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David Hume

David Hume fue un filósofo escocés del siglo XVIII conocido por su obra 'Tratado Acerca de la Naturaleza Humana' y su crítica a la causalidad y la existencia del mundo externo. Su teoría del conocimiento se basa en la distinción entre impresiones e ideas, argumentando que todo conocimiento proviene de la experiencia y que no existen ideas innatas. Hume también cuestiona la existencia del yo y de Dios, proponiendo un enfoque escéptico que limita el conocimiento a las impresiones y las ideas, dejando sin respuesta el origen de estas.
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David Hume

David Hume fue un filósofo escocés del siglo XVIII conocido por su obra 'Tratado Acerca de la Naturaleza Humana' y su crítica a la causalidad y la existencia del mundo externo. Su teoría del conocimiento se basa en la distinción entre impresiones e ideas, argumentando que todo conocimiento proviene de la experiencia y que no existen ideas innatas. Hume también cuestiona la existencia del yo y de Dios, proponiendo un enfoque escéptico que limita el conocimiento a las impresiones y las ideas, dejando sin respuesta el origen de estas.
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6.

David Hume (1711-1776)


Nota biográfica
Nació en Edimburgo, Escocia, (1711-1776, siglo XVIII). Siendo joven abandonó la
empresa de su padre y su profesión de comerciante para dedicarse a la Filosofía y por ello
se retiró a una pequeña casa de campo cerca de París. Allí escribió su primera obra,
Tratado Acerca de la Naturaleza Humana, y volvió a Londres para publicarla, pero no
tuvo el éxito que esperaba. Alcanzaría la fama al publicar Discursos políticos en 1752.

Fue un autor polémico. La iglesia anglicana consideró sus escritos subversivos, la Iglesia
católica incluyó sus obras en el Índice de libros prohibidos y las autoridades académicas
lo rechazaron. En 1767 fue nombrado subsecretario de Estado de Escocia, después de
haber sido embajador en París. En 1769 se retiró a Edimburgo, donde murió en 1776.

Entre sus obras más importantes destacan Investigaciones Sobre el Entendimiento


Humano e Investigaciones Sobre los Principios de la Moral, Diálogo sobre la religión
natural y Discursos políticos.

1. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO

1.1 Elementos del conocimiento: Clasificación de las percepciones

A diferencia de Locke, que designaba con el término “idea” a todos los contenidos
mentales por igual, Hume tratará de ordenar y diferenciar las distintas percepciones que
se nos presentan en la mente. Su proyecto es el de llevar a cabo una “geografía mental”.
Por “percepción” Hume entiende “todo lo que está presente a la mente, de cualquier
modo que sea”. Las percepciones se dividen en impresiones e ideas:

Las impresiones son el elemento más originario de nuestro conocimiento, lo primero de


lo que tenemos noticia en la mente. Son simples, inmediatas y se nos presentan de
forma nítida, clara e indudable. Se definen como percepciones que afectan a la mente
con una singular intensidad, aquí y ahora. Hume diferencia dos tipos:

1. De sensación, producidas por los sentidos. Atribuimos su causa a los objetos del
mundo externo.

2. De reflexión, producidas por el pensamiento. Proceden de las ideas y las


operaciones de la mente (creer, dudar, afirmar, enumerar, etc.). La intuición
cartesiana del cogito, por ejemplo, es considerada por Hume una impresión de
reflexión.

En segundo lugar encontramos las ideas, que se definen como representaciones o copias
de las impresiones en el pensamiento y se almacenan en la memoria. Se diferencian de
las percepciones en que poseen menos nitidez y vivacidad. Así, por ejemplo, para Hume
la diferencia entre la impresión del sabor de un vino y su recuerdo en la memoria en
forma de idea es esencialmente de intensidad, cuantitativa.

-Hume enuncia dos tesis fundamentales acerca de las ideas:

• Todas nuestras ideas proceden de las impresiones como sus copias o imágenes.
Es decir, todas las ideas que poseemos en la mente proceden de la experiencia.

