del amor verdadero. A las mujeres
les gustan esas cosas.
Oscuro.
Escena. XII
(Plaza de las Carrozas. Se acerca don Jaime a casa de Rosa, que está sentada fumando
de su pipa, y llama)
Rosa: [Aparte] [¿Su querida señorita?] Buenos días, buen hombre, buenos días.
¿Qué desea usted?
Don Jaime: Perdóneme si le resulto importuno, pero hace tiempo que quería hacerle
una visita de cumplido por la memoria de su pobre abuelo, que en paz
descanse, un hombre al que tuve el inmenso honor de tratar durante un
corto espacio de tiempo. ¿Me permite que pase?
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Rosa: Por supuesto. Pase, pase, discúlpeme, don...
Don Jaime: Don Jaime, para servirla en lo que se presente, mi estimada vecina.
Rosa: Discúlpeme don Jaime, pero estoy un poco aturdida por una serie de
imprevistos que me han surgido a última hora. Don Jaime, don Jaime...
¡Pues claro, pero si yo lo conozco a usted mucho de oídas!
Rosa: Naturalmente. ¿No ve que aquí somos todas un atajo de cotillas del
demonio? Pase, pase, don Jaime. Le confieso que sentía un vivo interés
por conocerle en persona.
Rosa: Por lo que me decían, siempre he pensado que era usted un hombre muy
conservador en el fondo y en la forma, don Jaime, pero eso es lo bueno,
que al menos conserva lo malo y lo bueno del pasado, es decir, las formas
y no como esos supuestos conservadores que sólo conservan lo malo del
pasado, es decir: el fondo. Los progresistas conservamos lo bueno del
pasado y los conservadores lo malo. Quiero decir los auténticos
progresistas.
Rosa: ¿Pues quiénes van a ser? ¿Quiénes van a ser, don Jaime? ¡Ay! Lo siento,
he perdido el hilo de la palabra, no sé qué iba a decir. Son estos hijos
míos que me llevan de cabeza, don Jaime.
Rosa: ¡Ay! Sí. Son trillizos, don Jaime, son trillizos. Vinieron los tres de golpe.
Me dejó embarazada su padre por partida triple. Yo creo que lo hizo
aposta.
Don Jaime: Pero mi querida amiga, eso no puede hacerse así premeditadamente.
Rosa: Ya sabía él muy bien que la única forma de retenerme era cargarme de
hijos cuánto antes y la verdad es que no pudo ir más deprisa. Todo lo
hacía deprisa y corriendo ese hombre. Tardó menos de un año en
destrozar nuestro matrimonio y en desengañarme. Ojalá hubiera tardado
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un poco más en desengañarme.
Rosa: Pues de los hombres, don Jaime, de los hombres ¿De qué va a ser? Era un
redomado fascista, don Jaime y lo peor de todo es que no tenía la más
ligera idea de que lo era. Pero yo creo que todos los hombres son
demasiado fascistas. Bueno, y las mujeres no digamos.
Rosa: Tan recto, tan cumplido, tan caballeroso... Le confieso que siento gran
debilidad por los hombres caballerosos. Lastima que sean todos tan
viejos... y disculpe si le he ofendido.
Don Jaime: ¡Hija mía! Yo soy un viejo y no me avergüenzo de serlo; en todo caso de
otras cosas.
Don Jaime: De haber perdido la vida con demasiadas ceremonias, Rosita. Mi vida no
ha sido más que eso: Una larga ceremonia, una larga letanía de cortesías
y descortesías. ¿Y para qué? En esta ciudad se han perdido totalmente
las formas, nadie ha seguido nuestro ejemplo, Rosita.
Rosa: ¡No se rinda usted nunca, nunca, don Jaime! Aunque no tenga otro apoyo
y otro sostén que su viejo bastón de ébano. Es que es usted algo así
como la flor de la caballerosidad andante.
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Don Jaime: Bien puede decir lo de andante, porque voy andando a todos sitios. La
culpa la tienen esos autobuses públicos desvencijados que siempre llegan
con adelanto o con retraso. Sólo funciona lo privado, Rosita. Nunca
funciona lo público. “La res publica”
Don Jaime: Tristes tiempos los nuestros, Rosita, quiero decir los míos o los suyos.
En fin, no sé muy bien de quién son los tiempos. La cortesía es la ciencia
de las ciencias, doña Rosa, la cortesía y la gentileza y la consideración
por el prójimo ¿no le parece?
Rosa: Porque al principio me pareció que tenía mucho porte, pero era todo
apariencia. Me dejé deslumbrar por el porte. Era prácticamente una
niña. Luego me volví un poco hippie y le di prioridad a otras cosas; me
arrojé de cabeza al mundo de las drogas y del esoterismo: El alma, don
Jaime, hay que bucear en el alma de las cosas. ¡Ay! No sé lo que me digo
(se muestra visiblemente bajo los efectos de la marihuana).
Don Jaime: ¡Qué bonita pipa tiene usted! ¡Es una maravilla!
Don Jaime: ¿Bob Marley? No conozco a ese caballero. Aunque su nombre me suena.
Rosa: Un profeta de la nueva era, don Jaime. La nueva era que no viene nunca.
No sé cuántos años llevan ya prediciéndola.
Don Jaime: La verdad es que prefiero no verla. Le confieso, doña Rosa que yo, por
mi parte, sentía ciertos escrúpulos en conocerla. Yo creo que lo que la ha
perjudicado entre el vecindario es el hecho de que abandonara a sus hijos.
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Rosa: Sí, el amor a la verdad, la desenvoltura y el donaire. Las tres cosas y
además por ese orden. ¿Quiere otra copita?
Rosa: Pues por una razón muy simple. Mejor dicho por dos razones: Yo
abandoné el hogar con mis hijos, los metí a los tres en el coche y salí
huyendo con ellos de mi marido
Rosa: No podía soportarlo por más tiempo. No hace mucho de eso. Cuatro o
cinco años, pero no llegué muy lejos. Me detuvo la policía y encima se
me acusó de tenencia ilícita de drogas.
Rosa: Desde que luego que era falso. No era tenencia ilícita, sino lícita, don
Jaime. Yo tomo drogas como todo el mundo, don Jaime, o ¿qué se piensa
que le he servido en ese vaso?
