Resumen FACUNDO
Introducción
Antes de la introducción, el Facundo comienza con un epígrafe en francés –on ne
tue point les idées–, frase que Sarmiento traduce: “A los hombres se degüella: a
las ideas, no”. A continuación, se narra el momento en que Sarmiento, mientras
escapa de la Mazorca rumbo a Chile, se detiene en los Baños de Zonda para
escribir aquella frase en francés que los federales no pueden interpretar. El
escritor explica que lo que para el gobierno de Rosas era un “jeroglífico”
significaba que su objetivo era ir a Chile para “proyectar las luces de su prensa
hasta el otro lado de los Andes” (p.5).
La introducción comienza con la evocación de Sarmiento a la “Sombra terrible de
Facundo”, interpelando a la figura del caudillo riojano muerto hace diez años,
porque cree que él posee el secreto que le permite explicar el modo de ser del
pueblo argentino y los conflictos que lo aquejan.
El autor afirma que la República Argentina necesita un Tocqueville, alguien que
sea capaz de desentrañar su originalidad, puesto que sus conflictos internos, que
atraen la mirada de los europeos, no son como cualquier “volcán subalterno, sin
nombre, de los muchos que aparecen en América” (p.9). De esta manera, dice
Sarmiento, se podría explicar la mala influencia que ejerce España sobre los
pueblos hispanoamericanos y entender que Rosas, lejos de ser una mera
aberración, es en realidad “una manifestación social” (p.12).
Luchar contra Rosas y contra lo que él representa es, para Sarmiento, la pelea más
importante que se debe emprender, para que el pueblo argentino siga su porvenir
hacia el progreso y la civilización. Por eso es necesario combatir desde la prensa
libre, único instrumento con el que se puede vencer el despotismo del tirano en el
destierro.
Pero Sarmiento no va a ocuparse de la biografía de Rosas, sino de la de Facundo
Quiroga, en quien ve al “personaje histórico más singular”, por el modo en que el
caudillo es un “espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias,
las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de
su historia” (p.16). Con este propósito en mente, Sarmiento decide dividir su
escrito en dos partes: en la primera va a reponer la fisonomía del terreno que hace
al escenario del personaje, Facundo Quiroga, sobre quien tratará la segunda parte,
que dará a conocer su vida y su forma de obrar.
Capítulo 1: Aspecto físico de la República Argentina y caracteres, hábitos e
ideas que engendra
Sarmiento inicia este capítulo realizando una descripción del territorio argentino y
haciendo foco en su extensión, que para él es el “mal que aqueja a la República
Argentina” (p.23). Construye una imagen romántica de la inmensidad del desierto,
donde el peligro de lo salvaje acecha constantemente al punto de provocar en el
hombre de campo una “resignación estoica para la muerte violenta” (p.24).
Otro rasgo notable de la fisonomía del suelo argentino es la abundancia de ríos
navegables desperdiciados, porque el gaucho argentino, siguiendo la costumbre
de su ascendencia española, ve como un obstáculo este medio natural de
comunicación.
El río de la Plata es el más facundo de todos esos ríos, y Buenos Aires, la única
ciudad de la República que tiene civilización en su contacto con las naciones
europeas. Por no pasarle algo de sus luces a las provincias, estas se vengaron de
la ciudad porteña enviándole a Rosas. No es culpa de Buenos Aires, afirma
Sarmiento, que la pampa sea tan mal conducto de civilización y libertad y, por más
que se intente imponer el federalismo en el país, la organización del suelo
determina un modo de gobierno centralizado y unitario.
Según Sarmiento, el pueblo de las comarcas argentinas está compuesto por dos
etnias: la española y la indígena. Esta fusión ha producido una “raza americana”
propensa a la ociosidad, la falta de industria y la barbarie (p.28). Y si en las
ciudades capitales de cada provincia existen algunos “oasis de civilización”, estos
están circuncidados por una naturaleza salvaje que los cerca y los oprime (p.29).
Mientras el hombre de ciudad vive la vida civilizada vistiendo el traje europeo, el
hombre de campo, con su traje americano, rechaza con desdén los lujos y las
comodidades citadinas. Son otros los códigos que se manejan en la vida pastoril,
que se asemeja en muchos aspectos a la tribu árabe o a la familia feudal, de
sociedades aisladas. Este tipo de organización hace imposible cualquier tipo de
asociación civilizada, y si existe en el campo el sentimiento religioso, es a través
de supersticiones incultas.
La educación del gaucho, en este contexto, se reduce al desarrollo de las
facultades físicas, “sin ninguna de las de la inteligencia” (p.34). Acostumbrado
desde chico a matar las reses, el gaucho se familiariza con actos de crueldad y
derramamientos de sangre que endurecen su corazón, a la par que se fomenta en
él el odio a los hombres cultos y a sus costumbres.
Capítulo 2: Originalidad y caracteres argentinos
A pesar de que esta lucha que se libera entre la civilización y la barbarie impide
que la nación progrese, esta situación no deja de tener su “costado poético”, de
donde puede surgir un “destello de literatura nacional”, como la que ha
producido Esteban Echeverría con La Cautiva. Los accidentes de la naturaleza,
con sus espectáculos bellos y terribles, es un “fondo de poesía” (p.40) que afecta
a los caracteres y las costumbres de sus habitantes, de lo que resulta que el
pueblo argentino es poeta por naturaleza.
De la condición poética y musical que se desprende de los hábitos del ser
nacional, surgen cuatro tipos notables que, para el escritor, le dan un “tinte
original al drama y al romance nacional” (p.43). Son cuatro las especialidades
notables del ser nacional: el rastreador, el baqueano, el gaucho malo y el cantor.
Sarmiento afirma que todos los gauchos del interior son rastreadores, por su
capacidad de interpretar, en las señales del suelo, la velocidad del movimiento de
un caballo, las huellas que dejó tras de sí un fugitivo o las pistas que conducen al
hallazgo de un ganado robado. La del rastreador es una “ciencia casera y popular”
respetada por todos en el campo (p.43).
El baqueano, por su parte, es el gaucho “grave y reservado, que conoce a palmos,
veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas” (p.45). Hace las
veces de mapa para un general que dirige sus movimientos en la campaña, y otra
cosa no se necesita para saber si el enemigo está cerca, dónde conviene
refugiarse y qué camino se debe tomar, puesto que el baqueano puede incluso
reconocer en plena oscuridad la cercanía de algún lago con solo oler y mascar la
tierra.
El gaucho malo es el outlaw argentino, el que está fuera de la ley porque tiene otra
moral que no le permite vivir pacíficamente con la autoridad de la campaña. Está
siempre en condición de prófugo, por eso se lo ve muy poco, cuando llega a una
pulpería a proveerse de sus vicios, para desaparecer pronto al lomo de su caballo.
Es un hombre “divorciado con la sociedad” que roba por profesión (p.47).
El último tipo, el cantor, es como “el trovador de la Edad Media” que va de pago en
pago cantando sobre hombres como el gaucho malo, “héroes de la pampa” que
viven perseguidos por la justicia (p.48). A falta de historiador, el cantor remplaza
con sus relatos los documentos y datos que podrían componer la historia del país.
Se asemeja al gaucho malo en no tener residencia fija, y en que, a veces, el
gaucho malo es también cantor, cuando canta sus propias hazañas como
maleante.
Capítulo 4: Revolución 1810
Sarmiento llega en este capítulo a lo que es el inicio de lo que llama “nuestro
drama”, con la Revolución que llevó a la independencia argentina en 1810. Para el
escritor, el objeto de esta revolución, como la de todas las revoluciones
americanas, es “el movimiento de las ideas europeas” que solo interesa a las
ciudades argentinas. A la campaña solo la benefician para sustraerse de la
autoridad del rey y utiliza la revolución como medio de canalizar “el exceso de
vida” característico del hombre del campo (p.65).
Si la Revolución enfrenta a patriotas contra realistas, una vez que los patriotas
vencen, estos se subdividen entre moderados y exaltados. Pero también surge una
tercera entidad indiferente a cualquiera de los dos bandos, una fuerza
heterogénea que es puesta en movimiento por caudillos como Artigas y Facundo:
la montonera. Es esta fuerza de “los instintos brutales de las masas ignorantes” la
que Rosas plagia para establecer “un sistema mediato y coordinado fríamente”, en
el que se ejecuta degollando en vez de fusilando (p.67).
