Sí, quiero Lisa Kleypas
Andrew, lord Drake, ha sido desheredado por su padre a
causa de la vida disoluta que lleva. Para volver a ganarse su
favor, Andrew decide fingir que ha cambiado sus malos há-
bitos.
Como parte de su plan, quiere convencer a su padre de
que está cortejando a una mujer respetable con la inten-
ción de casarse con ella. El problema es que no conoce a
ninguna mujer decente, excepto Caroline Hargreaves, la
her mana solterona de su amigo.
De modo que hace chantaje a la reacia joven a fin de que
lo ayude, y así comienza la farsa…
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Sí, quiero Lisa Kleypas
Índice de contenido
Cubierta
Sí, quiero
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Sobre la autora
Notas
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Sí, quiero Lisa Kleypas
Londres, 1833
No resultaba fácil pedirle un favor a una mujer que lo
despreciaba. Pero cuando Andrew, lord Drake, tomaba una
decisión, nada lo hacía cambiar de parecer, y ese día no iba
a saltarse la nor ma. Necesitaba un favor de una mujer mo-
ralmente intachable, y la señorita Caroline Hargreaves era
la única mujer decente que él conocía. Era respetable y es-
tricta hasta niveles excesivos… y él no era el único en pen-
sarlo, puesto que seguía soltera cuando ya había cumplido
los veintiséis años.
—¿Qué le trae por aquí? —preguntó Caroline, con la
voz velada por una soterrada hostilidad.
Mantenía la mirada fija en el amplio cuadrado for mado
por el bastidor de madera, apoyado en el sofá, que servía
para dar for ma a los cortinajes y manteles después de lavar-
los. La tarea era meticulosa, pues consistía en prender un
alfiler en cada pequeño rizo de lazo con el fin de fijarlo al
extremo del bastidor, hasta que el tejido quedara terso.
Aunque la cara de Caroline era inexpresiva, su tensión inte-
rior se veía reflejada en la rigidez de sus dedos al sacar los
alfileres de un papel.
—Necesito que me haga usted un favor —dijo Andrew,
mirándola fijamente.
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Sí, quiero Lisa Kleypas
Quizá fuera la primera vez que estaba completamente
sobrio en su cercanía, y ahora que se veía libre de su aturdi-
miento alcohólico habitual, había reparado en ciertos as-
pectos de la señorita Caroline Hargreaves que le intriga-
ban.
Para empezar, era más bonita de lo que pensaba. A pe-
sar de los pequeños lentes colgados en su nariz, a pesar de
esa manera anticuada de vestir, poseía una belleza sutil en
la que no había reparado hasta ese momento. No, la suya
no era una figura excepcional, en absoluto: pequeña y lige-
ra, prácticamente sin caderas o pechos dignos de mención.
A Andrew le gustaban las mujeres grandes y voluptuosas,
con buena disposición a las vigorosas cabriolas a las que
era aficionado. Pero Caroline tenía una cara adorable, con
ojos marrones y aterciopelados de espesas pestañas ne-
gras, sobre los que se cer nían unas cejas oscuras, arquea-
das con la precisión del ala de un halcón. El pelo, una masa
finamente aderezada de seda negra, y el cutis tan sedoso
como el de una niña. Y esa boca… ¿Por qué demonios
nunca, hasta entonces, había reparado en esa boca? Deli-
cada, expresiva, el labio superior pequeño y arqueado, el
inferior curvado con generosa plenitud…
En ese momento, tan tentadores labios se habían tensa-
do en una expresión de disgusto, mientras que la perpleji-
dad se había encargado de fruncir las cejas.
—No alcanzo a concebir qué puede usted desear de mí,
lord Drake —dijo Caroline con viveza—. En cualquier caso,
le aseguro que no va a conseguirlo.
Andrew se echó a reír, como para quitar hierro a la situa-
ción. Miró a su amigo Cade —el her mano menor de Caroli-
ne—, quien le había facilitado el acceso hasta el salón del
hogar de la familia Hargreaves. Ya le había advertido de
que Caroline no iba a querer ayudarlo de ninguna de las
maneras, y aunque le molestara la tozudez de su her mana,
al mismo tiempo parecía resignarse a ella.
