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TEMA 9.

1 - LA PROCLAMACIÓN DE LA
SEGUNDA REPÚBLICA, EL GOBIERNO
PROVISIONAL Y LA CONSTITUCIÓN DE 1931. EL
SUFRAGIO FEMENINO.
ELECCIONES MUNICIPALES ABRIL 1931
La monarquía se encontraba en una situación crítica. A pesar del fracaso del golpe republicano,
la dimisión de Berenguer marcó un punto de inflexión. Alfonso XIII intentó mantener el sistema
político con un papel activo para la monarquía, y para ello nombró a Aznar como sustituto de
Berenguer. Aznar recibió la orden de convocar elecciones municipales, que, aunque no
determinaban el gobierno central ni la forma de estado, servían para conocer la voluntad
popular. Además, era fundamental que estas elecciones se desarrollaran de manera limpia, ya
que la reputación del rey estaba en juego. Ante este escenario, la oposición antimonárquica se
unió en una coalición republicano-socialista, formada por republicanos de diversas ideologías,
el PSOE y los nacionalistas de izquierda. Este bloque consideraba las elecciones municipales
como un plebiscito: o bien continuaba la monarquía, o la república ganaba apoyo. El mensaje
propagandístico giraba en torno a la idea de que si la coalición obtenía la victoria, se
interpretaría como un mandato popular por la república.

El 14 de abril de 1931, tras el recuento de votos, en algunas localidades, como Éibar, se


proclamó la República Española por parte de los alcaldes republicanos, lo que provocó una
reacción en cadena en otras ciudades. Esto creó la sensación de que la victoria total era
republicana y que la monarquía había llegado a su fin. En Madrid, el comité revolucionario,
liderado por miembros del PSOE y republicanos, recibió el poder oficialmente del almirante
Aznar, presidente del gobierno, y se proclamó la Segunda República. Sin embargo, al final del
proceso electoral, se descubrió que el 55% de los votos aún favorecían a la monarquía.

GOBIERNO PROVISIONAL DE LA REPÚBLICA


El gobierno provisional, al que se accedió mediante unas elecciones que no fueron generales,
tenía como principal objetivo convocar elecciones para legitimar su poder y preparar el camino
para una nueva constitución republicana. Estaba compuesto por una mezcla de fuerzas, entre
las que se encontraban marxistas del PSOE, republicanos conservadores, republicanos de
izquierda y nacionalistas catalanes (Esquerra Republicana). A pesar de las diferencias, todos
coincidían en elegir a Alcalá-Zamora como presidente de la República. El gobierno provisional
comenzó a aplicar reformas significativas, algunas de las cuales se seguirían desarrollando
durante el primer gobierno de la República. En cuanto a la cuestión regional, Esquerra
Republicana había proclamado la República Catalana (federalista), lo cual no había sido
pactado con el resto de fuerzas republicanas. La República mostró sensibilidad hacia las
identidades nacionales, por lo que se acordó la creación de estatutos de autonomía para
Cataluña, el País Vasco y Galicia.

La cuestión religiosa también fue un tema central, ya que muchos miembros del gobierno eran
anticlericales y se propuso la separación de la Iglesia y el Estado. Se intentó disminuir el poder
de la Iglesia, pero esto llevó a hechos como la quema de conventos en mayo de 1931. Lo más
preocupante para el gobierno fue su inacción ante estos hechos, lo que generó desconfianza
entre los católicos, la Iglesia y algunos intelectuales, que empezaron a ver la República con
recelo. Por otro lado, la relación con el ejército fue tensa. El gobierno provisional desconfiaba
de las fuerzas militares, ya que muchos militares aún mantenían simpatías monárquicas. Azaña
impulsó varias reformas para reducir el número de oficiales y aumentar la fidelidad del ejército
al nuevo régimen. Estas reformas incluyeron una ley de retiro de oficiales, que resultó en la
salida de la mitad del personal militar, y recortes presupuestarios. Además, se creó una
Guardia de Asalto, lo que provocó malestar entre algunos sectores del ejército. En cuanto a la
cuestión laboral, el gobierno, con el PSOE a la cabeza, llevó a cabo reformas laborales como la
jornada de 8 horas y el inicio de la creación de la seguridad social.

ELECCIONES DE JUNIO 1931 Y PRIMER GOBIERNO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA


En junio de 1931, el gobierno provisional preparó una nueva ley electoral, que establecía el
sufragio masculino y universal para mayores de 23 años y una corte unicameral. Las
elecciones transcurrieron con normalidad y los resultados reflejaron una clara victoria de las
fuerzas de izquierda. El PSOE fue el partido más votado, con el 25% de los votos, seguido por
el Partido Radical Republicano con el 19%. De esta forma, se formó el primer gobierno de la
República, con Alcalá-Zamora como presidente de la República y Azaña como presidente del
gobierno. Este gobierno continuó con el programa reformista y constituyente que había
comenzado el gobierno provisional.