• En consecuencia, no existen ideas innatas. Frente a la tesis del racionalismo, la mente


es semejante a una tabula rasa o un folio en blanco, sin ningún contenido previo a la
experiencia.

-Las impresiones desempeñan en la teoría humeana del conocimiento un doble papel:

a) Determinan el límite y la extensión de lo que podemos conocer. Todo nuestro


conocimiento comienza con las impresiones, y termina allí donde carecemos de
ellas.

b) Constituyen el criterio de verdad de todas nuestras ideas. Para saber si una idea
cualquiera es verdadera basta con comprobar si le corresponde alguna
impresión en nuestra experiencia. En caso negativo, se trata de una idea falsa.

1.2 Tipos de Conocimiento: Las leyes de asociación

Además de los elementos del conocimiento Hume se refiere en su análisis de los


contenidos mentales a sus leyes de asociación. El modo en que se asocian entre sí las
ideas y las impresiones da lugar a dos tipos diferenciados de conocimiento:

1. De relaciones entre ideas. El conocimiento de relaciones entre ideas se expresa


en proposiciones analíticas, en las que el predicado está contenido de antemano
en el sujeto. Podemos decir que se trata de verdadero conocimiento, puesto que
es necesario y rigurosamente demostrable según las leyes de la lógica. Es el tipo
de conocimiento que nos aportan la lógica, la geometría o las matemáticas.
Ejemplos:

- “El todo es mayor que cada una de las partes.”

- “La suma de los ángulos de un triángulo equivale a la suma de dos ángulos rectos.”

- “Dos rectas paralelas nunca llegan a cruzarse en un plano infinito.”

- “2 + 2 = 4”

Cualquiera de estas proposiciones enuncia relaciones necesarias entre ciertas ideas;


para comprobar que son verdaderas no necesitamos recurrir en ningún caso a la
experiencia. Las afirmaciones anteriores sobre el todo y las partes o sobre dos rectas
paralelas en un plano infinito serían necesariamente ciertas incluso aunque no
existieran todos, partes, rectas ni planos infinitos en la realidad. Pero por esta misma
razón ninguna de ellas aporta información alguna acerca de la realidad.

2. De cuestiones de hechos. El conocimiento de hechos se refiere en cambio a


las impresiones que tenemos acerca del mundo externo. Se expresa en
proposiciones sintéticas, en las que el predicado no está contenido o
presupuesto en el sujeto. Ejemplos:

-El agua hierve a 100 grados centígrados.

-Holanda es un país sin montañas

-Hay una taza de café sobre mi mesa

-Colón descubrió América el 12 de Octubre de 1492

En el caso de las cuestiones de hechos, reulta evidente que se trata en todos los casos
de proposiciones referidas a la realidad. Pero, a diferencia del conocimiento acerca de
relaciones entre ideas, el conocimiento de hechos no implica ningún tipo de necesidad;
Holanda podría contener cadenas montañosas o Colón haber descubierto América en
noviembre o no haberla descubierto en absoluto sin que ello implicase la más mínima
contradicción. La única justificación que tiene el conocimiento de hechos es la propia
experiencia; de hecho, sucede que Holanda no tiene montañas y que Colón descubrió
América en octubre. Por esta razón no se trata de un conocimiento rigurosamente
demostrable como el que obtenemos en lógica, geometría o matemáticas.
Simplemente, observamos que se cumple en la experiencia.

Así pues, la pregunta es clara: ¿Por qué damos nuestro asentimiento de creencia al
conocimiento referido a hechos, a pesar de que no es necesario ni rigurosamente
demostrable?

1.3 La crítica humeana al principio de causalidad (Problema comentario texto)

Hume observa que en el conocimiento de hechos a menudo nos servimos de un


razonamiento que consiste en anticipar un efecto que aún no ha sucedido a partir de su
causa. Creemos por ejemplo que, si llueve, la ropa que hemos dejado en el tendedero
se mojará. Este tipo de razonamiento se denomina inferencia causal. Ahora bien, ¿Cómo
podemos estar tan seguros del conocimiento acerca de hechos futuros, si del futuro no
tenemos impresión alguna? Para responder a esta pregunta es necesario analizar de
cerca la idea de causalidad.

