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Micror Sol Cultural

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El motivo

Podría contarles la historia de cómo esparcí las cenizas de mi amada esposa una tarde de abril
cuando la noche comenzaba su rutina a desgano. Sabría detallarles la cantidad de lágrimas con las
que regué el camino que atraviesa el bosque hasta llegar al mojón de aquel primer beso tallado en
la corteza de unciprés. Les abriría mi corazón hasta dejarlos exhaustos decursilería. Les narraría
sobre la fiesta de cumpleaños en que la conocí, de las primeras salidas en donde el silencio nos
acompañaba impertinentemente, de qué forma la pasión nos fue drogando hasta convertirnos en
sus dóciles esclavos, de cuando fueron llegando nuestros hijos para terminar de completarnos. Les
declararía con cuanto dolor la extraño…,mas solo tengo ciento cincuenta palabras para gastar y
en honor a la verdad debo confesarles que solo intento ganar este concurso para solventar los
gastos de nuestro maldito divorcio.

Resiliencia

Fue recién empezada la primavera. En el patio de atrás. Recuerdo que no había parado de llover las
últimas semanas. Cuando salí a podar la exuberante hierba, observé atónito que había brotado una
mujer. Era muy joven todavía. Y hasta bonita si le apartabas la maleza de la cara y te fijabas bien.

Como a mí no me gustan las mujeres, intenté arrancarla de raíz, perotan solo conseguí
desprenderle los brazos del cuerpo. Entonces eché fungicida en sus ojos, aerosoles que eliminan
las malas hierbas, excrementos para ahuyentarla con el olor. Nada. Ella, tozuda, cada vez más alta y
espigada. Incluso llegué a creer que no dejaba de llorar para regarse con sus lágrimas y sobrevivir,
por eso un día, harto, le corté la cabeza. Me equivoqué. Años después, ahí sigue, fuerte como un
roble, con los pies bien plantados en el suelo.

Y parece que va a florecer.

EL BIG BANG

Francisco Salvador Badía. (Castellón)

─¡Uf! ¡Qué bloqueo, mon Dieu! ─dijo Dios para sus adentros. Y a continuación se voló la tapa de los
sesos.

EN LA LUNA

Reyes Lliberós Monfort. (Castellón)

Cher ami,

Al final del camino, Bajo las estrellas, La soledad tiene un Color azul Oscuro Casi Negro, El cielo gira
20 centímetros y, en La noche de Los girasoles ciegos, El viento y Los 2 lados de la cama, Alzados
del suelo, tararean que el Amor es idiota y yo soy Una mujer invisible. No tengo miedo. La semana
que viene (sin falta) me compraré La máquina de bailar y pensaré en Cosas que hacen que la vida
valga la pena. Deseo Sólo un beso y Volver a Utopía, porque En la ciudad sin límites Un día sin fin
se convierte en Un año en la luna.

Bienvenido a casa.

Aunque estés lejos, Mi casa es tu casa.

Tuya siempre, Caótica Ana

ESPÍRITUS DE HAYA VIRGEN

Elvira Martín López (Santander)

La madera fue vestida con luces, chatarreras, sedas, abalorios y mazapán. Antes de eso la rajaron,
moldearon, bañaron y barnizaron. La escupieron acrílicos, intoxicaron sus anillos y sus vetas, la
maquillaron con oro y le ensartaron joyas.

Al final, cubierta la cima con un manto, quisieron hacernos pensar que ahora era mucho más
virgen.

PIANISTA BAJO LA LUNA

Cada vez que ejecutaba una pieza con su teclado de segunda mano se le encogía el corazón. No
por la ternura que le producía, sino por la falta de magia, de sonoridad, por la rudeza de las teclas.

Sopesó. Se compró con sus ahorros un piano de cola, clásico.

Midió la estrechez de la calle, y aunque justo, el piano entraba sin sufrir daños.

El transportista le dejó el hermoso instrumento en la acera. «A partir de aquí es todo suyo». Un


amigo y él lo llevaron hasta la puerta, pero ¡Ay, imperdonable error de medida!, la angosta entrada
de la casa fue infranqueable.

Desesperado ató el piano con un candado a la puerta. Ese día, llorando en la calle, tocó el Canon
de Pachelbel más hermoso jamás escuchado. Al día siguiente, los muchachos del barrio lo habían
hecho trizas. Era el día de San Juan.

