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Informacion Cuadro

La independencia de México fue un proceso complejo que surgió de causas internas y externas, incluyendo la crisis provocada por la prisión de los reyes españoles por Napoleón. Este movimiento, liderado por criollos y otros grupos sociales, buscó liberar a la Nueva España del dominio español y establecer una identidad nacional. A lo largo del siglo XIX, la lucha por la independencia se transformó en una revolución que sentó las bases para la formación de la nación mexicana moderna.
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La independencia de México fue un proceso complejo que surgió de causas internas y externas, incluyendo la crisis provocada por la prisión de los reyes españoles por Napoleón. Este movimiento, liderado por criollos y otros grupos sociales, buscó liberar a la Nueva España del dominio español y establecer una identidad nacional. A lo largo del siglo XIX, la lucha por la independencia se transformó en una revolución que sentó las bases para la formación de la nación mexicana moderna.
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INDEPENDENCIA DE MÉXICO

Para comprender la independencia política de México respecto a España, es necesario


precisar y definir las causas internas y externas que la originaron. El resultado del
movimiento independentista, que fue la nueva entidad México como nación, se derivó de un
importantísimo esfuerzo que llevaron a cabo los hombres que sostuvieron la lucha libertaria
durante el siglo XIX, con los distintos recursos que contaban o pudieron allegarse. La
independencia consistió en sí en un proceso moral y político dado dentro de las
circunstancias culturales e históricas de su tiempo, de valor local y con trascendencia
universal.
La revolución para ganar la independencia de México, dentro de su natural y constante
movimiento, nos obliga a ponernos alerta para evitar desbordarnos o enredarnos en otros
temas en cierto modo relacionados con el objeto de este estudio. Por tanto, cuidando este
aspecto, intentaré señalar con cierta definición el porqué del movimiento de la
independencia e, igualmente, los ideales de los próceres y patriotas que intentaron
conseguirla.

La lucha por la independencia no dejó de ser en su época una verdadera innovación


política, sólo comprensible para las gentes más evolucionadas desde el aspecto cívico; por
eso deberá observarse como un fenómeno social que estaba en constante cambio. Es
interesante atender al proceso de la lucha armada hasta que pudo ganarse la
independencia, para percibir poco a poco el reajuste político de la nueva patria dentro de las
crisis de las instituciones y tradiciones hispánicas. Al principio el movimiento libertario
hallaba su inmediata justificación, para la mayoría de la gente, en la venganza que se
estaba consumando como respuesta a las injusticias de carácter material cometidas por los
gachupines, peninsulares y criollos. En estos años se empezó a usar la palabra gachupín
con sentido peyorativo; según Alamán, servía para designar a los españoles que querían
entregar el trono de España a Napoleón. Las injusticias referidas las sufría el pueblo
novohispano considerado éste como el haz de todos los grupos raciales que componían a la
nación. Sin embargo, era necesario que surgiera un pretexto fundamental para iniciar en la
Nueva España la lucha por la independencia y éste fue, sin duda, la prisión de los reyes de
España por Napoleón Bonaparte.

Por lo tanto, revisaremos los hechos, pero no como si tuvieran un valor fijo y separado en la
historia, pues así nunca nos explicaríamos el movimiento de nuestra independencia como
un acontecimiento trascendental con sentido universal. La independencia de la Nueva
España fue el resultado de una gran crisis perceptible desde varios ángulos, y siempre
estuvo en constante relación con sus antecedentes. Esto obliga a tomar en cuenta su
momento y a pensar en las posibilidades que poco a poco se vislumbraron en el horizonte
político diariamente renovado, para ganar la nueva patria. Evidencia de esta afirmación es
que en 1810 no se contaba en la Colonia con un concepto a priori de México como nación.
Por eso es recomendable ver con benevolencia las crisis políticas sufridas en nuestro país
después del acto formal de la independencia (Plan de Iguala), ya que la patria mexicana tal
como ahora la entendemos fue el resultado de un proceso lento de integración nacional.
Este proceso se perfeccionó con motivo de los conflictos internacionales que sufrió nuestro
país en el siglo pasado, y fue hasta la época del presidente Benito Juárez cuando ya pudo
advertirse y estuvo a prueba la conciencia nacional mexicana. Esta reflexión nos permite
entender el porqué del santanismo, la razón de los cambios ideológicos de don Antonio
López de Santa Anna y sus distintas y efímeras presidencias, en un ambiente en donde él
parecía ser un hombre indispensable. Fue necesario por lo menos el transcurso de treinta y
cinco años después de ganada formalmente la independencia, para que quedara en las
conciencias de los pobladores de la española Nueva España un nuevo sentido de la
modalidad de la entidad política diferente a la que ellos ya pertenecían: a México como
nación, con todos los atributos del Estado moderno.

El origen de la modalidad de nuestro ser político habría que buscarlo desde el siglo XVI,
porque en este siglo tuvo lugar el encuentro de Occidente con las civilizaciones
precolombinas de América. El hecho en nuestro caso dejó como herencia un pueblo y una
cultura mestizos, que respectivamente se definieron en la occidental como el mexicano y lo
mexicano. Sin embargo, el asunto de la independencia debe abordarse en su aspecto
fundamental, especialmente entre los años 1808 a 1821. La razón es que fue en esta época
cuando nació la oportunidad histórica para iniciar en la Colonia la lucha violenta para
conseguir su libertad política, que pronto se transformó en una verdadera revolución.
También así la consideraron los contemporáneos ilustres en los títulos de sus obras: Lucas
Alamán,[ 1 ] Carlos María de Bustamante,[ 2 ] Lorenzo de Zavala,[ 3 ] José María Luis
Mora,[ 4 ] fray Servando Teresa de Mier[ 5 ] y otros.

Fue hasta la Reforma, cuando ya hubo un sentido de nacionalidad mexicana, y cuando se


llamó guerra a la lucha política y social dada entre nosotros a partir de 1810. Al iniciarse la
revolución de independencia, la Nueva España ya contaba con elementos propios de vida
que le daban derecho a existir por sí sola. Éstos se habían definido especialmente a partir
de la segunda mitad del siglo XVIII . En concreto, fue por la oportunidad histórica dada con
motivo de la prisión de los reyes de España que pudieron ponerse en acción los hombres
que más tarde supieron materializar sus ideas libertarias en hechos independentistas. Este
breve estudio servirá para intentar dar un vistazo sobre el proceso de la emancipación
política de la colonia Nueva España, hasta que pudo convertirse con claridad en la nación
mexicana.

