Tartarus Nicks
Tartarus Nicks
Sus piernas se movían sin parar, esquivando cualquier cosa que tratara de
interponerse en su camino y derrapando por el suelo lleno de pequeños cristales,
evitando cosas que no sabía qué eran; no podía verlas bien por la extraña niebla
que había.
Todo su cuerpo dolía, por alguna razón que no sabía, y le costaba moverse con
la normalidad con la que lo haría. El aire estaba enrarecido, tenía un olor metálico
mezclado con una pizca de polvo y cenizas. Le recordaba a muchas cosas, por
supuesto, todas desagradables, dolorosas, horribles; aterradoras. Sus
pensamientos eran tan caóticos y confusos que no podía concentrarse en ellos,
tenía que ignorarlos y dejarse guiar por sus instintos.
Un rugido tronó a sus espaldas y puso todos sus vellos de punta. El impulso de
girarse sobre su hombro para ver qué demonios lo estaba persiguiendo era muy
grande, pero su sentido de la supervivencia estaba alterado, a tope, demasiado
sensible y activo; si se giraba, si se atrevía a mirar, estaría perdido.
—¡No puedes huir, brujo del caos! —escuchó una voz potente femenina
resonando en todo el lugar.
Siempre era lo mismo con sus hermanes, se dormían muy tarde por estar
practicando magia o pociones y luego llegaban tarde a sus lecciones. Quirón estaba
cansado de regañarlo, pues era el capitán y el responsable; pero Nicks hacía oídos
sordos. No iban a cambiar sus prácticas mágicas por lecciones de historia, ¿qué
sentido tenía? Se sabían los mitos al derecho y al revés.
Esperó a sus hermanes sentado en uno de los sillones comunes después de
haberse aseado, analizando cada pequeño detalle de su cabaña. Hécate le había
puesto un hechizo expansor para que tuvieran sus propias habitaciones, su zona
común y un sótano. Podía ser una madre ausente, pero al menos les había dado
comodidades.
Su novia había salido hacía una semana de misión. No le había dado detalles,
pero, al parecer, era un encargo muy importante de su madre Atenea. Había
intentado acompañarla, pero Ari le había lanzado esa mirada mandona tan típica de
los hijos de Atenea y le tocó desistir de su deseo. Era una chica muy orgullosa y
mandona, cumpliría su misión ella sola, como su madre le había pedido y ordenado.
Nicks no había podido dormir bien en toda la semana. Ya le costaba antes, pero
aquellos siete días habían sido los peores de su vida.
—Seguro que le ha ido bien —Chris apoyó una mano en su hombro y le dio un
apretón.
Iba a decir algo más cuando un grito proveniente de sus hermanes pequeñes los
alertó. Ambos se miraron antes de salir corriendo hacia el pabellón comedor, donde
tanto Tam como Belana veían asustades un punto en concreto. Parecían no ser les
úniques que tenían la misma reacción, pues más lejos de elles estaban unos
cuantos de Dionisio consternados y murmurando entre ellos.
Christine fue la primera en llegar, tomando por los hombros a Tam y abriendo los
ojos al ver lo que ocurría. Nicks se preocupó. ¿Qué estaba pasando como para que
Chris, quien siempre se mantenía serena, perdiera la tranquilidad?
La cabaña seis, los hijos de Atenea, estaban rodeando una estatua, gritando
cosas que no lograban ser procesadas por su cerebro. Las facciones asustadas de
la estatua y los rizos atados en una coleta alta delataban claramente quién era la
persona petrificada.
La chica le devolvió la mirada, tan fría pero peligrosa como solo ella sabía ser.
Sus ojos de plata lo observaban con un pequeño brillo inseguro, como si dudase de
responder a su pregunta o alejarlo de su hermana.
Se separó despacio, su mente yendo a mil por hora, repasando cada libro de
magia que conocía, que había leído, buscando hechizos, conjuros, rituales;
cualquier cosa que pudiera devolver a su novia a la normalidad. Cualquier cosa que
pudiera salvar a Ari.
—¿Qué misión tenía? —escuchó que Adrien, uno de los hermanos de Ari, le
preguntaba a Eris.
Mientras Quirón llegaba y ponía orden, Nicks retrocedió los pasos andados, su
espalda tensa como la cuerda de un arco y su semblante serio. Estaba decidido a
solucionar aquello, no pensaba dejar a su novia así. Los dioses iban a tener que
escucharlo.
—Quedas a cargo hasta que vuelva, asegúrate de cuidar a Bel y Tam —le
murmuró a Chris pasando por su lado.
—¿A dónde te crees que vas? No hagas nada de lo que te vayas a arrepentir
después —preguntó.
Con eso último dicho, se soltó del agarre de su hermana y volvió a su cabaña.
Preparó una pequeña mochila con un hechizo amplificador en su interior y metió
vendas, una bolsa de dracmas, pociones y algunas cosas más. Guardó su daga de
bronce celestial en la funda de su muslo y ocultándose con la niebla, salió del
campamento asegurándose de que ningune de sus hermanes, o algún hijo de
Hypnos, pudiera verlo.
Se subió sin pensárselo dos veces y les lanzó tres dracmas de oro.
—Tu destino es muy oscuro, brujo del caos —murmuró, por fin, una de las
hermanas.
Sus manos se entrelazaron sobre su regazo y entrecerró los ojos. Las Grayas
eran conocidas por saber todos los secretos del mundo. Si jugaba bien sus cartas,
podría encontrar respuestas a muchas de sus dudas y misterios. Sintió el hambre de
conocimiento, la curiosidad reptando por su pecho y una sonrisa le adornó los
labios.
—Tu misma existencia es una aberración en este mundo y lo sabes —lo cortó la
que conducía.
Si bien nunca era buena idea ofender a los dioses, a Nicks no podía importarle
menos en aquel momento. Se había despertado hacía, como mucho, media hora; su
novia estaba convertida en piedra por culpa de la idiota de su madre e iba de
camino a su muerte segura solo para intentar salvarla. ¿Qué más daba que los
ofendiera un poco? ¿O que les devolviera todo el dolor que le habían causado?
El taxi se detuvo delante de las puertas del Empire State Building con un frenazo
en seco. Las Grayas se giraron con expresiones furiosas, frunciendo los ceños y
siseándole como si fueran unas serpientes.
—Estás buscando tu ruina, brujo del caos. ¡Tu destino está condenado al
sufrimiento eterno! —gritaron.
