El año 2018, el papa Francisco dio a conocer su exhortación apostólica “Gaudete et exsultate”, en
la que profundiza sobre el llamado a la santidad en el mundo actual. En ese texto, el Pontífice nos
recuerda algo esencial: los santos y las santas no son unos personajes de otro mundo. “Todos
estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las
ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”.
En efecto, el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, es
decir, en la comunidad de la Iglesia. Dios nos santifica y nos salva constituyendo un pueblo, no en
forma aislada o individual.
Dice el papa Francisco: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que
crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su
casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para
seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante”.
Podemos admirar las virtudes de los santos en la historia. Pero también podemos dejar que la
gracia de nuestro Bautismo fructifique en cada uno nosotros en un camino de santidad. Nos invita
Francisco: “Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por Él, elige a Dios una y otra vez. No
te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el
fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida”.
Por eso debemos recordar que no todo lo que dice ni todo lo que hace un santo es auténtico,
perfecto o plenamente fiel al Evangelio. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su
camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo.
¿Qué santidad reconoció la Iglesia en Teresa de Los Andes? Esto expresaba el papa Juan Pablo II el
día en que fue canonizada: “A una sociedad secularizada, que vive de espaldas a Dios, esta
carmelita chilena, que con vivo gozo presento como modelo de la perenne juventud del Evangelio,
ofrece el límpido testimonio de una existencia que proclama a los hombres y mujeres de hoy que
en el amar, adorar y servir a Dios están la grandeza y el gozo, la libertad y la realización plena de la
criatura humana. La vida de la bienaventurada Teresa grita quedamente desde el claustro: ¡Sólo
Dios basta!”
¿Qué santidad reconoció la Iglesia en Alberto Hurtado? Así lo resumía el papa Benedicto XVI en su
misa de canonización: “quiso identificarse con el Señor y amar con su mismo amor a los pobres (…)
dejarse conquistar por Cristo, siendo un verdadero contemplativo en la acción. En el amor y
entrega total a la voluntad de Dios encontraba la fuerza para el apostolado (…) En su ministerio
sacerdotal destacaba por su sencillez y disponibilidad hacia los demás (…). Al final de sus días,
entre los fuertes dolores de la enfermedad, aún tenía fuerzas para repetir: «Contento, Señor,
contento», expresando así la alegría con la que siempre vivió”.
Preguntémonos hoy: ¿Conozco personas que viven cotidianamente el amor de Cristo en una vida
de santidad? ¿Me veo yo recorriendo un camino de santidad en mi vida cotidiana?
Entre la asamblea de los santos, resplandecen los mártires, que han ofrendado su vida como
testimonio de amor a Dios. La palabra mártir significa “testigo”. El martirio es el supremo
testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da
testimonio de Cristo, muerto y resucitado, a quien está unido por la caridad. Soporta el dolor y la
muerte mediante un acto de fortaleza.
El mártir simboliza y testifica la victoria de la vida sobre la muerte, reviviendo sobre su propia piel,
en su propia carne, la pasión de Jesús, soportando sufrimientos indecibles con plena conciencia de
que el consuelo del amor de Dios aligerará todo tormento. Con total confianza y amor
conmovedor, los santos mártires se entregaron a las manos de sus verdugos, en muchos casos
incluso perdonándolos en el mismo momento de su extremo suplicio.
Nos parece dramática la muerte de un mártir, un sacrificio doloroso. Sin embargo, en muchos
mártires resplandece una alegría en querer sacrificarse en nombre de Dios y de la propia fe: una
especie de impulso irrefrenable, imparable, un anhelo de amor que ningún hombre, por cruel que
sea, puede detener, que ningún tormento puede amortiguar.
Los primeros en ser definidos como santos mártires fueron los apóstoles, testigos de la vida y obra
de Jesús, perseguidos y asesinados por haber traído su Palabra al mundo. Posteriormente se
definieron así todos los hombres y mujeres que, habiendo vivido demostrando fe y devoción,
fueron perseguidos y asesinados por no querer renunciar a sus convicciones.
Juan Bautista, último profeta del Antiguo Testamento y apóstol de Jesús, culminó su vida con el
martirio, al ser decapitado por el capricho de una muchacha. El protomártir de la Iglesia, es decir,
el primer mártir de la comunidad seguidora de Cristo resucitado, fue el diácono Esteban, quien fue
lapidado tras proclamar su fe. Otro diácono martirizado fue Lorenzo, que entregó su vida al ser
quemado en una parrilla por vivir la solidaridad cristiana con los pobres de su tiempo.
Santa Inés, protectora de las jóvenes, novias y vírgenes, fue degollada con una espada, y san
Sebastián, después de haber sobrevivido a las innumerables flechas que recibió su cuerpo, fue
azotado y arrojado en una cloaca. Estos últimos, como santa Lucía y muchos otros cristianos,
fueron perseguidos y condenados a muerte por el emperador romano Diocleciano.
En esta persecución se inscribe el martirio de san Expedito. Según la tradición, cuando tomó la
decisión de hacerse cristiano, un cuervo le gritó “cras, cras, cras”, que en latín significa “mañana”.
Pero el valiente joven respondió: “hodie, hodie, hodie”, es decir “hoy”, y aplastó al tentador.
Expedito fue martirizado, por flagelación y decapitación, un día como hoy, el 19 de abril del año
303, en la ciudad de Melitene, en Capadocia.
San Expedito respondió sin demora al llamado del Señor y nos anima a no postergar para mañana
nuestra propia conversión. Junto a todos los santos y santas de la Iglesia nos recuerdan que la
santidad no es un privilegio reservado a seres superiores, sino un camino cotidiano que todos
podemos vivir de la mano de Jesús.
Como nos exhorta el papa Francisco: “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida
o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel
a tu propio ser. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra
propia dignidad”.
¡San Expedito, mártir de Cristo, ruega por nosotros