La invasión francesa
En el año de 1808 el pueblo novohispano a excepción de los criollos, no pensaba en su
independencia política respecto a la metrópoli. Por aquellos días el partido independentista
americano tuvo una limitadísima representación ante las Cortes españolas. Sin embargo, la
posición de aquellos diputados era muy débil, pues sólo era representativo del grupo
privilegiado de la Colonia. Ellos actuaron con desventaja porque su procedimiento implicaba
orden y evolución para conseguir la anhelada independencia. Por eso para muchos criollos
el valor libertario de la representación ante las Cortes resultaba ineficaz. Quizá se hubieran
necesitado más representantes para lograr la finalidad deseada; pero en justicia hay que
decir que, siendo conscientes los diputados de que no conseguirían sus proyectos, también
es cierto que consideraban válido su esfuerzo para ayudar a la causa de la libertad puesto
que ante los ojos de los hispanoamericanos se mostraban como ejemplos, en la medida de
sus fuerzas, de luchadores por la causa de la independencia. Aquellas Cortes dejaron en
herencia la liberal Constitución de Cádiz de 1812, que de un solo golpe terminó con la
vigencia de la legislación indiana. La Carta sólo sirvió para alargar la lucha por la
independencia, pero también deberá contemplarse como la respuesta hispánica al plan de
Napoleón, que quiso organizar el imperio español con base en la Constitución de Bayona.
A principios del siglo XIX el sentimiento común de los habitantes de la Nueva España, en lo
que concierne a la actitud de España respecto a América, era que la monarquía ejercía una
opresión y un mal gobierno insufribles. Por eso, dichas deficiencias administrativas fueron
las banderas de Miguel Hidalgo y Costilla, de Ignacio López Rayón, de José María Morelos
y de los otros dirigentes de la revolución de independencia.

Se debe a los criollos el primer intento de dar un rostro a la modalidad del nuevo ser
México, precisamente con los elementos morales y materiales que estuvieron acumulando
durante la Colonia. No obstante, al fin tuvieron que dejar participar al pueblo novohispano
para conseguir la independencia. Los criollos estaban seguros, por su cultura y celo propios,
de poder rivalizar con España. En efecto, tenían conciencia de su propia personalidad, de
las tradiciones locales que ayudaron a forjar, y casi hasta una idea política de tipo
independentista con posibilidades de definición. Más tarde esta primitiva idea de
independencia criolla, se transformó en el verdadero principio de la independencia política
de México como nación.

Las fuerzas e intereses de los grupos contendientes de nuestra revolución de


independencia por sí mismos explican los esfuerzos desplegados por los dirigentes criollos;
tuvieron que dejar participar en su lucha, en mayor o menor grado, o casi en ninguno, al
resto del pueblo novohispano formado en buena parte por las castas de origen africano.
Mientras esto ocurría, se iba dando en la Colonia un proceso moral y político que al fin se
convirtió en la conciencia nacional del mexicano y de lo mexicano, oponibles al español y lo
español. Fue entonces cuando se impuso la necesidad de rescatar varios de los elementos
integradores del mundo indígena, como algo de valor completamente diferente a lo
peninsular, para reforzar al nuevo ser político y darle vida independiente al México que
empezaba a nacer. Los criollos, juntaron varios elementos de la civilización indígena con las
formas culturales que ellos habían forjado, y de este modo intentaron trazar la existencia de
México independiente, que empezaba a definirse por su propio valor moral, político y
material.

Es evidente que para dar estos pasos fue necesario un medio circunstancial adecuado. Por
eso el criollo, con su experiencia, consideró la crisis de la prisión de los reyes como el
momento oportuno para sus trabajos; fue muy notable la repercusión que tuvo el hecho en
la colectividad colonial. De la misma manera, la invasión napoleónica de España legitimaba
los primeros intentos libertarios de Hispanoamérica. Dichos intentos se desarrollaron,
porque los criollos supieron aprovecharse de las deficiencias formalistas del mundo
hispánico. Es de aclararse, que esta afirmación no deja de considerar la validez de los otros
antecedentes de nuestra independencia, ya muy estudiados y analizados, puesto que todos
los antecedentes se complementan y no se excluyen. Ejemplos de lo que afirmamos son la
trascendencia interna que tuvo en la Colonia la expulsión de los jesuitas; las causas que
originaron la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica y el uso de las armas
como medio para lograrla; la legitimación de este procedimiento de los Estados Unidos,
cuando Carlos III ordenó firmar el tratado de París; las ideas del siglo ilustrado; el nuevo
orden universal del pensamiento político occidental a principios del siglo XIX, en el que la
gente hablaba y discurría sobre muchos problemas de carácter público; el acantonamiento
de Jalapa considerado éste como foco de propagación de la verdad sobre España; los
problemas de la corte de Madrid provocados por don Manuel de Godoy, etcétera. Aún
podrían incluirse como antecedentes, aunque en mi concepto sin fundamento, varias
subversiones o colapsos coloniales anteriores al XVIII, en los que hubo hechos sangrientos
o desórdenes. Otras personas quizá prefieran buscar los antecedentes en la actitud de los
mexicas derrotados por los conquistadores, o en el motín del marqués del Valle; pero en
verdad estas argumentaciones son muy discutibles como antecedentes directos de nuestra
independencia política, la cual requería, aunque sólo fuera, una mínima expresión de
conciencia nacional. No obstante, los antecedentes señalados, en nada restan fuerza al
hecho muy especial de la prisión de los reyes, que fue precisamente lo que dio la
oportunidad histórica para intentar la independencia de México.

Por lo que hace al esgrimido argumento de que los criollos quedaron excluidos de los altos
puestos eclesiásticos y civiles, y que ello los hizo reaccionar de tal manera que decidieron ir
a la independencia, pienso que no debe perderse de vista lo siguiente: esta actitud de
España como país dominador fue normal, y por tanto no debe extrañarnos, pues de acuerdo
con la lógica de su existencia debía evitar hasta donde fuera posible tener colaboradores
criollos en las altas esferas políticas y eclesiásticas coloniales. Es recomendable que los
dominadores no participen ni del poder ni de la preeminencia a los dominados. Por tanto, a
la luz de los intereses de España, esta resistencia contra los criollos tiene justificación.
Además, el fenómeno considerado se dio desde los principios de la vida colonial, de modo
que no puede considerarse como argumento novedoso al comenzar el siglo XIX.

Las ideas independentistas de los criollos los llevaron a la conclusión de que tenían más
derechos que nadie sobre la tierra ganada por sus padres, la cual además producía con su
esfuerzo y con su trabajo. También sabían que habían forjado y conservado ciertas
tradiciones y algunas costumbres de la Nueva España, por ser la tierra que albergaba sus
hogares y sus cementerios. Los criollos eran conscientes de que su sangre española se
había aclimatado fuera de la península, quizá por su educación mestiza. Por estas y otras
razones, pensaron, dentro de sus circunstancias geográficas e históricas, que tenían un ser
distinto al de España, sin dejar de reconocer las afinidades morales y materiales que casi
hacían que se identificaran. Este ser distinto, o mejor dicho esta modalidad de nuevo ser,
propiamente empezó a definirse a partir del siglo XVIII . Durante los trescientos años de
dominación española hubo acontecimientos que poco a poco fueron forjando el perfil y la
fisonomía del nuevo país México, a pesar de su similitud con la metrópoli que lo hacía
comparable a la misma. Por su parte, España se esmeraba al mismo tiempo para hacer de
la Nueva España un ser semejante a ella, si se quiere para el solo efecto de dominarla
mejor.