Salió del taxi dando un portazo y se encaminó al interior del edificio. Unos
truenos comenzaron a sonar alarmando al recepcionista, que cuando lo vio, se
quedó pálido. Cualquier criatura semidivina, ya fuera una deidad o un monstruo,
sabía quién era. Los chismes volaban rápido por el mundo inmortal.
—Quiero subir al Olimpo —el hombre intentó negárselo, pero el brillo de su daga
adornando su muslo lo dejó mudo—. ¿Creías que era una petición o una pregunta?
Es una orden. Ábreme el maldito ascensor si no quieres que te mande al Hades.
Tembloroso, apretó el botón que abría las puertas del ascensor y vio como el
semidiós se dirigía hacia allí. Zeus iba a castigarlo, pero prefería un castigo suyo
que la muerte a manos de aquel monstruo.
La vista del Olimpo lo habría dejado sin palabras en otra ocasión. Las calles de
piedra, las monumentales casas y templos, las fuentes y los parques en las zonas
comunes. Annabeth Chase se había lucido reconstruyendo la ciudad olímpica. Nicks
se anotó mentalmente ir a visitarla cuando tuviera tiempo, si es que sobrevivía a la
imprevista reunión.
—¿¡Quién te crees que eres, hijo de Hécate!? —la voz de Zeus resonó desde el
salón del trono.
Aún estaba a varios metros del lugar, pero podía escuchar a la perfección los
reclamos, las exigencias y las maldiciones que soltaban los dioses respecto a su
persona.
Pensó sarcástico.
Tal vez estaba condenado a no poder rebelarse en su contra para siempre, pero
eso no significaba que no pudiera decirles hasta de lo que se iban a morir, fueran o
no inmortales.
—¿Quién te crees que eres para exigirme algo a mí, vulgar semidiós?
—murmuró seria, alzando el mentón con esa altanería que ya había visto antes.
—El mismo al que teméis tanto que tuvisteis que atarme con cadenas por miedo.
Devuelve a Ariadna a la normalidad.
—¿Acaso te he hablado a ti, Hera? No, así que no metas tus narices en cosas
que no te incumben de ninguna de las maneras.
Ignoró a la voz femenina de su cabeza y apretó con más fuerza los puños. Su
garganta ardía deseosa de decirles todas sus verdades, de maldecirlos y lanzarles
algún hechizo de magia negra que los hiciera temer de verdad de él. Quería
mostrarles hasta dónde era capaz de llegar solo por amor.
La diosa se mantuvo en silencio dos segundos exactos antes de que una sonrisa
arrogante y maliciosa se formara en su rostro. Nicks entrecerró los ojos y colocó su
mano cerca de su daga preparado para defenderse, nunca se sabía qué podía
pasar cuando se trataba de los dioses. Eran tan impredecibles como los monstruos,
tal vez porque, a sus ojos, eran lo mismo. Los dioses no eran en absoluto diferentes
a los monstruos, solo eran más sutiles, pero seguían siendo lo mismo: seres
egoístas, altaneros y narcisistas que solo buscaban su propio disfrute y
entretenimiento a costa de los demás.
Pero a los dioses se les olvidaba lo extremistas que podían llegar a ser los
mortales cuando amaban a alguien.
—No te atrevas —una voz diferente, conocida, femenina y potente sonó a sus
espaldas, en la puerta del salón del trono—, ni siquiera lo pienses.
Se giró, sus ojos verdes chocando contra aquellos tan similares y parecidos a los
suyos. Las chispas volaron y el choque de magia hizo que el ambiente se tensara
más de lo que ya estaba. Hécate estaba allí, su expresión severa y mordaz,
peligrosa, amenazante; lista para sacarlo del cabello y devolverlo al maldito
campamento del que había escapado.
—No tienes voz ni voto en mi vida, así que no molestes —le respondió, su voz
sonando tan filosa que, por un instante, los dioses temieron que se lanzara contra la
diosa de la magia y la atacara.
—No vas a hacer que todo mi esfuerzo haya sido un desperdicio de tiempo.
Atenea lo miró entrecerrando sus ojos, debatiendo si era prudente hacer aquella
promesa o no. Confiaba en que el muchacho no saldría con vida, Nicks podía
saberlo solo con observarla; pero desconfiaba de la tranquilidad que tenía, de la
seguridad de sus ojos.
—Si esa es tu decisión, no hay por qué alargarla más. Hazte cargo de las
consecuencias de tus actos, niño —le dijo, momentos antes de que el suelo
terminara por romperse.
No supo cuánto tiempo estuvo cayendo, tal vez horas, tal vez días o semanas;
no lo sabía, pero tampoco le importaba. Su cabeza no podía concentrarse en nada
más que en los gritos agónicos que sonaban en sus oídos, en las risas estridentes,
las voces que le decían cuánto tiempo habían estado esperándolo, ansiosos de
poner sus manos en él, de torturarlo hasta la muerte.
Era una cacofonía de voces, todas diferentes y a la vez tan similares que le
helaron la sangre. La sensación de vacío en su estómago lo mareaba y el frío de la
muerte, el frío del inframundo, se colaba entre sus ropas, erizándole la piel y
asentándose en sus huesos. El olor que se adentraba por su nariz conforme caía
cada vez más alertó todos sus sentidos.
Había soñado que estaba en el Tártaro, y solo un rato después estaba cayendo
directamente en él. Olía a sangre, a abandono y a fuego, a guerras y muertes, a
destrucción y caos; a todos sus recuerdos tormentosos.
Recordó aquella charla que había tenido con Percy y Annabeth sobre el pozo de
mala muerte del inframundo hacía varios meses atrás, cuando descubrieron que
estaba vivo y fue a visitarlos para hablar. Ambos habían insistido en contárselo
porque sabían su peligrosa situación, como si alguien les hubiera dicho que él
caería tarde o temprano en el Tártaro. No se habían dejado ningún mísero detalle,
incluso habían intentado dibujarle un mapa, pero claramente no había sido nada
fructífero. Habían llegado a hacer una llamada Iris exprés al matrimonio Di
Angelo-Solace para que Nico y Will le hablaran también del inframundo.
Nicks ya sabía muchas de las cosas que le contaron, había leído tantos libros y
hablado con tantos fantasmas que él sí se creía capaz de crear un mapa del
inframundo y todas sus zonas. Podía complementar toda aquella información con lo
que le había contado los matrimonios Jackson-Chase y Di Angelo-Solace.
Sus ojos comenzaron a ver como la oscuridad absoluta del agujero se aclaraba
poco a poco, algo rojizo había al fondo, de un tono carmesí oscuro, como si fuera
sangre. Las voces en sus oídos rugieron totalmente emocionadas, extasiadas y
desesperadas por tenerlo delante. Lo estaban esperando, lo sabía incluso si no
había llegado a ver nada aún. Su cuerpo reaccionaba ante el peligro, y todos sus
sentidos le estaban gritando “Muerte”.