Una de las reformas más significativas fue la concesión del voto a las mujeres, aunque este
derecho era consultivo y no legislativo. Durante la dictadura de Primo de Rivera, las mujeres ya
pudieron presentarse como candidatas, lo que marcó un hito en la historia política de España.
Sin embargo, el sufragio femenino fue un tema polémico. Algunos, como Victoria Kent, se
opusieron al voto femenino, argumentando que las mujeres probablemente votarían de manera
conservadora, influenciadas por sus maridos y con una visión política poco madura. Por otro
lado, Clara Campoamor defendió el derecho de las mujeres a votar, basándose en la idea de
que las mujeres debían tener derecho a elegir simplemente por ser seres humanos. Al final, se
aprobó el voto femenino, apoyado principalmente por los republicanos de derechas y
socialistas.

LA CONSTITUCIÓN DE 1931
La Constitución de 1931 fue una de las más progresistas y reformistas de la historia de España.
Buscaba establecer un modelo de Estado profundamente democrático y rupturista, con una
clara voluntad de cambio social. Reconocía la soberanía nacional a través del sufragio
universal, tanto masculino como femenino, para mayores de 23 años. El sistema político
establecido era parlamentario, con una corte unicameral que elegía a los compromisarios que,
a su vez, designaban al presidente de la República. Este presidente proponía un presidente del
gobierno, que debía ser refrendado por las cortes. Así, el poder ejecutivo quedaba dividido
entre el presidente de la República y el presidente del gobierno, siendo este último el de mayor
poder. El poder judicial, por su parte, se declaraba independiente.

En cuanto a los derechos y libertades, la Constitución de 1931 fue muy avanzada,


reconociendo derechos tanto colectivos como individuales, con un fuerte carácter laicista. Se
eliminó la presencia de lo religioso en el ámbito público y se permitió el divorcio, el matrimonio
civil y la creación de cementerios laicos, entre otras reformas. Además, el gobierno se
reservaba el derecho a la expropiación de bienes con fines públicos. En cuanto al modelo
territorial, aunque se declaraba que España era un Estado integral, se preveían estatutos de
autonomía para varias regiones, como Cataluña, el País Vasco y Galicia. La Constitución fue
aprobada por mayoría en las cortes, pero sin consenso social, lo que provocó tensiones dentro
de la sociedad y el espectro político, pues muchos consideraban que algunos de sus principios
eran inasumibles.

9.2. El bienio reformista: Reformas estructurales


y realizaciones sociales, culturales y
territoriales. Reacciones desde los diversos
posicionamientos.

Reforma territorial (nacionalismos regionales)


Tras la proclamación de la Segunda República, el nacionalismo catalán tomó fuerza
rápidamente. Francesc Macià proclamó la República Catalana de manera unilateral, algo que
no estaba pactado en el acuerdo previo de San Sebastián. Para evitar conflictos, el gobierno
republicano negoció con Macià y alcanzaron un acuerdo: Macià disolvería la República
Catalana a cambio de que se otorgara a Cataluña una autonomía política dentro del Estado
español. De esta forma, se creó la Generalitat de Cataluña como institución de autogobierno. A
la muerte de Macià en 1933, fue sucedido por Lluís Companys. Bajo la autoridad de la
Generalitat se elaboró el Estatuto de Autonomía de Núria, que establecía las bases del
autogobierno catalán.

Por su parte, el nacionalismo vasco en esta época era muy distinto al catalán: era
fundamentalmente conservador y católico. Estas características provocaron tensiones con el
gobierno republicano, que era de tendencia claramente de izquierdas. Los vascos redactaron
su propio proyecto de estatuto, el Estatuto de Estella, en el que se planteaba un gobierno vasco
confesional y conservador. Sin embargo, el contenido del Estatuto de Estella era incompatible
con los principios de la nueva Constitución republicana y resultaba inaceptable para un
gobierno de izquierdas, por lo que no fue aprobado. En Galicia, aunque también existían
movimientos autonomistas, no consiguieron ejercer suficiente presión sobre el Estado, por lo
que su proyecto de autonomía quedó en suspenso.

La República y la cuestión religiosa


Uno de los temas más sensibles en el primer bienio de la República fue la cuestión religiosa. El
nuevo régimen, de ideología mayoritariamente de izquierdas, impulsó una política destinada a
reducir la influencia de la Iglesia en la vida pública. La Constitución de 1931 estableció
claramente la separación entre Iglesia y Estado y planteó como objetivos secularizar la vida
civil, implantar el matrimonio civil y el divorcio, eliminar la enseñanza religiosa en la escuela
pública y disolver órdenes religiosas como la Compañía de Jesús. Además, se promulgó la Ley
de Congregaciones, que limitaba el número y las actividades de las órdenes religiosas.

