0% encontró este documento útil (0 votos)
12 vistas5 páginas

Taller 6

.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
12 vistas5 páginas

Taller 6

.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Dionisio el Exiguo (Dionysius Exiguus en latín, Dionisie cel Mic en rumano) (c.

470 – c. 544), monje erudito y matemático del siglo VI, y el fundador de la era
cristiana o Anno Domini. Era originario de la Escitia Menor, en el actual territorio
de Dobruja, Rumania, abad del monasterio de los «monjes escitas» en Roma. Es
la tabla de Pascua de Dionisio el Exiguo en la que se determinó por vez primera la
era llamada Anno Domini (antes se seguía la llamada Era diocleciana).

Dionisio el Exiguo no proveyó a nuestra era de un año cero. No es asombroso,


porque en la Europa alto-medieval nadie conocía la cifra o el número cero. No
obstante, la presencia de la palabra latina nulla en la tercera columna de su tabla
de Pascua crea la impresión de que Dionisio el Exiguo conociera ese importante
número. Pero no hay nada a partir de lo cual pudiera deducirse que su nulla fuese
un cero verdadero (de todas formas, él no lo utilizó en sus cálculos). En Europa se
debió esperar hasta el segundo milenio antes de que se pudiera disponer del
número cero.

En el año 525, el Papa Juan I (papa a partir del 523 a 526) encargó a Dionisio el
Exiguo, llamado así por ser pequeño de estatura, establecer como año primero de
la era cristiana, el del nacimiento de Jesús. El problema es que se equivocó en
unos 4 ó 5 años1 al datar el reinado de Herodes I el Grande, por lo que dedujo que
Jesús nació el año 753 a.u.c. desde la fundación de Roma, cuando debió suceder
hacia el 748 a.u.c.

Una de las primeras colecciones de Derecho canónico fue la realizada en el siglo


VI por Dionisio el Exiguo. Tradujo al latín los cánones de los concilios orientales y
añadió 39 decretos papales.2

La querella

Al decreto de 1073 sobre el celibato siguieron otros cuatro decretos dictados en


1074 sobre la simonía y las investiduras. Visiblemente las miras de Gregorio VII
eran políticas e iban encaminadas a minar la autoridad imperial, pues las
disposiciones no se promulgaron en Inglaterra, ni en Francia ni en España. La
reacción por parte de las autoridades civiles y de los mismos clérigos afectados
fue virulenta, corriendo peligro en muchos casos la integridad personal de los
legados vaticanos enviados para publicar y hacer cumplir los edictos del papa.
Pero éste no suavizó sus métodos ni rebajó el tono de las amenazas. Muy al
contrario, dictó nuevos decretos en 1075 (veintisiete normas compendiadas en los
Dictatus papae) que repetían las prohibiciones de los decretos anteriores con
mayor severidad en las penas, que alcanzaban a la excomunión para quienes,
siendo laicos, entregasen una iglesia o para quienes la recibiesen de aquéllos, aun
no mediando pago. Los veintisiete axiomas de los Dictatus papae se resumen en
tres conceptos básicos:
 El papa está por encima no sólo de los fieles, clérigos y obispos, sino
de todas la Iglesias locales, regionales y nacionales, y por encima
también de todos los concilios.
 Los príncipes, incluido el emperador están sometidos al papa.
 La Iglesia romana no ha errado en el pasado ni errará en el futuro.

Estas pretensiones papales le llevarán a un enfrentamiento con el emperador


alemán en la llamada Disputa de las Investiduras, que en el fondo no es más que
un enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico sobre la cuestión de a quién
compete el dominio del clero.