Rosa: Le he servido alcohol, don Jaime. Una droga más bien depresiva que mi
marido tomaba a todas horas, por cierto, y que le costó la vida en mi
opinión. El caso es que, cuando nos detuvo la policía, yo llevaba un poco
de maría en el coche y eso fue suficiente para que me arrebataran la
custodia de mis hijos y se los entregasen a ese indecente machista con el
que tuve la desgracia de casarme en mi alocada juventud, don Jaime, pero
no quiero desenterrar ahora tristes memorias. ¿Más Jerez?
Don Jaime: No, gracias. En fin, ahora ya los tiene usted de nuevo a su cuidado.
Don Jaime: Precisamente han sido mis investigaciones las que me han hecho encallar
en este triste agujero. Mis infructuosas indagaciones me han atado a esta
tierra mientras todo se desmoronaba en torno mío, Rosa.
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Rosa: ¿Y qué investigaciones son esas don Jaime?
Don Jaime: Un lugar sagrado de contrición donde el último rey godo de nuestra
historia reclinó la frente y rezó una plegaria tras ser derrotado por las
huestes árabes y antes de enterrarse en vida en un sepulcro como
expiación por sus culpas.
Don Jaime: Así es: en un lúgubre sepulcro con la única compañía de una serpiente.
Yo estoy convencido de que bajo esta ciudad, en alguna catacumba, se
encuentra el sepulcro del último rey Godo, Rosa.
Rosa: ¿Chindasvinto?
Don Jaime: Así es. Estaban las huestes de Chindasvinto… Pero antes de nada… ¿Le
importaría que utilizara un momento el servicio?
Rosa: ¿Ah no? Pues ya es hora de que me hagas algún cumplido, Damián. A mí
o a cualquier otra. Pero veo que llevas contigo el clarinete. ¿No pensarás
darme una serenata?
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Damián: No, no. ¡Qué va! Ni de coña.
Damián: Es la Rosa de Damasco: la del amor verdadero, o por lo menos eso dice
el letrerito que lleva en la base.
Damián: Es un decir. Me voy de aquí para no verte, Rosa, o mejor dicho para no
ver con quién te ves, que ya sé que no es asunto mío, pero por eso me
marcho porque no es asunto mío y no hay que meter las narices donde a
uno no le importa ¿no te parece?
Damián: Yo sólo te digo una cosa, Rosa, como le des cancha a ese hombre, estás
perdida, te digo yo que te la juega.
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Damián: Lo sabes perfectamente. Es un payaso. No te merece. Un mamarracho
que piensa con la bragueta y se ha hecho millonario. ¡Es increíble! Para
hacerse millonario, basta con pensar con la bragueta. Debe de ser algo
así como el asiento o la sede de la inteligencia. Tú sabrás lo que haces.
Yo me marcho para siempre de esta ciudad de mierda, llenas de mierdas
como yo. Adiós. (Sale)
Rosa: ¿Pero por qué está usted tan agitada? ¿Viene a traerme a la virgen?
Consuelo: Y malas noticias, vecina, malas noticias. ¡Ay! No puedo más, no puedo.
(Entra don Jaime en escena y se sienta intrigado) Tome, tome récele usted
un poquito a ver si entre unas y otras...
Consuelo: Pues no sé si tomarme una garrafa, Rosa. ¡Nos expropian, Rosa, nos
expropian!
Consuelo: Muchas gracias. Sí, vecina, nos expropian la casa; nos echan de la plaza.
Consuelo: Lo que oye, don Jaime. ¡Ay de mí! ¿Dónde irán ahora a parar mis tristes
huesos?
Rosa: Eso no es más que un bulo que corre por ahí, Consuelo.
Consuelo: ¿Es que no han recibido la carta del ayuntamiento? Miren, miren bien
entra la correspondencia de hoy y verán como no miento. Van a
arramblar con toda la plaza, Rosa. Resulta que estamos en medio.
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Consuelo: Pues del que van a construir para los coches.
Don Jaime: Es el progreso que lo arrastra todo a su paso, Rosa. Me temo que somos
un estorbo para el progreso de la ciencia.
Rosa: ¿Progreso? ¿Qué progreso ni qué narices? Lo más progresista que hay en
esta ciudad soy yo. Conmigo no arramblan aunque lancen contra mí
todas las huestes de Chindasvinto. No será para tanto la cosa.
Repónganse usted del susto vecina. ¿Quiere un poco más de vino?
Consuelo: ¿Chindasvinto?
Rosa: Un descubrimiento fantástico que está a punto de hacer ¿no es eso? Una
especie de sarcófago.
Consuelo: No creo que esté para contar historias, porque a usted también lo
desalojan. [Para sí] [Claro que éste tendrá una buena paga]. Esto es muy
serio, Rosa, que te digo yo que te desalojan; te pagan cuatro perras y te
desalojan.
Rosa: ¡¿Cómo?!
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tirarme la casa. ¿Cómo pude estar tan ciega y ser tan tonta? ¡Ah, pero
conmigo has dado en piedra, querido! Lo pienso hacer morder el polvo.
Se le va a atragantar la cena esta noche. ¡Como que me llamo Rosa!].
(Dirigiéndose a don Jaime) Pero ¿qué nos estaba usted contando acerca
de Chindasvinto, don Jaime? Cuente, cuente...
(Oscuro)
Escena XIII
Remedios: Me he tirado todo el día hecha un mueble sin poder levantar la cabeza.
¡Yo no sé para donde voy a tirar, hija mía!
Remedios: ¡Ay, Virgen Santa! ¡Qué desgracia! A lo mejor haciendo fuerza entre
unos y otros… ¿Y la lagarta ésta cómo se lo habrá tomado?
Milagros: ¡Y yo qué sé! Mírala: Ahí la tienes tan pancha. ¡Y con otro
hombre! Vamos qué…
Remedios: ¡Ay, qué cruz, Virgen Santa! ¡Qué cruz! Hasta luego, Milagros.
Rosa: Ha sido una velada maravillosa, Julián; gracias por acompañarme hasta
mi casa.
Rosa: ¿A qué?
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Julián: A cualquier cosa.
Rosa. Te voy a hablar francamente, Julián: Hace unos días sí que me apetecía
tener un romance, estaba a punto ya de caer rendida entre tus brazos.
Rosa: Sí, lo confieso. Pero ahora tengo otras cosas mucho más importantes en
la cabeza; problemas que me quiere crear el ayuntamiento, que es para lo
único que sirve. Quieren tirar esta casa que levantó mi abuelo y que
tiene ya ciento y un años. ¿Qué te parece?
Julián: Me parece que eso carece de la menor importancia ¿Quieres una casa,
Rosa?
Julián: Yo es que estoy chapado a la antigua, Rosa. ¿Me dejas que pase o no me
dejas que pase?
