100% encontró este documento útil (1 voto)
1K vistas120 páginas

BIS.-1086 Ralph Barby (1968) Tumbas de Ambicion

Dan Ryan, un joven comisario de Tahoe City, es el objetivo de las solteras del pueblo y se enfrenta a la llegada del senador Johnatan Crow. Durante su día, Ryan se encuentra con un forastero que ha encargado un ataúd inusual, lo que despierta su curiosidad y preocupación. La situación se complica cuando se entera de que la joven que acaba de llegar es la hija del senador, lo que podría traerle problemas adicionales.

Cargado por

osmindiaz2
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
1K vistas120 páginas

BIS.-1086 Ralph Barby (1968) Tumbas de Ambicion

Dan Ryan, un joven comisario de Tahoe City, es el objetivo de las solteras del pueblo y se enfrenta a la llegada del senador Johnatan Crow. Durante su día, Ryan se encuentra con un forastero que ha encargado un ataúd inusual, lo que despierta su curiosidad y preocupación. La situación se complica cuando se entera de que la joven que acaba de llegar es la hija del senador, lo que podría traerle problemas adicionales.

Cargado por

osmindiaz2
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

4—

—5
6—
—7
La silueta alta y un tanto delgada de Dan Ryan se perfiló en la puerta
de la Comisary Office.
Tiró al suelo el resto del cigarrillo y lo aplastó con la punta de la bota,
una bota tejana de cuero negro labrado y por cuyo par Dan había pagado
cincuenta dólares en lugar de los diez que solían costar hechas a la me-
dida.
—Buenos días, comisario —saludaron dos mujeres que caminaban
con el cuello estirado y cogidas del brazo.
—Buenos días, señoritas Amely y Agnes —respondió él, amable,
pero distante.
Las dos mujeres casaderas pasaron lentamente ante el joven y
apuesto comisario que tenía la ciudad; desde hacía apenas un año.
Todas las solteras casaderas de Tahoe City se habían prepuesto cazar
al comisario Ryan, el soltero más atrayente en mil millas a la redonda.
Dan Ryan había sido un gun-men desde los diecisiete años. Había
aprendido a manejar el revólver con terrorífica precisión, y mucho ha-
bían lamentado subestimarlo. Sin embargo, en aquella vida nómada,
yendo de un poblado a otro y encontrándose con pleitos a cada instante,
Ryan no se sentía a gusto.
Tahoe City, después de ser librada de tres temibles forajidos, le había
confiado por unanimidad la placa de comisario. El la había aceptado con
la condición de llevarla durante dos años, al término de los cuales vería
si le convenía o no continuar llevándola sobre la camisa.
El día era luminoso, el calor apretaba de firme.
La tierra había dejado de agrietarse para convertirse en finísimo
polvo de greda que se introducía en todas partes. Era fácil reconocer al
que había cabalgado durante unas horas, pues sus cejas quedaban llenas
de polvo rojo-amarillento.

8—
Cuando se hallaba a mitad de la calzada, Dan Ryan escuchó muy
cerca el relincho de un caballo. Se volvió hacia la derecha y vio que un
cabriolé con capota azulada se le echaba encima.
Dan Ryan no retrocedió. Sólo miró brevemente a la mujer que con-
ducía el pequeño carruaje, una morena de unos veinticinco años y de
formas opulentas, resaltadas por su atuendo.
La mano del hombre se alzó rápida, asiendo el cabezal del noble
bruto que relinchó de nuevo elevando los cascos delanteros con evidente
peligro para Ryan.
En la calle todos quedaron quietos, observando interesados cómo
Dan detenía el caballo con habilidad y destreza. Un instante después aca-
riciaba la cabeza de la yegua.
—Gracias, comisario. Se había desbocado y por poco...
—Me matas, Susy —silabeó él con voz grave y rostro severo.
Ella sonrió beatíficamente.
—Vaya, eso sí que hubiera sido una tragedia... El hombre más hom-
bre y más atractivo en muchas millas a la redonda, siendo el principal
actor en sus propios funerales. Una auténtica tragedia...
Sin soltar el cabestro de la yegua azabache, acariciándole la cabeza,
Ryan preguntó:
—¿Por qué ese afán de llamar la atención?
—Porque yo no tengo la misma suerte de mi yegua.
—¿La suerte de tu yegua? —repitió desconcertado.
—Sí. La estás acariciando y, en cambio a mí... Bueno, Dan, si no tie-
nes compromiso no haces ningún mal acercándote a mí. Ser comisario
no equivale a ser casto.
—Susy, eres un encanto, pero la próxima vez que quieras atraer mi
atención, respeta mi integridad física. Te lo agradeceré.
Dio un golpe al flanco de la yegua y ésta comenzó a trotar, lleván-
dose a su dueña, que, lejos de enfadarse, se despidió de Ryan:
—¡Nos veremos en el saloon, comisario!

—9
Dan exhaló un suspiro, mezcla de sonrisa, y acabó de cruzar la calle.
La gente había dejado de curiosear. Susy era una más entre las que ase-
diaban a Dan Ryan, pero ella tenía una ventaja sobre las otras competi-
doras: no exigía un anillo de desposada.
Dan Ryan caminaba pensativo. El juez le había comunicado que,
dentro de pocos días, llegaría el senador Johnatan Crow por el Estado de
California.
Preparaba su reelección y efectuaría una votación preliminar en la
que el senador vería si se le daba el apoyo que precisaba para seguir ade-
lante.
Según las noticias y lo que le había contado el propio juez, el senador
Crow era un hombre muy popular y en otras poblaciones había obtenido
un apoyo unánime y total. Muchos opinaban que acabaría llegando a la
presidencia de la nación.
«Una ciudad tranquila como esta quizá no deje su trabajo para escu-
char el discurso de un político», se dijo mientras caminaba.
El ruido de unos martillazos al pasar ante la tienda de Stward Pom-
pas Fúnebres le obligó a volver la cabeza.
—Hola, comisario. Un día de calor, ¿eh?
Ryan se detuvo y habituó sus ojos a la claridad menor que reinaba
dentro del establecimiento funerario.
—Desde que llegué a este pueblo, jamás he pasado un día de frio
fuerte.
—Me parece que los que pasan menos calor son mis dientes.
Ryan asintió con la cabeza.
—Desde luego, no creo que a seis pies bajo tierra suba tanto la tem-
peratura. —Miró el féretro que Stward estaba construyendo y
comentó—: Parece que tienes trabajo. ¿Alguien piensa morirse en estos
días?
—Lo ignoro, pero hay un tipo que me ha encargado un ataúd y paga
bien.
Dan puso sus brazos en jarras y frunció el ceño, receloso.

10—
—¿Dices que alguien te ha encargado el ataúd? ¿Es un vecino?
—No, un forastero.
—¿Viene solo?
—Creo que sí.
—¿No querrá el ataúd para él mismo? —inquirió irónico.
—Supongo que no, pero como lo ha encargado y paga bien, tengo
que servirle. No suelen venir muchos tipos como él. Un ataúd de este
tipo vale mucho dinero y suerte que yo tenía el material para hacerlo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tiene de especial?
—Verá, no es necesario que este ataúd sea artístico, pero sí resistente,
preparado para un largo viaje. El interior ha de estar revestido de plomo.
—¿Para conservar al muerto en buen estado?
—Sí, no tiene que entrar aire. Un poco laborioso, pero da placer hacer
un trabajo bien y no ataúdes con tablas de pino barato.
—Oye Stward, ¿quién es ese forastero? Será bueno que le haga algu-
nas preguntas. Es muy extraño todo esto.
—Vamos, vamos, comisario, no vaya a hacerme perder un buen
cliente.
—Anda, Stward, descríbemelo. De lo contrario, si tengo que buscarlo
por mi cuenta, te dejo sin cliente.
—Será fácil encontrarlo. Es un tipo alto, muy fornido. Tiene la cara
oscura, no sé si de pecas o porque se ha tostado la piel en las montañas.
Su cabello es muy rubio y tienes andares de pistolero.
—Será fácil reconocerlo. ¿Las medidas del ataúd son suyas?
—Me temo que no, comisario. El ataúd es para un tipo más pequeño
que él.
—Por eso no hay que preocuparnos, Stward. Después de muertos
todos encogemos un poco.
Dan Ryan siguió adelante. Sus pasos le conducían al saloon aunque,
de seguir en línea recta, hubiera llegado a la recién inaugurada estación
de ferrocarril.

—11
Estaba a la altura del Tower Hotel cuando, por el final de la calle
apareció la diligencia en su habitual y aparatosa arribada.
Tahoe City tenía ferrocarril y servía de punto de enlace a otras po-
blaciones que llegaban a ella en la clásica diligencia que había tenido que
ceder terreno al ferrocarril.
Muchos eran los viajeros que la utilizaban para llegar a un lugar
como Tahoe y luego tomaban el tren, lo mismo para ir a Sacramento que
a Omaha, transbordando luego en el ferrocarril hasta Nueva York.
—¡¡¡Sooooo...!!! —gritó a pleno pulmón el mayoral de la diligencia.
El carruaje, levantando una gran polvareda, se detuvo justo frente al
comisario.
—Hola, Bob. ¿Cómo ha ido el viaje? —preguntó Ryan.
—Bien, comisario, muy bien. Le traigo la nueva maestra para Tahoe.
—Eso es bueno, Bob.
—¡Señorita Mary, ya hemos llegado! —gritó el mayoral mientras su
ayudante se preparaba para soltar las cuerdas que sujetaban los equipa-
jes en la baca.
El propio Ryan abrió la portezuela y una muchacha rubia, de gran-
des ojos azul claro, labios gordezuelos y nariz respingona, apareció
frente a él.
Su mirada resultaba altanera, pese a que su edad oscilaba entre los
dieciocho y veinte años.
Antes de que ella pudiera impedirlo, las manos del hombre se ten-
dieron aprisionándola por el talle estrecho. La izó en el aire apartándola
de la diligencia como si estuviera dispuesto a bajarla de la misma.
—Vaya si es hermosa la nueva maestrita... —dijo con sonrisa de su-
ficiencia.
—¡Suélteme! —gritó la fémina a punto de explotar de rabia, perca-
tándose de que era el eje de la atención de todos los curiosos.
—Maestrita, creo que no le conviene que la suelte en estos momentos
—siseó Ryan, sosteniéndola en alto.
—¡Suélteme, yo no soy la maestra!

12—
Ryan se sintió golpeado por una sombrilla. Volvió la cara y vio a una
mujer de aspecto agrio que le miraba casi con ferocidad.
—Está bien, está bien. Usted lo ha querido, preciosa.
Dan Ryan soltó la cintura femenina y la joven y hermosa rubia abrió
los ojos aterrada al sentir el contacto frío del agua en un lugar donde no
la hubiera deseado sentir jamás estando en público.
—¡¡Aaaaahü —gritó la vieja—. ¡Canalla, canalla, abusa de su autori-
dad!
Ryan tuvo que parar con el antebrazo los golpes de sombrilla dirigi-
dos a su cabeza.
—Ella me ha pedido que la soltara —respondió cínicamente.
La rubia se había quedado como petrificada sentada dentro del abre-
vadero repleto de agua mientras muchos de los curiosos contenían la risa
a duras penas y otros reían a mandíbula batiente.
—¡Esto lo pagará caro, comisario! —amenazó la muchacha con ojos
llameantes de odio, saliendo dificultosamente del agua. Estaba empa-
pada desde los pies a la cintura.
—¿Qué sucede? —preguntó la nueva voz de mujer apareciendo en
la portezuela de la diligencia.
—¿Otra? —exclamó Ryan al descubrirla.
—Es la señorita Mary —anunció el mayoral—. La nueva maestra de
la escuela.
Dan no pudo por menos que parpadear desconcertado al ver a la
sesentona señorita Mary. Luego, desvió la mirada y vio alejarse hacia el
interior del hotel a la joven rubia, humillada y avergonzada, mientras la
vieja que la acompañaba trataba de cubrirla con una larga capa.
—¿Y quién es ella? —preguntó Dan al mayoral.
—Me parece, comisario, que se ha buscado un lío —dijo, jocoso, el
mayoral atusándose sus bigotes largos y espesos, llenos de polvo, hacia
las comisuras de los labios.
—No te hagas el gracioso y dime quién es.

—13
—Jerry Crow, la hija del senador Johnatan Crow. ¿No te dice nada
eso?
Ryan puso gesto preocupado y se rascó la nuca por debajo del som-
brero.
—Vaya, parece que sí me he buscado complicaciones. Tendré que ir
a pedirle disculpas si no quiero morir ahorcado en medio de la calle
—comentó con falsa gravedad.
—Yo no le recomiendo que vaya a pedirle disculpas ahora, comisa-
rio. Si a la señorita Crow le cae un revólver cerca tenga por seguro que
las seis balas van a ir al interior de su estómago. No creo que las digiera
fácilmente, como tampoco va a digerir la humillación que ha sufrido.
—Sí, será mejor que espere a otro rato.
—¿Quién me ayuda a bajar? —preguntó por su parte la cueva maes-
tra.
—¡Bob, tú ya sabes cuál es tu trabajo con los viajeros! —indicó Ryan
señalando con el dedo a la maestra—. Ah, no vayas a dejarla caer dentro
del abrevadero. Sería una torpeza imperdonable.
El mayoral soltó una carcajada y saludó a la señorita Mary mientras
Dan seguía su camino hacia el saloon, anteriormente interrumpido.
En la cantina no había mucha gente. Era temprano aún.
—Buenos días, comisario —saludó el mozo del mostrador—. ¿Lo de
siempre?
—Sí, Charly, lo de siempre —asintió, acercándose a la larga barra.
Le fue fácil identificar al hombre que andaba buscando Se hallaba
solo ante una mesa frente a un vaso grande de cerveza a medio consumir
y con el periódico en la mano.
—¿Es usted forastero? —le preguntó colocándose a su lado.
El hombre apartó la mirada del periódico y le observó cínicamente.
—¿Se me nota?
—Sí, tiene una cara que no me agrada —repuso Dan, hundiendo los
pulgares por el interior del cinturón.

14—
—Vaya, en Tahoe City tienen un comisario con agallas —dijo, son-
riendo.
—¿Su nombre?
—Emil Hamilton. ¿Es un delito llamarse así?
—No, no es un delito, pero ando buscando algún motivo para pe-
dirle que abandone la ciudad.
—Vaya, comisario, parece usted un cacique —le replicó con tono
acusador y burlón a la vez.
—No, simplemente que ya le he dicho que su cara no me gusta.
—¿Y por qué? ¿Acaso tengo la lepra?
—No, ni mucho menos; es más, eso me molestaría muchísimo me-
nos.
—¿Entonces, ¿qué tengo en la cara?
—Algo que no puede describirse, pero que resulta desagradable, Ha-
milton. Quizá deseos de hacer correr la sangre.
—Vaya, es usted muy perspicaz, comisario. Se ha ganado la placa.
Ahora, ¿por qué no me deja leer el periódico tranquilamente? Hay pocas
noticias, pero me da placer leerlas.
—¿Las necrológicas?
—Quizá.
—Dígame para qué quiere el ataúd que ha encargado.
—Vaya, ya lo ha descubierto.
—Soy muy perspicaz, usted lo ha dicho.
—Bueno, tampoco creo que sea delito encargar un ataúd.
—Pero sí es delito meter a alguien dentro en contra de su voluntad.
—Es muy chistoso, comisario.
—Vamos, Hamilton, le conviene explicarse.
—Sí, claro, y puede que usted; me ayude.
—¿Por qué?
—Ando buscando a un fugitivo de la ley.

—15
—Vaya, con que eres un «cazarecompensas» —siseó con sarcasmo,
apeándole el tratamiento de usted. Le repugnaban aquella clase de indi-
viduos.
—Hay muchas maneras de ganarse la vida, comisario.
—Sí, matando a gente.
—También los soldados matan a gente.
—No es una respuesta válida.
—Pero sí ha de ser válido que limpio el territorio de indeseables.
Dan esbozó una mueca de desagrade. Luego, preguntó:
—¿Y quién es él?
—El tipo que ande buscando cambia de nombre muchas veces. Es
fácil que no lo identifique, aunque existe una forma de reconocerlo.
—¿Cuál?
—Le he herido de un balazo, pero el condenado ha logrado escabu-
llirse. Ahora sé que, o se muere por ahí en cualquier rincón o buscará a
un doctor para que le cure. El único doctor en muchas millas a la redonda
está en Tahoe City.
—Y tú esperas que el herido venga aquí.
—Sí.
—¿Para arrestarlo?
—Bueno, un cadáver es más fácil de transportar que un vivo, y yo
sólo deseo cobrar.
—¿Y de qué se acusa a ese fugitivo?
—De cuatrero.
—¿Puedo ver el pasquín con su fotografía?
—Es una lástima, comisario, lo perdí mientras andaba peleando con
él. Sin embargo, el tipo ese me interesa, y ya sabe, si ve a un herido aví-
seme; es cosa mía. No me agradaría perder la recompensa. Hace mucho
tiempo que voy tras él y sería muy mal negocio que ahora lo perdiera o
se encargara usted de él.
—Todavía no me has dicho en qué ciudad está reclamado ese fugi-
tivo.

16—
—¿Qué importa eso, comisario? Lo importante es que se trata de un
indeseable.
—Cuidado, Hamilton, no has contestado a varias de mis preguntas.
No pienso obligarte a hacerlo por ahora, mientras estés en Tahoe City no
olvides que el comisario soy yo, y si matas a alguien, por muy indeseable
que sea, puedes verte al extremo de una soga.
—¿Es una amenaza, comisario? —preguntó con sorna.
—Tómalo como gustes.
—Cualquiera diría que se pone del lado de los indeseables.
—Si me pusiera del lado de los indeseables te prestara ayuda a ti,
Hamilton.
Las palabras de Ryan no cayeron en saco roto. Emil Hamilton, el ca-
zador de recompensas, se afectó vivamente por ellas.
Su mano bajó rápida hacia el «Colt», pero el estar sentado no le fa-
voreció.
Apenas había rozado la culata del arma cuando se encontró ante sus
narices el cañón del revólver de Dan.
—No podrá insultar siempre a la gente a su gusto, comisario —mas-
culló Hamilton apartando su mano del lado del arma.
—Hamilton, como cazador de recompensas te creía un tipo más frío.
No llegarás muy lejos si no sabes reprimir tus nervios. Ahora te advierto
que es mejor que olvides tu presa y te largues de Tahoe City. Busca otra
clase de trabajo en cualquier otra parte.
—¿Y si no sigo sus consejos?
—Puedes quedarte aquí mientras no cometas ningún delito, por su-
puesto, pero dentro de veinticuatro horas, si continúas en la ciudad, te
pediré tus armas. Recuérdalo.
Hamilton sonrió cínicamente al tiempo que decía:
—Lo tendré en cuenta, pero tampoco estaría de más que usted no se
olvidara de que anda un fugitivo suelto que puede asesinarle por la es-
palda sin darle tiempo a verle la cara.

—17
—Eso es cuenta mía, Hamilton. Pero si se te ocurre ocupar el puesto
del fugitivo sacando el revólver a mi espalda, hazlo rápidamente, porque
tenemos un pequeño cementerio en Tahoe y las mujeres lo cuidan muy
bien. Sería una lástima que tuviéramos que enterrarte en él; se turbaría
su paz.
Dan Ryan enfundó el «Colt» y dio media vuelta, dando la espalda a
Hamilton con tranquilidad y desprecio. Luego, abandonó el saloon.
Varios fueron los ojos que le vieron alejarse: los de los curiosos, los
de Hamilton, que de ser dos revólveres le hubieran perforado la espalda,
y, por último, los ojos de una hermosa mujer llamada Susy.
La morena se lamentaba continuamente de no haber conocido unos
años antes a un hombre llamado Dan Ryan, un sujeto enigmático, algo
taciturno y endiabladamente rápido con las armas.

18—
—19
—¡Eh! ¿Adónde van? —preguntó el mozo del saloon a los dos sujetos
que querían pasar a las dependencias interiores del mismo.
—Cierra el pico. No es a ti a quien queremos ver —replicó uno de
los hombres, que destacaba de su compañero por llevar un chaleco rojo
fuego e ir más limpio y curioso. Sin embargo, ambos no parecían tipos
de fiar.
—¡Quietos ahí! —ordenó Charly, asomando por encima del mostra-
dor un rifle de dos cañones, que siempre tenía a mano.
—¿Has visto, Wood? —rió el del chaleco rojo—. El mozo no se fía de
nosotros.
El local estaba casi vacío a aquella primera hora de la tarde. La escena
no alarmó a nadie.
—Será mejor que guardes tu artillería —advirtió el tal Wood—. No
venimos en son de guerra.
—¿Entonces?
En aquel momento, en la puerta se recortó la figura de Susy, la atrac-
tiva mujer que pocas horas antes tratara de atropellar al comisario sólo
por llamar su atención.
—Hola, preciosa. Contigo queríamos hablar —la interpeló el del cha-
leco rojo, que atendía por el apodo de el Pulido.
—¿Conmigo? ¿Por qué y sobre qué?
—Trataban de colarse hacia dentro —repuso Charly desde el mos-
trador.
—Bien, Charly, no te preocupes y guarda tu rifle. Estos hombres no
quieten armar camorra. ¿No es cierto, amigos?
—Pues claro que no —afirmó Wood—. Sólo queremos hacer un ne-
gocio contigo, preciosa.
—¿Un negocio? ¿De qué clase? —inquirió entre recelosa e intere-
sada.