En efecto, Enrique IV no parecía dispuesto a admitir la menor merma en su


autoridad imperial y se comportó con desdeñosa indiferencia hacia las
prescripciones pontificias. Siguió invistiendo a obispos para cubrir las sedes
vacantes en Alemania y, lo que fue más hiriente para la sensibilidad vaticana:
nombró al arzobispo de Milán, cuya población había rechazado al designado por el
papa. Gregorio VII recriminó al emperador su insolente actitud, le dirigió un nuevo
llamamiento a la obediencia y le amenazó con la excomunión y la deposición. Por
respuesta, Enrique IV convocó en Worms, en el año 1076, un sínodo de prelados
alemanes que no se cohibieron en manifestaciones de vesánico odio hacia el
pontífice de Roma y de abierta oposición a sus planes reformadores. Con el
respaldo clerical expresado formalmente en el documento que recogía las
conclusiones de la asamblea, en el que se dejaba constancia de desobediencia
declarada al papa y se le negaba el reconocimiento como sumo pontífice, el
emperador le conminó por escrito a que abandonara su cargo y se dedicara a
hacer penitencia por sus pecados, a la vez que le daba traslado del acta del
sínodo episcopal. La indignación en Roma superó cualquier límite. El concilio que
se estaba celebrando en esas mismas fechas en la ciudad santa dictó orden de
excomunión para Enrique IV y todos los intervinientes en el sínodo alemán, a lo
que el papa añadió una resolución de dispensa a los súbditos del emperador del
juramento de fidelidad prestado, lo declaraba depuesto de su trono imperial hasta
que pidiese perdón, y prohibía a cualquiera reconocerlo como rey.

La humillación de Canossa

Enrique IV del Sacro Imperio Romano Germánico delante de Gregorio VII en


Canossa. (Cuadro de Carlo Emanuelle, c.1630.)Con motivo de la publicación de la
bula de excomunión contra el emperador, la nobleza opositora logró convocar en
Tribur la Dieta imperial con la manifiesta intención de deponer al monarca,
aprovechando además que los rebeldes sajones estaban de nuevo en pie de
guerra. Enrique IV se vio en situación comprometida. Ante el peligro de que el
papa aprovechara esta reunión para imponer sus exigencias, y amenazado
además de deposición por los príncipes si no era absuelto de la excomunión,
Enrique IV decide ir al encuentro del papa y obtener de él la absolución.
A principios de 1077 fue advertido el papa de que el emperador estaba en camino
hacia Italia. No cuestionó las hostiles intenciones de éste y buscó refugio seguro
en el inexpugnable castillo de Canossa, cerca de Parma. Pero Enrique no venía
encabezando ningún ejército, sino como penitente arrepentido que imploraba el
perdón del santo padre y que deseaba retornar al seno de la iglesia mediante el
levantamiento de la excomunión. Llegó a Canossa el 25 de enero de aquel gélido
invierno pidiendo ser recibido por su Santidad. Se cuenta que el papa demoró la
entrevista por término de tres días, durante los cuales permaneció el humilde
emperador descalzo y arropado con una simple capa a las puertas de la fortaleza.
El papa, sorprendido por la inesperada actitud de su enemigo, vacilaba sobre la
mejor forma de actuar: el sumo sacerdote no podía negar la absolución de sus
faltas a un peregrino que se presentaba de aquella guisa dando muestra de
humildad y contrición; pero, de hacerlo, Enrique IV se vería de nuevo reintegrado
en la comunidad cristiana, confirmado en su trono con pleno derecho de ceñir la
triple corona, y exento de cualquier tara que sirviera de argumento a sus enemigos
para exigir su abdicación. No tuvo otra opción que perdonar y absolver,
ennoblecido moralmente y derrotado políticamente.

Reactivación de la querella

Al regreso de Enrique a Alemania, los partidarios de su cuñado Rodolfo de Suabia,


reunidos en Forchheim, proclamaron nuevo emperador a Rodolfo. Enrique IV
quiso poner a prueba al papa y le exigió en tono altanero que excomulgara a
Rodolfo de Suabia. Las relaciones se agriaron y el emperador volvió a proceder
como ya lo había hecho en ocasión anterior: convocó un concilio de prelados
alemanes en Brixen que declaró desposeído de su dignidad pontificia a Gregorio
VII y nombró en su lugar al arzobispo de Rávena, investido como Clemente III. La
reacción del papa no se hizo esperar, e inmediatamente, en ese año de 1080, por
un concilio celebrado en Roma depuso de su cargo imperial a Enrique IV, le
fulminó con la excomunión y reconoció como legítimo rey a su cuñado Rodolfo.

