Número equivocado - hombre correcto
Riley Flowers
Índice
Title Page
Aviso de derechos de autor y descargo de responsabilidad
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Capítulo Dieciocho
Capítulo Diecinueve
Capítulo Veinte
Capítulo Veintiuno
Capítulo Veintidós
Capítulo Veintitrés
Capítulo Veinticuatro
Capítulo Veinticinco
Capítulo Veintiséis
Capítulo Veintisiete
Capítulo Veintiocho
Capítulo Veintinueve
Capítulo Treinta
Capítulo Treinta y uno
Capítulo Treinta y dos
Epílogo
Hola, querida lectora!
¡Una sorpresa para ti!
Información sobre Riley
Aviso de derechos de autor y descargo de
responsabilidad
Copyright © 2025 Riley Flowers
Todos los derechos reservados, incluida la reproducción total o
parcial por cualquier medio.
Este libro es una obra de ficción. Todos los personajes y situaciones
son producto de la imaginación de la autora. Cualquier semejanza
con personas reales, vivas o fallecidas, es pura coincidencia.
Este libro contiene escenas explícitas y no es apto para lectores
menores de 18 años.
Capítulo Uno
Ella
Cuelgo el teléfono y echo un vistazo al enorme y barato reloj
que cuelga sobre la puerta.
El segundero tiembla, da la impresión de que se ha atascado y
luego avanza hasta la pequeña raya entre el ocho y el nueve. Otro
segundo de este turno que se va. Solo quedan siete minutos y
diecisiete segundos.
El segundero repite su actuación. Siete minutos y dieciséis
segundos.
Puedo sobrevivir ese tiempo. Alcanzo el ratón, preparada para
hacer una última llamada antes de terminar el día.
—¡Ella!
La cara petulante de mi jefe de turno, Jerry Reid, aparece por
encima de las delgadas paredes del cubículo.
Uf, quizás no sobreviva después de todo. Cada encuentro que
he tenido con Jerry siempre ha durado mucho más de lo que debería
y me ha dejado con la sensación de necesitar una larga ducha
caliente. Incluso cuando no me toca, y normalmente encuentra
alguna razón para poner una mano en mi hombro o rozarme
«accidentalmente»; me hace sentir sucia.
Le llamaría comadreja, pero eso no es justo para los
verdaderos miembros de la familia de las comadrejas. Estoy
bastante segura de que rechazarían a Jerry.
Jerry enseña los dientes en lo que él cree que es una sonrisa
encantadora, pero que solo llama la atención sobre sus rasgos
afilados, propios de una comadreja.
—Estás aún más guapa que cuando llegaste esta mañana.
¿Qué haces esta noche?
Fuerzo mi boca en una pequeña pseudo sonrisa que sé que no
llega a mis ojos y busco paciencia en mi interior. La voy a necesitar.
El pequeño dolor de cabeza que ha estado pulsando en los bordes
de mi conciencia durante las últimas horas sube la apuesta y me
apuñala las sienes.
—Club de lectura —le digo. No es una mentira completa.
—¡Oh! —Jerry se mete los carrillos entre los dientes y se pierde
en un profundo pensamiento. Bueno, la versión de Jerry de un
pensamiento profundo, que no es profundo en absoluto. La mayoría
de sus pensamientos giran en torno a cómo meterse bajo la falda de
cualquier chica que le haya llamado la atención. Durante las últimas
semanas, esa chica he sido yo.
Justo mi suerte.
—¿Y después de eso? Toda esa lectura y charla sobre la lectura
tiene que dar sed. Solo pensarlo me hace querer tomar una copa o
dos. ¿Qué t parece si nos juntamos en esa cervecería de la calle?
Pediré una pizza y un par de jarras de cerveza, y luego tú y yo
podemos...
—Lo organizo yo —interrumpo apresuradamente—, lo que
significa que tengo que limpiar, y como termina bastante tarde... —
dejo que la idea se desvanezca. No hay manera de que mencione la
palabra «cama» en presencia de Jerry. Lo tomaría como una
invitación.
—¿Y este fin de semana?
Jerry es un pésimo jefe. Siempre está a un comentario
inapropiado de una demanda por acoso sexual, pero nadie puede
decir que no sea persistente.
Mi mente va a toda velocidad.
—Um, tengo una cirugía dental después del trabajo el viernes.
—Vale, no es la excusa más original, pero ha sido un día largo. Mi
cerebro simplemente no tiene la energía para ser creativo.
—¿En serio? —El ceño de Jerry se frunce—. Es la primera vez
que oigo hablar de eso. ¿No has pedido ningún día libre?
Tiene razón. No lo hice. Principalmente porque no tengo cita
con el dentista, pero incluso si la tuviera, no puedo permitirme
tomarme tiempo libre. No es como si este sitio ofreciera baja por
enfermedad pagada. Tengo facturas que pagar.
No debería haber dicho eso. Factura es una palabra muy mala
en mi mundo.
El dolor de cabeza explota hasta convertirse en una migraña
en toda regla mientras la bilis se agita en mi estómago. Esta mañana
me he despertado con un recordatorio de que pronto vence otro
pago. Y el día de cobro está cerca. Y no estoy segura de hasta
dónde puedo estirar ese cheque.
—Pedí la cita para después del trabajo y tengo todo el fin de
semana para recuperarme.
—Ya veo. Bueno, quizás la semana que viene podamos
coordinar nuestros horarios.
Ni en broma, pero no voy a decírselo.
—Quizás.
Mi mirada se desliza por encima de la cabeza de Jerry hasta el
enorme reloj. Cinco minutos más y seré libre.
—Ah, por cierto...
Ay, no. Conozco ese tono. Jerry no se ha tragado mis excusas
después de todo. Coge un papel del portapapeles que lleva
permanentemente en las manos. Lo lleva para parecer ocupado en
las raras ocasiones en que aparece su propio jefe.
Agita el papel delante de mis ojos.
—Hay que contactar con estos números antes de que termine
el día. Iba a pedirle a Paula que lo hiciera, pero ella no puede
quedarse hasta tarde. No te importa encargarte, ¿verdad?
—Pero hay, como, más de veinte nombres ahí.
—Lo sé. Algunas de las chicas se han retrasado con sus
llamadas. —Traducción: las chicas que no le rechazaban
constantemente habían estado coqueteando con él en vez de hacer
sus llamadas—. Y tú eres tan buena.
—¡Pero mañana tengo el primer turno! Debo estar aquí unos
minutos antes de las ocho, como muy tarde.
Ya son las seis y me llevará unas horas revisar todos los
nombres, lo que significa que lo más pronto que saldré de aquí
serán las nueve.
—Como he dicho, eres buena. No solo haces el mejor trabajo
consiguiendo acuerdos, sino que también eres eficiente. —Menea la
lista de la misma manera que un pescador mueve un gusano
enganchado delante de una trucha gigante—. Probablemente no le
llevará mucho tiempo. Y justo estabas pidiendo unas horas extra.
Incluso podrías hacer algunas ventas adicionales y la comisión sería
toda tuya.
El recuerdo de la llamada que recibí esta mañana y el tamaño
de la factura que tengo que pagar se cierne en mi mente.
—Vale. —Le arrebato el papel de la mano y lo aliso sobre mi
apretado escritorio—. Lo haré.
—Gracias, Ella. Eres la mejor. —Jerry desaparece al otro lado
de la pared de mi cubículo. Le oigo silbando una melodía alegre.
Probablemente va a ver si cualquiera de las chicas que debería haber
hecho todas estas llamadas quiere salir con él ahora que no tiene
que quedarse hasta tarde para terminar su trabajo.
Exhalo un suspiro, me coloco los auriculares y me ajusto el
micrófono antes de marcar el primer número de la lista.
Cuanto antes empiece con este lote, antes llegaré al último
número, y antes podré irme a casa.
Capítulo Dos
Jason
Mis nervios vibran de energía sin usar mientras merodeo por la
planta baja de mi casa. Justo fuera, las luces centellean sobre el
oscuro lago, pero a pesar de haberme dejado la piel para colocarme
en una posición donde puedo disfrutar de unas vistas de un millón
de dólares del lago Michigan, no consigo relajarme lo suficiente para
realmente apreciarlas. A veces pienso que ese es el problema: ahora
que no solo he alcanzado mi meta de éxito financiero, sino que la he
superado con creces, no sé qué hacer conmigo mismo.
No queda nada por lo que esforzarme.
Cometí el error de mencionárselo a mi madre hace unos
meses, y no perdió tiempo en señalarme que ahora es el momento
perfecto para obsesionarme menos con ganar otro millón de dólares
que realmente no necesito.
Después de todo, hay un límite a cuánto dinero puedo gastar,
especialmente cuando —dice ella— debería estar dirigiendo mi
atención a encontrar una buena mujer y formar una familia.
Lo he intentado. He salido con mujeres hermosas, deseables,
he tenido relaciones con mujeres capaces de cumplir todas mis
fantasías, pero cada vez me quedo sintiendo... nada.
Solo hubo una mujer que deseaba y se marchó, desapareció
de mi vida sin una sola palabra y sin dejar ni un rastro que pudiera
utilizar para encontrarla.
Y intenté encontrarla. Dios sabe que lo intenté. Nunca me he
esforzado tanto por nada en toda mi vida. Y todo fue en vano.
La habitación justo debajo de mí alberga un elaborado
gimnasio casero lleno de todo tipo de juguetes, cada uno diseñado
para ayudarme a quemar mi exceso de energía, pero no me apetece
bajar allí. No ahora mismo.
Levantar pesas es la forma en que normalmente lidio con este
tipo de exceso de energía. El esfuerzo y la fuerza requeridos no solo
me obligan a concentrarme, sino que también me impiden volver a
los días en que parecía un esqueleto de cuarenta kilos. Y aunque la
idea de bajar y hacer peso muerto con unos cientos de kilos me
resulta muy atractiva, ya he pasado unas horas entrenando y
levantando pesas con un colega mío esta mañana.
Me gusta demasiado levantar pesas como para excederme y
lesionarme; lo que me obligaría a tomarme varias semanas de
descanso.
Correr es otra buena opción. Si fuera solo una hora antes, eso
es lo que haría, pero odio correr en mi cinta; me hace sentir
claustrofobia.
Prefiero sentir el aire exterior en mi cara y escuchar el
golpeteo de mis zapatillas en el pavimento, pero el sol se pondrá en
unos minutos y correr después del anochecer, incluso en esta parte
de Chicago, es buscar problemas. Una lección que aprendí por las
malas hace unos años, cuando un chaval con acné y una
semiautomática me atracó.
Es una lástima que mi compañero de sparring esté fuera de la
ciudad. Lanzar unos cuantos puñetazos a un cuerpo cálido es
exactamente el tipo de cosa que necesito ahora mismo.
Como ninguna de mis opciones de entrenamiento me parece
viable, me sirvo un chupito de whisky y recorro a zancadas el salón.
Me detengo frente a mi estantería para coger la biografía de Millard
Fillmore y llevarla conmigo al sofá.
Veinte minutos después, el whisky ha calentado mi sangre y
me ha quitado suficiente energía como para poder sumergirme en la
batalla de ingenio del futuro presidente Fillmore con el partidario
antimasónico Thurlow Weed.
Mi smartphone cobra vida bruscamente, tiembla y se sacude
por la mesa de café junto a mí mientras la versión instrumental de
Hamilton's Ten Dual Commandments resuena a través del pequeño
altavoz.
Sin apartar la mirada del texto impreso, cojo el móvil y pulso el
botón de responder.
—¿Sí?
—Hola, le llamo de Unity Seguros Médicos Complementarios.
Me gustaría hablarle sobre lo preparado que está usted para una
emergencia médica.
Me incorporo de golpe. La biografía de Fillmore se me cae de
las manos y aterriza en la alfombra con un golpe sordo.
No escucho las palabras del interlocutor. No hace falta. Lo
único que importa es esa voz. La reconocería en cualquier parte. Es
la misma voz que ha atormentado mis sueños durante los últimos
siete años.
Me lleva un momento encontrar mi voz, formar una sola
palabra. Pronunciar el nombre de la persona de quien había
empezado a sospechar que nunca más volvería a saber.
—¿Ella?
Capítulo Tres
Ella
Me arranco los auriculares y me apresuro a desconectar la
llamada. El sudor empapa mis palmas y mi corazón retumba contra
mis costillas. Ruedo la silla hacia atrás hasta que hay suficiente
espacio para apoyar los antebrazos en mis muslos y dejar caer la
cabeza por debajo de mis rodillas.
Respira, me digo a mí misma mientras el pánico araña el
interior de mi pecho. Solo una respiración tras otra. Lentamente.
Dentro y fuera. Concéntrate en eso; no pienses en la llamada.
A pesar de mis mejores esfuerzos, no puedo evitar que mi
mente viaje al pasado.
Esa voz. La reconocería en cualquier parte.
Hace poco más de siete años, la escuché por primera vez
mientras esperaba una bebida en un pequeño bar junto a la playa.
Entonces, me había provocado escalofríos por toda la columna
vertebral y me había debilitado las rodillas.
Levanto la cabeza y miro la pantalla del ordenador. El número
que marqué aparece en negrita junto al nombre de Duncan
Kilpatrick. Pero no es Duncan Kilpatrick quien ha respondido. Esa voz
pertenecía a Jason Monroe. Cambió la trayectoria de mi vida para
siempre.
Nunca pensé que volvería a escucharla. No he querido volver a
escucharla.
O Jason y Duncan son amigos y Jason contestó el teléfono de
Duncan, o el sistema informático se estropeó y emparejó el nombre
equivocado con el número equivocado. No sería la primera vez que
ocurre algo así. Probablemente tampoco la última.
Por supuesto, las otras veces que he experimentado ese fallo
informático, los episodios habían sido ligeramente divertidos. Y como
yo era a quien Jerry recurría para corregir el problema, ya que
trabajaba más rápido y hacía un mejor trabajo que el departamento
de IT, habían sido lucrativos. Tan lucrativos como puede ser
cualquier cosa en mi vida, de todos modos.
Esta vez no.
—¿Estás bien, querida? —El sonido de la voz de Flo Atkins me
hace dar un respingo. Había olvidado que estaba aquí, limpiando
silenciosamente mientras yo trabajaba con la lista.
Asiento y le ofrezco una débil sonrisa.
—Sí.
Los acuosos ojos azules de Flo se entrecierran y su frente se
arruga.
—¿Estás segura? Estás muy pálida. Y vi cómo reaccionaste
cuando hiciste esa llamada. Si no supiera más, parecía como si
alguien hubiera recibido la peor noticia de su vida.
—Solo estoy cansada, supongo. —Me siento ligeramente más
estable, alargo la mano y apago el ordenador—. Por suerte he
terminado. Es hora de irme a casa y dormir un poco.
Flo apoya su escoba contra el lateral de una mesa y se acerca
a mí, sus gruesos zapatos ortopédicos chirriando con cada paso.
—¿Estás segura de que es buena idea? Mira cómo te tiemblan
las manos. ¿Te has hecho pruebas de diabetes? ¿Es posible que
tengas el azúcar bajo?
Me cuesta toda mi energía mantener la paciencia y no
contestar mal a Flo. Como enfermera jubilada que usa el trabajo de
limpieza para complementar su pensión, siempre está pendiente de
la salud de todos.
Y conmigo es aún peor. Eso es lo que obtengo por formar una
relación personal con ella. Ha habido momentos en que Flo me ha
mantenido cuerda, pero esta noche —ahora mismo— mimos y
dulzura es lo último que necesito.
Me levanto, cojo el abrigo del respaldo de la silla y me lo
pongo.
—Tengo un poco de hambre, pero no soy diabética ni nada por
el estilo, así que no hay peligro de que me desmaye antes de llegar
a casa y prepararme un sándwich. No tienes que preocuparte por
eso.
Flo no está convencida.
—No sé. Las cosas pueden cambiar rápido, y me sentiría fatal
si te ocurriera algo antes de llegar a casa... Al menos prométeme
que llamarás a un taxi, que no vas a ir caminando como siempre
haces.
Giro el cuerpo para que Flo no pueda ver mi mano derecha y
cruzo los dedos.
—Te lo prometo.
Como si pudiera permitirme la tarifa de un taxi para los cinco
kilómetros que hay desde aquí hasta mi pequeño apartamento... Al
ritmo que van las cosas, seré más vieja que Flo antes de poder
permitirme algo tan lujoso como darme el capricho de un taxi, y eso
solo si tengo mucha suerte.
Fuera, la lluvia cae débilmente en una de esas lloviznas
taciturnas que hacen que la ciudad parezca oscura y húmeda, el
lugar más alejado de lo que se podría considerar un hogar. Levanto
la cara, dejando que las gotas heladas laven el cansancio de mis
ojos e intento procesar lo que acaba de ocurrir.
¡Jason Monroe!
Hasta hace poco más de un año, ni siquiera conocía su
apellido. Aquella noche nunca llegamos al punto de intercambiar
apellidos. En las raras ocasiones en que la gente preguntaba por él,
simplemente decía que era un buen chico, que habíamos disfrutado
de una noche juntos y seguimos con nuestras vidas, mientras
ignoraba las miradas reprobatorias que recibía como respuesta.
Técnicamente, cada vez que contaba la historia, era la verdad,
pero no se acercaba ni de lejos a lo que ocurrió. Incluso ahora, más
de siete años después, el recuerdo de lo que hicimos, de cómo me
sentí, me hace sonrojar. Decir que hizo temblar mi mundo es
quedarse muy corto. Había sido el tipo de experiencia mágica que
uno supone que solo ocurre en novelas románticas y películas, no en
la vida real.
Y me alejé.
Hace aproximadamente un año, estaba hojeando una revista
en la cola de la caja del supermercado y prácticamente me llevé el
susto de mi vida cuando una foto de su hermoso rostro saltó ante
mis ojos.
Era lo último que esperaba ver. Estaba tan aturdida y deseosa
de tener alguna noticia sobre él, que compré la revista, aunque
apenas podía permitírmelo, y me apresuré a llegar a casa para leer
el artículo que lo acompañaba.
Al parecer, en los años transcurridos desde nuestra noche de
pasión, se ha convertido en una especie de genio informático. No
solo ha fundado su propia empresa de software, sino que ha creado
y posee patentes de unos siete u ocho de los programas
informáticos más exitosos del mercado. Justo antes de que la revista
saliera a la venta, su patrimonio neto personal había superado la
marca de los mil millones de dólares.
Chapoteo a través de pequeños charcos, empapando mis
zapatos y el bajo de mis vaqueros, y considero cómo ni siquiera
estoy cerca de llegar a fin de mes mientras él ha ido acumulando
una fortuna. No sé si debería reírme o llorar por la situación.
¿Pensará alguna vez en mí?
Sería justo que lo hiciera. No ha pasado un solo día desde que
nos separamos en que su recuerdo no haya cruzado por mi mente y
no me haya preguntado si hice lo correcto al alejarme.
Giro hacia mi calle y observo el enorme edificio de
apartamentos que alberga mi rincón del mundo. Normalmente no
presto atención a los ladrillos descoloridos, la escalera de incendios
deteriorada o la completa falta de jardinería, pero esta noche, con el
sonido de Jason pronunciando mi nombre resonando en mis oídos,
no puedo evitar notar lo destartalado que está el lugar.
Especialmente en comparación con el tipo de lugar en el que él
seguramente debe vivir.
Estoy tan absorta en mis pensamientos que casi llego a la
puerta de mi apartamento antes de ver y reconocer la figura
recostada contra la pared fina como el papel.
¡Mierda!
Como si la noche no hubiera sido ya lo suficientemente larga y
dura, ahora —por encima de todo— tengo que lidiar con Abe
Bianchi, el hijo predilecto del principal jefe de la mafia de Chicago y
el mayor dolor de cabeza que tengo.
Capítulo Cuatro
Ella
—Ella, Ella, Ella… —Abe se separa de la pared mientras sus
ojos se deslizan lentamente sobre mí, deteniéndose en las curvas de
mis pechos bajo el abrigo húmedo antes de bajar para medir
visualmente mis caderas. La punta de su lengua asoma para
humedecer sus labios perpetuamente agrietados—. Te has tomado
tu tiempo para llegar a casa esta noche. Empezaba a pensar que no
vendrías.
—¿Qué haces aquí? —La furia al verle delante de mi
apartamento me endereza la columna. Pero el miedo a lo que puede
hacerme mantiene mi tono respetuoso. Dos tipos enormes sin cuello
y con expresiones pétreas esperan a mitad del pasillo. Sus
guardaespaldas. Una sola palabra de Abe y me matarían o me darían
una paliza casi mortal.
Una pequeña sonrisa reptiliana se extiende por el rostro ancho
y poco agraciado de Abe, dejando al descubierto sus dientes
frontales amarillentos y astillados mientras sus ojos grises centellean
entre los pliegues de grasa. Camina lentamente hacia mí. Me obligo
a mantenerme firme, a pesar de mi abrumadora necesidad de salir
corriendo y encerrarme en mi apartamento.
No me serviría de nada. Los dos hombres sin cuello y con
expresiones aburridas que están a mitad del pasillo son más que
capaces de derribar la puerta si Abe se lo ordena, y nadie en este
edificio consideraría siquiera llamar a la policía, y mucho menos
hacer algo para ayudarme.
Este es un edificio de apartamentos donde se hace la vista
gorda, especialmente cuando se trata de señores del crimen locales
como Abe Bianchi.
Abe no se detiene hasta que está tan cerca que su aliento a
cerveza mueve mi cabello. Abe no es el tipo de hombre al que le
importa si está invadiendo el espacio personal de alguien. No sé si es
porque carece de las habilidades sociales necesarias o porque quiere
intimidar. Sospecho que es un poco de ambas cosas.
Cierro las manos en puños para ocultar su temblor.
—Así que, Ella —dice—, ¿qué has estado haciendo todo este
tiempo?
Me muerdo el labio, ocultando mi miedo.
—Trabajando...
Abe suelta una carcajada. El sonido me recuerda a un
documental que vi sobre leones marinos.
—¿Trabajando? Ella, trabajas demasiado. Te lo he dicho mil
veces, si fueras un poco más amable conmigo, las cosas serían más
fáciles para ti. ¿Cuándo vas a entenderlo?
Intento escabullirme, pero él me bloquea el paso.
Sus dedos cortos se envuelven alrededor de mi brazo,
clavándose en el músculo y manteniéndome en el sitio. Necesito
todo mi sentido de autopreservación para luchar contra el instinto de
clavarle la rodilla en la entrepierna. Sus guardaespaldas caerían
sobre mí como moscas en la miel antes de que Abe tocara el suelo, y
ni siquiera mi imaginación hiperactiva se atreve a considerar lo que
me pasaría entonces.
Abe se acerca más y presiona su cuerpo contra el mío. Su
excitación se presiona contra mi muslo.
La bilis sube por mi garganta.
—Sería muy bueno contigo —dice en lo que, supongo, cree
que es un murmullo sexy—. ¿Cuándo vas a entenderlo?
Lo cierto es que podría serlo. Según lo que me han contado,
cuando Abe toma a una mujer bajo su protección, la trata como a
una princesa. Todo son cenas espontáneas en París, esquí en los
Alpes y diamantes relucientes. Y borraría mi deuda. Todo lo que me
costaría es mi amor propio.
Pero entonces, ¿qué?
He oído rumores sobre las mujeres que se han sometido a sus
deseos y han calentado la cama de Abe. Tiene la capacidad de
atención de una ardilla. Si no pueden mantener su interés, y por lo
que me han dicho, ninguna lo consigue, no solo las descarta. Les
hace pagar por el tiempo que compartieron con él, como si fuera
una especie de Dios que les hizo un favor al prestarles atención, y
esas son las afortunadas.
Si su padre se involucra y decide que han ofendido a su hijo...
Me niego a dejar que mi mente vaya por ese camino en particular.
—El próximo pago no vence hasta el viernes que viene, y lo
tendré.
Abe retrocede ligeramente, dándome un espacio para respirar
que necesitaba desesperadamente. Sus espesas cejas se juntan.
—¿Lo tendrás? —Suena decepcionado, lo que no es buena
señal. Abe tiene un extraño código de honor. Mientras realice mis
pagos a tiempo, no me obligará a hacer nada con lo que no me
sienta cómoda, pero si fallo en uno, aunque solo sea un día o dos de
retraso, se asegurará de que la deuda quede pagada, de una forma
u otra.
La mirada que tiene ahora en sus ojos me hace pensar que
preferiría la opción B antes que el dinero, y esa opción B...
Me tiemblan las rodillas. Hace años que no me retraso en un
pago, desde que exigieron que pusiera en uso mi conjunto de
habilidades especiales. No quiero romper mi racha ahora.
—Sí. Lo tendré.
El agarre de Abe en mi brazo se intensifica y casi puedo ver los
engranajes girando lentamente en su cabeza mientras considera sus
opciones. Por un momento, temo que se desvíe de su patrón
habitual, que esta vez aproveche su ventaja, obligándome a tomar
una decisión que he logrado evitar hasta ahora. Durante tanto
tiempo.
—¿Sabes que hay otra manera?
No respondo. Simplemente mantengo su mirada y rezo para
que mi terror no se refleje en mis ojos.
—Mi padre y yo hemos estado hablando, sobre cómo serías un
activo valioso para nuestra organización y todo eso.
Esto es nuevo. Normalmente, Abe solo quiere llevarme a su
cama, convertirme en su juguete durante unas semanas antes de
que aparezca algo mejor. Aunque él nunca añade esta última parte.
—Si aceptaras, si nos juraras lealtad, borraríamos tu deuda de
los libros. ¡Demonios, te pagaríamos!
Sé que no debería preguntar. Que no debería hacer nada que
Abe pueda interpretar como el más mínimo aliento, pero no puedo
contenerme. He trabajado tan duro en empleos sin futuro, he
renunciado a tanto solo para mantenerme al día con los intereses de
lo que debo. La idea de que la deuda desaparezca por completo es
una zanahoria demasiado tentadora para simplemente ignorarla.
—¿Qué tendría que hacer? ¿Dejarte actuar como mi proxeneta
el resto de mi vida?
Una vez más, Abe muestra sus dientes astillados en una
sonrisa animalesca.
—Ella, cariño, si vas a acostarte con alguien, será conmigo.
Mi estómago da un vuelco.
—Pero no. Sabes que tienes... otros talentos que nos gustaría
utilizar.
Un escalofrío de miedo recorre mi columna. Solo una vez me vi
obligada a pagar con algo que no fuera dinero y juré que nunca
volvería a hacerlo. Todavía tengo pesadillas y rompo en sudor frío
cuando recuerdo lo que hice, las posibles consecuencias que podría
haber tenido. Las que aún existen si alguien descubre mis acciones.
Esa fue una de las razones por las que me esfuerzo tanto en
estar al día con los pagos, incluso cuando la tasa de interés me mata
lentamente.
—No, gracias —le digo, con voz firme—. Prefiero pagaros y
mantener mi independencia.
—Bien. Solo pensé que te gustaría saber que hay otra opción,
si deseas tomarla. —Abe me suelta y da un paso atrás—. Estaré aquí
el viernes para cobrar, de una forma u otra. Pero recuerda, mi oferta
sigue en pie...
Lo observo alejarse, con sus guardaespaldas siguiéndole a
pocos pasos de distancia. No vuelvo a respirar hasta que la puerta
de la escalera se cierra de golpe tras él.
Capítulo Cinco
Ella
—¿Ya se ha marchado? —Adele Beyers, la mujer que fue mi
madre de acogida durante tres años en el instituto y que ahora es mi
compañera de piso y mi amiga más querida, no levanta la mirada de
su enorme libro de crucigramas.
—¿Abe? Sí, se ha largado. —Lástima que no pueda decir lo
mismo de la espeluznante sensación que ha dejado tras de sí. Siento
como si todo mi cuerpo estuviera cubierto de Eau de Abe. Quiero
meterme en la ducha y usar estropajo de acero para eliminar toda la
capa superior de mi piel—. ¿Cuánto tiempo estuvo fuera?
—Apareció sobre las seis, probablemente pensando que
volverías del trabajo. Se pasó todo el tiempo rondando junto a la
puerta. Las pocas veces que lo comprobé por la mirilla, estaba con el
móvil. —Un gesto de preocupación marca el rostro de Adele. Levanta
la mirada del crucigrama y me mira a los ojos—. No pude oír de qué
hablaba, pero parecía serio. ¿Te dijo algo?
Niego con la cabeza e intento no pensar en la impresión de
cómo actuaba como si no quisiera que hiciera mi próximo pago,
como si tuviera otros planes para mí, aparte de calentar su cama.
No me molesto en preguntarle si tuvo algún problema con él. A
pesar de conocerla desde hace más de diez años y considerarla lo
más parecido que tengo a una figura materna, Adele nunca ha
revelado nada sobre su pasado.
Pero sé que tiene uno. No solo fue ella quien me puso en
contacto con el padre de Abe cuando necesitaba un préstamo, sino
que tipos como Abe no solo la dejan en paz, sino que la tratan con
muchísimo respeto. Es un elemento disuasorio más eficaz que un par
de rottweilers de ataque adiestrados.
Adele me mira y entorna los ojos.
—¿Qué te pasa?
Yo era una quinceañera astuta, demasiado lista para lo que me
convenía cuando el Estado me puso bajo el cuidado de Adele. La
suya fue la sexta casa en la que había estado durante los once años
que llevaba en el sistema. Desde el primer día, ella fue diferente.
Desde el principio, le bastaba una sola mirada para calibrar mi
bienestar emocional.
—Nada, solo un día largo. —Saco un vaso de plástico del
escurridor y lo lleno con agua fría del grifo. Doy un largo trago. El
agua del grifo no sabe tan bien como la embotellada, pero es más
barata, así que me conformo.
Adele arquea una ceja y espera a que continúe.
—Tuve un encontronazo con Jerry.
Los labios de Adele se curvan hacia atrás, dejando al
descubierto sus dientes en una mueca espantosa.
—¿Qué ha hecho esta vez ese cretino con cara de comadreja?
Adele conoció a Jerry poco después de que empezara a
trabajar en el centro de llamadas y no le causó buena impresión. Si
le pidiera que eligiera entre los dos hombres que actualmente están
interesados en mí, Jerry y Abe, estoy bastante segura de que
elegiría a Abe para mí. En su mente, al menos, Abe es relativamente
honesto y directo. Jerry, en lo que a ella respecta, está por debajo
de una babosa.
—Me invitó a salir y lo rechacé, por eso tuve que trabajar hasta
tarde.
—El muy cabrón —balbucea Adele—. Deberías denunciarlo a
su jefe y exigir su cabeza en una pica. No puedo creer que todas las
mujeres de la oficina le permitan salirse con la suya con ese tipo de
comportamiento. —Me mira con dureza—. Y realmente no puedo
creer que tú aguantes esa mierda. Te eduqué mejor que eso.
Tiene razón. Lo hizo. Se aseguró de que todos los niños de
acogida que pasaron por su casa supieran cuidar de sí mismos. El
hecho de que me niegue a plantarle cara a Jerry es como una herida
abierta. Realmente le molesta.
La razón por la que no lo hago es que realmente necesito
mantener mi trabajo. El sueldo es una miseria, pero proporciona
seguro médico, y de vez en cuando, la empresa me paga extra por
arreglar algún fallo informático en su programa. Prefieren usarme a
mí antes que a su departamento de informática, porque yo termino
el trabajo más rápido y genero mejores resultados. Sigo esperando
que me ofrezcan un puesto en el departamento de informática para
poder dejar de atender llamadas y poner algo de distancia entre
Jerry y sus obscenas exigencias, pero hasta ahora eso no ha
ocurrido, y no me atrevo a presionar.
—No está tan mal. Al menos conseguiré algunas horas extras.
Adele murmura entre dientes algunas palabras que suenan
desagradables y que no logro entender bien.
—¿Ha pasado algo más? —pregunta con voz más alta.
—Solo el encontronazo con Abe. —Enjuago el vaso y lo
devuelvo al escurridor antes de abrir el frigorífico y examinar las
estanterías casi vacías. Los pocos artículos que contiene no
despiertan mi apetito.
—Estás mintiendo —dice Adele—. Ha pasado algo más. Algo
que no tiene nada que ver con la visita de Abe Bianchi. ¿Qué es?
Adele siempre ha sido capaz de leerme como un libro abierto.
Cuando estaba en el instituto, mis hermanos de acogida y yo
siempre pensábamos que era psíquica. Aunque eso no nos impedía
intentarlo.
—Solo recibí una llamada desagradable, eso es todo.
—¿Una llamada desagradable? ¿Te importaría explicarte?
—No —digo—. No me importa.
Adele me mira con ojos teñidos de preocupación.
—Hay algo que no me estás contando. —Vuelve a su
crucigrama. Una de las muchas cosas que hacían de Adele una gran
madre de acogida era que sabía instintivamente cuándo había que
presionar a uno de los niños que el estado había dejado a su
cuidado y cuándo necesitaban espacio para resolver un problema.
Ahora mismo, me está dando espacio y se lo agradezco.
Cojo un melocotón del cuenco que hay en la encimera y
camino hasta el borde de la cocina para mirar al salón. La luz que se
derrama desde la pequeña cocina es suficiente para ver que el gran
sofá marrón ha sido desplegado y convertido en una cama donde
duerme mi hija. El pequeño tamaño del bulto que forma me
preocupa. Pronto cumplirá siete años, pero es pequeña para su
edad, tan pequeña que a menudo la confunden con una niña de
cuatro o cinco años.
—¿Cómo está? —mantengo la voz baja para no despertarla.
Adele escribe algo en el libro antes de mirar hacia el salón.
—Bien, supongo. Estaba tosiendo un poco.
Se me tensa el estómago. La tos siempre me pone nerviosa.
—Hablé con su profesora ayer —continúa Adele—, y me dijo
que hay un resfriado muy fuerte circulando, así que apuesto a que
Kelsey está empezando a pillar eso.
—Eso no es bueno. —Quizás debería sacarla del colegio unos
días, hasta que pase.
No necesito mirar a Adele para saber que me está observando
con una expresión severa y de desaprobación.
—No puedes protegerla para siempre, El. Sé que es difícil, pero
tienes que dejarla vivir un poco.
Adele tiene razón, pero eso no significa que tenga que
gustarme su consejo.
—¿Y qué hay de su insulina?
—Estaba un poco baja cuando llegó a casa, pero cuando la
revisé justo cuando se preparaba para ir a la cama había vuelto a la
normalidad. Creo que nos estamos volviendo mejores regulándola.
Miro por encima del hombro a mi más antigua y querida
amiga. Ha renunciado a tanto para ayudarme. No sé qué haría sin
ella.
—Gracias —murmuro.
—No pasa nada, cariño. Os quiero a ti y a Kelsey. Haría
cualquier cosa por vosotras dos. Lo sabes tan bien como yo.
Tiene razón, pero eso no me hace sentir menos agradecida;
más bien al contrario.
Me despido de Adele y me dirijo al salón.
Mi hija, Kelsey, la luz de mi vida y toda mi razón de ser,
duerme tan profundamente que no percibe mi presencia, pero el
gato gris de pelo largo que ella me convenció de quedarnos a pesar
de que realmente no podemos permitírnoslo, abre un ojo amarillo y
me mira fijamente.
—Hola, Mal —saludo al gato, llamado así por el personaje de
ciencia ficción favorito de Kelsey, y le empujo suavemente hacia un
lado. Gruñe levemente en protesta, pero cede, quitándose de
encima del pecho de mi hija y moviéndose para tumbarse junto a su
cadera. Apoyo la palma de mi mano contra el pecho de Kelsey hasta
que siento el latido lento y constante de su corazón.
Por primera vez desde esta mañana, la tensión se alivia en mi
cuerpo.
Hace siete años, justo una semana antes de graduarme en la
universidad, descubrí que estaba embarazada. En lugar de
aterrorizarme ante la idea de ser madre soltera, esperaba la
experiencia con ilusión.
Iba a comenzar un buen trabajo tan pronto como la tinta de mi
título se secara, lo que me proporcionaría los recursos necesarios
para cuidar de un niño, y me entusiasmaba la idea de tener a
alguien en mi vida que me querría incondicionalmente.
Todo cambió cuando estaba de siete meses y una ecografía
reveló que no todo iba bien con mi niña. Había desarrollado una
enfermedad cardíaca y su pronóstico era sombrío.
Mi ginecólogo me advirtió que, sin un trasplante de corazón,
habría pocas posibilidades de que viviera más de unos días después
de su nacimiento. Y las probabilidades de eso eran... la palabra que
usó el médico fue «incalculables».
Fue como una puñalada en mi corazón. Hasta que supe que
iba a perderla, no me había dado cuenta de lo mucho que deseaba a
mi bebé.
Me negaba a creer que no hubiera ninguna esperanza, así que
recurrí a internet. Investigué hasta descubrir a un médico que había
trabajado con bebés que tenían el mismo defecto cardíaco que
Kelsey y que había salvado sus vidas. Pero estaba en Alemania y mi
seguro no cubriría el tratamiento.
Aterrorizada, llamé a lo más parecido que he tenido nunca a
una madre, Adele, y le conté toda la historia. No solo me cogió de la
mano durante toda la horrible experiencia, sino que fue ella quien
me ayudó a contactar con el padre de Abe, aunque me advirtió
sobre los riesgos relacionados con aceptar el préstamo que me
ofreció.
Acepté el préstamo, volé a Alemania, di a luz a Kelsey, y el
médico obró un milagro.
Ahora, estoy luchando por mantenerme al día con los intereses
de una deuda que me aterroriza, pero tengo una hija hermosa y
llena de vida que se ríe todo el tiempo, pasa felizmente horas viendo
una serie de ciencia ficción tras otra, y que ama a los animales.
Es pequeña para su edad y cada seis meses nos reunimos con
un especialista cardíaco que analiza su condición. Siempre existe el
temor de que su corazón empiece a fallar y que, a pesar de todos
mis esfuerzos, se encuentre esperando un corazón donante. Esa es
una de las principales razones por las que aguanto las gilipolleces de
Jerry y sigo trabajando en el centro de llamadas. El sueldo es una
mierda, el trabajo destroza el alma y los horarios son horribles, pero
proporcionan un seguro médico decente, algo que Kelsey necesita.
Como si luchar con un corazón defectuoso no fuera suficiente
para una niña pequeña, hace seis meses le diagnosticaron diabetes,
una enfermedad que me asusta casi tanto como su afección
cardíaca.
Estar aquí sentada en la penumbra y sentir el latido constante
de su corazón es suficiente para completar mi mundo. Mientras ella
sea feliz y esté sana, no necesito nada más.
Excepto dinero.
La advertencia de Abe resuena en mis oídos y la misma
sensación de inquietud que sentí en el pasillo me recorre la columna
vertebral.
Localizo mi destartalado portátil antes de regresar al sofá cama
desplegado y acomodarme junto a mi hija.
El resplandor azulado de la pantalla atrae a Adele. Entra en el
salón, me entrega una taza humeante de té y arquea una ceja.
—¿Ocurre algo? —pregunta.
Inicio sesión en mi portal de trabajo freelance favorito y
empiezo a buscar entre los anuncios.
—Abe actuó como si esperara que no tenga suficiente para
cubrir el pago de este mes y realmente no quiero descubrir por qué.
—¿Lo tienes? —pregunta Adele con voz suave.
—Va a estar justo. Si puedo conseguir uno o dos proyectos
freelance de desarrollo web y que me paguen antes del viernes por
la mañana, lo tendré.
Veo a un cliente para el que he trabajado anteriormente y
hago clic en el anuncio. El trabajo es sencillo, algo que debería poder
completar en unas pocas horas, y la cantidad que me pagarán será
justo lo suficiente para cubrir lo que mi cheque semanal no alcanza.
Acepto el trabajo y empiezo a buscar otro.
Adele se acerca y me besa en la coronilla.
—Solo ten cuidado de no trabajar tanto que tu propia salud se
resienta. Kelsey te necesita. Eres una gran madre.
Resoplo y pongo los ojos en blanco.
—Esa soy yo, supermamá —digo con tono sarcástico.
—¡Eh! —La voz de Adele es tajante—. No es algo para
burlarse. Eres una madre fantástica y lo sabes.
—No lo siento así. —Cuando era pequeña y me trasladaban de
una casa de acogida a otra, juré que, si alguna vez tenía hijos,
pasaría todo mi tiempo con ellos, me aseguraría de que supieran
que eran lo más importante en mi vida. Y mira cómo ha resultado.
Tengo a Kelsey, la niña más increíble que he conocido jamás —
y ella es mi razón para levantarme cada mañana—, pero estoy tan
ocupada que apenas la veo.
—Eleanor. —El uso de mi nombre formal por parte de Adele,
que nadie utiliza nunca, me saca de mi apatía.
La miro con los ojos muy abiertos.
Me pellizca la barbilla entre dos dedos finos pero fuertes.
—No. Te. Atrevas. A. Pensar. Que. Eres. Otra. Cosa. Que. Una.
Madre. Excepcional. —Recalca cada palabra con la misma fuerza que
Hulk mostraba al enfadarse.
Sé que es mejor no discutir con Adele, así que me muerdo la
punta de la lengua.
Satisfecha de haber dejado clara su opinión, Adele me da un
último pellizco en la barbilla antes de soltarme.
—Me voy a la cama —dice—. No trabajes demasiado esta
noche. No le harás ningún bien a Kelsey si te matas trabajando.
—No lo haré —le aseguro, sabiendo perfectamente que lo más
probable es que rompa la promesa.
***
Dos horas más tarde, con los ojos ardiendo por la fatiga,
apago mi portátil y cierro la tapa. El proyecto de desarrollo web está
completado a más de la mitad. Con un poco de suerte podré
terminarlo durante mi descanso para comer mañana y el dinero
estará en mi cuenta de PayPal para cuando termine mi turno.
Solo entonces podré respirar más tranquila respecto a mi
situación económica. Puede que tengamos que comer solo fideos
instantáneos y agua este fin de semana, pero al menos no tendré
que preocuparme por usar un método de pago alternativo para
saldar las cuentas con Abe.
Me arrastro hasta el salón y compruebo cómo está Kelsey una
última vez. Duerme con la cabeza sepultada bajo una almohada, los
brazos extendidos sobre las sábanas y con su gato acurrucado sobre
su estómago. Retiro la almohada de su cara y presiono mi mano
contra su pecho, reconfortándome con el fuerte latido de su corazón
bajo mi palma.
Me inclino y le doy un suave beso en la mejilla.
—Te quiero, pequeña —murmuro, sin importarme que esté
demasiado dormida para oírme.
Acaricio la cabeza de Mal, haciendo que arquee el cuello y
ronronee sonoramente antes de volver a mi propio y diminuto
dormitorio.
A pesar del agotamiento que pesa sobre mis músculos, estoy
demasiado inquieta para dormir. No dejo de escuchar un eco de
Jason diciendo mi nombre reverberando en mi cerebro.