20—
—¿Podemos entrar en tu despacho? Hablaremos con más tranquili-
dad —indicó el Pulido.
—No, no vale la pena. Podemos sentarnos en aquel rincón —pun-
tualizó Susy con una seña de su mano.
Charly asintió con la cabeza a la decisión de la fémina. No había que
fiarse de los forasteros, y el mozo del saloon era para su ama como un
mastín fiel y protector.
—Como quieras. Después de todo, nadie nos va a oír —dijo Wood.
—Charly, sirve una copa de whisky a estos hombres.
—¿Invita la casa? —inquirió el Pulido.
—Si.
—No te arrepentirás, preciosa —dijo el Pulido—. Luego habrás de
regalar el whisky a barriles en lugar de a botellas.
—Parece que ambos están muy eufóricos. ¿Han bebido mucho antes
de hablarme?
—Preciosa, creo que vamos a entendemos y podemos ser unos socios
excelentes —insinuó el Pulido.
Susy achicó sus pupilas y frunció el ceño ligeramente
—¿Socios? Me parece que habéis bebido más de la cuenta.
—¡Chist! —El Pulido pidió silencio con un ademán significativo lle-
vándose el dedo a los labios—. Se acerca el terrible mozo...
Charly oyó las palabras, pero no dijo nada. Puso los vasos sobre la
mesa, los llenó con la botella e iba a retirarla cuando el Pulido la asió por
el gollete, reteniéndola.
—La vamos a necesitar.
—Tengo que llevármela a menos que soltéis cinco dólares por ella.
—La patrona invita, lo ha dicho antes —indicó Wood mostrando sus
dientes.
—Déjala, Charly —ordenó ella, condescendiente.
—Está bien, pero no se fíe de ellos. Nada bueno pueden ofrecerle.
Charly se alejó lentamente hacia el mostrador como si le doliera dejar
a la hermosa patrona sola con aquellos individuos. No obstante, sabía de

—21
sobra que ella no era una ingenua y sabía tratar con toda clase de hom-
bres. Había aprendido desde muy pequeña de una de las «damas del
Mississippi».
—Bueno, ¿de qué clase de negocio se trata? —inquirió ella, sujetando
con su mano la botella, como advirtiendo que no habría más whisky si
no se explicaban.
—Nosotros hemos contado los clientes que entran en este saloon
—comenzó Wood—, y en un día entran cuarenta y cinco o cincuenta,
dejémoslo en cincuenta.
—Sí. La ciudad no está muy animada que digamos. Desde que pu-
sieron a Ryan como comisario hay poco jaleo —se quejó Susy.
—Olvídate de ese comisario y escucha. Cincuenta, a un promedio de
un dólar, que es mucho decir, pues algunos vaqueros sólo vienen a tomar
una pinta de cerveza que les cuesta diez centavos...
A la mujer no le gustó aquello y se quejó sin ambages:
—¿Es que vais a controlar mi negocio acaso?
—No te molestes, preciosa, sólo queremos demostrarte que recaudas
cincuenta dólares diarios y eso es una miseria para una chica tan lista
como tú.
—¿Hay algún medio de recaudar más dinero? —preguntó, escép-
tica—. Si subo el whisky no va a venir nadie y, además, podrían que-
marme el local. Son muy brutos por aquí.
—Podrías ganar más, mucho más. Entrarían en el saloon más de cien
clientes e incluso podrías justificar una subida de precios. Vamos, pre-
ciosa, no dirás que no te interesaría recaudar doscientos dólares al día o
quizá muchos más.
Ante aquellas cantidades, los ojos de Susy se agrandaron. Una cifra
semejante era más que sabrosa.
—No puede ser lo que estáis diciendo, no puede ser.
—Sí, sí puede ser. Nosotros sabemos cómo hacerlo, ¿Verdad, Wood?
—Claro que sí y estoy seguro de que a ella le interesará el trato.
—¿Qué trato?

22—
—Sólo veinticinco centavos por cada dólar que recojas de más de
cincuenta diarios.
—Esto me huele mal. ¿Acaso vais a traer aquí a un ejército?
—Eso es cuenta nuestra. Tú aceptarás el trato. Es muy generoso por
nuestra parte.
—¿Muy generoso? Os quedáis un cuarto de dólar sin hacer nada.
—Sin hacer nada, no. Procuraremos que tu cantina se llene de clien-
tes que dejen su oro en tus manos.
—¿Cómo vais a conseguirlo? ¿Acaso sacando a la gente de la tierra?
—Ya te hemos dicho que eso es cuenta nuestra. Tú sólo debes firmar
este contrato que traemos preparado y luego darnos veinticinco centavos
por cada dólar que recojas.
Susy leyó con desconfianza el papel que le tendían. Luego alzó la
mirada y preguntó:
—¿Y cómo sabré yo que la gente que entre la habéis traído vosotros?
—Eso no lo sabrá nadie salvo nosotros tres y el propietario del alma-
cén; él también ha firmado.
—¿Que Levy ha firmado este extraño contrato? Me sorprende.
—A mí también me pareció difícil de convencer, pero como no tiene
que pagar nada hasta que surjan los beneficios anunciados, no ve el pro-
blema por ninguna parte Solo que este contrato debe guardarse en se-
creto porque, de divulgarse, todos saldríamos perjudicados.
—¿De qué forma podemos salir perjudicados?
La pregunta femenina fue evadida hábilmente por el Pulido.
—Bah, no tiene ninguna importancia, sólo que otros querrían entrar
en el negocio. Vamos, ahora firma.
—No sé... Me temo que luego puedo tener problemas.
—Está bien, está bien, no firmes —se quejó Wood tomando el papel
y disponiéndose a plegarlo de nuevo—. No habrá negocio, nos iremos a
otra parte.
—Si Levy ha firmado, tendréis que hacer venir a la gente lo mismo.

—23
—Mira, Pulido, la chica nos está saliendo una zorra... Piensa que ha-
ciendo venir a la gente para cumplir con Levy ella saldrá beneficiada
gratuitamente, pero se equivoca de medio a medio, porque rescindire-
mos al contrato con Levy y nos iremos a otra ciudad.
Los dos hombres se pusieron en pie. Susy, impulsada por el afán de
aumentar sus ingresos tal como le vaticinaban, pidió:
—¡Sentaos!
—¿Vas a firmar? —preguntó Wood con simulado desdén.
—Quizá se ha dado cuenta de que es mejor recoger cuatro o cinco
mil dólares que no mil quinientos cortos de los que, descontados los gas-
tos, le queda una miseria.
—Traed el documento y no pensemos más.
Susy extendió su firma en el contrato. Una vez terminada aquella
operación, Wood se apresuró a retirar el documento guardándolo en su
bolsillo.
—Bueno, preciosa, creo que por esta noche ya hemos hablado bas-
tante.
—Ah, y nos llevamos esto —dijo el Pulido asiendo la botella de
whisky por el gollete.
Susy vio alejarse a los dos extraños forasteros que la habían envuelto
en un negocio que no acababa de comprender. ¿Cómo harían llegar tan-
tos clientes a su saloon?
—¿Qué querían? —preguntó Charly.
—Nada, nada de importancia.
—Entonces, ¿por qué ha firmado el papel que le han dado?
Ella pareció enojarse y, mirando al mozo directamente a la cara, le
recordó:
—No me gusta que me hagan demasiadas preguntas, Charly. Anda,
a servir en el mostrador,
Charly torció el gesto, pero no objetó nada. Tras recoger los vasos
empleados en aquel extraño diálogo se dirigió de nuevo al mostrador.

24—
Ya fuera del saloon, Wood y el Pálido tomaron sus monturas y se ale-
jaron al paso de la ciudad, estudiando sus alrededores.
Después, a la luz de un farol, comenzaron a dibujar un burdo mapa
sobre un papel raído.
—¿Tú crees que servirá? —preguntó el Pulido, que era quien dibu-
jaba.
—Sí, ya lo creo que sí. Indicas el sector, pero no el lugar exacto. Se
van a desesperar buscando como locos.
Tras dibujar el mapa regresaron a Tahoe City. Era ya de noche, aun-
que sus relojes sólo marcaban las diez. El tren no tardaría en llegar, ya
que tenía su salida en dirección a Sacramento a las once en punto de la
noche.
—Eh, Wood, allí está nuestro hombre.
El compañero asintió con un movimiento de cabeza al tiempo que
sonreía. Su plan no iba a fallar.
El buhonero era un sujeto viejo, de barba descuidada y ropa y som-
brero más que raídos. Junto a él, un pequeño carro tirado por un pollino
de pelaje roano y lleno de fetiches, cintas, espejuelos y cachivaches que
servían para la vida nómada del buhonero.
Los caballos cruzaron la vía férrea y se dirigieron a la pared del al-
macén donde se había detenido el buhonero, quien se alumbraba con un
farol de petróleo.
—Hola, viejo. ¿Cómo se presenta la noche? —saludó el Pulido dete-
niendo la montura y apeándose de ella.
—Mal, amigos. No he conseguido vender nada. ¿Queréis com-
prarme vosotros algún fetiche? Los tengo realmente extraordinarios.
Uno con pelos del gran Nube Blanca y puedo jurar que son de él.
—A ver, a ver... —se interesó Wood, apeándose también del caballo.
—Aquí está. Por cinco dólares es vuestro.
—¿Has dicho un dólar?
El buhonero movió la cabeza, lamentándose. Al fin aceptó pesaroso:
—Bueno, pero sólo porque me hace falta dinero.

—25
Wood se quedó el fetiche y entregó un dólar al viejo. Luego, el Pulido
ordenó:
—Anda, compañero, deja los caballos en lugar seguro. Ya me entien-
des...
—Sí, claro que sí. Ahora vuelvo.
El buhonero los observó receloso, pero el Pulido le mostró la botella
de whisky que anteriormente le diera Susy.
—Te invitaré a un trago. Nosotros sabemos lo que es sentirse solo y
sin unos centavos con que mitigar la sed de nuestra garganta.
—¿De veras vas a convidarme a un trago?
—Echa un trago antes de que regrese mi amigo. Compramos la bo-
tella a medias y puede que él...
El viejo no pudo resistir la tentación de llevar a su boca la botella que
el Pulido le entregaba ya destapada.
—¿Eh, qué estáis haciendo? ¿Bebiendo mi whisky? —exclamó Wood
con gesto grave, surgiendo de entre las sombras y entrando en el círculo
de luz que proyectaba el farol.
—No, no te quito tu whisky, es que...
—Vamos, vamos, sigue bebiendo, viejo, y tú, Wood, no vas a que-
jarte porque invite a un amigo, ¿verdad?
—Bueno, si es tu amigo...
El buhonero vio su oportunidad y siguió bebiendo haciendo chas-
quear la lengua.
—Bueno, gracias —dijo, secándose la boca con la manga de su raída
camisa y devolviendo la botella.
—Aún puedes seguir bebiendo.
—¿Más? —inquirió, incrédulo.
—Sí. Por mí puedes bebértela toda —-repuso Wood.
Aquello no acabó de gustar al buhonero. Por un lado, le tiraba la be-
bida, pero, por el otro, su experiencia de trotamundos le advertía que
algo no marchaba bien en aquel encuentro.
—No, gracias, ya he bebido suficiente.

26—
—Vamos, bebe. Es todo el whisky para ti, viejo —insistió el Pulido.
—No, no quiero más. Hace tiempo que no bebo tanto como esta no-
che y me sentaría mal. Luego me ardería el estómago como un fuerte
atacado por los indios.
—Insisto en que bebas —repitió el Pulido.
—No, no quiero más y basta ya, tengo que marcharme. «Sultán»
—interpeló al asno, el cual estiró las orejas al oírse llamar.
—Quieto ahí, viejo —ordenó Wood poniendo el cañón de su revól-
ver frente a las narices del buhonero.
—¿Qué significa esto? No tengo dinero y «Sultán» no les sirve...
—No queremos quitarte nada, sólo que nos molesta que alguien nos
desprecie una invitación.
El buhonero se asustó. No le agradaban las armas. Tenía un viejo
rifle calibre 30-30, pero estaba dentro del carro, mezclado con el resto de
sus cachivaches.
—Está bien, está bien, no os molestéis; beberé.
Se llevó la botella a los labios y bebió otro trago mirando inquieto a
los dos tipos surgidos de la noche para llenarle el estómago de alcohol.
—Continúa bebiendo hasta el final —ordenó Wood, que mantenía
encañonado al infeliz buhonero.
La botella se fue vaciando. Wood y el Pulido cambiaron una mirada
de inteligencia.
Las piernas del viejo comenzaron a flaquear. La botella se despren-
dió de sus manos y rebotó contra la tierra, pero no se rompió. Wood se
preocupó de recogerla.
—Me parece que no me ha sentado muy bien —balbució el buhonero
dificultosamente.
Wood advirtió:
—El tren no tardará en llegar, faltan pocos minutos.
—Entonces es momento de que saquemos el oro.
Extrajo una bolsa de cuero, que abrió para admirar las pepitas de oro
que se guardaban en su interior.

—27
—¿Crees que picarán?
—Seguro, Wood, seguro. Lo que es una lástima es tirar; este oro.
—Bah, no lo mires así. Después de todo, no es nuestro. Nosotros no
somos quienes tiramos el oro, simplemente obedecemos, pues para eso
nos pagan y de paso hacemos nuestro negocio con el saloon y el almacén.
—Sí, es cierto.
—¿Qué, qué es cierto? ¿Oro, oro? —preguntó el buhonero—. ¿De
dónde lo habéis sacado?
—Aquí está el plano —indicó el Pulido metiéndolo en parte dentro
de la bolsa.
—Ayúdame a sostenerlo, Wood.
El infeliz buhonero no entendía nada. Sólo sabía que sus piernas se
negaban a sostenerlo y que sus sentidos habían quedado embotados. Su
estómago ardía ciertamente como un fuerte atacado por los indios, tal
como vaticinara él.
—Apaga la luz —ordenó Wood a su compañero.
La mecha del farol dejó de producir luz y el lugar quedó sumido en
las tinieblas.
Cerca, muy cerca, estaba la vía del ferrocarril.
Sin miramientos, ocultaron al buhonero tras el carro y esperaron.
El almacén era la última de las edificaciones, todas en madera, que
pertenecía a la estación del ferrocarril propiamente dicha.
Pronto se oyó el pitido del convoy que se acercaba camino de Sacra-
mento.
—Aquí queda el recodo y no tendrán tiempo de nada —indicó
Wood.
El Pulido asintió con la cabeza.
La mano de Wood golpeó la nuca del infeliz y ahora ebrio buhonero.
Este se derrumbó como un saco. Después, fue izado en el aire y estirado
sobre la vía férrea.

28—
Arrojaron la bolsa con el plano y el oro y la botella de whisky sobre
los raíles cuando apareció el ojo luminoso de la locomotora, dándoles el
tiempo justo para esconderse tras el carro.
La locomotora, con la reja limpiadora de raíles, revolcó y al final atro-
pelló al infeliz buhonero. De ser mucha la velocidad, quizá el golpe del
limpiador hubiera expulsado de la vía al viejo, pero la poca marcha, ya
que estaba frenado, hizo que el atropello resultara trágico.
La máquina se detuvo justo en el borde del andén. El maquinista
saltó rápidamente de la locomotora:
—¡Hemos atropellado a un hombre!
El jefe de estación salió corriendo y varios curiosos se apearon para
ver lo sucedido.
Aprovechando las sombras nocturnas y la confusión, Wood y el Pu-
lido se mezclaron entre el público como si fueran dos viajeros más del
tren.
—Es un viejo buhonero, ahí está su carro —señaló Wood.
—¿Alguien lo conoce? —preguntó el jefe de tren.
Nadie respondió afirmativamente.
—Estaba borracho. Huele a whisky y aquí hay una botella tirada
—indicó uno de los pasajeros.
—Estaba tumbado en la vía. Se habrá caído a causa de la borrachera
—dijo el maquinista mientras el jefe de estación, ayudado por dos volun-
tarios, retiraban el cadáver.
—Aquí hay una bolsa con pepitas de oro. Parece un buscador de oro
—dijo Wood colocando las pepitas en su mano y en voz lo suficiente-
mente alta para que le oyeran todos.
De pronto, una voz dura y metálica inquirió:
—¿Qué sucede?
—Ah, comisario, ha habido un accidente —explicó el jefe de tren—.
¿Conocía a este hombre?
—Sí, lo he visto hoy por la ciudad. Es un buhonero, pero no ha que-
dado muy bien. ¿Qué ha sucedido?

—29
—Estaba tumbado en la vía y tenía una botella en la mano —indicó
el maquinista.
—Yo soy médico —dijo un hombre elegante, de edad; avanzada,
adelantándose para examinar el cadáver. Todos se apartaron en derredor
suyo. Tras una ligera inspección dictaminó—: Este hombre llevaba más
alcohol dentro que; si fuera un barril.
—Mala suerte —se lamentó Dan Ryan—. Lo enterraremos en la ciu-
dad.
—Este oro era suyo —observó Wood adelantándose y entregando la
bolsa de oro al comisario. Extendió el mapa.
—¿Lo ha encontrado en el suelo?
—Sí, junto al cadáver. Al parecer era un buscador del oro y con
suerte. Aquí hay un mapa y se puede leer Tahoe City. Seguro que la mina
de oro está aquí.
—Ignoraba que existiera oro —dijo Ryan ceñudo mirando el plano y
el oro que había quedado en su mano, unas pepitas de codiciable tamaño
que brillaron a la luz de los faroles que le acercaron.
—¡Oro, hay oro en Tahoe City! —exclamó alguien.
—¡Han descubierto oro en los alrededores!
—¡Oro, oro, oro en esta tierra! —fue la voz que corrió de un extremo
a otro del convoy.
La muerte de un infeliz buhonero estaba siendo olvidada por todos.
La palabra «oro» corría de boca en boca y pronto comenzaron a bajarse
los primeros equipajes por las ventanillas de los vagones.
Había mucha gente que aquella noche se quedaría a dormir en Tahoe
City.
Su camino hacia Sacramento se había interrumpido. El oro había sur-
gido a su paso y debían aprovechar la ocasión que les brindaba la gene-
rosa tierra californiana.
—¡Comisario, déjenos ver el mapa, déjenoslo ver! —pidieron varios
a un tiempo.
—Lo siento, nada se puede hacer. El mapa será entregado al juez.

30—
—¡Quiero ese mapa, le doy cien dólares por él, comisario, cien dóla-
res! —gritó uno.
—¡Doscientos!
—¡Quinientos!
—¡Mil! —gritó otro apretando contra su pecho un fajo de billetes que
llevaba ocultos en sus ropas para montar un negocio en Sacramento.
—No, no se vende.
Dan Ryan no pudo evitar la fiebre del oro que en pocos segundos
alteró e hizo bullir la sangre de muchas personas que poco antes viajaban
cansinamente, casi adormilados.
Wood y el Pulido no tardaron en ver cómo el convoy quedaba aban-
donado en la estación. Hasta el maquinista había desertado ante la fiebre
del oro.
Aquella noche, Tahoe City, la ciudad situada muy próxima al Tahoe
Lake, se vio muy concurrida por seres de ojos brillantes y bocas que no
cesaban de hacer planes, repitiendo la palabra más significativa de todas
en aquellos instantes: ORO.

—31
32—
Dan Ryan abrió la puerta del despacho del juez Jackson. Entró en la
estancia al tiempo que exclamaba:
—¡Juez, esto es una locura!
—Hola, comisario. —El juez desvió la mirada hacia la mujer sentada
en una butaca frente a su mesa despacho—. Aquí está...
—No es necesario, señor juez. El comisario y yo ya nos conocemos
—puntualizó la fémina casi destilando hiel.
Ryan reconoció en el acto a la rubia de grandes ojos azules.
—Sí, ya nos conocemos.
—Juez, tengo que marcharme —dijo Jenny Crow levantándose con
cierta precipitación.
—Pero, señorita Crow, ¿no quería que buscase a alguien para acom-
pañarla hasta el Rancho Moore? —preguntó Jackson poniéndose en pie
a su vez.
—Es igual, iré sola.
—Me temo que le queda un poco lejos —observó Dan— El Rancho
Moore está como a veinte millas de Tahoe.
—Es lo mismo. Aunque estuviera a mil millas sabría ir sola a él, es
decir, tengo mi dama de compañía.
—Si les salen indios por el camino, a usted la cogerán como una
squaw y a su dama de compañía quizá la acepten como mula de carga.
—¡Es usted un grosero!
—No es esa mi intención, simplemente me agrada decir la verdad.
—Juez Jackson, buenos días. Ya nos volveremos a ver en otra ocasión
en que haya un ambiente más saludable para una dama.
Hecha una furia, Jenny abandonó el despacho.
El juez se dejó caer de nuevo en su gran butaca y, con gesto grave,
dijo:

—33
—Me temo que no colaboras para que el senador se sienta a gusto en
Tahoe, Ryan. Su hija no parece muy contenta con tu presencia.
—No le he caído simpático, eso es todo.
—No haberla dejado caer dentro del abrevadero. El senador te hará
arrancar la piel por sus hombres en cuanto se entere de eso.
—Creí que usted no lo sabía, juez.
Ante la irónica objeción del comisario, el magistrado repuso mordaz:
—¿Tú crees que en Tahoe puede pasar algo de lo que el más tonto
no se entere y menos de la ridiculización de una mujer bonita?
—No era mi intención ridiculizarla.
—Pues lo has hecho y no me gustaría estar en tu pellejo cuando lle-
gue su padre. Intentaré suavizar la situación y tú procura excusarte con
la chica.
—¿Pedir excusas y a una mujer? Vamos, vamos, juez. ¿Ha tomado
una copita de más esta mañana?
—¡Basta de ironías, Ryan! Y ahora, dime a qué has venido, entrando
como una tromba en mi despacho.
—Ya se lo he dicho, la ciudad es una locura.
—¿La fiebre del oro?
—¿Y qué otra cosa iba a ser?
—Un tema difícil, pero, ¿hay oro en realidad?
—Lo ignoro. Sólo tenemos el oro del buhonero y el mapa confeccio-
nado por él y que yo le entregué ayer noche a usted.
—Como se enteren de que lo tengo en mi caja fuerte, temo que me
asesinen. Hay verdadera fiebre en la ciudad. Creí que estas cosas sólo
pasaban al sur de California.
—Aquí va a ser peor que en el sur, señor Jackson.
—Pero, ¿por qué?
Ante el espanto del magistrado, Dan aclaró:
—Porque tenemos el ferrocarril y es más fácil llegar en el que en una
carreta. Al fin se largó el tren de anoche, pero pronto vendrá el tren de
Sacramento y repleto de aventureros buscando oro.

