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LENGUAJE Y PENSAMIENTO

VÍCTOR MONTOYA

EL ORIGEN DEL LENGUAJE

A pesar de las innumerables investigaciones realizadas, no se sabe con certeza


cuándo y cómo nació el lenguaje, esa facultad que el hombre tiene para comunicarse
con sus semejantes, valiéndose de un sistema formado por el conjunto de signos
lingüísticos y sus relaciones. Aunque muchos investigadores tratan de echar luces
sobre este misterio, sus resultados no pasan de ser más que meras especulaciones. No
obstante, por la observación de los gritos de ciertos animales superiores, algunos creen
que tales gritos fueron los cimientos del lenguaje hablado.

Desde el punto de vista antropológico y etnológico, es indudable que el lenguaje


articulado constituye una de las manifestaciones características que separan al hombre
de los seres irracionales. Éstos últimos expresan y comunican sus sensaciones por
medios instintivos, pero no hablan, a diferencia de los seres dotados de conciencia. Por
lo tanto, si tuviésemos que añadir un sexto sentido a los cinco tradicionales, sin duda
alguna ésta sería el habla, ya que la lengua, además de servir para el sentido del gusto
y otras funciones cotidianas, tiene la aplicación de emitir sonidos articulados, una
particularidad que, como ya dijimos, nos diferencia de los animales inferiores con los
que compartimos: vista, oído, tacto, olfato y gusto.

De otro lado, el animal no es capaz de planificar sus acciones, puesto que toda
su conducta instintiva está determinada por su sistema de reflejos condicionados e
incondicionados. La conducta humana, en cambio, se define de forma absolutamente
diferente. La situación típica del individuo es el proceso de planteamiento y solución de
tal tarea por medio de la actividad intelectual, que se vale no sólo de la experiencia
individual, sino también de la experiencia colectiva. Consiguientemente, el hombre, a
diferencia de los animales inferiores, sabe planificar sus acciones, y el instrumento
fundamental para tal planificación y solución de las tareas mentales es el lenguaje. Aquí
nos encontramos con una de sus funciones más elementales: la función de instrumento
del acto intelectual, que se expresa en la percepción, memoria, razonamiento,
imaginación, etc.

Los primeros signos articulados por los pitecántropos, que habitaron en Asia y
África, datan de hace unos 600.000 a. de J.C. Después vinieron otros homínidos cuya
capacidad craneal, superior al "Homo erectus", les permitió fabricar utensilios
rudimentarios y descubrir el fuego, pero también idear un código de signos lingüísticos
que les permitiera comunicar sus sentimientos y pensamientos. Durante el paleolítico
(aproximadamente 35.000 a. de J.C.), tanto el "Hombre de Neandertal" como el
"Hombre de Cro-Magnon" dan señales de que poseían un idioma comunicativo y una
anatomía equiparable a la del hombre moderno. Quizás éstos sean algunos posibles
"momentos" en la evolución del lenguaje humano, desde la remota época en que el
"Homo sapiens" hacía simples gestos acompañados de gritos o interjecciones —a la
manera de ciertos animales—, hasta la descripción oral de los objetos que le rodeaban

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Comunicación Oral y Escrita

y la designación de ideas mediante sonidos que suponían el aumento de la capacidad


de abstracción; un periodo en el que nacen las primeras lenguas, coincidiendo con el
desplazamiento de los hombres primitivos.

Con el transcurso del tiempo, los hombres primitivos empezaron a vivir en


pequeños grupos familiares, usando un lenguaje que era de uso exclusivo del grupo,
con palabras que expresaban una idea común para todos. Poco a poco se fueron
reuniendo en comunidades más grandes, formando tribus y poblados. Algunos grupos
se desplazaron a lugares más o menos lejanos buscando nuevos territorios donde se
podía encontrar caza y pesca, mientras otros se trasladaron en busca de regiones más
cálidas, generalmente junto a los ríos, donde construyeron sus chozas y consolidaron
su lengua materna. Valga aclarar que si los habitantes de un lugar carecían de
relaciones con los de otros, no es nada probable que usaran el mismo lenguaje para
comunicarse entre sí, lo que hace suponer que desde el principio hubo varias lenguas,
y no una sola "lengua madre" como generalmente creen los defensores del mito bíblico
sobre "La Torre de Babel".

La filología comparada, en su estudio sobre las relaciones entre las diversas


lenguas, no ha logrado encontrar ninguna esencialmente primitiva de la cual provengan
todas las demás; ninguna "lengua madre" universal, y únicamente asigna la
denominación de "lenguas madres" a aquellas de las cuales se han derivado algunos
idiomas, como el latín, que es la "lengua madre" del francés, español, portugués,
italiano y otras lenguas neolatinas.

Los antropólogos, etnólogos y lingüistas, desde Luis Heyre (1797-1855) hasta la


fecha, han realizado profundas investigaciones en procura de averiguar la posible
existencia de un primitivo origen del lenguaje, estableciéndose diferentes hipótesis
encaminadas unas a las relaciones psicofísicas entre las sensaciones de la visualidad y
las auditivas; otras, tomando como fundamento de la formación natural del lenguaje, la
evolución progresiva impuesta por el entorno social, y motivado por las necesidades del
ser humano. Se ha pensado en la onomatopeya, en la observación del lenguaje infantil,
en la expresión de sentimientos, en las interjecciones, etc. Pero los más destacados
psicólogos y lingüistas —a la cabeza de Antonio Meillet (1866-1936)— han llegado al
reconocimiento de que hallar un lenguaje primitivo único es un problema insoluble, por
lo que se limitan a clasificar las lenguas y señalar las raíces de las que consideran más
primitivas.

En cualquier caso, se debe añadir que la evolución del lenguaje ha sido paralela
a la evolución del hombre desde la más remota antigüedad. Los idiomas que abundan
en la actualidad, agrupadas en las ramas de un mismo tronco lingüístico, siguen
causando controversias entre los investigadores, puesto que el estudio del origen del
lenguaje es tan complejo como querer encontrar el "eslabón perdido" en el proceso de
humanización de nuestros antepasados.

