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Leónidas, El León Que Aprendió A Rugir

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“Leónidas, el león que aprendió a rugir”

Había una vez un león llamado Leónidas que vivía en la vasta sabana africana, rodeado de altos
pastizales, árboles dispersos y ríos que reflejaban el sol dorado. Leónidas era grande y
majestuoso, con una melena dorada que brillaba al sol, pero había algo que lo hacía diferente
de los demás leones: no sabía rugir. Cada vez que intentaba, salía un sonido pequeño y agudo,
parecido a un “miau” o un suspiro, que hacía reír a los otros animales.

Al principio, Leónidas trató de ignorarlo. Pensaba que su tamaño y fuerza serían suficientes
para ganarse el respeto. Pero pronto se dio cuenta de que todos los animales lo miraban con
curiosidad o, peor aún, con una sonrisa burlona. Él quería ser un verdadero rey de la sabana,
pero sentía que su voz pequeña lo hacía débil.

Decidido a cambiar, Leónidas emprendió un viaje para aprender a rugir. Caminó por la sabana
y se encontró con distintos animales que le ofrecieron consejos.

Primero, visitó a la jirafa sabia que vivía cerca del lago. Con su cuello larguísimo y sus ojos
tiernos, la jirafa le dijo:

—Leónidas, para rugir con fuerza debes respirar profundamente y confiar en tu voz interior.
No todos los rugidos vienen de la garganta; algunos vienen del corazón.

Leónidas practicó durante días, inspirando aire y expulsándolo con fuerza. Pero aún así, su
rugido sonaba débil. Desanimado, siguió su camino y llegó hasta el viejo elefante, conocido
como Trompón. Con sus enormes patas y trompa poderosa, Trompón le enseñó a mover el
pecho y el diafragma, explicándole que la fuerza del rugido viene de la combinación del aire,
los músculos y la intención.

—No se trata solo de fuerza —le dijo Trompón— sino de valentía. Cuando tengas valor, tu
rugido resonará.

Leónidas practicó y practicó, pero algo seguía faltando. Una noche, mientras descansaba bajo
un baobab, escuchó los gritos de una manada de cebras atrapadas en un barranco. El león
sintió un miedo inicial, pero algo dentro de él le decía que debía actuar. Corrió hacia el
barranco y, aunque su rugido era aún pequeño, gritó con todo su corazón:

—¡No se preocupen! ¡Yo los salvaré!

Los otros animales de la sabana, inspirados por su valentía, acudieron en su ayuda: elefantes
levantaron troncos para formar un puente, monos tiraban lianas y antílopes guiaban a las
cebras hacia la salida segura. Gracias a la valentía de Leónidas y la cooperación de todos, las
cebras lograron escapar del barranco.

Ese día, Leónidas comprendió algo muy importante: no es la fuerza del rugido lo que hace a
un león grande, sino la valentía, la bondad y la determinación de ayudar a los demás.
Aunque su rugido seguía siendo pequeño, todos los animales lo respetaban y admiraban como
un verdadero rey de la sabana.

Con el tiempo, Leónidas se convirtió en un líder querido y justo. Nunca dejó de practicar su
rugido, y cada día se sentía un poco más fuerte, pero ya no necesitaba que fuera potente para
sentirse valiente. Descubrió que el corazón de un rey no se mide por la voz, sino por los actos.
Y así, Leónidas vivió feliz, recorriendo la sabana, ayudando a todos los que lo necesitaban y
enseñando a los más jóvenes que la verdadera grandeza viene de dentro, no del sonido que
emite tu garganta.

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