Dudo durante uno o dos segundos antes de ir al armario y
rebuscar hasta localizar una caja de zapatos específica. La saco,
abro la tapa y extraigo un ejemplar manoseado de una revista de
negocios para famosos.
Me subo a la cama y me apoyo contra el cabecero, con la
revista sobre mi regazo, mirando fijamente la portada. La imagen es
un primer plano preciosamente editado de Jason, que mira hacia
algún punto justo más allá de la cámara.
Recorro con la punta de mi dedo índice el papel satinado,
delineando su mandíbula, mientras recuerdos que deberían haberse
desvanecido hace mucho tiempo regresan con una claridad de alta
definición.
Mis amigos me han abandonado para perseguir intereses que
no me inspiran y me han dejado con una sensación un tanto
extraña. Estoy de pie frente a un bar de playa decorado para parecer
una cabaña hawaiana. Desde el interior puedo oír el estruendoso
sonido de estudiantes universitarios pasándolo en grande y de
repente me doy cuenta de que he pasado los últimos casi cuatro
años con la nariz firmemente pegada a la piedra de moler
académica. Incluso ahora, no estoy en Florida en unas tradicionales
vacaciones universitarias de primavera. Solo estoy aquí por una
conferencia de informática a la que quería asistir.
No me arrepiento. Estoy a punto de graduarme como la
primera de mi clase con un título en ciencias informáticas y ya estoy
considerando algunas opciones de trabajo increíblemente
emocionantes.
Aun así, no puedo evitar preguntarme si en mi deseo de ser la
mejor, no me habré perdido algo. Ni una sola vez me he divertido
tanto como la gente dentro del bar. ¿Y acaso no me merezco un
poco de diversión?
¿Aunque sea por una vez?
Miro mi reloj. No tengo que reunirme con mis amigos y
comenzar el largo viaje de regreso al MIT hasta dentro de doce
horas. Seguramente es tiempo suficiente para al menos probar una
pequeña muestra de lo que me he estado negando todo este
tiempo. Quizás incluso sea suficiente para tener una experiencia loca
y salvaje que podré compartir cuando sea una aburrida anciana
recordando mi vida.
Me miro a mí misma. Parte superior de bikini, pantalones
cortos caqui en la parte inferior a juego y un par de chanclas que
compré en una tienda de todo a un euro hace dos años.
Normalmente, ni siquiera consideraría llevar este tipo de atuendo a
una gasolinera, mucho menos a un bar, pero según lo que llevan
algunas de las personas que rondan cerca de la puerta, en realidad
voy demasiado arreglada para este lugar en particular.
Tomada la decisión, entro en el bar.
Es una locura. Esperaba que estuviera concurrido, pero no
esperaba gente de pared a pared, la mayoría más jóvenes que yo
por lo menos uno o dos cursos, todos trabajando duro para consumir
tanto alcohol como puedan en el menor tiempo posible.
Pido una bebida, algo divertido y afrutado que el agobiado
camarero me promete que me gustará. La pruebo y disfruto de las
cosquillas en la garganta y de cómo se pega a mis labios mientras
me abro paso entre la cambiante multitud, buscando algún lugar
tranquilo donde sentarme a observar a la gente.
Diviso a un chico, un chico guapo, sentado solo en una mesa
para dos personas cerca del fondo del local, con la cabeza inclinada
sobre un libro. ¡Perfecto!
Tomo aire profundamente e ignoro esa familiar oleada de
timidez que siempre aparece cuando estoy a punto de hablar con un
desconocido. Alguien me empuja. Aparto la mirada del chico solitario
y me concentro en evitar que mi bebida se derrame por los bordes
del vaso. Cuando vuelvo a mirar, el chico ya está de pie, marca con
un dedo su lugar en el libro y ofrece su asiento a un par de chicas
atractivas.
En lugar de quedarse a hablar con ellas como esperaba, se da
la vuelta y se abre paso entre la multitud, dirigiéndose hacia una
puerta con el cartel de salida.
El instinto hace que mis pies cambien de dirección y le siga.
No se marcha. Así que le sigo hasta un banco situado a unos
seis metros del bar, lo suficientemente cerca para escuchar la música
y las risas, pero lo bastante lejos para disfrutar de un poco de
tranquilidad. Una luz sobre una pequeña farola de estilo antiguo
ilumina el lugar, lo que probablemente explica por qué no hay nadie
más allí. Está demasiado bien iluminado para propiciar sesiones
apasionadas de besuqueo.
Se sienta en el banco y cruza un tobillo sobre la rodilla antes
de abrir su libro.
Me quedo en las sombras observándole. Hay algo en él que me
atrae como la luna atrae la marea hacia la playa.
Finalmente, después de varios minutos de observación
silenciosa, reúno todo mi valor y entro en el círculo de luz que rodea
el banco.
—¿Es un buen libro? —pregunto.
—Está bien. —Sigue leyendo el grueso tomo.
No es exactamente una invitación a conversar, pero decido
intentarlo de nuevo. Me abanico con una mano y presiono mi vaso
medio lleno contra el esternón, esperando que parezca que intento
refrescarme.
—Hace mucho calor ahí dentro, así que he salido a tomar un
poco de aire fresco. ¿Te importa si me siento? Solo un minuto.
Levanta la mirada y sus ojos recorren mi cuerpo. Debe gustarle
lo que ve, porque se desplaza hacia un lado en silenciosa invitación.
Me apresuro a sentarme en el espacio que me ha dejado, sin
querer darle tiempo a cambiar de opinión.
Espero que me ignore y siga leyendo, pero no lo hace. En su
lugar, utiliza de nuevo el dedo para marcar la página y se gira en el
banco para observarme.
—Jason —dice.
Sigo su ejemplo de solo nombre de pila.
—Ella.
—¿Estás aquí de vacaciones de primavera?
—Más o menos —digo, haciendo una mueca por lo patética
que sueno incluso a mis propios oídos—. En realidad, estoy aquí por
una conferencia de informática. Creo que eligieron la fecha y el lugar
con la esperanza de no hacer que los estudiantes tuvieran que elegir
entre las vacaciones de primavera y la conferencia.
Una expresión de asombro aparece en el rostro de Jason.
—¿Me estás tomando el pelo? —exclama—. ¿Te refieres a esa
conferencia en el Hotel Bristol, en la calle Penn?
—Sí —respondo, sobresaltada—. El MIT me envió a mí y a
algunos de mis amigos para atender un stand. ¿Estuviste allí?
—Pasé por allí varias veces. Había algunos seminarios que me
interesaban. Estudio en la Universidad de Tennessee, especialidad en
ciencias informáticas.
—Genial.
Pasamos horas en ese banco, hablando de todo, las clases que
estamos tomando, amigos, planes profesionales. Es la primera vez
que me encuentro con alguien con quien conecto desde la primera
palabra.
Finalmente nos levantamos del banco y caminamos por la
playa, mientras seguimos intercambiando historias e ideas y
admiramos cómo la luz de la luna centellea sobre el agua oscura.
—¡Oh! —grito—, ¡mira!
Jason sigue la dirección que señalo hasta localizar un pequeño
grupo de delfines, a unos quince metros de la orilla, retozando entre
las olas.
—Precioso —susurra la palabra.
Me giro para sonreírle y descubro que está mucho más cerca
de lo que pensaba. Y ya no está mirando al océano, sino a mí.
Hipnotizada por la mirada en sus ojos, me balanceo aún más cerca.
Él inclina la cabeza y cubre mis labios con los suyos en un beso
suave como la seda que hace que se me curven los dedos de los
pies y que mi piel cante.
Sin aliento, nos separamos y nos miramos a los ojos, tratando
de entender qué acaba de ocurrir.
Jason busca mi mano. Nuestros dedos se entrelazan.
—Vamos —dice, con la voz sonando un poco tensa. Asiente
hacia el océano, donde los delfines continúan jugando bajo la luz de
la luna—. Conozco el lugar perfecto para ver el espectáculo.
El lugar resultó ser un puesto de socorrista vacío. Jason y yo
subimos a él y, en lugar de volvernos hacia el océano y mirar a los
delfines, caímos en los brazos del otro, acariciándonos y besándonos
mientras nos deshacíamos gradualmente de una prenda de ropa tras
otra.
Los recuerdos son tan vívidos, tan abrasadores hoy como lo
fueron hace siete años cuando Jason Monroe, futuro diseñador de
software y multimillonario, me despojó de mi virginidad y me dio
una hija, una hija de la que él no sabe nada.
Los recuerdos de lo que sus manos, de lo que su lengua
hicieron a mi cuerpo continúan impactándome hasta que mi piel se
ruboriza y se siente demasiado tensa. La presión se acumula entre
mis piernas. Nunca debería haber hecho este viaje por el sendero de
la memoria.
Mi cuerpo recuerda, probablemente incluso mejor que mi
mente, la forma en que sus dedos rozaron los lados de mis pechos al
liberarlos de la parte superior de mi bikini. Cómo usó su lengua para
aliviar las zonas doloridas donde las tiras habían dejado marca en mi
piel. Cómo olía mientras me tendía suavemente en el suelo cubierto
de arena del puesto de socorrista y sus manos se deslizaban más
lentamente, pasando por mi estómago desnudo, desabrochando mis
pantalones cortos, y tocándome de formas en las que nunca había
imaginado ser tocada antes.
El fuego estalla en mis venas. Este pequeño viaje al pasado
fue un gran error.
Sabiendo que solo hay una cosa que puedo hacer para calmar
mi cuerpo furioso y finalmente conseguir el descanso que necesito
desesperadamente, hurgo en el cajón de mi mesita de noche y
aparto una variedad de objetos hasta que mis dedos se cierran
alrededor de lo que estoy buscando. Está ubicado en la parte trasera
del cajón, donde lo escondo para que Kelsey no lo encuentre por
accidente.
Presiono el botón lateral del vibrador y cobra vida, el zumbido
contra mi mano envía una descarga por todo mi cuerpo. Separo mis
muslos y me coloco en un ángulo que me permite ver a Jason
mientras busco la dulce liberación que mi cuerpo ha estado
exigiendo desde que escuché a Jason susurrar mi nombre a través
de una línea telefónica.
Capítulo Seis
Jason
Como coche comprado para celebrar mi primer millón ganado
por un complicado software de seguridad que diseñé, el Porsche
Carrera Cabriolet que adquirí hace tres años es perfecto.
Como vehículo de vigilancia aparcado frente a un edificio de
oficinas anodino en uno de los distritos de bajos ingresos de
Chicago, deja mucho que desear. Apenas puedo ver la entrada
principal del edificio por la cantidad de gente que se queda mirando
boquiabierta al pasar. Y yo que pensaba que había tenido suerte al
encontrar un sitio justo delante del edificio.
La lenta llovizna repiquetea contra el techo mientras doy otro
sorbo al café tibio. He perdido la cuenta del tiempo que llevo
sentado aquí. Lo suficiente como para haber tenido que encender el
coche varias veces para poner la calefacción y ahora estar
arrepintiéndome de las múltiples tazas de café que he tomado desde
que aparqué.
He pasado gran parte de la noche utilizando mis propias
habilidades de piratería, que no son muy impresionantes, y algunos
contactos bien situados para realizar una búsqueda inversa del
número de teléfono encriptado. Hace unas horas finalmente recibí
esta dirección. Salté directamente a mi coche y me apresuré a venir.
Todavía no puedo creer que después de pasar varios años
buscándola, no solo Ella se haya puesto en contacto conmigo —
concedido que no fue intencional, pero no me importa— ¡sino que
incluso vivimos en la misma ciudad! Es como si el destino estuviera
haciendo todo lo posible por unirnos, y nunca he sido de los que
discuten con el destino. Igual que la última vez.
Solo desearía que las cosas hubieran ocurrido antes. Ha
pasado tanto tiempo desde la última vez que vi a Ella. Tantas
oportunidades perdidas.
Mientras observo a la gente caminar penosamente bajo la
lluvia aguanieve ocupados en sus quehaceres, buscando un rostro
de mi pasado, viejos y preciados recuerdos brotan a la superficie de
mi mente. Sé lo fútil que es luchar contra ellos, así que permito que
me invadan hasta que ya no estoy sentado en mi coche, sino en una
vieja y desvencijada torre de socorrista.
El cálido aire de Florida me envuelve mientras me apoyo contra
la pared, entrecerrando los ojos ante un amanecer que no es ni de
lejos tan impresionante como la mujer con la que estoy.
La observo mientras se pone sus pantalones cortos antes de
alcanzar la parte superior de su bikini azul eléctrico.
—¿Tienes que irte? —murmuro—. Conozco un sitio. No parece
gran cosa desde fuera, pero el cocinero hace una tortilla estupenda.
Invito yo.
Me sonríe y se abrocha el bikini.
—Suena maravilloso, pero no puedo. —Se arrodilla y empieza a
palpar el suelo, buscando algo—. Mis amigas y yo volvemos hoy al
MIT. Planeamos ponernos en marcha en un par de horas.
Alargo la mano hacia ella, deslizo mis dedos por su brazo y me
emociono al ver cómo ese leve contacto la hace estremecer.
—Dos horas es tiempo de sobra para desayunar, y... —Señalo
mi regazo y mi miembro que ya comienza a endurecerse—, ya
sabes.
Me lanza una mirada. Incluso en la tenue luz del amanecer,
puedo ver cómo brillan sus ojos.
—Sí, lo sé. Pero te equivocas. No es suficiente tiempo. Ni
siquiera he empezado a hacer la maleta. Si me voy ahora, debería
tener justo el tiempo suficiente para colarme en nuestra habitación
antes de que se den cuenta de que he pasado toda la noche fuera.
Arqueo una ceja.
—¿No lo aprobarían?
—¡Oh, no les importará! Al contrario, se alegrarán por mí —
explica Ella. Encuentra una de sus chanclas en el lado opuesto de la
torre de vigilancia y se la pone—. Pero se sorprenderán. Y si no
estoy allí cuando se despierten, se preocuparán. Esto, lo de anoche,
es totalmente impropio de mí. Para mí, quiero decir. Lo último que
necesito es que llamen a la policía y me denuncien como
desaparecida.
A pesar de la decepción por su rechazo a mi invitación para
desayunar, me complace la idea de que la inspiré a hacer algo tan
fuera de su carácter.
Ella localiza su otra chancla y la saca de debajo de mi trasero
de un tirón. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba
sentado encima. Se la pone y se levanta de un salto.
—Tengo que irme.
Sin importarme que estoy tan desnudo como el día en que
nací, la sigo fuera del puesto de socorristas. Ella se gira para
mirarme.
No puedo distinguir si es el reflejo del amanecer o un auténtico
sonrojo, pero su rostro tiene un encantador tono rosa mientras lo
inclina hacia mí. La cálida brisa matutina juguetea con su largo
cabello rubio.
—Gracias —susurra, sonando demasiado tímida para una chica
que confió lo suficiente en mí como para pasar toda una noche
enredada entre mis brazos.
—¿Por qué?
Se pone de puntillas y me besa. Salta fuera de mi alcance
antes de que pueda profundizar el beso.
—Por hacer que mi primera vez —sus ojos bailan mientras su
sonrisa adquiere un toque travieso— y mi segunda, fueran realmente
maravillosas.
Se gira, pero antes de que pueda salir corriendo por la playa,
la tomo por la muñeca.
—Espera un segundo. —Se vuelve hacia mí—. ¿No vas a darme
tu número o alguna otra forma de contactarte?
El humor desaparece de su rostro y se muerde el labio
mientras contempla la pregunta. Pasan varios latidos del corazón
antes de que niegue con la cabeza.
—No.
—¿No?
—No —repite.
—¿Por qué no? —exijo.
—Mi tiempo contigo ha sido muy especial. No quiero
estropearlo.
—¿Cómo va a estropear nada que yo me ponga en contacto
contigo?
—Ahora mismo, lo que hemos tenido juntos fue, no, es
perfecto. Un cuento de hadas —explica—. Pero los cuentos de hadas
no pueden durar. Con el tiempo la realidad se cuela y lo arruina
todo. ¿No preferirías tener un recuerdo perfecto en vez de un
montón que lo eclipsen?
—Pero quizás nosotros seamos diferentes. —La desesperación
eleva mi voz una octava completa—. Quizás esto ha sido el principio
de algo que sigue siendo maravilloso para siempre.
—Quizás —concede Ella—, pero las probabilidades de que eso
ocurra son muy escasas. Y he trabajado demasiado duro para
conseguir algo por mí misma, para crear la base de la carrera que
siempre he deseado, como para pensar siquiera en hacer algo que
pueda distraerme. Creo que probablemente te pasa lo mismo.
Gira la muñeca, liberándola de mi agarre.
—Tal vez, dentro de unos años. Una vez que nuestras vidas
profesionales se hayan asentado en un buen ritmo, nos
encontraremos de nuevo y entonces veremos qué pasa.
Antes de que pueda pensar en una respuesta, se da la vuelta y
corre por la playa, alejándose de mí y de mi vida. Me deja
confundido y con el corazón destrozado.
Un destello de brillante pelo rubio llama mi atención y por
primera vez en siete años, estoy mirando a Ella.
Camina rápidamente, con la cabeza agachada, una mano
levantada, sus dedos enguantados agarrando la parte delantera de
la ancha correa del bolso del portátil que cuelga de su hombro
izquierdo. La otra mano la tiene metida en el bolsillo del anorak
verde oscuro que lleva puesto. Tiene el mismo paso largo y decidido
que recuerdo. Camina con la cabeza agachada, ya sea porque está
perdida en profundos pensamientos o porque no quiere hablar con
ninguna de las otras personas que comparten la amplia acera con
ella.
Apenas soy consciente de empujar la puerta del Carrera y
cruzar la calle corriendo. Tengo suerte de que no me atropellen
porque ni me molesto en mirar si vienen coches. Cada partícula de
mi ser está centrada en Ella.
Por fin, después de años buscando por todas partes, la he
encontrado.
He imaginado este momento al menos un millón de veces. En
mi mente, los lugares han cambiado con frecuencia. A veces imagino
que nuestro gran reencuentro ocurre en el bar donde nos
conocimos. Otras veces, en la torre del socorrista donde hicimos el
amor. A veces me la imagino encontrándome y viniendo a mi casa.
Aunque los lugares varían, el resultado nunca cambia. Cada
vez que imaginaba nuestro reencuentro, sabía que nuestras miradas
se cruzarían, la vieja química y las emociones renacerían, y
caeríamos en los brazos del otro jurando no separarnos nunca más.
De ninguna manera voy a dejar que se me escape entre los
dedos esta vez.
Acelero el paso y rompo en un trote de zancadas largas
mientras esquivo a un puñado de personas. Mis ojos no se apartan
de Ella. Todavía no ha levantado la vista. No me ha visto.
Me detengo en seco a un par de palmos de ella.
—Ella.
Su cabeza se levanta de golpe. Por la expresión de su cara,
está preparada para hacer algún tipo de comentario mordaz, pero
cuando sus ojos se encuentran con los míos, su boca se abre y la
sangre desaparece de su rostro.
—¿Jason?
Se ve diferente a la última vez que la vi. En aquel entonces,
era una estudiante universitaria de último año con ojos brillantes,
piel fresca y sonrisas, esperanzada con el futuro. Desde entonces, ha
madurado. Su rostro es más delgado, su boca más llena, y sus
pómulos parecen aún más altos. Ha madurado en sus rasgos. El
cambio le sienta bien.
Hipnotizado por sus ojos azul caribeño, me balanceo más
cerca.
—Ha pasado mucho tiempo.
Su lengua asoma y humedece sus labios.
—Sí, ha pasado tiempo. —Desenreda su mirada de la mía y sus
ojos revolotean por toda la calle, observando a cada persona en
veinte metros a la redonda—. ¿Qué haces aquí?
Vale. No es exactamente como imaginaba que sería nuestro
reencuentro. Siempre la había imaginado dejándolo todo y
arrojándose a mis brazos mientras susurraba cómo su vida no había
estado completa desde que nos separamos. Aun así, puedo hacer
que esto funcione.
Le muestro mi mejor sonrisa torcida, esa que más de una
mujer me ha dicho que es completamente irresistible.
—Parece que el destino nos ha unido. Otra vez.
No espero su respuesta. En su lugar, cierro el espacio entre
nosotros con una zancada larga. Mis manos se posan en sus caderas
y bajo la cabeza, dejando que mi frente descanse contra la suya.
Cierro los ojos, respirando su dulce aroma.
No sé si es porque estamos en una acera concurrida, o porque
he estado soñando con este momento durante tanto tiempo, pero
este simple contacto se siente más íntimo que un abrazo. Saboreo la
experiencia. Es un recuerdo que sé que querré revivir una y otra vez.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Sí, mucho tiempo —repite.
Se inclina hacia mí.
Eso es todo el ánimo que necesito.
Mi mano derecha se desliza por su brazo y roza su cálido cuello
antes de usar un dedo bajo su mandíbula para levantar su barbilla
hasta que su boca se encuentra con la mía.
Tan pronto como mis labios tocan los suyos, la sensación más
intensa de haber llegado a casa y de pertenencia me invade. El beso
es mejor que todas y cada una de las fantasías que he tenido jamás.
Sus labios son suaves, cálidos y dóciles bajo los míos. Nuestras
lenguas se entrelazan mientras profundizamos el beso. Mis manos se
deslizan hasta su trasero, atrayéndola contra la dureza de mi propio
cuerpo, deleitándome con la sensación de tenerla.
El mundo que nos rodea está lleno de gente con prisas, humos
de escape de coches, clima húmedo y edificios sencillos y
deteriorados, pero todo eso se desvanece cuando los labios de Ella
se abren bajo los míos. Mi corazón se acelera y mi sangre se calienta
mientras profundizo el beso, reclamando su boca como mía. Sabe a
café y a menta.
Nuestros cuerpos se entrelazan y se inclinan el uno hacia el
otro, nuestra ropa susurra mientras nos movemos y profundizamos
el beso.
He revivido el recuerdo de nuestro primer beso más veces de
las que puedo contar. Siempre supuse que mi imaginación lo había
convertido en algo más grande de lo que realmente fue.
Estaba equivocado. Aquel había sido un gran beso, pero esto,
esto es mucho mejor.
Por primera vez en... probablemente en toda mi vida, todo
parece estar en su lugar en mi mundo. Y lo único que necesito es a
Ella.
Ella rompe el beso y jadea en busca de aire. Sin querer romper
el contacto, la atraigo hacia mí, la acerco a mi pecho y presiono su
cabeza contra mi corazón, que parece estar corriendo una maratón.
Inclino la cabeza, enterrando mi rostro en su pelo color
amarillo sol.
—Te he echado de menos —le digo.
Ella tiembla en mis brazos y la abrazo con más fuerza.
—Yo también te he echado de menos —habla tan suavemente
que casi se pierden sus palabras en el viento.
Le doy un ligero beso en la oreja.
—Ven a casa conmigo. —La calle no es un lugar para hablar, y
necesito hablar con ella, estar con ella, incluso más de lo que
necesito respirar.
Ella se tensa y se libera de mi abrazo.
Con los ojos desorbitados, observa nuestro entorno mientras
su mano se alza para aferrarse a su bolso.
—No... no puedo.
Sorprendido por su repentino cambio, extiendo la mano,
queriendo acercarla de nuevo, pero ella retrocede apresuradamente,
colocándose fuera de mi alcance.
—Yo... tengo que... —Mira el edificio de ladrillo sencillo frente
al que estamos—. Mi turno... está a punto de empezar. La verdad es
que no puedo permitirme perder este trabajo. —Corre a medias
hacia los escalones de entrada y no me queda más remedio que
verla marchar.
—¡Ha sido muy agradable volver a verte! —grita por encima
del hombro justo antes de atravesar la puerta principal y dejarme
solo en la acera bajo la llovizna.
Capítulo Siete
Ella
¿Cómo ha conseguido encontrarme?
El pensamiento da vueltas y más vueltas en mi cerebro
mientras el antiguo ascensor resopla su camino hacia la última
planta. Me sorprendió tanto escuchar su voz al otro lado de la línea
anoche que colgué antes de lanzarme a mi habitual discurso
telefónico, que incluye el nombre de la empresa.
Debe haber realizado una búsqueda inversa del número, pero
dado que el centro de llamadas que represento utiliza un sistema
que crea números falsos para que la gente tenga dificultades para
bloquearnos, rastrear los orígenes de la llamada nocturna debería
haber llevado varios días, no solo unas pocas horas.
¿Y por qué se ha molestado?
Tuvimos un rollo de una noche hace siete años. Solo éramos
dos personas que experimentaron una atracción instantánea e
intensa que se transformó en deseo. Disfrutamos de nuestros
cuerpos antes de seguir caminos separados.
Hubo consecuencias con las que yo lidié... no, estoy lidiando,
pero Jason quedó libre para seguir adelante, para hacer lo que
quisiera. Entre su aspecto, su personalidad enigmática y su recién
hallada fortuna, las mujeres más hermosas del mundo deben estar
arrojándose a sus pies.
Entonces, ¿por qué dedicar tiempo y esfuerzo en localizarme?
Supongo que podría ser una extraña coincidencia, algún
curioso giro del destino que nos colocó en la misma calle
exactamente al mismo tiempo, justo después de que le llamara
accidentalmente. Poco probable, pero no fuera del ámbito de la
posibilidad extrema.
Pero ese beso. Incluso ahora, varios minutos después, mis
labios hormiguean y mis rodillas no están tan firmes como deberían.
El calor calienta cada lugar donde sus manos descansaron, como si
me hubiera marcado con su tacto.
Me besó como un hombre que no ha sido besado en mucho
tiempo. Me besó de la manera en que las chicas siempre sueñan ser
besadas, como si fuera un hombre que finalmente ha encontrado lo
que ha estado buscando toda su vida.
Tonterías.
Sacudo la cabeza en un esfuerzo por devolver mis
pensamientos a un camino más realista y menos fantasioso. No soy
el tipo de chica que inspira a nadie a suspirar por ella durante varios
años. Soy más del tipo de amar y olvidar.
Aun así, es agradable pensar que lo soy, aunque solo sea un
poco de diversión.
Y Jason. ¡MADRE MÍA! He mirado suficientes fotos suyas para
saber que ha cambiado desde nuestra única noche juntos, pero
vaya, suponía que las fotos estaban retocadas o al menos mejoradas
digitalmente.
Me equivocaba.
Hablando de cambio extremo. Hace siete años, era un chico
flacucho vestido con un bañador deshilachado y una camiseta de
Surf's Up, con un pelo que no había visto unas tijeras en al menos
seis meses. Esta vez, vestido con vaqueros de diseñador y un caro
abrigo marinero, estaba perfectamente arreglado y mis manos no
han tanteado el mismo cuerpo delgado. En algún momento, Jason
se puso en forma. Ahora, en lugar de ser un friki mono, se ha
convertido en un bombón total... y está completamente fuera de mi
alcance.
Aunque, por su forma de saludarme, quizás no sea consciente
de lo atractivo que se ha vuelto.
Por un momento, me sentí tentada de huir con él. Y si solo
fuera yo, lo haría sin la más mínima vacilación.
Pero no se trata solo de mí. No solo tengo a Kelsey, también
debo pensar en Abe, en el padre de Abe y en todos los demás que
estarían muy interesados en saber que conozco al más reciente —y
codiciado— miembro del club de multimillonarios de Chicago. De
ninguna manera ignorarían la conexión. Encontrarían la forma de
explotarla hasta que Jason esté tan firmemente bajo su control
como lo estoy yo.
No puedo hacerle eso.
Las puertas del ascensor se abren antes de que pueda elaborar
una explicación para el hecho de que Jason me haya rastreado y
saludado con ese tipo de beso estremecedor que solo ocurre en las
películas.
La mirada furiosa de Jerry choca con la mía, arrancando mis
pensamientos de Jason y devolviéndolos a donde deberían estar: la
fría y dura realidad.
—¿Dónde has estado? —exige saber.
—¿Qué? ¿Por qué? —Llego unos minutos tarde, pero eso
difícilmente es el fin del mundo. Muy pocos de nosotros llegamos
realmente a tiempo, un hecho que Jerry apenas nota,
probablemente porque él mismo rara vez es puntual.
—Acabo de recibir un aviso de la dirección. —Jerry me agarra
del brazo con su manaza y me conduce hasta mi pequeño cubículo
—. Un posible inversor vendrá esta mañana.
—¿Un inversor? —El centro de llamadas gana suficiente dinero
para pagar salarios y mantener las luces encendidas, pero más allá
de eso, no genera mucho dinero, al menos hasta donde yo sé.
Ciertamente no parece el tipo de negocio que interesaría a un
inversor serio y legítimo.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—En el gran esquema de las cosas, nada. —Jerry dobla por la
fila donde está mi cubículo. Una de las empleadas más recientes,
una pelirroja guapa que se graduó de secundaria la primavera
pasada, camina hacia nosotros en dirección al dispensador de agua.
Jerry mete barriga y se pasa una mano por el pelo mientras le lanza
una sonrisa medio lasciva. Ella pone los ojos en blanco y sigue
caminando.
Chica lista.
—Pero quiero que todos estéis aquí, en vuestros cubículos, y
trabajando en las líneas telefónicas como si os fuera la vida en ello
cuando llegue ese tipo. —Llegamos a mi cubículo y me suelta. Me
resisto, apenas, a la tentación de frotarme la parte superior del
brazo—. ¿Y qué pasó anoche?
«Tantas cosas» es mi respuesta instintiva, pero antes me
muero que contárselo a Jerry.
—¿A qué te refieres con qué pasó?
—Revisé los registros y en la última llamada que hiciste,
parece que colgaste. Parece que lo hiciste casi tan pronto como se
conectó la llamada.
—¡Ah, eso!
Cómo no. La única vez que cuelgo el teléfono es justo cuando
Jerry realmente hace su trabajo y revisa las cosas. Me quito el abrigo
y lo cuelgo cuidadosamente en el respaldo de mi silla, utilizando el
tiempo para inventar una excusa razonable.
—Debe de haber un fallo en el sistema. Como dijiste, hice la
llamada y el teléfono se desconectó. No supe qué hacer al respecto,
así que di por terminada la noche.
—Genial —murmura Jerry mientras me deslizo en mi silla y me
pongo los auriculares. Sus ojos recorren la sala, pero tengo la
impresión de que no ve a nadie, que está perdido en sus propios
pensamientos. Curioso, normalmente no pienso que Jerry tenga
pensamientos más allá de cuál empleada quiere seducir—. Viene
alguien con dinero y las cosas empiezan a estropearse. Típico.
Se aleja antes de que pueda responder. Es la única vez que
recuerdo que se haya apartado de mi lado sin hacer algún
comentario obsceno o intentar propasarse. Podría acostumbrarme a
esto. Tal vez los inversores potenciales deberían distraerlo más a
menudo.
Pulso el interruptor de encendido del ordenador y espero a que
la antigua máquina arranque lentamente. Mi mente vuelve a
centrarse en Jason.
Se ve bien. Ha ganado consistencia desde aquella noche en
Florida, ha perdido ese aspecto demacrado y famélico que persigue
a los chicos altos durante su adolescencia y primeros años veinte. Y
se ha vuelto más seguro de sí mismo; eso fue lo otro que noté justo
antes de que capturara mis labios con los suyos.
Echo un vistazo a la lista de llamadas que tengo que hacer
antes de que termine mi turno e introduzco el primer número en el
ordenador. Clics y pitidos suenan en mi oído mientras el sistema
lucha por conectar.
Un momento después, escucho en mi oído el suave y
ligeramente agobiado hola de una mujer, y aparto de mi mente
todos los pensamientos sobre Jason. No puedo permitirme pensar en
él ahora, si voy a pagar mis deudas y proteger a mi hija... la hija de
Jason.
Necesito concentrarme en lo que estoy haciendo y no hacer
nada que pueda costarme el trabajo.
Capítulo Ocho
Jason
He estado en algunos edificios de oficinas deprimentes e
incluso trabajé en unos cuantos antes de poner en marcha mi propia
empresa de software, pero las oficinas utilizadas por Servicios de
Telemarketing Abutilon se llevan la palma como las más deprimentes
que he visto jamás. No creo que sea exagerado decir que son uno
de los lugares más aburridos del mundo.
Es como si todo el color, toda la alegría, hubiera sido absorbida
del lugar, dejando solo unas cuantas filas de cubículos pequeños y
aburridos donde trabaja gente sin alegría.
No puedo entender, por más que lo intento, cómo Ella ha
acabado en un sitio así.
El gerente, Jerry Reid, no está haciendo nada para mejorar la
situación. Me recibió en cuanto salí del ascensor y me entregó un
montón de papeles que resultaron ser diversos registros comerciales.
Trabajando en el sector informático, me he encontrado con
muchos tipos como él, individuos irritantes que se creen importantes
porque les han dado un puesto de responsabilidad menor. En serio,
el tío es simplemente un gerente en una pequeña delegación de
telecomunicaciones.
Por lo que puedo ver, el puesto de gerente simplemente
significa que se siente justificado para asegurarse de que esas
pobres personas que tienen que usar los teléfonos estén realmente
haciendo llamadas y no solo sentadas cobrando un sueldo.
Basándose en el papeleo que me está mostrando, otra persona,
alguien más cualificado, se encarga de todo lo demás desde una
oficina central.
Es uno de esos tipos que siempre te hacen preguntarte cómo
demonios llegaron a ser gerentes. En la universidad, cuando
trabajaba en una tienda de informática y durante los pocos años
después cuando trabajé en departamentos de informática de
segunda categoría, nunca me gustaron los tipos como Jerry.
Resulta que sigo sin que me gusten.
Jerry señala el registro de pérdidas y ganancias en mis manos.
—Como puede ver, la empresa es muy rentable, y somos una
de las sucursales más exitosas.
La empresa ganó dinero, sí, pero mirando las cifras, no la
llamaría muy rentable. Más bien pisando la línea entre los números
rojos y los negros.
Paso a otra página, que contiene una lista de nombres escrita
a mano. Un nombre, Eleanor Collins, me llama la atención. Es
razonable suponer que Ella es la abreviatura de Eleanor, ¿verdad?
—¿Qué es esto?
Jerry mira por encima de la nariz la lista y un ligero tinte rojizo
le cubre la cara.
—Ah, eso es, eh, es una lista que preparé de personas que
creo que deberían ser consideradas como ayudantes de gerente.
Ajá. Cada nombre en la lista es el de una mujer, así que no
puedo evitar preguntarme si quizás la lista tiene menos que ver con
sus posibles habilidades de gestión y más con lo atractivas que Jerry
las encuentra.
—Interesante. —Un destello de una idea me cosquillea el
cerebro. Desde que me dejó plantado en la acera, he estado
tratando de averiguar cómo conseguir hablar a solas con Ella, para
convencerla de que hable conmigo—. Me gustaría reunirme con
algunas de estas personas. Podría ayudarme a tener una idea de la
empresa, decidir si es una oportunidad de inversión sólida o si
debería buscar en otro lado. ¿Están trabajando ahora?
Jerry no parece feliz. Probablemente porque si mi pequeña
teoría es correcta, las mujeres de la lista no tendrán muchas cosas
agradables que decir sobre él. Finalmente, asiente.
—Supongo que estará bien. Aunque no todas están aquí, y las
que sí están se supone que deberían estar atendiendo los teléfonos
ahora mismo.
—Oh, dudo que a sus jefes les importe si aparto a una de
estas personas de los teléfonos durante un rato, no si eso me ayuda
a decidir si quiero invertir en esta empresa. —Pongo una mano en su
hombro, apenas capaz de ocultar una pequeña sonrisa ante mi
propia astucia.
Decido asestar la puñalada final.
—Y si está preocupado, siempre podría reemplazarlo y hacer
algunas llamadas usted mismo. ¿Verdad?
—Supongo —dice Jerry con desánimo.
—¡Estupendo! —Deslizo el dedo por el papel, aparentando
elegir un nombre al azar—. ¿Qué tal esta? Eleanor Collins. ¿Está hoy
aquí? —Mi corazón late un poco más fuerte mientras espero su
respuesta.
—Sí… —Jerry alarga la palabra. Claramente, no está contento
con mi elección. Interesante—. Por aquí.
Sigo a Jerry hasta un cubículo cerca del centro de la sala. Ella,
mi Ella, está sentada en la silla y mira fijamente a un monitor
mientras explica a través de unos auriculares por qué la persona al
otro lado de la llamada debería considerar invertir en un seguro de
vida, cuanto antes mejor.
—Ella. —Ignorando el hecho de que está trabajando
duramente, toca la espalda de Ella—. Tienes una visita.
La cabeza de Ella gira rápidamente, su mirada se clava en
Jerry antes de verme. Sus ojos se ensanchan y su piel palidece. En
esa fracción de segundo, me doy cuenta de lo buena que es en su
trabajo. Apenas pierde un instante antes de retomar el hilo de la
conversación que mantiene con la persona invisible al otro lado de la
línea. Gira en su silla, un gesto diseñado para mostrarnos a ambos
que no tratará con nosotros hasta que termine la llamada.
Aprovecho el tiempo para estudiar el cubículo.
No hay una sola cosa que indique que Ella, ni la Ella que
conocí hace siete años ni la Ella en que se ha convertido desde
entonces, tenga algo que ver con ese pequeño espacio. No ha
colocado ninguna foto, ni una planta, ni siquiera ha traído su propia
taza de café. Las únicas cosas que le pertenecen, su abrigo y la
bolsa del portátil, cuelgan del respaldo de su silla.
¿Cómo demonios ha acabado trabajando en un sitio como
este? Cuando nos tumbamos juntos en aquel puesto de socorrista
vacío, estaba tan llena de esperanza sobre su futuro. Prácticamente
irradiaba luz mientras susurraba cómo estaba a punto de recibir su
título y cómo, debido a sus aptitudes, varias agencias
gubernamentales se la disputaban. Estaba a un paso de una carrera
emocionante —y muy rentable—; todo lo que tenía que hacer era
terminar su carrera.
¿Qué coño pasó entonces?
Durante todos esos años separados, nunca dudé que cumpliría
todos sus sueños. De hecho, he perdido la cuenta de las veces que
la he imaginado metida en el sótano de algún edificio federal, con
los dedos volando sobre el teclado de un ordenador mientras todos a
su alrededor entran en pánico. En mi fantasía, siempre lleva cuero
negro ajustado y hace lo que sea necesario para salvar el día,
momento en el que tranquilamente recoge sus cosas y vuelve a casa
conmigo.
Mi fantasía no termina con ella atravesando la puerta de mi
casa, ni mucho menos. Ahí es cuando se pone interesante.
Tan pronto como cruza esa puerta, dejo todo lo que estoy
haciendo y me apresuro hacia ella. La estrecho contra mí, la levanto
del suelo y la llevo escaleras arriba hacia nuestro dormitorio,
mientras ella susurra sugerencias perversas en mi oído. La deposito
en nuestra cama y lentamente le quito ese ajustado traje de cuero
negro que llevaba al trabajo, desnudando su curvilíneo cuerpo. Sus
brazos se alzan y...
—¿Señor Monroe? —La estridente voz de Jerry pronuncia mi
nombre, su tono implica que ha tenido que decirlo más de una vez
antes de que llegara a mi cerebro afiebrado por la fantasía.
Sacudo la cabeza y le miro a los ojos.
—Perdone, mi mente se ha ido un poco de viaje. ¿Sí?
Jerry señala a Ella. Una vez más, ha girado su silla para
mirarme. Sigue pálida y en sus ojos veo una mezcla de inquietud y
curiosidad.
Jerry la señala con un gesto.
—Esta es Ella Collins. Sin duda, una de mis mejores
empleadas. —Intenta darle una palmada en la espalda, pero Ella
evita su contacto con un rápido giro y meneo. Parece que no soy el
único que no está impresionado por Jerry Reid.
Necesito... No estoy completamente seguro de qué necesito
ahora mismo, pero sé que se centra en sacar a Ella de este lugar.
—Señorita Collins —digo, procurando mantener cualquier
indicio de familiaridad fuera de mi voz.
Le dedico mi mejor sonrisa y extiendo una mano hacia ella.
Duda un momento antes de poner su mano en la mía y darme un
apretón rápido y tentativo. Retira su mano antes de que yo tenga
tiempo de apreciar completamente la sensación de su piel contra la
mía.
—Me interesa invertir en Abutilon Telemarketing Services y
esperaba que usted pudiera darme algunas ideas sobre el negocio.
Quizás tomando un café.
No le doy tiempo a responder. Cojo su maletín del portátil y me
lo cuelgo al hombro antes de sujetar su abrigo abierto para ella. De
una manera u otra, voy a pasar algún tiempo con ella, y vamos a
descubrir qué nos depara el futuro.
Capítulo Nueve
Ella
Mi mirada va de Jason a Jerry mientras sopeso mis opciones.
Ninguna es buena. Nunca he estado convencida de que Abe y sus
matones no estén vigilando cada uno de mis movimientos. Si me
vieron en la calle con Jason, bueno, eso puedo explicarlo.
Simplemente les diré que fue un caso de confusión de identidad.
Que me confundió con una antigua novia.
Ni siquiera estaría mintiendo. Jason me recuerda como aquella
chica brillante y esperanzada con todo su futuro extendiéndose
frente a ella como una alfombra roja, la que conoció hace siete años,
pero esa chica ya no existe. Yo soy lo que queda.
Pero si me voy con él, si me están vigilando, ¿qué pasaría
entonces? Abe y su padre no son del tipo que dejarían sin explotar
una conexión con un multimillonario.
Nunca he podido determinar si me están vigilando.
Simplemente he vivido mi vida asumiendo que lo hacen. Por eso me
he asegurado de no socializar nunca con nadie con quien no
comparta una relación laboral ni hacer nada que pudiera poner en
peligro la vida de otra persona.
Mi actitud siempre ha sido que es más fácil estar a salvo que
vivir con la miseria de otra persona pesando en mi conciencia.
Por otro lado, está claro que Jerry realmente quiere causar una
buena impresión y, según él, en este momento soy una parte vital
de eso. Si me niego a ir con Jason, Jerry encontrará alguna forma
mezquina y vengativa de hacérmelo pagar. Con suerte, serán turnos
como el de anoche que continúan mucho después de la hora en la
que debería estar en casa. Si no tengo suerte, inventará alguna
excusa para despedirme, y eso es lo único que no puedo permitirme.
Ninguna cantidad de trabajo freelance compensará un sueldo
fijo.
Y está Jason en sí. Su sabor aún persiste en mis labios y hace
que me sea casi imposible concentrarme en mi trabajo. Y ahora que
está justo aquí, mirándome con ojos del color del chocolate con
leche derretido y la más dulce expresión de anhelo en su rostro, mi
resistencia se está debilitando rápidamente.
Solo mirarlo me hace temblar las rodillas.
Mi mente repasa todas las opciones posibles y sigue volviendo
a la misma elección.
Si alguien me está observando y cuestiona qué estoy haciendo
con un multimillonario como Jason Monroe, simplemente tendrán
que aceptar que se trata de un asunto de negocios.