34—
—Me temo que habrás de buscar un ayudante para contener los plei-
tos que se van a formar por las calles y en el saloon. Por cierto, Susy estará
haciendo un gran negocio.
—Sí, tiene la sonrisa más grande que he visto en mi vida —respondió
Dan.
—Pues va a necesitar hombres que le vigilen el local ante la avalan-
cha de aventureros.
—Sí, ya me ha propuesto a mí esa ocupación.
—No nos irás a dejar ahora que más falta haces, ¿verdad? —pre-
guntó Jackson asustado.
—No tema. Susy me ofrece mi sueldo actual multiplicado por cuatro,
pero no les dejaré. Jamás me convertiría en el empleado de una mujer.
—Me das un respiro enorme... Bueno, ¿qué más se ha podido averi-
guar sobre el buhonero?
—Nada más, juez. Estaba de paso y por lo visto no había hablado a
nadie de su descubrimiento.
—Es lógico. Le hubieran agujereado las tripas para arrebatarle el
plano.
—Sí, pero ahora quizá se las agujereen a usted.
—¿Tú crees?
—Mejor será que lo deposite en la caja fuerte del Banco. Los que ya
se quedaron aquí ayer noche han comenzado a comprar equipos en el
almacén de Levy. Van a limpiar los arroyos en cien millas a la redonda.
Cuando la fiebre coge, coge fuerte, juez.
—Mientras no acabemos nosotros también buscando pepitas de
oro...
—Pues las que el buhonero tenía en su poder eran gruesas.
—No lo repitas demasiado, que en vez de fiebre será la locura del
oro.
—Eso me temo, juez, locura del oro. El periódico ha publicado la no-
ticia en primera página y por el telegrafista me he enterado de que la

—35
noticia ha sido vendida al resto de periódicos del Estado. Pronto no va a
caber ni una aguja en Tahoe City. El que monte un hotel se va a haca rico.
—Sí, y no tardarán en aparecer más cantinas y correr la sangre. Estoy
preocupado, Ryan.
—Esperemos que haya suerte y la fiebre baje un poco ante las prime-
ras decepciones, aunque esa gente es difícil de amilanar. Están acostum-
brados a gastarse los dedos sin hallar nada, siempre pensando que esta
vez será la definitiva, la que les haga ricos. Lo malo es que los precios
van a aumentar en la ciudad ante la demanda.
—No quiero que se cometan abusos. Vigila los precios y cierra los
locales si es necesario. Yo te apoyaré en todo.
—¿También si me mandan al cementerio por oponerme a esta lo-
cura? —inquirió mordaz.
—Lo que menos me gustaría es que corriera la sangre Si encuentran
oro, la ciudad crecerá, pero si no lo hallan pasará un tiempo y Tahoe
volverá a la normalidad.
—Bien, juez, confiemos que así suceda. Controlaré los precios y sus
abusos. Me temo que tendré que ponerle mala cara a Susy.
—¿Tan mala cara como te ha puesto la hija del senador?
—Uy, espero que no... Hasta luego, juez. Ya le informaré de cuanto
suceda.
Se despidió del juez Jackson y salió a la calle. Había mucha gente en
ella.
Se vendían caballerías y a doble precio; era el gran momento para
desprenderse de los animales peores. Los que habían llegado en el tren
lo compraban todo con tal de poder llevar sobre sus lomos el equipopara
busca oro.
—¡Eh, doc!
—Hola, comisario. ¿También usted va a buscar oro? —preguntó el
bueno de Fermory.
—No, ¿y usted?

36—
—Tendré suficiente trabajo cuando empiecen a haber heridos. Las
fiebres colectivas, por desgracia, siempre traen sangre.
—Yo también me temo eso, pero quería hacerle una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Ha tenido algún herido recientemente?
—¿Herido? —Se tocó la frente—. ¿Se refiere a un vaquero que se
rompió una pierna en el rodeo?
—No, me refiero a un herido de bala.
—Pues, no. Por cierto, esa misma pregunta me la han hecho con an-
terioridad.
—¿Un tipo rubio y alto?
—El mismo. ¿Lo conoce?
—Sí, ando buscando la misma caza que él. Doc, recuerde una cosa.
—¿Cuál?
—Pues que, si ese herido llega a sus manos, no le diga nada al rubio.
—¿Por qué?
—Porque de herido lo transformaría en difunto.
El galeno pestañeó y Dan le palmeó un brazo. Cruzó la calzada y
anduvo hacia el hotel, frente al cual se había situado un ligero cabriolé
tirado por una yegua de paseo de Tennessee.
Dan Ryan se detuvo y vio cómo Jenny Crow subía al mullido asiento
del carruaje. Su dama de compañía se disponía a hacer lo propio, aunque
más pesadamente, sin la ligereza de su ama.
—Espere, espere. Vaya a buscar la sombrilla de la señorita. En el ca-
mino hay mucho sol —dijo Ryan apareciendo ante la cincuentona fémina
sin darle tiempo a reaccionar.
—Ah, sí, claro, la sombrilla —asintió ella como hipnotizada.
Jenny abrió los ojos desmesuradamente al ver a Ursula correr al in-
terior del hotel mientras Dan Ryan subía al coche y cogía las riendas,
poniendo en marcha la briosa y elegante yegua.
—¡Eh! ¿Qué hace?
—Llevarla al Rancho Moore.

—37
—¿Y mi dama de compañía?
—En este cabriolé sólo caben dos personas, y no creo que ella sepa
manejar un rifle por si surgen dificultades en el camino.
Ryan fustigó a la yegua para que ésta aumentara su velocidad por el
centro de la población.
Mientras, a lo lejos, y haciéndose cada vez más pequeña a su vista,
quedaba la infeliz Ursula moviendo la sombrilla en el aire.
—¡Pare, pare inmediatamente, se lo ordene!
—Lo siento, no suelo obedecer a las mujeres. Usted misma lo ha di-
cho, soy un grosero.
—¡Pare o...!
—Si quiere bajar, hágalo en marcha, aunque no se lo aconsejo el suelo
no es tan blando como el agua.
—¡Es usted un... un bruto!
El la miró y sonrió:
—Es el halago más gracioso que me ha dicho mujer alguna. Se lo diré
a Susy, la chica del saloon que siempre anda metiéndose conmigo.
—¡Un bruto y además un engreído!
—¿No tiene nada más que decirme? Esto resulta divertido —dijo ya
fuera de la ciudad y enfilando hacia el rancho que la mujer deseaba visi-
tar.
—¡Le aseguro que se acordará de esto! —rugió amenazadora, con las
mejillas arreboladas, mirando de soslayo las piedras que afloraban en el
sendero y pensando que, saltar del carruaje, sólo podría causarle un per-
cance peor que el que estaba viviendo.
—¡Mi padre va a cobrarle muy caro lo que me está haciendo!
—Yo creí que iba a darme las gracias por acompañarla al rancho de
los Moore. Ya ve que un comisario cuida de la hija del senador Crow.
Ella cruzó los brazos y apretó los labios dispuesta a no pronunciar
más palabras. Era obvio que él se estaba divirtiendo a su costa y no
deseaba darle más motivos para que prosiguiera con sus ironías.
—Está muy orgullosa de ser la hija del senador Crow, ¿verdad?

38—
Ella no respondió y Dan, ex profeso, hizo pasar las ruedas del ca-
briolé por los socavones más pronunciados del camino.
La fémina saltaba en su asiento.
—Está bien, no responda. He conocido a mujeres que, como usted,
se sienten humilladas por tener que permanecer al lado de un hombre
normal y corriente. Sólo quieren fiestas, gastar el dinero del papá y aplas-
tar al prójimo. No es que me haya hecho eso a mí, pero con sólo mirarla...
Jenny le lanzó una mirada que, de materializarse, hubiera traspa-
sado al hombre como una daga candente.
Dan condujo el cabriolé por el camino que seguía la Grilla del lago
Tahoe e hizo observar la hermosura de éste a la mujer:
—Es agradable contemplarlo, ¿verdad?
—No sabía que en esta tierra los brutos pudieran admirar algo
—repuso seca.
—Pues ya ve, sí puedo admirar el lago y si lo viera en los días de
huracán, aseguran que se encrespa como el océano.
—¿Ah, sí? ¿Y nadie le ha invitado a bogar en barca en tales circuns-
tancias?
—Muy mordaz —respondió él haciéndola saltar una vez más en su
asiento al introducir la rueda en un socavón de más de un pie de profun-
didad.
Prosiguieron el viaje en silencio. Al fin, Dan Ryan detuvo el carruaje
frente al caserío.
—Ya hemos llegado.
—¡Gracias a Dios! —suspiró ella, pero sin decir que todos los huesos
le dolían.
Dan saltó al suelo y extendió sus manos para ayudarla a bajar, pero
Jenny lo rehuyó como si tuviera cardos en las manos.
—Vamos, baje.
Ella no contestó y se volvió hacia el lado opuesto del carruaje, dis-
puesta a descender por él.

—39
Cuando iba a hacerlo apareció un perro que brincó hacia ella la-
drando y a punto de hundir sus colmillos en sus elegantes ropas.
—Cuidado, señorita Crow —dijo burlón—. El perro podría romperle
el vestido.
—Entre un perro y un bruto, prefiero quedarme aquí arriba. —Y per-
maneció de pie con los brazos cruzados.
—¡«Boby», «Boby», quítate de ahí! —gritó una mujer más que obesa,
gordinflona, apareciendo en la puerta del caserío.
—Vamos, caballito, muévete —invitó Ryan a la yegua haciendo que
la fémina cayera sobre el asiento.
Jenny lanzó una vez más su mirada homicida hacia el comisario.
—¡Pero si es la pequeña Jenny!
—Ya lo ve, señora Moore, la pequeña Jenny, aunque a decir verdad
yo no la conocía antes.
—Hola, comisario, y gracias por traérmela. Yo fui su ama de cría an-
tes de casarme con el bruto de mi marido.
—Te equivocas, Joan. Aquí no hay más bruto que ese hombre.
—Jenny señaló al comisario con los dientes prietos.
Dan se encogió de hombros y puso cara de víctima ante la acusación.
—Vamos, vamos, Jenny.
La joven se convenció de que nada podía hacer y aceptó sonreír, pero
siempre mirando a la que fuera su ama de cría que retenía al perro lejos
del alcance del carruaje.
—¿Y dónde está tu esposo ahora?
—Fuera. Hoy no vendrá en todo el día. Tiene unas vacas que arrear
al otro lado del lago.
—¿Y no hay ningún otro hombre por aquí? —inquirió descendiendo
del cabriolé.
—¿Un hombre, para qué lo quieres? —preguntó la señora Moore mi-
rando de reojo a Ryan que se mantenía en su papel de víctima.
—Para que me lleve de regreso a Tahoe.

40—
—¿De regreso a Tahoe? Pero —se volvió hacia Dan—, comisario,
¿usted se va a quedar aquí?
—Oh, no ni mucho menos. Tengo que volver a la ciudad. Hay mucho
jaleo allí. Dicen que hay oro por estas tierras, por eso quería avisarla. Si
ve a hombres merodeando sus tierras, no se inquiete demasiado. No son
abigeos, pero sí vigile sus caballerías, van muy escasas en la ciudad.
—¿Dice que han encontrado oro? ¿Dónde?
—Eso no lo sabe nadie todavía. Hay un plano, pero no está dema-
siado claro. En fin, no debe preocuparse. Mi sincera opinión es que no
hay oro por aquí, pero nadie se lo va a creer.
—Vaya por Dios, veremos qué dice mi marido cuando lo sepa. ¿Y tu
padre, pequeña?
—Aún no me has dicho si hay otro hombre.
—Vamos, vamos, el comisario es un buen mozo. Fíjate, fíjate qué
planta tiene... ¡Quién fuera joven como tú! Seguro que le echaba el lazo.
—Estoy seguro de que me agradaría, señora Moore —dijo él son-
riendo.
—Y que lo diga. No haría como las tontas de Tahoe, que se derriten
por usted en cuanto lo ven, pero les falta gracia para atraparle. Para coger
a un hombre de su talla hay que ser muy experta y enérgica. ¡Ah, si yo
tuviera la edad de Jenny! —Le pasó la mano por el hombro protectora-
mente, mientras la joven miraba a Dan de hito en hito, instigada por las
palabras de su ama de cría. ¿Qué me decías de tu padre?
—Vendrá a Tahoe a la mayor brevedad posible. Me envió una carta
diciéndome que lo esperara aquí, que tenía que hacer una campaña elec-
toral y que en Tahoe podríamos coincidir. Yo llegué ayer en la diligencia
y él llegará por ferrocarril con sus ayudantes.
—Espero verlo si puedo.
Entraron en la casa y allí almorzaron, pues se había hecho muy tarde.
Dan Ryan estuvo dinámico y jocoso con la señora Moore. pero Jenny
todo lo contrario. Seria, retraída, evitaba mirar al comisario. Se decía que

—41
lo odiaba con toda su alma por grosero y fanfarrón, pero algo en su co-
razón le decía que si él se le acercaba le sería muy difícil defenderse.
«¡Bah, un comisario de un villorio! —pensó—. ¡Yo soy la hija de un
senador!»
Siguió comiendo, pero sus ojos no veían lo que Joan Moore le había
servido en el plato.
—¿Te ha gustado, querida?
—¿Qué? Ah, sí, sí, mucho, es excelente. ¿Cuándo aprendiste a pre-
pararlo?
La señora Moore se echó a reír mientras retiraba los cubiertos de la
mesa.
—Hace muchísimos años, querida. Tú te hartaste de comer este pas-
tel de castañas y manzanas en tu niñez.
Ella se sonrojó al sentirse en falta.
El tiempo pasó con rapidez, Al fin, dirigiéndose a la señora Moore,
dijo:
—Tengo que marcharme, es ya muy tarde. Mi dama de compañía
estará más inquieta ante mi tardanza. No sabrá qué hacer.
—¿Por qué no ha venido contigo, querida? Me hubiera gustado co-
nocerla.
Jenny lanzó una mirada fulminante al comisario, recordando su sa-
lida de Tahoe. Fue él quien aclaró:
—El cabriolé resultaba pequeño para tres.
No tardaron en alzarse las manos en ademán de despedida y la ye-
gua de Tennessee, juguetona y alegre, se puso en marcha de regreso a la
ciudad bordeando el lago Tahoe.
—Un día excelente. ¿No le parece, Jenny?
—Dese prisa, se hace de noche —replicó ella, brusca.
El comisario no parecía darse por aludido. Su rostro irradiaba sim-
patía y no se inmutaba por nada. La mujer estaba convencida de que el
comisario no cesaba de burlarse de ella.

42—
—Hacía tiempo que no pasaba un día tan agradable. Salida de paseo
con una chica guapa —ella giró la cabeza, orgullosa— y luego una co-
mida excelente ofrecida por la señora Moore. Por cierto, ¿qué ha dicho
que nos había servido de postre?
—Pastel de castañas y manzana —contestó ella sin apartar la mirada
de las aguas del generoso lago que llenaba de ubérrima vegetación sus
orillas.
El Tahoe Lake parecía tornarse oscuro y rojo a un tiempo en la más
fascinante puesta de aquel sol que, convertido en una gran bola de fuego
naranja, trataba de esconderse lentamente, avergonzado por su pérdida
de poderío, tras las montañas de Sierra Nevada que destacaban oscuras,
casi negras.
Se hallaban casi a mitad de camino cuando, súbitamente, la yegua
lanzó un relincho.
Se encabritó, alzó sus remos delanteros, reculó e hizo una falsa ma-
niobra cayendo de costado con el carruaje que la sujetaba.
—¡Cuidado! —gritó Dan asiendo con sus brazos a Jenny cuando am-
bos perdían el equilibrio, junto con el carruaje que volcaba aparatosa-
mente.
—¡Auxilio! —chilló la mujer encogiéndose y sin zafarse de aquellos
brazos fuertes y protectores cuando todo daba vueltas a su alrededor.
Los dos cuerpos rodaron por el suelo, impulsados por las piernas
varoniles que de esta forma evitaron quedar atrapados por el carruaje
volcado.
Al fin quedaron quietos y ambos levantaron la cabeza
—¿Qué ha sucedido? —inquirió ella temblorosa.

—43
44—
—Un crótalo ha aparecido delante de la yegua, asuntándola.
—¿Un crótalo? —repitió ella asustada y jadeante.
—No tema, ya se ha largado.
Jenny miró hacia el camino y no vio ya a la venenosa serpiente. Ob-
servó luego que los brazos del hombre la estrechaban y, encarándose con
él, dijo:
—Ya puede dejar de abrazarme. No hay ningún peligro más, que yo
sepa.
—Oh, sí, claro. —Y la soltó, poniéndose en pie.
Dan se acercó al caballo, que relinchaba tumbado de costado en mi-
tad del camino y revisó sus patas. Luego, miró el carro decantado y se
prestó a la tarea de desenganchar a la briosa yegua.
Jenny miró en derredor. La oscuridad se acentuaba sea rapidez:
—¿Se pondrá en marcha en seguida?
—No.
—¿Quiere decir que no podrá volver a caminar?
—Lo siento, pero la yegua se ha roto las dos patas del mismo lado.
—¿Y qué vamos a hacer ahora?
—Primero, impedir que el pobre animal sufra más.
Dan desenfundó su «Colt». La yegua le miró con ojos lastimeros. Sin
embargo, nada podía hacerse por su vida. La rotura de huesos la senten-
ciaba.
El gatillo fue oprimido y sonó la detonación. Jenny giró la cara para
no ver y la yegua dobló su cabeza por última vez.
—Ha sido una lástima. Era un animal excelente —comentó Ryan.
—Le da gusto apretar el gatillo, ¿verdad?
—No diga tonterías —replicó, guardando el revólver.
—Y ahora, ¿va a enterrarla?

—45
—Si me pusiera a enterrarla nos saldría el sol aquí; además, no tengo
pala con qué cavar.
—¿Pasar la noche aquí? ¡Oh, no, no!
—Bueno, me lo suponía. Entonces tendremos que continuar a pie.
—¿Al pie hasta Tahoe? ¿Falta mucho?
—Como diez millas, a menos que resuelva pasar la noche aquí y es-
perar a, mañana por si a alguna carreta se le ocurre tomar este camina
—¿Pasar la noche aquí, sola con usted? No, antes regresaré al Rancho
Moore.
—Está bien, vaya sola hasta; el rancho, sólo le faltan diez millas tam-
bién: Como tres o cuatro horas caminando sola en la oscuridad.
—¿Sola?
—Yo no pienso regresar al, Rancho Moore. Hago más falta en Tahoe
City.
—Está bien, regresemos a pie a Tahoe y cuanto antes mejor.
—Cuando; se canse, avise: Veré de ayudarla con mis brazos —se
ofreció él.
—Gracias, pero no hace falta que me ponga más sus manos encima
—dijo Jenny, empezando a caminar apresuradamente.
Poco después, con su paso metódico, calculado y sin prisa, Ryan re-
basó sobradamente a la fémina sin ayudarla. Esta cada vez se fue reza-
gando más. Primero, apretó los dientes de rabia, pero después el cansan-
cio la obligó a abrir las mandíbulas con exceso para respirar
fatigosamente mientras sus manos tiraban de la larga falda que obstacu-
lizaba su avance.
—¡Eh, comisario! ¡Espere, espere, no me deje sola! —pidió.
Dan Ryan, que se había adelantado como cien yardas, no se detuvo.
—¡Espere, espere, no me deje sola! —insistió.
Esta vez, él se paró. Puso su mano junto a la boca para hacerse oír
mejor y preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Le ha salido otro crótalo?

46—
—¿Qué, qué? ¿Dónde, dónde? —preguntó asustada. Echó a correr
hacia el hombre mirando a un lado y a otro temerosa.
—Detrás tuyo —siseó Dan.
Permaneció quieto, esperándola, viéndola correr hacia él.
Jenny pensó que nunca en su vida había corrido tanto y cuando se
detuvo lo hizo desmoronada en los brazos del hombre que la sostuvo
mientras notaba la agitada respiración del pecho femenino.
—No temas, Jenny, no viene ninguna serpiente.
Aún con la respiración agitada, sin separarse del hombre, alzó la ca-
beza y le miró directamente a los ojos.
—¿Por qué se complace en burlarse de mí?
El suspiró con fuerza.
—Mejor será que descansemos hasta tomar aliento. Queda todavía
mucho trecho que caminar y le aseguro que también ha sido un percance
para mí el que la yegua haya tenido que ser sacrificada.
—Creí que no lo había sentido.
—Pues ya ve, los comisarios brutos de California también lamenta-
mos la muerte de un caballo. Ahora, descantemos aquí cerca del lago.
Ella aceptó con un movimiento afirmativo de cabeza y anduvo junto
al hombre hasta un claro mullido de alto césped y rodeado de chopos
centenarios.
Dan se sentó sobre el césped y ella, abatida, se dejó caer hacia atrás
notando el frescor de la hierba en su espalda.
—¿Nos falta mucho para llegar a Tahoe?
—Un poco. —Permaneció unos segundos en silencio y agregó—:
Bueno, lamento haber provocado esta situación. Creo que he ido un poco
lejos.
—Usted no tiene la culpa de que haya salido una serpiente frente a
la yegua. De ir Ursula y yo solas en el cabriolé lo hubiéramos pasado
peor.
—Me satisface que no me guarde rencor.

