Who Is The Anthropologist? Why Readers Should Know
Who Is The Anthropologist? Why Readers Should Know
RESUMEN
La faceta personal del antropólogo sigue siendo a menudo un punto ciego
en el trabajo de investigación. Sin embargo, es la adecuación más o menos
favorable entre un antropólogo singular y un contexto social definido lo
que determina en parte el curso de una investigación y la calidad de los
resultados. De ahí la importancia, habitual en Francia, de mencionar los
acontecimientos biográficos y las experiencias propias del antropólogo o la
antropóloga. Esto ayuda al lector a juzgar la calidad de la investigación y la
precisión del análisis. Esta forma de autoanálisis sigue siendo un ejercicio
incierto, sin protocolo ni modelo. A partir del ejemplo de una investiga-
ción de inmersión realizada entre 1996 y 1999 sobre el Frente Nacional,
partido francés de extrema derecha, muestro cómo la investigación se vio
facilitada por mi educación católica y de derechas, y complicada por mi
vida amorosa con dos hombres, uno de ellos moreno.
Palabras clave: Relato etnográfico, Verdad, Autoanálisis, Extrema derecha,
Homosexualidad, Francia
ABSTRACT
The anthropologist as a person often remains a blind spot. Yet it is the fit,
more or less favorable or unfortunate, between a specific social context
and a particular anthropologist that partly shapes the course and outcome
of fieldwork. Hence the importance of mentioning the anthropologist’s
biographical events and experiences, as well as his or her physical and
relational characteristics, insofar as they have an impact throughout
the work. Such information helps readers better assess the quality of the
research. However, this form of self-analysis remains an uncertain exer-
cise, without protocol or model. Drawing on the example of an immersive
fieldwork I carried out between 1996 and 1999 within the National Front,
a French far-right political party, I show how the research was facilitated
by my Catholic and right-wing upbringing, and complicated by my intimate
life with two men, one of whom was Black.
Keywords: Fieldwork account, Truth, Ethnographic reflexivity, Self-
analysis, Far-right, Homosexuality, France
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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo
INTRODUCCIÓN
«Solamente creo en las historias atestiguadas por personas que se harían dego-
llar», resume lacónicamente Blaise Pascal para refutar los relatos de misioneros
que retrotraen la creación de China antes de la llegada del Diluvio, tal como se
relata en la Biblia.1
Desde el testimonio ocular reivindicado por Jean-Norton Cru (1930) para
dar cuenta de la morbosa realidad de combates en las trincheras durante la
Primera Guerra Mundial, en oposición a las narrativas edificantes y patrióticas
entonces en boga (Rousseau, 2003), pasando por la soberana fórmula de Clifford
Geertz (1988) lanzando su «¡Yo estuve allí!» para certificar la validez de sus
afirmaciones sobre las culturas balinesa o marroquí, hasta la objeción a diver-
sas investigaciones etnográficas hecha por Steven Lubet (2018) aplicando una
forma de contrainterrogatorio sobre la base de otros hechos de dominio público,
es el mismo principio enunciado por Blaise Pascal el que se plantea: el relato de
testigos, o de protagonistas, de un acontecimiento es esencial para saber aquello
que realmente ha pasado. Saber y dar a conocer lo que realmente ocurrió implica
la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso, lo que hace imposible
decir cualquier cosa indefinidamente, so pena de ser desautorizado, contradicho,
tomado por mentiroso o por iluminado, denunciado como un fraude. Lo que se
aplica a la conducta de la propia vida y en las relaciones con los demás y con las
1
Una multitud de textos en ciencias sociales han tratado sobre la reflexividad, sobre todo con
relación a investigaciones de larga duración e inmersión, calificadas de etnográficas, al punto
que puede parecer temerario añadir un texto más a esta literatura. Ha sido el aliento amigable
de Martín Cavero Castillo y su disposición a ejercer de traductor al español, que me ha dado
el valor de escribir este texto. Le agradezco por su generosidad y por las molestias que se
ha tomado en este trabajo, así como por sus sugerencias a una primera versión de este texto.
