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Who Is The Anthropologist? Why Readers Should Know

El antropólogo, como individuo, influye significativamente en el desarrollo y resultados de la investigación etnográfica, lo que resalta la importancia de su contexto social y experiencias personales. Mencionar estos aspectos biográficos permite a los lectores evaluar la calidad de la investigación y la precisión del análisis. A través de un estudio de caso sobre el Frente Nacional en Francia, se ilustra cómo la formación personal y las relaciones del antropólogo afectan su trabajo de campo.
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Who Is The Anthropologist? Why Readers Should Know

El antropólogo, como individuo, influye significativamente en el desarrollo y resultados de la investigación etnográfica, lo que resalta la importancia de su contexto social y experiencias personales. Mencionar estos aspectos biográficos permite a los lectores evaluar la calidad de la investigación y la precisión del análisis. A través de un estudio de caso sobre el Frente Nacional en Francia, se ilustra cómo la formación personal y las relaciones del antropólogo afectan su trabajo de campo.
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¿Quién es el antropólogo o antropóloga?

El porqué los lectores deben saberlo*


Daniel Bizeul
[Link]
Centre de recherches sociologiques et politiques de Paris, Cultures et Sociétés Urbaines,
Francia
danielbizeul@[Link]

RESUMEN
La faceta personal del antropólogo sigue siendo a menudo un punto ciego
en el trabajo de investigación. Sin embargo, es la adecuación más o menos
favorable entre un antropólogo singular y un contexto social definido lo
que determina en parte el curso de una investigación y la calidad de los
resultados. De ahí la importancia, habitual en Francia, de mencionar los
acontecimientos biográficos y las experiencias propias del antropólogo o la
antropóloga. Esto ayuda al lector a juzgar la calidad de la investigación y la
precisión del análisis. Esta forma de autoanálisis sigue siendo un ejercicio
incierto, sin protocolo ni modelo. A partir del ejemplo de una investiga-
ción de inmersión realizada entre 1996 y 1999 sobre el Frente Nacional,
partido francés de extrema derecha, muestro cómo la investigación se vio
facilitada por mi educación católica y de derechas, y complicada por mi
vida amorosa con dos hombres, uno de ellos moreno.
Palabras clave: Relato etnográfico, Verdad, Autoanálisis, Extrema derecha,
Homosexualidad, Francia

* Traducción realizada por Martín Cavero Castillo.

ANTHROPOLOGICA/AÑO XLIII, N° 54, 2025, pp. 38-65


Recibido: 29/11/2024. Aceptado: 22/04/2025. [Link]
ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

Who is the Anthropologist? Why Readers Should Know

ABSTRACT
The anthropologist as a person often remains a blind spot. Yet it is the fit,
more or less favorable or unfortunate, between a specific social context
and a particular anthropologist that partly shapes the course and outcome
of fieldwork. Hence the importance of mentioning the anthropologist’s
biographical events and experiences, as well as his or her physical and
relational characteristics, insofar as they have an impact throughout
the work. Such information helps readers better assess the quality of the
research. However, this form of self-analysis remains an uncertain exer-
cise, without protocol or model. Drawing on the example of an immersive
fieldwork I carried out between 1996 and 1999 within the National Front,
a French far-right political party, I show how the research was facilitated
by my Catholic and right-wing upbringing, and complicated by my intimate
life with two men, one of whom was Black.
Keywords: Fieldwork account, Truth, Ethnographic reflexivity, Self-
analysis, Far-right, Homosexuality, France

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

INTRODUCCIÓN

«Solamente creo en las historias atestiguadas por personas que se harían dego-
llar», resume lacónicamente Blaise Pascal para refutar los relatos de misioneros
que retrotraen la creación de China antes de la llegada del Diluvio, tal como se
relata en la Biblia.1
Desde el testimonio ocular reivindicado por Jean-Norton Cru (1930) para
dar cuenta de la morbosa realidad de combates en las trincheras durante la
Primera Guerra Mundial, en oposición a las narrativas edificantes y patrióticas
entonces en boga (Rousseau, 2003), pasando por la soberana fórmula de Clifford
Geertz (1988) lanzando su «¡Yo estuve allí!» para certificar la validez de sus
afirmaciones sobre las culturas balinesa o marroquí, hasta la objeción a diver-
sas investigaciones etnográficas hecha por Steven Lubet (2018) aplicando una
forma de contrainterrogatorio sobre la base de otros hechos de dominio público,
es el mismo principio enunciado por Blaise Pascal el que se plantea: el relato de
testigos, o de protagonistas, de un acontecimiento es esencial para saber aquello
que realmente ha pasado. Saber y dar a conocer lo que realmente ocurrió implica
la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso, lo que hace imposible
decir cualquier cosa indefinidamente, so pena de ser desautorizado, contradicho,
tomado por mentiroso o por iluminado, denunciado como un fraude. Lo que se
aplica a la conducta de la propia vida y en las relaciones con los demás y con las

1
Una multitud de textos en ciencias sociales han tratado sobre la reflexividad, sobre todo con
relación a investigaciones de larga duración e inmersión, calificadas de etnográficas, al punto
que puede parecer temerario añadir un texto más a esta literatura. Ha sido el aliento amigable
de Martín Cavero Castillo y su disposición a ejercer de traductor al español, que me ha dado
el valor de escribir este texto. Le agradezco por su generosidad y por las molestias que se
ha tomado en este trabajo, así como por sus sugerencias a una primera versión de este texto.
También quiero dar las gracias a Henri Peretz y a los demás revisores por sus comentarios
y consejos. [Nota del traductor: las frases citadas en francés por el autor han sido traducidas
también al español por mí].

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ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

diversas instancias sociales se aplica con mayor razón en el ámbito del conoci-
miento científico (Bizeul, 2021).2 Pero lejos de ser suficiente y de garantizar un
convencimiento, como prueba indiscutible, cada historia y cada afirmación de la
verdad puede ser cuestionado y refutado. Los tribunales, publicaciones científicas
o secciones de noticias de los periódicos ofrecen ejemplos de ello todos los días.
Ahora bien, el antropólogo, sociólogo o historiador del mundo contemporáneo
es precisamente este testigo o protagonista en una serie de investigaciones, cali-
ficadas como etnográficas, de campo, por observación participante, implicación
directa, inmersión intensiva, etc.3 Los temas que le preocupan lo son, en mayor
o menor medida, para todos. Surgen en las conversaciones cotidianas, ocupan
los titulares de los medios de comunicación y son asumidos por los gobiernos.
Pueden preocuparnos a todos de forma inmediata y devastadora en un momento
u otro, o pueden dejarnos indiferentes. Sin embargo, lo más frecuente es que
nos vengan a la mente imágenes y explicaciones prefabricadas, tanto si estamos
estrechamente implicados en la situación como si solo somos vagamente cons-
cientes de ella. Los medios de información que utiliza el antropólogo, así como
los modos de argumentación y las formas de escritura a las que recurre, son los
de muchos especialistas, como policías y jueces, periodistas de investigación,
investigadores de organismos públicos y, de manera más informal, los de todo
el mundo en todo tipo de situaciones cotidianas.
Así pues, algunas de las investigaciones más importantes realizadas por los
antropólogos se basan en preguntas corrientes y utilizan modos de información
y análisis que todo el mundo utiliza de forma más o menos intuitiva o rigurosa.
Este puede ser el caso de los acontecimientos que tienen lugar a nivel de un
barrio, un país o una región del mundo. ¿Qué ocurrió para que los ciudadanos
de un pueblo de Argentina prendieran fuego a edificios oficiales y a las casas
de los representantes electos (Auyero, 2003)? ¿Cómo explicar las secuencias de
violencia entre los jóvenes de varios países sudamericanos y de muchos barrios
estadounidenses (Bourgois, 2001; Rodgers, 2007; Auyero et al., 2015)? ¿Cómo

2
Como han señalado filósofos e historiadores de la ciencia (Hacking, 2000; Williams, 2002;
Boghossian, 2006), y como atestigua la capacidad de las investigaciones más convincentes
para refutar las ideas preconcebidas, los simulacros de la verdad y la propaganda escenificada
(Dalton, 1959; Altheide & Johnson, 1979; Berthaut, 2013).
3
Bajo apelaciones distintas, tales modalidades de investigación y principios de comprensión
son muy similares en la práctica, más allá de las diferencias derivadas de la historia de las
ciencias sociales, de las formas de distinción y competencia entre centros de investigación y
universidades de una misma área cultural, y de las influencias y tradiciones académicas propias
de cada país.