Con suerte, nunca le he dado a Abe, a su padre o a ninguno
de sus matones una razón para espiarme. Cruzo los dedos, por si
acaso.
—Un café suena estupendo —le digo a Jason.
Decisión tomada, me levanto y me pongo el abrigo. Jugueteo
con la idea de dejar mi portátil aquí. Odio arrastrarlo por todas
partes. Cada vez que llevo la bolsa, siento como si llevara un enorme
cartel de neón parpadeante que suplica a los asaltantes que me
ataquen. Aun así, me sentiré mejor teniéndolo cerca en lugar de
preguntarme y preocuparme si Jerry lo está revisando mientras
estoy fuera.
Es exactamente el tipo de cosa que haría si tuviera la más
mínima oportunidad.
Los ojos de Jason brillan más que el sol.
—¡Fantástico! —Se frota las manos. Eso, además de la pura
emoción en sus ojos, me recuerda a Kelsey mientras espera a que
comience su fiesta de cumpleaños—. Conozco un sitio estupendo a
pocas manzanas de aquí. Lo regentan una pareja local, así que el
café es mejor que ese brebaje que venden las cadenas de
franquicias. Yo conduzco.
—Suena bien —le digo.
Mientras caminamos hacia la puerta, siento las miradas de mis
compañeras de trabajo siguiéndome, preguntándose por mi
conexión con Jason y qué vamos a hacer.
Ojalá hubiera una forma sutil de hacerles saber que lo único de
lo que hablaremos es de negocios. Durante una breve y brillante
noche, Jason fue lo más maravilloso del mundo, pero ahora, como
resultado de las decisiones que he tomado, nunca más podrá formar
parte de mi vida.
Una vez que termine esta cita para tomar café, volveré a
borrarlo de mi vida, y si decide convertirse en un inversor activo en
Abutilon Telemarketing Services, presentaré mi dimisión y encontraré
otro trabajo. No es como si los trabajos aburridos y sin futuro como
este fueran difíciles de encontrar.
Jason mantiene la puerta abierta y me deja pasar primero
antes de seguirme. Su mano encuentra la parte baja de mi espalda
mientras caminamos hacia el ascensor. Me pongo tensa y respiro
hondo. Relájate, me ordeno a mí misma. Es normal. Muchos chicos,
especialmente en el Medio Oeste, ponen una mano en la espalda o
el hombro de la mujer con la que caminan. Es una especie de gesto
primitivo, un vestigio de una época más caballerosa cuando los
hombres se sentían obligados por honor a proteger a sus mujeres.
Poco a poco, mis músculos se ablandan y mis caderas se
balancean suavemente bajo su tacto. Incluso a través de mi abrigo y
blusa, siento el calor de la palma de su mano. Me reconforta y alivia
parte de la tensión que he llevado desde el nacimiento de mi hija y
mi alianza con la mafia.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que un chico me ha tocado y
no he sentido la necesidad de levantar todas mis defensas?
Demasiado tiempo.
Últimamente, cada vez que un hombre hace un movimiento
para tocarme, gasto toda mi energía en tratar de evadir sus avances.
Es agradable no tener que preocuparme por eso por una vez,
simplemente encontrar consuelo en sentir una mano en mi espalda y
el conocimiento de que, al menos por ahora, no estoy sola.
Lanzo una mirada de reojo a Jason y la realidad me golpea
como un camión. Aunque no sé qué traerán las próximas horas, él
ha vuelto a mi vida, aunque sea por un breve tiempo, y no lo he
superado. La atracción sigue ardiendo en mi vientre. Quiero que sea
mío, aunque solo sea por un momento, que es todo lo que podemos
disfrutar con seguridad.
Por la forma en que me besó en la calle, él todavía se siente
muy atraído por mí. Y mi sangre calentándose es prueba de que mi
libido aún le desea. Negarlo es tan inútil como intentar detener una
marea creciente. Hay cosas que sencillamente no se pueden
contener.
Llegamos al ascensor y Jason pulsa el botón de llamada. Me
quedo a su lado, estudiándolo discretamente por el rabillo del ojo.
Analizo cada aspecto de su apariencia, archivándolo para poder
recuperar el recuerdo la próxima vez que me sienta sola.
Ha cambiado en los últimos siete años, pero desde donde
estoy, los cambios son una mejora. Cabello oscuro color arena que
parece cortado corto, no por moda, sino más bien para contener los
rizos, porque las puntas ya están comenzando a ondularse.
Ojos azul océano bien espaciados se sitúan sobre una nariz
que ha sido rota una o dos veces. Sus labios son un poco más
carnosos que los del hombre promedio, y ahora están curvados en
una sonrisa muy atractiva que hace temblar mis órganos internos.
Sus hombros son anchos y su camisa gris piedra se estira
sobre un pecho bien desarrollado y un estómago plano. Está claro
que ha encontrado tiempo para ir al gimnasio en algún momento.
Mis ojos se deslizan más y más abajo. Se detienen
bruscamente a la altura del muslo, donde sus manos descansan
contra los lados de sus piernas, con los dedos largos y elegantes
curvados en puños a medias muy sueltos. Me tienen cautivada.
Palmas anchas y profundamente bronceadas se estrechan en
unas muñecas que están marcadas por los tendones. Sus uñas están
cortadas y, aunque brillan con la luz, es un brillo saludable en lugar
de la manicura pulida que tantos hombres han adoptado
últimamente. Estas son manos masculinas, manos que no temen
ensuciarse, o lanzar un puñetazo, o... complacer a una mujer.
Incluso mientras el pensamiento estalla en mi mente, recuerdo
cómo se sintieron contra mi piel hace siete años. Cómo quitaron mi
ropa, prenda por prenda, como si estuviera desenvolviendo un
regalo precioso. Cómo habían calentado mis pechos mientras besaba
el costado de mi cuello. El roce de sus callosidades mientras esas
mismas manos se deslizaban más y más abajo. Cómo me habían
sujetado y consolado después.
Aprieto los muslos y me muerdo el labio mientras la
anticipación me recorre. Sorprendida por la inesperada reacción ante
la simple visión de algo tan ordinario como un par de manos, aparto
la mirada de ellas y me encuentro con que él me está observando,
con la cabeza inclinada y una ceja arqueada mientras mira
directamente a mi boca.
El timbre que anuncia la llegada del ascensor nos sobresalta a
ambos.
Los recuerdos siguen asaltando mi mente mientras sigo a
Jason al interior del ascensor. No se lo he contado, pero cuando me
llevó a aquella caseta de socorrista abandonada en la playa, cambió
mi vida para siempre.
Antes de ese momento, nunca había hecho más que participar
en ocasionales sesiones de toqueteo con chicos, pero incluso antes
de que los labios de Jason tocaran los míos, supe que él era
diferente, que era especial.
Soy afortunada.
Podría haber sido brusco, podría haber sido descuidado, pero
fue casi como si, incluso sin que yo se lo dijera, hubiera sabido que
era mi primera vez y se hubiera tomado su tiempo, convirtiendo la
experiencia en un recuerdo valioso y preciado.
Quizás eso, y no la falta de tiempo o la preocupación por cómo
afectará a Kelsey, es por lo que no he sentido el deseo de salir más
de una o dos veces con un chico antes de dejarlo. Temo que nunca
puedan competir con el recuerdo de Jason.
Quizás mi subconsciente cree que es mejor estar sola que
intentar vivir con la decepción.
Las puertas del ascensor se cierran suavemente tras nosotros y
Jason pulsa el botón de la planta baja. Me mira y algo en mi
expresión hace que levante una ceja inquisitiva.
—¿Qué?
Otros hombres quizás no puedan compararse con lo que mi
cuerpo recuerda, pero Jason está de pie frente a mí ahora mismo. Y
ha dejado muy claro que sigue interesado en mí.
No, no puedo permitirme construir una fantasía descabellada
sobre nosotros dos cabalgando juntos hacia la puesta del sol, pero
¿existe alguna razón de peso para que no podamos pasar unas
horas creando nuevos recuerdos?
Me humedezco los labios.
—No quiero café.
—Vale. —Jason mete las manos en los bolsillos de su abrigo y
continúa estudiándome—. ¿Qué quieres?
Respiro hondo antes de acercarme a él. Su respiración se
acelera.
Gano fuerza por la evidencia de su interés y me inclino aún
más cerca hasta que mis labios están a un mínimo susurro de los
suyos.
—¿De verdad quieres saber lo que quiero?
Levanto la cabeza una fracción de centímetro y presiono mis
labios contra los de Jason, vertiendo toda la soledad que he sentido
durante los últimos años en el beso.
Mi lengua recorre el contorno de sus labios, maravillándome de
lo suaves que se sienten contra los míos mientras sus brazos rodean
mis caderas, atrayéndome hacia él hasta que su calidez me
envuelve. Abre su boca, permitiéndome profundizar el beso.
La inquietud recorre mi cuerpo, me retuerzo contra él y gimo
contra su boca. Deslizo una mano por su espalda hasta que mis
dedos se enredan en su pelo espeso y sedoso. Mi otra mano
encuentra su cuello. Bajo la cremallera de su abrigo y jugueteo con
los botones de la camisa que lleva debajo, exponiendo un triángulo
de pecho.
Me dejo llevar por el instinto, aparto mi boca de la suya y lleno
de besos su mandíbula y el lateral de su cuello hasta llegar a la base
de su garganta.
Mientras mi lengua se arremolina en el hueco bajo su nuez,
Jason se aferra a mi ropa.
—Dios mío, Ella —jadea.
Me pongo de puntillas, rozando primero uno y luego un
segundo beso contra sus labios entreabiertos antes de sonreírle. El
ascensor se detiene con un chirrido y las puertas se abren.
—Quiero que me lleves a un sitio donde podamos estar a
solas.
Capítulo Diez
Jason
Apago el motor del Porsche cuando la puerta del garaje se
cierra tras nosotros, y echo un vistazo a mi pasajera. Se ve tan bien,
tan natural ahí sentada. No intercambiamos ni una sola palabra
durante el trayecto desde el feo edificio de oficinas hasta mi casa.
Hasta que me besó en el ascensor, nada de este reencuentro
ha salido como yo lo había imaginado. Hasta ese momento, Ella se
ha comportado como si apenas me conociera. Mentiría si no dijera
que su actitud sacudió mi confianza, me hizo dudar de lo que creía
que ambos habíamos experimentado en aquella caseta de vigilancia
hace siete años. Por primera vez, pensé que quizás solo mi mundo
había cambiado su eje.
Hablando del karma dándome una patada en los dientes. Me
parto el culo trabajando, me aseguro de tener todo lo que una mujer
moderna podría desear y me mantengo emocionalmente disponible.
Y luego, cuando finalmente encuentro a la chica que quiero más que
nada en el mundo entero, ella apenas me recuerda.
Entonces me besó en el ascensor. Todavía no puedo creer que
no me haya combustionado espontáneamente por el calor de ese
único beso.
Desde entonces, Ella no ha dicho ni una palabra. Temo que
haya cambiado de opinión. No puedo soportar la idea. No quiero
saberlo, pero debo averiguarlo.
—¿Ella?
Se aparta de la ventana, sus ojos se encuentran con los míos.
Fuego y deseo arden en sus profundidades.
El alivio me recorre. Nada ha cambiado. Todavía me desea.
Incapaz de resistir la tentación, me inclino sobre la palanca de
cambios y la beso, vierto siete años de emociones en ese beso,
rogando en silencio que ella lo comprenda.
Ambos respiramos con dificultad cuando me aparto. Me apoyo
contra la puerta del coche y le doy a mi corazón un momento para
que vuelva a latir a un ritmo normal.
Ella me mira fijamente, con los ojos muy abiertos.
—Vaya —murmura y levanta su mano, presionando sus dedos
contra sus labios temblorosos.
Le sonrío maliciosamente y le robo otro beso.
—Solo un adelanto.
Pone los ojos en blanco.
—Eres un provocador.
—¿Y esto te sorprende? —Abro mi puerta y prácticamente me
lanzo fuera del coche, apenas tomándome el tiempo de cerrarla
antes de correr alrededor del frontal y abrir la puerta de Ella.
Ella mira alrededor del garaje. No hay mucho que ver. Está
diseñado para albergar cuatro coches, pero hasta ahora mi Porsche
y un Land Rover de un año son los únicos vehículos. Tengo planeado
añadir un Corvette clásico, pero no he tenido tiempo de buscarlo. Me
irrita que ahora que finalmente tengo el dinero para gastar en lo que
quiera, parece que no tengo tiempo.
—Mucho —murmura Ella.
La atraigo hacia mí.
—Bien —digo contra sus labios—. Te acuerdas. —Tomo su
mano y la guío hasta la parte delantera de mis pantalones,
dejándole sentir lo duro que estoy.
Ella echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. No es
una risa baja y sexy que la mayoría de las mujeres considerarían
apropiada para la situación, sino más bien una risa estridente que
resuena por todo el garaje y me hace sentir bien. Ha estado tan
solemne todo este tiempo que empezaba a pensar que la chica que
había caminado de la mano conmigo por la playa y se había reído de
todos mis malos chistes había desaparecido para siempre.
Me encanta saber que todavía existe, y que tengo el poder de
desenterrarla de las capas de silenciosa dignidad bajo las que Ella
parece haberla sepultado. Pero me estoy quemando tratando de
averiguar qué —quién— le pasó. Qué la hizo ser así.
Ella me acaricia y casi me caigo de rodillas. Agarro su muñeca
y la aparto de mi polla antes de avergonzarme.
Correrme dentro de mis pantalones no es parte de la fantasía
de reencuentro que he estado construyendo durante los últimos
años, y ahora que está de nuevo en marcha, no quiero hacer nada
que la estropee.
Ella resopla.
—Parece que quizás deberíamos saltarnos el gran tour por
ahora e ir directamente a la atracción principal.
—La mejor idea que he escuchado en todo el día.
Me dejo llevar por el instinto, me inclino y paso un brazo
alrededor de sus rodillas, levantándola para que quede acunada
contra mi pecho. Su nueva posición no solo nos pone cara a cara,
sino también boca a boca. Aprovecho su proximidad y me acerco
para besarla.
Es diferente de nuestros otros besos, más profundo, más
ardiente, más húmedo. Cuando finalmente nos separamos, ambos
estamos jadeando. La sangre ruge en mis oídos mientras me
pregunto si debería intentar seguir con mi plan original de llevarla
dentro de mi casa y hasta mi dormitorio, o si debería ceder a la
exigencia de mi cuerpo, sentarla sobre el capó de mi coche y
tomarla aquí mismo, ahora mismo.
Ella suelta un suspiro inestable y apoya su mejilla en mi
hombro.
—Dios mío —jadea. Está temblando en mis brazos, su cuerpo
ya cálido y dócil.
No tengo ninguna duda de que si la coloco sobre el coche y le
bajo los pantalones por los muslos y me muevo entre sus piernas,
me recibirá. Está tan excitada y desesperada como yo.
No puedo.
Mi polla prácticamente aúlla en protesta mientras aprieto mis
brazos alrededor de ella y me alejo del Porsche hacia la puerta que
conduce del garaje a la casa.
Ella es preciosa. Merece algo mejor que un revolcón rápido en
un garaje. Y si voy a demostrar que soy digno de ella, que merezco
todo su amor, entonces necesito empezar a presentar mi caso ahora
mismo, comenzando por mostrarle que tengo algo de autocontrol.
Capítulo Once
Ella
Apenas tengo tiempo de formarme una impresión fugaz de la
casa antes de que Jason abra una puerta que conduce a su
dormitorio.
Me deja en el borde de una cama enorme cubierta con una
colcha de terciopelo azul marino y verde, y se sienta a mi lado. Su
cálido muslo presiona contra el mío. Mantiene un brazo alrededor de
mi cintura, con la mano curvada sobre mi cadera. Trago saliva. El
repentino cambio en nuestra posición hace que parezca más grande
e imponente de lo que parecía cuando estábamos en su pequeño
coche.
Como si percibiera mi repentina inquietud, desliza un dedo
bajo mi barbilla y suavemente me insta a girar la cabeza hasta que
estoy mirando directamente a sus ojos. Se inclina más cerca y me da
un ligero beso en los labios.
—¿Estás segura de esto? —susurra.
Ante su genuina preocupación y cariño, mi inquietud se derrite
como la escarcha bajo el sol radiante.
—Sí, estoy segura.
Me lamo el labio inferior. El movimiento atrae sus ojos, que se
oscurecen. Moviéndose con una lentitud exquisita, Jason se inclina
para besar mis labios.
Mi corazón late lentamente contra mi esternón, cada latido
marcando el tiempo que le lleva cerrar la distancia y posar sus labios
sobre los míos.
Aunque sé que va a suceder, tiemblo al sentir la conexión. Sus
labios acarician los míos, una, dos, tres veces. A pesar de las capas
de ropa que llevo puestas, siento cómo su agarre se estrecha, sus
dedos clavándose en mi cadera. Me inclino hacia él y separo mis
labios y me envío una invitación silenciosa, una que acepta de
inmediato.
Su lengua se desliza entre mis labios, rozando la mía de una
manera que provoca que brillantes fuegos artificiales rojos y
amarillos estallen tras mis párpados cerrados. Su beso es más
embriagador, más adictivo que la droga más potente imaginable.
Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello, deslizo mis dedos
entre su pelo y me aprieto contra la dura extensión de su pecho.
Quiero —no, necesito— sentir más de él. Mientras nuestras
bocas continúan provocando y atormentando con pequeños
mordiscos y largas exploraciones, forcejeo con los botones de su
camisa. Es más complicado de lo que debería ser. El sabor de Jason
hace que mis dedos sean torpes y la forma en que sus dientes se
cierran sobre mi labio inferior hace que sea casi imposible
mantenerme concentrada en mi tarea.
Finalmente, el último botón se desliza por el ojal y aparto la
camisa de sus anchos hombros, revelando su exquisito pecho.
Las manos de Jason se deslizan por mi cuerpo hasta que
sujetan el cuello de mi abrigo. Me lo quita y lo arroja al suelo antes
de alcanzar la parte inferior de mi jersey de segunda mano.
—No. —Extiendo la mano y envuelvo mis dedos alrededor de
sus gruesas muñecas.
Sus ojos se abren y se retira, la confusión ha reemplazado al
deseo.
Me doy cuenta de que no entiende, que piensa que he
cambiado de opinión.
—No —suavizo mi voz—. Todavía no. Quiero mirarte.
La comprensión llega y una brillante sonrisa se despliega en su
rostro. Se recuesta en la cama, apoyándose sobre sus codos.
—Entonces, ¿te gusta lo que ves?
—Mucho. —Sabía que luciría diferente a como era hace siete
años. Incluso con la ropa puesta, era imposible no notar cuánto
había desarrollado su cuerpo en los últimos siete años, pero no me
había dado cuenta de cuánto hasta ahora. Hace siete años, era
delgado casi hasta el punto de la demacración, pero ahora está
musculado, seriamente musculado.
Si las estatuas griegas fueran capaces de sentir, estarían
celosas del pecho de Jason, que es mucho más impresionante ahora.
Extiendo la mano y la coloco contra uno de sus pectorales,
emocionándome por lo grande y sólido que se siente bajo mi tacto.
—¿Pasas mucho tiempo entrenando?
—Un poco. —Jason aparta mi mano. Sus ojos capturan y
retienen los míos mientras levanta mi mano hacia su boca, girándola
para morder la tierna parte inferior de mi muñeca. Su lengua se
asoma y lame el mismo lugar, aliviando el escozor de la mordida y
haciendo que mi estómago se retuerza mientras mi ritmo cardíaco se
duplica.
—Te sienta bien. —Me inclino hacia delante y rozo con los
dientes uno de sus pezones. Él jadea y un escalofrío recorre su
cuerpo.
—Suficiente —dice, apartándose de mí—. Es mi turno.
Tira de mí hasta que estoy tumbada a su lado. De nuevo,
alcanza el borde de mi jersey, pero esta vez no hago ningún
movimiento para detenerlo, me someto mientras tira del dobladillo
hacia arriba y me saca el jersey por la cabeza.
Por primera vez desde que subí a su coche, una ola de
inseguridad me invade. Jason no es el único que ha cambiado en los
últimos siete años. Pero a diferencia del suyo, que no ha hecho más
que mejorar, mi cuerpo lleva las marcas de la maternidad. Adoro a
Kelsey, pero odio que mi cuerpo nunca más estará listo para lucir un
bikini.
Jason se apoya sobre un codo y me mira fijamente. Me cuesta
todo mi autocontrol quedarme quieta y no usar mis manos para
cubrirme.
—Preciosa —murmura Jason, su voz poco más que un gruñido
gutural—. Simplemente impresionante.
Extiende la mano, acunando mi pecho izquierdo en la palma de
su mano, su pulgar frotando contra mi pezón a través del material
de mi sujetador. Me muerdo el labio para silenciar mi grito instintivo.
El contacto es tan simple, tan básico, algo que la joven promedio de
dieciocho años experimenta regularmente, pero ha pasado tanto
tiempo desde que he sentido el tacto de un hombre, que es
suficiente para robarme el aliento y enviar una ola de euforia que me
atraviesa por completo.
Jason se mueve en el colchón. Su boca cubre mi desatendido
pecho derecho. Arqueo la espalda, usando mi cuerpo para suplicar
más.
He revivido el recuerdo de la noche en que Kelsey fue
concebida un millón de veces. Pensé que lo recordaba con perfecta
claridad, pero había un aspecto de la forma de hacer el amor de
Jason que había olvidado.
No se precipita con nada, prefiere atender las necesidades de
su amante antes de empezar a considerar su propia gratificación.
Cada caricia, ya sea con su mano o con su boca, es larga, lenta, y
envía oleadas de deseo que me atraviesan. Y una caricia no es
suficiente; cada vez que jadeo de placer, le anima a repetir el
movimiento una y otra vez hasta que mi cerebro se nubla, y más, y
más...
Por mucho que aprecie el gesto, ya estoy tambaleándome al
borde mismo del clímax, y por muy bien que se sienta su contacto,
sé que cuando llegue, lo quiero dentro de mí, acompasándose
conmigo embestida a embestida.
Decidida a acelerar las cosas, paso una mano por su pecho y la
arrastro por su estómago plano como una tabla de planchar, y aún
más abajo hasta que rozo su erección a través de sus pantalones.
Él grita y estira el brazo, agarrando mi mano con una fuerza
que me magulla.
Se incorpora, dándome un ligero beso en la boca,
disculpándose silenciosamente por su momentánea brusquedad.
—Tranquila —murmura—. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Dios mío, ya estoy a punto de explotar por la creciente presión
que crea su contacto. Si se toma más tiempo, la espera me matará.
De alguna manera, debe haber captado mi desesperada
necesidad, porque desabrocha mi sujetador y entierra su rostro
entre mis pechos e inhala profundamente mientras sus manos
encuentran mi cinturón y abren la hebilla.
Mis dedos se aferran a su pelo, lo mantengo en su lugar
mientras sus manos desabrochan mi cinturón y mis vaqueros. Apoyo
los talones en el colchón y levanto el culo, facilitándole deslizar mis
vaqueros y mis húmedas bragas por mis caderas.
Con una lentitud exquisita que me hace perder la razón, va
deslizando el pantalón por mis piernas, sus manos acarician y
masajean cada centímetro de piel a su paso. Cada roce provoca una
descarga de placer eléctrico tan intenso que roza el dolor y me
atraviesa por completo. Aprieto los muslos en un intento
desesperado por contener mi inminente orgasmo.
Si Jason no se da prisa, acabaré el viaje en solitario.
Cierro los ojos e intento que mi ardor se enfríe, aunque sea
solo por unos momentos.
Jason levanta la cabeza. Noto que me observa a placer,
absorbiendo cada detalle de mi aspecto. Debería sentirme
avergonzada, pero estoy demasiado lejos para que me importe.
—Preciosa —murmura mientras se inclina para otro beso.
—Gracias. —Extiendo la mano y la deslizo por su espalda,
disfrutando al ver cómo se estremece ante mi suave caricia.
Decido que es justo devolverle el favor, así que deslizo mis
manos por su cintura y desabrocho sus pantalones, empujándolos
hacia sus tobillos.
Se coloca encima de mí. Nuestras piernas se entrelazan y me
estremezco con la sensación de piel rozando contra piel. Había
olvidado lo bien que se siente.
Con manos temblorosas, arrastro su boca hacia la mía y le
beso. No es un beso suave, sino uno que exige respuesta. Por
suerte, Jason está listo y dispuesto a dar tanto como recibe, y me
doy cuenta de que su estilo lento y considerado de hacer el amor le
está afectando tanto como a mí.
—¡Dios, Ella! —gime. Se aparta de mi boca y crear un camino
de besos sobre mi barbilla, bajando por mi garganta, hasta volver a
mis pechos que se alzan. Al mismo tiempo, su mano se desliza hacia
el sur, acariciando mi estómago hasta llegar a mi centro. Cubre mi
monte, y su tacto se siente como una marca ardiente mientras un
dedo acaricia mis labios inferiores, comprobando la humedad que se
ha ido acumulando allí desde antes de que me colocara en su cama.
—¡Jason! —grito entre dientes apretados. Empujo mis caderas
hacia arriba, suplicando más de su contacto.
—Te gusta, ¿verdad? —Se ríe contra mis pechos antes de
morder ligeramente un pezón. Lo inesperado de sus dientes contra
la piel oscurecida casi me hace saltar de la cama.
En respuesta a mis caderas que empujan, desliza un dedo
dentro de mí mientras sigue prodigando atenciones, primero a un
pecho y luego al otro. De fondo, oigo el crujido del envoltorio de un
preservativo.
—Más —susurro.
Como respuesta a mi exigencia, un segundo dedo se une al
primero, estirándome. Una uña roza mi punto G, haciendo que mi
cabeza se agite de un lado a otro sobre la almohada mientras me
arqueo con tanta fuerza que casi derribo a Jason de mi cuerpo.
Siente que no puedo soportar más su tormento lento y
delicioso, así que Jason separa mis muslos y se coloca entre ellos,
antes de guiar una pierna hacia arriba y sobre mi cadera derecha.
Retira sus dedos, reemplazándolos con la cabeza de su ansioso
miembro, que presiona contra mi hambrienta entrada.
Lanzo un tímido gemido de deseo, desesperada por la
liberación que sé que está por llegar.
El miembro de Jason es mucho más grande que mi vibrador,
algo que se vuelve cada vez más evidente mientras entra en mí,
centímetro a centímetro. El placer sigue ahí, pero se atenúa ante la
incomodidad de ser estirada más de lo que lo he estado en mucho
tiempo.
Me muerdo el labio y me obligo a relajarme.
—Tranquila —murmura Jason mientras sigue presionando hacia
adelante hasta que toda su longitud está envainada dentro de mí. Se
queda quieto y me besa, con fuerza, atrapando mi labio inferior
entre sus dientes mientras da tiempo a mi cuerpo para adaptarse.
Lentamente, casi de forma experimental, empieza a moverse,
deslizándose suavemente dentro y fuera de mí. Mi cuerpo reacciona,
haciendo lo que la naturaleza pretendía y proporcionando la
lubricación necesaria para facilitar su paso mientras su piel, húmeda
por el sudor, se frota contra mis doloridos pechos.
Presiono mis muslos contra su pecho, animándole mientras mi
corazón martillea rápidamente contra mi caja torácica, latido a
latido, acompasado con el palpitar entre mis piernas.
Una y otra vez, moviéndose con la misma lentitud y firmeza
que ha caracterizado su forma de hacer el amor, las caderas de
Jason empujan en el ancestral ritual de apareamiento.
Me aferro a sus hombros, mis uñas sin manicura se clavan en
su piel, animándole a moverse más rápido, a embestir con más
fuerza.
Por primera vez, responde a mis demandas.
Me aferro a él como si mi vida dependiera de ello.
Ambos nos movemos hacia un orgasmo embriagador. La
cuestión es si lo alcanzaremos juntos.
Jason emite un grito gutural y embiste dentro de mí con más
fuerza, sus caderas golpeando las mías con tanta intensidad que me
desliza por el colchón hasta que mi cabeza choca contra el cabecero,
pero no me importa.
Una sacudida igual de intensa me recorre, y hace que todas y
cada una de mis terminaciones nerviosas cobren vida hasta que
temo explotar de dentro hacia fuera, que el placer haga que mi
esencia se fragmente en un millón de pedazos.
Cierro los ojos con fuerza y cabalgo las ondas de placer hasta
su culminación.
Jason da una última embestida estremecedora antes de
derrumbarse sobre mí.
Incluso mientras las últimas réplicas de mi clímax vibran a
través de mis extremidades, una cálida sensación de ternura me
invade y lo rodeo con mis brazos, acariciando su espalda y
murmurando palabras tranquilizadoras sin sentido hasta que nos
quedamos dormidos.
Capítulo Doce
Ella
Abro los ojos a medias y me encuentro mirando una pared
pintada de gris claro. Igual de desconocida es la elegante mesita de
noche de caoba en la que un despertador de plástico barato anuncia
en grandes números rojos que son las 5:08.
Miro fijamente el reloj, los números se graban en mis córneas
mientras intento recordar exactamente dónde estoy y cómo he
llegado aquí.
Me giro sobre la espalda y varios músculos emiten una queja,
como si hubiera estado haciendo ejercicio, algo que suelo evitar,
principalmente porque no tengo tiempo ni energía. Aún más
desconcertante es el dolor entre mis piernas.
Me froto los ojos y me incorporo hasta quedarme sentada. La
colcha de terciopelo se desliza de mis hombros y se acumula en mi
regazo. Me quedo boquiabierta al ver mis pechos desnudos. No he
dormido desnuda desde... hace una eternidad. Al fin y al cabo,
cualquier deseo de hacerlo se había desvanecido después del
nacimiento de Kelsey. Algo sobre dormir desnuda con una niña en el
apartamento siempre me había parecido... indecoroso.
Sé lo anticuado que suena.
Me inclino hacia un lado y diviso mi ropa esparcida por el suelo
junto a la cama. El enredo de tela arrugada es todo lo que necesitan
mis sinapsis para activarse. Los recuerdos de lo que ha ocurrido en
esta misma cama, de lo que Jason le ha hecho a mi cuerpo con sus
manos y con su boca, me hacen sonrojar.
Miro hacia el otro lado de la cama. La almohada tiene la marca
de una cabeza y la ropa de cama está arrugada. Me inclino y deslizo
la mano bajo las sábanas, palpándolas. Están frías al tacto, así que
no ha sido Jason al levantarse de la cama lo que me ha despertado.
Es evidente que lleva un buen rato fuera.
Miro el reloj. Mi turno en el centro de llamadas estaba
programado para terminar a las cinco. He perdido el sueldo de un
día entero. Sé que es solo cuestión de tiempo antes de que empiece
a preocuparme por el caos que la pérdida de tanto dinero creará en
mi presupuesto. Especialmente teniendo en cuenta para qué
necesito el dinero...
Ahora mismo, todavía estoy resplandeciente tras mi primer
encuentro amoroso en siete años. No estoy preparada para dejar
que la realidad interfiera en mi buen estado de ánimo. Ya habrá
tiempo de sobra para preocuparse por las finanzas más tarde.
Siempre lo hay.
Sí que necesito hacer una llamada y avisar a Adele de que
llegaré tarde.
Me deslizo de nuevo bajo las cálidas mantas y me giro sobre el
estómago. Me equilibro en el borde del colchón, rebusco entre el
montón de ropa, buscando mi móvil. Me lleva un minuto darme
cuenta de que la única ropa esparcida por el suelo es la de Jason. Mi
ropa, junto con mi teléfono, no está por ninguna parte.
Entonces, ¿dónde están?
Cojo la camisa de Jason y balanceo las piernas fuera de la
cama. Me siento en el borde del colchón y me abrocho la camisa.
Esta, como las sábanas, se enfrió hace mucho tiempo, pero la tela
todavía conserva su olor. Hundo mi cara en el cuello, inhalando el
aroma dulce y picante de su aftershave, un aroma que siempre
asociaré con Jason.
La camisa me queda demasiado grande. Las mangas cubren
toda mi mano y caen varios centímetros más allá de mis dedos. La
parte inferior de la camisa me roza por detrás de las rodillas, cada
roce de la tela contra mi piel recordándome las caricias cálidas y
lentas de Jason.
Se me pone la piel de gallina.
Mientras me subo las mangas, salgo descalza de la habitación
y empiezo a buscar a Jason.
No me toma más de unos minutos asimilar el verdadero
impacto de la riqueza de Jason. O sea, ya sabía por aquel artículo
que leí en Forbes que era increíblemente rico —un multimillonario,
incluso— y cómo había ganado toda esa pasta. Sin embargo, la
realidad no me ha golpeado hasta ahora, mientras contemplo su
casa.
No solo tiene una playa privada y unas vistas de primera clase
del lago Michigan, sino que también es una de esas casas que
desprende riqueza por los cuatro costados. Techos altos de catedral,
suelos construidos con madera auténtica en lugar del laminado que
utiliza la gente normal. Toda la sección de la casa que da al lago está
construida con cristal tintado, supongo que para que los ocupantes
puedan ver hacia fuera sin preocuparse de que la gente que disfruta
del agua les espíe.
Me encanta el edificio, pero no lo llamaría un hogar, no
realmente. Está bellamente decorado con muebles de cuero y
cromo, y preciosos cuadros cuelgan de las paredes, pero todo
parece algo escogido y organizado según el gusto de un decorador.
Nada parece propio de Jason.
Bueno, quizás no todo, pienso al ver el libro de bolsillo con las
esquinas dobladas sobre una mesita auxiliar cerca de un enorme
sofá de cuero negro.
Lo cojo y le doy la vuelta. Una biografía de Millard Fillmore.
Qué curioso, hasta este momento, había olvidado por completo que
la primera vez que vi a Jason en aquel bar junto a la playa, también
estaba leyendo un libro.
Otra biografía presidencial.
Arrugo la nariz e intento recordar quién había sido el
protagonista de aquel libro. No uno de los realmente famosos, eso
seguro, pero sí uno cuyo nombre me resultaba familiar. Madison, eso
era. Estaba leyendo un libro sobre James Madison en aquel
momento. Preguntarle por el libro, si era bueno o no, fue mi manera
de romper el hielo. Me dijo que sí y me confesó estar un poco
obsesionado con la historia presidencial y que algún día esperaba
escribir un libro, una breve historia de todos los hombres que habían
dirigido el país.
¿Me pregunto si habrá conseguido avanzar en ese objetivo
particular?
Un fuerte golpe suena directamente bajo mis pies y me
sobresalto. Me aparto a un lado, preocupada de que quizás haya
algo estructuralmente mal en la casa y el suelo esté a punto de
hundirse. El suelo aguanta, aunque hay otro fuerte golpe.
Agudizo el oído y me doy cuenta de que, si escucho con
atención, puedo oír los débiles acordes de alguna intensa canción de
rock. La música también viene de debajo de mis pies.
Examino la habitación, pero no veo señal de una puerta que
conduzca a una escalera que baje.
Retrocedo, salgo del elegante salón y vuelvo a un amplio
pasillo con techo abovedado. Esta vez, decido ser entrometida y
abrir cada puerta a mi paso. Asomo la cabeza por los umbrales,
echando un vistazo rápido a la habitación que hay detrás de la
puerta antes de continuar.
En este caso en concreto, a la tercera va la vencida. Abro la
puerta y encuentro una escalera estrecha y empinada que conduce a
las entrañas del edificio. La intensa música rock, Styx creo, asciende
por la escalera.
¡Bingo!
Sin ninguna vacilación, bajo rápidamente por las escaleras, con
mis pies descalzos golpeando contra la fría madera.
Llego al rellano y me encuentro en medio de un elaborado
gimnasio doméstico. El lugar contiene una enorme cinta de correr
configurada en una pendiente pronunciada que hace que me ardan
los muslos solo de mirarla, tres, sí, has oído bien, tres bicicletas
estáticas, y un surtido de diferentes aparatos de levantamiento de
pesas que guardan un inquietante parecido con las máquinas de
tortura de la Inquisición española. Una esquina del enorme sótano
ha sido incluso acordonada y convertida en un mini ring de combate.
Al mirarlo, decido que no haré preguntas. Si Jason alberga su
propio club de la lucha aquí en su sótano, ese es su asunto. No
quiero saber nada al respecto.
La vista de carteles de Star Trek, Avatar, Star Wars, Firefly,
Doctor Who y una variedad de series y películas de ciencia ficción
algo menos conocidas adornan las paredes de bloques de hormigón,
un contraste discordante con el austero nirvana fitness de Jason.
Paseo la mirada sobre ellos y pienso en la obsesión de mi hija
con cualquier cosa relacionada con la ciencia ficción, particularmente
Firefly. Siempre me había preguntado cómo había llegado a
interesarse por ese tipo de cosas, ya que no era precisamente mis
temas preferidos. Ahora lo sé.
Ha heredado su amor por las naves espaciales y los
extraterrestres estrafalarios.
Esta es la primera sección de la casa que se parece a Jason.
Veo a Jason tumbado boca arriba en un banco de pesas,
levantando una barra impresionante. Tiene la cabeza girada hacia un
lado, con los ojos fijos en mí.
Retuerzo los dedos en la tela de la camisa que llevo puesta e
intento ignorar el estallido de timidez que florece en mi pecho.
—Hola.
Jason coloca la barra en el soporte por encima de su cabeza y
se sienta. Usa la parte inferior de su camiseta negra de tirantes para
limpiarse el sudor de la cara, un movimiento que me proporciona
una tentadora visión de sus abdominales perfectamente marcados.
—Hola. —Se relame los labios—. ¿Cómo estás? —Sus palabras
salen en un apresuramiento nervioso.
Curiosamente, la idea de que él esté nervioso hace maravillas
para calmar mi propia inquietud.
—Me siento bien —le digo—. Genial, de hecho. Solo que... Es
tarde. Me he perdido todo mi turno y ni siquiera me he molestado en
llamar a Jerry para decirle dónde estaba. Va a montarme un pollo, si
es que no lo ha hecho ya.
Jason niega con la cabeza.
—Llamé a Jerry y le informé de que tú y yo seguíamos
discutiendo sobre cómo funciona el centro de llamadas y que, como
las cosas estaban llevando mucho tiempo, no irías hoy.
Parte de la tensión desaparece de mis hombros. Aunque dudo
seriamente que Jerry vaya a creer que Jason y yo pasamos todo el
día charlando sobre el centro de llamadas, no podrá reprenderme ni
descontarlo de mi sueldo.
—Aun así, no deberías haberme dejado dormir tanto tiempo.
—Pensé en despertarte, pero parecías tan tranquila y dormías
tan profundamente que no tuve valor para hacerlo. —Estudia mi
rostro—. Y no te lo tomes a mal, pero tienes mejor aspecto, un poco
menos... cansada que cuando estabas en la oficina.
Ahora que ya no estoy preocupada por si he perdido el sueldo
de un día, o peor aún, mi trabajo, tengo que admitir que me siento
mejor de lo que me he sentido en... más tiempo del que puedo
recordar. Sospecho que es una combinación del sexo y del sueño.
Ambas eran cosas que creo que mi cuerpo y mi mente ansiaban
desesperadamente, aunque no me di cuenta de cuánto hasta que
me desperté en la cama de Jason.
Jugueteo con su camisa.
—Te he cogido prestada esta. Espero que no te importe. Me
habría puesto mi ropa, pero parece haber desaparecido.
—A ti te queda mejor que a mí. —Los ojos de Jason brillan con
evidente apreciación mientras recorren mi cuerpo—. Puse tus cosas
en la lavadora.
—¡Oh! —Por alguna razón, ese simple gesto me encanta—. No
tenías por qué hacerlo.
—Sé que no tenía que hacerlo. Quería hacerlo.
—Gracias —le digo—. Em, cuando hiciste eso, ¿por casualidad
viste mi móvil? Estaba en el bolsillo de...
—De tus vaqueros —Jason termina mi frase—. Sí, lo encontré.
Lo puse encima de la lavadora.
—Gracias. —Recorro la habitación, consciente de que los ojos
de Jason me siguen mientras paso los dedos despreocupadamente
por un aparato de ejercicio tras otro.
—Así que es así como te mantienes en tan buena forma —
digo. Le lanzo una mirada desde debajo de mis pestañas—. ¿Cuándo
te convertiste en un fanático del fitness?
—Hace unos cinco años. Estaba desarrollando varios
programas informáticos y necesitaba una forma de desconectar y a
la vez desahogarme. Un colega me introdujo en el combate cuerpo a
cuerpo y eso me llevó a levantar pesas. Resulta que, además de ser
una manera estupenda de desentumecer los músculos después de
un largo día frente al ordenador, también me impide quedarme
demasiado delgado.
—Sea lo que sea lo que haces, te sienta bien.
—Gracias. —Los dientes de Jason brillan en una sonrisa de
aprecio—. ¿Y tú? ¿Haces ejercicio?
Me detengo junto al banco de pesas donde está sentado y
niego con la cabeza.
—No. De hecho, creo que esto es lo más cerca que he estado
de un verdadero gimnasio en toda mi vida. Hacer ejercicio... —
Arrugo la nariz—. Me parece un montón de esfuerzo extra para
obtener resultados que tardan tanto en aparecer.
—Puede ser. —Jason se levanta y me mira desde arriba—.
Todo depende de lo que quieras conseguir. Yo empecé a hacerlo
para relajarme. Los resultados fueron prácticamente instantáneos.
¿Por qué no lo pruebas?
—¿Qué? ¿Esto? —Agito las manos señalando el banco de las
pesas y doy un paso atrás—. ¡Oh, no! No creo que sea buena idea.
Soy muy debilucha. Nunca levanto nada más pesado que una bolsa
de la compra.
Jason se ríe y desengancha las pesas de la barra hasta que
solo queda la barra en sí.
—Venga, pruébalo. Puede que te guste.
Coge un par de discos finos y los engancha a la barra.
—¡Listo! La barra solo pesa seis kilos, y he añadido otros
nueve. Así que solo tendrás que levantar unos quince kilos.
Cualquiera puede hacer eso.
—Sigue pareciendo pesado. —Por supuesto, el mes pasado
cogí un gran saco de comida para gatos que estaba de oferta, y ese
pesaba más de veinte kilos y logré llevarlo sin romper nada.
—Solo lo parece. —Jason coloca una mano cálida en mi
hombro y me insta a acercarme al banco—. Una vez que empieces a
practicar, probablemente te parecerá poco y me pedirás que añada
pesas más pesadas.
—Lo dudo mucho —murmuro. Quiero escabullirme de su
contacto y salir de la habitación, pero hay algo indefinible en los ojos
de Jason que altera mi determinación. Quiero hacerle feliz, y si eso
significa tumbarme en este estúpido banco y demostrar que puedo,
o no puedo, levantar una estúpida barra sobre mi cabeza, que así
sea.
No es fácil mantener la dignidad cuando se trata de montarse
a horcajadas en un banco de pesas sin llevar nada más que la
camisa de vestir abotonada de un hombre, pero hago todo lo
posible.