—47
—¿Por qué lo haces? —preguntó ella tuteándole por primera vez
mientras apoyaba su cabeza entre sus manos cruzadas bajo la nuca.
El hombre comprendió la pregunta y tras dejarse caer junto a ella
respondió:
—Desde ayer, cuando llegó la diligencia, se ha creado una situación
rara, una situación como de pelea entre tú y yo.
—¿Y por qué hemos de peleamos?
—Quizá porque nos atraemos.
Ella bajó los párpados. La luna la iluminó de lleno y Dan pensó que
aquella hermosura parecía imposible en una mujer de carne y hueso.
Toda ella, desde los menudos pies hasta sus cabellos rubios, pasando por
el fino talle y el pequeño pero marcado busto, le embrujaba.
—Tenías razón antes, Dan.
—¿Sabes mi nombre de pila?
—El lago es bonito y más de noche.
El inclinó su cabeza hacia ella. Jenny abrió los ojos y vio acercarse los
labios varoniles.
Cerró de nuevo los párpados, notando la respiración cálida del hom-
bre. No se movió. Su boca se entreabrió y sus labios brillaron con todo el
frescor de su juventud.
—Jenny, me agradas. Eres bonita, muy...
Los labios ya casi rozaban los femeninos y al hombre le pareció que
comenzaban a temblar como los de una adolescente ante la primera sen-
sación de amor.
De súbito, Jenny estalló en una carcajada apartándose del hombre.
Se sentó sobre la hierba mientras él quedaba perplejo, desconcertado.
—¿Y se creía que iba a ser una incauta como las demás? ¿Que yo iba
a sucumbir al hombre bruto que todas las mujeres de un villorrio aban-
donado admiran? Pero ¿qué se ha creído, comisario? —le preguntó iró-
nica, volviendo al tratamiento de usted.
—Esta vez has ganado tú, preciosa.
—Naturalmente.

48—
—Bueno, pero yo no voy a quedarme sin besarte —advirtió él po-
niéndose en pie con ademán provocativo.
—¿Qué? —preguntó la joven, enfriándose su risa.
—Que iba a besarte. Te has burlado de mí y no voy a quedarme sin
ese beso que has insinuado, pero no dado.
—¡No, no se atreverá! —exclamó dando unos pasos atrás.
—Claro que me atreveré.
—¡Gritaré!
—Todo lo que quieras, Jenny. Anda, grita. Nadie te oirá. Estás sola
aquí, de noche y conmigo. Bueno, yo voy a cobrarme y, generosamente,
lo que tú me has insinuado.
—¡Yo no he insinuado nada!
Ante la cada vez más cercana persona del comisario, Jenny echó a
correr, pero Dan impidió que llegara muy lejos reteniéndola:
—Quieta. Ya no puedes escapar, estás sola conmigo.
—¡No! ¡No!
La sujetó por ambos brazos y la aproximó contra su cuerpo. Ella no
pudo zafarse. La fuerza varonil era muy superior a la suya. Era como
una paloma agarrada por un águila.
—Ahora voy a cobrarme y largo.
—¡No, se lo suplico, no!
De improviso, él la separó mirándola a distancia. Cambió el aspecto
de su rostro y silabeó:
—¿Pero, acaso has creído que iba a abusar de una colegiala tonta
como tú? Bah, un hombre como yo necesita mujeres hechas, no crías que
tiemblan.
Ante la sonrisa de irónica suficiencia, ella transformó su miedo en
rabia.
Sus ojos chispearon y sus carrillos se hincharon:
—¡Es un, un...!
—¡Calla, quieta ahí!
—¿Qué nueva jugada pretende ahora?

—49
—¡Quieta! —ordenó imperioso.
Dan se internó bruscamente entre los chopos. Jenny vio que una
sombra se movía y tuvo miedo. Alguien más estaba en el bosque junto
al hermoso lago Tahoe.
Sonó una detonación. Luego, unos golpes sordos y un gruñido de
dolor.
—¡Comisario! ¡Comisario! —llamó ella temerosa, aproximándose
entre los chopos.
—Estoy aquí, Jenny, puedes acercarte. Tengo a un amigo.
Jenny obedeció y a los pies del comisario vio a un hombre tumbado
en el suelo. Cerca de él, un brillante «Colt» que reverberó a la luz lunar.
—¿Lo ha matado? —preguntó mirando preocupada a hombre ten-
dido.
—No he sido yo quien ha disparado, sino él.
—Entonces, ¿qué hace en el suelo?
—Ya sé que te hubiera gustado más que estuviera tendido yo ahí en
vez de él, pero no sé cómo lo habrías pasado peor.
—¿Qué le ha sucedido a él? —inquirió eludiendo la insinuación de
Dan.
—Sólo que he tenido que darle algunos puñetazos para apaciguarlo
y, por lo visto, le he dado un poco fuerte Ahora veremos quién es.
Prendió fuego a un fósforo que aproximó al rostro de caído tras apo-
derarse del revólver.
—¡Tade! —exclamó.
—¿Lo conoce?
—Por todos los diablos, sí lo conozco, pero hace años que no lo había
visto.
—¿Es un asesino? —preguntó ella esperando oír lo peor.
—Es un amigo mío. Crecimos juntos.
Ella no tuvo miedo ya, pero cruzando sus brazos sentenció:
—Entonces es un bruto.

50—
Dan no oyó o no quiso oír la mordacidad de Jenny Crow y comenzó
a palmear el rostro de Tade.
—Despierta, vamos, despierta.
—¿Eh, eh, qué, qué?
Cuando Tade despertó, se asustó ante la proximidad de rostro del
comisario.
—¡Dan, Dan Ryan!
—Vaya, veo que tú tampoco te has olvidado de mí, aunque en las
circunstancias actuales rayaba en la miseria y el abandono, incluida su
descuidada barba. —Por todos los diablos, Dan, ¿y esa placa que llevas?
—le preguntó Tade medio incorporándose.
—Ya ves, me cansé de ir de un lado para otro tratando de demostrar
que era el mejor. Ahora soy el comisario de Tahoe.
—¿El comisario de Tahoe? —repitió casi estupefacto. Al incorpo-
rarse más. se llevó la mano debajo de la clavícula derecha y tosió de
modo crónico, secándose después la boca con el antebrazo.
—Está herido, comisario. Ha echado sangre.
—Sí, ya veo. Vamos, Tade.
—Bueno, bueno, no es nada. Peor queda uno si lo ahorcan —gruñó
Tade sin levantarse más ni apartar la mano izquierda de la clavícula,
como si tratara de protegerse con ella.,
—¿Qué ha sido, Tade?
—¿El qué? —preguntó, sonriendo evasivamente,
—Vamos, no te hagas el imbécil.
—Pues, ya ves, no he tenido demasiada suerte.
—¿Un plomo?
—Sí, y de rifle. No entró muy hondo, pues fue disparada desde lejos.
—¿Tienes la bala dentro todavía? —preguntó Dan ceñudo.
—No. Tuve suerte en encontrar a un tipo que me la sacó, un buho-
nero. A cambio se llevó la poca plata que tenía encima. Bueno, la verdad
es que no me dejó nada cuando me abandonó inconsciente después de
la bárbara extracción del plomo que hizo con un «Bowie» al rojo.

—51
—¿Un buhonero has dicho?
Jenny y Tade miraron el rostro de Dan que parecía intrigado.
—Sí, un buhonero, un tipo que iba camino de Sacramento con un
carrito Heno de cachivaches y un pollino tirando de él.
—Entonces es el mismo, no puede ser otro.
—¿Acaso lo has visto? Te advierto que no voy a reclamarle la poca
plata que me quitó. Después de todo, si él no me hubiera sacado la bala
probablemente ahora estaría negro por la gangrena.
—¿Es el buhonero que mató el tren anoche? —inquirió Jenny.
—¿Decís que murió?
—Sí, si es el mismo que te curó a ti. Era un sujeto de ropas raídas,
con un pollino de pelaje roano tirando de un carrito. Llevaba cachivaches
sin valor y fetiches indios.
—Sí, no creo que haya muchos tipos como él por estas tierras y más
tan cerca de aquí camino de Sacramento. Creo que venía de muy lejos,
de Dallas City o algo así me contó.
—¿Desde muy lejos? Me temo que te engañó. Por lo visto, ese indi-
viduo hacía tiempo que estaba por este territorio.
—A mí me parece que no, pero si tú lo dices, comisario...
—Por lo visto había encontrado oro por aquí e incluso había hecho
un mapa en el que podía leerse claramente: Tahoe City y otros lugares
de la región.
—Entonces no hablamos del mismo hombre.
—¿Por qué? —inquirió Dan intrigado.
—Porque el buhonero no sabía ni leer ni escribir. Pude comprobarlo
por mí mismo. Me hizo leer la carta de un hermano suyo que se la había
mandado desde Sacramento e iba a reunirse con él. Creo que esa carta
ya se la habían leído otros, pero cada vez que tenía la suerte de tropezar
con alguien que pudiera leérsela no vacilaba en pedírselo.
—Pues sí que es extraño todo esto... Un tipo que no sabe leer ni es-
cribir haciendo mapas de hallazgos auríferos y, además poniendo nom-
bres claramente y de un territorio que, según me dices, no conocía bien.

52—
Tade, creo que tendré que comprobar a ver si entre las pertenencias del
fallecido buhonero está la carta de que me has hablado.
—Déjame ver esa herida, Tade. Me temo que te hace más falta un
doc que un buen afeitado.
El herido no se opuso a que el comisario inspeccionara la herida mal
curada.
—¿Qué, estoy a punto de reventar? —interrogó con desenfadado ci-
nismo.
—La herida está un poco fea, pero en Tahoe puede que te compon-
gan. ¿Quién te disparó?
—¿Y qué más da eso ahora, Dan?
—¿No guarda rencor al hombre que le ha disparado? —preguntó
Jenny sorprendida.
—Vaya, sí que es graciosa la chica. ¿Es tu novia, Dan? Os he visto
muy enamoradiscos antes.
—¡No soy su novia! —protestó ella vehemente.
—No, no es mi novia. Ella es mucha más importante que yo —dijo
burlón y ampuloso—. Es la distinguida hija del senador Johnatan Crow.
—Vaya, la hija de un senador... Sí que tienes suerte, Dan. Yo suelo
pescar siempre hijas de colonos y cuando, tengo dinero algunas piernas
bonitas de cantina.
—Pues ya ves, a mí se me dan todas bien.
Se oyó un pequeño gruñido escapado de la garganta juvenil de Jenny
Crow.
—Tade, creo que estás eludiendo la pregunta que te he hecho antes.
—¿Cuál pregunta?
—No te hagas el tonto. Es más, creo que puedo decirte el nombre de
quien te ha disparado.
—¿Ah, sí? —preguntó escéptico.
—¿Te dice algo el nombre de Emil Hamilton?
—¿Un cazarecompensas?
—Por lo visto, tu cabeza vale dinero.

—53
—Bien, Dan, veo que estás al corriente de todo.
—Es mi obligación, ¿no crees?
—Y ese Hamilton, ¿está en Tahoe esperándome?
—Él sabe que te hirió y espera que vayas al médico. Luego quizá, se
marche buscando tu pista. Creo que es un tipo peligroso. Ha encargado
un ataúd de tus medidas es la funeraria de Tahoe.
—Vaya con Hamilton... Por lo visto está seguro de darme caza esta
vez.
Jenny arguyó molesta: —Parece increíble del modo que hablan uste-
des. Hombres que cazan a otros y usted, usted debe ser un fugitivo.
—Pues sí, es un fugitivo, y yo mismo no sé de qué —objetó Ryan.
En aquel instante, Tade volvió a toser escupiendo un poco más de
sangre. Jenny miró a Dan preocupada.
Tade parecía estar en malas condiciones. Era un tipo duro, magro y
con más años que Ryan. Su aspecto debía ser, ordinariamente, más des-
cuidado que el del comisario.
—Bueno, Dan, creo que lo mejor es que me largue muy lejos de
Tahoe. No deseo que me metan en ese ataúd. Dan tres mil dólares por
mi persona y no vivo, sino muerto.
—Una recompensa macabra —sentenció la muchacha!
—No tengo ningún bando en que se te busque. ¿De dónde sale esa
recompensa?
—De Nevada. Un tipo que quiere gastarse tres mil dólares en un en-
tierro para mí, solo que yo no deseo participar en él.
—Y Hamilton se empeña en cobrar los tres mil dólares, pero veamos,
¿qué hiciste en Nevada?
—Nada que valga tres mil dólares, te lo aseguro. Y sino busca en mis
bolsillos y verás que no hay plata.
—Por algo ofrecerán la recompensa, ¿no? —pregunto Jenny
—La verdad es que andaba mal de dinero y un tipo me contrató para
que le ayudara a arrear unas vacas. No llegaban a las ciento cincuenta.
—¿Y qué tal fue el trabajo de vaquero?

54—
—Mal. Aquella pequeña partida de cornilargos no era del sujeto que
me contrató.
—¿Un abigeo?
—Sí y con mucha caradura. Me enteré demasiado tarde. Como todas
las vacas llevaban el mismo hierro en sus cuerpos, no sospeché que fuera
un abigeo. Él me contó que era un pequeño ranchero y que me pagaría
bien, cincuenta al mes, comida y al final comisión por las vacas que lle-
garan. El trabajo era fácil.
—Y resultó trágico.
—Si, cuando nos dieron alcance los verdaderos dueños de los corni-
largos.
—¿Hubo tiroteo?
—Sí. El tipo que me contrató me advirtió qué pusiera los pies en pol-
vorosa si no me quería ver colgado de un árbol. Comprendí y me dieron
ganas de llenarlo de plomo.
—¿Y qué sucedió luego?
—Pues que el abigeo resultó un buen tirador y se cargó a dos tipos.
Yo, por supuesto, me largué, aunque me vieron y como había pasado
dos días antes por el pueblo y había trabado conversación con las chicas
de la cantina, fue fácil identificarme.
—Pero esos tres mil dólares es mucho dinero.
—Sí, mucho dinero. Me enteré al pasar por otro pueblo. Uno de los
dos muertos, según leí en el periódico, era el hijo del ranchero propieta-
rio del ganado y...
—Ansiaba vengarse en el fugitivo abigeo.
—Algo así, pero yo no robé ganado, te lo juro. Dan.
—Esto se arreglará, Tade. Primero iremos a Tahoe para que el mé-
dico te cure.
—¿A Tahoe? ¿Para qué ese cazarecompensas me meta en el ataúd de
que me has hablado? ¡No, no!
—No temas, yo te protegeré. Después de todo, el robo de ganado en
Nevada no está castigado en el Territorio de California. La Ley es la Ley

—55
y Hamilton nada tiene que hacer aquí. Por supuesto enviaremos un in-
forme a Nevada para que se aclare esta situación y se anule la recom-
pensa. En Tahoe estarás seguro.
—Mientras Hamilton sepa dónde estoy, no. Al menor descuido me
sentiré cadáver y metido en un ataúd: Como por Tahoe pasa el ferroca-
rril, antes de que puedas enterarte mi cadáver estará en Nevada y le pa-
garán los tres mil pavos prometidos.
—¡Dios mío, qué horror! —exclamó Jenny.
—Vamos, vamos, muñeca. Esta tierra es así. La vida de un hombre
no vale un centavo. Lo malo es valer más de un centavo, porque entonces
los buitres se le echan encima a uno para cobrar lo que valga.
—Vamos, Tade, deja de ser pesimista. Yo me ocuparé de Hamilton.
Por cierto, tú no tendrás un caballo, ¿verdad?
—Sí, sí lo tengo, pero escondido.
—¿Por qué?
—Se lo hubiera llevado el buhonero. Un caballo es mejor que un bo-
rrico para tirar de un carrito, de modo que cuando lo vi acercarse escondí
el caballo y me aproximé a él.
—Pues si tienes un caballo será magnífico. Regresaremos pronto a
Tahoe City.
—¿Los tres en un caballo? ¿Estás loco o es que piensas dejar a tu
princesa sola en el bosque?
—No, no será capaz de dejarme sola aquí, ¿verdad? —inquirió Jenny
poniéndose en pie rápidamente, como movida por un resorte.
—No temas. Llevaré el caballo hasta el cabriolé y lo engancharé.
Aunque apretados, los tres cabremos en el carruaje.
—Mi caballo está en una cueva que hallarás siguiendo la orilla del
lago. Se encuentra medio cubierta y protegida por los troncos de un
enorme chopo de tres troncos.
—Pues, voy a por él. Ah, no se te ocurra escapar, Tade. Soy comisa-
rio, pero también tu amigo y no tengo ningún motivo para detenerte y sí

56—
para protegerte. Recuerda que estás en California y no en Nevada. Aquí
nadie puede perseguirte.
—¿Crees que podría llegar lejos con esto? —Se señaló la herida.
—Jenny, vigila que no se mueva. Es muy testarudo.
Y Dan Ryan se alejó en busca del caballo que habría de conducirlos
con prontitud a Tahoe City.

—57
58—
—¿Cómo se encuentra ahora? —preguntó Dan Ryan.
El doctor Fermory acababa de salir de la habitación de su propia casa
que había destinado a Tade, ya que el hotel estaba completo a causa de
la latente fiebre del oro que hacía que cada vez llegara más gente a la
ciudad. Cerró la puerta y contestó:
—Lo he dejado durmiendo. Tiene una buena herida, pero es fuerte y
se recuperará; Sin embargo, si se llega a retrasar más, no le salvamos el
cuero, comisario.
—Bien, doc, reténgalo en cama, pero óigame dos cosas
—Mis oídos están a punto —sonrió Fermory,
—La primera, no deje ni la puerta abierta del enfermo, es decir, cié-
rrela con llave y si protesta dígale que es orden mía y por su bien, que yo
intentaré solventarle todos los problemas. Además, no se descuide nin-
gún arma cerca de él. Podría emplearla.
—¿Es peligroso?
—No, pero cuando nos sentimos acorralados todos podemos come-
ter tonterías.
—Comisario, me estoy temiendo que mejor sería meterlo en una de
sus celdas.
—No, eso sería contraproducente. No quiero darle la sensación de
que está preso cuando realmente no lo está lo único que hago es prote-
gerlo. Además, le ruego no comunique a nadie su presencia en esta casa.
—Bien, bien, pero si me entierran no se olvide de llevarme flores.
—Descuide, doc, las tendrá —repuso en el mismo tono crónico.
Dan Ryan salió de la casa del galeno y se dirigió al saloon. Allí, ante
el mostrador, ahora repleto de gente, descubrió al hombre que buscaba.
—Hola, Hamilton.
—Vaya, comisario, volvemos a vernos —respondió burlón al tiempo
que elevaba su vaso de whisky.

—59
—Ya te advertí que estos aires de Tahoe City no eran buenos para
hombres como tú.
—Pues ya ve, comisario, sigo aquí y, es más, he oído rumores de
buenas noticias.
—¿Buenas noticias?
—Sí. Creo que ha llegado un herido a la ciudad y yo ya tengo un
ataúd dispuesto; claro que es por si se muere.
—Vamos, Hamilton, si quieres meterte dentro de ese ataúd tú
mismo, hazlo, pero nada más. Ahora te acompañaré a la estación de fe-
rrocarril. Pasa un tren dentro de muy poco en dirección a Omaha.
—Dicen que hay oro en Tahoe. Yo quiero oro, aunque no tendré que
buscarlo en los arroyos.
—Hamilton, te lo advertí. Dame tu revólver —dijo tendiendo su
mano,
—¿Y si no se lo doy?
La provocación estaba hecha y no pasó inadvertida para nadie.
Cuantos estaban allí escucharon las palabras de ambos hombres y se
apartaron.
—Si no me das tu revólver, te lo quitaré yo.
—Pruébelo —sonrió sarcástico.
Antes de que Hamilton pudiera hacer nada, apareció el arma de Dan,
que apuntó a su entrecejo.
—Entrégame tu revólver. Te advierto que no me caes simpático y
dispararé si me das motivos.
Hamilton tensó sus mandíbulas. Le había sorprendido la velocidad
de Ryan y ahora no le cabía duda de que Tahoe City tenía un gun-man
por comisario, aunque él sabía cómo tratar a los pistoleros por rápidos
que fueran.
Hamilton bajó despacio su diestra hacia la culata del «Colt» pero
Ryan le atajó:
—Con la otra mano. Es más seguro y no para mí, sino para tu vida.

60—
Hamilton obedeció y Dan se apoderó dé su revólver introduciendo
el cañón por el interior de su cintura.
—Comisario, será muy peligroso para usted proteger a un fugitivo.
—No hay tal fugitivo.
—Ah, ¿no?
—Estamos en California, no en Nevada.
—Eso quiere decir que ha encontrado a Tade.
—Sí, y está bajo mi protección.
—¡Ya lo han oído todos! ¡El comisario de esta ciudad protege a un
fugitivo, un abigeo asesino cuya cabeza vale tres mil dólares!
El puño de Ryan salió disparado y Hamilton lo encajo en su mentón
dolorosamente. Cayó hacia atrás de modo aparatoso, derribando un par
de sillas.
—No vas a incitar a nadie a matar a nadie.
Hamilton se frotó la mandíbula dolorida. Aun en el suelo gruñó:
—Cualquier que lleve a Tade muerto puede cobrar tres mil dólares...
Sí, sí, óiganlo todos. Hay un fugitivo herido que muerto vale tres mil
dólares. Ahora, comisario, vuelva a pegarme abusando de que estoy des-
armado.
—No voy a desafiarte, Hamilton. Tendría que matarte y aunque los
tipos como tú sobren en California, no quiero liquidarte. En cuanto a
Tade, ya no vale nada, ni vivo ni muerto. El juez se encargará de comu-
nicar el caso a Nevada y se planteará la cuestión de nuevo. Mientras du-
ren los trámites, Tade estará bajo la protección de la Ley de California, es
decir, bajo la protección de mi «Colt». Ahora, si deseas abandonar Tahoe,
házmelo saber. Cuando estés en la estación del ferrocarril te devolveré
tu revólver, pero si insistes en permanecer en la ciudad no lleves armas
porque si te veo con ella encima, la hayas comprado o robado, sácala
antes de que pueda hacerlo yo; no avisaré.
—Comprendido, comisario, comprendido.
Hamilton se levantó pesadamente y abandonó la cantina tras tirar
una moneda sobre el mostrador.