La crítica fundamental de Hume frente a la causalidad es que la experiencia no nos


muestra jamás que un efecto se siga necesariamente de una causa en el mundo físico.
En otras palabras, a esta idea de conexión necesaria que espontáneamente atribuimos
a la relación causa-efecto en realidad no le corresponde ninguna impresión. Todo lo
más, lo único que nos muestra la experiencia es que se trata de una sucesión constante.
A una misma causa le sigue regularmente un mismo efecto. Es decir, hasta ahora resulta
que cuando llueve la ropa que hemos dejado en la cuerda de tender se moja, en lugar
de por ejemplo volverse azul.

De este modo, la tesis de Hume es que únicamente creemos en la causalidad por medio
del hábito. Estamos acostumbrados a que, hasta ahora, los mismos efectos sigan a las
mismas causas. Y, sencillamente, confiamos en que en el futuro la naturaleza seguirá su
curso. En otras palabras, en la inferencia causal presuponemos el principio de
isomorfismo o regularidad en la naturaleza; creemos que en el futuro los mismos efectos
seguirán a las mismas causas.

El paso de la causa al efecto lo lleva a cabo nuestra imaginación, fundada en el hábito.


Es decir, el principio de causalidad tiene un origen psicológico; es una ley mental que
conecta impresiones entre sí. Cuando anticipamos fenómenos físicos del futuro no nos
movemos ya en el ámbito del conocimiento, sino en el de la creencia.

No debemos entender, sin embargo, que Hume rechaza el principio de causalidad por
consistir en una mera creencia. De hecho es precisamente la costumbre, dice Hume, y
no la razón, la que sirve de guía a la vida1. En la práctica nos vemos obligados
constantemente a anticipar efectos del futuro, lo cual nos sería imposible si sólo
contásemos con nuestro entendimiento. La creencia acude en nuestra ayuda allí donde
la razón no es capaz de llegar.

1.4 La crítica humeana a las tres sustancias (Problema de la realidad)

A. La existencia del mundo externo

Dentro de la tradición empirista ya Locke había considerado que la existencia del


mundo externo era una condición necesaria a la hora de explicar el origen de
nuestras percepciones. En la práctica, al igual que creemos en la conexión necesaria
entre la causa y el efecto, tendemos a considerar a los cuerpos la causa externa de
nuestras impresiones.

Para Hume de nuevo en este caso llevamos a cabo una inferencia inválida. Si el
principio de causalidad es una ley de asociación de impresiones, entonces no es
posible aplicarlo a algo de lo que no tenemos impresión. Y esto es precisamente lo
que sucede con la causa de nuestras impresiones que llamamos “mundo externo”;

1. “No es, pues, la razón la guía de la vida, sino la costumbre. Solo la costumbre determina a la mente,
en todos los casos, a suponer que el futuro se conforma al pasado. Por fácil que pueda parecer este
paso, la razón nunca, ni en toda la eternidad, podría darlo.”
al afirmar la existencia del mundo externo como “causa” de nuestras impresiones
asociamos una impresión con algo de lo que no tenemos impresión alguna.

En definitiva, podemos afirmar que tenemos impresiones, pero no tenemos


impresión de que sea el mundo externo quien las causa en nosotros. Una vez más,
cuando topamos con los límites de la experiencia es la creencia quien viene en
nuestro auxilio. No conocemos el mundo; creemos en él guiados por la costumbre.

B. La existencia del Yo

Dadas las impresiones, cabe preguntarse quién o qué es lo que las recibe o
experimenta. Locke (y antes que él, Descartes) no dudó a la hora de responder a esta
pregunta; debe existir un sujeto, una mente o conciencia que albergue las
impresiones. En este caso no podemos decir que carezcamos de experiencia alguna
del Yo, pues se nos muestra como objeto inmediato de la percepción interna (el
famoso “pienso, luego existo” de Descartes).

En cuanto a la existencia del Yo Hume se muestra en cambio mucho más cauteloso.


