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Andoas, ya en decadencia la época en que le visitamos con la memoria
pidiéndole recuerdos e impresione, esto es por el año 1808, se hallaba al frente
de la desembocadura del Bobonaz;
aunque algún trecho hacia abajo;
por manera que las canoas y balsas que de
cendiendo de este río, tenían que atravesar el Pastaza con dirección al pueblo hacían
con poca diligencia y en breve tiempo.
No así cuando era menester boe aguas arriba, rompiendo la corriente, para entrar
en las del Bobonaza, pues se ne.
cesitaba remo y destreza.
Sin embargo esta dificultad era mucho menos sensible cuando
los ríos se hallaban en su estado normal.
Levantábase la población a cosa de cien metros de la orilla; pero
como
plano era un suave declivio, y no habiendo en él sino algunas palmeras y canelos se
veía por entre sus troncos el explayado y majestuoso río, distinguiéndose a h lejos
hasta el ligero escarceo con que el Bobonaza hace ostensible el rico tribut que paga
a su señor, y las canoas que iban o venían o se balanceaban amarradasa la riberay
parecían aves acuáticas prestas a surcar las ondas y cambiar de margen Los rústicos
edificios, abrigo de unas cincuenta familias záparas que constituía toda la
Reducción, se hallaban aislados unos de otros y en pintoresco desorder Los indios
habitualmente dedicados a la pesca, tenían sus barracas más próximas al río: de
modo que en las grandes crecidas las azotaban las olas y hacían estremecer, sin
causar empero zozobra ninguna a sus impávidos moradores.
Eran todas a casas, como son hoy las nás de otros pueblos cristianos del Oriente, y
como ya descritas de los Tonganas, labradas sobre postes de incorruptible
guayacan ) eriupo, guadúa partida por paredes, y los empinados techos cubiertos de
chambiru o de bijao.
pero
misioneros han enseñado a los indios de sus Reducciones la manera
comodamente en casas separadas, y han quitado algo a la rusticidad de cie
de vivir más costumbres.
Atrás se extendían las sementeras de varias raíces, y cada pequeña hacer
apetitosos los manjares, y en muchas tribus para pintarse caras y cuerpos heredad
tenía por linde una hilera del precioso arbusto del achiote que sirve pard De Norte
a Sur, y en regular semicírculo, se alzaba al cielo un gigante muro dej
verdura, formado de matapalos, higuerones, ceibas y ottros reyes de la Vegetación ro
1S
entre los cuales sobresalían las pal
la
2
delante de la cual las casas del pueblo parecían solo colmenas artificiales, se notaban
puntos sombríos como bOcas de abismos, o bien sobresalían a manera de grandes
brochadas dadas a la ventura, los festones de hojas claras de algunas enredaderas;
o pendían éstas en soberbios doseles cortinajes recamados de flores,
deliciosa mansión de lindas aves y brillantes insectos, y no pocas veces columpio
y de abigarradas culebras, bellisimo peligro de las tierras calientes.
Por la parte inferior del pueblo y hacia el Mediodía, bajaba un riachuelo de aguas
siempre cristalinas y dulces;
por la superior y a unos 500 metros, además
nouel muro de árboles y matas, había un barranco formado por un peñasco
bastante elevado, cuyo remate oriental, tajado perpendicularmente, daba sobre el
río, obligando a sus aguas que contra él chocaban a volver sobre sí mismas en
eterno Vaivén, de donde venía el nombre de Peña del remolino, oel Remolino de la
peña.
Por otra parte.
éste constituía también una buena defensa contra cualquier invasión por el Norte.
Los sacerdotes que evangelizaron en esas tribus nómadas las enseñaron la
estabilidady el amor a la tierra nativa, como bases primordiales de la vida social: y
una vez paladeadas las delicias de ésta, gustaban ya de proporcionarse las cosas
necesarias para la mayor comodidad del hogar, aprendían algunas artes y criaban
con afán varios animales domésticos, de aquellos sin los cuales falta toda animación
en las aldeas y casas campestres.
El balido de las ovejas y cabras pastoreadas por robustos muchachos casi desnudos,
y el cacareo de las gallinas que escarbaban debajo de los plátanos, alegraban la
choza del buen salvaje.
El gallo que cantaba al abrigo del alero era el único reloj que señalaba las
horas de la nochey de la madrugada; durante el día cada árbol era un gnomon
cuya sombra medía el tiempo Con exactitud.
Un perro atado a la puerta de cada cabaña era el centinela destinado a dar la vOz
de alerta al dueño al sentir la proximidad del tigre o del gato montés que se
atrevieran a invadirel pueblo.