Son dos las guerras que se libran en la Revolución: la de las ciudades contra los
españoles, y la de los caudillos contra las ciudades. El enigma de la revolución,
para Sarmiento, es que las ciudades vencen contra los españoles, pero los
caudillos triunfan sobre las ciudades, situación que persiste en el momento en
que escribe.
Para demostrar el estrago que han hecho los caudillos en las ciudades argentinas,
Sarmiento toma como ejemplo a La Rioja y a San Juan. Ambas provincias tenían
antes figuras eminentes y cultas que habían empezado a asentar las bases para el
progreso de los habitantes, pero en 1845 La Rioja no tiene abogados, ni médicos,
ni escuelas, ni hombres que vistan de frac, y en el pueblo predomina el
sentimiento de terror. En San Juan, que “era uno de los pueblos más cultos del
interior”, cerraron muchos colegios, no hay ni cuatro hombres que sepan hablar
inglés o francés y solo tres estudian fuera de la provincia. Es este
“nivel barbarizador”, que pesa sobre todas las ciudades argentinas, lo que
Sarmiento quiere combatir, para que las ciudades vuelvan a su vida propia (pp.72-
74).
Capítulo 5: vida de Juan Facundo Quiroga
El capítulo empieza con una escena en la que un hombre se enfrenta a un tigre en
el medio del desierto, esperando muchas horas arriba de la copa de un árbol
hasta que sus amigos lo vienen a rescatar. Este fue el momento en el que Juan
Facundo Quiroga, a quien llaman el Tigre de los Llanos, supo lo que era tener
miedo.
Dice Sarmiento que Facundo causaba “una sensación involuntaria de terror”
sobre quienes dirigía su mirada de “ojos negros, llenos de fuego y sombreados por
pobladas cejas”, y que la fisonomía de su cabeza indicaba “la organización
privilegiada de los hombres nacidos para mandar” (p.81). Desde la infancia,
Facundo muestra dotes de caudillo con su actitud desafiante y reacia a toda
norma, hasta conseguir de joven una reputación infame con los primeros regueros
de sangre que empieza a dejar a su paso.
Ya de adulto, Facundo vive siempre perseguido, a veces oculto, otras jugando o
trabajando, siempre “dominando todo lo que se le acerca y distribuyendo
puñaladas” (p.82). Con la Revolución empieza su carrera de las armas, en la que
puede emplear “sus instintos de destrucción y carnicería” para alcanzar una
posición de mando (p.83). No obstante, en vez de convertirse en un héroe de la
independencia, Facundo deserta del ejército para unirse a una montonera,
aunque lo atrapan y lo encarcelan unos meses en San Luis.
La cárcel se convierte en el punto de partida de su gloria. Durante la sublevación
de unos prisioneros españoles, que liberan a los presos comunes –entre quienes
se encuentra Facundo–, el riojano acomete contra ellos enarbolando un “macho
de grillos” con el que “deja una ancha calle sembrada de cadáveres” (p.85). Con
este acto de valor, que lo vuelve a poner bajo protección de la patria, Facundo
regresa a los Llanos ostentando “nuevos títulos que justifican el terror que ya
empieza a inspirar su nombre” (p.86).
En Facundo Sarmiento ve el ejemplo del hombre grande que ha nacido así, y que
no tiene la culpa de ser como es. Es un “tipo de la barbarie primitiva” que revela en
todos sus actos al “hombre bestia”, sin que eso signifique que no tenga “elevación
de miras” (p.87). Como es incapaz de producir admiración o envidia, Facundo
logra mandar y dominar a través del terror, que infunde por igual entre sus
enemigos y sus seres queridos. Es tan amplio el repertorio de anécdotas que
hacen a la reputación infame de Quiroga que algunos hombres le han llegado a
atribuir poderes sobrenaturales.
Análisis
El tema central del capítulo 4 es el del campo vs. la ciudad, enfrentamiento que
para Sarmiento hace al drama de la Argentina de su tiempo. Este combate surge
de lo que produjo la Revolución de 1810, que, si bien significó un paso adelante
hacia la civilización movilizado por las ciudades, tuvo como consecuencia la
aparición de la montonera, la barbarie como “tercera entidad” liderada por sus
Grandes Hombres, como Artigas y Quiroga.
En la perspectiva de Sarmiento, mientras las ciudades conciben la revolución
como un medio para implementar en el territorio las ideas europeas, la campaña
solo ve en la insurrección una excusa para ocupar el “exceso de vida” que tiene el
gaucho por su naturaleza salvaje (p.65). Era la montonera un “instrumento ciego”,
adverso tanto a la monarquía como a la república, del que las ciudades se
sirvieron para hacer la revolución, sucumbiendo luego ante esa fuerza que arrasó
“sus ideas, su literatura, sus colegios, sus tribunales, su civilización” (pp.66-67).
Desde la perspectiva de Sarmiento, este es el enigma de la República Argentina
que es necesario explicar: es la paradoja de la Revolución de 1810, que en vez de
conducir al país hacia el progreso, trajo en cambio más barbarie hacia los focos
civilizados del territorio.
Sarmiento vuelve a utilizar imágenes orientalistas para comparar el poder de los
caudillos y la montonera con el de las “hordas beduinas que hoy importunan con
su algazara y depredaciones las fronteras de la Argelia”. Esta analogía le sirve para
describir con detalles el modo de obrar de las “masas inmensas de jinetes que
vagan por el desierto”, que consiguen triunfar por sobre “las fuerzas disciplinadas
de las ciudades” gracias a las ventajas que les da el territorio, en donde pueden
disiparse en todas direcciones “como las nubes de cosacos” y caer por sorpresa
ante los ejércitos extenuados y desprevenidos (p.67).
El modo de obrar de esta montonera es el que existía antes de Rosas, a quien
Sarmiento acusa de no haber inventado nada; solo supo convertir las “formas
gauchas” de asesinar, como el degüello, en parte integral de su gobierno déspota,
en el que cambia “las formas legales y admitidas en las sociedades cultas, por
otras que él llama americanas” (p.67). Con esta crítica, el autor quiere denunciar
el modo en que Rosas pretende encarnar el ser nacional para justificar su
empresa, engañando a América y Europa “con un sistema de asesinatos y
crueldades tolerables tan solo […] en el interior de África” (p.68).
Las dos provincias que Sarmiento toma como ejemplo para poner en evidencia el
mal que ha hecho la barbarie en las ciudades son significativas: una, La Rioja, es
la provincia de donde sale Facundo; la otra, San Juan, es de donde proviene el
propio Sarmiento. Elige, para su denuncia, algunos elementos que simbolizan la
falta de civilización, como la ausencia de profesionales y personas instruidas, la
falta de trajes europeos como el frac y el cierre de instituciones educativas como
los colegios. En este punto vuelve a aparecer la enunciación en primera persona:
“Yo, que hago profesión, hoy, de la enseñanza primaria […], puedo decir que si
alguna vez se ha realizado en América, algo parecido a las famosas escuelas
holandesas descritas por M. Cousin, es en la de San Juan” (p.73). De esta manera,
Sarmiento demuestra que la cuestión de la educación toca en él una fibra
sensible, puesto que él había fomentado en su provincia el avance en educación
siguiendo modelos europeos, objetivo que tuvo en mente durante toda su vida,
hasta convertirse en el prócer “Padre del aula”.
Además de usar el “yo”, Sarmiento cierra este capítulo con un “nosotros”, que es
el de quienes combaten juntos “para volver a las ciudades su vida propia” (p.74).
Con esto anticipa lo que luego enunciará de forma programática en los capítulos
finales, cuando intente dar una solución al conflicto entre el campo y la ciudad
que, para el escritor, sigue estando vigente al momento en el que publica
el Facundo.
Podría llamar la atención del lector que recién en el capítulo 5 aparezca el gran
protagonista del libro, dando comienzo a lo que podría llamarse la biografía de
Quiroga. Como bien nos había anticipado Sarmiento en la introducción, todo lo
dicho anteriormente sobre el territorio argentino y los caracteres que engendra
configura el escenario en el que se envuelve su figura más ejemplar. En este
sentido, la organización del Facundo nos dice algo del tema del telurismo y de
cómo el escritor ve una relación causal entre las condiciones del suelo, sus tipos
característicos y el caso singular del caudillo riojano.
