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Tartarus Nicks

nicks en el tártaro

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Como dijo Taylor, el amor me volvió loco (literalmente)

Nicks estaba corriendo.

Sus piernas se movían sin parar, esquivando cualquier cosa que tratara de
interponerse en su camino y derrapando por el suelo lleno de pequeños cristales,
evitando cosas que no sabía qué eran; no podía verlas bien por la extraña niebla
que había.

Todo su cuerpo dolía, por alguna razón que no sabía, y le costaba moverse con
la normalidad con la que lo haría. El aire estaba enrarecido, tenía un olor metálico
mezclado con una pizca de polvo y cenizas. Le recordaba a muchas cosas, por
supuesto, todas desagradables, dolorosas, horribles; aterradoras. Sus
pensamientos eran tan caóticos y confusos que no podía concentrarse en ellos,
tenía que ignorarlos y dejarse guiar por sus instintos.

¿Qué está pasando? Se preguntó.

Un rugido tronó a sus espaldas y puso todos sus vellos de punta. El impulso de
girarse sobre su hombro para ver qué demonios lo estaba persiguiendo era muy
grande, pero su sentido de la supervivencia estaba alterado, a tope, demasiado
sensible y activo; si se giraba, si se atrevía a mirar, estaría perdido.

—¡No puedes huir, brujo del caos! —escuchó una voz potente femenina
resonando en todo el lugar.

Entonces Nicks se despertó en su cama, sudoroso, con la respiración agitada y


su propia magia haciendo acto de presencia. Miró sus manos envueltas por aquella
bruma rojiza que tanto odiaba y suspiró, dejando de invocar su magia antes de
levantarse por completo.

Miró el pequeño reloj de su habitación, había dormido demasiado tiempo, ya iban


a servir la comida en el pabellón comedor. Soltó un chasquido con su lengua
tomando un cambio de ropa y dirigiéndose al baño común de la cabaña. Las puertas
de sus hermanes también estaban cerradas, así que dejó un par de golpes en cada
una mientras les avisaba que ya debían levantarse.

Siempre era lo mismo con sus hermanes, se dormían muy tarde por estar
practicando magia o pociones y luego llegaban tarde a sus lecciones. Quirón estaba
cansado de regañarlo, pues era el capitán y el responsable; pero Nicks hacía oídos
sordos. No iban a cambiar sus prácticas mágicas por lecciones de historia, ¿qué
sentido tenía? Se sabían los mitos al derecho y al revés.
Esperó a sus hermanes sentado en uno de los sillones comunes después de
haberse aseado, analizando cada pequeño detalle de su cabaña. Hécate le había
puesto un hechizo expansor para que tuvieran sus propias habitaciones, su zona
común y un sótano. Podía ser una madre ausente, pero al menos les había dado
comodidades.

Es lo mínimo que debía hacer.

—¿Pensando en Ari? —la voz de Christine lo distrajo.

Se puso de pie al segundo de ver a sus hermanes ya preparades para salir, y


dejando que Belana y Tam fueran les primeres, salió el último asegurándose de
cerrar bien la puerta de su cabaña. No querían visitas exprés nada agradables.

—Debería volver hoy de su misión —respondió, su voz sonando agotada pero


con un tono esperanzador.

Su novia había salido hacía una semana de misión. No le había dado detalles,
pero, al parecer, era un encargo muy importante de su madre Atenea. Había
intentado acompañarla, pero Ari le había lanzado esa mirada mandona tan típica de
los hijos de Atenea y le tocó desistir de su deseo. Era una chica muy orgullosa y
mandona, cumpliría su misión ella sola, como su madre le había pedido y ordenado.

Nicks no había podido dormir bien en toda la semana. Ya le costaba antes, pero
aquellos siete días habían sido los peores de su vida.

—Seguro que le ha ido bien —Chris apoyó una mano en su hombro y le dio un
apretón.

Iba a decir algo más cuando un grito proveniente de sus hermanes pequeñes los
alertó. Ambos se miraron antes de salir corriendo hacia el pabellón comedor, donde
tanto Tam como Belana veían asustades un punto en concreto. Parecían no ser les
úniques que tenían la misma reacción, pues más lejos de elles estaban unos
cuantos de Dionisio consternados y murmurando entre ellos.

Christine fue la primera en llegar, tomando por los hombros a Tam y abriendo los
ojos al ver lo que ocurría. Nicks se preocupó. ¿Qué estaba pasando como para que
Chris, quien siempre se mantenía serena, perdiera la tranquilidad?

Cuando les alcanzó, pudo comprenderlo.

La cabaña seis, los hijos de Atenea, estaban rodeando una estatua, gritando
cosas que no lograban ser procesadas por su cerebro. Las facciones asustadas de
la estatua y los rizos atados en una coleta alta delataban claramente quién era la
persona petrificada.

El terror se adueñó de Nicks en menos de un suspiro, lanzando cuchilladas a su


corazón y haciéndolo temblar. Todo su control se tambaleó mientras corría
desesperado apartando a los campistas de su camino. Sus manos se rodearon de
su bruma rojiza y tomó con cuidado el rostro de la estatua, acariciando sus mejillas
con ternura.

—¿Qué mierda ha ocurrido? ¿¡Por qué narices mi novia está transformada en


una maldita estatua!? —gritó furioso, mirando a Eris, la capitana de la cabaña seis,
en busca de respuestas.

La chica le devolvió la mirada, tan fría pero peligrosa como solo ella sabía ser.
Sus ojos de plata lo observaban con un pequeño brillo inseguro, como si dudase de
responder a su pregunta o alejarlo de su hermana.

—Es un castigo de Atenea —murmuró en voz baja—, Ari no consiguió completar


la misión, Atenea se sintió avergonzada, y la ha castigado en consecuencia.

Ah, un castigo. Un. Maldito. Castigo.

De forma automática, unas palabras en latín comenzaron a deslizarse por su


lengua, haciendo pequeños movimientos para tratar de revertir aquel estado, sin
embargo, fue inútil. Ari no cambió, no volvió a la normalidad, no le regañó por hacer
una escena o haberla llamado “novia” delante de todos. No escuchó su voz ni tuvo
sus preciosos e hipnotizantes ojos sobre él.

No podía revertir un castigo divino ni siquiera con su magia.

Apretó la mandíbula sintiendo la furia recorriendo cada pequeña parte de su


cuerpo. ¿En serio Atenea se había atrevido a castigar a una hija suya solo porque
no pudo terminar una misión? ¿Estaba loca? ¿No había aprendido nada con los
millones de años que llevaba viva?

Se separó despacio, su mente yendo a mil por hora, repasando cada libro de
magia que conocía, que había leído, buscando hechizos, conjuros, rituales;
cualquier cosa que pudiera devolver a su novia a la normalidad. Cualquier cosa que
pudiera salvar a Ari.

—¿Qué misión tenía? —escuchó que Adrien, uno de los hermanos de Ari, le
preguntaba a Eris.

—Ni yo lo sé —respondió la capitana.


Voy a averiguarlo.

Mientras Quirón llegaba y ponía orden, Nicks retrocedió los pasos andados, su
espalda tensa como la cuerda de un arco y su semblante serio. Estaba decidido a
solucionar aquello, no pensaba dejar a su novia así. Los dioses iban a tener que
escucharlo.

—Quedas a cargo hasta que vuelva, asegúrate de cuidar a Bel y Tam —le
murmuró a Chris pasando por su lado.

Las alertas de la chica se dispararon, su cabeza giró al segundo y soltó los


hombros de Tam para retener a su hermano por el brazo. No podía dejarlo
marcharse con lo rabioso que estaba, mucho menos sin permiso del director. Estaba
segura de que cometería una locura.

—¿A dónde te crees que vas? No hagas nada de lo que te vayas a arrepentir
después —preguntó.

Una sonrisa ladeada se formó en los labios de Nicks.

—No me voy a arrepentir. Arreglaré esto, cueste lo que me cueste.

Con eso último dicho, se soltó del agarre de su hermana y volvió a su cabaña.
Preparó una pequeña mochila con un hechizo amplificador en su interior y metió
vendas, una bolsa de dracmas, pociones y algunas cosas más. Guardó su daga de
bronce celestial en la funda de su muslo y ocultándose con la niebla, salió del
campamento asegurándose de que ningune de sus hermanes, o algún hijo de
Hypnos, pudiera verlo.

Dionisio iba a expulsarlo cuando regresara, pero no le tomó mucha importancia.


¿Cómo podría dejar en aquel estado a su chica?

De su bolsa de dracmas sacó una moneda y la lanzó a la carretera. Se hundió en


el asfalto, y a los pocos segundos apareció un taxi gris, con unas palabras grabadas
en la puerta. “Hermanas Grises”, las que hacía años habían transportado a Percy
Jackson y Annabeth Chase durante todo lo ocurrido con lo del mar de los
monstruos.

Ventajas de venir de aquella época, te sabes todos los hacks.

Se subió sin pensárselo dos veces y les lanzó tres dracmas de oro.

—Al Empire State Building —ordenó.


Las deidades se miraron entre sí antes de conducir. Según Nicks había
escuchado, solían pasársela peleando todo el viaje, al menos eso habían dicho
Percy y Annabeth; pero se mantuvieron en silencio con él, sin emitir ni un solo
sonido que pudiera perturbar su paz.

Sabía que no era un semidiós muy querido en el mundo semidivino, la mayoría


de deidades querían deshacerse de él, pero tampoco esperaba que lo odiasen
tanto. ¿Qué culpa tenía?

—Tu destino es muy oscuro, brujo del caos —murmuró, por fin, una de las
hermanas.

Sus manos se entrelazaron sobre su regazo y entrecerró los ojos. Las Grayas
eran conocidas por saber todos los secretos del mundo. Si jugaba bien sus cartas,
podría encontrar respuestas a muchas de sus dudas y misterios. Sintió el hambre de
conocimiento, la curiosidad reptando por su pecho y una sonrisa le adornó los
labios.

—¿Por qué no me sorprende? —le respondió, su voz sonando sarcástica pero


con un matiz rabioso—. A vosotros los inmortales os gusta mucho culparme de todo
y joderme la existencia.

—Tu misma existencia es una aberración en este mundo y lo sabes —lo cortó la
que conducía.

El peso de sus palabras hizo mella en él, rondando su mente e inyectando su


veneno como si tuviera una serpiente en su cabeza lista para torturarlo. ¿Cuántas
veces había escuchado ya esas palabras?

—¿No os cansáis de decírmelo? ¿O es que acaso vuestros cerebros milenarios


se han fundido tanto que no podéis pensar en mejores insultos?

Si bien nunca era buena idea ofender a los dioses, a Nicks no podía importarle
menos en aquel momento. Se había despertado hacía, como mucho, media hora; su
novia estaba convertida en piedra por culpa de la idiota de su madre e iba de
camino a su muerte segura solo para intentar salvarla. ¿Qué más daba que los
ofendiera un poco? ¿O que les devolviera todo el dolor que le habían causado?

Ellos se lo han buscado solitos.

El taxi se detuvo delante de las puertas del Empire State Building con un frenazo
en seco. Las Grayas se giraron con expresiones furiosas, frunciendo los ceños y
siseándole como si fueran unas serpientes.
—Estás buscando tu ruina, brujo del caos. ¡Tu destino está condenado al
sufrimiento eterno! —gritaron.

—Dejadlo en mi buzón de voz, atenderé vuestras palabras, quejas o


advertencias cuando me sienta de mejor humor.

Salió del taxi dando un portazo y se encaminó al interior del edificio. Unos
truenos comenzaron a sonar alarmando al recepcionista, que cuando lo vio, se
quedó pálido. Cualquier criatura semidivina, ya fuera una deidad o un monstruo,
sabía quién era. Los chismes volaban rápido por el mundo inmortal.

Apoyó sus manos en el escritorio con parsimonia e inclinó la cabeza en un gesto


peligroso, amenazante; sus ojos tenían ese leve brillo rojizo que aparecía cuando su
magia estaba activada y miraban al recepcionista enojado.

—Quiero subir al Olimpo —el hombre intentó negárselo, pero el brillo de su daga
adornando su muslo lo dejó mudo—. ¿Creías que era una petición o una pregunta?
Es una orden. Ábreme el maldito ascensor si no quieres que te mande al Hades.

Tembloroso, apretó el botón que abría las puertas del ascensor y vio como el
semidiós se dirigía hacia allí. Zeus iba a castigarlo, pero prefería un castigo suyo
que la muerte a manos de aquel monstruo.