Una sociedad, por muy organizada que esté, es incapaz de fijar definitivamente
el lenguaje, porque éste se forma progresiva y gradualmente, por lo que no existe
ninguna lengua que pueda llamarse completa por no existir ninguna que exprese todas

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Comunicación Oral y Escrita

nuestras sensaciones y todas nuestras ideas. No obstante, el humano, como cualquier


ser social por naturaleza, necesita relacionarse con sus semejantes, hablando y
escuchando, y el principal instrumento de comunicación es el lenguaje, cuyo sistema,
constituido por signos verbales o palabras, hace que los individuos se entiendan entre
sí. De no existir el lenguaje, tanto en su forma oral como escrita, sería más difícil la
convivencia social y más primitiva nuestra forma de vida. Además, gracias al lenguaje
ha sido posible lograr grandes éxitos en el conocimiento y dominio de las fuerzas de la
naturaleza.

¿EL LENGUAJE ES INNATO O ADQUIRIDO?

En la lingüística, como en otras ciencias del conocimiento humano, existe una


disputa entre el empirismo y el nativismo. El nativismo sostiene que la capacidad de
ver, oír, pensar y hablar son actos innatos o genéticos. En cambio los empiristas, a la
cabeza de los behavioristas o conductistas, están convencidos de que el niño aprende
a hablar porque imita a los adultos —sobre todo a la madre— y porque tiene necesidad
de manifestar sus necesidades y deseos. Según los empiristas, el niño aprende el
idioma de la misma manera que otras destrezas físicas y mentales. Es decir, mediante
la llamada "conducta operante", que está determinada por la influencia de factores
externos o adquiridos y no así por medio de factores innatos o genéticos.

Así como los empiristas están convencidos de que el niño aprende a articular y
combinar sonidos, los nativistas y los psicólogos del Gestalt, que rechazan
categóricamente la teoría de que el entorno social sea el único factor determinante en el
desarrollo idiomático, están convencidos de que el habla es un don biológico con el cual
nacen los humanos, y que la experiencia cognitiva es apenas un estímulo para su
desarrollo posterior. De ahí que el psicólogo Arnold Gesell, a diferencia de John B.
Watson y Burrhus Skinner, sostiene la concepción de que gran parte del desarrollo
lingüístico del individuo está determinado por factores de maduración interna, y no por
las simples influencias del entorno social.

El desarrollo idiomático del individuo, en consecuencia, no se puede explicar


desde la "psicología del aprendizaje" o conductismo, sino desde la perspectiva
biológica; más aún, si se considera el complicado proceso lingüístico que se genera en
el cerebro humano. Según J. Jackson (1835-1911), "cada función realizada por el
sistema nervioso es garantizada no por un grupo reducido de células, sino por una
complicada jerarquía de niveles de la organización fisiológica del sistema nervioso. En
otras palabras, para que la persona pronuncie una palabra no es suficiente con que se
activen el grupo de células de la corteza de los hemisferios del cerebro ‘responsable’ de
esto… En la gestación de la palabra participan, según su naturaleza, estructura
‘profundidad de yacimiento’, diversos mecanismos cerebrales… En el mantenimiento de
los procesos lingüísticos toman parte tanto los más elementales mecanismos
fisiológicos del tipo ‘estímulo respuesta’ (E-R) como mecanismos específicos que
poseen estructura jerárquica y exclusivamente características para las formas
superiores de actividad lingüística". (Petrovski, A., "Psicología general", 1980, pág. 193-
94).

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Comunicación Oral y Escrita

Para el pensador y lingüista norteamericano Noam Chomsky —padre de la


"gramática generativa"—, el idioma es una suerte de computadora que funciona de
manera automática, como los procesos de asociación antes de pensar. Chomsky
plantea la teoría de que el niño tiene una programación genética para el aprendizaje de
su lengua materna, desde el instante en que las normas para las declinaciones de las
palabras, y la construcción sintáctica de las mismas, están ya programadas
genéticamente en el cerebro. Lo único que hace falta es aprender a adaptar esos
mecanismos gramaticales al léxico y la sintaxis del idioma materno, que, en el fondo, es
una variante de una gramática que es común para todas las lenguas, sin que esto
quiera decir que exista —o existió— una "lengua madre universal" de la cual derivan
todos los idiomas hasta hoy conocidos (Jeffmar, C., "Moder Utvecklingspsykologi",
1983, pág. 66).

El segundo análisis crítico lo dirige Chomsky contra el behaviorismo o


conductismo, que contempla el comportamiento lingüístico como un conjunto de
estímulos y respuestas (E-R) o, lo que es lo mismo, contra una concepción externa de
la lengua. Si el dualismo fue catalogado de error, el conductismo fue considerado
irracional, además de igualmente erróneo. El concepto de que el lenguaje sea algo
adquirido del entorno social contrasta con la teoría defendida por los nativistas, según la
cual el lenguaje es un producto interior de la mente/cerebro del hablante, independiente
de las experiencias y los conocimientos adquiridos del entorno social por medio del
proceso de aprendizaje.

Con todo, tanto las teorías chomskianas y nativistas han sido motivos de
controversias, sobre todo, cuando los empiristas y behavioristas, que no aceptan la
existencia de una gramática innata y programada en el cerebro humano, señalan que
las diferencias gramaticales existentes entre los idiomas son pruebas de que el
lenguaje es un fenómeno adquirido por medio del proceso de aprendizaje. Noam
Chomsky, por su parte, responde que estas diferencias se presentan sólo en la
estructura superficial de los idiomas, pero no en la estructura profunda. Es decir, si en la
estructura superficial se advierte las diferencias gramaticales de los distintos idiomas,
en la estructura profunda se advierte una gramática válida para todos los idiomas, pues
cada individuo, al nacer, posee una gramática universal que, con el tiempo y gracias a
un contexto social concreto, se convierte en una gramática particular.