—61
—Vamos, continúen todos haciendo lo mismo que antes El espec-
táculo ha terminado —dijo Ryan autoritario.
Las voces se elevaron cada vez más en el saloon hasta adquirir el
ritmo normal de conversaciones en las que se comentaban los últimos
sucesos, aunque la palabra «oro» era la predominante en todos los labios.
—Te has portado como un macho. ¿No lo dicen así los del otro lado
del Río Grande?
Dan miró hacia su derecha. A su lado estaba la morena Susy, propie-
taria del saloon ahora repleto de clientes que aguardaban el menor indicio
para salir de Tahoe en busca del codiciado oro.
—Charly, sírveme un whisky —pidió Dan. Luego, se encaró con la
fémina que no le quitaba los ojos de encima— Te estarás forrando, ¿eh?
—¿Tú qué crees?
—Son cincuenta centavos, comisario —dijo Charly mientras vertía el
licor en el vaso.
—¿Cincuenta centavos? —repitió Dan perplejo—. Vaya si una copa
de estas ayer valía veinte centavos...
La morena sonrió con desenfado, aunque sus ojos estaban llenos de
picardía.
—De un día a otro pueden pasar muchas cosas.
—¿Entre ellas?
—Pues, que los clientes aumenten en tal número que las reservas de
la casa se agoten y haya que pedir más, mucho más. Cuando existe mu-
cha demanda de alguna cosa, los precios suben. Es como cuando sólo
hay un hombre como tú. ¿Cuánto crees que pagaría cualquier solterona
de la ciudad por poder ponerte unos grilletes que te sujetaran al pie de
su cama?
—¿Y cuánto pagarías tú, Susy? —preguntó mordaz.
Ella no pareció afectarse lo más mínimo por la audaz pregunta y res-
pondió con sinceridad.
—Todo lo que tengo. Serías el dueño de todo y yo te obedecería.
—No digas tonterías, Susy.

62—
—Sí, ya sé que dicen que andas detrás de la hija del senador. Claro,
ella tiene un padre importante, un padre que vale mucho más que una
cantina —espetó molesta.
—Sigues diciendo tonterías.
Susy intentó apartarse de él, pero el hombre la sujetó por el brazo
obligándola a quedarse junto al mostrador.
—¡Me haces daño!
—Susy, estás cometiendo un abuso con los precios. Esos hombres
que ves ahí no tienen oro todavía para desvalijarlos, sólo tienen esperan-
zas.
—Y unos cuantos dólares en los bolsillos que, a paco que se descui-
den, pasarán a los míos.
—Eso sí que es cierto si continúas doblando los precios. Precisa-
mente, el juez me ha hablado sobre esto.
—¿Y qué te ha dicho el viejo chivo?
—Es un magistrado, preciosa —corrigió él.
—Sí, pero se le cae la baba cuando estoy a menos de un palmo de él.
Su debilidad son los escotes generosos. ¿Y la tuya?
—Las chicas inteligentes.
—¿Me llamas tonta?
—Quizá te llamaría demasiado lista. Hay un problema que no con-
sigo ver claro.
—¿Y puedo saberlo yo?
—Sí, claro que sí. El porqué un hombre que no sabe escribir ni leer
hace planos.
—Hablas como un coolie. No te entiendo nada.
—Susy, ¿sabes por qué tienes el local tan lleno de gente?
—Eso es obvio. Se ha descubierto oro en el territorio y ya se sabe, la
fiebre, la locura de hacerse ricos con el mínimo esfuerzo...
—¿Tú crees que hay oro?

—63
—Eso dicen. El buhonero lo tenía encima. Sólo falta que tú dejes ver
el plano. Algunos ya han comenzado a buscarlo, pero la mayoría aguar-
dan más indicios.
—El buhonero tenía un plano y una pequeña bolsa de oro, pero ese
buhonero no sabía leer ni escribir ni había estado nunca por aquí, sólo se
hallaba de paso.
—¿Cómo lo sabes?
—Eso es asunto mío. Lo que resulta extraño es que alguien quiera
hacer creer que hay oro aquí. ¿Por qué?
Susy empequeñeció sus ojos:
—¿De modo que crees que el hallazgo del oro es una patraña?
—Es muy posible, aunque no estoy seguro aún.
—Quizá el mapa era de otro.
—Sí, pero también podría ser que alguien le interesara que la gente
creyera que existe oro aquí.
—¿Para qué?
—Para hacer un pingüe negocio.
—¿Y quién podría ser ese alguien?
El comisario sonrió:
—Tú misma, preciosa. No me dirás que no haces un pingüe negocio
con este alud de clientes y al mismo tiempo doblando los precios.
Ryan arrojó medio dólar sobre el mostrador y, sin decir una sola pa-
labra más, abandonó el local. Susy le siguió con la mirada, preocupada.
«¿Habrá empezado a sospechar?», se preguntó.

* * *

El silbato de la locomotora sonó con fuerza al cruzar sobre uno de


los arroyos que vertían sus aguas en el Tahoe Lake.
Bajo el puente de troncos, el ruido fue atronador y las vigas vibraron.

64—
El senador Johnatan P. Crow dio vueltas a su grueso cigarro sin qui-
tarlo de su boca. Su mirada se perdía en el paisaje que podía contemplar
a través de la ventanilla
Crow era un cincuentón de constitución recia. Vestía con elegancia y
todo en él denotaba energía, dominio. Era un hombre que rezumaba ór-
denes.
Su rostro era de expresión dura y sus ojos miraban despiadada,
quizá demagógicamente. Su boca estaba sombreada por un bigote largo
y espeso en el que se mezclaban algunas canas dándole una nota cínica,
de suficiencia y poderío.
—Senador, estamos llegando a Tahoe —comunicó el jefe del tren en-
trando en el vagón particular del político.
El vagón era vivienda y despacho a un tiempo. Tenía literas plega-
bles para los seis hombres que le escoltaban y un reservado para dormir
él. Johnatan P. Crow gustaba de llevar bien sus campañas. Era rápido,
contundente y gustaba de datos concretos.
—Está bien. Cuando lleguemos, separe este vagón y déjelo en la vía
muerta. Allí nos quedaremos hasta que termine mi campaña en Tahoe,
que será breve.
—Creo que hay mucha ebullición en Tahoe, senador —dijo el jefe de
tren.
Los seis hombres de escolta, dos de ellos vestidos al estilo de las ciu-
dades del Este, tenían aspecto cínico e iban bien pertrechados de armas,
según el senador, para contener a los manifestantes excesivamente cari-
ñosos. Todos se quedaron mirando al ferroviario atentamente.
—¿En ebullición? ¿Qué sucede?
—¿No ha leído los periódicos, senador? Han encontrado oro en
Tahoe. Más de la mitad de viajeros de este ferrocarril se quedará en esa
ciudad.
Crow apartó el cigarro de su boca y expulsó el humo amarillento. Al
jefe de tren le pareció que estaba sonriendo al tomar el periódico que él
mismo le tendía, pero no pudo concretarlo.

—65
—Oíd, muchachos: «Oro en Tahoe City. La ciudad aumenta de habi-
tantes diariamente, aunque mejor podría decirse que se multiplica como
una temible plaga. Todos buscan oro, pero hasta el momento nadie sabe
dónde hallarlo. Se habla insistentemente de un mapa que, según el co-
misario Ryan, obra en poder del juez, etc., etc.».
—Quizá nosotros también acabemos buscando oro, senador —dijo
Henry Rusell, su mano derecha para todo, un sujeto de ojos casi blancos,
alto y de manos largas que siempre quedaban próximas a su «Colt».
—Ya lo ha oído, nosotros también buscaremos oro. Ahora, déjenos
en paz.
—Sí, sí, como usted ordene, señor senador —se apresuró a asentir el
jefe de tren inclinando la cabeza.
Todos sabían que Johnatan Crow obtenía muchos votos por donde
quiera que pasaba. Así había llevado su campaña electoral durante va-
rias ocasiones. Esta era una más, aunque siempre ponía buen cuidado en
que nada le fallara.
Los que le conocían bien se admiraban de que un hombre tan tiránico
consiguiera siempre los votos que deseaba, pero lo cierto es que los lo-
graba y cuantos trataran de cortarle el camino habían sido barridos sin
contemplaciones por sus hombres.
Nadie le había presentado cargos, cargos que se hubiera cuidado de
refutar con suma facilidad. No se podía atentar contra la vida de nadie y
menos contra un senador en plena campaña electoral.
En el vagón especial quedaron solos el senador y sus hombres, estos
últimos muy seguros del poder de Johnatan P. Crow.
—¿Habéis oído, muchachos? Todo va bien en Tahoe City.
—Magnífico, senador, aunque no podía ir de otra forma —asintió
sonriendo satisfecho el largo Rusell.
—Estupendo —apoyó otro.
—Se saldrá con la suya como siempre —añadió un tercero.
El senador sonrió. Era cierto, nada le fallaba.

66—
—Wood y el Pulido han hecho un trabajo excelente, pero todavía no
está terminado. Tahoe City es un hervidero de gente en la actualidad y
yo quiero sus votos, los votos de todos ellos. De este modo puedo per-
mitirme el lujo de pasar por otras poblaciones sin inquietudes. Una vez
conseguida aquí una votación aplastante, haremos que los periódicos la
propaguen.
—Con un poco de sensacionalismo —agregó uno de sus hombres.
—Eso es, Larrimer. Que los periódicos hagan mucho ruido. Aquí en-
cendemos la pólvora y en San Francisco, Los Angeles, San Diego y Otras
poblaciones estallará la bomba. Esas ciudades no se pueden dominar
como estas. Allí están mis competidores y necesito ir bien preparado
para enfrentarme a ellos, cosa que será fácil con las bolsas llenas de mi-
llares de votos.
—Votos que no se podrán refutar —observó Larrimer, el más astuto
de sus hombres y uno de los dos que vestían al estilo de la ciudad.
—Eso es, votos que no se podrán refutar. Los votos sólo valen si
quien los firma está incluido en el censo de una localidad como propie-
tario de un comercio o tierras y nosotros nos ocuparemos de que haya
mucha gente en Tahoe poseyendo tierras, ya lo creo que sí.
—Wood y el Pulido han hecho bien el trabajo. Ahora os toca a voso-
tros dos.
Los dos aludidos, Larrimer y Howard, asintieron con la cabeza.
—No hace falta que nos molestemos demasiado —dijo Henry Rusell,
el más peligroso de los «guardacorps» del senador—. Tahoe City es una
población anodina. Nadie se apondrá a su paso, senador.
—Sin embargo, hay que tenerlo todo previsto. No me agradan los
tropiezos. Vosotros, Larrimer y Howard, os apearéis del vagón en la es-
tación con las maletas y ya sabéis lo que tenéis que hacer. No os acerquéis
a nosotros hasta que todo haya terminado en la ciudad.
—A menos de que hagan falta nuestras armas —añadió Larrimer
sonriendo maliciosamente.

—67
—No creo que sean necesarias, pero si tuvieran que entrar en acción,
barreríamos todos los obstáculos que se interpusieran ante mí. Nada po-
drán contra Johnatan Crow.
El senador se llevó de nuevo el grueso cigarro a los labios y miró a
través de la ventanilla, sucia por el humo de la silbante locomotora. Es-
taban llegando a la estación de Tahoe City.

68—
—69
—¿Hasta cuándo esperaremos aquí sin hacer nada? interrogó una
voz dura dentro del repleto saloon.
—El juez tiene el mapa del buhonero —apuntó un viejo minero
desde el rincón del local.
—Si nos lo da, todos podremos salir beneficiados. El oro no tiene por
qué quedarse en la tierra mientras nosotros nos desesperamos aquí.
El que había hablado formaba parte de un grupo de tres sujetos que
no debían andar muy bien de dinero a juzgar por sus ropas. Lo mismo
podían ser tres ladrones de montes que mineros siempre en busca del
lugar que les hiciera ricos.
—Quiera o no quiera, el juez nos dará ese mapa, ¿verdad, hermanos?
Los dos hermanos del que vociferaba asintieron con la cabeza. Uno
de ellos corroboró:
—Y nos dará ese mapa por las buenas o por las malas. Los Millan
siempre conseguimos las cosas así. ¡Vamos, hermanos!
Al fin, los nervios habían estallado. No podían permanecer más
tiempo con los brazos cruzados, ignorando el lugar donde fuera encon-
trado el oro, pese a que ya habían algunos aventureros hurgando en los
arroyos.
Los gambusinos marcharon a la casa del juez formando un grupo
numeroso y compacto. Los tres hermanos Millan avanzaban al frente de
ellos con paso rápido, y seguro. La fiebre del oro, provocada por Wood
y el Pulido, encendía sus ojos.
Los Millan se envalentonaron y al llegar frente a la residencia del
juez Jackson llamaron a la puerta sin tirar de la campanilla, a puñetazos
sobre la hoja de madera.
Ante la expectación de todos, la puerta se franqueó. En la calle se
produjo un gran silencio.
—¿Qué pasa, qué pasa? —preguntó el juez mirándoles gravemente.

70—
—Queremos el mapa del buhonero. Todos tenemos derecho a verlo,
ya que no hay herederos.
—Se equivocan, hay herederos —replicó el juez, enfrentándose con
todos.
—Ah, ¿sí? ¿Y quién es el heredero?
—Un hermano del muerto que vive en Sacramento, Todas sus perte-
nencias irán a parar a él.
—No sin que antes hayamos visto el mapa nosotros, ¿verdad, her-
manos?
—Pues claro que sí —asintió uno de ellos.
—Lo siento, no hay mapa para nadie —replicó el juez tratando de
cerrar la puerta y esconderse en el interior de su casa al ver que la cosa
se ponía fea.
Uno de los hermanos metió su bota y la hoja no pudo cerrarse.
Luego, la empujaron violentamente.
El juez intentó ir en busca de un arma con que defenderse, pero no
tuvo tiempo. Lo cogieron por ambos brazos y lo sacaron de la casa a viva
fuerza, echándolo de bruces al suelo.
—¡Él nos dará el mapa! ¡Todos, todos tendremos oro, mucho oro!
—gritó el mayor de los hermanos.
La exclamación de los gambusinos fue unánime, general. Cuando el
juez se incorporó ligeramente, se vio rodeado, acosado por rostros voci-
ferantes que le increpaban:
—¡Queremos el mapa!
Trató de sacudirse el polvo mientras se daba cuenta de que aquella
era la primera vez en su vida que sentía verdadero terror. El lincha-
miento estaba muy cerca. Aquellos aventureros, en numeroso grupo, po-
dían despedazarlo impelidos por su afán de hallar oro.
—Hermano, enciende una antorcha.
El benjamín de los Millan sonrió. Salió a la carrera y no tardó en re-
gresar del almacén con una antorcha en la mano, a la que prendió fuego.
—¿Qué, qué vais a hacer? —balbució Jackson.

—71
—Prender fuego a su casa si no nos da el mapa; claro que luego,
cuando arda bien, le meteremos a usted dentro. Sólo será un vulgar in-
cendio... Al sur del Territorio terminamos así con los que se oponen a la
búsqueda del oro.
—¡No, no podéis hacerlo, os ahorcarán! —chilló Jackson asustado.
—¡Ah, no! ¿Cree que van a ahorcar a todos los que estamos aquí?
Mire a su alrededor. ¿Cuántos somos, juez? La Ley no castiga a nadie
cuando se hace la ley de Lynch.
Jackson tragó saliva dificultosamente.
—Yo no tengo el plano, os lo juro.
—Ah, ¿no? ¿Y quién lo tiene? —preguntó el mayor de los Millan.
—Está en el Banco. Lo deposité allí para que no se perdiera y, ade-
más, os aseguro que de ese mapa no se puede sacar nada en limpio.
—Eso ya lo veremos nosotros. Usted camine hacia el Banco.
El juez tuvo que soportar la humillación de un puntapié en sus hue-
sudas nalgas que lo envió hacia delante dando traspiés.
Rodeado por la multitud de gambusinos que en pocos días se habían
acumulado en Tahoe City, espoleados por la noticia del descubrimiento
del oro, anduvo hacia el Banco.
Cuando llegaron frente al Banco se detuvieron. El mayor de los Mi-
llan, que era quien llevaba la voz de mando de la codiciosa, multitud,
dijo:
—No, que no entre, podía esconderse así. Tú, Len, dile al director del
Banco que salga. El juez quiere hablarle.
—En seguida —aceptó Len.
El menor de los Millan penetró en el establecimiento. Allí todos es-
taban recelosos. Habían visto acercarse a la multitud y nadie que deseaba
seguir viviendo osaría enfrentarse con una chusma vociferante y armada
a la que no importaba linchar a quien se interpusiera a su avance.
—No hay clientes, mejor. ¿Dónde está el director de esta pocilga?
—inquirió Len envalentonado.

72—
—¿Qué sucede? —preguntó un hombre menudo que cubría su calva
con unas hebras largas, negras y lacias, que iban de un lado a otro de su
cabeza.
—Vamos, salga.
—¿Para qué?
—No temas, no vamos a saquear su Banco. No tiene suficiente oro
en él para que nos interese. Salga o los que están fuera entrarán aquí y
entonces...
—No, no hace falta, saldré —aceptó el banquero resuelto, percatán-
dose de que era mucho peor que la chusma penetrara en sus dependen-
cias y se lo destrozaran todo sin que pudiera presentar cargos a nadie
cuando hubiera pasado el huracán.
Ya bajo los porches, se quedó mirando al juez que tenía las ropas
llenas de polvo y una cortadura en la rugosa mejilla, probablemente a
consecuencia de la caída que había tenido hacía muy poco, cuando los
Millan le empujaran.
—¿Es usted el director del Banco? —preguntó el mayor de los her-
manos.
—Sí. ¿Qué sucede? ¿Por qué tienen al juez así? Al comisario no va a
gustarle esto.
—Al comisario le interesa más quedarse quietecito en su oficina y no
meterse en líos que pueden costarle caro.
—Resulta que el comisario sí quiere meterse en líos —advirtió una
voz grave, pero lo suficientemente fuerte para ser oída por todos.
Volvieron la cabeza. Sobre la visera del porche que había al otro lado
de la calle divisaron una figura estirada, oscura.
Dan Ryan, con un rifle en la mano, miraba metálicamente a los frus-
trados mineros.
—Comisario, no se meta en esto si no quiere pasarlo mal usted tam-
bién —advirtió el mayor de los Millan—. Todos estamos de acuerdo y
tendremos ese mapa.

—73
—No tendrán nada o, mejor dicho, sí, tendrán quince días de cala-
bozo o una multa por haber maltratado al juez Jackson.
El director del Banco pensó que Dan Ryan era un suicida.
Jenny Crow, que estaba observando tras la ventana de su habitación
del hotel, experimentó un profundo desasosiego. La respiración le fal-
taba.
—¡Vamos, denos ese mapa o todo Tahoe arderá! —advirtió el mayor
de los Millan.
En aquel instante se oyó el silbato de la locomotora.
—No arderá nada. Vosotros dos, los que estáis junto al juez y el otro
que está con el banquero —aludió Ray a los tres Millan—, arrojad vues-
tras armas al suelo.
—¿Estás loco, comisario? —rió el mayor de los Millan—. ¿Cree de
verdad que vamos a entregar nuestras armas? Lo que haremos es pagarle
un ataúd decente para que se vaya al otro mundo si sigue entrometién-
dose.
—Tenéis tres segundos para soltar vuestras cananas y uno ya ha pa-
sado.
Len Millan, que estaba junto al banquero, fue el primero en ponerse
nervioso. Sacó su arma y disparó.
Todos pudieron ver cómo Dan Ryan había dejado disparar primero
a Millan. Luego, hizo fuego con su rifle al tiempo que se dejaba caer de
rodillas sobre la visera del porche, que crujió bajo su peso.
Las detonaciones fueron rápidas, mortíferas. Len Millan dio un
brinco hada delante alcanzado de lleno en el corazón. Los otros dos her-
manos murieron con las diestras agarrotadas sobre las culatas de sus pis-
tolas. Poco después, el silencio.
—No andaré con contemplaciones. Si es preciso disparar, ya veis que
no dudaré en hacerlo.
Los buscadores de oro quedaron quietos. No reaccionaron en contra
del comisario, aunque lo miraban hostiles. De vivir unos segundos más,

74—
los Millan se hubieran sentido defraudados al ver que la multitud no les
apoyaba.
Dan ordenó al banquero:
—Saque el mapa aquí afuera.
El banquero observó los tres cuerpos que yacían exánimes y luego
miró el rostro polvoriento del juez.
—Haga lo que le dice. Él sabe lo que se hace —indicó Jackson.
—Ahora mismo.
Al escuchar aquello hubo un ligero movimiento de avance.
Ryan cortó:
—Que nadie se mueva o mañana habrán más de tres entierros.
Por los extremos de la calle aparecieron dos sujetos que acababan de
llegar en el tren. Eran Larrimer y Howard, los dos señalados por Crow.
Quedaron quietos junto a una puerta al observar que ocurría algo anor-
mal. Buscaron con la mirada y no hallaron a Wood y a el Pulido entre la
chusma allí congregada.
—Aquí está el mapa —anunció el banquero con el burdo mapa en la
mano.
—Diga si puede verse algo claro en él.
El banquero siguió la orden de Ryan y al fin repuso:
—No, no hay nada concreto.
Hubo un movimiento de general desilusión, pero el comisario Ryan
acaparó la atención de todos, como antes la acapararon los Millan deseo-
sos de obtener el plano que les había costado la vida.
—¿Tiene fósforos?
El banquero se palpó el chaleco y contestó:
—Pues sáquelos y delante de todos queme el mapa, vamos.
El banquero volvió a mirar al juez Jackson. Este asintió con la cabeza.
—¡No, no quemen el mapa! —gritaron algunos de los reunidos.
—¡Quietos ahí todos! ¡Al que se mueva lo mato! —amenazó Dan sin
contemplaciones.