En ese embrión de sociedad, no obstante su menoscabo desde la ausencia sus
inteligentes y virtuosos fundadores, había algo de patriarcal, o algo de los y a
Cllos árcades, cUva felicidad nos refieren los poetas, o, cuando menos, algo de los
tiempos en que los shiris y los incas gobernaban sus pueblos, más con la blanda
mano del padre que no con el temido cetro del monarca.
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ás
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OS
en
en
to
ña
La casa mayor de Andoas, era la del misionero; la vista el Pastaza las casas del
pueblecito encajadas en sus marcos de verdura.
rodelbala en la paarte superior una galería angosta, desde la cual se dominaba con
ara
OS.
de él pendía una sola campana, querida de los salvajes.
porque su vibradon
voZ servía para todo.
Los despertaba antes del alba, los convocaba a la oració alegrábalos en la fiesta,
alarmábalos en el incendio, gemía con ellos en el entierm y sus clamoreos eran
más tristes y solemnes repercutidos por los ecos del río y e las selvas, que los de
las grandes campanas de una catedral.
En los días domings y días de fiesta los niños y las doncellas cuidaban de
adornar el altar y los muns del agreste santuario con frescas y olorosas flores,
traídas del vecino bosque, ancianos y madres depositaban al pie del arca, en
graciosos castillos de mimbres en canastillas de hojas de palma, naranjas y
badeas, dulces granadillas de Quijg aromáticas uvas camaironas, y otras
delicadas frutas que la Providencia ha puest en esos escondidos vergeles para
alimento del hombre, de la bestia y del ave: pem sobre todo, madres y ancianos,
doncellas y niños, presentaban a la divinidad otra cosas que valen muy más que
esos dones de la naturaleza y que todas las riquezas del mundo.
y eran sus corazones sencillos y agradecidos, conciencias limpias, h
mildes y constante fe.
:Oh felices habitantes de las solitarias selvas en aquellos tiempos!
jcuárs
bien pudo haberse esperado de vosotros para nuestra querida Patria, a no habe
faltado virtuosos y abnegados sacerdotes que continuasen guiándoos por el cam no
de la civilización a la luz del Evangelio!
¡Pobres hijos del desierto!
:gué s
ahora?
iY los frutos de la esperanza a veces tard
tanto en madurar!
Vuestra alma tiene mucho de la naturaleza de vuestros hes aues: se la limpia
de las malezas que la cubren, y la simiente del bien germina crece en ella con
rapidez;
pero faltele la afanosa mano del cultivador al nutl
volverá a su primitivo estado de barbarie.
Vosotros no sois culpables de esto; lo
a sociedad civilizada cuyo egoismo no le permite echar una mirada benéñca hach
lo son los gobiernos que, atentos solo al movimiento social) vuestras regloelante,
no escuchan los gritos del salvaje, que a sus espaldas politico que
vuelea en charcos de saingre y ju uvia del iewha en sus espantosas guert de
exterminio.
- VI
te,
Años antes
ra
Era un día del mes de diciembre de 1808.
o,
de
:Infeliz religioso!
llevaba en su corazón, escrita con caracteres indelebles,
días.
Os
una terrible historia, cuyo aniversario caía dentro de pocos
Ioven todavía, amó con delirio, amó como solamente en esa edad se ama, a lo
sobremanera linda y virtuosa Carmen N.
, como él nativa de Riobamba.
El matrimonio afianzó la pasión, y ésta produjo frutos dignos de un par tan selecto
como simpático.
El primogénito fue Carlos;
Una mañana, en los últimos días de 1790, quiso D.
Limpioy espléndido estaba el cielo, y magnífico y gracioso el cuadro de la
antigua Purubá, la noble cuna de los Duchicelas.
Las dos
cadenas de los Andes se abaten algún tanto y se alejan una de otra, como para
dejar
que los astros bañen sin estorbo con torrentes de luz la tierra en que otro tiempo
tuVieron altares y numerosOs adoradores. Cíñenla extensos nevados; al Noroeste
el
Chimborazo, de fama universal, levanta la frente al cielo y tiende las regias
vestiduras, candidísimas y resplandecientes, sobre su inmenso trono de rocas;
al Este el
ungurahua alza la cabeza desde la honda región en que descansa, y parece coner
templar todavía los fantásticos jardines en que se recreaban los shiris;
al Sudeste el
despedazado Cápac-urcu simboliza eternamente la ruina del imperio, a cuyo trono
ascendieron variOS egregios hijos de Purahá.