La vista del Olimpo lo habría dejado sin palabras en otra ocasión. Las calles de
piedra, las monumentales casas y templos, las fuentes y los parques en las zonas
comunes. Annabeth Chase se había lucido reconstruyendo la ciudad olímpica. Nicks
se anotó mentalmente ir a visitarla cuando tuviera tiempo, si es que sobrevivía a la
imprevista reunión.

—¿¡Quién te crees que eres, hijo de Hécate!? —la voz de Zeus resonó desde el
salón del trono.

Aún estaba a varios metros del lugar, pero podía escuchar a la perfección los
reclamos, las exigencias y las maldiciones que soltaban los dioses respecto a su
persona.

Qué cálida bienvenida.

Pensó sarcástico.

Los dioses del Olimpo lo recibieron con expresiones furiosas e indignadas, al


menos la mayoría. Faltaban Artemisa, Apolo, Hefesto, Dionisio y Ares; pero los más
importantes sí estaban allí: Zeus y Atenea.
Su mirada verdosa se dirigió al instante a la diosa de la sabiduría y su expresión
se frunció, iracundo. Perdió el control de su magia logrando que la bruma de sus
manos se extendiera más allá, rodeándolo a él como si tratara de protegerlo de
alguna forma. Se acercó con pasos sonoros y su cuerpo tenso, preparado para
entrar en una contienda con una de las diosas más importantes del panteón griego,
y ganar.

—Devuélvela a la normalidad, Atenea. Devuélveme a mi novia —gruñó, su voz


siseante y rabiosa.

Los ojos plateados y grises de la deidad lo atravesaron como cuchillas intentando


amedrentarlo, asustarlo; pero ya no había nadie que pudiera provocarle tal emoción.
Hacía muchísimo tiempo que le había perdido cualquier atisbo de temor o respeto a
los dioses. ¿Por qué respetarlos si ellos ni siquiera eran capaces de respetar una
vida inocente?

Tal vez estaba condenado a no poder rebelarse en su contra para siempre, pero
eso no significaba que no pudiera decirles hasta de lo que se iban a morir, fueran o
no inmortales.

—¿Quién te crees que eres para exigirme algo a mí, vulgar semidiós?
—murmuró seria, alzando el mentón con esa altanería que ya había visto antes.

—El mismo al que teméis tanto que tuvisteis que atarme con cadenas por miedo.
Devuelve a Ariadna a la normalidad.

Un jadeo indignado y ofendido se oyó a su costado. Hera tenía las manos en la


boca y lo observaba iracunda, con sus ojos maldiciéndolo en todos los idiomas que
conocía.

—¡Qué falta de respeto es esta! ¡Desaparécete de nuestra vista antes de que


pierdas tu miserable vida, niño insolente! ¡Bastante hicimos con dejarte vivir!

No se giró a verla, ni siquiera cambió su semblante cuando se dirigió a ella.

—¿Acaso te he hablado a ti, Hera? No, así que no metas tus narices en cosas
que no te incumben de ninguna de las maneras.

Vas a hacer que te maten.

Ignoró a la voz femenina de su cabeza y apretó con más fuerza los puños. Su
garganta ardía deseosa de decirles todas sus verdades, de maldecirlos y lanzarles
algún hechizo de magia negra que los hiciera temer de verdad de él. Quería
mostrarles hasta dónde era capaz de llegar solo por amor.

—Y el asunto con mi hija tampoco es de tu incumbencia —soltó Atenea.

¿Puedo matar a un dios?

El silencio reinó por varios segundos, asentando la incredulidad en su persona.


¿Que no era de su incumbencia? ¡Era su novia! ¡Cualquier cosa que pudiera
lastimarla era de su incumbencia! Tuvo que cerrar los ojos unos instantes y respirar
profundo; si atacaba, estaría muerto, y Ari quedaría convertida para siempre en
piedra.

—Hagamos un trato —propuso, conteniendo el impulso de usar su magia para


golpear a la diosa—. Cumpliré cualquier encargo o misión que me encomiendes, y a
cambio, devolverás a Ariadna a su estado normal y no volverás a hacerle semejante
cosa.

Escuchó que Zeus se levantaba de golpe y le gritaba una sarta de improperios


en griego antiguo que su cabeza tradujo casi al segundo, pero no se molestó en
girarse o responderle. Sus ojos verdes estaban clavados como espinas en los
plateados de Atenea, fijos, serios, desafiantes.

La diosa se mantuvo en silencio dos segundos exactos antes de que una sonrisa
arrogante y maliciosa se formara en su rostro. Nicks entrecerró los ojos y colocó su
mano cerca de su daga preparado para defenderse, nunca se sabía qué podía
pasar cuando se trataba de los dioses. Eran tan impredecibles como los monstruos,
tal vez porque, a sus ojos, eran lo mismo. Los dioses no eran en absoluto diferentes
a los monstruos, solo eran más sutiles, pero seguían siendo lo mismo: seres
egoístas, altaneros y narcisistas que solo buscaban su propio disfrute y
entretenimiento a costa de los demás.

Castellan tenía razón en una cosa: los dioses daban asco.

—Si sales con vida del Tártaro, cumpliré tu… deseo.

Todo su mundo se detuvo. Su cabeza repitió en bucle aquellas palabras


intentando encontrar un tono bromista en ellas, pero no lo había. Hablaba en serio,
Atenea estaba hablando muy enserio. Inspiró hondo, contando mentalmente hasta
diez y soltando el aire despacio, repasando cada hechizo, poción, conjuro, ritual y
proceso químico que conocía.

El Tártaro, mi sentencia de muerte.


Era la manera más sencilla de deshacerse de él sin mancharse las manos, sin
incumplir la promesa y el trato hecho con Hécate. Los dioses del Olimpo no lo
matarían, lo harían los monstruos, los titanes, los primordiales que aún seguían
conscientes allí abajo, encerrados desde hacía milenios; o tal vez moriría de
inanición, si es que lograba sobrevivir y esquivar con éxito a todo el infierno.

Conoces el inframundo, es tu segundo hogar. Lo has estudiado al derecho y al


revés, incluso ese pozo de mala muerte. Puedes salir vivo.

El rostro orgulloso y petulante de Atenea le hirvió la sangre. Lo estaba retando,


se mofaba de él y de su debilidad. ¿Cómo iba a aceptar esa sentencia de muerte si
había hecho de todo para sobrevivir? Era un suicidio, su tumba asegurada. No lo
aceptaría sin más.

Pero a los dioses se les olvidaba lo extremistas que podían llegar a ser los
mortales cuando amaban a alguien.

—No te atrevas —una voz diferente, conocida, femenina y potente sonó a sus
espaldas, en la puerta del salón del trono—, ni siquiera lo pienses.

Su cuerpo se tensó, sus pensamientos volcándose al instante hacia el odio que


le profesaba a aquella deidad que se había atrevido a aparecer ante él. La misma
que lo había lastimado innumerables veces, que había marcado su vida por el dolor
y el sufrimiento.

Se giró, sus ojos verdes chocando contra aquellos tan similares y parecidos a los
suyos. Las chispas volaron y el choque de magia hizo que el ambiente se tensara
más de lo que ya estaba. Hécate estaba allí, su expresión severa y mordaz,
peligrosa, amenazante; lista para sacarlo del cabello y devolverlo al maldito
campamento del que había escapado.

—No tienes voz ni voto en mi vida, así que no molestes —le respondió, su voz
sonando tan filosa que, por un instante, los dioses temieron que se lanzara contra la
diosa de la magia y la atacara.

—No vas a hacer que todo mi esfuerzo haya sido un desperdicio de tiempo.

—Hablar contigo ya es suficiente desperdicio de tiempo.

Ignoró las recriminaciones de Hera, los ojos amenazantes de Zeus, la postura


tensa de su madre y volvió a mirar a Atenea; una sonrisa ladeada, arrogante y
burlona se formó en sus labios, tensando al instante a la diosa de la sabiduría.
—Júralo por el río Estigio. Si salgo con vida del Tártaro, devolverás a Ari a su
estado original y nunca, jamás, en la vida, volverás a hacerle semejante cosa.

Atenea lo miró entrecerrando sus ojos, debatiendo si era prudente hacer aquella
promesa o no. Confiaba en que el muchacho no saldría con vida, Nicks podía
saberlo solo con observarla; pero desconfiaba de la tranquilidad que tenía, de la
seguridad de sus ojos.

—Lo juro por el río Estigio.

Un trueno resonó en el aire, mandando una sensación eléctrica a los presentes.


Hécate soltó un gruñido por lo bajo y movió su mano en un círculo, comenzando a
romper el suelo del salón del trono, justo donde estaba su criatura.

—Si esa es tu decisión, no hay por qué alargarla más. Hazte cargo de las
consecuencias de tus actos, niño —le dijo, momentos antes de que el suelo
terminara por romperse.

Y Nicks se perdió en la oscuridad, teniendo como última visión el rostro altanero


de Atenea.

No supo cuánto tiempo estuvo cayendo, tal vez horas, tal vez días o semanas;
no lo sabía, pero tampoco le importaba. Su cabeza no podía concentrarse en nada
más que en los gritos agónicos que sonaban en sus oídos, en las risas estridentes,
las voces que le decían cuánto tiempo habían estado esperándolo, ansiosos de
poner sus manos en él, de torturarlo hasta la muerte.

Era una cacofonía de voces, todas diferentes y a la vez tan similares que le
helaron la sangre. La sensación de vacío en su estómago lo mareaba y el frío de la
muerte, el frío del inframundo, se colaba entre sus ropas, erizándole la piel y
asentándose en sus huesos. El olor que se adentraba por su nariz conforme caía
cada vez más alertó todos sus sentidos.

El sueño, es el mismo que el de mi sueño.

Había soñado que estaba en el Tártaro, y solo un rato después estaba cayendo
directamente en él. Olía a sangre, a abandono y a fuego, a guerras y muertes, a
destrucción y caos; a todos sus recuerdos tormentosos.

El miedo, el Tártaro huele a tu mayor miedo; es la máxima representación de


tortura.

Recordó aquella charla que había tenido con Percy y Annabeth sobre el pozo de
mala muerte del inframundo hacía varios meses atrás, cuando descubrieron que
estaba vivo y fue a visitarlos para hablar. Ambos habían insistido en contárselo
porque sabían su peligrosa situación, como si alguien les hubiera dicho que él
caería tarde o temprano en el Tártaro. No se habían dejado ningún mísero detalle,
incluso habían intentado dibujarle un mapa, pero claramente no había sido nada
fructífero. Habían llegado a hacer una llamada Iris exprés al matrimonio Di
Angelo-Solace para que Nico y Will le hablaran también del inframundo.

Nicks ya sabía muchas de las cosas que le contaron, había leído tantos libros y
hablado con tantos fantasmas que él sí se creía capaz de crear un mapa del
inframundo y todas sus zonas. Podía complementar toda aquella información con lo
que le había contado los matrimonios Jackson-Chase y Di Angelo-Solace.

Sus ojos comenzaron a ver como la oscuridad absoluta del agujero se aclaraba
poco a poco, algo rojizo había al fondo, de un tono carmesí oscuro, como si fuera
sangre. Las voces en sus oídos rugieron totalmente emocionadas, extasiadas y
desesperadas por tenerlo delante. Lo estaban esperando, lo sabía incluso si no
había llegado a ver nada aún. Su cuerpo reaccionaba ante el peligro, y todos sus
sentidos le estaban gritando “Muerte”.

No, pensó, no voy a morir aquí porque tengo una chica a la que salvar.

Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo al sentir la inmensa oleada de magia que


rodeaba el lugar. La vibración tan característica de la magia antigua, poderosa,
peligrosa; su magia. El Tártaro estaba lleno de su propia magia, magia del caos,
magia prohibida.

Sus ojos brillaron de aquel tono rojizo que tanto lo caracterizaba y sus manos se
rodearon de su bruma roja como la sangre. Tapó la mitad inferior de su rostro y
cerró los ojos aguantando la respiración, usando su magia para tratar de protegerse
de las nubes tóxicas que iba a atravesar.

El hedor fétido de las nubes casi le hizo toser, pero resistió el picor de su
garganta y siguió sin respirar, esperando a que terminara de atravesarlas. Unos
segundos después, el calor infernal del Flegetonte lo golpeó, pero el río no estaba
cerca de él. Los rugidos eufóricos le hicieron abrir los ojos, encontrándose a todo un
ejército de monstruos esperándolo en el suelo. Gigantes, Empusas, el Minotauro,
Aracne… incluso podía ver a los fantasmas atrapados allí abajo, convertidos en
manías después de tanto tiempo encerrados.