Rosa: [Aparte] [Voy a dejarlo que pase para poder echarlo de la casa al muy
granuja]
Rosa: Que pases, que pases un momento. Entra, entra... ¿Has visto bien la
casa? Pues mírala bien porque es la última vez que vas a verla por dentro,
y no porque vaya a tirarla una empresa de facinerosos. Tu empresa, ¿no
es cierto Julián? ¡Qué trabajo más odioso querido: tirar las casas abajo!
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Rosa: ¿Otras casas u otras cosas?
Julián: Unas me gustan más que otras. Tienes tú muchos humos esta noche.
Rosa: La levantó un hombre de los que ya no quedan, querido. Por eso quiero
conservarla porque ya no quedan hombres que levanten una casa. O las
tiran o les van poniendo parches y más parches y más parches.
Julián: ¿Vas a declararme la guerra, Rosa? ¡Ah! Claro. Se me olvidaba que eres
una idealista y te gustan las causas imposibles.
Rosa: Imposible no hay nada en esta vida, querido: Una causa puede ser más
imposible o menos, depende dónde te encuentres. En esta ciudad es
bastante imposible cualquier causa me parece, pero no lo suficiente para
mí.
Julián: Ni para mí. Basta ya de palabras, ya te has lucido bastante. (La abraza).
Rosa: ¡Suéltame!
Rosa: ¡No te atrevas a tocarme! ¿Quieres que grite pidiendo auxilio? En esta
plaza no hay más que cuatro viejos, pero me bastan y sobran para
empapelarte por villano.
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Julián: ¡Ja! Tranquila, tranquila... No hace falta que te sulfures. ¿Empapelarme
dices? Yo ya estoy empapelado. ¿Y qué? En este país se compra todo
Rosa, se compran hasta los jueces. Si no se compra a uno, se compra a
otro. Hay muchos donde elegir.
Rosa: Igual te toca alguno que no se vende, Julián. En esas cosas pasa como
con los décimos que a lo mejor te toca o no te toca.
Julián: Tú ya tienes experiencia con ellos, con las causas con los jueces, digo.
Rosa: Algo. Hace tiempo me vi las caras con uno. Pero eran otros tiempos,
ahora me han dicho que hay un poco más de democracia en este país. No
mucha, pero la suficiente como para enfrentarme a un fascista como tú.
Julián: ¿Qué pasa Rosa? ¿No te gustan los fascistas? ¿Prefieres a los
comunistas?
Rosa: Pues la verdad que ni una cosa ni la otra. Me gustan los hombres que
defienden a los débiles y se enfrentan a los fuertes y no al revés como tú.
Julián: Eso no son más que palabras huecas y lo sabes. Me voy, me voy de esta
santa casa que tiene tantos años. ¿Cuántos años me has dicho? ¿Ciento y
uno? Se le nota. ¿Y tú cuántos años tienes?
Rosa: Los mismos, más o menos, que llevas tú viendo pasar la vida sin
atreverte a conocerla.
Rosa: Yo soy simplemente eso, querido: ¡La vida! ¡La vida que no llamará a tu
puerta en la vida!
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tener chismes para rato.
Telón.
II Acto
Escena I
La Sultana: ¡Ay! Estoy completamente piripi, Pérez. Ese maldito homenaje en las
bodegas Cuerno de Toro...
La Sultana: Pero, Pérez... Es que me estaban mareando ya con tanta indirecta, tanto
soborno encubierto, tanto rondarme como si fuera la abeja reina... Yo me
tomaba las copitas como quién no quiere la cosa, y ahora estoy
completamente “ubbriaca”, menos mal que tengo el velo, para
protegerme un poco...
La Sultana: ¡Ay! Pues del acoso de los hombres, querido; es la seducción del poder,
Pérez, no puedo evitarlo. ¡Ay! Estoy completamente seducida por el
poder que ejerzo sobre los hombres...
64
Pérez: Eso fue hace dos meses, doña Mercedes, no se encane.
La Sultana: Pues la de los años que cumple en el poder nuestro partido. Porque si el
partido cumple años, yo también los cumplo y de eso nada, querido. ¿Has
avisado a al señor Ledesma y al ingeniero, Pérez?
Pérez: Sí. Están allí fuera, contemporizando un poco con la oposición, doña
Mercedes.
Rosa: Le agradezco tantísimo que haya sido tan amable de acompañarme, don
Jaime, no puede salir una a tomar un café con un hombre sin que te
corteje, es agotador.
Don Jaime: No se lamente de las atenciones que le dedican los hombres, Rosa.
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Rosa: Pues de algo tengo que lamentarme ¿no le parece?
Don Jaime: La verdad es que admiro tu temple, hija mía, dentro de poco nos
desahucian y no parece que te afecte en absoluto.
Rosa: Hay que plantarles cara, don Jaime. Hay que plantarle cara al poder. No
hay que ceder ni un ápice ante su acoso. Es que son unos brutos, los
hombres son unos brutos. Quieren arramblar con una y demolerla como
si fuera una casa. Ya no quedan hombres como usted tan mirados y
corteses. [Aparte] [Aunque la verdad es que no sé si lo lamento, pero en
fin...]
Don Jaime: ¡Es admirable! ¿Pero cómo piensas plantarle cara, hija mía?
Rosa: Pues de una forma u otra, o mejor dicho de todas las formas posibles. Yo
de momento ya he puesto mi denuncia.
Don Jaime: ¡Ay! Yo ya estoy haciendo las maletas como quien dice. No sé qué voy a
hacer con todas mis pertenencias. He ido acumulando recuerdos y más
recuerdos y ahora voy a tener que arrojarlos a la basura, o abrir un bazar:
El bazar de los recuerdos, no es mal nombre, ¿no te parece?
Rosa: Los recuerdos no se venden, don Jaime, en todo caso se comparten. ¡Ay!
Pero esa que estaba sentada junto a la celosía... ¿no era la alcaldesa?
Rosa: Siéntese, siéntese, don Jaime. ¡Ay! ¡Qué triste suerte la nuestra don
Jaime! Vernos así en la calle por culpa del capricho de un hombre sucio y
cochino, por culpa de ese villano de Julián Ledesma
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La Sultana: ¿Pero, qué oigo? (La Sultana se cubre la cara con el velo y acerca el oído
a la celosía)
La Sultana: (Retira el velo de su cara) [No es posible. No puedo dar crédito a lo que
oigo]. (Vuelve a cubrirse y a poner la oreja junto a la celosía).