VIL METAL

Precisando realizar obras en la techumbre del monasterio de Los Jerónimos de Córdoba, su abad
fray Abilio, propuso a la comunidad bajar hasta la ciudad para recoger limosna con tal fin.

Se presentó el abad en la casa de un rico hacendado, al que expuso el motivo de su petición, a lo


que el viejo avaro respondió haciéndole entrega de una moneda de veinte duros.

Hizo recuento el monje de las limosnas al final de la jordana y pudo comprobar la falsedad de la
moneda de veinte duros.

Se acercó el viejo avaro a comulgar en la misa dominical, momento que aprovechó el abad para
sustituir la oblea por la moneda y se la introdujo en la boca. Ante el aturdimiento del feligrés éste
se acercó al oficiante susurrándole al oído:

‒ Padre, no logro pasarla.

A lo que éste le respondió:

‒ Yo tampoco lo logré.

HETERODOXIA

He soportado con calma trapense la ausencia de mujeres. He aceptado, no sin náuseas, la comida
sosa y frugal. Me he habituado a esta soledad sobrecogedora, a su insensato color gris. A todo eso
me he acomodado, en días de tempestad y penumbra, en años de añoranza perpetua… Pero hoy
os digo que no continuaré, que no prorrogaré mi estancia ni un día más: o el abad me explica qué
coño hace el cráneo de Lenin en mi celda, o abandonaré este templo para siempre.

UN PASO DECISIVO

Como Julio César, pasamos el Rubicón. Era un bonito día de primavera y el sol, en la misma calle
que ahora solo lleva su nombre, nos acariciaba el rostro con mano templada. Carmen me preguntó
si yo creía que un libro podría cambiar el mundo. Yo le pedí que intentara imaginar este mundo tal
y como lo conocemos –con todas sus imperfecciones, con todas sus crueldades e injusticias– pero
sin libros, ni pinturas, ni cine, ni música… Imagina, añadí, que nos viésemos obligados a vivir sin
arte ni literatura. ¿No sería este un mundo mucho peor de lo que es ahora? Incluso para muchas
personas mentalmente sanas ni siquiera valdría la pena vivir en un mundo así. Le dije que pensara
en ello detenidamente y que luego tratara de reformular su pregunta.

Éramos jóvenes, y los días transcurrían lentos y felices si mal no recuerdo.

Sin título

He soñado que me llamabas para decirme que la vida no tiene sentido sin mí sólo las próximas 24
horas en la Calle del Sol de Santander.

He subido al tren, pero lo ha parado un apagón eléctrico porque tú metiste una Barbie en el
microondasdurante el verano de 1992.

Sé que si llego a ese bar donde estás desayunandovamos a ser un par de mecheros deseando que
alguien nos invite a encender el cigarrillo que le matará.

Pero en vez de ir, me he metido en la bañera a nadar en círculos para formar la ola que te tiró de tu
ballena hinchable cuando tenías 9 años. Esa ola que te hizo pensar en lo efímero de la vida como
para estar tonteando con morenas y castañas en vez de ir a buscar a la rubia de tus sueños.

EL MISTICISMO INSPIRADOR
Unas escenas que inspiraran a quien las viera una fuerte convicción religiosa. Eso es lo que me dijo
que quería el fotógrafo. Y yo, que había ingresado en el monasterio, o me habían ingresado a la
fuerza más bien, porque no teníamos en casa comida suficiente para los ocho, cogí una calavera
del osario, una cualquiera, no sabía a quién pertenecía, y la contemplé concentrado, tratando de
discernir el origen de la fractura occipital, mientas pensaba, como no podía ser de otra forma, en la
imagen del Hamlet de Shakespeare vagando de un lado a otro de las almenas de su castillo en
Dinamarca, cavilando en por qué Shakespeare había decidido situar la historia en ese país, como si
Inglaterra no dispusiese de castillos y mansiones por doquier. No, así no, dijo el fotógrafo. Tiene
que ser más mística. Imagínate cagando en el baño.