El capítulo 5 empieza con una anécdota simbólica: la escena iniciática en la que
Facundo obtiene su apodo “Tigre de los Llanos”. Se trata de un episodio cargado
de tensión y de suspenso, en el que Sarmiento vuelve a demostrar su destreza
literaria en la reconstrucción de los hechos y en la descripción del tigre y del
hombre que “se disputan el dominio de la naturaleza” en el medio del desierto
argentino (p.79). El escritor solo revela que quien enfrenta a la fiera es Facundo
Quiroga cuando termina su narración, momento en el que también cita la voz del
caudillo diciendo: “Entonces supe lo que era tener miedo” (p.80). De esta manera,
el capítulo da inicio a la historia de vida de Quiroga estableciendo una correlación
entre el terror que tuvo Facundo enfrentando al animal salvaje con el terror que él
mismo supo infundir luego en la población.
Adscribiendo a otro conocimiento de la época, la frenología, Sarmiento afirma que
en la fisonomía de Facundo ya se revelaban su comportamiento y su moralidad,
puesto que la forma de su cabeza y de su cuerpo descubría “una voluntad firma y
tenaz”, la de los hombres nacidos para mandar (p.81). Esta correspondencia entre
características físicas y psicológicas –idea pseudocientífica que tuvo vigencia
durante gran parte del siglo XIX– sirve, como el telurismo, para explicar la supuesta
influencia que lo innato ejerce sobre el “hombre bestia”, aquel que permanece en
estado de naturaleza salvaje. Con esto, el escritor quiere demostrar que la
barbarie engendra individuos que pueden liderar a través del terror, pero también
busca argumentar que Facundo, como “tipo de la barbarie primitiva”, ha llegado a
ser lo que fue por condiciones telúricas e innatas de las que no es responsable,
cosa que no dirá de Rosas, en quien ve un uso frío y racional de esa pasión bárbara
que caracterizó a Facundo (p.87).
Sarmiento repone varias de las anécdotas con las que Facundo se labró su
reputación sanguinaria. Algunas de ellas, afirma el escritor, son exageradas, como
aquella en la que Facundo fue liberado de prisión por unos españoles a los que
luego asesinó: “Dícese que el arma de que hizo uso fue una bayoneta, y que los
muertos no pasaron de tres. Quiroga, empero, hablaba siempre del macho de los
grillos y de catorce muertos. Acaso es esta una de esas idealizaciones, con que la
imaginación poética del pueblo embellece los tipos de la fuerza brutal, que tanto
admira” (p.85). El renombre del caudillo se configura, de esta forma, a partir de los
relatos que circulan de boca en boca y que son atravesados por un imaginario
popular bárbaro, que idealiza al Grande Hombre haciéndolo más temible de lo
que en verdad fue. Por eso, dice Sarmiento, algunos “hombres groseros” creían
que Facundo tenía “poderes sobrenaturales” (p.88).
Pero el propio escritor también peca de exagerado o hiperbólico cuando afirma
que “es inagotable el repertorio de anécdotas de que está llena la memoria de los
pueblos, con respecto a Quiroga” (p.87). Sarmiento afirma que suprime muchas
de aquellas historias que hacen al anecdotario del terror de Facundo, omitiendo
por decoro o por pretensiones literarias lo que, por acumulación, resulta
demasiado horrible para aparecer en las páginas del Facundo. Es un recurso de su
narración que no se dé a conocer todo lo que Quiroga hizo, porque de esta manera
el autor deja que el lector imagine y se horrorice ante la idea de aquellas
atrocidades que permanecen ocultas. Lo que se omite es también parte de la
construcción ominosa del biografiado.
Si bien la fisonomía que se impone en el territorio es la llanura, que abruma por la
extensión de su lisa horizontalidad, en La Rioja –provincia natal de Facundo, en la
que Sarmiento se detiene en el capítulo 6– también aparece lo escarpado de las
montañas, que forman imágenes “pintorescas y fantásticas” (p.91). Esta geografía
trae nuevamente imágenes orientalistas, en las que se compara a La Rioja con
Palestina, semejanza del suelo que se traslada a la semejanza de sus
poblaciones, que comparten el mismo aire “grave y taimado” (p.92).
Las imágenes medievales aparecen también aquí en el espacio y en los
personajes: los accidentes de la montaña parecen a lo lejos “torreones y castillos
feudales arruinados”, lo que se relaciona con la sociabilidad feudal que existe en
La Rioja, en las que familias “antiguas, ricas y tituladas” se disputan el poder
(p.92). La Edad Media y el Oriente son imágenes codificadas de la época que
representan la falta de civilización, que Sarmiento aprovecha para marcar la
barbarie de la provincia de la que proviene Quiroga.
Rosas vuelve a aparecer en esta parte porque el escritor ve un paralelismo entre lo
que Quiroga hizo como gobernador de La Rioja y lo que más adelante hará Rosas
en el gobierno de Buenos Aires. Las “lecciones” que daba Facundo –haciendo, por
ejemplo, que los ciudadanos marchen toda la noche hasta extenuarlos– “el hábil
político” de Buenos Aires las convirtió luego en un “sistema”. Por ejemplo, desde
1835 hasta 1840 –durante el gobierno de Rosas– “casi toda la ciudad de Buenos
Aires ha pasado por las cárceles” (p.99). El paralelismo busca establecer una
relación de continuidad entre uno y otro caudillo, que le sirve a Sarmiento para
denunciar a Rosas y su sistema de gobierno, vigente en el momento en que
publica el Facundo.
Capítulo 7: Sociabilidad (1825)
Mientras Facundo empieza a extender su poder más allá de La Rioja, en la
Argentina predomina el caos: algunos quieren contribuir a la organización de la
república, otros quieren oponerse a ella. Para entender el panorama de ideas que
se agitan hacia 1825, para Sarmiento es necesario examinar dos ciudades
opuestas: Córdoba y Buenos Aires.
Córdoba es la ciudad de la Edad Media: posee la única catedral gótica de América
del Sur, y por todas partes tiene conventos y monasterios. La Universidad de
Córdoba forma teólogos y doctores, pero su Teología corrompe los estudios
filosóficos modernos. Es una ciudad que no tiene teatros, ni diarios, ni imprenta.
Su espíritu, hasta 1829, es “monacal y escolástico”. El cordobés no puede ver más
allá de su ciudad, que es como un claustro donde “se encierra y parapeta la
inteligencia”. Allí, la Revolución de 1810 no tiene asidero; solo encuentra “un oído
cerrado” (pp.107-108).
Motivada por el comercio, actividad que fomentó la llegada de libros desde
Europa, y animada por haber triunfado en las invasiones inglesas de 1806 y 1807,
Buenos Aires, por su parte, es el foco de las doctrinas “antiespañolas, francesas,
europeas” que incitan a la revolución. Los primeros años de “despañolización” y
“europeificación” se cimientan pacíficamente. Rivadavia continúa el proyecto
revolucionario aplicando las teorías sociales de su época, pero intenta realizar en
diez años lo que en Europa tardó siglos. Según Sarmiento, el partido unitario, que
ya no existe como tal, tuvo muchos desaciertos, pero fue noble en sus principios y
en su sentido práctico (pp.109-110).
Córdoba y Buenos Aires encarnan los dos movimientos políticos de aquellos
primeros años: el retrógrado y el revolucionario, el conservador y el progresista. A
esto se suma otro motivo de enfrentamiento: la falta de vínculo nacional. La
Independencia elimina la autoridad virreinal que unía al país, por eso el
federalismo aparece como estado transitorio hasta restituir la unidad perdida. En
este nuevo panorama, el enfrentamiento pasa a ser entre federales y unitarios.
Para Sarmiento, la República Argentina está llamada a ser unitaria, porque “su
llanura continua, sus ríos confluentes a un puerto único, la hacen fatalmente ‘una
e indivisible’” (p.114).
Estos antecedentes son necesarios para comprender que “Facundo es el rival de
Rivadavia”, en la medida en que el primero logra constituir un partido federal –en
realidad, un “partido bárbaro”– que presenta en un todo homogéneo la fuerza
bárbara que se encuentra en las provincias. Facundo promueve “la Unidad
bárbara de la República” recorriendo el país mientras ejerce su poder de gaucho
malo, “levantando tapias y dando puñaladas” (p.115).
Capítulo 8: Ensayos
El gobierno de Buenos Aires le pide a Facundo que invada Tucumán, liderada por
Lamadrid. Quiroga vence y enarbola su bandera, que no es la celeste y blanca
argentina, sino una negra con una calavera y huesos cruzados en el centro; “La
muerte, el espanto, el infierno, se presentan en el pabellón y la proclama del
general de los Llanos” (p.121).