Para que el pueblo novohispano pudiera concebir y entender la independencia de México,


precisaba antes que nada tener una conciencia política nacional mexicana. Sin embargo,
insisto en que este fenómeno se dio con claridad hasta el gobierno del presidente Benito
Juárez, especialmente cuando el presidente liberal se enfrentó a los intereses del Segundo
Imperio mexicano, representado por Maximiliano y Carlota.

Napoleón y nuestra independencia


Es preciso analizar la invasión napoleónica en España. La acción de Bonaparte y su
intromisión en el mundo hispánico provocó un colapso muy serio, como ya quedó escrito;
también propició el ambiente favorable para la práctica de teorías exóticas, y para la
realización de ideas políticas que en otros tiempos hubieran sido censurables. La razón es
que para España y América mediaba una acción perturbadora del orden divino, y unas
circunstancias que se consideraban contrarias a la evolución y a la normalidad del mundo
español cristiano.

Después de la usurpación de la monarquía española por José Bonaparte, empezó a abrirse


un horizonte favorable para iniciar las independencias hispanoamericanas. José I
representó dentro de la tradición monárquica peninsular a un rey intruso e ilegítimo. Por
esta razón, la crisis provocada por Napoleón en España fue el pretexto legítimo que permitió
a los americanos intentar su independencia, pero por el camino del rey, de la religión, de la
tradición democrática española y del orden. Éste era, sin duda, el único camino para
buscarla.

Acantonamiento de Jalapa
Por el año de 1808 empezaron a conocerse en la Nueva España, en forma más directa, los
acontecimientos de Europa y especialmente lo ocurrido a los reyes españoles. Las noticias
tomaron fuerza en la Colonia después del acantonamiento de Jalapa (1806-1808), lugar que
podría considerarse en la Nueva España crisol de las ideas liberales que más tarde fueron
libertarias. En efecto, este acantonamiento de tropas resultó un importante punto de
comunicación e información entre los soldados peninsulares expedicionarios, y la oficialidad
criolla reunida por emergencia. Se organizó esta posición militar para tratar de evitar un
probable ataque inglés. Cuando los criollos acantonados regresaron a su lugar de origen,
llevaron consigo una verdad sobre España que, en detalle, era desconocida en la Colonia.
En efecto, el gobierno virreinal se había esmerado en ocultar los hechos llevados a cabo por
los franceses y lo sucedido en la Casa Real. Así, la pugna entre lo legítimo y lo ilegítimo dio
la solución. Es decir la intromisión de José Bonaparte en el trono de España sirvió para
darle legitimidad al movimiento independentista de México. También permitió que la lucha
se encauzara por los únicos caminos comprensibles para la población novohispana; o sea,
por la religión y por el rey. Más aún, la independencia desde el aspecto religioso se había
ceñido a la idea y a la tradición de la virgen de Guadalupe, proclamada patrona de la nación
mexicana en 1737 con motivo de la erradicación de una peste. Desde el ángulo político, la
persona del rey quedó considerada como punto de partida para dar el grito de ¡Viva la
independencia! De esta manera tomó sentido para el pueblo novohispano luchar por la
independencia que iba a servir para guardarle el trono al legítimo soberano. A mayor
abundamiento, cuando en 1814 Fernando VII volvió del cautiverio y fue restaurado en el
trono, muchos soldados se retiraron de la lucha, ya que el objeto de su intervención en el
movimiento se había logrado: hacer desaparecer como gobernante al usurpador José I. Los
criollos, por su cultura, después de considerar los derechos del soberano alegaron a su
favor los derechos municipales que la tradición hispánica garantizaba con varios siglos. Por
eso, desde el principio, empezaron a colar la independencia por la puerta del ayuntamiento,
que antes había usado Hernán Cortés para conquistar el Anáhuac. Así les quedó a los
criollos franqueado el paso para materializar sus ideales, pues "al no haber rey, el reino
ejerce la soberanía"; de esta manera no rompieron el orden dentro de las instituciones
hispánicas.

Don José Iturrigaray


Los criollos supieron utilizar la persona del virrey, don José Iturrigaray, para afinar sus
planes independentistas. Tomaron en cuenta el origen legítimo de su designación, y no
dejaron de considerar que el virrey era muy ambicioso y aficionado a enriquecerse; por esta
razón creyeron razonable incluirlo en sus planes. No obstante que los criollos sabían que en
esta forma les iba a quedar una independencia deformada, decidieron aprovechar aquel
momento y circunstancias para intentar como fuera su acción independentista.

Don José Iturrigaray confiaba en el apoyo que tenía en don Manuel de Godoy, y por eso
convino actuar en política como lo sugirieron Azcárate y Verdad: él asumiría la autoridad
suprema en virtud de la situación en España. Los criollos partían del principio de que, por
ausencia del rey legítimo, la autoridad emanaba de la soberanía del reino y de las clases
que lo formaban. Así, Iturrigaray consideraba sólidas sus bases para asumir el mando,
después del juramento, que tendría que hacer junto con las demás autoridades coloniales.
Aparentemente el objeto de esta postura política era para mantener la seguridad general de
acuerdo con las leyes. Los criollos fundaban su actitud en las siguientes razones: que la
abdicación de los reyes estaba viciada en cuanto al otorgamiento de la voluntad, razón por
la que era nula su renuncia; aclaraban que la situación impuesta por Napoleón iba en contra
del concepto de legitimidad de orden divino, y pretextaban que al actuar como lo hacían era
para mantener la Colonia con energía y para poder entregársela al rey cuando todo volviera
a la normalidad. Más tarde los criollos modificarían su criterio; fue entonces cuando
empezaron a hablar de una representación ante las Cortes. Con este modo de pensar no
rebasaban el orden ni tipificaban delito alguno que pudiera llegar a la jurisdicción de Dios o
al de lesa majestad.

Ante las circunstancias, el virrey quiso aprovecharse de las ventajas que le ofrecieron los
acontecimientos de Aranjuez, y sobre todo de las repercusiones que tuvieron los hechos de
Bayona. Él intentaba beneficiarse usando como medio el anhelo libertario de los criollos; se
adivinaba en su actitud, que estaba seguro que Napoleón era invencible. Debe hacerse
hincapié en que el virrey, militar de éxito, era popular entre los criollos y antipático entre los
gachupines que fueron especialmente afectados cuando se les aplicó la cédula de
consolidación de valores reales. El ejercicio de esta voluntad legal fue sin duda una de las
causas por las que cayó Iturrigaray ante la acción del rico español don Gabriel de Yermo,
que lo aprehendió "de orden del rey", "por traidor a la religión, a la patria y a nuestro
Fernando VII". En aquella época, Juan Javat y Manuel de Jáuregui, cuñado del virrey,
habían creado un clima propicio para el reconocimiento de la Junta de Sevilla, después de
jurar a Fernando VII y obtener dinero para la causa.