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

es la vida cotidiana en las zonas donde se enfrentan el ejército y las milicias de


la droga en algunas partes de México y Venezuela (Blasquez, 2022; Zubillaga &
Bracho, 2021)? ¿Por qué un sector de clase trabajadora y de zonas rurales votan
por candidatos con opiniones extremistas en Estados Unidos y Europa (Hochs-
child, 2016; Challier, 2020)?
En lugar de describir y explicar acontecimientos a gran escala, otras inves-
tigaciones se centran en individuos conocidos de cerca y a lo largo del tiempo.
¿Cómo entender que adolescentes o jóvenes adultos de Lima, Tánger o en otros
lugares, ofrezcan sexo a cambio de dinero sin estar forzados por un tercero a
ello (Cavagnoud, 2013; Cheikh, 2009)? ¿Cómo se acepta que un hermano se
convierta en un delincuente encarcelado de por vida (Wideman, 1984) o que
un buen amigo abandone su tratamiento y muera de sida (Bizeul, 2018)? ¿Por
qué una mujer percibida como loca se encuentra abandonada en condiciones de
enfermedad, decadencia y hambre en medio de otros seres humanos en un rin-
cón de Brasil (Biehl, 2005)? Más trivialmente, ¿por qué las parejas se rompen,
a veces con saña?, ¿por qué los pobres de todo tipo solo tienen la calle y lugares
miserables para vivir?, ¿cómo es el estilo de vida de los ricos?, ¿en qué consiste
ser pobre?, ¿cómo perciben su situación los empleados subalternos?, ¿cómo se
organizan las relaciones en un pueblo o en un barrio?, ¿qué significa ser mujer
en una profesión de hombres, o ser quechua, negro, árabe, musulmán o gitano
en una sociedad con fama de intolerante y racista?
En otras palabras, no hace falta ser antropólogo o historiador para sentirse
autorizado a afirmar y explicar. El historiador Carl Becker (1968 [1932]) pro-
clamó que todo el mundo tiene derecho a volverse historiador; mientras que
los sociólogos de orientación fenomenológica nos instan a investigar según los
principios del conocimiento ordinario, basado principalmente en la experiencia
(Schatzman & Strauss, 1973; Douglas & Johnson, 1977; Vidich & Lyman, 1994).
Estén o no de acuerdo, los investigadores en ciencias sociales no tienen ningún
privilegio estatutario ni medio de autoridad que obligue a reconocer la solidez
de sus relatos y análisis, salvo en círculos estrechos, sobre todo académicos. Las
preguntas y sospechas que se ejercen en la vida ordinaria ante un relato local son
también aplicables a los escritos de científicos sociales.
Por eso es necesario volver al actor decisivo, en este caso a la persona parti-
cular que es cada antropólogo o antropóloga. En la primera parte de este artículo
explicaré por qué es importante informar a los lectores sobre la maquinaria
emocional, intelectual y moral del autor o autora de la etnografía y del texto
científico resultante. En la segunda parte, examinaré algunos de los parámetros

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ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

de la relación etnográfica, de la cual se deriva la propia calidad de los resul-


tados, recordando que esta relación consiste en una suerte de emparejamiento
más o menos favorable o desafortunado entre un contexto social definido y un
antropólogo concreto, hombre o mujer, joven o viejo, blanco o de otro color de
piel, seguro de sí mismo o intimidado. En la tercera, utilizando el ejemplo de mi
etnografía sobre el Frente Nacional, un partido de extrema derecha en Francia,
ahora poderoso, en cuyo seno realicé una investigación de participación directa a
lo largo de tres años, desde mediados de 1996 hasta mediados de 1999, mostraré
que sacar a la luz los ingredientes propios del etnógrafo, en los cuales se mezclan
acontecimientos biográficos y experiencias con repercusiones de por vida, es una
empresa que choca con los límites de lo que es moral y políticamente permisible
dentro del mundo académico en un momento dado, algo de lo que es más fácil
escapar con un estatus académico seguro y a una edad avanzada.

LA MAQUINARIA EMOCIONAL, INTELECTUAL Y MORAL PROPIA


DEL INDIVIDUO PARTICULAR QUE ES CADA ANTROPÓLOGO O
ANTROPÓLOGA

Como antropólogos, impulsados por ideales compartidos por el erudito y el filó-


sofo, estamos sujetos a una promesa de verdad sobre el mundo social y, más en
general, sobre la especie humana. Esta es la base de nuestra reivindicación de ser
escuchados y reconocidos como grupo profesional, con estatutos de deontología
y comités de ética, del mismo modo que lo reivindican sacerdotes o médicos en
otros campos. El calificativo de ‘científico’ puede ser usado para describir este
ideal, aunque esto se haya vuelto embarazoso, porque a veces se utiliza para volver
indiscutibles análisis que están alineados con una causa humanista o política.
¿Cómo podemos averiguar lo que ocurrió realmente? ¿Cómo establecer la
realidad de los hechos detrás de los testimonios o a partir de archivos? ¿Cómo
comprender adecuadamente los factores emocionales y mentales que subyacen
a un determinado comportamiento? Estas son las preguntas obsesivas y funda-
mentales a las que se enfrentan antropólogos e historiadores (Dean & Whyte,
1969; Deutscher, 1966; Douglas, 1976; Ginzburg, 1997). También son preguntas
que no pueden dejar de plantearse los lectores de sus obras, sobre todo si las
descripciones no corresponden a su recuerdo de los mismos hechos, o a su expe-
riencia del entorno representado, o incluso a la idea que tienen de él a través de
otras lecturas o discursos. En otras palabras, las preguntas llenas de duda que el