Enrique IV se puso al frente de un poderoso ejército y marchó sobre Roma.


Instalado en la ciudad santa, reunió en ella un concilio al que fue convocado
Gregorio VII, mas éste no acudió, sabedor de que iba a ser juzgado y condenado.
Su inasistencia no evitó su excomunión y destronamiento. En su lugar se colocó a
Clemente III que se apresuró a coronar a Enrique IV y a su esposa Berta el 31 de
marzo de 1084. Gregorio solicitó la ayuda del normando siciliano Roberto
Guiscardo, quien puso en marcha sus huestes de aventureros, en su mayoría
musulmanes, y las lanzó contra Roma. Enrique abandonó cautamente la ciudad
que quedó a merced de aquellas hordas incontroladas. Se produjo un verdadero
saqueo, intolerable para el pueblo romano que se sublevó contra los valedores de
la autoridad gregoriana. Fue la excusa para una salvaje represión sangrienta en la
que sucumbieron millares de ciudadanos y la urbe quedó arruinada. Bajo la
protección de semejante vasallo y escoltado por sus milicias musulmanas,
Gregorio VII huyó de la Roma devastada y aceptó el asilo que Guiscardo le
dispensó en Salerno, donde murió al año siguiente.

Tras un fugaz paso por la sede pontificia de Víctor III, fue designado papa en 1088
Urbano II. En Roma, no obstante, seguía instalado el antipapa Clemente III con
sus partidarios. Urbano se propuso desalojar de la ciudad santa a su oponente,
para lo que confió en sus vasallos sicilianos. En efecto, con el apoyo del ejército
normando pudo abrirse paso hasta Roma en noviembre de 1088, donde hubieron
de librarse cruentas batallas entre las tropas del antipapa y las del papa para que
éste pudiera por fin acceder a su legítimo trono. Instalado en él buscó la manera
de derribar al emperador aglutinando en la poderosa Liga Lombarda las ciudades
de Milán, Lodi, Piacenza y Cremona. Urbano II murió en 1099, sin haber podido
doblegar a su personal enemigo Enrique IV.

Su sucesor Pascual II (Rainero Raineri di Bleda (o Bieda)) ensayó sin resultado


similares procedimientos que los empleados por sus antecesores en su pugna con
Enrique IV. Éste moría en 1106 dejando en el trono imperial a su hijo Enrique V.
La aparente dócil disposición del nuevo emperador hizo creer por un momento
Pascual II que tenía al alcance de su mano la ansiada solución a los vetustos
problemas que padecía la cristiandad. Pero la quimérica ilusión se desvaneció
bien pronto. Enrique V no tardó en clarificar su posición: en el mismo momento en
que se vio alzado al trono imperial envió emisarios a Roma para recordar al papa
la ancestral prerrogativa del rey germánico de confirmar la elección de los obispos,
tomarles juramento de fidelidad y entregarles las credenciales de su autoridad
secular, o, dicho de otro modo, su facultad de investir a los prelados en sus feudos
eclesiásticos. La lucha volvía a empezar y, como siempre, la excomunión del
emperador fue la primera medida tomada en el concilio de Guastalla ese mismo
año de 1106.

