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Temario de lengua castellana y literatura Tema

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TEMA 48
LA LÍRICA RENACENTISTA EN FRAY
LUIS DE LEON, SANTA TERESA Y SAN
JUAN DE LA CRUZ.

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INTRODUCCIÓN

La primera mitad del siglo XVI estuvo signada por la eclosión del espíritu renacentista que
venía configurándose en Italia desde más de un siglo antes. El Renacimiento inunda España tanto en
su vertiente religiosa como en la pagana. Las universidades se ponen al día, se multiplican los
estudios y ediciones de autores clásicos, teatro y novela apuntan tímidamente a nuevas formas, la
poesía entra directamente en la modernidad con Garcilaso y la lengua vulgar alcanza un prestigio
inusitado tras su sistematización gramatical realizada por Nebrija y el impulso de Juan Valdés. Tras
los movimientos erasmistas de carácter reformista y el avance de tesis protestantes, pronto surgirá un
nuevo movimientos contrarreformista que intenta seguir las directrices dadas por el Concilio de
Trento. En España, que acabará convirtiéndose en baluarte de la reacción (oponiéndose a
machamartillo a los luteranos y calvinistas primero y a iluministas y erasmistas después), este
cambio de mentalidad hará que se aleje de la senda europea y la constituirá en enemigo a batir por
buena parte de los países europeos.

En la segunda mitad del siglo, que corresponde casi íntegramente con el reinado de Felipe II,
los problemas se multiplican para España lo que hará que abrace con entusiasmo los principios
rectores del Concilio de Trento (1545-1563), plasmación del catolicismo más integrista. España
sigue siendo reconocida como la potencia dominante y hegemónica pero se ve obligada, con medios
escasos, con una población en declive y con una economía renqueante, a mantener abiertos
demasiados frentes de lucha. Consecuencia de todo ello, el intercambio cultural se retrae hasta
límites inconcebibles. Sus consecuencias serán el seguimiento y vigilancia de todos aquellos
escritores que parezcan sospechosos de no seguir la línea ortodoxia conciliar. Intenta imponer la
fuerza de las armas y por la coacción del pensamiento y de la escritura). Como resultado de esto,
escritores como Juan Valdés, Francisco de Encinas, Cipriano de Valera... salen de España dejando
paso solamente a aquellos humanistas no sospechosos.

Por lo que se refiere a la producción lírica, del tronco italinista representado por Garcilaso,
surge una bifurcación, de un lado la escuela salmantina que produce una poesía con un sentido
hondo, razonada y filosófica con escaso halago formal y de carácter sobrio que encabeza Fray Luis,
del que hablaremos a continuación; y una escuela sevillana que da nacimiento a un lirismo rico en

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formas, seducido por la brillantez expresiva, que hace de la retórica un culto sostenido, fomenta la
sensualidad y la belleza formal y que se inclina al manierismo, cuyo caudillo será Fernando de
Herrera.

Sin embargo no parece propio hablar de escuelas enfrentadas. Son los poetas sevillanos,
probablemente, los primeros que escriben con regularidad y perfección las odas horacianas. Por otra
parte, en la Salamanca de la segunda mitad del siglo XVI, Petrarca cuenta con excelentes imitadores,
entre ellos el Fray Luis de los sonetos y canciones. Como tampoco está justificado identificar los
rasgos de Herrera o Fray Luis con los de los poetas sevillanos o salmantinos.

Por otra parte, es cierto que ambas escuelas y sus representantes son los hitos iniciales que, en
época barroca, llevarán los nombres de conceptismo y culteranismos, pero no serán las únicas
escuelas de lírica renacentista, así hay que señalar también importantes actividades poéticas en
Valencia, en la escuela vallisoletana y la antequero – granadina, amen de la corriente mística de la
que San Juan y Santa Teresa serán los máximos representantes.