También quiero dar las gracias a Henri Peretz y a los demás revisores por sus comentarios
y consejos. [Nota del traductor: las frases citadas en francés por el autor han sido traducidas
también al español por mí].
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diversas instancias sociales se aplica con mayor razón en el ámbito del conoci-
miento científico (Bizeul, 2021).2 Pero lejos de ser suficiente y de garantizar un
convencimiento, como prueba indiscutible, cada historia y cada afirmación de la
verdad puede ser cuestionado y refutado. Los tribunales, publicaciones científicas
o secciones de noticias de los periódicos ofrecen ejemplos de ello todos los días.
Ahora bien, el antropólogo, sociólogo o historiador del mundo contemporáneo
es precisamente este testigo o protagonista en una serie de investigaciones, cali-
ficadas como etnográficas, de campo, por observación participante, implicación
directa, inmersión intensiva, etc.3 Los temas que le preocupan lo son, en mayor
o menor medida, para todos. Surgen en las conversaciones cotidianas, ocupan
los titulares de los medios de comunicación y son asumidos por los gobiernos.
Pueden preocuparnos a todos de forma inmediata y devastadora en un momento
u otro, o pueden dejarnos indiferentes. Sin embargo, lo más frecuente es que
nos vengan a la mente imágenes y explicaciones prefabricadas, tanto si estamos
estrechamente implicados en la situación como si solo somos vagamente cons-
cientes de ella. Los medios de información que utiliza el antropólogo, así como
los modos de argumentación y las formas de escritura a las que recurre, son los
de muchos especialistas, como policías y jueces, periodistas de investigación,
investigadores de organismos públicos y, de manera más informal, los de todo
el mundo en todo tipo de situaciones cotidianas.
Así pues, algunas de las investigaciones más importantes realizadas por los
antropólogos se basan en preguntas corrientes y utilizan modos de información
y análisis que todo el mundo utiliza de forma más o menos intuitiva o rigurosa.
Este puede ser el caso de los acontecimientos que tienen lugar a nivel de un
barrio, un país o una región del mundo. ¿Qué ocurrió para que los ciudadanos
de un pueblo de Argentina prendieran fuego a edificios oficiales y a las casas
de los representantes electos (Auyero, 2003)? ¿Cómo explicar las secuencias de
violencia entre los jóvenes de varios países sudamericanos y de muchos barrios
estadounidenses (Bourgois, 2001; Rodgers, 2007; Auyero et al., 2015)? ¿Cómo
2
Como han señalado filósofos e historiadores de la ciencia (Hacking, 2000; Williams, 2002;
Boghossian, 2006), y como atestigua la capacidad de las investigaciones más convincentes
para refutar las ideas preconcebidas, los simulacros de la verdad y la propaganda escenificada
(Dalton, 1959; Altheide & Johnson, 1979; Berthaut, 2013).
3
Bajo apelaciones distintas, tales modalidades de investigación y principios de comprensión
son muy similares en la práctica, más allá de las diferencias derivadas de la historia de las
ciencias sociales, de las formas de distinción y competencia entre centros de investigación y
universidades de una misma área cultural, y de las influencias y tradiciones académicas propias
de cada país.
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Ver Gartrell (1979) y Rhani (2019, pp. 155-157) sobre las investigaciones conducidas en
Marruecos por Geertz (1995) y Gellner (1981), las cuales no prestaron atención a masacres y
torturas. Ver Hammersley (2016) y Tcherkézoff (1997) sobre análisis divergentes sobre una
misma población, Tepoztlán (Redfield vs. Lewis) y Samoa (Mead vs. Freeman), respectiva-
mente.
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definido en función de los vínculos que entabla con los demás, vínculos varia-
bles de un interlocutor a otro y susceptibles de cambiar de un momento o de un
contexto a otro, como puede ser el caso de vecinos, colegas o amigos. Tampoco
dicen tales informaciones sobre sus evasiones y afinidades, de sus vergüenzas y
extravíos, de sus puntos ciegos e ideas fijas, que guían el contenido del material
empírico y las líneas implícitas de análisis que orientan el texto etnográfico. El
trabajo de escritura tiene el mágico poder de transmutar en una obra coherente
y convincente, casi indiscutible, lo que en realidad se basa en múltiples impon-
derables, algunos de los cuales provienen de la faceta personal del investigador.