LOS PARES

Tú llevabas la cuenta del tiempo que estuvimos juntos: me dijiste enfadada que 4 años y 6 meses.
A partir de ese día lo anoté todo: las 38 veces que te hice llorar, los 34 regalos que te ofrecí para
ganarme el perdón, las 2 veces que me dejaste. Había luz en el 4º piso, donde vi la silueta del
hombre con el que me engañabas. Telefoneé 20 veces. Subí la cuesta y los 4 escalones que daban
al portal. Al 10º timbrazo, abriste. A él no lo encontré: se habría ido por los tejados, iluminado por
la luna. 2 jarrones cayeron al suelo. 16 puñaladas contabilizó el forense. Al final del año, la
estadística borró nuestros nombres: tú fuiste la víctima número 40 y yo el preso suicida número 8.

BABEL

Si abajo estamos nosotros; si arriba, en la habitación, estarán nuestros cuerpos desnudos; si no hay
ascensor en este edificio de mala muerte, ¿no intuyes que vamos a subir la escalera más larga del
mundo?

ENCUENTO

Es medianoche en la Calle del Sol. Espero a Carmen frente a la iglesia del mismo nombre para
conocerla en persona luego de enamorarnos durante tres meses por chat. Quedamos aquí y ahora
para hacernos los interesantes, pero no creí que habría tanta gente, aunque debí sospecharlo. Por
más día muerto que sea, este lugar siempre está lleno de vida.Impaciente, me alejopara buscarla,
pero me abro demasiado. Cuando regreso, noto que ha pasado suficiente tiempo como para que
ella haya llegado, no me haya visto y se haya retirado. Maldigo haber olvidado mi celular. Aguardo
dos horas más hasta que renuncio y me voy a casa. Recién concilio el sueño al mediodía y
despierto al anochecer. Mi teléfono parpadea en mi mesa noche porque tengo un mensaje.
Carmen me agradece por una tarde inolvidable. No cabe duda. Mi otra personalidad sabe usar mi
cuerpo mejor que yo.

Las chaquetas amarillas

Aunque impartíamos clases en la misma facultad, carecíamos de una relación estrecha. A veces
coincidíamos en el campus y abordábamos temas aplazables y sutiles: el problema de la identidad,
la soledad de los laberintos, la seducción precisa de las metáforas borgianas. Una mañana, sin
venir a cuento, me confesó que sufría pesadillas temibles. Noche tras noche, sin excepciones,
soñaba que era otra persona. Qué persona, le pregunté movido por la curiosidad y, con expresión
abochornada, me confesó:

– Usted; sueño que soy usted.

Paseábamos por un jardín interminable y me quedé largo rato en silencio. Recuerdo que ambos
llevábamos una chaqueta amarilla y que los vencejos chillaban en el cielo. Entonces, alzando la
voz, agregó:

– ¿Estaré enloqueciendo?

Yo lo miré fijamente y, agitándome en la oscuridad, susurré:

-Despiértate, despiértate…despiértate de una vez.

Diminutos

El asesino se había molestado en dejar el cuerpo de su víctima sentado en una silla, en la calle. El
haiku estaba al lado, sobre una mesita:

Son tan fugaces

que podrían competir

con los segundos.

Lo descubrió un vagabundo que solía pasar las noches en aquella zona. Cuando llegué, sujetaba
una botella de ginebra con decisión, como si los dos agentes que lo custodiaban fueran a
quitársela. Tras detallarme lo que había visto, le pedí su opinión. Echó un vistazo al cadáver y
respondió que el poema le parecía una bonita forma de describir los pechos de una mujer. Le
recomendé cambiar de bebida, tenía la seguridad de que el asesino se refería a su propios haikus.
Contestó que yo debería hacerlo de mirada, la claridad es una virtud que escasea tanto como los
buenos tragos. En ese momento supe que entre los dos resolveríamos aquel caso.

Él

Era una persona distraída, soñadora y algo orgullosa, aunque complaciente.

Su madre se lo reprochaba a menudo: “Siempre estás en las nubes”.

Su padre se indignaba con relativa frecuencia: “Vives en tu nube”.

Su hermana mayor le aconsejaba de vez en cuando: “Baja ya de la nube, muchacho”.

A su hermano pequeño le encantaban los dulces: “Cómprame unas nubes, porfa”.

Un día, el chico desapareció y ahora su familia clama al cielo.


