5.
Afilar el hacha
El último de los cuentos cortos nos invita a reflexionar sobre el trabajo y nuestro desempeño
diario dentro del mismo. El relato es el siguiente:
En cierta ocasión, un joven llegó a un campo de leñadores con el propósito de obtener
trabajo. Habló con el responsable y éste, al ver el aspecto y la fortaleza de aquel joven, lo
aceptó sin pensárselo y le dijo que podía empezar al día siguiente.
Durante su primer día en la montaña trabajó duramente y cortó muchos árboles. El segundo
día trabajó tanto como el primero, pero su producción fue escasamente la mitad del primer
día. El tercer día se propuso mejorar su producción. Desde el primer momento golpeaba el
hacha con toda su furia contra los árboles. Aun así, los resultados fueron nulos.
Cuando el leñador jefe se dio cuenta del escaso rendimiento del joven leñador, le preguntó:
“¿Cuándo fue la última vez que afilaste tu hacha?”
El joven respondió: “Realmente, no he tenido tiempo… He estado demasiado ocupado
cortando árboles.”
Es probable que “afilar el hacha” tenga un significado diferente para cada quien. Algunos
pensaran en la formación, otros en la necesidad de descansar, o también en lo importante que
es una buena organización.
El hecho es que en el trabajo, si no tuviéramos a nadie para darnos orientaciones, es muy
posible que muchos de nosotros acabáramos esforzándonos ciegamente en tareas poco
productivas, porque es muy fácil perder la perspectiva.
Normalmente, si eres empleado, siempre tienes a un jefe para recordarte que tienes que afilar
el hacha, pero si trabajas solo, corres el riesgo de dar palos a un tronco a la desesperada sin
ver el verdadero problema. Por eso, de vez en cuando tienes que tomarte un respiro y
reflexionar sobre lo que haces.
Por lo tanto, la próxima vez que te sientas atascado y notes que no estás avanzando, tómate
un momento y recuerda la historia del leñador, ya que es muy posible que necesites afilar el
hacha.
El bambú japonés (leyenda tradicional)
Érase una vez dos agricultores que, camino al mercado, se pararon en el puesto del viejo
vendedor de semillas sorprendidos por unas que nunca habían visto antes.
— Mercader, ¿qué semillas son estas? —preguntó uno de ellos.
— Son semillas de bambú y son muy especiales —contestó el mercader.
— ¿Y por qué son tan especiales? — indagó el otro.
— Es difícil de explicar. Llévenlas y luego ya verán ustedes mismos. Además, sólo necesitan
agua y abono — les respondió.
Los dos agricultores, curiosos e intrigados, decidieron llevarse un puñado cada uno. ¿Cuál sería
el secreto que escondían? ¿En qué se convertirían?
Una vez en sus tierras, los agricultores las plantaron y siguiendo las indicaciones del mercader,
empezaron a regarlas y a abonarlas con dedicación. Pero pasaban los días, las semanas y los
meses y, mientras las demás semillas ya habían crecido (y sus plantas dado sus frutos), las de
bambú no germinaban, no pasaba nada.
Entonces, uno de los agricultores, muy enfadado de estar trabajando en vano, le dijo al otro:
— Aquel viejo mercader nos engañó. ¡De estas semillas jamás saldrá nada!.
Y entonces, preso de la rabia, decidió dejar de cuidarlas. Aún así, y aunque tampoco daba
saltos de alegría, su amigo decidió que seguiría regando y abonando las semillas como un
último acto de fe y porque, al estar dentro de su rutina, no le costaba mayores sacrificios.
Siguieron pasaron los meses. Y luego un año entero. Y dos. y tres… Hasta siete — sí, siete —
cuando entonces, sucedió la magia y, en sólo seis semanas, el bambú creció, creció y creció…
hasta los 30 metros. ¿Cómo era posible que tardara siete años en germinar y que en sólo seis
semanas pudiera alcanzar ese gran tamaño? ¿Era eso viable?
Pues claro que no. En realidad, las semillas necesitaron siete años y seis semanas. En los siete
primeros años, el bambú tuvo que generar un sistema de raíces complejo y necesario para
luego poder crecer de una forma tan rápida. No estaba inactivo, estaba preparándose.
Este cuento que pertenece a la tradición japonesa, intenta enseñarle al lector la fuerza de la
perseverancia. Los procesos de crecimiento necesitan su tiempo, y no es posible apresurar las
cosas, porque todo sucede en el momento en que está listo para hacerlo.
(Los dos lobos que luchan – Fábula cherokee)
Cuenta una antigua leyenda india, concretamente de los Cherokees, que un sabio
anciano hablaba durante una noche de luna llena con sus nietos. Alrededor de una hoguera,
al anciano le gustaba hablar de sus emociones con los niños, y contarles bellas historias que les
ayudara a entender nuestros actos.
Esa noche, sus nietos le miraban con mucha atención. El anciano se movía nervioso, aturdido.
Y los niños le preguntaron:
– Abuelo, ¿qué te pasa?
Y él contestó:
– Siento como si dos lobos estuvieran peleando dentro de mí, en mi corazón. Uno de ellos es
un lobo violento, lleno de rabia, vengativo y envidioso… El otro lobo sin embargo es bueno,
compasivo, generoso… está lleno de amor.
Los niños se quedaron atónitos. Y después de un largo silencio, preguntaron:
– Abuelo, ¿ y quién ganará la pelea?
Y el abuelo contestó:
– Aquel a quien yo alimente.
Moraleja: ‘Puedes ser un lobo lleno de ira y rencor o un lobo repleto de generosidad y amor.
Todo depende del lobo al que alimentes’.