Preocuparse en saber si nuestros interlocutores dicen la verdad, si los archivos
son fieles a los eventos, si los datos administrativos son fiables, por decisivo que
sea, deja a menudo de lado al actor principal, a la persona que investiga y escribe,
y el consiguiente cuadro de realidad descrito. Este era un punto ciego de la inves-
tigación y la escritura hasta los años 1950, y a veces todavía lo es. Lejos de poseer
la cualidad de realidad objetiva que sería independiente de la mirada humana, las
observaciones de campo deben entenderse como «vinculadas a la personalidad del
observador, a sus experiencias, y a sus acciones sobre el campo» (Nash & Wintrob,
1972, p. 529), tal como los antropólogos han insistido durante mucho tiempo.
De ahí esta exigencia a los antropólogos, ahora calificada como reflexividad,
de ser conscientes de los efectos de su inclusión en la vida de los demás y de
las especificidades de su visión en los resultados de investigación (Guber et al.,
2012). Afín al autoanálisis, esta forma de lucidez, por muy deseable que sea,
obligando a cada uno a desentrañar por sí mismo aquello que proviene de su ser
perceptor y emocional, sigue siendo sin embargo un ejercicio sin protocolo ni
modelo. La sencilla y luminosa formulación de un novelista francés, Jean Giono
(1971), resume la dificultad: «Me he esforzado por describir el mundo, no tal
como es, sino cómo es cuando yo me añado a él, y esto evidentemente no lo
simplifica» (p. 567). Un enunciado similar es aquel de Pierre Bourdieu (2001),
quien, sin embargo, lo aborda desde un ángulo erudito y alejado de la experiencia
individual: «Sé que estoy tomado por e incluido en el mundo que tomo como
objeto [de investigación]» (p. 221). A falta de un modelo o de un protocolo,
los antropólogos disponen de escritos reflexivos realizados por quienes les han
precedido desde hace unos cien años, lo cuales aportan múltiples puntos de
esclarecimiento. También es habitual que los antropólogos recurran a sus amigos
y colegas cercanos para realizar esta labor de autorreflexión, como se desprende
de los agradecimientos, a menudo compuestos por varias decenas de nombres
(véase Bourgois, 1995) que figuran en los márgenes de las publicaciones.
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una tesis, cuando los estudiantes son jóvenes, es a menudo una ventaja, ya que
ofrece la imagen de candidez, suscitando en los demás un deseo de ayudar; de ahí
su denominación como «estudiantes-troyanos» por Jack Douglas (1976, p. 164).
Sin embargo, contrariamente a los estereotipos e inquietudes ligadas a un entorno
concreto, poseer rasgos que parecen contraindicar un campo de investigación
puede compensarse o mitigarse con otros rasgos. Por ejemplo, un antropólogo
de piel morena fue aceptado por la AfD, una organización alemana hostil a
inmigrantes y a personas no blancas (Deodhar, 2022); mientras que las mujeres
antropólogas han encontrado formas de salirse del papel que se les asigna en
campo por su género (Hunt, 1984; Gallenga, 2007).
Así, una serie de preguntas imbuidas de un elemental sentido del realismo se
imponen a los antropólogos y antropólogas antes de realizar un trabajo de campo,
en función de sus características físicas y expresivas: ¿qué obstáculos y peligros
pueden existir debido a la naturaleza específica del entorno a estudiar? Una vez
en el campo, ¿qué afinidades facilitan que unos se vinculen al antropólogo y qué
sospechas hacen que otros lo marginen o amenacen, llevándole a ignorarlos y
a protegerse de ellos? ¿Qué puntos ciegos, incluso de orden íntimo, y qué mar-
cos mentales, políticos y morales emanan durante el trabajo de observación?