Escalera sin fin

Quizá me estoy volviendo loco, pero juraría que me persigue mi doble. Dicen que eso es una mala
señal. Decidido a despistarlo, aprovecho para acelerar el paso después de doblar una esquina. Por
fin llego al hotel y me refugio en mi habitación. Sin embargo, unos minutos más tarde alguien
golpea la puerta. ¿Será el otro? No quiero saberlo. Prefiero escribir, centrarme en mis propios
pensamientos. Esto es lo que escribo: Quizá me estoy volviendo loco, pero juraría que me persigue
mi doble. Dicen que eso es una mala señal. Decidido a despistarlo, aprovecho para acelerar el paso
después de doblar una esquina. Por fin llego al hotel y me refugio en mi habitación. Sin embargo,
unos minutos más tarde alguien golpea la puerta. ¿Será el otro? No quiero saberlo. Prefiero
escribir, centrarme en mis propios pensamientos. Esto es lo que escribo: Quizá me estoy volviendo
loco…

Hartazgo

La tarde era perfecta mientras la esperaba y nada hacía presagiar tanta cerrazón en su
comportamiento. Incapaz de hacerle razonar, le advertí que su obligación era la de ser sumisa y, sin
embargo, se mostró tan altanera, que al final consiguió irritarme. ¡Estúpida!, recuerdo que le grité
ya hastiado de que no cediese a mis propuestas. Reconozco que por un momento perdí la
paciencia y que tal vez me porté como un estúpido cuando, llevado por la ira la zarandeé, ¡pero es
que me sacaba de mis casillas! Cansado ya de intentar convencerla por las buenas, busqué la
forma de asentarla por las malas y una chapa me concedió ese momento de felicidad que tanto
anhelaba. Al fin pude nivelar la puñetera mesa.

La escritora

Había revisado el texto varias veces… quería asegurarse de que la historia terrible que contaba se
entendiese… Había dibujado con infinito esmero cada letra y había expresado sus miedos y
emociones. Satisfecha del resultado, guardó prolijamente la hoja en el bolsillo…

Cuando llegó a su casa reunió a toda la familia sin querer siquiera sacarse el pintorcito sucio con
acuarelas y crayones… sacó el papel manchado con dulce y migas y lo leyó buscando la aprobación
de los adultos…

«El oso se asoma»

Y recibió un aplauso unánime que la consagró para siempre.

Leyendo

Tras contarle que había encontrado restos de alas en mis hombros y me preocupaba la posibilidad
de estar convirtiéndome en un ángel, el doctor se interesó por mi trabajo. Respondí que
atravesaba las librerías mientras iba descubriendo a los hombres por los que sentía afinidad, ya
fueran soldados, vagabundos, eruditos o mujeres.

Me preguntó cuánto bebía. Contesté que la cantidad suficiente para llegar a tocar con los ojos.
Me recetó dejar el trabajo y la bebida. Como no me gustó su diagnóstico lo agarré por el cuello y
apreté hasta que salió el ángel que llevaba dentro.

Nada más dejar la consulta tropecé con Teresa Wilms. Llevo una temporada con ella. Convencerla
de que cambie el champagne con veronal por un trago del licor tónico del capitán Burton es un
oficio que puedo compaginar con el de seguir leyendo.

Charco

Despistada, Doña Perfecta no puede evitar, al cruzar la calle, pisar el charco haciendo trizas parte
del reflejo del cartel identificativo situado encima del escaparate: LIBRERÍA.

El caballero encantado – nunca mejor aplicado – saluda con ligero toque de sombrero a las
inseparables Fortunata y Jacinta. Cobijadas bajo el paraguas, se sonrojan ante la solicitud de
acompañamiento del hidalgo en su paseo por la calle Del Sol, sabedor éste del destino común al
que se encaminan.

Ya en el local reciben la bienvenida de Marianela, Tristana, y Nazarín, quienes apostados por las
estanterías, esperan expectantes que con la llegada del autor, se dé el toque de campana necesario
para el comienzo de la tertulia.

Don Benito observa perplejo el charco ya calmado. Lee, ahora sí, el reflejo del escaparate:
LIQUIDACIÓN POR CIERRE. Descompuesto entra en la librería

“Esto sí que es un Episodio Nacional – acierta a decir.

Swingers

Aburridos en la biblioteca desde hacía siglos, los antiguos libros decidieron despojarse de su clásica
solemnidad y entregarse a un desenfrenado intercambio textual, con lo que dejaron sus títulos en
la guarda para proteger el anonimato del desmadre colectivo, a lomo descubierto.

