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Avenida Santa Fe

La historia narra la experiencia de un hombre que espera en una estación de tren, sintiendo una profunda conexión con su entorno y una nostalgia abrumadora. A medida que aborda un tren que lo lleva a una versión melancólica de su ciudad, se enfrenta a su propia historia y destino, culminando en su llegada a una biblioteca donde su vida queda registrada. Finalmente, se convierte en parte de su propia narrativa, simbolizando su transición y aceptación de su destino.

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Avenida Santa Fe

La historia narra la experiencia de un hombre que espera en una estación de tren, sintiendo una profunda conexión con su entorno y una nostalgia abrumadora. A medida que aborda un tren que lo lleva a una versión melancólica de su ciudad, se enfrenta a su propia historia y destino, culminando en su llegada a una biblioteca donde su vida queda registrada. Finalmente, se convierte en parte de su propia narrativa, simbolizando su transición y aceptación de su destino.

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Avenida Santa Fe

Se encontraba sentado en uno de los asientos de la estación de trenes, estaba


atardeciendo, los destellos anaranjados y rojizos conmovían la imagen a un estilo
pintoresco totalmente digno de apreciar. Generaban una nostalgia en demasía, tanta que
hacía que se pecho se oprimiera y doliera.

Estaba ahí, sentado. Sin ninguna razón específica, pero su cuerpo y alma entendían que
era correcto estar en ese lugar.

Aún no sabía que tren debía tomar, ni a qué hora y tampoco a donde lo llevaría, pero
confiaba en que su interior se lo haría saber.

La estación estaba bastante despoblada a comparación de las que había en la ciudad,


claramente no eran las mismas y sus destinos o viajes tampoco lo eran. Si alguien le
preguntara que hacía en ese lugar él tan solo respondería que no tenía la absoluta idea
algo dentro de él le decía que debía aguardar en ese lugar hasta que el momento
indicado llegase, el tiempo donde él seguiría a su interior y lo guiara a su desconocido
destino.

Llevaba esperando desde la mañana. Esa mañana, su cuerpo se transformó en uno más
ligero y etéreo, despidiéndose de lo físico y abriendo las puertas a su espíritu, quien
desde entonces tomaría las riendas de su vida. Todo parecía suceder en cámara lenta, la
fina brisa que movía con ímpetu sus vellos hacía sentir su caricia en cada uno de ellos.

Al igual que también acariciaba a los árboles, golpeando y haciendo bailar a sus hojas
anaranjadas y rojas teñidas por el clima otoñal que atravesaba la ciudad de Buenos Aires
en pleno mayo. Las hojas se movían al compás del viento como si bailaran una danza
acorde a la situación, melancólica.

Su cuerpo parecía inmune al frío, no podía percibir la temperatura de ese viento que
tanto estudiaba. Se preguntaba cómo sería sentirlo en su piel otra vez, ya que, la
temperatura de su cuerpo o lo que sea en lo que esté su alma establecida, era una
templanza de calor y frío, se asemejaba a un intermedio como la primavera y el otoño
en sincronía. Reconfortante.

Un chirrido le atravesó los oídos para avisarle que el tren ya estaba abordando en la
estación, enfocó su mirada en su alrededor para ver cómo algunas personas se dirigían
al tren que empezaba a abrir sus puertas con lentitud. Algunas parecían seguras
caminando con suma confianza y decisión, en cambio, otras dudaban de si acercarse o
no, tropezando al intentar avanzar. Otras como él aún estaban sentadas sabiendo que
ese todavía no era el suyo.

El tren era rojo gastado con una gran” C” dibujada cerca de la cabina del conductor,
tenía el estilo de un tren de 1997 con su encanto. ¿Su tren sería el mismo? ¿A dónde lo
trasladaría? No pudo seguir pensado, ya que, su mirada fue perturbada al ver un niño de
alrededor de cinco años corriendo hacia al tren desesperado mientras lágrimas surcaban
sus mejillas de color carmesí, logró entrar a la par que las puertas comenzaban a
cerrarse lentamente. Su corazón se estrujó, ¿Qué le había sucedido a ese niño? Él
entendía que los niños también pasaban por ese lugar, pero verlo fue mucho más cruel
de lo que esperaba.

Con su pecho oprimido se dispuso a seguir esperando su destino. Las horas pasaban
lentamente, pero gracias al cielo y a su nuevo “cuerpo” no estaba ansioso ni angustiado,
sino que se encontraba en una calma inhumana claramente. Cuando la noche empezó a
caer, cerrar los ojos y descansar lo tentaba, pero no. No se permitiría perderse detalles
del mundo terrenal, quería grabar todo en su memoria si es que recodaría quien era el
mismo cuando se fuera.

Creía que era la madrugada cuando otro chirrido característico lo saco de su ensoñación,
sintió una punzada en pucho, como si lo estuvieran atravesando con cien agujas filosas.
Entonces se percató de un tren gris que se estacionaba en la plataforma con lentitud.

-Con que así se sentía, eh- Murmuró para sus adentros. Mientras lentamente se acercaba
a ese gran tren con una “D” en el frente. La línea “D” lo llevaría, finalmente como
despedida dio una última ojeada a su ambiente para luego cerrar sus ojos con fuerza e
intentar no olvidar ni un solo detalle, echando un largo suspiro se dispuso a caminar
hacia las puertas abiertas del vehículo. Con pasos firmes y mentón en alto se adentró
hacia el interior y lo último que logró escuchar fue el “clic” de las puertas cerrándose
nuevamente.