FRAY LUIS DE LEÓN


Fray Luis de León, aunque es conocido por sus obras en prosa como De los nombres de
Cristo o La perfecta casada, es un grandísimo poeta. Nace en Belmonte del Tajo (Cuenca) en 1527 y
muere en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) en 1591. Estudió en Salamanca donde profesa la
orden agustina. Destaca por sus conocimientos clásicos y bíblicos, lo que le lleva a obtener la
Cátedra de Biblia con 32 años, de hecho llegó a ser unos de los mejores hebraístas del momento. La
traducción del Cantar de los cantares, cuya prohibición era claramente vigente, por petición de su
prima monja Isabel de Osorio, le llevó a la cárcel, donde permaneció cuatro años, aunque finalmente
salió absuelto tras un enojoso proceso en el que se defendió e incluso culpó a los jueces de alargar su
prisión y “querer acabarme la vida porque me hallan sin culpa”. A su salida, volvió a ocupar la
cátedra de Teología eclesiástica entre agasajos extraordinarios. Comenzó su disertación con el
elocuente pero sencillo “dicebamus hesterna die”, decíamos ayer. Se convirtió en una de las figuras
más respetadas de su tiempo hasta su muerte, siendo Provincial de su Orden, en 1591.

Su obra lírica no puede en modo alguno desligarse de su erudita condición de catedrático, ni


de sus profundos conocimientos bíblicos, ni de su sabiduría en letras grecolatinas o de su cultura

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humanística sabiamente asimilada. En Fray Luis, el más clásico de los poetas españoles tenemos la
cultura renacentista plenamente integrada en su personalidad.

No es un profesional de la poesía. Sin embargo no hay que tomarse en serio el desdén que el
mismo manifiesta hacia estas “obrecillas” hechas a ratos perdidos en su mocedad, caídas “como de
entre las manos”, ya que en su confección les ha dedicado una atención considerable. Significan
mucho en su vida, son la expresión más directa de sus contradicciones y conflictos. Escribe, como él
mismo expresa, para olvidar otros trabajos; pero esas pensamientos están siempre presentes. Esta
autenticidad dota de indudable fuerza los versos del fraile. Aunque en ellos haya determinadas
“imperfecciones” formales (asonancias, rimas fáciles, prosaísmos, pleonasmos retóricos...) quedan
compensadas por la sinceridad, por los singulares aciertos expresivos y por una originalísima
concepción de la poesía.

De su obra, bastante breve pues apenas cuenta con cuarenta composiciones, no conservamos
ningún autografo. Estuvo inédita hasta que la publico Francisco de Quevedo en 1631 bajo el título de
Oras propias y traducciones latinas, pero sí circularon entre sus amigos copias, de ahí el gran
número que se conservan u las variantes y las deturpaciones oportunas de tal sistema de transmisión.

El propio Fray Luis dividió su poesía en tres apartados: poesías originales, traducciones de
poetas profanos y traducciones sacras o versiones de la Biblia. La mayor parte de la poesía original,
la que aquí nos interesa, a excepción de unos pocos sonetos juveniles, pertenecería al género clásico
de la oda.

La mayor parte de su producción lírica se caracteriza por las preocupaciones morales y por
una peculiar estructura que tiende a situar el núcleo temático en el centro del poema, de modo que el
remate sea un anticlímax o descenso del tono que reduce o anula cualquier tentación de
grandilocuencia.

Los metros italianizantes serán los preferidos por el poeta, solamente compuso en octosílabos
la décima Al salir de la cárcel y la Imitación de diversos. La estrofa más empleada será la lira. Esa
predilección no se debe al capricho o al azar, sino al propósito de romper con el amplio periodo
petrarquista, en busca de una mayor concisión y de una mayor agilidad expresiva; con su mezcla de
once y siete es la forma que más conviene a la poesía apretada, con rápidos quiebros, que renuncia a

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la sonoridad y al tono discursivo. Además, invita al recogimiento, la lira permite que cada estrofa
tenga autonomía, así el pensamiento del poeta va a una parte a otra como a salto.