Asimismo, aparte de las dos teorías mencionadas, se debe añadir la concepción


de los "interrelacionistas", quienes consideran que el lenguaje es un producto tanto de
factores innatos como adquiridos, ya que el lenguaje depende de impulsos internos y
externos, que están determinados de antemano, lo que presupone la preexistencia de
sentimientos y pensamientos. Al faltar los conceptos internos —por diversos motivos—
falta también la facultad del habla, como en los recién nacidos o en los impedidos
mentales. Pero para hablar, además de un contenido psíquico mínimo, hace falta el
estímulo externo, el impulso de expresarse y hacer partícipes a los demás de nuestros
estados de ánimo. De ahí que el estudio del desarrollo idiomático del individuo es
tratado no sólo por la psicolingüística, sino también por la sociolingüística, que estudia
cómo el idioma influye y es influido en la interrelación existente entre el individuo y el
contexto social, habida cuenta que el lenguaje, además de ser un código de signos

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Comunicación Oral y Escrita

lingüísticos, es el acto de expresar ideas y sentimientos mediante la palabra; más


todavía, cuando el lenguaje es el primer patrimonio familiar que recibe el recién nacido,
a quien le acompaña desde la cuna hasta la tumba, y es la herencia, a veces la única,
que transmite a sus descendientes.

¿PRIMERO ESTÁ EL LENGUAJE O EL PENSAMIENTO?

Si para el polémico Noam Chomsky, el idioma es una especie de computadora


que funciona de manera automática, como los procesos de asociación antes de pensar,
entonces habría que suponer que el lenguaje está primero. La "teoría reguladora"
explica que la acción y el pensamiento dependen de la capacidad lingüística de la
persona, en tanto el psicólogo suizo Jean Piaget, cuya teorías cognitivas son
ampliamente conocidas, sostiene que el lenguaje es, en gran medida, el producto del
desarrollo de la acción y el pensamiento, ya que tanto la palabra como la idea son
imágenes observadas y no a la inversa. Empero, no faltan quienes aseveran que
durante el desarrollo intelectual del individuo hay una interrelación dialéctica entre el
lenguaje y el pensamiento. De modo que responder a la pregunta si primero está el
lenguaje o el pensamiento, es lo mismo que responder a la pregunta si primero está el
huevo o la gallina. De cualquier modo, las tres teorías fundamentales que responden a
la pregunta de si primero está el lenguaje o el pensamiento se pueden sintetizar así:

La teoría de: "el lenguaje está antes que el pensamiento" plantea que el idioma
influye o determina la capacidad mental (pensamiento). En esta corriente lingüística
incide la "gramática generativa" de Noam Chomsky, para quien existe un mecanismo
idiomático innato, que hace suponer que el pensamiento se desarrolla como
consecuencia del desarrollo idiomático. Por lo tanto, si se considera que el lenguaje es
un estado interior del cerebro del hablante, independiente de otros elementos
adquiridos del entorno social, entonces es fácil suponer que primero está el lenguaje y
después el pensamiento; más todavía, si se parte del criterio de que el lenguaje acelera
nuestra actividad teórica, intelectual y nuestras funciones psíquicas superiores
(percepción, memoria, pensamiento, etc.)

La teoría de: "el pensamiento está antes que el lenguaje" sostiene que la
capacidad de pensar influye en el idioma. No en vano René Descartes acuñó la frase:
"primero pienso, luego existo". Asimismo, muchas actitudes cotidianas se expresan con
la frase: "tengo dificultad de decir lo que pienso". Algunos psicolingüistas sostienen que
el lenguaje se desarrolla a partir del pensamiento, por cuanto no es casual que se diga:
"Una psiquis debidamente desarrollada da un idioma efectivo". En esta corriente
lingüística esta la llamada "The cognition hypothesis" (La hipótesis cognitiva), cuya
teoría se resume en el concepto de que el "pensamiento está antes que el lenguaje".
Pero quizás uno de sus mayores representantes sea Jean Piaget, para quien el
pensamiento se produce de la acción, y que el lenguaje es una más de las formas de
liberar el pensamiento de la acción. "Piaget indica que el grado de asimilación del
lenguaje por parte del niño, y también el grado de significación y utilidad que reporte el
lenguaje a su actividad mental depende hasta cierto punto de las acciones mentales
que desempeñe; es decir, que depende de que el niño piense con preconceptos,

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Comunicación Oral y Escrita

operaciones concretas u operaciones formales. (Richmond, P. G., "Introducción a


Piaget", 1981, pág. 139).

La "teoría simultánea" define que tanto el lenguaje como el pensamiento están


ligados entre sí. Esta teoría fue dada a conocer ampliamente por el psicólogo ruso L.S.
Vygotski, quien explicaba que el pensamiento y el lenguaje se desarrollaban en una
interrelación dialéctica, aunque considera que las estructuras del habla se convierten en
estructuras básicas del pensamiento, así como la conciencia del individuo es
primordialmente lingüística, debido al significado que tiene el lenguaje o la actividad
lingüística en la realización de las funciones psíquicas superiores del hombre.
Asimismo, "El lenguaje está particularmente ligado al pensamiento. Sin embargo, entre
ellos no hay una relación de paralelismo, como frecuentemente consideran los lógicos y
lingüistas tratando de encontrar en el pensamiento equivalentes exactos a las unidades
lingüísticas y viceversa; al contrario, el pensamiento es lingüístico por su naturaleza, el
lenguaje es el instrumento del pensamiento. Lazos no menos fuertes ligan al lenguaje
con la memoria. La verdadera memoria humana (intermediadora) más frecuentemente
se apoya en el lenguaje que en otras formas de intermediación. En igual medida se
realiza la percepción con la ayuda de la actividad lingüística" (Petrovski, A., "Psicología
general", 1980, pág. 205).

Así pues, las diversas teorías que pretenden explicar el origen del lenguaje, las
funciones del pensamiento y sus operaciones concretas, son motivos de controversias
entre los estudiosos de estas ramas del conocimiento humano. Empero, cualquier
esfuerzo por echar nuevas luces sobre este tema, tan fascinante como explicarse los
misterios del universo, es siempre un buen pretexto para volver a estudiar las ciencias
que conciernen al lenguaje y el pensamiento de todo ser dotado de capacidad racional
y sentido lógico.

Encontrado en: [Link]

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Comunicación Oral y Escrita

CAPÍTULO 2:
SOBRE EL LENGUAJE HUMANO1
Rafael Echeverría
Hemos dicho que los seres humanos, en tanto individuos, son seres lingüísticos,
seres que viven en el lenguaje. En esta sección exploraremos, primero, la naturaleza
del lenguaje, particularmente del lenguaje humano, y segundo, la relación entre el
lenguaje y el individuo. Una vez acometido lo anterior, volveremos al tema de la
ontología del lenguaje.

