TEXTO EBAU ARISTÓTELES
Si uno observa desde su origen la evolución de las cosas, también
en esta cuestión, como en las demás, podrá obtener la visión más
perfecta. En primer lugar, es necesario que se emparejen los que no
pueden existir uno sin el otro, como la hembra y el macho con vistas
a la generación (y esto no en virtud de una decisión, sino como en
los demás animales y plantas; es natural la tendencia a dejar tras de
sí otro ser semejante a uno mismo), y el que manda por naturaleza y
el súbdito, para su seguridad. En efecto, el que es capaz de prever
con la mente es un jefe por naturaleza y un señor natural, y el que
puede con su cuerpo realizar estas cosas es súbdito y esclavo por
naturaleza; por eso al señor y al esclavo interesa lo mismo.
Así pues, por naturaleza está establecida una diferencia entre la mujer y el esclavo (la naturaleza
no hace nada con mezquindad, como los forjadores el cuchillo de Delfos, sino cada cosa para un
solo fin. Así como cada órgano puede cumplir mejor su función, si sirve no para muchas sino
para una sola). Pero entre los bárbaros, la mujer y el esclavo tienen la misma posición, y la causa
de ello es que no tienen el elemento gobernante por naturaleza, sino que su comunidad resulta de
esclavo y esclava. Por eso dicen los poetas:
entendiendo que bárbaro y esclavo son lo mismo por naturaleza. Así pues, de estas dos
comunidades la primera es la casa, y Hesíodo dijo con razón en su poema:
Pues el buey hace las veces de criado para los pobres. Por tanto, la comunidad constituida
naturalmente para la vida de cada día es la casa, a cuyos miembros Carondas llama “de la misma
panera”, y Epiménides de Creta “del mismo comedero”. Y la primera comunidad formada de
varias casas a causa de las necesidades no cotidianas es la aldea. […]
[…] La comunidad perfecta de varias aldeas es la ciudad, que tiene ya, por así decirlo, el nivel
más alto de autosuficiencia, que nació a causa de las necesidades de la vida, pero subsiste para el
vivir bien. De aquí que toda ciudad es por naturaleza, si también lo son las comunidades
primeras. La ciudad es el fin de aquellas, y la naturaleza es fin. En efecto, lo que cada cosa es,
una vez cumplido su desarrollo, decimos que es su naturaleza, así de un hombre, de un caballo o
de una casa. Además, aquello por lo que existe algo y su fin es lo mejor, y la autosuficiencia es,
a la vez, un fin y lo mejor.
De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por
naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o
un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero vitupera:
porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el
juego de damas.
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La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal
gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el
único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso poseen
también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de
placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es manifestar lo conveniente y lo perjudicial,
así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales:
poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y
la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.
Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es
necesariamente anterior a la parte. En efecto, destruido el todo, ya no habrá ni pie ni mano, a no
ser con nombre equívoco, como se puede decir una mano de piedra: pues tal será una mano
muerta.
Todas las cosas se definen por su función y pos sus facultades, de suerte que cuando estas ya no
son tales no se puede decir que las cosas son las mismas, sino del mismo nombre. Así pues, es
evidente que la ciudad es por naturaleza y es anterior al individuo; porque si cada uno por
separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en
relación con el todo. Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia
suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios.
En todos existe por naturaleza la tendencia hacia tal comunidad, pero el primero que la
estableció fue causante de los mayores beneficios. Pues así como el hombre perfecto es el mejor
de los animales, así también, apartado de la ley y de la justicia, es el peor de todos.
La injusticia más insoportable es la que posee armas, y el hombre está naturalmente provisto de
armas al servicio de la sensatez y de la virtud, pero puede utilizarlas para las cosas más opuestas.
Por eso, sin virtud, es el ser más impío y feroz y el peor en su lascivia y voracidad. La justicia,
en cambio, es un valor cívico, pues la justicia es el orden de la comunidad civil, y la virtud de la
justicia es el orden de la comunidad civil, y la virtud de la justicia es el discernimiento de lo
justo.