Capítulo
Primero
Al detener Patsy
Winters su “dog-cart”
'frente al Golden Hotel,
era ya casi de día.
Patsy vestía con sencilla elegancia. Se podría creer de ella que era
la hija de un poderoso ranchero de solera, que había recibido una
educación esmerada y que tenía unos estudios.
Una vez hubo detenido el cochecillo, miró en dirección a la puerta
del hotel, esperando a que saliera algún empleado de él, para que se
hiciera cargo de su equipaje.
La linda rubia miró con expresión de impaciencia, pero sin perder
su aspecto de dignidad.
Vio salir a uno de los servidores del hotel, bien conocido de ella, y
sonrió levemente.
En el mismo instante, de un garito que se hallaba en la otra parte
de la calle, frente al hotel, vio salir con cierta violencia a tres
hombres.
La vista de dos de ellos le desagradó profundamente, pues los
conocía como fulleros y pistoleros que iban dejando tras sí una estela
de sangre y escándalos.
El tercer hombre tenía un aspecto muy semejante al de los
conocidos de Patsy y la rubia supuso fundadamente que sería un
compañero digno de ellos.
La puerta, después de la salida de los tres hombres, quedó
vibrando, pero fue solamente unos segundos.
Volvió a ser empujada con violencia y salió otro joven que
empuñaba un “Colt” y que era quien había obligado a salir a los
otros tres.
Los andares del joven no parecían muy seguros, a pesar de lo cual
dominaba la situación.
Patsy no pudo menos de emitir un leve silbido de admiración que
dedicó al joven.
Y dijo para sí:
—¡Vaya fulano estupendo! Uno así necesitaría yo para toda la
vida. Siempre que tuviera pasta suficiente, naturalmente...
El joven, de elevada estatura, bien constituido y de facciones
enérgicas, se dirigió a los otros tres: —¡Vamos abajo, vivo! Os voy a
dar una oportunidad, aunque no la merecéis. Pero no se os ocurra
intentar tocar un arma antes de que yo lo diga.
Inmediatamente que hubo salido el joven, asomaron por encima
de las medias puertas de vaivén varios individuos más, pero que
permanecieron dentro del garito.
Los tres fulanos bajaron de la acera y formaron en una línea.
El joven del “Colt” se situó frente a ellos, a menos de diez yardas
de distancia, en el centro de la calle.
Patsy adquirió el convencimiento de que iba a presenciar algo
notable. Experimentó cierto miedo, pero no fue capaz de abandonar
su sitio pese al reiterado llamamiento del servidor que había salido
del hotel.
—¡Señorita Winters, por favor! ¡Va a llover el plomo ardiendo y no
siempre va por donde debiera!
Un ademán de Patsy hizo callar al negro, el cual se acurrucó junto
al “dog-cart”, el cual le sirvió como parapeto.
Enfundó el joven su “Colt” sin perder un instante de vista a los
granujas y dijo:
—¡Quietos aún! Os sobra tiempo para ir al infierno. Y allí
justamente es donde vais a despertar.
Al joven se le trabó un tanto la lengua al hablar, dando la
sensación de que llevaba en el cuerpo más cantidad de bebida
alcohólica de la conveniente para verse en una pelea a vida o muerte.
Y Patsy llegó a temer por él.
Asomaron algunos curiosos más a las puertas de otros
establecimientos e incluso a la misma puerta del hotel.
El joven del “Colt” miró a los tres hombres con expresión burlona.
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Los tramposos, por su parte, se fueron espaciando para hacer más
difícil la actuación del joven.
Este preguntó con expresión irónica:
—¿No se quiere colocar ninguno de vosotros a mi espalda? Es lo
vuestro... Quietos ahí, ya está bien.
Los tres fulanos se inmovilizaron después de abrirse de piernas
adoptando una clara postura de ataque con los brazos caídos y
ligeramente separados del cuerpo.
—Atención ahora —dijo el joven—. Contaré hasta tres. Sólo
entonces podréis acudir a los “Colt”. Os daré una ligera ventaja.
Pese a lo bebido que estaba, resultaba imponente y se advertía en
él una inquietante seguridad.
Los tres hombres se miraron entre sí sin cambiar palabra. Sus
gestos resultaban sombríos y se les advertía dispuestos a la traición.
El joven contó:
—¡Uno...!
Cuando apenas se había apagado el eco dijo:
—Dos...
Señaló bien claro el intervalo que dejaba y se dispuso a dar la
última voz cuando advirtió que los tres granujas se movían con
pasmosa celeridad.
Dos de ellos acudieron en busca de sus armas mientras que el
tercero trató de atraer la atención del joven saltando de lado.
Para todos estuvo clara la traición de los tres granujas.
Pero la traición era algo que había sido esperado por el joven, el
cual la advirtió en el movimiento de pies de sus enemigos.
Inició su acción dos décimas de segundo más tarde, pero se
produjo con una celeridad inconcebible.
El “Colt” correspondiente a su izquierda salió al aire cuando los
granujas apenas si habían tenido tiempo de empuñar los suyos.
Disparó el joven ayudándose de la mano derecha para lograr
mayor velocidad de tiro, ladeándose ligeramente y formando con el
movimiento de la mano una especie de abanico.
Uno de los fulleros salió disparado hacia atrás mientras que el otro
se estremeció al impacto y giró como una peonza, sin tiempo para
disparar.
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El que había saltado para distraer la atención del joven, se había
agachado a tiempo que sacaba.
A pesar de su truco, el tercer disparo le alcanzó de lleno en la
garganta en el mismo instante en que él hacía fuego.
Cayó el granuja hacia atrás con fuerte impulso mientras que el
joven permaneció inmóvil, con el “Colt”, humeante aún, en la mano.
Advirtieron todos que el balazo le había tocado, por la sangre que
le brotó inmediatamente a la altura de la ceja, en uno de sus
extremos.
Temieron todos que iba a caer muerto, pero le oyeron murmurar:
—¡Ya estáis arreglados! Tres fulleros menos... Así debieran de
terminar todos...
Sopló en el cañón del "Colt” y luego repuso en el cilindro del
mismo los tres proyectiles que había disparado.
En medio de un impresionante silencio, giró, dando la sensación a
todos de que iba a caer.
Enfundó sin prisas y echó a andar en dirección a un caballo que se
hallaba detenido junto a la acera del hotel.
La gente, al ver que la lucha había terminado y no precisamente de
la manera que la mayoría habla previsto, fue retirándose de los
lugares desde los cuales la había presenciado: e instantes después no
quedaban en la calle más que los tres muertos, Patsy, el servidor del
hotel y el joven desconocido.
La linda rubia había seguido con la mirara al joven el cual, una vez
hubo llegado a su caballo, se dispuso a montar.
Apreció Patsy que fracasaba en las dos primeras intentonas. Le
oyó insultarse a sí mismo y maldecir: y al fin, a la tercera intentona,
advirtió que el joven se deslizaba suavemente, falto de fuerzas,
cayendo primero de rodillas y luego cuan largo era.
Se sorprendió a sí misma pensando:
—¡Es enorme!
El joven había quedado de bruces, se ladeó luego intentando
levantarse y al fin cayó definitivamente vencido.
Patsy saltó del carruaje ágilmente.
Le había causado viva impresión lo sucedido al joven y temió por
unos instantes que estuviese muerto.
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Pero le tentó también a acudir rápidamente la vista de una bolsa
de cuero que había caído al joven y que daba la impresión de estar
repleta de dinero.
Patsy se arrodilló junto al joven, cubriendo con su cuerpo la bolsa
que había caído y miró en torno asegurándose de que no era
observada por nadie.
Entonces tomó la bolsa y la guardó rápidamente.
—¡Es oro! Lo menos habrá mil dólares... Esto me permitirá unas
vacaciones. Volveré a Denver...
Llamó en su auxilio al criado del hotel:
—¡Willy, eh, Willy! ¡Que ya terminó todo! ¡Ven y ayúdame!
Había comprobado rápidamente Patsy que el desconocido joven
vivía, que el disparo apenas si le había afectado y que lo que le había
vencido era el cansancio y el exceso de “whisky” ingerido.
El joven dormía profundamente, respirando con fuerza e incluso
produciendo algún leve ronquido por lo forzado de la postura en
que se hallaba.
Después de hacerse con su dinero, Patsy se había sentido
ligeramente conmovida y, realizando un esfuerzo, incorporó al
joven, apoyando la espalda del mismo contra una de sus rodillas.
—¡Como pesa el muy bestia! ¡Y que el niño se deja caer de verdad
con eso de que está dormido!
Experimentó Patsy, tal vez por agradecimiento, cierto sentimiento
que tenía un matiz maternal: y dijo mirando al rostro del joven: —¡Es
guapo el condenado! ¡Y qué pestañas! Más de cuatro chicas se las
envidiarían...
Tuvo que volver a llamar:
—¡Eh, Willy! ¿Es que no me has oído? ¿Tendré que echarte un
lazo? ¡Está vivo y hay que atenderle!
Suspiró y dijo luego para sí:
—Si al menos fuese rico, valdría la pena intentar la conquista...
Entonces le devolvería su dinero...
Tentó la bolsa y volvió a suspirar, diciendo:
—¿Y quién habla de devolver nada? ¿Y si luego fracaso y me
quedo sin marido y sin dinero? ¿Y quién me dice que no es casado?
Miró las manos del joven y se respondió a sí misma:
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—No, no es casado.
Al fin llegó Willy, al cual dijo:
—¡Vamos, ayúdame! ¡No te quedes ahí como un poste!
—Sí, señorita Winters...
Hablaba el negro con el característico deje cansino de los de su
raza.
Y en lugar de ayudar a Patsy como ésta le había pedido, se detuvo,
mirando con expresión que reflejaba asombro la silla del caballo del
joven.
—Qué miras ahí?
—¡Señorita Winters! Es nada menos que Myron Nollan...
—¿Y quién diablos es ese Myron Nollan?
—Todo el mundo lo conoce, señorita. Tienen una rica hacienda en
Pueblo. Y poseen un importante yacimiento de oro cerca de Sterling.
La joven silbó expresivamente y preguntó luego:
—¿Estás seguro de eso?
El negro afirmó con la cabeza, diciendo luego:
—Completamente seguro, señorita. Como que ya ha amanecido.
Era cierto lo que decía el negro. Había amanecido totalmente. Y no
le cupo a Patsy la menor duda que el hombre no se equivocaba en lo
que se refería al joven que descansaba contra su regazo.
A pesar de ello, desconfiaba a fuerza de experiencias, preguntó:
—¿Estás seguro de eso?
Willy señaló para la silla, diciendo:
—Yo no conozco al joven. Pero todo el mundo conoce su silla de
montar. Puede preguntarle a la señorita Lauren, Es una silla famosa
en todo Colorado...
—¡Está bien! Sea como sea, rico o pobre, debemos atenderlo.
—Sí, señorita.
Costó no poco trabajo levantar al joven.
Patsy hizo que él pasara uno de sus brazos por sus hombros y
Willy realizó una maniobra semejante.
Willy era ligeramente más alto que Patsy y ella se elevó sobre las
puntas de sus pies para compensar la diferencia, a pesar de lo cual,
al llevar al joven, las piernas de éste arrastraban por tierra.
El encargado de la recepción de viajeros se unió a Patsy y a Willy y
entre los tres transportaron al joven hasta una habitación del primer
piso.
Apartó Patsy la colcha de la cama y lo sentó en ésta.
Luego lo sujetó y ordenó a Willy:
—Vamos, Willy. Quítale los zapatos y la cazadora.
—Sí, señorita.
La sangre había formado una costra con el polvo y la tierra. Patsy
se encargó de limpiar la costra, pudiendo apreciar que la herida de la
bala había sido un simple roce.
—No hay duda que es un chico con suerte. Primero una herida
que no es herida ni es nada, pero que con una pulgada de desviación
lo hubiese enviado al otro barrio.
—Y que lo diga, señorita... —respondió el negro.
Patsy dio órdenes a uno de sus acompañantes:
—Registra esta habitación a nombre de este joven. Willy te dirá
como se llama...
—Sí, señorita Winters.
—Y yo quiero un buen departamento en este mismo piso. A poder
ser, el de siempre...
—Sí. señorita. Precisamente se desocupó ayer por la tarde.
—¡Pues en marcha! Ahora bajo yo a realizar la inscripción.
Desapareció el empleado y la desenvuelta rubia dio órdenes a
Willy.
—Encárgate de llevar el caballo a la cuadra y que quede allí
debidamente instalado.
—Sí, señorita...
—Ocúpate también de mi equipaje, de mi “dog-cart” y de mi
caballo.
—Sí, señorita...
Pensó la joven dar la propina, de la bolsa que había recogido: pero
varió de pensamiento y sacó dos dólares de plata de su dinero.
El negro abrió mucho los ojos, le tembló la mano y dijo
profundamente agradecido, al tiempo que se inclinaba: —Gracias,
señorita Winters...
Salió como un rayo, cerrando la puerta.
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Cuando Patsy se hubo quedado sola, contempló al joven y suspiró:
—Teniendo dinero, es el marido deseable y deseado. Un rancho,
yacimientos auríferos... La seguridad para toda la vida junto a un
hombre atractivo.
Lo acomodó mejor y contempló las manos fuertes del hombre.
—Tendrá que hacerse menos luchador. Cuando quiera pelear,
tendrá que hacerlo conmigo... Y tendrá que beber con más
moderación.
Le respondió el fuerte respirar del joven que comenzaba a sudar.
—¡Rezuma “whisky” por los poros! Ni siquiera sé cómo ha podido
mantenerse en pie frente a los tres fulanos esos y vencerlos.
Sonrió con expresión de travesura, mojó una toalla en agua, se la
puso en la frente y la mantuvo con su mano hasta estar segura de
que no caería con facilidad.
—Así sabrá que le han cuidado unas manos femeninas.
A continuación, rozó con sus labios la boca del hombre y dijo:
—¡Uf! El muy cerdo apesta a "whisky”. Sería imposible parar a su
lado.
Le amenazó con el dedo índice de su diestra y dijo:
—¡Amiguito! Tendrás que dejar ese nefasto vicio. Un vaso de vez
en cuando, no me importa. ¡Pero nada más!
Le sonrió tal que, si él pudiese verla y luego salió, contoneándose
al andar, poniendo de relieve la gracia de sus movimientos y la
sugestiva belleza de su figura.
Y dijo para sí:
—Tenemos salud los dos, somos fuertes y no estamos mal...
Pueden salir unos magníficos hijos...
Capítulo II
Patay no necesitó bajar.
Cuando salía del departamento en donde había dejado al supuesto
Myron Nollan, subía ya el empleado con las llaves del departamento
que debía ocupar ella.
—No es necesario que se moleste en bajar, señorita Winters.
—Gracias.
Tomó las llaves de manos del hombre, le dio un dólar de propina y
pasó a su departamento, al que no tardó en acudir una linda mulata
a ponerse a sus órdenes.
—¿Necesita algo de mí, señorita?
—Por el momento, no. Gracias...
Patsy señaló para la habitación en donde había quedado el joven.
—¿Atiendes también el número siete?
—Sí, señorita. Atiendo los números nones...
—Ahí he dejado a un joven desconocido. Está embriagado. Lo he
atendido yo, pero cuida para cuando despierte.
—Sí, señorita... Me informó Willy cuando yo subía. Entro ahora de
turno.
—Estupendo... Nada más.
Instantes después llamó Willy, que portaba el equipaje.
Lo entró ayudado por la mulata, y al fin Patsy se quedó sola.
La linda rubia tomó asiento frente al espejo y una vez que hubo
cerrado por dentro, comenzó a desnudarse sin prisas y se contempló
a su gusto.
—Hoy puede ser un gran día en la vida de Patsy Winters. Y esa
Patsy Winters soy yo...
A medio desnudar, se puso Patsy en pie y giró lentamente,
contemplándose.
Sonrió satisfecha y dijo:
—Sí. No tendrá más remedio que sucumbir.
Se alejó del espejo para pasar al cuarto de baño.
Media hora después se hallaba profundamente dormida.
Se despertó próxima ya la hora del almuerzo.
Consultó su reloj y sé levantó de un salto, cubriéndose
inmediatamente con una bata.
—¿Se habrá despertado? —se preguntó.
Acudió hasta el tabique que compartían, aplicó el oído a él y
expresó su satisfacción en una sonrisa.
Hasta sus oídos había llegado el rumor de la fuerte respiración del
joven, mezclado con algún ronquido que otro.
—¡Menudo pedazo de bestia! El caso es que le dejé en buena
postura. Posiblemente se habrá movido y ni siquiera se habrá dado
cuenta de que lo han estado cuidando.
Se vistió Patsy con rapidez, salió de su habitación y cerró por
fuera.
Y a continuación penetró en la habitación del joven.
No se había movido y conservaba la toalla húmeda aún, en la
frente.
—¡Puf! ¡Qué olor a “whisky” recocido! Decidido. Tendrá que dejar
de beber, o me veré obligada a enviarlo a dormir con el perro.
Semejante idea la hizo sonreír.
Observó al joven que proseguía durmiendo profundamente.
—A éste no lo despierta ni un cañonazo. Parece hasta imposible.
Le quitó la toalla de la cabeza, la volvió a mojar y, después de
escurrirla, se la colocó nuevamente.
El joven se estremeció y rebulló al contacto con el frío, pero
prosiguió durmiendo.
Patsy salió caminando sobre las puntas de los pies y cerró
suavemente, sin producir ruido alguno.
Llevaba Patsy consigo la bolsa del dinero que había tomado al
joven, y que había contado minuciosamente.
Llamó a la puerta de un pequeño despacho situado junto al
mostrador de recepción de viajeros.
Una voz de agradable timbre, respondió:
—¡Adelante!
Penetró Patsy y se encontró frente a una hermosa mujer de
cabellera rojiza y brillante, alta y de espléndida figura, y que vestía
con lujo un tanto detonante.
La mujer abrió los brazos y recibió en ellos a la viajera:
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—¡Patsy Winters!
—¡Querida Lauren!
—¿Cuándo has llegado? No me han dicho que estabas aquí.
—He llegado poco antes de que cambiase el turno y tal vez por
eso...
—Seguramente. Y no se me ha ocurrido mirar el registro. Lo hago
todos los días.
Lauren, la dueña del hotel, doblaba casi en edad a Patsy, aunque
se conservaba aún fresca y vistosa.
Se separaron, se miraron y Lauren exclamó:
—¡Estás maravillosa! Forzosamente los tienes que volver locos...
—Buena falta me hace...
—¿Enamorada?
—No, pero necesito enamorarme...
—¡Una tontería como otra cualquiera! —dijo Lauren despectiva.
—Pero tú lo has estado alguna vez.
—Por eso mismo te lo puedo decir...
—¡Bien, Lauren! Tú sí que estás estupenda...
—Hubiese dejado de estarlo si me hubiera vuelto a enamorar...
Pero olvidemos eso. Sé que es inútil sermonear sobre la cuestión.
Suspiró la dueña del hotel y dijo:
—Tengo mi experiencia. A mí también me sermonearon y no hice
caso.
Vivieron a abrazarse.
Lauren volvió a contemplar a Patsy y le preguntó:
—¿Dispuesta a jugar en mi sala? Gold Ville tiene hoy categoría
suficiente para que juegues en él. Y mi sala de juego es la más
acreditada. A ella concurre la gente más educada y de más dinero...
—Te felicito...
—He tenido mucho cuidado en seleccionar mi clientela, querida...
Hizo una breve pausa la dueña de la pensión y preguntó:
—¿Así, pues?
—El propósito era jugar aquí. Pero mis planes han cambiado...
—¿Quién es él?
—Lo tienes en el número siete durmiendo. Se llama Myron
Nollan...
Patsy dejó caer su nombre lentamente a ver la impresión que
causaba en su amiga.
Lauren exclamó:
— ¡Myron Nollan nada menos! ¿Sabes que picas alto?
—¿Crees que lo podré convencer?
Adoptó una postura provocativa que puso de relieve su
espléndida belleza.
Y Lauren respondió:
—A menos que sea completamente idiota, no dudo que lo podrás
convencer.
—Es necesario que no sea demasiado idiota, ni demasiado listo. El
peligro está en los extremos...
Suspiró la joven y dijo:
—Yo también tengo, mi experiencia.
—Sí, es cierto —confirmó Lauren.
Patsy preguntó:
—¿Lo conoces?
—¿A Myron Nollan? No. Oí hablar mucho de él. Anoche oí decir
que andaba por nuestra pequeña ciudad. Parece que ha venido a
tratar de comprar algún filón...
—¿Es que no tiene bastante aún?
—Por lo visto... Pero no se ha dejado ver por aquí...
Luego señaló hacia el techo y preguntó:
—¿Está ahí?
—En el número siete. Aunque él no lo sabe aún...
—¿Que no lo sabe aún? ¿Qué quieres decir?
Patsy hizo un sucinto relato de lo sucedido.
Lauren escuchó con atención, diciendo al fin:
—No ha estado mal el lance.
—¿Verdad que no? Aquí tienes su dinero. Guárdalo y regístralo a
su nombre...
—¿Cuánto hay?