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

antropólogo se plantea sobre los relatos de otras personas también se aplican a


sus propios relatos como testigo directo, así como a la reproducción que él hace
de los relatos de otras personas y a la visión conjunta que se extrae de sus textos.
Investigar y escribir significa enfrentarse a estas incertidumbres. Significa
igualmente admitir una cierta dosis de azar e imponderabilidad en el resultado
de la investigación. Sería artificial no decir nada de esto a los lectores, dándo-
les la imagen de un antropólogo que penetra en el mundo social con aplomo y
determinación, y cuyo relato no debe nada a la particularidad de los vínculos
surgidos entre él y los demás, ni a su propio ángulo de visión. Las modalidades
concretas de este vínculo con los demás, de las cuales deriva la existencia del
material empírico, no son más que la dimensión más visible y la más simple a
relatar del trabajo de investigación. Esta dimensión es indisociable de aquella
propiamente intelectual, la cual debe mucho también a los azares de moldea-
mientos en la infancia, las trayectorias y los lugares de formación, además de la
influencia del estado del mundo académico y de las ciencias sociales, del clima
moral y político del momento (Bourdieu, 2001). Del mismo modo que cambiar
de interlocutor obliga a modificar la percepción de una cultura, como señalaba
Edward Sapir (1967), cambiar de antropólogo también conduce a una versión
diferente de la misma realidad, a veces en puntos importantes, como atestiguan
las contrainvestigaciones de carácter crítico y las investigaciones realizadas por
autores de diferente perspectiva, filosofía del mundo o sensibilidad.4
¿Cómo conocemos y logramos dar una existencia a lo que decimos conocer
y que presentamos como la verdad sobre el mundo social, al menos sobre ciertos
aspectos o sectores del mismo, o, incluso, sobre la especie humana? Una forma
habitual de responder a esta pregunta es presentar informaciones que pueden
calificarse de metodológicas: ¿cuántas entrevistas se realizaron y con quién?
¿Qué lugares se visitaron y con qué regularidad? ¿En qué actividades participó el
antropólogo y cómo fue percibido? Algunas anécdotas dan una idea. ¿Hubo cola-
boraciones o amistades? La narración de algunas situaciones puede dar fe de ello.
Por útiles que sean, estas informaciones representan una respuesta minima-
lista, la cual nada dice sobre la maquinaria emocional, intelectual y moral propia
del individuo particular, insustituible de forma equivalente, que es un antropólogo

4
Ver Gartrell (1979) y Rhani (2019, pp. 155-157) sobre las investigaciones conducidas en
Marruecos por Geertz (1995) y Gellner (1981), las cuales no prestaron atención a masacres y
torturas. Ver Hammersley (2016) y Tcherkézoff (1997) sobre análisis divergentes sobre una
misma población, Tepoztlán (Redfield vs. Lewis) y Samoa (Mead vs. Freeman), respectiva-
mente.

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ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

definido en función de los vínculos que entabla con los demás, vínculos varia-
bles de un interlocutor a otro y susceptibles de cambiar de un momento o de un
contexto a otro, como puede ser el caso de vecinos, colegas o amigos. Tampoco
dicen tales informaciones sobre sus evasiones y afinidades, de sus vergüenzas y
extravíos, de sus puntos ciegos e ideas fijas, que guían el contenido del material
empírico y las líneas implícitas de análisis que orientan el texto etnográfico. El
trabajo de escritura tiene el mágico poder de transmutar en una obra coherente
y convincente, casi indiscutible, lo que en realidad se basa en múltiples impon-
derables, algunos de los cuales provienen de la faceta personal del investigador.
Preocuparse en saber si nuestros interlocutores dicen la verdad, si los archivos
son fieles a los eventos, si los datos administrativos son fiables, por decisivo que
sea, deja a menudo de lado al actor principal, a la persona que investiga y escribe,
y el consiguiente cuadro de realidad descrito. Este era un punto ciego de la inves-
tigación y la escritura hasta los años 1950, y a veces todavía lo es. Lejos de poseer
la cualidad de realidad objetiva que sería independiente de la mirada humana, las
observaciones de campo deben entenderse como «vinculadas a la personalidad del
observador, a sus experiencias, y a sus acciones sobre el campo» (Nash & Wintrob,
1972, p. 529), tal como los antropólogos han insistido durante mucho tiempo.
De ahí esta exigencia a los antropólogos, ahora calificada como reflexividad,
de ser conscientes de los efectos de su inclusión en la vida de los demás y de
las especificidades de su visión en los resultados de investigación (Guber et al.,
2012). Afín al autoanálisis, esta forma de lucidez, por muy deseable que sea,
obligando a cada uno a desentrañar por sí mismo aquello que proviene de su ser
perceptor y emocional, sigue siendo sin embargo un ejercicio sin protocolo ni
modelo. La sencilla y luminosa formulación de un novelista francés, Jean Giono
(1971), resume la dificultad: «Me he esforzado por describir el mundo, no tal
como es, sino cómo es cuando yo me añado a él, y esto evidentemente no lo
simplifica» (p. 567). Un enunciado similar es aquel de Pierre Bourdieu (2001),
quien, sin embargo, lo aborda desde un ángulo erudito y alejado de la experiencia
individual: «Sé que estoy tomado por e incluido en el mundo que tomo como
objeto [de investigación]» (p. 221). A falta de un modelo o de un protocolo,
los antropólogos disponen de escritos reflexivos realizados por quienes les han
precedido desde hace unos cien años, lo cuales aportan múltiples puntos de
esclarecimiento. También es habitual que los antropólogos recurran a sus amigos
y colegas cercanos para realizar esta labor de autorreflexión, como se desprende
de los agradecimientos, a menudo compuestos por varias decenas de nombres
(véase Bourgois, 1995) que figuran en los márgenes de las publicaciones.

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

ANTROPÓLOGOS SOCIALMENTE MOLDEADOS Y SUJETOS A LOS


LÍMITES DE LA EXISTENCIA SOCIAL

Más allá de los muchos puntos a tener en cuenta, asimilables a parámetros de


la situación etnográfica, hay dos que revisten una importancia inmediata porque
determinan desde el principio la forma en que se llevará a cabo un trabajo de
campo, o incluso si este podrá existir. El más incontrolable de estos parámetros
son las características físicas del antropólogo o antropóloga, como le ocurre a todo
el mundo en la vida cotidiana. Por muy dispuesto que esté por participar en las
actividades específicas de hombres y mujeres de la misma comunidad, de jóvenes
afrodescendientes de periferias urbanas y de blancos europeos distinguidos, de
gente marginada y personas mejor establecidas, o por muy deseoso que esté en
forjar lazos de confianza con enemigos políticos o religiosos, incluso con rivales
funcionales, como policías y traficantes, depredadores y víctimas, el principio
de barreras y jerarquías de la existencia social le es recordado constantemente al
antropólogo. Con regularidad, se le asocia a lo que él o ella transmite en función
de sus características.
Dependiendo de la composición del entorno frecuentado, existen determi-
nados límites y marginaciones, o facilidades de entendimiento que se establecen
al antropólogo, restringiendo o fomentando su desenvolvimiento relacional. Por
ejemplo, una mujer joven sola en un entorno masculino es probable que reciba
señales de interés sexual, lo que puede ser una ventaja (Horowitz, 1986; Milhé,
2020), o puede llegar a ser opresivo, rayando en el acoso, según las circuns-
tancias (Gurney, 1985; Kulick & Willson, 2004; Monjaret & Pugeault, 2014).
El hecho de aproximarse al estereotipo social de indio, afroamericano, árabe
(Venkatesh, 2009; Stuart, 2016; Boukir, 2018), blanco, pero en relación con
una mujer puertorriqueña o blanca con un hombre antillano (Bourgois, 1995;
Rabaud, 2013), facilita la inserción en grupos sociales no-blancos implicados en
actividades ilegales, desconfiados ante extraños y propensos a la violencia física.
A la inversa, es preferible ser blanco para realizar trabajo de campo en grupos
de extrema derecha (Aho, 1990; Hochschild, 2018; Avanza, 2018), así como
resulta conveniente utilizar en campo el apellido francés de la madre si uno tiene
un apellido paterno de origen argelino (Boumaza, 2001), tanto más si uno lleva
un apellido judío (Ezechiel, 2002). Además de ser blanco, un aspecto viril y un
cuerpo entrenado son aspectos ventajosos para una investigación encubierta en
los Identitaires, partidarios de una Francia blanca que exigen a sus miembros una
aptitud para el combate físico (Bouron, 2019). El momento biográfico de realizar

