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Historia Económica de España

1º Grado en Economía

Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales


Universidad Nacional de Educación a Distancia

Reservados todos los derechos.


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HISTORIA ECONÓMICA DE ESPAÑA


TEMA 1. INTRODUCCIÓN – VISIÓN DE CONJUNTO

[Link] general

La historia económica de la España contemporánea se divide claramente en un siglo XIX de


crecimiento lento y atraso con respecto a la norma europea, y un siglo XX de crecimiento
rápido y recuperación de gran parte del terreno perdido con respecto a Europa.

A su vez el siglo XIX español tiene dos claros subperiodos. Durante la primera mitad, la
economía permaneció virtualmente estancada, lo cual a su vez fue resultado de dos fases
divergentes: de 1800 hasta 1840 hubo contracción económica, en el periodo 1840 – 1860 hubo
una lenta recuperación. En la segunda mitad del siglo se inició, aunque muy gradualmente, un
proceso de crecimiento que ganó velocidad con el tiempo y que continuó en el crecimiento
rápido del siglo XX.

El siglo XX presenta características similares a las del siglo XIX, aunque en mayor escala: relativo
estancamiento en la primera mitad del siglo, claro crecimiento en la segunda. El estancamiento
aparente de la primera mitad es resultante de un rápido crecimiento en el periodo 1900 – 1930
y de una larga caída debida a los efectos combinados de la Gran Depresión, la Guerra Civil y
una depresión postbélica excepcionalmente larga. A partir de 1950, tuvo lugar un proceso de
crecimiento económico que resultó muy rápido tanto en comparación con las tasas de periodos
anteriores como con los internacionales.

Aunque es innegable que hubo un cierto crecimiento en el siglo XIX, en total el cambio fue
pequeño y el país en su conjunto permaneció tradicional y atrasado con respecto a Europa. Fue
en el siglo XX cuando tuvo lugar ese cambio estructural profundo que llamamos desarrollo
económico, cuando España experimentó la transición a la industrialización y la modernidad.

Los principales acontecimientos económicos del siglo XIX español se reducen a la remoción de
algunos obstáculos, a despejar el camino a la industrialización de siglo XX por medio de una
serie de cambios en la estructura social e institucional.

Las curvas de Italia y Portugal siguen trayectorias muy parecidas a las de España. Esto nos lleva
a preguntarnos si las explicaciones que pudieran darse para el esquema español de retraso
relativo en el siglo XIX y recuperación parcial en el XX no deben examinarse en conjunto con los
casos italiano y portugués. Sidney Pollard sostiene que los patrones de industrialización
europeos se entienden mejor adoptando una perspectiva regional más bien que nacional. De
ser esto así se debería examinar el caso de España con el de sus vecion de la Europa
sudoccidental para buscar patrones regionales más que nacionales.

Si aceptamos que hay un cierto “patrón latino” de modernización consistente en atrasarse en


el XIX y recuperar (parte de) lo perdido en el XX nuestra inmediata tarea será buscar

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explicaciones posibles que sean aplicables a los tres países de la región. El enfoque regional
comparado tiene la ventaja de forzarnos a dejar de lado lo anecdótico o excesivamente
exclusivo en la historia de cada país y a concentrarnos en los rasgos comunes a partir de los
cuales es posible la generalización.

Por ejemplo una de las posibles causas y que es común a los tres países y en las mismas fechas

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es el desarreglo fiscal. Si aceptáramos que nuestras sociedades eran culpables del pecado del
desarreglo fiscal, deberemos investigar sus entornos geográficos y sus culturas. La cultura de la
Europa sudoccidental puede sintetizarse en una sola palabra “latina” y se retoma al menos a su
común pertenencia al Imperio Romano, que moldeó tantos de sus rasgos institucionales y de
comportamiento, desde el lenguaje y la religión hasta el sistema legal. En cuanto a la dotación
física de la cuenca mediterránea, es bastante homogénea y ha determinado la elección de
técnicas de cultivos, incluso la forma de los sembrados y por supuesto las dietas de estos países
durante siglos.