—Ya te lo había dicho —mur muró Cade.
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Sí, quiero Lisa Kleypas
Como no quería darse por vencido tan fácilmente, An-
drew fijó su atención en la mujer que tenía sentada ante él.
La consideró pensativamente, mientras intentaba decidir
cómo podría abordarla mejor. Ella le iba a hacer entrar por
el aro… Pero no la culpaba por eso, en absoluto.
Caroline nunca había ocultado lo mucho que le disgus-
taba, y Andrew sabía exactamente por qué. Por la sencilla
razón de que era una mala influencia sobre su her mano me-
nor, Cade, un chico de naturaleza complaciente al que las
opiniones de sus amigos dominaban con demasiada facili-
dad. Andrew había invitado a Cade a muchas veladas dedi-
cadas al juego, la bebida y los excesos, de modo que este
había vuelto a casa en lamentables condiciones.
Como el padre de Cade había muerto y la voluntad de
su madre era de lo más volátil, lo más parecido a unos pa-
dres que Cade podía tener era su propia her mana. Ella ha-
cía cuanto estaba en su mano para mantener a ese mozo
de veinticuatro años dentro de los límites del camino dere-
cho y recto, con la esperanza de que asumiera de una vez
por todas sus responsabilidades como hombre de la casa.
Sin embargo, Cade encontraba naturalmente más tentador
emular el estilo de vida derrochador de Andrew, y ambos
se habían per mitido más de unas cuantas veladas disolutas.
El desprecio de Caroline hacia Andrew se basaba tam-
bién en el simple reconocimiento de un hecho: eran com-
pletamente opuestos. Ella era pura. Él, un disoluto. Ella era
honesta. Él confor maba la situación para que se adaptara a
sus propios propósitos. Ella se sometía a su propia y riguro-
sa disciplina. Él no se había contenido nunca, en ningún
sentido. Ella era calmada y serena. Él no había conocido ni
un momento de paz en toda su vida. Andrew la envidiaba,
y por eso se había burlado de ella sin piedad en las pocas
ocasiones en que anterior mente habían coincidido.
Así que Caroline lo odiaba, y él había venido a pedirle
un favor…, un favor que necesitaba desesperadamente.
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Andrew encontraba el momento tan divertido que una tími-
da sonrisa apareció en su rostro a pesar de la tensión.
Abruptamente decidió ser franco. La señorita Caroline
Hargreaves no parecía ser de ese tipo de mujeres que tole-
raban el juego y la prevaricación.
—Estoy aquí porque mi padre se está muriendo —dijo.
Esas palabras hicieron que ella, accidentalmente, se pin-
chara en el dedo, de modo que pegó un pequeño brinco.
Su mirada se levantó desde la alineación de lazos.
—Lo siento —mur muró.
—Pues yo no —le respondió él.
Andrew supo, al ver que los ojos de Caroline se abrían
desmesuradamente, que la había sorprendido con su frial-
dad. No le importó. Nada podía hacerle fingir pesar por el
próximo deceso de un hombre que como su padre había
brillado por su ausencia. El conde nunca se había preocu-
pado por él, y ya hacía mucho tiempo que Andrew había
renunciado a ganarse el amor de un hijo de perra manipu-
lador con un corazón tan tierno y ardiente como un bloque
de granito.
—Lo único que siento —precisó Andrew con calma— es
que el conde haya decidido desheredar me. Usted y él pa-
recen compartir sentimientos por lo que a mi vida de peca-
do respecta. Mi padre me ha acusado de ser la persona con
más tendencia a los excesos y más depravada que ha en-
contrado nunca. —Una sonrisa cruzó sus labios—. Solamen-
te puedo esperar que tenga razón.
Parecía que esas palabras habían tenido algún efecto en
Caroline:
—Se diría que se siente orgulloso de constituir una desi-
lusión tan grande para él —le dijo.