No, pensó, no voy a morir aquí porque tengo una chica a la que salvar.
Sus ojos brillaron de aquel tono rojizo que tanto lo caracterizaba y sus manos se
rodearon de su bruma roja como la sangre. Tapó la mitad inferior de su rostro y
cerró los ojos aguantando la respiración, usando su magia para tratar de protegerse
de las nubes tóxicas que iba a atravesar.
El hedor fétido de las nubes casi le hizo toser, pero resistió el picor de su
garganta y siguió sin respirar, esperando a que terminara de atravesarlas. Unos
segundos después, el calor infernal del Flegetonte lo golpeó, pero el río no estaba
cerca de él. Los rugidos eufóricos le hicieron abrir los ojos, encontrándose a todo un
ejército de monstruos esperándolo en el suelo. Gigantes, Empusas, el Minotauro,
Aracne… incluso podía ver a los fantasmas atrapados allí abajo, convertidos en
manías después de tanto tiempo encerrados.
Se impulsó con sus pies para lanzarse hacia Aracne, cortando dos de sus patas
de araña sin darle tiempo a reaccionar, para después rajar todo su vientre, de punta
a punta, dejándola agonizando del dolor. Sus sentidos lo alertaron cuando un perro
del infierno intentó abalanzarse sobre él, pero se agachó antes de ser atacado y lo
mandó a volar de una patada en la mandíbula.
Entró en ese estado cruel e inhumano del que tanto le había costado salir
después de la guerra contra Kronos.
Ignoró cualquier dolor que su cuerpo pudiera sufrir, ignoró las voces de su
cabeza y también los gritos agónicos, rabiosos o temerosos de los monstruos a los
que se estaba enfrentando. Ellos habían querido ir a por su cabeza, debían atenerse
a las consecuencias de enfrentarlo.
—¡Eres un monstruo! ¡Una aberración de la naturaleza! ¡Un error! ¡Un monstruo!
—le rugió Aracne, todavía recuperándose en el suelo, al ver la masacre que estaba
haciendo.
Nicks se giró, su daga atravesando el ojo de una empusa a la que tenía cogida
por el cuello, asfixiándola y robándole la visión. Sus orbes verdes brillaban con ese
color escarlata que tanto parecía atemorizar a los inmortales. Aracne creyó que ya
no era un semidiós, sino que estaba delante de un demonio, uno tan cruel e
inhumano que jamás podría volver a ser un mortal.
—¿Has terminado de llorar y berrear como una niña pequeña? Porque estoy muy
ocupado por aquí.
Rotó su cuello hacia los lados haciéndolo crujir y volvió a lanzarse al ataque,
moviéndose con tanta fluidez y flexibilidad que parecía estar bailando break dance,
o ballet, o cualquier otro tipo de baile; no importaba cuál fuera, porque él estaba
acabando con todos los monstruos que se le ponían enfrente. Notaron que tenía
especial cizaña con las empusas, las hijas de su madre, Hécate, y el espíritu
Mormo.
—¡Somos medio hermanos! ¡No debes atacarme! —le suplicó una, intentando
embruja hablarlo, pero sin tener éxito.
Su magia del caos se estaba imponiendo por sobre el embruja habla, tapaba sus
oídos para no escucharlas y así contrarrestar el efecto mágico. Se agachó y rodó
por el suelo lleno de esquirlas evitando el azote de un gigante, usó su niebla para
camuflarse y le prendió fuego, a él y a otros monstruos más que estaban cerca.
—Mis úniques medio hermanes están muy lejos de este pozo de mala muerte
—respondió.
Aún se estaba regenerando el gran tajo que tenía en el vientre, ese que había
hecho justo en dirección a las glándulas de las que salía su tela de araña.
—Estás muerto, brujo del caos. ¿¡Me estás escuchando!? ¡Jamás saldrás de
este lugar con vida! ¡El Tártaro será tu tumba y sepultura! ¡Vagarás perdido en los
confines del inframundo! —rugió rabiosa.
Y, con eso dicho, murmuró un hechizo en latín que le prendió fuego al monstruo.
Admiró por unos segundos las llamas y disfrutó en silencio de los alaridos de dolor
hasta que desaparecieron. Todo quedó en un silencio tenso y extraño, como si el
Tártaro mismo hubiera enmudecido ante sus acciones.
Revisó su mochila buscando algún agujero, pero por suerte había sobrevivido.
Sacó un par de vendas y empezó a enrollarlas en sus brazos, cubriendo sus nuevas
y viejas heridas reabiertas. Se tomó una poción para acelerar la recuperación de sus
células y se puso en marcha, caminando durante horas en busca del Flegetonte.
Había sentido su calor mientras se precipitaba hacia el suelo, no debía estar muy
lejos.
Tampoco hacía caso de los pensamientos intrusivos que lo atacaban con fuerza,
cuestionando si acaso tenía la fuerza suficiente como para salir con vida de allí, si
alguien estaría preocupado por él, si su madre se arrepentía de haberle hecho tanto
daño, si al morir realmente se quedaría allí atrapado o iría al Hades, si Ari lo
perdonaría por la tremenda insensatez que estaba haciendo, si Chris lloraría su
muerte o se quedaría esperándolo.
No había nada que pudiera hacer que cayera en la trampa mental que suponía
estar en el Tártaro. No importaba qué tuviera que atravesar, a cuántos monstruos
tuviera que enfrentarse o cuánto dolor físico-mental debiera soportar, Nicks tenía
que volver a casa con su familia.
Tenía que salvar a Ari aún si eso significaba condenar su alma al vacío infinito.
El calor asfixiante que emanaba del Flegetonte comenzó a golpearlo con más
fuerza, agobiándolo y provocando que quisiera alejarse lo más rápido posible.
Nunca había llevado bien el calor, a él le gustaba más el otoño. Apretó la mandíbula
resistiendo el ambiente hirviente del río y suspiró arrodillándose en las orillas,
replanteándose la idea de beber de sus aguas de fuego. Tampoco le gustaba el
picante.
Tomando una profunda respiración recogió un poco de agua entre sus manos y
bebió, haciendo muecas y maldiciendo en mil idiomas diferentes su sabor. Sacó el
frasco de la poción que se había tomado y la lavó, asegurándose de que el agua de
fuego limpiara y purificara cualquier elemento químico y mágico que quedara en su
interior. Según los mitos, el Flegetonte era usado también para purificar y purgar los
pecados de las almas, usándose como tortura para aquellas que no se arrepentían
de verdad de sus malas acciones cometidas.