Miguel Hidalgo y Costilla


Con la caída de don José Iturrigaray se abrió una etapa de verdaderas inquietudes
revolucionarias; podría decirse que tuvieron como punto común el acantonamiento de
Jalapa. Las más trascendentes conspiraciones fueron la de Valladolid y la de Dolores. En
Valladolid los hermanos Nicolás y Mariano Michelena, García Obeso, Manuel Muñiz, el
licenciado Soto Saldaña y algunas otras personalidades fueron denunciados y descubiertos;
por eso quedaron disueltos sus planes. Como el hecho se reprimió con poca energía, Lucas
Alamán censuró la actitud del gobierno. Por su lado, Bustamante acusó de delator de la
conspiración a don Agustín de Iturbide, dizque porque no se le permitió encabezarla. Como
esta imputación nunca le fue probada, vale la pena anticipar lo siguiente: a pesar de las
debilidades personales y políticas de Iturbide, y aun de su egoísmo, él fue sin duda uno de
los clásicos ejemplos de los hombres que cambiaron de parecer respecto a la manera de
hacer la independencia. Él había estado en Jalapa y, en su momento, desaprobó la prisión
de Iturrigaray. Sin embargo, como oficial continuó siendo leal al gobierno virreinal de don
Pedro de Garibay. Agustín de Iturbide fue representante de la desorientación criolla y al
principio perteneció al grupo intransigente de la Colonia que deseaba una independencia
criolla, en vez de una independencia nacional mexicana con el sentido actual. Por eso
hablaba de "indignos sacerdotes [que] convirtieron la imagen inmaculada de la virgen en
estandarte de guerra"[ 6 ] y que "prometían a los vivos el repartimiento de los bienes de los
gachupines y a los muertos la gloria del cielo en nombre de la virgen de Guadalupe".[ 7 ] No
es difícil imaginar que un programa de lucha como este necesariamente debía ser
inaceptable para un criollo con los antecedentes de Iturbide. Por tanto, puede comprenderse
que él hubiera sido enemigo de la insurgencia pero no de la independencia. Sin embargo,
después de diez años de lucha, cuando Iturbide llegó a tener alguna madurez en su escaso
pensamiento político, logró con el Plan de Iguala convertir el "mueran los gachupines" de la
revolución de la Colonia en una guerra nacional contra España. Debe entenderse, que en
su época, el pueblo no estaba preparado para apreciar la lucha en la forma que ahora se
considera.

En la otra conspiración, la de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla se había lanzado a la


independencia en forma verdaderamente revolucionaria. En su movimiento político incluyó a
todos los exponentes sociales y elementos materiales de la Colonia, pero no paró mientes
en los peligros que pudieran venirse por la acción de la fuerza desenfrenada del pueblo. Es
decir, Hidalgo no calculó las consecuencias de la participación de una fuerza de esta
naturaleza, sin designio fijo en materia política ni tampoco las proporciones de una probable
o fatal anarquía que pudiera resultarle. La delación de la conspiración de Dolores precipitó
los hechos y, quizá por esta razón, Hidalgo no tuvo tiempo para formar un programa de
gobierno para cumplirlo después del triunfo. Debe quedar claro que, al principio, el cura de
Dolores, que decidió la lucha total como punto de partida, tuvo mucha ascendencia sobre la
insurgencia; pero acabó por no poder controlarla. Más tarde, Iturbide supo aprovechar la
experiencia de las fallas de Hidalgo y con estos informes se atrevió a ganar la
independencia, en una época en que la insurgencia sólo se consideraba como el anhelo de
los enemigos de la religión y de la monarquía.

Las alusiones de Hidalgo de ir contra el "mal gobierno" y acabar con el "pago del tributo"
fueron comprensibles para todas las personas del pueblo novohispano, que en su mayoría
se movían en un ambiente de necesidad, miseria, ignorancia y opresión. Igualmente, estas
metas resultaron muy razonables y a tono con el espíritu predominante en aquel momento,
porque se suponía que servirían para quitarles el poder a los gachupines que, para muchos,
sólo deseaban entregar el reino a los franceses. La revolución de Hidalgo ofreció como
principal aliciente repartir más equitativamente la riqueza. Hidalgo consideraba que el
pueblo estaba obligado a contribuir con sus armas y caballos a la santa causa. La valentía
de la insurgencia y la lucha por la libertad significaron para un buen número de gente dinero
y quizá la oportunidad de ganar otras riquezas o empleos que jamás habrían tenido en otras
circunstancias. En los movimientos sociales de esta naturaleza siempre existe aparejado
potencialmente un deseo de empleomanía, pues a la gente le gusta ser recompensada por
sus servicios. Como fue inevitable librar de esta carga moral y económica a la insurgencia,
resultó más difícil el triunfo.

Desgraciadamente para el ideal y para la causa de Hidalgo el "muera el mal gobierno" se le


convirtió en el "mueran los gachupines"; incomprensión que sólo sirvió para ensangrentar la
causa justa. No obstante este precio tan alto, de tantas vidas, al final resultó útil porque fue
básico para establecer la plataforma de una primera conciencia mexicana. Hidalgo, por ser
hijo de españoles peninsulares y por su calidad de ministro de Dios, probablemente reprobó
los asesinatos que tuvieron lugar fuera de su control; sin embargo, también hay la
posibilidad de que los hubiera sancionado por coacción. Según la causa de Abasolo, en la
arenga del 16 de septiembre de 1810 Hidalgo había establecido lo siguiente: "Ya ustedes
habrán visto este movimiento, pues sepan que no tiene más objeto que quitar el mando a
los europeos". Hay que reconocer que en las circunstancias en que se inició la
independencia era imposible evitar que se mezclaran con los intereses de los criollos los
ideales deformados de muchos insurgentes que desprestigiaron la revolución.

Debemos tener presente otra consideración: Hidalgo necesitaba para el triunfo una bandera
válida y atractiva para el pueblo novohispano. Por eso se decidió en Atotonilco por la
imagen de la virgen de Guadalupe, pues con ella tuvo la facilidad de apretar a su gusto el
secreto botón que podía impulsar a su pueblo a la violencia, sin que éste temiera la muerte.
La imagen guadalupana, vinculada a la tierra, por su tradición representaba una especie de
patria sin definición. Es de apreciarse que una virgen como la guadalupana, en las manos
de un sacerdote, convertía la causa en santa. Desde otro ángulo, cuando Hidalgo asumió el
mando de capitán general en Celaya, fuera de lo espiritual (por el estandarte y por su
calidad sacerdotal), quedó sin duda como la cabeza más visible de la insurgencia. Su triunfo
en Guanajuato llenó de optimismo a los revolucionarios. Pero más tarde, cuando las
pasiones y la sed de venganza tomaron como instrumento eficaz la causa de la
independencia, al momento que iba a tomarse la ciudad de México, Hidalgo se opuso. Esta
conducta desconcertante del héroe quizá se debió a que no quiso darle oportunidad al
pueblo para realizar otra matanza como la había cometido en Guanajuato, donde no pudo
controlarla; además sabía que tanta crueldad cometida por la insurgencia sólo servía para
desprestigiar la causa santa que él encabezaba. Se ha dicho que si Hidalgo permitió tanta
crueldad en Guanajuato lo mismo pudo haber hecho en la ciudad de México, pero en
Guanajuato ni se imaginó ni pudo evitar esta tragedia; y resulta improbable que, siendo hijo
de españoles, le haya gustado atizar una campaña que, teniendo como ideal la
independencia, casi se le había convertido en una guerra de castas. A partir de este
momento nació la escisión más grave que se dio entre los iniciadores de la independencia.
Al fin, la insurgencia fue comandada por don Ignacio Allende. Luego, Puente de Calderón
fue el escenario del triunfo realista y los independentistas sufrieron un terrible golpe moral y
material.