—75
Ryan sabía muy bien que en una situación como aquella debía actuar
férreamente. La muerte de unos pocos podía evitar una masacre general.
El banquero, que había dudado al ver un ligero movimiento de
avance, recuperó su estado de ánimo al ver que el comisario, desde lo
alto del porche, controlaba la escena.
Todos quedaron como hipnotizados al ver la llama del fósforo que
acababa de ser raspado. Luego, la llama pasó al papel y creció, redu-
ciendo o cenizas el burdo mapa, teniendo que soltarlo el banquero para
no quemarse los dedos.
—No hay oro en Tahoe City —anunció Dan.
—¡El buhonero tenía oro, yo lo vi! —gritó uno de los gambusinos,
siendo apoyado por los demás inmediatamente.
—Aquel oro no le pertenecía. Alguien ha tratado de hacerles creer
que había oro aquí, pero no se saldrá con la suya, de modo que vale más
que se larguen. En Tahoe sólo perderán su tiempo y su dinero. El tren
está todavía en la estación, acaba de llegar. Los más listos se largarán en
el al lugar de donde proceden. Los que duden aún, que mañana com-
prende el periódico local; en él daré más instrucciones y aclararé mejor
lo sucedido. Cuando tenga al culpable de esta situación se lo entregaré
al juez y será juzgado severamente. Ahí yacen tres hombres muertos que,
de no propagarse la falsa noticia, no lo estarían y también tengo la sos-
pecha de que el buhonero fue asesinado y no muerto accidentalmente
por el tren, como creímos al principio. Ahora, dispérsense. No quiero
manifestaciones de este tipo y recuerden, no tendré contemplaciones,
pero si alguien sabe algo o si ha oído algo puede decírmelo a mí o al juez.
Los culpables de esta situación serán castigados. No hay oro aquí.
La chusma, entre murmullos y lamentos, se disolvió.
Dan había sabido dominarlos como un vaquero a su manada, lo fu-
nesto hubiera sido que ésta estallara en mortal estampida.
El carro del sepulturero apareció doblando la esquina. El propio
dueño de la funeraria lo conducía.

76—
No era el carro de entierros de postín, sino un simple carromato de
plataforma llana. El empleado que hacía de sepulturero se encargaría
luego de los cuerpos que dejaran en el cementerio.
Desde lo alto del porche, Dan Ryan saltó al suelo sin abandonar su
rifle, demostrando poseer una agilidad nada común.
Jackson, el banquero, Stward y Ryan se reunieron en el centro de la
calle.
—Llévate estos cuerpos y entiérralos con caja.
—¿Con caja? La más mala vale cinco dólares —protestó Stward.
—Con lo que encuentres en sus bolsillos pagarán de sobra el entie-
rro. Esa es la costumbre.
—Está bien, está bien. Menos mal que, de cuando en cuando, hay
clientes que nos encargan trabajos de selección.
—¿Te refieres a Hamilton?
—Sí. Ya tengo su ataúd terminado y me ha pagado. Sólo que debo
guardárselo hasta que me lo pida.
—Es preferible que se lo des a él o tendrás que guardarlo el resto de
tu vida en el almacén. Ese féretro no será utilizado. El hombre que quiere
meter en él todavía vive.
—¿Te refieres al herido Tade? —intervino el juez, que ya había sido
enterado por el propio Dan de lo ocurrido al fugitivo de Nevada.
—Sí.
—¡Cuánta maldad, cuánta sangre corre ahora por él territorio...!
—Me temo, juez, que esto no acabará aquí todavía.
—¿De veras crees que alguien ha provocado esto intencionada-
mente? —inquirió el juez ante la mirada interrogadora del banquero.
Mientras, Stward se preocupaba de colocar los cadáveres sobre el ca-
rromato con la práctica adquirida en su profesión.
—Sí, lo creo firmemente.
—Pero, ¿quién puede haber sido? —preguntó el barquero, perplejo.
—Aún no lo sé, pero creo que no tardaré mucho tiempo en entregár-
selo, juez. Será juzgado en esta misma ciudad que ha desquiciado.

—77
El juez le palmeó la espalda amistosamente, un tanto recuperado del
susto, y dijo:
—Muchacho, ten la seguridad de que lo juzgaré por los homicidios...
En aquel momento se aproximó el jefe de estación, trotando sobre
una potranca canela de patas excesivamente largas. Al verlos detenidos
en el centro de la calle interpelo con su voz aguda:
—¡Juez! ¡Comisario!
—¿Qué ocurre? —inquirió el propio Jackson girándose hacia él.
—El senador Crow ha llegado.
—Pues, condúzcalo al hotel —indicó Ryan.
—No. Ha establecido su cuartel general en un vagón de ferrocarril
que ha situado en una vía muerta de la estación. Dice que allí les recibirá
a todos mientras prepara sus elecciones en esta ciudad, las cuales se ce-
lebrarán pasado mañana.
El juez Jackson, instintivamente, comenzó a sacudirse el polvo del
cuerpo como si tuviera al senador delante.
Dan Ryan alzó su mirada.
Su rostro quedó quieto, insondable, al tropezar con las pupilas azu-
les de Jenny Crow, que seguía tras la ventana de su habitación del hotel.
Luego de la primera vacilación, ella dejó caer la cortina y desapareció
de su vista.

78—
—79
Susy apartó el cabello de su rostro y se dirigió a su despacho parti-
cular, abandonando el saloon propiamente dicho.
Al abrir la puerta vio que dentro había luz. Su cara adquirió una ex-
presión grave al descubrir a los dos hombres que se hallaban en la estan-
cia.
—¿Qué hacéis aquí?
Wood sonrió. Fue el Pulido quien respondió sin quitar sus botas de
encima de una delicada mesa japonesa de centro.
—Esperarte.
—¿Para qué? —preguntó ella, manteniéndose bajo el dintel de la
puerta.
—Anda, preciosa, entra; charlaremos más a gusto.
Susy cerró de un portazo, pero apenas avanzó un paso.
—Vosotros asesinasteis al buhonero.
Los dos hombres no parecieron inmutarse demasiado. Se miraron y
ambos sonrieron. Wood preguntó.
—¿Nosotros? ¿Para qué íbamos a hacer tal cosa?
—No seáis cínicos. Así hacíais creer a los gambusinos que existe oro
en Tahoe.
—¿Oíste, Wood? La chica nos quiere acusar de asesinato
—Sí, compañero, es muy lista...
—Sí, además de asesinos, sois unos cínicos, pero a mí no me dais
miedo.
—La chica tiene agallas, Wood.
—Vosotros matasteis al buhonero. Vi la botella de whisky y sé que
era de las que yo sirvo. El buhonero no entró en el saloon, mientras que
vosotros sí os llevasteis una botella. Eso os puede costar la horca.
El Pulido extrajo un cortaplumas largo, afilado, y comenzó a lim-
piarse las uñas con él al tiempo que advertía:

80—
—¿Olvidas que firmaste un contrato con nosotros?
Entre asustada y colérica, Susy exclamó:
—¡Yo no sabía nada de esto! ¡Sólo firmé mi conformidad en daros
una parte del negocio por los clientes que entrara: de más!
—¿Y piensas que un jurado te va a creer? Vamos, preciosa. Te in-
teresa tener la lengua sujeta a menos de que quieras colgar de una soga
junto a nosotros.
—A mí no me pueden acusar de nada —refutó ella.
—Sí, ya lo creo que sí —insistió Wood—. Tú has firmado el contrato
al igual que Levy. Esto es un negocio bien montado.
—Bien montado, no. El comisario sospecha que el buhonero fue ase-
sinado y acaba de decir que no hay oro en la ciudad. ¿Acaso no habéis
oído los tiros?
—La verdad es que desde aquí dentro no hemos oído nada.
—Pues os habría gustado oírlos. Ha matado a tres hermanos que in-
tentaban someter y humillar al juez Jackson.
—¿Y el comisario sólo los ha liquidado? —preguntó Wood, sorpren-
dido.
—Sí, él solo y teniendo enfrente a todos los gambusinos que querían
el mapa que vosotros mismos hicisteis para que todos creyeran que había
oro donde no lo hay.
—Vaya, esto sí que es noticia —comentó Pulido, mirando a su com-
pañero.
—Todavía conviene que sepáis más. El comisario ha dicho que des-
cubrirá a los culpables del asesinato del buhonero y también os hará res-
ponsables de la muerte de los tres hermanos. El juez Jackson ha corrobo-
rado sus palabras, de modo que cuando os cojan no vais a libraros de la
horca El comisario ya está husmeando mucho, quizá demasiado para vo-
sotros y precisamente ha pedido que si alguien sabe algo que lo diga.
—¿Y vas a ser tú quien dé el chivatazo? —preguntó Wood frun-
ciendo el ceño.

—81
—Todo el mundo tiene algún trapo u otro que esconder, pero será
mejor que os marchéis cuanto antes de Tahoe.
—¿Para qué, preciosa, para que cuando hayamos recorrido una milla
nos denuncies y salgan a damos caza acribillándonos a balazos para que
nada podamos decir?
—No os queda otro medio que obedecer. Me repugnáis. Si seguís
aquí un minuto más iré al comisario y le explicaré la verdad de lo ocu-
rrido. Entregándome yo misma no creo que un jurado se fíe de vuestra
palabra.
—Un jurado no, pero los gambusinos sí, y si se enfurecen te lincha-
rán. Sería una pena que siendo tan hermosa te despedazaran en medio
de la calle o te emplumaran después de darte un baño con alquitrán ca-
liente —musitó Wood.
—No os atreveréis. Además, no vais a asustarme. Vosotros seríais
los primeros en largaros para que no os cuelguen, porque si los mineros
se enteran de que fuisteis vosotros los que pusisteis al buhonero bajo las
ruedas del tren, no podrán ni enterrar vuestros restos.
Wood se puso en pie. Miró a su compinche y dijo:
—Es mejor que nos larguemos. Después de todo, si las cosas se po-
nen feas, con irnos a otra parte asunto resuelto. Tú, monada, procura te-
ner la boca cerradita, porque lo que firmaste estará siempre en nuestros
bolsillos.
—Sí —añadió el Pulido, y ahora vas a darnos el dinero, nuestra parte
del negocio tal como quedó acordado.
—¿Encima os atrevéis a pedir dinero?
—Sí. El dinero que tú has ganado es nuestro también. ¿Cómo lo hu-
bieras conseguido, de no llenarte nosotros el saloon? —preguntó cínica-
mente el Pulido estirándose el chaleco rojo.
—Está bien, os daré el dinero. Antes recogía en caja cincuenta dóla-
res diarios aproximadamente, pero estos dos últimos días he recogido
ciento veinte el primero y doscientos dólares el segundo.

82—
Mientras la morena Susy se dirigía al bureau, abriéndolo con una
llave sujeta a su falda, Wood observó:
—Como ves, el negocio prospera día a día. Mañana puede que reco-
jas trescientos dólares.
—No habrá mañana en este negocio —advirtió Susy contando un
fajo de billetes.
—¿Por qué no habrá mañana? —preguntó el Pulido.
—Porque el comisario ha dicho que no hay oro en Tahoe y ha pedido
a los gambusinos que se larguen. Ha hecho quemar el mapa pública-
mente y ha notificado que mañana dará más instrucciones en el perió-
dico.
—Vaya, un tipo duro el comisario.
—Tomad, vuestra parte.
Susy les entregó unos billetes, que Wood y su compañero miraron
casi estupefactos.
—¿Cincuenta dólares? —inquirió Wood.
—Dijisteis una cuarta parte de todo el dinero que pasara de cincuen-
tas dólares diarios. Han sido doscientos entre los dos días y, por tanto,
os corresponden cincuenta.
El Pulido miró con sarcasmo el dinero y luego a la fémina.
—¿Y tú crees que hemos puesto a un tipo bajo las ruedas del tren por
sólo cincuenta dólares?
Susy los observó alternativamente. Dio media vuelta hacia el burean
y gruñó:
—Está bien, os daré los doscientos dólares. No quiero dinero man-
chado de sangre. Tomad. Y les entregó el dinero que completaba la can-
tidad
—Empiezas a ser comprensiva, preciosa, pero aún falta y mucho.
El Pulido se adelantó hacia el secreter.
—Eh, ¿qué vas a hacer? —inquirió ella, temiendo que las cosas no
iban a rodarle muy bien.

—83
—Tú puedes seguir haciendo negocio, en cambio, nosotros es mejor
que probemos otros aires.
—¡No podéis quitarme lo que es mío! —gritó ella, tratando de impe-
dir que el Pulido se acercara al mueble.
El hombre le dio un empujón que la proyectó hacia atrás. Wood la
recogió y la abofeteó sin contemplaciones.
—¡Cállate, es lo que más te conviene!
Susy se vio empujada hacia el sofá.
El Pulido metió ambas manos y lo revolvió todo, sacando un fajo de
billetes, que mostró a su compañero.
—Aquí habrán varios miles de dólares. La chica es una hormiguita.
—¡Ladrones!
—¡Vámonos cuanto antes! —apremió Wood.
—Aguarda, aquí hay unas joyas que parecen buenas y pueden pro-
porcionarnos unos dólares.
Disimuladamente, Susy fue introduciendo su mano per debajo de
uno de los almohadones del sofá. Cuando el Pulido tenía las manos ocu-
padas en las joyas y el dinero, la joven sacó un «Smith & Wesson» de
cañón cortó, un arma muy brillante con la que le encañonó.
—Suelta eso, ladrón. Vuelve a dejarlo todo donde estaba o disparo.
A los dos hombres no les hizo ninguna gracia ver el arma en las ma-
nos femeninas. Se quedaron quietos, como petrificados. El Pulido fue
quien habló:
—No serás tan tonta de disparar, ¿verdad?
—Seré una estúpida si no lo hago.
—Déjalo todo donde estaba —ordenó ella con una mírala decidida
que no presagiaba nada bueno para los desalmados.
—Será mejor que le hagas caso, compañero —sugirió Wood.
—Sí, es lo único que podéis hacer, porque estoy decidida a todo.
—Está bien, está bien.

84—
El Pulido se giró con intención de devolver lo que tenía en sus manos
al bureau. De súbito, se abalanzó sobre Susy para desviar su arma, mas
no tuvo suerte.
La mujer, que vio cómo el forajido se le echaba encima, mantuvo su
mano firme y apretó el gatillo.
Sonó la detonación sorda, hecha a quemarropa, y la faz de el Pulido
se contrajo. Se incorporó, abrió la boca y de ella surgió un borbotón de
sangre. Acto seguido se desplomó, desparramándose el dinero y las jo-
yas.
Susy seguía sujetando el «Smith & Wesson». Wood, al ver lo suce-
dido a su compañero y, con la habilidad que le era propia en su condición
de pistolero, sacó y disparó a boca de jarro contra la fémina por dos veces
consecutivas, dejándola hecha un ovillo sobre el sofá.
—¡Maldita sea! —gruñó Wood todavía con el revólver en la mano y
oliendo a pólvora quemada.
Miró el dinero y las joyas esparcidas. Luego, los dos cuerpos y al oír
voces acercándose, no perdió tiempo en recoger nada y salió corriendo
del despacho-camerino de Susy.
Escapó por la parte posterior, lugar por donde entrara anteriormente
con el Pulido para burlar la vigilancia de Charly.
El mozo del saloon fue el primero en irrumpir en la estancia. Tras él
iban varios curiosos que habían oído los disparos.
—¡Ama! —exclamó viéndola doblada sobre el sofá.
—La han matado —musitó alguien.
Sin pasar del umbral, otro opinó:
—Ella lo ha matado a él.
Entre todos se abrió paso una figura negra y alta que hacía un ins-
tante había penetrado en la cantina, enterándose de lo ocurrido.
—¿Qué ha pasado?
—Comisario, la han matado —balbució el mozo a punto de estallar
en un sollozo.

—85
Su quijada temblaba. El, en secreto, amaba a Susy pese a saber que
jamás sería correspondido. Sin embargo, él le habría sido fiel siempre,
como un perro dispuesto a recibir los puntapiés y a lamerle luego la
mano. Ahora, al verla muerta, todo se hundía a su alrededor.
Dan Ryan, siempre dueño de sí mismo, se acercó al sofá y levantó la
cabeza de la fémina. Esta abrió los ojos.
—Vive, todavía vive —dijeron tras el mozo.
Este se aproximó a ella.
Dan lo apartó ligeramente, señalando con disimulo los dos balazos
encajados en el vientre. No había posibilidad de salvación, aunque podía
vivir unos minutos aún.
—Dan...
—¿Qué ha ocurrido, Susy? ¿Querían robarte?
—Dan, Dan, ellos son dos...
—Sí, el otro se llama Wood —agregó Charly, furioso
—¿Han tratado de robarte?
—Yo, yo he disparado contra él, pero Wood ha podido conmigo
—aclaró trabajosamente y con voz débil mientras su cuerpo era soste-
nido por Ryan.
—No te preocupes, Susy, ese Wood pagará —prometió Ryan.
—Dan, Dan, escúchame... Esos dos hombres fueron los que mataron
al buhonero.
—¿Qué?
Todos aguzaron el oído. Entre los curiosos había varios gambusinos.
—Dan, yo firmé un contrato comprometiéndose a dar una cuarta
parte... Bueno, se trataba de llenar el saloon y yo..., yo te juro que no sabía
cómo iban a hacerlo...
—Te creo, Susy. Continúa, te escuchamos.
—Gracias, Dan, gracias... No hubiera querido marcharme pensando
tú mal de mí... Ellos hicieron el mapa y mataron al buhonero. Levy, el
del almacén, firmó lo mismo que yo.
—Pero, ¿sólo lo hicieron por atraer gente a Tahoe City? —preguntó.

86—
Los labios de la mujer temblaron. No quitó los ojos del hombre.
—Dan, ¿te habrías casado alguna vez con una mujer como yo...?
—¿Y por qué no, Susy?
—Gra... —No llegó a terminar la palabra y su cabeza se ladeó.
Dan Ryan cerró los ojos femeninos y la reclinó sobre el sofá. Luego
se levantó, encarándose con Charly.
—Cuídate de todo.
—Sí, sí... —asintió el mozo a duras penas, conteniendo su congoja.
—Los demás, fuera. Ya han oído, fuera.
—Comisario, vamos a ayudarle a buscar a ese Wood —se ofrecieron
los curiosos.
—Pues bien, prepárense. Hemos de saber si ha tenido tiempo de huir
de la ciudad.
—¿En tren? —preguntó alguien del grupo.
—No, el ferrocarril ya se ha marchado. Rápido, ese hombre no puede
escapar.
La desilusión de los gambusinos iba a desquitarse en un individuo
llamado Wood, pero había quien, en aquel río revuelto, creía encontrar
su momento de ganancia.

—87
88—
Acompañada de su dama de compañía, Jenny Crow franqueó sin lla-
mar la puerta del vagón particular del senador. La noche había comen-
zado a cubrir la ciudad.
—¡Papá!
—Ah, eres tú, Jenny —dijo con una frialdad e indiferencia que no
agradó a la joven.
Había pasado un año entero en el internado del Este sin ver a su pa-
dre.
—Buenas noches, señor Crow —saludó Ursula inclinando la cerviz
y poniendo en su boca la mejor de las sonrisas.
Aquella sonrisa no fue vista por el senador, que se hallaba sentado
tras su mesa despacho, situada al fondo del vagón y frente a la pared que
separaba su habitación particular.
Jenny dudó un instante en seguir adelante o quedarse quieta. Miró a
los cuatro hombres que se hallaban con su padre y experimentó una li-
gera sensación de vergüenza y fracaso al verse recibida en público de
aquella forma.
—Papá, te he estado esperando.
—Ah, ¿sí? ¿Cuándo has llegado a la ciudad? —inquirió, prestándole
un poco más de atención.
—Hace dos días y tengo muchas cosas que contarte.
—¿Muchas cosas que contarme? —Sonrió, agregando después—:
Bueno, ya me las dirás en otro momento. Ahora tengo trabajo, mucho
trabajo. Ah, cuando acabe mi campaña en Tahoe City vendrás conmigo.
Dentro de unos días, a lo sumo quince, estarás en San Francisco. Allí te
presentaré a un amigo mío al que tengo especial interés en que conozcas.
El también desea conocerte a ti, por supuesto.
Ursula juntó sus manos con ademán satisfecho y volvió a sonreír.

—89
—¡Qué emoción, señor Crow! ¿Va a casar a la señorita Jenny? Es tan
bonita... Seguro que le agradará al amigo del señor.
Jenny se quedó fría de golpe. Era como si, en medio de aquel calor,
la hubieran trasladado súbitamente a Alaska en el más rudo de los in-
viernos.
—Padre —comenzó grave, olvidando el tratamiento cariñoso de
papá—, ¿es cierto eso de que quieres casarme?
Los cuatro guardaespaldas del senador la observaron. La joven
quizá aparecía más bella en su intensa palidez.
El senador hizo girar su silla y miró a su hija frente a frente, como
pensando que le debía una explicación.
Antes de hablar tomó uno de sus cigarros. Lo despuntó y le prendió
fuego lentamente, como si deseara tiempo para pensar las palabras que
iba a pronunciar.
—Jenny, ya no eres una niña y Ursula tiene razón, eres muy guapa.
A tu edad, las chicas se casan y forman un hogar apropiado a su condi-
ción y están muy contentas de que sea así. Es más, las que se amargan
son tas que no lo consiguen.
—Estoy de acuerdo en eso, padre —declaró, permaneciendo recta y
grave—, pero el hombre que sea mi esposo he de quererlo yo.
—Vamos, Jenny, no me vengas con ñoñerías. Tu padre sabe perfec-
tamente lo que te conviene.
—¿Y qué es lo que más me conviene? —inquirió ella con una mirada
glacial.
—Señorita Jenny, usted es una chica educada en los mejores interna-
dos del Este y, como su señor padre dice, ha de pensar en lo mejor y no
en tipos como ese comisario.
Al oír las palabras de Ursula, que al principio había escuchado pen-
sando que iban a apoyarle en influir sobre el ánimo de su hija, el senador
frunció el ceño.
—¿Qué es eso de un comisario?
—Nada —respondió Jenny fríamente.