Retiró las vendas de sus brazos y las guardó en su mochila, podría reciclarlas
más tarde. Sacó una piedra pequeña y, usando alquimia, la transformó en un
pequeño paquete de galletas. Si hubiera podido la habría cambiado por carne, pero
no podía convertir un elemento natural en algo anteriormente vivo. Tendría que
aguantarse y conformarse hasta que pudiera encontrar algún ser vivo del Tártaro
comestible.
¿Damasén se habría regenerado ya? No había estado vivo cuando Nico y Will
bajaron al Tártaro, tal vez, si tenía suerte, podría ayudarle a escapar. Y si lo hacía,
Nicks le propondría irse con él.
Entonces una risa a sus espaldas puso todos sus vellos de punta. Una risa
femenina, dulce pero siniestra, desprendiendo terror absoluto a su alrededor y
congelando a todo ser vivo que estuviera cerca de su emisora. Todo su cuerpo se
tensó y su mano viajó hacia su daga, guardada en su funda, listo para defenderse;
pero una vibración extraña lo golpeó de lleno, resonando entre sus vasos
sanguíneos y recorriendo su interior, calando hondo en sus huesos.
La reconocía, esa extraña vibración era muy similar a su magia del caos. Y
pocos Protogenoi habitaban el Tártaro.
—Dulce y pequeño semidiós —la voz femenina a sus espaldas habló, inundando
su mente con imágenes de un profundo vacío, una noche eterna y sin límites;
Nyx—, llevo esperando mucho tiempo a que vengas.
Nicks podía sentir que se estaba acercando a él, aunque no escuchaba pasos ni
ningún sonido de arrastre. Un tacto frío e intangible rodeó sus brazos, rozando allí
donde minutos antes habían estado sus heridas. Eran unos tentáculos de sombras,
tan raros y sin consistencia que casi tuvo ganas de vomitar.
Sus oídos captaron la dulce y terrorífica risa que soltó Nyx, erizándole la piel y
trayendo a su memoria sus peores pesadillas. Estaba seguro de que no iba a poder
volver a dormir bien nunca.
Los captura la bandera, donde los hijos de Ares se ensañaban con él; los
hechizos de sangre que había intentado practicar cuando era un niño tonto e
inexperto; la batalla del laberinto, cuando mató por primera vez; la batalla de
Manhattan, donde volvió a matar, estuvo días enteros peleando sin cesar, vio morir
a muchos niños y donde perdió a sus hermanos; los monstruos que lo persiguieron
cuando salió del Lotus.
Fue lo primero que pensó cuando su lengua no pudo resistir más el impulso de
hablar. Creyó que Nyx iba ya a matarlo, a despedazarlo parte por parte o lanzarlo al
Caos para eliminar su existencia de una vez por todas, incluida su propia alma; pero
la primordial sólo volvió a reír, divertida con sus palabras.
—Casi había olvidado lo rebeldes que erais los brujos del caos —respondió, su
voz sonando melancólica—. Los dioses han cometido un error tremendo
infravalorándote y creyendo que morirías aquí nada más llegar, ¿no es así? Te
menosprecian, te tratan como a un perro encadenado y ni siquiera tienen la
decencia de dejarte en paz.
No podía rebatir o negar nada, porque estaba diciendo la pura verdad. Los
dioses no habían hecho más que atormentarlo y hacerlo sufrir sin parar, solo porque
existía, sólo porque había nacido con una magia que él no había elegido. ¿Qué
clase de compasivos dioses hacían eso? ¿Qué clase de madre podía torturar tanto
a su propio hijo?
Nicks no tenía madre, porque Hécate nunca se había preocupado de verdad por
él.
Entonces, una voz conocida resonó en sus oídos; una voz masculina, juguetona
y jovial que había sido su lugar seguro toda su vida, que lo había calmado cuando
los muertos lo atormentaban tanto que no podía dormir. Abrió sus ojos llenándose
de lágrimas al verlo allí, al lado de Nyx, con la misma ropa y la barba arreglada que
tenía la última vez que lo vio.
—Hola, hijo.
Nyx no tenía rostro, más que un par de bolitas de luz que conformaban sus ojos.
La zona que sería su rostro parecía un vacío infinito, como si no hubiera nada pero,
al mismo tiempo, estuviera todo allí. Su cuerpo estaba cubierto de lo que parecían
ser galaxias y estrellas, y las imponentes alas de su espalda estaban algo
replegadas, rodeando a su padre. Había encogido hasta ser poco más alta que él.
Sabía que no tenía que mirarle al rostro, que se traumaría tanto que no podría
volver a recuperarse, pero los ojos blancos y brillantes de la Protogenoi eran
demasiado atrayentes, como si lo estuviesen hipnotizando.
—¿Qué… Qué haces aquí? ¿Por qué estás aquí abajo? ¿¡Hécate te mandó
aquí!? ¿¡Por qué mierdas lo hizo!? —gritó, corriendo hacia su padre una vez los
tentáculos de sombras lo soltaron.
Rick estaba frío, pero podía entenderlo. Era un fantasma, los fantasmas siempre
estaban fríos, ya no tenían el calor de la vida en ellos. Lo abrazó con todas sus
fuerzas, enterrando su rostro en su cuello y dejándose arrullar por él. Sus brazos se
sentían familiares pero distantes al mismo tiempo.
—No importa cómo llegué, lo importante es que estoy aquí, contigo. Podemos
volver a estar juntos, mi niño.
—Solo tienes que prestarme tu magia, mi adorado brujo del caos, y podremos
vivir los tres juntos aquí, donde estarás a salvo y con tu padre. Nadie podrá volver a
lastimarte, ni a ti, ni a él.
Volver a estar con su padre, con su mayor adoración, con su héroe; despertar de
nuevo y verlo haciendo el desayuno; jugar a las peleas con él y frustrarse porque no
podía ganarle; quería volver a pasar tiempo con su papá. Entregar su magia era un
precio muy bajo, ni siquiera lo consideraba un verdadero sacrificio. Podía
deshacerse de aquello que tanto lo había condenado y le había causado dolor,
estaría a salvo lejos de la mano de los dioses, y volvería a estar con su padre. Era
un ganar-ganar.
Pero, entonces, ¿qué pasaría con Ari? ¿Qué ocurriría con ella? ¿Quién la
devolvería a la normalidad? ¿Quién la salvaría? ¿Y con Chris? ¿Qué sería de su
hermana? No podía abandonarla, no podía cometer el mismo error que con Lou.