Ya completamente descosidos, y sin orden ni concierto, argumentos, consideraciones, episodios


secundarios, protagonistas, deuteragonistas, tiempos y espacios, cobraron una vida más excitante
al entreverarse en las intimidades de sus vecinos, pletóricos de promiscuidad e intercambio
transgénero, foliándose entre sí.

Al cabo de un tiempo, muchos de ellos no recordaban siquiera su nombre, ni mucho menos su


trama de procedencia o sus fuentes bibliográficas originales, por lo que el anticuario los relegó al
sector de “Incunables con demencia senil y otros procesos degenerativos”. Es por ello, por recato,
que no aparecen hoy en la foto. Tampoco es cuestión de andar ofendiendo la memoria de don
Benito.

Relativo

El hombre de traje negro, bombín en la cabeza y bastón en la mano, bajaba las enrevesadas
escaleras, pero al mismo tiempo las subía y pasaba por detrás.

—¿Es usted Maurits Cornelis Escher, el famoso xilógrafo?

El hombre hizo un gesto significativo, dando a entender que no comprendía mis palabras. Se las
repetí en neerlandés, a pesar de que ni siquiera sospecho ese idioma.

—Ah —respondió él en el dialecto universal de los ofuscados. Y señaló la réplica de sí mismo que
en ese momento atravesaba el firmamento.

—¿Le gustaría tomar una copa de vino para disipar la borrachera que parece haber secuestrado
nuestros sentidos?

Escher se encogió de hombros, pero casi de inmediato fue invadido por una furia incontenible,
llevó sus manos a mi cuello y me estranguló. Traté de explicarle que yo era escritor, no crítico de
arte, pero él se alejó hacia los cuatro puntos cardinales, simultáneamente.

Otra cita en Disneylandia

Un momento antes, la silla vacía, el libro y la botella con las flores presagiaban el arribo de
Carmen, la pícara odontóloga de la que me había enamorado aquella misma mañana, cuando
devastado por un atroz dolor de muelas concurrí a su consultorio de la calle del Sol, a pasos de
Plaza de Amaliach. Allí, tras anestesiarme y muñida de toda la maña que pueda imaginarse, ella se
hizo cargo de mi sufrimiento y lo convirtió en puro deleite. Un momento después, ya seguro de
que no vendrá, sigo contemplando la silla, el libro y la botella; comprendo que me ilusioné como
solo un chico puede hacerlo. La única solución que se me ocurre es llevarla a Pasadena, frizarla y
esperar unos quince años para sacarla del hielo seco. Por entonces tendremos casi la misma edad.
Si Walt Disney lo hizo…

Sin título

En el escaparate de aquella librería, durante algo más de un año, se expuso, página tras página, un
libro con el que yo me crucé por casualidad. Leí, frente al cristal, aquellas palabras que me
atraparon. La intuición de que allí fluía algo, hizo que volviera a diario. Me daba vergüenza, no
había una parada de autobús o algo que me obligara a permanecer tiempo en aquel lugar. Así que
me inventé un porqué para mi asidua presencia: yo iba a escribir un relato, y aquellos minutos de
lectura me conectaban con el infinito espacio vacío del que dispone toda mente humana, donde
nacen el arte, la filosofía y la intimidad. Nunca tuve que utilizar esta excusa porque nadie se
percató de mi presencia; quizá, el dueño de la librería, quien rigurosamente pasó, una a una, todas
las páginas del libro hasta el último punto final.

Super-posición

Baila, baila…pequeña langosta… ¡qué agilidad! Pero yo no te quito ojo. Estás en mi punto de mira y
todos mis rapdómeros reciben la luz polarizada que viene de tu dirección, que llega por
superposición refractante, reflectante y parabólica, y con gran resolución. Es lo que tiene gastar
vista esquizocroal. Mírame a través del trenzado hexagonal de la malla de alambre y sabrás de qué
te hablo.

Sí…soy el cangrejo que está al fondo a la izquierda, el más rojo y audaz, y tengo un plan: escaparme
por el agujero que he encontrado en esta jaula-trampa y caminando sigilosamente, por supuesto
de lado, trepar hasta tu poderosa pinza para que pierdas el equilibrio y salgas de tu super-posición.

De cañas

«¿Te viene bien a las 8 en el Rubicón para unas cañas?»

Estaba leyendo su whatsapp y no podía creérmelo, en 3 años era la primera vez que quedábamos
sin planearlo, tomando él la iniciativa.