Otro color surge del “fondo de las entrañas de la República”: el colorado. Es el
mismo tono que predomina en Argel, Túnez, Turquía, Marruecos. En Europa, los
emperadores romanos vestían una capa colorada, los verdugos del siglo anterior
también vestían de colorado. Rosas tiene como estandarte este color que las
sociedades cristianas y cultas han proscrito; “¿No es el colorado el símbolo que
expresa violencia, sangre y barbarie?” (p.122), se pregunta Sarmiento. La cinta
colorada es la divisa con la que Rosas aplica el terror de Estado, acusando de
unitario a quien no la tuviera consigo. A las mujeres que no la llevan puesta, la
policía se las pega con brea.
Facundo triunfa en Tucumán y regresa a La Rioja. Se opone a la presidencia de
Rivadavia, pero no por ser federal, y tampoco por dinero. Lo impulsa “un instinto
ciego, indefinido” al que obedece sin pensar, el del gaucho malo, “enemigo de la
justicia civil, del orden civil, del hombre educado, del sabio, del frac, de la ciudad,
en una palabra”. Por eso, cuando en Buenos Aires se propone conceder a los
extranjeros la libertad de culto, Facundo enarbola su bandera con el
lema ¡Religión o muerte!, no por ser religioso, sino para oponerse a lo que viene de
la ciudad (p.125).
Mientras tanto, Rosas se hace grande en la campaña de Buenos Aires, pero
todavía no tiene nombre ni títulos. Rivadavia renuncia porque el pueblo se opone
al progreso, y de esta manera abandona a su nación “a las devastaciones y a la
cuchilla del primero que se presente, a despedazarla y degollara” (p.129).
Capítulo 9: Guerra social – La Tablada
Finalizada la presidencia de Rivadavia, Dorrego toma la gobernación de Buenos
Aires como representante del partido federal. Con él, los caudillos que dominan
en la campaña se acercan cada vez más a la ciudad, amenazando con “su atraso y
su barbarie” a penetrar las calles porteñas (p.136).
Los unitarios avanzan con el ejército de Lavalle, que logra vencer y fusilar a
Dorrego. En ese momento, Lavalle no sabe que “matando el cuerpo no se mata el
alma, y que los personajes políticos traen su carácter y su existencia del fondo de
ideas, intereses y fines del partido que representan” (p.138). Este error político,
arguye Sarmiento, no es culpa de Lavalle, quien sigue las ideas de su época y las
exigencias de su partido.
La guerra civil se viene incubando hace tiempo en la República Argentina. La
inminencia del “tercer elemento social”, que viene agitándose desde Artigas, está
impaciente por manifestarse y medirse con las ciudades y la civilización europea
(p.139). Lo que hace Lavalle es un intento fallido de coartar un proceso inevitable.
Facundo avanza con sus fuerzas contra el general Paz. En la Tablada (Córdoba),
Quiroga no puede con su lanza y sus caballos hacer frente al cañón y la bayoneta
del ejército unitario, que gana esta vez la batalla. Facundo y Paz personifican “las
dos tendencias que van a disputarse el dominio de la República”: Facundo es el
bárbaro valiente, el gaucho de a caballo que domina “por la violencia y el terror”;
Paz es “el hijo legítimo de la ciudad, el representante más cumplido del poder de
los pueblos civilizados” (pp.140-141). El general Paz es, para Sarmiento, la otra
alternativa a Rosas, la banda celeste que le hace frente a la cinta colorada.
El triunfo de la Tablada abre una nueva época para la ciudad de Córdoba, cuyos
habitantes saben apreciar las luces por su tradición universitaria. Para mediar con
las masas cordobesas, Paz trae consigo a Barcala, un coronel de raza negra,
“encargado de popularizar el cambio de ideas y miras obrado en la ciudad”
(p.143). Desde entonces, Córdoba pertenece a la civilización.
Análisis
En el capítulo 7, Sarmiento quiere explicar cómo Quiroga logra imponer su poder
en todo el territorio poniendo el foco en la Revolución de 1810 y en los proyectos
de civilización de las primeras décadas que afectaron a la organización del
territorio.
En primer lugar, el escritor opone dos modelos de civilización, uno caduco y el otro
moderno, en la descripción que hace de las ciudades de Córdoba y de Buenos
Aires. Córdoba encarna el modelo español de la colonia, al que Sarmiento acusa
de haberse quedado en la Edad Media por su estilo de vida eclesiástico. El tema
del anti-hispanismo se hace presente en este punto, en la medida en que España
queda relegada del resto de Europa por no haber avanzado en luces y en progreso.
Para caracterizar esta ciudad, Sarmiento utiliza el lago artificial de agua estancada
como símbolo del estancamiento de su inteligencia: “Córdoba, como su paseo,
[tiene] una idea inmóvil en el centro, rodeada de un lago de aguas muertas”
(p.108).
Buenos Aires, en cambio, aparece como la ciudad europea y anti-hispanista por
excelencia. El espíritu porteño está íntimamente relacionado con los libros
europeos que llegan a su puerto, hasta impulsar a sus habitantes a la
emancipación. Sarmiento rescata la empresa de Rivadavia diciendo que su ilusión
“era el pensamiento general de la ciudad”, pero también plantea el problema de
que su sistema fue demasiado “fantástico y extemporáneo”, porque no supo
adecuar bien las ideas europeas a las condiciones del suelo argentino (pp.110,
112). Esta crítica es la que le hace la generación del 37 a sus antecesores
unitarios, los que para Sarmiento ya son parte del pasado, aunque Rosas se
empeñe en considerar a todos sus oponentes “salvajes, inmundos unitarios”
(p.114).
En segundo lugar, Sarmiento propone un análisis del conflicto entre unitarios y
federales a partir de los sucesos que siguieron a la Revolución de 1810. La
emancipación produjo también separación, puesto que la unión antes provenía de
la autoridad del rey. En consecuencia, la federación –la expresión de “la unión de
partes distintas”– se impuso como sistema de gobierno transitorio (p.115). Pero el
escritor considera que la República Argentina, por cómo está constituida
geográficamente, “ha de ser unitaria siempre, aunque el rótulo de la botella diga lo
contrario” (p.114). Aunque el enfrentamiento entre revolucionarios y retrógrados
se expresa ahora entre unitarios y federales, la realidad es que el partido federal,
que lidera en este tiempo Facundo, también es unitario, porque une el país a
través de la barbarie, con el poder que ejerce como gaucho malo.
Sarmiento recurre en el capítulo 8 a la simbología de los colores para representar
a Facundo y a Rosas. Quiroga utiliza el negro para su bandera, cuyo lema es una
disyuntiva fanática: religión o muerte. De ambos caudillos dice que utilizan el
color rojo o colorado a la manera de los países asiáticos y africanos que
componen el imaginario orientalista del despotismo. Este color también se veía en
Europa, por ejemplo, en la época del imperio romano. Para Sarmiento, estos
diferentes usos del colorado tienen una forma de gobierno en común: “el terror, la
barbarie, la sangre corriendo todos los días” (p.122).
Siguiendo el conocimiento de su época, Sarmiento cree que la civilización se
expresa en los trajes, y que “cada traje indica un sistema de ideas entero” (p.122).
Por eso, el escritor considera que la divisa punzó, la cinta colorada que Rosas
obliga a usar en su gobierno, concentra por metonimia su sistema de terror.
Facundo rechaza la vestimenta de la civilización, el frac y la levita, del mismo
modo en que se opone a todo lo que representa a la ciudad. El rechazo de la
civilización que le viene a Facundo por su naturaleza bárbara lo lleva a enarbolar
una bandera –¡Religión o muerte!– que, para Sarmiento, nada tiene que ver con un
espíritu religioso, sino con la permanencia retrógrada de prácticas de intolerancia
similares a las que llevaba a cabo la Inquisición española en la Edad Media.
En el capítulo 9, el escritor vuelve a tomar una posición crítica respecto de lo que
hicieron los unitarios para combatir la barbarie antes de que Rosas ascienda en el
poder. El fusilamiento de Dorrego por parte de Lavalle fue un error, para Sarmiento,
porque constituyó un intento vano de frenar con una simple “sangría” un “cáncer
lento”, que venía carcomiendo a la sociedad desde hacía tiempo (p.139). La
metáfora de la barbarie como enfermedad cobra aquí la dimensión de algo
inevitable, casi imposible de contrarrestar. Incluso si Lavalle hubiera fusilado a
Rosas en vez de a Dorrego, la campaña habría encontrado otro representante. Esto
es lo que cree Sarmiento, quien además no quiere culpar a Lavalle, pues este,
simplemente, ha llevado a cabo las ideas de su tiempo.
