Filosofía vivida y formación crítica:
enseñar y aprender desde la territorialidad.
Joshua Nicolas Rincon Dulcey
Universidad Pedagógica De Colombia
Introducción
Comprender nuestro tiempo y lugar no implica solo mirar hacia atrás en busca de herencias pasadas,
sino sobre todo abrirse a la posibilidad de un pensamiento que surja desde la experiencia misma. Esta
apertura no se enmarca en una simple sucesión de hechos, sino en la conciencia de que somos
partícipes de una realidad cargada de sentido y posibilidades. En este marco, la filosofía cobra vida
cuando se convierte en una práctica existencial y no en un simple repertorio de teorías. En el contexto
educativo colombiano, esta forma de hacer filosofía plantea retos particulares, pues se enfrenta a una
estructura institucional que muchas veces privilegia la utilidad inmediata sobre la reflexión profunda.
A pesar de ello, es posible enseñar y vivir la filosofía desde una pedagogía crítica y encarnada en la
experiencia. Esta reflexión propone abordar la práctica filosófica como una experiencia viva, situada
en el marco educativo colombiano, donde la formación crítica es una apuesta necesaria frente a un
sistema que no fomenta el pensamiento autónomo.
Desarrollo
Hacer filosofía es mucho más que estudiar historia del pensamiento: es implicarse con las grandes
preguntas, dejarse afectar por ellas y, sobre todo, responder desde la propia situación. La filosofía
necesita ser vivida. Esto implica una disposición singular de apertura, de asombro, de deseo de
comprender. El aula se convierte así en un espacio privilegiado, no tanto para la transmisión de
información, sino para la formación de sujetos críticos, capaces de pensar por sí mismos. Esta
vivencia filosófica es inseparable de un compromiso con la realidad y con la pregunta por el sentido
del mundo que habitamos.
En Colombia, donde la educación ha estado marcada por la desigualdad y la instrumentalización del
conocimiento, esta tarea es particularmente urgente. El sistema educativo, permeado por lógicas de
evaluación estandarizada y competencias mercantilizadas, deja poco espacio para el pensamiento
crítico. Enseñar filosofía en este contexto es un acto de resistencia. El maestro no debe limitarse a
explicar conceptos ni a repetir sistemas filosóficos cerrados, sino que debe invitar al estudiante a
filosofar, a descubrir en sí mismo la capacidad de interrogar y de comprender. Esta actitud formativa
choca de frente con una visión tecnocrática de la educación que reduce el saber a su rentabilidad,
desconociendo su potencia transformadora.
Por ello, la práctica docente en filosofía debe apelar a una pedagogía que abrace la incertidumbre, el
asombro y el diálogo como ejes fundamentales del proceso formativo. Esta pedagogía se alimenta del
contacto con los grandes textos filosóficos, pero también de la reflexión situada, de las experiencias
cotidianas, de las preguntas que surgen en medio del conflicto y del deseo de justicia. La filosofía no
puede ser ajena a los contextos de exclusión, violencia y precariedad que atraviesan el país. Por el
contrario, debe ofrecer herramientas para pensar estos problemas y para imaginar otros mundos
posibles.
La universidad, y en particular espacios como la Universidad Pedagógica Nacional, encarnan esta
posibilidad de una formación distinta. Allí se reúnen los textos fundamentales, los maestros y los
condiscípulos que constituyen una auténtica "República de los Espíritus": una comunidad de
pensamiento vivo, que no se reduce a un canon, sino que se despliega como un horizonte compartido
de búsqueda y de diálogo. Este espacio es tanto físico como simbólico; es un lugar donde la filosofía
se hace presente como ejercicio de libertad. No se trata de memorizar contenidos, sino de habitar el
pensamiento, de dejarse transformar por él. La filosofía, así entendida, no busca formar especialistas
sino sujetos capaces de pensar con rigor, sensibilidad y compromiso.
En este proceso formativo, el rol del maestro es central. Su función no es la de imponer verdades,
sino la de guiar con pasión, honestidad intelectual y apertura. El maestro filosófico no teme las
preguntas sin respuesta ni la complejidad, sino que las abraza como parte del camino. La filosofía se
aprende en el encuentro con los textos, con los otros y con uno mismo. Métodos rigurosos como la
fenomenología permiten regresar a la experiencia y desentrañar sus estructuras, lejos de las
abstracciones vacías. La fenomenología, al exigir una descripción rigurosa y suspendida de prejuicios,
permite acceder a la riqueza de lo vivido, convirtiéndose en una herramienta poderosa para una
filosofía que se hace desde la experiencia.