—Oh, sí, lo estoy, lo estoy —se apresuró a contestarle
—. Mi objetivo es ser para él una desilusión tan grande co-
mo la que ha representado él para mí. No es tarea fácil, co-
mo comprenderá, pero al final ha resultado que puedo
igualar me a él. Ha sido el mayor éxito de mi vida.
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Sí, quiero Lisa Kleypas
Vio que Caroline miraba de soslayo a Cade, y que este
respondía encogiéndose de hombros con resignación y
avanzó hasta la ventana para contemplar el día de serena
primavera que hacía en el exterior.
La casa de los Hargreaves estaba situada en el lado oc-
cidental de Londres. Era una encantadora mansión solarie-
ga de estilo georgiano, de tonos rosa y enmarcada por
grandes abedules, el tipo de hogar que una sólida familia
inglesa debía poseer.
—Pues bien —continuó Andrew—, en un esfuerzo de úl-
tima hora por facilitar me inspiración para la enmienda, el
conde ha decidido excluir me de su testamento.
—Pero quizá no pueda hacerlo enteramente —precisó
Caroline—. Los títulos, la propiedad en la ciudad, y la casa
en el campo de su familia… Siempre había pensado que
estaban vinculadas.
—Sí, si lo están —dijo Andrew con una sonrisa amarga
—. Las escrituras y la propiedad serán mías, pase lo que pa-
se. Pero el dinero —toda la fortuna de la familia—, eso no
está vinculado. Puede dejárselo a quien le plazca. Y por
tanto es probable que acabe convirtiéndome en uno de
esos malditos aristócratas cazadores de fortuna que tienen
que casarse con alguna heredera de buena dote y cara de
caballo.
—Eso es terrible. —De pronto, los ojos de Caroline se
encendieron con un brillo retador—. Para la heredera, quie-
ro decir…
—¡Caroline! —se oyó que protestaba Cade.
—No pasa nada, eso está bien dicho —reconoció An-
drew—. Una mujer mía, cualquiera que sea, merece una
gran compasión. Yo no trato a las mujeres bien. Nunca he
pretendido hacerlo.
—¿Qué quiere decir, con eso de que no trata a las mu-
jeres bien? —Caroline volvió a manipular torpemente un al-
filer, y volvió a pincharse un dedo—. ¿Las golpea?
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—¡No! —respondió prestamente—. Nunca castigaría fí-
sicamente a una mujer.
—Se limita a faltarles al respeto, entonces. Y sin duda
también se muestra negligente, poco fiable, ofensivo y po-
co caballeroso con ellas. —Hizo una pausa y lo miró con ex-
pectación. Como Andrew no hacía comentario alguno, lo
azuzó—. ¿Y bien?
—¿Y bien, qué? —respondió con sonrisa burlona—. ¿Es-
taba haciendo una pregunta? ¡Vaya, y yo que creía que era
un discurso…!
Se miraron con ojos chispeantes, y el cutis pálido de Ca-
roline tomó el matiz rosáceo de la rabia. El ambiente de la
estancia había cambiado, para hacerse extrañamente car-
gado y tenso. Andrew no acertaba a entender que una
soltera huesuda y pequeña como aquella pudiera llegar a
afectarle tanto. Él, que había hecho de la despreocupación
por todo, incluido por sí mismo, un hábito vital, estaba de
pronto molesto y excitado hasta un punto que no recorda-
ba haber experimentado antes. «Dios mío —pensó—, ten-
go que ser un bastardo pervertido si deseo a la her mana
de Cade Hargreaves». Pero así era. La sangre que su cora-
zón bombeaba era caliente y enérgica, y sus nervios se al-
teraban sin cesar a medida que pensaba de cuántas diver-
sas maneras podría utilizar aquella boca inocente y delica-
da.
Menos mal que Cade estaba allí. De otro modo, Andrew
no estaba seguro de si hubiera podido detenerse a la hora
de mostrarle a la señorita Caroline Hargreaves exactamente
hasta qué punto era un depravado. De hecho, como estaba
de pie, era una evidencia que se iba a hacer clamorosa tras
la fina tela de sus ajustados pantalones beis tan a la moda.
—¿Per mite usted que me siente? —preguntó abrupta-
mente, mirando a la silla situada junto al sofá que ella ocu-
paba.
