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Por
K. Marx & F. Engels
Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en
santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales
franceses y los polizontes alemanes.
No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista, ni un
solo partido de oposición que no lance al rostro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los
enemigos reaccionarios, la acusación estigmatizante de comunismo.
La primera es que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias
europeas.
La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus
ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un
manifiesto de su partido.
Con este fin se han congregado en Londres los representantes comunistas de diferentes países y redactado
el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.
I
BURGUESES Y PROLETARIOS
Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad , es una historia de luchas de clases.
Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una
palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada
unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación
revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.
En los tiempos históricos nos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en una serie de
estamentos , dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y
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posiciones. En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos; en la Edad
Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios, los siervos de la
gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos encontramos con nuevos matices y gradaciones.
La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los
antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión,
nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.
Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos
antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos
grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.
De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los “villanos” de las primeras ciudades; y estos
villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.
El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las
necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de
los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas
corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.
Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la
manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de
producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo
de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses
modernos.
La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado
mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A
su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma
proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la
burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad
Media.
Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto
de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de
cambio y de producción.
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A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político. Clase
oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la “comuna” una asociación
autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales
independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura
es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las
grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces
del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo. Hoy,
el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses
colectivos de la clase burguesa.
Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas.
Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores
naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante,
que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del
ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos
egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades
escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para
decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y
religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.
La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso
acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al
hombre de ciencia.
La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo
la realidad económica de las relaciones familiares .
La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad
Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más indolente. Hasta que ella no lo reveló no
supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre. La burguesía ha producido maravillas mucho
mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y
dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.
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a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.
La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del planeta. Por todas
partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.
La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello
cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las
viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema
vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias
primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo
dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a
satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos
de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no
entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de
interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con
la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo
común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las
literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.
La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades
increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo
precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con
la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a
todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en
su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su
imagen y semejanza.
La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del
país. Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la
propiedad. Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política.
Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos
autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno,
una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.
En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas
mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el
sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la
química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo
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eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos
pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo... ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar
siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y
tales energías y elementos de producción?
Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló la burguesía
brotaron en el seno de la sociedad feudal. Cuando estos medios de transporte y de producción
alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, resultó que las condiciones en que la sociedad feudal
producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el
régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas.
Obstruían la producción en vez de fomentarla. Se habían convertido en otras tantas trabas para su
desenvolvimiento. Era menester hacerlas saltar, y saltaron.
Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella adecuada, en la
que se revelaba ya la hegemonía económica y política de la clase burguesa.
Pues bien: ante nuestros ojos se desarrolla hoy un espectáculo semejante. Las condiciones de
producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la moderna sociedad
burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de
transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró. Desde hace
varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas
productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad,
donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía. Basta mencionar las crisis
comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad
burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados,
aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En esas crisis se desata una
epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la
epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie
momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmado,
sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué? Porque la
sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio.
Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la
propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan
pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al
traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado
angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía?
De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose
nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es
decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de
que dispone para precaverlas.
Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.
Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a
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los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.
La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen proletario actual, todo
carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un
simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil
aprendizaje. Por eso, los gastos que supone un obrero se reducen, sobre poco más o menos, al mínimo
de lo que necesita para vivir y para perpetuar su raza. Y ya se sabe que el precio de una
mercancía, y como una de tantas el trabajo , equivale a su coste de producción. Cuanto más repelente es
el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al obrero. Más aún: cuanto más aumentan la maquinaria
y la división del trabajo, tanto más aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se
intensifique el rendimiento exigido, se acelere la marcha de las máquinas, etc.
La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate
capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina
militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de
sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están
todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo,
del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable,
más indignante, cuanta mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.
Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el
desarrollo adquirido por la moderna industria, también es mayor la proporción en que el trabajo de la
mujer y el niño desplaza al del hombre. Socialmente, ya no rigen para la clase obrera esas diferencias de
edad y de sexo. Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no
hay más diferencia que la del coste.
Y cuando ya la explotación del obrero por el fabricante ha dado su fruto y aquél recibe el salario, caen
sobre él los otros representantes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.
Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales,
comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su
pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados
por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los
nuevos progresos de la producción. Todas las clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del
proletariado.