—Mil ciento cincuenta dólares en oro.
Lauren silbó, y dijo luego:
—¡Bonita cantidad!
—Hubiese representado unas vacaciones para mí...
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Suspiro y añadió:
—Pero he decidido sacrificarme en aras al matrimonio...
—Has hecho bien. Tengo entendido que el tal Nollan es bastante
bestia.
—Yo estoy segura de ello. Lo he visto actuar. Espero poder
amansarlo.
—Otros más bestias que él han sido amansados. Y tú tienes mucho
atractivo y mucha pólvora en tu sangre —respondió Lauren.
Extendió Lauren el recibo del dinero y lo entregó a Patsy.
—Te deseo mucha suerte.
—La necesito, Lauren... No haría esto, ¿sabes? Pero estoy harta de
rodar de sala de juego en sala de juego, de exponer en más de una
ocasión a que me suceda algo...
—Te comprendo. Tú eres una buena chica y mereces un hogar
tranquilo.
—Gracias...
—¿Qué tal es él?
—¡Un sol de hombre! Y ahora, permite que me vaya. Voy a dejar
este recibo en su mesilla de noche o debajo de la almohada...
—De acuerdo. ¿Quieres almorzar conmigo?
—Con mucho gusto. Bajo en seguida.
Patsy se dio prisa en subir. Una vez arriba, preguntó a la mulata:
—¿Nada aún?
—Duerme como un bendito. Me he asomado varias veces...
—Pues déjalo dormir. Es necesario que despierte de buen humor,
para que se encuentre fuerte.
—Sí, señorita.
La linda rubia entró en la habitación número siete andando sobre
las puntas de los pies, y se detuvo al llegar a la cabecera de la cama
en donde dormía el supuesto Myron Nollan.
Estuvo dudando entre dejarle el papel en el cajón de la mesilla de
noche o debajo de la almohada, y optó por lo último.
Rebulló el hombre cuando ella metió la mano debajo de la
almohada.
Dio la sensación de que iba a despertar y Patsy se mantuvo quieta,
conteniendo incluso la respiración.
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Cuando el joven volvió a tranquilizarse, Patsy se retiró, cerrando
tras de sí.
Cuando llegó hasta donde le aguardaba Lauren, le brillaba la
mirada y dijo:
—La suerte está echada.
—Te deseo que tengas toda la que mereces...
—La verdad es que no sé si merezco mucha. El procedimiento
para pescarlo resulta un poco tortuoso...
—Pero, ¿tú le quieres?
—Espero que llegaré a quererlo.
—No sé hasta dónde te convendrá eso. Cuando les queremos,
dejamos de mandar, pequeña, y ellos comienzan a abusar.
—Pues peor para él, porque le sacaré los ojos. Y los tiene preciosos,
¿sabes? Claros y vivos: y rodeados de unas pestañas negras y rizadas
que son un sueño...
Suspiró de manera un tanto cómica, y Lauren se echó a reír.
—Vamos a almorzar. Tengo mucha hambre...
—Y yo también. Debí haberme tomado un vaso de leche antes de
acostarme, pero pensando en mi “negocio amoroso”, se me olvidó.
Mediaba la tarde cuando despertó el supuesto Myron Nollan.
Abrió los ojos, se desperezó y luego miró en torno muy
sorprendido.
Por una rendija de la contraventana entraba la luz precisa para
poder ver algo.
Percibió el joven la fresca humedad de la cabeza, llevó la mano a la
frente y entró en contacto con la toalla, la cual se quitó.
—¿En dónde diablos estoy?
Recordó entonces el lance con los tres granujas: y se llevó
maquinalmente una mano a la leve herida de la ceja.
—Nada de importancia. No estoy muerto... Recordó a
continuación que, después de ver a sus tres enemigos, había
caminado hasta el caballo, en el cual había intentado montar sin
lograrlo.
—¡Y ahí terminan mis recuerdos! —exclamó en voz alta.
Tuvo entonces la impresión de que había caído vencido sin lograr
subir al caballo.
—¡Debió ser el “whisky”! No volveré a beber. Otra como la de
hoy, y me puede costar la vida.
La idea de que había caído casi entre las patas del caballo, le obligó
a dar un salto en la cama. Echó los pies al suelo, se levantó y corrió a
abrir la ventana.
Calculó la hora por la posición del sol y lo comprobó luego en su
reloj.
—¡Qué bestia! ¡Vaya cantidad de horas que he dormido!
Vertió agua en la palangana: chapuzó la cara y parte de la cabeza
en ella y se mojó bien el cogote.
Comenzó a sentirse mejor y entonces acudió a su mente otro
pensamiento.
—¡Mi dinero! —exclamó.
Se palpó las ropas, se secó luego apresurada mente y corrió a
registrar su cazadora.
—¡Nada!
Echó un vistazo a su cinturón canana, que se hallaba colgado de
los pies de la cama.
—¡Tampoco está ahí! ¡Estaría bonito que lo hubiese librado de esos
granujas exponiendo mi vida, para que me lo hayan robado luego
lindamente!
Registró la mesilla de noche, levantó la almohada y revolvió luego
la ropa de la cama.
El recibo que había dejado Patsy saltó ante su vista, pero,
obcecado, en la busca del dinero, no le prestó atención alguna. Y la
segunda vez que lo vio saltar, lo arrugó y lo arrojó contra el suelo.
El joven se abrochó bien los pantalones, calzó las botas y espuelas
y se colocó el cinturón con los “Colt”.
—¿Qué cueva de ladrones es ésta y quién diablos me ha traído
aquí?
Su pensamiento fue dicho a gritos, de manera agitada.
Había advertido inmediatamente el joven por los muebles de la
habitación que estaba en un hotel de cierta categoría.
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Acudió hasta el cordón de la campanilla, y tocó, llamando.
Pero no tuvo paciencia para aguardar y acudió a la puerta,
abriéndola en el momento en que llegaba la mulata que se hallaba
aún de servicio.
—¿Qué desea el señor?
—¿Qué desea el señor? ¡Mi dinero! ¡Eso es lo que deseo! —gritó.
La mulata se encogió de hombros manifestando ignorancia.
—¡No sé de qué habla, señor!
—¿No sabes de qué hablo? ¿Qué clase de cueva de ladrones es
ésta?
La mulata, haciendo un esfuerzo, respondió:
—Esto no es una cueva de ladrones, señor. Es el “Golden Hotel”...
—¡El “Golden Hotel”! ¡Poniendo nombres bonitos no se queda
nadie corto, pero para meter mano en los bolsillos del prójimo,
tampoco!
Tembló la mulata ante la indignación que mostraba el joven, el
cual la miraba con expresión inquisitorial.
Al fin preguntó el joven:
—¿Quién diablos me trajo aquí? Yo no he venido por mí mismo...
Lo sé perfectamente...
La mulata, cada vez más asustada, se encogió de hombros.
—¿Es que no sabes más que hacer muecas? — gritó él.
—Digo yo sí habrá sido la señorita Winters. Yo la vi salir de la
habitación del señor, y luego volvió...
—¡Y luego volvió! —manifestó con expresión sarcástica—. ¡Me
gustaría saber dónde está esa “señorita” Winters y qué tiene de
señorita!
Patsy, que había estado oyendo desde su departamento toda la
escena, incluidos los ruidos que hizo el joven al despertarse, resolvió
que había llegado el momento de entrar en escena y se decidió a salir
al pasillo.
La joven vestía con estudiada sencillez y decoro y una vez fuera
del departamento, se encaró con el joven, al cual dijo en tono suave:
—Aquí está la señorita Winters. ¿Qué le sucede con tanto grito?
Creyó Patsy que, ante lo moderado de su actitud, el joven se
apresuraría a pedirle perdón.
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Pero el supuesto Nollan gritó:
—¿Qué sucede? ¡Aún nada, pero va a suceder si no escupes
inmediatamente mis mil ciento cincuenta dólares!
Patsy miró al joven con expresión despectiva, produjo una pausa
estudiada y antes de que él pudiese volver a gritar, dijo en voz
bastante alta.
—Dormido parecía usted una bestia. Pero no hay duda que
despierto lo es.
—¡Mi dinero!
—Su cochino dinero... ¡Me está bien por haberlo recogido de la
calle como una basura y haberlo traído a un lugar de personas
decentes!
Le hablaba con energía que sorprendió un tanto al joven, a pesar
de ello no se dio por vencido y dijo en voz más normal, aunque no
dejaba de ser expresiva: —Mi dinero.
Patsy adelantó, lo apartó con cierta brusquedad, pues él cubría
totalmente la puerta con su corpachón, y penetró en la habitación.
Buscó la joven con la mirada por encima de la cama y, al ver las
ropas revueltas su mirada fue a parar al suelo, en donde buscó hasta
tropezar con el papel hecho una pelota.
Adoptando aire de gran dignidad, se agachó, tomó el papel, lo
desplegó sin prisa y lo alisó luego sobre la mesilla de noche.
Y tras echarle una ojeada para cerciorarse de que era el que le
había firmado Lauren, dijo: —Ahí tiene usted. Su dinero. Está en la
caja del hotel a su nombre, habitación número siete y se lo
entregarán contra este recibo.
Alargó la mano el joven para tomar el papel. Patsy se lo estrelló
contra la palma de la mano y agregó: —¡So bestia! ¡Merecía usted
que lo hubiese dejado tirado en la calle con su asquerosa borrachera
y que le hubiesen robado! ¡Y hasta asesinado!
La sugestiva rubia volvió la espalda al joven manifestando
profundo desdén y marchó contoneánse ligeramente, levantada la
cabeza gallardamente.
El joven experimentó un vivo impulso de seguirla para impedirle
que se marchase sin antes pedirle perdón.
Pero se miró de soslayo en el espejo y se vio con todo el pelo
revuelto, sin afeitar, lleno el pantalón de polvo.
Se encontró ridículo y tal sensación frenó el impulso.
Patsy salió cerrando la puerta tras de sí.
Una vez en el, pasillo, dijo a la mulata:
—No te asustes. Ya sabes cómo hay que tratar a estos bestias.
La mulata movió la cabeza en sentido negativo y sus ojos
expresaron profunda tristeza. Y dijo: —La señorita Winters es blanca
y una es...
—Tienes razón, perdona. Supongo que te dará una buena propina.
Patsy se metió en su departamento, cerró por dentro y una vez en
él se arrojó de bruces en su cama, teniendo que taparse la boca para
que el joven no pudiese oír su risa.
Capítulo III
El joven se vistió y se aseó lo mejor posible y con la mayor rapidez.
j y j p y y p
E inmediatamente bajó a la oficina del hotel, en donde presentó el
recibo de su dinero.
Lauren, bien aleccionada por Patsy, le atendió personalmente.
Sonriendo amablemente entregó la bolsa al joven:
—Ahí tiene. ¿Quiere hacer el favor de comprobar si está bien?
—No es necesario —respondió confuso.
Comprendía que la dueña del establecimiento se había apercibido
del escándalo que había armado, aunque no hacía mención alguna
de él.
Lauren insistió:
—Le agradeceré que yo compruebe. Sin no para satisfacción suya,
para satisfacción de la casa...
—Si es así...
Contó rápidamente el dinero que volvió a guardar.
—Conforme. Gracias.
La dueña del hotel, preguntó:
—¿Se marcha el señor?
El joven no había decidido nada y se sintió sorprendido por la
pregunta. No tardó en reaccionar y respondió: —¡Oh, no! Estoy muy
a gusto en este hotel...
—Gracias, es usted muy amable...
—Voy por mis cosas y me instalaré definitivamente aquí por unos
días.
Tímidamente, preguntó el joven:
—Y dígame, señora. ¿Sabe algo de mi caballo?
—No sé nada de él. Tal vez la señorita Winters lo sepa. Fue ella
quien lo recogió de la calle y lo trajo aquí. En el primer momento
pensó que estaba usted gravemente herido...
Hizo Lauren una estudiada pausa y prosiguió:
—Luego se dio cuenta de que... Bueno, que era cansancio lo que
usted tenía. Debía estar agotado.
—No es necesario que se pongan nombres raros a las cosas. Estaba
borracho y la señorita Winters lo sabe perfectamente.
—¿Y usted también? —preguntó Lauren con expresión ingenua.
—También...
Suspiró la mujer con expresión de alivio y dijo:
p j p y j
—Si lo sabe usted, entonces no hay ningún inconveniente en
decirlo...
—¿Así es que tendré que preguntarle a la señorita Winters...?
—No tiene por qué tenerle miedo. Está excelentemente educada.
En esta casa se la quiere mucho...
—¡Ah! —exclamó el joven experimentando una rara sensación.
—Claro que también le podría preguntar a Willy. Es el que estaba
de turno: pero no volverá hasta la noche.
—¡Ah!
Fue una exclamación dicha en otro tono más apagado.
Lauren, como si no se diese cuenta del cúmulo de sensaciones que
experimentaba el joven, siguió diciendo: —Ahora que pienso... La
señorita Winters gurda su “dog-cart” y su caballo en la cuadra de
Rogers. No tendría nada de extraño que su caballo estuviese allí...
—¿Y esa cuadra...?
—Está en esta misma calle, a un par de centenares de yardas...
—Gracias, señora...
—Señorita...
—Perdón, señorita. Vuelvo en seguida... Bien, no ha quedado nada
arriba. Deberé dejar una señal...
—No es necesario que deje usted nada. Se ve en seguida que es
usted un caballero...
—¿Usted cree...?
—Seguro.
El joven adelantó el rostro hasta hablar casi al oído de Lauren, a la
cual dijo:
—Entre nosotros. La señorita Winters opina que soy una bestia.
Dice que se lo parecí ya cuando dormía...
—Sus razones tendrá. Pero seguramente yo no tengo las mismas
razones que ella y opino de otra manera...
—Es usted muy amable... Y dígame, ¿la señorita Winters, trabaja
en Gold Ville?
—¡Oh, no! Viene con cierta frecuencia a pasar unas cortas
vacaciones...
—¡Ah! Es rica...
—No puedo decirle. Vive bien y no se priva de nada... Creo que
estudia o hace no sé qué clase de investigaciones...
—¡Ah! A lo mejor estudia minerales. Y claro, como aquí se han
descubierto...
Lauren se encogió de hombros, y respondió:
—Puede que sea algo de eso. Claro, a mí lo que me importa es que
cumple bien y que se comparta decentemente a pesar de que
siempre viene sola. Es huérfana, la pobre. Está sola en el mundo...
—¡Ah!
—Eso la obliga a tener su genio y a ser un poco arisca. Pero en el
fondo hay un corazón de oro...
—Es natural. ¡Muchas gracias, señorita! No tardaré en estar aquí
con mis cosas. Son muchas, ya sabe cómo vamos los hombres por el
mundo.
—Sí, tengo una ligera idea de ello —ironizó ligeramente Lauren.
El joven se echó a reír y salió apresuradamente mientras que
Lauren rompía el papel que había servido de resguardo al oro.
Una vez hubo salido el joven, comentó Lauren:
—¡Magnífica bestia! La chica no tiene mal gusto. Y si además está
cargado de oro...
El supuesto Nollan volvió al hotel totalmente transformado, con el
pelo recién cortado, afeitado y peinado, y vistiendo con cierta
elegancia.
Le acompañaba un negrito, empleado en una tienda de flores, el
cual portaba un lindo ramo.
Al llegar al hotel, el joven dio una propina al negrito y tomó el
ramo en sus manos.
Tras el mostrador se hallaba Lauren, a la que anunció el joven:
—Ahora mismo traen mis cosas...
—Ya le he dicho que no debe preocuparse.
—¿Está la señorita Winters en su departamento?
—Creo que sí. Es posible que se esté vistiendo ya para cenar. Ella
suele cenar temprano.
—¡Ya! Buenas y santas costumbres que se van perdiendo...
—Eso dicen... —comentó Lauren sin comprometerse, —dígame, ya
que es tan amable. ¿Qué sucedió esta mañana? —preguntó el joven.
—¿Se refiere a su lucha contra esos tres tramposos?
—Recuerdo perfectamente que los maté y que llegué hasta mi
caballo.
—Parece que le faltaron las fuerzas y se cayó.
La señorita Winters acababa de llegar en su “dog-cart”. Fue testigo
de la lucha.
—¡Oh!
—Parece que sintió compasión por usted. Las mujeres somos así
de estúpidas.
—¿Se lo ha dicho ella?
—Hay cosas que se comprenden perfectamente sin necesidad de
que se las digan a una.
—Así, pues, ¿fue ella la que se encargó de atenderme?
—Sí. Yo estaba acostada aún. Tengo que trasnochar y me levanto
tarde.
—Me parece estupendo, señorita...
—Lauren Travers...
—Señorita Travers. ¿Me permite una pregunta?
—¿Y por qué no?
—¿Cómo es que permanece soltera? No me diga que le han faltado
partidos, y hasta partidos estupendos.
—No han faltado, es cierto. Pero dicen que yo soy una mujer
inteligente.
—¡Ah!
—Posiblemente la señorita Winters no lo es. Le tengo lástima a esa
chica porque es digna de mejor suerte —prosiguió diciendo Lauren
intencionadamente.
SI joven carraspeó, forzó una sonrisa y dijo:
—¿Quién sabe dónde puede estar la suerte de cada cual?
—Tiene razón. Hay quien encuentra su suerte en el fondo de un
pozo —respondió Lauren en tono graciosamente tétrico, —Si es el
pozo de una mina rica —bromeó él. Dejó la frase en el aire, saludó a
Lauren y se dirigió a la escalera.
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Comenzó a subir sin prisa, pero apenas Lauren lo hubo perdido de
vista, se apresuró de manera que tenía algo de cómica.
E instantes después, tras de arreglarse la corbata, llamaba a la
puerta del departamento número 9.
Oyó el joven que Patsy se acercaba a la puerta para abrir, escondió
el ramo de flores a su espalda y adelantó el rostro.
Abrió la joven y al descubrir a su visitante trocó su alegre gesto
por otro de disgusto a tiempo que preguntaba: —¿Usted?
No le dio ocasión a responder y le echó la puerta a la cara.
El joven aguardaba aproximadamente semejante recibimiento y no
se dejó sorprender.
Antes de Patsy pudiera cerrar, metió el pie y evitó que ella cerrase
completamente.
La linda rubia abrió y dijo en tono de contenida violencia:
—¿Quiere hacer el favor de esfumarse?
—No.
—¡Váyase!
—Vengo a pedirle perdón...
—Lo he perdonado ya —dijo ella despectiva.
—Tiene que demostrarlo. No me conformo con palabras —replicó
el supuesto Nollan audazmente.
—Demuestre usted primero que su arrepentimiento es sincero.
El joven presentó el ramo de flores.
—Mi bandera de paz y mi homenaje a una chica bondadosa y
compasiva que luego se vio tratada de manera inmerecida.
—¡Y bien que lo puede decir!
—Sé todo lo que hizo por mí...
—No tiene importancia.
—Tiene mucha importancia. Lo usual hubiera sido que me
hubiesen dejado tirado en medio de la calle y que se hubiesen
largado con el dinero. Y usted fue como una madrecita buena para
mí.
—¿Viene a hacerme llorar ahora? —preguntó ella con tono burlón.
—Me propongo enternecerla un poquitín.
—Bien, ya lo ha conseguido.
Tomó la joven el ramo de flores, las olió aspirando con expresión
que reflejaba agrado y dijo: —Son preciosas. Gracias por la atención.
—Es lo menos que le debo después de mi bestialidad.
—Aquello queda borrado.
—¿De verdad?
—¿Qué le parece si cenamos juntos esta noche? Yo también estoy
solito.
—No me gusta el olor a “whisky”... —reprochó ella.
—Estupendo. A mí tampoco me agrada...
—¡Pues lo sabe disimular muy bien!
—Verá. Lo que me gusta es el sabor. Pero no beberé más que agua.
Bien, y si le gusta el champagne...
—¡Hum! No sé si fiarme...
Reaccionó Patsy de lo que consideró una temprana
condescendencia y respondió airada, pero sin demasiado enfado: —
¡Además! ¡Yo no le he dicho que aceptase!
—Cuando dos personas se comprenden, sobran las palabras.
—Usted y yo no nos comprendemos en absoluto.
—Yo opino que nos comprendemos perfectamente. Usted me
llamó bestia, luego me comprendió. Yo digo que es usted un ángel,
quiero decir que la comprendo también.
Tomó aire y resumió:
—Me comprende, la comprendo, nos comprendemos...
—Supongamos que sí. También nos comprendemos mi caballo y
yo y no se me ha ocurrido jamás ir a cenar con él.
El joven se tambaleó como si hubiese sido víctima dé un impacto,
poniendo en su movimiento graciosa comicidad.
A continuación, dijo:
—¡Tira usted con “Colt” del cuarenta y cinco!
Antes de que ella pudiera responderle, prosiguió:
No hablemos más. Va a hacer la prueba pase lo que pase. La
aguardo abajo. ¡Por favor, no se retrase! Estaré padeciendo.
Lo dijo todo de prisa, evitando que ella pudiese contradecirle.
A continuación, la tomó de los hombros y la besó en la punta de la
nariz.
—¡Oiga...!
—Sea buena chica —replicó él.