Estuvo a punto de ser dominado por el miedo, pero se obligó a mantener la


cabeza fría. Debía ser muy inteligente y pensar con cuidado todas sus acciones.
Tenía que salir con vida de aquella jodida tumba. ¿Pero cómo hacía eso? ¿Cómo
iba a enfrentarse a todos los monstruos habidos y por haber del Tártaro él solo?
¿Por qué tenía que sufrir la muerte más dolorosa y aterradora de la historia?
El pánico rodeó su corazón ahogándolo, pero una chispa de rabia lo cambió.

Sacó su daga de bronce celestial y, respirando profundo, dejó que la rabia


comenzara a llenarlo, a cubrir cada pequeño hueco de su cuerpo. Y, entonces, sus
emociones se apagaron. Ya no había furia, no había miedo, ni inseguridad o
desconcierto; no había absolutamente nada. Solo él y su daga, solo él y su cuerpo
preparado para pelear, solo él y su magia.

Solo él y la guerra constante en la que vivía.

La bruma rojiza de sus manos se formó entre los monstruos, rodeándolos y


apretándolos hasta el punto de sacarles gritos de dolor. Sus labios murmuraron
palabras antiguas en latín que provocaron un fuerte viento que arrastró a varias
Empusas muy lejos. Su magia del caos lo rodeó reduciendo la velocidad de su
caída, permitiéndole prepararse para caer sobre la cabeza del Minotauro y clavarle
su daga en la frente, convirtiéndolo en cenizas.

Se impulsó con sus pies para lanzarse hacia Aracne, cortando dos de sus patas
de araña sin darle tiempo a reaccionar, para después rajar todo su vientre, de punta
a punta, dejándola agonizando del dolor. Sus sentidos lo alertaron cuando un perro
del infierno intentó abalanzarse sobre él, pero se agachó antes de ser atacado y lo
mandó a volar de una patada en la mandíbula.

—¡Matadlo! ¡Matad al maldito brujo del caos!

Sin dudar ni un segundo, comenzó a moverse entre los cientos de monstruos


que se le abalanzaron, blandiendo su daga a diestra y siniestra, apuñalando y
golpeando todo lo que se interponía en su camino, murmurando hechizos
constantes y usando la abundante niebla que había a su alrededor para despistarlos
y confundiros. No le tembló el pulso al degollar empusas, o apuñalar hasta la muerte
a los perros del infierno o prenderle fuego a los gigantes. No dudó, no tembló, ni
siquiera pestañeó. Usó todo lo que tenía a su alcance, todo lo que sabía, todo su
cuerpo para sobrevivir.

Entró en ese estado cruel e inhumano del que tanto le había costado salir
después de la guerra contra Kronos.

Ignoró cualquier dolor que su cuerpo pudiera sufrir, ignoró las voces de su
cabeza y también los gritos agónicos, rabiosos o temerosos de los monstruos a los
que se estaba enfrentando. Ellos habían querido ir a por su cabeza, debían atenerse
a las consecuencias de enfrentarlo.
—¡Eres un monstruo! ¡Una aberración de la naturaleza! ¡Un error! ¡Un monstruo!
—le rugió Aracne, todavía recuperándose en el suelo, al ver la masacre que estaba
haciendo.

Nicks se giró, su daga atravesando el ojo de una empusa a la que tenía cogida
por el cuello, asfixiándola y robándole la visión. Sus orbes verdes brillaban con ese
color escarlata que tanto parecía atemorizar a los inmortales. Aracne creyó que ya
no era un semidiós, sino que estaba delante de un demonio, uno tan cruel e
inhumano que jamás podría volver a ser un mortal.

—¿Has terminado de llorar y berrear como una niña pequeña? Porque estoy muy
ocupado por aquí.

El rostro de Aracne se volvió rojo por la furia. La horda de monstruos que


quedaba retrocedió un paso, asustada, y Nicks terminó de matar a la empusa con
un corte en su cuello. Se llenó de cenizas molestas que casi le hicieron toser y
volvió a girarse, su expresión seria dándole la apariencia de un villano. Movió su
hombro izquierdo en círculos al sentirlo tenso y doloroso e inspeccionó un poco por
encima sus heridas; sangraban más de lo que le hubiera gustado, pero ninguna era
realmente grave.

Rotó su cuello hacia los lados haciéndolo crujir y volvió a lanzarse al ataque,
moviéndose con tanta fluidez y flexibilidad que parecía estar bailando break dance,
o ballet, o cualquier otro tipo de baile; no importaba cuál fuera, porque él estaba
acabando con todos los monstruos que se le ponían enfrente. Notaron que tenía
especial cizaña con las empusas, las hijas de su madre, Hécate, y el espíritu
Mormo.

—¡Somos medio hermanos! ¡No debes atacarme! —le suplicó una, intentando
embruja hablarlo, pero sin tener éxito.

Su magia del caos se estaba imponiendo por sobre el embruja habla, tapaba sus
oídos para no escucharlas y así contrarrestar el efecto mágico. Se agachó y rodó
por el suelo lleno de esquirlas evitando el azote de un gigante, usó su niebla para
camuflarse y le prendió fuego, a él y a otros monstruos más que estaban cerca.

—Mis úniques medio hermanes están muy lejos de este pozo de mala muerte
—respondió.

No supo cuánto tiempo estuvo peleando, pero tampoco le importó. Se llevó al


límite del esfuerzo físico acabando con todo aquel que se le pusiera por delante, sin
tener piedad de nadie. Cuando se dio el tiempo de tomarse unos segundos para
retomar el aliento, se dio cuenta de que el único monstruo que quedaba era Aracne.
Sus cuatro ojos lo observaban consternados, temerosos y rabiosos.
Era tal y como se la había descrito Annabeth Chase: la marca roja de reloj de
arena en el interior del abdomen, los ojos sin párpados negros con otros dos mas
pequeños en las sienes, las púas que le habían hecho unos cortes algo profundos
en el brazo cuando le cortó dos patas y los finos bigotes de sus mejillas. Era
exactamente igual de horrenda y apestaba a pasteles podridos.

Aún se estaba regenerando el gran tajo que tenía en el vientre, ese que había
hecho justo en dirección a las glándulas de las que salía su tela de araña.

—Estás muerto, brujo del caos. ¿¡Me estás escuchando!? ¡Jamás saldrás de
este lugar con vida! ¡El Tártaro será tu tumba y sepultura! ¡Vagarás perdido en los
confines del inframundo! —rugió rabiosa.

Una sonrisa ladeada se formó en sus labios al escucharla, acercándose con su


daga brillando por la bruma rojiza de sus manos. Mantuvo una distancia prudente de
seguridad, pero se agachó para quedar a la misma altura que ella.

—Entonces me dedicaré a atormentarte a ti y a todos los deshechos


existenciales que habitan este pozo de mala muerte.

Y, con eso dicho, murmuró un hechizo en latín que le prendió fuego al monstruo.
Admiró por unos segundos las llamas y disfrutó en silencio de los alaridos de dolor
hasta que desaparecieron. Todo quedó en un silencio tenso y extraño, como si el
Tártaro mismo hubiera enmudecido ante sus acciones.

Revisó su mochila buscando algún agujero, pero por suerte había sobrevivido.
Sacó un par de vendas y empezó a enrollarlas en sus brazos, cubriendo sus nuevas
y viejas heridas reabiertas. Se tomó una poción para acelerar la recuperación de sus
células y se puso en marcha, caminando durante horas en busca del Flegetonte.
Había sentido su calor mientras se precipitaba hacia el suelo, no debía estar muy
lejos.

Su garganta dolía debido a la sed que sentía y su estómago gruñía y se revolvía


desesperado por el hambre. Llevaba mucho tiempo sin comer, ¿tal vez casi una
semana? ¿Cómo funcionaba exactamente el tiempo en el Tártaro? Según los mitos,
se tardaba nueve días y nueve noches en llegar al Tártaro desde el inframundo,
pero Nico y Will habían llegado y salido de él en una semana. ¿Era diferente según
la manera de entrar? ¿El Aqueronte agilizaba el tiempo?

No estaba seguro de nada, su mente distorsionaba todo lo que sabía y veía,


mareándolo y estresándolo cada vez más. Sabía que era un efecto del Tártaro, que
la niebla que cubría todo el lugar le afectaría más que a cualquier otro semidiós,
pues era hijo de la señora de la niebla y, para bien o para mal, podría ver a través
de ella mejor que nadie. A veces le parecía ver ojos vigilando sus pasos, otras creía
escuchar una voz que lo llamaba, que le pedía que se girara o se detuviera un
segundo; pero no hizo caso a nada de ello.

Tampoco hacía caso de los pensamientos intrusivos que lo atacaban con fuerza,
cuestionando si acaso tenía la fuerza suficiente como para salir con vida de allí, si
alguien estaría preocupado por él, si su madre se arrepentía de haberle hecho tanto
daño, si al morir realmente se quedaría allí atrapado o iría al Hades, si Ari lo
perdonaría por la tremenda insensatez que estaba haciendo, si Chris lloraría su
muerte o se quedaría esperándolo.

Pensamientos intrusivos que intentaban lastimarlo y hundirlo, pero que él se


negaba a dejarse atormentar. Había crecido toda su vida escuchando las
lamentaciones de los muertos, ¿Tártaro realmente creía que algo así podría con él?
Era un brujo del caos y un nigromante, estaba en su naturaleza romper las reglas
sin seguir las convenciones sociales, estaba acostumbrado a la muerte y su dolor.

No había nada que pudiera hacer que cayera en la trampa mental que suponía
estar en el Tártaro. No importaba qué tuviera que atravesar, a cuántos monstruos
tuviera que enfrentarse o cuánto dolor físico-mental debiera soportar, Nicks tenía
que volver a casa con su familia.

Tenía que salvar a Ari aún si eso significaba condenar su alma al vacío infinito.

El calor asfixiante que emanaba del Flegetonte comenzó a golpearlo con más
fuerza, agobiándolo y provocando que quisiera alejarse lo más rápido posible.
Nunca había llevado bien el calor, a él le gustaba más el otoño. Apretó la mandíbula
resistiendo el ambiente hirviente del río y suspiró arrodillándose en las orillas,
replanteándose la idea de beber de sus aguas de fuego. Tampoco le gustaba el
picante.

Tomando una profunda respiración recogió un poco de agua entre sus manos y
bebió, haciendo muecas y maldiciendo en mil idiomas diferentes su sabor. Sacó el
frasco de la poción que se había tomado y la lavó, asegurándose de que el agua de
fuego limpiara y purificara cualquier elemento químico y mágico que quedara en su
interior. Según los mitos, el Flegetonte era usado también para purificar y purgar los
pecados de las almas, usándose como tortura para aquellas que no se arrepentían
de verdad de sus malas acciones cometidas.

Si podía purificar a las almas también podía purificar y limpiar su botellita de


pociones.

Retiró las vendas de sus brazos y las guardó en su mochila, podría reciclarlas
más tarde. Sacó una piedra pequeña y, usando alquimia, la transformó en un
pequeño paquete de galletas. Si hubiera podido la habría cambiado por carne, pero
no podía convertir un elemento natural en algo anteriormente vivo. Tendría que
aguantarse y conformarse hasta que pudiera encontrar algún ser vivo del Tártaro
comestible.

¿Damasén se habría regenerado ya? No había estado vivo cuando Nico y Will
bajaron al Tártaro, tal vez, si tenía suerte, podría ayudarle a escapar. Y si lo hacía,
Nicks le propondría irse con él.

Entonces una risa a sus espaldas puso todos sus vellos de punta. Una risa
femenina, dulce pero siniestra, desprendiendo terror absoluto a su alrededor y
congelando a todo ser vivo que estuviera cerca de su emisora. Todo su cuerpo se
tensó y su mano viajó hacia su daga, guardada en su funda, listo para defenderse;
pero una vibración extraña lo golpeó de lleno, resonando entre sus vasos
sanguíneos y recorriendo su interior, calando hondo en sus huesos.

La reconocía, esa extraña vibración era muy similar a su magia del caos. Y
pocos Protogenoi habitaban el Tártaro.

—Dulce y pequeño semidiós —la voz femenina a sus espaldas habló, inundando
su mente con imágenes de un profundo vacío, una noche eterna y sin límites;
Nyx—, llevo esperando mucho tiempo a que vengas.

No se giró, pero tampoco se atrevió a dar un paso lejos de ella. Cualquier


movimiento podría ocasionar su muerte.

—¿Sabes? Hace milenios que no nacía un brujo del caos descendiente de


Hécate, el último murió nada más nacer, Zeus mismo le dio muerte arrebatándoselo
a tu madre de sus brazos —comenzó a contar.