El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse. Pero su lucha contra la
burguesía data del instante mismo de su existencia. Al principio son obreros aislados; luego, los de una
fábrica; luego, los de todas una rama de trabajo, los que se enfrentan, en una localidad, con el
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burgués que personalmente los explota. Sus ataques no van sólo contra el régimen burgués de producción,
van también contra los propios instrumentos de la producción; los obreros, sublevados, destruyen las
mercancías ajenas que les hacen la competencia, destrozan las máquinas, pegan fuego a las fábricas,
pugnan por volver a la situación, ya enterrada, del obrero medieval.
En esta primera etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la
concurrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de su propia unión, sino fruto
de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines políticos propios tiene que poner en movimiento -
cosa que todavía logra- a todo el proletariado. En esta etapa, los proletarios no combaten contra sus
enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los
grandes señores de la tierra, los burgueses no industriales, los pequeños burgueses. La marcha de la
historia está toda concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la
clase burguesa.
Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino que las aprieta
y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y al paso que la maquinaria va
borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios casi en todas partes a un nivel
bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del
proletariado. La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las crisis comerciales
que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesantes y cada día
más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones
entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos
clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de
sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez
en cuando estallan revueltas y sublevaciones.
Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas
no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a
ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para
poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las
múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento
nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política. Las ciudades de la Edad
Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado
moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años.
Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a
cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros. Pero avanza y triunfa siempre, a
pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante. Y aprovechándose de las discordias que
surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal de sus intereses propios. Así nace en Inglaterra
la ley de la jornada de diez horas.
Las colisiones producidas entre las fuerzas de la antigua sociedad imprimen nuevos impulsos al
proletariado. La burguesía lucha incesantemente: primero, contra la aristocracia; luego, contra aquellos
sectores de la propia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos de la industria, y siempre
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contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates no tiene más remedio que apelar al
proletariado, reclamar su auxilio, arrastrándolo así a la palestra política. Y de este modo, le
suministra elementos de fuerza, es decir, armas contra sí misma.
Además, como hemos visto, los progresos de la industria traen a las filas proletarias a toda una serie de
elementos de la clase gobernante, o a lo menos los colocan en las mismas condiciones de vida. Y estos
elementos suministran al proletariado nuevas fuerzas.
Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de clases está a punto de decidirse, es tan violento y tan
claro el proceso de desintegración de la clase gobernante latente en el seno de la sociedad antigua, que una
pequeña parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria, pasándose a la clase que
tiene en sus manos el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora
una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los
intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en
sus derroteros. De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía no hay más que una
verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran
industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar.
Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el
labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales clases. No
son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, reaccionarios, pues pretenden volver atrás la
rueda de la historia. Todo lo que tienen de revolucionario es lo que mira a su tránsito inminente al
proletariado; con esa actitud no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su
posición propia para abrazar la del proletariado.
El proletariado andrajoso, esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá
arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su
vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios.
Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del
proletariado. El proletario carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya
nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción industrial moderna, el moderno
yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que en Norteamérica, borra
en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión, son para él otros tantos prejuicios
burgueses tras los que anidan otros tantos intereses de la burguesía. Todas las clases que le precedieron y
conquistaron el Poder procuraron consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a
su régimen de adquisición. Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la
producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de
apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los
aseguramientos y seguridades privadas de los demás.
Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en
interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en
interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no
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puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo
ese edificio que forma la sociedad oficial.
Por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la burguesía empieza
siendo nacional. Es lógico que el proletariado de cada país ajuste ante todo las cuentas con su propia
burguesía.
Al esbozar, en líneas muy generales, las diferentes fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las
incidencias de la guerra civil más o menos embozada que se plantea en el seno de la sociedad vigente
hasta el momento en que esta guerra civil desencadena una revolución abierta y franca, y el proletariado,
derrocando por la violencia a la burguesía, echa las bases de su poder.
Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las clases oprimidas y
las opresoras. Mas para poder oprimir a una clase es menester asegurarle, por lo menos, las condiciones
indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con ella su esclavizamiento. El siervo de la
gleba se vio exaltado a miembro del municipio sin salir de la servidumbre, como el villano
convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. La situación del obrero moderno es muy
distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de
su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores
que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir
gobernando la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase. Es incapaz
de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su
esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene
más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede
seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la
sociedad.
II PROLETARIOS Y COMUNISTAS
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No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan
principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario. Los comunistas no se
distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en
todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el
proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se
mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado
en su conjunto.
Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los
partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara
visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento
proletario.