¿Qué perturbaciones y riesgos físicos son aceptables para uno mismo y para sus
próximos, en especial cuando estos se encuentran potencialmente implicados
en la investigación, por ser esta realizada en su compañía o cerca de la casa del
antropólogo?
Aunque promovida por varios manuales de trabajo de campo y reforzada por
los comités de ética, la idea de que le bastaría con explicarse, presentar y ofrecer
garantías académicas es poco realista en muchas situaciones de investigación.
Se pone de manifiesto, al menos, la inconveniencia de la llegada de un extraño
presentándose como inofensivo y pretendiendo volverse miembro del grupo o de
la comunidad. Admitir a un extraño, responder a sus preguntas, implica identificar
sus intenciones: ¿cuál es su interés?, ¿quién le envía?, ¿de qué lado está?, ¿qué
consecuencias puede acarrear su presencia?
Apenas llegado a un caserío andino de Perú afectado por un proyecto minero,
Martín Cavero Castillo (2023, 2024, pp. 53-62) se enfrenta públicamente a pre-
guntas poco amables: ¿lo envía la empresa minera? ¿intenta él averiguar quién
apoya el proyecto y quién se opone para realizar un informe a pedido de quién?
Pocos días después, cuando una familia le acoge en una casa y estando convencido
de que se ha ganado su confianza, una conversación escuchada desde el baño
situado al exterior de la casa le hace comprender que él es identificado como un
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ámbito de la vida social en el que llevar a cabo una nueva investigación, ahora
menos ingenua y liberada de la creencia en el tecnicismo conceptual y estadístico,
tal y como enseñaba Le métier de sociologue (Bourdieu et al., 1968), entonces
en boga cuando yo era estudiante. Se trató de una investigación de inmersión
directa, que comenzó en abril de 1996 y duró tres años y medio, en el seno del
Frente Nacional, un partido de extrema derecha cuyas ideas y expresión pública
eran rechazadas por la mayoría de la población francesa y condenadas por las
distintas autoridades.5
Aunque este partido no había tenido un peso electoral real desde su creación
en 1972, durante los años noventa se expandió y ocupó los titulares políticos:
conquistó varias grandes ciudades del sur de Francia, como Toulon y Orange, y
obtuvo escaños en los consejos regionales; una proporción significativa de la clase
trabajadora votó por él, incluyendo más de una cuarta parte de los trabajadores
y desempleados en las elecciones presidenciales de 1995. Era intrigante. Sin
embargo, poco se sabía de sus activistas y simpatizantes, o de su funcionamiento
cotidiano, y no había sido realmente estudiado desde dentro, y mucho menos por
sociólogos, que temían ser intimidados, manipulados o contaminados moralmente.
Para un sociólogo como yo, que había militado en el Partido Comunista y cuyo
modo de existencia era todo lo opuesto, era como lanzarse a la boca del lobo.6
En realidad, lejos de las advertencias preocupadas de mis amigos y de la
mayoría de mis colegas, rápidamente me sentí a gusto en mis relaciones con
los militantes, aparte de unos pocos —exlégionnaires, exskins, miembros del
5
En aquella época, estaba presidido por Jean-Marie Le Pen, antiguo diputado de derechas y
exparacaidista en Indochina y luego en Argelia, y estaba formado principalmente por par-
tidarios de la Argelia francesa, hostiles a la descolonización, adeptos de la ideología nazi y
partidarios del régimen de Vichy, y católicos tradicionalistas opuestos al Concilio Vaticano II.
Sus principios, las declaraciones de sus dirigentes y su programa lo convirtieron en un partido
hostil a los inmigrantes y a otras susodichas razas, acusador hacia los judíos y propenso al uso
de la violencia, lo que dio lugar a numerosos procesos judiciales en su contra.