Don Jaime: No puede ser. No puedo creer semejante cosa, hija mía.
Rosa: Como lo oye. Asegura que está que bebe los vientos por él, y que se
arrastra a sus pies como si fuera una mujer de la calle, don Jaime.
Don Jaime: No puedo creer que una mujer de su clase... ¡Qué vergüenza hija mía!
Rosa: Lo tenía todo planeado desde hace mucho, el muy canalla, don Jaime.
Lo del parking no es más que una excusa. Estoy segura. Lo que él
pretende es que me quede en la calle a su merced. Quiere verme desnuda
e impotente al alcance de sus garras. Me asusta quedarme sola en casa.
Hace unos días llegó y estuvo a punto de forzarme. Afortunadamente, en
ese instante, llegó mi hijo y se contuvo. En el fondo es un cobarde, pero
me ve sola, indefensa, sin amigos y no deja de importunarme. Al final
tendré que ceder y convertirme en su amante.
La Sultana: [Para sí] [Eso no lo verán tus ojos, mientras a mí me quede una gota de
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sangre]
La Sultana: [Para sí] [El muy ladrón... Debe de ser el picadero donde se lleva a sus
conquistas].
Rosa: Al principio me entró con muy buenas palabras, con muy buenas formas,
don Jaime.
Don Jaime: Sí. Ya conozco el paño, hija mía. Tiene una fama terrible de don Juan
ese hombre.
Rosa: Y tonta de mí, le presté oídos. Escuchaba confiada sus requiebros y sus
lisonjas como si todo fuera un simple juego inocente. ¡Qué incauta fui!
Poco a poco pasó de las lisonjas a la extorsión y al chantaje y a las
amenazas. Quiere convertirme en su esclava, don Jaime,
Rosa: Cada día estoy más desesperada, cuando se me acerca me siento como si
estuviera desnuda y maniatada frente a una bestia en celo.
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Rosa: Esta completamente fuera de sí. Cualquier día me viola, don Jaime.
Don Jaime: Calma, hija mía, calma. Confía en la justicia, déjala seguir su curso.
Don Jaime: ¿No has pensado en recurrir a una ONG? Hay muchas para mujeres
maltratadas...
Rosa: Sí, pero así nadie se entera de que la maltratan a una. Prefiero la tele o
eso o ceder, don Jaime. ¿Nos vamos?
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Julián: Perdone, nuestro retraso. Estábamos confraternizando un poco con sus
rivales, es para darle un poco de celos al poder. ¿No es cierto Pérez?
La Sultana: ¡Ja! Este Julián siempre tan pícaro. Me parece que confraternizas
demasiado con mis rivales querido. [Aparte] [Es decir con las mujeres]
Ten cuidado no sea que te conviertas en uno de ellas, quiero decir, de
ellos. [Aparte] [Porque te voy a colgar de ellos, querido]
Pérez: La veo un poco inconexa señora alcaldesa. ¿Le pido otro cafetito?
La Sultana: ¡De manzana verde! Es terrible, Julián: las mujeres como yo, de mi
alcurnia, de mi rango; que asumen una responsabilidad y un cargo como
el mío debemos mantenernos siempre vigilantes, alertas. No podemos
confiar en ningún hombre, en ninguno. ¡Ay! Sí, Pérez. He sido muy
blanda, he sido muy ingenua, me he dejado llevar demasiado por mi
dulce corazón de mujer. Pero ya se ha acabado el chollo, querido, voy a
mirar con lupa, Pérez, con lupa la honestidad de mi equipo, la honestidad
y los bolsillos de la chaqueta de los cambia chaquetas. [Para sí] [La
chaqueta y la bragueta] ¿Dónde está esa copa, Pérez?
Pérez: Aquí la tiene, señora alcaldesa. [Aparte] [Me parece a mí que a ésta no se
le ha pasado aún la cogorcia]
(Se acercan al grupo dos miembros de la Asociación del Murciélago, disfrazados en esta
ocasión de visires, y el ingeniero)
Julián: Muy buenas. (A la sultana) La verdad es que no entiendo muy bien sus
palabras, doña Mercedes. Sabe muy bien la señora alcaldesa que su
partido tiene mi lealtad incondicional y a toda prueba.
La Sultana: ¿De veras? Pues mira voy a ponerla a prueba. Han llegado a mis oídos
ciertos rumores y estoy completamente escandalizada, señores.
La Sultana: Yo tonta de mí, no sabía nada, don Jorge. ¡Ay! Sí, el poder a veces la
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aísla a una, le impide oír la voz del pueblo llano, de los votantes, de los
dignos ciudadanos a los que dedico todos mis desvelos menos uno.
La Sultana: ¿Vamos dejar así a cuatro pobres viejos y a una pobre viuda con hijos
víctima del acoso de un desalmado en la calle?... ¡Es intolerable! Una tal
Rosa Buendía. (A Julián) ¿La conoces no es cierto, querido?
La Sultana: [Para sí] [Pero a mí no me conoces, querido] Sí, amigos míos. Siento la
voz del pasado, me siento imbuida de amor cívico por mis
conciudadanos. Tenemos que dar ejemplo, Pérez, mantener los valores
sagrados de la familia, de la honestidad y la dignidad de nosotras pobres
mujeres víctimas del acoso de algunos sátiros [Aparte] (Dirigiéndose a
los dos miembros de la asociación El Murciélago) No hacemos nada por
luchar contra el acoso y el maltrato de las mujeres, caballeros. ¡Es
vergonzoso! Pero eso va a cambiar: como que pienso meter este asunto
de faldas en el programa
La Sultana: Quiero decir, don Jorge, que este asunto debe de aparecer en el programa
electoral del partido. Hay que erradicar de raíz este mal, esta lacra. Es
una afrenta, Ledesma, una auténtica afrenta. [Aparte] [Que te va a costar
muy cara] Así que borrón y cuenta nueva.
Julián: ¿Y a qué viene ahora esta arenga, doña Mercedes? Le recuerdo que no
estamos en campaña.
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La Sultana: Precisamente, amigo mío. Hay que cancelar ese proyecto de inmediato.
La Sultana: ¿Pero vosotros creéis que voy a poner en la calle a una mujer víctima del
acoso sexual de un hombre? De tu acoso, al parecer, Julián.
La Sultana: Es posible. Pero este asunto tiene que aclararse antes que nada. No
puede haber ni una sombra de duda sobre nuestra reputación intachable.