No la había soltado y la obligó a girar, haciéndola entrar en su
departamento.
Y él giró también, marchando en dirección a la escalera.
Cerró Patsy la puerta, dejó las flores sobre un mueble y corrió al
espejo.
—¡Ya es mío! No escapará... ¡Animo, Patsy Winters! Hay que
terminar con esta vida aventurera...
La linda rubia acabó de arreglarse sin prisa, poniendo gran esmero
en su tocado y vestido.
—Que espere. Así sabrá apreciar mejor la cosa —se dijo mientras
se preocupaba de los detalles frente al espejo.
Lauren estaba tras el mostrador cuando al fin bajó Patsy al
comedor.
La dueña del hotel guiñó un ojo con expresión de graciosa
picardía y dijo:
—¡Estás guapísima! Seguro que lo tienes trastornado.
—Tenía que pagármelas y me las pagará.
—Tenías razón. Es una bestia espléndida. Suerte.
—Gracias...
—Deseo que la boda sea pronto.
—Si puede ser esta noche, no lo dejaré para mañana. Hasta ahora.
El supuesto Nollan aguardaba impaciente y salió del comedor,
brindando su brazo derecho a la joven.
—Hoy me van a envidiar todos...
—¿Hoy nada más? —preguntó ella.
—Hoy...Ya poco que usted quiera, en lo sucesivo.
Llegaron hasta la mesa y el joven señaló significativamente para la
botella de champagne dispuesta para ser abierta.
—Hay agua también, ¿sabe? Pero nada de “whisky”.
Guiñó un ojo con expresión significativa y prosiguió diciendo:
—Las bestias no beben “whisky”. Al menos, mi caballo lo ha
rechazado cada vez que he intentado dárselo.
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Sonrió Patsy, que respondió con viveza:
—Los caballos son unas bestias inteligentes.
—Eso mismo he pensado yo más de una vez.
—¿Por qué lo ha pensado? —preguntó ella.
—Ya se lo diré si llega la ocasión.
—¿Reservas mentales?
—¡Oh, no, nada de eso! ¿Por qué no se sienta?
Mantuvo el joven la silla apartada, arrimándola luego para que se
sentase Patsy. Tomó luego asiento él y dijo: —Es usted una chica
encantadora de verdad. La más atractiva que he conocido jamás.
Patsy sonrió. Y respondió:
—Nunca un caballo me ha dicho nada semejante...
Rieron los dos alegremente y el joven acarició la mano de Patsy
cuando ella la alargó para tomar la servilleta.
—Eso no lo ha hecho jamás tampoco ningún caballo... Ni ningún
hombre —dijo ella fingiendo seriedad.
—He pensado que estoy muy solo. Usted también está muy sola.
¿No sería estupendo que nos casáramos?
—¿Lo ha estado pensando mientras me aguardaba?
—Lo pensé casi desde que se marchó usted tan irritada de mi
habitación.
—Y pensó también que los caballos eran unas bestias inteligentes
porque vivían solteros... —aseguró ella.
—¡Cáspita! Es usted muy lista...
—¿Qué le parece si cenamos y olvidamos eso? Aunque esté feo
que lo diga una señorita, confieso que tengo hambre.
—¡Eso es estupendo! Yo también tengo hambre.
—Y ya veremos si después que me vea comer sigue pensando en
casarse conmigo.
Capítulo IV
Después de cenar alegremente, bailaron en la sala de fiestas del
mismo hotel.
A media noche, Patsy, que había esquivado constantemente el
acoso de él, anunció:
—Es la hora de retirarse las personas decentes. Hasta creo que me
he excedido...
—Pero todavía hay muchas damas... ¡Un par de horitas más,
encanto!
—Esas damas van con sus maridos...
—Eso está bien observado. ¿Y por qué no nos casamos tú y yo?
—Recuerda que has estado haciendo esfuerzos durante toda la
noche por aparecer inteligente. No lo estropees a última hora.
—¡Si te dejase escapar, sería un bruto, encanto!
—No me tienes, luego no puedes dejarme escapar...
—Te tengo casi. Te he sentido toda la noche muy cerca de mí. Nos
comprendimos desde el primer instante...
—No me conoces, muchachito...
—¡Te conozco de sobra! Sé que no me equivoco...
—¿Y si yo fuese una aventurera?
—¡Vivan las aventureras como tú!
—Temo que has bebido demasiado, mi muchachito...
—¡Viva el champagne!... Pero no, no estoy embriagado de bebida,
sino de algo que es mucho más importante. De ti... ¡Vamos!
La tomó el joven del brazo, atravesaron por un extremo de la pista
y salieron al “hall” del hotel.
—Pero, ¿es que te has vuelto loco? ¿A dónde me llevas?
—El juez de paz nos estará aguardando.
Consultó el joven su reloj y dijo:
—Justo se acerca la hora en que le dije que iríamos.
—¡Vaya! ¿Estabas seguro de que me convencerías?
—¡Cuando se quiere de verdad, se alcanza lo que se desea!
—¡Valiente chico!
—Hay que ser valientes en la vida: sobre todo, en momentos como
éstos…
—¿Crees que esto es un lance como el de esta mañana con esos
fulleros?
—Ya lo pensaré más tarde.
—Esto es peor, jovencito, mucho más grave. Allí se puede perder
la vida de golpe. En el matrimonio se puede perder gota a gota, hora
a hora...
—¿Es que vas a tener miedo tú ahora?
—Yo no tengo miedo. Pero no estoy enamorada de ti.
—¿Y de otro hombre?
—Que yo sepa, tampoco.
—Por lo menos, te gustaré algo...
—No he tenido tiempo de saberlo aún.
—Ya lo sabrás. Te quiero yo, basta...
Poco menos que la arrastró hasta la calle y caminó con ella en
silencio hasta detenerse a unas yardas de la puerta del hotel, en un
lugar carente de iluminación.
Una vez allí la atrajo, abrazándola y besándola largamente.
Trató Patsy de resistirse por mera fórmula y fingió que cedía ante
la fuerza superior de él.
—¿Ves cómo te necesito? ¡Y tú me querrás!
—¡Me has dejado sin respiración, salvaje!
—¡El amor tiene que ser así! ¡Vamos!
—Allá tú, muchachito. Eres un testarudo y parece que hay que
seguirte.
—Sígueme y no te arrepentirás...
—Creo que empiezas a gustarme —respondió ella.
—Creo que sí.
Volvió a detenerse y repitió el beso.
A continuación, preguntó:
—¿Qué tal?
—Creo que sí. Puede que llegue a quererte. Y desde luego, me
gustas.
—Para empezar es suficiente. ¡Vamos!
Volvió a tomarla de la mano y tiró de ella, caminando así un par
de manzanas.
De vez en cuando se volvía a mirarla y murmuraba:
—¡Es la novia más bonita que he visto en mi vida!
—¿Y los testigos?
—Las mujeres siempre tan prácticas. Estarán esperando también.
Soy un chico previsor. No estoy loco más que a ratos y siempre con
un motivo que lo justifica.
—¿Por ejemplo, ahora? —preguntó ella con expresión de picardía.
El joven recorrió la figura de ella con su mirada ardiente y
preguntó con intención:
—¿No hay motivo más que suficiente?
—No lo sé...
—Yo sí. Estoy seguro de ello...
Se detuvieron al llegar ante una casa de confortable aspecto y que
tenía un jardincito adelante.
Una placa decía: “Juez de Paz”.
El joven anunció:
—El sacerdote espera adentro también. Será una ceremonia
sencilla...
—Lo prefiero... Cuanta menos gente alrededor, mejor...
—¡Y luego, los dos solos! Departamento número nueve... —
murmuró él.
Llamó el supuesto Nollan y no tardaron ni cinco segundos en
abrir, dando la impresión de que estaban esperando.
Vio Patsy que estaba todo preparado tal como le había anunciado
el joven.
No pudo evitar cierta emoción al advertir las caras sonrientes y los
saludos de bienvenida.
Escuchó la voz del joven que preguntaba con expresión radiante:
—¿Verdad que es hermosa?
—Es lindísima. Le felicito... Bien, está todo dispuesto para
empezar tal como usted dijo. Faltan los nombres... ¡Ejem!
Patsy volvió a recobrar el dominio de sí misma en aquel momento
crucial de su vida, al que había llegado con más facilidad y rapidez
de la que había imaginado una vez que se había decidido.
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El juez preguntó a] joven:
—¿Su nombre?
—Martin Nixon...
Patsy experimentó una sacudida, miró al joven y preguntó:
—¿Cómo ha dicho?
—Martin Nixon... ¿Qué tiene de particular? No tengo otro nombre
más bonito, si es eso lo que echas de menos.
—No se trata de eso. Aqui hay un error...
—No hay ningún error. Al menos, por mi parte...
La joven se fue irritando poco a poco ante el estupor de los demás.
—Me has engañado, Martin Nixon...
—No te he engañado en ningún momento. Es cierto que no te
había dicho mi nombre...
—No me habías dicho tu nombre y me habías hecho creer que eras
otro.
—¡Eso no es cierto!
—No tengo por qué discutir con usted —terminó la joven en tono
tajante.
Se volvió luego a los asombrados espectadores de la escena y les
anunció:
—Lo siento por lo que han aguardado: pero no hay boda. Buenas
noches...
Dio media vuelta Patsy dispuesta a marcharse, pero se vio
retenida por el joven Nixon, que la tomó de un brazo, diciendo con
expresión enérgica: —¡Sí hay boda! Luego, si quieres, te largas. Pero
está todo preparado y no me harás quedar mal.
El juez intervino tímidamente para decir:
—Lo siento “míster” Nixon, pero sin el consentimiento de los dos
contrayentes, no puede haber boda.
Patsy por su parte dio un violento tirón y logró libertar su brazo.
Dio media vuelta y sin despedirse, salió a la calle.
Una vez fuera respiró hondo, se recogió la falda y echó a correr en
dirección al hotel.
Antes de llegar a él se sintió alcanzada por Martin que la detuvo
justo en el mismo lugar en donde la había besado por primera vez.
¡Alto, jovencita! Me debe usted una explicación.
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—No le debo nada...
Patsy se sentía humillada y deseó humillarlo a él, diciendo:
—Bien, le debo la mitad de la cena. Diré que la carguen toda en mi
cuenta...
—No se trata de eso. ¿Por quién me tomó usted?
—Primero le preguntaré: ¿Quién es usted?
—Ya se lo he dicho: Martin Nixon...
—Un “míster Nobody” 1(1), ¿no es eso?
—Exactamente. Un “míster Nobody”.
—Ya me extrañó a mí su ropa... La de un vulgar “cow-boy” o un
aventurero buscador de oro...
—Puede que no llegue ni a eso —respondió él con sencilla
sinceridad.
Patsy no se pudo contener y tocó las ropas que vestía él.
—¡Está claro! Recién compradas, para deslumbrarme ...
—Estaba en mi derecho, ¿no? Me gustó usted y he luchado de cara
por conseguirla limpiamente.
—Pensaba vivir a costa mía, ¿no es eso?
—No he pensado en tal cosa. Me he valido por mí solo hasta
ahora. Jamás me ha faltado nada. Y pensaba que en adelante no
faltaría tampoco nada para los dos. No aceptaría de usted un solo
dólar y viviría, como poco, lo mismo que vive ahora.
—¡Valiente “míster Nobody”! —ironizó ella.
—¿Cuáles eran sus planes? ¿Por qué me rechaza ahora? —
preguntó él.
Nixon hizo una breve pausa y volvió a preguntar:
—¿Por quién me tomó? ¿Con quién me confundió?
No obtuvo el joven respuesta, pero no la necesitó tampoco.
De improviso rompió a reír de manera escandalosa,
atormentadora para Patsy, que sintió imperiosos deseos de
abofetearlo.
Intentó marchar ella, pero Nixon la detuvo.
—Calma, jovencita. Hay que saber perder...
Volvió a reír, pero no tan fuerte y mezclando con las carcajadas,
dijo:
—¡La silla de montar! ¡Ahí estuvo la cosa! Usted había oído hablar
de la silla de montar de Myron Nollan, la reconoció y me confundió
con él... ¡No deja de tener gracia!
Calló repentinamente, la miró con fijeza y dijo de improviso:
—¡Merecía usted que la abofetease! ¡Iba a la caza de un marido
rico! ¡Ahora está claro todo!
Hizo una pausa y evitó un nuevo intento de escapar de ella.
Nixon prosiguió:
—¡Ni estudios, ni nada! ¡Es usted una aventurera! De no haberme
confundido con Nollan, hubiese volado usted con la bolsa en lugar
de atenderme cariñosamente —dijo, despectivo.
Patsy no pudo resistir ya, levantó la diestra y la descargó con
fuerza en la mejilla correspondiente de Nixon.
Y éste respondió a la agresión enlazándola por la cintura y
besándola.
Escupió Patsy y se frotó luego los labios vigorosamente,
exclamando al final:
—¡Bestia!
—Más que usted. Ahora ya sabe cómo responderé a sus violencias.
—¡Déjeme en paz!
—Fue usted la que se
puso en mi camino. Y me
ha costado bastante caro,
no vaya a creer... Y no es
eso lo peor.
Respiró agitadamente
y dijo:
—Lo peor es que creí
en usted, que la tomé en serio, como no había tomado jamás a
ninguna mujer...
—¡Yo no le dije nada!... No le he mentido.
—Ha sido peor que si me hubiese mentido. De mentir, yo no la
habría creído. Usted ha sido más lista que todo eso...
Ante el silencio de ella, remedó:
—¡La pobre huerfanita que viene a descansar y a ampliar estudios!
Cambió de voz y de actitud y dijo:
—Menuda pájara! ¡Una cazamaridos que va de un lado para otro
hasta que pique el incauto! ¡Sí, eso es! ¡Una aventurera!
Dentro de Patsy se rebeló algo y gritó:
—¡Sí, una aventurera! Pero no lo que usted piensa...
—¿Ah, no? ¿Peor todavía?
—¡Sí, peor! ¿Qué pasa? ¡Y la culpa la tienen los tipos como usted y
otros peores que hacen de la pistola una profesión!
Nixon compuso un gesto cómico, se rascó la cabeza y respondió:
—¡Vaya! A] final he ido a pagarla yo...
—Si quiere saber quién soy, no tiene más que seguirme. Y así
sabrá que no necesito ni de usted ni de Myron Nollan para resolver
mi vida...
Trató él de impedir que ella marchase, pero un enérgico manotazo
lo convenció de que debía dejarla en paz.
Marchó Patsy decidida, seguida de cerca por Nixon.
Penetró ella en el hotel y marchó a reunirse con Lauren.
No le importó que Nixon la pudiera escuchar, aunque al hablar
procuró cubrir a Lauren, a la cual dijo: —Gold Ville deja de ser el
lugar que tenía elegido para mi descanso...
—No te comprendo Patsy...
—Voy a lo mío, Lauren, ya te contaré. No soy lo que parezco. Soy
mucho peor...
—¿Tienes fiebre, criatura?
—No tenga cuidado, señorita Travers —interrumpió Nixon—.
Está en sus cabales.
—Es como él dice —respondió Patsy—. Quiero un sitio en la sala
de juego. Y a ti te conviene también, Lauren...
—Bien, si tú lo dices... Precisamente es a esta hora cuando
comienza a animarse la cosa...
Sonrió Lauren, movió la cabeza en plan de elogio y dijo:
—¡Estás arrebatadora, Patsy! ¡Más guapa que te había visto nunca!
—Gracias, Lauren... Se me olvidaba. La habitación de “míster”
Nixon la tomé yo para él, por tanto, el día de hoy lo pago yo, lo
y p p y p g y
pones en mi cuenta, y todo el gasto que hemos hecho, también...
—No hará tal cosa, señorita Travers... —protestó Nixon.
—Ese... Me ha echado en cara que le he salido muy costosa...
¡Puaf!
Lauren respondió a Nixon:
—La señorita Winters es mi cliente y es la que manda aquí. En
cuanto a usted, ni siquiera sabía que se llamase Nixon. En el hotel no
tengo registrado a ningún Nixon. Usted “no está aquí” —recalcó
Lauren.
Iba a responder Nixon de manera adecuada, cuando salió de la
sala de juego un joven que podría ser de su edad, rubio, delgado y
nervioso, de buena estatura, pero bastante más bajo que Nixon.
Vestía con innegable elegancia, ropa cortada por un buen sastre.
Se acercó sonriente a Nixon, al cual dio una palmada en la espalda:
—¡Ya era hora de que se te viese e] pelo, amigo! ¿Cómo terminaste
con aquellos granujas?
—Los tuve que matar...
—No creas que hace mucho que me he levantado... Bebimos
demasiado y eso tiene que terminar...
—Allá tú con tus cosas, Myron. Eres rico y debes cuidarte. A mí
me da todo lo mismo. Yo soy un “míster Nobody” cualquiera...
—¿Qué diablo de mosca te ha picado?
—Yo no diría que ha sida una mosca... Por cierto, te llevaste mi
caballo...
Trataba Nixon de desviar la conversación, llevándola por el lugar
que a él le interesaba.
—Me equivoqué. ¡Y estuve a punto de llevarme un disgusto! Ese
caballo es demasiado vivo de genio...
—Un bestia, como su amo —dijo Nixon.
—En fin, ¿qué plan tienes para esta noche?
—Irme a dormir. He decidido retirarme a la buena vida...
—¿Pero no decías...?
Nixon interrumpió:
—No quiero ser una presa fácil a la desgracia: y es lo que sucede
con la vida desordenada...
—Por lo menos, jugaremos un rato... Sé que te has divertido, que
has bailado con una chica estupenda... ¿En dónde está?
—Era un sueño y de pronto hizo: ¡puf! Y se desvaneció ...
—¡Eres un romántico incurable! Seguro que te has enamorado y
todo.
Lauren y Patsy escucharon un tanto asombradas.
La sugestiva rubia reaccionó al fin y se dispuso a marchar,
diciendo a Lauren:
—Voy a arreglarme un poco y bajo en seguida.
—Te aseguro que no necesitas arreglarte en absoluto. Ya te he
dicho que estás más atractiva que nunca...
Nixon adelantó un paso:
—Por favor, un momento, señorita Winters... Tengo el gusto de
presentarle a Myron Nollan. Educado, buen chico, aunque él cree lo
contrario y bastante rico. Un magnífico partido, según dicen...
Patsy se encogió ligeramente de hombros y tendió su diestra a
Nollan.
—Encantada, “míster” Nollan...
Nixon prosiguió diciendo:
—La señorita Winters creo que investiga y es experta en
mineralogía. Tal vez tú la puedas emplear con provecho para
ambos...
Patsy, sin acusar la menor irritación, respondió con desenvoltura:
—No haga caso, ‘‘míster” Nixon. Soy una cazamarido
desaprensiva. Y cuando ese deporte me hastía, me dedico a jugar. Es
de lo que vivo y lo que voy a hacer en este momento. Buenas noches.
Dio media vuelta y caminó con paso seguro en dirección a la sala,
diciendo a Lauren:
—¿Me acompañas?
—Con mucho gusto.
—Prefiero que me señales un buen sitio y que me presentes a tus
mejores clientes.
—Te aseguro que recibirán con verdadero gusto...
Lauren siguió a Patsy, alcanzándola antes de llegar a la sala de
juego, y las dos mujeres entraron en ella enlazadas por la cintura.
Capítulo V
Apenas las dos mujeres hubieron desaparecido en la sala de juego,
exclamó Nollan:
—¡Es una verdadera maravilla! ¿Dónde y cuándo la has conocido?
—Ha sido mi providencia —respondió Nixon en tono enigmático.
—¡Eres el tipo de la suerte! ¡Explícate!
—No hay nada que explicar. Estoy cansado y me voy a dormir...
—Como quieras. ¿Te has cambiado a este hotel?
—Sí. Fue necesario. Ya te lo contaré todo, pero volveré al nuestro...
—¡Al contrario! ¡Con esta maravilla, seré yo el que se venga para
aquí!
—Tú puedes hacer lo que quieras...
—¿Para qué liar la cuestión? ¿No te han traído tus cosas? Pues
continúa aquí. A menos que me pases tu habitación...
—No es bastante buena para ti...
—¿Qué tonterías se te han metido hoy en la cabeza? ¿No hemos
dormido al raso en más de una ocasión? ¿No hemos tenido que
dormir en malolientes cuadras?
—Es cierto... En fin, puedes quedarte con mi habitación. En
realidad, hubo una confusión y creo que está a tu nombre.
Sin entrar en detalles, Nixon refirió a Nolan la confusión a que
había dado lugar el cambio de caballos.
—¡Magnífico, chico! Pues si no te quedas aquí, puedes ocupar mi
departamento de allá...
—Así, pues, ¿vas a jugar?
—Sí. Y a poder ser, voy a jugar en la misma mesa que ella. ¡Y voy a
perder!
Guiñó un ojo con expresión de picardía y dijo:
—¡Ya conoces mi táctica!
—Sí...
Lo dijo en tono distraído y sintió una especie de quemazón en su
interior.