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ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

una tesis, cuando los estudiantes son jóvenes, es a menudo una ventaja, ya que
ofrece la imagen de candidez, suscitando en los demás un deseo de ayudar; de ahí
su denominación como «estudiantes-troyanos» por Jack Douglas (1976, p. 164).
Sin embargo, contrariamente a los estereotipos e inquietudes ligadas a un entorno
concreto, poseer rasgos que parecen contraindicar un campo de investigación
puede compensarse o mitigarse con otros rasgos. Por ejemplo, un antropólogo
de piel morena fue aceptado por la AfD, una organización alemana hostil a
inmigrantes y a personas no blancas (Deodhar, 2022); mientras que las mujeres
antropólogas han encontrado formas de salirse del papel que se les asigna en
campo por su género (Hunt, 1984; Gallenga, 2007).
Así, una serie de preguntas imbuidas de un elemental sentido del realismo se
imponen a los antropólogos y antropólogas antes de realizar un trabajo de campo,
en función de sus características físicas y expresivas: ¿qué obstáculos y peligros
pueden existir debido a la naturaleza específica del entorno a estudiar? Una vez
en el campo, ¿qué afinidades facilitan que unos se vinculen al antropólogo y qué
sospechas hacen que otros lo marginen o amenacen, llevándole a ignorarlos y
a protegerse de ellos? ¿Qué puntos ciegos, incluso de orden íntimo, y qué mar-
cos mentales, políticos y morales emanan durante el trabajo de observación?
¿Qué perturbaciones y riesgos físicos son aceptables para uno mismo y para sus
próximos, en especial cuando estos se encuentran potencialmente implicados
en la investigación, por ser esta realizada en su compañía o cerca de la casa del
antropólogo?
Aunque promovida por varios manuales de trabajo de campo y reforzada por
los comités de ética, la idea de que le bastaría con explicarse, presentar y ofrecer
garantías académicas es poco realista en muchas situaciones de investigación.
Se pone de manifiesto, al menos, la inconveniencia de la llegada de un extraño
presentándose como inofensivo y pretendiendo volverse miembro del grupo o de
la comunidad. Admitir a un extraño, responder a sus preguntas, implica identificar
sus intenciones: ¿cuál es su interés?, ¿quién le envía?, ¿de qué lado está?, ¿qué
consecuencias puede acarrear su presencia?
Apenas llegado a un caserío andino de Perú afectado por un proyecto minero,
Martín Cavero Castillo (2023, 2024, pp. 53-62) se enfrenta públicamente a pre-
guntas poco amables: ¿lo envía la empresa minera? ¿intenta él averiguar quién
apoya el proyecto y quién se opone para realizar un informe a pedido de quién?
Pocos días después, cuando una familia le acoge en una casa y estando convencido
de que se ha ganado su confianza, una conversación escuchada desde el baño
situado al exterior de la casa le hace comprender que él es identificado como un

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

representante de autoridades nacionales o empleado de dirigentes empresariales.


Al querer instalarse en un caserío indígena en Colombia, Inés Calvo Valenzuela
(2023) tiene que demostrar que no está en el mismo bando que otros antropólogos
llegados unos años antes. Varios de ellos, empleados de la empresa minera, habían
cuestionado la autenticidad étnica de los aldeanos, lo que equivalía a negar su
derecho ancestral a la tierra y a validar los proyectos de la empresa.
Los habitantes andinos pueden estar acostumbrados a ver jóvenes de rasgos
delicados procedentes de Europa, de Estados Unidos o de alguna de las ciudades
universitarias del país, diciéndose estudiantes y mostrándose agradables. En
cualquier caso, tienen motivos para desconfiar: ¿es un enviado de una ONG que
incita a las comunidades locales a rebelarse contra un proyecto minero, alguien
cercano a la empresa o al poder político, aliado de una facción favorable u hostil
al proyecto? Digamos lo que digamos y hagamos lo que hagamos, afirmó certe-
ramente en una ocasión Howard Becker (1967), somos percibidos como estando
de un lado o del otro, e inevitablemente lo estamos debido a un orden social
desigual formado por individuos y grupos con intereses y visiones del mundo
antagónicos. A menudo es imposible, y peligroso, frecuentar al mismo tiempo
individuos o grupos obstinados a hacer prevaler sus posiciones. Esto es algo que
se impone rápidamente como evidencia a Bruno Hervé (2019, pp. 14-15) y a
Kyra Grieco (2023) al momento de investigar sobre proyectos mineros en Perú.
Ambos son cercanos a los opositores, pero tienen que evitar, sea para el primero
de ser visto públicamente en buenos términos con miembros de una ONG hostil
a proyectos mineros, o para la segunda de aparecer en televisión junto a un grupo
de opositores, so pena de arruinar cualquier posibilidad de entrevistar a ambas
partes, o incluso de ser expulsada del país.
Sin embargo, la realidad rara vez es tan categórica como podría indicar la
lapidaria afirmación de Becker, salvo en un contexto de dictadura, guerra civil,
radicalización política, intransigencia empresarial o sindical. Durante las investi-
gaciones sobre la minería, los momentos en los que el curso de los acontecimientos
parece incierto, dando lugar a temores de expulsión o confinamiento en uno de
los bandos, son habitualmente provisionales. La mayoría de los investigadores
en este ámbito han podido entablar relaciones de confianza con personas de ban-
dos opuestos en caseríos y familias, han dialogado con autoridades de distintos
niveles y han entrevistado a miembros de la empresa, fuera de forma oficial o
fuera del alcance de miradas ajenas. Además de los encuentros fortuitos y las
simpatías, entran en juego otros dos factores. Por un lado, las estancias repetidas
o de larga duración en el campo, permitiendo tanto la instalación del antropólogo

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ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

en ­localidades afectados diferentemente por el proyecto minero como la frecuen-


tación de familias con puntos de vista opuestos, lo cual se le ve facilitado por
gestos de proximidad hacia las familias, como su ayuda en las tareas escolares
de sus hijos o su participación en un culto religioso. Por otro lado, la necesidad
impuesta a cada uno de acomodarse, sea cual fuere la diversidad de intereses
y puntos de vista, para evitar el conflicto abierto dentro del mismo espacio
relativamente circunscrito donde todos se conocen y se codean, y en el cual se
entrecruzan lazos familiares.
De igual modo que los índices formales de cientificidad, destinados a los
iniciados, y siempre recusables, es la inclusión en el relato de la investigación de
sus acciones y sus vínculos con los demás, que pueden cambiar de una época a
otra o de un momento a otro, lo que ayuda al lector a formarse un juicio sobre la
honradez de la investigación y la exactitud del análisis. Este puede identificarse
con el antropólogo o antropóloga, seguir mentalmente sus pasos, sin tener que
fiarse de afirmaciones de verdad de las cuales no se sabe cómo se produjeron
ni qué alcance real tienen. De ahí el deber de explicitación dirigido al lector, o,
más exactamente, a los lectores con expectativas y puntos de vista diferentes, a
menudo opuestos. ¿Cómo hizo el antropólogo para ser admitido, entrar en con-
tacto con los demás, observar y tratar de comprender, acceder a los documentos
y, en última instancia, saber lo que dice saber? ¿Tuvo cuidado de considerar la
diversidad de situaciones y puntos de vista, incluso en contra de sus propias
convicciones, como Hortense Powdermaker (1966, p. 198) dice que hizo en la
situación de apartheid racial en Misisipi en la década de 1930, esforzándose de
alcanzar una proximidad tanto con los morenos como con los blancos, tanto con
los ricos como con los pobres? Pero, ¿es tan sencillo? ¿Basta con dejarse llevar por
un principio de equidad para dar cuenta con precisión de la realidad tumultuosa,
brutal y a menudo confusa de los mundos observados? ¿Es siquiera concebible
alcanzar una posición de equilibrio situándose a distancia de los conflictos? ¿Y
cómo podemos estar seguros de que nos hemos acercado lo suficiente, al punto
de experimentar en carne propia la vergüenza de una violación, el placer de ate-
rrorizar, la exaltación religiosa o la determinación de matar, los cuales alteran
los vínculos más ordinarios (Barrios & Schiavoni, 2019; Katz, 1990; Rosaldo,
1993; Foa, 2021)?