Si analizamos nuestra percepción veremos que las ideas e impresiones se suceden
unas a otras en el tiempo sin que podamos reconocer nada permanente entre unas
y otras. Si fuera cierto que tenemos percepción del yo deberíamos encontrar una
idea o impresión siempre presente frente a las demás que continuamente se
suceden y cambian. Lo cual es evidentemente falso, pues no hay una sola idea o
impresión que nos acompañe de por vida en nuestra experiencia. En conclusión, no
tenemos intuición alguna de eso que llamamos “yo”, sino sólo de nuestras ideas e
impresiones.

No obstante, es innegable que en la práctica todos tenemos conciencia de nuestra


propia identidad personal a través de nuestras sucesivas impresiones. Aunque ellas
cambien, nosotros nos creemos siempre los mismos. ¿Qué explicación ofrece Hume
a la creencia en la propia identidad? En realidad, dice el escocés, jamás tenemos
experiencia de nosotros mismos como una sustancia distinta de nuestras propias
impresiones. A lo que nos referimos con “yo” es a la sucesión de las distintas
percepciones e ideas experimentadas en el pasado y almacenadas en la memoria.
Pero, como es evidente, es un error confundir la sucesión con la identidad.

C. La existencia de Dios (PROBLEMA DE DIOS)

Locke sostuvo igualmente la existencia de Dios a partir del principio de causalidad.


Como sucedía en Descartes, Dios es la causa última de nuestra existencia y de la
existencia del mundo externo. Se trata de un argumento clásico, ya expuesto con
anterioridad por ejemplo en la segunda vía tomista.
Como ya sabemos, Hume hace del principio de causalidad una ley psicológica de
asociación de impresiones. Al aplicar la idea de causa a algo de lo que no tenemos
impresión cometemos una falacia, igual que al considerar al mundo externo la causa
de nuestras impresiones. Al considerar a Dios la causa última de nuestras
impresiones ponemos en relación nuestras impresiones con algo de lo que no
tenemos impresión.

No obstante, ¿De dónde deriva entonces nuestra idea de Dios? En su obra Historia
natural de la religión Hume sitúa el origen de la religión en los sentimientos del
hombre (y no en su razón, como sucedía en Descartes). En este punto se opuso a las
doctrinas del deísmo ilustrado, que defendía el fundamento puramente racional de
la religión. En particular, Hume considera la base de la religión a los sentimientos de
temor e ignorancia que surgen ante el desconocimiento de las causas de los
fenómenos naturales. La religión tiene así un origen natural o psicológico, cercano a
la patología.

Si bien, por humilde que sea el origen de la religión, nada nos permite negar
taxativamente la existencia de Dios. En este sentido, lo escéptico del planteamiento
humeano da lugar a una actitud de agnosticismo en cuanto al problema de la
religión. La existencia de Dios es un enigma sin solución para el conocimiento
humano. Como buen escéptico, Hume insta en esta cuestión a suspender el juicio.

1.5 Conclusiones de la teoría humeana del conocimiento

Al negar la posibilidad de acceso al yo, a Dios y al mundo externo el planteamiento


gnoseológico de Hume topa con un callejón sin salida. La pregunta inicial permanece sin
respuesta: ¿De dónde vienen entonces nuestras impresiones? No lo sabemos ni lo
podemos conocer porque responder a la pregunta implicaría ir más allá de nuestras
impresiones, y éstas marcan el límite de nuestro conocimiento.

Lo único que podemos afirmar es que tenemos impresiones, si bien no sabemos de


dónde proceden. La tesis ontológica que se deriva de la teoría humeana del
conocimiento es la del fenomenismo. Sólo existen impresiones e ideas, es decir,
fenómenos; aquello que se nos muestra en la percepción.

En cuanto a la existencia de realidades distintas a las impresiones y las ideas, Hume


expone un resignado escepticismo. No podemos conocer el fundamento o la causa de
las impresiones; no sabemos qué las provoca ni quién las experimenta. Ni tampoco
podemos saber si su asociación en nuestra mente se corresponde con su ordenación en
la realidad, pues tampoco podemos conocer el fundamento de la conexión entre las
percepciones en el mundo externo.

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