Nicks podía sentir que se estaba acercando a él, aunque no escuchaba pasos ni
ningún sonido de arrastre. Un tacto frío e intangible rodeó sus brazos, rozando allí
donde minutos antes habían estado sus heridas. Eran unos tentáculos de sombras,
tan raros y sin consistencia que casi tuvo ganas de vomitar.

Inspiró hondo disimuladamente, concentrándose en mantenerse lo más calmado


posible para no actuar imprudente. No estaba hablando con una deidad común, se
trataba de Nyx, de la primordial de la noche, la hija de Caos y Tártaro. Ese
recordatorio le hizo cuestionarse si realmente podría salir con vida de allí. Hacía
apenas un par de horas, tal vez, que había terminado con un ejército de monstruos
que habían intentado matarlo.

¿Cómo iba a poder él contra Nyx, la mismísima noche? ¿La mismísima


oscuridad?
—¿Por qué no te giras a mirarme, brujo del caos? Es de mala educación darle la
espalda a alguien cuando te habla

Los tentáculos de sombras que habían estado acariciando sus cicatrices lo


tomaron fuerza de los brazos y le obligaron a girarse. De forma instintiva cerró los
ojos, negándose a mirar a la inmortal, mientras su mano tomaba con firmeza su
daga y la apuntaba enfrente suyo, preparado para pelear.

Sus oídos captaron la dulce y terrorífica risa que soltó Nyx, erizándole la piel y
trayendo a su memoria sus peores pesadillas. Estaba seguro de que no iba a poder
volver a dormir bien nunca.

—Tu fama en el mundo inmortal no es muy buena que digamos, hasta en el


Tártaro se sabe cuánto te odian los dioses, incluyendo a tu propia madre —habló
Nyx—. Ella misma fue la que abrió las puertas para permitir tu entrada a este lugar,
¿verdad?

A pesar de su negatividad a hablar, a la Noche no parecía importarle en lo más


mínimo. Las sombras se deslizaban por sus brazos acariciando todas y cada una de
las cicatrices que tenía en ellos, narrando las historias que habían detrás de ellas,
atormentando su cabeza con aquellas memorias que tanto se había esforzado en
eliminar.

Los captura la bandera, donde los hijos de Ares se ensañaban con él; los
hechizos de sangre que había intentado practicar cuando era un niño tonto e
inexperto; la batalla del laberinto, cuando mató por primera vez; la batalla de
Manhattan, donde volvió a matar, estuvo días enteros peleando sin cesar, vio morir
a muchos niños y donde perdió a sus hermanos; los monstruos que lo persiguieron
cuando salió del Lotus.

Todos recuerdos desagradables y traumáticos, pero que al fin y al cabo,


formaban parte de él, de quién era.

—¿Estás esperando que te conteste o ya vas a decirme qué quieres de mí? Es


molesto estar así.

Soy. Un. Idiota.

Fue lo primero que pensó cuando su lengua no pudo resistir más el impulso de
hablar. Creyó que Nyx iba ya a matarlo, a despedazarlo parte por parte o lanzarlo al
Caos para eliminar su existencia de una vez por todas, incluida su propia alma; pero
la primordial sólo volvió a reír, divertida con sus palabras.
—Casi había olvidado lo rebeldes que erais los brujos del caos —respondió, su
voz sonando melancólica—. Los dioses han cometido un error tremendo
infravalorándote y creyendo que morirías aquí nada más llegar, ¿no es así? Te
menosprecian, te tratan como a un perro encadenado y ni siquiera tienen la
decencia de dejarte en paz.

El lado más rencoroso y vengativo de Nicks no pudo evitar darle la razón.

—Ellos no te saben valorar, mi querido brujo del caos. Repudian tu existencia y


te culpan de todo a pesar de no darles problemas. ¿Y ahora? Te han lanzado aquí,
al lugar que será tu tumba, mientras tu amada está convertida en piedra por culpa
de su propia madre.

Su espalda se tensó con la mención de su novia, haciéndole sospechar por


dónde podrían estar yendo los tiros de aquella conversación. Sus alarmas se
encendieron y toda su cabeza comenzó a dar vueltas. ¿Cómo sabía Nyx sobre Ari?

—Ya te lo he dicho, llevo mucho tiempo esperándote y, por tanto, vigilándote.


Quería hablar contigo durante la guerra contra Gaia, le pedí que te trajera ante mí,
pero tu madre ya te había escondido para entonces. Dime, mi pequeño brujo del
caos, ¿Qué te han dado los dioses, a parte de dolor y sufrimiento? Te han
arrebatado a todas tus personas amadas, te han alejado de ellas, y buscan matarte
a cada oportunidad que se les presenta.

No podía rebatir o negar nada, porque estaba diciendo la pura verdad. Los
dioses no habían hecho más que atormentarlo y hacerlo sufrir sin parar, solo porque
existía, sólo porque había nacido con una magia que él no había elegido. ¿Qué
clase de compasivos dioses hacían eso? ¿Qué clase de madre podía torturar tanto
a su propio hijo?

Nicks no tenía madre, porque Hécate nunca se había preocupado de verdad por
él.

Entonces, una voz conocida resonó en sus oídos; una voz masculina, juguetona
y jovial que había sido su lugar seguro toda su vida, que lo había calmado cuando
los muertos lo atormentaban tanto que no podía dormir. Abrió sus ojos llenándose
de lágrimas al verlo allí, al lado de Nyx, con la misma ropa y la barba arreglada que
tenía la última vez que lo vio.

—Hola, hijo.

Su padre estaba allí, en el Tártaro, al lado de la primordial de la noche. ¿Por


qué? ¿Por qué él estaba en aquel agujero de mala muerte? ¿Por qué en el peor
sitio de la existencia?
—Puedes quedarte aquí, con nosotros, y ser feliz. Los dioses no tienen poder en
el Tártaro, no se atreven a entrar en este lugar. Si me ayudas, podemos ser una
familia los tres juntos. Yo te protegeré y te dejaré estar con tu padre, mi querido
brujo del caos.

Nyx no tenía rostro, más que un par de bolitas de luz que conformaban sus ojos.
La zona que sería su rostro parecía un vacío infinito, como si no hubiera nada pero,
al mismo tiempo, estuviera todo allí. Su cuerpo estaba cubierto de lo que parecían
ser galaxias y estrellas, y las imponentes alas de su espalda estaban algo
replegadas, rodeando a su padre. Había encogido hasta ser poco más alta que él.

Sabía que no tenía que mirarle al rostro, que se traumaría tanto que no podría
volver a recuperarse, pero los ojos blancos y brillantes de la Protogenoi eran
demasiado atrayentes, como si lo estuviesen hipnotizando.

—¿Qué… Qué haces aquí? ¿Por qué estás aquí abajo? ¿¡Hécate te mandó
aquí!? ¿¡Por qué mierdas lo hizo!? —gritó, corriendo hacia su padre una vez los
tentáculos de sombras lo soltaron.

Rick estaba frío, pero podía entenderlo. Era un fantasma, los fantasmas siempre
estaban fríos, ya no tenían el calor de la vida en ellos. Lo abrazó con todas sus
fuerzas, enterrando su rostro en su cuello y dejándose arrullar por él. Sus brazos se
sentían familiares pero distantes al mismo tiempo.

—No importa cómo llegué, lo importante es que estoy aquí, contigo. Podemos
volver a estar juntos, mi niño.

Un toque en su espalda lo tensó, paralizándolo entre los brazos de su padre y


provocándole escalofríos. Nyx estaba tocándolo, pero no se sentía bien en absoluto.
Le incomodaba muchísimo.

—Solo tienes que prestarme tu magia, mi adorado brujo del caos, y podremos
vivir los tres juntos aquí, donde estarás a salvo y con tu padre. Nadie podrá volver a
lastimarte, ni a ti, ni a él.

Volver a estar con su padre, con su mayor adoración, con su héroe; despertar de
nuevo y verlo haciendo el desayuno; jugar a las peleas con él y frustrarse porque no
podía ganarle; quería volver a pasar tiempo con su papá. Entregar su magia era un
precio muy bajo, ni siquiera lo consideraba un verdadero sacrificio. Podía
deshacerse de aquello que tanto lo había condenado y le había causado dolor,
estaría a salvo lejos de la mano de los dioses, y volvería a estar con su padre. Era
un ganar-ganar.
Pero, entonces, ¿qué pasaría con Ari? ¿Qué ocurriría con ella? ¿Quién la
devolvería a la normalidad? ¿Quién la salvaría? ¿Y con Chris? ¿Qué sería de su
hermana? No podía abandonarla, no podía cometer el mismo error que con Lou.
¿Qué diría eso de él como hermano mayor? ¿Cómo podría vivir el resto de sus días
sabiendo que había abandonado a las dos mujeres de su vida?

Nicks no podía dejarlas, no podía cometer el mismo error solo por miedo a lo que
los dioses fueran a hacerle. Él no era un cobarde y, desde luego, no iba a fallarle a
su familia. Ni a su hermana ni a su novia.

Ni siquiera por su padre.

—Te amo, papá; lamento tanto que hubieras muerto por mi culpa, no sabes lo
mucho que me odio y resiento por siquiera haber nacido. Eres mi héroe, la persona
a la que más he amado y querido en toda mi vida y te extraño todos los días; pero
no puedo hacerlo. Tú me enseñaste a querer —se separó de él lo suficiente como
para apoyar su mano en su mejilla y acariciarla, sonriendo con levedad por el
contacto áspero de su barba—, y tengo gente a la que quiero que me está
esperando en casa. Te amo, papá, pero ya estás muerto y nada ni nadie puede
cambiar eso.

En un movimiento inesperado sacó su daga y la blandió en el cuerpo de Nyx,


haciendo un corte en lo que parecía ser su corset y sacándole un grito de dolor. Se
alejó con rapidez de ambos, pero no lo suficiente como para evitar que su padre se
le lanzara encima soltando gruñidos rabiosos. Apretó la mandíbula haciendo fuerza
para alejarlo de sí mientras las lágrimas se formaban más en sus ojos.

No es él, no es papá; podrá tener su físico y su voz, pero no es mi padre. Él


nunca me haría daño, ni siquiera por error.

Sintiendo que una parte de su corazón se rompía, maniobró su daga para


clavarla en el estómago de la criatura que se había hecho pasar por su padre,
quitándosela de encima y corriendo lo más lejos que podía. A su espalda podía
escuchar los gritos furiosos de Nyx, los gruñidos del monstruo y los chillidos de
algunas criaturas que no podía identificar.

—¡Atrapadlo! ¡Coged a ese maldito semidiós! —ordenó la Protogenoi.

Un grupo de criaturas aladas, oscuras y deformes se lanzaron hacia él


intentando atraparlo. De lo que parecían ser sus pies, o patas, salían un par de
garras que lo lastimaban al querer cogerlo. Y, como si fuera un deja vu, el recuerdo
de su sueño volvió a golpearlo.
Estaba corriendo tal y como en su sueño, con su cuerpo dolorido por las heridas
y los arañazos que las extrañas criaturas le hacían, deslizándose por el suelo lleno
de esquirlas y su visión medio nublada por la extraña niebla que habitaba el lugar.

Y, de fondo, la voz femenina tan potente y poderosa gritándole:

—¡No puedes huir, brujo del caos!

El Flegetonte estaba a su lado, y por la densidad del río y la dirección en la que


había aparecido Nyx, suponía que estaba yendo hacia arriba, por donde los ríos
caían por el Tártaro y donde, en teoría, deberían estar las dos entradas y/o salidas
viables para él: la que llevaba al inframundo, y la que llevaba al mundo mortal, al
otro lado del Cocito, el río de las lamentaciones.

Tal vez podría haber intentado huir por las puertas de la muerte de Thanatos,
pero estaba seguro de que el dios de la muerte no iba a ayudarlo a salir de allí.
Ningún dios lo iba a hacer, en realidad. Querían dejarlo morir y vagar toda su vida
por el pozo de mala muerte del inframundo, donde dejaban a los peores monstruos
y sus enemigos más peligrosos.

Puedo hacerlo, sé que puedo, porque tengo gente que me espera arriba, en
casa.

Se deslizó por una pendiente que le hizo más heridas, desgarrando sus
pantalones y dejando un rastro de sangre que le hizo soltar muchos gruñidos y
maldiciones. Sus piernas estaban llenas de cortadas profundas, no podría correr
con ellas; y los monstruos de Nyx estaban cada vez más cerca, volando en picada
hacia él.