Cuando la luna llena se muestra sObre esos colosales picachos envueltos en
perpetua nieve, y reverberan en ellos sus oleadas de pálida y encantadora luz, a par
que se extienden por el espacio, hiriendo
las nubes que parecen otras montañas blancas mnoviéndose majestuosas al impulso
de las auras nocturnas;
entonces el horizonte oriental de Riobamba no tiene
rival en el mundo,
Pero no era menos encantador en la mnañana en que Orozco salió de su ha-
Cienda con dirección a la ciudad;
Carmen había sido Presa de un mal sueño, estaba triste y hasta angustiosa, y se
despidió de Su marido abrazándole y llorando sin saber por qué.
Su corazón sí lo sabía;
Orozco o penetró al punto el peligro de su familia, montó a caballo y voló a su
hacienda noche le sorprendió en medio camino.
Don José Domingo despe
daza los ijares del caballo, que hace los postreros esfuerz08, pero que al empez una
cuesta cae muerto de fatiga.
No importa: el temor de llegar tarde, el deseo volar,
la ansiedad, le prestan alas y corona la subida.
Observa que se elevan al c lo, de distintas partes, espesas columnas de humo
entre las que relumbran millan de chispas.
Avanza un poco más;
pónese al principio del declivio de una loma Qué
horrible espectáculo!
Y la suya?
Dios santo!
jAllf está, y arde también!
Al uid que hace el incendio se mezclan los feroces alaridos de los sublevados, y cl
rono y pavoroso son del caracol que ha servido para convocarlos,y que ahora los
aniny a la venganza y al exterminio.
Qué abandono!
qué silencio!
Sólo se ven las últimax
lenguas de fuego que se desprenden de entre las paredes ennegrecidas, y las brasas
que las rodean.
¿dónde los indios enemigos
D.
José Domingo grita desesperado; da
vueltas en torno de la hoguera, llama
Su esposa, a sus hijos, a sus criados, y nadie le responde.
(Todos han huido o han muerto.
Carmen!
¡hijos!
Y de este modo clamando torna a correr aquí y acullá sin saber qué hace ni
aun qué pensar.
Va a poner por obra su idea algunos
pasos.
Mas asoma al cabo una criada, temblando de pies a cabeza: es lela
y muda: es la personificación del espanto.
Mi famnilia?
-balbuce Orozco, y ella nada contesta, y echa por todas pa miradas
llenas de inquietud y terror-.
¿mis hijos? -Sigue el sile de la mujer que le ve con
ojos que le hielan el alma-. jHabla! habla!
¿mi espo
¿los niños?
¿dónde están?
Ella abre la boca, pero no puede articular palabra y, extendiendo la tremu mano,
seiala la hoguera que tienen delante.
Ilí.
-repite apenas la criada, y el desdichado lanzando un ijay!
Más animado que la criada, trata, aunque en vano, de consolar a su amo Sae
retuerce vencido y desgarrado por la fuerza del dolor.
OroZCo, animado por la desesperación, trabaja como ninguno.
Ala rora siguiente ya no es dificıl apartar los escombros y las
cenizas.
De entre ellos nean un tronco humano negro y deforme, medio envuelto en retazos
de tela que el inpoo no había quemado del todo.
¡Ese desfigurado cadáver fue la virtuosa y bella Carmen!
Orozco se echa desesperado sobre él, le ajusta a su corazón y queda sin sentido.
El paroxismo que le dura largo tiempo le evita mirar la conclusión de la escena en
que se van desenterrand0, de entre la ceniza y los carbones, humeantes todavía. los
restos de los infelices niños.
Casi los ha consumido el fuego; no
se
puede distinguir a ninguno.
Julia, como la más tierna, ha sido devorada sin duda completamente por las llamas,
y no ha quedado reliquia ninguna de su cuerpecito.
Con frecuencia hacían los indios estos levantamientos contra los de la raza
conquistadora, y frecuentemente, asimismo, la culpa estaba de parte de los
segundos, por lo inhumano de su proceder con los primeros.
En 1790 la cobranza del diezmo de las hortalizas, antes no acostumbrada y por
primera vez entonces dispuesta por el Gobierno, fue el pretexto que los indios de
Guamote y Columbe tomaron para derramarel odio y venganza que no cabían en
sus pechos, y acabar Con cuantos españoles pudiesen haber a las manos.
José Domingo de Orozco, cierto, no era mal hombre: pero, no obstante.
Arraigada profundamente, en europeos y criollos, la costumbre de tratar a los
aborígenes como a gente destinada a la humillación, la esclavitud y los tormentos,
los colonos de más buenas entrañas no creían faltar a los deberes de la caridad y
de la civilización con oprimirlos y martirizarlos.
iy cuánto
más durose incurables son los males que proceden de un bueno engañado que los
provenientes del perverso!