Callada como estaba, Caroline no parecía reparar en su
floreciente excitación.
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Sí, quiero Lisa Kleypas
—Sí, se lo ruego, siéntese. Me muero de impaciencia
por saber los detalles de ese favor que menciona, especial-
mente a la luz del encanto y las buenas maneras que ha
mostrado usted hasta el momento.
¡Vaya! Incluso le daban ganas de echarse a reír, por mu-
cho que también las tuviera de estrangularla.
—Gracias. —Se sentó y se inclinó hacia delante con
aparente despreocupación, juntando las manos por delante
de las rodillas—. Si quiero volver a figurar en el testamento
del conde, no tengo más remedio que contentarlo.
—¿Y qué hará? ¿Cambiará sus maneras? —preguntó
Caroline con escepticismo—. ¿Se refor mará a usted mismo?
—Claro que no. Esa sentina en que he convertido mi vi-
da me conviene perfectamente. Lo único que voy a hacer
es fingir que me refor mo hasta que el viejo salga de este
mundo. Luego podré seguir a mi manera, con mi legítima
fortuna intacta.
—Qué detalle por su parte. —En sus ojos podía leerse
una expresión de disgusto.
Por alguna misteriosa razón, Andrew sentía aquella reac-
ción en car ne viva. Y eso que nunca había demostrado nin-
gún interés por lo que los demás pensaran de él. En cam-
bio, sentía la necesidad de justificarse ante ella, para expli-
carle de algún modo que no era tan despreciable como se
pudiera pensar. Pero per maneció en silencio. Si intentaba
contarle cualquier cosa sobre sí mismo a Caroline se conde-
naría.
Ella seguía mirándolo fijamente.
—¿Qué papel se supone que juego yo en sus planes?
—Necesito que finja usted cierto interés por mí —dijo él
llanamente—. Un interés romántico. Voy a convencer a mi
padre de que he dejado de beber, de apostar, de correr
tras las faldas… Voy a convencerlo de que estoy cortejando
a una mujer decente con la intención de casar me con ella.
Caroline sacudió la cabeza, claramente sorprendida.
—¿Quiere que establezcamos un falso compromiso?
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Sí, quiero Lisa Kleypas
—No hace falta llegar tan lejos —replicó él—. Todo lo
que le pido es que me per mita acompañarla a unos cuan-
tos actos sociales… Que compartamos un par de bailes, un
trayecto o dos en carro…, lo suficiente para que unas cuan-
tas lenguas se suelten y propaguen el rumor hasta oídos de
mi padre.
Lo miraba como si se hubiera vuelto completamente lo-
co.
—¿Qué puede hacerle pensar que nadie fuese a creer
semejante ocurrencia? Usted y yo somos mundos diferen-
tes. No puedo concebir una pareja menos adecuada.
—No es increíble, en absoluto. Una mujer de su edad…
—Andrew dudó, a la hora de considerar la manera más
educada de expresarse.
—¿Me está diciendo que por tener veintiséis años se
deduce que tengo que estar desesperada por casar me?
Tan desesperada, de hecho, como para aceptar sus propo-
siciones, sin que importe lo repulsivo que lo encuentro. Eso
es lo que la gente pensará.
—Tiene usted una lengua muy afilada, señorita Hargrea-
ves —comentó él con suavidad.
Ella le miró con enfado desde detrás de sus anteojos re-
lumbrantes.
—Es cierto, lord Drake. Tengo una lengua afilada, soy
una marisabidilla y me he resignado a convertir me en una
solterona. ¿Por qué iba alguien en su sano juicio a creer
que usted tiene un interés romántico en mí?
Bueno, esa era una buena pregunta. Apenas unos minu-
tos atrás, el mismo Andrew habría encontrado esa idea risi-
ble. Pero al estar sentado cerca de ella, con la cercanía en-
tre las rodillas de ambos, los indicios de atracción se encen-
dieron en una súbita explosión de calor. Podía oler su fra-
gancia, la de la cálida piel de mujer y la de una estancia re-
ciente en el exterior, como si acabara de entrar desde el
jardín. Cade le había confiado que su her mana pasaba mu-
cho tiempo en el jardín y en el inver nadero, cultivando ro-
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sas y experimentando con plantas. Caroline parecía en sí
misma una rosa: exquisita, dulcemente fragante y más que
un poco espinosa. Andrew apenas podía creer que no hu-
biera reparado en ella antes.