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

LOS INGREDIENTES FAMILIARES, POLÍTICOS Y EMOCIONALES


DE UNA INVESTIGACIÓN EN UN PARTIDO DE EXTREMA
DERECHA

En varias publicaciones basadas en mis investigaciones, describo mis reacciones


y reflexiones en determinadas situaciones, doy información sobre mi trayectoria y
los diversos acontecimientos que me han afectado, y doy cuenta de puntos ciegos
de los que tomé consciencia tardíamente. Esta forma de relatar la investigación o,
más exactamente, de retener de ella momentos esclarecedores para ofrecer a los
lectores una visión de mi propia maquinaria emocional, intelectual y moral, no me
resultó natural. Me vino tardíamente, cuando tenía casi cuarenta años, a raíz de
un estudio realizado entre 1983 y 1993 sobre las poblaciones gitanas del oeste de
Francia, denominadas habitualmente como «gente de viaje» o «viajeros». Se trata
de familias que viven en caravanas y se desplazan de una zona a otra, obligadas
a detenerse en lugares indicados o instalándose en lugares improvisados de los
que son expulsadas, algunas de estas familias teniendo actividades y formas de
vida que las hacen sospechosas, lo cual provoca conflictos con residentes locales
y distintas autoridades. Para esta investigación, encargada por asociaciones tra-
bajando con estas poblaciones, me propuse preguntar a una diversidad de gitanos
sobre su modo de vida y su visión de las cosas, teniendo en cuenta los criterios
habituales de diferenciación o antagonismo, como el sexo, la edad, la ocupación,
el nivel de riqueza, el grado de adaptación al mundo sedentario y la orientación
religiosa. Pero nada salió como esperaba. Los hombres me evitaban, los jóvenes
se burlaban de mi proyecto, las mujeres que se llevaban bien con los empleados
del lugar alababan sus acciones y criticaban a los gitanos recalcitrantes, mientras
que los subgrupos temidos por su violencia y rechazados por todos ofrecían una
imagen de bondad (Bizeul, 1999). Me quedé agobiado, con una sensación de
cierta incompetencia.
Al mismo tiempo, a principios de los noventa, un círculo de colegas cercanos
me hizo descubrir los trabajos de campo estadounidenses. Varios libros cambiaron
mi forma de entender el trabajo de un antropólogo, en particular los de Rosalie
Wax (1971) y Hortense Powdermaker (1966), por la sencillez y naturalidad de sus
relatos, dando así materia viva a textos más elaborados y académicos que había
leído antes. Me di cuenta de que los disgustos, las seducciones, los temores, las
manipulaciones y los fracasos eran cosa ordinaria para los etnógrafos, tanto más
en entornos con intereses y puntos de vista antagónicos, donde el investigador es
sospechoso de ser aliado de unos y enemigo de otros. Me esforcé en encontrar un

50
ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

ámbito de la vida social en el que llevar a cabo una nueva investigación, ahora
menos ingenua y liberada de la creencia en el tecnicismo conceptual y estadístico,
tal y como enseñaba Le métier de sociologue (Bourdieu et al., 1968), entonces
en boga cuando yo era estudiante. Se trató de una investigación de inmersión
directa, que comenzó en abril de 1996 y duró tres años y medio, en el seno del
Frente Nacional, un partido de extrema derecha cuyas ideas y expresión pública
eran rechazadas por la mayoría de la población francesa y condenadas por las
distintas autoridades.5
Aunque este partido no había tenido un peso electoral real desde su creación
en 1972, durante los años noventa se expandió y ocupó los titulares políticos:
conquistó varias grandes ciudades del sur de Francia, como Toulon y Orange, y
obtuvo escaños en los consejos regionales; una proporción significativa de la clase
trabajadora votó por él, incluyendo más de una cuarta parte de los trabajadores
y desempleados en las elecciones presidenciales de 1995. Era intrigante. Sin
embargo, poco se sabía de sus activistas y simpatizantes, o de su funcionamiento
cotidiano, y no había sido realmente estudiado desde dentro, y mucho menos por
sociólogos, que temían ser intimidados, manipulados o contaminados moralmente.
Para un sociólogo como yo, que había militado en el Partido Comunista y cuyo
modo de existencia era todo lo opuesto, era como lanzarse a la boca del lobo.6
En realidad, lejos de las advertencias preocupadas de mis amigos y de la
mayoría de mis colegas, rápidamente me sentí a gusto en mis relaciones con
los militantes, aparte de unos pocos —exlégionnaires, exskins, miembros del

5
En aquella época, estaba presidido por Jean-Marie Le Pen, antiguo diputado de derechas y
exparacaidista en Indochina y luego en Argelia, y estaba formado principalmente por par-
tidarios de la Argelia francesa, hostiles a la descolonización, adeptos de la ideología nazi y
partidarios del régimen de Vichy, y católicos tradicionalistas opuestos al Concilio Vaticano II.
Sus principios, las declaraciones de sus dirigentes y su programa lo convirtieron en un partido
hostil a los inmigrantes y a otras susodichas razas, acusador hacia los judíos y propenso al uso
de la violencia, lo que dio lugar a numerosos procesos judiciales en su contra.
6
Muchos sociólogos han investigado posteriormente este partido, que se ha convertido en un
componente decisivo de la vida política. En 2002, contra todo pronóstico, Le Pen eliminó al
candidato socialista con casi el 17 % de los votos en la primera vuelta de las elecciones pre-
sidenciales, lo que le permitió pasar a la segunda vuelta contra Jacques Chirac, que ganó con
más del 80 % de los votos. En 2011, Marine Le Pen sucedió a su padre al frente del partido
e intentó cambiar su imagen, pasando a llamarse Rassemblement national. En 2017 y 2022,
se presentó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en las que obtuvo el 34 % y
el 41 % de los votos, respectivamente, frente a Emmanuel Macron, que resultó vencedor. En
las elecciones legislativas de 2024, celebradas tras la disolución de la Asamblea Nacional,
el partido obtuvo 143 escaños de 577, lo que lo convierte en una fuerza influyente capaz de
influir en la política gubernamental.