Hidalgo, pensador distinguido y de ingenio agudo, tuvo el mérito de haber sido el iniciador
de la revolución de independencia de México. Lucho sin auxilio exterior y contra la
costumbre de reconocer a Madrid como la única fuente de autoridad; muy porfiado, tuvo
plena fe en la acción popular y ello lo decidió a usar la fuerza como medio para ganar la
independencia. Hay que significar que Hidalgo sacrificó con entereza su posición personal
de acaudalado e igualmente su situación religiosa. Él fue uno de los que se opuso a quienes
intentaron ganar la independencia por evolución natural, sin destruir, y sin derramar sangre;
también contribuyó con su propia vida, para que el pueblo novohispano tuviera una
conciencia del movimiento que él había iniciado, en una época en que, de acuerdo con la
cultura media, sólo podía percibirlo la gente más culta y que poseía un sentido cívico.

A Miguel Hidalgo y Costilla también le corresponde el mérito de haber sido el iniciador de la


lucha antiesclavista (decreto de 6 de diciembre de 1810) en América. Con este acto legitimó
el movimiento independentista y le dio su verdadero sentido histórico, social y político. Al
desarrollarse en la Nueva España la idea de la emancipación política, no sirvió la brutalidad
ni la muerte para reprimir este derecho legítimo de los pueblos.

La retractación del cura de Dolores ha servido para atacarlo. No obstante, la misma se


suaviza con el testimonio de don José de San Martín, que afirmaba que los gachupines
solían utilizar los embustes para dar mas crédito a su partido. Pero aun admitiendo la
nombrada retractación, podemos concluir esta parte diciendo que no hay hombres perfectos
y sin mancha, y que aún es más difícil hallarlos en el campo de la política. Además no hay
que confundir los actos de la vida privada de los hombres, con su participación en los
hechos históricos, donde casi prescinden en el momento, de sus datos biográficos.

Rayón y Morelos
La experiencia que dejaron en herencia Hidalgo, Allende, Jiménez, Abasolo y los demás
insurgentes confirmó una necesidad: la de dar orden y estructura al movimiento de la
independencia. El licenciado Ignacio López Rayón representó un esfuerzo en ese sentido; y
José María Morelos y Pavón intentó otra solución más radical pero menos congruente con
su época: pugnó por la independencia absoluta. La afirmación es dolorosa, pero la verdad
es que cuando Morelos hablaba de independencia absoluta no tenía en las manos un
concepto a priori de México como nación, para entregarlo a los independentistas a cambio
de la colonia. Cuando Morelos acabó con el "ente de razón" de ¡Viva Fernando VII! quedó
desorientada la gran masa del pueblo que, al pelear por su independencia, luchaba al
mismo tiempo por el rey. Nuestra opinión se afianza si recordamos que cuando regresó
Fernando VII del cautiverio, a pesar de que terminó con el régimen constitucional, muchos
insurgentes se retiraron de la lucha pues en su concepto, restaurada la autoridad legítima,
carecía de sentido mantenerse en armas. Debió haber sido muy desesperado el esfuerzo
de Morelos para intentar anticipar a la insurgencia un concepto a priori de la nacionalidad
mexicana, sólo a base de la inmediata unión insurgente y partiendo de las desigualdades de
orden social y económico que prevalecían en la época colonial.

Rayón fue acertado al formar la Suprema Junta Nacional Americana de Zitácuaro (21 de
agosto de 1811), aunque por los datos que tenemos, la representación que logró sólo fue
parcial. De manera que su intento tuvo más fuerza nominal que real. Él había tomado como
modelo la idea de la Junta de Sevilla y por eso, en Zitácuaro, quedaron respetados los
derechos del rey como "ente de razón" para atraer más partidarios. Rayón fue el primero de
los insurgentes formalmente interesado en concretar un programa de gobierno que pudiera
servirle a los criollos para dar validez jurídica a la revolución. Intentaba lograr el orden
dentro del aspecto no pacífico y de lenta evolución de la independencia; es decir, quiso
conseguirla por el camino señalado por Hidalgo. Pero Rayón, con el antecedente de su
formación jurídica, redactó los Elementos constitucionales que resumieron varios de los
resentimientos criollos. Este documento también nos muestra las influencias que los criollos
recibieron del siglo ilustrado. Al redactarse los Elementos constitucionales,
inconscientemente se creó una causa que estuvo minando la unidad insurgente. Sin
embargo, a partir de Zitácuaro empezó a tomar sentido la independencia nacional de
México, después de que las ideas de los revolucionarios criollos trascendieron de su círculo
y tomaron fuerza entre los mestizos y las castas. Todos estos grupos empezaron a ser
conscientes de la justicia que se buscaba en un medio social donde reinaba la desigualdad
y había un gobierno que regía la vida colonial desde el exterior. Junto con Rayón figuraron
de modo sobresaliente José María Liceaga y don José Sixto Verduzco, quienes por la
intransigencia de sus caracteres rompieron con la idea de mando y con la unidad de acción
de la insurgencia. Fue entonces cuando José María Morelos, que había mostrado mucha
cautela ante el cuadro legalista de Zitácuaro, se decidió a actuar por sí mismo y a
desenmascarar el movimiento rompiendo los lazos de dependencia política respecto a
España. Morelos estaba convencido de que los principios sostenidos por la Junta de
Zitácuaro eran muy conservadores; y en general su actitud fue la de intentar ganar la unión
y el orden dentro de la insurgencia, apoyándose sólo en su talento y fuerza militar. Con su
espada y su idea pugnó por la igualdad, que según la influencia del ilustrísimo hallaba sus
orígenes en la naturaleza. También él quiso representar la idea del orden dentro de la lucha,
y con este antecedente, fue uno de los decididos a ganar la independencia por medio de la
fuerza. Su legislación y conducta militar le sirvieron para dar a la acción independentista de
México un sentido de dignidad y decoro internacionales. Morelos fue más capaz que
Hidalgo para precisar los medios de combate y su principal diferencia con el ex rector de
San Nicolás (que a pesar de sus ideales fue destructor) consiste en que la presencia de
Morelos en la historia de México es la de un constructor de la patria.

