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PRÓLOGO

VOIGT
El sujeto me miró desde abajo, arrodillado como estaba con el rostro desfigurado
y las manos atadas a su espalda. Llevaba horas tratando de sacarle algo, aunque
fuera un poco, de la dichosa información que mantenía sobre sus jefecitos. Ocho
horas y nada, no hacía más que recibir mis puñetazos, las mutilaciones de dedos,
la pérdida de sangre para luego regenerarse… Cada tortura la aceptaba sin ningún
signo de doblegación.
Su cara, destrozada, con la carne al rojo vivo y los ojos tornando a color
morado, levantó la barbilla hacia mí. La sangre escurría por su barbilla y
manchaba la camiseta que llevaba.
—¿Crees… que s-saldrás ileso? Ellos t-te enc-contraran —masculló. Su
dificultad para hablar estaba en que su lengua apenas se estaba regenerando,
luego de que la cortara con una daga dakarain.
Me sabía mierda lo que ese imbécil dijera. Nadie les había mandado a
tomar lo que no era suyo. Decidieron meterse con la persona equivocada y, allí
está, terminarían muy mal.
—Tu amenaza patética no hace más que divertirme con esas pintas que
cargas. Hay que ver lo arrastrados que son. Me desaparezco por un tiempo, y
ustedes intentan robarse mis bienes. Bien —suspiré, esto era un fastidio. Levanté
el arma, cuyas balas eran del mismo acero Quiore de las dakarain—. Ya no me
sirves, de todos modos no dirás dónde están. Puedo encontrarlos yo sólo.
Ya que a eso me dedicaba en primer lugar. Antes de montar mi imperio en
el mercado negro, era un solicitado verdugo que cazaba y torturaba. Tenía el
privilegio de elegir a mis clientes y la manera en que disfrutaría haciendo gritar
de misericordia a mis presas. Era una pasión, no un simple empleo, y todavía me
quedaba mucho de eso.
Lastimosamente, me vi en la obligación de desaparecer por un tiempo, por
motivos que, aunque me desquiciaran, no podía hacer nada al respecto. Tenía que
reunir la fuerza suficiente antes de entrar en ello de lleno. Por los momentos,
dirigía mis operaciones en las sombras, evitando a mis peores enemigos y
matando a aquellos que me estorbaban o chivaban, como éste tipejo de acá.
—¡HIJO DE PU…!
El disparo detonó en el almacén mucho antes de que el sujeto pudiera
terminar su insulto. La bala dio directo entre los ojos, haciendo que se cayera en
el suelo hacia atrás con un golpe seco. El cañón de la pistola seguía humeando.
Bajé el arma viendo el desastre que había causado por nada. El almacén,
destruido, un cadáver llenando de sangre el suelo, y yo sin ninguna información
de provecho.
La puerta del almacén se abrió con estruendo. Escuché pasos, y no necesité
girarme para saber de quién se trataba.
—Veo que ya acabaste. ¿Nos vamos ya?
Roland ya se había puesto el abrigo, lo que me causó gracia. Por lo visto le
urgía salir de ese país. En todo caso, según las fuentes, y los hechos, ya nos
estaban siguiendo. Teníamos que dejar Reino Unido cuánto antes y llevar el
perfil bajo durante un tiempo. No me agradaba, pero era lo mejor teniendo en
cuenta las circunstancias.
—Sí, está hecho —contesté—. Dejemos que ellos descubran el cadáver; sé
que le irán con la historia a Kraum.
Roland torció el gesto. Sabía lo que estaba pensando. Aquello había sido un
movimiento radical, peligroso hasta más no poder. Mi huella había quedado en
ese asesinato, algo que yo quería, pero eso no significaba que fuera bueno.
—Nuestro vuelo sale en media hora —suspiró volviéndose hacia la salida
—. Vámonos o lo perderemos.
Salimos del galpón cerrando las puertas como si nada hubiese pasado. Ese
lado del puerto estaba repleto de almacenes como ese, por lo general
deshabitados a esas horas de la madrugada. Para cuando cualquier guardia haya
avisado a la policía, ya Roland y yo estaríamos de camino al aeropuerto.
Subimos al coche negro y aceleré hacia la carretera.
•°•°•
—¿Oregon? ¿Es lo mejor que pudiste encontrar?
Roland me miró con cara de pocos amigos.
Nos encontrábamos en uno de los tantos departamentos que habíamos
estado alquilando desde que llegamos a Estados Unidos. Primero en Nueva York,
seguido Virginia Occidental, Kentucky, hasta ahora en Colorado. Habíamos
optado en tomar un modo de vida lo más corriente que se pudiese. Como nos
veíamos jóvenes, decidimos inscribirnos en un puto instituto. Ningún demonio
pensaría en buscar allí mientras nos mantuviéramos tranquilos y sin ruido.
—¿Qué otro pude haber escogido, según tú?
Exhalé el humo del cigarrillo mientras apoyaba los antebrazos de mis
piernas. Tenía unas cuantas ideas del destino predilecto. Pensando lo poco que
me había divertido estos meses… No había tomado casi nada, no había tenido
oportunidad de follar, y menos de trabajar. Roland se había tomado en serio lo de
ocultarnos bien.
—California hubiese sido un lugar mejor, así como Nevada —comenté. Me
iba más por Nevada.
Mi colega entrecerró los ojos.
—Vete a la mierda, puto.
Solté una carcajada. ¡Qué rápido había deducido mis intenciones! Aunque
no es que las estuviese ocultando ni nada parecido.
—¿Hace cuánto no te follas a una chica? Dime —le insté, a sabiendas que
él también se había contenido.
Roland apretó la mandíbula con fuerza. Sabía que yo tenía razón y le
irritaba.
—Eso no importa ahora.
—Necesitamos relajarnos un poco más.
El demonio hasta había sacado los colmillos. Qué gracia, hacía eso cuándo
le frustraba o le molestaba demasiado algo.
—Jódete —soltó y se marchó del departamento dando un portazo.
Sí, él también estaba fastidiado a falta de sexo. Yo lo estaba, y eso que
había tardado mucho más tiempo sin ceder a los placeres carnales. Claro, hasta
que me di cuenta de que, una cosa era las relaciones amorosas, y otra muy
distinta follar con quien fuera sin ningún tipo de compromiso.
•°•°•
—Bueno, aquí es —anunció Roland desde el asiento de copiloto, mirando
el afiche del edificio para compararlo con el que teníamos al lado.
No estaba nada mal en realidad. De ladrillos, con enrejado de hierro negro,
jardincito, diez pisos con timbre de cada una de las puertas en el vestíbulo… En
sí, era de lo más corriente y aburrido. No podía haber elegido un mejor lugar para
ocultarnos.
—Pues, vayamos.
Me apeé del coche de primero. El vecindario que nos rodeaba no estaba
nada mal, tenía varios complejos de edificios con estacionamiento iguales a este,
no muy lejos de allí había un parque… y me parecía que tenía una vecina como
para darle duro. Pasó trotando por la acera de enfrente, con mini shorts, una
sudadera, y una sonrisa en mi dirección que no tardé en corresponder.
Sí, nena, cuando quieras.
—¡Ah, mira, tenemos vecinos nuevos! —escuché a alguien más decir.
Me giré y vi a una mujer acercándose a Roland para presentarse. Nada mal;
rubia, treinta y pocos, buena figura y pechos del tamaño que me gustaban…
¡Diablos, necesitaba un revolcón de ya! Mis pensamientos parecían robados de
un escuincle de quince años.
Me acerqué a ellos tratando de ser cordial. Mejor ganarse a los vecinos
ahora para que pensaran lo mejor de los chicos nuevos. Sin embargo, me detuve
dando sólo un paso cuando la mujer llamó a alguien más:
—¡Julia, cielo, ven a conocer a Roland!
Escuché un pequeño suspiro resignado y entonces la vi, y me quedé en
shock. Esa cara y ese pelo… Piernas largas, cabello rojo intenso, ojos verdes y
labios rojizos, ¡esas pecas! Maldición, sí era ella. Pero… ¿cómo? Ella había
muerto hacía mucho tiempo, pero no lo suficiente para verla de nuevo tan pronto.
¡Qué demonios!
Él mismo ceño fruncido y el carácter inquebrantable de siempre… Julia.
Ese era su nuevo nombre. La única chica que de verdad puedo decir que he
amado, la única chica que no podría ser una más del montón.
Esa chica que ahora me miraba con el ceño fruncido como si le fuera
pinchado el ojo.
—Esto… Él es Nick —la mención de mi nombre me sacó de mi trance.
Roland me veía, intentando transmitirme que mantuviera el control de una
vez. La mujer rubia, seguro madre de la pelirroja, también me veía algo confusa.
Qué momento más incómodo debía ser para aquellas desconocidas. Aunque, mi
chica pelirroja no parecía muy interesada en lo que ocurría, de hecho ya ni me
veía.
—Lo siento, creo que sufro de jet lag —sonreí de la misma forma que
siempre utilizaba para encandilar a las mujeres. No era muy difícil, puesto que
era una de las virtudes de ser un maldito demonio mutante. Irónico pero cierto.
La mujer rubia soltó una risita.
—Ah, lo entiendo bien. Soy Kristen, y ella es mi sobrina, Julianne.
Conque Julianne era su nombre completo. La aludida dedicó una mirada a
su tía con la ceja arqueada.
—Julia, está bien.
No podía dejar pasar la oportunidad.
—A mí me gusta Jules.
La pelirroja me miró con el ceño fruncido. Vaya, no le gustaba Jules. Pero
realmente no me importaba. Me encantaba ver su rostro crispado por la
incredulidad que yo le producía. Se veía tan hermosa, si bien era tan joven…
¿Cuántos años tendría? Le calculaba unos dieciséis o diecisiete años como
mínimo. Jamás me había topado con ella teniendo esa edad. Por lo general ya
contaba con dieciocho años y casi siempre era independiente. Ahora estaba bajo
la custodia de una tía que daba la impresión de ser muy sobreprotectora.
Dejando a un lado la felicidad que me daba volver a tenerla conmigo, debía
pensar seriamente en esa cuestión. Julia era demasiado joven, dudaba que tuviera
dieciocho. Las veces en que me encontré con ella, las cuales fueron muchas, ella
tenía la mayoría de edad. Podría significar un factor delimitante en aquella locura
en la que nos habíamos metido hacía mucho tiempo, algo que ella no debía
recordar aún.

CAPÍTULO 1
—Está decidido.
Dejé de examinar las blusas de la tienda y alcé la vista para ver a Dee fuera
del probador. Se había puesto un hermoso vestido celeste ajustado, con un
cinturón alto y la chaqueta de mezclilla corta con mangas recortadas. El color
quedaba perfecto con su tez clara y su cabello rubio, además de que la forma del
vestido acentuaba muy bien su figura delgada.
—Nueve de diez —le dije, aunque sólo lo hacía para tomarle el pelo un
poco.
Mi mejor amiga me lanzó una mirada clara: «¿Es en serio?».
—Pero si es hermoso. Y no parece que tengo el trasero plano —se dio la
vuelta para evidenciarlo.
Solté una risita.
—Sí, es cierto, pero ese calzado no me convence.
Dee miró sus pies descalzos y luego bufó. Solté una carcajada mientras me
miraba con el ceño fruncido.
—Muy graciosa tú. Pues claro que me compraré unos zapatos hermosos.
—Tu madre pegará un grito cuando vea el saldo de su tarjeta —dramaticé
viendo las etiquetas de los precios. No estaban tan mal, pero aquella tienda no me
iba a sacar ni un sólo centavo.
Dee se acomodó el pelo en los hombros viendo su reflejo en el espejo de la
tienda. Lucía muy bonita, en realidad siempre estaba radiante. Dee era la clase de
chica que siempre se arreglaba de un modo que daba la impresión de que
amanecía así. Le gustaba pasar mañanas enteras comprando ropa o accesorios y
recorrer el paseo marítimo como parte de sus formas de relajarse. Era divertida y
carismática, enamoradiza empedernida.
—Mi madre lo entenderá —me dijo con un encogimiento de hombros.
Arqueé una ceja.
—¿Tú crees?
En ese momento mi teléfono vibró en el bolso. Lo saqué y encendí la
pantalla. «¿Dónde estás?», decía el mensaje de texto. Fruncí el ceño y apagué el
teléfono. No tenía tiempo para desperdiciar con ese imbécil.
—Justin y yo iremos a una fiesta con sus amigos —Dee continuó hablando
ajena a los mensajes que recibía—. Es una fiesta en un departamento, por lo visto
de lujo.
—¿Uno de sus amigos universitarios? —inquirí. Mi teléfono seguía
vibrando ante la llegada de nuevos mensajes. Traté de ignorarlo.
Dee asintió ante el espejo, dando el visto bueno a su atuendo, y se dirigió
enseguida al probador para cambiarse.
—Eso parece —repuso tras la cortina—. La verdad no me convence mucho,
porque son muchos chicos mayores que nosotros, pero según su primo cumple
años y quiere celebrar con él. Además, conozco a la novia del primo, así que no
me sentiré tan abrumada.
Saqué el teléfono aprovechando que Dee se estaba cambiando. Los
mensajes no dejaban de ingresar a la bandeja uno tras otro.
«Necesito verte»
«¿Cuándo regresas?»
«Vecina»
«Vecina»
«Julia»
Gruñí con frustración y me dispuse a escribirle: «No me hagas bloquear tu
número, imbécil». Déjame en paz».
«Tienes mi correo», me envió.
Suspiré. «Lo sé, pero ahora estoy fuera. Espera que llegue»
«No tardes. Tengo que salir».
—¿Otra vez tú insistente vecino?
Me sobresalté al oír la voz de Dee junto a mí. Di un paso atrás llevando mi
mano al corazón y dejé salir el aliento.
—Dee, ¿qué rayos...?
Mi amiga soltó una risita traviesa.
—¿Qué sucede? ¿Te avergüenza que te vean hablar con él?
Fruncí el ceño y bufé. No era menester recalcarle lo mal que me caía
Nikholas Voigt, mi vecino desde hacía un mes aproximadamente. Cuando llegó
al edificio tuvo problemas con su correspondencia, así que Kristen, mi tía y con
quien se llevó bien desde el principio, le ofreció usar nuestro buzón para tales
fines. Como si necesitara otro motivo para molestarme cada que le venía en gana,
porque eso hizo una vez que puso su horrible trasero en aquel lugar.
—¿Pues qué crees? Ese tipo parece tener relación con la mafia o algo así.
Dee lo pensó.
—Puede ser, pero eso lo convertiría en un mafioso muy sexy. Es guapo, no
lo niegues.
—Qué estupidez. No puedo verlo así, y menos por cómo me trata.
Dee se rió.
—A lo mejor y al final se terminan besuqueando.
Abrí los ojos como platos. Aquello era pasarse de la raya... Mi cabeza no
podía concebir tal imagen, no si no terminaba con los dos cayéndonos a golpes.
—¡Ya es suficiente! Ve a pagar tu ropa —la empujé ligeramente mientras
ella se carcajeaba como posesa—. Deja de inventarte tantas locuras y vámonos.
Dee me miró por encima del hombro. Sus ojos avellana burlones.
—Sí, para que vayas a verlo, ¿no?
—Cállate...
La seguí empujando hasta la caja registradora. No dejó de molestarme con
eso del beso ni cuando nos dirigimos a su coche. Saltaba a la vista que le divertía
bastante toda esa trola que se montaba sobre Voigt y yo. Como una pareja de
drama que se pelea constantemente para al final besarse como locos.
Eso jamás pasaría con Voigt.
Al cabo de unos cinco minutos y tras varias puyas que me lanzaba, por fin
llegamos a mi casa. No estaba muy lejos del centro de la ciudad, en una zona
suburbana que en lo personal me gustaba mucho. Habían varios complejos de
apartamentos y un parque muy bonito a pocas calles de mi edificio.
Dee aparcó en frente. Se subió las gafas de sol a la cabeza y soltó una risita.
—Ah, mira quién está allá. El vecino mafioso y buenazo.
Seguí la trayectoria de su mirada con disgusto. En efecto, Nikholas Voigt se
encontraba sentado en el pórtico del edificio. Tenía la espalda apoyada de la
baranda de piedra y las piernas acomodadas en un escalón, en una posición
despreocupada mientras se fumaba un cigarrillo.
—Me pregunto cuántos cigarrillos fumará al día —comentó Dee ladeando
la cabeza.
Resoplé.
—¿Para qué quieres saber eso?
Se encogió de hombros.
—Simple curiosidad nada más.
Puse los ojos en blanco y abrí la puerta del coche. No quedaba de otra. El
tipo en serio tenía prisa de conseguir su correo.
Dee me lanzó un beso.
—¿Te paso buscando mañana?
Suspiré.
—No, creo que a Kristen le dará por llevarme de nuevo.
—Bueno —se bajó las gafas de sol—, pues te dejo para que disfrutes de tu
vecino.
Hice una mueca y ella se echó a reír. Esperé a que su Toyota rojo avanzara
y caminé sin ninguna prisa hacia el edificio, quizá en un intento de postergar lo
inevitable. Fue en vano, por supuesto, ya que apenas puse un pie en el sendero,
su rostro se levantó para prestarme atención.
Llevaba sus gafas de aviador y su cabello oscuro como siempre estaba
alborotado. Vestía una camisa ceñida y joggers grises, lo que me daba a entender
que acababa de levantarse, siendo las diez de la mañana su hora estándar por lo
visto.
No me dijo nada ni cuando me detuve frente a él con mi cara de pocos
amigos. Se limitó a mirarme de arriba abajo con descaro. Sabía bien que eso me
enfadaba y lo hacía con gusto.
—Eres un dolor en el culo.
—Pero que hermoso vocabulario, me encanta tu forma de hablar —replicó
burlón, pasándose la mano por el cabello despeinado mientras se ponía en pie.
Pasé por su lado subiendo los escalones e ingresé al edificio con él
pisándome los talones. Los casilleros de la correspondencia se hallaban en un
pasillo cerca de las escaleras. Llegué hasta el que nos pertenecía a Kristen y a mí
y metí la llave en la cerradura. Habían un paquete varios sobres en el interior, los
fui apartando cada uno hasta que no hubo más del vecino.
Le tendí los sobres y el paquete deseosa de acabar con aquello por ese día.
Él los agarró con su típica sonrisa guasona en los labios.
—Perfecto, te lo agradezco.
Puse los ojos en blanco y cerré el casillero.
—A ver si resuelves el asunto de tu correo.
Le di la espalda y caminé hacia él ascensor. Pero claro, aquello no acabaría
tan fácil.
—¿Qué sucede, Jules, ya no disfrutas ser mi cartera personal?
Apreté el botón del ascensor con furia.
—Ya es demasiada molestia tener que verte todos los días. Así que, ¿eso
responde tu pregunta? —lo miré con fingido interés.
Las puertas del ascensor se abrieron y ambos subimos. Traté de actuar
tranquila con él al lado. ¿Voigt y yo en un espacio reducido? Cabía la posibilidad
de que termináramos matándonos en ese pequeño transcurso de tres pisos hasta
nuestra planta.
—No me digas —comentó tranquilo—, ¿estás en tus días del mes? Por eso
estás amargada, ¿no?
¿Pero qué demonios...? Voigt lo que hizo fue encogerse de hombros ante
mi mirada.
Las puertas del ascensor se abrieron y me apresuré a dejar el ascensor. ¿Por
qué cada cosa que el decía me irritaba a extremos que no debería? Podía
simplemente ignorarlo, seguirle la corriente y defenderme verbalmente con
palabras que no diría frente a la tía Kristen. Sin embargo, no podía. No en ese
momento. Y quedaba descartado que me fuera insultado, claro que no,
simplemente no tenía ánimos.
—Jules, espera.
Su mano se cerró en mi brazo y de pronto sentí un hormigueo en la piel,
como un correntazo fugaz que me hizo apartar la mano de golpe. Lo peor fue que
en el proceso golpeé su mano y tropecé con mis propios pies. Maldije entre
dientes viendo que el techo tomaba otra perspectiva y mis manos se movían en el
aire buscando de que aferrarme. Fue él quien me sostuvo al vuelo, ocasionando
más de esos hormigueos que me estaban empezando a asustar.
—Perdón, ¿estás bien? —inquirió con su voz profunda.
Alcé la vista y me quedé sin aire. ¡¿Cuándo se acercó tanto?!
Por impulso levanté las manos y alejé su rostro del mío enrojecido. Para
mayor vergüenza, pude sentir sus labios, los cuales se curvaron en una sonrisa
divertida. La corriente que sentía en las manos y en las caderas, las cuales él
sujetaba, me estaban nublando la mente.
—¿Tanto te repugno? —inquirió con sus ojos azules brillantes por la burla.
Tragué saliva con fuerza. Reuní la poca fuerza de voluntad que albergaba y
me separé de él rápidamente.
—Hueles a cigarrillo —no sabía qué más decir. Porque ni muerta
desperdiciaba la poca dignidad que me quedaba.
Voigt soltó una risita entre dientes y se cruzó de brazos.
—Es mentolado.
Asentí como una idiota. Luego sacudí la cabeza para arreglar mis ideas.
¿Qué demonios creía que estaba haciendo? Tenía que alejarme de él ahora.
—Ya me voy.
Giré sobre mis talones y caminé pesadamente hacia la puerta de mi
apartamento. Él siguió mis pasos y avanzó junto a mí para llegar a la puerta de la
lado. Intenté no mirarle, porque en ese momento Nikholas tenía sus ojos fijos en
mí, lo más probable burlándose de mí estado tan ridículo.
—Nos vemos luego, Jules —dijo, su voz suave y melosa, diferente a otras
veces. Abrió la puerta de su departamento y entró.
Me había quedado tiesa en medio del pasillo. ¡Diablos! Lo sabia, Nikholas
había notado bien mi rubor. Pensaba que ya había caído ante sus estupidísimos
encantos que me tenían verde. Ingresé al apartamento y cerré la puerta, apoyando
mi espalda mientras cerraba los ojos con fuerza.
—¡Idiota, Julia! —solté para mis adentros, pasando la mano por mi rostro
—. Eres una idiota.
Solté aire con fuerza, frustrada. Caminé con prisas hacia mi habitación,
aliviada de que al menos no tuviera que ver el rostro de mi vecino por ahora. Mi
teléfono vibró en el bolso. Lo saqué y vi el nombre de Dee en la pantalla. Decía:
«Estvo cachondo el encntro?». Me dieron ganas de estrangularla, por lo que
decidí pasar por alto el mensaje por su bien y el mío.
•°•°•
Me pasé el resto de la tarde entre deberes y libros. Esta vez tenía especial
afición por Cumbres Borrascosas de Emily Bronte. A eso de las siete, un
visitante particular llamó a arañazos por mi ventana. Volví la vista y allí estaba
detrás del vidrio, el gatito negro que me había dado el atrevimiento de llamarle
Husk. Salté fuera de la cama y abrí la ventana agarrándolo en brazos. Era tan
suave y calentito. Lo acosté junto a mí en la cama.
Permanecimos así un buen rato. Yo leyendo y acariciando a Husk, y éste
dormitando entre ronroneos. Fue entonces cuando escuché que la puerta de la
entrada se abría. Me puse en pie y salí a recibir a mi tía.
Por sus hombros tensos y el bostezo que se echó, saltaba a la vista que
llegaba algo agotada. No era de extrañar teniendo en cuenta que trabajaba en el
hospital de la ciudad.
—Hola cariño —me saludó con un suspiro. Dejó su bolso en el sofá y se
sentó junto a él quitándose los tacones.
Me acerqué a ella con una sonrisa.
—¿Earl Grey?
Kristen sonrió aliviada.
—Sí, por favor.
Fui hacia la cocina a preparar el té. Si podía hacer algo por ella, aunque
fuera mínimo, lo hacía con todo gusto. Kristen había cuidado de mí como otra
madre, aunque no estuviera obligada de ninguna manera. Cuando murieron mis
padres, la abuela Diana y ella discutieron sobre quién recibiría mi custodia. Diana
la quería, por supuesto, pero terminó siendo Kristen la que la obtuvo. En parte
porque yo no quería marcharme de Danvers, a esa gran casa de Phoenix que yo
poco había visitado.