51
Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

Groupe Union Défense (GUD), conocidos todos por su agresividad o acciones


violentas7—, de cuya posible peligrosidad percibía o me habían advertido. Esta
capacidad para mantener vínculos amistosos con militantes del Frente Nacional,
lejos de validar la seriedad de mi investigación, se convirtió en motivo de sospecha
y desaprobación por parte de colegas investigadores.
Intentar comprender lo que está en juego en la investigación, es decir, en las
relaciones con otros que son a la vez próximos y ajenos, fraternales y amenazado-
res, obliga a un alejamiento de nosotros mismos y a abandonar nuestros arraigos
sociales, al menos mientras dure la investigación. Todo conocimiento orientado
hacia la verdad se construye contra uno mismo, contra las propias ignorancias y
puntos ciegos, contra los conocimientos adquiridos, las rutinas de pensamiento
y las creencias, contra las expectativas de un grupo o de un patrocinador de la
investigación (Clair, 2022; Bizeul, 2023). Significa tener que volver, sin haber
terminado nunca, a los contextos y contingencias que han condicionado la pro-
ducción de este conocimiento. Alban Bensa (2017) señala que:
…la experiencia de campo, cuando esta es de fuerte inmersión, nunca ter-
mina en la medida en que nos obliga constantemente a volver a ella, en un
intento de dilucidar lo que sucedió en los prolongados intercambios tenidos
con las personas que conocimos… (párr. 12)

De modo que «el trabajo de campo aparece gradualmente como un ovillo de hilos
estrechamente entretejidos que hay que desenredar a lo largo de años» (párr. 12).
Es así que, durante mi investigación sobre el Frente Nacional, se fueron aclarando
por etapas los ingredientes que me eran propios, del mismo modo que fue por
etapas como escribí e informé sobre ella.
Desde el primer texto, en forma de libro publicado por una editorial repu-
tada (Bizeul, 2003), me pareció necesario señalar a los probables lectores, y
en primer lugar a colegas universitarios, qué tipo de persona era yo, formada
por experiencias anteriores, acontecidas en particular en el seno de mi familia,
para explicar cómo me había sido posible mantener durante tres años vínculos
cordiales con militantes denunciados como racistas, reaccionarios, adeptos a la

7
Los légionnaires forman parte de la Legión Extranjera, un sector del ejército armado de Francia
que recluta personas de nacionalidad extranjera y se dedica a realizar operaciones fuera del
territorio francés. Los skins o skinshead en Francia están mayormente asociados a un movi-
miento que reivindica la supremacía de una susodicha raza blanca, si bien el origen social de
este movimiento en Inglaterra es mucho más complejo, pudiendo tener una inclinación política
a la extrema derecha o izquierda. El GUD es una organización estudiantil de derecha, famosa
por sus acciones violentas.

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ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

violencia, invitándoles a mi casa y participando a sus actividades. Esto era tanto


más necesario puesto que el libro incluye escenas en las que estoy implicado, y
en ese sentido asimilable a un simpatizante, algo que nadie había hecho antes,
aparte de una joven periodista cercana a los círculos trotskistas, cuyo proyecto
era revelar la peligrosidad del Frente Nacional (FN), y que por ello investigaba
lejos de su casa y en secreto (Tristan, 1987).
Habiendo llegado al FN con la idea de un ejercicio de observación, me
encontré lidiando con acontecimientos de mi historia personal. […] En cierto
modo, estaba en terreno conocido, no tan ajeno como había imaginado, en
todo caso; y había tenido la oportunidad de codearme [antes] con gente no
menos sectaria o que suele irse de boca. De allí probablemente, fuera de
algunas entrevistas con militantes con convicciones neonazis, que no haya
sentido repulsión o inquietud en el transcurso de esta investigación; de allí
también mi cuidado en transmitir experiencias y percepciones dando una
imagen menos maniquea de los militantes del FN de lo que suele ser el caso.

Una parte de los militantes del FN son de hecho lo que yo fui, o al menos
parecen estar en el FN con compromisos equivalentes a los que yo tuve
anteriormente. Nacido en 1950 en el seno de una familia de pequeños agri-
cultores, fui «catho tradi»8 hasta los veinte años y anticomunista.

Era lo normal en los decenios de posguerra para los miembros de una fami-
lia religiosa, sobre todo en un pueblo de la región de Nantes [alrededor de
Nantes, en el oeste de Francia] donde la orden parroquial era omnipresente.
Esto era aun más consustancial a mi persona, puesto que estaba destinado a
volverme religioso y que desde los once años me encontrara en un juvénat
[centro de formación para jóvenes que desean dedicarse a la vida religiosa].
Como para otros adolescentes de la misma época, tal era una oportunidad
para estudiar y escapar del mundo campesino. En 1968, mi hostilidad hacia
las revueltas y las huelgas era inequívoco. A partir de setiembre de ese año,
fui profesor en un colegio católico, compartiendo la vida de tres religiosos.
Uno de ellos era pétainiste, porque Pétain había revertido las iniquidades
cometidas contra los religiosos por la República radical a principios de siglo.9
Otro libraba una batalla contra el párroco, quien devolvía estatuas donadas a

8
«Catho tradi» es la abreviatura de católico tradicionalista, una corriente que rechaza las refor-
mas liberales del Vaticano II. De ahí el mantenimiento del uso del latín en la misa, el uso de
sotana por parte de los sacerdotes, y la acción pública, a veces violenta, contra el aborto, el
matrimonio para todos o la educación sexual. Una parte importante del FN estaba formada
por católicos tradicionalistas.
9
Mariscal durante la guerra de 1914-1918, Philippe Pétain se convirtió en jefe del Estado
francés cuando Alemania invadió el país en 1940. Firmó la capitulación de Francia, trasladó
el gobierno a la ciudad de Vichy y aplicó una política de colaboración con el régimen nazi,

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

la iglesia por familias adineradas y que se negaba a diferenciar entre alumnos


de escuelas privadas y públicas. Más tarde, enseñé sociología en una univer-
sidad católica. En el comedor, me cruzaba con curas con sotana cercanos al
cura de Nantes o al Monseñor Lefebvre [dos figuras del catolicismo tradicio-
nalista], mientras que otros mantenían posiciones en favor de la clase obrera
y flexibles con respecto a la doctrina católica.

La frecuentación de militantes partidarios del régimen de Vichy y de ex


miembros de colonias o del ejército, me llevó a recordar relatos familiares
haciendo referencia a fuertes tensiones por posiciones opuestas durante la
ocupación [de 1940 a 1944, por parte de la Alemania nazi] o respecto a De
Gaulle [líder del movimiento político Francia libre, desde su exilio en Lon-
dres, llegando a ser luego el presidente del Gobierno Provisional de Francia
entre 1944 y 1946]. Uno de mis tíos abuelos era proalemán, sin duda por
terror al comunismo, y por este motivo le apodaban ‘Louis el Germano’ en
la congregación de la que era uno de los líderes. Según me contaron, entre
mi padre y un tío, ambos miembros de un maquis [grupo de resistencia a la
ocupación alemana], y este tío abuelo, hubo un día una violenta discusión.
Fue este tío abuelo, desaparecido cuando yo era niño, quien encargó a un
religioso de mi pueblo que me acogiera bajo su tutela, atento así a ayudar a
su familia y a incorporar un recluta, como podían llegar a hacer los miembros
del clero. Uno de mis tíos maternos participó en las guerras coloniales de la
Francia de posguerra; él se había escapado de casa de su madre para alistarse
en el ejército antes de tener edad para trabajar en el campo, siguiendo el
ejemplo de uno de sus propios tíos; él era definitivamente hostil a De Gaulle
después de que abandonara Argelia.10 En cambio, para mis padres era natural
de ser partidarios de De Gaulle, por ser adeptos de la resistencia [a la ocupa-
ción alemana]. En mi imaginación de adolescente, este tío abuelo y este tío
materno representaban dos formas de éxito social y de apego al orden, por
muy sucinto y distorsionado que fuera lo que yo conocía de ellos (Bizeul,
2003, pp. 46-48).