—Bien —Jason coloca sus manos bajo mis rodillas y me desliza
por el banco hasta que mi trasero queda presionado contra el
extremo. El movimiento hace que el dobladillo de su camisa se
arremoline bajo mis muslos y deje al descubierto varios centímetros
más de piel desnuda.
—Apoya los pies firmemente en el suelo. Así. —Jason suena sin
aliento mientras se agacha y ajusta mis pies. La anticipación me
recorre como una descarga eléctrica y un rubor carmesí tiñe mis
mejillas.
Jason se levanta, su gran mano acaricia mi muslo izquierdo
antes de sacudirse y moverse hacia mi cabeza.
Estoy decepcionada. Aquí estoy, preparada, posicionada y
dispuesta, y él no aprovecha la oportunidad.
—Vale, ahora agarra la barra así. —Jason toma mis manos
entre las suyas, húmedas por el sudor, y las levanta. Me ayuda a
envolver los dedos alrededor de la barra.
Le miro, lo cual es bueno. Escucharle hablar da la impresión de
que ha perdido el interés en mí, pero su rostro cuenta una historia
diferente. Las venas en el lateral de su cuello se marcan y pequeñas
gotas de sudor que nada tienen que ver con su propia sesión de
entrenamiento perlan cerca de sus sienes. Observo cómo su mirada
recorre la longitud de mi cuerpo tendido, desnudo salvo por su
camiseta. Traga saliva con dificultad.
Mmm...
Meneo un poco las caderas, haciendo que el borde de la
camiseta suba una fracción de centímetro más. Los ojos de Jason
siguen el movimiento de la tela. El dobladillo ha llegado ahora a la
parte superior de mis muslos, a un suspiro de exponerme por
completo.
Jason se da una sacudida visible, como si se estuviera
recomponiendo, y vuelve al tema.
—Bien —dice, con voz aún lenta y constante, aunque con algo
más de fuerza que antes—. Vas a levantar la barra del soporte y
bajarla lentamente hasta tu pecho. Espera un segundo o dos, y
luego extiende gradualmente los brazos, empujándola hacia arriba
hasta que tus codos estén rectos. Mantén los movimientos lentos y
constantes. Si tienes problemas, estoy aquí mismo, listo para coger
la barra.
Las manos de Jason se ciernen cerca de la barra mientras la
retiro del soporte y la bajo lentamente. Siguiendo sus instrucciones,
la empujo hacia arriba.
—Lo he conseguido —le digo—. ¿Puedo levantarme ya?
Jason se inclina un poco hacia delante para mirarme a la cara y
sonríe.
—¿Qué tal si intentas diez repeticiones?
¡Diez repeticiones! Está como una cabra. Diez repeticiones con
mi nivel actual de forma física, esa es la verdadera definición de
locura.
—No creo —le informo con los dientes apretados—. Hice lo que
pediste. Lo he intentado. Eso debería ser suficiente.
—¿Qué tal cinco repeticiones? Al menos es suficiente para
sentirlo de verdad.
Refunfuño por lo bajo, bajo lentamente la barra hasta mi
pecho y descanso un momento antes de estirar los codos.
Las dos primeras no están mal. Como Jason prometió, la barra
no es tan pesada como parecía e incluso mis brazos finos como
espaguetis son capaces de soportarla.
La tercera es otra historia. Mis brazos empiezan a arder y
quiero volver a enganchar la barra al banco y olvidarme de todo este
asunto, pero mi terco orgullo insiste en que siga adelante con ello.
Para cuando extiendo la barra sobre mi cuerpo por quinta vez,
empiezo a entender por qué Jason levanta pesas. No solo el
concentrarme en lo que se necesita para completar el ejercicio vacía
mi mente de todo lo demás, sino que también me ayuda a sentirme
más centrada y conectada conmigo misma.
Aun así, eso no significa que sea algo que me vea haciendo
regularmente.
Devuelvo la barra a su gancho y me incorporo. Miro de reojo a
Jason y lo encuentro observándome, con una expresión indefinible.
—¿Qué? —La sospecha se despliega lentamente dentro de mí
—. No. Si tienes alguna intención de engatusarme para que pruebe
otra cosa, la respuesta es no.
—Te quiero. —Sus palabras apenas son más audibles que un
susurro. Por un momento, creo que las he imaginado.
Abro la boca para responder, pero no me sale nada.
—Cásate conmigo —continúa Jason.
Niego con la cabeza frenéticamente.
—¡No! —La palabra sale arrancada de mi pecho—. No puedo.
¿Cómo puedes siquiera pedirme algo así? Apenas nos conocemos.
¡Claro que no!
Capítulo Trece
Jason
¿No?
Vale, no pretendía proponerle matrimonio —simplemente me
salió así—, pero aun así, «no» parece un poco duro. Aquí estoy,
ofreciéndole mi corazón en la mano y ella prácticamente lo está
tirando a la basura. Lo cual no tiene ningún sentido. Conozco a Ella.
Es diplomática y amable. No es cruel. Es el tipo de persona que
suavizaría un rechazo con una explicación cariñosa y un abrazo. No
con un no a gritos.
Necesito claridad y sin confiar en mi voz, me acerco a ella,
levantándole el mentón para poder mirar sus bonitos ojos. En sus
profundidades veo deseo, anhelo y algo más, algo que se parece
alarmantemente al miedo, todo arremolinándose, antes de que
controle sus emociones y sus ojos se conviertan en claros estanques
azules.
La ansiedad me carcome las entrañas. ¿Tengo razón? ¿Era
miedo? Y si lo era, ¿a qué tiene miedo? A mí no. Nadie que tuviera
miedo podría haber respondido así a mi contacto. Entonces, ¿qué
es?
Me siento a su lado.
—Sé que tienes sentimientos por mí —digo en voz baja—. Tu
cuerpo te delata cada vez que te toco.
Ella extiende la mano y la coloca en un lado de mi mandíbula.
—Jason —dice, vacilante—. Quiero, Dios sabe que te deseo
más que nada... casi nada, en el mundo. Pero no es posible.
—¿Por qué? —mascullo entre dientes apretados—. Te quiero, y
sé que tú me quieres, aunque no estés dispuesta a admitirlo.
Una profunda línea aparece entre las cejas de Ella, indicando
que se está tomando su tiempo, sopesando cada palabra posible y
eligiendo las que transmitirán su mensaje más rápido.
No. No voy a permitírselo.
La frustración, mezclada con miedo y un poco de ira, se gesta
dentro de mí. He trabajado tan duro para asegurarme de que
cuando finalmente la encontrara, tendría algo que ofrecerle, y ahora
que por fin la he encontrado, que por fin he conseguido mi
oportunidad de construir el futuro con el que siempre he soñado,
Ella quiere alejarse de mí y fingir que no le importo.
Que me condenen si así es como va a desarrollarse esta
escena.
No quiero un bonito discurso diseñado para hacernos las cosas
más fáciles a los dos. Quiero la verdad, y la única manera de
conseguirla es si habla desde el corazón. De una forma u otra, solo
necesito encontrar la manera de que se aparte de su naturaleza
lógica y recurra a las emociones que sé que están justo debajo.
Estoy seguro de que una vez que lo haga, caerá en mis brazos
y jurará que soy su único y verdadero amor.
Alargo el brazo y con un dedo trazo la elegante línea de su
garganta. Ella inspira bruscamente. ¿Cómo puede alguien que no
está perdidamente enamorada de mí reaccionar tan intensamente a
un simple contacto?
—No tienes que prometerme un para siempre.
Sus ojos se abren de par en par. La he descolocado. Bien.
Claramente, esperaba que yo insistiera, que le proporcionara una
lista de exigencias sobre por qué debería quedarse, y no que le
ofreciera una opción alternativa.
—Estoy perfectamente feliz tomando las cosas día a día.
Conociéndonos antes de que nos comprometamos el uno con el
otro.
La luz del sol que entra por la ventana sobre nuestras cabezas
hace cosas interesantes con su piel. La hace parecer casi luminosa.
Es como si estuviera cautivo por alguna fuerza magnética que me
atrae cada vez más cerca de Ella hasta que mis labios rozan los
suyos en un beso más suave que un susurro.
—Un día… —Deposito un suave beso en la punta de su nariz.
Sus ojos se cierran lentamente, permitiéndome besar cada párpado.
Ella no dice las palabras que quiero... necesito escuchar. En su
lugar, rodea mi cuello con sus brazos y enreda sus dedos en mi pelo
mientras me acerca a ella. Me muerde el labio inferior antes de
deslizar su lengua por él. Puede que no esté dispuesta a
proporcionarme las palabras que deseo, pero su cuerpo me dice
todo lo que necesito saber, aunque su mente todavía se niegue a
aceptar la verdad.
Abro más la boca, recibiendo su dulce intrusión, y acepto que
la respuesta de su cuerpo es suficiente, al menos por ahora. Tarde o
temprano su mente lo asimilará y podremos dedicarnos al serio
asunto de construir una vida juntos.
Ella se retuerce y arquea la espalda, presionando sus pechos
contra mi torso. Mis manos se deslizan por sus caderas y apartan el
borde de la camiseta mientras se posan en su cintura.
Me pierdo en el placer inconsciente creado por el calor de su
boca y el ritmo ancestral de su lengua. La mía se acompasa a la
suya caricia por caricia.
Mis manos ascienden, deslizándose por su suave vientre y
sobre sus costillas hasta cubrir ambos pechos, mis pulgares
acariciando sus pezones, emocionándome al ver cómo el más ligero
roce los convierte en puntas increíblemente duras. Ella jadea en mi
boca y se presiona con más firmeza contra mi mano, exigiendo más.
—Esa es mi chica —susurro mientras la recuesto suavemente
hacia atrás, tumbándola sobre el estrecho banco. Hay justo el
espacio suficiente a ambos lados de su cabeza para que me apoye
en mis codos mientras miro fijamente sus ojos vidriosos por la
pasión.
Ella me muerde el labio inferior, atrapándolo entre sus dientes
en un mordisco amoroso que va directo a mi entrepierna.
—Más —exige, con la voz espesa de deseo.
Me río por lo bajo, deslizo mis manos por los costados de su
cuerpo y me emociono con la forma en que se retuerce y gira bajo
mi más leve caricia. Es la mujer más receptiva que jamás he tenido
el placer de conocer. Sus reacciones me hacen sentir como una
especie de dios del sexo.
Ella desliza una mano ardiente bajo la cinturilla de mis
pantalones cortos deportivos, y mi visión se nubla. El sudor perla mi
frente mientras lucho contra la reacción instantánea de mi cuerpo,
por controlar el orgasmo hacia el que me dirijo rápidamente. Eso es
algo que ambos vamos a disfrutar, aunque asegurarme de que ella
esté conmigo a cada paso me mate. Lo que empieza a parecer una
posibilidad muy real.
¡Pero qué forma de moverse!
Ella engancha sus tobillos alrededor de mis caderas,
frotándose contra mi dureza mientras su mano continúa acariciando,
midiendo y explorando. Gimo de puro placer, aparto el cuello de la
camisa que lleva y le muerdo el hombro.
Mi mano se desliza por su cuerpo hasta su centro y hundo dos
dedos en su empapado sexo. Ella grita y se arquea debajo de mí, lo
que provoca que ambos nos caigamos del banco de pesas.
Me giro, recibiendo yo el impacto de la caída. Ella ni siquiera
nota el repentino cambio de ubicación. Presiona hacia abajo sobre
mis dedos y rota sus caderas.
—Más —exige, su propio orgasmo inminente espesando su
voz. Su mano encuentra mi polla y la envuelve con firmeza, la
repentina presión hace que mis caderas se sacudan y que las
estrellas bailen ante mis ojos—. Más, ahora.
Respondo bombeando con mis dedos dentro y fuera de su
sexo, emocionándome viendo cómo cada movimiento provoca un
nuevo jadeo de ella y cómo se presiona contra mí. La forma en que
su cuerpo tiembla sobre el mío me dice que no soy el único luchando
contra un clímax.
Manteniendo su mano firmemente envuelta alrededor de mi
polla, Ella se inclina hacia delante. Sus pechos presionan contra mi
torso mientras su boca se cierra sobre la mía. Alterna caricias de
lengua casi perezosas con pequeños mordiscos afilados que envían
ondas de choque de placer directamente desde mis labios hasta mi
ya sobre estimulado miembro.
Gimo y utilizo mi mano libre para deshacerme de mis
pantalones cortos antes de girarme, inmovilizando a Ella debajo de
mí.
—Ella, mírame —exijo. Tarda un momento, pero finalmente sus
bonitos ojos se abren. Sus pupilas están dilatadas por el deseo. Me
encanta saber el efecto que estoy teniendo en ella. La recompenso
con un beso ardiente que la hace gemir mi nombre.
Retiro mi mano de su deliciosa entrepierna y acuno su rostro
entre mis manos.
—Quiero ver tus ojos mientras te follo. ¿Entiendes?
Ella asiente y levanta la cabeza para otro beso rápido.
Deslizo mis dedos fuera de su dulce centro y atrapo su clítoris
entre ellos, dándole un ligero giro que la hace gritar mi nombre
mientras mi miembro roza su entrada.
No espera a que yo vaya hacia ella. En el momento en que
siente la punta de mi sexo, levanta las caderas, empujando hacia
arriba y tomando toda mi longitud en un suave movimiento que me
deja sin aliento.
Su mirada permanece fija en la mía.
Su calor húmedo y ardiente rodeándome es mi perdición. Ya
no puedo contenerme más. Me sumerjo en ella y me responde
embestida por embestida. Un momento después, siento la primera
ola de su orgasmo recorrerla, y su cuerpo se tensa, apretándose
alrededor de mi longitud, exigiendo más.
Estoy justo ahí con ella. Mis testículos se tensan y me
introduzco en ella una última vez. El clímax que me sacude es uno
de los más poderosos que he experimentado. Mi propio grito se
mezcla con el de Ella mientras ambos somos arrastrados por una ola
de placer.
Es más de lo que mi cuerpo puede soportar. Mis rodillas y
codos tiemblan antes de ceder por completo y me derrumbo sobre
ella. Uso las últimas fuerzas que me quedan para apartar su cabello
húmedo por el sudor y depositar un suave beso en el punto de pulso
que late en el costado de su cuello.
Nos quedamos tumbados en completo silencio, demasiado
conmocionados por el poder de nuestro éxtasis para hacer algo más
extenuante que disfrutar de las secuelas de nuestro encuentro
amoroso.
Ajusto mi abrazo sobre ella y muevo mi mano para que
descanse sobre la suave curva de su pecho izquierdo, donde puedo
sentir su corazón. Late en perfecta sincronía con el mío. ¿Cómo
podemos estar tan sincronizados físicamente, pero tan distantes
emocionalmente?
¿Y qué puedo hacer para que Ella vea lo que yo veo, que
estamos destinados a estar juntos para siempre? Que está escrito en
las estrellas. Ordenado por el destino. Completa e irreversiblemente
inevitable.
—Ella. —La sangre que aún pulsa en mis oídos hace que mi
voz parezca provenir de algún reino distante—. Quédate conmigo.
Solo por esta noche.
Mi corazón y mi cuerpo quieren que acepte, pero mi cabeza
sabe que probablemente no lo hará.
Ella gira la cabeza hacia un lado para poder verme. Estamos
tan cerca que podría contar cada pestaña si quisiera.
—Me quedaré —dice con una voz tan suave que creo imaginar
sus palabras.
Parpadeo. La esperanza se despliega lentamente en mi pecho.
—¿Lo harás? ¿De verdad? —La pregunta tiene que ser
formulada, aunque me preocupa que cuando responda, cambie de
opinión.
—Sí. —Se remueve para salir de debajo de mí, sus
movimientos contradiciendo sus palabras—. Solo necesito hacer una
llamada para que... mi compañera de piso sepa que no regresaré
esta noche y no se preocupe.
La felicidad calienta mi corazón y le sonrío.
—¡Genial! —He conseguido convencerla de que sea mi invitada
por esta noche, algo que no tenía intención de aceptar cuando entró
en la sala de pesas, así que es razonable suponer que, con toda una
noche a mi disposición, un periodo de tiempo durante el cual la
cortejaré como nunca antes la han cortejado, podré convencerla de
que se quede para siempre.
¿Verdad?
Su acuerdo me revigoriza el cuerpo lo suficiente para ponerme
en pie con las piernas todavía algo temblorosas. Recojo mis
pantalones cortos y me los pongo.
—Haz tu llamada y yo buscaré una o dos botellas de champán.
Volvamos a encontrarnos en mi dormitorio en, digamos —echo un
vistazo a mi reloj—, cinco minutos.
Ella se pone de puntillas y me besa suavemente. Se aparta
antes de que tenga tiempo de volverse interesante. Una pena.
Me sonríe.
—Trato hecho.
Capítulo Catorce
Ella
El sueño tira de mí, me atrae con su canto de sirena, haciendo
que me resulte difícil mantener los ojos abiertos. Justo cuando estoy
a punto de ceder, Jason se aparta de mí y salta sobre sus pies.
—Vamos.
Abro un ojo apenas una rendija y miro la mano que me
extiende.
—Pensaba que los tíos eran los que se quedaban dormidos
después del sexo, y que las chicas debían estar llenas de energía.
Jason se encoge de hombros.
—Quizás. Puede que estemos rompiendo el molde. O podría
ser que como yo hago ejercicio y tú no, tengo más resistencia.
—Si eso es algún plan raro y retorcido para que levante más
pesas, puedes morderme. La experiencia fue interesante, pero no es
algo que quiera repetir pronto.
Mueve las cejas de forma sugerente. Si no estuviera tan
cansada, me reiría.
—Con mucho gusto.
No espera a que tome su mano. En su lugar, se agacha y
agarra las mías para levantarme. No es tarea fácil, ya que esta
última ronda de sexo me ha dejado completamente sin fuerzas.
Me rodea los hombros con un brazo y me atrae contra su
torso, sosteniéndome.
—Vamos, Bella Durmiente, vamos a limpiarte.
Gimo.
—¿Es necesario? Limpiarme parece demasiado esfuerzo ahora
mismo. Preferiría acurrucarme y dormir unas horas.
En vez de guiarme escaleras arriba como esperaba, me dirige
hacia el lado opuesto del sótano. Finalmente, llegamos a una puerta
que se abre al baño más increíble que jamás haya visto. Su aspecto
es suficiente para despertarme.
—¿Tienes una ducha en tu sótano?
—Sí —dice Jason—. Fue una de las cosas en las que insistí
cuando los contratistas estaban preparando la casa para mí. La
quería aquí abajo, donde hago ejercicio, para poder ducharme y
cambiarme sin preocuparme de que el sudor del entrenamiento
apestara toda la casa.
Señalo con la cabeza la mini lavadora y secadora instaladas
contra una pared.
—¿Y también es aquí donde haces la colada? —Noto que mi
móvil no está por ninguna parte.
Jason niega con la cabeza.
—No, exactamente no. Siguiendo el mismo concepto de que
no quería que toda mi casa oliera como un vestuario masculino, las
instalé aquí para poder echar la ropa sucia y apestosa directamente
y lavarla aquí mismo. Tengo una instalación de tamaño estándar
arriba para el resto de mi colada.
Por supuesto que sí.
Todo el lugar está decorado en blanco nieve y cromo
reluciente. La única excepción es la encimera de mármol, que tiene
un precioso remolino de gris pálido y negro. La habitación es casi
más grande que todo mi piso. Además del inodoro y la ducha
estándar, hay una enorme bañera de hidromasaje que parece que
podría albergar fácilmente a nueve o diez personas.
Además de unas cuantas velas con aroma a vainilla, hay varios
helechos, cada uno plantado en una maceta de cromo reluciente. No
sé por qué, pero los helechos son lo que hace que la habitación se
sienta verdaderamente decadente.
Debo tener cuidado con cómo me muevo en mi baño, ya que
el más mínimo cambio de equilibrio hace que me golpee el codo
contra una pared, y Jason tiene un baño que viene completo con
lavadora y secadora. Menuda diferencia de estilos de vida.
Jason se estira hacia la ducha y gira unos pocos mandos. El
agua corre y un momento después, el vapor llena el aire. Cierro los
ojos e inhalo el aire húmedo. Incluso el vapor huele y se siente
mejor que el que produce la ducha de mi piso.
Sin decir una palabra, Jason me quita lentamente de los
hombros su camisa arrugada por el sexo y la lanza en dirección a la
pequeña y bonita lavadora.
En lugar de meterse en la ducha como yo esperaba, nos
quedamos de pie en medio del lujoso cuarto de baño durante unos
segundos. La mirada de Jason recorre mi cuerpo, como si nunca lo
hubiera visto antes y estuviera intentando grabarlo en su memoria.
Extiende la mano y toca suavemente la pálida cicatriz que
atraviesa mi estómago.
Mis músculos se contraen y doy un paso atrás, alejándome de
su contacto, y mi movimiento hace que la espesa nube de vapor que
nos rodea se arremoline.
—¿Qué te pasó? —pregunta, con una voz tan suave que
apenas puedo oírla por encima del agua corriente.
Me cubro el estómago con las manos, ocultando la cicatriz. Es
curioso, no había pensado en ella durante años. Es parte de mí, no
diferente de las suaves pecas que tengo en el puente de la nariz o la
marca de nacimiento rosa pálido en la parte posterior de mi muslo
izquierdo.
—No es nada.
Arquea una ceja.
—Parece algo más serio que nada.
—Ocurrió hace mucho tiempo.
Los labios de Jason forman una línea fina y tensa, y me
preparo para más preguntas a las que no puedo responder.
Debe percibir mi resistencia porque, tras un momento, se
relaja y señala la ducha ya con el agua corriendo.
—Después de ti.
Paso por encima del borde de la bañera poco profunda y entro
en la ducha, donde el vapor es tan espeso que apenas puedo
distinguir la pared opuesta. Los chorros cruzados de agua caliente
me sobresaltan, golpeándome con más fuerza de la que el cansado
rociador de mi apartamento podría lograr jamás.
—Vaya —murmuro mientras la sorpresa inicial se desvanece y
rápidamente decido que puedo acostumbrarme fácilmente a poder
empapar cada centímetro de mi cuerpo al mismo tiempo en lugar de
verme obligada a girar en una dirección y otra para enjuagarme.
Jason entra detrás de mí y me arrincona contra la pared.
Aparto el pelo ya empapado de mi cara y me giro para mirarlo a
través del agua y el vapor.
—Esto es increíble —le digo.
Sus ardientes ojos se fijan en los míos.
—Tú eres increíble —me dice con un tono gutural. Se acerca
más, su gran cuerpo presionándose contra mí hasta que mi columna
vertebral se aprieta contra los resbaladizos azulejos de la ducha y
sella su boca sobre la mía, en un beso tan profundo y húmedo que
me roba el aliento.
Jadeando, nos separamos.
Sus ojos me atraviesan mientras sus manos bajan, rozando mis
costados, los lentos movimientos circulares de sus pulgares enviando
chispas eléctricas de placer que irradian sobre mi piel mientras me
retuerzo contra la pared de la ducha. Baja la cabeza, su boca
encuentra el espacio entre mi hombro y el cuello, encendiendo el
pequeño grupo de nervios erógenos que hay allí. El deseo empapa
mis muslos internos.
Alargo la mano hacia él, mis uñas clavándose en sus hombros,
tanto por deseo como para mantenerme firme.
Espero a que coloque una rodilla entre mis muslos, que los
separe y entre en mí con una larga y lenta embestida. Eso es lo que
parece que debería suceder.
En cambio, Jason dobla las rodillas, sin apartar nunca su boca,
permitiendo que se deslice por mi cuerpo, dejando un rastro de
besos electrizantes y paralizantes a su paso hasta que sus rodillas
golpean el fondo de la bañera.
Solo entonces su boca rompe el contacto mientras inclina la
cabeza hacia atrás y me mira, con una pregunta tácita en sus ojos y
el agua corriendo por su rostro.
Hundo mis manos en sus sedosos rizos mojados y dejo que
mis piernas se separen.
Jason me muestra una sonrisa antes de volver a prestar
atención a mi cuerpo dolorido.
Su dedo acaricia, con una lentitud agónica, mis labios
inferiores, provocando una nueva oleada de humedad. Una vez, dos
veces más, sus dedos repiten el movimiento.
Mis rodillas tiemblan y mis dedos se tensan en su pelo.
—Jason —jadeo, y mi voz suena como si viniera de muy lejos
—. Deja de provocarme.
Se ríe y me da un ligero beso en la cadera, su lengua lamiendo
las gotas de agua de mi piel.
Su dedo me acaricia de nuevo, enviando una nueva oleada de
anticipación que me recorre como un chisporroteo.
Empujo mis caderas hacia delante en un intento desesperado
de buscar algún alivio para el dolor que crece constantemente en mi
interior.
—Paciencia —murmura Jason, la palabra apenas audible por
encima del sonido de la ducha—. Lo bueno le llega a quien sabe
esperar.
Sí, claro, pienso mientras retuerzo mis dedos en su pelo y
arqueo la espalda contra los resbaladizos azulejos de la ducha. Es
fácil para él decirlo.
Estoy tan ocupada intentando controlar mi creciente clímax,
que no me doy cuenta de que Jason se acerca más hasta que la
punta de su lengua roza mi clítoris. El contacto me hace ponerme de
puntillas mientras grito. Chispas aparentemente interminables
seguidas de fragmentos de calor irradian a través de mi sexo.
Mis pies se deslizan lateralmente contra el fondo de la poco
profunda bañera de porcelana, ampliando mi postura y
permitiéndole profundizar más con su lengua que empuja y explora.
Alterna entre suaves caricias que me hacen temblar y mordiscos
agudos que me envían cada vez más cerca del orgasmo que sé que
me va a destrozar.
Se presiona más firmemente contra mí. La combinación del
agua tibia y su aliento caliente me vuelve loca incluso antes de que
atrape mi clítoris entre sus dientes. La punta de su lengua lo acaricia
una última vez, y eso es todo lo que necesito para desmoronarme.
Mi grito rebota por toda la habitación mientras me rindo a lo
inevitable y me ahogo bajo una marea de fuego blanco y ardiente.
Capítulo Quince
Ella
No estoy completamente segura, pero creo que la fuerza del
orgasmo podría haberme hecho perder el conocimiento durante un
segundo o dos.
Lo único que sé es que, en un momento, el roce de la lengua
de Jason en mi clítoris me estaba llevando al clímax más intenso de
mi vida, y al siguiente, Jason está de pie, me ha dado la vuelta para
que mi espalda quede hacia él, y está masajeando cuidadosamente
champú en mi pelo. No es mi marca habitual y probablemente hará
cosas horribles a mi pelo una vez que se seque, pero como huele a
Jason, decido que no me importa.
Cierro los ojos y me pierdo en el simple placer de sentir a
alguien masajeando mi cuero cabelludo. Los masajes en el cuero
cabelludo siempre han sido una de mis cosas favoritas en el mundo,
pero desde que tuve a Kelsey, no he podido permitirme ir a la
peluquería y he estado cortándome el pelo yo misma, así que es un
placer que me ha sido negado durante tanto tiempo.
Aunque es el único chico que me ha tocado así, sospecho que
es el único capaz de llevar mi cuerpo a tales extremos. Simplemente
no puedo imaginar a ningún otro hombre haciéndome sentir ni la
mitad de bien. Esa es una de las razones por las que evité
activamente entrar en una relación con cualquier otra persona
después de que Jason y yo nos separamos.
—Mmm —ronroneo. Estoy tentada de frotarme contra él, como
un gato. No creo que vaya a objetar.
—¿Te gusta eso? —gruñe Jason en mi oído.
—Muchísimo. —Siempre he disfrutado lavándome el pelo y que
me lo laven, pero nunca sospeché que esa simple tarea podría
convertirse en una experiencia erótica.
Mientras el agua aclara el champú de mi pelo, Jason alcanza el
gel de ducha. Ignora la esponja y vierte el jabón líquido verde
oscuro directamente en su mano. Le observo, anticipando lo que
está a punto de ocurrir. No estoy segura de poder aguantar otra
ronda.
Justo cuando está a punto de devolver el jabón a la estantería
de la ducha, lo cojo. Esta vez no voy a ser una participante pasiva. Si
voy a hundirme, él vendrá conmigo.
Deslizamos nuestras manos enjabonadas sobre los cuerpos del
otro, intercambiando besos mientras exploramos lenta y
perezosamente curvas, grietas y planos. Él se inclina hacia delante,
mordiendo mi labio. Le recompenso echando un poco más de jabón
en mi mano y dejando que se deslice por su cuerpo hasta
encontrarme con su miembro. Envuelvo mi mano resbaladiza a su
alrededor. Primero midiendo su grosor, comprobando su peso, antes
de deslizar mi palma a lo largo de toda su longitud.
—Madre santa de... —jadea mientras su polla salta en mi
mano. Las venas de su cuello se marcan mientras agacha la cabeza
y lucha por recuperar el aliento.
Su respuesta me encanta y me provoca a llevarlo incluso más
lejos.
—¡Oh! —arrullo. Bombeo mi mano un poco, adorando cómo
responde a ese ligero cambio, cómo lo hace crecer más largo y duro
con cada pequeño movimiento que hago—. Parece que he
encontrado algo que te gusta.
—Si no tienes cuidado... —jadea.
—¿Qué? —Disfrutando del cambio de poder, me inclino hacia
delante y mordisqueo su pezón. Se estremece y su miembro crece
aún más—. Es justo que yo también juegue.
Deslizo lentamente mi mano arriba y abajo por su miembro,
moviéndome con la misma exquisita lentitud con la que él me trató
cuando me tomó hoy en su cama. Gime, un sonido que viene de un
lugar profundo dentro de él, y agacha la cabeza, apoyando su frente
en mi hombro.
Interesante. Si reacciona con tanta intensidad a mi mano, ¿qué
pasará cuando...?
Paso del pensamiento a la acción y me arrodillo en la bañera.
Ignoro cómo el cambio de posición hace que el agua me dé
directamente en la cara y me acerco al miembro de Jason. Lo sujeto
con una mano, lamo la punta de su erección y saboreo el gusto
salado de su líquido preseminal.
Por encima de mi cabeza, una de sus manos golpea contra la
pared del baño y deja escapar un gemido profundo que va directo a
mi sexo.
Necesito verle, así que echo la cabeza hacia atrás y entrecierro
los ojos por el agua. Me sorprende encontrarlo mirándome.
Mantengo la mirada fija en la suya mientras abro la boca y lo
envuelvo con un movimiento largo, suave y lento. Instintivamente
relajo la garganta hasta que tengo toda su longitud en mi lengua.
Sus muslos tiemblan y le oigo murmurar maldiciones mientras
lamo perezosamente la parte inferior de su miembro. Animada tanto
por los evidentes sonidos de su placer como por la vibración
constante de su pene palpitante, chupo y lamo con más fuerza,
usando una mano para acariciar sus testículos al mismo tiempo.
Sus muslos tiemblan y emite un grito ronco.
Sin romper el contacto, me echo hacia atrás apoyándome en
los talones y me preparo para su clímax, emocionada por haberlo
llevado hasta este punto.
El temblor en su columna me indica lo cerca que está de
experimentar el mismo clímax devastador que me dio a mí, pero
justo antes de que eso ocurra, se aparta bruscamente. Sus manos
bajan y me agarran por los hombros, poniéndome de pie.
Con una mirada feroz en su rostro que es cien por cien de
macho alfa, me clava contra la pared de la ducha. Siento cada
azulejo individual clavándose en mis hombros mientras levanta mi
pierna izquierda y la envuelve alrededor de su cadera. Con un grito
primario, se introduce en mí hasta que su miembro llena mi vagina,
que lo agarra con fuerza, dándole la bienvenida.
Entierra su cara en mis pechos, mordisqueando y mordiendo,
encendiendo un fuego que comienza en mi pecho y prende mi
sangre.
Mete una mano entre nosotros, encuentra mi sensible botón y
lo hace girar entre sus dedos.
El calor entre nosotros es tan intenso que me sorprende que
nuestra piel no se queme cuando llegamos al clímax exactamente al
mismo tiempo.
Capítulo Dieciséis
Ella
—Número cuatro.
Me encanta cómo tener la cabeza sobre su pecho me permite
sentir el suave retumbar de su voz justo antes de que sus palabras
lleguen a mis oídos. Hace que nuestra posición actual, tumbados en
el suelo del salón, se sienta aún más íntima que la última ronda de
sexo atlético que acabamos de practicar. Como si fuéramos las
únicas dos personas en todo el mundo.
Aun así, sus palabras no tienen ningún sentido. Sin levantar la
cabeza, pongo los ojos en blanco en dirección general a su cara.
Todo lo que veo es la parte inferior de su mandíbula y un trozo de
mejilla.
—¿Número cuatro qué?
—Habitaciones.
—Si crees que eso aclara algo —digo—, estás equivocado.
—¿No te conté mi nuevo objetivo? —dice Jason, sorprendido.
—No.
Inclina la cabeza y me besa en la coronilla.
—He decidido que quiero hacer el amor contigo en cada una
de las habitaciones de esta casa. Esta es la cuarta habitación en la
que lo hemos hecho.
Alargo la mano y saco un aplastado cartón de arroz frito de
debajo de mi cadera. Por suerte, en este caso, la caja se aplastó de
tal manera que el contenido permaneció dentro en vez de quedar
esparcido por la alfombra, pero aparentemente no tuvimos tanta
suerte con el resto de la comida china que pedimos para cenar y de
la que solo comimos una pequeña cantidad antes de lanzarnos el
uno sobre el otro como locos.
El ímpetu de nuestro encuentro nos hizo caer del sofá, chocar
contra la mesita donde habíamos colocado nuestra comida y tirar
todos los envases al suelo.
Me alegra mucho no ser la asistenta o la esposa de Jason para
no tener que preocuparme por limpiar este desastre. De hecho, me
alegro de no ser Jason, que va a tener que explicar cómo tanta
gamba agridulce y pollo a la naranja acabó incrustada en las fibras
de la alfombra.
Tendrá suerte si la asistenta no dimite ahí mismo. Yo lo haría si
entrara y descubriera semejante desastre.
—¿Estás seguro de que la casa seguirá en pie después de
nuestro recorrido sexual?
—Teniendo en cuenta lo que pagué por ella —dice Jason, con
la voz temblorosa por la risa—, más le vale.
—¿Y qué pasa después de que terminemos con todas las
habitaciones? —Al ritmo que vamos, deberíamos lograr el objetivo
de Jason en solo unas pocas horas. Parece no haber límite para la
resistencia de Jason. Solo hace falta una mirada mía, y él ya está
listo y dispuesto. Aunque yo estoy empezando a cansarme un poco.
—Nos vamos de gira —decide Jason—. Cada habitación de
hotel en todos y cada uno de los hoteles de la gran ciudad de
Chicago.
Me río.
—Suena ambicioso.
—Quizás, pero sé que estoy a la altura del desafío —dice
Jason, fanfarrón—. Me preocupas más tú.
—¡Oh! —Arqueo una ceja y me acurruco más profundamente
contra su pecho—. ¿Y eso por qué?
—¿Estás preparada para esto? —Cambia de posición y me mira
fijamente—. Quiero decir, ya te estás quedando dormida, lo que no
augura nada bueno para tu capacidad de seguirme el ritmo, ¿no
crees?
—Tú solo marca el camino y prometo seguir cada uno de tus
movimientos.
—Me parece justo.
Ahora que la conversación ha llegado a su fin, nos quedamos
en silencio, a gusto tumbados en el suelo, rodeados de los restos de
nuestra cena, simplemente disfrutando de la sensación del contacto
piel con piel y del cálido resplandor poscoital.
La mano izquierda de Jason acaricia lentamente los largos y
suaves músculos de mi espalda con un roce ligero como una pluma.
El movimiento repetitivo resulta hipnótico, cada largo barrido
arrastrándome un poco más cerca de él.
Me estiro lánguidamente, frotando un pie suavemente contra
el costado de su pierna. Bostezando, me acurruco más cerca de él y
cierro los ojos.
—¿Qué te pasó, Ella?
—¿A qué te refieres? —El sueño hace que arrastre un poco las
palabras.
—Cuando estábamos juntos en Florida, estabas tan segura de
ti misma, tan llena de sueños y ambiciones. Solo tenías que terminar
tu carrera y luego ibas a conquistar el mundo. Me inspiraste a
trabajar más duro de lo que jamás habría trabajado si no te hubiera
conocido. No lo sabes, pero tú eres la razón por la que dejé de
juguetear con ideas de diseño de software y realmente las terminé y
comencé a comercializarlas.
Recuerdo a la chica de la que habla. Tenía razón, estaba llena
de confianza en sí misma, tan segura y feliz. Es difícil creer que ella
y yo somos, éramos, la misma persona.
Vaya, era tan ingenua por aquel entonces. Convencida de que,
con un poco de determinación, un poco de trabajo duro, todo era
posible.
Ahora lo sé mejor. Ahora sé que la vida puede dar un giro en
un instante y que mantener la cabeza por encima del agua no es
fácil.
—Durante todo el tiempo que estuve buscándote, estaba
seguro de que te encontraría haciendo grandes cosas —continúa
Jason—. El último lugar donde esperaba encontrarte era en un
centro de llamadas. Algo debe haber pasado.
Desde luego que pasó algo. Kelsey pasó. Ella cambió por
completo mi mundo de maneras que nunca imaginé posibles. Y,
aunque la vida con ella es dura, más dura de lo que jamás imaginé
que sería, no cambiaría tenerla en mi vida por todo el oro del
mundo.
Jason no lo sabe, pero aquella noche en la caseta del
socorrista, me dio el regalo más precioso.
Abro la boca, lista para contarle sobre Kelsey. Lista para decirle
que tiene una hermosa y vivaz niña de seis años, pero las palabras
se me secan en la garganta.
Ahora mismo, Kelsey es toda mía. Y aunque eso significa que
tengo que manejar todos los miedos y preocupaciones sobre su
salud yo sola, también significa que todo su amor está dirigido hacia
mí. No estoy preparada para renunciar a eso pronto. No sé cómo me
las arreglaría si de repente dejara de ser la persona más importante
en el mundo de Kelsey.
Y luego está el lío con Abe y su padre. No hay manera de que
pueda arrastrar a Jason a ese desastre. Es mi problema que debo
resolver.
Así que en su lugar solo digo:
—Las cosas cambian.
—Sí, desde luego que cambian —acepta Jason, pero no está
dispuesto a dejar el asunto—. Pero no cambian sin un motivo
determinante y tú eras demasiado ambiciosa, demasiado inteligente
para simplemente tirar por la borda todo por lo que habías
trabajado. Entonces, ¿qué pasó?
Estoy cansada de esta conversación. Con la dirección que está
tomando, si Jason sigue presionando, podría quebrarme y entonces
toda la historia saldría a borbotones.
Necesito distraerlo y tengo justo el truco.
Me retuerzo y me arrastro lentamente por su pecho,
asegurándome de que mis pechos se froten contra él cada
centímetro del camino hasta que mi boca está a menos de un
centímetro de la suya. Sus ojos brillan en la oscuridad.
—Estoy toda pegajosa y cubierta de comida china. Así que… —
Cierro la distancia entre nuestros labios y le beso con fuerza hasta
que ambos estamos jadeando. Una presión familiar ha comenzado a
acumularse en mi coño y la polla de Jason está empezando a
hincharse contra mi muslo desnudo—. ¿Qué te parece si vamos a la
ducha de esta planta y tachamos otra habitación de tu lista?
Capítulo Diecisiete
Ella
Por segunda vez desde que me he reencontrado con Jason, me
despierto y descubro que no está en la cama conmigo.
Decepcionante. Mientras me quedaba dormida anoche, estaba
deseando despertarle con mi boca. Debería contarle mis planes
frustrados. Eso le enseñará a no dejarme sola en esta cama tan
grande y solitaria.
Seguro que lo que está haciendo ahora mismo no puede
compararse con lo que podríamos estar haciendo juntos...
Me estiro y descubro varios músculos agarrotados, cada uno
un recordatorio de las diversas cosas que Jason y yo hicimos
anoche. Un calor carmesí inunda mi cara y la hundo en la almohada.
Nunca habría imaginado que fuera capaz de hacer tales cosas, y
mucho menos disfrutarlas. Hace siete años era virgen. ¿Y después?
Nada. Nada durante año tras año. No es de extrañar que esté
agotada. He sido como una niña en una tienda de caramelos.
No me decepcionaría si Jason quisiera probar de nuevo
algunos de esos movimientos, solo para asegurarnos de que los
hicimos bien.
Me río suavemente yo sola, echo las sábanas hacia atrás y me
levanto de la cama con cuidado. Necesito encontrarle, pero antes,
quizás una parada rápida para lavarme los dientes.
Me detengo en el armario de Jason y abro las puertas.
Rebusco en él, apartando una camisa tras otra, principalmente
camisetas, pero con algunos jerséis y camisas abotonadas
mezcladas, hasta que encuentro una enorme sudadera naranja y
blanca con el logo de la Universidad de Tennessee, el alma máter de
Jason, en la parte delantera.
Presiono mi nariz contra la suave tela, inhalando su aroma.
Bajo el olor a detergente y suavizante, detecto un rastro del almizcle
único de Jason.
Veinte minutos después, con los dientes lavados, recién
duchada, y sin llevar nada más que la sudadera desgastada por el
tiempo que me queda enorme, sigo el olor a beicon friéndose hasta
la cocina.
Encuentro a Jason de pie frente a la cocina, con una espátula
en una mano y una humeante taza de café en la otra mientras vigila
las tiras de beicon chisporroteando en la plancha integrada.
Apoyo mi hombro contra la jamba de la puerta y me permito
un momento para deleitarme con su aspecto. Los pantalones de
chándal que lleva bajos en las caderas están usados, incluso raídos
en algunos lugares, pero no me importa ya que están haciendo un
excelente trabajo mostrando su trasero.
Los dedos de los pies de Jason, largos, perfectamente rectos y
desnudos, golpean contra el suelo, marcando el ritmo de cualquier
canción que esté sonando a través de sus auriculares Bluetooth. La
toalla colgada sobre su hombro izquierdo se balancea suavemente al
mismo ritmo, atrayendo mi atención hacia los duros músculos que
componen su espalda y hombros.
Los nervios hormiguean en mis palmas mientras observo esos
músculos y recuerdo cómo se sentían bajo mis manos mientras lo
agarraba cuando se corría dentro de mí. Ya estoy ansiando una
repetición.
Siguiendo mi instinto, camino de puntillas a través del espacio
que nos separa e ignoro lo frío que está el linóleo contra mi piel
desnuda. Deslizo mis brazos alrededor de la cintura de Jason y
presiono mi mejilla contra su columna vertebral.
—Buenos días —arrullo antes de morder ligeramente la parte
posterior de su hombro.
Sobresaltado, comienza a inclinarse hacia adelante, se
estabiliza y gira la cabeza para mirarme.