6
Muchos sociólogos han investigado posteriormente este partido, que se ha convertido en un
componente decisivo de la vida política. En 2002, contra todo pronóstico, Le Pen eliminó al
candidato socialista con casi el 17 % de los votos en la primera vuelta de las elecciones pre-
sidenciales, lo que le permitió pasar a la segunda vuelta contra Jacques Chirac, que ganó con
más del 80 % de los votos. En 2011, Marine Le Pen sucedió a su padre al frente del partido
e intentó cambiar su imagen, pasando a llamarse Rassemblement national. En 2017 y 2022,
se presentó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en las que obtuvo el 34 % y
el 41 % de los votos, respectivamente, frente a Emmanuel Macron, que resultó vencedor. En
las elecciones legislativas de 2024, celebradas tras la disolución de la Asamblea Nacional,
el partido obtuvo 143 escaños de 577, lo que lo convierte en una fuerza influyente capaz de
influir en la política gubernamental.
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De modo que «el trabajo de campo aparece gradualmente como un ovillo de hilos
estrechamente entretejidos que hay que desenredar a lo largo de años» (párr. 12).
Es así que, durante mi investigación sobre el Frente Nacional, se fueron aclarando
por etapas los ingredientes que me eran propios, del mismo modo que fue por
etapas como escribí e informé sobre ella.
Desde el primer texto, en forma de libro publicado por una editorial repu-
tada (Bizeul, 2003), me pareció necesario señalar a los probables lectores, y
en primer lugar a colegas universitarios, qué tipo de persona era yo, formada
por experiencias anteriores, acontecidas en particular en el seno de mi familia,
para explicar cómo me había sido posible mantener durante tres años vínculos
cordiales con militantes denunciados como racistas, reaccionarios, adeptos a la
7
Los légionnaires forman parte de la Legión Extranjera, un sector del ejército armado de Francia
que recluta personas de nacionalidad extranjera y se dedica a realizar operaciones fuera del
territorio francés. Los skins o skinshead en Francia están mayormente asociados a un movi-
miento que reivindica la supremacía de una susodicha raza blanca, si bien el origen social de
este movimiento en Inglaterra es mucho más complejo, pudiendo tener una inclinación política
a la extrema derecha o izquierda. El GUD es una organización estudiantil de derecha, famosa
por sus acciones violentas.
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Una parte de los militantes del FN son de hecho lo que yo fui, o al menos
parecen estar en el FN con compromisos equivalentes a los que yo tuve
anteriormente. Nacido en 1950 en el seno de una familia de pequeños agri-
cultores, fui «catho tradi»8 hasta los veinte años y anticomunista.
Era lo normal en los decenios de posguerra para los miembros de una fami-
lia religiosa, sobre todo en un pueblo de la región de Nantes [alrededor de
Nantes, en el oeste de Francia] donde la orden parroquial era omnipresente.
Esto era aun más consustancial a mi persona, puesto que estaba destinado a
volverme religioso y que desde los once años me encontrara en un juvénat
[centro de formación para jóvenes que desean dedicarse a la vida religiosa].
Como para otros adolescentes de la misma época, tal era una oportunidad
para estudiar y escapar del mundo campesino. En 1968, mi hostilidad hacia
las revueltas y las huelgas era inequívoco. A partir de setiembre de ese año,
fui profesor en un colegio católico, compartiendo la vida de tres religiosos.
Uno de ellos era pétainiste, porque Pétain había revertido las iniquidades
cometidas contra los religiosos por la República radical a principios de siglo.9
Otro libraba una batalla contra el párroco, quien devolvía estatuas donadas a
8
«Catho tradi» es la abreviatura de católico tradicionalista, una corriente que rechaza las refor-
mas liberales del Vaticano II. De ahí el mantenimiento del uso del latín en la misa, el uso de
sotana por parte de los sacerdotes, y la acción pública, a veces violenta, contra el aborto, el
matrimonio para todos o la educación sexual. Una parte importante del FN estaba formada
por católicos tradicionalistas.