EL LENGUAJE

El lenguaje como dominio consensual


Normalmente comprendemos el lenguaje como una capacidad individual, como
la propiedad de una persona. Decimos así, que los individuos tienen una capacidad
para el lenguaje. Esto, como podemos ver, le otorga precedencia al individuo con
respecto al lenguaje. Implica que es el individuo el que habla y escucha. Asume al
individuo como precondición del lenguaje.
Nos oponemos a esta visión. Postulamos, al contrario, que los individuos —no
como miembros particulares de una especie, sino tal como hemos identificado a los
individuos humanos, esto es, como personas— se constituyen asimismo en el lenguaje.
Esto implica que le otorgamos precedencia al lenguaje con respecto al individuo. Y ello,
como veremos, no es un postulado banal. Por supuesto, no estamos negando que, una
vez constituido, el individuo hable y escuche y que, por lo tanto, tenga la aludida
capacidad de lenguaje. Pero al tomar al individuo como ya constituido, para derivar de
él el lenguaje, se nos cierra precisamente la posibilidad de comprender su propio
proceso de constitución en cuanto individuo.
Está claro que, para que un ser humano sea capaz de hablar, deben darse
ciertas condiciones biológicas. Como el biólogo Humberto Maturana —en quien nos
apoyaremos fuertemente en esta sección— siempre insiste en recordárnoslo, sólo
podemos hacer lo que nuestra biología nos permite; no podemos traspasar los límites
de nuestras capacidades biológicas. Sin la estructura particular del sistema nervioso
humano, y sin los desarrollados sentidos con los que están equipados los seres
humanos, no tendríamos la capacidad de oír y hablar en la forma en que lo hacemos.
Pero el lenguaje no es generado por nuestras capacidades biológicas. Los «niños-lobo»
(aquellos niños criados en la selva por los lobos y no por seres humanos), que tienen
todas estas capacidades biológicas, no desarrollan aquello que conocemos como el
lenguaje humano. El lenguaje, postulamos, no es desarrollado por un ser humano
aislado. El lenguaje nace de la interacción social entre los seres humanos. En
consecuencia, el lenguaje es un fenómeno social, no biológico.
Es en la interacción entre diferentes seres humanos particulares —antes incluso
de que podamos hablar de un proceso de individualización en el que nos constituimos

1
Echeverría, Rafael Ontología del Lenguaje. Capítulo 2: “El Lenguaje” Obtenido
desde:[Link]/.../ontologia-del-lenguaje-echeverria-pdf_90752_0_5938 [20012016]

7
Comunicación Oral y Escrita

como personas— donde aparece una precondición fundamental del lenguaje: la


constitución de un dominio consensual. Hablamos de consensualidad dondequiera
que los participantes de una interacción social comparten el mismo sistema de signos
(gestos, sonidos, etcétera) para designar objetos, acciones o acontecimientos en orden
a coordinar sus acciones comunes. Sin un dominio consensual no hay lenguaje. Una
vez que aceptamos lo anterior, no podemos seguir considerando al lenguaje como una
propiedad individual. El dominio consensual se constituye en la interacción con otros en
un espacio social.
Un mundo lingüístico de entidades lingüísticas
Es importante hacer notar, sin embargo, que estamos hablando sobre el lenguaje
a través y desde el lenguaje no podemos evitarlo, y esto implica una trampa de la que
debemos precavernos. Los signos, los objetos, los eventos y las acciones son
constituidos como tales en el lenguaje. En cuanto tales, no existen por sí mismos.
Solemos citar a Gertrude Stein diciendo que «una rosa es una rosa es una rosa.»
Pero una rosa no es una rosa independientemente del lenguaje. Sea lo que sea, es lo
que es para nosotros en el lenguaje. Lo que sea en sí misma, independientemente del
lenguaje, no lo sabemos. Una rosa es una rosa para nosotros, para los que la ven como
una rosa en un dominio consensual dado. Es una rosa sólo como una entidad
designada en el lenguaje, una entidad que resulta de una distinción lingüística, que
separa la entidad, en tanto entidad, del resto.
Un objeto es siempre una relación lingüística que establecemos con nuestro
mundo. Los objetos son constituidos en el lenguaje. En tanto tales, traen siempre
nuestra propia marca humana y siempre dicen algo de nosotros. Una taza de té es sólo
una taza de té para nosotros, no para la mosca que vemos posada sobre ella. Y la
mosca sólo es una mosca para nosotros, no para la araña que vemos acercársele. Y
así podemos seguir ad infinitum. Insistimos: No existe otro camino que el del
lenguaje; fuera del lenguaje no existe un lugar en el que podamos apoyarnos. Los
seres humanos vivimos en un mundo lingüístico.

El lenguaje como coordinación de coordinación de acciones

Nuevamente, siguiendo a Maturana, planteamos que un dominio consensual,


importante factor en numerosas formas de comunicación, aún no es suficiente para
producir el fenómeno del lenguaje. Hablamos de lenguaje sólo cuando observamos un
tipo particular de comunicación. Muchas especies se comunican. Siempre que vemos a
miembros de una especie coordinando acciones comunes, hablamos de comunicación.
Sin embargo, decimos que hay lenguaje —y con ello estamos sugiriendo una
determinada convención para referirnos al lenguaje— sólo cuando ocurre un tipo
particular de coordinación de acciones: cuando observamos a los miembros de una
especie en la coordinación de la coordinación del comportamiento. El lenguaje, en
cuanto fenómeno, es lo que un observador ve cuando ve una coordinación
consensual de la coordinación de acciones —cuando los miembros participantes
de una acción coordinan la forma en que coordinan juntos la acción. El lenguaje,
sostenemos, es coordinación recursiva del comportamiento.