Miró por un momento hacia Cade, que se encogía de
hombros para indicarle que discutir con Caroline era una
pérdida de tiempo.
—Hargreaves, déjanos solos un minuto —dijo brusca-
mente.
—¿Por qué? —preguntó Caroline con suspicacia.
—Quiero hablar con usted en privado. A menos que…
—La miró con una sonrisa burlona de efectos necesaria-
mente molestos—. ¿Le da a usted miedo quedarse sola
conmigo, señorita Hargreaves?
—¡Por supuesto que no! —Y luego lanzó una mirada im-
perativa a su her mano—. Déjanos, Cade, mientras yo trato
con este que llamas tu amigo.
—De acuerdo. —Cade se detuvo en el umbral de la
puerta, con la preocupación pintada en su cara bonita de
niño, antes de añadir—: Si necesitas ayuda no tienes más
que llamar me.
—No voy a necesitar ayuda —le aseguró Caroline con
fir meza—. Me basto sola para controlar a lord Drake.
—No te lo decía a ti —respondió Cade con pesar—. Se
lo decía a él.
Andrew, atento a la salida de su amigo, luchó para con-
tener la risa. Luego, volviendo su atención a Caroline, se
puso a su lado en el sofá, con lo que sus cuerpos compar-
tían la proximidad.
—No se siente ahí —dijo ella, cortante.
—¿Por qué? —dijo él con la mirada seductora que en
muchas ocasiones había acabado con la resistencia de mu-
chas mujeres reacias—. ¿Le pongo nerviosa?
—No, es que he dejado una tira de alfileres ahí, y su tra-
sero está a punto de parecerse al de un erizo.
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Andrew se echó a reír, mientras palpaba en busca de los
alfileres, que finalmente encontró bajo su nalga izquierda.
—Gracias por el aviso —dijo secamente—. De todos
modos, podía haber dejado que lo encontrara por mí mis-
mo.
—Me he sentido tentada a hacer lo que dice —admitió
Caroline.
Andrew estaba sorprendido de lo bonita que era ahora
que la travesura brillaba en sus ojos marrones y con las me-
jillas todavía arreboladas. Su pregunta anterior —cómo iba
alguien a creerse que él estaba interesado en ella— le pa-
recía absurda de pronto. ¿Y por qué demonios no iba a es-
tarlo? Vagas fantasías se abrían paso por su imaginación. Le
hubiera gustado, en ese preciso momento, levantar ese
cuerpo delicado en sus brazos, y sentarlo en su falda y be-
sarlo arrebatadamente. Quería levantar las faldas de ese
vestido de cambray marrón liso para deslizar las manos so-
bre sus pier nas. Por encima de todo quería tirar hacia abajo
ese talle para descubrir sus pequeños pechos vivarachos.
Nunca se había sentido tan intrigado por un par de pechos,
lo que era extraño cuando uno consideraba que siempre le
habían interesado las mujeres generosamente dotadas.
La contemplaba mientras ella volvía a poner su atención
en el marco de madera. Era evidente que seguía distraída,
pues se mostraba torpe con los alfileres hasta el punto de
volver a pincharse cuando pretendía prender adecuada-
mente el lazo. Con súbita exasperación, Andrew le arrebató
los alfileres.
—Per mítame —dijo.
A continuación, con mano experta tiró del lazo para dar-
le justamente la tensión adecuada y lo aseguró con una su-
cesión de alfileres, de manera que cada diminuto rizo que-
daba sujeto con precisión en el borde del marco.
Caroline le miraba sin ocultar la sorpresa.
—¿Dónde ha aprendido a hacerlo?
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Sí, quiero Lisa Kleypas
Andrew miró el panel de ensartado con ojo crítico antes
de dejarlo a un lado.