Pensó luego en que, si dejaba la habitación, Nollan y Patsy
quedarían tabique por medio y dijo: —Por más que estoy lo bastante
cansado como para no querer volver allí. Además, están aquí todas
mis cosas y no es cuestión de andar cambiándolas ahora...
—¡Como quieras, chico! ¿Cómo has dicho que se llama?
—Patsy Winters...
Nollan se llevó la mano a la barbilla como si aquello le ayudase a
pensar y repitió:
—Patsy Winters, Patsy Winters... Ese nombre me suena...
—Si la tratas, es posible que te llegue a sonar más...
Nollan no comprendió la ironía de su amigo y dijo:
—Si mal no recuerdo, al padre de ella lo asesinaron y le
despojaron de un yacimiento que ahora debiera ser de ella. La madre
resultó mal herida y murió también...
¿Es posible eso?
—Sí. Si es ella quien yo creo, no hay duda. Yo conocí a los padres y
tiene bastante parecido, en particular, con el padre.
—¿Hace mucho tiempo de eso?
—Pues no andará muy lejos de los tres años... ¡Eso es! Entre los
tres y los cuatro años, porque fue poco antes de que yo adquiriese el
yacimiento aurífero...
—¿Y la dejaron en la calle, así por las buenas?
—Sí. El otro tipo supo trabajar. Era socio de su padre y lo engañó
miserablemente. El padre de ella era un buen hombre... ¡Y la madre
también! Una gente excelente, te lo aseguro...
Nollan se encogió de hombros, como ante algo irremediable y
preguntó a Nixon:
—¿Qué haces? ¿Te acuestas o echas un vistazo a la sala?
—¿Vas a jugar?
—Sí. Pero sin beber. Además, esto es diferente a lo de ayer. Me han
dicho que en este hotel seleccionan cuidadosamente a la gente que
entra en la sala de juego...
Nixon ironizó:
—Si tantas garantías hay...
—¡Naturalmente que las hay! Además, con esa chica no me
importará perder algo...
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Nixon se encogió de hombros ligeramente y dijo:
—Sí, creo que vale la pena hasta perder, con ella…
—¿Verdad que resulta impresionante? Con una chica así, hasta
sería capaz de casarme.
Nixon experimentó un sentimiento de alarma. Pero respondió:
—¿Y por qué no se lo propones? A lo mejor te dice que sí...
—Eso es lo malo. Hay que pensarlo bien antes, ¿comprendes?
—Comprendo...
Los dos jóvenes entraron en la sala de juego, estando a punto de
tropezar con Lauren que se disponía a salir.
La pelirroja sonrió a los dos hombres, aunque muy en particular a
Nollan, al cual preguntó: —¿Es que piensa usted jugar?
—Yo sí. Mi amigo es el que no se decide...
—Mi bolsillo no está para jugar en un lugar de éstos —respondió
Nixon refiriéndose al lujo y a las crecidas apuestas que se veían en
las mesas.
—No hace muchas horas que yo misma le devolví sus mil y pico
de dólares. Más que suficiente para jugar. ¿O tantas pérdidas ha
experimentado...?
—Cuando me pasen ustedes la factura, lo sabré.
—No debe usted nada, “míster” Nixon.
—No puedo admitir...
—Ya le he dicho que ni siquiera está registrado su nombre en el
hotel.
—¡Está bien! Tendré que hacerlo ahora.
—Como usted guste: pero lo pasado, pasado. Mi clienta es la
señorita Winters. Y usted puede serlo en adelante.
Al nombrar a Patsy, Lauren hizo mención en dirección al lugar en
donde se había aposentado la sugestiva rubia.
Nixon vio con desagrado que estaba entre gente de dinero a juzgar
por la gran cantidad de fichas que se veían en la mesa y por los
brillantes que lucían los que sentaban en torno a ella.
Comprobó también que era la mesa más concurrida aparte los que
jugaban, y aquello le dio a entender lo que Patsy se podría ir
alejando de él por momentos.
Nollan pidió:
—Me gustaría ocupar un sitio en la misma mesa que la señorita
Winters.
—¿Alguna rivalidad entre ustedes?
—¡Oh, nada de eso! Simple admiración. Y una cierta amistad con
sus padres...
—¡Ah! Posiblemente tendrá que aguardar un rato...
—Aguardaré lo que sea preciso —respondió Nollan.
Lauren preguntó a Nixon con intención:
—¿Y usted?
—Lo dicho. Soy muy pobre, un “míster” Nobody cualquiera: y
quedo fuera de juego.
—Como quiera. Yo, en su lugar, no me desanimaría...
—No es que me desanime. Pero yo soy de los que hacen “su”
juego. El que me conviene a mí, ¿comprende?
—Perfectamente. Les deseo mucha suerte... Ahora hablaré con uno
de mis empleados que se encargará de sentarlo a usted en el primer
puesto libre de aquella mesa. Me gusta llevar las cosas en orden.
—Muchas gracias...
Lauren se había dirigido últimamente a Nollan, aunque, al
separarse de los dos hombres, le dirigió una sonrisa alentadora a
Nixon, como diciéndole que contaba con su simpatía.
Habló la dueña del establecimiento con uno de los empleados de
la sala, designando con gesto y ademán a Nollan.
El empleado hizo un gesto afirmativo y se acercó a los dos jóvenes:
—Por favor, señores. Si quieren situarse donde yo les diga hasta
que nos quede un lugar libre...
—Con mucho gusto...
Siguieron al empleado que los situó en un lugar favorable, en
particular para Nixon que, por su estatura, dominaba perfectamente
la mesa.
El joven tenía a Patsy casi enfrente.
Observó que la mirada de la joven brillaba como en los mejores
momentos del forcejeo que habían mantenido en las últimas horas,
desde que la invitara a cenar.
Advirtió también Nixon que la sugestiva rubia se movía
perfectamente, demostrando con su gran desenvoltura que estaba en
su elemento.
Le molestó observar que los jugadores y los no jugadores parecían
prendidos en el encanto que emanaba de ella.
Y pensó:
—Sin embargo, estoy seguro de que no es una aventurera... Pero si
no es una aventurera y yo le ofrecía un hogar, ¿por qué no se ha
querido casar conmigo?
Se respondió a poco, a sí mismo, con otra pregunta.
—¿En realidad, yo le ofrecía un hogar?
La vio ganar, amontonando fichas frente a ella sin concederle a la
ganancia en sí, la mayor importancia.
La vio perder más tarde, y lo hizo con la mayor indiferencia, como
si poseyese miles para perder.
En dos ocasiones cruzó con él una rápida mirada en la que leyó el
desafío.
Patsy llegó a perder casi todo lo que tenía delante en una mala
racha que supo mantener de manera admirable, sin perder los
nervios.
Y luego volvió a ganar con mayor rapidez que había perdido,
siendo a Nollan, que había ocupado al fin un puesto, al que ganó la
mayor parte del dinero.
Pensó Nixon que Nollan se dejaba ganar, pero no tardó en darse
cuenta que no solamente se defendía, sino que en cuanto se le
presentaba ocasión, atacaba duramente, escudándose en su sólida
economía.
En dos ocasiones decidió Nixon retirarse, pero siempre llegaba
alguna mirada de desafío de Patsy, que le obligaba a quedar.
Sintió tentaciones de sentarse a jugar a última hora ya, al quedar
libre un puesto, Pero por primera vez en su vida, temió hacer el
ridículo.
Nollan Se tuvo que levantar al fin totalmente derrotado: y con su
retirada se deshizo la partida cuando faltaba muy poco ya para que
clarease el día.
Patsy entregó sus fichas a un empleado de la casa para que se las
cambiase, encendió luego un cigarrillo, saludó en general y se retiró
a descansar.
Al pasar frente al despacho de Lauren, ésta le entregó
personalmente un recibo correspondiente a su dinero.
—Felices, chica.
—Gracias, Lauren. Al fin vuelvo a estar en mi elemento.
Lo dijo en voz alta para que la pudiesen oír Nixon y Nollan, que
salían de la sala de juego.
Subió rápidamente las escaleras.
Nixon se despidió rápido también de Nollan y trato de alcanzarla,
sin lograrlo.
Llegó al piso en el momento en que ella cerraba ya la puerta de su
departamento: y aunque la llamó, no le hizo caso.
Se metió él en su habitación y llamó en el tabique con los nudillos
varias veces, sin obtener respuesta a pesar de que sus golpes eran
cada vez más fuertes.
La oyó canturrear, percibió también el ruido del agua cuando ella
se bañaba.
Se desnudó al fin, indignado consigo mismo, tiró la ropa y
exclamó:
—¡Y pensar que ésta pudo ser nuestra noche de bodas!
Cuando Nixon se fue a dormir era ya completamente de día y
hacía más de dos horas que había cesado todo ruido en el
departamento de Patsy.
Y se durmió decidido a hablar con la joven tan pronto como ella
asomase la nariz fuera del departamento, aunque tuviese que pasar
horas y horas de guardia.
Nixon, tan pronto se levantó, prestó atención al departamento
número 9 y adquirió el convencimiento de que ella estaba en él aún,
levantada ya.
Produjo ruido suficiente para dar a entender que terminaba de
vestirse y que se largaba.
Y exageró el ruido al salir y cerrar la puerta y luego al caminar en
dirección a la escalera.
Pero tan pronto como se perdió de la vista de las puertas, se
detuvo, aunque continuó haciendo ruido para simular que bajaba.
Oyó que se abría la puerta del departamento de Patsy y cesó el
ruido como si se hubiese alejado ya del todo.
Y la voz de Patsy llegó a él mostrándose dueña de la situación al
decir:
—No es necesario que recurra a esas tretas, Sé que desea hablar
conmigo. Puede aguardarme abajo que ya voy...
El joven asomó la cabeza para responder:
—De acuerdo. La espero abajo.
No lo hizo aguardar ni cinco minutos.
Cuando se reunió con él, le dijo:
—Puede acompañarme si quiere. Normalmente suelo pasear todos
los días a esta hora.
Una vez en la calle, preguntó ella:
—Bien, ¿qué es lo que desea de mí?
—Decirle que hizo usted perfectamente en no querer casarse
conmigo.
—Ya sabía qué hacía lo que debía. Por usted y por mí: pero en
particular, por mí.
—Lo sé. Comprendo que usted quiere un hogar. Y yo no se lo
puedo ofrecer de momento.
—Acertó.
—Para vivir de forma aventurera, ya está bien como está.
—Exactamente. Soy libre, no le tengo que dar cuenta a nadie de
mis actos... ¿Era todo eso lo que me tenía que decir?
—No.
—Pues continúe.
—Yo sigo queriéndola.
—Deseándome, que no es lo mismo.
—Sé lo que digo. Queriéndola.
—Muy emocionante. Supongo que habré de estarle agradecida por
descender así hasta una aventurera.
—Me ha decepcionado usted, señorita Winters.
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—¿Por qué? ¿Porque no hago trampas?
—Porque no tiene usted coraje para ganar lo que quiere, lo que le
corresponde.
—¿A qué se refiere?
—A la comodidad de un hogar.
—¿Casándome con Myron Nollan? No me satisface... No se haga
ilusiones. No me satisface usted tampoco. No es cuestión personal
de ustedes. Lo de ayer fue una tonta debilidad. No volveré a pensar
en casarme por dinero.
—Eso es algo, pero no es todo. Sin embargo, lo tiene al alcance de
la mano. Usted le gusta a Myron.
—¿Le ha encargado él que me lo diga?
—Ni Myron es de los que hace esos encargos, ni yo de los que los
toman.
—Menos mal. No se ha perdido todo —respondió la joven.
Nixon no hizo caso del tono incisivo de la joven y dijo:
—Me refiero a unas palabras que me dijo usted ayer.
—Veamos. Nos dijimos muchas cosas y en muchos tonos —dijo
ella burlona.
—Se refería usted a su vida aventurera. Se vio obligada a ello por
culpa de unos asesinos.
—No creerá que le he mentido.
—Sé que es cierto. Y usted, en lugar de luchar, se ha resignado. En
vez de tratar de recobrar lo suyo, lleva una vida impropia en una
señorita. Y ni siquiera intentó vengar a sus padres.
—¿Quién le ha dicho eso?
Myron Nollan. El conoció a sus padres poco antes de que los
asesinaran...
—No hay nada a hacer.
—Yo le voy a demostrar lo contrario.
—¿Por qué ha de meter las narices en lo que no le importa?
—Escuche, jovencita. Esos tres granujas que liquidé ayer, merecían
menos la muerte que James Chase y sus compinches.
—¿Qué sabe usted de ellos?
—Lo bastante para desear eliminarlos y que el filón vuelva a sus
manos.
Patsy se detuvo, miró al joven con expresión penetrante y
preguntó:
—¿Habla en serio?
—Completamente en serlo.
—Ya le he dicho que no hay nada a hacer. Chase supo planear bien
las cosas.
—Conozco a Chase y sus puntos vulnerables. Conseguiré vencerle
y que usted recobre lo suyo.
—¿Cuál va a ser su parte?
Nixon Se encogió de hombros, sacó sus “Colt” y los miró. Hizo
como que apuntaba con ellos y los volvió a guardar.
—Son unos buenos “Colt” y los enemigos no resultan demasiado
peligrosos para un profesional de mi clase. ¿Qué le parece doscientos
dólares por Chase y cien por cada uno de los otros cuatro? Total, son
seiscientos dólares. ¡Ah! Y gastos pagados...
Patsy se sintió dispuesta a saltar, pero la contuvo la mirada de
Nixon, que dijo:
—Cuidado, jovencita. Ya sabe cómo respondo a la violencia de las
chicas guapas: y aquí hay demasiada luz y muchos curiosos. Por otra
parte, no crea que bromeo. Mi proposición es formal. ¿Acepta?
—Escuche, Nixon. Puesto que habla en serio, le diré que no deseo
las venganzas. Lo que me interesa es recobrar lo mío. Que los otros
mueran o no, no me preocupa. Puede matarlos o entregarlos a la
justicia.
—Tendré que matarlos, los conozco.
—Allá usted. Yo no pago sus muertes, sino el recobrar lo mío. No
sé lo que puede valer aquello, pero si me lo devuelve, le daré diez
mil dólares.
Nixon negó con la cabeza, diciendo luego:
—Demasiado dinero para un “míster Nobody” cualquiera como
yo. Seiscientos o nada.
—Está bien. Seiscientos y los gastos.
—Procuraré no gastar demasiado. Cuando salgo en plan de
trabajo, soy muy moderado.
—Me parece estupendo. ¿Trato hecho?
Patsy tendió su mano. Nixon alargó la suya y estrechó la de ella
con vigor, respondiendo: —Trato hecho.
—¿Cuándo piensa comenzar a actuar?
—Saldré la madrugada próxima.
—¿Necesita algún dinero para gastos?
—Gracias. Fue tan generosa ayer conmigo, que me quedan casi mil
dólares.
—Entonces no hay más que hablar. Nos veremos, en Sterling.
—Dentro de una semana espero tenerlo todo resuelto. Si usted
permanece aquí, la avisaré por telégrafo.
—No sé lo que haré. Si me muevo de aquí iré al “París Hotel” de
Sterling. Hace tiempo que me invitaron a ir por allí, pero siempre
rehusé la invitación.
—Hizo bien. Y en esta ocasión no debe ir por allí hasta que yo la
avise que está todo arreglado.
Patsy hizo un gesto afirmativo con la cabeza y dijo luego:
—Siento lo de anoche: pero ha sido mejor para los dos.
—Eso mismo creo yo —respondió Nixon.
Volvieron a estrecharse las manos y se separaron, prosiguiendo
Patsy su paseo mientras que Nixon regresaba al hotel para iniciar sus
preparativos de marcha.
Al pasar frente al mostrador descubrió a Lauren que salía de su
despacho.
La pelirroja le guiñó un ojo significativamente y le preguntó:
—¿Cómo va todo?
—Yo diría que va bien. Me marcho la próxima madrugada.
—¿Se marcha?
—Sí.
—¡Hum! No me fío de usted en absoluto.
—Trabajo para mí y tengo mis ideas propias, señorita Travers.
—Pues adelante y suerte.
—Creo que la voy a necesitar. Pero la tendré, estoy seguro.
Capítulo VI
Nixon apenas si necesitó preguntar para localizar a uno de los
cómplices de Chase en el asunto de los Winters.
Lo encontró en una cantina de un campamento minero de los
muchos que habían surgido en los afluentes del South Platte River,
cerca de Sterling.
Nixon y Darren se conocían de vista, e incluso habían coincidido
en alguna mesa de juego.
Encontró Nixon a Darren en un buen momento. Al granuja le
brillaba la mirada de alegría mientras repartía los naipes entre sus
compañeros de juego.
Y en su alegría tenía una gran parte el oro que se iba amontonando
frente al tahúr, procedente de los montones de sus compañeros de
partida, montones que habían comenzado a mermar de una manera
alarmante.
Darren saludó a Nixon con la mirada y un leve movimiento de
cabeza, y decidió que debía apresurar el terminar con el oro de uno
de sus compañeros de partida.
El granuja pensaba que Nixon no dejaría de llevar su buen montón
de oro y decidió mentalmente también que el oro de Nixon debía
pasar a su poder, aunque no se le ocultaba que la empresa podía
ofrecer ciertas dificultades e incluso algún riesgo.
Pero Darren confiaba siempre en su rapidez manejando el ‘‘Colt” y
en su decisión en iniciar el ataque para tener de su parte la ventaja
que le proporciona la sorpresa.
Al advertir Darren que Nixon pasaba a formar parte del corro de
mirones que les rodeaban, sonrió al recién llegado. Y apresuró para
terminar con el oro del compañero de juego que estaba en peor
situación.
Bastaron cuatro jugadas para que el hombre quedase limpio,
pasando el resto de su oro a engrosar el montón de Darren.
Al empujar las últimas monedas, el hombre sacudió la cabeza y
dijo:
—¡Mala suerte para mí!
Darren respondió en tono casi compasivo:
—Tu suerte está en el pico. Te lo he dicho más de una vez. Por eso
no quería que entrases en la partida.
—¿Quieres decir que no sé tener los naipes en la mano? —
preguntó el hombre crispando las manos sobre la mesa.
Tal vez en otra ocasión Darren hubiese respondido con violencia,
pues la actitud del hombre comenzaba a resultar agresiva.
Pero en aquel momento de euforia respondió:
—Nada de eso. Juegas estupendamente bien, tal vez mejor que
cualquiera de nosotros: pero no tienes suerte. Y cuando los naipes no
quieren, es inútil todo.
Suspiró de forma un tanto cómica Darren y añadió:
—Con los naipes sucede algo semejante a lo que con las mujeres...
Uno rió, interviniendo luego para decir:
—¡Y que lo digas! ¡Malditas perras!
—¿Estás enfadado porque se te marchó la rubia? Otra vendrá, no
te preocupes... —le respondió alguien.
El que había acusado a las mujeres, se enfurruñó, exclamando:
—¡Digo que son unas malditas perras! Las que se van y las que se
quedan. ¡Y lo mío no le importa a nadie!
Darren temió que se deshiciera la partida e intervino, conciliador:
—¿Queréis dejar las cosas de faldas? Siempre traen líos. Y allá
cada cual con lo suyo y según le vaya en la fiesta.
—¡Tienes razón, Darren! ¡Vamos, se reanuda la partida!
El que había perdido se dispuso a levantarse. Y Darren,
convencido de que el otro no aceptaría, le ofreció: —¿Quieres dinero
para intentar el desquite? Te doy el que quieras.
—No.
—Piénsalo bien. Te puede venir la buena racha.
—No he jugado nunca con dinero prestado.
—Dicen que da buena suerte...
—Tú lo has dicho antes. No tengo suerte jugando. Mi suerte está
en el pico...
—Como quieras...
Se levantó el hombre dejando el sitio libre.
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Darren, lo mismo que los otros, paseó la mirada en torno,
esperando que surgiera el jugador, aunque él había elegido ya.
Esperaba el tramposo que Nixon se ofreciese a jugar y
experimentó cierta contrariedad al advertir que el joven permanecía
silencioso, sin adelantarse.
Darren se decidió entonces a proponer:
—¿Qué, Nixon, no te haces el ánimo? Es una bonita partida que no
se presenta todos los días.
El joven carraspeó antes de responder:
—La verdad es Darren, que el otro día tuve que matar en Gold
Ville a Diamond, a Rice y “al Cuchillos”. Y no quisiera tener que
matarte a ti.
No esperaba Darren una respuesta semejante y las palabras de
Nixon le tomaron de sorpresa. Comprendió por la mirada del recién
llegado que un movimiento en busca de sus “Colt”, significaría la
muerte.
El fullero tragó saliva, produjo una leve risa que no tenía nada de
tranquilizadora y preguntó a su vez: —¿Qué quieres decir con eso?
—La cosa está clara, Darren. Creí que con lo que le sacaste a Chase
cuando el asunto de los Winters, tendrías bastante: pero eres tan
granuja que estarás cubierto de oro y continuarás haciendo trampas.
Nixon fue dejando caer las palabras lentamente, haciendo que se
oyesen bien para que no hubiese duda alguna.
Por su parte Darren comprendió que Nixon había ido en su busca
y que, a menos que se espabilase mucho, no tendría escape.