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Comunicación Oral y Escrita

Tomemos un ejemplo que puede ilustrar la forma en la que esos dos sistemas de
coordinación de acciones — implicados en la coordinación recursiva— funcionan juntos.
Le digo a mi hijo Tomás: «¿Podrías abrir esa puerta, por favor?» Él contesta: «Bueno».
Examinemos lo que ha sucedido. Hice algunos sonidos que tomamos por signos
compartidos en un dominio consensual ya constituido. Basándose en los significados
compartidos ligados a estos sonidos, Tomás respondió a mi pregunta. Al hacerlo,
también emitió algunos sonidos, sonidos diferentes a los míos. Nuevamente, ambos le
otorgamos a estos sonidos un significado particular que resulta de nuestro dominio
consensual compartido. Hasta ahora, lo que hemos hecho es muy parecido a una
danza. Hemos coordinado la acción en el nivel de producción de los sonidos.
Podemos notar la gran diferencia que existe para los que comparten este
dominio consensual con respecto a los que no lo comparten. Para los extraños a este
dominio consensual, lo que hemos hecho Tomás y yo suena muy parecido a una
jerigonza, a una seguidilla impredecible de sonidos. Sin embargo, éste no es el caso
para nosotros. Antes bien, estamos danzando juntos en un dominio consensual bien
orquestado. Por medio de los sonidos que pronunciamos, ambos escuchamos palabras
que designan objetos de nuestro mundo común, y escuchamos una pregunta y una
respuesta, etcétera.
La danza no termina aquí. Además de este primer nivel de coordinación de
acciones, puede esperarse que tenga lugar otra danza, otro nivel de coordinación de
acciones. Tomás puede dirigirse a abrir la puerta. Una vez más, esta acción no es
arbitraria. Surge directamente de lo que ocurrió en el primer nivel de coordinación de
acciones, cuando ambos pronunciábamos sonidos. Hubiera sido extraño, por ejemplo,
que hubiera ido a abrir la ventana. O que no hubiera hecho cosa alguna. Una vez que
haya abierto la puerta, Tomás puede esperar de mí que le diga «Gracias», a lo cual
podría replicar «De nada». Si en vez de eso me dijera «cachorritos», probablemente me
parecería nuevamente extraño.
El ejemplo anterior nos muestra que el lenguaje surge a partir de la generación
de un dominio consensual que es producido en la interacción social. Pero, esta
interacción entre Tomás y yo ¿es excepcional? En absoluto. Nosotros, los seres
humanos, no somos las únicas especies que han desarrollado este patrón dual de
coordinación de acciones que llamamos lenguaje. Este es un rasgo que encontramos a
menudo en otras especies. Un clásico ejemplo de ello es la danza oscilante de la abeja,
decodificada en 1945 por el biólogo alemán Karl von Frisen. Los pájaros también han
desarrollado sistemas de lenguaje. Por medio de la acción de cantar, coordinan otras
acciones. Los mamíferos igualmente muestran sistemas de lenguaje bien
estructurados. Un típico ejemplo de esto es el lenguaje de los delfines.

La capacidad recursiva del lenguaje humano


La diferencia principal entre la capacidad lingüística de los seres humanos y la
que muestran otras especies vivientes es, primero, nuestra capacidad para abarcar un
número muy grande de signos consensuales y, especialmente, para crear nuevos.
Existe un segundo factor importante de diferenciación entre el lenguaje humano y el
que observamos en otras especies. Le llamamos la capacidad recursiva del

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Comunicación Oral y Escrita

lenguaje humano. Hemos dicho que el lenguaje es la coordinación recursiva del


comportamiento. Decimos, ahora, que el lenguaje humano es lenguaje recursivo. Esto
significa que nosotros, los seres humanos, podemos hacer girar el lenguaje sobre sí
mismo. Podemos hablar sobre nuestra habla, sobre nuestras distinciones lingüísticas,
sobre nuestro lenguaje, sobre la forma en la que coordinamos nuestra coordinación de
acciones. Y podemos hacerlo una y otra vez. Podemos decir, por ejemplo, «¿qué
quieres decir con esto?» o «¿de qué puerta estás hablando?»
Esta capacidad recursiva del lenguaje humano es la base de lo que llamamos
reflexión y es la base de la razón humana. Si viéramos la reflexión como lo hicieron los
metafísicos, como una propiedad individual, como la actividad de una facultad individual
que ellos llamaron «la mente», escindida de toda conexión con el lenguaje, y si
aceptamos que esa reflexión —que, como lo hemos dicho, es la base de la razón— es
un rasgo típicamente humano, podemos comprender por qué los metafísicos llegaron a
caracterizar a los seres humanos como seres racionales. La razón, sin embargo, es una
función del lenguaje. Somos seres racionales porque somos seres lingüísticos viviendo
en un mundo lingüístico.

Condiciones estructurales e históricas para el surgimiento del lenguaje humano


¿Cómo es posible que los seres humanos hayan desarrollado esta capacidad
especial para el lenguaje? Esta es una pregunta que puede ser respondida al menos de
dos maneras: de una manera estructural y de una manera histórica.
Cuando la contestamos de una manera estructural, debemos examinar las
condiciones biológicas que nos permiten operar en el lenguaje. Esto nos conduce a
examinar la estructura de nuestro sistema nervioso y de nuestros órganos vocales y
auditivos. El trabajo pionero del biólogo Norman Geschwind ha constituido un pivote en
el estudio de la relación entre el lenguaje y el cerebro. Philipp Lieberman ha hecho
importantes contribuciones en el campo de la fisiología de la dicción.
En el sentido de una explicación histórica o evolutiva, permítaseme compartir la
hipótesis que me sugiriera una vez mi amigo, el biólogo y genetista de población, Carlos
Valenzuela. El sugería que el desencadenamiento de factores evolutivos que conducen
al surgimiento del lenguaje en los seres humanos podría deberse al abultamiento de los
glúteos de las hembras. Este es un rasgo físico que distingue a los humanos de los
otros primates.
Los glúteos de la hembra humana, especulaba Valenzuela, podrían haber sido el
factor desencadenante que contribuyó a alterar nuestro equilibrio físico y a facilitar la
posición erecta. Esta última, permite a los seres humanos liberar sus manos para la
recolección de alimentos y la fabricación de herramientas. A su vez, unos glúteos más
abultados pueden haber contribuido a la expansión de la pelvis femenina, permitiendo
el nacimiento de niños con una mayor capacidad craneana y, por lo tanto, con cerebros
más grandes. Con una pelvis femenina más angosta, como sucede de hecho en otros
primates, esos niños simplemente no podían nacer. Los seres vivos con cerebros más
grandes tienen las capacidades neurológicas necesarias para formas de lenguaje más
desarrolladas.