Ambas eran mi familia por parte de la rama paterna. Mi madre perdió a sus
abuelos desde muy joven, así que sólo fue ella. Mientras que mi padre tenía una
hermana muy cariñosa y una madre que resultaba a veces muy agobiante. Otra
razón por la que me decidí a vivir con Kristen.
Serví el té humeante en la taza que le regalé en día de San Valentín y se lo
ofrecí. Kristen sopló y dio un ligero sorbo, suspiró y sonrió.
—Es perfecto, cielo.
Tomé asiento junto a ella y Kristen me rodeó los hombros con su brazo.
—¿Fue un día pesado? —inquirí, si bien ya yo sabía la respuesta.
Kristen asintió.
—Demasiados pacientes, poco personal en el turno, lo cual es bastante raro
si me lo preguntas. Ahora —respiró hondo—, sólo quiero terminar mi té y
recostarme.
—Me lo imagino. ¿Diana llamó?
Hizo una mueca.
—No, y menos mal. No tenía cabeza para lidiar con mi madre en ese
momento. En todo caso, sabe que estás en período escolar y que no puedes faltar.
Si quiere verte, tendrá que venir a Oregon.
Torcí el gesto.
—Qué tortura —y escondí rápidamente el rostro en su hombro para evitar
su mirada desaprobatoria.
—Julia, es tu abuela. Debes pasar tiempo con ella, sobretodo porque Diana
es quien insiste tanto.
Hice un puchero, lo cual le sacó una sonrisa.
—Sabes lo insistente que es. No aguanta un no por respuesta. Si quiere
hasta puede intentar moldearme a su antojo.
Kristen rió entre dientes.
—Bueno, eso es verdad. Pero, a pesar de eso, sigue siendo familia. Así que
si llega a venir…
Puse los ojos en blanco sabiendo que no tenía otra alternativa.
—Seré la nieta que más ama —completé la oración a mi modo.
Kristen rió y me jaló un mechoncito de flequillo con suavidad.
—Exactamente. Ya verás sus gustos en la ropa, te encantarán.
Mi expresión debió de ser mundial porque, de pronto estaba riendo a
carcajadas. Adoraba a mi tía… y bueno, a mi abuela también la quería, pese a sus
cosas extrañas.
CAPÍTULO 2
Llegó el lunes y, como siempre, no quería dejar mi suave, cómoda y
calentita cama. Casi me perdía en el enorme edredón y las almohadas que me
rodeaban, pero me importó muy poco cuando después de ver videos hasta las dos
de la mañana quedé rendida con los audífonos puestos.
Aparté las almohadas de mala gana y me obligué a salir de la cama. El piso
estaba frío, subí los pies de golpe. Mal comienzo para una mañana en la que tenía
que asistir al instituto sí o sí.
Me duché, cepillé y sequé mi cabello; por supuesto que en ese orden y con
la toalla blanca enrollada moviéndome con la música que sonaba de mi iPod.
Busqué mi ropa típica en el armario, que estando a principios de otoño, me fui
por lo seguro: pantalones de cintura alta, blusa blanca, la chaqueta de pana color
canela, y mis Converses que no podían faltar. Peiné mi cabello rojo como pude y
salí de la habitación con la mochila al hombro.
Kristen se hallaba en la cocina… acompañada de Elliot, su novio. El
abogado en una firma reconocida con una familia del barrio pijo de Waterhill, se
encontraba en ese momento tomando de una taza de café con la espalda apoyada
de la encimera mientras Kristen preparaba el desayuno. Con su traje impecable
parecía que grabaría un anuncio.
—Buenos días, Julia —me saludó como siempre con una sonrisa. Agarró la
jarra de café, sirviendo en mi taza verde, y me la ofreció.
—Buenos días —acepté la taza humeante y tomé asiento en el taburete de
la mesa tipo bar.
Kristen se volvió hacia mí tan radiante como siempre. Mi tía era una rubia
de ojos azules y figura envidiable para su edad. Al lado de ella quedaba algo
opacada, pues en cierta forma no nos parecíamos demasiado, ni en el físico ni en
la personalidad. Mientras que ella era una rubia despampanante como mi mejor
amiga, con sus ojos azules expresivos, su estatura de un metro sesenta y su
elegancia al vestir; yo, por otro lado, era una pelirroja con pecas, ojos verdes,
quién medía un metro sesenta y cinco y prefería el estilo moderno y sencillo. En
físico me parecía más a mi madre, mientras que Kristen era como una versión
femenina de mi padre.
—Gofres con miel y fresa —dijo poniendo el desayuno ante mí. Vio la taza
de café en mis manos y arrugó un poco el entrecejo—. No bebas mucho café.
Le dediqué una mirada a Elliot y ambos reímos.
—Te lo agradezco, tía Kristen —mi estómago protestaba, por lo que
empecé a comer enseguida.
—Tengo que salir un poco más temprano, Julia —me informó mientras
limpiaba la cocina. Elliot se sentó a mi lado disfrutando de las tostadas con fruta
—. ¿Dee vendrá por ti hoy?
Ups. Por su tono de voz, daba la impresión de que me suplicaba que fuera
así. No había quedado con Dee ese día pero, no podía ser un inconveniente para
ella viendo su rostro.
¡Qué más da! No era la primera vez que tomaba el bus al instituto. Me
replanteé seriamente la idea de conseguir trabajo. Dinero para un coche.
—Sí, hace rato me envió un mensaje —mentí. Joder, todo fuera por no
preocuparla demás.
Kristen sonrió con alivio.
—Qué bueno. Tengo que salir ahora mismo porque hay poco personal hoy
en el hospital. No quería que llegaras tan temprano al instituto.
—No te preocupes, y vayan con calma.
Volvimos la vista hacia Elliot, quien no había terminado su desayuno. Dejó
la tostada en el plato y se limpió la boca con una servilleta.
—Bueno, parece que ya es hora. Vámonos pues —se levantó del taburete
alborotando un poco mi cabello—. Nos vemos, Julia.
—Sí, sí —protesté por su acto y él rió.
Kristen me lanzó un beso antes de recoger su bolso y dirigirse a la puerta.
—Nos vemos luego, cielo, te quiero.
—¿Llevas las llaves? —le recordé a sabiendas de que solía olvidarse de
eso. Y no me equivoqué está vez tampoco.
Se apresuró a tomarlas de la cómoda de la sala y salió del departamento no
sin antes lanzarme muchos besos. Negué lentamente con la cabeza una vez
estuve sola, sonriendo como una tonta por las cosas de mi tía. Sin duda adoraba a
esa mujer.
En cuanto acabé mi desayuno saqué el teléfono para mandarle un mensaje
rápido a Dee: «Te imprtaría psar a bscarme? K me dejó varada». Presioné
enviar y, por si acaso, busqué algo de dinero para el bus. Acomodé la correa de
mi mochila y salí del apartamento lista para enfrentar ese día de instituto.
Lo último que hubiese querido era que Voigt se encontrara allí en ese
preciso instante, esperando el ascensor con su vista fija en el teléfono. Maldita
fuera la basura que acumulaba la señora Johnson del 24 que usaba el ascensor
para sacarla a esa hora.
Como si percibiera mis pensamientos, Voigt volteó su rostro hacia mí. Su
sonrisa apareció enseguida. No entendía qué veía de gracioso en mí para que se
burlara todo el tiempo. ¿Eran las pecas? Nada más que eso fuera, porque le partía
los dientes.
Avancé como si nada hasta quedar junto a él frente al ascensor. Sentía su
intensa mirada puesta en mí, y de reojo alcanzaba a ver que seguía sonriendo.
—¿Hoy estás mejor? —preguntó, guardando su teléfono en el bolsillo de
sus pantalones negros.
Mantuve la vista en las puertas de metal cerradas.
—No se de qué hablas.
—¿Que de qué hablo? —repitió con una risa nasal—. Ayer parecía que te
ibas a desmayar. Me preocupaba tu aspecto, tu rostro enrojecido…
Ya, se estaba yendo por un camino peligroso.
—¿Desde cuándo te preocupas por mi bienestar?
Voigt hundió las manos en los bolsillos de su pantalón mirándome con sus
ojos azules brillantes. Un mechón rebelde de cabello oscuro caía sobre su frente
bronceada. Las gafas de sol, estaban guindadas en el cuello de su camisa, la cual
se ceñía en los pectorales y los brazos descubiertos. Noté que tenía una cazadora
en la mano similar a una mía.
—Desde que llegué, para serte franco. ¿Por qué crees que siempre trato de
hablar contigo?
Su respuesta me dejó sin palabras. ¿Desde cuándo mostraba tanto interés
por mí? No tenía sentido, me estaba jodiendo. El Voigt que yo conocía desde
hacía un mes, siempre tenía algo estúpido para decirme, algo para hacerme
enojar.
Las puertas del ascensor se abrieron, dándome la oportunidad perfecta para
pasar del tema por lo menos unos segundos. Me precipité al interior de la cabina,
para acabar chocando aparatosamente con alguien que venía saliendo. Un chico
que enseguida abrió los ojos como platos, a la vez que sentía algo escurrir por mi
camisa. Bajé la vista y ahogué un chillido.
Para rematar, llevaba una bandeja de comida que terminó embarrada en mi
blusa. Mierda y más mierda, sólo podía pensar mientras los restos de papas y
salsa se deslizaban por mi ropa.
Sentí la mano de alguien en el hombro y luego Voigt me apartó para
encarar al sujeto. Agarró al chico por la camiseta, quien debía ser unos años
mayor que yo, y lo estampó en la pared con fuerza. Hasta yo quedé
desconcertada.
—¿Por qué no te fijas, cabrón? —soltó con una voz baja y grave que me
erizó los vellos de la nuca.
El chico estaba tan blanco como la nieve. Levantó las manos en señal de
rendición.
—Lo siento mucho, lo siento.
Obligué a mi cerebro paralizado volver al presente, antes de que a Voigt se
le ocurriera zamparle un puñetazo.
—Suéltalo, Voigt, no fue su culpa.
El aludido me miró con la mandíbula apretada antes de dedicar una última
mirada asesina al chico y soltarlo. Salí del ascensor a toda pastilla. Tenía la ropa
manchada y olorosa a ensalada y salsa. Tenía que correr si quería llegar con
tiempo al instituto.
Abrí la puerta al vuelo y corrí a la habitación. Dejé la mochila en la cama y
me saqué la chaqueta y la camisa estropeada. Tiré la ropa en la cesta de prendas
por lavar y giré sobre mis talones para dirigirme al armario.
—Linda habitación —escuché a alguien decir desde la puerta.
Pegué un grito y me cubrí con la sábana como si de eso dependiera mi
vida… Tal vez no mi vida, pero sí la privacidad. Voigt estaba apoyado tranquilo
del marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho.
—¡¿Qué demonios haces en MI habitación?!
—¿Me equivoqué de puerta? —sugirió. No parecía nada arrepentido.
Mientras que mi rostro estaba igual de rojo que un semáforo. ¡Maldición!
Que me había visto en brasier.
—¡FUERA! —chillé sin apartarme de mi cama, cubriendo mi cuerpo de
aquel asqueroso pervertido.
Voigt alzó las manos en señal de rendición.
—Bien, no tienes que gritar.
A penas se alejó unos pasos, cerré la puerta con el pestillo. Quería gritar y
golpear algo. Ese tipo era tan imbécil como para hacer tal estupidez. No podía…
Tenía que librarme de él. Pero no tenía intenciones de irse por lo visto.
Mi teléfono vibró. Lo saqué desesperada rogando a que Dee me salvara el
pellejo. «Ya llegué amors :-* Voy a sbir». Estaba que lloraba de alegría. Mi
amiga por fin había escuchado mis súplicas mentales. Pronto me alejaría de ese
ser.
Me puse otra blusa rápidamente y salí de nuevo con mi mochila y sin nada
de salsa en la ropa. Voigt se encontraba sentado en el sofá como perro por su
casa. Revisaba el teléfono. Al escuchar mis pasos se giró hacia mí.
—En serio, no era mi intención verte desnuda —dijo.
Lo fulminé con la mirada.
—Guárdate tus palabras de mierda. No me importa. Ahora sal de mi casa,
pervertido, que ya me voy.
Voigt ladeó la cabeza.
—¿Te llevo?
¡Y aún tiene el descaro…!
—¡Pues no!
—Vamos, te defendí de ese idiota del ascensor.
—¡Y luego fuiste a verme desnuda! El chico al menos no lo hizo adrede.
—¿Te vio desnuda? —cuestionó otra voz.
Me giré de golpe hacia la puerta. Dee con su impecable coleta y su
vestuario toda ella, nos miraba con los ojos abiertos de par en par. Sus labios
hasta formaban una sonrisa torcida al verme a mí. No me gustó para nada esa
expresión. Odié esa expresión. Porque lo más seguro era que ya se había
imaginado cosas que jamás en la vida pasaron.
Y todo por culpa de Voigt.
Le dediqué una mirada asesina.
—Sal de mi casa.
Nikholas sonrió burlón. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, y
se inclinó un poco hasta que nuestros rostros quedaron a pocos centímetros.
Quería empujarlo, patearlo en los bajos, pero no podía moverme. Esto le hizo
agrandar su sonrisa y, de pronto, sopló.
Sí, maldición. Sólo sopló, haciéndome parpadear.
Se apartó al vuelo y abandonó el apartamento como si nada hubiese pasado.
Me había dejado allí con el huracán que era mi amiga. Dee no esperó ni un
minuto cuando ya estaba zarandeándome por los hombros.
—¡Así que tuvieron su momento cachondo después de todo! ¡Te vio
desnuda!
Volví a la realidad de súbito.
—¡No! Eso no fue lo que pasó, lo juro.
Dee ese detuvo, mirándome con una ceja arqueada.
—Pero si tú misma lo dijiste. Te escuché decir con tus propios labios que él
te vio desnuda.
Me iba a dar el soponcio.
—No es así. Sólo… —tomé aire y empecé a contarle lo sucedido. Voigt
debía tener canicas en el cerebro para pensar siquiera en pasar a mi habitación.
De seguro había mirado más de lo que yo creía…
Sacudí la cabeza para librarme de esas ideas. Ya había tenido suficiente de
ese tipo por hoy, y para siempre. No quería verlo ni en pintura. Había
sobrepasado una línea que de por sí ya se estaba tambaleando desde el día
anterior. No le iba a dar la satisfacción de creer que era otra de sus chicas, no
claro que no. Yo no era tan estúpida para caer en eso.
•°•°•
El instituto de Danvers. Ciertamente no tenía nada que lo diferenciara de
otro. Era un simple plantel educativo con varios edificios dispuestos en U, un
patio central, otro con mesas, campo de fútbol, y esas cosas. Lo que más me
gustaba era el equipo de Voleibol femenino, al cual yo formaba parte.
Dee condujo su nada discreto Toyota rojo por el estacionamiento hacia el
espacio que le había guardado Justin. Éste se encontraba al lado de un Ford negro
conversando con varios chicos que portaban la misma chaqueta del equipo de
fútbol que él. No era menester resaltar que pertenecían al equipo del instituto y
que mi amiga y él parecían la pareja adolescente perfecta con sus físicos
impresionantes.
Bajé del coche viendo que mi amiga ya se había lanzado a los brazos del
chico. Negué con la cabeza y cerré la puerta acomodando mis auriculares. Mejor
los dejaba solos un rato, no quería ser mal tercio, nunca más. Ajusté la correa de
mi mochila y me enfilé hacia el área de mesas. Por ahí estaba él, lo sabía.
Lo vi, junto a su grupo de amigos. Su cabello castaño que le llegaba a la
nuca estaba ondulado y suelto a su antojo. Tenía una sonrisa torcida y sus ojos
castaños daban la impresión de brillar de alegría mientras sus manos tocaban la
guitarra en sus brazos. Su aspecto relajado y su sonrisa radiante era lo que más
me gustaba de él, después de su voz.
—No te babees, Jules —susurró alguien en mi oído.
Pegué un salto preparada para insultar como nunca al imbécil que me
asustaba así. No me costó nada convencerme al ver de quien se trataba. Voigt
sonreía guasón con el cigarrillo entre sus labios y las gafas de sol cubriendo sus
ojos. Arremetí contra él con una serie de golpes en el hombro que no causaron el
daño que yo esperaba.
—Tranquila, tranquila, pecas —soltó entre risas.
Me detuve en seco. Estaba que perdía los estribos.
—¿Cómo me llamaste?
Voigt dio una calada a su cigarrillo, mantuvo el humo en su boca y luego lo
soltó. Me vi en la tediosa necesidad de apartar la peste dañina con la mano. No
podía creer que se fumara todos esos cigarrillos. Debía estar al borde de un
cáncer de pulmón.
—¿Qué es lo que te gusta de Evans?
Me sorprendió su pregunta. Volteé a ver en dirección del aludido, quien
permanecía ajeno a cualquier cosa que pudiéramos estar hablando nosotros.
Había ignorado todo desde siempre sinceramente, si bien de alguna manera quise
que fuera así.
—No es tu asunto, pervertido. Y a ver si agarras un poco de distancia, no
me hagas poner una orden de alejamiento en tu contra.
Nikholas soltó una risa.
—¿Un papel? Eso no servirá de nada —bufó y pasó por mi lado.
Lo miré fijamente tratando de fingir molestia, sin embargo sentí un
escalofrío en la espalda que no me tranquilizó en absoluto. No podía estar
hablando en serio, claro que no. ¿Oh, sí?
—¿Es una amenaza?
Se detuvo sólo un segundo con expresión incrédula.
—No.
Me quedé mirando su espalda mientras se alejaba, con una sensación
horrible en el estómago. ¿Qué demonios le ocurría a ese tipo? Era extraño, pero
ahora se estaba comportando más raro de lo habitual. De alguna forma, no sentí
que de verdad me estaba amenazando, pero sus palabras no me gustaron en
absoluto.
Miré a ambos lados del sendero y, tras decidirme, fui por la dirección
contraria.

CAPÍTULO 3
El primer examen largo que tenía en Biología en el curso y no me había ido
para nada mal. De hecho estuvo bastante sencillo. En cuanto sonó el timbre pude
entregar mi hoja sin remordimientos, feliz de acabar de una vez por todas con ese
tema. Salí del aula tan aliviada que por fin pude desestresarme de los sucesos que
habían ocurrido hasta el momento.
Fui a mi casillero para guardar los libros que cargaba. Tocaba educación
física, la materia que esperaba con ansias.
—¿Crees que la profesora me deje faltar a clases si le digo que tengo el
periodo? —Dee apareció a mi lado viendo su teléfono con desgana—. Puedo
hacer una excelente actuación de dolor de vientre.
Sonreí divertida.
—Esta es la segunda vez al mes. Va a creer que tu periodo es eterno.
Mi rubia amiga bufó como una niña. Descansó su cabeza en mi hombro
haciendo un puchero.
—Pero no quiero hacer deportes…
Me reí por su actitud y la arrastré conmigo hacia el gimnasio. Por su afán,
no bromeaba al decir que prefería estar en la clase de matemáticas que en esa.
Dee no era muy dada al deporte, eso era verdad; lo que más hacía era footing y
yoga. Odiaba tocar un balón porque juraba que éstos siempre acababan
golpeando su cabeza.
Nos cambiamos en el vestidor de chicas y nos dirigimos al centro de la
cancha. La señorita Sully, nuestra profesora de educación física con una
retumbante voz, ya nos esperaba junto a la red que separaba el espacio. Tenía el
balón debajo del brazo y la lista de asistencia en sus manos. En el otro lado de la
cancha los chicos se preparaban para jugar basquetbol.
Mientras hacía algunos estiramientos de brazos caminando a la cancha, noté
que Ethan Evans estaba entre los chicos de mi clase. No era algo nuevo para mí,
pero no podía dejar de verlo. Era como su acosadora.
Tal era mi abstracción que acabé tropezándome con Dee.
—«Julia al planeta tierra» —agitó una mano ante mi rostro—. Si tanto lo
deseas, puedo hablar con él.
Abrí los ojos como platos. No, ni pensarlo.
—No lo hagas, por favor. Creo que él ya tiene novia y… no, qué
vergüenza. Olvídalo.
Dee soltó una risita.
—Ajá, está bien. No tienes que ponerte a hiperventilar. Mira que me haces
reír y ahora mi pretexto no le servirá a la profesora.
Hablando de la reina de Roma… la profesora se alejó hacia las gradas
sonando el silbato.
—Bien, chicas. Equipos de seis para el primer partido.
Dee me palmeó la espalda y se fue rápidamente con otras chicas.
—Buena suerte.
Trotó feliz hacia las gradas por no tener que salir en ese momento. Siendo
una de las jugadoras del equipo de la escuela, me llamaron para ser una de las
primeras en participar. La profesora se llevó el silbato a la boca, pero se detuvo,
su vista dirigida a las gradas donde estaban las chicas.
—¡Señor Voigt! —lo llamó con su voz retumbante—. No viene a esta clase
para haraganear en una banca.
Rodé los ojos al cielo y busqué la raíz del problema. En definitiva, Voigt se
encontraba echado en una de las gradas con los lentes puestos y los brazos
apoyados en el asiento de arriba.
—Creo que estoy en mis días profesora —ironizó, ladeando la cabeza y
haciendo ese gesto tan asqueroso de pasar su lengua por su labio.
Las chicas a mi alrededor opinaban de manera contraria a mí. Se alegraban
con sólo verlo respirar… idiotas. Admitía que el imbécil era guapo, pero de ahí a
mendigar por su atención había una diferencia extrema.
Sully se cruzó de brazos, pero sorprendentemente no dijo más nada. Raro,
teniendo en cuenta que echaba a cualquiera de su clase con tan sólo verlo en un
sitio sin hacer nada. ¿Por qué lo ignoraba como si tal cosa? Sin más se situó cerca
de las gradas y sonó el silbato, dando comienzo al juego.
Bueno, no tenía tiempo para perder en cosas innecesarias.
La pelota fue sacada por el equipo contrario. Pasó la red y una de mis
compañeras la recibió a tiempo, dejándola en el aire en nuestra zona. Posicioné
los brazos y la golpeé, enviándola de regreso al otro lado. El juego llevó un poco
mas de tiempo del esperado. En una anotábamos nosotras y luego el otro equipo.
El partido pareció interesarle mucho a la profesora, porque se levantó a poner
mucha más atención, olvidando que otras chicas, como Dee, se estaban salvando
de no participar.
Me tocó cambio de posición y turno de saque. Hice rebotar la pelota un par
de veces, prestando atención a la trayectoria de ahí a la red. Unos ojos azules
captaron los míos por un momento, esos ojos burlones que por esa vez mostraban
seriedad. Raro. Desvíe la vista, lancé la pelota al aire, salté y levanté mi mano
hasta que le di a la pelota. Un buen saque que envió el balón con bastante
impulse al otro lado de la red.
El juego siguió hasta el término de la clase. La profesora se fue despidiendo
de todos y se acercó a mi con la lista.
—Julia, las inscripciones al equipo empezarán mañana. Está atenta.
Asentí bebiendo agua de mi botella. La profesora se marchó. Busqué a Dee
con la mirada, para encontrarla hablando muy cariñosa con su novio. Esos dos no
podían ni verse para empezar a toquetearse, hubiera gente o no.
—No me digas que sientes celos.
Suspiré, haciendo acopio de mi paciencia. Giré sobre mis talones para
verlo. Se había sentado en la grada más baja con las piernas abiertas y los codos
apoyados en los muslos. El gimnasio ya casi estaba vacío y podía oírlo con
claridad pese a la distancia.
—¿Eres lesbiana, o sólo no te gusta compartir a tu amiga? —preguntó, sin
importar que lo fulminaba con la mirada.
Resoplé.