Estos dos elementos que a su vez están interrelacionados, puede contribuir a explicar las
grandes líneas de la historia económica de la Europa sudoccidental en los siglos XIX y XX e
incluso sus perspectivas de crecimiento a comienzos del siglo XXI.

2. Factores de atraso: la agricultura y los recursos naturales

El desarrollo económico de cualquier sociedad humana es el resultado de la interacción de dos


grandes grupos de factores: la dotación de recursos físicos en el área habitada por esa
sociedad, y la tecnología o el conocimiento disponible. Entre estos dos elementos, hay un
factor de mediación crucial: la estructura institucional de la sociedad en cuestión. Si se acepta
este punto de vista, el atraso de la Europa sudoccidental en el siglo XIX es un fenómeno cuyos
orígenes se remontan a varios siglos antes.

De hecho, durante las Edades Media y Moderna, la mayor parte de las innovaciones
tecnológicas en agricultura estaban especialmente adaptadas a las condiciones climáticas y
edafológicas de los países de la Europa septentrional.

Mientras tenía lugar la revolución agrícola en la Europa del norte, la agricultura meridional, con
muy escasas excepciones, continuó practicando el cultivo de año y vez en los cereales y
arañando el suelo con el arado ligero de modo muy parecido a lo practicado en el Imperio
Romano.

Esta acumulación de innovaciones agrícolas adaptadas a las condiciones de los suelos húmedos
y pesados del norte de Europa, acumulación que culminó en la “revolución agrícola” de la Edad
Moderna. Es la principal explicación de la creciente disparidad entre renta y riqueza entre la
Europa del norte y la del sur, que se puso claramente de manifiesto durante el siglo XIX.

No es necesario insistir aquí en la importancia que la agricultura tiene en las primeras etapas
de la modernización de una economía. Aquellos países que fueron capaces de importar y
adaptar a sus condiciones la “revolución agrícola” durante el siglo XIX pudieron así convertirse
en potencias industriales y protagonistas de la segunda oleada de modernizaciones
económicas que tuvo lugar a finales del siglo XIX y principios del XX. Mientras que, los países

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que fueron incapaces de revolucionar su agricultura permanecieron atrasados. Este fue el caso
de nuestros países latinos.

En el caso concreto de España, los obstáculos físicos a la modernización son muy fuertes, más
quizá que en Italia o Portugal. El tamaño y la forma compacta de la Península, la altura y aridez
de la “meseta central” encarecen el transporte, aíslan a gran parte del país del comercio de

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mercaderías y de ideas y dificultan la transferencia de recursos humanos a actividades más
productivas. En España, la geografía y la cultura se han reforzado mutuamente como
obstáculos la modernización desde el siglo XVII hasta el XX.

El sector primario, cuyo principal componente ha sido la agricultura ocupó una fracción alta y
constante de la población activa española de principio a fin del siglo XIX. La situación parece
haber sido bastante similar en Italia y Portugal.

Está claro que la existencia de un sector agrícola tan grande constituyó un freno al desarrollo
de la economía española. En primer lugar, el bajo nivel de productividad agraria mantuvo la
dieta alimenticia del español medio en torno al nivel de subsistencia. Las cifras comparativas
que tenemos para varios países europeos a finales del siglo XIX y principios del XX muestran
que los rendimientos agrícolas en España y Portugal estaban muy por debajo de las
correspondientes a Francia, Gran Bretaña o Alemania en productos tan básicos como el trigo, el
centeno, la cebada y la patata.

El estancado sector agrícola también falló como mercado para la industria y como fuente de
capital para la modernización económica. Eso está muy claro en el caso español. También en
Portugal, la agricultura permaneció atrasada técnicamente y constituyó un pobre mercado para
la industria. Solo Italia es una excepción parcial de esta regla. En el norte, la agricultura italiana
comenzó a modernizarse y mecanizarse con el cambio de siglo.