Los componentes de la partida se hicieron una idea muy semejante
del momento, y sin apresuramientos, dejándose ver para que Nixon
no pudiese pensar otra cosa, fueron recogiendo y embolsillándose el
oro que tenían en la mesa.
Y a continuación se levantaron, retirándose a los lados para dejar a
los dos hombres solos, frente a frente.
Darren, por su parte, mantuvo las manos despegadas del cuerpo
para no provocar una reacción inmediata de Nixon, pero rectificó su
postura, colocándose de pies debidamente, para lanzarse luego con
más facilidad al ataque.
Nixon rió burlón, diciendo:
—No temas. Yo no soy de los que se aprovechan de las ventajas.
Tú sí lo harías, pero yo soy de otra pasta. Si es que no te gusta lo que
te he dicho, saldremos ahí fuera y lucharemos como es debido. Algo
a lo que tú no estás acostumbrado, maldito asesino.
—¡Ya está bien, Nixon! Has bebido demasiado “whisky”.
El hombre que había perdido movió la mano en dirección a su
“Colt” y preguntó a Nixon:
—¿Es cierto eso que ha dicho de que Darren me ha ganado
haciendo trampas?
—Es cierto. Y cuando yo llegué parece que se dio más prisa en
limpiarlo con la esperanza de que fuese luego yo quien hiciese el
primo.
El hombre se dirigió a Darren:
—¿Tú que dices, Darren?
—Tú ya me conoces. Ya he dicho bien claro que Nixon ha bebido.
Es un buen chico, pero abusa un poco del “whisky”.
Nixon intervino burlón, diciendo:
—Darren. Devuélveles todo el dinero que les ha ganado a fuerza
de trampas. A ti de poco te va a servir. En el otro barrio no hay
cantinas, ni nada en la que poder gastar el oro. Dicen que allí está
todo pagado.
Alguien rió de forma humorística y otro admitió:
—Eso que dice Nixon
es cierto. El oro parece
que allí no sirve de nada.
El perdedor se dirigió
a Nixon:
—Ha tenido usted una
buena idea, amigo. Yo sé
jugar y no siempre tenía
mala suerte con los
naipes. Pero Darren tenía
siempre mejor juego que
yo...
Después habló el hombre a Darren:
—Ya estás soltando la pasta o lo vas a tener que sentir. Eran mil
doscientos dólares.
—Esto es un atraco —respondió Darren.
Actuó el hombre con rapidez insospechada, sacando su “Colt” con
el cual encañonó al granuja, diciéndole: —Vuelve a decir otra
tontería como esa y te vuelo los sesos.
Darren, dejándose ver bien de Nixon, separó los mil doscientos
dólares y dijo:
—Ahí los tienes.
Los otros perdedores se sumaron al bando de las reclamaciones y
Darren hubo de ir entregando el dinero hasta quedar solamente con
el suyo.
—¿Puedo guardarme éste? —preguntó en tono burlón a Nixon.
El recién llegado se encogió de hombros, diciendo:
—Me tiene completamente sin cuidado. Puedes guardarlo o
regalarlo. De todas formas, no creo que te entierren con él.
El dueño de la cantina se acercó a Darren:
—¿Tienes inconveniente en pagar antes tu cuenta? Son ocho
dólares.
Darren dirigió al de la cantina una mirada amenazadora y pagó,
poniendo en ello bastante brusquedad.
A continuación, guardó el dinero sin mirar para nadie en
apariencia, aunque no dejaba de observar a Nixon de rodillas abajo.
De improviso, en lugar de tomar uno de los montones de dinero,
acudió a sacar el “Colt” correspondiente a su izquierda mientras
inmovilizaba la derecha sobre el oro.
Se produjo un disparo y el granuja sintió que la bala enemiga le
arrebataba el “Colt”, produciéndole una herida en la mano, la cual
sacudió en el aire.
Nixon, que había sacado y disparado con su inigualable rapidez,
volvió a enfundar, rio de manera hiriente y preguntó: —¿Quema?
—¡Maldita sea tu estampa!
—Todo no puede ser sorprender a la gente y asesinarla.
—¡Estás abusando de la ventaja que has tomado!
—Ya hay bastantes palabras. Darren. Si quieres puedes terminar
de guardar el dinero y vamos para afuera.
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El granuja adelantó su mano izquierda y dijo:
—¡No puedo pelear! ¡Estoy herido!
—No seas cobarde. Darren. Eso es un simple rasguño que no te
molestará para nada.
—¡Es que yo soy zurdo!
—Eres tramposo y embustero, que no es lo mismo. Puedes pelear
perfectamente.
—¿Y si no peleo, qué pasa?
Alguien respondió en lugar de Nixon:
—Que te colgaremos por los pies. Está claro que eres un tramposo.
Te conocemos bien y si no fuese cierto lo que ha dicho Nixon, no
habrías devuelto ni un centavo.
—¡Está bien! ¡Terminaré contigo!
Señaló el granuja un movimiento para dar la sensación de que iba
a abandonar su sitio detrás de la mesa y lo que hizo fue lanzar ésta
de un zarpazo, contra Nixon.
A tiempo que la lanzaba, se agachaba ligeramente en previsión de
una reacción de su enemigo.
Y al mismo tiempo que se agachaba, aprovechó el movimiento
para desenfundar su otro “Colt”, montándolo a tiempo que sacaba.
Nixon estuvo a punto de ser desbordado, pero conservó su sangre
fría y haciendo un ligero esguince de cintura fue capaz de detener el
improvisado proyectil.
Y cuando ya Darren había sacado, lo lanzó a su vez con fuerza
demoledora, alcanzando al granuja instantes antes de que produjese
éste el disparo.
El choque fue violentísimo y Darren lanzó un gemido.
El disparo salió desviado al ser desplazado el granuja por el golpe
y la bala se clavó en el techo.
Cayó Darren violentamente hacia atrás, dejando escapar el arma: y
antes de que pudiera pensar en levantarse, ya estaba sobre él Nixon,
el cual le asestó un furioso puntapié en las costillas.
Volvió a gritar Darren y Nixon le ordenó:
—¡Arriba, granuja y cuidado con lo que haces!
—¡A estos fulanos hay que colgarlos! —gritó uno de los de la
partida.
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Nixon pidió, haciéndose oír:
—¡Un momento, amigos! Darren me corresponde a mí. Tengo una
cuenta pendiente con él.
—¿Y qué más da que termine usted con él o que lo liquidemos
nosotros?
—No me interesa liquidarlo. He podido hacerlo dos veces y no lo
he hecho.
—¿Y qué piensa hacer con él?
—Quiero que cante —manifestó Nixon en tono humorístico.
Darren se revolvió después que hubo recibido el último golpe,
empuñó una silla y trató de lanzarla a la cabeza de su enemigo.
Su acción fue advertida a tiempo por Nixon, que impidió que el
improvisado proyectil saliese de las manos del granuja.
Detuvo su acción, le arrebató la silla y se la estrelló luego él en la
cabeza.
Darren salió lanzado, dando una aparatosa voltereta.
Sangraba por la cabeza y estaba aturdido, pero a pesar de ello
logró ponerse en pie a tiempo que desenfundaba un cuchillo.
Alguien advirtió:
—¡Cuidado!
Pero ya Nixon saltaba como un puma para chocar con violencia
contra su enemigo.
Rodaron los dos hombres, se vio brillar al acero en el aire,
pugnando Darren por clavarlo en el cuerpo de Nixon.
Este había aferrado el brazo armado y lo retorció, dirigiendo la
punta del cuchillo hacia el cuello del granuja.
Intentó Darren soltar el arma al advertir que se volvía contra él,
pero Nixon le apretó la mano, obligándole a mantenerla.
Y la aguda punta del cuchillo entró en contacto con la piel del
granuja, que gritó desesperadamente al percibir el lacerante dolor.
Nixon le dijo entonces:
—Tendrás que hablar, Darren. Ya sabes a lo que he venido...
Negó el granuja y Nixon aumentó la presión de la mano hasta
hacer brotar una gota de sangre.
Chilló Darren como una rata, haciendo reír a los que presenciaban
la dura escena.
—¿Hablarás, granuja? —preguntó Nixon.
—¡Está bien! Hablaré... Pero afloja la mano.
—Voy a hacer más. Te voy a soltar...
Hizo el joven lo que decía y dejó libre a Darren, ayudándolo a
levantarse.
—Vas a hablar delante de testigos. Vas a decir inmediatamente
cómo sucedió todo.
Darren tomó aliento y preguntó, deseoso de ganar tiempo:
—¿Te refieres a lo de Winters?
—Sabes perfectamente que es eso. Vamos, habla...
Negó con la cabeza y dijo:
—No puedo decir nada...
—¿Ahora estamos en esas?
—¿Qué salgo ganando con ello? Si hablo, me ahorcarán... Es lo que
pretendes.
—Eres imbécil, Darren y nos haces imbéciles a los demás. Si hablas
delante de testigos, te dejaré ir. Si no hablas, te colgaremos y ya
hablará otro. ¿Está claro lo que sales ganando? Tu repugnante piel.
La mirada de Darren recorrió lentamente los rostros que le
rodeaban. Comprendió que la gente estaba deseosa de que Nixon lo
cediera para lincharlo.
—Está bien. Hablaré... —concedió.
Tragó saliva y pasó su lengua por los labios resecos.
Se dispuso a hablar. Llegó a abrir la boca, y su mirada, perdida
entre las cabezas que lo rodeaban, reflejó primero alegría y luego
temor.
Se produjeron varios disparos y las lámparas saltaron hechas
trizas, quedando la cantina a oscuras.
Nixon, al advertir la primera expresión de alegría de Darren, se
arrojó rápidamente al suelo.
Y al mismo tiempo que las lámparas saltaban hechas trizas
percibió el zumbido de los abejorros de la muerte dirigidos contra su
cuerpo y a los cuales había sido capaz de esquivar.
Apenas entró en contacto su cuerpo con el suelo, echó mano a uno
de sus “Colt”.
Advirtió Nixon que el cuerpo de Darren se estremecía por los
balazos que habían hecho blanco en él.
La gente que se hallaba en la sala se apartó rápidamente.
Corrieron unos y se arrojaron al suelo otros.
Aquello permitió a Nixon hacer fuego tomando como referencia
los fogonazos de uno de los “Colt” cuyos proyectiles no habían
cesado de buscarle.
El hombre que disparaba fue volteado por el balazo, cayendo al
suelo con ruido sordo.
Corrieron otros dos en dirección a la puerta.
En el primer momento Nixon no se atrevió a disparar por miedo
de herir a alguno de los espectadores de la escena.
Al fin disparó cuando vio perfilarse las dos siluetas en el
rectángulo de la puerta y advertir que ambos iban armados.
Uno de los hombres giró como una peonza y cayó fuera de la
cantina mientras que el otro, ileso, saltaba ágilmente hacia afuera
para evitar ser alcanzado por los certeros disparos de Nixon.
Este se levantó y salió corriendo en persecución del granuja, pero
tropezó con un cuerpo y volvió a caer.
Se produjeron juramentos y maldiciones en todos los tonos.
En el exterior se oyó el ruido de varios disparos más y las voces de
un hombre asustando a los caballos.
El tumulto en el exterior fue en aumento, y cuando Nixon logró
ponerse en pie y salir, apreció que de los tres hombres que habían
actuado, había logrado escapar uno, el cual había espantado a los
caballos llevándoselos por delante para evitar que le pudiesen
perseguir con ellos.
Llamó a su caballo, que era uno de los que huían alocadamente y
la bestia se detuvo casi en seco, desoyendo los gritos del granuja:
éste, considerando que llevaba bastante ventaja, no se preocupó más
de las bestias, no tardando en desaparecer de la vista de la cantina.
Nixon comprobó que el granuja fugitivo había rematado a tiros al
que él había herido cuando ambos alcanzaban la puerta.
No ha querido dejar nadie que pudiese hablar.
Algunos de los de la cantina salieron al exterior y se reunieron con
él. Uno informó:
—Han matado a Darren.
—Han querido evitar que hablase —respondió Nixon—. Luego
han hecho lo mismo con éste porque yo lo había herido y
seguramente no se lo podía llevar.
—¡Nos han sorprendido los muy granujas!
—¿Les conocían algunos de ustedes?
La gente se encogió de hombros en su mayoría. Alguien señaló:
—Yo los he visto ir y venir por ahí...
Otro dijo:
—En la cantina me pareció ver a un tal Miller, que antes iba con
Darren y ahora hacía tiempo que habían dejado de ser amigos.
—¿Sabe si es el otro que he volteado ahí dentro? —preguntó
Nixon.
—No. Era uno de los que huía...
—Entonces está claro, no tienen que decir más.
Nixon entró de nuevo en la cantina, echó un vistazo a Darren y
otro al pistolero que había matado cuando disparaba contra él.
Luego se dirigió al cantinero:
—Le pagaré lo que se ha destrozado...
—No tiene que pagar nada, forastero. Con el oro que llevan estos
granujas, hay dinero más que de sobra para eso y para enterrarlos...
—De acuerdo.
Se dedicaron los hombres en capturar los caballos que habían ido
quedando diseminados.
Nixon, después de comer y beber, siguió su camino dispuesto a
encontrar las huellas del fugitivo y a seguirlas.
—Aunque tal vez lo mejor sea ir directamente a James Chase. El no
tardaría en saber por Miller que me he puesto en movimiento.
Capítulo VII
Nixon descansó dos veces durante la noche, el tiempo necesario
para no agotarse él y que no se agotase su caballo.
Llegó a Sterling a media mañana del día siguiente y lo primero
que hizo fue ocuparse de su caballo, al cual dejó en una cuadra.
Inmediatamente tomó habitación en el mismo hotel en donde
residía James Chase.
Se bañó, se aseó y cambió de ropa, se tomó una taza de café y se
dispuso a aguardar a la puerta del hotel.
Le habían informado que Chase se había ausentado hacía dos días,
pero que lo estaban esperando para aquel mismo día.
Tomó asiento en un cómodo sillón de mimbre, en el porche que
daba acceso al comedor del hotel.
Nixon tenía el convencimiento de que había adelantado a Miller y
también de que éste estaría corriendo para llegar cuanto antes a
presencia de Chase y ponerle en antecedentes de lo que sucedía.
Apenas si llevaba el joven media hora en su sitio cuando percibió
el ruido que producía un caballo que avanzaba a paso vivo.
Se puso alerta el joven, asegurándose de que los “Colt” salían con
facilidad de sus fundas y colocándose de manera que le permitiese
levantarse con la rapidez que el caso le podía exigir.
El ruido que producía el caballo iba aumentando de volumen y no
tardó en aparecer en la plaza la bestia con su jinete.
Tal como Nixon había imaginado, el jinete era Miller.
El pistolero llegaba sudando, cubierto de polvo y dando bastantes
muestras de cansancio.
Aparte de ello, su rostro reflejaba un inconfundible gesto de
alarma.
El hombre, puesta la vista en la puerta del hotel, no se había fijado
sin embargo en Nixon.
Nixon no conocía a Miller anteriormente, pero apenas lo vio
aparecer ante la puerta del hotel recordó que había visto su rostro
unos instantes en la cantina, así como su inconfundible perfil en el
momento de la huida.
El recién llegado dirigió la vista, de la puerta, a unas ventanas del
primer piso del establecimiento, detuvo luego su montura y echó pie
a tierra, disponiéndose a subir al porche.
Y fue entonces cuando su mirada se encontró con la de Nixon que
le observaba con burlona expresión.
El pistolero se detuvo en seco, permaneciendo inmóvil, reflejando
su rostro contrariedad y estupor a la vez.
Nixon saludó:
—Hola, Miller,
—No sé quién es usted... —barbotó el otro después de un breve
lapso de silencio.
—¡Cáspita! Pues para intentar balearme ayer, no te anduviste con
demasiadas etiquetas...
—No sé de qué me está hablando usted.
—¡Qué pena!
Miller produjo un gesto de impaciencia y enmendó ligeramente su
postura de piernas, adoptando una que le favorecía en caso de lucha.
Después de su exclamación dicha en tono humorístico, preguntó
Nixon:
—¿Qué? ¿A chivarse al jefe?
—Usted me ha tomado el número cambiado.
—¿Y si fuese al revés, Miller? ¿Pensaste que se podía asesinar a la
gente impunemente?
—No sé de qué está hablando.
El joven replicó pacientemente:
—Está bien, hombre, yo te haré memoria.
—Déjeme en paz. Vengo cansado y necesito reponer fuerzas.
—Tendrás tiempo de descansar en los calabozos del “sheriff”. Y
luego, cuando te ahorquen, en la fosa.
—Tiene usted ganas de broma a lo que parece...
—Tantas como usted. Y estoy tan cansado como usted. He tenido
que correr lo mío para poder llegar hora y media antes que usted y
poder esperarle tranquilamente.
Se produjo un silencio tenso entre los dos hombres.
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No había mucha gente en la calle, pero la que había se detuvo y
fue separándose del lugar, comprendiendo por la actitud de los dos
hombres que éstos no podían tardar en enfrentarse en mortal lucha.
Al fin dijo Miller:
—Va a ser buen chico, forastero y a dejarme tranquilo.
—Precisamente lo que deseo es quedarme yo unas horas tranquilo.
Y eso no será factible hasta que no te deje en el calabozo.
—¡Vaya! ¿Sabe que se está poniendo pesado?
—El “jefe” está fuera, Miller. Le diré que todo lo hiciste por él y
que te busque un buen abogado...
Inició Nixon un movimiento para levantarse, a la vez que decía:
—Y ahora, dé media vuelta y vamos a charlar un rato con el
“sheriff”. Ya vendrán los testigos para que todo quede en su sitio.
En el momento en que Nixon se levantaba, Miller llevó la mano
con pasmosa rapidez al encuentro de la culata de uno de sus “Colt”.
Sacó, adelantando a Nixon el cual, de una forma calculada, le
permitió que tomase tal ventaja.
El joven, que había iniciado el movimiento para levantarse, se dejó
caer de lado y Miller hizo fuego, clavando dos balazos en la pared
del hotel.
Intentó corregir puntería al advertir la maniobra de su enemigo,
pero llegó tarde, pues Nixon, que sacaba al mismo tiempo que se
dejaba caer, disparó a su vez.
Y al primer impacto que recibió Miller en el pecho, salió el hombre
disparado hacia atrás.
Antes de caer, aún le alcanzó otro balazo que rompió su primer
movimiento y lo obligó a dar media vuelta, lanzándolo de bruces al
suelo.
El joven sopló en el cañón del “Colt” y repuso en el cilindro los
dos proyectiles que había disparado.
Su mirada giró en torno hasta posarse en dos empleados del hotel
que habían asomado al iniciarse la discusión entre los dos hombres y
que luego se habían apresurado a esconderse al ver que las armas
salían a relucir.
Terminado el lance, habían vuelto a asomar. Nixon se dirigió a
ellos.
—Van a hacerme el favor de acompañarme a lo del “sheriff”.
—Sí, “míster” —respondió uno de ellos.
—¿Recordarán ustedes lo que hemos hablado fulano ése y yo?
—Bastante bien —dijo uno de ellos.
El otro dijo a su vez:
—Y también que fue él quien primero sacó cuando usted quería
llevarlo a charlar con el “sheriff”.
—Estupendamente. Vamos.
Marcharon los tres hombres, llegando a poco a las oficinas del
“sheriff”, en donde los dos empleados del hotel explicaron lo que
había sucedido.
Nixon a su vez informó de lo sucedido la noche anterior en la
cantina del campamento, añadiendo: —Puede telegrafiar al “sheriff”
del campamento y se lo confirmará.
El representante de la ley, se encogió de hombros y dijo:
—¿Para qué? Todos sabemos que Miller era un granuja. Tuvo
suerte de que nunca le pude meter mano... Ahora terminó ya y lo
que cabe es felicitarle a usted por habernos librado de un bicho.
Uno de los empleados dijo:
—¡Y que lo ha hecho bien de cara y dándole todas las ventajas a
ese granuja!
—Entonces no hay más que hablar. Ahora mandaré gente para que
se hagan cargo de su cuerpo y que lo entierren cuanto antes.
—Gracias, “sheriff”. Gracias a ustedes, amigos —dijo Nixon.
—Gracias a usted, forastero, que nos ha librado de un tipo dañino.
Nixon, de regreso al hotel, subió al primer piso, donde había
tomado una habitación.
Antes de abrir, miró el número, diciendo:
—El número nueve. El mismo que tenía el departamento de ella en
Gold Ville, el que debió haber servido para nuestra noche de bodas.
Iba a meter la llave en la cerradura para entrar, cuando vio que se
abría la puerta del número filete.
Y experimentó una viva sorpresa al ver que en la puerta aparecía
Patsy Winters, vestida para dar su paseo de antes del almuerzo.
Antes de que Nixon pudiese hablar, dijo la joven en tono
humorístico:
—Con él llegó la violencia, los tiros, la muerte...
Inmediatamente, sin darle tiempo a responder, preguntó:
—¿Cómo va mi campeón?
—Tengo ganados ya doscientos dólares y he hecho muy poco
gasto hasta ahora.