—Ni lo uno ni lo otro, estúpido.
—Qué envidia me da tu amiga, en todo caso.
Arqueé una ceja.
—No me digas que te gusta Justin —usé el mismo tono que el suyo.
Voigt soltó una carcajada y se levantó caminando en mi dirección. Se situó
a poca distancia de mí. Era uno de los pocos momentos en que me hacía
consciente de su altura superior a la mía. Ese tipo debía medir metro ochenta más
o menos. Se quitó las gafas de sol y sus ojos azules se fijaron en los míos.
—No envidio a tu amiga por eso. Sino por recibir toda tu atención. En
serio, recibe más que el rarito de Evans.
Enmudecí por sus palabras. ¿Qué diablos le ocurría a este tipo? ¿Por qué
seguía bromeando con aquello? No era su forma habitual de joderme la
paciencia, pero no hallaba otra lógica para explicar su comportamiento. Las
demás opciones me parecían imposibles y ridículas.
Que mencionara a Ethan me crispó. No sólo me veía semidesnuda, sino que
también descubría por quien me moría en ese sentido.
—Son personas importantes para mí, punto.
Le di la espalda e hice amago de marchar, sin embargo me dio un ligero
jalón de la camisa para que frenara.
—¿Incluso si él no sabe que le gustas, que existes siquiera?
Abrí la boca para replicar, pero me di cuenta de que tenía un buen punto.
Maldito fuera Voigt y sus ganas de joder.
—No me importa, lo prefiero así —alegué. Agarré mi camiseta ancha en un
intento de librarme de su firme agarre, pero él no quería soltarme.
Dio un paso más cerca, mis intentos de separarme se hicieron más
desesperados.
—¿Eso es porque él “tiene novia” —realizó las comillas con los dedos—, o
simplemente porque te da miedo decirle?
Otra vez me dejaba sin habla por hacerme pensar en la pregunta. Estúpido.
No era de su incumbencia. Ni siquiera iba a preguntar cómo sabía lo de la novia.
¿Por qué demostraba tanto interés? ¿Y por qué Dee no me había llamado?
Supuse que se había marchado dejándome con ese ser.
Tragué saliva con fuerza y apreté la mandíbula.
—No quiero, punto —solté sin más. ¿Por qué le explicaba? No tenía que
hacerlo, pero su cercanía me estaba poniendo nerviosa.
Dio otro paso más cerca. La mano que sujetaba mi camisa ya ni la
templaba. Sus botas tocaron la punta de mis zapatos y yo di un respingo. Su
rostro se había situado muy cerca. Si subía la vista, capaz y terminaba chocando
con su nariz o algo más.
—Tal vez en el fondo sabes que él no es el mejor para ti.
Aquello sí que me desconcertó. ¿De qué demonios estaba hablando? Sus
ojos azules me traspasaron y su semblante permaneció sereno.
—Estás demente.
—Tengamos una cita.
El oxígeno que quedaba en mis pulmones se escapó por completo de mi
organismo. Solté su agarre y retrocedí dando tumbos. No me lo podía creer. Ese
tipo… Ese tipo iba en serio en esto. ¡No podía estarme jodiendo más que ahora!
Acomodé mi camisa jalando los bordes en un movimiento brusco. Voigt
arqueó una ceja ante mi arrebato. Me sabía mierda.
—Será un no, idiota. Déjate las bromas que no quiero jugar contigo así.
Le di la espalda y me dispuse a salir del gimnasio lo más rápido que me
permitían las piernas. Por los dioses que no intentara detenerme, porque ahí sí es
verdad que terminaríamos en los golpes. Aquel juego extraño de lanzar puyas al
otro había llegado a un nivel que no creí concebible. Jugar con los sentimientos
de alguien resultaba demasiado bizarro para mi gusto.
Sus fuertes brazos me atraparon justo antes de que pudiera llegar a la puerta
de los vestuarios. Me levantaron en el aire sin ninguna dificultad mientras
luchaba dando patadas en la nada con la cara tan roja como mi cabello.
—¡Suéltame ahora mismo, Voigt!
—Mi nombre es Nick —dijo en mi oído—. Y no estoy jugando.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo. Joder, que con tan sólo el
contacto de nuestros brazos desnudos ya me entraban unos correntazos locos.
Aquello no tenía ningún sentido.
—¡Bájame ahora! ¡Ya es suficiente!
Viendo que la pared estaba muy cerca, use las piernas para empujarnos.
Nikholas se tambaleó un poco, pero se mantuvo en pie como un roble pesado.
¡Ese tipo estaba hecho de roca o qué carajos!
—Sólo quiero que me digas por qué no.
Forcejeé y me retorcí todo lo que pude. A este paso acabaría por dislocarme
algo, pero a Voigt no parecía importarle lo más mínimo.
—¡Porque estás loco, por eso!
—Escucha, intenté mantenerte alejada todo lo que pude, pero ya no puedo.
No me gusta nada verte babear por otro, menos que los demás te miren como lo
hacen cuándo estás jugando voleibol con shorts. ¿Crees que lo disfruto? ¡No! Me
irrita.
Al fin me soltó. Antes que nada, respiré hondo recuperando la compostura.
Jamás me había peleado así con alguien.
—Ya te dije que dejaras las bromas —respondí seria—. Primero me tratas
mal por un mes entero, luego entras en mi habitación sin permiso, y ahora
¿resulta que quieres salir conmigo? ¡Deja de joder!
Voigt frunció el ceño y negó con la cabeza incrédulo.
—Te acabo de explicar.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué me trataste mal? Porque la
verdad no lo entiendo.
Agarró aire. Nunca lo había visto así, tan… ¿perdido?
—Es complicado.
Ya tuve suficiente. Me pellizqué el puente de la nariz tratando de
mantenerme tranquila.
—Pues me hablas cuando sepas explicarme.
—Jules… ¿es tan difícil darme una oportunidad?
Fruncí el ceño. ¿Qué le diera una oportunidad? Pues sí, estaba un poco
difícil. Conocía los gustos de Voigt. Tal vez él no se dio cuenta, pero fui
consciente de las conquistas que pasaban por su casa, y sus piernas. O invitaba
mujeres a su apartamento, o dejaba que cualquier chica de la escuela se sentara
en sus piernas en la cafetería. ¿Creer que es alguien confiable? Nah, en absoluto.
No lo había demostrado, y yo no me iba a arriesgar con ilusiones vanas que sé
que llegarían.
Las puertas del gimnasio se abrieron. Ambos nos volteamos y vimos a
Roland Krause, el chico que siempre se la pasaba con Nick y, sí, era su roomie.
Me preguntaba cómo hacía para soportar a su compañero todos los días.
—Ah, aquí estás, Nick —dijo con una sonrisa y levantó la mano para
saludarme—. Hola, Julia.
Llegaba en buen momento sinceramente.
Volví mi rostro hacia Nick, quien me miraba seguro esperando una
respuesta. No. En definitiva no iba a permitirle salirse con la suya. No acabaría
como otra de sus tantas conquistas.
—Dee debe estarme esperando.
Sin más giré sobre mis talones y salí a toda pastilla del gimnasio. Roland
me miró confuso, pero lo ignoré y crucé la puerta con las mejillas rojas. Tomé mi
mochila y la ropa del casillero sin cambiarme y continué el camino. El pasillo
estaba casi vacío. El timbre de salida había sonado hacía veinte minutos, no era
extraño que aquello casi no tuviera ni un alma.
Al salir del edificio vi el sol cayendo en el horizonte tintado de naranja. Lo
más probable era que Dee estuviera por ahí con su novio, usualmente se
quedaban un rato en el estacionamiento después de la salida con un grupo de
amigos. Bajé las escaleras sintiendo un nudo en el estómago.
¿Voigt interesado en mí? ¡Sí, claro! Y le molestaba que otros chicos me
vieran en las prácticas de voleibol… No podía negar que esa declaración era
bastante brusca y extraña, pero muy en el fondo de mí se sentía bien. Quería
luchar contra ese pensamiento ante todo pronóstico. Ese tipo sólo estaba jugando
conmigo.
•°•°•
Después del instituto pasé el resto de la tarde en casa de Dee, viendo
películas en su laptop y eligiendo ropa para su cita con Justin. Me encontraba
acostada boca arriba en su cama con el teléfono en mano y ella se probaba un
vestido tras otro sin terminar convencida.
—Julia —me llamó, al ver mi poca disposición para ayudar—. La cita es
esta noche, ¿quieres hacer el favor de ayudar un poco?
Solté un gruñido en protesta y cambié de posición en la cama, evaluando el
vestido que ahora cargaba. Era color verde oscuro, ajustado y con escote de
corazón. Le iba bien con su color de piel y su figura.
—Ese me gusta —le dije y bufé—. ¿No sé supone que salieron ayer? ¿Por
qué todos los días?
Mi rubia amiga se giró hacia él enorme espejo de la esquina, viendo mejor
los ángulos del vestido. Soltó una carcajada ante mi pregunta.
—Rojita, ya verás cuando tengas novio.
Me tensé, recordando la declaración nada sutil de mi vecino.
—Creo que no duraría ni tres días con el susodicho.
—¿Qué? —se carcajeó divertida y puso un brazo en jarra—. ¿Por qué?
—Se asustaría por mi personalidad.
Mi amiga se rió, lo cual no pude evitar imitar con ganas. Mi padre solía
decirme que tenía un carácter fuerte como el de mi madre, que cuando creciera
sería una mujer inteligente y hermosa, lo cual vendría siendo un inconveniente
para los hombres. Lo que quería decir era que no sería fácil de impresionar. Si lo
pensaba un poco, a lo mejor y no estaba tan errado; tenía la costumbre de
ahuyentar a quien fuera que pretendiera algo.
—Okey, es un buen punto —se burló, a lo que respondí lanzándole una
almohada. Mi amiga la esquivó entre risas—. No, en serio, en serio. Si alguien
llega a atraparte, porque estoy segura de que eso pasará, verás exactamente por lo
que estoy pasando.
Negué con la cabeza.
—Olvídalo. Tengo a Husk.
Mi amiga arrugó la nariz.
—Agh, ¿ese gato apestoso?
Me indignó tal comentario. Mi pequeño Husk era una ternura, una bola de
pelos suave y cariñosa. No tenía la culpa de que Dee fuese anti-animales. Sin
ninguna razón aparente le causaban fobia.
—No es apestoso. Es mi príncipe ideal —argüí.
Dee se llevó la mano a la frente y soltó un quejido de forma dramática.
—¡No por favor, Dios! ¡Mi amiga no puede acabar virgen a los cincuenta,
con trescientos gatos a su alrededor!
Escondí mi cara en la almohada, las dos destornillándonos por la risa
enloquecida. Cualquiera que nos escuchara diría que éramos unas brujas
planeando el hechizo de nudo. Por lo visto el hermano menor de Dee lo pensó,
pues abrió la puerta sólo para gritarnos “¡Brujas!”. Salió corriendo en cuanto mi
amiga amenazó con alcanzarlo del cogote.
La rubia cerró la puerta con furia y se giró hacia mí pegando un suspiro. Lo
que era vivir con un hermano de doce años… Me causaba gracia.
—En fin, a lo que íbamos —juntó las manos viendo a otro lado—. No creas
que no me fijé en ti y en cierto vecino este día. —sonrió y se acercó a mí con
rapidez—. ¡Cuenta, cuenta! Los dejé solos para que se besuquearan. ¿Lo
hicieron?
Yo no estaba enterada de eso… Me levanté bruscamente.
—¿Cómo…? ¿Así que lo hiciste a propósito?
Dee suspiró, como si lidiar conmigo requiriera de mucho esfuerzo. Puede
ser.
—Ah, Julia, bebé. Pues claro que fue a propósito. El tipo te estaba
comiendo con la mirada en todo el partido. Déjame decirte que tengo un shipp
bastante acertado con ustedes.
Me cubrí el rostro con las manos, avergonzada.
—Recuérdame no recomendarte ningún otro manga… antes de
estrangularte.
Alzó las manos en señal de paz.
—Espera, tranquilízate. Entonces, ¿no hubo beso?
—¡Claro que no! ¿Por qué besaría a ese tipo?
—La pregunta correcta es… ¿por qué no? ¡Vamos, Julia! —me dio un
golpecito en el hombro—. Se nota que se muere por ti. ¿Desde cuándo? No sé.
Pero mis ojitos lindos no me engañan. Voigt ignora todo lo demás para sólo verte
a ti. ¡¿Qué más quieres, mujer?! —añadió sacudiendo mis hombros.
—Entró en mi cuarto y me vio desnuda —dije.
Dee puso los ojos en blanco.
—Error. Te vio en brasier. Además, no es como si te fuera mirado como
psicópata pervertido. Por lo que me dijiste, actuó como si nada. Ya tienen esa
confianza. Ya ha estado dentro de tu apartamento, ¿no?
Hice mente a las veces en que Kristen lo invitó a pasar el rato, a ver una
película, a cenar. Cuando mi tía estaba en casa, él andaba a sus anchas en el
apartamento como si fuera el suyo propio. No me gustó esas confianzas desde un
inicio, pero poco a poco lo fui ignorando… Hasta que decidió cruzar los límites a
mi habitación.
—Eso no tiene nada que ver.
—¡Claro que sí, joder! —Dee ese alisó el vestido al tiempo que tomaba
asiento a mi lado—. Ahora, si no se besuquearon y tocaron, ¿por qué tardaste
tanto en salir?
Ah… híjole. Ya me había pillado.
—Bueno —vacilé unos segundos—, él me pidió salir con él —primer
golpe. Cerré los ojos con fuerza a sabiendas de lo que se me vendría encima con
lo que diría a continuación—. Y le dije que no.
Dee no dijo nada por largos segundos. Temerosa, abrí un ojo y lo vi, su
rostro aguantando las ganas de darme cachetadas.
—¿En qué demonios estabas pensando?
—En mí, claro.
Dee suspiró y se restregó la mano en la cara.
—Rojita, bebé —me miró—. Sé que estás chiquita… ¡Pero eso no te da
derecho a ser tan quedada!
Me dio varios manotazos en los hombros. Tuve que taparme con la
almohada ante los ataques constantes. Sabía que no se alegraría por mi respuesta
pero, ¿qué quería de mí? No podía simplemente aceptar salir con ese tipo que no
daba confianza en lo absoluto. Yo no era como ella, quién resolvía el enigma en
un santiamén sin retribuciones.
—¡Más vale que retires lo dicho! —anunció con voz grave.
Me la podía imaginar cómo una princesa tirana, que si no le hacía caso,
terminaría jalándome el cabello.
CAPÍTULO 4
Salí de la casa de Dee con la chaqueta de pelusa rosa que me había prestado
después de que la agarré de su perchero. Mi casa no estaba muy lejos de allí, así
que me negué a que me llevara esas tres cuadras nada más, en especial porque
Justin ya la vendría a buscar.
Pasé la primera esquina, junto al parque que me gustaba frecuentar en el
día. Siendo las ocho de la noche, estaba casi vacío. Al menos desde mi ubicación
sólo podía ver a una pareja morreándose no muy lejos de allí. La noche estaba
demasiado fresca como para estar en pleno parque que, para ser honesta, tenía su
aire lúgubre en la oscuridad.
Decidí apresurar el paso.
—¿Ah? —escuché a alguien decir—. ¿Qué tenemos aquí?
Levanté la vista. Palidecí al instante en que escuché su profunda voz, para
frenar mi paso definitivamente al verlos. Un grupo de tres hombres ataviados con
largas gabardinas negras. Dos de ellos tenían cicatrices en el rostro, otro los…
No podía creerlo. Él… tenía los ojos rojos y brillantes.
Otro de los tipos, el que estaba encorvado, soltaba alaridos bajos. Fue
entonces que me percaté de la mano ensangrentada en la acera. Las náuseas
subieron por mi garganta…
A la ver-…
El tipo de ojos rojos caminó despacio hacia mí. Sus irises brillantes
parecían sangre pura, su expresión de sonrisa ladina y la imagen de la mano…
Me tenían en pleno estado de shock. Tenía la impresión de haber experimentado
algo similar mucho antes, algo que me esforcé por olvidar para no terminar
vuelta loca.
—¿Qué hace una chiquilla fuera de su casa a tales horas? —inquirió el
sujeto bajando la voz—. Es peligroso andar por ahí con los demonios sueltos en
la noche.
Sonrió, dejando a la vista una hilera de dientes afilados. Su aspecto cambió
de súbito. De su frente brotaron torcidos cuernos y sus ojos se volvieron más
grandes. Sus manos se tornaron de un color rojizo y le crecieron uñas afiladas y
amarillentas.
Por la impresión retrocedí tambaleante, a punto de caerme de culo.
—¿A dónde vas ahora? —más de una voz retumbó de sus labios en la
solitaria calle.
Dejé escapar el aliento de golpe cuando vi que se precipitada hacia mí con
una sonrisa lasciva. Quise correr lejos, despertar de aquella pesadilla, porque en
definitiva tenía que estar soñando. Seguro me había quedado dormida en casa de
Dee. Sí, eso era. En cualquier momento iba a despertar.
Por inercia, cubrí mi rostro con el antebrazo. Sus uñas alcanzaron mi piel y
realizó un desgarre. Mis ojos se llenaron de lágrimas y grité por el ardor que no
se detenía. La sangre se fue escurriendo por mi antebrazo mientras me doblaba de
dolor, cayendo de rodillas en el suelo.
Si aquello era una pesadilla… ¡¿Por qué sentía dolor?! Y el ardor en el
brazo no cesaba, más bien se extendía en toda la extremidad, ocasionando
punzadas como si tocará el hueso sucesivamente.
Pero esa cosa… ¡porque no podía ser humano! No había terminado.
Disfrutaba al verme sufrir y quería más. Luché por mantenerme consciente, por
levantarme del suelo y correr lejos de allí.
No pude.
Alguien más me agarró de las caderas y apoyó mi peso en él. No necesitaba
mirar, sabía perfectamente de quién se trataba por el aroma mentolado y los
hormigueos que recorrieron mis brazos al entrar en contacto con su piel cálida. El
ardor del brazo no había cesado, y esos tipos peligrosos seguían allí, sin embargo
por alguna extraña razón me sentí tranquila. Era él.
—¡¿Quién mierda te crees para intervenir así, cabrón?!
La mano de Voigt sujetó con firmeza mi cadera.
—¿Cuántas veces tengo que decirles que no se metan en mi camino? —su
voz calmada y profunda causó que los otros guardaran silencio—. Es mi
territorio, mi chica…
Hice el esfuerzo por mantenerme despierta. El dolor me estaba causando
una pérdida de consciencia. Ya no escuchaba muy bien lo que sucedía. Fueron
gritos, tal vez, alguien quejándose. Voigt apenas se movió, pero logré ver el
resplandor del fuego azul incluso a pesar de que él intentaba ocultar mi rostro en
su pecho.
Maldición… ¿Qué significaba toda esa mierda? Mi cuerpo estaba
demasiado entumecido para mí gusto. Sí, estaba perdiendo la consciencia.
Las suaves manos de Voigt agarraron mi rostro con delicadeza. No lo
escuchaba bien, pero sus labios se movían una y otra vez.
—Jules… No te duermas…Esto no te dolerá mucho…
El resplandor azul volvió, más cerca de mí. El ardor en mi brazo se
extendió por toda ese costado del cuerpo, haciendo que me crispara en sus
brazos. Algo me estaba pinchando la piel, como un montón de pequeñas agujas,
por todos lados. Apreté la mandíbula con fuerza y fijé mis ojos desorbitados en
los suyos, de un azul nítido. Seguía sujetando mi rostro entre sus manos,
acariciando mis mejillas con suavidad como si me diera consuelo, como si
buscara decirme que todo acabaría pronto.
Sentí que mis pies se separaban del suelo. Me cargó en brazos ocultando mi
rostro en su hombro. La mitad derecha de mi cuerpo estaba entumecida, no tenía
sensibilidad. La brisa repentina nos azotó, alborotando mis cabellos, y luego se
detuvo de súbito con un sonido seco.
Por el rabillo del ojo vislumbré las paredes del edificio. Nos dirigíamos al
ascensor.
—No siento el cuerpo —mascullé contra su hombro, arrastrando las
palabras como si estuviera sedada; me parecía la respuesta más acertada a juzgar
por mi estado.
Tenía mucho sueño, pero no podía dormirme fácilmente. Mis párpados se
abrían y cerraban pesados, si bien mi voluntad por saber lo que ocurría y el terror
que me había impactado no me permitían pegar el ojo ni un segundo.
Voigt suspiró. Sus labios estaban casi pegados a mi frente, por lo que pude
sentir su aliento leve.
—Tranquila, pasará pronto. ¿Sigues en plenas facultades? ¿Puedes decirme
tu nombre?
Quería poner los ojos en blanco, pero mi cuerpo aletargado me lo impedía.
—Pues Julianne, ¿cuál más?
Su risa me acarició el rostro, una sensación extrañamente agradable. Puede
que lo que sea que tuviera en el cuerpo me estuviera jugando una pasada, pero
hasta se sentía bien tener sus brazos fuertes rodeando mi cuerpo como si no
pesara nada.
—Sí, sigues siendo la Jules de siempre.
—¿Qué eran esos tipos?
Las puertas del ascensor se abrieron de un chasquido. Voigt salió conmigo
en brazos, con la vista al frente y sus hombros tensos.
—Eran demonios. El que te atacó poseía un veneno letal en sus uñas que
avanzaba bastante rápido por tu sangre. Descuida, ya lo eliminé. Tú sangre está
limpia.
En cierto modo, acepté la verdad sobre los demonios. Había mirado
suficiente para darme cuenta de que esos tipos no eran humanos, y desde hacía
rato descarté que lo sucedido fuera producto de una pesadilla. El dolor era una de
las principales razones por las que caí en la realidad, la otra… que seguía en
medio de todo con los efectos de dicho veneno y la mente clara pese al letargo.
Ahora, sabiendo que ya había pasado todo, quería saber cómo hizo él para
enfrentarse a esas cosas.
Para mi sorpresa, Nick pasó de largo por el pasillo hacia su departamento.
Lo pensé un poco antes de reclamarle. Probablemente Kristen estuviera a punto
de llegar, si es que ya no estaba allí, y se alarmaría con tan sólo ver el estado con
el que regresaba a casa.
—¿Nick? —escuché la voz preocupada de Roland.
—No pasa nada, llegué a tiempo.
—Parezco tullida… —objeté con voz lánguida.
Voigt soltó una risita.
—No estarás así para siempre, sólo necesitas descansar unos minutos.
Alguien más suspiró. Supuse que era Roland.
—Es un alivio que esté bien. ¿Quedó marca, Nick?
El aludido asintió. No podía ver sus expresiones, sin embargo el silencio
que precedió no me gustó nada. ¿Pasaría algo malo? ¿Y a qué se refería con eso
de la marca? Quería preguntar, sin embargo en ese instante Nick retomó la
marcha por el pasillo de su departamento.
—¿Me llevas a tu habitación, pervertido? —balbuceé con el ceño fruncido.
Voigt soltó una risa entre dientes y nos llevó a una habitación. Estaba
impregnada de su aroma a menta, por lo que no necesité su respuesta. Si tan sólo
estuviera en todas mis facultades, ahora mismo le hubiera enviado un derechazo
seguro a la mandíbula, sin importarme una madre que terminara por dolerme a
mí.
—Esto es sólo temporal —replicó mientras me dejaba con suavidad en la
cama—. Prometo no hacer nada que tú no quieras.
Sí, claro, como si eso pudiera calmarme. Ahora mismo, podría volverme
loca y atraerlo hacia mí. ¿Se detendría en ese caso?
Ya allí, pude observar mejor su habitación. Paredes azul marino, repisas
con libros de tapa de cuero, mesillas de noche negras, una de ellas con un
cenicero lleno; la cómoda del fondo, una puerta entreabierta que dejaba a la vista
parte del lavabo y el espejo del baño. En sí, tenía su esencia: masculino y
reservado.