La voluntad de Morelos de formar un Congreso Nacional fue impulsada por Carlos María de
Bustamante y por el padre Vicente Santa María. Debe hacerse notar que el plan de trabajo
del constituyente acusaba talento, nobleza y rectitud. La asamblea sólo tenía por finalidad el
bien y la libertad del país. Por eso Morelos en el discurso de la apertura del Congreso,
redactado por Bustamante, trazó los cimientos de la nueva nacionalidad e intentó la fusión
de los remotos exponentes de la raza, no sin dejar de hablar de la santidad y la pureza de la
causa. En el mes de noviembre de 1813, fecha en que el caudillo se autonombró Siervo de
la Nación, fueron exhortados todos los insurgentes para procurar el éxito del Congreso
Nacional. Y Morelos, aludiendo a la Constitución de Cádiz, subrayó que el nuevo estado por
el que él pugnaba se debería fundar en la doctrina del contrato social.

El Congreso se había reunido por primera vez en Chilpancingo y después peregrinó a


Apatzingán. En este lugar se promulgó el Decreto Constitucional para la Libertad de la
América Mexicana, en el año de 1814. Esta carta magna tenía cierta pureza literaria y era
notorio que en ella se apuntaba hacia un principio de unidad. Su capítulo de las garantías
individuales era adelantado y consideraba a la sociedad y a la ley con el criterio
revolucionario de Rousseau. La Constitución de 1814 era muy gaditana en cuanto a los
poderes, a sus facultades y en cuanto al sistema electoral. Adoptaba la religión católica
apostólica romana en forma intolerante, y desde el ángulo geográfico sólo consideraba
diecisiete provincias y no incluía en el territorio nacional: a Texas, Nueva Santander, Nuevo
México y las Californias. Sin embargo, se creó la provincia de Tecpan, de filiación
insurgente, que antes había establecido Morelos por medio de un decreto. La Constitución
de 1814 daba mucha validez al congresismo, y por eso quedó organizado el ejecutivo con
tres personas que pasaban por una presidencia periódicamente renovable.

La Constitución de Apatzingán contiene un ideario de la revolución. Fue republicana y


centralista, y rompió todos los vínculos de dependencia política con España; creó al mismo
tiempo un gobierno puramente nacional. Esta obra no pasó del terreno teórico y por ello no
cuenta como el primer documento público de nuestra historia constitucional. Sin embargo,
debe apreciarse en la Constitución uno de los esfuerzos más puros para lograr la
organización política mexicana.
Morelos consideraba que la buena ley estaba por encima de todos los hombres, y por
mantener esta idea en vez de la unidad del mando, y defender el Congreso, perdió la vida.
El 15 de diciembre de 1815, después que fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec, don
Manuel Mier y Terán disolvió el Congreso Nacional en Tehuacán, sustituyéndolo por un
Directorio Ejecutivo compuesto de tres personas.

El pueblo simpatizaba con Morelos, porque tuvo el temperamento que se requería para
elevarse como auténtico representante popular. Morelos, siempre tenía más miras que
fuerzas y constantemente vislumbraba soluciones atrevidas sin reparar demasiado en los
medios para conseguir el triunfo. Sus documentos públicos le conceden la categoría de
legislador, y este impacto es perceptible para cultos e incultos; así por ejemplo, los
Sentimientos de la Nación son la plataforma ordenada y sintética de sus ideales
esencialmente revolucionarios, políticos y sociales; por eso los Sentimientos fueron
tomados en cuenta al redactarse el Decreto Constitucional para la Libertad de la América
Mexicana. La definición y el radicalismo de Morelos dan lugar a que en la historia de México
se le considere acreedor de muchos méritos. Éstos son más notables cuando comparamos
la posición de otros personajes de la época, de ideología insurgente, al tiempo de buscar los
caminos más adecuados para conseguir la independencia.

Morelos contaba con la sensibilidad necesaria para entender el nuevo orden universal del
pensamiento político a principios del siglo XIX, en el que la gente hablaba y discurría sobre
muchos problemas de carácter público. Así, Morelos creció en su pequeña sabiduría y pudo
pasar por las puertas que le franquearon sus instintos patrióticos. Lo anterior se patentiza,
porque tan pronto como percibía los problemas intentaba resolverlos con pensadas
soluciones; hasta podría decirse que Morelos aun era más rápido para llevar a la práctica
dichas soluciones que para pensar en ellas.

Morelos entendió la independencia en su sentido total nacional y no como privilegio de


grupo. No obstante, sabía que muchos de los que luchaban por la causa que él encabezaba
carecían de una conciencia a priori sobre México como nación. Esto se explica por la
escasa cultura y por la posición social y económica desventajosa que en general
caracterizaba a los hombres de la insurgencia. A Morelos también le pareció válida la "idea"
de la virgen de Guadalupe, como símbolo nacional unificador de México, considerando a
nuestro país como un nuevo ser político independiente. De Hidalgo no sólo fue su seguidor,
sino quizá el intérprete de su probable ideario, independientemente del valor e importancia
que tuvieron sus propias ideas libertarias desarrolladas principalmente entre los años de
1812 y 1814.

Los documentos de Morelos nos dan muchas luces para revisar los problemas de la
Colonia, y hasta nos resultan prácticos si los analizamos como la lista más o menos
completa de las quejas planteadas en aquel medio, contra el mal gobierno que se combatía.

La Constitución de Cádiz y la de 1814


Las Cortes de España fueron inauguradas en la isla de León (24 de septiembre de 1810), y
luego trasladadas a Cádiz (febrero de 1811). Los diputados que las integraron estaban
inspirados en las ideas liberales de su tiempo. Por esta razón hubo una efímera y parcial
alianza entre los partidos opuestos: el Liberal español y el Independentista de América. Al
concluir sus trabajos, las Cortes promulgaron la Constitución de Cádiz el 19 de marzo de
1812. Con esta actuación política introdujeron a España la novedad de una monarquía
moderada hereditaria (artículos 14 y del 174 al 184). Esta carta magna tenía influencias de
Rousseau, Montesquieu y de la Constitución francesa de 1791, y era avanzada para su
época. En México empezó a regir la Constitución gaditana a partir del 30 de septiembre del
año de 1812.

Es sumamente interesante el impacto causado por la Constitución de Cádiz en el medio


colonial americano, porque aparentemente invitaba a la independencia. En efecto su
ideología era muy novedosa: comprendía conceptos antifeudales, atacaba la teocracia
imperante, extendía la representación popular en perjuicio de la nobleza, del clero y del
estado llano; concedía libertad de imprenta, suprimía la inquisición, ampliaba la
representación política de los ayuntamientos y orientaba a los súbditos españoles hacia la
libertad de comercio. La Constitución también abolía la mayoría de los monopolios, limitaba
el poder del clero para la exacción de impuestos, abría un camino hacia el parlamentarismo
por el refrendo, etcétera. Sin embargo, debe quedar claro que la Constitución no satisfizo a
los americanos porque consideraron que sólo serviría para debilitar las escasas fuerzas,
con las que contaban al principio, para intentar ganar el movimiento libertario. Lucas
Alamán, con actitud crítica muy severa, consideraba a la Constitución de Cádiz como la
primera desgracia de nuestra independencia y la causa de que no hubiera producido
mejores frutos. Esta opinión es válida, porque la carta constitucional implícitamente
aceptaba una dominación disfrazada o, cuando menos, garantizaba a España una serie de
ventajas de orden material.