Cambio de actitud [editar]No obstante, Pascual II, en un acercamiento a la


realidad, comenzó a percibir lo desorbitado de las pretensiones de Gregorio VII y
lo difícil de mantener aquellas exigencias, por lo que se fue mostrando receptivo a
determinadas iniciativas que proponían la renuncia de los clérigos a la posesión de
cualesquiera bienes materiales de concesión real, en el entendimiento de que
habría de bastarles para su sustento con los diezmos y las limosnas de los fieles.
A Enrique V no podía ofertársele una mejor solución, pues ella suponía la
apropiación de todo el patrimonio de la iglesia germánica, por cuyo precio estaba
dispuesto a renunciar a su privilegio de sancionar la elección de los cargos
eclesiásticos que, en lo sucesivo, no ostentarían ningún poder territorial. Con
intención de acelerar un final satisfactorio para sus intereses, Enrique penetró en
Italia en 1110 al frente de un ejército intimidador. Sus enviados a parlamentar con
el papa y sentar las bases de la coronación imperial, firmaron con éste el
concordato de Sutri, por el que se pactaba el abandono por parte del emperador
de sus supuestos derechos de investidura a cambio de la entrega por parte del
clero de sus bienes territoriales. Una vez en Roma, se dispuso todo para que
Enrique V recibiese de manos del pontífice la corona del Sacro Imperio el día 12
de febrero de 1111. Llegado el momento, estando para iniciarse la solemne
ceremonia en la basílica de San Pedro, se hizo público el contenido del tratado
suscrito entre el papa y el emperador. Cuando los prelados, abades y demás
dignatarios eclesiásticos conocieron que la paz se compraba con sus bienes se
desató la cólera de los afectados de forma tan tumultuosamente amenazadora que
Pascual II no pudo proseguir con la lectura del documento ni proceder a la
coronación del emperador. Éste, por su parte, estaba resuelto a forzar el
cumplimiento de lo pactado y, a tal fin, hizo que las tropas desalojasen el templo y
redujo a prisión a los cardenales. Cautivo de Enrique, Pascual II no tuvo otra
opción que doblegarse a los imperativos de aquél y, cediendo a sus presiones, le
coronó pomposamente, no sin antes haber firmado un nuevo documento por el
que se reconocía al emperador el derecho de investidura «por el báculo y el
anillo», esto es, en toda su plenitud, con la sola limitación de que no mediara
contraprestación simoniaca. Recobrada la libertad, y ante los apremios, esta vez,
de los burlados cardenales, el Papa denunció el tratado suscrito bajo coacción y
violencia y excomulgó al emperador. La querella de las investiduras, que por un
fugaz momento pareció llegar a su fin, se intensificó si cabe. Pascual II murió en
1118 sin haber avanzado en el camino de la solución.

El fin de la querella [editar]En 1119 se sitúa al frente de la iglesia Calixto II, papa
de origen francés a quien hay que atribuir el éxito en la anhelada conclusión de la
querella de las investiduras. El inicio de su pontificado no presagiaba aquel buen
final, pues una de sus primeras medidas consistió en revocar la facultad de
investidura arrancada coactivamente por Enrique V a Pascual II, lo que dio lugar a
renovadas tensiones. No obstante, porque cundiese en ambas partes la fatiga por
tan prolongada lucha, o porque finalmente se impusiera la razón, el 23 de
septiembre de 1122 se firmó el Concordato de Worms, ratificado un año después
por el concilio ecuménico de Letrán. Por aquel protocolo se establecía un acuerdo
entre la santa sede y el imperio, según el cual correspondería al poder eclesiástico
la investidura clerical mediante la entrega del anillo y el báculo y la consagración
con las órdenes religiosas, mientras que al estamento civil se le reservaba la
investidura feudal con otorgamiento de los derechos de regalía y demás atributos
temporales. Los así investidos se debían al papa en lo religioso y al soberano laico
en lo civil. Al emperador se le reconocía además la potestad de asistir a la
elección de los cargos eclesiásticos y de utilizar su voto de calidad cuando no
hubiese acuerdo entre los electores. Como las presiones que se ejercían sobre los
capítulos de las catedrales y abadías eran muy fuertes en orden a la elección de
un determinado candidato, lo que dificultaba la obtención del quórum necesario, al
final acabó siendo con harta frecuencia el emperador quien impuso su arbitraje.

También podría gustarte