Vamos, Pérez, va a comenzar la cabalgata inaugural de las fiestas de
moros y cristianos y tenemos que ocupar nuestro puesto en el palco de
autoridades. ¡El más alto!
La Sultana: Ya se encontrará otra ubicación más apropiada para esa chapuza ¡Ay! ¡La
culpa la tienes mis asesores que son unos ineptos! Estoy harta, estoy
rodeada de energúmenos. Una quiere favorecer el talento de los hijos de
la villa, pero si los hijos de la villa no tienen talento, pues no tienen
talento, habrá que importarlos.
La Sultana: Pues con los nobles, querido, con los nobles. Con las partes nobles o con
las partes pudendas. Con ambas partes, querido. ¡Ay! Sí. Después de
todo me parece que voy a reconsiderar el asunto de las carrozas. Sí, eso
es: Un servicio de calesas. Esta ciudad necesita un parque de calesas.
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Siento la voz del pasado, caballeros. Hay que devolverle a esta villa el
esplendor de los viejos tiempos. ¡Ay! ¡Qué tiempos aquellos en que las
damas paseaban en calesa! ¿Me acompaña don Jorge?
La Sultana. Sí, don Jorge. Me siento inspirada esta tarde, pienso escribir un bando
que va a ser una verdadera declaración de principios. Una cruzada que
pienso emprender contra los obsesos. Adiós, señor Ledesma.
Pérez: Mira, Julián. No pienso tomar partido por uno, ni por otro; me importa el
parking un carajo. A mí, mientras no me quiten el escaño… Y te
recomiendo una cosa: No metas tus partes pudendas en la olla, Julián. O
al menos, si lo haces, mételas en la tuya, pero no en la de los otros. ¡Y
adiós!
Julián: Sí. Ve a refugiarte bajo sus faldas. Me parece que va siendo hora de que
me meta en política y funde mi propio partido. Después de todo... ¿Para
que sirve si no la democracia? Pues para entrar en las listas de cabeza. El
cabeza de lista. ¿Es que no tengo cojones, es que no tengo carisma? ¡Ja!
Cojones y carisma. Ese va ser el lema del partido: Cojones,
desvergüenza y carisma. Esa es la clave del éxito en la política. Lo
único que necesito son las siglas. Ya me están mosqueando demasiado
estas brujas, ya me he cansado de sus remilgos y sus caprichos.
¡Malditas mujeres! Sírveme un coñac, Pascual.
Julián: ¡Ah! Son las mujeres, las mujeres que me llevan de cabeza. Si las
acosas, se quejan, y si no las acosas también se quejan. Ahora que a mí
no me gobiernan, ni con mayoría absoluta. ¡Pues faltaría más! ¡Me cago
en la leche! Ponme un coñac, ponme un coñac, y luego me voy a la
cabalgata. ¡Qué lástima que no pase por la puerta de la casa de esa Rosa,
porque soy capaz de entrar con el caballo hasta su alcoba, follármela y
cargarla a la grupa como si fuera un fardo! ¡Ah! No sé qué me pasa, me
siento un nuevo hombre. ¿Será esta indumentaria? ¿Será esta cimitarra,
este alfaque? Me hierve la sangre, estoy que echo chispas, lleno de furia
y de rabia. Es la furia española, Pascual, la furia española. Siento en mí
el espíritu de mi estirpe, de mi raza de colosos, de gigantes nacidos para
levantar un imperio sobre las ruinas de otro.
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Julián: ¡De la que sea, joder! No me calientes la sangre. ¿O es que te crees que
no sé que tu abuelo era un rojo al que cazaron en el monte como si fuera
un conejo?
Pascual: Más le vale no sacar los muertos a colación, don Julián, porque si usted
tiene un alfaque o una cimitarra, yo tengo a mano el cuchillo para cortar
los jamones o degollar a los cerdos.
Pascual: Yo sólo le digo una cosa, don Julián: que soplan nuevos vientos, soplan
nuevos vientos y le conviene no abrir demasiado la boca hasta saber en
qué dirección sopla el viento.
Oscuro.
Escena II
Rosa: ¡Ay! Me siento sola, desvalida, indefensa... Y ¿esto? (Se detiene ante un
cartel, pegado en la pared) Una agrupación de mujeres afganas viaja por
el país para denunciar la opresión que padecen a causa del integrismo
religioso... ¡Pero si van a dar una conferencia en Valencia! Aquí al lado,
como quien dice ¿Sabe don Jaime? Me parece que voy a llamarlas para
que den una conferencia después de la concentración que hemos
organizado para el sábado.
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Don Jaime: ¿Qué concentración es esa, Rosita?
Rosa: ¿Pues para qué va a ser? Para incordiar, don Jaime, para incordiar a la
vaca de la alcaldesa y al zascandil de Julián Ledesma. Nos viene como
anillo al dedo ahora que ya tenemos preparada la manifestación contra el
maltrato. Va a ser la guinda del pastel. ¡Que vengan! Sí, que vengan.
Pienso ponerme el burka para protestar por el maltrato franquista y
machista y el acoso que padecen las mujeres en esta ciudad, don Jaime.
Pienso convocar a toda la prensa. Tan sólo hay que proporcionarles un
pequeño escándalo y apelar a la conciencia que no tienen. Una noticia
que venda, don Jaime.
Don Jaime: No me parece muy oportuno, Rosa, con las fiestas de moros y cristianos,
de por medio y los fuegos artificiales y todo eso. Sólo nos faltaban las
mujeres afganas. Eso es muy serio, Rosa.
Rosa: ¿Y es que lo mío no es serio, don Jaime? Voy a llamarlas ahora mismo.
(Refiriéndose a sus tres vecinas que los espían al cruzar la plaza y
murmuran) Las brujas esas no paran de mirarnos, pues a estas las
embarco yo también, buenos días vecinas,
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Remedios: Nosotras no nos metemos en la vida de nadie, vecina.
Remedios: Es que los hombres son todos unos cerdos. Tenemos que ir a la
concentración esa, Remedios. No nos queda más remedio.
Yamal: ¿Te gustaría a ti que te tomaran todo el rato por rusa? Si los cristianos
pueden hacer de moros ¿por qué no podemos hacer los árabes de
cristianos?
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Rosa: Es perfecto, os presentáis unos cuantos amigos disfrazados de guardia
mora de Franco, con un cartel en la espalda que diga cualquier cosa... Yo
qué sé: No al racismo, no al machismo, no a los tejemanejes de la
alcaldesa. ¡Basta ya de cochambre!