La alta mortalidad y la relativamente baja natalidad fueron causa de que tanto en España como
en Portugal el campo exportara una baja proporción de mano de obra. El nivel de urbanización
en España, en Portugal e incluso en Italia permaneció muy bajo durante el siglo XIX. Es difícil
saber si fue la naturaleza conservadora de los campesinos lo que los mantuvo apegado a sus
aldeas o el escaso dinamismo de la industria lo que causó la inercia de la población.

Por último, la agricultura debe generar un flujo abundante de exportaciones durante las
primeras etapas del crecimiento y en este aspecto, tanto la agricultura española como la
portuguesa fallaron casi por completo.

La falta de progreso de la agricultura española constituyó, por tanto, uno de los principales
obstáculos en la modernización económica del país. La falta de progreso agrario vino causada a
su vez por una mezcla de factores físicos y culturales que son difíciles de separar.

En España hasta finales del XIX el comercio exterior apenas afectó la vida de los habitantes de
la Meseta, que eran prácticamente autosuficientes a un bajo nivel de subsistencia. La
educación y la alfabetización se mantuvieron en nuestros países latinos como los niveles más
bajos de toda la Europa occidental, mientras que Suiza fue una adelantada en materia de
educación popular. Por otra parte, los aranceles actuaron en los países latinos como barreras

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contra el cambio inducido por el comercio exterior, cambio que en este caso hubiera implicado
una más rápida transferencia de recursos de la agricultura hacia la industria y los servicios.

3. Factores institucionales: educación y alfabetización

Los factores culturales son difíciles de medir y por tanto, de someter a comparación
internacional. Hay varios hechos, sin embargo, que sugieren haber afinidades en nuestros tres
países latinos. El hecho, por ejemplo, de que tanto Italia como Portugal y España padecieran
gobiernos dictatoriales durante la primera mitad del siglo XX, y en el caso de los dos últimos,
durante todo el tercer cuarto de siglo, sugiere una notable similitud en las reacciones político-
sociales a los problemas y tensiones de la modernización económica en los tres países.

Podrían establecerse muchos otros paralelos institucionales entre nuestras tres naciones.
Antes mencionamos los déficit presupuestarios crónicos que afectaron a las tres economías,
afectaron a la política monetaria y desestabilizaron la moneda, elevaron los tipos de interés,
desprestigiaron el crédito de los prestatarios públicos y privados en el extranjero y ejercieron
un efecto de expulsión sobre los prestatarios privados en los grandes mercados mundiales de
capital, y a la postre empujaron a los gobiernos a nacionalizar y subastar los bienes de la Iglesia
y de los municipios. La estructura de la propiedad de la tierra es otro de los rasgos
institucionales que nuestros países latinos tienen en común entre sí.

Hay otro rasgo que en los países latinos comparten su elevado analfabetismo. Estos tres países
latinos tenían tasas de alfabetización claramente inferiores a las de la mayoría de los otros
países europeos. Hacia 1900, por ejemplo, alrededor del 50 por 100 de la población adulta de
Italia y España no sabía leer. La tasa portuguesa era aún más baja. Por contraste en Bélgica, uno
de los menos alfabetizados de entre los países desarrollados o nórdicos. La propensión de los
que no sabía leer en esta fecha era menos de la quinta parte de la población adulta.

A la luz de estas cifras, resulta imposible no establecer una relación entre alfabetización y
desarrollo económico en Europa. Sandberg ordenó 21 países europeos por tasas de
alfabetización en 1850 y mostró que esta ordenación se correspondía casi exactamente con la
de estos mismos países según su renta por habitante en 1970, pero no en 1850. Su conclusión
era que las tasas de alfabetización son indicadores del stock del capital humano por habitante,
son un predictor asombrosamente bueno de la renta por habitante a muy largo plazo. Dicho de
otra forma, si la renta indica el nivel de bienestar alcanzado por un país, la alfabetización o el
capital humano revelan su capacidad de crecer: a mayor alfabetización, mayor renta futura.