«¡Ok!»- Contesté.

Camino de la calle del Sol iba pensando en cuantas veces le había reprochado su falta de
espontaneidad y ahí estaba yo rumbo a una cita….¡¡¡¡UN MARTES!!!!

Llegué pronto, me senté en la barra impaciente y pedí una caña.

Sonó mi teléfono, era él.

» Hola!¿Ya estás allí? »

«Sí»

«¿Qué llevas puesto?»

«El vestido negro que tanto te gusta» – contesté, pensando en lo pícaro que le encontraba.

«¡Ok!»

Y colgó.

5 minutos después un chico se acercó a mí.

«¿Carlota?»

«Sí»

«Mauro me dijo que buscase a la chica del vestido negro… Aquí están las cañas, dile que para los
carretes quedamos otro día»

¡¡¡MALDITA AFICIÓN A LA PESCA!!!!

Punto de lectura

Todo comenzará en el punto de intercambio de lectura, en la librería del barrio. Él dejará un libro
por error. Ella lo encontrará por casualidad. El libro resultará ser el diario de aquel, y ella se
enamorará sin haberle visto jamás.

Escribirá y añadirá un final. El final que habrá estado deseando en su corazón. Y eso le condenará.
Pues convertirá la historia real en una novela de ficción.

Desde el más allá

En vida el señor Cosme fue un apocado, un don nadie. Pero al morir, la cosa cambió a mejor.
Ocurrió un martes, cuando salía del cafetín donde echaba las tardes; allí, se pedía siempre una tila
y se quedaba mirando a Maritere, la dueña, de quien estaba secretamente enamorado. Aquel día
al cruzar la calle una furgoneta le pasó por encima.

—Quiero ser enterrado en mi pueblo, junto a la tumba mis padres ―dijo, y expiró.

La bolsa con sus cenizas se la llevó Maritere, que fue la única que asistió a las exequias. Por
guardarlas en algún sitio, las volcó en un florero que puso de adorno en la mesa del patio de atrás,
donde se manoseaban los amantes.

Por primavera, el agua de lluvia traía alguna semilla que fertilizaba en las cenizas, y salía una flor.
Entonces las parejitas la deshojaban, esperanzadas:

―Me quiere, no me quiere…

Adolesdecadencia

A los quince tuve mi iniciación sexual –satisfactoria, gratuita y onanística- probé mi primer cigarro,
robé un puro a mi padre y un porro a mi hermano. Vomité tras cepillarme la petaca de orujo del
abuelo. Lloré al conocer la muerte de Lennon y más cuando mi novia llamó para dejarme, seguida
de un amigo que la había visto morrearse con otro en la calle del Sol; colgué y seguí llorando. Entró
mi abuelo al cuarto y al descubrir que yo era- a sus ojos- el ladrón de su petaca, pajillero, drogata, y
encima un marica llorica, fan de un hippy loco; tuvo tal disgusto, que cayó fulminado de un ataque
al corazón. Cogiéndole su pistola de ex Guardia Civil quise acabar con mi vida, pero opté por seguir
manteniendo esta intensidad vital a lo largo de mis días. Y lo voy consiguiendo, aunque ya ande un
poco decadente…

Stretto solámbulo

Se cruzaron por casualidad, en la espiral caótica de una escalera inarmónica. Carmen llegó con el
espíritu lunático de la lírica romántica; Eolo, con las notas místicas que ruedan en el éxtasis
noctámbulo de las almas inquietas.

Por casualidad se miraron: un compás efímero, un gorjeo de pájaro errante.

Ella se perdió entonces en el sonido cálido de su melodía poética, en los abismos de su música, en
el eco onírico de su fantasía, en las profundidades geológicas de su voz, en el enigma expansivo del
océano hipnótico de sus ojos.

Él, que se fusionaba con el ritmo etéreo de la flauta, advirtió las rasgaduras cársticas de los ojos
míticos de ella, como recién salidos de un acorde náufrago.

Tras el concierto, tres palabras ilógicas, lívidas como el viento.

Tras el crepúsculo, una mirada furtiva, un recuerdo mágico y perenne… La música sigue sonando.

Almas de barra

Con el codo apoyado en la barra y la frente en los nudillos, a modo de pensador, abatido más por
el peso de los vinos que del conocimiento, vi entonces a la que me pareció ser la “bella ingrata,
amada enemiga mía”-como dijo el Triste Hidalgo- a quien yo podría llenar su vacío. Crucé el
Rubicón esperanzado y fui yo el primero en hablar.