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Comunicación Oral y Escrita

Hay que aclarar, sin embargo, que este tipo de explicaciones no logran
realmente dar cuenta del surgimiento del lenguaje propiamente tal. Sólo explican el
desarrollo de las condiciones biológicas que se necesitan para hacerlo posible. Como
dijimos antes, el lenguaje no es una capacidad individual, sino un rasgo evolutivo que,
basándose en condiciones biológicas específicas, surge de la interacción social. Una
vez que las capacidades biológicas están en su lugar, necesitamos de la interacción
social como caldo de cultivo para el surgimiento del lenguaje.

EL INDIVIDUO COMO CONSTRUCCIÓN LINGÜÍSTICA


Los individuos como fenómenos sociales
Hemos postulado que los seres humanos son seres lingüísticos. Examinemos el
significado de este postulado. Un aspecto importante de lo que estamos diciendo tiene
que ver con que el individuo, en términos de la persona que somos, es un fenómeno
lingüístico. En tanto individuos, somos un tipo de ser vivo que, como condición de su
propia existencia, vive constreñido a su capacidad de generarle un sentido a su vida,
siempre interpretándose a sí mismo y al mundo al que pertenece. Ello lo hacemos en
cuanto operamos en el lenguaje.
La forma en que damos un sentido a nuestras vidas, es obviamente lingüística.
Basta preguntarle a alguien «¿quién eres?», para reconocer que lo que obtenemos de
vuelta es un relato, una historia en la que «relatamos» quiénes somos. Nuestra
identidad está directamente asociada a nuestra capacidad de generar sentido a través
de nuestros relatos. Al modificar el relato de quiénes somos, modificamos nuestra
identidad.
Se podría objetar lo que estamos diciendo y argüir que no podemos confundir la
historia que tenemos de nosotros (o de otros) con el sujeto al que se refiere el relato en
cuestión. Una cosa es, se nos podría contradecir, el relato y, otra cosa muy diferente, el
sujeto del relato. Pero el punto es precisamente que el individuo no puede ser separado
de su relato. Ese relato es constitutivo de lo que el individuo es, ya que es, en los
relatos que hacemos de nosotros y de otros, donde generamos lo que somos. La gente
con diferentes relatos sobre ellos mismos son diferentes individuos, aunque puedan
haber pasado por experiencias muy similares. Somos el relato que nosotros y los
demás contamos de nosotros mismos. Reiteramos, al modificar ese relato, modificamos
lo que somos.
Lo señalado, sin embargo, no agota nuestra comprensión de los individuos como
seres lingüísticos. El problema principal que hay con ello es que sigue siendo una
comprensión individual del individuo y, como tal, no toma suficientemente en cuenta el
carácter social del lenguaje. Se debe establecer, por consiguiente, un segundo punto
importante a este respecto.
Postulamos que, en tanto individuos, somos lo que somos debido a la cultura
lingüística en la que crecemos y a nuestra posición en el sistema de coordinación de la
coordinación del comportamiento (esto es, del lenguaje) al que pertenecemos. En este
sentido, el individuo, no sólo es construcción lingüística, es también una construcción
social. Aunque pertenecemos a una tradición que tiende a separar al individuo de lo

11
Comunicación Oral y Escrita

social, e interpreta a ambos como términos opuestos de una polaridad, el individuo,


postulamos, es un fenómeno social.
Examinemos este postulado detalladamente. La forma en que nos damos un
sentido y la forma en que actuamos en la vida no es arbitraria y no nos es posible, en
tanto individuos, trascenderla por completo. Las formas como conferimos sentido y
como actuamos descansan tanto en la historia como en las prácticas vigentes de la
comunidad a que pertenecemos.
Las historias que contamos de nosotros y de los demás están fabricadas a partir
de un trasfondo de relatos e historias generados históricamente por la comunidad para
darse un sentido. Nosotros, en tanto individuos, nos constituimos siempre dentro y a
partir del trasfondo de esos meta relatos que llamamos discursos históricos. Si
queremos comprender mejor a un individuo, debemos conocer los discursos históricos
a partir de los cuales éste se constituye. Es dentro de los principios de coherencia de
estos discursos históricos donde podemos asir la coherencia que hace de un ser
humano el individuo que es.
El lenguaje, sin embargo, va más allá de nuestra capacidad de contar historias,
va más allá del discurso. El lenguaje, hemos dicho, es un sistema de coordinación de la
coordinación del comportamiento y está presente en nuestras acciones. La producción
de relatos es sólo una forma, aunque muy importante, de actuar en la vida. Existen
muchas otras formas de enfrentar la vida que no siempre están incluidas en los relatos
que contamos sobre nosotros. Y cada comunidad desarrolla sus propios modos de
enfrentar la vida, de hacer las cosas. Estos modos de hacer las cosas, de la manera
como las hace la comunidad, los llamamos las prácticas sociales.
La forma en que la gente se comporta en una comunidad es a menudo muy
diferente de cómo la gente se comporta en otra comunidad. Aunque se atienda a
asuntos similares (tales como asuntos relacionados con la familia, la intimidad, la
muerte, el trabajo, etcétera) la manera como nos hacemos cargo de ellos son muy
diferentes de una comunidad a otra. Por ello es que tenemos costumbres distintas,
formas diferentes de ejecutar el cortejo, de alimentarnos, de vivir en familia, etcétera.
Nuestra coordinación de la coordinación del comportamiento cambia de una comunidad
a la otra. Los franceses, los chinos, los somalíes, los mexicanos, son todos diferentes
porque pertenecen a diferentes sistemas de lenguaje. Pertenecen a diferentes
discursos históricos y prácticas sociales que nacen precisamente de diferentes caldos
de «cultivo» y, en consecuencia, de diferentes «culturas», para la emergencia de
distintos tipos de individuos. Diferentes culturas lingüísticas producen diferentes
individuos.
Como dicen los miembros del pueblo Xhosa de Sudáfrica, «soy porque somos».
Los individuos son generados dentro de una cultura lingüística dada, dentro de un
sistema de coordinación de la coordinación del comportamiento dado, dentro de un
lenguaje dado, dentro de una comunidad. Una vez que asimos el lenguaje de la
comunidad, podemos comprender mejor al individuo.
Los individuos se constituyen como tales a partir del lugar que los seres
humanos ocupan dentro de sistemas lingüísticos más amplios.