Reducidas aquí a lo esencial, estas informaciones, de las cuales cualquier cientí-


fico social reconoce su importancia en el destino de las personas, representan en
realidad un arma de doble filo. Aparte del deseo de transparencia, siguiendo el

persiguiendo a judíos y miembros de la Resistencia. Este periodo se conoce como la Ocupación


o el régimen de Vichy.
10
Contrariamente a sus declaraciones públicas a favor de la «Argelia francesa», De Gaulle puso
fin a la presencia colonial en Argelia y a la guerra subsiguiente, una vez que él estuvo de vuelta
en el poder (1959-1969), frente a lo cual hubo como reacción una serie de atentados. La franja
inicial del FN estaba formada por repatriados argelinos, conocidos como pieds-noirs, y por
excombatientes en Argelia y en otras colonias francesas de ese entonces. Como sospechaba,
cuando volví a ver a este tío materno durante mi investigación, él era simpatizante del FN.

54
ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

ejemplo y las recomendaciones de otros sociólogos o antropólogos, aquellas infor-


maciones demuestran que soy consciente de las influencias que he tenido, lo que
me ha facilitado el establecimiento de vínculos con activistas del FN. Pero también
pueden utilizarse en mi contra, levantando la sospecha de que mis antecedentes
familiares me predispusieron a unirme a este partido, de modo que sea probable
que mi investigación carezca de la vigilancia y del sentido crítico exigidos a un
antropólogo, y que yo haya sido, en última instancia, condescendiente en mi
descripción de sus militantes. En mi libro proporciono más información, expli-
cando en particular cómo me hice comunista a los veinte años. Estas importantes
informaciones, bien que sucintas, sobre mis experiencias y de la manera en que
me formaron ayudan a explicar por qué no me asusté, salvo ocasiones puntuales,
cuando participé en diversas manifestaciones públicas (contra la creación de una
mezquita, o en apoyo a Jean-Marie Le Pen, fundador y líder del FN procesado
judicialmente), distribuí comidas a los sin techo en el centro de París bajo los
auspicios del partido, vendí un periódico en la fiesta anual del partido, o aseguré
el buen funcionamiento de una fiesta en la sede del partido.
Por medio de muchos de sus militantes, encontré ecos de lo que yo había
sido una vez de adolescente. Por un lado, un «catho tradi», denominación que no
existía en ese entonces, pero que resume bien una actitud hostil al desorden social,
un apego a una cierta idea de la patria, un deseo de servicio militar o misionero.
Por otro lado, el estar predispuesto a un cierto radicalismo, a enfrentamientos
ideológicos y tácticos similares a los que había vivido, de estudiante, en el partido
comunista. En cierto modo, me encontraba en un terreno conocido, o al menos
de eso estaba convencido, lo que atenuaba la disonancia ideológica y moral entre
los militantes del FN y yo, en particular los de ideas extremistas, pero también
me beneficiaba de una especie de comunidad afectiva tanto más tranquilizadora
puesto que mis colegas investigadores desaprobaban tal investigación, esgrimiendo
objeciones caricaturescas que la investigación desmentía o matizaba (Bizeul, 2019).
Estuve así sometido a un condicionamiento de grupo que permaneció impercep-
tible para mí durante mucho tiempo, tan convencido estaba de que controlaba la
situación. Condicionamiento asociado a una disminución del nivel de conciencia,
por utilizar una fórmula tomada de Glaser y Strauss (1965), de las implicaciones
de la ideología del partido. Me llevó tres años de escritura, salpicada de versiones
percibidas como alegatos a favor del partido por parte de colegas investigadores
cercanos, antes de acabar con un texto sociológicamente sólido.
Sacar a la luz los ingredientes biográficos que me eran propios durante la
investigación sobre el Frente Nacional, y admitir haber estado bajo la influencia

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

del entorno que había frecuentado, del que tardaría mucho tiempo en liberarme,
me pareció finalmente una manifestación adecuada de reflexividad. Sin embargo,
esto era solo la mitad de la batalla, pues dejaba en la sombra aspectos vitales
de mí mismo que pesaban en el curso de la investigación. Es habitual que los
sociólogos describan su investigación de una forma que sugiera que son indivi-
duos solitarios, libres de cualquier vínculo romántico o de pareja, sin familia ni
hijos, sin amigos, de manera que habría una barrera mental y emocional entre
su existencia ordinaria y su actividad de investigación. Esta estaría protegida
ante los deseos, ansiedades y enfrentamientos que pueblan el curso principal de
su existencia, curso que permanecería inalterado por la investigación. Si bien
esto puede ser posible en el caso de encuentros breves y puntuales basados en
cuestionarios o entrevistas que se centran en puntos que no dan lugar a grandes
perturbaciones, tal no es el caso en investigaciones que duran varios años y que
ponen al antropólogo en contacto con personas que pueden ser hostiles a lo que
él representa, situándolo en la intersección de grupos con intereses y visiones del
mundo antagónicas, estando dispuestos a dar la batalla.
Lo que solo había insinuado en un texto sobre las decepciones de mi inves-
tigación en un entorno gitano y sobre lo que había guardado silencio en mi libro
sobre los militantes del Frente Nacional, debía salir a la luz, puesto que ello fue
un motivo constante que influyó en mi conducta durante la investigación. Este
secreto tiene que ver con la homosexualidad, y más concretamente con el hecho
de que vivía con dos hombres, uno mi pareja desde hacía unos diez años, el otro
un amante más joven de ascendencia africana que había estado en la cárcel, se
había prostituido y padecía de sida (Bizeul, 2018). Mi investigación se desarrolló
en nuestro entorno vital habitual, incluido el departamento compartido cuando
ellos no estaban, poniéndome en contacto con militantes que detestan a morenos,
árabes, judíos y homosexuales, algunos de los cuales son admiradores de Hitler
y sus programas de purificación, otros practican deportes de combate y poseen
armas. La conciencia de un peligro para mí y para los que amo ha teñido mi
investigación, orientando algunas de mis preguntas, haciéndome desconfiar de
ciertos militantes, obligándome a jugar al hombre viril, incluso si, en su mayor
parte, no renuncié a ninguna oportunidad de investigación compatible con mis
obligaciones de profesor y mi vida amorosa. Doy cuenta de estas «lealtades
incompatibles» y de las divisiones internas resultantes en un artículo en el que
menciono explícitamente mi homosexualidad (Bizeul, 2007).

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ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

En el caso del estudio sobre el FN, fue cerca de casa donde conducí mi
investigación, sin romper realmente con mi vida ordinaria. [...] Si hubiera
sido plenamente consciente desde el principio de lo que esta situación podía
implicar, y sobre todo si hubiera sido lo suficientemente razonable como para
extraer las consecuencias, es probable que nunca hubiera adoptado la idea de
realizar una investigación en el FN, y menos aún por inmersión. Ser gay, vivir
con una pareja cuyo nombre podría sonar a judío, albergar a un moreno alto
con dreadlocks que fuma cigarros de marihuana, era ofrecer todas las señales
de un antagonismo visceral. Saber así que podían desacreditarme ha proba-
blemente hecho pesar en mi trabajo un sentimiento de miedo y de fragilidad.
Esto me quedó claro rápidamente, al principio de mi investigación, tras una
entrevista con un militante que vive a pocos minutos de mi edificio.