Para Fray Luis , el sabio sigue una vida diseñada en torno a los motivos horacianos: la vida
retirada –secretum iter- que proporciona el ámbito de la plena felicidad – beatus ille – por medio de
la soledad y el alejamiento del vulgo –odi profanum vulgum- y la depuración de lo accidental –
mediocritas aurea-. Solo así se aspira a la interiorización, al autoconocimiento y al verdadero saber.
La virtud y la verdad logran la victoria sobre las adversidades representadas por la cárcel y por el
mar tempestuoso. El profundo sentimiento de la Naturaleza, de raíz virgiliana, le encamina hacia
Dios, autor del cosmos, cuya perfecta maquinaria refleja la suma armonía, signo de la divinidad.
Música, matemáticas y poesía reproducen a su modo el movimiento perfecto de las esferas celestes y
la solemnidad de la noche estrellada. El paradigma de ello lo encontramos en la Oda a la música o a
Salinas.

En este sentido, entre los temas dominantes, los más célebres versos cantan la soledad del
campo, el abandono de la lucha, la tranquilidad y la paz. Algunos críticos creyeron que la vida del
poeta fue eso, pero justamente fue todo lo contrario y quizá la autenticidad y la fuerza de sus versos
se deba precisamente a que expresan una aspiración no conseguida. Este tema aparece en al oda que
ocupa el primer lugar de todos los códices o impresos Qué descansada vida, la más conocida de
cuantas escribió que enlaza directamente con el Beatus ille de Horacio. En ella hallamos
magníficamente expresado el contraste entre la vida en solitario y las calamidades a las que lleva la
ambición humana.

Otro de los temas que exprese en muchos poemas será la emoción del saber. En Oda al
licenciado Juan Grial, se unen tres motivos muy frecuentes en él: la belleza de la naturaleza, la
invitación al estudio, la angustia por la injusta prisión que sufrió. La bienaventuranza del sabio
vuelve a surgir en la Oda a Felipe Ruiz.

Constante también es la imagen de la música como símbolo de la perfección, de la armonía


total que anhela el poeta. Oda a Salinas, que comienza con El aire se serena, refleja su cosmovisión
con Dios como maestro de la música celestial, además de exponer los efectos de la música y la
posibilidad por medio de ella de alcanzar el más profundo conocimiento.

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Por último, son varios los poemas en los que alude directamente al encarcelamiento y la
tardía liberación. Una esperanza que salió vana, Triunfo de la inocencia o Al salir de la cárcel. En
los primeros predominarán las notas de desesperación y de angustia, pero se tornarán en contento por
la libertad y canto a la verdad que vence a la injusticia en los últimos.

En cuanto al estilo, la poesía de fray Luis retoma una serie de símbolos que reflejan sus más
intimas vivencias y anhelos: el mar, la noche, la luz, el cielo, el aire, la música, aunque no siempre
tienen un único valor y no siempre éste es claro. Por otra parte, busca la sencillez depurativa que
reproduzca la obra poética, la armonía que Dios ha reflejado en la naturaleza y en el cosmos. Para
ello utiliza gran variedad de registros y además cristianiza los elementos paganos y los argumentos y
motivos clásicos quedan nacionalizados dentro del espacio de la imitación renacentista. Ritmo
rotundo y armónico, basado en las recurrencias fónicas y sintácticas. Imperativos y subjuntivos serán
los modos más utilizados en su afán moralizador y la aspiración a un mundo ideal. También es
significativo el abundante uso del epíteto esencial a imitación de Garcilaso y para enriquecer el
idioma no duda en acudir al cultismo.

Escribe también, como dijimos –La Perfecta casada, De los nombres de Cristo, una serie de
obras en prosa castellana que se centran en las Sagradas Escrituras. No atañen a la intimidad del
poeta, sino a su faceta de teólogo y escriturario. En ellas refleja un conocimiento exhaustivo de los
textos bíblicos, pero no sólo de ellos, sino también de otras obras religiosas.