¿Qué diría eso de él como hermano mayor? ¿Cómo podría vivir el resto de sus días
sabiendo que había abandonado a las dos mujeres de su vida?
Nicks no podía dejarlas, no podía cometer el mismo error solo por miedo a lo que
los dioses fueran a hacerle. Él no era un cobarde y, desde luego, no iba a fallarle a
su familia. Ni a su hermana ni a su novia.
—Te amo, papá; lamento tanto que hubieras muerto por mi culpa, no sabes lo
mucho que me odio y resiento por siquiera haber nacido. Eres mi héroe, la persona
a la que más he amado y querido en toda mi vida y te extraño todos los días; pero
no puedo hacerlo. Tú me enseñaste a querer —se separó de él lo suficiente como
para apoyar su mano en su mejilla y acariciarla, sonriendo con levedad por el
contacto áspero de su barba—, y tengo gente a la que quiero que me está
esperando en casa. Te amo, papá, pero ya estás muerto y nada ni nadie puede
cambiar eso.
Tal vez podría haber intentado huir por las puertas de la muerte de Thanatos,
pero estaba seguro de que el dios de la muerte no iba a ayudarlo a salir de allí.
Ningún dios lo iba a hacer, en realidad. Querían dejarlo morir y vagar toda su vida
por el pozo de mala muerte del inframundo, donde dejaban a los peores monstruos
y sus enemigos más peligrosos.
Puedo hacerlo, sé que puedo, porque tengo gente que me espera arriba, en
casa.
Se deslizó por una pendiente que le hizo más heridas, desgarrando sus
pantalones y dejando un rastro de sangre que le hizo soltar muchos gruñidos y
maldiciones. Sus piernas estaban llenas de cortadas profundas, no podría correr
con ellas; y los monstruos de Nyx estaban cada vez más cerca, volando en picada
hacia él.
Con una maldición saliendo de sus labios, se tomó el agua de fuego del
Flegetonte y se puso de nuevo en pie, volviendo a correr sin descanso. Sus
pulmones ardían por el aire tóxico y venenoso del Tártaro, su cuerpo dolía de los
pies a la cabeza y se sentía agotado, a punto de dejarse caer y ser arrastrado de
vuelta a la primordial de la noche. Su cabeza comenzó a replantearse, de nuevo,
por qué estaba haciendo todo aquello, por qué se estaba esforzando tanto en vez
de simplemente dejarse ser.
Pero sabía que eso era un efecto secundario de aquel lugar, que él realmente no
pensaba ese tipo de cosas. No paraba de repetírselo en su cabeza, de traer a su
mente el recuerdo de su familia, del mundo de los vivos, del Campamento Mestizo.
Tenía un lugar al que volver sin importar qué.
Más allá, a lo lejos, pudo ver por fin su salida, la caverna que lo llevaba al
inframundo. Estaba a un par de kilómetros, tal vez dos o tres, pero era tan grande
que podía verlo desde su lugar. Solo tenía que correr un poco más, que seguir
esquivando a los molestos demonios hijos de Nyx y por fin sería libre.
—¡Deja de huir, brujo del caos! ¡Sabes bien que no hay lugar en el que puedas
esconderte al que yo no pueda alcanzarte! Este es tu sitio, tu hogar, ¡deja de
negarlo! La magia que portas en las venas pertenece a mi madre, Caos. ¡Tú mismo
eres una criatura del caos! ¡Estás destinado al horror, al sufrimiento y a la miseria!
¡Estás destinado a la oscuridad! —rugió Nyx.
—¡Llevas la destrucción y el dolor allá donde vayas! ¿¡Crees en serio que allí
arriba tienes un lugar al que volver!? ¡Los dioses te quieren muerto! ¡El
Campamento Mestizo jamás estará a salvo contigo en él! ¡Eres una aberración de la
naturaleza! ¡La existencia misma te aborrece! Deja de resistirte y creer que hay
alguien en este mundo que te quiera, porque no es así.
Sintió sus ojos llenarse de lágrimas, porque tenía razón, Nyx estaba en lo cierto.
No había nadie que realmente lo quisiera; el Campamento Mestizo siempre estaría
en peligro si estaba allí porque los monstruos rondaban más la barrera del
campamento; su magia no hacía más que destruir, que lastimar, a él mismo y a los
demás, de ahí su temor; su propio cuerpo no podía soportar la cantidad abrumadora
y poderosa que era su magia del caos; los dioses lo querían muerto y no iban a
dejarlo vivir mucho tiempo; ni siquiera pertenecía a aquella época, él debería haber
crecido hacía veinte años.
¿Por qué seguía creyendo que de verdad existía un lugar en el mundo para él?
Porque sí hay lugar para mí, Chris y Ari me están esperando en casa.
Inspiró hondo tomando con firmeza su daga, viendo delante suya lo que parecían
ser unos demonios… ¿Qué clase de demonios o criaturas eran? No estaba seguro,
parecían tener partes de mujeres humanoides, partes de murciélagos, con caras
muy peludas, garras muy afiladas y unas alas extrañas en la espalda.
—¿Voy a tener que darle una paliza a tus bebés, Nyx? —preguntó burlón.
Lo que sí no se esperaba fue que los dioses hijos de Nyx se unieran a la pelea.
¿Cómo iba a derrotar a unos dioses?
Eris, la peor de todos, estaba delante suya blandiendo una espada, con sus ojos
dorados resplandeciendo con maldad pura y el aura a su alrededor oscureciéndose.
Un escalofrío le recorrió de arriba abajo al sentir la energía del caos en ella,
rodeándola, pero no con la misma intensidad que a él. No parecía ser su mismo
caos, aunque sí sentía la misma violencia que el suyo.
Sonrió de medio lado, tenso, y usando todo lo que tenía a su alcance, comenzó a
retroceder hacia el Flegetonte. Si recibía alguna herida muy grave podría curarse en
apenas segundos bebiendo de sus aguas, o lanzándose a ellas.
Ah, así que quiere ponerse filosófica. Pues bien por ella, pero yo quiero vivir.
Al menos eso creyó los primeros tres segundos en su pelea contra Eris, los
siguientes tres se basaron en él teniendo que poner en práctica toda la agilidad y
experiencia que había adquirido con el paso de los años para evitar que la diosa de
la discordia lo empalara con su espada. Aunque lo intentó (de verdad lo intentó),
terminó con un corte profundo y peligroso en su costado, una apuñalada en su
hombro y arrastrándose por el suelo para llegar al borde del Flegetonte.
—Jaque mate, brujo del caos —murmuró en su oído con voz cruel y burlona.