12
Comunicación Oral y Escrita

Ya hemos hablado acerca de la importancia, para el individuo, de aquellos


metarelatos que hemos llamado discursos históricos. Constituyen un aspecto
importante del lenguaje de una comunidad. Pero son sólo un elemento particular dentro
de ese lenguaje. Visto como una totalidad, el lenguaje es el sistema de la coordinación
de la coordinación de acciones mantenida por una comunidad y, como tal, está
enclavado en sus prácticas sociales, en la forma en que sus miembros interactúan entre
ellos. Sabemos que no todos los individuos franceses, somalíes o mexicanos son
similares. Existen fuertes diferencias individuales entre ellos. Claro está, algunas de
estas diferencias pueden ser atribuidas a factores biológicos, ya que todos tenemos
diferencias genéticas que surgen como distintas predisposiciones biológicas. Sin
embargo, no es sólo en el campo de la biología donde podemos fundamentar las
diferencias individuales, puesto que el individuo siempre es una entidad lingüística, una
unidad significativa dentro de un sistema más amplio de lenguaje. Las diferencias
biológicas, cuya importancia no negamos, adquieren su significado y su sentido dentro
del sistema de lenguaje.
Un sistema de lenguaje no es un espacio uniforme. Al contrario, es una
estructura de interacción diversificada en la que cada miembro de la comunidad
desempeña un papel diferente. En el sistema de coordinación de la coordinación del
comportamiento, no todos ocupan el mismo lugar ni efectúan las mismas acciones. El
sistema de lenguaje es una estructura de relaciones, y la posición de cada miembro de
la comunidad dentro de esta estructura es un aspecto importante a considerar en el
proceso de individualización, en la constitución de los individuos como individuos.
Somos lo que somos a partir de las relaciones que establecemos con los demás.
El individuo es constituido como la suma de sus relaciones con los demás. Las
individualidades serán diferentes si en un sistema somos el empleador o el empleado,
el padre o el hijo, el hijo mayor, el del medio o el menor, el actor o el espectador,
etcétera. Uno de los principales méritos de la psicología sistémica ha sido precisamente
reconocer la función de los sistemas sociales (en especial el de la familia) en la
configuración del proceso de individualización.
La historia nos provee de muy buenos ejemplos de personas que se convirtieron
en los personajes que los hacen famosos debido, precisamente, a la posición que
ocuparon en la estructura social. Un ejemplo clásico es el de Thomas Beckett durante el
reinado de Enrique II, en la Inglaterra del siglo XII. Beckett había sido el gran amigo de
infancia de Enrique y, por lo tanto, fue a quien éste escoge, una vez Rey, para suceder
al Arzobispo de Canterbury cuando éste fallece, en medio de una gran disputa entre la
Iglesia y la Corona. Al nombrar a Beckett como nuevo Arzobispo, Enrique cree haber
resuelto el conflicto a su favor. Sin embargo, en su nueva posición, Beckett se
transforma en un individuo diferente. Su comportamiento ahora, ya no es el de antiguo
amigo del Rey, sino el que Beckett interpreta que corresponde a la principal autoridad
de la Iglesia en Inglaterra. Su nueva posición, por lo tanto, lo convierte en el gran
enemigo de las acciones emprendidas por la Corona inglesa. Beckett muere asesinado
en las puertas de su catedral, por caballeros de la Corona, presuntamente enviados por
Enrique.

13
Comunicación Oral y Escrita

La relación mutua entre los sistemas lingüísticos y el comportamiento individual


Un principio básico del enfoque sistémico es el reconocimiento de que el
comportamiento humano es modelado por la estructura del sistema al que pertenece el
individuo y por la posición que ocupa en ese sistema. Cuando la estructura del sistema
cambia, puede esperarse que también cambie el comportamiento individual. Lo que se
hizo alguna vez puede no ser hecho nuevamente, y/o lo que parecía imposible en el
pasado puede súbitamente volverse posible, para los mismos miembros del sistema.
Esto es algo que muchas veces pasa inadvertido. No nos damos cuenta de cómo los
sistemas a los que pertenecemos nos hacen ser como somos.
Nos percatamos a menudo, por ejemplo, de que algunas empresas parecen
reclutar a gente capaz mientras que otras parecen hacer lo contrario. La diferencia
reside frecuentemente, sin embargo, no en el reclutamiento sino en los distintos
sistemas de comportamiento que esas empresas son. Diferentes sistemas de
administración, por ejemplo, generan tipos diferentes de individuos, que son capaces (o
no) de hacer las cosas de muy distintos modos y, por lo tanto, de volverse (o no) cada
vez más capaces. Lo dicho con respecto a las empresas es igualmente válido en
relación a cualquier otro sistema social (v. g. sistema familiar, sistema educativo,
sistema de salud, sistema de gobierno, etcétera).
Basándonos en lo recién dicho, podríamos fácilmente caer en la adopción de una
estrecha aproximación determinística estructural que postularía que lo que somos en
cuanto individuos está determinado por la estructura de los sistemas a los que
pertenecemos. Siendo éste, en un cierto nivel, un postulado válido, necesita sin
embargo ser equilibrado, en otro nivel, por un postulado opuesto. No podemos olvidar
que, mientras que el sistema condiciona lo que somos en tanto individuos, no es menos
válido que somos nosotros, en tanto individuos, los creadores de ese mismo sistema.
¿Cómo puede ser esto posible? Si aceptamos que los individuos son fenómenos
sociales, ¿cómo pueden entonces ser al mismo tiempo los diseñadores de su espacio
social? No hay aquí ninguna contradicción. Una vez constituidos como individuos,
debido a la capacidad recursiva del lenguaje humano, somos capaces de observarnos a
nosotros mismos y al sistema al que pertenecemos, y de ir más allá de nosotros y de
esos sistemas. Podemos convertirnos en observadores del observador que somos y
podemos actuar según nuestras posibilidades de acción.
Nuestra capacidad de reflexión nos permite especular, entablar conversaciones
con los demás (y con nosotros mismos) acerca de nuevas posibilidades, arriesgarnos e
inventar —despojándonos de nuestras ataduras respecto de nosotros mismos y de
nuestro medio social.
El fenómeno del liderazgo arroja luces precisamente sobre esta capacidad
humana de intervenir en el diseño de nuestros entornos sociales y, al hacerlo, de
intervenir también en el diseño de muchos otros individuos. Y el liderazgo, postulamos,
está basado en un conjunto de capacidades lingüísticas determinadas. Es una de las
más claras manifestaciones de la capacidad generativa del lenguaje.
Dijimos anteriormente que no sólo actuamos de acuerdo a como somos, sino que
también somos de acuerdo a como actuamos. Ha llegado la hora de complementar esa
tesis con otra que nos lleva de la relación entre el ser y la acción a la polaridad entre el