Por último, se ha planteado la cuestión de si Fray Luis debe asociarse o no al misticismo.


Ciertamente presenta puntos de contacto con esta tendencia pero en sus versos prevalece la reflexión
intelectual sobre el arrebato místico o ascético. Esta es la opinión de Dámaso Alonso y de Federico
Onís entre otros teóricos.

Es su poesía, junto con la de San Juan, una de las cumbres de la poesía de todas las épocas,
no sólo por la perfección formal sino incluso por su musicalidad y por sus logros en el plano de la
expresión. Su corpus estético ha ejercido una influencia en la mejor poesía de cualquier tiempo
aunque Barroco, Ilustración y Romanticismo no fueran muy favorables a una comprensión profunda
de Fray Luis.

POESÍA RELIGIOSA

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En cuanto a la poesía religiosa de este momento, lo primero que hay que indicar es que
ascética y mística que, no en pocas ocasiones, se emplean como sinónimos, son en verdad dos
estadios diferentes en el camino de la perfección espiritual. Ambos dejan profunda huella en nuestra
literatura, tanto en prosa como en verso, aunque la mística española sea de aparición tardía, posterior
al Renacimiento cuando en Europa había sido un fenómeno medieval. Su carácter ecléctico se
percibe en la influencia compartida del platonismo como el tomismo, como corresponde a su auge,
contemporáneo al Concilio de Trento y a la Contrarreforma. Aliarán la razón y los sentimientos, la
acción y la contemplación. El punto culminante de la poesía religiosa española tiene lugar en la
segunda mitad del siglo XV con San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

Dicho esto, concretemos que tanto la ascética como la mística suponen un grado distinto de
acercamiento a lo divino. La ascética busca la elevación moral por medio de oraciones, penitencias,
meditaciones. Depende de la propia volunta del esfuerzo individual. En cambio, la mística parte de la
ascética, pero supone un nivel superior reservado para algunas almas escogidas a las que Dios
concede gracias especiales. En este sentido habrá que hablar de tres vías: la purgativa, a través de la
cual el asceta consigue alejarse de las cuestiones de los sentidos para alcanzar el estado de gracia por
medio de penitencias y disciplina; la vía ilumintavia, que lleva a la contemplación de la meditación y
la unitiva, que sería similar a la unión matrimonial con Dios. Por lo tanto sólo se consignarían como
místicos aquellos que alcancen la tercera de las vías.

Desde el punto de vista literario, la mística ofrece una mayor riqueza y complejidad. El
místico quiere transmitirnos sus experiencias pero no encuentra palabras porque aquellas pertenecen
al terreno de lo inefable. Recurre entonces a un lenguaje repleto de símbolos, metáforas y toda clase
de imágenes que quedan fuera de lo estrictamente racional. Sólo así consiguen transmitir sensaciones
que no se pueden reducir al lenguaje humano.

Junto con Santa Teresa o San Juan en las filas españolas de la literatura religiosa se dan
muchos más nombres que Menéndez Pelayo dividió en función de las órdenes a las que pertenecían.
Así: Juan de Ávila y Fray Luis de Granada son de los dominicos y Fray Alonso de Madrid y
Francisco de Osuna son franciscanos.

SANTA TERESA

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Santa Teresa, en realidad Teresa de Cepeda y Ahumada nace en Ávila en 1515. Descendiente
de familia de conversos, recibe una educación estrictamente devota. A pesar de sus males físicos
reformó la orden del Carmelo, para devolverla el rigor de los primeros tiempos, en 1534. En 1567
conoce en Valladolid a Juan de la Cruz, a quien arrastra al camino de la fundación de conventos
reformados de frailes. Muere agotada en Alba de Tormes en 1582.

La lectura del Cantar de los cantares será el inicio de la mística de Santa Teresa, de cuya
obra poética no se conservan autógrafos y la transmisión oral es la responsable de las variantes que
nos ofrecen los códices conservados.