No, no, no, no, no, no. Esto no puede terminar así. No puedo morir así.
Tenía apenas unos treinta segundos antes de que terminase de ahogarse, debía
moverse rápido y liberarse del agarre de la diosa. Desesperado, su daga se movió
entre temblores hacia su cabello y lo cortó de golpe, permitiéndole alejarse de Eris,
quien veía anonadada su acción. Sintiendo que la sangre salía con más rapidez de
su cuello y su boca, se arrastró lo que le quedaba hasta el borde del Flegetonte, y
comenzando a ver borroso, se dejó caer por la orilla.
Las aguas frías del río de fuego le quemaron, pero no dejaron rastro de ninguna
quemadura. Las heridas que tenía ardieron con tanta fuerza que no pudo evitar
gritar aún debajo del agua, permitiendo que el fuego entrara en su garganta y
terminara de sanar sus heridas.
Pero no quería, no quería salir de aquel fuego que lo sanaba. ¿Por qué lo haría?
¿Por qué volvería a la superficie sabiendo que solo le esperaba más dolor en ella?
—¡Estás vivo! —la oyó gritar a la distancia, con una emoción digna de un
psicópata—. ¡Eres jodidamente resistente, brujo del caos! ¡Vamos a divertirnos un
poco más!
Pero Nicks estaba cansado de juegos, de los dioses y sus estúpidos delirios de
grandeza; de los monstruos y sus comportamientos irrazonables; de los primordiales
y sus mentes manipuladoras. Estaba harto de todos.
Murmuró varios hechizos que lanzaron a la diosa por los aires, justo en dirección
a su madre, sacando gritos sorprendidos y jadeos mudos de muchos de los
monstruos que estaban allí. La propia Nyx enmudeció por unos segundos al ver la
manera tan violenta en la que su hija había salido volando por el propio aire del
Tártaro.
—¡Némesis! ¡Tú eres la puta diosa del equilibrio y la justicia! ¿No es justo
entonces que yo salga de este lugar? ¡Sabes que esto no es justo!
La diosa lo miró, sus ojos destellando con desprecio y crueldad. Su rostro divino
estaba arrugado en una mueca desagradable y blandía dos espadas, una en cada
mano, de un material oscuro. No sabía cuál era, pero estaba seguro de que no se
trataba de hierro estigio.
—Tu misma existencia rompe el equilibrio del mundo, rompes la balanza que
tanto cuesta igualar. Dime, brujo del caos, ¿qué tan “justa” y “equilibrada” es tu
vida? Tu nacimiento trajo desgracias a toda la creación, y como tal, debes pagar el
precio de tu existencia.
Tártaro, el dios del abismo, el padre de Nyx, uno de los Protogenoi más
poderosos, el señor y padre de todos los monstruos; había aparecido solo para ver
cómo moría un semidiós.
—Si no va a dejar que usemos su magia, es mejor acabar con él de una vez y
que su alma vague eternamente aquí —escuchó, muy lejano, a Nyx hablar.
—Dejarlo vivo más tiempo es peligroso y lo sabes bien. Es un brujo del caos.
Nunca había logrado entender por qué todo inmortal existente quería deshacerse
de él. No entendía por qué los dioses estaban tan desesperados por matarlo. ¡No
podía usar bien su magia porque se lastimaba a sí mismo! Prácticamente se moría
cada vez que la usaba, ¿por qué le tenían tanto miedo entonces? El único lugar
donde podía usarla sin tanto peligro era en el que se encontraba, pero no iban a
dejarlo salir de allí con vida nunca.
Hasta ahora.
Era una idea descabellada, loca, suicida, con menos del 1% de probabilidades
de que funcionara; pero si Nicks no podía volver a casa, nadie más lo haría.
Pasó saliva con dificultad, retirando sus manos llenas de sangre de sus heridas.
El calor del Flegetonte lo golpeó en ellas, provocándole siseos de dolor que
llamaron la atención de ambos Protogenoi. Entre tambaleos, a punto de volver a
caer al suelo lleno de esquirlas, se puso de pie; sus manos comenzando a brillar
con aquel tono escarlata que caracterizaba a su magia. Sus ojos destellaron con el
mismo color, alertando y atemorizando con levedad a algunos monstruos.
Una risa seca se escapó de su garganta, ronca, grave, rota; desquiciada. Se
sintió como si, por fin, hubiera encontrado la respuesta a todas sus preguntas, como
si ya hubiera encontrado el motivo de su existencia.
—Joder, todo este tiempo tuve la respuesta delante de mis narices y no me había
dado cuenta. Soy gilipollas —murmuró para sí mismo entre risas.
—¿Ha enloquecido por fin? —le preguntó Nyx a Tártaro, quien parecía observar
todo con un rostro menos divertido.
—Supongo que debo daros las gracias, abuelos, me habéis ayudado a terminar
los deberes —dijo, su voz destilando burla y desdén—. Por fin entiendo todo.
Una sonrisa cruel se formó en sus labios mientras la observaba a los ojos
blancos y brillantes. ¿Qué más podía atemorizarlo ahora? Ya había aceptado su
muerte, ¿qué más podría asustarlo? No podían amenazarlo, no serviría de nada.
Nicks ya había comprendido, por fin, por qué todos parecían temerle tanto. Y
maldita sea, se sentía un completo estúpido por no haberlo pensado antes.
Era un brujo del caos, su magia tenía casi la misma esencia y base que la magia
del primordial Caos. Ambos podían crear y destruir, la única diferencia era que el
cuerpo de Nicks no podía soportarlo, y Caos sí. Muchas veces había escuchado
voces diferentes a las de los muertos, voces que le pedían y exigían destruir cosas,
lastimar y eliminar; voces caóticas que habían comenzado a aparecer cuando
despertó su magia del caos.
—Sí. Ahora, dejadme salir de este pozo de mala muerte, por favor.
—¡Está bien! ¡Está bien! —accedió Tártaro, observándolo con odio y rencor en
sus ojos rojos resplandeciendo en su rostro de vacío y oscuridad.
Entonces, Nicks se detuvo. Su magia dejó de atraer a Caos hacia él, pero no se
desactivó. Notó que la negrura que tanto lo caracterizaba había alcanzado con
rapidez casi la mitad de sus antebrazos, lo que significaba que le quedaba muy
poco tiempo para seguir usando su magia del caos. Debía ser rápido.
Aprovechando la aparente debilidad de los inmortales y el ejército de monstruos
e hijos de Nyx, corrió con la poca fuerza que le quedaba hacia la caverna, cruzando
entre medio de ambos Protogenoi, mientras escuchaba de fondo los quejidos, las
maldiciones y los gritos iracundos y rabiosos que soltaban en su contra.