Apenas se adentró, observó a sus alrededores y solo se encontró con unas cuatro
personas que parecían desorientadas. La punzada en su pecho lo había abandonado, se
sentía más relajado, su cuerpo lo guio para que sentara en uno de los asientos frente a
una ventana, una vez que el tren arrancó se sorprendió que dentro parecía que iba a gran
velocidad, a diferencia de lo que se veía desde fuera. Sus ojos comenzaron a pesar para
que sin darse cuenta se había quedado profundamente dormido.

Cuando abrió los ojos, el tren estaba aminorando su velocidad, miró por su ventana y
logró observar la oscuridad de la noche o madrugada, parecía que el tiempo se había
congelado. Abrió sus ojos con fuerza al visualizar que el vehículo transitaba en medio
de la Avenida Santa Fe en Recoleta, como si no tuviera sentido. No vio otras personas
en la calle, solo una versión del barrio más opaca y deslustrada de lo que realmente era
en su cotidianidad, por lo que entendió que no era la original, o por lo menos la que él
conocía más que a su propia casa.

Su corazón se inundó de nostalgia cuando iban pasando por la extensa avenida, tantos
recuerdos y anécdotas que se habían marcado en lo más profundo de ser. Las luces
cálidas de los faroles y esos edificios antiguos conmovían aún más la escena tan
melancólica. La ciudad se mostraba como una fotografía colgada en algún pasillo de la
casa, donde uno se quedaba admirando como se veía la ciudad con tonos mates y
marrones, que la conceptuaban como una obra de arte digna de exponerse en un museo.

Su amada Recoleta ya tenía puestos sus ojos hipnotizados, creyó que nunca más
volvería a ver la ciudad, por eso, cuando se percató que se aproximaba a Avenida Santa
Fe 1860, su corazón comenzó a latir con todas sus fuerzas y un hormigueo se extendió
por cada rincón. Todo aumentó cuando sintió que el tren se detenía en esta dirección,
estacionando en medio de la avenida como si solo el tren y los viajeros fueran las únicas
personas en el mundo en ese momento, en esa versión tan contraría de la misma ciudad,
como cuando vemos reflejado en el agua ambas caras de la escena. Él en ese momento
estaba situado de la cara del reflejo del agua, el lado que tan solo pertenece a una
ilusión, él ya no pertenecía al lado “real”, sino que, se había unido y hecho uno con el
mismo reflejo desde esa mañana que, así como la nada misma se había despedido del
lado original y real, desde su larga espera en esa extraña estación ya era parte de su
propio reflejo.

Una vez el tren paró por completo, su cuerpo fue succionado fuera con una fuerza que
lo desestabilizó, cuando se reincorporó quedó helado sin haberlo creído. El “Ateneo” se
encontraba frente a sus ojos, era idéntico tan solo que más antiguo de lo que ya era, más
decaído y nostálgico, sin embargo, esa magia, aura de plenitud y conocimiento
continuaban intactas desde al igual que su primer su encuentro.

Su alma le pedía a gritos entrar, así que sus pies se movieron por cuenta propia entrando
en el que había sido su lugar favorito en el mundo. Al entrar su pecho se llenó de
plenitud, una sonrisa adornaba su rostro mientras paseaba por los estantes mirándolos
con dedicación y puro amor. Caminaba y caminaba, su interior lo estaba guiando hacia
su próximo destino, y no estaba poniendo ninguna fuerza en detenerla, él confiaba en él.
Se aproximaba hacia un estante en el último piso, una sección nueva se manifestaba
frente a su persona, con el cartel de “Historias” sin nada a explicar, su interior comenzó
a exaltarse al igual que un hormigueo se expandía por todo su cuerpo cada vez que se
acercaba más.

Una vez frente a esta sección, su mano se aproximó inconscientemente hacia la primera
fila de libros, su cuerpo no paraba de temblar mientras que su mano hormigueaba
ansiosa tocando cada tapa como si fueran lo más preciado del mundo, porque en
realidad lo eran. En algunas pudo leer; Leticia Vani (1980-2006), Jorge Abatino (1914-
1984) así por filas y filas. Lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, cuando al final
de la última hilera su manó se posó sobre un libro de color rojo que emanaba a flamante
y fresco, con su mano temblorosa lo toma como la pieza más valiosa del mundo entero,
y ve en la portada su nombre Elliot Heidel (25-07-1999 a 16-05-24) acariciaba el
relieve de la caligrafía a la vez que sentía que cuerpo se transformaba en puro aire y
viento. Aún con lágrimas abrió la primera página, y todo lo que alguna vez fue se había
esfumado en tan solo segundos, pero aún continua por siempre en las Historias del
reflejo de la biblioteca El Ateneo.

Elliot y su historia quedarán para siempre en el libro de su vida, un libro que nos
muestra su nacimiento hasta el día de su muerte, el pasaje al reflejo de su vida terrenal,
su archivo en la biblioteca más importante del país y del corazón de Elliot, donde jamás
se olvidará. Dónde él descansará dentro de su historia hasta que decida despertarse
volver a despertarse.

FÍN

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