Para ella, la poesía es estímulo emotivo con función religiosa. Sus canciones se basan en el
recuerdo de la poesía tradicional y de los cancioneros que debió leer en su juventud. El tema
principal será la antítesis vida-muerte, junto con el deseo de morir para encontrarse con su amado,
pues la vida se constituye como la cárcel que impide esa unión.

Otro grupo de villancicos que escribió tratará el tema navideño con ecos de la Crucifixión y
en una parte de la poesía se recuerda la convivencia conventual con sus monjas.

En cuanto al estilo de la santa, en sus libros deben destacarse como rasgos la simplicidad y
llaneza, evitando novedades y melindres, huyendo de agudeza y afectación, lo que no esta reñido con
la precisión y selección del léxico. Carece de pretensiones artísticas, sólo escribe para orientar a sus
monjas en el camino de la perfección espiritual, pero su prosa alcanza un gran valor literario; con los
rasgos más propios del habla cotidiana es un ejemplo de la norma de la sencillez y de la naturalidad
que impera en el siglo XVI. Puede decirse que la suya es una sintaxis emocional que se sale de los
cauces gramaticales en busca de una expresividad más directa movida por una finalidad de
comunicación práctica.

En su obra en prosa, sin excesivas preocupaciones literarias y con estilo sobrio y sencillo,
lenguaje popular, llano y castizo, sumamente expresivo por la claridad de sus imágenes y sus frases
incisivas y pintorescas que no rehuyen las metáforas más vulgares, supo expresar todo el contenidos
de la Teología mística. Su obra más famosa y que refleja esto con mayor claridad es el Castillo
Interior o Libro de las siete moradas donde un análisis del complejo fenómeno místico, compara la
vida espiritual del hombre con un castillo de diamante y cristal que tiene siete moradas.

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Complemento de su obra serán las Cartas que destacan por su espontaneidad y que escribió a
impulsos de su actividad reformadora. Se conservan unas cuatros y van dirigidas sobre todo a
personajes religiosos con los que mantuvo relación.

SAN JUAN DE LA CRUZ


Muy diferente a la suya será la obra de San Juan de La Cruz. Juan de Yepes y Álvarez nació
en Fontíveros en 1542 y muere en Úbeda en 1591. Según Dámaso Alonso, en la poesía de San Juan
confluyen tres tradiciones: la italiana por el uso de endecasílabos; la tradicional española, por sus
poesías en octosílabos; y la tradición bíblica, concretamente el Cantar de los cantares, en lo
referente a motivos, símbolos, concepción de la poesía y experiencia mística.

La tradición culta es la de Garcilaso, a quien San Juan leyó e imitó. También recibió el influjo
de Sebastián de Córdoba, versificador de los divino de Garcilaso como es el caso de los motivos de
la noche oscura y la aurora, aunque para Córdoba la noche sea el símbolo del pecado y la aurora la
luz divina que perdona y para San Juan la noche son estados psicológicos que constituyen el camino
para la unión con Dios.

La tradición castellana, mitad culta mitad popular, le llegó a través de los cancioneros y
romanceros que conoció y glosó siguiendo la línea de glosas a lo divino de metro corto.

Su obra, aunque muy escasa, le ha valido para ser considerada uno de los mayores poetas en
lengua castellana. Permaneció inédita y sólo fue editada a principios del siglo XVII. Sus cuatro
tratados en prosa son Cántico espiritual, Subida al Monte Carmelo, Noche Oscura y Llama de amor
viva. Todos ellos son comentarios de sus tres poemas principales con la excepción que dos de ellos,
Subida y Noche, son glosa incompleta del poema Noche Oscura del alma. Siguen una larga
tradición que emplea la simbología erótica para expresar la relación del alma con Dios.