—Mejor que mejor. Si no recobro lo que es mío, me va a resultar
difícil pagarle...
—Si no lo recobra, no pienso cobrar, es el trato.
—Pero yo le pienso pagar igual.
—Desengáñese, jovencita. Si no lo recobra es porque yo habré
muerto. Y como no tengo herederos, no tiene por qué pagar.
—Búsquese unos herederos...
—Es una buena idea. La nombro mi heredera...
—No puedo aceptar...
—¿Y por qué? A fin de cuentas, la elegida para que fuese madre de
mis hijos, fue usted —dijo en tono humorístico para quitarle
importancia a la frase.
—Usted iba a descansar mientras que yo estoy descansada. No
debo entretenerle...
—Creo que me resultaría imposible descansar ahora. Si me lo
permite, la acompañaré a su paseo, almorzaré ligero y descansaré
luego.
La joven fingió contrariedad que disimuló una cierta alegría. Y
respondió desganadamente: —Como quiera...
—Quiero decir, si no la molesto...
—Mi campeón no puede molestar nunca —dijo ella con ironía.
—¿No la espera nadie?
—¿Y quién conoce las ideas de los hombres? Anoche no tuve
mucho éxito con el juego. Pero tuve suficientes moscones en torno.
Se encogió ligeramente de hombros y dijo:
—¿Vamos?
—Vamos.
Cerró ella la puerta de su departamento y echó a andar
contoneándose graciosamente, a la vez que decía: —Como poco, su
presencia puede servir para ahuyentar a los moscones.
—Ya es servir para algo —respondió él.
—Supongo que sirve para más que eso.
—¿Lo supone nada más? —preguntó él.
—Pasé una deliciosa noche a su lado en Gold Ville —respondió
ella.
—Recuerde, jovencita. No la pasó conmigo sino Con un tal Myron
Nollan. Yo la hubiere aburrido.
Al llegar a la escalera, Nixon cedió el paso a Patsy.
—No debe decir eso. Para ser un “míster” Nobody cualquiera, no
lo hizo mal del todo.
—Es un consuelo.
—¿Sigue enamorado? —preguntó ella.
—Un pistolero no se debe enamorar jamás de su “jefa”.
—Yo no he contratado a ningún pistolero, recuérdelo, muchachito.
Le dije inclusive que no quería sangre.
—¿Le molesta que haya matado a ese tipo?
—Sé que no lo pudo evitar.
—Pues me temo que con los demás suceda lo mismo —respondió
Nixon.
—¿No ha matado ya a otros? —preguntó ella—. Me dijo que tenía
ganados ya doscientos dólares.
—Sí, pero no lo maté yo. Lo mató este mismo para evitar que
pudiese hablar y delatarles...
Habían cruzado el “hall” del hotel y llegado a la calle, de la cual
habían retirado ya el cuerpo de Miller.
Nixon dejó a Patsy marchar delante de él unas yardas hasta que
ella se volvió un tanto ruborizada, preguntando: —¿Qué mira ahora?
—La graciosa curva de sus caderas.
Antes de que ella pudiese responder, continuó él:
—Estoy seguro de que jamás un caballo le había dicho una cosa
semejante.
—No me puedo enfadar con usted.
—Porque no lo ha intentado en serio —respondió Nixon.
—¿Qué juego se lleva, Nixon?
—¿Qué quiere decir?
—Juraría que está convirtiéndose en un moscón más...
—Yo no podría ser nunca un moscón más.
—Entonces es que trata de conquistarme...
—Ni yo mismo lo sé. A veces pienso que sí y en otras ocasiones
creo que la mataría.
Percibió Patsy las vibraciones emocionales de la voz de Nixon, las
cuales le llegaron a ella, que respondió fingiendo que lo tomaba en
broma: —¡Malo! ¡Usted me quiere, Nixon!
—¿Por qué está en el número siete?
—No crea que lo pedí. Pedí un buen departamento y ese es el que
reunía las condiciones que yo exigía. ¿Y usted, por qué tiene el
número nueve?
—Pedí uno de pobre y me dieron ese. Para mí hay más que
suficiente. He dormido al raso muchas noches. En ocasiones una
cuadra me ha parecido un lugar estupendo...
Patsy suspiró y preguntó luego:
—¿Por qué no dejamos esto, Nixon!
—¿Me está proponiendo que nos casemos? —preguntó él a su vez.
—¡Es usted un infame! Y creo que trata de envolverme ...
—¿Envolverla?
—¡Sí! ¡Quiere mantenerse cerca de mí, hacerse el imprescindible!
—Estoy jugando en contra mía, a favor suyo, jovencita.
—¿Qué quiere decir?
—Que cuando usted recobre eso nuestro matrimonio será
imposible. Me dará mi dinero y me largaré...
—Eso lo dice de labios para fuera...
—¿Me ha echado de menos, Patsy?
—¿A Nixon o a Nollan? —preguntó ella con picardía.
—A mí...
—Sí, lo he echado de menos y por eso lo he seguido —respondió
ella en tono humorístico.
—¿Es cierto que quiere que dejemos esto y nos casemos?
—Usted es valiente y muy hábil. Un enemigo que le vendrá ancho
a cualquiera. Pero sé que ellos son unos traidores y no quisiera tener
sobre mi conciencia su muerte, Nixon.
—¿Es eso de verdad?
—Sí.
—Me ha defraudado usted. Creí que tenía su corazoncito, que era
una mujer y que venía por su hombre.
—Usted no es mi hombre.
—Usted me correspondió cuando la besé.
—Olvídelo, Nixon. Correspondí a Myron Nollan. Si le hubiese
correspondido a usted, me hubiese casado con usted.
—Es cierto. No recordaba que usted sabe perfectamente lo que
quiere.
—¿Por qué no nos separamos, Martin? No tengo interés en que
nos hagamos daño mutuamente y este juego es peligroso...
—Usted me quiere, Patsy. Me ha llamado por mi nombre cuando
yo creía que ni siquiera lo recordaba... ¿Volvemos a Gold Ville y nos
casamos?
—No. Quiero un hogar... Y no quiero casarme con un pistolero y
bebedor.
—¿Y con un caballo? —preguntó él en broma.
—Tal vez pasara por ahí si el caballo lo pudiese elegir yo —
respondió Patsy en broma.
—Pues si seguimos adelante y recobra lo suyo, habrá hecho tarde,
jovencita.
—Yo no digo que no. Con dinero podré tener un hogar y entonces
mi marido podrá ser “míster” Nobody...
—Este “míster” Nobody no se vende...
—¿Y por qué ha de ser usted? Hay muchos por ahí y yo no estoy
mal del todo...
—Escuche esto, encanto. Me pedirá de rodillas que me case con
usted. Y entonces, ya veremos. Hay muchas chicas por ahí y dicen
que tampoco yo estoy mal del todo.
Capítulo VIII
Cuando Nixon despertó era totalmente de noche.
Había dejado la ventana entreabierta y el poco de luz que entraba
por ella le sirvió para orientarse y encender una lámpara.
Consultó la hora en su reloj y silbó admirado y contrariado, y
exclamó:
—¡Las doce!
Comenzó a vestirse apresuradamente, pero la reflexión lo contuvo.
—Bien. En lugar de salir a pasear con ella, debí haberme acostado.
Ahora cabe en lo posible que Chase esté informado de lo sucedido. Y
cualquier apresuramiento puede resultar malo para mí.
Terminó de asearse y vestirse sin prisa alguna. Y cuando hubo
terminado, bajó al comedor y se hizo servir una cena fría.
Repasó sus armas antes de levantarse de la mesa y finalmente
abandonó el comedor y se encaminó a la sala de juego, seguro de
que, de haber regresado Chase, lo encontraría en ella.
Atravesó el “hall”, cruzó por una sala-bar y llegó a la puerta de la
sala de juego, que estaba protegida por pesadas cortinas.
Le pareció a Nixon percibir el perfume de Patsy y apenas hubo
rebasado las cortinas dirigió la mirada hacia el punto donde
esperaba encontrar a la linda rubia.
No se equivocó Nixon. La sugestiva rubia estaba en la mejor mesa
de la sala y daba la sensación de que dominaba.
Así como se había quejado de lo poco brillante que había resultado
la noche precedente aquella noche debía resultarle espléndida, pues
la mirada le brillaba exactamente lo mismo que la primera noche que
había jugado en Gold Ville.
Se había detenido el joven un momento y se dispuso a seguir
avanzando, pero experimentó entonces el contacto de la boca de
fuego de un “Colt” a la altura de los riñones, contacto que pasó a ser
una molesta presión.
Una voz de tono bajo y acento imperioso se dejó oír:
—¡No se mueva!
El joven respondió en plan burlón:
—No llevo encima el valor del plomo que lleva usted en el “Colt”.
—Chistoso el chico a lo que parece —comentó otro.
—No te fíes de la gente chistosa —advirtió el primero.
—No me fío en absoluto...
—¡Muévase un poco a su derecha! —ordenó el que primero había
hablado.
—¿No dijo que no me moviese? —preguntó el joven.
—¡Déjese de hacer chistes y obedezca! —expresó el primero con
rudeza, acentuando la presión del “Colt”.
—Déjamelo a mí y verás cómo se ablanda a estos “duros” —
respondió el otro.
Nixon intuyó que le iban a descargar un golpe en la cabeza, al
abrigo de las cortinas, y aprovechándose de la deficiencia del
alumbrado en aquella parte del local, y giró rápido sobre sí mismo,
hurtándose a la presión del “Colt”.
Percibió un golpe en un hombro y desplazó una pierna,
alcanzando con un puntapié a uno de sus atacantes.
Se produjo un juramento en tono bajo.
Nixon logró hacer presa en el brazo que esgrimía el “Colt” que le
había golpeado. Hizo la presa a la altura de la muñeca a la cual
sometió a una violenta torsión a tiempo que se agachaba.
Y luego le bastó un tirón y el apoyo de su cuerpo para que el
granuja saliese disparado por el aire en el cual dio una aparatosa
voltereta.
No se estuvo quieto y volvió a girar sobre sí, desplazando su puño
izquierdo.
Había calculado aproximadamente la altura de la cabeza por la
voz y acertó de lleno en la boca del que primero le había conminado
y que no había tenido tiempo de reponerse del puntapié que había
recibido.
El que había sido lanzado al suelo, había quedado medio aturdido,
a pesar de lo cual buscó instintivamente su otro “Colt”.
Y Nixon, que había quedado entre los dos hombres, atacó al que se
mantenía aún de pie, lo hizo girar con un nuevo golpe y luego lo
lanzó contra el otro.
El granuja que se hallaba en el suelo había logrado sacar su arma y
disparaba en aquel momento.
Y el proyectil fue a clavarse a la altura de los riñones de su
compinche, el cual se estremeció al impacto.
La lucha había sido casi silenciosa y rápida hasta el momento del
disparo que retumbó en la sala haciendo levantar a la gente que se
hallaba en ella.
El granuja, mortalmente herido, cayó sobre su compañero y éste
trató de apartarlo, sacando la mano armada para volver a disparar.
Y en aquel momento recibió un furioso puntapié que lanzó el
“Colt” por el aire para caer a poco en el suelo con ruido siniestro.
Pese al dolor que experimentaba el granuja, sabedor de que no
tenía escape si le detenían, tomó impulso y se lanzó de cabeza contra
Nixon.
Este saltó con ligereza hacia atrás para esquivar el golpe, pero el
choque fue aun extremadamente violento y los dos hombres rodaron
por el suelo.
Intentó el granuja inutilizar momentáneamente a Nixon con una
dura presa, pero el joven lo sujetó por una pierna la cual sometió a
una cruel torsión.
Gritó el hombre de manera infrahumana, dio una voltereta para
tratar de librarse y su cabeza chocó violentamente contra una arista
del jambaje de la puerta.
Se produjo un chasquido y el hombre cayó al suelo donde quedó
inmóvil, dando ocasión a que Nixon pudiera levantarse.
Pese a la rapidez con que se habían producido las cosas, Patsy
había sido testigo del principio de la pelea y había suspendido
inmediatamente el juego, levantándose para correr en auxilio de
Nixon.
Varios empleados del hotel acudieron también rápidamente, pero
llegaron cuando ya Nixon se había deshecho de sus dos enemigos.
Uno de los empleados se inclinó sobre el cuerpo del último que
había caído y exclamó asustado: —¡Este hombre está muerto!
—Una suerte para él... Y tal vez para alguien más.
La mirada de Nixon había buscado a Chase, que se había visto
obligado a levantarse también, y a acudir al lugar de la lucha.
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Acudieron el encargado de la sala de juego y uno de los dueños
del hotel y Nixon se encaró con este último: —¿Qué clase de perros
tienen aquí?
—Esos hombres no son empleados de la casa.
—Me han atacado en la puerta de la sala, estaban escondidos en
los cortinajes. Creo que harían bien poniendo ahí algo de vigilancia.
—Jamás había sucedido nada de esto. No crea que la entrada a la
sala de juego está permitida a todo el mundo.
—Pues alguien les ha colado a esos dos asesinos...
La mirada acusadora de Nixon volvió a Chase, que se mantuvo
impasible.
Advirtió el joven que, aprovechando que la gente se había
agrupado en torno a la puerta, alguien trataba de escurrirse.
Reconoció a Wynn, otro de los cuatro granujas que habían sido
cómplices de Chase en el asunto de los Winters.
Nixon conocía al pistolero desde hacía a algún tiempo y lo llamó:
—¡Eh, Wynn, no se escurra!
El hombre se detuvo, mirando en dirección a Nixon, fingiendo
profunda extrañeza.
—¿Eso va conmigo, forastero?
—Parece que ha perdido la memoria, Wynn, y que ya no me
conoce...
—¡Está bien! Le conozca o no. ¿Qué le sucede?
Nixon señaló para los dos caídos y preguntó:
—¿No son amigos suyos estos dos granujas?
—¡Ni usted tampoco!
—Ya lo sé. Mis amigos son todos personas decentes... —respondió
Nixon.
La respuesta produjo algunas risas discretas entre la gente.
Wynn crispó la mano sobre la culata de uno de sus “Colt”, aunque
inmediatamente se vio sujeto por los empleados de la casa.
El granuja preguntó airadamente:
—¿Qué quiere decir con eso?
—Hasta un niño lo hubiese entendido, Wynn. Quiere decir que
usted no es una persona decente. No comprendo cómo lo dejan
entrar aquí...
El dueño del hotel se dirigió a Nixon:
—¡Por favor, “míster” Nixon! Le ruego que nos ahorre un
espectáculo después de lo que ha sucedido ya.
—Ustedes son responsables en parte de lo sucedido... Vamos,
Wynn. ¿Asegura usted que no eran amigos suyos?
—Seguro.
—¿Lo podrá decir delante de todo el mundo?
—Seguro que sí...
—Es usted un embustero...
El granuja forcejeó por librarse de los que le sujetaban y barbotó
una serle de maldiciones al no conseguirlo.
Nixon rehuyó las suplicantes miradas que le dirigía Patsy y se
dirigió a los dos hombres que habían inmovilizado al granuja.
—Lo pueden soltar. Wynn y yo vamos a tener unas explicaciones,
pero no va a ser aquí... En marcha, Wynn.
Sin perder de vista al granuja se dirigió a los de la sala de juego,
diciéndoles:
—Pueden seguir con lo suyo...
Obligó Nixon a salir delante a Wynn.
El granuja, al atravesar el bar miró en torno, pero no encontró a los
que buscaba, y su mirada reflejó viva decepción.
Nixon dijo burlón:
—Han tomado miedo y se han largado. Un peligroso juego el
vuestro. Tarde o temprano se paga.
Cuando llegaron a la calle volvió a mirar Wynn sin lograr
descubrir a nadie.
—No se puede fiar uno en los granujas, Wynn. Bien, tú dirás.
¿Conversamos aquí o prefieres que lo hagamos en la oficina del
“sheriff”, en presencia de algún testigo?
—No tengo nada que conversar con usted.
—Sin embargo, si tus compinches hubiesen logrado sacarme de
ahí, seguramente que sí hubieses querido conversar.
—Vas a terminar con mi paciencia, Nixon. Y eso no le ha resultado
jamás bien a nadie —anunció el pistolero.
—Al fin parece que nos vamos conociendo.
Nixon señaló para el pie de la subida al porche y dijo:
—Ahí mismo cayó Miller. Era un tipo rápido, pero perdió los
nervios y metió dos balazos en la pared del hotel mientras que yo
me escurría.
—No tengo nada que ver con Miller.
—¿No?
—No.
—Una sorpresa. Siempre fuisteis buenos amigos.
—Las amistades no son eternas y la de Miller no me interesaba.
—Pues si en vida os separasteis, me parece que la muerte os va a
unir…
—¿Es un chiste?
—No. Algo cierto. A lo que me huelo, te va a tocar la fosa junto a la
de él o, por lo menos, muy cerquita.
Nixon giró la mirada sin por ello perder de vista a Wynn. El joven
atisbó algunos mordimientos sospechosos a cierta distancia y se
retiró ligeramente hasta quedar medio protegido por el quicio de la
entrada al hotel.
Luego anunció al granuja:
—Tus amigos no te han abandonado totalmente. Parece que pasó
el primer momento de susto y aguardan instrucciones. ¿No los
llamas?
—Déjate de bromas y despacha lo que sea.
—Darren también ha muerto. Lo despachó Miller para evitar que
hablase.
—No me importan tampoco las cosas de Darren. Perdí su amistad
hace tiempo.
—Está bien. Dejemos a Darren y a Miller. ¿Cuántos más estaban
ahí aguardando que esos dos me apresaran?
—No sé nada de lo que estás hablando.
—Me da lo mismo. Vas a marchar ligeramente delante de mí.
Recto a la oficina del “sheriff”. ¿Entendido?
—¿Y si no me da la gana de ir?
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—Yo haré que entres en ganas.
Wynn palideció al ver que sacaban los dos cadáveres de la sala de
juego y se los llevaban para sacarlos por la puerta trasera del
establecimiento.
—No creas que vas a tardar mucho en reunirte con ellos, Wynn.
En marcha —ordenó el joven.
El granuja leyó en la mirada de su enemigo que no tenía más
remedio que someterse y giró, dándole la espalda.
Nixon se cubrió con él y así comenzaron a cruzar la plaza para
dirigirse a la calle donde el “sheriff’ tenía sus oficinas.
Tanto Wynn como Nixon vieron las siluetas de tres hombree que
se movían a prudencial distancia en torno a ellos.
Uno intentó colarse a espaldas del joven, pero éste advirtió:
—¡Cuidado, no se equivoque!
—¿Eso va conmigo? —preguntó el otro.
—Precisamente con usted.
Wynn aprovechó aquel instante en que creyó entretenido a Nixon
para echar a correr despegándose de él a tiempo que gritaba: —
¡Tirad ya, sin miedo!
Nixon, en lugar de perseguir al granuja para cubrirse, saltó como
un felino, dio un par de volteretas en el suelo y alcanzó así el abrigo
de un árbol.
A tiempo que saltaba, la oscuridad reinante en la plaza fue
rasgada por varios fogonazos.
Se oyó el zumbar del plomo en varias direcciones y Nixon llegó a
percibir como las balas chocaban en el suelo a escasa distancia de
donde instantes antes se hallaba él.
Sacó con privilegiada rapidez e hizo fuego guiándose de los
fogonazos enemigos.
Uno de los hombres que intentaba colocarse a su flanco, dio una
aparatosa voltereta y quedó luego inmóvil en el suelo.
A Nixon le pareció escuchar el ruido de algunas personas que
avanzaban corriendo, procedentes de la oficina del representante de
la Ley y gritó: —¡Adelante, “sheriff”! ¡Pero tenga cuidado!
Obligó a esconderse a uno de los granujas que hacía fuego sin
cesar, arrancándole el “Colt” de la mano y destrozándole ésta.
y
Gritó el pistolero, diciendo:
—¡A él, Wynn! ¡Me ha destrozado...!
Wynn, tras su desalada carrera, llegaba al abrigo de un árbol, se
aferró a él y dio una media vuelta que le permitió quedar en
situación de hacer frente a Nixon.
Este, le advirtió:
—¡Cuidado ahora, Wynn! No he querido tirar contra ti por la
espalda, pero ya no te tendré compasión...
Pero en lugar de hacer fuego contra Wynn, disparó contra el otro
granuja que, aprovechando el momento, intentaba situarse mejor
para balearlo a placer.
Giró el hombre como una peonza al ser alcanzado por el proyectil
y cayó de manera aparatosa, dejando escapar el arma que
empuñaba.
Una vez en el suelo intentó recobrar el arma, pero al fin quedó de
bruces, inmóvil.
—¡Estás arreglado, Wynn, cobarde!
Los que corrían estaban cerca, a punto de desembocar en la plaza.
Wynn tuvo miedo de ser cazado e hizo fuego, no ya para herir a
Nixon, sino para obligarle a esconderse y aprovechar para huir.
Al tercer disparo, Nixon, que había asomado por la otra parte del
árbol, hizo fuego y atravesó un brazo del pistolero. Giró éste al
impacto y un segundo balazo lo alcanzó a la altura del estómago.