La alfabetización facilita la capacidad de adaptación del individuo a las nuevas situaciones, lo


que se traduce en un aumento de la movilidad geográfica y estructural entre sectores de
actividad; la adquisición de nuevas capacidades, tanto a través del aprendizaje en el trabajo
como a través del sistema educativo; La adopción de nuevas prácticas o la creación de nuevas
oportunidades. Todo ello contribuye a incrementar la productividad de los trabajadores y los
rendimientos del capital. El capital humano también determina la capacidad de la población
para acceder al conocimiento, cuya generación y aplicación permite una sociedad superar los
límites al crecimiento económico derivados de una particular dotación de recursos naturales.

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Señalábamos antes que en la Europa del siglo 19, las innovaciones tecnológicas, el
conocimiento disponible se ajustaba más a la dotación de recursos en los países nórdicos que
la de los mediterráneos. Las innovaciones técnicas que permitieron la revolución industrial no
eran las más adecuadas para poner en marcha una revolución similar en la Europa del Sur. No
se podía implementar tecnológica y adaptarla a las condiciones locales. La verdadera
modernización de las economías latinas dependía de la disponibilidad de una tecnología propia

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ajustada a una particular dotación de recursos naturales.

Las bajas tasas de alfabetización en los países de baja renta pueden ser atribuidas a causas
diversas. Históricamente, en las sociedades atrasadas tienen bajos niveles de capital humano.

4. Factores de recuperación

Pese a tan poderosos factores físicos e institucionales de atraso, los países de la Europa Latina
han invertido, o al menos contrarrestado, la tendencia a la baja relativa de su renta, tan
evidente en el siglo XIX.

Parece evidente que para superar el círculo vicioso que mantenía a la mayoría de la población
fijada al suelo a niveles muy bajos de subsistencia era necesario un choque, en otras palabras
la población campesina había de ser o inducida a abandonar la agricultura por el atractivo que
ejercieran la industria y el comercio urbano o repelida de la agricultura por un deterioro de las
condiciones de vida. En nuestra opinión, el impulso principal fue de expulsión y provino de las
fuertes entradas de cereales rusos y americanos en Europa, que deprimieron los precios
agrícolas y dejaron en paro a agricultores y campesinos.

La competencia de las agriculturas ultramarinas aceleró tendencias inevitables que conducían a


la modernización de las economías euro latinas. Estas tendencias operaban sobre todo en dos
direcciones: la primera, la transferencia de población y recursos de actividades agrícolas de
baja productividad, como cereales y leguminosas, a actividades de alta productividad como la
vid, el olivo, las frutas y las hortalizas. Si la tecnología agrícola del siglo XIX había favorecido los
cultivos cereales con prejuicio para los países mediterráneos la técnica del XX evoluciona de
forma favorable para los productores y exportadores de frutas y hortalizas lo cual benefició a
los euro latinos.

Por lo que se refiere a las barreras institucionales, empezaron a ceder, aunque lenta y tan solo
parcialmente. La incompetencia fiscal sin duda ha disminuido con respecto a la situación de un
siglo atrás, aunque como atestiguará cualquier hombre de la calle en todos y cada uno de los
tres países está aún muy lejos de haber desaparecido. El elevado analfabetismo del siglo XIX y
primera mitad del XX había sido superado, pero sustituido por significativos déficits educativos
a nivel medio que nos sitúan de nuevo alejándonos de la norma europea.

La resultante de estas mejoras, por parciales que hayan sido, fue el desarrollo económico de
los euro latinos en el siglo XX, que como media, no nos hagamos demasiadas ilusiones, no han
hecho sino devolvernos en la actualidad a una posición relativa cercana a la que teníamos en
1830. La persistencia de rasgos institucionales propios de una sociedad atrasada a comienzos

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del siglo XXI nos hace ser cautos a la hora de certificar la superación de los límites del patrón
latino de crecimiento económico de cara al futuro.

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