Rosa: Pues que miren Entonces Yamal ¿Qué me dices? ¿Te prestas o no?
Rosa: Pues a hacerles la puñeta a todos esos caciques del demonio ¿No ves
que tienen la culpa de todo lo malo que te pasa? Por el disfraz no te
preocupes, ya conseguiré yo tres o cuatro. ¿Tú no querías participar en
las fiestas? Pues yo te consigo un uniforme de Guardia Mora y el sábado
te presentas en la Asociación.
Yamal: Yo ya estoy liquidándolo todo. ¿Qué consigo con hacer el payaso, ahora?
Rosa: No sé, me parece que es sirio. ¿Y eso qué más da, don Jaime?
Don Jaime: Ese no sabe lo que fue la guardia mora de Franco, Rosa. [Aparte]
[Conmigo que no cuente, por un lado los moros, por otros los cristianos,
por otro las afganas y encima la guardia mora de Franco, eso sin contar
con los petardos] Ten cuidado Rosa, ten cuidado que igual se arma una
traca de mil demonios.
Rosa: ¡Que se arme, don Jaime, que se arme! Usted no me conoce. Yo pongo
la ciudad patas arriba en cuatro días, si me lo propongo. Los cuatro días
que faltan para el sábado. Aunque tenga que desatar una guerra y salga
volando por los aires como las brujas. ¿Y estos pañuelos?
Don Jaime: Bueno, Rosa, yo me marcho. Estoy ya muy achacoso para emprender
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guerras de ninguna clase Que tengas mucha suerte con tu cruzada, hija
mía.
Rosa: Usted deshaga las maletas, deshagas las maletas que de aquí no se va
nadie. ¡Ay! ¡Espero que Dios me ayude con tanto mangante, con tanto
chorizo, con tanto chupóptero! (Examina los pañuelos mientras habla)
Ahora que conmigo no arramblan... Querer tirar esa casa que construyó
mi abuelo con el sudor de su frente... ¡Pero si es un monumento! La casa
es un monumento y yo... pues otro monumento.
Rosa: Pues no sé... Algo típico de tu país. Un cojín, una lámpara, pero
alfombras no. Es que parece que atraen el polvo, Yamal.
Oscuro.
Escena III
Una funcionaria: (Sentada junto a su mesa de trabajo pintándose las uñas) ¿Qué ha
pasado, doña Mercedes?
La Sultana: Pues que me he tropezado aquí mismo. Aquí junto al ayuntamiento con
una mesa pepitoria extrañísima. Al principio pensé que serían las chicas
de la cruz roja, luego que eran las chicas de la media luna roja, porque
había mujeres musulmanas tras la mesa, claro que como estamos en
fiestas, pues es un lío, la verdad. Tras la mesa había dos mujeres con el
burka y esa loca de Rosa Buendía soltando una arenga. Ha sido
terriblemente embarazoso y encima ha aparecido de pronto un grupo
como de titiriteros y de titiriteras con el ojo morado y cubiertos de vendas
haciendo el payaso, no sé si protestaban por el maltrato, por la guerra o
por las dos cosas. Nos acusan de pasividad a los poderes públicos.
Pérez, ¿qué es eso de la comitiva de mujeres afganas que viene el
sábado?
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La Sultana: Tú o quien sea.
Una funcionaria: Pero, señora alcaldesa... ¿No recuerda que firmó usted la
autorización para que dieran la conferencia?
Pérez: Pues porque está la ciudad llena de gente y de turistas. Bastante trabajo
tienen las fuerzas policiales con toda esa muchedumbre.
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quiero solidarizarme con nuestras camaradas afganas en la lucha,
quiero ponerme el burka en acto de protesta y guardar un minuto
de silencio por las víctimas de la incultura y la barbarie. Quiero
saber lo que sienten. Y pienso, amigas, que todos los gobernantes
deberían hacer lo mismo. Empezando por la alcaldesa como
representante de las fuerzas vivas de la región”.
La Funcionaria: La verdad que todo esto no me huele nada bien, señora alcaldesa.
La gente está muy sensibilizada porque hace poco que falleció
una vecina del ayuntamiento a manos de su marido.
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La Sultana: Sólo un par de días, como si fuera una especie de error burocrático.
Luego cuando se demuestre su inocencia, si es que se demuestra, siempre
podemos decir que lo injurió esa loca, y arrestarla a ella. [En un aparte, a
Pérez] [¿No podríamos contratar a algún mafioso que le diera una paliza
a la tal Rosa?]
La Sultana: Como cosa tuya claro, como si fuera un consejo de amigo. La orden de
alejamiento hay que ir dictarla cuánto antes.
Escena IV.
(Plaza de la morería. Entran en escena Rodrigo y sus amigos hinchas del Club
Penibético).
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Otro hincha: ¿Pero tú has visto ese penalti que ha pitado en el último minuto?
Un hincha: La patada en los cojones que teníamos que haberle dado entre todos, no
tenéis agallas, cabrones.
Un hincha: ¡Ja! Está perdido, voy a dejarle el mercedes que no lo van a querer ni
como chatarra.
Un hincha: Como son de la capital, tienes más pasta para comprar a los árbitros, los
muy cabrones.
Otro hincha. Mira, Rodrigo, hay que armarla, hay que armarla en algún sitio, a ese
árbitro lo han untado de mierda. ¿Lleváis los petardos?
Un hincha: Pues en el ayuntamiento, ¿no ves que toda la culpa la tiene esa guarra de
la alcaldesa? Claro, como es del mismo partido que su compadre de la
capi, nos ha vendido como a putas.
Rodrigo: Pues esta noche creo que suelta un discurso en la plaza del Ayuntamiento
Un hincha: Vamos a tirárselos a las piernas para quemarla como si fuera una bruja.
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Un hincha: Buena idea.
Otro hincha: ¿Y si nos disfrazamos de moros con barbas enormes? Así no nos
reconocen ni nuestros padres.
Escena V
Café de la Alfaguara. Julián Ledesma, con su traje de caudillo árabe empina el codo.
Julián: Ponme otra copa, Pascual. ¡Hombre, Pérez! ¿Qué te cuentas? Tienes
mala cara, ¿Es que te ha tirado de las orejas, la alcaldesa? Te las veo un
poco rojas.
Pérez: A ti, sin embargo, te veo muy ufano. No sabes la que te viene encima,
amigo.
Julián: ¿A mí?
Pérez: Sí, a ti. No deberías subestimar a una mujer como ésa, y menos si está
celosa.