Con una maldición saliendo de sus labios, se tomó el agua de fuego del
Flegetonte y se puso de nuevo en pie, volviendo a correr sin descanso. Sus
pulmones ardían por el aire tóxico y venenoso del Tártaro, su cuerpo dolía de los
pies a la cabeza y se sentía agotado, a punto de dejarse caer y ser arrastrado de
vuelta a la primordial de la noche. Su cabeza comenzó a replantearse, de nuevo,
por qué estaba haciendo todo aquello, por qué se estaba esforzando tanto en vez
de simplemente dejarse ser.

Pero sabía que eso era un efecto secundario de aquel lugar, que él realmente no
pensaba ese tipo de cosas. No paraba de repetírselo en su cabeza, de traer a su
mente el recuerdo de su familia, del mundo de los vivos, del Campamento Mestizo.
Tenía un lugar al que volver sin importar qué.

Más allá, a lo lejos, pudo ver por fin su salida, la caverna que lo llevaba al
inframundo. Estaba a un par de kilómetros, tal vez dos o tres, pero era tan grande
que podía verlo desde su lugar. Solo tenía que correr un poco más, que seguir
esquivando a los molestos demonios hijos de Nyx y por fin sería libre.

Pero entonces Nyx se materializó enfrente de la entrada de la caverna, con sus


sombras rodeando el lugar donde él la había apuñalado, sanando aquella herida
que se había atrevido a hacer. A pesar de no tener rostro, Nicks sabía que lo
observaba furiosa, a punto de despedazarlo ella misma y acabar con su miserable
existencia. Había recuperado su descomunal tamaño y, por si no fuera poco, sus
alas se abrieron mostrando a todo su ejército de hijos, incluyendo a los dioses.

Su corazón se detuvo y se obligó a sí mismo a detenerse y rodar por el suelo


esquivando las garras de uno de sus cacodemonios.

—¡Deja de huir, brujo del caos! ¡Sabes bien que no hay lugar en el que puedas
esconderte al que yo no pueda alcanzarte! Este es tu sitio, tu hogar, ¡deja de
negarlo! La magia que portas en las venas pertenece a mi madre, Caos. ¡Tú mismo
eres una criatura del caos! ¡Estás destinado al horror, al sufrimiento y a la miseria!
¡Estás destinado a la oscuridad! —rugió Nyx.

Irónicamente, la oscuridad siempre había sido su segundo lugar seguro, donde


podía esconderse cuando no quería ser visto por nadie, donde podía dejar ir su
mente y sentirse medianamente en paz, donde nadie podía lastimarlo. Nicks sabía
que siempre había tenido especial afinidad por la noche, ¡su madre era una diosa
lunar! Funcionaba mejor cuando la noche se cernía sobre el cielo y alejaba de él los
rayos del sol.

—¡Llevas la destrucción y el dolor allá donde vayas! ¿¡Crees en serio que allí
arriba tienes un lugar al que volver!? ¡Los dioses te quieren muerto! ¡El
Campamento Mestizo jamás estará a salvo contigo en él! ¡Eres una aberración de la
naturaleza! ¡La existencia misma te aborrece! Deja de resistirte y creer que hay
alguien en este mundo que te quiera, porque no es así.

Un balazo dolía menos.

Sintió sus ojos llenarse de lágrimas, porque tenía razón, Nyx estaba en lo cierto.
No había nadie que realmente lo quisiera; el Campamento Mestizo siempre estaría
en peligro si estaba allí porque los monstruos rondaban más la barrera del
campamento; su magia no hacía más que destruir, que lastimar, a él mismo y a los
demás, de ahí su temor; su propio cuerpo no podía soportar la cantidad abrumadora
y poderosa que era su magia del caos; los dioses lo querían muerto y no iban a
dejarlo vivir mucho tiempo; ni siquiera pertenecía a aquella época, él debería haber
crecido hacía veinte años.

¿Por qué seguía creyendo que de verdad existía un lugar en el mundo para él?
Porque sí hay lugar para mí, Chris y Ari me están esperando en casa.

Inspiró hondo tomando con firmeza su daga, viendo delante suya lo que parecían
ser unos demonios… ¿Qué clase de demonios o criaturas eran? No estaba seguro,
parecían tener partes de mujeres humanoides, partes de murciélagos, con caras
muy peludas, garras muy afiladas y unas alas extrañas en la espalda.

Su apariencia le palpitaba en la frente, como si conociese el nombre de aquellos


demonios pero no pudiera recordarlo con exactitud. Había estudiado mejor que
nadie el inframundo, incluso a muchas de las criaturas que lo habitaban. Sabía qué
eran, pero la niebla y los pensamientos negativos no le dejaban recordarlo.

—¿Voy a tener que darle una paliza a tus bebés, Nyx? —preguntó burlón.

Una de aquellas bestias se le abalanzó con las garras extendidas. Se agachó


con rapidez pasando por debajo de su brazo y trazó un corte por todo su abdomen,
pasando por sus costillas y llegando hasta su espalda. La criatura gritó de dolor y se
volvió cenizas mientras él se giraba y comenzaba a pelear contra los otros
demonios, que no parecían muy contentos por su actuar.

Apagó su mente y sus emociones para no distraerse en el combate, no


necesitaba tener pensamientos negativos en aquel momento. Manipuló su magia del
caos para encargarse de varios demonios a la vez, jugó con su niebla despistando y
confundiendo a otros tantos, y se aseguró de dar estocadas, apuñaladas,
puñetazos, patadas e incluso mordiscos, todo con tal de sobrevivir.

Si le preguntaban, no, los demonios no sabían bien. Parecían muertos en estado


de putrefacción, su sabor era similar al olor que desprendían.

Lo que sí no se esperaba fue que los dioses hijos de Nyx se unieran a la pelea.
¿Cómo iba a derrotar a unos dioses?

Eris, la peor de todos, estaba delante suya blandiendo una espada, con sus ojos
dorados resplandeciendo con maldad pura y el aura a su alrededor oscureciéndose.
Un escalofrío le recorrió de arriba abajo al sentir la energía del caos en ella,
rodeándola, pero no con la misma intensidad que a él. No parecía ser su mismo
caos, aunque sí sentía la misma violencia que el suyo.

Sonrió de medio lado, tenso, y usando todo lo que tenía a su alcance, comenzó a
retroceder hacia el Flegetonte. Si recibía alguna herida muy grave podría curarse en
apenas segundos bebiendo de sus aguas, o lanzándose a ellas.

—¿Qué tal, Eris? ¿Cómo te va?


La diosa le sonrió, sus dientes afilados brillando en medio de la penumbra,
destacando por esos labios color rojo sangre que tenía.

—Ambos dominamos el caos, aunque no de la misma forma. ¿Quién vencerá,


querido brujo del caos? ¿Tú, que posees un poder nefasto y que apenas entiendes,
o yo, que llevo milenios existiendo y domino las guerras y los combates?

Ah, así que quiere ponerse filosófica. Pues bien por ella, pero yo quiero vivir.

Tragando saliva, se deslizó por el suelo esquivando la estocada de la diosa y


trató de defenderse lo mejor que podía. Estaba claro que no podría igualar jamás el
poder de un dios, al fin y al cabo, era mortal; pero no se iba a dejar amedrentar (más
tarde, tal vez sí) por una psicópata que no sabía lo que era tomarse un té o una
infusión.

Al menos eso creyó los primeros tres segundos en su pelea contra Eris, los
siguientes tres se basaron en él teniendo que poner en práctica toda la agilidad y
experiencia que había adquirido con el paso de los años para evitar que la diosa de
la discordia lo empalara con su espada. Aunque lo intentó (de verdad lo intentó),
terminó con un corte profundo y peligroso en su costado, una apuñalada en su
hombro y arrastrándose por el suelo para llegar al borde del Flegetonte.

Un poco más, solo un poco más.

Sintió un tirón en su cabello que le sacó un quejido de dolor. Su mano derecha,


en la que tenía su daga y con la que se arrastraba, se dirigió hacia atrás tratando de
alejar a la diosa de sí mismo; pero Eris fue más rápida esquivando el intento de
apuñalada.

—Jaque mate, brujo del caos —murmuró en su oído con voz cruel y burlona.

Y la desesperación lo inundó al sentir el filo de la espada rasgando la piel de su


garganta. El ardor y dolor por el corte lo asustó, pero lo que terminó por aterrarlo fue
sentir cómo comenzaba a ahogarse con su propia sangre.

No, no, no, no, no, no. Esto no puede terminar así. No puedo morir así.

Tenía apenas unos treinta segundos antes de que terminase de ahogarse, debía
moverse rápido y liberarse del agarre de la diosa. Desesperado, su daga se movió
entre temblores hacia su cabello y lo cortó de golpe, permitiéndole alejarse de Eris,
quien veía anonadada su acción. Sintiendo que la sangre salía con más rapidez de
su cuello y su boca, se arrastró lo que le quedaba hasta el borde del Flegetonte, y
comenzando a ver borroso, se dejó caer por la orilla.
Las aguas frías del río de fuego le quemaron, pero no dejaron rastro de ninguna
quemadura. Las heridas que tenía ardieron con tanta fuerza que no pudo evitar
gritar aún debajo del agua, permitiendo que el fuego entrara en su garganta y
terminara de sanar sus heridas.

Suficiente, debes salir ya mismo.

Pero no quería, no quería salir de aquel fuego que lo sanaba. ¿Por qué lo haría?
¿Por qué volvería a la superficie sabiendo que solo le esperaba más dolor en ella?

Porque tienes a gente que te espera.

Los recuerdos de su hermana y su novia lo golpearon con tanta fuerza que su


mano, de manera instintiva, se aferró a la orilla del río deteniendo su avance.
Haciendo fuerza, entre temblores, se aupó a sí mismo saliendo por fin de las aguas
de fuego, tosiendo sin parar y notando una rugosidad extraña en el interior de su
garganta.

Fue instantáneo, lo notó al segundo de escuchar sus propios tosidos; su voz


estaba dañada, habían quedado secuelas del intento de degollamiento de Eris.

—¡Estás vivo! —la oyó gritar a la distancia, con una emoción digna de un
psicópata—. ¡Eres jodidamente resistente, brujo del caos! ¡Vamos a divertirnos un
poco más!

Pero Nicks estaba cansado de juegos, de los dioses y sus estúpidos delirios de
grandeza; de los monstruos y sus comportamientos irrazonables; de los primordiales
y sus mentes manipuladoras. Estaba harto de todos.

Murmuró varios hechizos que lanzaron a la diosa por los aires, justo en dirección
a su madre, sacando gritos sorprendidos y jadeos mudos de muchos de los
monstruos que estaban allí. La propia Nyx enmudeció por unos segundos al ver la
manera tan violenta en la que su hija había salido volando por el propio aire del
Tártaro.

—Muérete, bastarda. Tu caos jamás se podrá comparar con el mío —gruñó, su


voz saliendo rasposa, rota, rigurosa. Como si estuviera medio afónico pero a la vez
algo estuviera raspándole en el interior.

—¡Brujo del caos! —gritó Nyx enloquecida.

—¡Némesis! ¡Tú eres la puta diosa del equilibrio y la justicia! ¿No es justo
entonces que yo salga de este lugar? ¡Sabes que esto no es justo!
La diosa lo miró, sus ojos destellando con desprecio y crueldad. Su rostro divino
estaba arrugado en una mueca desagradable y blandía dos espadas, una en cada
mano, de un material oscuro. No sabía cuál era, pero estaba seguro de que no se
trataba de hierro estigio.

—Tu misma existencia rompe el equilibrio del mundo, rompes la balanza que
tanto cuesta igualar. Dime, brujo del caos, ¿qué tan “justa” y “equilibrada” es tu
vida? Tu nacimiento trajo desgracias a toda la creación, y como tal, debes pagar el
precio de tu existencia.

¿Por qué siquiera estaba intentando apelar a la piedad y compasión de uno de


los hijos de Nyx? ¿Por qué siquiera estaba hablándole a una diosa? Como si fuera a
ayudarlo. Se sintió estúpido.

Se puso de pie y se lanzó de nuevo a la pelea, alejándose del río y


enfrentándose contra todo aquel que se le pusiera por delante. Tenía que volver a
casa, tenía que regresar con su hermana, tenía que salvar a su novia. ¿Cómo
podría dejarlas allí arriba, solas, sin saber qué habría sido de él?

¿Pero ellas lo recordarían? ¿Ari estaría consciente de su desaparición convertida


en una estatua? ¿Chris realmente lo esperaría? ¿Saldría a buscarlo? Nada podía
asegurarle que aquellas mujeres tan importantes para él lo querían. Su misma
historia de amor con Ari era tan complicada que en muchas ocasiones había llegado
a dudar de que la chica realmente lo quisiera. ¿Quién podía lastimar tantas veces a
alguien a quien amaba?