—Buenos días a ti también. —La felicidad resuena en su voz.
Toco la punta de mi lengua con su piel, calmando el lugar que
mordí. Se estremece y deja escapar un gemido bajo. El placer
explota en mi pecho, calentándome. Me encanta lo mucho que le
excita mi más mínimo contacto.
Dirige su atención de nuevo a la cocina.
—Si hubieras esperado un poco más, te habría servido el
desayuno en la cama.
Coloca su taza de café en la encimera, coge un plato que tiene
papel de cocina extendido por encima. Apoyo mi mejilla en el punto
cálido entre sus omóplatos mientras transfiere el beicon crujiente de
la plancha al plato.
—Me sentía sola —murmuro contra su piel.
—Mmm hmm —murmura Jason—. ¿Café?
—No, gracias. —Uso la yema de mi pulgar para recorrer la
cintura de su pantalón. Sus músculos abdominales se contraen
bruscamente—. No tenías por qué prepararme el desayuno. —
Deslizo el pulgar bajo el elástico, llevando mi exploración un poco
más abajo, hacia un territorio aún más interesante.
Jason jadea y rápidamente deja el plato del delicioso beicon
para poder agarrar mi muñeca.
—Quería hacerlo —dice—. Si recuerdas nuestra primera
mañana juntos, te invité a tortillas, pero saliste corriendo en lugar de
aceptar mi oferta.
Si me hubiera quedado entonces, mi vida, la vida de ambos,
habría resultado muy diferente.
No quiero pensar en lo que podría haber sido o lo que podría
haber ocurrido. He recorrido ese camino demasiadas veces. No sirve
de nada.
—Ahora estoy aquí —murmuro con mi mejor voz seductora.
Jason se gira y me rodea con sus brazos, apoyando las manos
en la curva de mi trasero.
—Sí, lo estás. —Inclina la cabeza y me besa la punta de la
nariz, haciéndome reír.
Canalizo a mi mejor Marilyn Monroe interior y acaricio su
pierna con mi pie descalzo, esperando que se sienta tan sexy para él
como lo es para mí.
—La pregunta —ronroneo—, es ahora que me tienes, ¿qué vas
a hacer conmigo?
—Eso —Jason agacha la cabeza y atrapa mi boca con la suya
en un beso que me deja sin aliento—, suena como un reto.
Exhalo lentamente mientras una sonrisa interesada se extiende
por mi rostro.
—¡Vamos, grandullón! —Le provoco, con un tono que es a
partes iguales coqueto y desafiante—. Muéstrame lo que tienes.
Capítulo Dieciocho
Ella
Chillando, lanzo mi culo desnudo fuera de la encimera y me
escondo detrás de Jason mientras me bajo la sudadera alrededor de
los muslos. No sé por qué me molesto; no es como si me quedara
mucho pudor a estas alturas.
Jason no ayuda nada quedándose ahí riéndose como un idiota.
—Ella, este es Daryl Foster, mi compañero de entrenamiento y
mejor amigo. —Gira la cabeza para mirarme por encima del hombro
—. Daryl y yo compartíamos piso en la Universidad de Toronto.
—Encantada de conocerte, Daryl. —Mis palabras van dirigidas
a la espalda de Jason, ya que estoy demasiado avergonzada para
siquiera pensar en mirar al amigo de Jason. No sé cuánto vio cuando
entró en la cocina y no me importa. Incluso un milisegundo fue
demasiado.
—¿Café, Daryl? —pregunta Jason.
—Suena bien.
Mi mandíbula cae cuando Jason, el maldito traidor, se mueve
hacia la cafetera junto a la cocina, dejándome completamente sola,
de pie junto a la encimera donde él y yo... El calor inunda mi cara.
Me sorprende que mi pelo no estalle en llamas.
Daryl agacha la cabeza tímidamente hacia mí.
—Lo siento muchísimo, señorita. —Su voz todavía conserva un
deje del Sur donde supongo que creció—. Tengo una llave del piso
de Jason y me paso cuando quiero usar su gimnasio, normalmente
por las mañanas porque es cuando a él le gusta entrenar. No pensé
en llamar porque, bueno, nunca ha tenido a una dama aquí antes.
¿Me perdona?
Puede que nunca supere mi vergüenza, pero...
—Sí, estás perdonado. No es como si estuvieras haciendo algo
que no hayas hecho un millón de veces.
Dirijo una mirada fulminante a la espalda de Jason mientras
llena una taza con café oscuro. Se ven casi cada mañana. ¿Por qué
no pensó en eso antes de que las cosas se descontrolaran? Lo
pagará, decido, ya imaginando algunas cosas creativas que puedo
hacer que le tendrán suplicando clemencia.
Jason me pasa una taza llena de té y le sonrío tímidamente.
Sorbo la bebida caliente y lanzo una mirada furtiva a Daryl. Es un
tipo atractivo con piel negra y suave, cabeza rapada, unos ojos
marcados y altos pómulos. Me dedica otra sonrisa y no puedo evitar
sonreír también. Si su personalidad es la mitad de contagiosa que su
sonrisa, debe ser muy popular.
Daryl acepta la taza de café y se mueve hacia el fregadero
apoyando la cadera contra él antes de centrar su atención de nuevo
en mí.
—Entonces, ¿cuánto tiempo lleváis siendo... amigos?
Jason y yo nos miramos el uno al otro y mi ceño se frunce. Es
una pregunta simple y genérica que siempre se usa para romper el
hielo. La mayoría de las veces genera una respuesta simple y
directa, pero en el caso de Jason y el mío, nada es simple.
—Hemos sido amigos durante... —titubeo buscando una
duración para poner a nuestra relación—. Es complicado —digo
finalmente, apresurándome a añadir—, pero hubo una conexión
instantánea.
Jason resopla y la sonrisa de Daryl se ensancha.
—Ya lo creo —murmura, el humor en su tono suavizando las
palabras.
Hay algo en Daryl, no puedo precisar qué, que me resulta muy
familiar. Casi como si fuera alguien con quien me crucé
recientemente por la calle.
Sorbo mi café y repaso mentalmente la lista de mis actividades
durante las últimas semanas. No es difícil; todo lo que hago es
trabajar y quedarme en el apartamento. No tengo dinero para hacer
nada más. Luego, lentamente, filtro las caras y nombres de las
personas que encuentro. No se me ocurre nada.
Entonces, ¿por qué me resulta tan familiar?
Tomo otro sorbo y reexamino la cara de Daryl. Cambia el peso
de una pierna a otra, el movimiento hace que la luz destelle sobre
algo cerca de su cadera. Mi mirada se desliza más abajo, posándose
en una pistola de aspecto letal.
La inquietud se remueve en mis entrañas. No tengo suficientes
conocimientos sobre armas como para identificar de qué tipo o clase
se trata, pero nunca me he sentido cómoda cerca de personas que
las llevan, y me he vuelto aún menos confortable con las armas de
fuego desde que Abe y su padre se convirtieron en parte de mi vida.
Desde que pedí prestado el dinero que utilicé para salvar la vida de
Kelsey, he sido sumamente consciente de lo letales que son
realmente las personas que portan armas. Da miedo.
Cuando mi mirada se desliza unos centímetros y ve lo otro que
lleva sujeto al cinturón, mi preocupación por el arma se desvanece
como una bocanada de humo en un viento fuerte.
Descansando ahí hay un disco dorado plano. A diferencia del
arma, sé exactamente lo que es.
Una placa del FBI.
Se me cae el alma a los pies y mi corazón se acelera a toda
velocidad, latiendo tan rápido que mi visión se desdibuja mientras la
sangre abandona mi rostro. Gotas de sudor brotan en mi labio
superior y se deslizan por mi espalda. Me agarro al borde de la
encimera.
—¿Ella? —La voz de Jason suena como si estuviera muy lejos y
hablara a través de un tubo de cartón. Su mano se posa en mi
hombro—. ¿Estás bien?
Lucho por hacer respiraciones suaves y regulares mientras
mentalmente ordeno a mi corazón que se calme, asiento. Mi mente
da vueltas, buscando ideas sobre la mejor manera de gestionar la
situación.
—Sí. —Me aparto de la encimera y doy gracias en silencio
cuando mis rodillas se mantienen firmes—. Solo estoy un poco
mareada. —No me atrevo a mentir con un agente federal a tiro de
piedra—. ¿Te importa si vuelvo al dormitorio un rato?
Jason me frota la espalda.
—Ve a tumbarte.
Consigo dirigirle una pequeña sonrisa antes de empezar a
alejarme arrastrando los pies. A mitad de camino por la habitación,
me asalta una idea y me detengo en seco.
Me giro y encuentro a Jason y a Daryl observándome. Ambos
llevan la misma expresión de preocupación en el rostro.
—Jason. ¿Dónde está mi ropa? —Hago un gesto amplio con las
manos, señalando su desgastada sudadera de la Universidad de
Toronto—. No puedo seguir llevando esto todo el día.
A pesar de su evidente preocupación por mí, Jason esboza una
sonrisa.
—A mí no me supone ningún problema. Aunque te prefiero
incluso con menos ropa.
Ambos ignoramos el resoplido de Daryl.
—Jason, de verdad me gustaría saber dónde está mi ropa.
—Segunda puerta a la derecha. Todavía está en la secadora. —
Anoche había transferido la ropa de la lavadora a la secadora cuando
fue a buscar mi móvil para que pudiera llamar a Adele.
Una vez en el cuarto de la lavadora, me quito la sudadera de la
Universidad de Toronto y me pongo mi propia ropa, sin importarme
que la blusa barata esté arrugada. Tengo otras cosas de las que
preocuparme.
No puedo creer que el mejor amigo de Jason no sea solo un
policía, sino un agente federal. Estoy casi al noventa por ciento
segura de que el FBI es la organización responsable de investigar
delitos relacionados con la mafia.
Delitos exactamente como el que yo había cometido
voluntariamente dos años después del nacimiento de Kelsey. El que
ha pesado sobre mis hombros desde entonces y ha alimentado mi
determinación de mantenerme al día con mis pagos sin tener que
recurrir a pedirle a Abe o a su padre que ideasen formas para que yo
pudiera pagar el préstamo.
Un sudor frío se desliza por mi columna mientras me meto en
mis vaqueros. Tengo los dedos fríos y rígidos, lo que hace difícil
pasar el botón por el ojal.
Si no estuviera tan aterrorizada, probablemente me reiría. ¿No
es irónico que, después de años manteniendo la cabeza agachada y
haciendo todo lo posible por evitar cualquier conexión con cualquier
miembro de las fuerzas del orden, acabe acostándome con un tipo
cuyo mejor amigo es un agente federal?
Y aquí estaba yo, preocupada porque Abe descubriera quién es
Jason y cuánto asciende su patrimonio neto, e intentando encontrar
una manera de usar esa información para sacarle dinero. Resulta
que esa es la menor de mis preocupaciones. Abe no es el tipo más
estable. Una vez que se entere de la conexión de Daryl con Jason y
ahora conmigo, es probable que pierda completamente los estribos y
decida que la mejor manera de manejar la situación es matarnos a
todos.
Por lo que puedo ver, mi mejor oportunidad para asegurarme
de que eso no ocurra es poner la mayor distancia posible entre yo y
los dos hombres que están en la cocina.
Me pongo bruscamente el fino jersey azul celeste por la cabeza
y meto los brazos en mi chaqueta, que Jason también fue lo
bastante amable de lavar, antes de encontrar mis baratas zapatillas
deportivas y meter los pies en ellas. Coloco la correa de mi bolsa del
portátil de forma que cruza mi cuerpo en diagonal.
Cuarenta y cinco segundos después encuentro una puerta que
da al jardín lateral de Jason y salgo por ella. Me dirijo directamente a
la calle, con cuidado de asegurarme de que mi trayectoria se aleje
de las ventanas de la cocina.
Llego a la acera y automáticamente giro en la dirección que no
me llevará a pasar por delante de la casa de Jason, y de repente me
doy cuenta de que estaba tan perdida en mis pensamientos mientras
Jason conducía hasta aquí ayer, que no presté atención a dónde
íbamos. Sé que sigo en Chicago y sé que estoy en la costa del lago
Michigan, pero más allá de eso, no tengo ni idea de dónde estoy ni
de cómo voy a volver a casa.
Me muerdo el labio, analizo mi entorno y el poco dinero que
tengo. Sé que estoy demasiado lejos de mi apartamento para
siquiera considerar tomar un taxi que me lleve todo el camino, pero
quizás pueda conseguir que uno me lleve unos pocos kilómetros, a
algún lugar más familiar.
Miro de reojo la enorme casa de ladrillo por la que estoy
pasando con su jardín delantero perfectamente cuidado y su
elegante entrada. Apuesto a que tendría que trabajar cinco años sin
gastar un solo céntimo de mis ingresos solo para cubrir los
impuestos sobre la propiedad de un lugar así durante un año. Lo que
significa que las probabilidades de encontrar un taxi son
prácticamente nulas. Este no es exactamente el tipo de vecindario
que suelen patrullar cuando buscan clientes. Supongo que podría
llamar a un servicio de taxis.
Hurgo en el bolsillo delantero de mi bolsa del portátil para
sacar mi teléfono. Tiene cuatro años y carece de muchos de los
extras que tienen los modelos más nuevos, pero una aplicación que
sí tiene es el GPS, que me dirá exactamente dónde estoy.
Justo cuando abro la aplicación, una estructura familiar de tres
lados recubierta de cristal me llama la atención. Una parada de
autobús, a no más de doscientos metros delante de mí. Y a unos
cuatrocientos metros más allá, un enorme autobús reduce la
velocidad.
Empiezo a correr y devuelvo el teléfono a mi bolsa, metiendo
la mano más profundamente en su estrecha cavidad y tanteando en
busca del montón de fichas de autobús que siempre llevo conmigo.
Por fin, por primera vez hoy, algo va a mi favor.
Capítulo Diecinueve
Ella
Me lleva casi tres horas, cinco autobuses diferentes y casi
todos mis bonos de transporte para finalmente regresar a mi barrio.
Resulta que Jason vive tan lejos de mí como es posible estando en la
misma ciudad.
Tan pronto como el autobús se detiene frente a mi edificio, me
doy cuenta de que pasar tanto tiempo con Jason, rodeada de toda la
belleza que el dinero puede comprar, fue un gran error.
Ahora, más que nunca, sé exactamente lo que me estoy
perdiendo.
El gran edificio de ladrillo siempre me ha parecido gris y
anticuado, pero comparado con el acero y el cristal del piso de
Jason, es francamente deprimente. Me estremece pensar en lo
deteriorado, pequeño y obsoleto que me va a parecer mi
apartamento, mientras que antes de ayer por la mañana siempre lo
había sentido como un rincón pequeño y acogedor de mi propio
mundo personal.
Normalmente, cuando llego a casa tengo al menos la idea de
ver a Kelsey tan pronto como entre al apartamento para alegrar mi
llegada, pero ahora no. Ya se ha ido al colegio y pasarán horas y
horas antes de que vuelva a casa y pueda abrazarla. Dios, cómo la
echo de menos.
Al menos tendré tiempo para avanzar en ese primer proyecto
de desarrollo web y en cuanto lo complete, tendré justo lo suficiente
para cubrir el pago de este mes a Abe y su padre. Y después de eso,
tendré tres semanas y media gloriosas antes de la próxima visita de
Abe.
Siempre me sorprende lo liberada que me siento después de
cada pago. Es decir, no es que consiga adelantarme ni nada. Apenas
estoy manteniendo los intereses del préstamo, olvídate de pagar el
principal.
Suelto un suspiro y agarro la correa de mi funda del portátil.
Me bajo del autobús e intento no pensar demasiado en el futuro, ni
tampoco en el pasado reciente. ¿Qué sentido tiene? Tengo que
centrarme en el aquí y ahora, y hacer lo que sea necesario para
mantener a mi hija feliz, sana y segura, y la única manera de
conseguirlo es enfrentándome a los problemas inmediatos que
surgen.
Ayer, anoche y el comienzo de esta mañana fueron un cuento
de hadas, una brillante muestra de cómo podría haber sido mi vida
si las cosas hubieran sido solo un poco diferentes, pero ahora es el
momento de volver a la realidad.
Al menos tendré los recuerdos para hacerme compañía durante
las largas noches que sé que voy a enfrentar, y eso es mejor que
nada. ¿Verdad?
Las puertas del autobús se cierran detrás de mí y apresuro el
paso, pero no soy lo bastante rápida. Mientras avanza pesadamente,
expulsa una enorme nube de humo que me envuelve y me quema la
nariz y los pulmones.
Me abro camino a través del fango helado que empapa mis
zapatos y congela mis pies, y espero que no sea algún tipo de
metáfora de mi existencia.
En el rellano del tercer piso, paso a una mano mis zapatos
empapados, que me había quitado tan pronto como entré al edificio.
El agua sucia gotea de la punta de cada zapato, creando un charco
sucio en el suelo de linóleo del rellano. Ignoro el desastre y empujo
la puerta para abrirla.
En lugar del pasillo vacío que espero encontrar a esta hora del
día, mis ojos se posan en dos tipos sin cuello, de hombros anchos,
que me estudian con expresiones aburridas.
Una ola de ansiedad me recorre la columna vertebral. Los
pelillos de mi nuca se erizan cuando miro más allá de los dos
matones y veo a Abe.
Ha colocado una silla, una jodida silla de verdad que debe
haber traído de casa y subido en el ascensor, frente a la puerta de
mi apartamento. Está sentado en ella, su postura, combinada con la
forma en que sus pliegues de grasa se acumulan en su regazo, me
recuerda a Jabba the Hutt.
Trago el estallido impulsivo de risa histérica que burbujea en
mi garganta. ¿Cómo demonios puedo pensar en Star Wars en un
momento como este?
Uno de los matones sin cuello se aclara la garganta y Abe
levanta la mirada del teléfono inteligente que sostiene.
Una amplia sonrisa que deja ver sus dientes amarillentos y
astillados divide su cara ancha.
—¡Ella!
Tras lanzar el móvil al suelo junto a su silla, apoya las manos
en los reposabrazos y se esfuerza por ponerse de pie. Me preparo
mientras se tambalea hacia mí.
—¿Dónde te has metido?
Espero un comentario nada sutil sobre cómo debería estar
calentando su cama en lugar de matarme trabajando en empleos
insignificantes, la pregunta me pilla desprevenida.
—¿Por qué lo preguntas? —Abe nunca ha mostrado un interés
real por mis actividades o mi paradero. Claro que tampoco había
pasado nunca la noche en la cama de uno de los solteros
multimillonarios más codiciados de Chicago. Sabía, incluso cuando
me fui con Jason, que existía la posibilidad de que lo vieran y lo
identificaran.
¿Tenía razón todo este tiempo? ¿Han estado vigilando mis
movimientos? ¿Tomando nota de con quién paso el tiempo?
¿Intentando descubrir cómo pueden usar esa conexión en mi contra?
Quizás no soy tan paranoica después de todo.
Abe se encoge de hombros.
—Solo me lo preguntaba, eso es todo —dice. Pequeñas gotas
de saliva salen disparadas de su boca y resisto el impulso de
apartarme—. No es propio de ti no volver a casa por la noche.
—Surgió algo. —Un cálido rubor me invade al considerar el
doble sentido de mis palabras. Algo surgió, sin duda, y siguió
surgiendo toda la noche y de nuevo esta mañana.
Abe arquea una de sus cejas. Parece una oruga sumida en la
desesperación.
—¿De verdad?
Se detiene frente a mí. Extiende la mano y usa la punta de un
dedo para recorrer mi pómulo derecho. Lucho contra el impulso de
apartarme de su contacto. Algo me dice que eso sería muy malo
para mi salud en general.
—¿Qué fue? —pregunta. Su aliento con olor a whisky me
revuelve el estómago.
—No es algo que le concierna. —Probablemente no sea lo más
inteligente que se le puede decir a un tipo que nunca va a ninguna
parte sin al menos dos guardaespaldas, ambos armados hasta los
dientes, supongo, y al que le debo dinero, pero la bravuconería es la
única defensa real que tengo contra él.
Abe me mira fijamente. Por primera vez, me doy cuenta de
que no hay nada en sus ojos, ni alegría, ni odio, ni chispa de vida.
Están completamente vacíos, reptilianos. Me pregunto si siempre
han sido tan fríos, o si nunca me he molestado en darles más que
una mirada superficial.
—Todo sobre ti me concierne —dice, acercándose aún más—.
¿Todavía no te has dado cuenta? Eres un activo. —Su mirada me
recorre y se lame los labios agrietados—. De más formas de las que
puedes imaginar.
La bilis me quema el estómago. Hasta este momento, siempre
había respetado a Abe y era muy consciente del peligro potencial
que podía suponer para mi hija, pero no diría que le tenía miedo
realmente, solo miedo a lo que representaba.
Ahora es diferente. Miro esos ojos escalofriantes y mi miedo
está dirigido al cien por cien hacia el hombre bajo y gordo que me
está respirando encima.
Respiro hondo y me ordeno mantener la calma, gestionar esto
de la misma manera que he gestionado todos los demás encuentros
con Abe.
—¿Por qué está aquí, Abe? —Me complace que, aunque suena
más aguda de lo normal, mi voz se mantiene firme.
—Necesito hablar contigo sobre tu próximo pago.
—No vence hasta el viernes.
—Sí. —Abe alarga la palabra—. La fecha de vencimiento no es
el problema.
Aunque sé perfectamente que no me va a gustar la respuesta,
no puedo evitar preguntar.
—¿Qué problema?
Capítulo Veinte
Ella
Abe cruza los brazos sobre su enorme pecho mientras una
expresión de puro placer se extiende por su rostro. Me doy cuenta
de que ha estado anticipando mi pregunta y esperándola con ganas
desde antes de que entrara en este pasillo.
Enderezo los hombros. Cualquier cosa que Abe espere con
ganas no puede ser buena.
—Hemos estado revisando nuestros registros —dice Abe
lentamente, alargando el momento—, y hemos llegado a la
conclusión de que solo has estado haciendo los pagos mínimos
desde que solicitaste el préstamo.
—¡Pero he sido diligente con esos pagos, siempre a tiempo y
sin faltar nunca! —Me niego a pensar en aquella vez que no tuve
suficiente dinero para hacer mi pago mensual. No tiene sentido
mencionarlo ahora.
—Y esos pagos ni siquiera han cubierto los intereses —señala
Abe, casi frotándose las manos y saltando de alegría—. Mi padre y
yo sabemos que necesitabas el dinero para mantener a tu niña, es
una causa honorable, lo sabemos, pero tienes que entender que, por
mucho que queramos ayudarte, no somos una organización
benéfica.
Como si alguna vez cometiera el error de pensar eso.
—No podemos permitirnos seguir desangrándonos por ti. —
Tropieza un poco con la palabra, como si la estuviera pronunciando
por primera vez. Me sorprende que Abe conozca una palabra tan
grande. Aunque quizás este discursito no sea suyo. Tal vez su padre
o alguien más, alguien que realmente haya leído un libro o dos en su
vida, lo escribió para él—. Y ahora mismo, eso es lo que estamos
haciendo. Esto tiene que parar. Así que mi padre y yo lo hemos
hablado y hemos diseñado un nuevo plan de pagos para ti.
Entrelazo mis dedos en un intento desesperado por ocultar
cómo están temblando.
—¿Qué nuevo plan?
—Hemos decidido que, para mantenerte en nuestro lado
bueno, vas a tener que darnos tres mil seiscientos todos los meses.
Retrocedo tambaleándome, solo para quedar detenida por la
pared del pasillo. Apoyo mis hombros contra la pared, ya que no hay
forma de que mis rodillas puedan sostenerme.
—Tres mil seiscientos dólares —repito. Me esfuerzo por asimilar
la cifra.
Abe asiente, con satisfacción brillando en sus ojos. Qué bueno
saber que mi reacción le complace.
—Exactamente.
Trago aire.
—¿A partir de cuándo?
—A partir del próximo pago —dice Abe, confirmando mis
peores temores—. Que vence el viernes. Pasado mañana. —
Realmente no tenía que añadir esa última parte. Sé perfectamente
qué día es hoy y cuándo llegará el viernes. Ocurre todas las
semanas.
Manchas negras bailan frente a mis ojos. Me esfuerzo por
ignorarlas.
—Es un aumento del cincuenta por ciento —susurro. Mi voz
suena como si viniera de muy, muy lejos—. No es justo.
Abe encoge sus hombros masivos.
—¿No t gusta? Llama a la policía. A ver qué opinan. —Inclina la
cabeza hacia un lado. Sus ojos brillan con una luz infernal—. Seguro
que estarán muy interesados en algunas de las cosas que hiciste
para la organización hace unos años.
Y así, sin más, me recuerda exactamente lo sola que estoy en
esta situación. Desesperada por dinero, acudí a las personas
equivocadas y comencé a operar fuera del alcance de la ley, y si bien
eso no era estrictamente ilegal, no podría decirse lo mismo de todo
lo que he hecho.
Abe me tiene completamente contra las cuerdas y lo sabe. Y lo
que es peor, está disfrutando cada segundo.
Se inclina cerca, tan cerca que sus labios están a un suspiro de
rozar mi piel y no hay nada que pueda hacer al respecto. Su aliento
agrio me inunda la cara, y aun así sigue acercándose más,
aplastándome entre su cuerpo y la pared. No hay nada que pueda
hacer para detenerlo.
—Si no tienes el dinero, deberías venir a mí, y hablaremos
sobre ello. Hay algunas cosas que puedes hacer para saldar tu
deuda.
—Vete. A. La. Mierda. —Consigo articular las palabras, y me
complace que suenen firmes y no revelen que todos mis órganos
internos se han convertido en gelatina.
Abe no se desanima por mis palabras. Se ríe y se acerca aún
más, y me besa la comisura de la boca. Estremeciéndome, aparto la
cara, lo que solo le anima a lamer un camino viscoso por mi
mandíbula y hasta mi oreja.
—Creo que descubrirás que mi idea para una fuente alternativa
de pago es mucho más fácil que cualquier cosa que intentes hacer
para ganar dinero en su trabajito del centro de llamadas. —Una de
sus gruesas manos encuentra mi trasero y me aprieta una nalga.
Chillo e intento atravesar la pared del pasillo. Cualquier cosa para
escapar de su contacto.
—Solo asegúrate de venir a mí, no a mi padre. Me aseguraré
de que el trabajo que hagas sea... placentero y mutuamente
beneficioso. —Con un apretón más en mi trasero, se aleja y su par
de matones sonrientes le siguen hasta el ascensor.
Capítulo Veintiuno
Ella
Por mucho que desee abandonar el pasillo, escapar hacia la
dudosa seguridad de mi propio apartamento y cerrar la puerta con
llave, no puedo. Es como si toda la fuerza hubiera sido drenada de
mi cuerpo. En lugar de impulsarme lejos de la pared y correr hacia
mi puerta como quiero hacer, cuando las puertas del ascensor se
cierran sobre la horrible cara de Abe, lo único que hago es
deslizarme, como gelatina derretida, por la pared hasta sentarme en
el suelo.
Total, y completamente, derrotada.
Y mi cuerpo no es lo único que carece de fuerzas para
continuar. Mi cerebro se ha apagado por completo. Simplemente no
puede procesar las palabras de Abe, y mucho menos lidiar con la
profundidad y la gravedad de mi problema actual. Sé que debería
estar sintiendo algo: furia, miedo, angustia, la necesidad de huir,
algo, pero no siento nada. Solo hay un vasto vacío.
No sé cuánto tiempo permanezco allí sentada. Sé que es más
que suficiente para que el ascensor descienda hasta la planta baja y
para que Abe se marche, porque las puertas vuelven a sonar,
anunciando que ha realizado un viaje de regreso.
Mis ojos se dirigen hacia esa dirección y mis músculos
abdominales se tensan mientras las puertas comienzan a abrirse
lentamente. Anticipando la reacción de Abe, me alegro de no haber
podido levantarme. Instintivamente sé que mi completa y absoluta
desesperación, que él verá como una derrota total, le complacerá
aún más que si de repente sacara de mi bolsa del portátil la cantidad
completa que le debo a él y a su padre.
Pero el hombre que sale del ascensor no es Abe. Es un hombre
alto y delgado que vagamente reconozco como el mecánico de
motocicletas que se mudó a este piso desde el octavo hace unos
meses, cuando una de las tuberías se rompió en su apartamento.
Sus ojos se deslizan sobre mí, captando mi postura y
expresión. Creo ver un destello de lástima y compasión en su rostro,
pero no se detiene. No pregunta si necesito ayuda. No me
sorprende. En este lugar y en otros similares por toda la ciudad, los
habitantes aprendieron hace mucho tiempo a mantenerse al margen
de los asuntos ajenos.
Espero hasta que el mecánico entra en su apartamento antes
de usar la pared como palanca y apoyo para lograr ponerme de pie
lentamente.
Permanezco allí un momento, esperando a que la fuerza
regrese a mis piernas mientras hurgo en mi bolso y localizo mis
llaves.
Ignoro mis zapatos tirados en un montón empapado en el
suelo, me arrastro hasta la puerta de mi apartamento y entro.
Estar de pie en la cocina de mi apartamento se siente extraño.
Es familiar pero distante, como si hubieran pasado años desde la
última vez que estuve aquí en lugar de poco más de veinticuatro
horas.
Miro fijamente la nevera, al bonito unicornio rosa que Kelsey
dibujó la semana pasada que cuelga allí. La visión de ese unicornio y
el recuerdo de lo feliz que había estado Kelsey mientras lo dibujaba,
desencadena algo dentro de mí, haciendo que lo que sea que
estuviera conteniendo mis emociones se rompa como un hilo de
telaraña.
La bilis burbujea en mi garganta una vez más, el ácido
quemando la carne interior, y corro hacia el fregadero, apenas
logrando inclinarme sobre el borde antes de perder los restos del
festín chino que compartí con Jason anoche.
Abro el grifo y dejo que el agua arrastre el desastre por el
desagüe mientras cojo el paño de cocina que está colgado sobre el
grifo y lo uso para restregar el lado de mi cara y cuello, desesperada
por librar mi piel de la sensación asquerosa que dejó el contacto de
Abe.
Sigo frotando hasta que la piel está en carne viva. Pero incluso
así no me siento limpia, aunque eso no es nada comparado con la
furia que hierve dentro de mí. Gritando sin sentido, cojo una taza de
café del escurridor junto al fregadero y la lanzo contra la pared. La
taza se hace añicos al impactar, los trozos rotos de cerámica se
deslizan por la pared y caen amontonados en el suelo. Todavía
gritando palabras sin sentido, repito la secuencia una y otra vez,
lanzando un plato, luego dos tazas más de café antes de quedarme
sin munición.
Entre sollozos y más enfadada de lo que jamás había estado,
saco el móvil de mi bolso. Me quedo mirando la pantalla un
momento, sabiendo lo que tengo que hacer, aunque lo deteste,
antes de finalmente marcar un número conocido y pulsar el botón
verde de llamada.
Se me han acabado las opciones.
Capítulo Veintidós
Jason
Subo corriendo las escaleras del sótano y cierro la puerta
firmemente tras de mí.
Abatido y frustrado, me dejo caer contra la pared. Daryl sale
de mi despacho y me observa con ojos oscuros e indescifrables.
—Bueno —dice con su voz grave de bajo profundo.
—Se ha ido. —Incluso mientras pronuncio las palabras, no
puedo asimilarlas. Vale, es una casa grande, pero tampoco es una
mansión ni nada parecido.
Daryl asiente lentamente.
—Sí, más o menos capté el mensaje entre la segunda y la
tercera vez que insististe en que registráramos la casa.
Le lanzo una mirada fulminante, que él ignora mientras camina
hacia la cocina y saca el zumo de naranja de la nevera.
—¿Quién es?
—Ella. Ella Collins. —Me paso las manos por el pelo e intento
elaborar un plan, algún tipo de estrategia para encontrarla, pero no
se me ocurre nada.
—Está bien saberlo, pero no me refería a su nombre. —Daryl
saca un vaso limpio del lavavajillas y lo llena de zumo—. Me refería a
quién es ella para ti.
—¿Eh?
Daryl pone los ojos en blanco.
—Sé que no eres ningún cura, pero en todos los años que te
conozco, es la primera vez que me encuentro cara a cara con una
mujer. Basándome en eso, tengo que suponer que es algo más que
un simple polvo casual. Así que, ¿quién es?
Me quedo mirando el plato de beicon frío que aún está en la
encimera. Me inclino, abro el cajón calientaplatos en la parte inferior
de mi cocina y saco los dos platos que había metido justo antes de
que Ella entrara en la cocina y me distrajera.
Cada plato contiene una tortilla a la francesa. Cuando las metí
en el cajón, estaban ligeras y de un brillante tono amarillo. Ahora
están quemadas y resecas. Haciendo una mueca, las tiro, platos
incluidos, a la basura.
Una vez más, Ella se ha marchado en lugar de compartir el
desayuno conmigo. Miro el desastre en el cubo de la basura. Quizás
no sea algo que yo haya hecho; quizás simplemente odie las
tortillas.
—Es Ella. —Empiezo a sentirme como un disco rayado—. Ella,
la de Florida.
La cabeza de Daryl gira tan rápido que casi tropieza. Me mira
con los ojos como platos.
—¡Joder! ¿Te refieres a LA Ella de Florida? ¿La que se largó sin
siquiera decirte su apellido? ¿La chica por la que has estado
suspirando desde la universidad?
Daryl es una de las pocas personas en el mundo que sabe
sobre mi noche mágica con Ella. Y la única razón por la que lo sabe
es porque en los meses posteriores a que ella me dejara, él fue
quien tuvo que rasparme borracho de varios taburetes de bar y
llevarme a casa, donde era muy efectivo tratando mis resacas.
—Esa misma.
—¡Madre mía! —Daryl emite un silbido bajo—. No pensaba que
fuera real, tío. Después de escucharte lamentarte por ella durante
años, imaginé que era algún tipo de alucinación de borracho. No sé
qué es más sorprendente. Que exista, o que hayas conseguido
encontrarte con ella otra vez. —Arruga la frente—. ¿Cómo la
encontraste?
—Me llamó.
—Te llamó —repite Daryl, incrédulo—. ¿Así, de repente?
—Más o menos. Trabaja en un centro de llamadas. Al parecer,
consiguieron mi número de alguna manera, y hace dos noches, me
llamó. Reconocí su voz de inmediato.
—¡Tío! —Daryl arrastra la palabra—. Eso es alucinante. En
serio, ni un corredor de apuestas de Las Vegas tocaría esas
probabilidades. Entonces, ¿qué hiciste después? —Esto es lo que
pasa con Daryl: parece un tipo negro y duro, pero hay un alma
romántica escondida tras la placa, la pistola y la montaña de
músculos.
Le cuento rápidamente cómo ella me colgó y cómo utilicé mis
habilidades de hacker para averiguar dónde trabajaba y entrar en el
edificio con el pretexto de ser un inversor interesado.
—Astuto —dice Daryl, ignorando convenientemente el hecho
de que cuando obtuve la información, rompí, o al menos doblé, unas
cuantas leyes federales, leyes que él está obligado a hacer cumplir.
Eso es una de las cosas que me encantan de este tío. Sabe cuándo
hacer la vista gorda con algunos delitos graves—. Me gusta.
—Me gustaba más cuando estaba aquí —murmuro con
amargura. Me paso los dedos por el pelo—. ¿Qué demonios la hizo
salir corriendo?
—Probablemente dijiste algo que la enfadó —sugiere Daryl—,
o empezaste a soltar rollos y más rollos sobre ordenadores. No sería
la primera vez que lo haces, aunque te sigo diciendo que a las tías
no les molan las mierdas informáticas como a ti.
—No dije nada sobre ordenadores —le contesto con amargura
—. Y aunque lo hubiera hecho, a Ella no le habría importado. Es
incluso mejor friki de la informática que yo. Se licenció en ciencias
de la computación. MIT. Además de cosas normales de informática,
también me contó que era bastante buena como hacker.
Curioso, eso era una de esas cosas que había olvidado.
Hablamos de tantas cosas. Ahora recuerdo el bonito rubor que había
calentado su piel, y cómo casi se había tropezado con su lengua en
su prisa por asegurarme que nunca había creado un super virus ni
hackeado nada que pudiera preocupar al gobierno.
Justo después de eso, había metido la mano en mi bañador y
me había acariciado la polla, momento en el que mi capacidad para
mantener una conversación había desaparecido. Probablemente por
eso me había olvidado de esa parte de la conversación hasta ahora
mismo. El placer de su tacto había hecho explotar mis sinapsis y me
había hecho perder la memoria de lo que acababa de ocurrir.
—¿En serio? —Daryl silba con aprecio—. Supongo que
realmente es tu alma gemela. ¿Es tan buena como tú?
—Mejor. —Le lanzo una mirada y decido revelarle algo que
nunca le he contado—. Cuando la conocí, los tuyos la estaban
buscando.
—¿Los míos? —Los ojos de Daryl se estrechan en rendijas
peligrosas y de repente me doy cuenta de cómo deben sonar mis
palabras para él. Habiendo crecido en las afueras de Natchez,
Mississippi, Daryl es sensible cuando se trata de comentarios sobre
raza. Como rara vez surge el tema entre nosotros, a veces se me
olvida eso de él.
—El FBI —aclaro apresuradamente.
Ahora la sorpresa ensancha los ojos de Daryl y aviva toda su
expresión.
—Me estás tomando el pelo.
Niego con la cabeza.
—Ellos y algunas otras agencias de tres letras. Por eso
pensaba que no podía encontrarla. Que una vez que había aceptado
trabajar para el gobierno, la habían metido en algún tipo de misión
encubierta. —La idea había sido central en más de una de las
fantasías nocturnas en las que me había permitido caer a lo largo de
los años.
Me muevo para colocarme junto a la ventana y mirar hacia la
ciudad. Ella está en algún lugar al otro lado del cristal y, a diferencia
de la última vez, cuando esperé demasiado para empezar a buscarla,
esta vez voy a encontrarla, contra viento y marea, antes de que el
sol se ponga en este día.
—Es miércoles, tío. Probablemente se fue porque recordó que
tiene que trabajar hoy. Algunos no tenemos el lujo de quedarnos en
casa, haciendo juegos de ordenador y llamándolo trabajo. Algunos
tenemos que fichar.
Daryl es la única persona que se atreve a llamar «juegos» al
software que diseñé y vendí al ejército.
—He pensado en eso y he llamado a Jerry en Abutilon. Es su
jefe. Después de intentar averiguar si había decidido invertir, me dijo
que hoy es el día libre programado de Ella. Si quiero encontrarla allí,
tendré que esperar hasta mañana. —No hay manera de que espere
tanto. He pasado los últimos siete años ocupando una cama
solitaria, soñando con Ella. Ahora que la he encontrado, no tengo
intención de volver a dormir solo nunca más.
La cabeza de Daryl se levanta de golpe y su mirada choca con
la mía.
—¿Has dicho Abutilon? —Su voz carece de entonación.
—Sí, ¿qué pasa con eso?
—¿Tu genio informático de novia trabaja para Abutilon? —Se
ha quedado completamente impasible, lo que siempre me incomoda.
No entiendo cómo un tipo que ama la vida y la risa tanto como Daryl
puede pasar de ser uno de los tíos más expresivos que conozco a
parecer que su cara se rompería si tan solo pensara en sonreír.
Siempre me hace preguntarme exactamente qué les pasa a los
reclutas mientras están en Quantico.
Asiento.
—¿Y es un centro de llamadas?
—Sí. Tienen... —Lo pienso un minuto, tratando de recordar la
conversación de ayer. No es fácil ya que estaba más interesado en
Ella que en la empresa en sí—. Creo que un total de seis sucursales
diferentes. Además de Chicago, tienen una sucursal en Columbus y
en Nueva York, pero no puedo recordar los otros lugares. El gerente
dijo que gestionan una variedad de servicios diferentes para distintas
empresas. Incluyendo llamadas de venta en frío, algo de trabajo de
cobros y cosas puramente promocionales. Era bastante diverso,
aunque todo giraba en torno a hacer llamadas. Me alegro de no
trabajar allí. Es un lugar deprimente.
Daryl saca su móvil del bolsillo.
—Lo siento, tío. Me gustaría quedarme, ayudarte a resolver el
misterio de tu escurridiza novia, pero tengo que comprobar algo de
inmediato.
Apenas ha terminado de hablar cuando la puerta se cierra de
golpe tras él.
Me quedo mirando mi lado de la puerta e intento asimilar lo
que acaba de ocurrir. Primero Ella se marcha y ahora mi mejor
amigo, un tipo que es prácticamente la definición perfecta de
imperturbable. Basándome en los acontecimientos recientes, tengo
que suponer que hay algo mal en mí.
Me meto la nariz dentro del cuello de mi camisa, tratando de
determinar si huelo a sudor o algo igualmente nocivo que está
alejando a las personas más importantes de mi vida. Mi móvil cobra
vida antes de que llegue a una conclusión.
Miro la pantalla. No es un número que reconozca. Suspirando,
pulso el botón de responder y me preparo para una llamada
comercial.
—Diga —contesto con tono cortante.
—¿Jason? —Es Ella. Mi corazón se acelera. Que se ponga en
contacto conmigo es una buena señal, ¿verdad? Significa que no
hice nada tan increíblemente estúpido como para alejarla para
siempre.
No hay manera de que le dé la oportunidad de decirme que se
ha acabado para siempre. Antes de que ella tenga la oportunidad de
tomar aire y lanzarse a una explicación de por qué ha llamado,
empiezo a hablar. Apenas pienso en mis palabras antes de que
salgan atropelladamente de mi boca. No me importa estar
prácticamente suplicándole que me dé una oportunidad. No voy a
permitir que me diga que se ha terminado.
—Ella, ¿qué ha pasado? ¿Por qué te has marchado así? Si he
hecho algo mal, dímelo y lo arregla...
—Jason, cállate.
Es su tono más que sus palabras lo que me silencia. Bajo la
irritación en su voz, percibo mucha tensión. Algo va realmente mal.
Mis músculos se tensan y mi mente da vueltas, buscando una
solución a un problema del que no sé nada. Vaya manera de
precipitarme.
Al otro lado de la línea telefónica, Ella toma una respiración
profunda y fortalecedora. Mis hombros se tensan, esperando
escuchar lo peor.
—Mira —dice ella—, tengo algo que necesito contarte, y no
puedo hacerlo por teléfono, aunque Dios sabe que desearía poder.
Ven al Edificio Brooks Easy Living. Estoy en el apartamento 6C, en la
tercera planta. Y necesito que vengas lo más rápido que puedas.
—¿De qué se trata? ¿Estás en algún tipo de problema? ¿Un
accidente, quizás? —Una imagen de ella sentada en urgencias,
cubierta de sangre porque había sido, no sé, asaltada o atropellada,
cruza por mi imaginación. Casi se me cae el teléfono—. ¿Estás bien?