En el modo en que Sarmiento concibe la lucha entre la civilización y la barbarie
parece que todos los sucesos que preceden a su época no pudieron ser de otra
forma, como si siguieran un destino inmodificable. Sin embargo, en el capítulo 9
se puede ver cómo busca confrontar este fatalismo con la figura del general Paz,
en quien deposita sus esperanzas de vencer a Rosas y de torcer el curso nefasto
de la barbarie. Paz no es, como Facundo, un Grande Hombre. “No es un genio”,
dice Sarmiento, sino “un militar hábil y un administrador honrado, que ha sabido
conservar las tradiciones europeas y civiles, y que espera de la ciencia, lo que
otros aguarden de la fuerza brutal”. Es, en todos los sentidos posibles, el opuesto
de Rosas, el que viste los colores celeste y blanco de la bandera argentina, colores
que Sarmiento concibe como contarios al colorado de la cinta de Rosas. Por eso
exclama con fervor, dirigiéndose a Paz, que el destino no ha decidido todavía entre
él y Rosas: “¡La fe os salvará y en voz confía la civilización!” (p.141).
Aunque Paz no encarne el ser nacional, su influencia puede ser muy favorable, lo
que se percibe en cómo logra civilizar a la ciudad de Córdoba, a la que Sarmiento
había descrito en el capítulo 7 como retrógrada en su carácter medieval. Para
conseguir esto, el hábil militar cuenta entre sus filas con una persona que sí
proviene de las masas populares: Barcala, el “liberto consagrado” que en
el Facundo funciona como ejemplo de que el pueblo puede ser civilizado (p.143).
Barcala es un líder popular que incide positivamente sobre el pueblo, a diferencia
de los caudillos como Quiroga que, para Sarmiento, solo conducen a las masas
hacia la destrucción y la muerte.
Capítulo 13: ¡¡¡Barranca – Yaco!!!
Después de que Facundo triunfa en Ciudadela, en el país quedan pocos
defensores del sistema unitario. El espíritu de ciudad, de libertad e independencia
deja de existir. Solo queda el nombre del caudillo para llenar el “vacío de las leyes.
Quiroga lleva a cabo la “fusión unitaria más completa”, la que Rivadavia quiso dar
a la República, aunque sigue promoviendo la causa de la federación en el interior,
proponiendo al Dr. Ortiz para la presidencia (p.185).
Rosas vence a Lavalle y es solicitado en el gobierno de Buenos Aires, función para
la cual exige ser investido de facultades extraordinarias. Su primer gobierno
transcurre de 1829 a 1832. Después deja la gobernación para realizar, al año
siguiente, una expedición conocida como la Campaña del desierto, cuyo fin es
ganar terreno a los indígenas. Para Sarmiento, se trata de una “pomposa
expedición” que deja la frontera indefensa, igual a como estaba antes (p.188). En
esta campaña, Rosas enarbola por primera vez su bandera colorada, dándose el
título de Héroe del Desierto, que suma al obtenido previamente de Ilustre
Restaurador de las Leyes.
A Quiroga se le encarga mandar sus fuerzas del interior, a las que envía sin su
presencia. Una de sus divisiones intenta una revolución en Córdoba para quitar
del Gobierno a los Reinafé. Nada dicen los diarios de la época de que esto se hace
por determinación de Facundo. Aunque pocos lo saben, Rosas y Quiroga se
disputan el poder durante cinco años. Hacia 1832, la República Argentina se
divide en dos regiones: la de los Andes, unida bajo la influencia de Facundo, y la
del pacto de la Liga Litoral, federación encabezada por Ferré, López y Rosas. Más
adelante, Ferré se opondrá a la centralización del poder en el gobernador de
Buenos Aires.
Terminada la expedición, Facundo se dirige a Buenos Aires y, cuando entra en la
ciudad, no le anuncia a nadie su llegada. Allí se establece, se rodea de hombres
notables y habla con desprecio de Rosas. Incluso habla de la Constitución y se
declara unitario entre los de este partido. Sus hijos van a los mejores colegios y se
visten de frac y levita. De esta forma, Quiroga conspira para presentarse como el
centro de una nueva organización del país. Pero su pereza de pastor y su falta de
hábito de trabajo lo dejan expectante, hecho que lo perjudica frente a su rival.
La desobediencia de la campaña preocupa a la ciudad porteña, que le pide a
Rosas que vuelva para controlar la desorganización social. La insurgencia del
interior termina ingresando en la ciudad, entre un grupo de hombres “que recorren
las calles [distribuyendo] latigazos a los pasantes” (p.193). Rosas al principio se
rehúsa a gobernar, hasta que exige que se cambie el período de gobierno de tres a
cinco años, y que se le entregue la suma del poder público. Ambas cosas se le
conceden y Rosas comienza su segundo mandato en 1835.
Llegan noticias a Buenos Aires de un conflicto entre las provincias del norte. Rosas
convoca a Facundo para que interponga su influencia y calme los ánimos de los
gobernadores. El caudillo vacila, pero al final se decide y el 18 de diciembre de
1835 emprende viaje.
De vuelta en el campo aparecen de nuevo en Quiroga la brutalidad y el terror. En
Santa Fe, Facundo se inquieta mientras espera reponer sus caballos para
continuar la marcha. Luego, en Córdoba, uno de los Reinafé lo invita a hospedarse
en la ciudad, pero Quiroga se queda en la galera solicitando caballos. Facundo
parte, pero un joven que venía con él se queda en la ciudad, y oye rumores de que
se planea el asesinato del caudillo riojano. Toda Córdoba está enterada del
complot.
Facundo llega a su destino, arregla las diferencias entre los gobernadores y se
dispone a volver por donde vino. Los gobernadores le ofrecen custodia y le
sugieren que tome de regreso el camino de Cuyo. Quiroga ya sabe el peligro que le
espera, y de pasar por La Rioja podría desenterrar sus depósitos de armas y
organizar las ocho provincias que están bajo su influencia. Pero en vez de esto,
sigue su rumbo a Córdoba, en dirección a su propia muerte.
En el camino, le llega la advertencia de que en Barranca-Yaco lo espera una
partida, liderada por Santos Pérez, con órdenes de matarlo a él y a sus
acompañantes. Quiroga responde que todavía no existe el hombre que ha de
matarlo, y que a un solo grito suyo tal partida se pondrá a sus órdenes. El doctor
Ortiz, que viaja junto a él, no se anima a contradecir la determinación de su amigo
por miedo a despertar su enojo, y se prepara para morir.
Cuando llegan al punto fatal, dos descargas traspasan la galera sin herir a nadie.
Luego, unos soldados con sables se echan encima, inutilizan los caballos y
descuartizan al postillón, al asistente y a dos correos que acompañan el carro.
Quiroga se asoma para preguntar: “¿Qué significa esto?”, a lo que le responden
con un balazo en el ojo que lo deja muerto (p.198). Luego Santos Pérez apuñala
varias veces el cuerpo de Quiroga y ordena tirar al bosque la galera y los
cadáveres. Queda vivo un niño, que es sobrino del sargento de la partida, quien
responde por él. Santos Pérez asesina al sargento y degüella al niño a pesar de sus
gemidos, hecho que luego lo martirizará.
Santos Pérez es “el gaucho malo de la campaña de Córdoba”, conocido por sus
numerosas muertes y su carácter osado y aventurero (p.198). Por un largo tiempo
es perseguido por la justicia, hasta que una noche, después de pegarle a una
mujer con la que dormía, esta se levanta mientras él duerme, le quita las armas y
lo denuncia a la policía. Santos Pérez es llevado a Buenos Aires, donde una
muchedumbre presencia su ejecución.
Capítulo 14: Gobierno unitario
Para Sarmiento, la muerte de Quiroga no es un hecho aislado, sino que se explica
por antecedentes sociales y es el resultado de un desenlace político concreto. El
asesinato es una “medida de Estado”, concretado por el gobierno de Córdoba y
planeado con otros gobernadores. Por eso, es necesario ver qué consecuencias
tiene en el “drama sangriento” que, cuando se publica el Facundo, todavía no ha
terminado (p.203).
Facundo muere el 18 de febrero de 1835, y el 5 de abril se elige gobernador de
Buenos Aires a Juan Manuel de Rosas, que adquiere la suma del poder público por
medio de una votación casi unánime. Pasados los cinco años, Rosas, después de
sufrir la muerte de su esposa y de su padre, decide retirarse de la vida pública.