¿Y Chris? ¿Su hermana de verdad lo quería? Le había hecho mucho daño en


muchas ocasiones, había tenido que aguantar lo peor de él cuando recién había
vuelto al campamento; todos aquellos malos tratos, todas aquellas noches sin
dormir porque él se despertaba gritando y teniendo pesadillas, todas aquellas
peleas porque él no lograba separar sus traumas del pasado con la realidad. ¿Chris
realmente podría perdonarle todo el dolor que le había causado?

Entonces, un movimiento a su izquierda lo alertó. La marea de pensamientos


negativos le impidieron moverse con la suficiente rapidez, y a causa de eso, sintió
como unas garras se deslizaban por su ojo izquierdo hasta su mandíbula. El grito de
dolor que abandonó sus labios resonó en las profundidades del Tártaro y sus
piernas lo dejaron caer al suelo, permitiendo que aquellas garras volvieran a
deslizarse sobre él, en esa ocasión en sus costillas, reabriendo las cicatrices que ya
tenía en aquella zona.

Se giró tembloroso para ver quién lo había conseguido lastimar, la mitad de su


rostro palpitando y chorreando litros de sangre preocupantes; y se encontró con la
figura del monstruo que imitaba a su padre. Una sonrisa de dientes puntiagudos y
afilados le adornaba los rabios.

Papá jamás me habría lastimado así.

Estaba mareándose por la pérdida de sangre y no tenía ambrosía y néctar en la


mochila. Tampoco tenía su botella del Flegetonte y el río se encontraba demasiado
lejos, Nyx no le dejaría ni siquiera dar dos pasos en su dirección, lo mataría antes.
¿Qué podía hacer? ¿Cómo salía de aquella situación?

Un temblor debajo suyo lo alertó, poniéndole todos los vellos de punta y


asustándolo más de lo que ya estaba. Sus sentidos le gritaron que corriera lo más
lejos posible de allí, que se zambullera en el Flegetonte así fuera consumido por las
llamas hasta la muerte, o mejor, que él mismo se clavase su daga en el pecho y
acabase con toda aquella tortura de una vez por todas.

No, no puedo hacer eso.

Las lágrimas se deslizaban por su rostro mezclándose con la sangre y veía


borroso, pero su cuerpo reaccionó cuando una magia similar a la suya emergió del
suelo mismo, una forma humanoide que le heló la sangre y, por primera vez, le hizo
creer que hasta ahí había llegado, que ya no había manera de salir de allí, que ya
estaba muerto.

—Siéntete orgulloso, brujo del caos, he despertado de mi largo letargo para


presenciar yo mismo tu final.

Tártaro, el dios del abismo, el padre de Nyx, uno de los Protogenoi más
poderosos, el señor y padre de todos los monstruos; había aparecido solo para ver
cómo moría un semidiós.

¿Qué tanto daño he provocado como para merecer esto?

Se preguntó entre lágrimas, comenzando a sentirse tan desesperado que no


podía ni respirar bien. Su cuerpo tembló como una hoja con una mezcla de
emociones tan intensas que su pecho comenzó a doler con fuerza, agobiándolo y
mareándolo aún más de lo que ya estaba. No podía concentrarse en nada de lo que
estaba ocurriendo a su alrededor.

—Si no va a dejar que usemos su magia, es mejor acabar con él de una vez y
que su alma vague eternamente aquí —escuchó, muy lejano, a Nyx hablar.

—¿Tan rápido? Quiero torturarlo antes de matarlo, que sienta la verdadera


desesperación —alegó Tártaro.
Ambos primordiales parecían estar teniendo una conversación tranquila, como si
estuvieran en un día de campo hablando sobre el clima y no sobre su inminente
muerte.

—Dejarlo vivo más tiempo es peligroso y lo sabes bien. Es un brujo del caos.

En medio de su dolor, de su pánico y de su miedo, Nicks pensó que se estaban


volviendo pesaditos con aquel título. Ya sabía que era un brujo del caos, ¡todos los
seres inmortales o semi inmortales lo sabían! ¿Qué necesidad tenían de repetirlo
tantas veces? No es como si él pudiera hacer algo contra ellos.

Ciertamente, él no podía, pero…

Una idea descabellada y completa y absolutamente suicida se le pasó por la


cabeza.

Nunca había logrado entender por qué todo inmortal existente quería deshacerse
de él. No entendía por qué los dioses estaban tan desesperados por matarlo. ¡No
podía usar bien su magia porque se lastimaba a sí mismo! Prácticamente se moría
cada vez que la usaba, ¿por qué le tenían tanto miedo entonces? El único lugar
donde podía usarla sin tanto peligro era en el que se encontraba, pero no iban a
dejarlo salir de allí con vida nunca.

Entonces, ¿por qué le tenían tanto miedo?

Esa pregunta había rondado innumerables veces en su cabeza a lo largo de los


años y nunca había logrado encontrar un porqué.

Hasta ahora.

Era una idea descabellada, loca, suicida, con menos del 1% de probabilidades
de que funcionara; pero si Nicks no podía volver a casa, nadie más lo haría.

Pasó saliva con dificultad, retirando sus manos llenas de sangre de sus heridas.
El calor del Flegetonte lo golpeó en ellas, provocándole siseos de dolor que
llamaron la atención de ambos Protogenoi. Entre tambaleos, a punto de volver a
caer al suelo lleno de esquirlas, se puso de pie; sus manos comenzando a brillar
con aquel tono escarlata que caracterizaba a su magia. Sus ojos destellaron con el
mismo color, alertando y atemorizando con levedad a algunos monstruos.
Una risa seca se escapó de su garganta, ronca, grave, rota; desquiciada. Se
sintió como si, por fin, hubiera encontrado la respuesta a todas sus preguntas, como
si ya hubiera encontrado el motivo de su existencia.

—Joder, todo este tiempo tuve la respuesta delante de mis narices y no me había
dado cuenta. Soy gilipollas —murmuró para sí mismo entre risas.

—¿Ha enloquecido por fin? —le preguntó Nyx a Tártaro, quien parecía observar
todo con un rostro menos divertido.

Abriendo las palmas de sus manos y mirando fijamente a ambos primordiales a


los ojos, su magia comenzó a volverse más intensa, más violenta e inestable,
salvaje y desesperada, como si estuviera ansiosa de algo.

—Supongo que debo daros las gracias, abuelos, me habéis ayudado a terminar
los deberes —dijo, su voz destilando burla y desdén—. Por fin entiendo todo.

El rostro vacío de Tártaro pareció entrar en pánico, o doblarse por el dolor,


aunque no tenía facciones para mostrarlo. Una tensión aterradora rodeó el ambiente
mientras una sensación de arrastre comenzaba a tirar de todos, asustándolos y
desconcertándolos. El calor del Tártaro empezó a disminuir, enfriándose cada vez
más a medida que los minutos pasaban.

El primordial del Abismo soltó un alarido de dolor doblándose sobre sí mismo,


rodeándose con sus brazos en un intento de protegerse o aliviar su propio dolor. Los
gritos atemorizados de los monstruos del pozo de mala muerte comenzaron a
escucharse muy a lo lejos. Nyx soltó un jadeo horrorizado observando mucho más
allá de Nicks, por donde él supuso que estaría su Mansión de la Noche.

—¡Detente ahora mismo! ¡Detente! ¡Vas a matarnos a todos! ¡Destruirás la


propia existencia de este mundo! —le ordenó la Protogenoi de la noche,
aterrorizada y furiosa.

Una sonrisa cruel se formó en sus labios mientras la observaba a los ojos
blancos y brillantes. ¿Qué más podía atemorizarlo ahora? Ya había aceptado su
muerte, ¿qué más podría asustarlo? No podían amenazarlo, no serviría de nada.

Nicks ya había comprendido, por fin, por qué todos parecían temerle tanto. Y
maldita sea, se sentía un completo estúpido por no haberlo pensado antes.

Era un brujo del caos, su magia tenía casi la misma esencia y base que la magia
del primordial Caos. Ambos podían crear y destruir, la única diferencia era que el
cuerpo de Nicks no podía soportarlo, y Caos sí. Muchas veces había escuchado
voces diferentes a las de los muertos, voces que le pedían y exigían destruir cosas,
lastimar y eliminar; voces caóticas que habían comenzado a aparecer cuando
despertó su magia del caos.

Su magia estaba conectada en cierta medida con el primordial y creador de todo;


tal vez no podía hacer lo mismo que él (ni mucho menos), como tampoco podía ser
inmortal o invencible, pero sí podía atraer los límites de Caos hacía sí mismo,
rompiendo la frontera que separaba el vacío infinito de la aniquilación con el vacío
infinito de la creación.

Si él no podía salvar a su novia y volver a casa con su hermana y familia,


entonces no tenía sentido que el mundo siguiera existiendo.

—Dejadme salir de aquí, ahora, o borraré de la existencia a toda la creación.

La amenaza caló hondo en medio de todo el caos, el lugar temblaba y se


sacudía, el agua del Flegetonte se desbordaba de su caudal y comenzaba a
expandirse por el resto del lugar. Los gritos agónicos se escuchaban de fondo
mientras el frío del vacío de la aniquilación se iba acercando cada vez más. La
bruma rojiza en sus manos brillaba y se agitaba desesperada por reunirse con
aquella de su misma esencia.

—¿¡Te atreves a amenazarnos, vulgar semidiós!? —le rugió Tártaro, su voz


terrorífica sonando medio ahogada por el dolor.

—Sí. Ahora, dejadme salir de este pozo de mala muerte, por favor.

Nyx iba a negarse, y probablemente a eliminarlo de un solo movimiento; pero


otro alarido de dolor se le escapó. Su mansión era la más cercana a Caos, estaba
siendo desgarrada y, con ella, debilitaba cada vez más a Nyx.

Se estaba cargando a dos primordiales él solito. Si se lo contaba a Chris no se lo


iba a creer.

—¡Está bien! ¡Está bien! —accedió Tártaro, observándolo con odio y rencor en
sus ojos rojos resplandeciendo en su rostro de vacío y oscuridad.

—Júralo por el río Estigio.

—¡Podrás salir del Tártaro! ¡Lo juro por el río Estigio!

Entonces, Nicks se detuvo. Su magia dejó de atraer a Caos hacia él, pero no se
desactivó. Notó que la negrura que tanto lo caracterizaba había alcanzado con
rapidez casi la mitad de sus antebrazos, lo que significaba que le quedaba muy
poco tiempo para seguir usando su magia del caos. Debía ser rápido.
Aprovechando la aparente debilidad de los inmortales y el ejército de monstruos
e hijos de Nyx, corrió con la poca fuerza que le quedaba hacia la caverna, cruzando
entre medio de ambos Protogenoi, mientras escuchaba de fondo los quejidos, las
maldiciones y los gritos iracundos y rabiosos que soltaban en su contra.

La caverna se curvaba hacia arriba, por lo que haciendo acopio de su magia, se


elevó en el aire, murmurando varios hechizos para retener el sangrado de sus
heridas y seguir volando sin sentir que se caería en cualquier momento. Sintió que
estuvo horas enteras allí, ascendiendo sin cesar, desgastándose y quedando casi al
borde del desmayo; pero cuando por fin pudo ver la extraña luz ambiental del
inframundo, unas lágrimas de alegría surcaron su rostro.

Había salido con vida del Tártaro, lo había conseguido.

Sus pies tocaron la tierra yerma e infértil que rodeaba el agujero de mala muerte
del que acababa de salir. A pasos temblorosos y torpes se alejó de él, evitando la
honda de succión que intentaría atraparlo de nuevo, para después dejarse caer en
una zona medianamente segura. Se hizo bolita en el suelo, sollozando mientras su
cuerpo sufría espasmos violentos.

Lo había conseguido, de verdad había salido de aquel lugar de mala muerte.


Había logrado salvar a Ari.

Miró hacia el cielo, donde las estalactitas que adornaban el techo brillaban en
negro.

—¡He cumplido mi parte del trato! ¡Es tu turno, Atenea! —rugió entre lágrimas,
furioso pero a la vez eufórico.

Se quedó allí un rato más, simplemente llorando y gritando, dejándose la voz


para soltar todo el dolor que había tenido que aguantar y atravesar. Cuando se sintió
más tranquilo, sacó las vendas que había guardado en su mochila y comenzó a
vendarse la mitad del rostro y sus costillas, haciendo presión para evitar que saliera
más sangre una vez el hechizo terminase.