Desvíe la vista del entorno cuando sentí que me agarraba el cabello. Sus
dedos se enrollaban en un mechón formando el rizo. La expresión de su rostro
era relajada y distraída.
—¿Estás cómoda?
¡Qué pregunta!
—Sólo siento algo de incomodidad en un lado del cuerpo, así que creo que
más o menos.
Voigt sonrió.
—No dejas el sarcasmo de lado ni en un momento así. ¿Acaso no estás
asustada, Julianne? —fijó sus ojos en los míos con evidente intriga.
No respondí al instante. Caí en la cuenta de que era la primera vez que me
llamaba por mi nombre completo. Y sobre lo otro… La verdad estaba un poco
más calmada. No sabría decir el motivo exacto, si bien el pánico y las ganas de
vomitar se habían esfumado por los momentos. Mi mente seguía procesando el
tema de los demonios, llenándome de centenares de dudas.
También existía otra cuestión, más extraña aún, pero no quería
mencionársela ahora, y puede que nunca. Tenía que reflexionar mejor en ello
antes de siquiera relacionarlo.
—No —respondí con sinceridad—. Tal vez sea lo que me ha dejado así.
¿Qué fue lo que me pasó?
Nick tomó asiento en el borde de la cama junto a mí.
—Es el efecto del veneno… —vaciló un poco—. Y de la cura.
—¿Cuál cura?
¿Se refería quizá a lo que hizo mientras estaba casi ida? No podía
equivocarme, lo que sentí en el cuerpo después de que me hablara fue distinto a
la reacción del veneno. Conforme pasaban los segundos, mi mente se iba
aclarando cada vez mas, podía pensar mejor y recordaba cada detalle lo que pasó.
Nick calló unos segundos, mirándome a los ojos con indecisión. Torció el
gesto y suspiró vencido.
—Está bien. Creo que con lo que ocurrió ya no hay problema.
Levantó su mano frente a él con la palma hacia arriba y los dedos
flexionados. Al principio sólo fue un pequeño resplandor azul eléctrico, chispas
que dieron rienda suelta a una llamarada del tamaño de su mano. El fuego azul
brillante la rodeaba y se balanceaba crepitando. No era una ilusión óptica, era
fuego de verdad, y era tan llamativo que no podía dejar de verlo ensimismada.
—Es Hellfire azul —explicó—. Una habilidad que poseo, y es capaz de
erradicar el veneno con la cantidad y proyección exacta.
Volví el rostro a sus ojos, los cuales eran del mismo color que la llama que
extinguió en un segundo.
—O sea que… ¿me quemaste? —al decirlo en voz alta, caí en la cuenta del
peso de esas palabras.
Aterrada por no sentir dolor alguno, empecé a ver mi hombro adormecido.
Levanté la blusa y me quedé sin habla. Tal vez no se tratara de las marcas usuales
de una quemadura, pero allí estaban. Eran como ramificaciones espinosas que se
enredaban unas con otras y cubrían todo el torso en el costado, parte del hombro
y un nacimiento en los omoplatos.
Mi respiración ya de por sí se había acelerado con sólo escucharme, ahora
traté de levantarme de la cama, en vano, y Nick tuvo que intervenir sujetando mis
hombros. La mitad de mi cuerpo que sentía, se agitó por los hormigueos y ya no
pude forcejear.
—Tranquilízate, Jules. Estás bien, el fuego sólo quemó las toxinas del
veneno. Mientras que esa marca —ladeo la cabeza y me soltó, acariciándose la
barbilla pensativo—, desaparecerá en un par de días como mucho. Sólo no dejes
que nadie más que yo te vea desnuda y todo estará bien.
Indignada, le di un manotazo en el hombro. Nick se rió, agarrando mi mano
al vuelo y acercándola a su rostro. Puse resistencia, traté de apartarlo y librarme
de su agarre con la otra mano y empujando con los pies, pero de nada servía, él
sólo se reía. Depositó un beso suave en mis nudillos, provocando millones de
sensaciones que se evidenciaron en mi rostro enrojecido. Se inclinó un poco
hacia mí, sujetando mis muslos con apenas tocarlos. ¡Mi cuerpo se pondría a
convulsionar en cualquier segundo, pero por la arritmia cardíaca que me estaba
dando!
—Ya puedes moverte, ¿no? —susurró muy cerca de mi rostro, señalando
con un gesto de la barbilla mis manos y mis pies que seguían en su torso.
El arrebato repentino no me había permitido darme cuenta de la gran
noticia. Era como si nada hubiese pasado, podía mover mis brazos y piernas con
la misma fuerza de siempre. Lo que no me parecía en lo absoluto es que siguiera
encima de mí. Sus ojos azules eran capaces de desmantelar a cualquiera, y seguro
lo habían hecho, por lo que mejor era evitarlos en la medida de lo posible.
—Bájate —no iba a andar con rodeos en una situación así. No estaba
familiarizada con ese tipo de acercamientos y ya sentía que se me estaba
olvidando lo que había pasado—. Pesas, bájate.
Nikholas soltó una carcajada. Debía estar poniendo tal cara… Su mano
enseguida empezó a acariciar mis mejillas, subiendo por los pómulos. ¿Cómo
podía actuar tan tranquilo después de lo que ocurrió? Me crispaba.
—No estoy apoyando mi peso en ti —se burló—. ¿Por qué estás tan
nerviosa, Julianne?
Mierda, y lo decía con ese tono bajo y suave que no ayudaba en nada. ¡Por
qué…! ¡¿Por qué precisamente ahora sacaba mi lado hormonal de adolescente?!
Esto era igual de embarazoso que andar detrás de un chico que ni siquiera sabía
de mi existencia.
—¡Qué pregunta! —bufé. Tuve que girar el rostro a un lado porque se
acerco aún más—. Dijiste que no harías nada que yo no quisiera.
Al sentir su aliento cálido en mi cuello pegué un respingo sobresaltada. No
me llegó a tocar.
—¿Segura que no quieres?
—No, sabes que no —solté atropelladamente. ¡Embustera!
Nick se rió, golpeándome con su aliento en mi cuello, y luego se apartó. No
podía con mi vergüenza, el rostro me ardía tanto como si hubiese estado mucho
tiempo bajo el sol. Para rematar, su almohada olía a él. Tapé mi rostro con las
manos a sabiendas de que debía parecer una mocosa. No me importó.
—Jules, ¿todo en orden?
De nuevo me sobresalté. No, no, no, esto no me gustaba nada.
—Sí —repliqué enseguida y me incorporé en la cama—. Estoy bien.
Tengo… tengo que ir a ver si ya llegó Kristen. Luego hablamos, ¿sí?
Me levanté sin mirarlo. Si seguía así, diría que ya no me conocía a mí
misma. No me gustaba que me tocaran, mucho menos hombres. Lo que había
hecho Voigt era ocasionarle un serio shock por la experiencia tan repentina.
Quería saber más sobre los demonios y él, pero no me veía capaz de escuchar
todo con mente fría después de esto.
Su mano se cerró en mi muñeca. ¡La concha de tu…!
—Jules…
¡Ah, vaya, una mancha en la pared, qué interesante! La madre que lo
parió… Ni siquiera contar las inexistentes manchas de la puñetera pared me
ayudaban a olvidarme de los correntazos… ya le había puesto nombre a esos
cosquilleos raros que me envolvían cuando me tocaba.
Sin soltarme de la mano, se aproximó hasta juntar nuestros cuerpos. Y
maldición… Era una sensación fuerte, pero no del todo mala. Su otra mano
enmarcó la línea de mi mandíbula, enviando corrientes eléctricas por mis mejillas
y cuello. Inclinó el rostro y juntó nuestras frentes mientras su mano soltaba la
mía y descansaba ligeramente en mi cadera.
Al mirar sus ojos, los percibí muy cerca. Su calor, su aroma, su tacto… Era
como una clase de sedante que había aplacado de improviso mi pánico. Seguía
nerviosa, no podía negarlo, sin embargo encontraba paz en aquel abrazo tan
íntimo. Sus azules ojos estaban fijos en los míos, sin apartarse en ningún
momento.
—Haz de mí lo que quieras —dijo, en voz baja y grave—. Golpéame, dame
una patada, pon los ojos en blanco, grítame… Pero no dejes de hablarme, de
verme. Quiero oírte y mirar tus ojos, aún así estés enojada conmigo y me odies.
No entendía a qué venía tanto afán repentino. Si bien ahora mismo no sabía
qué decir exactamente. Tenía ganas de saber lo que había ocurrido en la calle
hacía rato y a la vez no. Por un lado, la curiosidad me instaba a preguntarle cómo
había enfrentado él sólo a esos demonios; por el otro… bueno, me gustaba
tenerlo cerca, y sus labios…
—No me mires así —susurró con voz ronca, sobresaltándome un poco—.
Si me ves con esos ojos grandes después no podré responder. Haré algo que no
me has dejado hacer.
Tragué saliva con fuerza. No necesitaba decirme más.
—Entonces… —vacilé un segundo—. Cuéntame cómo venciste a esos
tipos
No dijo nada al instante, mirándome con seriedad. Era de las pocas veces en
que lo veía así.
—Porque soy algo similar a ellos y tengo su fuerza y destreza.
Alcé las cejas. Claro, tenía sentido. Sino, ¿cómo podía prender su mano en
fuego azul? No obstante, había dicho «algo similar» a esas cosas, o sea que, no
era por completo un demonio. Eso de por sí aumentó mi curiosidad.
—¿Eres como un híbrido? —inquirí.
Voigt soltó una risita.
—Qué inteligente. Sí, soy una mezcla de las dos razas.
Fruncí el ceño.
—Si eres un semidemonio que al parecer mata otros demonios, ¿qué haces
yendo al instituto? Porque a estudiar lo dudo, flojo.
Bajó un poco más su cabeza, ocultando el rostro en el espacio de mi
hombro y el cuello. Podía sentir su cabello en la piel y cómo respiraba hondo. A
lo mejor y tenía algún problema psicológico también… No, mejor no bromeaba
en momentos como aquel. Mis brazos caían a mis costados mientras los suyos
rodeaban mi cintura como si temiera que pudiese irme en cualquier momento.
Extrañamente, no me molestó. Tal vez porque estaba demasiado ocupada
descubriendo algo bastante interesante.
—Me has descubierto… —sonrió contra la piel de mi hombro,
provocándome cosquilleos—. Estoy siendo muy franco contigo, Jules. No quiero
ocultarte nada. En primer lugar… —hizo una pausa, como buscando las palabras
correctas—. He tenido algunos problemas con otros sujetos, sujetos a los que les
caigo de patada en el culo. Para evitarlos, Roland y yo decidimos mantener un
perfil bajo, algo bastante común. Una vida que no sospecharían que tomaríamos.
Sopesé con calma sus palabras. Tenía una idea vaga de qué podrían ser esos
sujetos y lo que podrían hacerles a Nick y a Roland si los encontraban. Me traía
recuerdos, recuerdos que por el bien de mi salud mental y la calma de mi familia,
me vi obligada a olvidar. Ahora esos recuerdos estaban regresando de a poco.
Sacudí varias veces la cabeza, reordenando mis ideas.
—¿Dices que se están escondiendo de unos tipos? Supongo que, deben
concurrir un ambiente muy distinto a este para que no sospechen de su escondite.
Nick soltó una risita entre dientes.
—Es cierto. Son cosas algo delicadas, y no me gustaría abrumarte con todo
eso.
Arqueé una ceja, sabiendo que no me veía. ¿Y éste se creía que yo era
tonta? Tal vez no me lo diría esa noche, pero que lo averiguaba lo hacía. Además,
ya podía imaginarme más o menos de lo que se trataba.
Recordé otra cosa, la cual ahora cobraba un poco de sentido.
—¿Por eso me dijiste que trataste de mantenerme alejada?
Nick suspiró.
—Sí.
Qué respuesta tan escueta. Por eso había que pincharlo.
—Eres un egoísta. No resististe por mucho tiempo.
Nick se separó bruscamente de mi hombro para mirarme con los ojos
abiertos de par en par. Resultaba de lo más chistoso, cuando por lo general era él
quien me descolocaba y no al revés. Percibió enseguida la burla en mis ojos y
sonrió.
—Sí, soy egoísta. Pero un egoísta preparado —presumió—. ¿Crees que
dejaré que vuelvas a estar en peligro como hoy? ¡Ni puta madre! Voy a estar
cerca de ti todo el tiempo.
Hice una mueca e intenté alejarlo. La cercanía ya me estaba incomodando.
Lo empujé varias veces en sus hombros, en vano, cual roca inamovible.
—Eso no suena nada bien…
—Claro que sí, y lo sabes. Porque ahora me darás la oportunidad de salir
juntos, ¿no?
¡Ah! ¿Y de dónde sacó esa conclusión?
—Esto va demasiado, demasiado rápido…
Le di la espalda, pero siguió sujetando mi cintura, pese a que movía los
brazos y piernas como loca, como una niña que no se quiere ir de un lugar
divertido, como el McDonald o algo así. En serio estaba luchando por liberarme
de sus brazos, y de serio él se divertía un chorro impidiéndolo.
Los forcejeos cesaron al instante en que se oyeron los toques en la puerta.
El picaporte giró y se abrió antes de que pudiera reaccionar y alejarme. Roland
apareció en la abertura y, al ver la situación, el pobre palideció de golpe. Ya
entendí porqué, pues… La postura en la que Nick me sostenía daba mucho de
qué pensar: manos en mis caderas, yo de espaldas demasiado pegada a él.
Mi cara debía parecer un semáforo.
Quise separarme, sin embargo Nick rodeó mis hombros con sus brazos y
apoyó su barbilla en mi cabeza, aprovechando la diferencia de altura.
—¿Qué ocurre, Roland? —inquirió Voigt como si nada, ignorando los
manotazos que trataba de atestarle.
El aludido se trabó un poco al hablar, lo que me hizo sentir todavía más
avergonzada y derrotada. Carraspeó un poco, tratando de recuperar la
compostura.
—Kristen busca a Julia. Está preocupada. Le dije que estabas aquí y que
regresarías ahora.
¡La tía Kristen! Había olvidado por completo la hora que era. Además, no
cargaba mi teléfono encima… lo empecé a buscar con la mirada, apurada…
¡Seguro me había dejado un montón de mensajes y llamadas!
—Ah… Tengo que irme…
Nick no me había soltado aún.
—Tranquilízate, Jules. Tú solo dile que te invité a ver una película. Elige
cual tú quieras mientras sea erótica… ¡Ugh!
Roland se restregó la mano en la cara, viendo que Nikholas se doblaba por
el dolor. Le había testado un codazo en el estómago por el bien de todos.
Aproveché que aflojó el agarre y salté rápidamente lejos de su alcance.
—¿Mi mochila?
—Está en el sofá de la sala —me dijo Roland.
Apuré el paso fuera de la habitación antes de que a Voigt se le ocurriera
hacer otra trastada.
—¡Gracias, Roland!
El aludido seguía tan incómodo y avergonzado por lo ocurrido, pero en
especial por el comportamiento de Nick. Sonrió con una mueca al decirme:
—No hay problema.
Agarré la mochila del sofá al vuelo y salí del departamento a toda pastilla.
La tía Kristen seguro estaba muerta de preocupación. Me armé de valor para
enfrentar las consecuencias antes de abrir la puerta de mi hogar.

CAPÍTULO 5
Kristen se calmó apenas me vio cruzando la puerta del departamento. Me
abrazó con fuerza durante un minuto entero, acariciando mi cabello como cuando
era niña, y mascullando frases de alivio que apenas alcanzaba a entender. Le pedí
disculpas varias veces, prometiendo estar más atenta al teléfono para la próxima.
Si bien admitió que, luego de que Roland le informara que yo estaba justo al
lado, se sintió mejor. Confiaba demasiado en esos chicos a mi parecer.
En fin, el lío se resolvió. Kristen estaba tranquila, yo no había muerto,
estábamos a salvo… Sin embargo, en mi mente seguía dando vueltas aquel
pensamiento intrusivo que había evocado hacía rato, ese que conducía
inevitablemente al día en que mis padres murieron.
No pude dormir en la noche. Seguía dando vueltas en la cama y, cuando
lograba pegar el ojo, me asaltaban pesadillas que mezclaban tanto los sucesos de
esa noche como los ocurridos en mi pasado.
En una de esas pesadillas me encontraba en los asientos traseros del coche
de mi padre, mientras éste conducía y charlaba con mi madre a la vez. Seguro
daba la impresión de estar dormida, pero estaba ensimismada viendo a través de
la ventanilla cómo pasaba la carretera a nuestros costados, los árboles
flanqueando el camino y la luna creciente en el cielo estrellado. El movimiento
ligero del coche y el silencio sólo interrumpido por las voces bajas de mis padres,
me llevaban a un letargo.
Hasta que lo vi. En la realidad, fue una cosa extraña, cubierta de humo, que
no sabría describir con exactitud. Pero en la pesadilla estaba él, ese hombre de
ojos rojos y garras negras que vi en la calle. Su sonrisa macabra pasó rápida
frente a mis ojos antes de que el impacto llegara.
Me volví hacia mis padres al mismo tiempo que los neumáticos derrapaban
en el asfalto y el coche se desviaba, elevándose. Empezamos a dar vueltas, una
tras otra. El metal crujió, los cristales se dispersaron por doquier, mi cuerpo
menudo flotó por unos segundos antes de que la gravedad me empujara al techo
del auto de golpe.
Sí, así ocurrió. Yo tenía siete años, y en la pesadilla era mi yo actual.
No podía moverme, mi cuerpo no respondía a ninguna de las instrucciones
que le daba. Ya había tenido ese sueño, de manera un poco distinta, donde veía el
recuerdo como una espectadora dentro de mi propio cuerpo. Sabía lo que venía a
continuación y no pude evitar gritar y llorar en mi interior, impotente como sólo
podía estarlo de saber la dolorosa verdad.
Escuché ruidos fuertes, forcejeos y golpes. La puerta del coche desapareció
de improvisto y unos brazos me cargaron, dándome la calidez y el cobijo que
tanto anhelaba, porque estaba aterrada a más no poder. Volvía a ser esa niña de
siete años que lloraba en silencio. Mi padre me dijo algo, aunque la colisión del
coche me había dejado en shock y mis oídos zumbaban.
Detrás de él pude ver a mi madre. Se movía de un lado a otro esquivando
fuertes destellos oscuros, su expresión determinada y una cuchilla de brillante
azul en su mano que blandía con destreza. Se estaba enfrentando al demonio de
nubes oscuras, de una mirada roja sangre que clavó en mí.
Mi padre sujetó mi rostro entre sus manos y me cubrió enseguida.
—¡Julia, todo estará bien! ¡Mamá y papá estarán bien! Tú…
Y de pronto, el sueño cambió.
Mi padre ya no estaba, tampoco mi madre ni la criatura oscura; el coche
destrozado se hallaba envuelto en llamas. Me encontraba de pie, sola, en medio
de la carretera oscura. Ante mí, las llamas crepitaban furiosas fundiendo el metal
del vehículo y levantando humo al cielo. Giré un poco la cabeza para toparme
con el demonio que vi en la calle, su sonrisa de dientes afilados se burlaba de mí
de la manera más despiadada. Sólo en ese entonces comprendí que estaba
llorando en silencio.
Del otro lado de la calle vi a Nick. Vestía un poco distinto y llevaba el
cabello largo hasta la nuca. Lucía tan devastado como yo.
Unos brazos me rodearon por la espalda, tan pálidos como la luna en el
cielo y fríos como la nieve. Mi cuerpo se paralizó de golpe y pude sentir su
aliento en mi mejilla.
Por el rabillo del ojos atisbé los labios rojos que sonreían de manera
maníaca. Una mujer de cabello rojo intenso que me susurró al oído:
—Falta poco…
Fue entonces que desperté de la pesadilla. Me incorporé de golpe en la
cama bañada completamente en sudor, respirando como si hubiera estado
corriendo una maratón. La sensación de su voz en el oído todavía persistía,
haciendo que me levantara corriendo al baño por las arcadas. Abrí la tapa del
váter y no vomité nada, aunque el malestar me seguía afectando.
Me quedé allí acurrucada junto al váter tapado, incapaz de pegar el ojo por
los escalofríos que recorrían mi espina dorsal. Esa mujer de labios rojos, cuando
se acercó y me habló, sentí tal opresión en el pecho, como si estrujara mi
corazón, que llegué a creer que moriría en el sueño. Me llevé la mano al pecho de
manera casi automática, sintiendo los latidos acelerados en la caja torácica.
•°•°•
—¿Y a ti qué, quién te pegó? —Dee utilizó una voz ñoña como si hablara
con una niña pequeña.
Reservamos una mesa exterior en Joe’s, el restaurante al que recurríamos
frecuentemente más que todo para desayunar. Se ubicaba en el paseo marítimo,
con vistas panorámicas de la playa y el muelle con el parque temático. Las mesas
estaban dispuestas estratégicamente en el exterior, en una terraza de madera
donde la mayoría de la gente se la pasaba en las épocas cálidas.
Apoyé la barbilla en mi mano mirando hacia la playa.
—No es nada, sólo no pude dormir bien.
Dee no se tragó para nada mi intento de devaluar la seriedad del tema.
—Rojita, si estás teniendo pesadillas de nuevo, deberías hablar con Kristen.
¿Acaso se había vuelto loca? La miré con incredulidad. Kristen ya había
lidiado tres años con una niña traumada psicológicamente, ahora que era mayor y
entendía más, no me iba a permitir eso.
—¿Para qué preocuparla por algo tan poco…?
Dee me miró con seriedad.
—No es algo «poco», Julia. Tienes que tratar de superar esas pesadillas, y
para eso necesitas contárselo a tu tía.
Suspiré.
—Estaré bien, no te preocupes.
Dee resopló exasperada y se echó para atrás en la silla.
—No intentes ocultar lo que sientes con ese ceño fruncido. Te conozco
muy bien, a mí no me vas a engañar.
Tenía razón. Conocía a Dee desde que teníamos cuatro años. Nos
conocimos en el parvulario, intercambiamos algunas piezas de juguetes y
empezamos a hablar hasta por los codos. Empezamos a hacer muchas cosas
juntas mediante fuimos creciendo, fortaleciendo esa amistad. Dee era la clase de
amiga constante, quien siempre estaba allí, que pasaba ratos en mi casa y yo en la
suya como si fuese nuestro hogar. Nadie me conocía como ella.
Tantas cosas juntas que me dieron ganas de llorar y reír a la vez. Sonreí
aguantando las lágrimas.
—Lo sé.
Dee suavizó el gesto viendo que bajaba mis muros protectores.
—Bien. Sabes que si ninguna se casa con el hombre de su vida, te
propondré matrimonio. —soltó una carcajada y yo la imité agradecida de tenerla
conmigo—. Aunque creo que Voigt ya ha tomado la delantera, ¿no?
Mi amiga señaló con el dedo hacia la calle. Seguí la dirección y sí, Voigt
había aparecido, sin ninguna intención de ocultar los motivos por los que estaba
allí. Porque a desayunar, lo dudaba en extremo. Sobretodo por cómo me miraba
con su sonrisa de siempre. Tenía las gafas puestas y estaba encaramado en una
motocicleta negra. ¿Sorprenderme? No. Yo odiaba esa máquina.
—Hasta parece un acosador —añadió Dee viendo a Voigt—. Claro que, un
acosador bastante sexy.
—No digas tonterías —bufé moviendo la pajilla de mi batido para
distraerme de lo que se avecinaba.
Sí, Voigt había aparcado la motocicleta y estaba subiendo los escalones de
la terraza. Y sí, Dee estaba que se moría de la risa al ver mi reacción. Me dio un
toquecito rápido en el hombro.
—No será ahora, pero me contarás que pasó entre ustedes dos, que los veo
como que muy cercanos.
Si yo le contara todo lo que había pasado la noche anterior, la causa real de
que mis pesadillas regresaran… Lo más probable era que no me creyera, así que
mejor era dejarla pensar lo que quisiera sólo por esta ocasión.