El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en
general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al
proletariado a la conquista del Poder.
Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los
principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad. Son todas expresión
generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento
histórico que se está desarrollando a la vista de todos. La abolición del régimen vigente de la propiedad
no es tampoco ninguna característica peculiar del comunismo.
Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas siempre a cambios históricos, a
alteraciones históricas constantes.
Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la
propiedad burguesa.
Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad
privada.
Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del
esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las
actividades y la garantía de toda independencia.
¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad
del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa? No, ésa
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no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas.
Decidnos: ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo de proletario, le rinde propiedad? No, ni mucho menos.
Lo que rinde es capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que
sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado para hacerlo también
objeto de su explotación. La propiedad, en la forma que hoy presenta, no admite salida a este
antagonismo del capital y el trabajo asalariado. Detengámonos un momento a contemplar los dos términos
de la antítesis.
Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los
miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en colectiva una riqueza personal. A lo único que
aspiramos es a transformar el carácter colectivo de la propiedad, a despojarla de su carácter de clase.
El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de víveres necesaria para
sostener al obrero como tal obrero. Todo lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo
que estrictamente necesita para seguir viviendo y trabajando. Nosotros no aspiramos en modo alguno a
destruir este régimen de apropiación personal de los productos de un trabajo encaminado a crear medios
de vida: régimen de apropiación que no deja, como vemos, el menor margen de rendimiento líquido
y, con él, la posibilidad de ejercer influencia sobre los demás hombres. A lo que aspiramos es a destruir el
carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el obrero sólo vive para multiplicar el capital,
en que vive tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante aconseja que viva.
En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo
acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para
dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero.
En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en la comunista, imperará el
presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el
individuo trabajador carece de iniciativa y personalidad. ¡Y a la abolición de estas condiciones, llama la
burguesía abolición de la personalidad y la libertad! Y, sin embargo, tiene razón. Aspiramos, en efecto, a
ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad burguesa.
Por libertad se entiende, dentro del régimen burgués de la producción, el librecambio, la libertad de
comprar y vender. Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el libre tráfico. La
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apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que entona nuestra burguesía,
sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la emancipación de las trabas y la servidumbre
de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de
producción y de la propia burguesía.
Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad
actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no
existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor
nos reprocháis? Querer destruir un régimen de propiedad que tiene por necesaria condición el despojo
de la inmensa mayoría de la sociedad.
Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra propiedad. Pues sí, a eso es a lo que
aspiramos.
Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda convertirse ya en capital, en dinero, en renta,
en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse
en propiedad burguesa, la persona no existe.
Con eso confesáis que para vosotros no hay más persona que el burgués, el capitalista. Pues bien, la
personalidad así concebida es la que nosotros aspiramos a destruir.
El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el
poder de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno.
Se arguye que, abolida la propiedad privada, cesará toda actividad y reinará la indolencia universal.
Si esto fuese verdad, ya hace mucho tiempo que se habría estrellado contra el escollo de la holganza una
sociedad como la burguesa, en que los que trabajan no adquieren y los que adquieren, no trabajan.
Vuestra objeción viene a reducirse, en fin de cuentas, a una verdad que no necesita de demostración, y
es que, al desaparecer el capital, desaparecerá también el trabajo asalariado.
Las objeciones formuladas contra el régimen comunista de apropiación y producción material, se hacen
extensivas a la producción y apropiación de los productos espirituales. Y así como el destruir la
propiedad de clases equivale, para el burgués, a destruir la producción, el destruir la cultura de clase es
para él sinónimo de destruir la cultura en general.
Esa cultura cuya pérdida tanto deplora, es la que convierte en una máquina a la inmensa mayoría de la
sociedad.
Al discutir con nosotros y criticar la abolición de la propiedad burguesa partiendo de vuestras ideas
burguesas de libertad, cultura, derecho, etc., no os dais cuenta de que esas mismas ideas son otros tantos
productos del régimen burgués de propiedad y de producción, del mismo modo que vuestro derecho no es
más que la voluntad de vuestra clase elevada a ley: una voluntad que tiene su contenido y encarnación
en las condiciones materiales de vida de vuestra clase.
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Compartís con todas las clases dominantes que han existido y perecieron la idea interesada de que vuestro
régimen de producción y de propiedad, obra de condiciones históricas que desaparecen en el transcurso de
la producción, descansa sobre leyes naturales eternas y sobre los dictados de la razón. Os explicáis que
haya perecido la propiedad antigua, os explicáis que pereciera la propiedad feudal; lo que no os podéis
explicar es que perezca la propiedad burguesa, vuestra propiedad.