En cuanto la pregunta sale de mi boca, contengo la
respiración, temiendo y necesitando su respuesta a la vez.
—Estoy bien. Solo necesito hablar contigo. Ven lo más rápido
que puedas. Antes de que me acobarde.
No espera mi respuesta antes de colgar el teléfono.
Capítulo Veintitrés
Jason
Fue bastante fácil cruzar la ciudad y encontrar el Edificio
Brooks Easy Living, al igual que subir tres pisos en el ascensor y
caminar por el estrecho pasillo hasta la puerta marcada con una
placa de latón desconchada que indica 6C.
Otra placa de latón, un poco menos desconchada, debajo del
número dice Beyers. Quizás Ella se acaba de mudar a este
apartamento y el casero aún no ha cambiado su nombre.
Lo que no es fácil es levantar la mano para llamar a la puerta
barata. Desde que Ella me llamó y me dijo que necesitaba mi ayuda,
bueno, en realidad desde antes, una situación horrible tras otra ha
estado pasando por mi mente. No ayuda que esté alimentado por
una imaginación hiperactiva que ocasionalmente le gusta mezclar la
realidad con una pizca de horror.
Tan desesperada como es mi necesidad de ver a Ella, de
asegurarme de que está bien y de una pieza, estoy igualmente
aterrorizado por lo que encontraré al otro lado de esta puerta.
Cuadro los hombros y levanto la mano. Mis dedos se curvan
formando un puño. Tomo una última respiración profunda y
tranquilizadora, y golpeo la pseudo madera.
Dando un paso atrás, me coloco de manera que mi cara sea
visible a través de la mirilla e intento no parecer excesivamente
preocupado.
No tengo que esperar mucho tiempo. Unos segundos después
de que el eco de mi golpe se desvanece, oigo el leve golpeteo de
pies contra el linóleo seguido del traqueteo de cerraduras. La puerta
se abre hacia dentro, revelando el rostro pálido de Ella.
Parece que acaba de salir de la ducha. Su pelo húmedo
empapa la camiseta lisa granate de talla grande que lleva puesta.
Las marcas recientes del peine aún se ven en su cuero cabelludo,
aunque las puntas han comenzado a secarse y rizarse. La
combinación de piel pálida y las oscuras sombras bajo sus ojos
hacen que estos parezcan enormes, demasiado grandes para su
delicado rostro.
Una mano agarra el borde de la puerta. La otra sostiene contra
su pecho un enorme gato gris de pelo largo.
Una oleada de alivio me invade, casi haciendo que me fallen
las rodillas. Está de pie y puede moverse. De momento va bien.
—Jason. —Ella mantiene su agarre en el borde de la puerta,
pero da un paso atrás, dejándome espacio para entrar—. Has
venido.
Obedezco su silenciosa invitación y cruzo el umbral hacia su
apartamento.
—Siempre que me llames —le digo—, vendré corriendo. Pase
lo que pase.
Incluso mientras digo estas palabras, me pregunto si ella
entiende completamente cuán ciertas son.
Mientras Ella cierra la puerta, echa el cerrojo y pasa la cadena
de seguridad, aprovecho el tiempo para estudiar mi entorno.
El lugar me recuerda mucho al apartamento que compartí con
Daryl y otros dos chicos durante mi tercer y cuarto año de
universidad. Por supuesto, nosotros no teníamos un gato, y en lugar
de dibujos infantiles de unicornios y mariposas, el arte colgado en
nuestra nevera eran fotos de mujeres en bikini. Aunque el montón
de cerámica destrozada en el suelo es similar. Ni siquiera quiero
pensar en cuántos platos conseguimos romper.
No hay puerta entre el salón y la cocina, así que estudio esa
habitación también. Aunque los muebles parecen haber sido
comprados en una tienda de segunda mano o encontrados en la
acera, la forma en que están dispuestos da la impresión de que Ella
se ha esforzado por hacer el lugar lo más cómodo posible.
Lo que no veo es ninguna señal de que Ella haya sido atacada.
Un arrebato de ira me recorre. Desde que descubrí que había
desaparecido, he estado enloqueciendo de preocupación, asustado
de haber hecho algo mal, de haberla asustado hasta el punto de que
me dejara, y que en su prisa hubiera sido atacada, o algo peor.
Por muy agradecido que esté de que no haya sufrido daño
alguno, de que se haya puesto en contacto conmigo, ese alivio no
compensa en absoluto el hecho de que se marchara sin decir palabra
y, cuando por fin decidió contactarme, ni siquiera se molestó en
contarme lo que había ocurrido, simplemente exigió que lo dejara
todo y viniera corriendo hasta aquí para verla.
Me giro lentamente para mirarla fijamente.
—¿A qué crees que estás jugando? —Mi voz suena
notablemente serena teniendo en cuenta lo furioso que estoy ahora
mismo.
Su agarre sobre el gato se intensifica. Frunce el ceño. Ahora
mismo se parece más a la chica de veintiún años que conocí en
Florida que a la de ayer o esta mañana.
—¿Jugando?
—Oh, no pongas esa cara de sorpresa. —El enfado se filtra en
mis palabras—. Primero me das esperanzas esta mañana, luego
¿qué? ¿Fingiste estar enferma solo para poder huir? ¿Y entonces qué
pasó? ¿Pensaste en todo lo que te estabas perdiendo y decidiste
comprobar cuánto control tenías sobre mí? ¿Decidiste chasquear los
dedos para ver si acudía corriendo? Pues, ¿sabes qué, cariño? Estoy
aquí. ¿Y ahora qué? ¿Cuál es el siguiente paso en este jueguecito
que has decidido jugar?
La boca de Ella se abre y se cierra varias veces. Sus ojos se
agrandan y se llenan de lágrimas. Sus dedos agarran el pelo del
gato, haciendo que el animal se retuerza en protesta. Se inclina y lo
deja en el suelo. Cuando se endereza, tiene la mandíbula apretada y
sus ojos están despejados y secos.
—Tienes todo el derecho a estar enfadado —dice con palabras
cuidadosamente medidas, su tono no revela nada sobre lo que está
pasando en su cabeza o en su corazón ahora mismo.
—Joder, claro que lo tengo.
Ella arquea una ceja, tan sorprendida por el hecho de que
haya soltado un taco, algo que rara vez hago, como lo estoy yo.
Bien. Quizá eso la ayude a entender lo mucho que me asustó... y le
dé una idea de lo que significa para mí.
—Pero tengo mis propias razones para lo que he hecho.
Buenas razones.
—Ajá.
Ella me mira fijamente por un momento y parece estar
considerando algo.
—Espera un segundo —dice finalmente. No espera a que le
responda antes de pasar junto a mí e ir al salón.
Todavía hirviendo de rabia, me giro para observarla.
Ella rodea una esquina y desaparece de mi vista por una
fracción de segundo. Cuando reaparece, lleva un pequeño objeto
plano. Me lo entrega.
Es un sencillo marco plateado, de esos que puedes conseguir
en el Carrefour por un par de euros. La foto del interior es de una
niña bonita, con coletas a ambos lados de la cabeza, cara en forma
de corazón y una sonrisa con un hueco entre los dientes que parece
brillar más que el sol. Está tumbada boca abajo sobre un columpio,
mirando directamente a la cámara con unos ojos muy familiares.
No necesito preguntar de quién es esta niña. La sonrisa no me
resulta familiar, pero los ojos son cien por cien los de Ella.
La sangre me retumba en los oídos. Le devuelvo la foto a Ella,
con la mano temblando ligeramente.
—Tienes una niña pequeña.
Ella toma la foto. La mira fijamente, pero su boca no se
suaviza en una sonrisa como hacen la mayoría de los padres cuando
hablan de sus hijos. Lágrimas contenidas brillan en sus ojos.
—Sí —confirma, aunque no es necesario—. Se llama Kelsey. Le
encantan los gatos, los caballos, las estrellas y la ciencia ficción. Se
ríe todo el tiempo.
—Parece una niña estupenda —murmuro, todavía intentando
asimilar el hecho de que Ella es madre. Como no ha dicho nada y no
hay ni un solo detalle masculino en este apartamento, supongo que
es madre soltera. ¡Pero una niña! Eso es algo importante. Y algo
para lo que no estaba preparado.
Ella sorbe por la nariz. Su agarre sobre el marco se intensifica
hasta que lo sostiene como si se estuviera ahogando y fuera su
salvavidas.
—Lo es. Pero...
No me gusta nada cómo suena ese «pero».
—No está muy bien —continúa Ella—. Nació con una grave
afección cardíaca. Los médicos no creían que sobreviviría, pero
superó todas las expectativas. Aunque su corazón sigue sin estar
bien. La revisan dos veces al año y cada vez está un poco peor.
Un dolor me atraviesa. Nadie debería pasar por la vida con un
corazón delicado, especialmente una niña, y desde luego no la hija
de Ella.
—Y hace siete meses, desarrolló diabetes. Los médicos creen
que es consecuencia de su afección cardíaca.
Dios mío es todo lo que puedo pensar. Agacho la cabeza y me
pregunto cómo el mundo puede ser tan injusto.
—Jason. —Ella me toca el brazo y levanto la mirada hacia sus
ojos. Brillan de una forma extraña—. Dentro de tres meses, Kelsey
cumple siete años.
Me lleva un momento asimilar sus palabras y un segundo más
para que mi cerebro haga el cálculo rápido.
—Un momento —digo, mientras mi mente está luchando por
una respuesta que no está preparada para aceptar—. ¿Estás
diciendo que...? —No soy capaz de pronunciar las palabras.
Respiro hondo e intento de nuevo.
—¿Es...? —señalo la foto en las manos de Ella—. ¿Es ella,
Kelsey...? —Una vez más, las palabras no me salen.
—Sí —dice Ella solemnemente—. Es tuya. Eso es lo que
necesitaba decirte, antes de perder el valor.
Capítulo Veinticuatro
Jason
Tres horas. Eso es lo que tardo en reorganizar mis ideas y
asumir la bomba que Ella ha dejado caer en mi regazo.
Tres horas dando vueltas sin parar alrededor de un pequeño
parque que encontré a unos cuatrocientos metros del apartamento
de Ella. Me sorprende que nadie haya llamado a la policía por mi
comportamiento sospechoso. Quizás la razón es que no prestaba
atención a ninguno de los niños, o tal vez porque la vida en este
barrio ya es bastante dura y nadie tiene la energía para prestar
mucha atención a personas que se comportan de manera extraña.
Reflexiono sobre esto mientras llamo a la puerta de Ella por
segunda vez hoy. Me doy cuenta de que no importa cuál sea la
respuesta. El hecho de que a nadie le importara lo que estaba
haciendo es toda la prueba que necesito para saber que no quiero
que mi hija se críe en este entorno en particular. Aún no la he
conocido, no sé casi nada de ella, pero sí sé que quiero que se críe
en un ambiente seguro, un lugar donde pueda prosperar.
Además de hacerme cuestionar el estado actual de la
humanidad, estas tres horas me han ayudado a decidir que quiero
que Ella y su... no, nuestra hija, estén en mi vida. Para siempre.
La puerta se abre y Ella me mira desde abajo. Una sensación
de déjà vu me golpea. Excepto por haberse recogido el pelo en una
cola baja y llevar unas gafas de montura metálica sobre su graciosa
naricilla, tiene el mismo aspecto que cuando me fui. Incluso tiene al
mismo maldito gato apoyado en su cadera exactamente de la misma
manera.
Ella parpadea con ojos enrojecidos. El gato me observa con
sus pensativos ojos amarillos. Tengo la incómoda sensación de que
me está juzgando para ver si soy alguien con quien quiere que se
relacionen sus mujeres. Me estremezco al pensar lo que hará si
decide que no soy digno.
Redirijo mi atención del gato a Ella. Una energía nerviosa
golpea el interior de mi estómago. Una cosa es saber que quiero que
Ella y Kelsey estén en mi vida; decírselo a Ella es un asunto
completamente diferente. No sé qué decir.
—¿Cómo se llama? —Meto las manos en los bolsillos.
Ella entorna los ojos.
—¿Qué?
—Tu gato. ¿Cómo se llama?
Ella mira al gato, que está frotando lentamente su cabeza de
un lado a otro contra su caja torácica. Sus ojos se abren, como si
hubiera olvidado que lo está sujetando.
—Es el gato de Kelsey —dice, con voz baja y espesa, como si
tuviera la garganta dolorida e hinchada—. Lo encontró atado en una
caja y lo rescató. Han sido inseparables desde entonces. Lo llamó
Mal, por esa serie de ciencia ficción con la que está obsesionada.
—Firefly —digo con una sonrisa—. Es mi serie favorita. —
Espero un momento antes de preguntar con vacilación—: ¿A Kelsey
le gusta la ciencia ficción?
Ella pone los ojos en blanco y parte de la tensión desaparece
de sus hombros.
—No se cansa de ella. Si transcurre en algún momento del
futuro, se pasará todo el fin de semana viéndola. Desde luego no lo
ha sacado de mí.
No, lo ha sacado de mí. La ciencia ficción siempre ha sido mi
género favorito. Nunca había considerado la posibilidad de que fuera
algo que pudiera transmitir a mi hijo. Aunque, a decir verdad, ¡hasta
hace tres horas nunca había considerado que tendría una hija!
—Tengo toda una biblioteca de DVDs de ciencia ficción. Lo que
te imagines, lo tengo. Desde todos los episodios de Star Trek, las
películas de Alien, Buffy, Doctor Who, La dimensión desconocida. En
serio, mi colección de DVDs es un tesoro para cualquier friki. Le
encantará.
Ella se aferra al borde de la puerta.
—Entonces, ¿quieres...? —Toma una bocanada de aire e
intenta de nuevo—: ¿Vas a formar parte de su vida?
Esta no es una conversación que quiera tener mientras estoy
de pie en el pasillo. Entro en la cocina, le quito suavemente la puerta
de las manos y la cierro antes de hacer un gesto hacia el salón.
—¿Podemos ir allí y relajarnos?
Ella se muerde el labio inferior. Sus ojos se mueven de mí al
salón y viceversa.
—Supongo que está bien.
Me precede al entrar en la habitación y se sienta en un bonito
sofá con cuadros azules y amarillos. El gato salta y se acomoda en
un parche polvoriento de luz solar, lanzando un maullido en nuestra
dirección.
Señalo con la cabeza el lugar del sofá a su lado. Ella duda un
momento antes de deslizarse hacia un lado en silencioso
consentimiento.
Alargo la mano, cojo una de las suyas y la acuno entre las
mías. Tiembla, y ese leve aleteo me recuerda a un pajarillo que
encontré y devolví a su nido la primavera pasada.
Escojo mis palabras con cuidado; después de todo, todo mi
futuro depende de ellas.
—He estado pensando en nuestra hija.
Ella me mira con ojos como platos, pero no dice ni una
palabra.
—Tu noticia ha sido un shock. Literalmente, lo último que
esperaba oír. Pasé siete años soñando con tenerte de vuelta en mi
vida, imaginando cómo sería nuestra vida una vez que nos
reconectáramos —Ella jadea, pero permanece en silencio—. Nunca
se me ocurrió que nuestro acto de amor habría creado una hija.
Mi mirada se desliza desde su rostro, bajando hasta detenerse
en su vientre, el lugar donde nuestra hija pasó nueve meses
creciendo. Mi mente evoca una imagen de cómo se habría hinchado.
Me imagino cómo Ella debió de acunarlo y acariciarlo mientras
susurraba conversaciones secretas con nuestra hija nonata. A esto le
siguen imágenes de la primera vez que sostuvo a Kelsey, cómo
reaccionó cuando supo la verdad sobre la salud de nuestra hija,
cómo debe de sonreír y celebrar cada vez que Kelsey alcanza un
nuevo hito.
La pena agarra mi corazón y lo aprieta con fuerza. Me he
perdido tanto. No puedo volver atrás en el tiempo y recuperar esos
momentos, pero... Si Ella está abierta a ello, algún día podemos
tener otro hijo y esta vez seré un participante activo durante toda la
experiencia.
Sacudo la cabeza, arrancándome de mis pensamientos.
Menuda tontería. Ni siquiera he conocido a mi hija actual, y mucho
menos he resuelto nada entre Ella y yo, y ya estoy contemplando
tener otro hijo. Hablando de precipitarse.
Vuelvo a encarrilar mis pensamientos.
—Lo que quiero que sepas es que te quiero y estoy deseando
conocer a Kelsey. Estoy impaciente por conocerla y descubrir todo lo
que la hace especial.
El alivio se extiende lentamente por el rostro de Ella.
—¿Estás seguro?
—Al cien por cien.
—No te he hablado de Kelsey para que te sientas obligado a
cuidar de ella —dice Ella tentativamente, como si le costara creer
todo lo que he dicho hasta ahora—. Kelsey merece algo mejor que
ser simplemente la obligación de alguien.
—Ella. —Acuno la mandíbula de Ella con mi mano derecha,
obligándola a mirarme a los ojos—. Nadie me obliga a hacer nada
que no quiera hacer. Quiero formar parte de la vida de ambas. Estoy
emocionado por ello.
Sin poder resistirme, me inclino hacia delante y rozo los labios
de Ella con los míos en un beso más dulce que el algodón de azúcar.
Ella suspira contra mi boca y la tensión se derrite de su cuerpo.
—Mmm —murmura, y el sonido me hace cosquillas en los
labios.
—Estoy de acuerdo. —Respiro con pesadez, me echo hacia
atrás y la miro profundamente a los ojos. Deslizo un dedo bajo el
cuello de su camiseta, apartándolo de su garganta, y beso la punta
de su nariz. Ella levanta los brazos, rodeándome el cuello y
entrelazando sus dedos en mi pelo—. Parece que este es un gran
lugar para comenzar nuestro objetivo de hacer el amor en todas las
habitaciones de la ciudad.
Ella se ríe y mira el reloj negro barato que lleva en la muñeca.
—Suena divertido, pero no…
Ambos oímos que la puerta de la cocina se abre. Mal el Gato
se levanta de un salto y corre hacia la cocina. Una risa infantil llega
hasta nosotros.
Me aparto de Ella y me incorporo. Kelsey. Estoy a punto de
conocer a mi hija de seis años por primera vez. Me paso la mano por
el pelo antes de estirarme la camiseta.
—¿Tengo buen aspecto? —No tengo ni idea de lo que se
supone que debo decir a la niña que engendré pero que aún no he
conocido. Quiero causar una buena impresión, pero no tengo la
menor idea de cómo hacerlo.
Besar a Ella es maravilloso, pero ahora desearía haber
aprovechado ese precioso tiempo para buscar en mi móvil cómo
manejar un primer encuentro con una niña pequeña.
Nunca he estado tan aterrorizado en mi vida.
Empiezo a levantarme, pero Ella me agarra de la manga.
—Jason, espera.
El pánico en su voz me hiela el corazón. Mis ojos se
encuentran con los suyos y el puro pánico en sus profundidades
hace imposible respirar.
—¿Qué ocurre?
Ella niega con la cabeza. Se lleva la mano libre a la garganta.
Nunca imaginé que pudiera verse tan vulnerable. Sus ojos van hacia
la mesa antes de volver a mí.
—Pase lo que pase —sisea entre dientes apretados por el
pánico—, tienes que prometerme que harás lo que sea necesario
para mantener a Kelsey a salvo.
Supongo que está hablando de los problemas de salud de
Kelsey. ¿De qué otra cosa podría estar preocupada? Me inclino hacia
delante y toco su frente con mis labios, esperando que el contacto
calme a Ella.
—Siempre cuidaré de vosotras dos.
Ella niega con la cabeza.
—No. Yo no soy importante. Solo importa Kelsey.
Frunzo el ceño mientras la comprensión me golpea. Algo va
mal. Hay algo que Ella todavía no me ha contado, algo que la asusta
hasta la muerte. Antes de que pueda preguntarle, una niña pequeña
con pelo castaño alborotado entra dando saltos en la habitación, su
bonita cara en forma de corazón arrugada en una sonrisa de un
millón de vatios.
Capítulo Veinticinco
Jason
El tráfico resuena afuera mientras los amantes nocturnos de
Chicago salen a las calles. Coloco el último plato de la cena en el
escurridor y quito el tapón del fregadero, dejando que el agua
jabonosa se vaya por el desagüe mientras camino hacia el salón.
Kelsey y Ella están acurrucadas juntas en el sofá cama. El gran
gato gris yace despatarrado sobre sus piernas, con un ronroneo de
satisfacción que hace vibrar todo su cuerpo.
Extiendo la mano y poso las yemas de mis dedos en la mejilla
de Kelsey, sintiendo su piel suave y su calor delicado subir por mi
mano.
Tengo una hija. Tengo una hija. El placer y el orgullo se
asientan sobre mis hombros como un cálido manto. Soy padre.
No esperaba pasar la noche con una niña cuya existencia solo
se me dio a conocer hace unas horas, pero disfruté enormemente de
la cena de raviolis en lata y leche, seguida de ayudar a Kelsey con
sus deberes de matemáticas, que odia, y luego de una maratón de
tres episodios de Supernatural, que a ambos nos encanta.
Me presentaron brevemente a Adele, quien al escuchar quién
era yo y mi relación con Kelsey, se disculpó diciendo que iba a pasar
la noche con amigos para que pudiera conocer a Kelsey.
Aunque solo la conozco desde hace unas horas, ni siquiera el
tiempo suficiente para rascar la superficie de la persona que es, ya
me he enamorado de ella, la he aceptado como mía, como una parte
integral de mi vida.
Ella no tenía que pedirme que protegiera a Kelsey, lo haría de
cualquier manera.
Aparto el suave cabello de Kelsey de su rostro, colocándolo
detrás de su oreja. Siempre imaginé tener hijos con Ella; era una
parte natural de las fantasías románticas que tejía a su alrededor
mientras esperaba que reapareciera en mi vida, pero nunca imaginé
la posibilidad de que ya hubiéramos creado una vida. Y, sin embargo,
eso es exactamente lo que habíamos hecho.
Viendo dormir a mi pequeña, soy dolorosamente consciente
del paso del tiempo. En solo unos meses, celebrará su séptimo
cumpleaños. ¡Siete! Antes de darme cuenta, será una adolescente,
luego querrá su carnet de conducir, y comenzará a traer chicos a
casa.
Me hundo en un lado del fino colchón y me paso una mano por
el pelo. No estoy preparado para esto. Y ya me he perdido tanto.
En la tenue luz que proyecta la cocina, mi mirada se desplaza
hacia Ella. Ha estado callada esta noche, observando cómo Kelsey y
yo interactuamos sin ser realmente parte de las cosas. A pesar de
que Kelsey y yo intentamos convencerla de que se uniera, ella
seguía resistiéndose, aunque frecuentemente extendía la mano para
coger la de Kelsey o para acariciarle la cabeza, como si necesitara
sentir a su niña.
Varias veces tuve la impresión de que temía que de repente
me llevara a Kelsey, por lo que creo que, en lugar de ir a su propia
habitación, se metió en la cama con Kelsey. Después del estrés de
contarme sobre mi hija secreta, creo que necesita la conexión que
solo puede proporcionar el contacto físico.
Es una maravilla. Criar a un niño, incluso a uno sano, por su
cuenta no habría sido fácil. Pero lidiar con una niña cuya vida ya está
en peligro antes de nacer. La tensión... ni siquiera puedo empezar a
imaginar por lo que habrá pasado, por lo que aún pasa cada vez que
Kelsey tiene un resfriado o una cita con el médico para revisar su
corazón.
El amor y el respeto me golpean como una enorme ola. Me
siento humilde ante la fuerza de Ella, su resiliencia. No sé qué he
hecho para merecer una mujer tan increíble, pero sé que haré todo
lo posible por proporcionarle el tipo de vida que se merece.
Extiendo la mano y acaricio su pelo, disfrutando de cómo los
sedosos mechones se deslizan entre mis dedos. Incluso dormida,
hay una línea de preocupación entre sus cejas y me pregunto qué
otros secretos estará guardando todavía.
De una forma u otra, necesito que comprenda que puede
confiar en mí. El sueño tira de mí, y me estiro a su lado. El gato
entreabre un ojo amarillo, observándome con curiosidad sin disimulo
mientras apoyo una mano en el costado de Kelsey, impulsado por la
necesidad de sentir su respiración, y entrelazo los dedos de mi otra
mano con los de Ella antes de cerrar los ojos y dejar que el sueño
me invada.
Capítulo Veintiséis
Ella
El sonido de unos golpecitos suaves me va sacando
gradualmente del sueño. Abro los ojos y parpadeo varias veces
mirando al techo del salón, intentando situarme. Tengo los ojos
arenosos, la garganta un poco irritada y un leve martilleo detrás de
las sienes que es más una advertencia que un dolor real.
No es la mejor manera de despertar, pero podría ser peor.
Levanto la muñeca y entrecierro los ojos para mirar mi reloj.
5:48. Poco más de media hora antes de que tenga que despertar a
Kelsey y ayudarla a prepararse para el colegio.
Aparto a Mal de mis piernas con un ligero empujón,
provocando un suave gruñido de disgusto mientras se levanta y se
dirige al lado opuesto del colchón para acurrucarse detrás de las
rodillas de mi hija.
—Cuidado, señorito —le advierto en voz baja—. Puede que
Kelsey haya sido quien te encontró y me suplicó que te dejara
quedarte, pero yo fui quien tomó la decisión final y soy quien
mantiene tu despensa de comida para gatos. Lo último que necesito
ahora mismo es un gato desagradecido, así que, si te pones
demasiado impertinente conmigo, te echaré de aquí.
Mal esconde el hocico entre sus patas delanteras y cierra los
ojos. No es tonto. Sabe reconocer un farol cuando lo oye. Un
momento después empieza a roncar.
—Desagradecido —murmuro mientras me bajo de la cama,
haciendo una mueca cuando mi cuerpo me recuerda que realmente
no está diseñado para pasar la noche en un colchón tan barato.
Cuesta creer que sea el mismo cuerpo que logró mantenerse ágil
después de pasar toda una noche en el suelo de una caseta de
socorrista hace tantos años.
Me estiro y giro la parte superior del cuerpo, tratando de
eliminar algunas de las contracturas, antes de dirigirme a la cocina y
los extraños sonidos de tecleo.
La imagen de Jason inclinado sobre mi maltratado portátil de
cinco años me sorprende. Parpadeo mirándole.
—Pensaba que te habías ido.
Jason da un respingo, un movimiento que casi derriba la taza
de café que tiene junto al codo. Me apresuro a sujetarla antes de
que caiga sobre el teclado del ordenador. La muerte por café
derramado en el teclado es un accidente que no puedo permitirme
ahora mismo.
—Yo, eh, quería quedarme. —Jason habla despacio, como si
hubiera estado perdido en otro mundo y estuviera luchando por
volver al presente—. Me parecía lo correcto. Espero que no te
importe.
Debería importarme. Su presencia debería molestarme. Hemos
sido solo Kelsey, Adele y yo en este lugar durante los últimos seis
años. Tener a un hombre por aquí debería alterar el orden natural de
las cosas, pero mi instinto me dice que esto está bien, que así es
como debe ser. Además, no tengo energía para enfadarme. Estoy
demasiado rígida, cansada y preocupada por cómo demonios voy a
pagarle a Abe mañana.
No es la primera vez que considero pedir un préstamo a Jason.
Es rico. Puede permitirse pagar toda mi deuda si quiere, pero no
quiero hacerlo. No es que no esté dispuesta a tragarme mi orgullo y
pedírselo, sino que temo cómo reaccionarán Abe y su padre cuando
descubran de dónde vino el dinero.
No tengo ninguna duda de que, si descubren que existe, tarde
o temprano encontrarán la manera de utilizar mi relación con Jason
para presionarle.
No puedo permitir que eso ocurra. Jason es mi única
oportunidad de mantener a Kelsey a salvo si no consigo encontrar la
manera de librarme de esta deuda.
—¡Qué va! —Me acerco a la cafetera y sirvo el aromático
brebaje en mi taza de café gigante favorita, esa de color amarillo sol
que Kelsey me regaló por el Día de la Madre hace dos años. La
palabra «mamá» está pintada en la parte frontal con una letra
infantil de color rosa brillante. Esta taza nunca deja de hacerme
sentir querida.
Doy un generoso sorbo, ignorando cómo el líquido abrasa el
paladar antes de quemar un sendero por mi garganta. Me siento un
poco más humana. Rodeo la taza con ambas manos y apoyo la
cadera contra la encimera, esperando a que la cafeína haga efecto.
Dirijo mi atención hacia Jason. Lleva la misma ropa que ayer,
aunque considerablemente más arrugada y con una mancha de
salsa de raviolis. Su pelo está de punta, como si hubiera estado
pasándose las manos por él. Se han formado sombras bajo sus ojos.
—¿Has dormido algo? —pregunto. Tenerlo aquí en mi cocina,
con todo lo que hay entre nosotros, debería resultar incómodo, pero
no lo es. Se siente correcto. Reconfortante.
Se encoge de hombros, pero su atención no se aparta de la
pantalla.
—Un poco. Me tumbé contigo y con Kelsey durante unas
horas. —Levanta la mirada, encontrándose con la mía—. Ese colchón
es horrible.
Mi espalda dolorida está de acuerdo con él.
—Cumple su función —digo en voz baja—. Si estabas
incómodo, deberías haberte ido a mi habitación. Mi cama es mejor.
El humor y los primeros indicios de deseo iluminan su
expresión. Las comisuras de su boca se curvan en una pequeña
sonrisa.
—Me gustaría comprobarlo. ¿Quizá más tarde esta mañana?
¿Después de que Kelsey se vaya al colegio?
Un rubor me calienta la cara mientras varias posibilidades
pasan por mi mente.
—Tengo que trabajar hoy —le digo en voz baja.
—Di que estás enferma.
Dios, menudo lujo que no puedo permitirme.
—Eso no es posible.
—¡Qué pena! —La atención de Jason vuelve a la pantalla del
ordenador—. Hay algunos movimientos que tú y yo aún no hemos
probado. Parecen... interesantes.
La sospecha florece y me aparto de la encimera.
—¿Exactamente qué estás haciendo con mi ordenador? Por tu
bien, Jason, como estés usándolo para ver porno... Tu hija lo usa
para hacer los deberes.
Rodeo el extremo de la mesa y me detengo bruscamente a su
lado. Cojo el ordenador, inclinándolo para ver exactamente qué hay
en la pantalla.
—¡Oh! —Mi estómago se hunde y mi corazón se contrae al ver
lo que ha estado estudiando. En lugar de imágenes lascivas o el
vídeo obsceno que esperaba encontrar, estoy mirando una página
web muy familiar. Mis hombros se desploman mientras una
sensación dulce y brillante me recorre—. El hospital donde operaron
a Kelsey.
—Sí. —Jason toma mi mano entre las suyas, se la lleva a la
boca y me besa la muñeca—. Estoy intentando aprender todo lo que
puedo sobre lo que ella, lo que ambas, pasasteis y qué opciones hay
disponibles actualmente. También he enviado un correo a mi agente
de seguros, diciéndole que necesito reunirme con ella. Quiero incluir
a Kelsey en mi plan de seguro médico cuanto antes.
—Jason —empiezo a decir, con asombro en la voz.
Hay muchas formas en las que podría haber manejado esta
situación. Muchas de las mujeres con apartamentos en este edificio
son madres solteras trabajadoras como yo. He visto cómo los
hombres en sus vidas las han hecho pasar por un infierno, así que
conozco todas las diferentes maneras en que Jason podría haber
reaccionado al descubrir que era el padre de mi hija.
Podría haberme llamado de todo. Podría haber amenazado con
quitarme a Kelsey, o acusarme de mentir. Podría haberla negado
para siempre. Pero no lo hizo. En cambio, ha demostrado ser el
hombre más dulce del mundo. Un príncipe en un mundo de
mendigos.
Mi corazón da un vuelco y se hincha.
Por favor, ruego en silencio, que encuentre una solución a mis
problemas económicos. No soporto la idea de que descubra en qué
apuros estoy metida.
Jason inclina la cabeza hacia un lado y arquea una ceja,
divertido.
—¿Sí?
Me sobresalto al darme cuenta de que empecé a decir algo,
pero me perdí en mis propios pensamientos.
Trago saliva, intentando deshacerme del nudo que se ha
formado repentinamente en mi garganta mientras parpadeo para
contener las lágrimas que se acumulan en las comisuras de mis ojos.
—No tienes por qué hacer eso.
Resopla.
—Ella, sé que has hecho lo que has podido, pero he echado un
vistazo al plan de seguro médico que ofrece Abutilon. Es una
porquería.
No se equivoca, pero aun así siento la necesidad de
defenderlo. Una especie de orgullo equivocado, supongo.
—Es mejor que no tener seguro.
Jason resopla y pone los ojos en blanco.
—Apenas.
Alarga la mano y me quita la taza de café medio vacía para
colocarla sobre la mesa antes de poner la suya al lado,
asegurándose de que ambas estén bien lejos del portátil.
Echa su silla hacia atrás.
—¿A qué hora se levanta Kelsey?
—A las seis y media.
El reloj del microondas cambia. Son las seis menos cinco.
—Treinta y cinco minutos —medita Jason. Su tono envía un
escalofrío de anticipación que me recorre entera. Mi pulso comienza
a latir con fuerza en mi garganta. Sus ojos me recorren de arriba
abajo, deteniéndose en mis caderas y mis pechos.
—No es realmente tiempo suficiente para terminar lo que
empezamos ayer por la mañana antes de que te escabulleras.
Los recuerdos me asaltan y las rodillas me flaquean. Me
relamo los labios y me balanceo hacia él. Sus ojos se oscurecen, las
pupilas dilatándose.
—¿No?
—No —confirma.
—Qué pena.
—Sí. Qué pena —repite. Aun así, echa la silla unos centímetros
más hacia atrás.
Echo otro vistazo al reloj.
—Aunque —reflexiono—, podría ser justo el tiempo adecuado
para hacer otra cosa.
Es toda la invitación que necesita. Sus manos me agarran, sus
palmas sosteniendo mis caderas mientras sus dedos se clavan en la
piel suave de mi trasero. Con un movimiento fluido, me atrae hacia
delante y hacia abajo, de modo que quedo a horcajadas sobre su
regazo. Mi pecho está pegado al suyo.
Sus grandes manos acunan mi rostro mientras atrapa mi boca
en un beso ardiente.
La lujuria, caliente, desesperada y casi combustible, me
atraviesa y froto mi sexo contra él. A pesar de las capas combinadas
de sus vaqueros y mi pijama de franela favorito, siento cómo crece
su erección.
Sus manos se deslizan por mi cuello, deteniéndose brevemente
para acariciar mis pechos. Mientras arqueo la espalda, suplicando
más, bajan más y encuentran los botones de la parte superior de mi
pijama a juego, luchando con ellos.
—No deberíamos estar haciendo esto —susurro en su oído,
incluso mientras él separa la tela y desliza su mano por mi
estómago, dejando un rastro de chispas eléctricas a su paso.
—Kelsey —jadeo, obligándonos a ambos a recordar a nuestra
hija durmiendo a solo unos metros de distancia—. Podría...
despertarse. Y vernos. —Cada vez me resulta más difícil
concentrarme.
—Mmm… —Jason me da un mordisco en la clavícula—. No
iremos mucho más allá —promete con voz espesa por el deseo.
Claramente, él tiene más autocontrol que yo. Estoy a una
buena caricia de no importarme si Kelsey entra y nos ve.
Jason levanta la cabeza. Su boca cubre la mía. Me abro para
él, permitiéndole la entrada cuando algo vibra contra mi muslo
interno, haciéndome sobresaltar y retroceder.
—Hijo de... —gruñe Jason. Apoya su frente en mi hombro y
saca el móvil de su bolsillo. Apenas mira la pantalla antes de
llevárselo a la oreja—. ¿Qué demonios quieres? —exige.
Oigo una voz que sale del altavoz, pero no puedo distinguir las
palabras. Jason me observa con ojos ardientes, llenos de deseo
mientras escucha al interlocutor.
—Vale —ladra finalmente—. Te veo pronto.
Corta la llamada y vuelve a meter el teléfono en su bolsillo.
Arqueo una ceja hacia él.
—¿Malas noticias?
—No, bueno, quizás. No lo sé.
Me deslizo de su regazo y vuelvo a abrocharme la blusa.
—Suena críptico.
—No intencionadamente, es que no sé mucho en este
momento. —Jason se inclina hacia delante y me besa. Se aparta
antes de que tenga tiempo de convertirse en algo más interesante.
—La cuestión es que tengo una reunión imprevista a la que
debo asistir. —Lanza una mirada de pesar hacia el oscuro salón—.
Me enfada, ya que tenía ganas de ayudarte a preparar a Kelsey para
el colegio.
—Siempre queda mañana —murmuro, mientras intento no
pensar en la otra cosa que tengo que afrontar mañana.
Jason sonríe cálidamente.
—Tienes razón. Esta mañana. —Se levanta y coge las llaves del
coche—. Tengo que irme. —Comienza a moverse hacia la puerta,
solo para girar sobre sus talones y venir directamente hacia mí.
Me agarra por la cintura, atrayéndome hacia la cuna de sus
muslos, y me besa. Ambos estamos sin aliento cuando finalmente
nos separamos.
Da un paso atrás y señala hacia la cocina.
—En algún momento de mañana, entre que Kelsey vaya al
colegio y tú vayas a trabajar, vamos a terminar lo que empezamos
ayer en mi cocina y lo que casi continuamos en esa silla. ¿De
acuerdo?
Me sonrojo y sonrío.
—Me aseguraré de que Adele esté en otro sitio durante ese
periodo de tiempo.
Jason sonríe y besa mi nariz antes de salir del apartamento.
Capítulo Veintisiete
Ella
El brillante sol que cuelga sobre mi cabeza en el cielo azul
despejado se burla de mí mientras me dirijo al centro de llamadas.
Días perfectos como este, especialmente con el invierno tan cerca,
son raros, algo que atesorar. No están hechos para ser manchados
con miedo y desesperación.
Sin embargo, no puedo disfrutarlo.
Por lo que parece la cinco mil millonésima vez desde que salí
de casa, pulso el botón de actualizar y observo cómo PayPal se
recarga de nuevo. La capa helada que rodea mi corazón desciende
unos grados más cuando, una vez más, el saldo no cambia.
—Mierda —maldigo en voz baja mientras me dirijo al callejón
que acorta media manzana de mi camino al trabajo—. ¿Cuál es el
retraso?
Esta mañana, después de que Jason fuera llamado a su
reunión y mientras Kelsey se preparaba para la escuela,
refunfuñando todo el tiempo sobre cómo Jason, que aparentemente
se había convertido en su persona favorita en el mundo, se marchó
sin ayudarla a prepararse, di los últimos retoques al proyecto de
desarrollo web y lo envié.
Hace unos minutos, el cliente me envió un correo electrónico,
entusiasmado por lo mucho que le había gustado el trabajo que
había hecho y con ganas de trabajar conmigo de nuevo. Lo cual es
agradable. Jerry nunca se molesta en felicitarme por el trabajo que
hago para el centro de llamadas, así que se siente bien que me
digan que mis habilidades profesionales hicieron feliz a alguien, pero
ahora mismo los cumplidos y los cálidos sentimientos de orgullo no
son mi preocupación.
Acumular una gran suma de dinero en un período muy corto
de tiempo sí lo es. Y hasta ahora, el pago por el trabajo freelance no
ha sido depositado en mi cuenta de PayPal. Cada minuto que pasa
sin tenerlo aumenta mi nivel de ansiedad. Si el dinero no aparece
pronto, voy a sufrir un maldito ataque al corazón.
Lo estúpido es que, incluso si el dinero llega a mi cuenta y he
cobrado el cheque de pago que recibiré del centro de llamadas
mañana, gracias al nuevo aumento en mi tasa de interés, todavía no
tendré suficiente para cubrir la nueva cantidad que Abe dice que
tengo que pagarle.
Pero al menos tengo un plan. Cuando llegue al trabajo, voy a
acorralar a Jerry y ver si hay algún trabajo informático que pueda
hacer para la empresa. Si no, lo convenceré con zalamerías para que
me adelante el pago de la próxima semana. Lo he hecho antes, y
aunque implica un poco de autodesprecio después, sigue siendo
mejor que tener que arrojarme a los pies de Abe.
Y, si todo lo demás falla, le suplicaré a Jason algo de dinero y
rezaré para que Abe no examine demasiado de cerca de dónde vino.
Y, por si Abe lo hace, convenceré a Jason para que saque a Kelsey y
a Adele del país y se las lleve a un lugar seguro, mientras convenzo
a Abe de que Jason no es más que un amigo muy casual y no
alguien a quien se pueda sacar dinero.
Me niego a pensar en todas las diferentes formas en que cada
aspecto de mi plan puede estallarme en la cara.
Llego al final del callejón, saliendo de las sombras proyectadas
por los dos grandes edificios anodinos hacia una acera soleada. En
ese momento, una gran furgoneta azul marino frena bruscamente
frente a mí.
Sobresaltada, salto hacia atrás mientras la gran puerta lateral
se abre deslizándose. Dos hombres enormes con gafas de sol y
abrigos de invierno con cuellos levantados que ocultan la mayor
parte de sus rostros saltan fuera.
La palabra Mierda cruza mi mente. Giro sobre mis talones,
reuniendo todas mis fuerzas para correr a toda velocidad por donde
acabo de venir.
Al otro lado del callejón, veo gente caminando, riendo y
hablando. Si pudiera alcanzarlos, estaría a salvo. La gran cantidad de
personas hará imposible que estos capullos se acerquen a mí.
Doy dos pasos corriendo hacia el callejón antes de que una
mano fuerte me agarre la muñeca derecha y la apriete con firmeza.
Tira con fuerza y me levanta del suelo. Mi trasero se estrella contra
la acera sucia y húmeda, golpeando el hormigón con tanta fuerza
que el impacto hace que mis dientes choquen entre sí.
Dos hombres, ambos vestidos con ropa oscura y gafas de sol
igual de tintadas, me rodean.
Respiro hondo, preparándome para gritar, para hacer lo que
sea necesario con tal de atraer la atención de alguien, cualquiera, al
final del callejón, pero una mano enorme me tapa la boca,
silenciándome. Alguien tira de mi brazo y lo aparta de mi cuerpo.
Veo una jeringa hipodérmica en la mano de alguien y lucho,
sacudiéndome, retorciéndome y pateando con todas mis fuerzas,
pero no sirve de nada. Los matones simplemente me fuerzan hacia
atrás, inmovilizándome contra la acera para poder sujetar mi brazo.
Un latido después, siento un pinchazo agudo y el contenido se libera
en mi torrente sanguíneo.
Mientras me meten en la furgoneta, lucho por mantener los
ojos abiertos, por combatir cualquier droga que me hayan inyectado,
pero es inútil.
Mi último pensamiento antes de perder la consciencia es que
debería haberle dicho la verdad a Jason. Quizás no hubiera podido
salvarme, pero al menos habría conseguido llevar a Kelsey a un
lugar seguro.