Pero la Sala de Buenos Aires le pide que se quede y Rosas continúa por seis meses
más. Después, “se abandona la farsa de la elección” y Rosas se queda en el poder,
que conserva todavía en 1845 (p.205).
Aquel 5 de abril, el gobernador electo se retira de la Sala de Representantes dentro
de un coche colorado, acompañado por la Sociedad Popular, que carga puñal,
chaleco y cinta colorada, en la que se lee “Mueran los unitarios”. Allí se ve la
“manifestación de adhesión sin límites, a la persona del Restaurador” (p.206). Al
día siguiente, sale una proclama con una lista de proscriptos que da a entender
que quien no está con Rosas es su enemigo.
Pasado el primer año, lleno de celebraciones y festejos, el color colorado pasa a
ser la insignia de adhesión a la causa federal, como también lo es el retrato de
Rosas. Aparece la Mazorca, el cuerpo de policía federal que, con sus azotes,
lavativas de ají y aguarrás y degollamientos, es “un instrumento poderoso de
conciliación y de paz”. Se ordena dos años de luto por la muerte de Encarnación
Ezcurra, la esposa de Rosas, obligando a toda la población a ir uniformada con un
ridículo ribete colorado en el sombrero. Cantos de “¡Viva el Restaurador!” y
“¡Mueran los salvajes unitarios!” se oyen constantemente. Así, Rosas consigue
crear “la idea de la personalidad del jefe del Gobierno” (p.208).
Sarmiento argumenta que estas ideas de gobierno pueden verse en la vida anterior
del tirano, que proviene de una familia de viejas costumbres señoriales, cuya
severidad Rosas debe soportar hasta que su padre lo envía a una estancia. Allí,
Rosas se convierte en “el potro salvaje de la Pampa” (p.210), un hombre
desenfrenado que sufre arrebatos causados por su exceso de vida. En sus
estancias introduce una administración severa y una disciplina de hierro; sus
peones tienen prohibido cargar con un puñal, y cuando él se lo deja puesto una
vez por equivocación, ordena que se le den doscientos azotes. Este es el sistema
que después ensaya en la ciudad, para que la población se acostumbre a la
agresión física, a los degüellos y a los gritos de “¡Mueran los salvajes unitarios!”,
hasta que ya no produzcan réplica o escándalo.
A pesar de llamarse Confederación Argentina, la República marcha a la unidad
que proviene del terror que ejerce Rosas. El gobernador de Buenos Aires acusa a
los unitarios de asesinar a Quiroga y propone castigar a los culpables. Como juez
de la causa, depone a los Reinafé y mete preso a los que tuvieron parte en el
atentado. Este acto, que lo autoriza a condenar a otro gobernador, instaura “en las
consciencias de los demás la idea de la autoridad suprema de que está investido”.
De esta manera, Rosas se convierte en el jefe del Gobierno unitario absoluto,
haciendo de los demás gobernadores sus “simples bajáes” (p.214).
Rosas elimina los correos y establece chasques de gobierno, que despachan solo
órdenes suyas, medida que sirve para unificar en desinformación al interior. En la
ciudad, el gobernador consigue que la población afrodescendiente le sirva para
espiar dentro de las familias de la elite criolla, así como para robustecer su
ejército. Con miras a extender su poder por fuera del país, Rosas toma parte en la
guerra que tiene Chile con Santa Cruz; en la República Oriental consigue que el
gobierno de Oribe expulse a unitarios exiliados, como Rivadavia y Varela, y,
cuando el doctor Francia muere, Rosas niega reconocer la independencia del
Paraguay. Su propósito, dice Sarmiento, es reconstruir el “antiguo virreinato de
Buenos Aires” (p.218).
Para demostrar el poder de su gobierno americano, Rosas busca un antagonista
europeo y lo encuentra en Francia, que en 1838 le impone un bloqueo comercial a
la Confederación Argentina. Rosas utiliza el bloqueo francés para propagar el
sentimiento de americanismo que, para Sarmiento, constituye “todo lo que de
bárbaros tenemos” (p.220). Con el periódico La Gaceta, Rosas agita este
americanismo instaurando el odio a los europeos, a sus trajes y a sus ideas. Luego
quita a los catedráticos de las universidades y a los maestros de las escuelas,
mientras la ciudad trata de salvarse, “de no ser convertida en pampa”, y por eso
los profesores siguen enseñando gratis y la Sociedad de Beneficiencia busca
secretamente suscriptores (p.221). Estas son las consecuencias morales que ha
traído la lucha entre la campaña y la ciudad para el porvenir de la República.
Capítulo 15: Presente y porvenir
En 1840, mientras continúa el bloqueo francés, se dice en América que “Rosas ha
probado […] que la Europa es demasiado débil para conquistar un Estado
americano que quiere sostener sus derechos” (p.225). Sarmiento considera que
Rosas demostró que Europa no sabe cómo hacer prosperar sus propios intereses
y los de los americanos, sin menoscabar la independencia del continente.
El sistema de Rosas hizo que la parte de la población porteña más interesada en
tener un gobierno racional se refugie en Montevideo. Allí se encuentran los
antiguos unitarios, los federales de la ciudad que estaban en contra de Rosas, los
que se arrepintieron de apoyarlo y un “cuarto elemento que no [es] ni unitario, ni
federal, ni ex rosista”: es la “nueva generación”, la juventud que aprendió de la era
rivadaviana a mirar el sistema de ideas europeos, como el romanticismo y el
socialismo (p.226). En Buenos Aires, esta juventud continúa sus estudios a
escondidas mientras se reúnen en secreto, conformando un movimiento en el
Salón Literario.
Los primeros intereses de este grupo son literarios, no políticos; incluso hubo
quienes creyeron que Rosas encarnaba una verdadera civilización americana, con
sus formas originales. Los ensayos de este movimiento son al principio inexpertos,
pero de allí se desprende un grupo de personas inteligentes que se asocia
secretamente para conformar “las bases de una reacción civilizada contra el
Gobierno bárbaro que había triunfado” (p.227).
En el acta de esta organización, que Sarmiento tiene en su poder, los integrantes
juran llevar a cabo sus principios de igualdad, libertad y fraternidad a través de la
asociación de ideas e intereses que antes han dividido a los unitarios y los
federales, con los que esta nueva generación puede armonizar por su deseo de
unión.
“¡Fuimos nosotros!”, dice Sarmiento, y no los viejos unitarios, los que buscaron
apoyo de Francia para salvar a la civilización, con el fin de derrocar al tirano. Antes
había demasiada preocupación por una idea de nacionalidad americana que trajo
consigo la “pasión brutal”, la América “bárbara como el Asia, despótica y
sanguinaria como la Turquía” (p.229). Los viejos unitarios, sin aprender de sus
errores, entorpecieron los planes de derrocamiento al considerar inútil apoderarse
de Buenos Aires y temiendo todavía a los gauchos, si bien tomaban de ellos sus
tácticas de guerra y sus trajes para el ejército.
Mientras tanto, en la República, los hombres que escaparon del horror de Buenos
Aires yendo a la campaña empiezan a fomentar entre los gauchos el odio a Rosas,
creando “una fusión radical entre los hombres del campo y los de la ciudad”. La
campaña deja de pertenecer a Rosas, que ahora solo cuenta con “una horda de
asesinos disciplinados” y un ejército que utiliza las armas de los unitarios: la
infantería y el cañón (p.230).
Empiezan entonces los complots para vencer al gobernador de Buenos Aires. El
coronel Maza, un jefe militar del rosismo, planea una conspiración que se demora
mucho y es descubierta, lo que termina en la muerte del coronel. Luego estalla
una sublevación en el campo liderada por el coronel Cramer, Castelli y
hacendados; este intento también fracasa. En Buenos Aires muchos quieren la
revolución, pero no tienen las suficientes fuerzas para enfrentar a Rosas y a la
Mazorca.
El gobierno francés quiere ayudar firmando un tratado que deja a Lavalle a cargo
de vencer a Rosas, plan que, para Sarmiento, produce un desencantamiento con
Francia, a la que siempre se admiró por su civilización. El autor cuestiona también
a Inglaterra, que durante 20 años abandona a la República Argentina a su suerte,
más por ignorancia que por determinación, “coadyuvando en secreto, a la
aniquilación de todo principio civilizador en las orillas del Plata” (p.232). No
obstante, solo del viejo continente se adquirirá ese gusto por la navegación que
tanto se necesita para movilizar la industria en el país.