9
Mariscal durante la guerra de 1914-1918, Philippe Pétain se convirtió en jefe del Estado
francés cuando Alemania invadió el país en 1940. Firmó la capitulación de Francia, trasladó
el gobierno a la ciudad de Vichy y aplicó una política de colaboración con el régimen nazi,
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Daniel BIZEUL / ¿Quién es el antropólogo o antropóloga? El porqué los lectores deben saberlo
del entorno que había frecuentado, del que tardaría mucho tiempo en liberarme,
me pareció finalmente una manifestación adecuada de reflexividad. Sin embargo,
esto era solo la mitad de la batalla, pues dejaba en la sombra aspectos vitales
de mí mismo que pesaban en el curso de la investigación. Es habitual que los
sociólogos describan su investigación de una forma que sugiera que son indivi-
duos solitarios, libres de cualquier vínculo romántico o de pareja, sin familia ni
hijos, sin amigos, de manera que habría una barrera mental y emocional entre
su existencia ordinaria y su actividad de investigación. Esta estaría protegida
ante los deseos, ansiedades y enfrentamientos que pueblan el curso principal de
su existencia, curso que permanecería inalterado por la investigación. Si bien
esto puede ser posible en el caso de encuentros breves y puntuales basados en
cuestionarios o entrevistas que se centran en puntos que no dan lugar a grandes
perturbaciones, tal no es el caso en investigaciones que duran varios años y que
ponen al antropólogo en contacto con personas que pueden ser hostiles a lo que
él representa, situándolo en la intersección de grupos con intereses y visiones del
mundo antagónicas, estando dispuestos a dar la batalla.
Lo que solo había insinuado en un texto sobre las decepciones de mi inves-
tigación en un entorno gitano y sobre lo que había guardado silencio en mi libro
sobre los militantes del Frente Nacional, debía salir a la luz, puesto que ello fue
un motivo constante que influyó en mi conducta durante la investigación. Este
secreto tiene que ver con la homosexualidad, y más concretamente con el hecho
de que vivía con dos hombres, uno mi pareja desde hacía unos diez años, el otro
un amante más joven de ascendencia africana que había estado en la cárcel, se
había prostituido y padecía de sida (Bizeul, 2018). Mi investigación se desarrolló
en nuestro entorno vital habitual, incluido el departamento compartido cuando
ellos no estaban, poniéndome en contacto con militantes que detestan a morenos,
árabes, judíos y homosexuales, algunos de los cuales son admiradores de Hitler
y sus programas de purificación, otros practican deportes de combate y poseen
armas. La conciencia de un peligro para mí y para los que amo ha teñido mi
investigación, orientando algunas de mis preguntas, haciéndome desconfiar de
ciertos militantes, obligándome a jugar al hombre viril, incluso si, en su mayor
parte, no renuncié a ninguna oportunidad de investigación compatible con mis
obligaciones de profesor y mi vida amorosa. Doy cuenta de estas «lealtades
incompatibles» y de las divisiones internas resultantes en un artículo en el que
menciono explícitamente mi homosexualidad (Bizeul, 2007).
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En el caso del estudio sobre el FN, fue cerca de casa donde conducí mi
investigación, sin romper realmente con mi vida ordinaria. [...] Si hubiera
sido plenamente consciente desde el principio de lo que esta situación podía
implicar, y sobre todo si hubiera sido lo suficientemente razonable como para
extraer las consecuencias, es probable que nunca hubiera adoptado la idea de
realizar una investigación en el FN, y menos aún por inmersión. Ser gay, vivir
con una pareja cuyo nombre podría sonar a judío, albergar a un moreno alto
con dreadlocks que fuma cigarros de marihuana, era ofrecer todas las señales
de un antagonismo visceral. Saber así que podían desacreditarme ha proba-
blemente hecho pesar en mi trabajo un sentimiento de miedo y de fragilidad.
Esto me quedó claro rápidamente, al principio de mi investigación, tras una
entrevista con un militante que vive a pocos minutos de mi edificio.