Si al menos le hubiera contado la verdad.
Capítulo Veintiocho
Jason
Daryl ya está en mi casa, sentado a la mesa de mi cocina, con
una pequeña montaña de huevos revueltos y una lata fría de Coca-
Cola delante. Está leyendo información en su tableta oficial del FBI.
No parece contento.
Hice lo que me pidió. Vine directamente a mi casa y no le dije
a nadie, ni siquiera a Ella, con quién me iba a reunir, pero el hecho
de que me diera órdenes como si fuera un agente asignado a su
equipo en lugar de su amigo, me cabrea.
Si hubiera querido que me dijeran lo que puedo y no puedo
hacer, habría seguido trabajando con una de las grandes y
establecidas empresas de desarrollo de software en lugar de iniciar
mi propio pequeño negocio unipersonal de diseño.
Aun así, no tiene sentido gritarle. Lo único que conseguiré es
enfadarlo. Sé que, aunque a veces consigo vencerle cuando
entrenamos, si alguna vez nos metemos en una pelea real, mi
trasero tocaría el suelo en cuestión de segundos.
Señalo la Coca con la cabeza.
—¿Cómo puedes beber esa cosa tan temprano por la mañana?
Nunca he entendido cómo alguien que hace ejercicio todo el
tiempo, en parte por su trabajo, pero sobre todo después de ver
morir jóvenes tanto a su padre como a su abuelo debido a
problemas de salud relacionados con el peso, puede consumir tantas
bebidas llenas de azúcar. Es raro ver a Daryl sin la familiar lata roja y
blanca agarrada entre sus dedos.
—Sabe mejor que el café. Proporciona el mismo subidón.
Me encojo de hombros y saco una manzana del frutero que
tengo en la encimera de la cocina. Le doy un mordisco antes de
sentarme frente a Daryl.
Me estudia con sus grandes ojos oscuros, analizando cada
aspecto de mi apariencia.
—¿Noche dura?
—Un día extraño seguido por una noche... peculiar. —Le lanzo
una mirada oscura—. Y más te vale tener una buena razón para
exigirme que lo dejara todo y viniera corriendo aquí, porque justo
cuando me llamaste, mi mañana se estaba convirtiendo en algo
espectacular.
Daryl arquea una ceja y parece interesado, pero no hace
ninguna pregunta sobre la montaña rusa en la que se ha convertido
mi vida desde que nos separamos ayer por la mañana.
—¿Invertiste dinero o firmaste algún tipo de contrato con
Abutilon?
—¿El centro de llamadas donde trabaja Ella? No. —Una chispa
de curiosidad me atraviesa. Descubrir que soy el padre de una niña
preciosa y precoz con problemas de salud que amenazan su vida ha
sido tan desconcertante que me había olvidado por completo de la
extraña respuesta de Daryl cuando mencioné el centro de llamadas.
—A decir verdad, no tengo planes de hacerlo. Eso fue algo que
dije para poder entrar por su puerta y ver a Ella.
—Bien. —Daryl parece genuinamente aliviado—. ¿Y estás cien
por cien seguro de que no firmaste nada?
—Sí, completamente seguro. Llamé y les dije que era un
inversor y que alguien me había recomendado su negocio como una
buena oportunidad de inversión y que quería echarles un vistazo.
Miré algunos papeles que me entregó su patética excusa de gerente,
me encontré con Ella y la saqué de allí. Esa fue toda nuestra
interacción.
—El hecho de que hayas mirado documentos de la empresa no
es bueno, pero no debería ser un gran problema —murmura Daryl,
más para sí mismo que para mí—. Debería poder mantenerte alejado
de este lío. Probablemente.
Eso capta mi atención.
—Eh, ¿qué lío?
—Abutilon es una empresa sucia —dice Daryl con el mismo
tono de voz que la mayoría de la gente usa para anunciar que es día
de colada o que van a hacer chuletas de cordero para cenar.
Me quedo boquiabierto.
—¿Perdona?
—Están sucios —repite Daryl.
—Sí, lo he oído. ¿Me quieres decir qué los hace sucios y cómo
lo sabes?
Daryl mueve sus hombros masivos y desliza los dedos por la
pantalla de la tableta varias veces antes de pasarme el dispositivo
electrónico.
—A primera vista parecen un centro de llamadas legítimo y
diría que el setenta y cinco por ciento de lo que hacen es legal. El
problema es que no solo son una empresa pantalla para la mafia,
sino que el veinticinco por ciento restante de lo que hacen cruza la
línea. Ejecutan algunas estafas inteligentes, roban identidades y
blanquean dinero a través de la empresa. Estoy bastante seguro de
que cuando profundicemos un poco más en sus registros,
encontraremos suficientes pruebas para presentar una acusación de
evasión fiscal.
Se me cae el alma a los pies y un puño frío me aprieta el
corazón. Si hubiese sido un inversor serio, ¿me habría avisado mi
intuición de que algo iba mal, o me habría alineado ciegamente con
un negocio dirigido por la mafia? Y si mis instintos no hubieran
detectado el problema, ¿me habría enfrentado a cargos criminales y
a una larga estancia en una prisión estatal o federal?
Un escalofrío me recorre y me prometo asegurarme de no
volver a mencionar la palabra «invertir» a menos que esté en
compañía de un agente de bolsa legítimo que sepa reconocer una
señal de alarma cuando la ve.
—Durante años, ha habido rumores susurrados sobre Abutilon,
pero el FBI solo los ha estado vigilando durante los últimos siete
meses. Me asignaron para liderar el equipo de investigación —dice
Daryl.
De todos los proyectos a los que podrían haber asignado a
Daryl, de todas las empresas de la ciudad para las que Ella podría
trabajar, resulta que coinciden en la única que nos pone a los tres en
la misma órbita. El destino realmente es algo curioso a veces.
Saco el móvil del bolsillo y activo la pantalla.
—Necesito llamar a Ella. —Empiezo a teclear en el teclado,
marcando el número que ya he memorizado—. Decirle que tiene que
dejar su trabajo. Hoy.
—No puedes. —Daryl estira el brazo y me quita el teléfono de
la mano antes de que termine de marcar. Ni siquiera se molesta en
apagar el teléfono. Simplemente lo saca de la funda, quita la tapa
trasera y extrae la batería.
La furia y la ansiedad calientan mi sangre.
—¿Por qué demonios no? —Le arrebato el teléfono y
rápidamente empiezo a rearmarlo.
—Porque Ella es parte del problema.
Estoy tan aturdido que se me cae el teléfono. Debo haberle
oído mal. No hay forma de que pueda pensar que Ella, mi Ella, haría
algo tan estúpido.
Daryl no espera a que pregunte.
—Ella es la abreviatura de Eleanor Collins, ¿verdad?
Asiento y espero a ver en qué dirección va a llevar la
conversación.
—Eleanor Collins ha sido una de las personas en las que mi
equipo ha puesto especial interés. Según las pruebas que hemos
logrado reunir, está en la cama con la mafia.
Siento como si hubiera caído por una madriguera de conejo. Si
fuera cualquier otra persona la que estuviera sentada frente a mí,
diría que está diciendo tonterías. Pero no es cualquier otra persona y
conozco a Daryl desde hace demasiado tiempo como para pensar
que lanzaría una acusación de conexiones con la mafia si no tuviera
pruebas muy buenas para respaldar lo que estaba diciendo.
—Oficialmente, Ella está empleada como operadora telefónica
y eso parece ser en lo que pasa la mayor parte de su tiempo.
—También hace trabajos freelance de desarrollo web —
murmuro.
—Lo hace —confirma Daryl—. Donde las cosas se ponen
interesantes es cuando indagas en sus antecedentes. Varias veces al
mes, Abe Bianchi, hijo de Victor Bianchi, que resulta ser el líder de la
familia criminal Bianchi, le hace una visita. Abe no es tan inteligente
como su padre; la mayoría de los tipos de la Oficina están apostando
sobre cuántos meses tardará Abe en hundir el sindicato criminal
cuando tome el control. Yo calculo unos seis meses. Pero la falta de
habilidades de Abe no impide que Victor esté preparando al chico
para que tome el relevo.
—¿Qué tiene que ver esto con Ella?
—Abe va a su apartamento varias veces al mes. No entra en el
piso, pero merodea fuera esperando a que ella llegue a casa.
El nudo en mi estómago se aprieta más. No soporto la idea de
que alguien así respire el mismo aire que Ella y Kelsey. Necesito
hacer algo con las manos y termino de montar mi móvil y pulso el
botón de encendido.
—El hecho de que vaya allí ya es bastante malo, especialmente
dado que la familia Bianchi está vinculada a Abutilon, pero lo
realmente incriminatorio es que el tercer viernes de cada mes, ella le
entrega un sobre con dinero. Actualmente estamos en proceso de
conseguir una orden judicial para acceder a sus registros bancarios e
intentar determinar cuánto dinero le está dando y de dónde
procede. Lo que sí sabemos es que esta rutina lleva ocurriendo unos
cinco o seis años.
—Pero... —Me cuesta procesar todo lo que Daryl me ha
contado hasta ahora.
—He estado en su apartamento. No tiene nada. Vive muy por
debajo del dinero que gana en el centro de llamadas.
Todavía no sé por qué, pero esta información me parece
importante. Decido darle vueltas en mi cabeza varias veces para ver
si toma alguna forma, si se convierte en algo que pueda usar para
defender a Ella.
Daryl se encoge de hombros, con uno solo de sus hombros
enormes.
—No lo parece, pero quizás es lo suficientemente astuta como
para saber que, viviendo en la pobreza, disminuye las probabilidades
de que alguien la mire demasiado de cerca, eliminando las
posibilidades de que alguien encuentre el vínculo entre ella y la
familia Bianchi.
Algo no me cuadra en esta explicación. Una cosa más para
darle vueltas.
—Y luego está el tema de los ordenadores —continúa Daryl.
—¿Qué es?
—En varias ocasiones, Ella ha sido llamada para trabajar en el
sistema informático de Abutilon. Incluso ha diseñado algunos
programas para ellos. Programas que ya han sido relacionados con
al menos una o dos de las actividades ilegales de Abutilon.
Suena mi móvil y nos sobresaltamos los dos. Miro la pantalla,
esperando que sea Ella, que pueda proporcionar algún tipo de
explicación razonable que desmienta todo lo que mi mejor amigo ha
dicho sobre ella. Pero no es el número de Ella el que aparece en la
pantalla. Es uno que no reconozco. Casi pulso el botón rojo para
rechazarla, pero en el último segundo cambio de opinión y toco el
icono verde para responder.
—¿Diga?
—Jason. Jason Monroe. —La persona que llama está sin
aliento, como si acabara de terminar una carrera de larga distancia.
La voz parece pertenecer a una mujer mayor. Hay algo familiar en
ella, aunque no puedo asociarla con un nombre o una cara.
—Al habla.
—Gracias a Dios. Encontré este número entre las cosas de Ella
y esperaba que fuera el suyo.
El reconocimiento llega.
—¿Es usted la amiga de Ella? ¿Adele?
—Sí —confirma. La oigo tomar aire profundamente—. Le llamo
para decirle que el jefe de Ella en el centro de llamadas acaba de
llamarme y me ha dicho que Ella no se ha presentado al trabajo, lo
que no es nada propio de ella. Pensó que quizás estaba demasiado
enferma para llamar.
Cuando dejé a Ella esta mañana estaba perfectamente sana.
Antes de que pueda decir esto, Adele continúa hablando.
—Ha estado teniendo problemas con la familia Bianchi. Les
debe dinero y Abe Bianchi ha estado presionándola.
Y justo así todas las piezas encajan. Cruzo la mirada con Daryl.
—Señor Monroe... —No hay forma de confundir el miedo que
recorre la voz de Adele—. Me temo que le ha hecho algo.
Capítulo Veintinueve
Ella
Siento como si mi cabeza estuviera a punto de explotar de
dentro hacia fuera. El dolor es tan intenso que me da miedo abrir los
ojos.
—Puedes dejar de fingir que estás dormida —dice una voz
familiar cerca de mi oído, provocando que mi estómago se revuelva.
Abro un ojo con dificultad y hago una mueca cuando la luz
ataca mi córnea. Un segundo después, la cara regordeta de Abe
bloquea el resplandor al inclinarse sobre mí. Prefería el dolor.
—Qué amable por tu parte volver al mundo de los vivos.
Intento humedecer mi boca, que parece estar rellena de
algodón.
—Vete al infierno, Abe.
Una ráfaga de aliento rancio precede a su característica sonrisa
de dientes mellados.
—Tú llegarás allí antes que yo.
Como no me gusta tenerlo encima, ignoro el martilleo en mi
cabeza y lentamente me incorporo hasta quedar sentada para mirar
alrededor.
Mi mejor suposición es que me han metido en un garaje o en
algún tipo de sala auxiliar de un almacén. Posiblemente dentro de
una unidad de almacenamiento.
Calculo que la habitación mide aproximadamente tres metros
por cinco. Las paredes son de metal corrugado. Unos focos en el
techo iluminan el espacio. No es de extrañar que quedara
prácticamente cegada al abrir los ojos.
Estoy tumbada en un catre estrecho, que es uno de los dos
muebles en la habitación. El otro es una desvencijada mesa plegable
que sostiene un ordenador portátil de aspecto caro.
Un par de esposas alrededor de mis muñecas limitan mi rango
de movimiento. Abe se acerca y toca una de las esposas, y yo
retrocedo todo lo que puedo hasta que la pared me detiene.
—Me gusta tenerte encadenada —ronronea Abe, un sonido
que me pone la piel de gallina—. Realza tu atractivo.
Me trago las ganas de gritarle que se aleje de mí, intuyendo
que es justo el tipo de reacción que quiere provocar, y me niego a
jugar a cualquier juego retorcido y enfermizo que quiera practicar.
—¿Por qué demonios me habéis secuestrado? —gruño—. ¿Por
qué estoy aquí?
Abe se encoge de hombros y parece aburrido.
—Nos debes dinero —me recuerda.
—Os he debido dinero a tu padre y a ti durante casi siete años,
pero nunca me habíais secuestrado en plena calle. Nunca habíais
subido el tipo de interés.
Abe se levanta y camina hacia la mesa plegable. En una mano
sostiene una gran pistola negra. La sujeta con tanta naturalidad que
parece una extensión mortal pero natural de su mano.
Ni siquiera quiero pensar en por qué siente la necesidad de
llevar el arma cuando solo estamos nosotros dos en la habitación y
yo estoy esposada.
Abe toca el portátil y la pantalla cobra vida. Me muevo inquieta
en el catre. No sé qué se trae entre manos, pero estoy cien por cien
segura de que no me va a gustar.
—El problema, dulce Ella, es que cuando mi padre te concedió
ese préstamo, nunca esperó que trabajaras tan duro para devolverlo.
Frunzo el ceño.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué me prestaría el dinero si
no esperaba que se lo devolviera?
—Antes de entregarte ese dinero —Abe mira por encima de su
hombro hacia mí—, investigó sobre ti y descubrió que tenías
habilidades que podrían beneficiarle. Le impresionó especialmente el
hecho de que tantas agencias gubernamentales quisieran ficharte.
Cuando te dio el dinero que necesitabas para la operación de tu
mocoso, sabía que entre la cantidad que querías y el tipo de interés,
nunca podrías devolverlo. Calculó que solo era cuestión de tiempo
hasta que te cansaras de intentarlo, momento en el que planeaba
utilizar tus contactos gubernamentales en su beneficio.
No me sorprende. Esa fue exactamente la razón por la que
había rechazado a todas esas organizaciones de tres letras en primer
lugar. Era joven y estaba desesperada, pero sabía que no había
manera de que pudiera trabajar para el gobierno en ninguna
capacidad mientras estuviera endeudada con la mafia.
Aun así, confirmar mis sospechas me hace sentir incluso peor
que el dolor de cabeza inducido por las drogas.
Abe atraviesa la habitación hacia mí.
—Lo teníamos todo planeado, y tú lo arruinaste todo al
rechazar esas ofertas. —Se detiene junto al catre. No puedo dejar de
mirar la saliva que se acumula en las comisuras de su boca.
Como no se me ocurre ni una sola respuesta que no suene
impertinente o sarcástica, me muerdo la lengua y mantengo su
mirada. De ninguna manera voy a dejarle saber que estoy más
asustada de lo que jamás he estado.
—Mi padre estaba realmente furioso, pero después de pensar
en el asunto durante unas semanas, decidió que como estabas
trabajando en empleos insignificantes que apenas pagaban lo
básico, no pasaría mucho tiempo antes de que te cansaras de vivir
con lo justo y decidieras venir a nosotros para buscar una solución
alternativa. Y él sabía exactamente cuál sería. —Abe me mira
lascivamente—. Estaba dispuesto a convertirte en nuestra principal
persona para el dinero.
Había sucedido una vez y solo una vez. Incapaz de hacer mi
pago mensual, había acudido al padre de Abe, esperando
convencerle para que me diera una prórroga. En su lugar, me dijo
que, si estaba dispuesta a usar mis habilidades informáticas y
dedicar unas horas de mi tiempo, condonaría el pago de ese mes. Lo
único que tenía que hacer era sentarme frente a un ordenador y
mover algo de dinero de un conjunto de cuentas a otro.
Lo hice, pero casi habría preferido que me exigiera venderme
en alguna esquina como hacía con todas las demás chicas.
Tuve pesadillas durante meses pensando que la policía vendría
a arrestarme por cargos de blanqueo de capitales. Esa única
experiencia me convenció de que no estaba hecha para una vida
delictiva, por eso he trabajado tan duro para al menos mantener
pagados los intereses del préstamo.
Y lo he conseguido. Con la excepción de ese incidente, he
mantenido mi expediente limpio y he realizado todos y cada uno de
los pagos a tiempo, lo que es más de lo que puede decirse de mi
alquiler. Pero eso no explica por qué estoy ahora encerrada en una
habitación fría y vacía en medio de Dios sabe dónde con Abe.
—Sigo sin entender por qué decidiste secuestrarme hoy.
Agita la mano sin pistola hacia el ordenador.
—Tenemos un cargamento en camino. Necesitamos tu ayuda
para meter un envío en la ciudad. En teoría se suponía que llegaría
este fin de semana, por eso aumenté la tasa de interés de tu
préstamo.
—¿Qué tiene eso que ver con nada?
Abe suelta un suspiro pesado y adopta la expresión sufrida de
alguien que siente que está tratando con una idiota.
—Es mejor si la gente viene a nosotros voluntariamente. La
cooperación los hace más fiables, menos propensos a chivarse.
Aumentar el interés a algo que no podrías permitirte pagar con tu
sueldo debería haber sido el incentivo para que te pasaras al lado
oscuro y... jugaras.
—Oh —. Ahora que me lo ha explicado, tiene perfecto sentido.
También explica la sensación que tuve a principios de esta semana
de que Abe tramaba algo. Debería haberlo deducido yo misma, y
quizás lo habría hecho si no hubiera estado tan distraída con Jason.
—Ya hemos hablado suficiente —. Abe se agacha y agarra la
cadena que une las esposas. Le da un tirón brusco, levantándome
del estrecho catre y poniéndome de pie.
Capítulo Treinta
Ella
—Trae aquí tu precioso trasero y siéntate —continúa Abe
tirando de la cadena que une mis manos, sin importarle que la
presión incesante haga que los grilletes metálicos se claven en mi
delicada piel.
No tengo más remedio que apretar los dientes contra la
incomodidad y seguirle como un cachorro mal adiestrado.
Da una patada a la silla metálica plegable para que se deslice
unos metros alejándose de la destartalada mesa y apunta el cañón
de su pistola hacia ella.
—Siéntate —ordena. Ahora que estoy cerca del ordenador, su
tono es más ligero, casi jubiloso.
Con el corazón latiéndome en el pecho mientras un sudor frío
me eriza la piel, obedezco. No es como si tuviera muchas opciones.
El ordenador frente a mí es magnífico. He visto fotografías en
catálogos y en internet, y he leído artículos sobre la potencia que
tiene bajo la carcasa, pero considerando que su precio ronda los
miles de euros, nunca he hecho más que desearlo en silencio,
sabiendo perfectamente que jamás podré permitirme uno propio.
Abe mantiene la pistola apuntándome. Observo con los ojos
como platos cómo el arma se balancea mientras usa su mano libre
para hurgar en el bolsillo de sus pantalones. Saca una pequeña llave
plateada.
—¿Para qué es eso? —pregunto.
Abe ignora la pregunta. Agarra mi muñeca izquierda y usa la
llave para desbloquear el grillete, luego, moviéndose más rápido de
lo que parece capaz un hombre de su tamaño, lo vuelve a cerrar
alrededor del brazo de la silla metálica plegable.
Satisfecho de que esté asegurada, teclea en el teclado del
ordenador, despertando la máquina de alta tecnología.
—Es hora de ponerse a trabajar.
Me quedo mirando la pantalla. Ya hay un programa cargado en
el ordenador, pero no es uno con el que esté familiarizada. Y hasta
que sepa qué hace, ni siquiera sabré cómo empezar a utilizarlo.
—¿Qué quieres que haga? —Mantengo los ojos pegados a la
pantalla, aterrorizada por si al mirar a Abe, la falsa valentía que es lo
único que actualmente me mantiene entera desaparecerá y me
desmoronaré.
—¡Estúpida zorra! —El puño carnoso de Abe golpea la pequeña
mesa con tanta fuerza que el ordenador rebota un buen trecho
antes de volver a caer sobre la mesa. Me estremezco y me encojo
contra la silla. Mi mano se agita contra la esposa en un intento inútil
de liberarme.
Abe se acerca. Sus labios se contraen en una mueca burlona
que me provoca una nueva oleada de pánico. ¿Cómo pude pensar
alguna vez que era un imbécil relativamente inofensivo?
Ahora que el exterior empalagoso ha desaparecido, y
finalmente lo veo como realmente es, me doy cuenta de que Abe no
solo es peligroso, sino que también está loco.
La sensación de malestar en la boca del estómago me advierte
que esta combinación, junto con la desesperación que siente por lo
que sea este cargamento, lo hace mucho más mortífero de lo que su
padre podría ser jamás, y en este momento toda esa emoción está
dirigida hacia mí.
—Se supone que eres tan lista —me lanza las palabras—. Eso
es lo que Jerry no para de decirme.
Un momento. ¿Jerry? El único Jerry que conozco es mi jefe. Si
es de quien habla Abe, si están conectados, entonces Abe sabe
exactamente quién es Jason y probablemente ya lo haya
investigado, averiguado su patrimonio neto. También habrá
descubierto que hay algo entre Jason y yo.
Lo que significa que Jason está casi en tanto peligro como yo.
La culpa me atraviesa.
Y si Abe está planeando cómo usar mi conexión con Jason
para su propio beneficio, ¿está Kelsey en un peligro aún mayor del
que estuvo anoche?
Abe tiene razón, soy estúpida. No debería haberme permitido
anoche fingir durante unas pocas horas que éramos una familia de
verdad, una con todo un futuro por delante. Debería haberle
contado a Jason lo que estaba pasando en mi vida, explicado esa
molesta sensación que me había estado cosquilleando en la parte
posterior del cerebro toda la semana, debería haber tomado
medidas para sacarlos a él, a Adele y a Kelsey fuera del país y del
alcance de Abe.
Ahora, por mi avaricia, mi necesidad de fingir que todo es
normal, todos los que quiero están en peligro.
—¡Eh! —Abe agarra el respaldo de mi silla y la sacude con
fuerza, haciendo que mi cabeza se mueva hacia adelante y hacia
atrás y que mis dientes choquen entre sí—. Presta atención cuando
te hablo. —Señala la pantalla con un dedo grueso—. Hoy va a llegar
un cargamento militar a la ciudad. Lo están llevando a esa gran base
en el norte de Chicago. Quiero lo que hay en ese camión.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Abe deja escapar un suspiro de frustración. Está acostumbrado
a tratar con personas que ya están al tanto, que saben lo que
necesita y lo que quiere incluso antes que él. Probablemente mucho
antes que él. Tener que explicarme las cosas no es algo a lo que
esté acostumbrado y está poniendo a prueba sus nervios.
—Vas a usar esos conocimientos informáticos en los que
supuestamente eres tan buena y te asegurarás de que ese camión
nunca llegue a la base naval. Va a venir aquí en su lugar.
—¿Cómo se supone que voy a lograr eso?
—He conseguido el nuevo sistema informático que está usando
el ejército, el que diseñó tu nuevo novio para ellos. —Recuerdo
haber leído que, además de diseñar juegos y otros programas para
el disfrute del público en general, Jason también había trabajado
para el ejército—. Un programa que está vinculado al GPS del
camión. Vas a usar ese enlace y redirigirlo aquí.
Frunzo el ceño.
—¿El conductor no notará que algo va mal?
Abe se encoge de hombros.
—¿Y qué importa? Están conduciendo uno de esos nuevos
camiones autónomos, es algo experimental, o algo así. El conductor
solo está allí para asegurarse de que no choque contra nadie, y para
cuando se den cuenta de que algo va mal, será demasiado tarde.
Para entonces, mis chicos estarán listos para intervenir y tomar el
control.
No tiene que decirlo. Sé que matará a cualquiera que esté en
el camión cuando su gente comience a liberar su contenido.
No es suficiente que Abe me esté obligando a cometer un
delito grave. Está dirigido contra el ejército estadounidense y habrá
personas, personas inocentes, que morirán.
Cuando todo esto termine, el gobierno que una vez quiso
contratarme estará pidiendo a gritos que me aten a una silla
eléctrica.
Abe agarra el ratón del ordenador y hace clic en un icono en la
parte inferior de la pantalla. Un programa diferente llena el monitor.
—Este programa desarma el sistema de seguridad del camión.
—¿Por qué es tan importante este cargamento? —Incluso
mientras hago la pregunta, sé que probablemente no quiero saber la
respuesta, pero no puedo evitarlo.
La boca de Abe se levanta en una sonrisa de autosatisfacción.
—Son armas experimentales que el ejército está probando. Es
la primera vez que las mueven del sitio donde fueron creadas y
probadas. Mi fuente dentro del ejército dice que son la hostia.
—Y tú las quieres —susurro. No sé nada sobre armas más allá
de que matan. Pero no necesito saber mucho para entender que si
Abe está emocionado con el cargamento y el ejército está siendo tan
secreto, entonces no son algo que debería estar en las calles.
Al ayudar a Abe a poner sus enormes zarpas sobre cualquier
arma que el ejército haya desarrollado, yo seré la razón por la que
se desaten innumerables horrores sobre la ciudad. Y sé cómo
funcionan estas cosas. Las armas no se quedarán en la ciudad.
Serán duplicadas, modificadas, recreadas y transmitidas hasta que
estén en todas las ciudades del mundo. El mundo en el que vive mi
hija.
Una imagen de la brillante sonrisa de Kelsey y sus ojos
confiados cruza por mi mente. Permitir que estas armas salgan a la
calle podría poner su vida en peligro. No puedo dejar que eso
ocurra.
Tomo una respiración profunda y temblorosa.
—No.
Abe me mira boquiabierto.
—No —repite, como si no pudiera comprender la palabra.
Niego con la cabeza.
—No. No lo haré.
Ocurre tan rápido que ni siquiera veo a Abe moverse.
Crack.
Algo duro, probablemente el lateral de la pistola, golpea contra
mi cara. La fuerza del impacto desplaza todo mi torso hacia un lado.
El cambio de peso hace que la silla pierda el equilibrio, y me estrello
contra el suelo, golpeándome la cabeza contra el hormigón.
Gruñendo obscenidades, Abe se agacha y agarra mis hombros,
tirando de mí y de la silla para volvernos a poner en posición
vertical.
El lado derecho de mi cara arde como si estuviera en llamas.
La sangre de un corte irregular en el interior de mi mejilla llena mi
boca, y donde me golpeé la cabeza ya está empezando a latir con
dolor.
A Abe no le importa. Agita su pistola hacia el ordenador.
—¡Lo vas a hacer! —grita.
Luchando contra una oleada de mareo, evalúo mi situación. Es
curioso, siempre he entendido que las personas utilizan el abuso
físico como medio de control. Quieren que sus víctimas tengan tanto
miedo de resultar heridas que automáticamente se alineen con los
planes del abusador. Estoy segura de que eso es lo que Abe espera.
Pero, no sé, quizás estoy mal programada, porque en lugar de
hacerme retroceder, de animarme a acceder a sus exigencias, el
dolor me ha hecho más fuerte, más decidida que nunca a desafiarlo.
Aprieto mi dolorida mandíbula y fijo mi mejor mirada
fulminante en Abe.
—No —repito—. Puedes amenazarme, golpearme, hacerme lo
que quieras, pero moriré antes de ayudarte a conseguir esas armas.
Me tenso esperando otro golpe, preguntándome cuántos podré
soportar antes de desmayarme, antes de que la vida se escape de
mi cuerpo.
No estoy fanfarroneando. Estoy preparada para morir por algo
en lo que creo, y ahora mismo creo, con todo mi corazón y alma,
que, si mi muerte impide que este envío militar caiga en manos de
Abe, mi muerte habrá valido la pena.
Mi único arrepentimiento es no haberle dicho a Jason cuánto le
eché de menos durante los siete años que estuvimos separados. No
haberle dicho que le quiero y que, si no fuera por mi implicación con
la organización criminal de la familia Bianchi, me casaría con él sin
pensarlo.
Los dedos de Abe se flexionan sobre la empuñadura de su
pistola, pero esta vez no la balancea hacia mi cara. Simplemente me
mira fijamente. Después de un momento, entrecierra los ojos y
prácticamente puedo ver los engranajes girando en su cabeza.
Se acerca más, colocando el lateral de la pistola contra mi
pecho. A pesar del jersey que llevo puesto, juraría que el frío metal
me hiela la piel. Aun así, me niego a mirar a cualquier parte que no
sean los ojos de Abe. Necesita entender que voy en serio.
—No tengo que matarte —murmura en voz baja—. Estás
olvidando que lo sé todo sobre ti. Sé dónde va tu hija al colegio, con
quién se acuesta esa anciana con la que compartes piso, y sé que te
estás tirando al mismo tipo rico que diseñó el software que necesito
que hackees. Incluso sé el nombre de ese maldito gato al que tu hija
tiene tanto cariño.
Desliza el arma hacia arriba, acariciando el lateral de mi cuello
con el frío cañón.
—Ahora quiero que pienses en lo que sucederá, lo que les haré
a ellos, si no haces exactamente lo que te digo.
Se endereza y aparta el arma de mi cuello. No tiene que decir
nada más. Sabe tan bien como yo que ha dado con la fórmula
mágica que me hará hacer cualquier cosa que quiera.
Coloco el teclado en mi regazo y lo ajusto para poder seguir
usando mi mano derecha para escribir, a pesar de las restricciones
de la corta cadena que me sujeta a la silla.
Abe no se queda para observarme. Saca su móvil del bolsillo y
pulsa el teclado varias veces antes de llevárselo a la oreja. Se aleja
del ordenador mientras espera a que la persona al otro lado de la
línea conteste, confiado en que mi miedo significa que no necesita
vigilar cada uno de mis movimientos.
Tiene razón. No haré nada que ponga en peligro a mis seres
queridos.
Jason es un diseñador de primera. Hackear el programa del
camión requiere toda mi habilidad y más tiempo del que esperaba.
Mientras trabajo, Abe se sienta en el borde del catre,
manteniéndome vigilada con un ojo mientras habla por teléfono.
¡Por fin! Consigo atravesar el último cortafuegos.
Miro por encima del hombro a Abe.
—Ya estoy dentro.
Se pone de pie de un salto. Mientras cruza la habitación,
toquetea la pantalla del teléfono antes de entregármelo. La pantalla
muestra un mensaje de texto con una ubicación.
—Envíalo a este lugar —ordena Abe.
Introduzco la dirección en el programa de conducción
autónoma del camión.
—Listo —le digo.
—Ya era hora —resopla—. Ahora hackea el sistema de
seguridad del camión. No necesito que se active y alerte a los
militares de que hemos robado sus preciosas armas hasta que las
hayamos descargado y guardado.
Mientras se aleja, un mensaje en la parte inferior de la pantalla
llama mi atención. No es mucho, solo una simple nota para
cualquiera que necesite ayuda con el programa, pero me lanzo sobre
ella como si me estuviera ahogando y fuera un salvavidas.
Un plan, a medio cocinar y arriesgado, se forma en mi mente.
Con una mirada a Abe para asegurarme de que no me presta
demasiada atención, abro una nueva ventana e introduzco una serie
de números.
Capítulo Treinta y uno
Jason
—Ella ha estado haciendo todo lo posible para pagar la deuda,
pero ni siquiera puede mantenerse al día con los intereses. —Adele
juguetea con el asa de la taza de café, pero no bebe nada del líquido
caliente.
En cuanto nos dijo que Ella había desaparecido y yo deduje el
motivo de la conexión de Ella con la familia criminal de los Bianchi,
Daryl saltó a su coche, recogió tanto a Adele como a Kelsey, y las
trajo a mi casa. Con Daryl aquí, creo que están tan protegidas como
pueden estarlo por el momento. Además, ver a Kelsey y saber que
está a salvo me permite centrar toda mi ansiedad en Ella.
—Cada vez que empieza a avanzar y parece que va a poder
empezar a pagar parte del principal, Kelsey parece enfermar y el
dinero extra se destina a lo que el seguro no cubre.
—¿Qué ha cambiado? —pregunta Daryl, con un tono suave,
como si supiera que la mujer mayor ha aguantado casi todo lo que
puede soportar y que si presiona un poco más, se romperá como
una ramita en medio de una helada invernal—. ¿Por qué crees que
se la han llevado ahora?
Adele niega con la cabeza.
—No lo sé. —Asiente en mi dirección—. Jason es nuevo, así
que quizás sea por él.
La sangre huye de mi rostro. La idea de que yo pudiera ser el
motivo de la repentina desaparición de Ella ni siquiera se me había
ocurrido hasta ahora. Si es culpa mía... No puedo ni terminar el
pensamiento.
—Pero —reflexiona Adele—, no creo que sea eso. Abe Bianchi
ha estado obsesionado con Ella últimamente, cada vez más
insistente. Ella siempre le daba largas. Pensaba que era demasiado
tonto para suponer una amenaza real y que, si seguía haciendo los
pagos a tiempo, no tendría nada de qué preocuparse. No dejaba de
decirle que no se estaba tomando la situación lo suficientemente en
serio, pero no me escuchaba.
Al oír que un coche entra en mi camino de entrada, Daryl se
pone en pie de un salto y sale rápidamente por la puerta principal.
Le veo marcharse, pero no consigo reunir el entusiasmo necesario
para preocuparme por quién o qué acaba de llegar. Preocuparme por
Ella y por lo que está pasando me consume por completo.
Lo peor es que, aunque estoy muerto de miedo, como Kelsey
está aquí, sentada en el salón viendo felizmente un DVD de Espacio
Profundo Nueve con su enorme gato extendido sobre su regazo,
tengo que actuar como si todo estuviera bien para que no se asuste.
Ahora mismo, cree que solo está visitando al nuevo amigo de
su madre. Por lo que puedo ver, está feliz y relajada.
Daryl vuelve a la cocina. Mantiene la puerta abierta para una
joven guapa de pelo negro largo, ojos felinos marrones y una boca
perfectamente curvada. La placa y la pistola que lleva en la cadera la
identifican como otra agente del FBI.
—Esta es Ember López. Es miembro de mi equipo y ha estado
ayudando a crear perfiles de la organización Bianchi. —Los ojos de
Daryl se encuentran con los míos, leyendo mi pregunta no expresada
—. Confío en ella al cien por cien.
Mis hombros se relajan. La palabra de Daryl siempre ha sido
suficiente para mí.
Su mirada se desplaza hacia Adele.
—Señora Beyers, Ember ha accedido a llevarse a usted y a
Kelsey con ella. Os sacará de Chicago y os llevará a un lugar seguro.
Adele asiente y se aparta de la mesa.
—Prepararé a Kelsey —dice, con una voz fuerte y firme que
parece discordar con su rostro pálido y sus manos temblorosas.
Espero a que salga de la habitación antes de volverme hacia
Ember.
—¿Adónde las lleváis?
Ella niega con la cabeza. La compasión brilla en sus ojos.
—No puedo decírtelo.
—Pero... —Ya es bastante malo que esté enviando a mi niña
con alguien a quien ni siquiera conozco, pero que no me digan
adónde van... Eso no puedo soportarlo—. Necesito saberlo.
—Lo siento, señor —dice Ember con tono comedido—. Pero,
primero, no sé adónde vamos. Depende del tráfico, de si me están
siguiendo y de algunos otros factores. Y segundo, si usted no sabe
dónde estamos, no puede revelar nuestra ubicación a nadie.
Por si los miembros de la organización Bianchi me capturan e
intentan torturarme para sacarme la información. Menudo
pensamiento inquietante.
Aun así.
—Me quedaré más tranquilo si sé dónde estáis.
Daryl interviene antes de que Ember tenga la oportunidad de
abrir la boca.
—Jason —dice en tono de advertencia—. La única manera de
que sepas dónde están es si vas con ellas.
Rebelde, le lanzo una mirada fulminante. Desde que
desentrañamos lo que le sucedió a Ella, él y yo hemos estado
dándole vueltas a este asunto una y otra vez. Lo hemos analizado y
machacado hasta la saciedad.
—Ya te lo he dicho, no voy a ir a ninguna parte hasta que
encontremos a Ella. Me da igual lo que pienses de la situación.
Daryl suelta un suspiro. Sabe que no puede obligarme a ir, a
menos que me coja y me encierre en el maletero de Ember, y es una
batalla que no ha querido afrontar.
—Está bien, entonces tienes que dejar que Ember haga su
trabajo. Esas son tus únicas opciones.
No estoy contento, pero cedo en el asunto. No es que no vea
la lógica detrás del plan, es simplemente que no me gusta.
Adele conduce a Kelsey a la habitación. La mochila azul y
blanca de Kelsey cuelga de los dedos de Adele. El gato grande, Mal,
está desparramado sobre los hombros de Kelsey, con su cuerpo
cálido y peludo arqueado sobre la parte posterior de su cuello. Me
recuerda a esas estolas de zorro que las mujeres llevaban en los
años veinte.
—Estamos listas para irnos —dice Adele en voz baja. Si no
fuera por la necesidad de mantener a Kelsey a salvo, no tengo
ninguna duda de que Adele también se negaría a ir a un lugar más
seguro. Está tan preocupada por Ella como yo.
Sin poder resistirme, cojo a Kelsey en mis brazos,
equilibrándola en mi cadera mientras la abrazo fuertemente. Mal
permanece envuelto alrededor de su cuello, su nueva posición lo
sitúa a la altura de mis ojos. Su mirada es tranquila pero poco
concluyente, como si todavía no hubiese tomado una decisión sobre
mí. No puedo evitar preguntarme si alguna vez lo hará.
Me giro para que Kelsey pueda ver a Ember.
—Kels, esta es Ember. Tú, Adele y ella vais a hacer un viaje en
coche juntas. ¿De acuerdo?
Kelsey asiente.
—¿Y Mal? Le gustan los viajes en coche.
—Y Mal —le aseguro.
Kelsey mira alrededor de la habitación y sus ojos se posan en
mi mejor amigo.
—¿Y Daryl?
No estoy seguro de qué ocurrió exactamente cuándo Daryl la
recogió de la escuela, pero fuera lo que fuese, debió causar una
gran impresión en mi niña. Actúa como si estuviera desarrollando un
enamoramiento por él. La idea casi me hace reír. Si es así, será
interesante ver cómo Daryl, que nunca se ha sentido cómodo con los
niños, manejará la situación.
—Daryl se queda aquí conmigo —explico. La cara de Kelsey
decae, rompiéndome el corazón. Me esfuerzo por encontrar algo,
cualquier cosa, que la haga sonreír de nuevo—. Te diré qué. Cuando
regreses, ¿qué te parece si tú, Daryl y yo nos acomodamos con
patatas fritas y helado? Podemos quedarnos despiertos toda la
noche viendo... —Miro al gato y me llega la inspiración—, Firefly.
Kelsey sonríe y me abraza por el cuello, lo que sería más dulce
si no me provocara la cara llena de pelo de gato. Aun así, compensa
con creces la forma en que Daryl me está lanzando miradas
asesinas. Le encantan las películas de acción, pero hace todo lo
posible por evitar cualquier cosa de ciencia ficción.
—¿Serenity también? —pregunta Kelsey, nombrando la película
que siguió a la serie de televisión de corta duración.
—No se puede hacer un maratón de Firefly sin ella, ¿verdad?
Kelsey sigue chillando de alegría y contándole felizmente a
Ember sobre sus escenas favoritas mientras la veo meterse en el
coche anodino de Ember. Los ojos de Ember se encuentran con los
míos a través del parabrisas y me hace un gesto tranquilizador con
la mano antes de retroceder por el camino de entrada y dirigir el
coche hacia el norte.
—¿Dónde coño está Ella? —le susurro entre dientes a Daryl,
que está a mi lado. No quito los ojos del coche de Ember.
—Tengo a todo mi equipo buscándola —dice Daryl—. Informan
que todos los miembros conocidos de la organización Bianchi
parecen estar atrincherándose. Parece que se están preparando para
algo, pero mi equipo no sabe qué ni dónde tendrá lugar.
—Pero Ella está involucrada.
Daryl no dice nada. No hace falta.
Justo cuando me giro para entrar en la casa, mi móvil emite un
pitido, alertándome de un nuevo mensaje de texto. Lo saco del
bolsillo y me quedo mirando la pantalla.
¡Saca a K. de Chicago! ¡Ya!
Me lleva un minuto asimilar las palabras.
Mis dedos se tensan sobre el teléfono mientras escribo
apresuradamente una respuesta.
Hecho. Dónde estás.
Daryl mira por encima de mi hombro y lee la pantalla.
—¿Ella?
—Tiene que ser ella —le digo—. No reconozco el número, pero
¿quién más podría ser?
Dile a Daryl USN 498792383-987987
Miro la pantalla sin entender nada.
—Lo único que comprendo de esto es «Dile a Daryl». El resto
es puro galimatías.
Daryl ya tiene su propio teléfono fuera e introduce la
información que Ella envió en el buscador.
—Joder —maldice, con los ojos pegados a la pantalla—. Justo
cuando pienso que las cosas no pueden ir peor, algo más sale
jodidamente mal.
Se me encoge el estómago. Mi primer pensamiento es que la
familia Bianchi ha atrapado a Ember, que han cogido a Kelsey. Estoy
demasiado asustado para siquiera expresar ese pensamiento en
palabras, para preguntarle a Daryl si tengo razón. Que Ella esté en
peligro es más de lo que puedo soportar. Enterarme de que Kelsey
está en la misma situación me mataría.
—Ese número indica un cargamento de armas de alto secreto
de la Marina de los Estados Unidos. Apuesto lo que sea a que alguno
de los Bianchi quiere echarle el guante.