—Crecí como hijo único en una gran propiedad y con
pocos compañeros de juego. En los días lluviosos ayudaba
al ama de llaves a hacer sus tareas. —Sonrió con una mue-
ca burlona—. Si le ha gustado ver me fruncir cortinas, ten-
dría que ver me limpiar plata.
Ella no le devolvió la sonrisa, pero le miró con curiosi-
dad renovada. Cuando habló, el tono se había suavizado
en gran manera.
—Nadie creería esa farsa que me propone. Sé muy bien
qué tipo de mujeres son las que a usted le interesan. He
hablado con Cade, ¿entiende? Y sé que su reputación está
bien establecida. Nunca se le ocurriría interesarse por una
mujer como yo.
—Podría interpretar ese papel de manera muy convin-
cente —respondió él—. Me juego una gran fortuna. Si fuera
necesario cortejaría al mismo diablo. La pregunta es: ¿Y us-
ted, puede?
—Sí, supongo que sí —dijo ella, calmosa—. No es usted
un hombre mal parecido. Incluso habrá quien lo considere
guapo, aunque de una manera libertina y descuidada.
Andrew la miró con expresión de disgusto. No era vani-
doso, y raramente tenía en cuenta su propia apariencia más
que para asegurarse de que iba limpio y de que la ropa
que vestía le iba a medida. Pero sin arrogancia sabía que
era alto y bien proporcionado, y que las mujeres a menudo
alababan su cabello largo y negro y sus ojos azules. El pro-
blema era siempre su estilo de vida. Pasaba demasiado
tiempo en los interiores, dedicaba demasiado poco tiempo
al sueño y bebía demasiado a menudo. Con frecuencia
despertaba en pleno día con los ojos enrojecidos, ojeroso y
pálido tras una noche de desenfreno. Y nunca le había da-
do demasiada importancia a eso… hasta ese momento. En
comparación con la delicada criatura que tenía al lado, se
sentía como un montón desgarbado y patas arriba.
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Sí, quiero Lisa Kleypas
—¿Y qué incentivo tenía planificado ofrecer me? —pre-
guntó Caroline.
Estaba claro que no iba a considerar sus planes. Le inte-
resaba meramente descubrir cómo habría intentado con-
vencerla.
Por desgracia, esta era la parte más débil de su plan.
No poseía muchos elementos que le sirvieran de señuelo.
Ni dinero, ni ventajas sociales, ni posesiones que pudieran
atraerla. Solamente se le había ocurrido una cosa que pu-
diera ser suficientemente tentadora.
—Si se muestra dispuesta a ayudar me, dejaré en paz a
su her mano. Ya conoce la influencia que ejerzo sobre él. Es-
tá endeudado hasta las orejas, y hace todo lo que puede
para andar al mismo paso que el grupo de descreídos y de-
generados a los que llamo mis amigos. Cade no tardará
mucho en acabar exactamente como yo: corrompido, cíni-
co y más allá de toda esperanza de redención.
El rostro expresivo de Caroline revelaba que esto era
exactamente lo que temía.
—¿Cuál es exactamente la cifra de sus deudas? —le
preguntó con resolución.
Él indicó una suma que la sorprendió visiblemente. Al
ver el horror en aquellos ojos, Andrew experimentó un arre-
bato de satisfacción predadora. Sí…, sus suposiciones eran
ciertas. Amaba a su her mano menor lo bastante como para
hacer cualquier cosa con tal de salvarlo. Incluso fingir que
se enamoraba de un hombre al que despreciaba.
—Y no es más que el principio —dijo Andrew—. No pa-
sará mucho tiempo antes de que Cade esté en un pozo tan
profundo que no será capaz de salir de él.
—¿Y usted estará esperando a que eso ocurra? ¿Simple-
mente se sentará a aguardar, hasta que arruine su vida?
¿Hasta que nos empobrezca, tanto a mi madre como a mí?
Andrew respondió encogiéndose de hombros.
—Es su vida —añadió con pragmatismo—. Yo no soy su
guardián.
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FIN DEL FRAGMENTO
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