—Buenos días, hermosas.
Nikholas se plantó frente a nuestra mesa quitándose las gafas. Tenía que
fingir que no lo veía, o al menos aparentar que su presencia no significaba nada
para mí. Pude escuchar su voz al saludar a Dee, y me acordé de lo que pasó en su
habitación la noche anterior… Vaya, si lo llegase a plantear con esas palabras en
voz alta, estaría perfecta para mal interpretaciones.
Levanté un poco los ojos y caché a Dee lanzándome miradas furtivas. Hacía
gestos, tipo diciendo «Anda, di algo, éntrale». Pero yo no dejaba de ver a otro
lado. De pronto la vista de la playa me parecía extrañamente interesantísima.
No necesité verlo para saber que se situaba a mi espalda, lo sentí más bien.
Sus brazos me rodearon por los hombros y su rostro buscó un espacio en mi
cuello. ¿Qué demonios se creía…?
—Pareces cansada, Jules —dijo, y su aliento rozó mi piel, activando
muchas corrientes eléctricas que de por sí ya invadían mi cuerpo—. ¿No pudiste
dormir?
Su acercamiento y su pregunta me agarraron desprevenida. No me gustaba
el contacto físico (supuse que él ya lo sabía), y menos viniendo de Voigt, que
daba la impresión de estarme pasando unos cuantos voltios. Agarré sus manos
para quitármelas de encima, lo cual por supuesto, no funcionaba tan fácil con él.
—Salgamos un rato juntos y vemos si te puedo ayudar a relajarte.
Dee carraspeó un poco.
—Ah, Julia… Justin me avisó que ya va de camino al instituto. Nos vemos
allá, ¿sí?
Supliqué con la mirada para que no me dejara con ese tipo, hasta un gesto
le dediqué, pero mi traicionera amiga lo que hizo fue sonreír burlona antes de
despedirse de ambos con un vago gesto de la mano. Se marchó contoneando por
el paseo marítimo en dirección a su Toyota.
—Bueno, ya se fue. Me cae bien Dee —comentó Nikholas.
—¡Mierda!
Salté sobre el asiento cuando sentí sus dientes en el lóbulo de mi oreja. Dio
un pequeño mordisco antes de apartarse del todo e irse a sentar en la silla
vacante. Mientras lo hacía mi corazón estaba por abrir un agujero en mi pecho,
las mejillas ardiéndome como en plena Semana Santa. Llevé la mano al lóbulo y
froté con los dedos, intentado deshacerme de la sensación.
—A ver si te dejas de las confianzas —le reproché con el ceño fruncido—.
No me gustan los abrazos, mucho menos los mordiscos.
Nikholas se acomodó en la silla, siendo sorprendentemente
desproporcionado para ella. Sonrió con los brazos cruzados sobre su pecho.
—Me gustaría mucho morderte, en muchos sitios… Claro que, no en el
sentido sádico, ya sabes…
Mi paciencia y mis hormonas estaban llegando a su límite. Este tipo no
tenía el suyo, cada día más intenso que el anterior.
—Mejor cállate —resoplé—. Acabas de correr a la única que podía
llevarme en coche al instituto.
—Yo te llevo, creo que es más que obvio.
Lo miré mal y señalé la motocicleta aparcada en la calle.
—Yo no me voy a subir en esa cosa.
—¿Cosa? Es un Harley Davidson, muy veloz.
Como si me importara. Por la manera en la que lo dijo, a él le fascinaba; a
lo mejor y era de esos chicos que sentía apego más por su máquina que por la
novia. Dee tuvo una relación así, la diferencia era que ella era la obsesionada por
el coche nuevo. El tipo buscaba su atención muchas veces, pero mi amiga llegó al
punto de que ni lo dejaba subir al Toyota. Me reí, por supuesto, pero el pobre
más tarde fue echado por Dee.
Ahora que lo recuerdo…
—En primer lugar, ¿qué haces aquí?
Voigt me quitó el batido de las manos y dio un sorbo a la pajilla… No iba a
volver a beber de ese batido, y no porque me diera asco, sino porque la simple
idea de poner los labios donde estuvieron los suyos me producía diferentes
sensaciones para nada desagradables.
—¿No te dije que estaría cerca?
Hice memoria. No recordaba esas palabras. Voigt sonrió burlón ante mi
cara de circunstancias, hasta que por fin caí en la cuenta. Era cierto, me había
dicho eso mientras no dejaba de aplastarme entre sus brazos. Fruncí el ceño.
—¿Sigo en peligro?
—Oh, sí —asintió, jugando con la pajilla.
Su tono de voz me molestó. ¿Es que acaso no podía hablarme con seriedad?
¿Qué pasó con el Voigt de anoche, ese que no andaba soltando sarcasmo cada
cinco minutos? Me caía mejor. Éste era como un niño.
—Embustero. Si no es así, entonces no necesito que me estés persiguiendo.
—Jules, los demonios son impredecibles, no se sabe cuando atacarán. Estoy
cumpliendo con mi promesa. Créeme que soy muy comprometido cuando se trata
de esas cosas.
Puse los ojos en blanco y bufé.
—O más bien andas de acosador otra vez.
Se llevó la mano al pecho fungiendo estar dolido por mi acusación.
—Me ofendes con esa mentira. Eres muy importante para mí como para
descuidarte un solo segundo —añadió poniéndose en pie—. Ahora vámonos, que
llegarás tarde a clases.
Mierda, era verdad. Supongo que no tenía más opción que subirme en esa
horrible máquina que llamaba vehículo. Apreté la mandíbula y me levanté
caminando delante de él. Voigt soltó una risita y me siguió de cerca, volviendo a
ponerse las gafas de sol.
Bajamos las escaleras de la terraza y llegamos al pequeño estacionamiento
de motocicletas que había justo al lado. La Harley Davidson de Voigt estaba a
unos cuantos pasos. La pintura negra resplandecía con los rayos de sol, una
marca que no reconocía resaltaba a un costado, un símbolo extravagante de color
plata.
Voigt miró a ambos lados de la calle de forma furtiva. No comprendí el
gesto hasta que vi la ráfaga de sombras que se formaba frente a su mano. Una
especie de vórtice diminuto hecho de penumbras, el cual se expandió unos
centímetros cuando hundió su mano en él. Al sacarla de regreso, sujetaba un
casco de motociclista color negro. El vórtice se esfumó y me tendió el casco.
Estaba boquiabierta, alternando la mirada entre el casco y él. Voigt sonrió
burlón.
—Sí, sé que soy increíble y me amas. Puedo contarte todo después.
Agarré el casco sin poderme creer todavía lo que hizo.
—Sí a lo segundo, no a lo primero.
Soltó una risita. Se subió a la Harley Davidson estirando sus largas piernas
a cada lado.
—¿Qué, no crees que soy genial? —hizo rugir la motocicleta—. ¿Cómo
puedes resistirte a mí, Julianne?
Rodé los ojos al cielo. Este tipo no dejaba de ser un verdadero fastidio.
Creo que el mejor rasgo que tenía es que era directo, por mucho que a mí me
molestase. Me ayudé a subir sujetándome de sus hombros para pasar una pierna
sobre el asiento y acomodarme a su espalda.
—¿Te han dicho que eres un narcisista? Me parece que no, viendo lo alto
que tienes el ego. No necesito alimentar ese ego.
Soltó una carcajada.
—Ponte el casco, Jules.
Obedecí amarrándolo bajo la barbilla. Voigt me miró por encima de su
hombro y sonrió. No entendí el gesto.
—¿Qué?
—¿A ti te han dicho que te ves muy tierna con un casco? En especial si es
mío.
Me ardieron las mejillas. Demonios, tenía un límite para soportar sus
comentarios.
—No digas tonterías.
—Agárrate bien, Jules.
Dio marcha atrás e incorporó la motocicleta a la calzada. Mis brazos
rodearon su torso al instante. Voigt aceleró sin preámbulos por la calle y yo
escondí la cara en su espalda.
•°•°•
Llegamos al instituto en tiempo récord… ¡Pues claro, si esa cosa iba
mandada como una bala! Había cometido la imprudente equivocación de levantar
la vista mientras conducía y, los rayones que vi a los lados, junto a la violenta
brisa, me obligaron a abrazarme con fuerza a Voigt. Para cuándo estacionó la
motocicleta en un espacio del aparcamiento, yo seguía aferrada casi como un
koala.
—Jules, ya llegamos —me dijo, al ver que no lo soltaba.
Abrí los ojos despacio y lo fui soltando. Bajé enseguida de la motocicleta
tratando de apaciguar mis nervios. Voigt apoyó los antebrazos del manubrio y
sonrío burlón.
—¿Te encuentras bien?
¡Qué pregunta! Le lancé una mirada de pocos amigos.
—Casi me matas de un infarto.
—No exageres —gorjeó.
Indignada, apreté los puños con fuerza en un intento de contener las ganas
de atestarle un golpe.
—Que no exagere —repetí con calma, aunque la verdad es que quería
explotar.
Voigt rió y se bajó de la máquina caminando hacia mí. Antes de darme
tiempo para apartarme, llevó sus manos a los broches del casco debajo de mi
barbilla. Había olvidado por completo que lo tenía puesto. Desabrochó y me
ayudó a quitármelo.
—Para que no vayas a clases con él —comentó.
—No se me ha olvidado cómo lo obtuviste —le dije mientras alisaba mi
cabello—. Ese truquito tuyo, ¿es una de tus habilidades o algo así?
Nikholas asintió.
—Sí, entre otras cosas.
Sabía cómo llamar mi atención, eso no podía negarlo.
—¿Qué cosas?
Suspiró, dejando el casco en el manubrio y ajustándose la chaqueta de
cuero.
—Tal vez te lo cuente… si accedes a salir conmigo, claro.
No respondí. Yo sabía que no me lo pondría nada fácil. Se estaba
aprovechando de la situación porque me conocía. Sí, tenía demasiada curiosidad
como para ignorarlo, pero no sólo porque me habían atacado unos demonios la
noche anterior, sino por aquella vez en el accidente. Ahora que lo recordaba,
quería averiguar qué pasó en realidad, y por qué se me había olvidado a tal punto
de creer que esos recuerdos jamás ocurrieron.
—¿No puede ser otra cosa? —pregunté nada esperanzada, pero con ganas
de joderle.
Se rió.
—Bueno, el plan B es que me dejes besarte, en cualquier lugar que yo elija.
Apreté los dientes con fuerza.
—Jódete.
Le di la espalda y comencé a caminar con pie firme hacia el edificio
principal, sus carcajadas resonando a mi espalda. No, no caería en sus juegos de
mierda. Eso era lo que buscaba este tipo, así que no le daría la satisfacción de
burlarse de mí.
CAPÍTULO 6
Las primeras prácticas del equipo de voleibol terminaron y he de decir que
fue excelente. Por cuatro años estuve metida en equipos de voleibol en la escuela
o fuera de ella, me encantaba el deporte tanto como los gatos y el maní, era mi
pasión. Estuve metida de lleno en las prácticas, olvidándome por completo de lo
que me impedía dormir en las noches y del imbécil de Voigt.
Ya para cuando acabamos eran casi las cinco de la tarde. Recogimos
nuestras pertenencias de los vestuarios y salimos del gimnasio en grupo.
—Buen saque, Julia —me felicitó unas de mis compañeras, Sarah.
Sonreí agradecida mientras bebía agua de mi botella.
—Entrené bastante.
Salimos del edificio conversando un rato, hasta que mi teléfono empezó a
sonar. Lo saqué de la mochila y vi el nombre de Mel en medio de la pantalla.
Melanie era la prima hermana de Dee, con quién mi amiga y yo hicimos muchas
pijamadas a los once años. Ella era dos años mayor que nosotras.
—Mel, ¿qué tal?—le contesté.
Mi amiga suspiró al otro lado de la línea.
—Ah, Julia… Siento llamarte, pero se trata de Dee. No está nada bien, tal
parece que Justin la dejó por otra chica y, bueno, está aquí en mi casa comiendo
mucho helado y gritando por tu ayuda… Esto, ¿puedes venir?
El hecho de que Justin haya dejado a Dee me impactó. Oye, que ellos dos
hacían una pareja increíble, muy envidiable. ¿Y de pronto él la terminaba? Debía
de ser un golpe fuerte para Dee.
—Salgo de inmediato.
Me despedí de mis compañeras de equipo y salí del campus a toda pastilla.
No había moros en la costa (y con la metáfora claro que me refería a Voigt), por
lo que aproveché para escapar del instituto lo más pronto posible. Lo bueno es
que el autobús no me dejaba tan lejos de la casa de Mel si lo agarraba desde ahí.
En cuanto llamé a su puerta una Mel con cara de circunstancias se hizo a un
lado para dejarme pasar.
—Anda, está en mi habitación. Dice que no hará más nada que ver películas
de terror hasta mañana.
Lastimosamente, la imagen mental que tenía no se comparaba a la realidad.
Mi rubia amiga estaba sentada a lo indio en la cama, enrollada de pies a cabeza
con el cobertor, varios osos de peluche a su lado, y un gran bote de helado de
chocolate en manos. Tenía el cabello desaliñado y manchas de helado en la
barbilla mientras se hallaba inmersa en una de las películas de Freddy Krueger.
El monstruo estaba haciendo de las suyas atacando a una chica en sus pesadillas.
—Hasta esa chica tiene mejor suerte para ligar que yo… —suspiró Dee
metiéndose otra cucharada de helado en la boca.
Intercambié una mirada rápida con Mel. Ambas estábamos de acuerdo en
que había tocado fondo.
—Dee —la llamé suavemente.
Se volvió hacia mí con una sonrisa.
—Ah, Julia. Mira, estoy viendo Nightmare. No sabía que podía ser tan
buena.
No conocía a nadie más aparte de Dee que viera películas de terror para
despecharse. Pero bueno, no estaba aquí para temblar con los gustos de mi
amiga.
—Dee, vamos a mi casa, ¿sí? Y me cuentas todo —le pedí.
Mel se acercó a mí para susurrar.
—Dejaría que se quedara, pero vendrán por mi pronto y no quiero dejarla
sola.
Buena decisión.
Dee ese despojó del cobertor, tirando los muñecos de peluche al suelo. Su
bonita ropa que tanto le gustaba ahora estaba arrugada, y no le interesaba lo más
mínimo.
—¿Sabes qué? Mejor te lo cuento ahora —apretó la mandíbula, dejando el
bote de helado en el suelo—. Alguien me envió una linda foto. Mira, te la
enseño.
Me tendió el teléfono. Abrí la galería y…
—¿Qué demonios…?
Dee soltó una risa carente de diversión.
—Sí, eso mismo dije yo.
Lo entendía mejor ahora. Pues la foto nada inocente revelaba a Justin
besuqueándose con una chica que no conocía de nada. Estaba que se devoraban,
literalmente, y las manos de él la manoseaban demás.
—¿Quién te envió esto? —quise saber. El número no estaba registrado en
sus contactos.
Dee ese encogió de hombros.
—No tengo idea. ¿Pero acaso importa? ¡Me engañó! El hijo de puta me
engañó con una de sus amiguitas universitarias. Le importó una mierda nuestra
relación, y yo fui tan imbécil como para confiar en un tipo como él… ¡Yo, que
soy la que termina sus relaciones, no me terminan a mí! ¿Sabes lo humillada que
me siento?
No sabía qué decir en esos momentos. Dee parecía estarse desquitando
después de tanto tiempo en calma. ¿Cuánto hacía que había visto la foto? ¿Ya
había hablado con Justin? Se encontraba fuera de sí, pero quería llevarla a mi
casa y charlar las dos juntas allá, quizá ver una película de terror juntas. Todo
que no fuera dejarla así.
—Dee, vamos a mi casa.
—¡No, espera! —soltó volviéndose hacia Mel—. ¿Es verdad que van al
club hoy?
Su prima se trabó un poco al hablar.
—Esto, sí. Voy con unos amigos.
—Pues yo voy.
Ambas la miramos al mismo tiempo como si se hubiese vuelto loca. No
faltaba mucho viendo por dónde se estaba yendo.
—No, Dee, es mejor que no… —fue diciendo Mel con calma.
Dee frunció el ceño.
—¿Por qué no?
Me pellizqué el puente de la nariz haciendo acopio de mi paciencia,
buscando una solución que no involucrara a Dee cerca de un bar.
—Porque tú y yo vamos a hacer una pijamada hoy.
—¿Una pijamada real? —inquirió limpiándose el helado de la barbilla con
la manga de la sudadera rosa.
Al menos se veía interesada.
—Sí.
Mi amiga sonrió y se puso a canturrear con un inesperado subidón de
entusiasmo. Le dediqué una mirada de disculpa a Mel, pero ella negó con la
cabeza para asegurarme de que no había problema.
•°•°•
Abrí el microondas y metí la taza cubierta con papel aluminio. Puse la
temperatura y dejé que las palomitas se hicieran mientras buscaba el jugo en la
nevera. Dee ya estaba en mi habitación buscando algo que ver entre el montón de
películas que había en la caja que le entregué.
Al cabo de un rato saqué las palomitas y les quité el papel aluminio. Agarré
la jarra de jugo y dos vasos que introduje en una bolsa junto al frasco de glaseado
que me pidió y los M&M’s de colores. Me había encargado de avisar a la madre
de Dee mientras preparaba todo, para no preocuparla. Kristen todavía no llegaba
y, puesto que su número me envió a buzón cuando la llamé, supuse que estaría
muy ocupada.
Crucé el pasillo con las manos llenas y al entrar a la habitación me llevé
una sorpresa. Dee ese encontraba sentada en la cama con las piernas cruzadas,
viendo con el ceño fruncido la televisión. Seguí la dirección de su mirada y tuve
que ahogar una carcajada. Precisamente, había elegido ver My Little Pony,
aunque sólo fuera para mirar con incredulidad la caricatura.
Pero lo que más me sorprendió fue que tuviera a Husk en sus brazos como
si tal cosa. Ella, que le tenía grima a los animales.
Entré al cuarto y dejé la taza de palomitas sobre la cama, el jugo en la
mesita de noche y la bolsa de M&M’s en la colcha a su lado. Luego eché un
vistazo a las películas revueltas en la cama.
—¿No que ibas a poner la de Jason? —le pregunté burlona, notando que
sus ojos no abandonaban la pantalla.
Agarró una bolsita de M&M’s y se llevó varios de los chocolates de colores
a la boca.
—Weno, la verdad… —masculló con la boca llena—, pensé en llenar mi
mente de color mientras daba rienda suelta a una idea buenísima.
Fruncí el ceño. No parecía pintar bien el asunto.
—¿De qué se trata?
Dee me miró. Su maquillaje corrido no me ayudaba a tranquilizarme.
—Vedganza —siguió masticando los dulces.
Ahora sí que me preocupaba. Tenía que frenar esos pensamientos que
nublaban su juicio. Ya hasta me daba miedo.
—Dee, por favor, ya te dije que no vamos a prenderle fuego a su coche.
Además de que nos pillarán (que con nuestra suerte es lo más seguro), capaz y
nos lastimamos.
—Ya sé que el fuego no va —puso los ojos en blanco—. Me refiero a algo
más tradicional, algo que seguro nos dará un buen chute de adrenalina, que es
algo que me gustaría experimentar de nuevo.
—¿De nuevo?
Se levantó de la cama y se situó frente al televisor mirándome con una
sonrisa. Husk se escabulló silencioso hasta el sofá junto a la ventana.
—Ese hijo de puta no se quedará impune. Iremos a su casa para tirarle
papel higiénico a su árbol y huevos a su coche.
Suspiré. Algo me decía que convencerla de lo contrario no funcionaría tan
fácilmente. La conocía, y sabía por su mirada que estaba decidida a llevar a cabo
su plan. Preferí irme por lo seguro.
—Vaya, pero no tenemos ni papel higiénico ni huevos.
—Los compramos, punto. Tengo dinero, tu también. Sabes que se lo
merece y es sólo una cosita pequeña comparado con lo que él hizo.
Tenía razón, eso no podía discutírselo, pero seguía preocupada por lo que
ella estuviera dispuesta a hacer para “vedgarse”. Era la primera vez que la veía
tan enfadada por algo; y es que nadie le había terminado, menos por montarle los
cuernos, vaya que no.
Al ver mi expresión insegura, Dee puso los ojos en blanco y se acercó con
una ligera expresión cínica.
—¿Recuerdas la vez que guardaste los brownies con maní en mi nevera?
Pensaste que te los habías comido porque Justin y yo te convencimos de eso.
Pero, ¿sabes qué? No fue así. Él se los tragó todos y aún así te mintió en toda la
cara.
Estaba segura de que me lo decía sólo para cabrearme, eso era evidente,
pero ante su estado y el pequeño enojo que crecía dentro de mí (porque, ¡Joder,
eran mis brownies!), decidí que quería ayudarla a sentirse mejor aunque fuese un
poco. A fin de cuentas, no hacíamos nada tan malo. Sólo le arrojaríamos papel
higiénico a los árboles de la casa de Justin. No tenía que pensar que nos
atraparían y nos llevarían a la cárcel por invadir una propiedad privada.
Tragué saliva y respiré hondo para armarme de valor.
—Vamos a hacerlo.
Dee chilló de alegría y me abrazó con fuerza, llevándose todo el aire de mis
pulmones con ella. Me estrujó unos segundos más y luego se separó de un salto
para ir corriendo a mi armario.
—Vamos, tenemos que buscar la ropa adecuada para la ocasión.
—¿Qué tiene de malo la ropa que llevamos? —le pregunté viéndome. Tenía
un jersey holgado deportivo y unos shorts de mezclilla. Junto a mis converse
consistían en un outfit bastante cómodo para la ocasión.
Dee bufó como si fuera obvio.
—Vamos a llamar la atención fácilmente si vamos con estas ropas —dio un
jalón a su sudadera rosa—. Tenemos que ser discretas.
Fruncí el ceño. Ya empezaba con sus shows. Sin embargo, como no quería
llevarle la contraria ahora que había cedido, me abstuve de decir algo y la ayudé
a buscar la ropa. Resultó que era más conveniente usar prendas de color negro
que cualquier otra cosa. Ella eligió un top y unos leggins negros, mientras a mí
me tendió un jersey ajustado y un pantalón del mismo color. Completó los
conjuntos con botas y converse negras, y gorros que a saber de dónde los había
sacado. Ya parecíamos unas choras.
Dee sonrío mientras nos mirábamos al espejo grande de la habitación. Se
echó bálsamo labial.
—¿Qué, acaso vamos a robar un banco? —bufé cruzándome de brazos.
Soltó una risita.
—No, pero es como una misión. Mantengámonos en el papel, ¿quieres?
Tenía que contenerme para no estar poniendo los ojos en blanco a cada
rato, no obstante, lo ridículo de la situación no sólo me exasperaba, sino que me
parecía sumamente gracioso su entusiasmo. Se veía motivada.
Agarramos las chaquetas, negras, y salimos del apartamento con una misión
por delante. Dee no dejaba de sonreír mientras bajábamos por el ascensor.
Bueno, supongo que todo estaba bien, no tenía por qué preocuparme.
•°•°•
Grave error. Sí tenía por qué preocuparme.
En cuanto llegamos a la tienda para comprar los cartones con huevos y el
papel, a Dee ese le ocurrió la descabellada idea de llevarse unas cuantas perolas
de pintura en aerosol. Traté de detenerla, pero me dijo que sería divertido, y que
sólo escribiría algo en el cristal del coche de Justin. Había sobrepasado los
límites, pero ya no podía hacer nada para evitar esta locura.
Una señora de avanzada edad se nos quedó mirando extraño cuando nos
formamos para pagar. Insté a Dee a apurarse y salimos con prisas de la tienda 24
horas hacia el estacionamiento. Tenía que bajarle los humos a mi amiga
conforme nos acercábamos al vecindario donde vivía Justin. Pues estuvo
parloteando acerca de pintar la puerta de la casa o tirar piedras a la ventana de su
habitación. Sabía que estaba eufórica por algo que se parecía mucho a lo que
pasaban en las películas, si bien tenía que controlarla un poco.