—¿Y están utilizando a Ella para conseguirlo?
La expresión de Daryl es sombría.
—Parece que sí. —Señala con la cabeza hacia mi teléfono—.
¿Puedes rastrear la dirección IP de esos mensajes?
—Con mi portátil, seguro. —No puedo creer que no se me
haya ocurrido antes—. Dependiendo de lo que esté usando, puede
que incluso consiga obtener su ubicación GPS.
—Bien —dice Daryl—. Coge tu ordenador y reúnete conmigo
en mi coche. Tengo que activar a mi equipo. Debemos detener el
envío.
Capítulo Treinta y dos
Ella
Con una mirada nerviosa a Abe, hago clic en la ventana
adicional que abrí, la que he estado usando para enviar mensajes de
texto al teléfono de Jason. Mientras Abe camina de un lado a otro a
pocos metros de donde estoy sentada, rápidamente tecleo el código
de la dirección que Abe me hizo introducir en el GPS del camión y
pulso enviar.
Espero que lo reciba y consiga entender lo que significa. Con
Abe tan cerca, no me atrevo a escribir una explicación que
acompañe la dirección. Puede que sea un idiota, pero incluso él es
capaz de leer un mensaje de texto básico y averiguar lo que estoy
haciendo.
La pequeña bandera en la parte inferior de la pantalla aparece.
He recibido un mensaje.
Aguanta, pequeña. ¡Vamos para allá!
Mierda. Había supuesto que Jason habría pasado su teléfono a
Daryl y se habría puesto a salvo, pero el tono de este mensaje es
puro Jason. No solo sigue siendo él quien envía los mensajes, sino
que parece dispuesto a venir a rescatarme.
Por favor, Daryl, rezo en silencio, esperando que alguna deidad
me escuche, mantenle a salvo. Kelsey le necesita. Necesito que esté
bien cuando todo esto acabe.
Otra mirada en dirección a Abe me asegura que sigue
preocupado por lo que está haciendo el camión.
Nunca va a dejarme marchar, no después de esto. Lo veo cada
vez que mi mirada choca con la suya. No puede permitirse
liberarme. No ahora. Sabe que la culpa me consumirá hasta que
hable con la policía, confiese mis pecados y, al hacerlo, le arrastre
conmigo.
Nunca volveré a ver a mis seres queridos. Ya he aceptado mi
realidad. Lo he asumido. Al menos tomé medidas para mantener a
mi bebé a salvo.
Nunca volveré a abrazarla, nunca volveré a respirar su dulce
aroma, escucharla susurrar que me quiere o susurrarle las palabras
de vuelta.
Pero hay alguien a quien todavía puedo decírselo. Alguien con
quien todavía estoy en comunicación.
Jason, te quiero.
Pulso enviar y espero que el mensaje le llegue.
—¿Has violado ya la seguridad? —Estaba tan ocupada
enviando el mensaje que me olvidé de vigilar a Abe. Su voz está
mucho más cerca de lo que esperaba. Solo tengo tiempo de
minimizar la ventana que estoy usando para comunicarme con Jason
antes de que Abe llegue a mi silla.
Mira fijamente el monitor del ordenador, intentando entender
la información en la pantalla.
—¿Y bien? —exige—. ¿Lo has hecho?
Lo he postergado todo lo que he podido, aferrándome a la
esperanza de que Daryl encuentre el camión y salve el día y que, al
no manipular el sistema de seguridad, reduciré la condena que sé
que me espera. Pero no puedo seguir dándole largas. No con las
vidas de todas las personas que amo pendiendo de un hilo.
Introduzco un último código y el sistema de seguridad del
camión se apaga. Me recuesto en la silla.
—Está hecho —murmuro.
El rostro de Abe se arruga con placer. Se inclina aún más cerca
de la pantalla y la mira fijamente como si tratara de grabar la
información directamente en su cerebro.
—Bien. —Se endereza y me mira. Su expresión hace que mi
estómago se retuerza—. Ahora, vamos a divertirnos un poco.
—¿Divertirnos? —grito. Mi corazón late con fuerza en mi
pecho. Tengo la horrible sospecha de saber adónde va esto.
—Sí. —Abe deja el arma a un lado de la mesa. La miro. Está
tan cerca y, sin embargo, con Abe ahí de pie, fuera de mi alcance. E
incluso si consiguiera ponerle las manos encima, ¿qué haría con ella?
No tengo ni la más remota idea de cómo disparar. Es decir, sé que
hay que quitar el seguro antes de apretar el gatillo, pero no sé
dónde está el seguro ni cómo quitarlo.
Paso la lengua por el interior de mi mejilla, sintiendo los
bordes desgarrados y en carne viva de la herida que se formó
cuando Abe me golpeó con esa misma pistola, forzando la piel
sensible contra los bordes afilados de mis dientes.
Si consigo el arma, la usaré como un garrote. Puede que no lo
mate, pero apuesto a que lo ralentizará.
Abe me mira con los ojos entrecerrados. Tras un momento de
vacilación, extiende la mano y recorre el escote de mi jersey, sus
dedos deslizándose por la curva de mi pecho derecho primero y
luego el izquierdo.
Aprieto los dientes y miro fijamente la pantalla del ordenador.
Tengo que emplear toda mi determinación para combatir el instinto
de estremecerme, la necesidad de apartarme de él. Mis instintos me
dicen que le gustan las mujeres que luchan, a las que puede fingir
que domina y somete. Me niego a darle esa satisfacción.
Abe está fascinado por la visión de su mano sobre mi piel.
—Voy a disfrutar esto —dice, más para sí mismo que para mí
—. Eres un bombón. Me muero de ganas de ponerte las manos
encima. Pensar en cómo eres bajo todas esas capas que llevas
puestas siempre me mantiene despierto por las noches, fantaseando
con todas las formas distintas en que voy a tomarte.
La bilis me sube por la garganta, amenazando con ahogarme.
Ojalá lo hiciera. Sería más agradable que lo que Abe tiene en mente
para mí.
Bum, Bum, Bum.
No hay forma de confundir el fuerte estallido de disparos. El
sonido hace que mi corazón se acelere y que Abe salte hacia atrás.
Se queda de pie junto a la mesa, con la cabeza ladeada,
escuchando. No hay más disparos. Abe sonríe y saca pecho,
orgulloso como el más arrogante de los pavos reales.
Por primera vez desde que desperté en esta habitación
pequeña y miserable, la esperanza calienta mi pecho. Sé dónde
estamos. El sonido que había escuchado probablemente indicaba
que los soldados dentro del camión ahora están muertos, su fuerza
vital drenándose de sus cuerpos.
Pero el sonido estaba tan cerca, probablemente justo al otro
lado de la pared. Sé dónde estoy. Es exactamente la misma dirección
a la que envié ese camión. Jason y Daryl tienen su ubicación, lo que
significa que también tienen la mía.
No han sido lo suficientemente rápidos como para salvar a los
soldados, puede que no sean lo suficientemente rápidos para
salvarme a mí, pero al menos sabrán qué me pasó, y eso es algo.
Kelsey no tendrá que pasar el resto de su vida preguntándose si su
madre está viva o muerta.
Bum, Bum.
Esta vez los disparos suenan diferentes, como si vinieran de
otro tipo de arma. Algo más pequeño quizás.
La sonrisa se desvanece del rostro de Abe mientras sigue
escuchando.
Más estruendo de disparos. Esta vez es una mezcla de armas
de sonido grande y pequeño. La esperanza calienta mi pecho,
acelera mis latidos. Parece que ha llegado la caballería.
No soy la única que lo piensa.
Grandes manchas moradas florecen en la cara de Abe cuando
se gira hacia mí.
—¿Qué mierda has hecho? —brama.
—¡Nada! —exclamo. Clavo los talones en el suelo de hormigón,
arrastrando la silla metálica hacia atrás, alejándome de la mesa del
ordenador.
—¡Mentira! —ruge Abe. Me arrebata el teclado del regazo y
comienza a pulsar teclas con sus dedos de salchicha, mirando
fijamente la pantalla hasta que hace clic en la pestaña que muestra
la ventana que usé para enviar mensajes de texto a Jason. Se inclina
hacia delante, moviendo la boca, pronunciando las palabras mientras
lee cada línea que escribí.
Miro de reojo la pistola que sigue sobre la mesa. Es ahora o
nunca.
Salto de la silla, me escabullo por detrás de Abe y estiro mi
mano libre hacia la pistola. Mis dedos rozan la empuñadura cuando
un golpe me derriba lateralmente. La pistola vuela en dirección
opuesta y se desliza por el suelo hasta detenerse contra la pared
más alejada.
—¡Zorra! —Abe da un segundo golpe a ciegas. Sus brazos me
alcanzan en el hombro y me lanzan contra la silla. Mis piernas se
enredan en el metal y caigo hacia atrás, agitando mi brazo libre en
un intento inútil de recuperar el equilibrio.
Apenas toco el suelo cuando Abe se coloca encima de mí. Sus
rodillas se sitúan a horcajadas sobre mis caderas y sus manos
rodean mi garganta, apretando con fuerza mientras sus pulgares
presionan mi tráquea, cerrándola por completo.
La silla caída raspa contra el hormigón, arrastrada por las
esposas que aún me sujetan al brazo mientras levanto ambas manos
para arañar las de Abe; mis uñas se clavan en el dorso de sus
manos, intentando forzarle a aliviar la presión, pero no cede.
Mis pulmones se contraen y se agitan, suplicando por el aire
que las manos de Abe impiden que entre.
—¡Estúpida zorra! —me grita Abe—. Lo has arruinado todo. Lo
tenía todo planeado. Solo tenías que hacer unas pocas cosas simples
y todo habría sido perfecto, pero no podías hacer eso, ¿verdad?
Al otro lado de la pared, los disparos han cesado; alguna parte
de mi cerebro que no está en pánico por la falta de oxígeno
reconoce ese hecho. Creo que oigo gritos y por una fracción de
segundo juraría que escucho la voz de Jason gritando mi nombre,
exigiendo saber dónde estoy.
Abro la boca, deseando responder, queriendo que me
encuentre, pero no puedo. Simplemente no tengo suficiente aire.
Sacudo la cabeza de un lado a otro, arañando todavía las
manos de Abe mientras las manchas negras frente a mis ojos se
hacen más grandes y oscuras, amenazando con consumirme. Soy
vagamente consciente de que, aunque quiero seguir luchando,
quiero sobrevivir, mi cuerpo no responde adecuadamente. Mis
movimientos son más lentos, torpes.
Algo se estrella detrás de mí y los gritos que escuché antes
parecen más fuertes, incluso mientras empiezo a perder la
conciencia.
Abe deja de gritar en mi cara, pero su agarre en mi garganta
no se afloja mientras grita en dirección al estruendo.
Más gritos, luego un gran estruendo atronador.
Sobre mí, el cuerpo de Abe se tensa. Sus dedos aprietan aún
más mi garganta antes de que todo se afloje y se desplome encima
de mí, con sangre fluyendo de dos heridas en su cabeza, una en
medio de su frente, la otra un agujero enorme en la parte posterior
de su cráneo.
Es una visión grotesca, pero no tan grotesca como su sangre
corriendo por mi cara, cuello y hombro. Si no estuviera tan
desesperada por llenar mis pulmones de oxígeno vital,
probablemente gritaría, pero ahora mismo, no me importa.
—¡Ella! —El rostro de Jason aparece sobre mí. Se deja caer de
rodillas, repitiendo mi nombre mientras aparta el cuerpo de Abe. Sus
manos me recorren, intentando determinar cuánta sangre es mía y
cuánta es de Abe, mientras busca heridas mortales.
Intento hablar, decirle que estoy bien, que sobreviviré, pero no
puedo forzar las palabras a través de mi garganta destrozada. Es
todo lo que puedo hacer para inhalar y exhalar.
Satisfecho de que no estoy llena de agujeros de bala, Jason
me coloca sobre su regazo, apoyando mi cabeza palpitante contra su
hombro mientras sus brazos me rodean de forma posesiva. Me
acaricia el pelo y me susurra palabras sin sentido al oído mientras
esperamos a que llegue la ambulancia.
***
Doce horas después
Estoy sentada en el borde de la cama de la habitación de
invitados de Jason, vestida con unos pantalones de chándal
prestados y uno de los albornoces de Jason. La pequeña luz
nocturna a pocos metros de la cama me proporciona toda la
iluminación que necesito para distinguir las facciones de mi hija
mientras le acaricio el pelo. Mal duerme al otro lado, imperturbable y
despreocupado por los acontecimientos que tuvieron lugar horas
antes. Le han alimentado, tiene a su niña, le han dado un lugar
blando donde dormir. En su mente, todo es perfecto.
Me resulta difícil asimilar la idea de que hace apenas un rato
pensaba que nunca la volvería a ver, que a estas alturas estaría
muerta. Hasta que intento hablar o mirarme en un espejo, cuando
veo los moratones que manchan mi cara y rodean mi garganta,
cuando escucho el doloroso ronquido de mi voz. Entonces recuerdo
lo cerca que estuve de no disfrutar nunca más de un momento
tranquilo como este.
Nunca volveré a darlos por sentado.
Un suave golpe en la puerta llama mi atención. Jason me
sonríe desde la entrada, su mirada encuentra primero la mía antes
de desviarse hacia Kelsey.
—¿Te importa si entro?
—No. —Hago una mueca ante el sonido áspero de mi propia
voz. Suena como si fumara veinte paquetes al día. El médico de
urgencias me aseguró que no había daños permanentes y que
después de unos días, mi tráquea sanaría y recuperaría mi voz
habitual. Me niego a creerlo hasta que suceda.
—Por favor. —Jason levanta las manos, con las palmas vueltas
hacia mí—. No hables. Deja que tu garganta mejore.
Me consume la frustración. No quiero estar callada. Quiero
hablar, decirle que lo siento por no contarle todo, por poner su vida
en peligro... por esperar tanto para decirle que le quiero y, aun así,
esperar hasta estar convencida de que estaba a punto de morir.
He sido horriblemente cruel con él. No merezco a un chico
como él.
Se sienta a mi lado en la cama y engancha un dedo índice bajo
mi barbilla, manteniéndome en el sitio para poder mirarme
profundamente a los ojos, tan profundamente que me pregunto si
puede ver la esencia de mi alma.
—Ella, te quiero —dice con un tono de voz pragmático—. Te lo
he dicho antes, pero esta vez quiero que lo entiendas de verdad. Me
enamoré de ti hace siete años y sigo enamorado de ti hoy. —Se
inclina hacia delante y me besa un lado de la boca, con cuidado de
evitar las zonas amoratadas y partidas de mis labios—. Nada de lo
que digas, nada de lo que hagas importa. Siempre te querré.
El placer y la felicidad se mezclan en un cóctel embriagador
que se extiende por mis venas. Casi esperaba que me gritara por
hacer algo tan estúpido como aliarme con la mafia. Estaba segura de
que saldría de mi vida, esta vez para siempre, y que se llevaría a
Kelsey con él.
Ni siquiera me atreví a imaginar que vendría aquí y me
confesaría su amor eterno.
Rodeo su cuello con mis brazos y me preparo, dispuesta a
afrontar la oleada de dolor que vendrá cuando le diga que le quiero
aún más, pero él habla antes de que tenga la oportunidad.
—Quiero que tú y Kelsey forméis parte de mi vida. Para
siempre.
Abro la boca, pero él levanta un dedo, haciéndome callar.
—Vamos a casarnos. Lo antes posible. ¿Lo entiendes?
La pregunta apenas ha salido de su boca antes de que su
mirada se desvíe más allá de mí. La sigo. Detrás de nosotros, los
ojos de Kelsey están abiertos. Nos observa con expresión pensativa.
—¿Os vais a casar? —pregunta, con la voz pesada por el
sueño.
—Sí —decimos Jason y yo al unísono. Compartimos una mirada
y una sonrisa.
—¿Jason será mi papá?
—Sí —repetimos.
Contengo la respiración, esperando ver cómo se tomará este
anuncio. Realmente no estoy segura de cómo va a responder. A
diferencia de otros niños, que parecen anhelar un padre y esperan
que cada hombre que encuentran, sin importar lo inadecuado que
sea, los tome bajo su protección, Kelsey nunca ha sido así. Siempre
ha estado contenta solo con Adele y conmigo.
Kelsey se muerde el labio inferior por un momento.
—Perfecto —dice y se gira sobre su estómago y vuelve a
dormirse.
Los dedos de Jason rozan mi brazo y me giro para mirarle.
Sonríe y se acerca más.
—No podría haberlo dicho mejor —me dice antes de cubrir mi
boca con el beso más dulce que jamás he experimentado.
Epílogo
Ella
—¡Mamá, estás guapísima! —Los ojos de Kelsey bailan
mientras me estudia.
Le sonrío ampliamente.
—Gracias, pequeña, aunque no hace falta que suenes tan
sorprendida.
Kelsey sonríe, mostrando un diente nuevo que justo ahora
empieza a crecer y a llenar el hueco que dejó un diente de leche. Mi
niña está creciendo.
—¡Yo también estoy guapa! —chilla y gira en círculo. La falda
del vestido fucsia que vio e insistió en ponerse se arremolina a su
alrededor mientras continúa girando, cada vez más rápido. Empieza
a perder el equilibrio y choca contra Adele, que está sentada en una
mecedora, observándonos.
Adele se ríe y sujeta a Kelsey por el hombro.
—Si no tienes cuidado, te quedarás sin energía antes de que
empiece la fiesta.
Con Kelsey firmemente de pie, Adele se levanta y camina
lentamente a mi alrededor, observando cada aspecto de mi
apariencia: mi pelo artísticamente despeinado, mi sencillo vestido de
seda blanco y mis pies descalzos.
—Kelsey tiene razón. —Adele me envuelve con sus brazos,
abrazándome fuerte—. Estás preciosa.
—Gracias, Adele. Tú también. —Resulta un poco
desconcertante ver a Adele fuera de su uniforme habitual de
vaqueros desgastados y sudaderas holgadas, y engalanada con un
elegante traje beige, pero le queda bien.
Incluso Mal tiene un aspecto elegante. Para su irritación, pasó
la tarde de ayer en una peluquería de mascotas de lujo donde le
lavaron el pelaje, le cortaron las uñas y le limpiaron los dientes.
Ahora, su pelaje recién lavado reluce bajo la menguante luz del sol.
Lleva un arnés de gato negro con lentejuelas. Todavía no estoy
segura de cómo consiguieron encontrarlo Adele y Kelsey. Una correa
a juego está enganchada al arnés, con el otro extremo alrededor de
la muñeca de Kelsey. Incluso se quedó quieto el tiempo suficiente
para que Kelsey le colocara una bonita pajarita negra en el collar.
Sonrío mientras me inclino y le ofrezco un rápido rascado
detrás de las orejas antes de tomar una de las manos de Kelsey.
Miro hacia el oeste, a través del mar resplandeciente, y al sol que
empieza a pintar el cielo de un suave tono rosa.
—Parece que ya es hora.
Las tres bajamos cuidadosamente la corta escalinata del hotel
y pisamos la cálida arena.
Kelsey canta suavemente una canción sobre el agua y Adele
me lanza una mirada perspicaz.
—¿Nerviosa?
Niego con la cabeza.
—¿Sabes? Pensaba que lo estaría. Esperaba estar temblando
de los... —miro mis pies descalzos— ...de las uñas recién pintadas,
pero no. Creo que después de todo lo que ha pasado, hay muy
pocas cosas que puedan asustarme.
Adele asiente.
—Tiene sentido.
—Lo curioso es que no solo estoy emocionada, sino que hay
también esta increíble sensación de paz, como si todo estuviera a
punto de encajar en el mundo. ¿Tiene eso algún sentido?
—Claro que sí. También creo que es prueba de que estás
haciendo lo correcto.
—Sé que así es.
Llegamos a la misma torre de vigilancia donde todo comenzó
hace siete años. A su sombra, Jason, vestido con un elegante
esmoquin y con los pies tan descalzos como los míos, me espera.
Sus dientes brillan blancos sobre su piel intensamente bronceada.
Una sonrisa similar se extiende por mi rostro y mi corazón da un
pequeño baile de felicidad en mi pecho.
Me cuesta toda mi contención seguir caminando y no correr
por la arena como Mal.
Kelsey no es ni de lejos tan comedida.
—¡Papi! —grita, y lo inesperado de su grito asusta a un
pelícano que estaba posado cerca. Suelta su mano de la mía y se
lanza hacia él, levantando arena mientras corre tan rápido como sus
delgadas piernas le permiten.
A pesar de la distancia entre nosotros, oigo la risa de Jason
mientras se agacha y la coge en brazos. Mal traza perezosos ochos
alrededor de los tobillos de Jason. Aunque aún no estoy lo bastante
cerca para oírlo, sé que el gato está ronroneando. Desde que Jason
me ayudó a escapar de Abe, el gato ha decidido que Jason es el
mejor hombre del mundo. No podría estar más de acuerdo.
Jason mantiene a Kelsey en equilibrio sobre su cadera derecha,
le susurra algo al oído, y ambos me miran.
Se ven tan bien juntos. Tan hermosos. Las lágrimas se
acumulan en mis ojos.
Quiero tomar una foto del momento. Mi mano se mueve
instintivamente hacia atrás, buscando el móvil que suelo llevar en el
bolsillo trasero, antes de recordar que llevo puesto un vestido sin
bolsillos y no vaqueros, y que mi teléfono está guardado en mi bolsa
de viaje, que ya ha sido trasladada al barco-casa que Jason compró
específicamente para nuestra luna de miel.
No es que sepa mucho sobre el barco. Él se ha encargado de
todo, desde la compra hasta prepararlo para nuestro viaje de luna
de miel. Ha estado tan emocionado como un niño de cinco años con
la idea de una bicicleta nueva o un cachorro.
Estoy deseando verlo.
Con suerte, el fotógrafo está captando la imagen por mí. Es
una imagen que quiero atesorar para siempre.
Llego a la zona que ha sido acordonada con largas hebras de
cuentas transparentes y saludo con la cabeza a Daryl, que está de
pie a unos metros de Jason. Me alegra que aceptara ser el padrino.
No solo me liberó del control de Abe, sino que también me está
ayudando a trabajar con el fiscal para resolver lo que ocurrió en
aquel almacén de Chicago sin que nadie sienta la necesidad de
presentar cargos contra mí.
Daryl incluso le ha susurrado unas palabras a su jefe sobre mis
habilidades informáticas, así que ahora el FBI está mostrando interés
en mí. Y también he recibido algunas llamadas interesantes de otras
agencias de tres letras.
Es difícil creer que hace apenas dos semanas y media estaba
trabajando en un centro de llamadas y toda mi vida pertenecía a la
mafia local. Los recuerdos se van desvaneciendo, perdiendo su
nitidez. Ya me cuesta creer que realmente era mi vida y no alguna
película o sueño muy vívido.
Sacudo la cabeza y aparto todos los pensamientos y recuerdos
del pasado.
Pero no voy a pensar en cómo el interminable flujo de trabajos
que absorben el alma, oportunidades independientes y miedo
constante han quedado atrás para siempre. Hoy no se trata de esas
cosas.
Se trata de algo infinitamente más importante. El amor.
Kelsey mira por encima del hombro de Jason a Daryl durante
un momento antes de extender sus brazos hacia él. En las últimas
semanas, ha pasado mucho tiempo con ambos hombres mientras
Adele y yo nos apresurábamos a organizar esta boda. Durante ese
tiempo, ha aceptado a Jason como su padre y no tengo dudas de
que lo quiere profundamente.
Pero se ha encaprichado con Daryl. Anoche mismo me
informó, con un tono que no admitía réplica, que en cuanto tenga
edad suficiente, se casará con él. No puedo reprocharle su gusto.
Daryl es un hombre excelente. Incluso yo podría sentirme tentada a
intentar algo con él si no estuviera perdidamente enamorada de
Jason.
Jason inclina la cabeza hacia atrás y susurra algo al oído de
Kelsey. Ella se relaja contra su hombro, pero mantiene la mirada fija
en Daryl.
A pocos metros detrás de Daryl, Ember observa en silencio
cómo se desarrolla la acción. Me alegra que haya venido. Ayudó a
mantener a salvo a mi niña y por eso siempre le estaré agradecida;
además, parece muy divertida, el tipo de persona a la que me
gustaría llamar amiga, ahora que ya no estoy huyendo asustada y
me siento preparada para dejar entrar a más personas en mi vida.
Además, he visto cómo se miran ella y Daryl cuando creen que
el otro no se da cuenta. No me cabe duda de que se gustan, pero no
saben cómo actuar según sus sentimientos. Como nuestra recepción
se celebra en el mismo bar donde Jason y yo nos conocimos, espero
que el lugar ejerza la misma magia sobre ellos, y que después de un
par de copas finalmente se atrevan a explorar esa química que
prácticamente emana de ellos.
Jason mantiene un brazo alrededor de Kelsey, sujetándola
firmemente contra su torso, y usa su mano libre para tomar la mía,
entrelazando nuestros dedos antes de depositar un beso suave como
un susurro en mis labios.
Alguien se aclara la garganta.
—Disculpad. Creo que se supone que debo deciros cuándo
podéis hacer eso.
Todos se ríen de la broma del ministro y asumimos nuestras
posiciones. Jason y yo de pie, cara a cara, con amor irradiando de
nuestros ojos, y flanqueados por Adele, quien aceptó ser mi madrina
de honor, aunque afirmaba ser demasiado mayor para tales
tonterías, y Daryl. Kelsey permanece en la cadera de Jason. La
ceremonia es tan importante para ella como para mí, así que es
lógico que forme parte de ella.
Mientras el sol se pone detrás de nosotros, prometemos
amarnos y honrarnos mutuamente y luego Jason toma mi boca en
un beso que hace que se me curven los dedos de los pies en la
arena fresca mientras Kelsey aplaude y se ríe.
***
—Hola, señora Monroe. —El aliento de Jason agita el pelo en
mi nuca. Su pecho presiona contra mi espalda mientras deposita un
beso en mi hombro desnudo y me estremezco.
Estiro el brazo hacia atrás y le alboroto su sedoso cabello.
—Hola a ti también.
—¿Feliz?
Miro alrededor del interior del bar donde me fijé en él por
primera vez. Hay que admitir que, como lugar para una recepción de
boda, es poco ortodoxo, pero considerando que es el sitio donde
Jason me llamó la atención por primera vez, me parece natural
celebrar nuestro amor aquí como lo fue pronunciar nuestros votos
en la misma torre de vigilancia donde me enamoré de él.
—Mucho —le digo.
—Es una lástima.
Mi cabeza gira bruscamente y le miro fijamente. La tensión
endurece mi hombro.
—¿Por qué? Si hay algo que no me has contado, algo sobre
Abe o...
Jason se ríe y me rodea la cintura con un brazo fuerte,
atrayéndome hacia él.
—Nada de eso. Solo pensaba que, si no estuvieras
deliciosamente feliz de estar aquí, o si te estuvieras aburriendo un
poco, da la casualidad de que conozco un barco que está preparado
y esperando para zarpar. Podríamos subir a bordo y montarnos una
fiesta privada. ¿Qué te parece?
Una cálida sensación que es a partes iguales deseo y amor me
recorre.
Me giro entre sus brazos hasta quedar frente a él.
—Estoy lista cuando tú lo estés.
Me pongo de puntillas y le planto un beso impulsivo en los
labios. Pretende ser un simple roce, pero justo cuando empiezo a
bajar de nuevo sobre la planta de mis pies, él levanta la mano y me
acaricia la mejilla, manteniéndome en el sitio mientras profundiza el
beso.
Los dos estamos sin aliento cuando nos separamos.
—Entonces, ¿a qué estamos esperando? —dice con una
sonrisa. Levanta el brazo, doblando el codo, y mueve las cejas
sugestivamente.
Me río y deslizo mi mano en el hueco de su codo.
—Vaya, vaya, mírate, tan elegante y distinguido. Un Sinatra de
los tiempos modernos. —A pesar de mi tono burlón, estoy
encantada. Es agradable saber que todavía quedan en el mundo
algunos caballeros dispuestos a derrochar encanto, comportarse
como tales y tratar a una mujer como a una princesa cuando la
ocasión lo merece. Y es aún mejor saber que estoy casada con uno
de esos hombres.
Sí, soy una mujer con suerte.
Jason me da un beso suave como el aleteo de una mariposa
en la coronilla.
—Vamos a buscar a Kelsey.
Deslizo mi mano en la suya y entrelazamos nuestros dedos
antes de dejar que me guíe por un camino serpenteante entre los
invitados. Jason los ignora, aunque la mayoría de ellos solo están
aquí por él, pero yo hago un gesto silencioso de reconocimiento a
cada uno. Se ríen y levantan sus copas o murmuran palabras de
felicitación. Algunos hacen comentarios un tanto obscenos.
Claramente, saben exactamente lo que Jason y yo estamos
planeando.
Y no me importa si piensan que vamos a tener sexo salvaje en
medio de una fuente pública. Estoy demasiado feliz con cómo han
salido las cosas como para sentirme cohibida.
Encontramos a Kelsey sentada en un taburete alto, observando
a Daryl jugar al pinball.
—Hola, pequeña. —Jason le despeina el pelo—. Tu madre y yo
hemos decidido retirarnos por hoy. ¿Vale?
—Vale. —Kelsey no aparta la mirada de la pequeña bola de
acero que va de un lado a otro de la máquina.
—¿Me das un beso? —la persuade Jason.
Ella le da un beso rápido en la dirección general de su mejilla.
—Gracias —murmura, con un tono seco suavizado por la
diversión.
Es mi turno. Rodeo con mis brazos la delgada caja torácica de
Kelsey y la atraigo hacia mí en un fuerte abrazo.
—Estaremos fuera cuatro días y mientras estamos ausentes,
tú, Adele y Daryl vais a Disney y al Epcot Center, ¿verdad?
Daryl me lanza una mirada oscura. No está entusiasmado por
tener que ir a Disneyland, pero como Kelsey le suplicó que fuera con
ella y Adele, cedió, aunque no le gusta que se lo recuerden.
Mirarme con cara de pocos amigos le cuesta caro. La bola de
acero cae en el agujero y hace un ruido metálico mientras
desaparece en las entrañas de la máquina.
Kelsey abuchea y mira mal a Daryl.
Suspira y deja caer un par de monedas en la ranura. La bola
reaparece y Kelsey se acerca más a la máquina.
Pongo los ojos en blanco y le planto un beso en su suave
mejilla. —Nos vemos en unos días. Te quiero.
—Yo también te quiero —murmura. Pongo los ojos en blanco
por segunda vez y me aparto de ella, aceptando que es lo mejor que
voy a conseguir. Dios, si está así ahora, ¿cómo será dentro de unos
años cuando se convierta en una adolescente?
Aparto ese pensamiento. Es demasiado desolador para
considerarlo ahora mismo.
Prefiero pensar en mi nuevo marido.
Cogidos de la mano, salimos del bar hacia la playa. Respiro
profundamente, incapaz de saciarme del dulce aire con aroma a mar.
—Deberíamos comprar una casa aquí —dice Jason.
Le dirijo una mirada de reojo. —¿Qué?
—Te encanta el sol y el mar. También sé que mientras Kelsey
esté en el colegio, querrás seguir viviendo en Chicago para que no
tenga que lidiar con el estrés de ser la nueva, pero no hay razón por
la que no podamos encontrar un pequeño sitio aquí. Algo justo
frente al océano, o quizás en uno de los cayos, y venir siempre que
necesitemos un descanso de la vida en Chicago. ¿Qué te parece?
Creo que me he casado con el hombre más maravilloso del
mundo y que si me propusiera vivir en una caja de cartón, estaría
feliz de aceptarlo.
Me levanto, caminando de puntillas unos pasos mientras le
beso en la mejilla.
—Vamos a pasar la luna de miel antes de hablar de casas de
vacaciones. ¿Vale?
Jason se ríe y me guía hacia el puerto deportivo.
—Eres tan práctica.
—Uno de nosotros tiene que serlo —bromeo. Giramos y nos
movemos entre dos filas de barcos, cada uno elegante y de aspecto
caro. Jason me lleva hasta el final del muelle, donde una enorme
casa flotante color canela se balancea arriba y abajo mientras espera
ser abordada.
Es fácilmente la casa flotante más grande que he visto en mi
vida; aunque reconozco que no he visto muchas. Desde aquí, parece
solo un poco más pequeña que uno de esos cruceros que utilizan las
compañías de vacaciones de lujo.
—¿Es este? —pregunto con voz aguda.
—Este es —confirma Jason—. Mira. —Coloca sus manos sobre
mis hombros y me gira suavemente unos grados a la derecha para
que mire directamente a la proa del barco. Los focos del puerto
hacen que sea fácil leer las brillantes letras rojas pintadas allí. Ella y
Kelsey.
—¿Le has puesto nuestro nombre? —Es algo pequeño,
realmente, pero aun así me calienta el corazón y hace que me
enamore aún más profundamente de este hombre hermoso y
sentimental.
Inclina la cabeza y me acaricia el cuello con la nariz.
—Por supuesto. ¿Te gusta?
—¿El nombre? —Ladeo la cabeza, dándole mejor acceso. Me
recompensa mordisqueándome suavemente el lóbulo de la oreja. El
mordisco irradia por todo mi cuerpo, las vibraciones llegan
directamente a mi coño. Aprieto los muslos y me recuesto contra
Jason—. ¿Qué tiene de malo?
—Pequeña descarada. —Jason me da una palmada en el
trasero, haciéndome chillar—. Estoy hablando del barco.
—El exterior es bonito, pero no sabré cuánto me gusta hasta
que haya visto el interior.
—Como estaba diciendo, práctica.
Jason mantiene su brazo firmemente alrededor de mi cintura
mientras me ayuda a subir al barco que ha bautizado con mi nombre
y el de mi hija.
—¿Qué quieres ver primero? —pregunta tan pronto como
estamos de pie en la cubierta.
—Mmm, tantas opciones. —Finjo meditarlas, alargando el
momento, dejando que la dulce anticipación crezca entre nosotros—.
Supongo que el mejor lugar para empezar es el dormitorio principal.
Jason echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada que le
sale del alma. El sonido asusta a un pelícano que estaba posado en
un pilón cerca del barco. Levanta el vuelo, lanzándonos una mirada
resentida antes de desaparecer en el cielo nocturno.
Espero que Jason me guíe al dormitorio principal, según mi
sugerencia, pero me lleva directamente más allá, adentrándonos en
el enorme barco-casa, hasta que me conduce a la cocina.
Hay suficiente luz lunar entrando por las portillas para
distinguir los electrodomésticos habituales. Miro de reojo a Jason. Un
destello de diversión brilla en sus ojos.
—Si crees que voy a pasar mi noche de bodas cocinando para
ti —le advierto—, será mejor que lo pienses otra vez. Tengo planes
para esta noche y no tienen nada que ver con fogones ni
microondas.
Entre desenredar mi situación legal, atender llamadas de los
medios e intentar organizar una boda en dos semanas, Jason y yo
apenas hemos tenido un momento para nosotros, y los pocos que
conseguimos encontrar solo duraron lo suficiente para robarnos
algunos besos y caricias, pequeñas provocaciones que me han
dejado tan desesperada por él que, en más de una ocasión,
consideré seriamente mandar al diablo el decoro y la modestia y
lanzarme sobre él en medio de una multitud.
He resistido el impulso y he logrado esperar hasta esta noche,
pero no tengo intención de esperar ni un momento más. Esta noche,
voy a disfrutar de mi flamante marido.
Jason se ríe y me besa la punta de la nariz.
—No espero que cocines nada para mí. —Me abraza
estrechamente, dejándome sentir lo duro que ya está su miembro,
disipando cualquier duda que pudiera tener sobre si me desea tanto
como yo a él.
Suspiro y muevo las caderas, frotándome contra su longitud,
cuando de repente me suelta y da un paso atrás.
—Solo un momento —murmura—. No te muevas.
Algo hace clic y una llama cobra vida en la mano de Jason, la
luz parpadeante arroja intensas sombras sobre su rostro. Se mueve
por la habitación acercando el encendedor primero a una vela y
luego a otra hasta que toda la cocina queda bañada en luz dorada.
El tenue olor a jazmín, uno de mis aromas favoritos, emana de las
velas mientras echo un primer buen vistazo a la pequeña habitación.
—¡Oh, Jason! —Exhalo en un largo suspiro.
Me dirige una sonrisa maliciosa.
—Dos veces hemos empezado a tener sexo alucinante en la
cocina, y dos veces nos han interrumpido. Creo que a la tercera va la
vencida.
Acerca el mechero a otra vela.
—A Daryl ya se le ha advertido que, si siquiera piensa en
interrumpirnos esta noche, lo arrastraré al zoo y lo echaré de comer
a los tigres.
—Es maravilloso —digo. La palabra no describe lo mágica que
es la escena ni lo conmovida que estoy por el esfuerzo y la
dedicación que obviamente ha puesto en esta noche.
Las velas conforman solo un aspecto de la escena que ha
preparado con tanto cuidado. También ha cubierto toda la habitación
con pétalos de rosa rojos y blancos que brillan suavemente bajo la
dorada luz de las velas.
Lanza el mechero a un lado y vuelve a mí. Sus manos rodean
mis caderas mientras toma mi boca en un suave beso que me
estremece hasta la punta de los pies.
—No —susurra mientras nos separamos para tomar aire—. Tú
eres maravillosa.
Enredo mis brazos alrededor de su cuello, hundiendo mis
dedos en su pelo mientras levanto mi boca para otro beso que me
hace temblar.
—En lugar de discutir sobre quién de nosotros es más
maravilloso —digo contra sus labios—, ¿qué tal si acordamos que
juntos somos jodidamente espectaculares?
—Puedo estar de acuerdo con eso. —La presión de las manos
de Jason en mis caderas se intensifica y me levanta para sentarme
en el borde de la encimera, igual que hizo nuestra primera mañana
juntos en su casa—. Así que, ¿qué te parece si empezamos a ser
espectaculares juntos?
—Suena bien —jadeo mientras baja su cabeza hacia mi escote
y me da un pequeño mordisco en el lateral del pecho, justo donde
sobresale por encima de mi vestido.
Sus manos se desplazan, primero deslizándose por mis
piernas, y luego haciendo un recorrido de vuelta suave y sensual,
empujando mi falda hasta que queda arrugada alrededor de mi
cintura.
Mientras desliza una mano entre mis piernas, apartando mis
bragas húmedas e introduciendo un dedo dentro de mí, yo lo agarro.
Araño su camisa, tiro y jalo hasta que los botones salen disparados
de la tela y se esparcen por toda la pequeña cocina.
Su pulgar roza mi clítoris y envía una ola de calor líquido a
través de mí mientras él acaricia con la nariz los finos tirantes,
empujándolos hacia abajo por mis hombros, liberando mi pecho.
Con un gemido de placer, toma un pezón entre sus dientes y lo
succiona con fuerza.
El calor se acumula dentro de mí, asentándose en mi núcleo.
Me retuerzo contra su dedo. Se siente bien, pero no es suficiente. No
ahora. Sé exactamente lo que quiero y lo quiero ahora mismo.
Forcejeo con la parte delantera de sus pantalones, tanteando
mientras desabrocho su cinturón. Uso una combinación de manos y
pies para ayudar a bajarle los pantalones.
—Jason —jadeo cuando su boca encuentra mi otro pezón—.
No puedo esperar.
Al escuchar la desesperación en mi voz, me arranca las bragas,
las lanza tras él y se coloca entre mis piernas. Con una última y larga
caricia de su dedo, que me hace morderme el labio mientras arqueo
la espalda, retira su mano, reemplazándola con su miembro.
Grito de placer cuando se hunde completamente en mí de una
sola y fluida embestida.
La sensación de tenerlo dentro de mí, en el lugar exacto donde
he fantaseado con tenerlo durante las últimas semanas, me
catapulta hacia el borde.
Jason empieza a moverse, rotando las caderas y
embistiéndome dentro y fuera, mientras ola tras ola de caliente
éxtasis recorre mi cuerpo. La fuerza de cada embestida me empuja
hacia atrás en la encimera, y envuelvo mis piernas alrededor de sus
caderas, con mis talones clavándose en los suaves glúteos de su
trasero, incitándole a continuar.
Sus gemidos se mezclan con los míos hasta que su cuerpo se
tensa y se vacía dentro de mí.
Agotado, sus rodillas tiemblan y lentamente se desploma en el
suelo, arrastrándome con él.
—Madre mía —digo cuando finalmente recupero las fuerzas.
—Sí —coincide Jason. Se apoya en un codo y me mira. Una
sonrisa de satisfacción le cruza la cara. Extiende la mano libre y
aparta el pelo húmedo de mi rostro—. No sé tú, pero si esto es una
indicación de cómo será el resto de nuestras vidas, creo que voy a
disfrutar mucho de la vida matrimonial.
Riendo, alzo la mano y tiro de su cabeza hacia abajo,
cubriendo su boca con la mía en un beso intenso.
—No estoy tan segura —bromeo—. Creo que voy a necesitar
unos cuantos ejemplos más antes de llegar a una conclusión.
La sonrisa de Jason coincide con la mía mientras se quita la
camisa que aún cuelga de sus hombros.
—Estoy dispuesto si tú lo estás.
FIN
Hola, querida lectora!
Antes de despedirme, quería darte las gracias por haberme
acompañado en esta historia. Sé que hay miles de libros increíbles
ahí fuera, así que de verdad valoro muchísimo que hayas elegido
este.
Espero que hayas disfrutado cada página y que esta historia te haya
sacado alguna sonrisa (¡o algún suspiro!).
Si es así, me harías un enorme favor dejando una pequeña reseña
en Amazon. Es la mejor manera de apoyarme, ya que no tengo el
gran presupuesto publicitario de una editorial. ¡Mil gracias por estar
aquí!
¡Una sorpresa para ti!
Para darte las gracias por tu interés en mis libros, te regalo en
exclusiva la novela completa "Doctor Rompecorazones". ¡Y lo mejor:
es totalmente gratis!
Puedes descargarlo aquí:
Al mismo tiempo, te convertirás en miembro de mi Club de
Lectores VIP y no te perderás ninguna novedad ni ningún
lanzamiento. ¡Estoy deseando tenerte allí!
XOXO
Riley
Información sobre Riley
Riley Flowers es una apasionada autora de novelas cuya misión es
sacarte de tu vida cotidiana y llevarte a otros mundos a través de
sus libros. Sus historias son una mezcla de experiencias personales,
sueños despiertos y fantasías exóticas.
Riley escribe desde que era adolescente y, después de varios años
en el mundo corporativo, finalmente cedió al llamado de su musa
para dedicarse por completo a la escritura.
Para comentarios, sugerencias o simplemente para saludar, puedes
contactar a Riley en: rileyflowersautorin@[Link]
Riley responde personalmente a cada mensaje.
Riley en Facebook: Haz clic aquí