El Hombre: Persona y Ser Social
La comprensión del hombre como persona y como ser social alcanza
su mayor profundidad cuando se entrelazan las perspectivas de la
antropología teológica y la Palabra de Dios, tal como la revela la Biblia
de Jerusalén y la interpreta el Magisterio de la Iglesia. Esta
convergencia ofrece una visión integral, donde la dignidad intrínseca
del ser humano y su vocación a la comunión no son meros
accidentes, sino aspectos constitutivos de su ser, enraizados en su
origen divino.
La antropología teológica nos enseña que el hombre es la única
criatura en la tierra amada por Dios por sí misma (CEC 356). Esta
afirmación encuentra su raíz más profunda en el relato de la creación
del Génesis: "Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza...» Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de
Dios lo creó; varón y hembra los creó" (Génesis 1,26-27). Esta
declaración bíblica es el pilar sobre el que se asienta la noción de
persona. La pluralidad en "hagamos" ha sido tradicionalmente
interpretada como un reflejo de la Trinidad, sugiriendo que la esencia
misma de Dios es comunión. Así, la persona humana, al ser imagen
de este Dios trinitario, lleva en su ser la capacidad y la vocación a la
relación y al amor. Esta dignidad inalienable, que le confiere
inteligencia y voluntad, lo capacita para conocer y amar, tanto a su
Creador como a sus semejantes. La constitución pastoral Gaudium et
Spes del Concilio Vaticano II lo reafirma magistralmente: "el hombre...
no puede encontrarse plenamente sino en la entrega sincera de sí
mismo a los demás" (GS 24), eco de esa comunión divina.
La dimensión del ser social no es un atributo secundario, sino una
exigencia fundamental de la persona. La Palabra de Dios lo deja claro
desde los primeros capítulos: "Dijo Yahveh Dios: «No es bueno que el
hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada»" (Génesis
2,18). Esta afirmación, anterior incluso a la creación de la mujer,
subraya que la soledad contradice la naturaleza humana. La
formación de la mujer a partir del hombre (Génesis 2,21-24) establece
la primera comunidad, la familia, como la célula fundamental de la
sociedad, evidenciando que el ser humano está intrínsecamente
llamado a la vida en relación.
El Magisterio de la Iglesia ha desarrollado esta verdad a lo largo de los
siglos. Desde las encíclicas sociales como Rerum Novarum de León
XIII, que reconocía la inclinación natural del hombre a la asociación,
hasta Mater et Magistra de Juan XXIII, que profundizó en la necesidad
de estructuras sociales justas, la Iglesia ha insistido en la
interdependencia entre la persona y la sociedad. Gaudium et Spes lo
sintetiza al afirmar que "la índole social del hombre demuestra que el
progreso de la persona humana y el desarrollo de la misma sociedad
se condicionan mutuamente" (GS 25). La sociedad, desde esta
perspectiva, no es un mero conjunto de individuos, sino un entramado
de relaciones donde la persona se forma, se desarrolla y realiza su
libertad, siempre orientada al bien común.
La revelación de Jesucristo lleva a su culmen esta comprensión. El
mandamiento del amor, "Amarás al Señor tu Dios... y Amarás a tu
prójimo como a ti mismo" (Mateo 22,37-39), no es solo una regla
ética, sino la expresión más elevada de la vocación relacional del
hombre. En Cristo, que "no vino a ser servido, sino a servir y a dar su
vida" (Marcos 10,45), el ser personal se perfecciona en la entrega y el
servicio.
La Iglesia, como "Cuerpo de Cristo" (1 Corintios 12,12-27), se
convierte en la manifestación de esta vocación social. Los primeros
cristianos, al compartir sus bienes y vivir en comunión (Hechos 2,44-
45), mostraron cómo la fe transforma las relaciones humanas y crea
una comunidad de amor y servicio. El Magisterio, en línea con esta
tradición, subraya que la dignidad de la persona es el fundamento y
el fin de toda organización social. La fe que no se traduce en obras de
caridad y justicia, como advierte Santiago (Santiago 2,14-17), carece
de verdadera vitalidad.
La antropología teológica y la Palabra de Dios revela un hombre no
solo creado a imagen de Dios, sino también llamado a participar de su
misma vida trinitaria a través de la comunión. Su ser personal
encuentra su plenitud en la entrega y su dimensión social es una
exigencia de su propia naturaleza. La vocación humana es, por tanto,
una llamada a la vida en relación: con Dios, consigo mismo y con los
demás, construyendo un mundo que refleje cada vez más el Reino de
la justicia, la paz y el amor.