La patria está destinada a progresar, y Rosas es también instrumento de esta
Providencia, a pesar suyo. Él logra la unión que le faltaba a la República y que
tanto deseaban los unitarios. Vencido Rosas, un buen gobierno hallará las
condiciones necesarias para la unidad de la nación. Ya no existe la división entre
la ciudad y las campañas, porque ahora los guachos han simpatizado con la
causa de los citadinos. Los extranjeros, los únicos que gozan en el país de
derechos y garantías, ocupan cada vez más espacios, haciendo de sirvientes,
lecheros, panaderos, peones; así, va desapareciendo la población argentina. Y
aunque Rosas no quiere que se naveguen los ríos, existe una guerra interior y
exterior que busca fomentar su tránsito libre. Incluso el intento de Rosas de
ahogar las voces opositoras a su gobierno ha producido más gritos que resuenan
por toda Europa y América.
Sin Rosas, finalmente, no se habría llegado a formar un nuevo movimiento
generacional que supere la inexperiencia y la falta de ideas prácticas de los
unitarios. “¡Nuestra educación política está consumada!”, dice Sarmiento, porque
la sangre derramada ha dado suficiente experiencia (p.238). El nuevo gobierno,
cada día más próximo, restablecerá los correos y asegurará los límites del
territorio, distribuirá a la población en territorios fértiles para levantar ciudades en
el medio del desierto, fomentará la navegación fluvial, organizará la educación
pública y extenderá el beneficio de la prensa en todo el país. También cuidará a
todos los hombres por igual y restablecerá las formas representativas del gobierno
asegurando los derechos de todas las personas, permitiendo la libertad de culto y
las opiniones diversas. Por último, el nuevo gobierno establecerá las redes
internacionales necesarias para la paz en el exterior y el interior.
La inmigración europea es el principal elemento de orden y moralización con el
que cuenta la República Argentina, que de tener un gobierno capaz de dirigir su
movimiento, podría sanar en poco tiempo “todas las heridas que han hecho a la
patria los bandidos, desde Facundo hasta Rosas, que la han dominado”. El nuevo
gobierno distribuirá a los inmigrantes por las provincias para que la República
doble su población con “vecinos activos, morales e industriosos” (pp.242-243).
Pero el remedio no vendrá solo del exterior; es necesario que el vencedor de la
Tablada, de Oncativo y de Caaguazú, “el manco Paz”, continúe su destino de
“vengar la República, la Humanidad y la Justicia” (p.244). En él deposita Sarmiento
sus esperanzas en el final del Facundo, solicitando a Dios que proteja sus armas
para que los pueblos se asocien a su causa.
Análisis
El capítulo 13, que trata sobre el final de la vida de Quiroga y de cómo fue
asesinado, es el último que aparece en la sección de folletín de El Progreso. Es un
final más poético que el de la versión libro del Facundo, en la que se suman dos
capítulos de reflexión política. Este cierre, en cambio, tiene el impacto de terminar
en un espectáculo: la ejecución pública de Santos Pérez frente a una
muchedumbre enfurecida, que quiere ver morir al asesino de Facundo Quiroga.
El título “¡¡¡Barranca-Yaco!!!”, con sus signos de exclamación, indica el tono
apasionado con que debe leerse el capítulo. Estamos en un momento de clímax
que anticipa el desenlace final, con la República ya invadida por esa fuerza federal
que ha eliminado el espíritu de civilización. En esta parte, el tema del campo vs. la
ciudad da por ganador a la campaña. Pero todavía falta lo peor: el comienzo de la
era de Rosas, que cuando se publica el Facundo sigue vigente.
Sarmiento quiere poner en evidencia que Rosas y Quiroga, aunque pertenezcan al
mismo partido federal, se disputan secretamente el poder. Se torna evidente que
para que Rosas se consagre vencedor, la influencia de Facundo en el interior debe
desaparecer. El escritor se pregunta cuál es el motivo secreto que conduce a
Quiroga a Buenos Aires, y su respuesta es que el caudillo tiene intenciones de
consolidarse como opositor a Rosas, abrazando por conveniencia las ideas
unitarias. Facundo ya había manifestado esta resolución cuando intentó sacar del
gobierno cordobés a los Reinafé, aliados de Rosas, a quienes se acusa de haber
orquestado el asesinato del Tigre de los Llanos.
En Buenos Aires, Facundo parece sufrir una transformación. La primera vez que va
a la ciudad, como se describe en el capítulo 11, Quiroga desencaja con su traje
gaucho frente a los hombres que visten frac y levita. Ahora, parece que “el
espectáculo de la civilización [ha] dominado, al fin, su rudeza selvática” (p.191), y
si bien conserva el poncho y la barba larga –la fisonomía que despierta el terror–,
Quiroga se acerca a los ciudadanos más notables, y sus hijos adoptan las
costumbres de la ciudad y se educan en los mejores colegios. Aquí, Sarmiento
sugiere que los actos bárbaros de Quiroga, que hacen a su vida pasada, se
explican por la necesidad de vencer y de conservarse en el ámbito de la campaña;
en la ciudad, su conducta civilizada responde a las mismas necesidades. Por eso,
cuando vuelve al campo, Facundo retoma sus costumbres salvajes.
Sarmiento advierte que Rosas decide no continuar su primer mandato en el
gobierno de Buenos Aires por una estrategia política: “si salía del Gobierno, era
solo para poder tomarlo desde afuera por asalto, sin restricciones
constitucionales, sin trabas ni responsabilidad” (p.187). Lo que quiere Rosas,
sostiene el escritor, es tener un poder ilimitado y tiránico. Por eso primero
consigue facultades extraordinarias –es decir, que como gobernante pueda actuar
más allá de lo que permite la Constitución–, y luego la suma del poder público, o
sea, retiene los tres poderes del Estado: el ejecutivo, el legislativo y el judicial.
Esto, además de la oportunidad de extender su gobierno a cinco años, es prueba
suficiente para Sarmiento de las pretensiones déspotas de su enemigo.
El segundo gobierno de Rosas, que empieza en 1835 y finalizará después de
publicado el Facundo con su derrocamiento en 1852, es comparado con el
impacto de la caída de un cometa: “Me imagino lo que sucedería en la Tierra, si un
poderoso cometa se acercase a ella: al principio, el malestar general; después,
rumores sordos, vagos; en seguida, las oscilaciones del globo atraído fuera de su
órbita, hasta que, al fin, los sacudimientos convulsivos, el desplome de las
montañas, el cataclismo, traerían el caos que precede a cada una de las
creaciones sucesivas de que nuestro globo ha sido testigo” (p.192). Con esta
metáfora, el escritor concibe a Rosas como una catástrofe sin precedentes, que
destruyó el mundo tal cual lo conocemos.
Sarmiento narra los hechos que suceden a la muerte de Facundo como si
pudieran haber sido evitados, dadas todas las advertencias que recibió el caudillo
en su camino. Sin embargo, es la condición bárbara de Quiroga, que no puede
controlar su carácter, lo que sella su destino fatal: “el orgullo y el terrorismo, los
dos grandes móviles de su elevación, lo llevan, maniatado, a la sangrienta
catástrofe que debe terminar su vida” (p.196). Facundo cree que el poder de su
nombre es suficiente para frenar la cuchilla de sus adversarios, y por esta razón no
piensa estratégicamente y rechaza los consejos de seguir otro camino o de
armarse para la batalla. Su pregunta ante el ataque –“¿Qué significa esto?”
(p.198)– manifiesta el desconcierto de no haber podido frenar el atentado
mediante el terror casi sobrenatural que ejerce sobre el pueblo.
En el capítulo 14, Sarmiento pretende revelar el rédito político que le da a Rosas la
muerte de Quiroga, gracias a la cual consigue dominar el interior del país,
instaurando aquel sistema de gobierno unitario que emana de su despotismo.
Arguye que los otros gobernadores son los bajáes de Rosas, es decir, los
funcionarios dentro de su imperio musulmán, recurriendo nuevamente a la
analogía orientalista para denunciar el autoritarismo de quien ostenta títulos de
tirano, como “Restaurador de las Leyes” o “Héroe del desierto”. Eliminando a
Facundo, a quien Rosas pretende vengar –aunque Sarmiento da a entender que
fue él quien ordenó su muerte– el gobernador de Buenos Aires puede construir, sin
un rival que le dispute el poder, el sistema de adhesión personalista con el que
consigue consenso popular.