La Constitución infiltró confusiones, especialmente entre los criollos; sobre todo entre
aquellos que consideraban que se podía ganar la independencia por medio de la evolución.
También sufrieron confusiones los criollos que pensaban conseguir la nombrada
independencia por medio de la violencia. En efecto, para ciertas personas la Constitución
incluía varias libertades y en algunos casos, otras más amplias de las que deseaban; pero
para otros, la Constitución sólo significaba un instrumento de engaño y atraso para el rápido
triunfo de la causa. También fue muy notable la acción de los gachupines que, por proteger
sus intereses, procuraban evitar la aplicación del nuevo régimen. La carta de 1812 tuvo
vigencia simultánea con la Constitución de Morelos, y rigió de manera efectiva hasta el año
de 1814, fecha en la que volvió a imperar el régimen absolutista en un ambiente de
adulación y servilismo. Como a Fernando VII le repugnaba la Constitución por las
limitaciones que imponía a su autoridad, decidió abrogarla y a cambio de la misma ofreció
promulgar reglamentos provisionales; y si era necesario, constituir nuevas Cortes donde,
por cierto, la representación iba a ser más aristocrática que popular. Por órdenes del rey
fueron perseguidos los autores y defensores de la Carta de Cádiz, y quedó establecido que
su divulgación constituía un delito de lesa majestad. Vicente Rocafuerte comentaba sobre
este asunto que el rey había actuado con mucha ingratitud hacia los diputados liberales y
las ideas que defendían.

Es pertinente referir en relación con el ambiente provocado por la Constitución de Cádiz


que, como las ideas liberales no sólo se habían propagado entre los españoles sino en
general universalmente, fue posible que en el año de 1820 volviera a regir la Constitución
como consecuencia de la acción militar, de don Rafael de Riego, comandante español. Este
distinguido militar en vez de salir a combatir a los independentistas de Buenos Aires, decidió
reivindicar el régimen constitucional abrogado en 1814. Dicha conducta provocó entre los
criollos una reacción tan complicada e importante, que finalmente los condujo a ganar la
independencia de la Nueva España. Por eso, la idea del nuevo ser México tuvo necesidad
de reforzarse por estos días con elementos del mundo indígena que, por tener grandeza y
diferencias esenciales con los hispánicos, eran oponibles a todo lo español. Vale decir que
más tarde la Constitución de Cádiz sirvió de fuente para la redacción de nuestra primera
Constitución federal (1824).

Morelos, con sus avanzadas ideas, estaba dispuesto a lograr la independencia total de la
Colonia hasta verla transformada en un país feliz y libre. Por ello, su impulso para ganar el
Estado nuevo e independiente que concebía en su fuero interno quiso basarlo en la buena
ley que estuviera por encima de todos. Por lo mismo, cuando propuso nuestra
emancipación de España, quedó como fundador social. Con sus ideas y conceptos se
edificó la primera Constitución mexicana de 1814. Sin embargo, por su limitada aplicación y
vigencia, así como por la relativa representación provincial tomada en cuenta al tiempo de
integrar el constituyente, no cuenta dentro de nuestra historia constitucional. No obstante,
con ella Morelos nos mostró en forma jurídica-constitucional la lucha dada entre las clases
privilegiadas y las oprimidas. Estas razones hicieron pensar al Caudillo del Sur que la
actitud insurgente debía ser contundente y agresiva, así como inspiradora y conminante
para todos los verdaderamente patriotas.

Francisco Javier Mina


Los éxitos del realismo sobre las esperanzas de la independencia, no fueron suficientes
para desanimar a los verdaderos caudillos que sostenían la idea libertaria. En nuestro
medio se distinguen por estos días Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria, pero en verdad
eran más visibles sus deseos patrióticos que las fuerzas materiales con las que contaban.
Sin embargo, por el año de 1817, la lucha independentista cobró nuevas fuerzas con la
presencia en la América mexicana, de Francisco Javier Mina, guerrillero español cuya
postura se fundaba en su romanticismo y liberalismo. Mina, para su época, era un avanzado
en ideas políticas y por eso estuvo dispuesto a combatir los intereses absolutistas de
Fernando VII. Él había luchado en España contra Napoleón y en su esfuerzo cayó
prisionero; entonces se le trasladó al castillo de Vincennes (Francia). Mina siempre creyó en
los ideales que inspiraban la Constitución de Cádiz y por eso, cuando tuvo lugar el golpe de
1814, muy decepcionado se rebeló contra el rey. Como fue perseguido se refugió en
Inglaterra, que era el centro de las grandes conspiraciones contra España. Aquí conoció a
fray Servando Teresa de Mier, quien, junto con la francmasonería, lo indujo a pasar a
América a luchar por la independencia y contra el absolutismo. Fray Servando informó a
Mina sobre las durísimas condiciones que sufría el pueblo novohispano. Por eso, si
consideramos la esencia de la personalidad de Mina, dichos razonamientos fueron
suficientes para impulsarlo a luchar por la independencia de América y contra un Fernando
VII que quería ejercer el poder en su totalidad. Para Mina la lucha por la libertad era natural,
justiciera e inevitable; por esto contribuyó a redimir a la Colonia de la dependencia y de la
esclavitud con todas sus consecuencias políticas y sociales. Vale recordar que, cuando el
ministro Lardizábal le propuso en España luchar contra la independencia de la Nueva
España, Mina esquivó este compromiso, pues él de antemano condenaba la conquista
hispana en América. En un flaco intento de precisar el ideal político de Mina se puede
señalar, partiendo de la idea de la independencia por evolución que implicaba la
Constitución de Cádiz, que él deseaba que se realizara e integrara la patria magna; esto es,
la hermandad de España con las colonias de América, pero emancipadas. Consideraba
como puntos de partida de su ideal: la afinidad de sangre, de idioma, de cultura y tradición.
"Yo hago la guerra contra la tiranía -decía- no contra los españoles."[ 8 ]

Al luchar Mina en la Nueva España contra Fernando VII, defendía sus ideales dentro de la
magna España: al saber que en América "se combatía por la libertad [...] la causa de las
Américas fue mía". Su participación, en nuestra independencia, tenía como finalidad el
mejoramiento cultural y material de la Colonia. La talla de Mina como libertador puede
medirse con su célebre frase: "Más me duele ver las cadenas que llevarlas puestas".