¡Abolición de la familia! Al hablar de estas intenciones satánicas de los comunistas, hasta los más
radicales gritan escándalo.
Pero veamos: ¿en qué se funda la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro
privado. Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra; y esta familia encuentra su
complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios y en la pública
prostitución.
Es natural que ese tipo de familia burguesa desaparezca al desaparecer su complemento, y que una y otra
dejen de existir al dejar de existir el capital, que le sirve de base.
¿Nos reprocháis acaso que aspiremos a abolir la explotación de los hijos por sus padres? Sí, es
cierto, a eso aspiramos.
Pero es, decís, que pretendemos destruir la intimidad de la familia, suplantando la educación doméstica por
la social.
¿Acaso vuestra propia educación no está también influida por la sociedad, por las condiciones sociales en
que se desarrolla, por la intromisión más o menos directa en ella de la sociedad a través de la escuela, etc.?
No son precisamente los comunistas los que inventan esa intromisión de la sociedad en la educación; lo
que ellos hacen es modificar el carácter que hoy tiene y sustraer la educación a la influencia de la clase
dominante.
Esos tópicos burgueses de la familia y la educación, de la intimidad de las relaciones entre padres e
hijos, son tanto más grotescos y descarados cuanto más la gran industria va desgarrando los lazos
familiares de los proletarios y convirtiendo a los hijos en simples mercancías y meros instrumentos de
trabajo.
¡Pero es que vosotros, los comunistas, nos grita a coro la burguesía entera, pretendéis colectivizar a las
mujeres!
El burgués, que no ve en su mujer más que un simple instrumento de producción, al oírnos proclamar la
necesidad de que los instrumentos de producción sean explotados colectivamente, no puede por menos
de pensar que el régimen colectivo se hará extensivo igualmente a la mujer.
No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero
instrumento de producción.
Nada más ridículo, por otra parte, que esos alardes de indignación, henchida de alta moral de
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nuestros burgueses, al hablar de la tan cacareada colectivización de las mujeres por el comunismo. No; los
comunistas no tienen que molestarse en implantar lo que ha existido siempre o casi siempre en la sociedad.
Nuestros burgueses, no bastándoles, por lo visto, con tener a su disposición a las mujeres y a los
hijos de sus proletarios -¡y no hablemos de la prostitución oficial!-, sienten una grandísima fruición en
seducirse unos a otros sus mujeres.
A los comunistas se nos reprocha también que queramos abolir la patria, la nacionalidad.
Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la
mira inmediata del proletariado la conquista del Poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es
evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con
el de la burguesía.
Con el antagonismo de las clases en el seno de cada nación, se borrará la hostilidad de las naciones
entre sí.
No queremos entrar a analizar las acusaciones que se hacen contra el comunismo desde el punto de
vista religioso-filosófico e ideológico en general.
No hace falta ser un lince para ver que, al cambiar las condiciones de vida, las relaciones sociales, la
existencia social del hombre, cambian también sus ideas, sus opiniones y sus conceptos, su conciencia, en
una palabra.
La historia de las ideas es una prueba palmaria de cómo cambia y se transforma la producción espiritual
con la material. Las ideas imperantes en una época han sido siempre las ideas propias de la clase
imperante .
Se habla de ideas que revolucionan a toda una sociedad; con ello, no se hace más que dar expresión a
un hecho, y es que en el seno de la sociedad antigua han germinado ya los elementos para la nueva, y a
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la par que se esfuman o derrumban las antiguas condiciones de vida, se derrumban y esfuman las ideas
antiguas.
Cuando el mundo antiguo estaba a punto de desaparecer, las religiones antiguas fueron vencidas y
suplantadas por el cristianismo. En el siglo XVIII, cuando las ideas cristianas sucumbían ante el
racionalismo, la sociedad feudal pugnaba desesperadamente, haciendo un último esfuerzo, con la
burguesía, entonces revolucionaria. Las ideas de libertad de conciencia y de libertad religiosa no
hicieron más que proclamar el triunfo de la libre concurrencia en el mundo ideológico.
Se nos dirá que las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., aunque sufran
alteraciones a lo largo de la historia, llevan siempre un fondo de perennidad, y que por debajo de
esos cambios siempre ha habido una religión, una moral, una filosofía, una política, un derecho.