El ambiente anticlerical alcanzó su momento más tenso en mayo de 1931, con la quema de
conventos en varias ciudades. El gobierno republicano actuó con poca contundencia para
frenar los disturbios, lo que provocó una importante pérdida de apoyo entre sectores
moderados e intelectuales, además de aumentar la oposición de los católicos y del clero, que
se tornaron abiertamente antirrepublicanos.

La reforma militar de Azaña


El ejército español arrastraba problemas estructurales graves, agravados por su tradicional
vinculación a la monarquía. Por ello, Manuel Azaña, ministro de la Guerra en el gobierno
provisional, impulsó una profunda reforma militar con tres objetivos principales: reducir la
macrocefalia de las fuerzas armadas (exceso de mandos intermedios y oficiales), garantizar la
fidelidad del ejército a la República y eliminar el pretorianismo, es decir, la tendencia del ejército
a intervenir en política.

Una de las primeras medidas fue la Ley de Retiro de Oficiales, que permitía a los militares
retirarse voluntariamente manteniendo su sueldo. Esta medida redujo el número de oficiales y
alivió la macrocefalia. Además, se suprimieron muchos cargos intermedios, lo que provocó el
descenso de rango de numerosos oficiales, aumentando su descontento. Azaña también cerró
la Academia Militar de Zaragoza, donde se formaban oficiales como Francisco Franco, y creó la
Guardia de Asalto, un nuevo cuerpo policial destinado específicamente a proteger el régimen
republicano.

A pesar de estas reformas, el malestar en el ejército creció. Sectores militares comenzaron a


conspirar contra la República, lo que desembocó en el primer intento de golpe de estado en
agosto de 1932, liderado por el general Sanjurjo. El golpe fracasó, pero dejó claro que el
ejército seguía siendo un problema latente para la estabilidad del nuevo régimen.
REACCIONES ANTE LAS REFORMAS: FIN DEL BIENIO REFORMISTA

Como consecuencia de las reformas impulsadas durante los primeros años de la República, la
base social que apoyaba al nuevo régimen empezó a debilitarse. En el ámbito de la derecha,
las clases medias comenzaron a perder la confianza en el sistema republicano, ya que
percibían las reformas como excesivamente radicales y el laicismo del Gobierno como una
amenaza a sus valores tradicionales. Por su parte, las clases altas, representadas por la
oligarquía terrateniente, la banca y los grandes industriales, rechazaban de manera frontal
medidas como la reforma agraria y veían en las políticas republicanas un peligro para la
propiedad privada. El apoyo económico de estos sectores, junto con la colaboración de parte
del Ejército, favoreció el surgimiento de conspiraciones contra la República, como fue el caso
de la Sanjurjada.

Al mismo tiempo, el descontento también se extendió entre parte de la izquierda. Muchos


sectores populares, especialmente los jornaleros, consideraban que la República no había
dado respuesta efectiva a sus problemas fundamentales, lo que generó un creciente
sentimiento de deslealtad entre las fuerzas obreras. Dentro del PSOE surgió una clara división
entre dos líneas: por un lado, la moderada, encabezada por Julián Besteiro, y por otro, una
corriente más radical, liderada por Largo Caballero, cuya influencia terminaría imponiéndose.

El Partido Comunista de España (PCE) seguía teniendo un peso minoritario en esta etapa,
mientras que los anarquistas, directamente opuestos a la República, apostaban por su
destrucción para construir una sociedad libertaria. Para estos grupos revolucionarios, la
República era simplemente una fase de transición hacia modelos más radicales, como la
dictadura del proletariado en el caso de los marxistas, el régimen soviético para los comunistas
o el comunismo libertario para los anarquistas.

A finales de 1932 se produjo una nueva oleada de insurrecciones anarquistas que pretendían
derrocar la República. Uno de los episodios más graves fue el de los sucesos de Casas Viejas,
donde los campesinos ocuparon tierras, quemaron registros de propiedad y acabaron
asesinando a dos guardias civiles. La respuesta del Gobierno de Azaña fue dura: envió a la
Guardia de Asalto, que actuó con una violencia extrema, provocando 26 muertos. Esta
represión severa dañó gravemente la imagen pública del Gobierno, provocó una crisis política y
llevó a la salida del PSOE del ejecutivo. Finalmente, ante el deterioro de la situación, Azaña se
vio obligado a convocar nuevas elecciones en noviembre de 1933.

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