-Perdone señorita, pero, ¿ha pensado usted en lo fácil que es perder la perspectiva y que, tal vez,
lo único realmente importante sea la salvación del alma?

-Déjame en paz, eres un borracho y un baboso.

-Sí, pero sepa que ese no es mi pecado, sino mi virtud.

-Adiós imbécil.

Y fue ella la última en hablar.

Adivinando mi desconsuelo, Tarek me ofreció otro vino. Siempre me había parecido buena
persona, puede que hasta tuviera perro. Y no le dije que no.

Trampantojo

Un día llegué y no estabas. Había sido un largo estío pero ya era octubre. Treinta horas
esperándote me convencieron de que no regresarías. Me acerqué sigilosamente peritando el
silencio de las ocasiones solemnes. Colgaba tu jersey sobre la silla porque refrescaba. Cerré tu libro
marrón posado sobre la mesa. Johannes Vermeer. Una biografía. En la contraventana color rojo de
sangre dibujé con tiza un pez gato besando la raspa de una sardina. Así éramos. Yo como un felino
acechante merodeando alrededor de tu casa. Tú delgada como una espina te desdibujabas.
Introduje en la botella verde a modo de ofrenda, el ramillete extrañamente alargado de flores
moradas que te traía. No estabas en el centro de ese raro bodegón. Habían empezado las primeras
lluvias limpiando las paredes de tanto hiperrealismo sucio. Me acerqué más y vi tus ojos
desteñidos en un charco. Lloraban lágrimas de trampantojo.

Caos

Un amanecer plomizo cuando se despertó su mujer le tenía la cena preparada se puso el pijama y
se fue al hospital como un autómata con un ramo de las flores porque le gustaban todos los
caminos llevan al cementerio al final con su ropa arrugada zapatillas de andar por casa cabizbajo
como un espectro sin alma recordando los días en que su mujer lo acompañaba todavía
masticando soledad se cruzaba con una muchedumbre silenciosa que caminaba en todas las
direcciones buscando algún sentido el autobús pasaría sin detenerse el accidente volvió sobre sus
pasos abrió el portal llamó al ascensor y pagó el billete cómo está su esposa caballero guardó la
vuelta las dos cincuenta es buena hora para recogerse quitarse el pijama acostarse cerrar los ojos e
intentar ordenar un poco el caos en que se había convertido su vida.

Al día siguiente, otro amanecer idéntico.

Mentira piadosa

Mi abuelo tiene el don de la ubicuidad. Yo he heredado el don contrario, el de no estar en ninguna


parte. Mi madre dice que son imaginaciones mías, que si nadie me ve, es sólo porque la gente
tiene el don de estar mirando siempre hacia otro lado.

Ayer yo tenía una reunión de vecinos y falté porque quería estar en una fiesta de despedida a la
que no asistí porque tenía una partida de mus que no se celebró porque me ausenté para acudir a
una clase de baile que me perdí porque necesitaba tomar una taza de chocolate que se quedó fría
mientras yo acompañaba a mi abuelo para que nos hicieran la fotografía que es la prueba
irrefutable de su don y del mío.

He obligado a mi madre a mirar la foto y asegura, mirando al techo, que salgo guapísima.

Primer Premio

¿Cuánto por una cabeza?

La crisis económica parece haberse confabulado con la sentimental.

Con lo que saca dando clases particulares apenas consigue pagar el alquiler de su cutre-
apartamento. Escucha en el telediario que la crisis ha empujado a muchos a vender sus órganos, e
internet se lo confirma.

—El que recibe el riñón se cura y es feliz —le dice un traficante por teléfono—, tú consigues dinero
y eres feliz, yo me llevo un porcentaje y soy feliz. Todo mi negocio está basado en la felicidad.

—¡No es felicidad sino desesperación!, le grita antes de colgar.

Tras beberse la botella de vino ella sola, se desnuda ante el espejo del ropero para palpar los
órganos de los que podría prescindir… que si un riñón, que si un coño (total para lo que lo uso),
que si… entonces se fija en la pared y vuelve a llamar por teléfono:

—¿Cuánto por una cabeza?

Relaciones fugaces
Suena el teléfono, lo descuelgo.

—¿Diga?