Desde esta perspectiva, la enseñanza de la filosofía se aleja de una visión meramente académica o
profesionalizante. Se trata, más bien, de una práctica formativa que compromete la totalidad del
sujeto. Las grandes obras, como la Crítica de la Razón Pura o las Meditaciones Metafísicas, no son
sólo objetos de estudio, sino interlocutores en un diálogo vivo. La traducción, la interpretación, la
discusión y la confrontación son actos fundamentales en esta experiencia. Estas actividades no son
ejercicios técnicos sino encuentros transformadores con la tradición filosófica. Cada texto leído, cada
idea debatida, se convierte en una ocasión para repensarse, para cuestionar lo establecido, para
construir comunidad.
Incluso en la era digital, donde las herramientas tecnológicas como la inteligencia artificial
intervienen en los procesos de escritura y reflexión, el sentido profundo del filosofar no se pierde si
el pensamiento, el juicio y la experiencia son propios. Redactar un ensayo con ayuda técnica no
despoja al autor de su responsabilidad ni de su creatividad, siempre que las ideas centrales, la tesis,
el enfoque y la experiencia sean personales. En ese sentido, la filosofía sigue siendo una tarea singular
e intransferible. Las tecnologías pueden ser aliadas si se integran de manera crítica y reflexiva, sin
sustituir la experiencia ni la responsabilidad del pensar.
Esta comprensión de la formación filosófica como una experiencia que se vive y se comparte desafía
también las lógicas individualistas que dominan gran parte del ámbito académico. La filosofía no es
un ejercicio solitario de genialidad, sino una práctica comunitaria, tejida en el diálogo, en el disenso,
en el reconocimiento del otro como interlocutor. Pensar juntos, leer en voz alta, escribir en colectivo,
son formas de resistir la fragmentación del saber y de afirmar la potencia política del pensamiento.
Esta comunidad filosófica no es homogénea ni está libre de tensiones, pero es precisamente en el
conflicto y en la diferencia donde se abre el espacio para el pensamiento vivo.
En el contexto colombiano, marcado por la desigualdad social, la violencia estructural y la crisis de
sentido, la filosofía puede ofrecer un espacio para recomponer la palabra, para recuperar la dignidad
del pensamiento, para imaginar futuros posibles. La formación filosófica no puede ser neutra ni
indiferente. Debe implicarse con la realidad, con sus urgencias, con sus heridas. Esto no significa
reducir la filosofía a la denuncia o al activismo, sino reconocer que pensar es también un acto ético y
político. Enseñar filosofía en Colombia hoy es contribuir a formar sujetos capaces de resistir la
banalización del pensamiento, de cuestionar las lógicas del poder, de buscar sentido en medio de la
incertidumbre.
Además, es necesario que esta formación no se limite al ámbito universitario. La filosofía debe
descender a otros niveles del sistema educativo y a otros espacios sociales. La escuela, el colegio, la
comunidad, el barrio son también escenarios posibles para una pedagogía filosófica. Se trata de llevar
el pensamiento donde más se necesita, de abrir preguntas allí donde se imponen respuestas
automáticas, de sembrar dudas donde reina la certeza dogmática. Esta democratización del
pensamiento filosófico es una tarea pendiente, pero profundamente necesaria para una sociedad más
justa y libre.
La apuesta por una filosofía vivida en el territorio de donde pertenezco requiere, entonces, de un
compromiso ético con la formación. Los maestros deben ser modelos de coherencia, de sensibilidad,
de búsqueda. La enseñanza de la filosofía no puede separarse de la vida del maestro, de su testimonio,
de su capacidad de escucha, de su apertura al otro. Esta exigencia humaniza la práctica docente y la
aleja de una función meramente técnica. En un sistema que premia la eficiencia, la rapidez y la
estandarización, el maestro de filosofía encarna otra lógica: la del tiempo lento, la del cuidado, la del
sentido.
Conclusión
La filosofía, cuando se vive y se enseña desde la experiencia, se convierte en una forma de resistir la
alienación del sistema educativo y de abrir espacios para el pensamiento crítico. En Colombia, donde
las condiciones muchas veces son adversas, esta tarea es tanto más necesaria como más desafiante.
Sin embargo, es en esta dificultad donde también se encuentra la oportunidad: la de formar sujetos
libres, capaces de pensar y de transformar su mundo. La filosofía, entonces, no es un lujo ni un saber
estéril, sino una necesidad vital. Y enseñarla, en este contexto, es un acto profundamente político y
pedagógico. Se trata de sembrar pensamiento en medio de la prisa, de abrir preguntas donde se exige
obediencia, de habitar el aula como un espacio de libertad. En última instancia, formar en filosofía es
formar para la vida: una vida pensada, sentida y compartida en comunidad.