Aparqué el Toyota rojo un par de calles más allá de la casa, por precaución,
y nos apeamos del coche bajando con nosotras el material que habíamos
comprado. Miré a todos lados comprobando que nadie nos viera. Por suerte eran
pasadas las diez de la noche, por lo que no había gente afuera.
—Esto es emocionante —dijo mi amiga en voz baja, incapaz de contener su
notable entusiasmo.
Yo, por otro lado, tenía el corazón latiendo a cien por hora. Temía que nos
pillaran in fraganti.
Pasamos al otro lado de la calle siempre buscando la sombra de los árboles
que había por ahí. Daba la impresión de que éramos en realidad unas ladronas en
potencia, por ende, rezaba para que nadie nos estuviese viendo tras las cortinas
de sus casas.
—¡No vayas muy rápido! —mantuve la voz baja mientras la regañaba.
Dee ese disculpó y esperó hasta que la alcancé. Unas casas más tarde, por
fin llegamos a nuestro objetivo. La madre de Justin era una excelente abogada,
por lo que tenía suficiente dinero para permitirse la mansión que teníamos al
frente. Las luces permanecían apagadas, a excepción del foco del pórtico, y el
bonito jardín se encontraba desierto y ciertamente tentador para que nos
descubrieran.
—Allí está su coche, vamos ya.
Dee señaló el camino de acceso al garaje, donde alcancé a ver la camioneta
de su ex.
—El desgraciado debió salir en la furgoneta de Nate —escupió con desdén
y trotó hacia el vehículo.
La seguí por la acera y cruzamos el jardín a hurtadillas hasta la camioneta.
La pintura estaba nueva, noté, y los cristales lucían recién lavados. Me daba pena
tener que arruinar el coche, pero en cuanto vi que Dee preparaba su arsenal,
destapé él paquete de papel higiénico y saqué uno para ponerme manos a la obra.
Mientras más rápido avanzáramos, más pronto nos iríamos a casa.
No estaba muy segura de cómo funcionaba esto, por lo que opté por
guiarme por mis instintos. Desenrollé un poco el papel y enfilé hacia el árbol más
cercano. Tomé impulsó y lancé el papel con todas mis fuerzas. El royo siguió la
trayectoria y se enredó entre las ramas desenvolviéndose más.
—¡Qué pasada! —gorjeó Dee y la miré. Ella se encontraba a unos metros
del coche, en la calle. Tiró un huevo y éste se estrelló en el cristal de la
camioneta junto al resto amarillento de otros.
Le sonreí, porque me alegraba saber que por lo menos ya no la veía triste.
Seguí lanzando papeles a los árboles cercanos hasta que quedaron decorados de
manera ostentosa. Es seguro que cuando la madre de Justin viera aquel desastre,
le daría algo. En especial por lo que hacía Dee.
Se había inclinado a un costado del coche con la nariz y boca tapadas con
una camiseta mientras se encargaba de escribir algo con la pintura en aerosol
color rojo. Me acerqué para ver mejor, notando que el vidrio trasero tenía la
inscripción «Cabrón» escrita con pintura amarilla. También había esparcido los
huevos con cáscara y todo sobre él capó.
—¿Ya terminaste? —le pregunté situándome a su lado. Me tapé la nariz
con la mano. Olía demasiado a pintura.
Dee dejó de pintar y se levantó dedicándome una sonrisa triunfante.
—Por supuesto.
Alcé las cejas por lo escrito en las puertas del coche. Tenía que admitir que
se había esmerado. Ahora mismo el lateral izquierdo de la camioneta decía
«Pedazo de Mierda» al estilo de un graffiti. Nada mal para alguien que no había
hecho algo parecido en su vida.
Suspiré.
—Bueno, vámonos ya antes de que alguien nos vea.
—Sí, déjame recoger el bolso —dijo yendo hacia él otro lateral.
Negué lentamente con la cabeza y la seguí. Qué bueno que ya había
acabado.
Se oyeron unos ladridos, haciendo que Dee y yo nos miráramos
paralizadas. Sentí que la sangre se me helaba, el sonido estaba muy cerca.
Sin pensarlo dos veces, echamos a correr como alma que lleva el diablo.
Escuchamos un «oye» por parte de una voz masculina y aumentamos el paso.
Corrimos por la acera como unas locas. Tenía la sensación de que el perro y su
dueño nos seguían, haciendo que perdiera el ritmo correcto de la respiración. El
corazón me martillaba en el pecho y sentía dolor. Quería gritar.
Le tiré las llaves a Dee en cuanto pasamos la segunda calle. Me subí al
asiento de copiloto y ella hizo lo propio en el de conductor. Metió las llaves al
contacto y el Toyota rugió enloquecido. Dio un giro brusco al volante y ambas
nos balanceamos violentamente en los asientos. Los neumáticos chirriaron en el
asfalto y Dee aceleró por la calle como si nos persiguiera una horda de zombis.
Me hundí en el asiento y abroché el cinturón, ayudando luego a Dee con el
suyo. Mi amiga respiraba acelerada, tratando de mantener la vista en la calle,
cuando de repente, soltó una carcajada que me sobresaltó. No podía creer que se
estuviera riendo después de un susto como aquel. ¡Yo seguía alterada! Tenía una
mano en el pecho y podía notar que mi corazón no había reducido su carrera.
—¿Qué te resulta tan chistoso? —le solté molesta—. Casi nos atrapan y nos
llevan con la policía.
De ese limpió una lagrimilla que le salió por tanto reírse. Sus hombros
todavía se movían por las risitas.
—¡Oh, vamos, Julia! ¡Fue increíble!
—No veo dónde está lo increíble —argüí, porque me enfadaba que se
estuviera riendo de mí ahora.
Dio un brinquito en su asiento pegando un chillido.
—Es que fue una pasada total. Nos miramos asustadas, nos persiguió un
perro con su dueño… La adrenalina.
Más calmada que hacía unos minutos atrás, puse los ojos en blanco ante su
descaro. Es verdad que había sido un suceso único y, sí, hasta divertido, sin
embargo no me apetecía en absoluto volver a repetir una vivencia como esta.
Gracias, pero no.
—Casi llaman a la policía y nos atrapan —le dije, apoyando el antebrazo en
el borde de la ventanilla del coche—. Nos pondrían un cargo de vandalismo,
invasión a propiedad privada, daños a su bienes o algo así.
Ella se carcajeó.
—Sí. Es que somos unas criminales.
—Sólo a ti te alegra eso.
—Te encantó, no finjas, Julianne.
Suspiré, vencida.
—Sí, es verdad.
Dee pegó otro chillido y me sujetó del hombro para tambaleante un poco.
No pude evitar sonreír también. De la que nos habíamos librado.
—¿Vamos por unas bebidas congeladas?
—Vale.
•°•°•
Cuando estábamos llegando a casa, revisé por fin mi teléfono. La tía
Kristen me había enviado un mensaje de texto diciendo que no llegaría esa noche
a casa. Fue de cierto modo un alivio; no me quería imaginar su reacción al ver
que regresaba de la calle a las 12 de la noche.
Dee aparcó el Toyota y nos apeamos suspirando. Había sido una noche
agitada, necesitábamos descanso. Avanzamos por el estacionamiento en
dirección a la entrada del edificio.
—Estoy muerta —Dee ese pasó una mano por el cabello, que se había visto
obligada a recoger después de la persecución—. Quiero dormir y disfrutar de mi
victoria.
Solté una risa entre dientes.
—Es increíble que los remordimientos no aparezcan en ti.
—¿Qué te puedo decir? —me lanzó una mirada astuta—. Tal vez significa
que soy mala por naturaleza, uno no sabe.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?
Dee y yo nos frenamos al instante. No tenía que volverme para saber de
quién se trataba. Al parecer no podía pasar un día sin encontrarme con él. Y
después de que se negara a explicarme lo que pasó la noche anterior, menos me
apetecía verlo.
Giramos al mismo tiempo para ver a Voigt a pocos metros de nosotras.
Tenía la mano hundida en uno de los bolsillos de su chaqueta de cuero y la
cabeza ladeada a un lado mientras nos estudiaba con una sonrisa petulante. El
cigarrillo en sus labios se movió de arriba abajo, soltando la colilla de cenizas al
aire.
—Veo que se han estado divirtiendo —comentó viéndome de pies a cabeza
con descaro. Sus ojos azules se toparon con los míos y su sonrisa se agrandó—.
¿Acaso fueron a robar una joyería?
Dee soltó una risa nasal y se relajó al instante.
—Eso hicimos. Tal vez deberías estar atento a las noticias de mañana,
seguro aparece.
Bufé ante el comentario de mi amiga. Voigt sólo arqueó una ceja divertido
y se aproximó con su andar despreocupado.
—Ya veo. ¿Pero es que no saben que las calles pueden ser peligrosas a
estás horas? No saben con quién podrían encontrarse —esto último lo dijo
lanzándome una mirada significativa.
Gruñí. Entendía la indirecta.
Dee carraspeó un poco, rompiendo la tensión que se impuso mientras
enfrentaba la mirada azul de Nikholas.
—Bueno, es verdad. Ya deberíamos subir todos, ¿no? Estoy exhausta —
dramatizó un poco, dándose la vuelta para caminar hacia la entrada.
Le di la espalda a Voigt y todos por fin llegamos al ascensor. Podía sentir
su intensa mirada puesta en mi nuca. Este tipo me tenía hasta la coronilla. Si no
se decidía a hablar de una vez por todas sobre lo que él y yo sabemos que
ocurrió, no tenía nada más que decirle. Ya tenía suficiente con lidiar con las
pesadillas que me atormentaban. Tendría que resolver eso pronto.
—Y, Nick —Dee rompió el pesado silencio en la cabina—. También
estabas afuera muy tarde… —le dedicó una sonrisa burlona—. ¿De fiesta?
—No realmente —replicó lacónico.
—Ah —mi amiga suspiró cuando se abrieron las puertas del ascensor y se
lanzó al pasillo.
Cuando llegamos a la puerta del apartamento sentí que una mano se cerraba
entorno a mi brazo enfundado por la chaqueta. Apreté la mandíbula y luego giré
mi atención hacia Voigt y su sonrisa ladina.
—¿Podemos hablar un momento?
—Yo ya me voy a dormir —Dee me sonrió maquiavélicamente, burlándose
se mi súplica silenciosa.
Entró al apartamento y oí sus pasos alejarse. Me veía de nuevo en esa
situación, abandonada a su suerte con un medio demonio que sólo quería
fastidiarme la vida.
—¿De dónde vienen? —se mofó. Llevó su mano al borde de mi gorro
negro y lo jaló hacia abajo un poco.
Le aparté la mano. Ya basta de andar de mano suelta.
—¿Por qué debería importarte?
Puso los ojos en blanco y suspiró.
—Vamos, Julianne. Sólo dime por qué andas vestida como una roba
bancos. No sabía que fueras una delincuente. ¿Te la pasas pintando graffitis en el
parque?
Chasqueé la lengua con molestia.
—Búrlate todo lo que quieras.
—No, ya en serio —trató de ocultar su sonrisa, a duras penas. Su mano esta
vez me agarró de la manga de la chaqueta para levantar un poco mi brazo,
distraído—. ¿No te dije que debía estar al pendiente de ti? Me pones la tarea
difícil cuando sales en la noche sin decir nada.
—Sólo fuimos a gastarle una broma a Justin, eso es todo. Es más… —me
zafé de su agarre—. ¿por qué debería darte explicaciones?
Frunció el ceño, confundido.
—¿Justin?
Claro, ¿Por qué no me sorprendía que desconociera ese nombre? Me
pregunté qué pensaría Voigt todos los días al ir al instituto, donde tendría la
mente en cada clase y jornada. ¿No le era tedioso estar allá, cuando estaba
acostumbrado a otro ambiente? Me pregunté cuáles serían esos entornos dónde
solía desenvolverse antes de aparecer allí, o cuántos años tendría. Pero sobretodo,
me pregunté qué demonios me importaba a mí eso.
—El ex de Dee. Acaban de romper, él hizo algo imperdonable, ella se
quería vengar —respondí con desidia—. Así que fuimos a llenar sus árboles de
papel higiénico y a pintar su camioneta.
Pegué un respingo al escuchar una carcajada por su parte. Y casi al instante
lo miré ceñuda. ¿Cuál era el chiste? Honestamente, verlo reír era bastante
agradable, no obstante, me recordé a mí misma que no podía agradarme nada que
tuviera que ver con él. El muy manazas, que ahora tenía sus manos en mis
hombros, su dedo pulgar jugueteando con el cuello de mi chaqueta.
Me exasperaba, pero esta vez no lo aparté. El sonrió satisfecho.
—Ya entiendo. No debo hacerlas enojar a ninguna. Podrían arruinar mi
coche.
¿ Cuál coche?
—Yo iría más bien por tu moto.
Alzó las cejas y fingió asombro total.
—Tan sólo decirlo me hieres, Jules.
Le bajé las manos, está vez con más suavidad.
—Bueno, ya, que estoy cansada y quiero dormir.
Si bien no me pude mover. Bajé la mirada y vi sus manos cerradas
alrededor de mis muñecas. Arrugué el entrecejo y regresé la vista a su rostro, a
sus ojos brillantes. Solté un grito ahogado cuando me arrastró para rodearme con
sus brazos, haciendo que me estrellara contra su pecho. Su rostro descendió y me
estremecí con su aliento recorriendo la piel de mi cuello. Mi corazón dio un
vuelco.
De un momento a otro, sus suaves labios entraron en contacto con mi piel.
Di un salto y traté de alejarme. ¡No me dejaba el desgraciado!
—Voigt, aparta —le advertí. La cara me ardía. Sus labios ahora estaban
cerca de mi oreja. Me iba a volver loca.
—Es que hueles muy bien —inhaló profundo, aumentando el agarre de sus
manos.
—¡Qui-ta! —pronuncié sin saber qué más hacer. Planté las manos en su
pecho y lo empujé. Conseguí alejarlo lo suficiente para dar la vuelta y así
liberarme de sus manos.
Ya lejos de él, pude empezar a calmarme, pero todavía me ardía demasiado
las mejillas. Lo miré molesta mientras me arreglaba la chaqueta tratando de
mantenerme digna. Voigt sonrió ligeramente.
—Idiota —bufé antes de entrar al apartamento y cerrar la puerta con más
fuerza de la qué debería. Quizá con la intención de borrar esa sonrisa triunfante
en el rostro de Voigt.
CAPÍTULO 7
El sol de la mañana me dio en toda la cara. Llevé el brazo a mis ojos y
gruñí. No había dormido casi nada en la noche, en parte por las pesadillas que
hicieron acto de presencia una vez más. Tuve que hacer un esfuerzo por dejar el
tema a un lado y concentrarme en salir de la cama. Me dolía la espalda y la visión
me fallaba de vez en cuando.
Me rasqué la cabeza y dirigí mis pasos pesados al baño. Abrí el grifo del
lavabo y agarré agua con las cuencas que formé con mis manos para echarme en
la cara. Mirar mi reflejo en el espejo hizo que suspirara. Tenía el cabello
desordenado y un par de bolsitas oscuras debajo de los ojos. Presté mayor
atención a la reflexión y percibí las pequeñas marcas ramificadas que resaltaban
en mi cuello, hombros y el brazo. No se habían borrado ni un poco. Pasé los
dedos por ellas, sintiendo la textura rugosa. Tenía que preguntarle a Nikholas
cuánto tiempo tendría que estar con ellas. Lo de un par de días ya no me
convencía.
Luego de secarme la cara y usar el váter, salí del baño y arrastré los pies por
el pasillo hasta la cocina. Dee ya se encontraba en los taburetes de la mesa tipo
bar, revisando su teléfono mientras desayunaba Choco Krispis en un bowl. Tomé
asiento a su lado y enterré la cara entre mis brazos cruzados en la mesa.
—Vaya, hoy tampoco amanecimos bien, ¿eh?
Levanté la cara para ver su sonrisa burlona. ¿Cómo le hacía? Estaba
radiante como siempre, como si la noche anterior no se hubiese acostado a la 1 de
la madrugada.
—¿Y tú sí? —inquirí con incredulidad, porque el brillo natural que
desprendía no podía ser en efecto normal.
Soltó una carcajada y se apartó el cabello del hombro.
—Pues claro que amanecí divina. Dormí como un bebé.
—Qué envidia —resoplé.
Dee siguió mofándose, sirviéndome un bowl con cereal y leche. Lo arrastré
hacia mí y empecé a engullir el cereal de chocolate. Por supuesto que ella había
dormido muy bien. Se había vengado del ex y no había tenido pesadillas en las
que una persona la estrangulaba. Me estremecí de sólo pensarlo.
En ese momento escuchamos la cerradura de la puerta. Esta se abrió y
Kristen ingresó al apartamento con cara de no haber dormido por horas. Sabía
que los turnos de noche le pasaban mucha factura, y que los repudiaba en gran
medida. Hasta yo lo haría.
—Hola, chicas —suspiró—. ¿Cómo estuvo la pijamada?
Dee hizo una mueca.
—Por lo menos dormimos. Al parecer a ti te retuvieron en ese lugar toda la
noche, eso es una falta a los derechos humanos, ¿sabes?
Kristen sonrió. Dejó el bolso en la cómoda cerca de la entrada y avanzó por
el pasillo para vernos mejor. No obstante, no nos abrazó. Decía que el turno
nocturno en el hospital era el más complicado, ya que incluía tareas que no
estaba acostumbrada a hacer en el día, y una de ellas era el área de urgencias,
donde podía ocurrir de todo. Prefería ducharse bien en casa antes de cualquier
cosa
—Es un trabajo que amo, y es muy bonito.
Dee torció el gesto en una expresión escéptica. Kristen rió y luego
amortiguó un bostezo con la mano.
—Chicas, estoy muy cansada. Me voy a dormir. Tenga cuidado hoy, ¿de
acuerdo?
Ambas asentimos y Kristen se fue a su habitación. Pasaron unos minutos en
silencio mientras acabábamos nuestro desayuno y casi al instante Dee soltó:
—Julia, ¿por qué no te has vestido todavía? ¿Piensas hacer novillos hoy?
Negué con la cabeza.
—Obvio no. Sólo estoy terminando mi desayuno, déjame en paz.
Arqueó una ceja.
—Qué genio el que traes. ¿Es por lo de anoche? ¿Sigues enfadada por
haberte dejado sola con tu vecino?
Qué bueno que me lo había recordado.
—¿Sabes? De hecho sí estoy molesta por eso.
—¡Por favor, no exageres! ¿Fue tan malo lo que te dijo?
No era precisamente por lo que dijo, sino por lo que hizo. Ese tipo creía que
podía manosearme como le viniera en gana, y se estaba pasando de la raya. Con
eso de besarme el cuello… ¡De sólo pensarlo me ardieron las mejillas! ¡Era un
imbécil total! No sé con qué derecho se creía que podía acercarse así.
—¿Pasó algo que debería saber?
Me volví para ver el semblante burlón de mi amiga. La amaba, pero cómo
me provocaba estrangularla a veces.
—Mejor cállate. No pienso hablarle a ese tipo nunca más, ni si quiera para
entregarle su puñetero correo de mierda.
De ese llevó una mano a la barbilla, en gesto pensativo.
—¿Siguen recibiendo su correo?
—Sí. Porque el muy estúpido no puede conseguir su propio casillero.
—Es extraño —se enroscó un mechón de cabello rubio en el dedo mientras
meditaba sus propias palabras—. ¿No sabes qué trae su correo?
La verdad no entendía su interés en ello.
—Sobres, me imagino que de la renta y esas cosas. Y un paquete.
—¿Un paquete? ¿Nunca has visto lo que trae?
—Nop. A todo esto, ¿por qué te preocupa?
Se encogió de hombros como si nada y se bebió su taza de café.
—Por nada en particular. Sólo es mera curiosidad.
Le creí. Aunque ahora que había mencionado lo del paquete, no pude dejar
de pensar en eso. No recordaba haber visto ninguna etiqueta de marca en él,
tampoco un logo de alguna agencia de envíos o de la propia tienda. Era una caja
de cartón pequeña y nada llamativa. Lo que sí resultaba preciso era que recibía la
caja cada quince días. ¿Cómo me acordaba de esto? No estaba segura.
Dee y yo terminamos el desayuno y me preparé para el instituto. Bajamos a
la planta baja y nos dirigimos al estacionamiento debajo del edificio. Ella se puso
a parlotear sobre la posible reacción de Justin cuando la viera, pero yo estaba tan
centrada en los pensamientos que llovían en mi mente que casi no la escuché.
Me detuve en seco cuando nos acercamos al Toyota, sin saber muy bien si
lo que había visto fue real o una ilusión óptica. A varios metros más allá, cerca de
una de las columnas de la esquina alejada, creí ver que algo se movía, como una
sombra que se separaba de las otras. Parpadeé dos veces y miré nuevamente, sin
encontrar ninguna incongruencia como la anterior.
Debía ser la falta de sueño que me hacía ver cosas. Suspiré y sacudí la
cabeza para ignorarlo.
—¿Todo en orden? —preguntó Dee en el asiento de al lado, buscando algo
en la guantera.
—Sí.
¿Realmente lo estaba?
•°•°•
El resto de la mañana procuré mantener la mente ocupada en las clases. Si
bien la falta de sueño me jugaba pasadas en sus oportunidades, me concentré en
no saturarme de pensamientos que iban en dirección a las pesadillas o la maldita
caja que llegaba al correo de Voigt cada cierto tiempo.
A la hora del almuerzo me sentía un poco mejor. De ese había encargado de
subirme el ánimo con el cuento que me estaba echando. Resulta que Justin
apenas la vio entrar a la clase de Literatura, no apartó la mirada de ella en lo que
restó. Dee no dejaba de sonreír y mofarse como una niña pequeña. Una victoria
era una victoria.
Llenamos nuestras bandejas con el almuerzo y ocupamos una mesa cerca de
los ventanales que daban al patio trasero. Todo seguía igual que siempre, la vida
a mi alrededor no había cambiado, pese al breve encuentro con unos demonios
hacía sólo un día atrás. A pesar de que sabía que mis vecinos no eran
precisamente humanos (porque estaba segura que Roland no era tan distinto a
Voigt en ese sentido).
Fruncí el ceño y los busqué con la mirada. La cafetería estaba a rebosar de
estudiantes, cada quien con sus grupos hablando de cualquier cosa. Entonces lo
vi, a cinco mesas de distancia. Apreté la mandíbula con fuerza y clavé el tenedor
de plástico en mi sandwich. No podía creer lo desgraciado que era ese tipo.
Se encontraba sentado en una mesa llena de gente que, de seguro ni trataba.
Roland estaba a su lado y, lo que más me enervaba, que Allison Thompson
estuviera sentada en las piernas de Voigt riéndose de a saber qué pendejada. ¡Que
sí, que yo sabía que él hacía eso con cualquier chica! Y no debería de causarme
nada, no debería. Pero, ¿de verdad? ¿Allison Thompson? La chica que tenía un
novio cada tres días y que se había tirado a casi todo los tipos del equipo de
fútbol, una total guarra. Vale, esto último era un rumor. ¡Pero no dudaba que
fuera cierto!
Voigt era un manolarga no sólo conmigo. ¡Y yo había sido lo
suficientemente estúpida para dejar que lo hiciera, desgraciado puto de mierda!
—Oye, tranquila, mujer —Dee se me quedó mirando con una ceja
arqueada. Señaló mi plato—. ¿Quieres perforar la mesa o qué?
Al fin caí en la cuenta, y solté el tenedor al instante. Bufé y busqué la
fuerza de voluntad suficiente para no seguir fulminando la espalda de Voigt con
mi mirada. Justo en ese instante, el aludido miró a su alrededor como si
percibiera mis pensamientos crueles contra él. Entonces sus ojos se volvieron
hacia mí y yo esquivé los míos con furia. Esto había sido suficiente para mí.
