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Luminaria

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En un valle rodeado de montañas cubiertas de neblina, existía un pequeño pueblo

llamado Luminaria. Sus habitantes llevaban una vida sencilla, marcada por las
estaciones y el ritmo del río que atravesaba la región. Allí no había grandes edificios
ni mercados bulliciosos, pero sí una profunda conexión con la tierra y con las
historias que pasaban de generación en generación.
Entre los pobladores destacaba una anciana llamada Clara, conocida por su
sabiduría y por las tardes en que reunía a los niños bajo un roble centenario.
Siempre decía que los cuentos guardaban la memoria de los pueblos y que, sin
ellos, las personas olvidarían quiénes eran. Sus relatos no hablaban de héroes
poderosos ni de batallas sangrientas, sino de valores pequeños y cotidianos: la
paciencia de sembrar, la generosidad de compartir, el respeto a la naturaleza.
Uno de sus relatos favoritos era el de un colibrí que, durante un incendio en el
bosque, transportaba gota tras gota de agua para intentar apagar las llamas. Los
demás animales lo observaban y se reían de él, pues su esfuerzo parecía
insignificante frente al fuego descomunal. Pero el colibrí respondía siempre lo
mismo: “Hago mi parte”. Clara solía mirar a los niños después de contar esa historia
y añadir: “Nadie es demasiado pequeño para marcar la diferencia”.
El tiempo pasó y aquel pueblo, que parecía olvidado del mundo, tuvo que
enfrentarse a una sequía prolongada. El río que antes corría generoso comenzó a
secarse, y las cosechas peligraban. Algunos habitantes se resignaron, otros
pensaban en marcharse, pero los más jóvenes recordaron los cuentos de Clara y
decidieron unirse para cavar canales, almacenar agua de lluvia y cuidar con esmero
lo poco que quedaba. El trabajo fue lento, agotador, pero cada uno aportó lo que
podía: unos fuerza, otros ideas, y algunos simplemente la voluntad de no rendirse.
Con los meses, el esfuerzo dio frutos. Los cultivos sobrevivieron y el pueblo
también. Entonces todos comprendieron el sentido del relato del colibrí: no importa
lo pequeño de una acción si nace de la voluntad de hacer el bien.
Desde entonces, Luminaria se transformó. La gente dejó de pensar solo en el
presente y aprendió a cuidar los recursos, a planear para el futuro y, sobre todo, a
valorar el poder de la cooperación. Y aunque Clara ya no vivía, su legado
continuaba en cada historia repetida bajo el roble y en cada gesto de solidaridad
entre los vecinos.

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