Julián: ¿Tú crees? No entiendes de mujeres, Pérez. Hay que hacerlas rabiar un
poco de vez en cuando, que es lo que más les gusta. Y a mí, no te digo.
Otra copa, voy a celebrar que está de malas, y luego vas y se lo dices, así
con estas palabras: he visto a Julián Ledesma tomándose unas copas a la
salud de la alcaldesa en una casa de putas.
Julián: Calla, hombre, ¿no ves que estoy adornando un poco el relato para
hacerlo más interesante? ¡Ja! Me imagino la cara que pondría. Mira le
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vas a decir lo siguiente: “Señora alcaldesa, el señor Ledesma ha tenido la
osadía de citarme en una casa de citas y brindar conmigo a su salud
mientras sentaba en sus rodillas a una fulana, a ver cómo le cae.
Pérez: Las tornas se están volviendo en tu contra, Julián. Para empezar está lo
de la nueva jueza.
Pérez: Pues la que va a sustituir al viejo, que por cierto creo que es prima
segunda de doña Mercedes o algo de eso.
Pérez: [Aparte] [Pues espero que con ésta le vaya mejor que con las otras] Lo
cierto, Julián, es que la sultana se ha tomado muy a pecho, la denuncia
interpuesta por esa tal Rosa, quiere presionar para que se dicte orden de
alejamiento en contra tuya. Eso para empezar. Sí. Rosa Buendía, te
acuerdas de ella, ¿no es cierto? La misma que esta tarde celebra un acto
de solidaridad con las mujeres afganas en la asociación de vecinos de su
barrio. Piensa ponerse un burka en plan reivindicativo y soltar un
discursito. No me extrañaría que hiciera alusión a su caso. No es buen
momento para acosar y maltratar a las mujeres de la Puebla, Julián.
Pérez: El burka. Así que para empezar más te vale alejarte de ella.
Julián: Eso es lo que le gustaría a ella, que la acosase. Pues mira por donde, a lo
mejor le doy el gusto, para que se queje a gusto, vaya. Esto es
intolerable, ¿pero es que nos van a gobernar a los hombres de la Puebla,
un par de locas? Pues faltaría más [Aparte] [este como es un calzonazos,
come y calla]
Julián: Digo que van a cambiar las cosas en esta puebla, digo en este pueblo, y le
pienso dar un escarmiento a esa Rosa, que se le van a bajar los humos
para siempre. Otra copa, Pascual. Ya se me está calentando la sangre.
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Pérez: En fin, yo ya he cumplido avisándote, tú verás lo que haces. (Sale).
Julián: Anda, sí, vete a hacerle la pelota. Ya no quedan hombres como Dios
manda en esta Puebla, Pascual, claro que por eso ligo tanto. Así que una
nueva jueza... No me importa. Si la nueva jueza es su parienta, el
director de la televisión local es mi amigote. Si quieren guerra, van a
tener guerra. Y si no quieren, también. Voy a hacer una campaña
histórica, una campaña galante, pienso meterme en la casa de todos los
votantes y en la cama de todas las votantes. Y esa Rosa, que se vaya
preparando. Me debes un polvo, cielo, me debes un polvo. Y luego que
me acuse de lo que quiera. A ésta le va la marcha. Pero si en el fondo les
gusta que las maltraten a las muy putas. Ponme otra copa, Pascual.
Escena VI
La Sultana: ¿Y qué puedo decir? Sino que lamento en el alma este revés de la
suerte. Pero los habitantes de esta villa - pueblo noble y
esforzado como ninguno - sacará fuerzas de flaqueza y luchará
con más brío que nunca en esta sagrada cruzada por restablecer
nuestra honra.
Locutor: Se rumorea que ha habido tongo, que se han dejado influir por las
presiones de la capital de la comunidad.
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La Sultana: Eso no es más que una calumnia. Una innoble maniobra de la oposición
que quieren sacar ventaja política hasta las desgracias del pueblo. ¡Es
vergonzoso!
(La alcaldesa se acerca a la mesa donde se encuentra Rosa tomándose una copa de
vino).
Rosa: No puedo creer, señora alcaldesa, que haya tenido usted la gentileza de
querer ocupar mi puesto en este acto.
La Sultana: No deberías bromear con esas cosas, querida, ¿no has puesto una
denuncia por acoso? ¿No has sufrido la violencia de los hombres en tus
propias y delicadas carnes? No sabes cuánto te compadezco, querida,
que ande el nombre de una así, en solfa, porque te acosa, abusa de ti y te
maltrata un hombre. ¡Qué vergüenza! ¡Y encima que no sea cierto! ¿Por
qué imagínate que se demuestra que no es cierto, querida?
Rosa: ¡Ay, sí! Podría ser que pasase. Nosotras las mujeres nobles, decentes e
idealistas estamos ya, por desgracia, acostumbradas a que triunfe la
injusticia.
La Sultana: ¡Ay! La justicia no es de este mundo, querida. Desde luego lo del burka
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ha sido una idea excelente. Seguro que si te lo pusieras, dejarían de
acosarte. Deberías ponértelo, pero no durante un minuto, sino durante los
365 días del año.
Rosa: [Aparte] [Piensa como una vaca reaccionaria, que es lo que es]
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La Sultana: ¿Has dicho algo querida?
Rosa: Nada, doña Mercedes. Simplemente pensaba que debería usted cambiar
el curso de sus pensamientos si quiere dar un discurso acerca del
maltrato. ¡Cualquiera diría que piensa usted como un hombre! ¡Ah!
¡Cómo se nota que no ha sido víctima de su brutalidad, ni objeto de su
acoso! [Aparte] [Ya tendrían que estar locos]
La Sultana: Ahora mismo. Me voy a soltar un discurso para enardecer a las masas.
Te aconsejo que no te pierdas ni una coma. [Pues sí... a mí me va a dar
ésta lecciones de demagogia. Conmigo has dado en hueso, querida].
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Periodista 2: El vivo retrato de la mujer decente de la Puebla. Ahora se va a proceder
al acto simbólico de vestidura.
Periodista 2: ¡Impresionante!
Periodista 3: Se han ofendido por lo visto, y se han largado diciendo que esto era un
circo.
Periodista 3: Moras o cristianas. ¡Yo qué sé! Pero son de aquí, de las fiestas, joder.