Sus pies tocaron la tierra yerma e infértil que rodeaba el agujero de mala muerte
del que acababa de salir. A pasos temblorosos y torpes se alejó de él, evitando la
honda de succión que intentaría atraparlo de nuevo, para después dejarse caer en
una zona medianamente segura. Se hizo bolita en el suelo, sollozando mientras su
cuerpo sufría espasmos violentos.
Miró hacia el cielo, donde las estalactitas que adornaban el techo brillaban en
negro.
—¡He cumplido mi parte del trato! ¡Es tu turno, Atenea! —rugió entre lágrimas,
furioso pero a la vez eufórico.
Le tomó un buen rato, pero para su tranquilidad, nadie había ido a recriminarle
nada. Parecía ser que los dioses que habitaban el inframundo y a su soberano no
les apetecía en absoluto cruzarse con él. Subió cansado las escaleras y, después
de varios y tensos minutos, pudo disfrutar por fin de la calidez del sol. No había
nadie en Central Park, por algún extraño motivo.
No sabía cuánto había extrañado volver a la superficie, a la luz, hasta que había
tenido que pasar a saber cuánto tiempo lejos de ella, luchando por su vida contra
dos seres primordiales y todo su ejército de hijos feos y desquiciados. No le
recomendaba la experiencia a nadie, muy mala y pésima.
Sus ojos se aguaron y su labio inferior tembló cuando, por mucho que lastimaba
su mano con pellizcos, golpes y rasguños, no sintió dolor en absoluto.
Despacio, tembloroso y a punto de desmayarse del dolor, rompió más tela de sus
pantalones y envolvió su muñeca con ella, murmurando entre lamentos y quejidos
de dolor varios hechizos para retener la sangre. Después, con rabia e ira, formó una
pequeñísima hoguera en el suelo, y cuando encendió el fuego con un hechizo, por
primera vez en su vida le hizo una ofrenda a los dioses.
—Para vosotros, dioses, disfrutad de las células muertas de mi mano, pues es lo
único que vais a poder gozar hasta dentro de muchos años.
Las noticias volaban en el mundo divino, todos ya debían saber lo que había
ocurrido en el Tártaro.
Pero no podía permitir que lo vieran así, tan destruido físicamente (de lo mental
no iba a mencionar nada), así que usando sus últimas energías se cubrió con la
niebla y comenzó a bajar la colina. Podía ver a la distancia como Quirón y Dionisio
se dirigían con rapidez hacia donde se encontraba, parecían haber sabido antes que
nadie que él estaba llegando ya al campamento. A sus espaldas, siguiéndolos casi
con desesperación, se encontraba la que creía (si su visión no le fallaba) que era
Chris.
El dios del vino tenía una expresión peligrosa y furiosa, pero no le dijo nada en
aquel momento; tal vez porque podía ver a través de la niebla y saber lo jodido que
había terminado, o tal vez porque, ahora que sabía lo que podía hacer, no quería
jugársela y condenar a todos sus mocosos por hacerlo enfadar. Quirón estaba serio,
con sus manos entrelazadas detrás de su espalda y mirándolo con tanta
desaprobación que, por un instante, sintió como si su propio padre estuviera
decepcionado con él.
Chris, que efectivamente venía siguiéndolos, ahogó un grito con sus manos
mientras las lágrimas se deslizaban como torrentes por sus mejillas. Estaba claro
que podía ver a través de la niebla, y el horror que percibía en los bonitos ojos de su
hermana casi le hizo llorar.
—Sí.
Ari se giró, sus labios formando un puchero y sus ojos volviendo a inundarse de
lágrimas que no pudo evitar dejar derramar.
—Perdiste un ojo y una mano, Nicks; bajaste al maldito Tártaro sólo por mí.
¿Acaso estás loco o el golpe que te diste con tu madre te dejó mal de la cabeza?
Se lo debo recompensar.
Miró de nuevo a Ari, su ojo brillando de amor y su mano (la única que tenía)
apretando con levedad la contraria.
—Me condenaría una y mil veces a ese lugar de mala muerte si con ello puedo
mantenerte a salvo.
Los regaños que comenzaron a salir de los labios de su novia aguaron sus ojos
por un breve momento, un instante efímero que le recordó todo lo que habría
perdido si él se hubiera dejado manipular por Nyx, si hubiera elegido quedarse en el
Tártaro con aquel monstruo que parecía ser su padre. ¿Habría sido feliz? ¿Nyx
realmente lo hubiera protegido de la furia de los dioses?
Su voz, que salía ronca, rasposa y rota, llamó la atención de la hija de Atenea,
haciéndola llorar con un poco más de fuerza al fijar los ojos en la cicatriz alargada
que adornaba su yugular.
Y no pudo recriminarle nada más, porque Ari sabía que tenía razón.
Había estado a punto de perder todo aquello, todo su mundo, por intentar
recuperar una parte de sí mismo que ya hacía años que había muerto. Su padre se
sentiría decepcionado de saber que se había quedado atrapado en el pasado en
vez de avanzar hacia el futuro. Dolía muchísimo, tanto que no se creía capaz de
superar su muerte; pero ya era hora de acostumbrarse al dolor, de dejarse ser feliz
(todo lo que pudiera, porque a él nunca lo dejaban ser feliz) y disfrutar de la preciosa
y hermosa familia que había creado.
—Te dije que volvería siempre a casa, ¿no? Cumplí mi promesa, Chris. Ya estoy
en casa.
La risa que se le escapó salió tan rasposa que incluso le dolió la garganta. El
sonido fue desagradable, no solo para él, sino también para su hermana y su novia;
pudo notarlo claramente en las leves muecas que les salieron al escucharlo. Su voz
era horrible de escuchar.
—Has roto las reglas de todo lo que conocemos, incluso te has atrevido a ir y
retar a los dioses —empezó a hablar, su rostro deformándose cada vez más en una
mueca furiosa—, y no contento con eso, has estado a punto de eliminar la
existencia de este mundo. Has puesto a toda la creación en peligro. ¿Eres
consciente del peso y peligro de tus actos?
Un asentimiento de su parte fue suficiente para que el dios del vino explotara en
sus narices.
—¡Y todo por una maldita hija de Atenea! ¿¡Acaso te has vuelto loco!? ¡Casi
destruyes el mundo mismo! ¡La existencia de todo! ¡Has ido en contra de tu
promesa!
Levantó un dedo de su mano, deteniendo el muy posible y extenso discurso de
odio que iba a dar Dionisio.