Además, se seguirá arguyendo, existen verdades eternas, como la libertad, la justicia, etc., comunes a
todas las sociedades y a todas las etapas de progreso de la sociedad. Pues bien, el comunismo -
continúa el argumento- viene a destruir estas verdades eternas, la moral, la religión, y no a sustituirlas
por otras nuevas; viene a interrumpir violentamente todo el desarrollo histórico anterior.
Mas, cualquiera que sea la forma que en cada caso adopte, la explotación de una parte de la sociedad
por la otra es un hecho común a todas las épocas del pasado. Nada tiene, pues, de extraño que la
conciencia social de todas las épocas se atenga, a despecho de toda la variedad y de todas las
divergencias, a ciertas formas comunes, formas de conciencia hasta que el antagonismo de clases que las
informa no desaparezca radicalmente.
La revolución comunista viene a romper de la manera más radical con el régimen tradicional de la
propiedad; nada tiene, pues, de extraño que se vea obligada a romper, en su desarrollo, de la manera
también más radical, con las ideas tradicionales.
Pero no queremos detenernos por más tiempo en los reproches de la burguesía contra el comunismo.
Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la exaltación del proletariado al Poder, la
conquista de la democracia .
El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de
todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del
proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la
mayor rapidez posible las energías productivas.
Claro está que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la
propiedad y el régimen burgués de producción, por medio de medidas que, aunque de momento parezcan
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económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán un gran resorte
propulsor y de las que no puede prescindiese como medio para transformar todo el régimen de producción
vigente.
Estas medidas no podrán ser las mismas, naturalmente, en todos los países.
Para los más progresivos mencionaremos unas cuantas, susceptibles, sin duda, de ser aplicadas con
carácter más o menos general, según los casos.
1.a Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos
públicos.
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5.a Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado
y régimen de monopolio.
7.a Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de
terrenos con arreglo a un plan colectivo.
8.a Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente en
el campo.
10.a Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las
fábricas bajo su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material,
etc.
Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la
producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político. El Poder
político no es, en rigor, más que el poder organizado de una clase para la opresión de la otra. El
proletariado se ve forzado a organizarse como clase para luchar contra la burguesía; la revolución le
lleva al Poder; mas tan pronto como desde él, como clase gobernante, derribe por la fuerza el régimen
vigente de producción, con éste hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de
clases, las clases mismas, y, por tanto, su propia soberanía como tal clase.
Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación
en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.
IV
ACTITUD DE LOS COMUNISTAS ANTE LOS OTROS
PARTIDOS DE LA OPOSICION
Después de lo que dejamos dicho en el capítulo II, fácil es comprender la relación que guardan los
comunistas con los demás partidos obreros ya existentes, con los cartistas ingleses y con los reformadores
agrarios de Norteamérica.
Los comunistas, aunque luchando siempre por alcanzar los objetivos inmediatos y defender los intereses
cotidianos de la clase obrera, representan a la par, dentro del movimiento actual, su porvenir. En Francia
se alían al partido democrático-socialista contra la burguesía conservadora y radical, mas sin renunciar por
esto a su derecho de crítica frente a los tópicos y las ilusiones procedentes de la tradición revolucionaria.
En Suiza apoyan a los radicales, sin ignorar que este partido es una mezcla de elementos contradictorios:
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de demócratas socialistas, a la manera francesa, y de burgueses radicales.
En Polonia, los comunistas apoyan al partido que sostiene la revolución agraria, como condición previa
para la emancipación nacional del país, al partido que provocó la insurrección de Cracovia en 1846.
Las miradas de los comunistas convergen con un especial interés sobre Alemania, pues no desconocen
que este país está en vísperas de una revolución burguesa y que esa sacudida revolucionaria se va a
desarrollar bajo las propicias condiciones de la civilización europea y con un proletariado mucho más
potente que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el XVIII, razones todas para que la
revolución alemana burguesa que se avecina no sea más que el preludio inmediato de una revolución
proletaria.
Resumiendo: los comunistas apoyan en todas partes, como se ve, cuantos movimientos revolucionarios se
planteen contra el régimen social y político imperante.
En todos estos movimientos se ponen de relieve el régimen de la propiedad, cualquiera que sea la forma
más o menos progresiva que revista, como la cuestión fundamental que se ventila.
Finalmente, los comunistas laboran por llegar a la unión y la inteligencia de los partidos democráticos de
todos los países.
Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que
sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente.
Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los
proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo
entero que ganar.
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