Vicente Guerrero
Vicente Guerrero, que había militado bajo las órdenes de José María Morelos y Pavón, al
finalizar la segunda década del siglo XIX, representaba mejor que nadie el sentir popular a
favor de la independencia. Su talento claro, aunque sin educación, le permitió comprender
con rapidez y aprender con facilidad: su actitud encerraba un concepto de patria mexicana
que, quizá, por las enseñanzas de Morelos tenía bastantes aspectos definidos. Esto es,
Guerrero siempre comprendió las finalidades del movimiento iniciado en 1810, además de
estar convencido de la justicia de la causa por la que luchaba. Debe recalcarse acerca de
este popular guerrillero insurgente que, a pesar de su alzamiento y de su calidad de
rebelde, fue de su convicción aceptar el orden en la revolución. Tuvo como cualidad
interesante ser subordinado y, por ello, no actuaba como otros jefes, en forma aislada y sólo
por su cuenta. Dicha actitud nos explica por qué reconoció la Junta de Xauxilla y por qué su
aspiración se orientaba hacia al restablecimiento del gobierno, pero, claro, de un gobierno
independiente respecto a España. Su proceder y tenacidad por la causa de la
independencia sin duda lo condujeron a conformar su espíritu, que estaba preparado para la
transacción y comprensión de todos los elementos que luego fueron incluidos en el Plan de
Iguala. Personalmente Guerrero, dentro de la lucha libertaria, estaba dispuesto a vencer o
morir por la causa independentista; jamás deseó indultarse como se lo propuso Ruiz de
Apodaca ni tampoco rendirse o condescender con los españoles en cuanto a sus intereses
de dominadores.

Cuando Guerrero entró en tratos con Agustín de Iturbide, el pueblo consideraba a aquél
como heredero de Morelos, y Guerrero a sí mismo, sostenedor de la causa de la
independencia y de la libertad. En efecto, este guerrillero insurgente tenía un sentido de lo
que debía ser la nueva nación: "Todo lo que no sea la total independencia -decía- lo
disputaremos en el campo de batalla". Después de varias vicisitudes, cuando Iturbide
decidió tratar el asunto de la independencia bajo las bases impuestas por Guerrero, éste se
fio de la palabra de aquél y fue por ello que puso a su disposición tanto su persona como su
ejército. Vicente Guerrero, consecuente con su espíritu conciliatorio, después de Iguala
(Plan: 24 de febrero de 1821), trabajaba animado bajo la idea de que con garantizar la
unión, la religión y la independencia se desterrarían para siempre las odiosas pugnas que
ensombrecían la nación mexicana.

Agustín de Iturbide
Ya se dijo que el espíritu independentista de Agustín de Iturbide, paulatinamente evolucionó;
éste también se adaptó a los nuevos problemas planteados a la nación mexicana, cuando
se restauró la Constitución de Cádiz en 1820. El transcurso de diez años de revolución
había traído como consecuencia la aclaración de los intereses puestos en juego, tanto del
lado realista como del lado insurgente. Es explicable que en tan prolongada lucha, España y
la dominación de la Colonia se habían debilitado; por eso, con esta certeza, los criollos
afinaron sus metas, e igualmente estuvieron en condiciones de transigir con su medio social
y político. Así, en 1820 se abrió la oportunidad para conseguir la independencia nacional,
pero garantizándose sus intereses, ahora más amplios que los que habían concebido al
principio de la lucha. Los criollos, partiendo de la idea de dejar intervenir nominalmente a
toda la nación mexicana, con sus diferentes ingredientes raciales, intentaron ganar nuestra
independencia, pero reservándose el mando y la gloria de haberla conseguido.

Agustín de Iturbide, originalmente perseguidor de los insurgentes violentos y enemigo de los


conceptos igualitarios, en 1820 sintió la necesidad de participar en la conquista de la
independencia mexicana, pero ajustándose a las nuevas circunstancias que se le
plantearon. Por el año de 1820 ya había en la Nueva España, un concepto más preciso del
nuevo ser político que iba a dar lugar a México, y una conciencia más definida del mismo.
Por eso, los criollos comprendieron que la restauración de la Constitución de Cádiz y las
deficiencias administrativas del Estado español de Fernando VII les daban la última
oportunidad para ganar la meta anhelada. También observaron que en el medio en que se
movían no estaba garantizada su preeminencia. Por eso Iturbide concibió el Plan de Iguala,
fijándose en el hecho de que con el mismo no tenía necesidad de derogar el orden divino
tradicional de gobierno. Por eso, primero en Iguala y después en Córdoba, los criollos
dejaron en pie la figura de Fernando VII y la de los otros príncipes de la casa reinante. Sin
embargo, lo que en verdad ganaron los criollos con su proceder, por convicción y por
necesidad, fue el respeto de la idea de la monarquía; o sea, la garantía del orden divino
tradicional de gobierno.

Dice Alamán que Iturbide, en Iguala, había obrado con desinterés. Parece ser cierta tal
afirmación, y que de haber accedido el virrey Juan Ruiz de Apodaca al plan de las tres
garantías de Iturbide jamás podría haber ganado éste la oportunidad de franquearse el paso
al imperio cuando en forma triunfante pudo añadir en Córdoba al Plan de Iguala: de no
acceder a venir a gobernar los príncipes enumerados, gobernaría en el país "el que las
Cortes del imperio designaren". Este problema en sí no lesiona la declaración formal de
nuestra independencia, pues la colada de Iturbide en los tratados de Córdoba, sólo fue una
consecuencia del Plan de Iguala. Es interesante señalar, que cada 24 de febrero, México
celebra el día de la bandera, y que sólo conmemora las glorias de Guerrero. En verdad,
esta fecha es la del Plan de Iguala, documento que Iturbide traía redactado desde que salió
de México a combatir al guerrillero del sur. A Iturbide se le omite, por lo general, en esta
etapa de nuestra historia, porque en nuestro medio está vigente la versión histórica liberal
que es punto de partida de la verdad oficial. En cambio, la verdad conservadora en lo
general está anulada; pero como científicamente es válida, debe tomarse en cuenta y por
eso ha de considerarse la participación del criollo Agustín de Iturbide en la independencia.
Si bien es cierto que Iturbide actuó en Córdoba con metas personales, también lo es que
estuvo de acuerdo con romper los nexos de dependencia política de la Nueva España con
respecto a España.

Por otra parte, la declaración formal de la independencia hecha en el Plan de Iguala no dejó
de ser en su tiempo una declaración formal y unilateral de la insurgencia. Para España "el
México independiente de Iguala y Córdoba" sólo era una colonia rebelde y sublevada.
España varió este concepto jurídico-político con sus respectivas consecuencias en el
derecho internacional cuando en 1836 estableció relaciones diplomáticas con México,
reconociendo su nuevo status.

Los aspectos señalados hasta aquí nos dan una idea somera y general del medio y las
circunstancias que ambientaron los principios y la declaración formal de nuestra
independencia. Sin embargo, el verdadero proceso independentista de México, hasta que
verdaderamente se consiguió la independencia, fue más largo y penoso; sufrió pruebas
durísimas, guerras extranjeras, muchas vicisitudes, las dictaduras de Santa Anna, etcétera,
pero al fin pudo conformarse una conciencia de lo mexicano y de los mexicanos. Esta
conciencia experimentada y evolucionada, de características muy particulares, pudo
concebir el rostro del nuevo ser de México. Cuando quedó en el medio nacional el sentido
de la patria diferente a España, que especialmente puso a prueba Benito Juárez cuando la
intervención francesa, entonces México fue verdaderamente independiente. Con este punto
de partida, inspirado por Juárez, México buscó y ganó la meta de salvarse como país
independiente, tan sólo quedándole el problema de organizarse e ingresar, con la dignidad
que mantiene, al grupo de los países libres e independientes

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