El párpado del director del campamento tembló preso de la ira y se acercó con
violencia a él, tomándolo del cuello de su camiseta y acercándolo a su rostro. Sus
ojos morados brillaban peligrosos, con la locura a punto de inundar todo su sistema.
—No me vengas con tus juegos de palabras, brujo del caos. Has cometido una
falta al juramento y ningún dios va a dejarlo pasar —gruñó, sus violetas brillando tan
turbios y furiosos que supo que, aquella vez, no habría nadie que pudiera salvarlo.
Hasta ahí llegaba su vida, lo sabía; Dionisio no permitiría que siguiera existiendo
ni un solo segundo más. Ningún dios, en realidad, iba a dejarlo vivir más tiempo. Se
había acabado, hasta ahí llegaba. Lo matarían y su alma sería condenada a vagar
por el Tártaro como castigo.
¿Por qué? ¿Por qué todo lo malo tenía que ocurrirle a él? ¿Por qué no podía
disfrutar de una vida medianamente tranquila?
Sus ojos se aguaron presos de las lágrimas, la ira y la frustración subiendo por
su dañada garganta hasta formar un nudo en ella. Su pecho se apretó con dolor
sintiendo la tristeza y devastación que llevaba ya muchos años arrastrando,
oscureciendo su vida aunque intentase llenarla de colores y alegría. Estaba harto,
Nicks estaba harto de siempre estar sufriendo, de siempre tener que ser el que
acarreara todo el dolor, de siempre pensar cuánto tiempo seguiría vivo.
Su voz salió rota, por la rabia y por ya estar dañada, mientras los ojos turbulentos
del dios del vino se agrandaban ante la sorpresa y la indignación.
—¡Me obligasteis a ello! ¡Me lleváis culpando de todo desde que se descubrió mi
jodida magia del caos! ¡Magia que ni siquiera pedí! ¡Magia que ni siquiera puedo
dominar! ¡Magia que me mata ya por dentro cada vez que la uso!
—¡Tu nacimiento fue un error!
—¡Y, aún así, aquí estoy! ¿¡Podéis dejar de echarme la culpa de todo por un solo
segundo!? ¡Sois los jodidos dioses de este mundo, maldita sea! ¡Es vuestro deber
haceros cargo de vuestras cagadas y errores! ¡No culpar a otros como si fuerais
simples niños de primaria! ¡Maldita sea! ¡Me lleváis atormentando años! ¡Dejadme
en paz de una puta vez! ¡Solo quiero vivir, joder! ¡Solo quiero eso! ¡Quiero vivir!
—¡Perdí a mis hermanos en la guerra! ¡Era un maldito crío y tuve que matar!
¿¡Sois siquiera conscientes de todo el dolor que nos hicisteis atravesar por vuestras
acciones egoístas y vuestro puñetero orgullo!? ¿¡Sabéis a cuántos niños
matasteis!? ¡Lleváis milenios vivos, milenios, y nosotros los mortales parecemos
tener más empatía y sabiduría que todos vosotros juntos!
Todo quedó en silencio, excepto por sus sollozos. El Señor D lo soltó despacio,
para su completa sorpresa, y retrocedió un paso, alejándose de él. Las lágrimas que
salían de su único ojo sano dificultaban aún más su visión, tal vez por ello imaginó
que el rostro del dios del vino se había fruncido en una mueca lastimera, o triste; no
podía asegurar bien qué emoción era porque había sido producto de sus lágrimas.
Si hubiera estado de pie habría caído al suelo. Su cuerpo no tenía fuerza alguna,
estaba temblando mientras lloraba aferrándose con su única mano a las mantas de
la cama. Agachó su cabeza y la escondió entre sus piernas ignorando las punzadas
de dolor que le llegaban. Necesitaba ocultarse, no quería verse más lamentable.
—Solo dejadme vivir esta vida, por favor; condenadme a vagar por el Tártaro
cuando muera, o destruid mi alma si queréis; pero dejadme vivir esta vida, joder.
Solo os pido esta, nada más.
Aunque Nicks sabía que era una vil y sencilla mentira, estaba desesperado por
creer que era verdad, que la manta iba a cuidarlo como nadie lo había hecho desde
hacía más de veinte años.
Y se dejó llorar contra ella, aferrándose al único familiar que le quedaba en aquel
jodido mundo.
No supo cuándo se durmió, pero la siguiente vez que despertó, aún estaba entre
los brazos de Christine, ambos tapados por la manta y acurrucados en la cama. La
venda que cubría su ojo estaba algo húmeda por las lágrimas y la sangre, pero por
suerte no había manchado nada. Un bostezo se le escapó mientras se estiraba con
suavidad, sintiendo que, a pesar de haber dormido lo que parecía haber sido un día
entero (pues había llegado al medio día, se había despertado por la tarde-noche y
ahora ya volvía a ser de día), seguía agotado.
—Buenos días, dormilón —lo saludó Chris con una suave sonrisa—. Ari ha
pasado unos minutos para verte pero estabas dormido, volverá dentro de nada con
algo de comida.
—Aún están debatiéndolo. Según me dijo Quirón ayer por la noche cuando
dormías, algunos de los… dioses principales estaban sorpresivamente de tu parte.
No todos votaron por… bueno, por eso, y ahora mismo están discutiendo qué
pasará.
Dejó caer su cabeza contra la almohada y cerró los ojos, desganado. Estaba
cansado de todo, no quería seguir luchando más. ¿Era tan difícil dejarlo ser feliz?
¿Tan siquiera dejarlo vivir?
—No te desanimes, no dejaré que te pase nada; de alguna forma lo
solucionaremos.
Se giró para mirarla; tenía unas ojeras bastante oscuras debajo de sus ojos
hinchados y enrojecidos, su piel parecía estar algo más pálida y no parecía haber
dormido bien. Frunció un poco el ceño, despacio, y la señaló con un dedo y un
movimiento de cabeza.
—No te preocupes por eso, ¿sí? Solo han sido días muy complicados para
todos. Debes descansar y recuperarte.
Y la puerta se abrió mostrando a Ari con una bandeja llena de comida. Sonrió
leve, apenas un pequeño levantamiento de su comisura derecha, pero fue suficiente
para ambas semidiosas. La hija de Atenea se acercó a ambos y se sentó a su lado
en la cama, dejando la bandeja encima de sus piernas para que pudiera observar
todo lo que contenía.
Tenía el mismo aspecto que Chris: ojos enrojecidos e hinchados con unas
oscuras ojeras debajo de ellos y piel pálida. Ella tampoco había dormido bien. ¿Era
por su culpa?