Produjo Wynn un estertor, se dobló hacia adelante e intentó
aferrarse al árbol para no caer, pero al fin se desplomó muerto.
El “sheriff”, un ayudante y un empleado del hotel que había ido
en su busca, desembocaron en la plaza.
El representante de la Ley y su ayudante empuñaban sendos
“Colt”. Y el primero, conminó:
—¡Quietos, en nombre de la Ley!
Nixon le respondió:
—Adelante, “sheriff”. Queda uno y está herido.
—¿Usted otra vez, Nixon?
—Otra vez, “sheriff”.
—¿A quién le ha tocado ahora?
—A Wynn. Fue él quien preparó lo de ahí dentro en contra mía.
y q p p
El pistolero que había resultado herido, trató de escapar
aprovechando que los hombres conversaban: pero el ayudante del
“sheriff” le echó el alto a tiempo que le encañonaba.
—¡Quieto aquí, granuja!
El hombre protestó, diciendo:
—¡Esto ha sido una equivocación, “sheriff”! ¡Wynn nos engañó!
El “sheriff” remedó el tono lastimero del granuja, diciendo:
—¡Pobre Clen! ¡Wynn lo engañó!
—¡Es cierto lo que le digo, “sheriff”!
—¡Pues te va a costar ir a la horca, granuja!
—¡No puede ser eso, “sheriff”! ¡No he hecho nada malo!
Nixon intervino para decir en tono burlón:
—El chico tiraba al blanco, “sheriff”. Claro que el blanco en este
caso, era yo.
El representante de la Ley aferró a Clen por la pechera de la
camisa, lo zarandeó y le dijo: ¡Te aseguro que de ésta te arreglo yo!
¡Tenía ganas de pillarte, granuja!
—¡Wynn nos engañó! Los demás han pagado con la vida y yo...
¡Ya ve! ¿Qué le parece esto? ¡Inutilizado para toda mi vida!
El granuja mostró su mano herida, en la que faltaba un dedo y
parte de otro.
—Fue una lástima que no te acertara en la cabeza. Tengo que
limpiar Sterling de pistoleros —anunció el representante de la Ley.
—¡Wynn nos engañó! —insistió el granuja—. Nos dijo que la
dirección del hotel le había encargado de la captura de un peligroso
salteador que intentaba desvalijar la sala de juego.
—Y tú te dejaste engañar, ¿verdad?
El hombre se encogió de hombres y dijo:
—Me pagaron bien y el trabajo no era difícil. Cinco hombres para
atrapar a uno. Por temible que fuese...
—¿Seguro que es como dices? —preguntó Nixon.
—¡Seguro que sí! —respondió el granuja.
—Cuando yo entré, estabais en el bar, ¿verdad?
—Sí, “míster”.
—Si estabais seguros de que ibais a hacer una buena obra, ¿por
qué no intervinisteis cuando se produjo la lucha?
q p j
El granuja abrió mucho los ojos y se quedó casi sin respiración.
El “sheriff” apremió:
—¡Vamos, habla, granuja! ¡Te han preguntado algo!
Nixon volvió a preguntar:
—¿Y cuándo visteis que yo llevaba a Wynn a la oficina del
“sheriff”, por qué atacasteis?
El hombre tampoco respondió. Lo hizo el “sheriff” por él,
diciendo:
—No se moleste en hacer más preguntas a este granuja. Lo tengo
claro y le aseguro que va a sentir que el balazo no se lo haya metido
entre ceja y ceja...
Luego ordenó:
—Que lo cure el matasanos. ¡Y que quede bien encerrado luego!
El comisario se hizo cargo del herido mientras que el ‘‘sheriff”
invitó a Nixon:
—¿Me acompaña ahí dentro?
—Una vez que no le he podido llevar a Wynn, no tengo otra cosa
mejor que hacer.
—¿Qué se proponía llevándome a Wynn?
—Quería que explicase los motivos de pretender secuestrarme
para deshacerse luego de mí.
—¿Cree que hubiera dicho algo?
—Así por las buenas, no estoy muy seguro. Pero siempre se
encuentra un medio para que la gente cante...
El “sheriff” sonrió:
—Usted es de los míos. Este Clen es un granuja, pero no deja de
ser un pobre diablo, ¿sabe?
—Estoy convencido de ello y por eso no le he apretado más de
cuentas.
Entraron en el hotel, donde fueron centro de la atención general. Y
pasaron luego a la sala de juego.
Patsy vio entrar al joven y su rostro, que reflejaba cierta ansiedad,
cambió de expresión, mostrándose la joven entonces risueña y
volviendo a ganar en seguridad.
Por el contrario, el rostro de Chase se ensombreció.
Capítulo IX
Minutos después de la entrada de Nixon en la sala de juego, Patsy
se excusó pidiendo un descanso y abandonó la mesa.
Se dirigió con cierto apresuramiento al encuentro del joven, que la
acogió sonriendo:
—¿Por qué abandona su “trabajo”?
—Necesitaba un descanso...
—¿Nerviosa?
—Un poco nada más...
—Si no fuese un engreído, pensaría que se está enamorando de mí.
—¡Pues se equivocaría!
—¿Quiere decir que lo está ya?
—¿Por qué en lugar de decir tanta tontería no me invita en el bar?
—preguntó Patsy.
—Está bien. Vamos... ¿Agua o champagne —preguntó él?
¡“Whisky”! —decidió ella.
—¡Oh, no! Eso no está ni medio bien.
—Lo necesito... —confesó Patsy.
—No se afloje. Beberemos coñac...
—Está bien. Beberemos coñac... ¿Qué ha sucedido?
—Me debe usted ya trescientos dólares.
Llegaron al bar, pidieron dos coñacs y mientras servían, dijo Patsy:
—¡Es horrible, tanto derramamiento de sangre! Valdría la pena
retroceder.
—¿Quiere retroceder por el derramamiento de sangre o porque
teme perderme? —preguntó él en broma.
Patsy sonrió, irguió el busto y acercó su boca al oído de él,
diciéndole:
—Te tengo seguro, muchachito.
—¿Piensas comprarme?
—En eso vales más que yo. Estuve a punto de venderme en un
momento de cansancio... Tú no te venderías, lo sé.
—Yo soy incansable... Debí haberme dedicado a caballo de
carreras.
Sirvieron el coñac y Patsy brindó levantando su copa:
—Por el mejor caballo del mundo.
—Por la chica más sugestiva que he conocido.
Bebieron de golpe.
—Mis amigos me esperan —dijo ella—. He tenido una mala racha.
Pero ahora la tendré buena.
—Lo siento, Patsy. Mi idea era no derramar más sangre. Iba a
entregar a Wynn al “sheriff”.
—Me ha dado miedo como te ha mirado Chase...
—A mí me ha hecho reír...
—Dejémoslo así, Martin. Prefiero que nos casemos... Y ya
tendremos un hogar.
—No, cariño. No quiero llevarte por ahí de aventura en aventura.
Tendrás tu hogar y podrás comprar un esposo...
—No debes decirme eso... Aunque sé que lo merezco.
—Verás, pequeña. Mi idea era ir terminando con los cuatro
granujas que ayudaron a Chase para que éste se sintiera acosado...
Luego renuncié a ella por ti. Pero Wynn se ha puesto ante mi “Colt”
y me obligó a tirar, te lo aseguro...
—Te creo. Sé que no eres un pistolero. Aquello lo dije en un
arranque de ira porque me sentí defraudada. Habías comenzado a
gustarme ya y temí que me ibas a despreciar...
—Creo que te volvería a besar...
—¿Y por qué no pruebas? —desafió ella.
—Aquí hay demasiada gente mirando y la calle está perdida de
muertos.
—Cada disparo que se oía, era como si me lo hubiesen clavado a
mí —confesó. Patsy.
—¿Y la gente?
—Seguía jugando impasible. ¿No ves que no iba con ellos?
—¿Y Chase?
—Parecía rebosante de satisfacción.
—¡Claro! Los suyos eran superiores en número y pensó que me
podrías destrozar.
p
—Se terminó, muchachito. Voy a volver a mi partida...
—¿Te enseñó a jugar tu padre?
—¡Qué va! Fue mi madre... Si no la hubiese sorprendido, te
aseguro que ella habría vengado a mi padre en segundos... Tenía los
nervios de acero. Era una auténtica colonizadora.
Nixon caminó junto a Patsy, que se apoyó en él al andar.
—Te deseo suerte, querida.
—La necesito para poder salir adelante si eso “nos” fracasa.
—No puede fracasarnos. Mírale la expresión a Chase y te
convencerás. ¿Sabe que tú eres la hija de su antiguo socio?
—No creo que me haya reconocido. La última vez que él me vio
fue bastante antes de la tragedia. Yo era una cría flacucha,
desgarbada y fea...
—Una potranca que prometía, ¿no es eso?
—Algo así —respondió ella.
Se echó a reír y confesó luego:
—No creas. Cuando decidí que me iba a casar contigo...
—¿Conmigo o con Nollan?
—Contigo, que yo creí Nollan... Pues bien, pensé que resultaría un
buen cruce...
—Y que podían salir magníficas bestias, ¿no es eso? —bromeó él.
—No me atreví a concretar tanto...
Patsy se separó al fin de Nixon para ocupar su sitio en la mesa.
Una hora más tarde. James Chase, después de perder una crecida
suma, abandonaba la mesa de juego.
A pesar de que se esforzaba por aparecer impasible, no podía
ocultar su mal humor.
Nixon, que se había mantenido observando el juego desde cierta
distancia, salió al encuentro del granuja.
—Mala suerte, ¿eh, Chase?
El hombre levantó la cabeza y miró con expresión que reflejaba
desagrado.
—¿Es usted, Nixon? ¡Hola!
—¿Mala suerte?
—¡Si diablos, mala suerte!
—Peor la ha tenido Wynn... Ha muerto.
—¿Y a mí qué me dice? ¡Wynn y usted, me tienen sin cuidado!
—No se exalte... ¿Qué le parece si hablamos?
—Estoy cansado...
—Le aseguro que no tengo prisa. Pero he venido a Sterling a
hablar con usted y no me iré sin conseguirlo.
—¿Fue usted quien preguntó por mí?
—Sí.
—Supongo que no le debo defraudar.
—Supone bien...
—¿Qué le parece si vamos al bar?
—No hay inconveniente...
Cuando hubieron servido a los dos hombres, que se habían
colocado en un rincón del mostrador, preguntó Chase: —¿Qué desea
de mí?
—Confieso que venía a matarle. Pero he cambiado de idea...
—Eso es bueno para mí, ¿no? —ironizó Chase.
—Si usted tiene sentido común, sí. A Wynn había decidido no
matarlo y sin embargo, no tuve más remedio que tirar a dar.
—Tenía el genio un poco violento. Me disgusté con él en varias
ocasiones por eso —dijo Chase.
—Sin embargo, hoy se sentían muy unidos...
—¿Por qué piensa eso?
—La desgracia une a la gente. Y la desgracia para ustedes soy yo...
—¿Cree usted? —preguntó Chase en plan de mordaz ironía.
—Vaya repasando la lista. Primero Darren. Quería agarrarlo vivo,
pero lo mató Miller al advertir que no me podía matar a mí. Luego,
Miller, Cayó ahí mismo, a la puerta del hotel.
—¡Vaya!
Nixon añadió un comentario:
—Si él hubiese sabido que usted no estaba aquí, posiblemente se
habría salvado. O al menos, se hubiese aplazado su muerte.
—¿Hasta esta noche? —preguntó Chase.
—No sé. No soy adivino. En fin, después de Miller, Wynn.
y p y
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Tiene usted una flaca memoria, Chase. Primero estuvieron
unidos por un crimen. La prosperidad les cegó y los distanció un
poco: pero la desgracia los ha vuelto a unir.
—Es un bonito cuento. ¿Por qué no lo adereza un poco y lo envía
al “Denver Post”? Yo tengo amigos allí, se lo admitirán y le pagarán
bastante bien si yo le recomiendo.
—Ese cuento necesita un final y he venido a Sterling por él.
—¿Y quiere que le dé yo el final?
—Precisamente usted.
—Me falta imaginación...
—Yo creo que no le falta. Por lo menos, no le faltó para planear
todo el asunto de los Winters y quedarse con el yacimiento de su
socio.
Chase, a pesar de hallarse preparado, palideció ligeramente y uno
de sus ojos produjo un tic nervioso.
—Está hablando usted de más, Nixon. Tendré que llamar al
“sheriff”...
—¿Y qué?
—Sus palabras encierran una calumnia y una amenaza.
—Y la calumnia y la amenaza están castigadas por la Ley,
¿verdad? —preguntó Nixon con expresión inocente.
—Sí.
—¿Y el crimen? ¿Con premeditación, alevosía y no sé cuántas
agravantes más?
—Supongo que también —intentó bromear Chase.
—Pero como no hay pruebas, la Ley no se puede meter con usted,
¿verdad Chase?
—No pierda el tiempo, Nixon. No le daré el final de su cuento.
—¿Por qué no hay pruebas?
—No se lo daré... Y déjeme tranquilo de una vez, o ya sabe lo que
hay. Llamaré al “sheriff”.
—Ya sé que no hay pruebas de su crimen y que supo hacer las
cosas para que el filón quedase de su propiedad: pero tampoco hay
pruebas sobre mi supuesta calumnia ni mis amenazas.
—Tiene usted razón. Es un chico listo, Nixon.
—No estoy mal del todo. Y fíjese. Chase, sin pruebas cayó ayer
Darren. Han caído hoy Miller y Wynn... No quedan más que Stone y
usted.
Chase bebió lentamente, dando la sensación que pensaba y dijo
después:
—Estupendo este coñac. Ha cambiado usted de bebida. Antes
bebía “whisky”.
—La vida cambia. Usted también bebía “whisky” y ni siquiera
comía todos los días, Chase.
—Eso me ayudó a triunfar.
—Yo diría que fue su falta de escrúpulos y su maldad.
—¡Oh, qué palabras más sensacionales emplea usted! ¿Por qué no
cambia de cuento ahora, a ver si nos reímos un poco?
—Soy testarudo y lo que necesito es el final de éste.
—Pues búsquelo. Y no olvide que la gente testaruda termina por
estrellarse.
—No toda...
Chase hizo una seña, acudió el que había servido e intentó pagar,
pero Nixon se le adelantó.
—No puedo permitir que sea usted quien pague, Chase. Trabajo
con gastos pagados y esto entra en mi trabajo.
—Como quiera. Buenas noches...
—No he terminado aún...
—¿Y a mí, qué? Es usted quien trabaja, no yo.
—Quiero proponerle un final suave. A mi cliente le horroriza el
derramamiento de sangre —manifestó Nixon cuando el camarero los
hubo dejado solos otra vez.
—Parece que no voy a tener más remedio que resignarme...
—Le conviene resignarse.
—Venga ese final.
—Los Winters dejaron una hija.
—Tengo esa idea. Pero no ha sido cosa que me haya preocupado
jamás.
—Si la conociese, tal vez se hubiese preocupado un poco —dijo
Nixon en tono humorístico.
—El caso es que no me preocupé. Tal vez hubiese podido hacer
algo por ella. Su padre fue un buen amigo mío.
—Ahora es la ocasión de hacerlo.
—Veamos —pidió Chase sin querer aparentar que estaba
realmente interesado.
—Verá, Chase. Usted le devolverá a la chica el filón, que no está
agotado aún, y todo lo que ha sacado de él.
—¿Nada más? —preguntó el granuja en irónico.
Nixon, sin perder la calma, prosiguió:
—Usted, gracias a aquel filón, ha prosperado mucho y ha podido
adquirir otros bienes cuantiosos. Posee otros filones...
—Está usted bien informado...
—Sí. Soy muy consciente en mi trabajo. Pues bien, sale ganando
todo lo que ha conseguido aparte del filón y su producto, y sale
ganando también la vida...
—¡Es generosa la chica! —ironizó nuevamente Chase.
—Mucho. No quiere la venganza. Fíjese, ni siquiera le busca la
vuelta para que la justicia se encargue de usted. Y con el asunto en
mis manos, lo conseguiría.
—¿Usted cree, Nixon?
—Y tanto. Soy capaz de hacer hablar a las piedras. Es lástima que
no viva Darren, porque él se lo habría dicho.
—Su proposición es tentadora —manifestó Chase en tono que
quiso hacer burlón.
—Yo estoy seguro de que sí.
—Pero resultaría comprometido para mí hacer ahora una cesión
del filón, así, bonitamente. Sería tanto como reconocer los derechos
de esa joven a él.
—No tienes por qué preocuparte. Charlamos de fijar un precio.
Usted se lo vende por una cantidad que pueda pasar como
aceptable. Y en lugar de pagar ella, usted le abona a ella el importe
de lo que ha sacado del filón.
—Creo que usted no sabe lo que dice, Nixon. Eso es una
barbaridad.
—Así pues, ¿no acepta ese final?
—Puedo decirle desde ahora que no.
q
—Yo que usted, lo pensaría. Dicen que la almohada es una buena
consejera.
Nixon se puso de pie y añadió:
—A la hora del almuerzo espero su respuesta definitiva.
Chase se sintió inclinado a la violencia. Pero la firme mirada de su
oponente, le contuvo.
—Sigo diciéndole que no.
—Le concedo ese plazo. Si a las doce del mediodía no me ha dado
una respuesta satisfactoria, iré por el final violento. Es el que le gusta
a los lectores. Pero a usted le hará muy poca gracia morir en la horca
si es que no le he baleado antes.
Lo dijo con tal firmeza que Chase se estremeció ligeramente y, sin
responder, salió del bar, marchando a su departamento del primer
piso.
Nixon volvió a la sala de juego y, una hora más tarde, se le reunía
Patsy.
—¿Cómo ha ido la noche?
—Bien, gracias a Chase que perdió bastante. De lo contrario
tampoco hoy hubiese resultado brillante. ¿Y tú?
—Hemos conversado amigablemente...
—¡Yo estaba en vilo!
—No tiene por qué preocuparte. Charlamos de literatura. Estamos
tratando de encontrarle el final adecuado a un cuento de miedo...
—No concibo a un caballo escribiendo —respondió Patsy en
broma.
—Ni yo tampoco. Pero la vida es así...
Subieron lentamente las escaleras hasta el primer piso.
Nixon tomó de manos de Patsy la llave del departamento número
siete y lo abrió.
—Hasta mañana, Martin...
—¿Te vas así...?
—Patsy se encontró estrechamente abrazada al joven,
correspondiendo al largo beso de él.
Al fin se separó y entró en su departamento, empujando la puerta
para dejar solamente una rendija.
Hasta luego, Martin. Creo que te voy queriendo demasiado y te
tengo un poco de miedo...
—Nunca se quiere demasiado. Hasta mañana...
Capítulo X
Veinte minutos más tarde se abría lentamente la puerta del
departamento número seis que era el ocupado por Chase.
El granuja asomó la cabeza, miró en todas direcciones y al no ver a
nadie, salió.
Cerró cuidadosamente la puerta y caminó luego sobre la punta de
los pies.
Al doblar el recodo del amplio pasillo, en donde terminaba la
escalera, Chase dio un respingo y echó mano rápidamente a su
“Colt”.
Pero detuvo su movimiento al advertir que Nixon se le adelantaba,
encañonándole.
El joven sonrió con expresión burlona y dijo:
—¿Es que intenta asesinarme también a mí, Chase? Eso no está ni
medio bien...
Chase carraspeó y dijo luego:
—Está ahí tan silencioso que me asustó...
—Quien algo teme, algo debe... Así pues, ¿puedo enfundar
tranquilo? —preguntó Nixon.
Chase se quiso hacer el gracioso y dijo:
—¡Cáspita! Yo no he sacado siquiera.
—Porque afortunadamente soy yo el más rápido... ¿Qué, no puede
descansar?
—Recordé que había dejado cierto asunto en el aire y debo dar una
explicación...
Produjo una risita falsa, guiñó un ojo con expresión de picardía y
se despidió:
—Buenas noche, Nixon.
—Buenas noche, que ya casi son buenos días, Chase.
—¿Usted no duerme nunca?
—Según me da... Dormí toda la tarde hasta casi media noche...
—Ya... Yo, sin embargo, estoy cansado. Tal vez será mejor
descansar y ya iré mañana. Hasta tendré mejor aspecto.
—Depende de la hora. Después del mediodía, puede tenerlo peor.
Yo pego muy duro.
—Siempre con ganas de broma...
—Claro que todo se puede arreglar con unas flores. Adornan
mucho y tapan lo suyo. ¡Naturalmente que depende de la cantidad!
—Lo dicho, usted siempre tan bromista.
Chase dio media vuelta y volvió a su departamento, y Nixon se
metió en el suyo.
Oyó el joven el ruido que producía Patsy chapoteando en el agua.
Finalmente, mientras se desnudaba para acostarse, la oyó salir del
baño.
Golpeó ligeramente en la pared y ella le correspondió.
Nixon abrió su ventana y a poco hacía lo propio Patsy, asomando
por ella.
—Buenas noches, cariño... —saludó la rubia—. Pienso mucho en ti.
—Acabarás por pedirme que me case contigo...