[Junio 1996] Acabo de salir de Z. Necesito hablar con alguien. Impactado


por lo que he oído y lo que implica. Este tipo declara estar dedicado a una
lucha de tipo racial y se dice racista, antisemita y admirador de Hitler. Escu-
chando algunos de sus enunciados, que excluían la frecuentación de cualquier
persona de color, rememoraba la mía con M, o J, u otros. Imaginaba sus reac-
ciones si Z se enteraba de mis frecuentaciones, y si encima descubría que yo
era un «maricón», que fornicaba con «negros» o «árabes». [...] Este joven
cordial de origen acomodado tiene certezas que me hacen entrar en estado de
shock, contrarias a mi propia sensibilidad, en oposición a mi modo de vida
y a la gente con la que me relaciono. No puedo evitar pensar en la palabra
‘peligroso’ para calificarlo. Siento que para él yo podría ser una «mierda»,
considerarme como repugnante, quizás incluso alguien ideal para ser elimi-
nado si algún día él pudiera llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias.
Con miedo de estar sometido, a pesar mío, a pensamientos similares a los de
Z, de ver a M como un ‘macaco’ cuando él me irrita por la noche y en los
días siguientes, de rechazar las «bazofias» del rock, del jazz, del reggae y de
la pintura contemporánea, de negar mi propia homosexualidad o hacer de
ella una enfermedad de la que soy víctima. En el carro por la ruta N 12 [entre
París y Dreux] al anochecer, una fracción de ausencia, y a punto de pasar a un
segundo plano, tan conmocionado que estoy. En realidad, el objetivo de Z es
la ‘limpieza étnica’, aunque no utilice el término, e incluso si evocarlo para
Francia genere sobresaltos.

Tras esta reunión, pasé varios días preguntándome si debía detener esta inves-
tigación, que aún estaba en sus inicios. Eran la vida de mis seres queridos, y
a lo que más aprecio, que se ponía en tela de juicio y era amenazado a través
de tales comentarios. Uno de mis amigos me había asegurado que estaban
eliminando físicamente a personas molestosas, otros que podían atacar a mis
allegados para intimidarme o vengarse de mi estudio; me vinieron a la mente
escenas de películas, en particular las de un filme en el que Dustin Hoffman

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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo

es perseguido por antiguos nazis (se trata de Marathon Man). Rápidamente,


sin embargo, entré en razón. Los militantes de este tipo seguramente eran
minoría, me dije a mí mismo; ellos aprovechaban tales oportunidades para
llamar la atención y así lograr una mayor influencia (Bizeul, 2007, párr. 14).

Para explicar la relativa facilidad con la que he podido relacionarme con mili-
tantes del FN, incluidos los más virulentos y predispuestos a la violencia, he
recurrido a mi trayectoria social. Parezco ignorar el miedo, el asco y las eventua-
les seducciones. Una vez más, se trata solo de una verdad a medias, que retoma
líneas de análisis convencionales, dejando en el olvido los movimientos poco
controlables de los cuales es legítimo saber cómo interfirieron en los objetivos
de la investigación y en la exactitud de su redacción. Por muy honesto que sea
mi relato, sigo estando en parte en la postura de aquel que ha mantenido un con-
trol ininterrumpido sobre sus afectos y reacciones. En realidad, fui seducido por
algunos militantes del FN que podrían haber sido vecinos, compañeros de deporte
o miembros de mi familia, sean hombres jóvenes de ojos risueños y de palabra
insolente, o mujeres jóvenes amables y distantes de entornos burgueses. Con la
misma claridad, he sentido aversión hacia hombres y mujeres pronunciándose de
manera grosera, obscena o tóxica. En el libro, guardo silencio sobre momentos de
preocupación, de afinidades mutuas y ensoñaciones de flirteo, sin querer dar pie
a la sospecha de haber estado rehén del miedo (según el cliché del síndrome de
Estocolmo) o, peor aún, de haber caído ante los encantos de unos cuantos jóvenes.
En cambio, explicito las señales de seducción hacia mí de mujeres mayores, en
absoluto comprometedoras, dando la imagen de escenas naturales en las que soy
parte (Bizeul, 2025).

CONCLUSIÓN

Una forma de remediar la artificialidad sostenida en los textos fruto de investiga-


ciones de campo, la cual otorga a la realidad observada un sentido de coherencia
y necesidad alejado de la experiencia ordinaria, a menudo marcada por la incer-
tidumbre y la confusión, lleva a entrelazar la línea narrativa y argumentativa.
Esta toma como punto de apoyo el material empírico, cotejándolo con estudios
existentes, y sigue la lógica estrictamente investigativa que explicita el conjunto de
pasos dados por el investigador, con sus ideas, vínculos, dudas, astucias y afectos
que varían según la situación y los encuentros, a medida que avanza la investiga-
ción. El antropólogo es así llevado de regreso a su condición de ser humano, al

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ANTHROPOLOGICA / AÑO XLIII, N° 54, 2025 / e-ISSN 2224-6428

igual que los demás, y, por muy específico que sea su objetivo de conocimiento,
el trabajo que lleva a cabo se vuelve más accesible, más comprensible, cuando
se conecta con lo que cada uno tiene de experiencia, por parcial que sea, o de
idea, por errónea que sea. Esto permite al lector identificarse con el investiga-
dor, seguir en cierto modo sus pasos, y así comprender mejor cómo el resultado
escrito ha sido obtenido. Puede aceptar las pruebas y los argumentos, así como el
proceso por el que se llegó a ellos, pero puede también cuestionar su veracidad o
imparcialidad, juzgando, por ejemplo, que el investigador fue ingenuo o sesgado.
No obstante, el deseo del antropólogo o antropóloga por mostrar a los lectores
cómo ha realizado concretamente su investigación de campo, y en particular de
dar a conocer aquello que tiene que ver consigo mismo en términos de ideas y
relaciones facilitadas o frustradas, entraña una serie de dificultades enredadas.
Primero, es imposible decirlo todo, contar la historia en detalle, es decir, es
imposible dar acceso completo a cientos de páginas de diarios de campo. Esto
sería impublicable, tedioso para los lectores y engañoso, al sugerir que se tratan
de una réplica fiel de la realidad. Luego, el deseo de captar las particularidades
de la faceta personal del antropólogo en el curso de la investigación, de tomar
conciencia de las propias determinaciones e influencias, de admitir los propios
temores y deseos, conduce a una búsqueda incierta, y en parte insoluble, que ni
los intercambios entre colegas ni la consulta asidua de un psicoanalista bastan
para desentrañar. Y, más aún, hacer públicos afectos y pensamientos alejados
de la moral ordinaria, por banal que este sea, o cercanos a las pasiones de una
época anterior convertidas en condenables unas décadas después, equivaldría a
apartarse de los principios académicos de buena conducta y a romper demasiado
bruscamente con el ideal de humanismo universal, hoy calificado como ético,
que se espera de un antropólogo. Es, pues, un ejercicio excesivamente delicado,
que pone en juego la propia reputación, y para el cual no existe ningún modelo,
al que se invita a todo antropólogo bajo el término de reflexividad.

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