—¿Nazaret? Soy yo, preciosa. Ya estoy a la altura de El Sardinero. El tráfico está espeso como las
lentejas que hace tu madre —reprimo una carcajada—. Aún así, estaré ahí en unos minutos.

—De acuerdo.

—No quiero que me recibas desnuda como la última vez —me pide.

—¿Entonces?

—Déjate los pendientes puestos, el tiempo ha refrescado —susurra con voz de arena.

—Es así como voy ahora vestida —le informo, sintiendo arder las mejillas y el mistral trepar por mi
espalda como una enredadera.

—Pues dile a tu piel que la espera ha concluido, porque mis labios ya están a siete semáforos de
distancia —dice antes de colgar.

Me retiro del teléfono con una sonrisa en mis labios fruncidos, y sin ningún remordimiento por
haberle mentido a un desconocido. Y es que cuando pasas de los sesenta años, los hombres solo te
llaman por equivocación.

Chica lobo

“Sed como lobos” decía el filósofo loco y caperucita le hizo caso y se puso su cabeza.

Feroz

El ansiolítico, la caja de laxantes, unos analgésicos y el protector gástrico. Ya tengo todos los
medicamentos, así que me dirijo a casa de mi abuelita.

No deja de llover y mis medias rojas están empapadas. Un amable hombre-lobo se ofrece a
acompañarme con su paraguas. Caminamos cogidos del brazo y en seguida me siento atraída por
su irresistible perfume animal.

A la abuelita no le importa que vaya con chicos a su casa, así que recibe con agradecimiento la
bolsita de la farmacia y se encierra en su cuarto para no molestar.

Nos quedamos solos y se desata la pasión. Me vuelve loca que me muerda al besarme, yo le clavo
mis uñas entre su pelo. Cuando saco la guillotina, él todavía cree que es un juego. Le ato y me
enseña los dientes. La cuchilla cae y llega el orgasmo.

– Abuelita, ya puedes sacarme la foto.

Vuelo en pompa
Hay que reconocerlo, las pulgas se lo saben montar. Se habían invitado solas a casa, y ya llevaban
un mes de okupas, instaladas en mi sofá favorito; amargándonos la vida, haciéndome rabiar como
a un perro, rasca por aquí, rasca por allá, y ellas todo el día y toda la noche de juerga. Además, se
debió correr la voz de sus raves y cada vez venían más. Probamos varios métodos naturales, pero
nada ¡no había manera de invitarlas a irse! Hasta que hoy, mi compañera de piso, que sabe mucho
de viajes, les ha hecho una oferta irresistible: chute de pipeta azul, baño aromático con mucha
espuma y vuelo en pompa a la troposfera. Y míralas, ahí se van, tan a gusto, en esas naves-burbuja
de habitáculo panorámico, cabina presurizada y laminado transparente con filtro arcoíris, mientras
yo estoy aquí todo mojado apestando a albaricoque.

NÁUFRAGO

Robinson releyó la carta que había escrito en el reverso de la manoseada notificación bancaria
que, durante meses, había permanecido olvidada en su cartera. La enrolló y la introdujo en la
botella de Coca-Cola. Elevó el brazo y, tras un profundo suspiro, la lanzó al interminable mar de
nubes que le rodeaba. El vidrio, de un transparente color verdoso y labrado con las características
ondas de la marca de refrescos, lanzó un pequeño destello antes de hundirse en la espesa bruma.

A continuación subió al montículo que coronaba su pequeña isla suspendida en la nada y se sentó
a otear el horizonte, como lo hacía todos los días desde que su avión lo lanzara a la atmósfera tras
la explosión. A lo lejos pudo ver la cola de un 747 cortar el esponjoso océano como la aleta de un
tiburón, antes de que las nubes borraran de nuevo su estela.

Malos tiempos

Malos tiempos cuando el banco ignora las súplicas;

cuando el teléfono ya no funciona;

cuando ella vive con sus padres y mis hijos;

cuando suena el timbre y recuerdo una fecha;

cuando la Opresión aguarda tras la puerta;

cuando los abogados debieron vender su toga;

cuando una orden judicial contiene tu nombre;

cuando el policía baja la mirada avergonzado;

cuando un funcionario se siente cómplice;

cuando sucumbo al vacío de la santanderina calle del Sol.

Malos tiempos impresos sobre pavimento a la entrada del Rubicón.

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