Tras esta reunión, pasé varios días preguntándome si debía detener esta inves-
tigación, que aún estaba en sus inicios. Eran la vida de mis seres queridos, y
a lo que más aprecio, que se ponía en tela de juicio y era amenazado a través
de tales comentarios. Uno de mis amigos me había asegurado que estaban
eliminando físicamente a personas molestosas, otros que podían atacar a mis
allegados para intimidarme o vengarse de mi estudio; me vinieron a la mente
escenas de películas, en particular las de un filme en el que Dustin Hoffman
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Para explicar la relativa facilidad con la que he podido relacionarme con mili-
tantes del FN, incluidos los más virulentos y predispuestos a la violencia, he
recurrido a mi trayectoria social. Parezco ignorar el miedo, el asco y las eventua-
les seducciones. Una vez más, se trata solo de una verdad a medias, que retoma
líneas de análisis convencionales, dejando en el olvido los movimientos poco
controlables de los cuales es legítimo saber cómo interfirieron en los objetivos
de la investigación y en la exactitud de su redacción. Por muy honesto que sea
mi relato, sigo estando en parte en la postura de aquel que ha mantenido un con-
trol ininterrumpido sobre sus afectos y reacciones. En realidad, fui seducido por
algunos militantes del FN que podrían haber sido vecinos, compañeros de deporte
o miembros de mi familia, sean hombres jóvenes de ojos risueños y de palabra
insolente, o mujeres jóvenes amables y distantes de entornos burgueses. Con la
misma claridad, he sentido aversión hacia hombres y mujeres pronunciándose de
manera grosera, obscena o tóxica. En el libro, guardo silencio sobre momentos de
preocupación, de afinidades mutuas y ensoñaciones de flirteo, sin querer dar pie
a la sospecha de haber estado rehén del miedo (según el cliché del síndrome de
Estocolmo) o, peor aún, de haber caído ante los encantos de unos cuantos jóvenes.
En cambio, explicito las señales de seducción hacia mí de mujeres mayores, en
absoluto comprometedoras, dando la imagen de escenas naturales en las que soy
parte (Bizeul, 2025).
CONCLUSIÓN
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igual que los demás, y, por muy específico que sea su objetivo de conocimiento,
el trabajo que lleva a cabo se vuelve más accesible, más comprensible, cuando
se conecta con lo que cada uno tiene de experiencia, por parcial que sea, o de
idea, por errónea que sea. Esto permite al lector identificarse con el investiga-
dor, seguir en cierto modo sus pasos, y así comprender mejor cómo el resultado
escrito ha sido obtenido. Puede aceptar las pruebas y los argumentos, así como el
proceso por el que se llegó a ellos, pero puede también cuestionar su veracidad o
imparcialidad, juzgando, por ejemplo, que el investigador fue ingenuo o sesgado.
No obstante, el deseo del antropólogo o antropóloga por mostrar a los lectores
cómo ha realizado concretamente su investigación de campo, y en particular de
dar a conocer aquello que tiene que ver consigo mismo en términos de ideas y
relaciones facilitadas o frustradas, entraña una serie de dificultades enredadas.
Primero, es imposible decirlo todo, contar la historia en detalle, es decir, es
imposible dar acceso completo a cientos de páginas de diarios de campo. Esto
sería impublicable, tedioso para los lectores y engañoso, al sugerir que se tratan
de una réplica fiel de la realidad. Luego, el deseo de captar las particularidades
de la faceta personal del antropólogo en el curso de la investigación, de tomar
conciencia de las propias determinaciones e influencias, de admitir los propios
temores y deseos, conduce a una búsqueda incierta, y en parte insoluble, que ni
los intercambios entre colegas ni la consulta asidua de un psicoanalista bastan
para desentrañar. Y, más aún, hacer públicos afectos y pensamientos alejados
de la moral ordinaria, por banal que este sea, o cercanos a las pasiones de una
época anterior convertidas en condenables unas décadas después, equivaldría a
apartarse de los principios académicos de buena conducta y a romper demasiado
bruscamente con el ideal de humanismo universal, hoy calificado como ético,
que se espera de un antropólogo. Es, pues, un ejercicio excesivamente delicado,
que pone en juego la propia reputación, y para el cual no existe ningún modelo,
al que se invita a todo antropólogo bajo el término de reflexividad.
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