—¿Quién sabe? En el mundo se cometen diariamente muchas
locuras —respondió Patsy de buen humor.
—He celebrado otra pequeña conferencia con Chase. Pacífica, no te
preocupes, Y ahora me voy a dormir...
—¿Pretendes matarlo lentamente?
—Si fuese la solución, ¿por qué no? Pero antes de que muera tiene
que hacer cesión de lo que te corresponde, al menos que se haya
podido demostrar que fue una usurpación...
Chase, que no había sido capaz de conciliar el sueño, salió de su
departamento cuando apenas si había amanecido.
Se produjo con la misma cautela que la vez anterior al salir, y la
aumentó cuando se dirigió a la escalera, permaneciendo un par de
g p p
minutos en el recodo del pasillo vigilando la puerta del cuarto de
Nixon.
Al convencerse de que éste no daba señales de vida, se decidió a
marchar, bajando la escalera con cautela y silenciosamente y
atendiendo a que no se produjese algún ruido en el piso.
Temió por un momento que Nixon le aguardase en el “hall” del
hotel o en el bar, aunque en éste no había servicio.
No fue así y respiró a pleno pulmón cuando se vio en la calle.
Caminó bien pegado a la fachada del hotel... para que no le
pudiesen ver desde la ventana y antes de girar por la esquina
próxima, se aseguró de que Nixon no le seguía.
Aumentó entonces la velocidad de su marcha hasta encontrarse en
las afueras de la ciudad, dirigiéndose hacia un grupo de cabañas.
Llamó fuertemente en una de las más miserables.
Ladraron algunos perros de las cabañas vecinas, se oyeron algunos
gritos mandándolos callar y no pocos denuestos contra el importuno
que producía ruido a aquella hora.
Hubo de insistir Chase en su, llamada y al fin oyó en la cabaña
ruido de pasos vacilantes.
Una voz bronca se dejó oír:
—¿Qué sucede con tanto golpe? ¿Es que las personas decentes no
pueden dormir?
—¡Abre, persona decente! Piensa menos en dormir y más en
trabajar...
—¡Al diablo el trabajo...! Conozco esa voz... Lárgate, Chase, tipo
inmundo...
—He dicho que abras o pego fuego a tu cabaña contigo dentro.
—Eso debiera haber hecho yo con la tuya hace años... Ahora es
tarde, resulta un poco grande y la tienes muy alta.
—¡Bien! ¿Abres o qué va a pasar?
Se oyó el ruido que producían unos muebles al ser apartados de
detrás de la puerta y más tarde el ruido de la llave y el de un cerrojo,
al ser descorridos.
Apareció en la puerta un hombretón de más de seis pies,
corpulento, a medio vestir, con el pelo revuelto y la barba larga.
—¿Qué sucede? ¿Para qué diablos me necesitas? —preguntó a
guisa de saludo.
—No eres muy cortés para los viejos amigos...
—Amigos... Tú no tienes amigos, Chase. A otro perro con ese
hueso.
— Supongo que se podrá entrar...
—Pasa, figurín... —respondió el de la cabaña en tono irónico.
Chase no hizo caso de lo que en otra ocasión hubiese considerado
un insulto, dominó la repugnancia que sentía y pasó.
—Ya sé que esto no es tu lujoso departamento del hotel. Pero, ¿qué
le vamos a hacer? En la vida hay ricos y pobres...
—Tú eres más bestia que pobre. Y si eres pobre se debe a lo bestia
que eres...
—Sin insultar, Chase. Estás en mi casa. Además, que suelto un
escupitajo y sales disparado de aquí...
—Esto apesta a “whisky” y a tabaco........
—A “whisky” matarratas y a tabaco malo, puedes añadir. No
puedo beber ni fumar de lo fino, como tú. No creas que no tengo
paladar...
—Si no hubieses malgastado, y hubieses seguido a mi lado...
—¿Trabajando? ¡Ni hablar! ¡Para trabajar no valía la pena que
hubiésemos hecho aquello!
—¿Qué no? Yo tengo más cada día, puedo gastar lo que quiero y
no se puede decir que trabaje. Trabajan los demás para mí.
—Tú siempre fuiste más listo y más granuja. Tú no trabajarás, pero
a mí me la hubieses hecho sudar... ¡Ni hablar!
—Está bien. Allá tú...
—Bueno, desembucha. Estoy seguro de que no has venido a
sermonearme.
—¿Conoces a un tal Martin Nixon?
—No lo conozco. Oí hablar de él en más de una ocasión. Dicen que
es un tipo “espabilao”...
—Y tanto... Se ha cargado a Darren, a Miller y a Wynn...
—Lo siento por Darren. Era con lo único que medio se podía
tratar. A los demás, ¿qué quieres que te diga?
—Es que, si no terminas con él, terminará él contigo también.
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—¿Conmigo? ¿Y por qué?
—Se ha empeñado el chico en vengar a los Winters...
El grandote dio un respingo y pidió:
—¿A ver? Repite eso.
—Quiere vengar a los Winters. ¿Es que estás borracho aún?
—No estoy borracho todavía, que no es lo mismo. Iba a empezar
en serio cuando tú me has llamado.
Lo que bebo por ahí con los amigos, casi no me llega...
Después de semejante respuesta permaneció callado, pensativo.
Frunció a continuación el entrecejo y de improviso comenzó a reír
estrepitosamente.
Cuando hubo calmado la risa, dijo:
—¡Vengar a los Winters!
Señaló para Chase y dijo:
—¡Eso quiere decir que te matará a ti! ¡Ya era hora de que alguien
te aplastase, granuja!
Volvió a reír. Chase se irritó, lo tomó por un brazo y lo sacudió
violentamente a tiempo que decía: —¡Antes te matará a ti, estúpido!
Stone se sacudió a Chase de un manotazo y preguntó:
—¿Por qué a mí?
—Ei tipo trata de asustarme para que yo ceda no sé cuántas cosas
a la chica. Y por eso comienza por mataros a vosotros. Pero sabe que,
si me mata a mí, la chica se queda sin nada...
Stone quedó pensativo y Chase consideró que lo había
convencido.
Pero el coloso se encogió de hombros y dijo:
—Yo puedo largarme de aquí y lo haré ahora mismo. Y seguro que
ni se molestará en buscarme. Además, un vagabundo como yo no
deja huellas... Pero tú, ¿qué vas a hacer?
Volvió a reír y prosiguió:
—Estás amarrado a lo que has amontonado. Te lo tienes que dejar
casi todo y además, tu pista es más fácil de seguir que la mía...
—Estás diciendo tonterías: A mí no me quiere matar. No fui yo
quien disparó... Ni siquiera estaba presente cuando matasteis a los
Winters. Puedo demostrar que estaba lejos...
—Tu coartada, ¿no es eso?
¿
—¡Llámala como quieras! Pero es así... De mí, lo que quiere, es
dinero para la chica, una simple reparación...
—Entonces, si tú no peligras, ¿para qué diablos vienes aquí? ¿Para
qué me necesitas, Chase?
—He querido avisarte. Ya han caído ellos tres. Y si puede ser,
quiero evitar el tener que soltar nada.
—¡Eso es! Yo arriesgo la vida otra vez, tú salvas tu sucio dinero y a
mí me echas un mendrugo... ¡Pues no! ¡Largo de aquí, Chase!
—¿Es que te has vuelto loco? Te sacaré a flote. Lo que le tengo que
dar a ella, prefiero dártelo a ti...
—Esta vez no te burlarás de mí. La otra prometiste que iríamos a
partes iguales...
—¡Y fuimos a partes iguales! La mitad para mí y la mitad para
vosotros...
—¡Serás cínico! Partes iguales es salir cada uno a lo mismo... Y tú,
como necesitábamos dinero para poner tierra por medio, tasaste el
filón en lo que te pareció. Y no nos diste siquiera la cuarta parte para
repartir entre los cuatro.
—¿Y lo que me habéis sacado luego?
—¡Miserias! ¡No me convences! No quiero nada contigo, Chase,
lárgate...
—No está bien de la chimenea... En fin, allá tú. Cualquiera de por
aquí hará el trabajo por la mitad de lo que pienso darte a ti...
Dio media vuelta y fingió que se iba a marchar. Para ganar tiempo
y que se decidiera el otro, señaló para la silla y la mesa que había
tenido detrás de la puerta y preguntó: —¿Qué tesoro tienes aquí
dentro que te cierras de esta manera?
—Mi cuerpo. ¿Te parece poco tesoro?
—¿Acaso te quiere secuestrar alguien?
—Esa tal de Shirley, se ha empeñado en que me gusta otra chica y
quiere matarme...
—¿Acaso es mentira?
—A medias nada más. No la puedo convencer que ella es la que
manda. Y como tiene una llave de la cabaña y hasta sabe abrir el
cerrojo desde fuera...
—Pues cuídate... Y allá tú si quieres seguir revoleándote en basura
y bebiendo y fumando de lo malo...
Aún no había llegado a la puerta Chase, cuando Stone le llamó:
—¡Un momento, Chase!
—¿Qué hay? Aun puedo darte un par de dólares si los necesitas.
No te guardo rencor a pesar de todo.
—¿Cuánto me das por el trabajo?
—¿Cuánto quieres?
—La mitad de lo que le ibas a dar a la chica.
—A ella pensaba darle diez mil. Te daré cinco mil a ti. . .
Stone no esperaba que el otro diese tanto y abrió mucho los ojos.
Pero rectificó inmediatamente y trató de hacerse el desganado.
—No es demasiado...
—Por la quinta parte contrato diez hombres y Nixon no tendrá
escape...
—Si pudieses hacer eso no acudirías a mí, Chase, nos conocemos
bien...
—¿Van seis mil?
—De acuerdo, seis mil...
—Pues no hay más que hablar. Te daré quinientos ahora y el resto
cuando termines con él... ¿Cómo lo piensas hacer?
—Él no me conoce. Iré a su encuentro...
—¿Es que piensas matarlo de cara? Es muy rápido.
—¡Claro que pienso matarlo de cara! ¿O es que quieres que me
ahorquen?
—Tienes razón...
—Me he emborrachado tantas veces que hago mejor el borracho
que el tipo que no ha bebido... Nadie sospecha de un borracho
bromista, ¿comprendes?
—Sí... Siempre dije que eras el mejor de los cuatro...
—¡Naturalmente que sí! ¿Crees que, de no haber sido por mí, ellos
hubiesen podido con los Winters? ¡Pues sí que ella era de cuidado!
¿Van esos quinientos?
Stone alargó la mano y Chase echó mano a un bolsillo para sacar el
dinero, al tiempo que decía: —No creas que es desconfianza si no te
doy más. Es que me pelaron anoche, jugando. Y menos mal que
y q p j g q
tenía esto en mi habitación... Ahora que la chica lo valía, ¿sabes?
Algo realmente impresionante, chico...
Iba a proseguir Chase haciendo el encendido elogio de la belleza
de Patsy, pero en aquel momento se produjo un leve ruido en el
interior de la cabaña, en la parte del fondo.
Los dos hombres se volvieron sorprendidos.
Nixon exclamó:
—¡No se muevan!
El “sheriff” dijo a su vez:
—¡En nombre de la Ley!
Chase acusó a Stone:
—¡Maldito traidor!
Al propio tiempo, en lugar de sacar el dinero, desenfundó una
pistola que llevó en la sobaquera.
No tuvo tiempo de disparar. Un balazo le arrancó el arma de la
mano alcanzándole también en el pecho, y otro proyectil se le clavó
en la garganta, lanzándolo violentamente hacia atrás.
Nixon y el “sheriff” habían disparado al mismo tiempo, logrando
los dos impactos.
Stone, más sorprendido y menos rápido que Chase, intentó llegar
al “Colt” que pendía de su costado, pero antes de tocarlo, un balazo
de Nixon, se lo arrancó, sin tocar al hombre.
El coloso se volvió como una furia, asió una silla y la empleó como
proyectil, lanzándola a la cabeza del joven, que se había adelantado.
Esquivó Nixon arrojándose al suelo y el proyectil silbó por encima
de él, haciéndose pedazos contra otro mueble.
El joven había enfundado rápidamente, deseoso de apresar vivo a
Stone.
Y tras enfundar, atacó con furia, lanzando el puño izquierdo por
delante, colocándolo a la altura del hígado del coloso.
Se estremeció Stone al impacto y golpeó a su vez, haciendo
retroceder a Nixon.
Lanzó dos golpes más, uno tras otro, y los puños abanicaron el
rostro del joven, que le vino muy justo para esquivar.
Y Nixon volvió a atacar en tromba, colocando una serie de
impresionantes golpes en ambos costados de Stone, que resopló
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tratando de aguantar el vendaval de impactos.
Tarto de contragolpear y entonces los puños de Nixon, que no se
daban reposo, entraron con más precisión, haciendo que la
resistencia del coloso se fuese debilitando.
Stone empujó para poder tomar un respiro y el joven se hubo de
hacer hacia atrás.
Cambió Nixon de táctica y colocó un directo de izquierda en la
parte alta de la nariz de Stone.
Manó sangre al golpe y el granuja se enfureció: pero antes de que
pudiese desplegar sus brazos, la derecha de Nixon atacó en golpe
cruzado que llegó preciso y terrible a la barbilla de Stone.
Se tambaleó éste y abrió los brazos.
El "sheriff”, impresionado por la dureza de la lucha, no se atrevió
a intervenir.
Nixon persiguió a Stone y le colocó otro zurdazo a la altura del
hígado, obligando al hombre a doblarse hacia adelante.
Y repitió el golpe de derecha a la barbilla que sonó con un
chasquido seco.
El coloso no pudo resistir ya, giró media vuelta y cayó
pesadamente de bruces, quedando inmóvil en el suelo.
—¡Buena pelea, vive Dios! —exclamó el “sheriff”.
—Lo necesito vivo, “sheriff”. Usted es un buen testigo, pero las
declaraciones de él pondrán todo completamente claro. Y después
de lo que han hablado delante de usted, éste no podrá negar.
—Lo de Chase ha sido una verdadera lástima... —lamentó el
“sheriff”.
—¿Y qué se va a hacer? No había tiempo para andarse con
dibujos...
—¡Si supiera este bestia que ha sido esa Shirley la que nos ha
facilitado la llave!
—No tiene por qué saberlo. Si se hubiese portado con ella como es
debido, ella no lo habría traicionado.
Ató el “sheriff” a Stone y entre los dos lo obligaron a ponerse de
pie.
—Vamos, Stone. Has dicho cosas muy sabrosas, lo mismo que
Chase... La hija de los Winters recobrará al fin lo que le pertenece...
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Al salir de la cabaña, en donde quedaba el cuerpo de Chase, la
cerraron.
—Luego mandaré a que recojan el cuerpo de ese granuja. Vamos.
—Vamos. ¡Andando, Stone!
Una vez en la oficina del “sheriff”, el superviviente de los asesinos
de los padres de Patsy Winters dejó claro en sus declaraciones,
aduciendo una serie de detalles, de cómo James Chase había
usurpado el filón a los Winters registrándolo como único
descubridor, y cómo antes de que Winters se enterase, le había
preparado una trampa y lo había asesinado, procurándose él la
coartada de estar lejos del lugar donde se cometiera el doble crimen.
Con ello quedaban claros los derechos de Patsy, no solamente al
filón tal como estaba en el momento, sino a todo lo que se había
sacado de el.
Cuando todos los cabos de la trama estuvieron bien tomados y
Stone quedó bien seguro en un calabozo, Nixon se retiró a descansar.
Se despertó a tiempo de oír que Patsy se estaba levantando y se
apresuró a salir de la cama, a lavarse y a asearse.
Y aguardó pacientemente a oír que el departamento de la joven se
abría.
Salió él al pasillo y saludó:
—Buenos días, jovencita. Nos hemos visto antes, ¿verdad?
—Sí. Padezco de frecuentes pesadillas.
—No se puede ser guapa. ¿Necesita un espantapájaros?
—Si no cobra caro...
—No sea tacaña. No le va bien a una chica rica... Y debe tener en
cuenta que hay espantapájaros y espantapájaros...
—Eso es cierto... ¿Qué pasa con eso de la niña rica?
—Que me debe usted seiscientos dólares y los gastos...
—¿Es cierto eso? —exclamó con alegre expresión—. ¿Y no le ha
sucedido nada a usted?
—Sí.
—¿Qué ha sido ello?
—Me ha felicitado el “sheriff”...
—¡Déjate de bromas! No quería hablarte del asunto, pero la
verdad es que apenas he podido dormir...
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—No creas que yo he dormido demasiado tiempo.
—¿Qué sucedió?
El joven explicó a Patsy lo sucedido. Cuando hubo terminado, dijo:
—No creas, he tenido que moverme lo mío para conocer cosas y
luego para convencer a esa mujer y que nos diese la llave. Y también
me costó lo mío convencer al “sheriff”...
Habían bajado las escaleras y atravesado el “hall” saliendo a la
calle a dar su cotidiano paseo.
—No te preocupes —dijo ella con expresión maliciosa—. Seré
generosa contigo y pagaré tu trabajo como es debido.
—¿Por ejemplo?
—No tengo idea. Tú dirás... ¿Cuándo entraré en posesión de lo
mío?
—No creo que tarde mucho en resolverse. Es algo que tienen que
decidir las autoridades judiciales, Pero me ha dicho el juez que no
puede tardar más de quince días.
—¿Y qué haremos durante todo ese tiempo? He ganado dinero y
ganaré más, pero tengo mucho gasto y no sé si te podré pagar por el
momento.
—Recuérdalo. No debes pagarme hasta que no cobres tú —dijo él.
—Es cierto. Y ahora, responde a una pregunta.
—Tú dirás.
—¿Te casarías con una mujer rica?
—No.
—¿Y si yo fuese pobre, te casarías conmigo?
Nixon se rascó a cabeza y respondió:
—Si tú me lo pides... Pero tú no eres pobre... —Soy pobre hasta
que no reciba lo mío. Y te pido que nos casemos inmediatamente.
Tengo tu palabra.
—Está bien. Me has atrapado. No puedo decir que no.
—Pues vamos a hablar con el sacerdote y el juez de paz.
—Verás, pequeña. Soy partidario de que nos casemos en Gold
Ville. Allí está todo preparado, incluso testigos. Nos esperan dentro
de tres días, a la hora aproximada de la otra vez...
—¿Cómo es posible?
—Lo dejé preparado antes de salir de allí.
—¿Y si hubieses fracasado?
—Esta vez no podía fracasar...
—Está bien, “don” suficiente. Mientras solucionan lo de aquí,
podemos ir allí y casarnos.
—Hasta tenemos reservado el departamento número nueve a
nombre de señor y señora Nixon. ¿Verdad que suena bien?
—Ciertamente que sí...
—Aquel será nuestro hogar, hasta que tengamos el propio.
EPILOGO
Patsy, a pesar de estar preparada para ello, experimentó cierta
sorpresa cuando a la hora fijada, llamaron a la puerta del juez de paz
de Gold Ville, les abrió la puerta en persona y vio que estaba todo
dispuesto para que se celebrase la boda.
Patsy, accediendo a la petición de Nixon, vestía el mismo traje que
había llevado la primera ocasión. Y por su parte el también vestía
con las mismas ropas que entonces.
Entre sonrisas y plácemes se llenaron los primeros requisitos y al
fin el juez preguntó:
—Martin Nixon. ¿Quiere por esposa a Patsy Winters?...
—No...
—No puedo creer que me haya entendido bien. ¿Quiere por
esposa...?
—Le he entendido perfectamente y he dicho que no. No hay boda.
Patsy, antes de lo que él pudiera imaginar, sacó el “Colt” y
encañonó al joven, diciendo: —¡No puedes hacerme eso! Habrá
boda... Empiece otra vez, juez...
—Lo siento, señorita Winters, pero no puede haber boda sin la
libre conformidad de ambos contrayentes...
—El señor Nixon está conforme. ¿Verdad, Martin?
—¡No!
El joven dio las buenas noches a los reunidos, dio media vuelta y
salió apresuradamente.
Patsy giró la mirada en torno, vio la expresión de compasión en los
que le rodeaban y se sonrojó hasta tomar el color de la grana.
Enfundó el “Colt”, se recogió la falda y echó a correr detrás de
Nixon, al cual alcanzó en el lugar en donde la había besado por
primera vez.
—¡Un momento, Martin!
—¿Qué hay, jovencita?
Ella se arrodilló y dijo:
—Te aseguro que te quiero de verdad, que estoy arrepentida de
aquello: seré obediente y buena esposa. ¿Quieres casarte conmigo?
—Pero dejarás de beber “whisky”, ¿eh?
—De acuerdo. Alguna concesión habré de hacer yo también.
La levantó y la abrazó estrechamente, besándola con
apasionamiento.
Poco después se hallaban de nuevo ante el juez de paz y el
sacerdote.
El primero dijo:
—¿Lo han pensado ya bien? ¿O es que están locos?
—Para casarse hay que estar un poco locas. De lo contrario, ¿quién
se casaría, me lo quiere decir?
Sin aguardar respuesta, volvió a besar a la novia y preguntó luego:
—¿Han visto alguna vez una novia tan bonita?
FIN
Notes
[←1]
(1) “Señor Nadie”.