90—
El senador miró a Ursula y no pronunció palabra. Esta se puso ner-
viosa y miró a Jenny a su vez. Al fin, balbució:
—Yo, yo no he querido decir nada...
—¡Vamos, vomítalo todo, vieja bruja! —ordenó Crow agrio.
La vieja se asustó y obedeció. Johnatan Crow sabía cómo tratar a los
débiles para obtener sus propósitos, aunque éstos jamás beneficiaban a
sus oponentes.
—Pues, pues, el comisario de Tahoe City la ha estado asediando,
bueno, yo diría que molestando...
—¿Es eso cierto, Jenny?
—Si soy bonita como tú dices, todos los hombres tienen derecho a
mirarme.
El senador empequeñeció sus pupilas. No le gustaba el comporta-
miento de su hija.
—Jenny, te pareces a tu madre y no voy a tener contemplaciones con-
tigo si no me obedeces.
—No te he desobedecido aún, padre.
—Entonces, dime qué hay de ese comisario.
—Por ahora, nada.
—¿Por ahora? ¡Ni ahora ni nunca! ¡Ya me encargaré yo de que lo
quiten de en medio!
—¿Va a matarlo? —preguntó Ursula, asustada.
—No seas imbécil... Hay muchas formas de quitar de en medio a un
hombre que estorba.
—Me parece, padre, que este comisario no es como los hombres que
estás acostumbrado a tratar —silabeó ella sin poder resistir la tentación
de contener los aires demagógicos de su padre, unos aires que la estaban
lastimando.
—¿Y qué tiene de especial ese comisario? —inquirió.
—Dicen que agallas —silabeó Jenny, mientras Ursula la miraba ate-
rrada.

—91
—Pues con agallas o sin ellas, yo me encargaré de él. Además, poco
vas a verlo. Haré algo mejor.
—¿El qué? —preguntó Jenny.
—Pues que no te quedarás aquí a esperar que termine mi campaña.
Mañana mismo partirás acompañada de Ursula y de uno de mis hom-
bres para San Francisco. Allí me esperarás y mientras tendrás tiempo de
conocer a Jannsen Yo me encargaré de escribirle.
—¿Ese Jannsen es el amigo de que me has hablado antes, padre?
—preguntó, sin abandonar su frialdad.
Jenny se sentía ya mujer y no una niña. Su padre podía pedirle lo
que quisiera, el sacrificio que fuera preciso, pero no admitía ser gober-
nada en el amor, en su vida afectiva. Ante este mandato, su corazón se
rebelaba.
—Sí, él es.
—¿Y puedo saber qué cualidades adornan a ese Jannsen?
—No le llames ese Jannsen. Es el primer presidente del Consejo ad-
ministrativo de la cadena bancaria Ocean California Este Bank,
—Padre, no te he preguntado su posición social ni el dinero que
tiene, aunque supongo que eso es lo que más te interesa a ti.
—Jenny, te has vuelto demasiado impertinente.
—¡Padre, se trata de mi futuro!
El senador se llevó el cigarro a la boca. Aspiró el humo. Meditó unos
instantes y luego lo expulsó. Pareció dulcificarse un tanto, pensando que,
si su hija había salido a su madre en algunas cosas, en la terquedad se
parecía a él, y él, ante las, contrariedades, se crecía y se sentía espoleado
para obtener la victoria con las medidas más drásticas.
—Bueno, no es muy joven, pero según las mujeres, es muy agrada-
ble.
—¿No es muy joven? ¿Qué edad tiene?
—No creo que la edad tenga importancia en un hombre si lleva dig-
namente un hogar que será el primero de San Francisco, un hogar al que

92—
acudirán el gobernador y hasta el mismísimo presidente de la nación si
decide ir a San Francisco.
—No aspiro a eso, padre. No me atrae tanto la vida social. Aunque
me hayan refinado mucho en el internado más caro del Este, soy de gus-
tos sencillos. Deseo querer, entregarme a un hombre y luego tener un
hogar al que también ame, un hogar que me agradaría arreglar con mis
propias manos y no tener un ejército por servidumbre.
—Sigo opinando que eres tan tonta como tu madre.
—Señor Crow, que la señora está enterrada —observó Ursula, escan-
dalizada.
—¡Cierra la boca o haré que te saquen de aquí a patadas!
—Sí, sí, señor Crow...
—No has dicho la edad de Janssen, padre —dijo Jenny .
El senador semejaba querer escapar de aquella pregunta. Sin em-
bargo, al fin, admitió:
—Sólo sesenta y un años, hija, pero se conserva muy bien y luego,
cuando él muera, serás la heredera total de su fortuna, es decir, si no
habéis tenido hijos.
El que hubiera visto a Jenny en aquellos instantes le habría sido muy
fácil describir la sensación de gran amargura y decepción que se reflejó
en su rostro juvenil y atractivo.
—Un sexagenario y con la casi absoluta certeza de no poder tener
hijos, de no ser madre...
—Vamos, vamos, Jenny, no hagas una tragedia. Jannsen todavía
puede... Bueno, ya me entiendes. Además, si muere de viejo, aunque
hasta eso pasen unos años, tú seguirás siendo joven y tendrás un gran
partido. Podrás elegir al hombre que te guste.
La crudeza de Crow hirió vivamente a la mujer.
—¿Y ése es el porvenir que quieres para tu hija, ese que no te preo-
cupas en callar delante de estos hombres? —inquirió, señalando a los
cuatro individuos, que no habían despegado los labios durante toda la
conversación.

—93
—Sí. Ellos son de mi absoluta confianza. Darían la vida por mí. En
cuanto a ti, ya sabes lo que pienso.
—Puedes pensar lo que quieras, padre, pero yo no seré la mujer de
Jannsen.
—¿Quéee?
—Que no pienso servirte ofreciendo mi vida a tu política, pues eso
es Jannsen para ti, un colaborador más asegurado para tus propósitos,
quizá para alcanzar más adelante la presidencia de la nación; pero no
será así.
La diestra de Johnatan Crow se alzó y cayó sobre la mejilla de su hija.
Esta no se movió y sus ojos no derramaron una sola lágrima.
—¡Yo te enseñaré a enfrentarte con tu padre! ¡Ursula!
—Diga, diga, señor Crow...
—Lleva a mi hija al hotel y prepara las cosas. Mañana partiréis para
San Francisco. Ya daré órdenes posteriores al hombre que os escolte.
—Sí, sí, señor Crow...
Ursula se aproximó a Jenny, cogiéndola por un brazo. La muchacha,
todavía con la mejilla enrojecida, miraba acusadoramente a su padre.
—Vamos, señorita Jenny.
Jenny se encaminó hacia la puerta del vagón como un autómata en
el instante en que ésta se abría y penetraban Larrimer y Howard.
—¡Senador! ¡Senador!
—¿Qué ocurre? —inquirió el interpelado.
Los dos secuaces miraron a las mujeres con cierta reserva, pero Crow
dijo:
—Podéis hablar, es mi hija.
—Han ocurrido cosas graves en Tahoe, senador. Esta vez, Wood y el
Pulido no han hecho bien el trabajo. El comisario de la ciudad se ha car-
gado a tres gambusinos y ha pedido a los demás que se larguen.
—Cierra la boca, Larrimer —ordenó Crow, furioso—. Vamos, Ur-
sula, llévate a Jenny.

94—
La joven volvió ligeramente la cabeza hacia su padre y le miró per-
pleja. Aquellas noticias ya las conocía, pero había algo grave que no aca-
baba de entender y temía que, pensando demasiado en ello, llegara a
comprenderlo.
Las dos mujeres abandonaron el vagón cuartel general del senador
y se encaminaron al hotel.
La ciudad semejaba revolucionada. Los mineros, utilizando antor-
chas y ayudados por algunos ciudadanos, buscaban a Wood. Nadie daba
ya un centavo por su vida en cuanto lo encontraran. Toda la fiebre del
oro se había transformado en odio hacia quien les engañara de aquella
forma.
Llegaban ya frente al hotel cuando se tropezaron con el comisario.
La joven, en vez de pasar por su lado, se detuvo ante él. Sonrió leve-
mente, costándole mucho tal acción debido a su estado de ánimo y sa-
ludó:
—Buenas noches, comisario.
—Hola, Jenny.
Por su parte, la vieja no parecía muy contenta.
—Vamos, Jenny, arriba. Es tarde y Tahoe anda revuelta buscando a
ese asesino que ha matado a la mujer del saloon. ¿No es así, comisario?
—En efecto.
Jenny prosiguió la conversación pese al enfado de Ursula,
—¿Han encontrado alguna pista al fugitivo?
—Sabemos que está en la ciudad. Su caballo y el de su amigo están
en la caballeriza pública y nadie ha notado a faltar una montura. A pie
no puede haber huido, de modo que suponemos que se ha escondido en
algún lugar de la población. Lo encontraremos.
—Sí, eso esperan todos, pero quizá no lo encuentren esta noche.
—Probablemente —admitió Ryan.
—¿Y estará buscándolo hasta la madrugada?

—95
—Si no hay otra cosa mejor que hacer, sí. Ha habido ya demasiados
muertos por culpa de ese hombre y me temo que si lo encuentran los
gambusinos antes que yo, no habrá nada que juzgar ni que enterrar.
—Se lo habrá buscado, ¿no es así?
—Sí, pero la justicia debe ser cumplida. Mi obligación es impedir los
linchamientos. La ley no los autoriza.
—Parece usted un hombre justo pese a...
—Termina, Jenny. ¿Pese a ser un bruto? —agregó él.
—¿Se ha molestado?
—No, en absoluto, viniendo la opinión de ti.
—Comisario, creo que me he comportado como una niña tonta y mi-
mada y tengo merecido el modo con que me ha tratado.
—Vaya, no pensaba que pudieras reaccionar de esta forma —con-
testó Dan, temiendo una broma.
—Sí. Llevamos una venda en los ojos durante muchos años, quizá
toda la vida si no viene alguien y nos la quita, haciéndonos ver cómo
somos en realidad —musitó sin mirar al hombre, con la vista perdida en
la calle por la que, de vez en cuando, pasaba un grupo de gambusinos
con antorchas buscando a su presa. Volvió su cabeza hacia el hombre y
preguntó—: ¿Le molestaría charlar un rato amistosamente conmigo? Lo
necesito.
Dan la miró y no sonrió. Esta vez estaba seguro de que ella decía la
verdad. Vio en los ojos femeninos un deseo vehemente de compartir algo
que la atormentaba.
—¿No te va mejor hablar con tu padre? Está en la ciudad.
Ursula aprovechó para intervenir:
—Ya ha hablado con él, acabamos de visitarlo, y ha dicho que regre-
semos inmediatamente al hotel. No quiere que su hija esté en la calle ha-
blando con extraños.
—El comisario no es un extraño para mí, Ursula.
—Gracias por ese voto de confianza, Jenny —dijo él.
—¿Podemos, entonces, hablar amistosamente?

96—
—Por mí, sí. Es seguro que los gambusinos buscarán a Wood con
más ahínco que yo y ya oiremos ruido cuando lo encuentren.
—¡Jenny, no puedes quedarte en la calle, sabes las órdenes de tu pa-
dre!
—Ursula tiene razón, mejor será que subamos a mi alcoba. Mi padre
no quiere que me vean hablando en la calle.
—¿En tu habitación, Jenny? ¿Te has vuelto loca?
—Ni mucho menos, Ursula —replicó ella con calma, sin apartar la
mirada del rostro varonil—. El comisario es todo un caballero, ¿verdad?
—Nunca he decepcionado a quienes confían en mí
—¡Jenny, yo lo impediré!
—Si abres la boca, si cometes una sola tontería, considérate despe-
dida. Te aseguro que no vas a encontrar a nadie que te dé trabajo. Ten-
drás que ir a fregar los suelos de los saloons, de modo que te conviene
más obedecerme.
—Sí, pero...
—No hables más y acompáñanos arriba.
Los tres entraron en el hotel y subieron al piso donde se ubicaban las
mejores habitaciones.
Al llegar frente a la suya, Jenny miró a su dama de compañía.
—Ve a tu habitación. Mañana nos veremos.
—¡Jenny, recuerda que tenemos que coger el tren.
—¿De veras te marchas mañana? —preguntó Dan.
Ella evadió la respuesta y miró a Ursula. Esta, gruñendo, se fue a su
alcoba.
Jenny introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Luego, in-
vitó al hombre a entrar en la estancia.
Dan Ryan extrajo una caja de fósforos, dispuesto a encender el quin-
qué rococó que había fijo en la pared. La mano femenina se posó sobre
la suya, conteniéndole. Tuteándole abiertamente, Jenny musitó:
—No enciendas luz. Con la claridad lunar que penetra por la ven-
tana es suficiente. Me sentiré más a gusto para charlar contigo.

—97
—Como quieras.
Jenny introdujo la llave en la cerradura por su parte interior y cerró,
dejándola puesta.
—De este modo, seguro que no nos molestarán y Ursula no obser-
vará. Es muy fisgona, la conozco bien.
—¿Qué te sucede, Jenny? ¿Es grave? —preguntó él, deteniéndose en
el centro de la habitación.
—Dicen que las mujeres somos tontas porque nos preocupamos por
cosas que, según los hombres, no tienen importancia.
—Creo que te hará bien hablar.
Ella titubeó un instante. Luego, dijo:
—Antes no te he respondido a una pregunta, ahora voy a hacerlo. Sí,
me marcho mañana en el tren para San Francisco.
—¿Con tu padre?
—No, él se quedará aquí para concluir su campaña electoral. Precisa
votos, muchos votos para ser reelegido.
—Podías haberte quedado con él hasta el último momento.
—Sí, es cierto, pero lo ha considerado impropio y el motivo has sido
tú.
—¿Yo?
—Dan, ¿sabes para qué me envía a San Francisco?
—No.
—Para casarme.
El exhaló lentamente el aire de sus pulmones, como si le pesara de-
masiado dentro de ellos.
—Bueno, creo que es lógico, estás en la edad. Mis felicitaciones,
Jenny. Nuestro encuentro en la vida ha sido un poco singular, pero no
creí que desearas tanto herirme.
—¿Herirte, por qué?
—Quizá haya dicho una estupidez —respondió él, dirigiéndose pe-
sadamente a la puerta.
Ella corrió hacia él, oprimiéndose contra su pecho.

98—
—Dan, ¿de veras te he herido con mis palabras?
—Bueno, quizá llegué a pensar que a una niña mimada se la podía
corregir con unos azotes y que luego podía convertirse en una auténtica
mujer a la que amar. Por lo visto, siempre queremos lo que no nos es
dado conseguir.
—Dan, voy a San Francisco a casarme con un sexagenario cargado
de millones.
—Me decepcionas, Jenny. Con tu actitud, con tu carácter de estos
días, no pensé que fueras de esta forma.
—Pero, Dan, ¿es que no te das cuenta? No soy yo sino mi padre quien
quiere casarme y me envía a San Francisco por temor a que me enamore
de ti, porque Ursula le ha contado lo sucedido entre nosotros.
—¿De veras cree que corres ese peligro?
—Bésame y luego te contestaré.
El levantó los brazos y la estrechó con suavidad. Acercó sus labios a
los femeninos y la besó. Ella se entregó a la caricia con toda su alma,
separándose después con la respiración agitada.
—¿Y qué opinas ahora? —preguntó él con voz ronca.
—Que sí Dan, sí corro peligro...
El permaneció quieto unos instantes, escrutando las pupilas azules
en las que se reflejaba la luna que entraba por la ventana, arrancándoles
chispas luminosas.
—No creo que seas capaz de venir a mí para escapar de él —musitó
convencido de que Jenny se comportaba con sinceridad.
La atrajo de nuevo hacia sí y volvió a besarla.
La luna fue recorriendo su periplo y acabó por desaparecer del
marco de la ventana.
En la calle, los gambusinos que buscaban con antorchas al fugitivo
Wood cada vez lo hacían en menor número. Sin embargo, varios pares
de ojos permanecían atentos a cuanto ocurría, esperando el momento
oportuno. Uno de aquellos ojos pertenecían a un sujeto sin escrúpulos
llamado Emil Hamilton.

—99
100—
El doctor Fermory oyó unos golpes en la puerta y alzó la vista del
libro que estaba leyendo.
—Hum, ¿quién será ahora?
—Doc, ¿quién es? —preguntó la voz de Tade desde el interior de la
habitación.
—No sé, voy a ver.
El bueno de Fermory franqueó la puerta. Antes de poder ver el rostro
de su visitante, sintió que el cañón de un revólver se hundía en su estó-
mago.
—Métase adentro o lo mato.
—Eh, ¿qué es esto, un atropello?
Hamilton empujó a Fermory hacia el interior de la vivienda, intro-
duciéndose él también en ella.
—¿Dónde está? —inquirió en voz baja.
—Doc, ¿quién es? —preguntó la voz de Tade desde la alcoba.
—¿Dónde está quién?
—No hace falta que me lo diga, doctor —dijo Hamilton, sonriendo.
Fermory se vio materialmente empujado hacia la habitación siempre
con el arma hundida en su cuerpo, pasándole del estómago a los riñones.
Al ver aparecer en el umbral de la habitación al violento visitante,
Tade exclamó:
—¡Hamilton!
—Hola, Tade. ¿Creíste que ibas a escapar? Vales tres mil dólares
muerto.
—¿Usted es el que le hirió? Pues el comisario le arreglará las cuentas
—advirtió el galeno.
—El comisario está demasiado preocupado por otros asuntos en es-
tos momentos.

—101
Tade envió una mirada de auxilio al médico, pero éste se veía tan
Indefenso como él.
—Estamos en California. Aquí no se me persigue.
—Por eso no hay que preocuparse. Dentro de pocas horas pasa un
mercancías en dirección a Omaha y en pocas horas estaremos de nuevo
en Nevada, aunque es una lástima que no pueda llevarme un féretro que
había encargado para ti.
—Usted no se lo llevará a ninguna parte —protestó Fermory—. Lo
han dejado a mi cuidado.
El médico trató de abalanzarse sobre Hamilton, pero éste le propinó
un culatazo en la nariz.
Fermory dobló sus rodillas y quedó de bruces en el suelo gimiendo
dolorosamente. Sus manos quedaron llenas de sangre al llevárselas al
lugar afectado
—Hamilton, estás perdiendo el tiempo. Han cablegrafiado a Nevada
y tendrán que hacerme juicio.
—Cierra el pico, Tade. No quiero escuchar más paparruchadas. Un
juicio puede tardar mucho y si llevo tu cuerpo al hombre que ha de
darme los tres mil dólares no habrá quien me quite la recompensa.
—No te saldrás con la tuya —masculló Tade, que continuaba en la
cama, maldiciéndose por no tener un revólver cerca.
—Vamos, sal de la cama y vístete. No quiero que llames la atención
por la calle.
—¿Y si me niego? —preguntó Tade, intentando conservar su sangre
fría.
—Muy sencillo: Te mataré ahora mismo. Se acortará tu vida en dos
días. No es mucho, pero dicen que mientras hay vida hay esperanza.
—Si me matas harás ruido, Hamilton, y vendrán. No olvides que es-
toy bajo la protección del comisario.
—Siempre el comisario, el comisario... Él me ha quitado mi arma,
pero ya ves lo que he tardado en tener otra.
—¿Y cómo la has obtenido si te desarmó?

102—
Tade trataba de hablar para ganar tiempo en busca de una solución
que en aquellos momentos no veía por parte alguna.
—Uno de los gambusinos muertos me la ha proporcionado. Sólo he
tenido que dar unos dólares al sepulturero.
—Me han dicho que si el comisario te ve con un arma te disparará.
—Ya no me importa. Dentro de muy poco, tú y yo vamos a salir de
Tahoe, Cuando tu protector, ese entrometido comisario, quiera darse
cuenta, ya estarás en Nevada, y allí no tendrá jurisdicción.
—Pero no dispararás, ¿verdad?
—No, no hará falta mientras nadie se entrometa. Traigo esto para ti.
Hamilton hizo saltar el muelle de una afilada navaja, cuyo acero re-
lució a la luz de la lámpara.
Tade tragó saliva viéndose perdido. Sólo le cabía esperar que alguien
le ayudara. No tenía armas para defenderse y, por otra parte, estaba muy
débil con su herida para poder luchar contra el cazarecompensas en al-
gún descuido que éste sufriera.
—Está bien, tú ganas, pero no te pagarán por mi cadáver.
—Eso es cuenta mía. Vamos, vístete.
Tade abandonó la cama dificultosamente. La herida, limpiada por
Fermory, le dolía horriblemente.
Mientras Tade se vestía, Fermory se puso en pie trabajosamente. Ha-
bía cesado de manar sangre de su nariz que, por otra parte, se había hin-
chado y ofrecía un aspecto grotesco dentro de lo desagradable.
—En cuanto a usted, será mejor que duerma unas horas.
El desgraciado Fermory tuvo que sufrir un segundo culatazo, esta
vez en la nuca, que lo dejó tendido boca abajo sin sentido.
—Lo has matado, te ahorcarán por eso —acusó Tade.
—Ni lo pienses. Sé cómo golpear a alguien sin matarlo En cuanto a
ti, vamos, rápido, tengo prisa. El mercancías no tardará en llegar.
Tade obedeció. No podía hacer otra cosa y se acogió a las propias
palabras del cazarecompensas pensando que, efectivamente, mientras
hay vida hay esperanza.