Podía escuchar a los muertos en la lejanía, le estaban llamando, le pedían que


se acercara a ellos y los ayudara, que los devolviera a la vida. Pero Nicks ya estaba
harto de todo, no estaba por la labor de aguantar y soportar a nadie más.

Haciendo oídos sordos y tomándose una poción para mantenerse despierto,


empezó a caminar por el inframundo, guiándose por la posición del castillo de
Hades para buscar el camino hacia la puerta de Orfeo. Sentía muchos ojos sobre su
persona, y de forma instintiva llevó su mano hacia su daga, preparado para volver a
pelear a muerte con cualquiera que se atreviera a molestarlo.

Le tomó un buen rato, pero para su tranquilidad, nadie había ido a recriminarle
nada. Parecía ser que los dioses que habitaban el inframundo y a su soberano no
les apetecía en absoluto cruzarse con él. Subió cansado las escaleras y, después
de varios y tensos minutos, pudo disfrutar por fin de la calidez del sol. No había
nadie en Central Park, por algún extraño motivo.

No sabía cuánto había extrañado volver a la superficie, a la luz, hasta que había
tenido que pasar a saber cuánto tiempo lejos de ella, luchando por su vida contra
dos seres primordiales y todo su ejército de hijos feos y desquiciados. No le
recomendaba la experiencia a nadie, muy mala y pésima.

Entonces se fijó en sus brazos, que ya estaban volviendo a su estado original,


excepto por un detalle: su mano izquierda parecía distinta. Por lo general, todo se
volvía absolutamente negro, tanto la piel como las uñas, pero en aquella ocasión,
las uñas de sus dedos tenían un color diferente, como si fueran un gris muy oscuro.

Un mal presentimiento lo embargó, y solo para comprobar lo que podría (y


esperaba que no fuera el caso) estar pasando, se pellizcó con fuerza la mano
esperando sentir aquel pinchazo de dolor que debería darle.

Sus ojos se aguaron y su labio inferior tembló cuando, por mucho que lastimaba
su mano con pellizcos, golpes y rasguños, no sintió dolor en absoluto.

Necrosis completa. Debo amputarla o se extenderá.

Se recostó contra el muro de rocas que servía para disimular la entrada de


Orfeo, dejándose caer al suelo con nuevos y renovados sollozos escapando de sus
labios. Rompió un pedazo de los bajos de sus pantalones y se lo puso en la boca
mientras preparaba su daga, limpiándola contra su ropa. Su mano derecha tembló y
el miedo lo hizo dudar, pero no sabía cuánto tardaría en expandirse, por lo que
mejor era prevenir que lamentar.

Varios gritos agónicos y desgarradores salieron de su garganta y descargó todo


su dolor contra la tela en su boca. Las lágrimas se deslizaron con tanta fluidez y
rapidez que manchó de nueva cuenta la mitad de su rostro con sangre.

Despacio, tembloroso y a punto de desmayarse del dolor, rompió más tela de sus
pantalones y envolvió su muñeca con ella, murmurando entre lamentos y quejidos
de dolor varios hechizos para retener la sangre. Después, con rabia e ira, formó una
pequeñísima hoguera en el suelo, y cuando encendió el fuego con un hechizo, por
primera vez en su vida le hizo una ofrenda a los dioses.
—Para vosotros, dioses, disfrutad de las células muertas de mi mano, pues es lo
único que vais a poder gozar hasta dentro de muchos años.

Un rayo recorrió el cielo furioso, violento y salvaje; pero no le tomó importancia.


Sacó la bolsita de dracmas y lanzó una al suelo, invocando de nuevo el taxi de las
Hermanas Grises. El recorrido fue el mismo que cuando iba al Olimpo, todo en
silencio, tenso, agobiante e intimidante. Las Hermanas Grises parecían no querer
cruzar miradas con él ni siquiera por el espejo retrovisor. Pero tampoco era que
Nicks quisiera hablarles, estaba bastante mareado por la pérdida excesiva de
sangre.

Las noticias volaban en el mundo divino, todos ya debían saber lo que había
ocurrido en el Tártaro.

Les pagó como correspondía, entregándoles tres monedas de dracmas, y se


bajó una vez lo dejaron enfrente de la colina del pino de Thalia. Se quedó allí,
inspirando hondo el aroma familiar de la naturaleza, hasta que se sintió lo
suficientemente preparado para enfrentarse a las consecuencias de sus actos.

A paso tranquilo fue subiendo el monte, apoyándose de los árboles para no


marearse tanto y caer, no quería más dolores, ya había tenido suficientes. Conforme
más se acercaba a la entrada del campamento, más podía escuchar el ajetreado
ambiente que siempre lo había caracterizado.

En casa, por fin estoy en casa.

Pero no podía permitir que lo vieran así, tan destruido físicamente (de lo mental
no iba a mencionar nada), así que usando sus últimas energías se cubrió con la
niebla y comenzó a bajar la colina. Podía ver a la distancia como Quirón y Dionisio
se dirigían con rapidez hacia donde se encontraba, parecían haber sabido antes que
nadie que él estaba llegando ya al campamento. A sus espaldas, siguiéndolos casi
con desesperación, se encontraba la que creía (si su visión no le fallaba) que era
Chris.

El dios del vino tenía una expresión peligrosa y furiosa, pero no le dijo nada en
aquel momento; tal vez porque podía ver a través de la niebla y saber lo jodido que
había terminado, o tal vez porque, ahora que sabía lo que podía hacer, no quería
jugársela y condenar a todos sus mocosos por hacerlo enfadar. Quirón estaba serio,
con sus manos entrelazadas detrás de su espalda y mirándolo con tanta
desaprobación que, por un instante, sintió como si su propio padre estuviera
decepcionado con él.
Chris, que efectivamente venía siguiéndolos, ahogó un grito con sus manos
mientras las lágrimas se deslizaban como torrentes por sus mejillas. Estaba claro
que podía ver a través de la niebla, y el horror que percibía en los bonitos ojos de su
hermana casi le hizo llorar.

—Hablaremos más tarde de tu desobediencia —habló Quirón, su expresión y voz


seria importándole muy poco.

—¿Ella está bien? —preguntó, sintiendo que su cuerpo ya le estaba exigiendo un


descanso, que se acostara de una maldita vez y le dejara descansar, que bien
merecido se lo tenía.

—Sí.

Eso fue todo lo que necesitó para perder el conocimiento.

La siguiente vez que se despertó, estaba en una habitación de la Casa Grande,


con Christine dormida en su regazo y Ari tomándole la única mano que le quedaba.
Sus bonitos ojos estaban enrojecidos por las lágrimas y tenía ese ceño fruncido que
tanto le gustaba. Tenía unas leves ojeras, pero por lo demás, parecía estar perfecta,
sin ninguna herida.

—Preciosa —murmuró, su voz tan débil que apenas fue un susurro.

Ari se giró, sus labios formando un puchero y sus ojos volviendo a inundarse de
lágrimas que no pudo evitar dejar derramar.

—Voy a matarte yo misma. ¿En qué estabas pensando?

—En ti, ya lo sabes.

El sollozo que escapó de sus labios lo rompió un poquito.

—Perdiste un ojo y una mano, Nicks; bajaste al maldito Tártaro sólo por mí.
¿Acaso estás loco o el golpe que te diste con tu madre te dejó mal de la cabeza?

Había extrañado muchísimo los regaños de su chica. Y los de su hermana, pero


ella seguía dormida en su regazo. Desde su posición lograba ver (con su único ojo
sano y bueno) que Chris también tenía ojeras. Probablemente se había pasado todo
el tiempo que él estuvo en el Tártaro sin dormir.

Se lo debo recompensar.
Miró de nuevo a Ari, su ojo brillando de amor y su mano (la única que tenía)
apretando con levedad la contraria.

—Me condenaría una y mil veces a ese lugar de mala muerte si con ello puedo
mantenerte a salvo.

Los regaños que comenzaron a salir de los labios de su novia aguaron sus ojos
por un breve momento, un instante efímero que le recordó todo lo que habría
perdido si él se hubiera dejado manipular por Nyx, si hubiera elegido quedarse en el
Tártaro con aquel monstruo que parecía ser su padre. ¿Habría sido feliz? ¿Nyx
realmente lo hubiera protegido de la furia de los dioses?

No, negó en su cabeza, concentrándose en los reclamos y las lágrimas de Ari;


jamás habría sido feliz sabiendo que dejé a mi chica y a mi hermana solas.

Su voz, que salía ronca, rasposa y rota, llamó la atención de la hija de Atenea,
haciéndola llorar con un poco más de fuerza al fijar los ojos en la cicatriz alargada
que adornaba su yugular.

—Yo te amo, Ari, no te quiero; no puedes esperar que realmente me quede


sentado en mi cabaña mientras tú estás convertida en piedra. Bajar al Tártaro y
atravesar aquel infierno es un precio menor que estoy dispuesto a pagar con tal de
salvarte. Así que no, no creas que me arrepiento, o que fui un inconsciente, porque
tú habrías hecho lo mismo por mí.

Y no pudo recriminarle nada más, porque Ari sabía que tenía razón.

Chris despertó en ese momento, sus labios soltando un pequeño quejido de


dolor por la posición incómoda en la que había dormido. Sus bonitos y enrojecidos
ojos verdes, tan iguales y similares a los suyos, se lo quedaron viendo durante uno,
dos segundos; antes de soltar un sollozo y abalanzarse con cuidado sobre él. Las
lágrimas mojaron su hombro y los lamentos desgarraron sus oídos.

Su hermana estaba destrozada por no haberlo detenido cuando pudo. Nicks lo


sabía. Chris iba a culparse por las imprudencias que había hecho de nuevo, porque
no pudo detenerlo a tiempo, porque no se esforzó lo suficiente en frenarlo, porque
no tuvo la fuerza necesaria para enfrentarse a él y convencerlo de quedarse en el
campamento y no arriesgar aún más su vida.

Nicks lo sabía muy bien.

—Fue mi elección, tonta, yo elegí jugármela y estas son las consecuencias de


mis actos. Deja de culparte, porque ni siquiera dos Protogenoi fueron capaces de
retenerme allí abajo.
Se llevó un golpe suave en la cabeza por su intento de broma y, entonces,
empezaron los regaños de Chris. La familiaridad que sentía por volver a estar en
casa, en su hogar, con su familia, estuvo a punto de volver a hacerlo llorar.

Había estado a punto de perder todo aquello, todo su mundo, por intentar
recuperar una parte de sí mismo que ya hacía años que había muerto. Su padre se
sentiría decepcionado de saber que se había quedado atrapado en el pasado en
vez de avanzar hacia el futuro. Dolía muchísimo, tanto que no se creía capaz de
superar su muerte; pero ya era hora de acostumbrarse al dolor, de dejarse ser feliz
(todo lo que pudiera, porque a él nunca lo dejaban ser feliz) y disfrutar de la preciosa
y hermosa familia que había creado.

—Te dije que volvería siempre a casa, ¿no? Cumplí mi promesa, Chris. Ya estoy
en casa.

—Voy a atarte a la cama de la cabaña y no te vas a mover de allí en meses.

La risa que se le escapó salió tan rasposa que incluso le dolió la garganta. El
sonido fue desagradable, no solo para él, sino también para su hermana y su novia;
pudo notarlo claramente en las leves muecas que les salieron al escucharlo. Su voz
era horrible de escuchar.

Cuando fue a decir algo, la puerta de la habitación se abrió mostrando a Quirón


en su silla de ruedas mágica y a Dionisio, ambos con rostros serios y tensos. Tanto
Chris como Ari se pusieron de pie, casi preparadas para protegerlo, pero Nicks
llamó su atención negando con la cabeza e indicándoles que salieran. Debía
enfrentar las consecuencias de sus actos.

Quirón habló cuando por fin quedaron los tres solos.

—Has roto las reglas de todo lo que conocemos, incluso te has atrevido a ir y
retar a los dioses —empezó a hablar, su rostro deformándose cada vez más en una
mueca furiosa—, y no contento con eso, has estado a punto de eliminar la
existencia de este mundo. Has puesto a toda la creación en peligro. ¿Eres
consciente del peso y peligro de tus actos?

Un asentimiento de su parte fue suficiente para que el dios del vino explotara en
sus narices.

—¡Y todo por una maldita hija de Atenea! ¿¡Acaso te has vuelto loco!? ¡Casi
destruyes el mundo mismo! ¡La existencia de todo! ¡Has ido en contra de tu
promesa!
Levantó un dedo de su mano, deteniendo el muy posible y extenso discurso de
odio que iba a dar Dionisio.