—¿Qué te pasa, Julia? De nuevo estás que echas humo.
—Ahora mismo no quiero bromear, Dee —respondí. Atravesé una y otra
vez el sandwich con el tenedor sin piedad.
—¿Y se puede saber qué te hizo el sandwich? Ah… Hola, Nick.
Di un respingo en mi asiento y me encogí. Capté a Dee mirando por encima
de mi cabeza justo antes de que un brazo musculoso rodeara mis hombros. La
reacción de mi cuerpo fue inmediata, sin embargo mi mente se rehusaba a dejarse
enajenar de nuevo después de lo que vi. Ahora mismo me estaba conteniendo
para no golpearlo.
—¿Te sientes bien, Jules? —su cálido aliento me golpeó la mejilla y me
estremecí—. Te noto algo tensa.
Quiero divertirme. Tengo derecho a divertirme. Quiero ir y ninguna de
ustedes lo va impedir, ¿Capisci?
¿Qué hacer cuándo lo planteaba de aquella manera? Mel y yo nos miramos
sin convencernos por completo de lo que estábamos a punto de hacer. Dee ese
volvía impredecible en situaciones como esta, cuando sus emociones se
descontrolaban por algún inconveniente en su vida. Podía llegar a hacer cosas
muy locas si no se le vigilaba, y eso estábamos por hacer Melanie y yo, por
desgracia.
•°•°•
Aura. Ese era el nombre del club nocturno al que llegamos. Después de
arreglarnos viendo que Dee no nos dejaba opción, nos fuimos con Mel y sus
amigos de la universidad al club ubicado en Harrisburg, un barrio alejado de la
ciudad ocupado en mayor parte por almacenes. Aura era uno de esos almacenes
reformados con el cartel donde señalaba su nombre en letras neón.
La cola para entrar era algo larga, y en mayoría siendo menores de
diecinueve años. El gorila de la entrada nos dejó pasar y el estrecho pasillo con
flechas de señalamiento en neón nos condujo al centro del club. Montones de
personas bailando al ritmo de la música frenética, luces de colores bañando el
lugar, olores a alcohol, sudor y cigarrillo… Sí, era un club nocturno.
En lo personal, prefería mil veces estar en mi casa leyendo un libro o
viendo una película, que tener que abrirme paso con empujones entre el gentío
que se aglomeraba. La ropa que me había prestado Mel se asemejaba a la que
veía por ahí en otros: blusa ajustada gris con la espalda descubierta, gracias a
dios una chaqueta de cuero para cubrirme, una falda negra ceñida y botas altas
que me llegaban a los muslos. No, no me gustaba tal look para un lugar así.
Llegamos al reservado que habían apartado los amigos de Mel. Dee no
tardó en sentarse y pedir algo de beber, que por supuesto, fue reemplazado por un
refresco de cereza gracias a Mel.
—Eres una aburrida, Melinda —le reprochó la rubia con el ceño fruncido.
—Tienes diecisiete años, lo máximo que has bebido de alcohol es una
cerveza, y no te gustó, ¿recuerdas?
Mel se refería a la vez en que Dee asistió a una fiesta de prado. Acabó
vomitando en unos arbustos después de dos vasos de cerveza. Había dicho entre
lamentos que no volvería a tocar una sola gota de alcohol en su vida.
—Cálmate un poco, Dee —comentó Nathan, uno de los amigos de Mel—.
Seguro estás así por un chico, y no vale la pena, en serio.
Dee recostó la espalda del asiento.
—Tienes razón, Nate. Mejor me divierto sanamente. Así que —se levantó
de golpe—. ¡Vamos a bailar!
Me agarró de la mano y empezó a arrastrarme junto a Nathan hacia la pista.
Mel y su novio, Max, también se unieron y pronto estábamos todo el grupo
moviéndonos al ritmo de la música. Dee me instó a moverme llevando mis
manos hacia arriba y dando pequeños saltos con la nueva canción electrónica. No
era mucho de estar bailando, pero me dejé llevar riendo con ella por el momento
tan vergonzoso para mí.
No me había divertido así en mucho tiempo, tan alejada de los problemas
que tenía en la cabeza.
Al rato todos volvimos al reservado. Agarré el vaso de Coca-Cola qué
había pedido y di un largo trago. Estaba algo fuertecita, pero ya me había agotado
de tanto mover el esqueleto junto a Dee, que dicho sea de paso ahora bailaba muy
pegada a Nathan. Fruncí el ceño y busqué con la mirada a Mel, pero ésta no lo
había notado puesto que estaba hablando con su novio ajena a lo demás.
Volví la vista hacia Dee y, en ese momento alcancé a ver lo que Nathan le
ofrecía a mi amiga. Un vaso con algo que dudaba mucho que fuera refresco, por
la manera en la que los ojos de Dee ese iluminaron al verlo. Salí disparada apenas
le ofreció la bebida. No iba a permitir que ese tipo la emborrachara para hacer
con ella quién sabe qué.
En esas choqueé con algo duro, lo cual me hizo tropezar con mis propios
pies. Mantuve el equilibrio al vuelo, aliviada de no estamparme contra el suelo,
pero fue entonces que comprendí que yo sola no había detenido la caída. Una
mano grande tenía agarrada mi muñeca.
—Por poco… —dijo él.
Levanté la vista, notando por el camino que el hombre en cuestión llevaba
un traje de aspecto caro y un tatuaje en el cuello. Su rostro era de lo más varonil
y atractivo, con labios carnosos y ojos gatunos de color verde.
—No te lastimaste, ¿verdad, preciosa?
Su voz era grave y suave. Debía tener veintitantos, sino hasta treinta y
pocos. Pero había algo en el que no me gustaba; no sabría decir qué, tan sólo su
presencia me ponía nerviosa.
—Estoy bien, gracias —repliqué escueta, viendo que no me soltaba.
El hombre sonrió entornando los ojos.
—Tu cara se me hace familiar. ¿Nos conocemos, jovencita?
Fruncí el ceño, mirándolo a los ojos. Quise apartarme, pero su mano seguía
apretando mi muñeca.
—No, no lo conozco. Así que…
De pronto, su rostro se acercó demasiado al mío. Se me heló la sangre al
ver sus ojos brillantes.
—Yo creo que te he visto en otro lugar… Y usualmente no me equivoco,
nenita.
¿Qué le pasaba a ese loco? No lo había visto en la vida, ¿por qué insistía
tanto? Lo peor de todo es que me era imposible soltarme de su agarre, por más
que forcejeara. Su sonrisa ladina me aterraba y sus ojos… Ya no eran verdes
como pensé, sino cobrizos.
—Suélteme —le exigí, apretando la mandíbula.
Otra mano se cerró en torno al brazo del sujeto. Ambos nos quedamos de
piedra y volteamos a ver al sujeto. El alivio que sentí fue inmediato, no me había
alegrado tanto de ver a Voigt como ahora. Él tenía los ojos fijos en el hombre que
me tenía sujeta, con una mirada tan oscura que hasta a mí me dio miedo.
—¿Qué esperas para obedecer, Cole? —la voz de Nikholas era fría y
amenazadora.
El tal Cole sonrió divertido. Chasqueó la lengua y me soltó enseguida. En
cuanto liberó mi brazo lo froté encontrando una ligera marca por la presión. Ese
hombre era quizá… ¿un demonio? No, espera. Miré a Nikholas, quien seguía
atento al sujeto.
—¿Por qué la hostilidad, Voigt? —inquirió el último ladeando la cabeza
con una mirada curiosa—. Pensé que éramos socios.
Nikholas me agarró del brazo y me empujó hacia él de una manera
demasiado posesiva. Mi rostro hasta chocó con la superficie rústica de su
chaqueta de cuero. Gracias a ello pude sentir que su cuerpo estaba tenso, por lo
que decidí por mi bien quedarme quietecita hasta que resolviera el problema.
—Si he accedido a este trato fue porque no tenía una alternativa mucho
mejor. Pero no recuerdo haberte permitido meterte en mis asuntos —su voz se
volvió peligrosamente más grave.
Cole soltó una risa nasal.
—Lo siento, no tenía idea. Aunque, sería más prudente que advirtieras a tus
humanos de no venir aquí. Éste lugar tiene a sujetos de todo tipo, y lo sabes.
—Ya te ha quedado claro —replicó Voigt.
Me rodeó con su brazo y nos guió lejos de ese sujeto. No pude verlo más,
pero si alcé la vista notando que Nikholas tensaba la mandíbula. Observé a su vez
el brazo con el que rodeaba firmemente mi cintura; tenía los músculos rígidos y
me sujetaba con fuerza. Así de peligroso sería aquel tal Cole para ponerlo así…
¡Qué digo! Yo lo comprobé con tan sólo verlo.
En cuanto me di cuenta, ya estábamos saliendo a la calle por la puerta
trasera. Ésta conducía a un pasaje rodeado por el club y el edificio de al lado. La
brisa fría soplaba y se oían ladridos de perros a la distancia. Nikholas se detuvo
un minuto, dejándome apoyada de la pared mientras se llevaba el teléfono a la
oreja.
—¿Quién era ese? —hablé al fin, abrazándome a mí misma por el frío de
pela que hacía.
—Alguien con quien trabajo —fue lo único que me dijo antes de contestar
la llamada, pero su mirada bastó para aclararme algunas cosas—. Sí, ya estoy
fuera —dijo al interlocutor e hizo una pausa mientras me miraba—. Sí. Iré para
allá, yo estoy más cerca. —colgó la llamada y me agarró de la mano—. Vamos,
Jules.
Salimos del pasaje hacia la calle desierta. Por lo visto, la entrada principal
del club quedaba doblando la esquina más allá, pues se veían algunos destellos
de las luces neón en la calle. Nikholas tomó la dirección contaría, agarrando con
firmeza mi mano y sin voltear a verme.
Entonces, recordé algo muy importante.
—Dee… Tengo que regresar por ella.
—Dee estará bien, tranquila —replicó sin más.
Llegamos hasta un Porsche negro y él abrió la puerta de copiloto. Me quedé
de pie en la acera con el ceño fruncido. ¿Cómo podía estar tranquilo? Claro, él no
sabía lo que ocurría, pero lo que había dicho ese tal Cole sobre él club era
suficiente para querer sacar a mi amiga de allá, en especial por la persona con
quién se encontraba en ese instante.
—Es que no lo entiendes. Dee está…
Se acercó a mí, acariciando mis brazos con sus manos. Los correntazos
pasaron factura enseguida y yo di un respingo.
—Tu amiga está bien. Ya envié a Roland a buscarla —explicó pegando sus
labios a mi frente—. Tenemos que ir por ellos a la entrada.
Tragué saliva despacio. Mierda, ¿por qué hacía esos gestos? Era demasiado
pegajoso.
—Vale.
Subí al asiento de copiloto y él hizo lo propio en el asiento adjunto.
Encendió el motor de un rugido y aceleró por la calle doblando la esquina. Lo
miré por el rabillo del ojo, todavía se veía muy tenso. Tenía el ceño fruncido y
los labios apretados. ¿Desde cuándo era así de aterrador?
—Allá están —señaló hacia la acera frente al club.
En efecto, tenía razón. Roland tenía sujeta a Dee como si ésta no pudiera
tenerse en pie por su cuenta, lo cual no dudaba. Mi amiga tenía la mirada
desorientada y soltaba risitas mientras se acercaban. El Porsche se detuvo frente a
ellos y Roland abrió la puerta.
—¡Qué lindo coche! —soltó mi amiga arrastrando las palabras, lo que
confirmó mis sospechas sobre aquella bebida que le habían ofrecido—. ¡Uh!
Cuidado, cuidadito, chico.
Roland la ayudó a subir al asiento trasero y luego entró él, cerrando la
puerta de un portazo. En ese instante, Dee deparó en mi presencia y soltó una
carcajada.
—¡Ah, Julianne, me alegra muchísimo verte aquí! Presencié una pelea,
¿sabes?
Dirigí mi vista a Roland. Éste suspiró con pesadez.
—Tuve que golpear al tipo, ya que intentó propasarse con ella.
Me quedé sin aliento. ¿Nathan… le iba a hacer eso a mi amiga? No quise
creer que llegaría a esos extremos. ¡Se trata de una amiga de Mel, quien se
supones es su amiga!
Por su parte, Dee seguía diciendo insensateces.
—¡Soy demasiado inteligentosa para caer en esos juegos!
Saqué mi teléfono de mi bolsito.
—Llamaré a Mel para avisar…
—¡Sí, es mi prima, sabes!
CAPÍTULO 7
Tambaleando por el pasillo, conduje a una Dee ebria hacia mi habitación.
Giré para entrar sin golpearla con la puerta y ya junto a la cama la dejé que se
desplomara en medio de las almohadas. Le quité los zapatos y subí sus piernas.
La rubia se dio la vuelta y se hizo un ovillo junto a un peluche de gato que había
por ahí.
Suspiré por el esfuerzo y salí de la habitación. Saqué el teléfono
mandándole un mensaje a la madre de Dee para avisarle que se quedaría en mi
casa, no había que resaltar que obvie hacerle mención del estado en el que se
encontraba su hija.
Daba la suerte que Kristen no había llegado a casa todavía. De ser ese el
caso no hubiese podido meter a Dee borracha, mucho menos a Voigt, quien se
había repantingado en el sofá mientras registraba la caja de videojuegos.
Crucé la sala y me dejé caer en el sofá a su lado. Dejó la caja en la mesita
de centro y me miró.
—Gracias por ayudarme —le dije, mirando a otro lado, por supuesto. No
sabía a qué venía tanta timidez, pero ahora mismo no podía dejar de pensar en lo
que hubiese ocurrido si él no llegaba para separar a ese tipo de mí.
Voigt guardó silencio, limitándose a emitir una risa nasal. Apenas volví el
rostro hacia él, ya tenía sus brazos encima. Rodeó mi cintura y me estrechó a él
en un solo movimiento. Bajó la cabeza inhalando en mi cabello. Por inercia, mis
manos fueron a su pecho para intentar separarme.
—No te hizo nada, ¿verdad? ¿Estás en una pieza? —inquirió frotando la
mejilla de mi cabeza en medio de ese abrazo que hacía vibrar mi piel.
Busqué oxígeno libre de su aroma, en cualquier lugar, pero tenía la cara
metida en su cuello y no podía hacer nada. Me iba a marear, seguro.
—Estoy bien, no necesitas exagerar.
Por más que tratara de moverlo él seguía pegado como un chicle.
—¿Por qué fuiste a un sitio tan peligroso sin mí, Julia?
—Suelta. Salí con Dee y Mel, no tenía idea de que ese club pudiera
albergar… esa clase de peligros. Suelta —repetí empujando con mis manos.
Nikholas suspiró, y ese simple gesto hizo que me detuviera un segundo.
—Estás bien y eso es lo más importante.
Me quedé callada, asimilando sus palabras. No era mi imaginación, él en
verdad sonaba aliviado de verme en buen estado. Seguía haciéndoseme extraño,
pues en el mes entero que llevó viviendo en el edificio se mofó de mí en
incontables ocasiones, me trató como la vecina irritante a la que le gustaba
pinchar. ¿Por qué ahora? ¿Por qué tan de pronto? Me dijo que tenía sentimientos
por mí desde hacía un tiempo, pero era difícil entenderlo sabiendo cómo era y
cómo se comportó.
—Genial, tienes Mario Kart —dijo de pronto, deshaciendo el abrazo para
agarrar el disco del juego. Me miró con una sonrisa torcida—. ¿Hacemos un
reto?
Arqueé una ceja, incrédula. No me gustaba la expresión de su rostro, como
si tramara algo que a mi parecer era perverso.
—No.
Soltó una risita entre dientes.
—Vamos, Jules, un reto de nada.
—Si dices «de nada» con ese tono, ¿cómo quieres que te crea?
Se levantó del sofá y fue hacia la Xbox conectada al televisor. Parecía un
adolescente iniciando un juego con sus amigos, y era tan irónico por su gran
altura y sus largas piernas. Me dieron hasta ganas de reír. Él me miró por encima
del hombro con una expresión divertida.
—Más vale que aceptes.
Colocó el disco en su lugar y conectó ambos controles mientras la pantalla
de carga aparecía. Me dio uno y se quedó con el otro, tirándose en el sofá a mi
lado. Resultaba extraño aquella situación, pero me hacía sentir mucho más
relajada.
—No me has dicho cuál es el reto —le recordé mientras él configuraba el
juego. Me divertía lo familiarizado que estaba con Mario Kart.
—Es simple. Si tú ganas, haré lo que tú pidas por un día entero —vaya
ofertón. Él sonrió al ver mi rostro—. Tranquila, que no soy un contrincante fácil
de vencer.
Elegí mi personaje personalizado. El suyo tenía unos cuernos.
—¿Y qué pasa si tú ganas?
Sonrió.
—Ya veremos.
Lo miré indignada.
—No seas tramposo.
—Cuidado, Jules, la carrera empieza en tres… dos… uno…
—Estúpido.
Sin darme ninguna explicación, había dado inicio a la carrera. El semáforo
llegó a verde y los pequeños coches salieron disparados por la pista. Pude ver al
personaje de Voigt tomar la delantera en un segundo mientras me complicaba en
una de las vueltas. Me levanté un poco en el sofá y empecé a empujarlo para
sabotearlo. No sirvió para más nada que hacerme perder varios tramos a mí
misma, pues se puso a puyarme las costillas. La carrera continuó en un sinfín de
sabotajes con bonus el uno contra el otro, hasta que llegó el trecho final y me
lanzó una de esas estúpidas cáscaras de banana cerca de la meta.
Su personaje salió disparado cruzando la línea de meta, tomando el primer
lugar. Solté un gruñido exasperada y le di manotazos en el hombro. Él lo que
hizo fue reírse. Se levantó de pronto y con sus manos pegó mis hombros al sofá,
inclinándose sobre mí. Mi cuerpo se paralizó de golpe.
—¿Qué haces?
Nikholas sonrió.
—Quiero mi recompensa —mis ojos se abrieron como platos y él soltó una
risita suave dejando un beso en mi frente—. Tranquila, sólo será un beso de nada.
—Si lo dices con ese tono me cuesta creerte.
Acercó su rostro hasta tenerlo a pocos centímetros del mío. Mi respiración
se entrecortaba por los momentos.
—Siempre me sacas una sonrisa, ¿lo sabes? —bajó la cabeza apoyándola
en mi hombro. Sus manos sujetaron mi cintura y sus labios se posaron en mi piel,
colmando mi cuerpo de innumerables cosquilleos—. Eres importante para mí,
Jules…
Me quedé sin aliento. Allí estaba de nuevo, descolocándome con sus
palabras y sus acercamientos. Me confundía tanto… porque jamás tuve una
experiencia similar, y no sabía bien si esto era bueno o malo para mí. Ceder a las
sensaciones y deseos que me exigía a gritos mi cuerpo, o pensar con la cabeza
fría acerca de lo que significaba esto en un futuro.
—Nick —lo llamé con voz baja. Era la primera vez que le llamaba por su
diminutivo.
Voigt se tensó por unos segundos y luego se separó mirándome a los ojos.
¡Y rayos! Era incluso más difícil hablar del tema cuando me miraba así.
—¿Por qué? —proseguí y vacilé sintiendo mis mejillas arder—. ¿Por qué…
por qué te interesaste en mí? Has tenido muchas novias, eso no lo dudo, y con
quién tú querías. Las chicas se derriten por ti, eso no lo voy a negar. Así que,
¿por qué yo, Nick? ¿Acaso se debe a que no he caído en tus encantos tan
rápido…?
—Ssh —se llevó el dedo a los labios cerrando los ojos. Tal parece que mis
palabras no le habían sentado bien—. No digas eso. Sé que no doy una buena
impresión apenas me ves, pero quiero aclararte algo sin rodeos —hizo una pausa,
comprobando que le prestara absoluta atención—: Yo no he tenido novias, jamás.
He estado con muchas mujeres, es verdad, pero jamás he tenido una relación
seria con ellas. Se derriten por mí, sí, porque en parte he nacido para eso, para
engañar —negó con la cabeza apretando los labios—. Soy así, aunque no me
enorgullezca. Hice muchas cosas en mi pasado que no son buenas, y que aún me
persiguen. Pero tú… —suspiró—. Dime, Julianne, ¿acaso no sientes una
conexión entre nosotros? Cómo cuando estamos juntos, o cuando te toco…
Sus manos se deslizaron por mis brazos, acariciando con sus dedos la cara
interna, la muñeca y la palma. Los correntazos… se expandieron por toda mi piel
como ondas viajando cada vez más lejos. ¿Por qué me hacía sentir esto? ¿Por qué
me sentía tan bien cuando estaba cerca, por más que me hiciera detestarlo? Este
tipo había llegado para volverme loca, eso es.
—Me siento bien cuando estoy cerca de ti, Jules —continuó, juntando
nuestras frentes para acaparar mi mirada—. Se siente tan bien que no puedo
evitar dejarme llevar y abrazarte cada que te descuidas. No me interesa lo que las
demás mujeres piensen de mí… Eres tú, Jules. Me contuve por tanto porque no
quería involucrarse en mi mundo, pero… ¿me creerías cuando te digo que pienso
en ti siempre, que quisiera ser una de esas personas importantes en tu vida? Me
encantaría estar en tu mente, que me quieras y defiendas porque soy alguien tan
especial como lo es Kristen, o Dee, e incluso Evans.
Solté poco a poco el aire que sin darme cuenta había estado reteniendo. Sus
ojos azules brillantes mantenían la mirada fija en los míos. Sentía que mis
defensas se tambaleaban, porque de un momento a otro quería sentir sus labios.
—Nick… —susurré tragando saliva. Si no se alejaba ahora estaría en
alarma por fuego… Los correntazos viajaban por todo mi cuerpo queriendo
jugarme una pasada. Deseaba su cercanía.
Sus ojos emitieron un destello apenas mascullé su nombre. Su rostro se
inclinó un poco más, sus labios a pocos centímetros de los míos mientras
sentíamos el aliento del otro. Me recorrió un estremecimiento por la columna
vertebral. Nick soltó un pequeño sonido imperceptible y sus labios aprisionaron
los míos en un beso lento y calculado que me robaba el aliento con cada segundo.
Se sentía húmedo y suave, tenía el ligero sabor mentolado del cigarrillo.
Pero lejos de molestarme, me gustó tanto que mis manos sujetaron su nuca por
impulso. Nick gruñó suavemente, agarrándome con firmeza de las caderas con el
fin de estrecharme a su cuerpo. Los hormigueos se esparcieron enloquecidos por
toda mi piel, acelerando mi corazón tanto que lo sentí golpear con fuerza mi
pecho.
—¿Tú crees? —la voz amortiguada de Kristen se escuchó al otro lado de la
puerta antes de que la cerradura crujiera.
Me separé de golpe de Voigt al momento en que la cerradura emitía un
«clic». Nikholas tardó un segundo en asimilar mi reacción y se acomodó en el
sofá de tal modo como si no hubiera hecho más nada que jugar una inocente
partida de Mario Kart. Ni siquiera me dio tiempo de expresarle mi asombro
cuando la puerta se abrió y allí estaban Kristen y Elliot.
Mi tía apenas nos vio sonrió contenta.
—Julia, cielo, y… ¡Nick, qué gusto verte!
Voigt le dedicó una de sus engalanadas sonrisas.
—Lo mismo digo, Kris, Elliot.
El novio de mi tía hizo un movimiento con la cabeza en modo de saludo e
ingresó al departamento llevando unas bolsas de papel. Me alborotó el cabello
cuando pasó junto al sofá para ir a la cocina y dejó las bolsas en la encimera.
—Traemos comida italiana para cenar —dijo Kristen dejando la chaqueta
en el perchero y el bolso en la cómoda detrás del sofá—. Nick, espero te quedes a
cenar con nosotros.