—103
—Ya estoy.
—Sí, ya veo. Ponte delante de mí. Saldremos de aquí con mucho cui-
dado y, recuérdalo, un movimiento en falso y sentirás cómo se hunde el
cuchillo en tu cuerpo. Sé hacer bien mi trabajo. Siempre he andado tras
fugitivos más listos que tú.
Se asomaron a la puerta de la casa y Hamilton tuvo que esperar a
que un grupo de tres gambusinos pasara de largo. Luego, con el revólver
en el interior de su cinturón y con la navaja apoyada en los riñones de
Tade, empujó a éste.
—Adelante y no te despegues de las casas.
—Te descubrirán esos que andan por las calles.
—Los gambusinos buscan a un tal Wood, no a nosotros de modo que
no te hagas ilusiones.
Llegaron a la estación sin tropiezos y Hamilton condujo a Tade hacia
el almacén.
—Esperaremos aquí dentro, pero, recuerda, prefiero llevarte muerto
que vivo, de modo que si intentas algo no vacilaré en absoluto.
—¿Y qué harás luego en Nevada, matarme fríamente?
—Es posible, como también es posible que te entregue vivo a quien
ofrece tres mil dólares por ti y ya se encargará él del trabajo de liquidarte.

* * *

—«¡Maldita sea! —gruñó el senador.


—Tal como están las perspectivas en Tahoe, es mala cosa repartir las
tierras del Gobierno, aunque tenga autorización para hacerlo —opinó
Larrimer.
Howard apoyó las palabras de su compañero:
—Esa tierra es de la peor. Rocas, tierra yerma, no vale nada. Ningún
colono la querría para cultivarla.

104—
—Todo, todo lo tenía planeado desde hace tiempo. Si me embolsaba
aquí un montón de votos tendría menos trabajo en otra parte, y ahora,
nada... Habrá que empezar de nuevo en distinto sitio.
—Habría sido todo muy fácil si se hubieran quedado los títulos de
las tierras con la condición de votar luego por usted, senador. Serían pro-
pietarios, pero ahora nadie va a quedar esos títulos; es más, sería peli-
groso donarlos en la situación en que están aquí las cosas —opinó Larri-
mer.
—Sí, los gambusinos están desengañados, ya no buscan oro. Todos
aguardarán las noticias que el comisario de mañana en el periódico
—indicó Larrimer, que ignoraba lo sucedido a última hora en el saloon.
—¡Maldito comisario! Es la segunda vez que oigo hablar de él y no
precisamente para favorecerme.
—Con su influencia será fácil hacerlo desaparecer.
—Sí, tiene que desaparecer, no voy a perdonarlo.
La puerta accesible del vagón se abrió y, rápidamente, un hombre
pasó al interior del mismo, espléndidamente iluminado, aunque las per-
sianas de sus ventanillas estaban bajas en su mayor parte para aislarlos
del exterior.
—¡Wood! —exclamó el político al reconocer al recién llegado.
—¡Senador, tiene que ayudarme! —pidió asustado.
—¡Imbécil! ¡Idiota! ¿Qué habéis hecho tú y el Pulido, para eso os con-
traté, para que estropearais mis planes?
—Senador, ya sabe que en otras ocasiones no le fallamos, pero esta
vez todo ha salido mal.
—Sí, ya sé que el comisario ha comenzado a sospechar
La nuez de la garganta de Wood osciló penosamente. Luego, dijo:
—Senador, es que ahora las cosas están peor...
Johnatan Crow hizo tan pequeños sus ojos para escrutar el semblante
de Wood que semejó tenerlos cerrados.
—¿Qué más ha ocurrido, Wood?

—105
—Pues, pues... —dijo temeroso de la reacción del irascible político
— han matado a él Pulido.
—¿Quién?
—Ha sido una mujer. Quería robarla y ésta le ha matado:
—¿Te han visto? —preguntó con voz ronca que presagiaba tempes-
tad.
—No, no me han visto, se lo juro, pero andan persiguiéndome.
—¿Por qué si no te han visto?
—Parece ser que ya saben que matamos al buhonero que utilizamos
para hacerles creer que había oro en Tahoe City.
—Continúa, ya sé la historia por los periódicos.
—Pues, el comisario y los gambusinos van tras mí...
—¡Maldita sea, qué torpe eres! ¡No has hecho más que complicar las
cosas y sólo te ha faltado venir aquí!
—Es que si me atrapan los gambusinos que andan por las calles me
lincharán.
—¿Y crees que cometerán una tontería al hacerlo?
Wood se sentía acorralado, pues sudores fríos y verdadero terror le
había costado llegar hasta el vagón del ferrocarril sin ser descubierto, lo
que habría significado su captura y muerte. Estaba siendo acosado como
una alimaña.
—Senador, yo he trabajado siempre para usted...
—Hasta el momento en que lo has hecho torpemente, poniendo en
peligro mi carrera política, entorpeciéndola.
—Le juro que lo haré mejor en otra parte. Aquí en Tahoe ya no hay
nada que hacer...
En tono de sentencia, Crow masculló:
—Es tarde para ti, Wood.
—¿Tarde?
—Sí, tarde. ¡Rusell!
—¿Qué hago, senador? —respondió el largo pistolero de ojos claros
y despiadados.

106—
—Quitadle el revólver.
—¡No, no dejaré que...!
—Entonces, «saca». ¡Vamos, «Saca»! —invitó Rusell con una sonrisa
que heló la sangre en las venas del atemorizado Wood.
Larrimer se le acercó por detrás y le arrebató el «Colt». tirándolo por
encima de su hombro. Henry Rusell lo recogió.
—Senador, no irá a hacer una marranada conmigo, ¿verdad? —pre-
guntó temiendo que por escapar de los gambusinos se había metido en
el nido de un crótalo.
—Estorbas, eres un peligro. Tú te lo has buscado, Wood.
El cobarde Wood se dejó caer de rodillas y suplicó:
—¡No me mate, senador, no me mate, yo le he servido siempre fiel-
mente!
—¡No soporto a los llorones! —gruñó. Aplicó la suela de su zapato
al rostro de Wood y lo lanzó de espaldas sobre el suelo.

—107
108—
Dan Ryan abandonó el Tower Hotel y, ya en la calle, ajustó la tirilla
de la funda del revólver a su pierna. Mientras efectuaba esta sencilla ope-
ración, miraba de reojo hacia la ventana de Jenny Crow, en la que había
una negrura absoluta.
De pronto:
—¡Comisario! ¡Comisario!
Dan se volvió y en el centro de la calle descubrió una figura tamba-
leante. Corrió hacia ella.
—¿Doctor!
—¡Comisario! —tomó a llamar, clavando una rodilla en tierra.
Algunos de los buscadores que seguían la pista de Wood se acerca-
ron. Dan le ayudó a ponerse en pie, descubriendo entonces su rostro cas-
tigado con brutalidad.
—Doctor, ¿qué le han hecho?
—Ha sido Hamilton.
—Me lo temía. Debí meter a ese indeseable entre rejas. Ha querido
aprovecharse de que la ciudad está revuelta.
—Se ha llevado a Tade.
—¿Muerto?
—No, no lo sé. Me ha golpeado primero en la cara y luego en la nuca.
He perdido el conocimiento. Acabo de recuperarlo hace muy poco.
—¿Sabe adónde han ido?
—A la estación.
—Pero, si no pasa ningún convoy. O sí, sí pasa uno, el mercancías.
—Ese, ese es el que quiere coger Hamilton llevándose a Tade a Ne-
vada.
—El mercancías aún no ha llegado, habríamos oído su silbato. Ha-
milton estará todavía en la estación con Tade.
—Sí, creo que sí.

—109
—Por favor, que alguien cuide del doctor. Ayúdenlo a ir a su casa
—pidió.
Dos hombres cogieron a Fermory por ambos brazos.
—Nosotros lo llevaremos.
—Y nosotros iremos a la estación —resolvieron los demás.
—Está bien, vengan los que quieran, pero manténganse en silencio y
no actúen si no se lo pido. ¿Comprendido? Hay de por medio la vida de
un hombre al que quiero salvar.
Los gambusinos aceptaron la propuesta con un movimiento afirma-
tivo de cabeza.
Instintivamente, Ryan tocó la culata de su «Colt». Después echó a
caminar hacia la estación. Los mineros, con sus antorchas, le siguieron
una docena de pasos atrás.
Llegaron a la estación sin ninguna dificultad, sólo que el grupo había
aumentado. Sin embargo, no había voces. Confiaban en el comisario, un
hombre capaz de enfrentarse solo con todos ellos.
Dan hizo un gesto con la mano y el grupo, casi una multitud, que le
seguía, se detuvo.
Luego, él solo entró en la estación del ferrocarril propiamente dicha.
El jefe de estación salió a su encuentro.
—¿Han dado ya con el hombre que buscan? Antes han estado aquí
unos gambusinos y...
—No, no lo hemos encontrado, pero la noche parece que está com-
plicada. Ya no es a ese hombre al que se busca, sino a otro que se ha
llevado a un tercero como rehén.
—¡Por todos los santos, comisario! —exclamó el jefe de estación—.
Tahoe City estaba muy tranquila antes, pero desde que apareció el buho-
nero bajo las ruedas del tren es un nido de violencia.
—Sí, pero pronto terminará. Dígame: ¿ha visto a dos hombres, es de-
cir, a los que busco?
—Exceptuando a los gambusinos que van con antorchas, no he visto
a nadie.

110—
—Pues tendré que continuar buscándolos por los alrededores.
—¿Por qué así, comisario?
—Porque sé que tratan de coger el mercancías para escapar y es muy
posible que el otro fugitivo también desee tomar el tren antes de que lo
linchen. Es obligación mía que eso no ocurra, pero también he de tratar
por todos los medios de que no escape.
—Me temo que esta noche va a ser sonada. ¿Qué va a decir el sena-
dor Crow? Está en su vagón en una vía muerta. —Señaló con la mano al
oeste de la estación.
—En mal momento ha venido a recolectar votes a Tahoe
Recordando a Jenny, Dan se dijo que no podía albergar ninguna sim-
patía hacia el político.
—Por lo menos, iré a avisar al senador de lo que ocurre.
—No vaya —atajó Dan—, no tiene por qué molestarle. Procuraremos
que todo se resuelva sin tiroteos y, si es así, mañana ya se enterará de lo
ocurrido y no le habrá interrumpido en su trabajo.
—Pero, ¿y si hay tiroteo?
—En ese caso, ya le explicaremos lo sucedido.
—Está bien. Le obedeceré, comisario, pero bajo su propia responsa-
bilidad, recuérdelo.
—No lo olvidaré. Ahora dígame, aparte de esta estación, en qué lu-
gar puede ocultarse alguien.
—Hay dos almacenes, uno a cada lado de la estación, nada más. Es
difícil esconderse en otra parte, ya que los árboles son escasos.
—Bien, registraré ambos almacenes. Primero el que corresponde al
lado este del andén.
—¿Y lo hará solo?
—Sí.
—¿No teme que le maten?
—Eso es cuenta mía.
Ryan dio una palmada amistosa en el hombro del jefe de estación
infundiéndole confianza y se separó de él.

—111
Se enfrentó con el primero de los almacenes. Ambos eran de madera,
iguales en dimensiones y estructura, guardando simetría con el resto de
la estación.
—¡Hamilton! ¿Está ahí dentro?
No obtuvo respuesta y, ante la expectación de cuantos rodeaban la
estación, empuñó el revólver y se adentró en la oscuridad de la nave.
Fue cauteloso, despacio, con el «Colt» por delante y tratando de ofre-
cer el mínimo blanco con su cuerpo.
—¡Hamilton, responde!
Nuevamente el silencio. Procedió con el registro del almacén, en el
que no halló a nadie.
Sin soltar el revólver, salió del almacén seguido por las miradas de
los gambusinos que, tras hablar con el jefe de estación y explicarles éste
lo que Ryan pretendía, habían rodeado el segundo almacén.
—¡Hamilton! —volvió a llamar tras situarse frente al almacén del
Oeste de la estación.
—¡Dan!
—Tade, ¿eres tú?
Ryan pudo oír un rugido gutural muy raro. Luego, el silencio.
—¡Comisario, lárguese o mato a este hombre! —amenazó Hamilton.
—Sal con las manos en alto, estás perdido. No me obligues a dispa-
rar.
Dan, temerariamente, saltó hacia el interior del granero cuando sonó
el primer disparo hecho por el cazarecompensas que se sentía acorra-
lado, ya que el almacén sólo tenía el gran portalón por el cual acababa de
introducirse Ryan.
—¡Aún tienes la posibilidad de salvar tu piel, Hamilton! ¡Tira el re-
vólver!
—Lo siento por usted, comisario, pero me llevaré a Tade cueste lo
que cueste. Si trata de impedírmelo, le mataré. Hace demasiado tiempo
que voy tras esos tres mil dólares y no me quedaré sin ellos.

112—
Dan Ryan empujó un montón de sacos de alubias y Hamilton dis-
paró contra ellos dos veces consecutivas.
Dan tiró del gatillo de su «Colt» en la dirección de donde surgieron
los fogonazos y oyó un gruñido de dolor.
Hamilton, herido, saltó hacia adelante y corrió al portalón, mientras
Dan le salía al paso suicidamente.
—¡Se lo ha buscado, ahí tiene el plomo! —farfulló Hamilton con el
brazo izquierdo colgando a lo largo de su cuerpo como desarticulado. La
bala le había alcanzado justo en el hombro.
Ryan escapó al proyectil de su enemigo y disparó a su vez.
Hamilton, frenado en su carrera, dio una voltereta y golpeó el suelo
con la cara.
A Dan no le hizo falta comprobar si estaba herido o muerto. Cuando
disparaba en aquellas condiciones lo hacía dispuesto a eliminar del
mundo de los vivos a un tipo execrable. Poco después se comprobaría
que Hamilton tenía un orificio oscuro que juntaba sus dos cejas. Dan
Ryan no solía fallar.
—¡Tade! —llamó tratando de escudriñar la oscuridad con sus pupi-
las.
—Dan, estoy aquí, al fondo... —dijo una voz débil, casi inaudible.
Dan se adentró en el interior. No tardó en hallar a su antigua amigo,
sentado en el suelo y con la espalda apoyada contra unos sacos.
—¿Cómo estás, Tade? Ya no debes temer a Hamilton —dijo, incli-
nándose hacia él, habituando sus ojos a las tinieblas.
—Ya es tarde, Dan.
—¿Tarde?
—No, no me cojas, es mi fin. Tengo que reconocerlo —dijo con voz
ronca, dificultosa.
—¿Qué te ha hecho?
Tade intentó sonreír, pero su rostro sólo dibujó una mueca.
—Tengo un acero hundido en mi cuerpo. Pagan tres mil dólares por
el fugitivo Tade, no lo olvides.

—113
—¿Acero en tu cuerpo?
—Sí, no me toques. En el momento que quites la navaja se habrá aca-
bado todo para mí —explicó lentamente—. Lo siento dentro, Dan. No es
como una cuchillada rápida, en una pelea, una cuchillada que no se nota.
Esta ha sido fría, maligna... Hamilton no ha tenido los nervios templados
en sus últimos momentos.
—Lo siento, Tade. Nunca me perdonaré el no haberte protegido, y
más y mejor sabiendo que un sujeto como Hamilton andaba tras ti.
—No te lamentes, Dan, no te lamentes. Yo, yo te mentí.
Ryan calló unos instantes. Luego preguntó:
—¿Fuiste tú el abigeo?
—Sí, ésa es la verdad. Yo contraté a otro tipo, sólo que, lastimosa-
mente, lo sorprendieron. Yo tuve tiempo de huir matando al hijo del
dueño del ganado. Lo siento, Dan, pero tenía miedo a morir y ya ves qué
fácil, qué fácil es morir, y más con la conciencia descargada.
—Gracias por no haberme engañado en tu último momento, Tade.
—Ahora se echarán los buitres sobre mí. Quien logre llevar mi
cuerpo a Nevada ganará tres mil dólares.
—No, Tade, yo me encargaré de que nadie pueda hacerlo, te lo juro.
Nadie se beneficiará con tu muerte.
—Dan, sigues siendo un buen amigo. Hiciste bien en convertirte en
comisario. Lo llevas en la sangre, Dan, lo llevas en la sangre.
Tade calló. El interior del granero se iluminó con las antorchas de los
gambusinos que se hallaban en el portal.
Dan observó que la respiración de Tade se hacía más fatigosa. Poco
después, tuvo un vómito de sangre que significó el fin; había muerto.
—¡Déjenme pasar, déjenme pasar! —pidió el jefe de estación, abrién-
dose paso entre los curiosos.
Dan desvió su mirada hacia el afectado comisario, interrogándole si-
lenciosamente. Este exclamó:
—¡El senador está en su vagón preguntando qué ocurre!
—No tema, yo le explicaré.

114—
Todos se apartaron al paso de Dan Ryan, que dejaba atrás dos cadá-
veres. Luego se encaminó al vagón del político.
Johnatan Crow estaba asomado a una de las ventanillas.
—¿Qué ha pasado, qué son esos disparos? ¿Y qué hace tanta gente
con antorchas?
—Lamento mucho esta situación, senador. Mañana, el juez Jackson
se la explicará más detalladamente.
—¿Han matado a alguien?
—Sí, han habido dos muertes. Hay mucha violencia a causa de la
falsa creencia de que existe oro en Tahoe City. Estamos buscando al hom-
bre que la ha provocado; se llama Wood.
—Confío en que lo encuentren y le den su merecido.
—Así se hará, senador.
—Espero que haya paz y calma durante mi campaña. No quiero te-
ner mala Prensa.
Wood, que sabía los minutos de su vida contados, pues había pasado
a constituir un estorbo para Johnatan Crow, estaba siendo vigilado por
las armas de los que anteriormente fueran sus compañeros. Tomando
una resolución inesperada, se lanzó en tromba contra la puerta y logró
salir ante la duda de los hombres del senador, que no sabían si dispararle
o no, ya que el comisario estaba delante del vagón y los mineros cerca
con sus antorchas.
—¡Comisario, comisario, soy Wood! —chilló, saltando al suelo. Ya
perdido por perdido, acusó—: ¡El senador es el que ordenó lo del oro, él
es mi jefe, yo...!
Sonó una descarga que convirtieron a Wood en un colador instantá-
neamente.
Crow se apresuró a bajar la persiana y a ocultarse en el interior del
vagón mientras sus hombres disparaban contra el comisario que, tras oír
las palabras de Wood, había saltado introduciéndose debajo del vagón y
escapando así a los proyectiles.

—115
Los gambusinos entraron en acción acercándose; mas los hombres
de Crow los mantuvieron a raya, tumbando con sus plomos a varios de
ellos.
—¡Senador, entréguese, está perdido! —gritó Dan.
—¡No me entregaré nunca! —replicó furioso contra sus hombres,
que se habían precipitado, contra Wood y contra sí mismo.
Los buscadores de oro dispararon sobre el vagón, pero teniendo
buen cuidado de hacerlo alto para no herir al temerario Ryan, que ga-
teaba por debajo.
Dan reptaba sobre la vía. Aunque a distancia, los gambusinos habían
rodeado el vagón y de éste brotaban los disparos tratando de defenderse
en su desesperada situación.
Consiguió llegar al extremo del vagón y asomó con cuidado por uno
de sus lados. Engarfió los dedos en una de las ventanillas y, cuidadosa-
mente, levantó la persiana.
El cristal estaba bajado, quizá para refrescar el ambiente interior.
Subió a pulso hasta conseguir adentrarse en el vagón sin que nadie le
saliera al paso.
Ya arriba se percató de que estaba en un departamento individual,
precisamente el que ocupaba el senador como dormitorio.
Abrió la puerta con lentitud y vio a tres hombres tumbados en el
suelo. Los gambusinos no habían errado al disparar.
—¡Quietos todos, las manos en alto! —ordenó deteniéndose junto a
la lámpara de petróleo que daba luz al vagón.
Johnatan Crow y sus tres hombres se vieron desagradablemente sor-
prendidos ante la presencia del comisario, revólver en mano.
Fue Rusell quien se revolvió haciendo fuego contra Ryan. Larrimer
le secundó, pero Dan no tuvo contemplaciones y disparó a su vez, tum-
bando a los dos hombres cuando el farol estallaba hecho añicos. El pe-
tróleo se desparramó incendiándose y propagando su fuego al vagón en
pocos segundos.

116—
Sólo ante un hombre dudó Dan en disparar: el senador Crow que,
ante esta vacilación, tuvo tiempo de saltar hacia el exterior por la puerta
como poco antes hiciera el propio Wood, creyendo así tener una posibi-
lidad de salvar su vida.
—¡¡¡Aaaaaaaghüü —oyó gritar al tiempo que una locomotora silbaba
estrepitosamente junto al vagón.
El mercancías acababa de llegar a la estación de Tahoe.
Jonathan Crow había perecido como pocos días antes muriera un in-
feliz buhonero: bajo las ruedas de un tren.

—117
118—
Vestida totalmente de negro, Jenny Crow oprimió la mano del comi-
sario local de Tahoe City.
El cementerio se hallaba concurrido, pero todos los que allí estaban
eran ciudadanos de Tahoe. Los gambusinos habían desaparecido ya,
buscando oro en los lugares más recónditos de California, allá donde al-
guien pronunciara la fatídica palabra.
—Ha sido terrible, Dan —comentó la joven en voz baja.
—Sí. Ahí, delante nuestro, esa hilera de tumbas nos ha de enseñar
que la ambición desmedida sólo trae tragedia, la muerte para quienes la
sienten.
Dan Ryan pasó la mano por encima del hombro femenino y la em-
pujó levemente hacia la salida.
La gente comenzó a desfilar de regreso a la ciudad. El múltiple en-
tierro, en el que Dan se había preocupado de mezclar el cadáver de Tade,
para que jamás fuera encontrado, había terminado.
Un sol aparecía ahora sobre las montañas del este. La vida terminaba
y volvía a empezar de nuevo, así lo pensó Jenny Crow al mirar el rostro
del hombre que no tardaría en hacerla su mujer.

FIN

—119

También podría gustarte