Cántico Espiritual es una alegoría por la que el esposo es Dios y la esposa es el alma humana.
Compuesto por cuarenta liras, su temática se rige por dos sistemas en paralelo: el erótico – profano
que ofrece una lectura amorosa e irracionalista – simbolista que permite la interpretación mística. Se
estructura en forma cuatripartita: el desencuentro amoroso, la búsqueda del amado, el encuentro, el
goce el amor.

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La Noche Oscura, compuesto de ocho liras cuya esencia está constituida por el símbolo de la
noche (presente en la mística universal) es quizá el más bello poema de San Juan. En él, describe la
unión del alma con Dios mediante la imagen de una mucha que se escapa por la noche para
encontrarse con su amado. Las dos claras partes del poema según Dámaso Alonso reproducen las
vías místicas.

En el poema brevísimo Llama de amor viva, construye San Juan con una material
marcadamente tópico, una de las piezas más originales y hermosas de la lírica universal. Refleja el
estado del alma en la íntima comunicación de unión de amor con Dios. Es un breve canto de júbilo
por el goce de la unión. Acude el poeta a los juegos de contrarios: “oh regalada llama / o cautiverio
suave”.

Escribió además las Coplas hechas sobre un éxtasis de alta contemplación, muy cercanas a la
sencillez de la tradición castellana, y otras obras menores que son también de una extraordinaria
belleza como las glosas a lo divino del Vivo sin vivir en mi.

Estilísticamente, en la poesía de San Juan predomina el sustantivo y la escasez del verbo y del
adjetivo, lo que produce una condensación de vocabulario, e incluso lo resalta dotando al verso de
rapidez y cohesión. En ella, deudora de las fuentes de las que bebe, conviven los vocablos de origen
popular (majadas, otero, ejido...) con otros de procedencia bíblica y otros de raíz latinizante
(vulnerado, bálsamo). La naturalidad teresiana quedará superada en San Juan por una música callada
o una soledad sonora muy alejada ya de la incardinación popular y de la sencilla improvisación de la
abulense y que tiene como receptor un lector perfectamente al tanto de su código culto.

San Juan desentraña el significado simbólico de sus grandes poemas en sendos comentarios
en prosa que redacta años más tarde con el mismo título, a Noche oscura del alma le dedica además
un segundo texto, Subida al monte Carmelo. Todos ellos constituyen un auténtico tratado de mística.
La relación entre los versos y sus comentarios han sido objeto de debate. Todo parece indicar que si
los primeros nacieron de modo espontáneo, los segundos obedecerían a la presión del círculo
espiritual en el que se movía el poeta, debido quizá a la necesidad de justificar unas composiciones
de exacerbado erotismo. Media gran distancia entre el impacto emocional de las imágenes poéticas
de los versos y la frialdad poética.

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CONCLUSIÓN
Para concluir queremos anotar el hecho de que las relaciones entre mística y poesía son claras
puesto que ambas tienden a aprehender intuitivamente una realidad oculta que se resiste al análisis,
aunque en un caso el objeto sea el misterio de los sentimientos y las relaciones humanas y en otro el
contacto con la divinidad. Algunos autores como Fray Luis conocieron los temas místicos sin haber
tenido una experiencia mística, con el resultado de una poesía de alto nivel estético y muy elaborada.
En su antípoda está Teresa de Jesús, con escasos conocimientos líricos pero una rica experiencia
mística que se esfuerza por transmitir de forma más didáctica. El prototipo, que se inserta entre
ambos, será Juan de la Cruz, con experiencias intuitivas y capacidad para comunicarlas en un
lenguaje poético. Un punto de conexión entre los tres, la lectura del Cantar de los cantares.

BIBLIOGRAFÍA
ALONSO, Dámaso, La poesía de San Juan de la Cruz, Aguilar, Madrid, 1958.
BLECUA, José Manuel, Fray Luis de León, Poesía completa, Gredos, Madrid, 1990.
PRIETO, Antonio, La poesía española del siglo XVI, Vol. II. Cátedra, Madrid, 1998.

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