(Aparece una pandilla de ultras. Sueltan un par de perros y empiezan a tirar petardos a
diestro y siniestro. Los escoltas de la Sultana se lanzan en su persecución. El público
asistente sale en estampida)
Julián: (Que entra en escena completamente ebrio y fuera de sí. Va vestido con
su traje de caudillo sarraceno pero con unas grandes barbas para
camuflarse): ¡Ja! Le han boicoteado el acto, esta es la mía. Ahí la tengo:
sola, abandonada, indefensa. Es el momento idóneo. Así te quería yo
ver, pedazo de guarra. (A la alcaldesa que enmudece presa de pánico, de
estupor y de rabia)
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La Sultana: Umm. Umm.
Julián: Te voy a dar lo que has estado buscando desde el principio, zorra (La
rodea con una cuerda. La carga en la calesa como si fuera un fardo y le da
un cachete en el trasero)
Julián: A ti te fuerzo yo, que es lo que siempre has querido y luego le cargo el
muerto a algún indeseable, y a la puta de la alcaldesa no pienso ni mirarla
hasta que no venga arrastrándose a suplicarme.
(Plaza de la Morería. Yamal reniega junto a su tienda. Damián está de copas con un par
de amigos a la puerta de la taberna. Brilla en el cielo la media luna).
Yamal: Mujer del demonio... Un poco más y me queman la barba. ¡No saco los
pies del plato, joder! No puedo poner el culo en ningún sitio. No sé qué
me pasa. Yo creo que me han hecho el mal del ojo. La culpa la tiene esta
alfombra que nadie quiere comprarme, tiene gafe ¡A la mierda con la
alfombra! Pero no, tengo que vendérsela a alguien como sea, para
librarme del gafe. Tengo que vendérsela a alguien aunque sea por cuatro
perras. Hombre, pero si ese es Damián, a ver si le endilgo la alfombra
de mierda. ¡Eh, amigo! ¿Qué haces por aquí? ¿Volviste al pueblo?
(Damián se vuelve se aleja un par de pasos del grupo y habla con Yamal. Los amigos
los miran y siguen conversando)
Damián: He venido a tocar con la banda por las fiestas. Pero mañana me marcho.
Yamal: ¿Adónde?
Damián: Pues al pueblo de al lado (Rezongando para sí) (No iba a dejar yo el
trabajo por una mujer, y menos ahora con los recortes, uno tiene su
orgullo pero no es tonto del culo).
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Damián: ¿A Alicante?
Yamal: Sí. Aquí, no me como uno rosco, amigo, voy de culo. No levanto cabeza
y encima, un poco más y me achicharran por culpa de esa Rosa del
demonio.
Uno de los amigos: Bueno, Damián. Vamos a entrar de una vez a remojarnos el
gaznate.
Damián: Ahora mismo voy. (Los amigos entran en la taberna) ¿De Rosa? ¿Qué
Rosa? ¿De Rosa Buendía?
Damián: ¿Y qué más da si me gusta o no me gusta? Estará por ahí tonteando con
ese capullo de Julián Ledesma.
Yamal: Lo que tienes que hacer es darle caña. Es que tú eres tonto, amigo, tú
eres tonto. Si te gusta, lo último que tienes que hacer es decírselo. Ponla
celosa. Tú ponla celosa. Llévale un regalito y de paso háblale de tus
conquistas.
Damián: En fin. Algo cae de vez en cuando. Como siempre que llego a un pueblo
están de fiesta...
Yamal: ¿Lo ves? Es que tú eres tonto, amigo, tú eres tonto. Ponla celosa, ponla
celosa y de paso le haces un regalito, esta alfombra, por ejemplo.
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Damián: ¿Cómo?
Yamal: Una alfombra persa, Rosa. No dirás que no te cuidan y agasajan. Venga
te la dejo en cien euros
Damián: Sí, ejem. No puedo alejarme tanto como quisiera. No puedo dejar el
trabajo
Damián: Ya lo intenté
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Rosa: ¿De veras? Mira si no te importa me voy a fumar un poquito de hachís.
Me han dicho que es paquistaní.
Rosa: Quiero dejarlo no creas, pero es que tengo una congoja ¡Ay! No se puede
confiar en ningún hombre, Damián, en ninguno. Te lo digo yo. En
ninguno.
Rosa: No. Son todos viles y miserables. (Le tapa la boca) No, no me hables.
No se te ocurra responderme. Ten al menos la decencia de aguantar un
pequeño rapapolvos, querido. ¿Qué menos que tener el pequeño detalle
de darme la buena nueva? Es imperdonable, Damián. Pero deja la
alfombra en el suelo querido, que pareces un vendedor ambulante. A ver,
a ver… La verdad es que es preciosa. Lo malo de las alfombras es el
polvo que atraen, querido.
Damián: Pues sí. Que pesa un huevo. Es que estoy un poco aturullado. Son las
fiestas
Damián: Este año llevamos las fiestas de tres pueblos. Estoy molido…
Rosa: Pero qué poca delicadeza, Damián… Hablarle a una mujer de tus
conquistas. Además, no me creo ni una sola palabra de lo que dices,
querido. No me vaciles. Toma fuma, fuma.
Rosa: ¡Anda, vamos querido no seas tonto! La verdad que es una alfombra
estupenda. Muy mullida ¿verdad? Y además parece auténtica.
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Rosa: ¡Venga! Toma: fuma un poco querido; y ten al menos la delicadeza de no
dejarme fumar sola.
Damián: No, Rosa, no. Bastante tengo ya con la cogorcia que llevo.
Damián: (Que fuma) En fin. Tú verás. Pero si pasa algo malo no respondo, Rosa.
Rosa: Pues no creo que vayas a violarme, Damián. Eso ya sería el colmo.
Fuma, fuma sin miedo. [Aparte] [Pues la verdad es que no está nada mal,
no sé como estuve tan ciega antes. Pero claro... Cómo voy tan ciega
siempre]. Pues mira, querido, lo celebro. Celebro que hayas dado un
cambio tan radical. Es que antes eras un poco apocado…
Damián: Cálmate, Rosa, no puedo creerlo, no puedo creer que te encuentres tan
abatida.
Rosa: No puedo más. Me doy por vencida, Damián. Fuma, fuma, querido,
Damián: No sé, estoy muy mareado, Rosa. Oye: ¿Esto se está moviendo? ¿O soy
yo el que se mueve? ¡Ay! ¡Que se levanta! Rosa ¡Qué se levanta! (Se
agarra a ella)
Rosa: Estás blanco como la pared, querido ¿Pero qué haces, Damián?
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Damián: Pues sujetarme. ¿Pero no ves cómo se levanta esta cosa?
(Se escuchan a lo lejos las trompetas beodas de alguna banda y cae el)
Telón
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