—Será un placer.
Su mano alcanzó la mía ocultas por el respaldo del sofá. Seguía acalorada
por lo que había pasado, si bien al ver sus ojos decidí hacer algo antes de que
explotara. Me levanté del sofá soltando su mano al vuelo y fui a la cocina.
—¡Ah, huele delicioso! Te ayudo con eso, Elliot —le dije, buscando los
cubiertos y demás en los cajones.
Elliot asintió y sacó una botella de vino de la bolsa para mostrársela a
Kristen.
—El mejor vino.
Mi tía afirmó sonriendo embobada como una adolescente. Voigt y Elliot se
pusieron a acomodar la mesa mientras Kristen y yo servíamos la cena. Me
parecía inverosímil que, después de lo ocurrido en el club, todo lo demás siguiera
tan tranquilo. Lo que me recordaba que debía hablar con Kristen sobre Dee.
—Oye, Dee se vino para acá a pasar la noche —comencé—. No se siente
bien… Su novio le trató muy mal y se enteró por alguien más. Me pidió que la
dejara descansar un rato, sabes cómo es.
Kristen alzó las cejas preocupada.
—Dios, pobre chica. Su madre está enterada de que se encuentra aquí, ¿no?
—asentí y Kristen me imitó entendiendo—. Bueno, en todo caso deberíamos
llamarla para que cene aunque sea un poco.
Tragué el nudo en la garganta.
—Está descansando ahora, y si la despierto es probable que no quiera nada.
La dejaré estar sola un rato y luego le llevo algo, ¿sí?
Kristen suspiró, no muy convencida dicho sea de paso.
—Está bien. Sé por lo que está pasando porque yo también fui joven, y
tienes razón, necesita algo de espacio. Pero no mucho, ¿okey?
Asentí agradecida con ella y con la suerte por darme esta oportunidad. Si
Kristen se llegaba a enterar de que habíamos ido a un club nocturno, capaz y nos
castigaban de por vida, sobretodo por el estado en el que Dee había regresado.
Miré de reojo a Nick, quién enseguida me devolvió la mirada con una sonrisa
furtiva.
Diablos… Ahora que me había besado, ¿cuán pegajoso se volvería en
adelante? La idea me aterraba como me gustaba. Aunque, si lo pensaba bien, tal
vez no estaría mal seguir con esto… Digo, con calma y sin ilusiones apresuradas.
A lo mejor estaba perdiendo la cabeza, sin embargo no quería tener el
pensamiento arraigado al punto de quebrarme la cabeza. Respirar hondo y
proceder con la mente fría, eso debía hacer.
—¿Todo en orden? —inquirió Kristen a mi lado.
Me contuve para no demostrar que me había sobresaltado un poco. Respiré
hondo y suspiré sonriendo.
—Sí, todo bien.
Kristen arqueó una ceja. Me dio un ligero empujoncito de caderas y se
acercó para susurrarme:
—¿Qué pasa entre tú y Nick?
¿QUÉ…? ¿Cómo… cómo lo sabía? No podía creerlo, ¡nos había visto
besándonos! Qué vergüenza. No, no, no… Espera, tenía que guardar la calma,
pensar con claridad antes de dar todo por sentado. Me concentré en servir la cena
en un plato para desviar la atención de mi rostro enrojecido.
—¿A qué te refieres?
Kristen soltó una risita. Mala señal.
—A que ha estado por aquí más a menudo. ¿Ya se llevan mejor?
Por todos los… Así que, era eso. Quería saber si había hecho las pases con
Nikholas. Qué siguiera pensando que éramos amigos. No estaba segura de lo que
éramos Voigt y yo para hablar de ello ahora.
—Sí, eso creo —respondí encogiéndome de hombros para restarle
importancia—. Me pidió ayuda con la tarea de mates y, en fin, ya no queremos
matarnos.
Kristen me sonrió abrazándome con un brazo.
—Me alegra, cielo. Nick es un buen chico, pese a sus gustos…
Si ella supiera el verdadero hobby de Voigt… Alucinaría. Bueno, sobraba
decir que me esforzaría para que no se enterase nunca de eso. Por ahora, tenía
que resolver lo que faltaba con Nick, saber qué era lo que seguía ahora y, por su
cara, me daba más o menos una idea. No me gustaba.
•°•°•
—No me veo capaz de asistir al instituto con esta jaqueca —se quejó Dee
cubriéndose el rostro con un pañuelo.
Nos encontrábamos en la cocina desayunando algo rápido. Kristen se había
marchado unas horas antes, creyendo que Dee sólo estaba deprimida por lo que
había pasado con su novio. Mi rubia amiga hizo lo posible para no mirar a la
doctora a los ojos, sabiendo que con ese simple gesto se echaría a perder la trola
que había montado. Ahora que mi tía ya se había ido a trabajar, la rubia recostó la
mejilla en la isla de la cocina con un pañuelo cubriendo sus ojos del resplandor
que proyectaba la ventana.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué aceptaste la bebida de Nathan? ¿No había quedado claro que no
ibas a beber?
Dee soltó un quejido.
—Juliaa, no necesito que me andes echando el sermón. Suficiente tengo
con la vergüenza que pasé anoche. Por cierto —levantó el pañuelo para verme—,
¿quién era el chico que me rescató del baboso de Nathan?
—¿Mmm? —pronuncié confusa—. ¿Que no te acuerdas de Roland, el
roomie de Voigt, el chico que vive en este edificio…?
Ni al caso. Por más que intentaba darle sugerencias, mi amiga negaba con
la cabeza. Esto era insólito.
—No puedo creer que no te acuerdes de él.
—Jamás lo había visto, lo juro —espetó haciendo puchero—. Un rostro
como aquel no se me hubiese olvidado así de fácil, Julia. No es muy común que
pase, pero hay que aceptar que jamás se dio la oportunidad de cruzarme con él
por aquí… y qué lástima —añadió haciendo una mueca.
Abrí los ojos como platos.
—¡No me digas que te interesa Roland!
Dee frunció el ceño.
—No grites, Julianne, que la cabeza me va a reventar… Y sí, ¿qué tiene de
malo que me interese? Si vieras lo lindo que fue conmigo. Yo estaba tirada en el
suelo, en una esquina de la habitación, mientras él golpeaba a Nathan. Una vez
hecho, se acercó a mí apartando mi cabello de la cara—suspiró—. Te juro que
casi me mojo de la emoción —hice una mueca y ella rió—. Me ayudó a caminar
diciendo cosas para tranquilizarme, a pesar de que, bueno, yo andaba en mi
mundo loco.
Me llevé la taza humeante de café a los labios, pensativa.
—Dee, pero acabas de terminar con Justin.
—No exactamente, aunque ya todo murió, fin de la historia. Una vez que
hable con ese, puedo ir por Roland feliz de la vida porque aquel estúpido ya no
me importa.
Aquello no me convencía demasiado. Roland era un tipo bien, jamás me
había hecho nada malo, pero era de esas personas calladas y que prefería
mantenerse alejadas. Roland más bien nos había hecho un enorme favor en ir a
buscarla, y no significaba que pudiera sentir algo por mi amiga. Es que él era tan
reservado… Además, ¿ cómo se había relacionado con Voigt? No me lo había
pensado hasta ahora. Pero sabía por Nikholas que él también estaba involucrado
con esos asuntos raros de demonios, ya que Nick lo había incluido cuando dijo
que se estaba escondiendo de algunas personas.
Rato después Dee y yo salimos del departamento hacia el ascensor. Dado
que estábamos falta de vehículo, iríamos a la parada de autobuses no muy lejos
de allí. Mi miga expresó su desacuerdo enseguida, odiaba el transporte público.
En esas vi a Roland y a Voigt salir de su casa, me tensé de inmediato y me
dispuse a apretar varias veces el botón del ascensor que no se abría.
Ya era tarde. Nos habían visto.
—Si que tienes prisa —comentó Dee acomodándose un mechón de cabello
rebelde—. Por mi parte, no quiero subir a ese estúpido autobús.
—Chicas.
Les di la espalda apenas Voigt se acercó. Tenía las mejillas demasiado rojas
y el corazón acelerado. Esta reacción era por y él y nadie más, así que me negaba
a demostrarle lo que me producía. Además, no volvimos a hablar después del
beso, y sinceramente no me apetecía hacerlo.
—Ah, Nick… Hola Roland —escuché que decía Dee, con un tono un poco
diferente al que utilizó cuando saludó a Nikholas—. Siento mucho las molestias
que te ocasioné ayer.
—No te preocupes —replicó Roland sin más—. Debes tener más cuidado
para la próxima.
—Esto, sí, lo tendré.
Los brazos de Nikholas rodearon mis hombros mientras aquellos dos
hablaban. Acercó su rostro al espacio entre el cuello y el hombro y suspiró en mi
piel, haciéndome temblar por la calidez de su aliento. Me estaba poniendo cada
vez más roja.
—Buenos días, Jules. ¿Soñaste conmigo?
Me aparté de él al instante, buscando la mayor distancia entre ambos por el
bien de mis nervios. No me gustaba esta sensación de perder mi capacidad para
pensar con claridad, y el tener el cuerpo tan aletargado y extraño. Todo era culpa
de ese tipo.
—Te dije que dejaras las confianzas.
Nikholas ladeó la cabeza.
—Ayer…
—No se volverá a repetir —zanjé, justo a tiempo en que las puertas del
ascensor se abrían.
A bordo iba la señora Johnson, cómo no, después de haber bajado la basura
que tanto acumulaba y, por lo visto, después de pasear su nuevo perro. Pasó por
nuestro lado mirándonos con la misma incredulidad de siempre. Enfilé buscando
tomar su lugar enseguida, metiéndome en la esquina más alejada. Voigt me
miraba con el ceño fruncido.
—Dennos un momento —soltó.
Me agarró de la muñeca y me arrastró fuera del ascensor inmune a mis
forcejeos constantes. Planté mis manos en su pecho y probé en empujarlo con
todas mis fuerzas. Él agarró mis brazos con una mano y con la otra me estrechó
contra su cuerpo. Dee y Roland no hacían más que observar confundidos, los
muy traidores. De Roland me lo hubiese esperado, pero no de mi mejor amiga…
—¿Estás seguro? —inquirió Roland.
—¡Suéltame, Voigt! —chillé.
Él ni se inmutó.
—Sí, adelántense.
—¡No, espera!
Las puertas del ascensor se cerraron y yo me quedé viéndolas como una
estúpida. Había perdido, me habían dejado sola con ese loco que me estaba
lavando el cerebro. Voigt mantuvo sus brazos aprisionando mi cintura, cuando de
repente sentí sus labios en mi cuello. Salté de la sorpresa y comencé a retorcerme
de nuevo.
—¡Ya, déjame!
—No.
Me quedé boquiabierta.
—¿No? ¿Eso es todo lo que dirás, imbécil?
Me dio la vuelta, con demasiada facilidad para mí gran sorpresa.
—No te soltaré hasta que tú me des una explicación de por qué no.
No respondí, lo que acabó siendo un grave error, pues se limitó a hacer un
asentimiento de cabeza y de un momento a otro me subió a su hombro. Tenía
medio cuerpo en su espalda y el otro en su torso. Mi cabello cayó hacia adelante
al momento en que solté un gruñido de exasperación.
—¡¿Qué haces?! —chillé dándole manotazos en la espalda.
Voigt se puso a caminar por el pasillo sin mostrar reacción alguna a mis
golpes.
—Tienes que darme una explicación, Julianne —empezó—. Te confesé mis
sentimientos y te expliqué todo en detalle, esperando que quizá así me dieras una
oportunidad. Cuando respondiste a mi beso creí que era así. Pero ahora resulta
que me dices que «no se volverá a repetir». ¿Cómo crees que me siento al
respecto?
Se detuvo en la barandilla de las escaleras de emergencia. Pasó una pierna
sobre el muro y luego la otra. Pude ver por encima de su hombro el espacio que
había entre cada travesaño de escaleras hasta la planta baja. Sobra decir que me
dio vértigo y comencé a patear en el aire.
—Espera, espera —dije con los nervios a flor de piel—. ¿Qué haces,
Nick…? ¡NO!
Se dejó caer al vacío sin dudarlo ni un segundo. Mis uñas se clavaron a su
chaqueta y mi cabello bamboleó hacia arriba con la violenta brisa mientras
dejaba escapar un grito ahogado. Llegamos al piso en tres segundos, en un golpe
tan dócil que sentí cómo mi alma, a punto de abandonar mi cuerpo, se regresaba
en completo shock. Seguí temblando pese a ya encontrarnos en tierra firme con la
garganta seca y los ojos fuera de órbita.
—Así sentí cuando me rechazaste —dijo Voigt con calma.
Me bajó de sus hombros y casi al instante tuvo que volver a sujetarme, pues
mis piernas cedieron como gelatina sin fuerzas. Sus ojos azules fijos en los míos
mostraban tal decepción que algo inmediatamente se comprimió mi pecho.
—Quiero saber por qué te empeñas en dejar la guardia arriba conmigo.
Abrí la boca para replicar, pero seguía tan conmocionada que me costó un
chorro al principio. Me sirvió para pensar bien mis siguientes palabras. No quería
salirle con mentiras, no tenía ningún ánimo para hacerlo. Sólo era yo siendo
cobarde y negándome a dar el paso, esa era la verdad.
—Tengo miedo… —susurré sin fuerzas. Nuevamente había perdido ante él,
y aceptaba mi derrota.
Nikholas no habló por unos segundos, y cuando lo hizo, su voz era tan
suave que me dio escalofríos:
—¿De qué tienes miedo? ¿De lo que soy?
Negué con la cabeza al instante.
—No. Sé que no me harías daño… —respiré hondo. Esto era muy difícil—.
¿Recuerdas cuando me preguntaste porque no había hablado con Evans sobre mis
sentimientos?
Nikholas frunció el ceño.
—Sí…
—Tenías razón… Tenía miedo de hacerlo. Tengo miedo ahora, porque
jamás había confesado algo así a nadie. No sé por qué exactamente, pero me
siento así.
Voigt alzó las cejas, enmudecido. Su expresión asombrada me puso
nerviosa, así que abrí la boca para decirle algo más. Sin embargo, antes de que
pudiera hacerlo, sus manos me atrajeron hacia él y me estrechó en un abrazo. Sus
brazos cubrieron mi cuerpo y su cabeza reposó sobre la mía mientras su mano
acariciaba mi cabello. Era un abrazo necesitado, profundo y sincero que me
envolvió con su calor. Se sentía tan bien apoyar la mejilla de su pecho y sentir su
respiración bajo mis manos. Dejé que mi cuerpo se relajara.
CAPÍTULO 8
Se sentía extraño. No me agradaba la sensación de verme vulnerable ante
alguien más, en especial si ese alguien me gustaba. Inclusive prefería no
preocupar a Kristen; a Dee, por el contrario, no podía ocultarle nada. En el caso
de Voigt, apenas estaba descubriendo lo que me hacía sentir, o por lo menos
empezaba a aceptarlo. Resultaba extraño, lo repito, porque no era de las que
decía te amo a la ligera, claro que no. Yo no era de las que abrazaba a alguien
que me importara poco.
En cambio, sus brazos alrededor de mi cuerpo se sentían tan cálidos y en su
lugar, tanto como para hacerme desear que no se apartara. Un mes de conocerlo,
y apenas un par de días atrás me enteré de que aquel tipo insufrible que se
presentó ante mí frente al edificio, era sólo una máscara. ¿Me quería? ¿De verdad
me quería? ¿Era importante para él? Voigt lo había dicho: ansiaba ganarse un
lugar entre mis seres queridos. ¿Podría darle la oportunidad? Ya me había
expuesto ante él.
—Nick —le llamé al cabo de unos minutos en los que permanecimos así,
abrazados. Él se movió un poco, dándome a entender que me había escuchado—.
¿Cómo… cómo supiste que estaba en el Aura anoche? No te lo pregunté.
—Digamos que te rastreé —replicó con calma. Se separó lo justo para
verme la cara. Tenía una sonrisa torcida en sus labios.
Me picó la curiosidad, más que cualquier otra cosa. Por más rara que fuese
esa afirmación.
—De verdad eres un acosador —lo pinché, porque me daba la gana,
sobretodo después de que me obligara a declarar sentimientos que ni yo misma
había aceptado. Él se carcajeó—. ¿Acaso pusiste un dispositivo GPS en mi
abrigo o cómo?
Arqueó una ceja divertido.
—Nada tan técnico. Esta marca me ayudó —sus dedos repasaron las líneas
de las líneas que sobresalía en la cara interna de mi muñeca. Me recorrió un
correntazo—. Lo demás tiene que ver con mis habilidades. Cuando descubrí
donde te encontrabas fui de inmediato. No pudiste haberte metido en un lugar
más peligroso que ese.
—Bueno, como te dije antes, no sabía que fuera una guarida secreta de
demonios.
—Es más bien un punto de encuentro.
—¿Punto de encuentro, para qué?
Se lo pensó un poco antes de responder como era.
—Mmm… Para negocios de cualquier tipo: drogas, mercado clandestino en
el bajo mundo, apuestas.
Me vino a la mente una especie de reunión entre tipos como Cole,
intercambiando mercancía ilegal en una sala saturada de humo de cigarrillo. Me
entraron escalofríos. Supuse que fue una suerte que Nikholas llegara a tiempo
para sacarme de allí; ya me había topado con uno de esos demonios.
—El club pertenece a uno de ellos, ¿verdad?
—A Cole, de hecho —respondió sin muchos ánimos, como si la mención
del aludido le molestara—. Lleva reuniones allí y al mismo tiempo ofrece el club
para los humanos. No muchos de ellos salen de allí con vida, en especial si ponen
aunque sea un pie en nuestro vasto mundo.
—¿A qué te refieres? —tragué saliva. Pensé en Melinda y los otros.
Tendría que hablar con la prima de Dee para asegurarme.
—Hay otro mundo, Jules —me explicó, muy serio de pronto—. Suceden
tantas cosas alrededor de esa burbuja en la que viven todos los humanos, una
burbuja a la que consideran normalidad. Detrás de ella está el mundo oculto,
donde cualquier criatura camina o se retuerce. Cualquiera podría entrar allí dando
sólo un paso para romper esa burbuja, aunque tiene que existir un factor que lo
lleve a ello, como el encuentro con un demonio.
Sin poder evitarlo, pasó por mi mente el recuerdo de aquella noche del
accidente. Destellos, criaturas escalofriantes, mis padres involucrados en todo
eso… ¿Acaso… Acaso existía la posibilidad de que fuera de ese modo? ¿Mis
padres…?
No sabía cómo pasó, pero de repente mi visión periférica se enfocó en algo
que se movía mucho más allá. Bajo las escaleras, donde un enorme retazo de
sombra cubría de manera fantasmagórica ese rincón poco iluminado, algo pereció
separarse de ese pedazo de oscuridad, algo que se movió rápido y ligero hasta el
otro extremo. Sí mi vista no me engañaba, esa cosa, lo que sea que fuera, tenía
seis patas y medía unos cincuenta centímetros de alto.
Pegué un salto y seguí con la vista esa cosa, pero tan pronto como la vi, ya
no estaba, como si se hubiese desvanecido.
—¿Jules? ¿Todo en orden?
Nikholas siguió la misma trayectoria de mi mirada, con el ceño fruncido en
gesto de confusión. Traté de divisar una vez más aquella criatura de seis patas,
pero no vi nada, sólo un manto de sombras.
—Creí ver algo… Pero quizás no sea nada.
—No querrás despistarme de nuevo, ¿cierto?
Lo miré, consciente de que se estaba burlando de mí una vez más. Aquí iba
de nuevo, el Voigt que me sacaba de quicio. Tenía el presentimiento de que sería
bueno apartarme sus brazos de encima en ese preciso momento.
—Acabas de decirme que me quieres —su rostro se acercó peligrosamente
al mío. Sus ojos azules se fijaron en los míos—. Ya no lo puedes negar.
¡Demonios! Era demasiado difícil no retractarme cuando me hablaba así.
Moría de vergüenza y eso lo hacía regodearse.
—Yo no dije nada de eso.
—Dijiste que tenías miedo de decirme.
—Pero jamás empleé las palabras que describes.
Sí, Julianne, sigue cavando tu propia tumba. Él, por supuesto, sonreía
burlón, sin creerse ni por un minuto mi argumento tan vago. Aunque yo tenía
razón. No empleé las palabras «te quiero» en ningún momento.
—No me vas a trolear —soltó. Me agarró de la mano, enviando otro
correntazo a lo largo de mi brazo. Empezó a caminar llevándome con él fuera del
edificio—. No olvidaré jamás lo que has dicho. Dijiste que tenías miedo porque
jamás habías declarado a nadie esos sentimientos.
Me cubrí el rostro con la mano, a sabiendas de que estaba roja como un
semáforo.
—No tienes que repetirlo.
Casi que le rogaba. Esto era de lo último. No podía avergonzarme más de lo
que ya de por sí estaba. El hecho de que presumiera su logro me hacía ver como
una perdedora, una analogía muy estúpida pero que más se acercaba. Era como si
Voigt se alzara sobre el pedestal del primer lugar y me fulminara con una sonrisa
triunfal. Demonios, una estocada en mi dignidad.
—Oh, sí que tengo —replicó—. ¿Y sabes por qué?
—¿Por qué? —gruñí.
Su sonrisa se volvió más suave, más honesta, lo cual me llamó la atención
por un minuto.
—Porque ahora no tienes excusa para negarte a salir conmigo, Jules. No si
pretendes evitar seguir engañándote.
—Engreído —bufé.
Me solté de su agarre una vez llegamos hasta donde se encontraba aparcado
el mismo Porsche negro de la noche anterior, y me crucé de brazos. No había
nadie más en el aparcamiento debajo del edificio, sólo él y yo. Por lo visto, Dee y
Roland se habían marchado al instituto sin nosotros.
Aún en sus anchas, Voigt abrió la puerta de copiloto para mí. Lo fulminé
con la mirada mientras me acercaba. Él aprovechó mi despiste y, cuando estuve a
su lado, dejó un beso en mi mejilla, dejando sus labios el suficiente tiempo en mi
piel para que se sonrojara. Me aparté como si me fuera quemado y llevé mi mano
a la zona «afectada».
—Es sólo el comienzo, Jules.
Tragué saliva y me apresuré a meterme en el coche, procurando mantener
distancia. No podía con ese tipo… ¡Aprovechaba cualquier mínima oportunidad
para descolocarme! Esto provocaba que no pensara con claridad y que mi cuerpo
se calentara, tal y como ocurrió cuando mordió mi oreja. Desgraciado.
—El rubor te queda perfecto —comentó cuando se hubo acomodado en el
asiento de al lado, ignorando por completo mi mirada de pocos amigos—. Ponte
el cinturón, Jules.
De mala gana, llevé mi mano al costado y jalé de la correa del cinturón de
seguridad.
—¿Y este coche?
Miré alrededor, buscando cualquier cosa para distraer de la atención de mi
rostro enrojecido. Olía a menta y esencia de pino. Los asientos estaban revestidos
de una tela acolchada de color gris y el tablero frente a nosotros poseía un sinfín
de funciones modernizadas. El motor rugió y él encendió la calefacción.
—Es una nueva adquisición.
Puse los ojos en blanco, mirando el cambio de marchas y el salpicadero.
Había un cajón frente a mí que se abrió con sólo apretar el botón que tenía en
medio. Dentro sólo habían papeles del coche, una caja de cigarrillos, una
pequeña libreta de cuero negro.
—Pensé que te gustaba tu motocicleta —dije, mientras él manejaba fuera
del estacionamiento. Aunque mi vista estaba clavada en cierta libreta. Tuve que
cerrar el cajón para evitar la tentación de tomarla.
—Así es —respondió resuelto—. Pero también necesitaba un coche. Ya
dejaste claro que no te gustaba mi Harley Davidson. Lo compré para llevarte a
donde quisieras cada vez que me dejaras.
Me le quedé mirando.

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