Dicho sistema es el que Sarmiento analiza en este capítulo, el primero
del Facundo que se dedica exclusivamente a su oculto protagonista, Juan Manuel
de Rosas. Podemos destacar, en primer lugar, que Rosas encarna la suma del
poder público, incluyendo “tradiciones, costumbres, formas, garantías, leyes,
culto, ideas, conciencia, vidas, haciendas, preocupaciones; […] todo lo que tiene
poder sobre la sociedad” (p.204). Con esto, Rosas está habilitado para instaurar
una dictadura temporal que pasa a convertirse en una dictadura permanente, lo
que se manifiesta en el hecho de que Rosas sigue en el poder diez años después
de su elección.
En segundo lugar, está el uso de símbolos visuales, como la divisa punzó, el
retrato del Restaurador o el luto impuesto por la muerte de su esposa, elementos
con los que Rosas busca fanatizar a sus aliados y humillar a sus enemigos, al
forzarlos a vestir insignias que mancillan su civilización. De la cinta colorada dice
Sarmiento que es “una materialización del terror que os acompaña a todas partes,
en la calle, en el seno de la familia; es preciso pensar en ella al vestirse, al
desnudarse, y las ideas se nos graban siempre por asociación” (pp.207-208). Con
el mismo fin de afianzar hasta el hartazgo el partidismo político, el rosismo
emplea un lenguaje de odio dirigido a sus oponentes unitarios, a quienes se los
llama "impíos", "inmundos" y "salvajes". Para Sarmiento, en el vocabulario rosista
“el epíteto unitario deja de ser el distintivo de un partido, y pasa a expresar todo lo
que es execrado” (p.215).
El terror que expresa simbólicamente la divisa punzó tiene su paralelo en el que
impone la Mazorca con sus azotes, sus lavamientos de ají y aguarrás y los
degollamientos con los que atemorizan a la ciudad. Para describir su influencia,
Sarmiento compara a la Mazorca con una serie de ejemplos históricos, como la
Inquisición y los Cabochiens de la Edad Media en Francia, grupo que también
estaba compuesto por carniceros y desolladores, según cuenta el escritor. Aquí
aparece la analogía medieval, para enfatizar que la barbarie americana solo imita
de Europa modelos caducos de un período que, en el siglo XIX, se asocia con
prácticas bárbaras y déspotas. Sarmiento señala también la asistencia de la raza
africana, a la que describe como “guerrera, llena de imaginación y de fuego, y
aunque feroces cuando están excitados, dóciles, fieles y adictos al amo o al que
los ocupa” (p.217). De esta manera, el autor pone en evidencia los prejuicios
raciales de su época, que juzgan a este grupo étnico como intrínsecamente fuerte
y servil que, para Sarmiento, le da al poder de Rosas “una base indestructible”
(p.218).
Aunque en el inicio del Facundo Sarmiento asegura que no escribirá, en sus
páginas, la biografía de Rosas, en un fragmento del capítulo 14 se dedica
brevemente a los antecedentes personales de su enemigo que explican sus ideas
de gobierno. En el modo en que lo describe, Rosas es la conjunción perfecta entre
civilización y barbarie: por un lado, lo caracteriza como un potro salvaje, que tiene
arrebatos pasionales como los que sufrían otros grandes hombres, como
Napoleón y Lord Byron. Pero, por otro lado, de su familia de ascendencia
hispánica aprende la disciplina severa que aplica en la campaña y que después
traslada a la gobernación de Buenos Aires.
Es esta horrenda conjunción de civilización y barbarie lo que explica lo eficaz de
su sistema, que Rosas pretende llevar por fuera de los límites de la República
hasta restaurar el virreinato del Río de la Plata, arrasando con todo lo que se
consiguió desde la Independencia. Según Sarmiento, Rosas quiere que el suyo sea
un ejemplo de gobierno original americano, que genere una adhesión continental
que rechace de suyo a toda Europa. La lucha entre la civilización y la barbarie
toma una dimensión más grande que la del enfrentamiento entre ciudad y campo:
es América vs. Europa, oposición que Sarmiento quiere resolver para torcer el
curso bárbaro que la política de Rosas ha establecido para el futuro del país.
En el capítulo 15, Sarmiento recupera los ideales de su generación. Para ellos, es
interesante destacar que el autor enunciará desde un nosotros en vez de un yo. Se
trata de un final programático, en el que propone un plan específico para civilizar
el territorio. Su tono en este capítulo es combativo y asertivo, porque explica
cuáles son las condiciones necesarias para que advenga un nuevo gobierno que le
dé a la República el futuro próspero que se merece. Dichas condiciones las ha
dispuesto el propio Rosas, porque sin él no habría unidad en la República, ni se
hubiera dado el contexto propicio para que surja aquel “cuarto elemento” que
supere las diferencias entre unitarios y federales. El escritor habla aquí
indirectamente de la Asociación de Mayo, una agrupación clandestina liderada
por Esteban Echeverría que se propuso derrocar a Rosas para que se concreten en
el país los principios humanitarios que consideran esenciales.
La mirada eurocéntrica de Sarmiento se afianza en este capítulo más que en
ninguna otra parte del Facundo. Si antes supo valorar el costado poético de la
barbarie americana, en este final el escritor sostiene que las formas americanas,
que tanto los unitarios de la vieja escuela (que intentaron imitar los trajes y los
modos de luchar del gaucho) como Rosas han querido reivindicar solo llevan al
despotismo, que una vez más compara con las codificaciones europeas de
Oriente, diciendo que América es bárbara como Asia y sanguinaria como Turquía.
Sin dejar de criticar el error de los europeos, que no supieron cómo lidiar con la
barbarie americana, Sarmiento sostiene que solo de Europa podremos adquirir los
elementos necesarios para el progreso del país. De Europa, dice, se aprenderá a
navegar los ríos, y de allí vendrán los inmigrantes que tanto necesita la República
para progresar.
Si antes Sarmiento aseguraba que la lucha entre el campo y la ciudad persistía
aún en el momento en que escribe el Facundo, en este capítulo anuncia que tal
enfrentamiento se ha terminado, no porque la campaña ha barbarizado a la
ciudad, sino porque ahora la ciudad ha fomentado el deseo de civilización en la
campaña. Esto ha sucedido también gracias a Rosas, que espantó a los hombres
más ilustres de Buenos Aires, quienes fueron a propagar sus ideas civilizadas en el
interior. Ahora que el país está unido por el temor que produce Rosas, “La idea de
los unitarios está realizada; solo está de más el tirano” (p.234). Para Sarmiento, la
fórmula para resolver el conflicto es simple: muerto Rosas, vendrá la civilización.
En una seguidilla de párrafos que empiezan con las palabras “Porque él”, haciendo
referencia a Rosas, Sarmiento vuelve a utilizar el recurso oratorio de la repetición
para enfatizar todas las cosas que ha hecho Rosas y que lo perjudican sin que él lo
sepa. Según el escritor, Rosas ha establecido las bases para su propia
aniquilación. En contraste con lo que ha hecho su terrible enemigo, el escritor
utiliza verbos en futuro que indican lo que hará el Nuevo Gobierno, conducido por
su generación, para resolver el problema de la navegación, de la distribución de la
población del país, y otras tantas medidas que forman parte del proyecto que
Sarmiento comparte con sus contemporáneos antirrosistas.
Sarmiento ve como algo positivo que desaparezca la población argentina, porque
para él es importante que aquella originalidad americana y bárbara se disuelva
con la llegada de inmigrantes europeos que se distribuyan por el territorio,
generando prosperidad donde antes solo había desierto. Finalmente, deposita
todas sus expectativas eurocéntricas en el general Paz, a quien ve como el único
héroe que puede liderar el combate contra Rosas, el que permitirá que lo que se
plantea en este capítulo como promesa a futuro se convierta en una realidad y un
presente de la República.
El último capítulo cierra así el Facundo con un mensaje esperanzador y de fuerte
presencia en el plano de lo político, porque propone una solución concreta para el
problema de la lucha entre la civilización y la barbarie. Aunque Sarmiento y los
jóvenes de la Generación del 37 deberán esperar unos años más, hasta 1852, para
ver caer a Rosas, el Facundo dejó una marca en su época como instrumento de
guerra para combatir, desde el exilio, a su principal oponente. Pero el autor no solo
concibió su libro como un medio para intervenir en la política, sino también para
consagrarse como escritor. Fue tal el éxito de esta empresa, que el Facundo se
considera, hoy en día, uno de los escritos más importantes de la literatura
argentina.