—Técnicamente, no fui en contra de los dioses, sino de Tártaro y Nyx


—murmuró, su voz rasposa llenando el espacio.

El párpado del director del campamento tembló preso de la ira y se acercó con
violencia a él, tomándolo del cuello de su camiseta y acercándolo a su rostro. Sus
ojos morados brillaban peligrosos, con la locura a punto de inundar todo su sistema.

—No me vengas con tus juegos de palabras, brujo del caos. Has cometido una
falta al juramento y ningún dios va a dejarlo pasar —gruñó, sus violetas brillando tan
turbios y furiosos que supo que, aquella vez, no habría nadie que pudiera salvarlo.

Hasta ahí llegaba su vida, lo sabía; Dionisio no permitiría que siguiera existiendo
ni un solo segundo más. Ningún dios, en realidad, iba a dejarlo vivir más tiempo. Se
había acabado, hasta ahí llegaba. Lo matarían y su alma sería condenada a vagar
por el Tártaro como castigo.

¿Por qué? ¿Por qué todo lo malo tenía que ocurrirle a él? ¿Por qué no podía
disfrutar de una vida medianamente tranquila?

¿Por qué los dioses no querían dejarlo ser feliz?

Sus ojos se aguaron presos de las lágrimas, la ira y la frustración subiendo por
su dañada garganta hasta formar un nudo en ella. Su pecho se apretó con dolor
sintiendo la tristeza y devastación que llevaba ya muchos años arrastrando,
oscureciendo su vida aunque intentase llenarla de colores y alegría. Estaba harto,
Nicks estaba harto de siempre estar sufriendo, de siempre tener que ser el que
acarreara todo el dolor, de siempre pensar cuánto tiempo seguiría vivo.

De ser siempre el culpable de todo aunque no hubiese hecho nada.

Su voz salió rota, por la rabia y por ya estar dañada, mientras los ojos turbulentos
del dios del vino se agrandaban ante la sorpresa y la indignación.

—¿Por qué os empeñáis en hacerme la vida imposible? Joder, ¡no he hecho


nada!

—¿Nada? ¿¡”Nada” te parece haber casi borrado la existencia de este mundo!?

—¡Me obligasteis a ello! ¡Me lleváis culpando de todo desde que se descubrió mi
jodida magia del caos! ¡Magia que ni siquiera pedí! ¡Magia que ni siquiera puedo
dominar! ¡Magia que me mata ya por dentro cada vez que la uso!
—¡Tu nacimiento fue un error!

—¡Y, aún así, aquí estoy! ¿¡Podéis dejar de echarme la culpa de todo por un solo
segundo!? ¡Sois los jodidos dioses de este mundo, maldita sea! ¡Es vuestro deber
haceros cargo de vuestras cagadas y errores! ¡No culpar a otros como si fuerais
simples niños de primaria! ¡Maldita sea! ¡Me lleváis atormentando años! ¡Dejadme
en paz de una puta vez! ¡Solo quiero vivir, joder! ¡Solo quiero eso! ¡Quiero vivir!

Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras la desesperación se filtraba


en su voz. Sus orbes verde bosque se fijaron por un instante en los púrpuras
contrarios, mostrando la desolación que no había dejado de acompañarlo desde que
entró a aquel mundo. No sabía por qué estaba diciendo todo aquello, tal vez porque
ya no podía soportarlo ni un segundo más, o tal vez porque quería irse al Hades sin
arrepentirse de haberles dicho sus cuatro verdades a los dioses.

—¡Era un crío! ¡Un. Maldito. Crío! ¡Y me arrebatasteis a mi padre! ¡La única


persona que se preocupó por mí en años! ¡Pasé un jodido infierno en este
campamento, Dionisio! ¡Un. Puto. Infierno! ¡Injustificado! ¡Me odiasteis y culpasteis
de todo lo malo que ocurría y ni siquiera sabíais de mi magia! ¡Me rompieron los
huesos y nadie tuvo piedad de ayudarme! ¡Me envenené a mí mismo para intentar
salvar a Thalia aunque no fui yo quien la envenenó! ¡Soporté humillaciones,
maltratos, insultos y degradaciones! ¡Lo aguanté todo! ¡Este campamento fue un
jodido infierno cuando debió ser un lugar seguro!

Quirón se removió en su lugar visiblemente incómodo, casi consternado, como si


no hubiera pensado nunca en lo que le habían hecho pasar. Su mueca furiosa
comenzó a transformarse poco a poco, pasando del enfado camuflado con seriedad
a algo similar al remordimiento. Sus ojos, que tanto habían visto, parecían apagarse
a medida que escuchaba todo lo que estaba diciendo.

Dionisio se mantuvo en silencio.

—¡Perdí a mis hermanos en la guerra! ¡Era un maldito crío y tuve que matar!
¿¡Sois siquiera conscientes de todo el dolor que nos hicisteis atravesar por vuestras
acciones egoístas y vuestro puñetero orgullo!? ¿¡Sabéis a cuántos niños
matasteis!? ¡Lleváis milenios vivos, milenios, y nosotros los mortales parecemos
tener más empatía y sabiduría que todos vosotros juntos!

Un rayo cayó cerca de la Casa Grande, su luz entrando y el sonido resonando


por todo el lugar, haciendo temblar con levedad los objetos que decoraban la
habitación.

—Ten cuidado con tu lengua, brujo del caos —masculló Dionisio.


—¡Nicks! ¡Me llamo Nicks! ¡No soy un puto objeto! ¡No soy un arma! ¡No soy una
máquina! ¡Soy un jodido mortal y tengo nombre, maldita sea! —lo corrigió, casi
ahogándose con sus propias palabras—. ¡Dejadme en paz de una puta vez!
¡Atravesé el puñetero Tártaro! ¡Cumplí la maldita misión y no falté a mi palabra!
¡Dejadme en paz, joder!

Todo quedó en silencio, excepto por sus sollozos. El Señor D lo soltó despacio,
para su completa sorpresa, y retrocedió un paso, alejándose de él. Las lágrimas que
salían de su único ojo sano dificultaban aún más su visión, tal vez por ello imaginó
que el rostro del dios del vino se había fruncido en una mueca lastimera, o triste; no
podía asegurar bien qué emoción era porque había sido producto de sus lágrimas.

Si hubiera estado de pie habría caído al suelo. Su cuerpo no tenía fuerza alguna,
estaba temblando mientras lloraba aferrándose con su única mano a las mantas de
la cama. Agachó su cabeza y la escondió entre sus piernas ignorando las punzadas
de dolor que le llegaban. Necesitaba ocultarse, no quería verse más lamentable.

—Solo dejadme vivir esta vida, por favor; condenadme a vagar por el Tártaro
cuando muera, o destruid mi alma si queréis; pero dejadme vivir esta vida, joder.
Solo os pido esta, nada más.

Nadie volvió a hablar en la habitación. Ambos inmortales se miraron por varios


segundos para después salir dejándolo solo. Despacio, para no lastimarse más de
lo que ya estaba, se fue acostando en la cama, haciéndose pequeño en ella y
tapándose hasta la cabeza; parecía estar intentando alejarse del mundo, como si la
manta pudiera protegerlo de todo aquello que lo lastimaba.

Aunque Nicks sabía que era una vil y sencilla mentira, estaba desesperado por
creer que era verdad, que la manta iba a cuidarlo como nadie lo había hecho desde
hacía más de veinte años.

Llevaba demasiado tiempo solo.

Escuchó con claridad el sonido de la puerta abriéndose, reconoció aquellos


pasos suaves y delicados, reconoció aquel tacto en su hombro por sobre la manta;
reconoció los brazos que lo envolvieron y el perfume que inundó sus fosas nasales
cuando lo atrajeron hacia un pecho, permitiéndole llorar cuánto quisiera, oculto del
mundo.

Pero no solo; no, Nicks ya no estaba solo.

—Estoy aquí —murmuró contra su cabeza, dejando caricias en su espalda para


intentar reconfortarlo—, estoy aquí, Nicks, estás en casa, estás a salvo.
Nicks ya no estaba solo porque tenía familia, tenía a su hermana con él. Tenía a
Chris.

Y se dejó llorar contra ella, aferrándose al único familiar que le quedaba en aquel
jodido mundo.

No supo cuándo se durmió, pero la siguiente vez que despertó, aún estaba entre
los brazos de Christine, ambos tapados por la manta y acurrucados en la cama. La
venda que cubría su ojo estaba algo húmeda por las lágrimas y la sangre, pero por
suerte no había manchado nada. Un bostezo se le escapó mientras se estiraba con
suavidad, sintiendo que, a pesar de haber dormido lo que parecía haber sido un día
entero (pues había llegado al medio día, se había despertado por la tarde-noche y
ahora ya volvía a ser de día), seguía agotado.

Su cabeza dolía y no podía enfocar bien. Tenía la sensación de haber pasado


una muy mala noche, pero no lo recordaba. Supuso que eran las consecuencias de
haberse peleado con todo el Tártaro para poder volver a casa.

—Buenos días, dormilón —lo saludó Chris con una suave sonrisa—. Ari ha
pasado unos minutos para verte pero estabas dormido, volverá dentro de nada con
algo de comida.

Asintió aunque no tuviera ganas de comer y se movió un poco para acomodarse


mejor. Hizo el intento de hablar, pero recordó lo horrible que sonaba su voz después
de que Eris lo degollara y desistió, no le hacía falta para poder comunicarse. Inspiró
hondo mirando un punto fijo en la cama, disociando del mundo por unos instantes
para rememorar todo lo que había ocurrido el día anterior.

La decisión de los dioses.

Tomó la mano de su hermana llamando su atención y gesticuló aquella pregunta


que rondaba su mente. Chris tardó varios segundos en comprender a lo que se
refería, pero terminó soltando un suspiro y acariciando su mejilla vendada con
delicadeza, recorriendo su rostro con sus bonitos ojos verdes.

—Aún están debatiéndolo. Según me dijo Quirón ayer por la noche cuando
dormías, algunos de los… dioses principales estaban sorpresivamente de tu parte.
No todos votaron por… bueno, por eso, y ahora mismo están discutiendo qué
pasará.

Dejó caer su cabeza contra la almohada y cerró los ojos, desganado. Estaba
cansado de todo, no quería seguir luchando más. ¿Era tan difícil dejarlo ser feliz?
¿Tan siquiera dejarlo vivir?
—No te desanimes, no dejaré que te pase nada; de alguna forma lo
solucionaremos.

Se giró para mirarla; tenía unas ojeras bastante oscuras debajo de sus ojos
hinchados y enrojecidos, su piel parecía estar algo más pálida y no parecía haber
dormido bien. Frunció un poco el ceño, despacio, y la señaló con un dedo y un
movimiento de cabeza.

Chris volvió a tardar varios segundos en comprender qué quería decir o


preguntar.

—No te preocupes por eso, ¿sí? Solo han sido días muy complicados para
todos. Debes descansar y recuperarte.

Y la puerta se abrió mostrando a Ari con una bandeja llena de comida. Sonrió
leve, apenas un pequeño levantamiento de su comisura derecha, pero fue suficiente
para ambas semidiosas. La hija de Atenea se acercó a ambos y se sentó a su lado
en la cama, dejando la bandeja encima de sus piernas para que pudiera observar
todo lo que contenía.

Tenía el mismo aspecto que Chris: ojos enrojecidos e hinchados con unas
oscuras ojeras debajo de ellos y piel pálida. Ella tampoco había dormido bien. ¿Era
por su culpa?

Por supuesto que sí, todo era por su culpa.

Desayunaron con tranquilidad, escuchando el sonido ajetreado del campamento


y contándole a Nicks lo que se había perdido en los dos días que había pasado en
el Tártaro. No indagaron sobre lo que él había pasado en aquel lugar,
definitivamente no era un tema que pudieran tocar con tanta soltura y facilidad, pero
sí se aseguraron de recordarle que no estaba allí, que había vuelto a casa y que
estaba bien, al menos con vida.

Hacia mitad de mañana, acercándose ya el mediodía, Dionisio apareció en la


habitación con un semblante serio. Sus manos estaban entrelazadas detrás de su
espalda y sus ojos violetas lo observaban fijamente. Inspiró hondo preparado para
aceptar su condena y tomó la mano de Chris dándole un apretón.

—La asamblea ha votado, brujo del caos, y por la impetuosa impertinencia e


insistencia de algunos… de tus aliados, hemos decidido no matarte. Te desterraría y
expulsaría del campamento con mucho gusto, pero haber sobrevivido al Tártaro y
salir de él ya es suficiente castigo. Disfruta de tu vida mortal, hijo de Hécate.
Ahora le quedaba lidiar con el trauma.

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