14
Comunicación Oral y Escrita

individuo y el grupo (o sistema) social al que aquél pertenece. Basándonos en lo dicho


anteriormente, reconocemos, por lo tanto, que los seres humanos son seres históricos,
seres que viven y operan en el marco de ciertas condiciones históricas.
No todo es posible para un individuo. Por el contrario, lo que es posible es
siempre un movimiento histórico dado, bajo condiciones sociales específicas e
influenciado por ellas. Los individuos no pueden hacer cualquier cosa. Operan dentro
de los límites de lo que les es históricamente posible. Y lo que es históricamente posible
para un individuo está en función de los sistemas de lenguaje a que pertenece. Aunque
los individuos trasciendan lo que está históricamente dado, aunque inventen nuevas
posibilidades, aunque generen nuevas realidades históricas, y aunque se proyecten a sí
mismos hacia el futuro, lo hacen como resultado de lo que les es históricamente
posible. Esto nos lleva al tercer principio de la ontología del lenguaje.

Tercer principio:
Los individuos actúan de acuerdo con los sistemas sociales a los que
pertenecen. Pero a través de sus acciones, aunque condicionados por estos
sistemas sociales, también pueden cambiar tales sistemas sociales.
Sólo nuestra estrecha ideología individualista puede cegarnos respecto del
poderoso efecto de los sistemas sociales en nuestra formación como individuos. Si
queremos crear sistemas más efectivos, como por ejemplo lo están haciendo los
japoneses en el campo de la empresa y los negocios, debemos abrirnos a un nuevo
examen de la relación entre los individuos y los sistemas sociales.
Los seres humanos están en la intersección de dos sistemas muy diferentes. Por
un lado, somos un sistema biológico y estamos determinados por nuestra estructura
biológica. En este nivel es donde podemos situar nuestra capacidad biológica para el
lenguaje. Pero, como lo hemos ya señalado, nuestra capacidad biológica para el
lenguaje no genera el lenguaje. El lenguaje surge de la interacción social, de la
convivencia de unos con otros. Por lo tanto, nos constituimos como individuos desde el
sistema de relaciones que mantenemos con los demás. Los individuos son
componentes de un sistema social más amplio, el sistema del lenguaje. Su posición
dentro de ese sistema es lo que los hace ser los individuos particulares que son. El
énfasis, sin embargo, no debe ser puesto en el sistema social ni en sus componentes
individuales. Es en la relación entre el sistema social y el individuo, entre el todo y sus
partes, que se produce la dinámica del devenir. El sistema social constituye al individuo,
del mismo modo en que el individuo constituye al sistema social.

15
Comunicación Oral y Escrita

FUNCIONES DE LA COMUNICACIÓN.2

EL PROBLEMA DE LAS “FUNCIONES”

El análisis de los componentes de la comunicación es, sin duda, preliminar a


cualquier discusión al respecto y nos permite hacer frente a una serie de problemas del
ámbito psicosocial. Una vez dejado en claro que el lenguaje es sólo uno de los sistemas
de comunicación de que dispone el hombre, aunque sea el más conocido y estudiado,
nos podemos preguntar: ¿cómo actúan los diversos sistemas de comunicación?’, ¿qué
funciones desarrolla y qué significados trasmiten?’ El interés en este caso se enfoca a
analizar no ya “qué es” la comunicación y cuál es su estructura sino “para qué sirve”,
cómo se emplean en la realidad los diversos sistemas, cómo interactúan en la
codificación y descodificación de los mensajes. El análisis de las funciones de la
comunicación nos permite, por tanto, concentrarnos en el dinamismo del proceso de la
comunicación. Antes de proceder a la exposición de las diversas funciones, es
conveniente precisar algunos aspectos característicos de este tipo de análisis.

El dato más relevante es el ligado al hecho de que en literatura nos encontramos


a menudo frente a una serie innumerable y compleja de listas de funciones (sobre todo
a propósito del lenguaje, por cuanto que es un tema más “antiguo”, pero ahora también
a propósito de los aspectos no verbales), cada uno de los cuales es expresión de
puntos de vista diversos del autor o autores que los han propuesto.

Cualquier catalogación corre el riesgo de ser arbitraria y poco sostenible, puesto


que, como recuerda Robinson (1972), “no se puede inmediatamente ni demolerla ni
confirmarla por vía experimental” (trad. it., 51). Éste en efecto, es uno de los motivos
por los que en psicología no es muy popular el enfoque “funcional” basado en
clasificaciones que inevitablemente quedan sujetas a críticas por su arbitrariedad,
porque no están completas y por su escasa utilidad.

Por eso nos parece oportuno retomar las consideraciones de Robinson (1972)
acerca de las exigencias que debería cumplir cualquier taxonomía definitiva sobre las
funciones del lenguaje:
a) debería cubrir todos los usos del lenguaje. El sistema debería ser jerárquico,
además de categorial, y en este sentido parece semejante a los sistemas de
clasificación de las ciencias biológicas;
b) debería incluir todos los aspectos para y extralingüísticos de los enunciados;
c) las categorías deberían ser claramente definibles respecto de su uso. Ello
exige que a) para todo término del sistema sea preciso especificar la relación con los
demás términos, sobre todo por lo que respecta a semejanzas y diferencias; b)

2
Ricci y Zani. La comunicación como proceso social. Capítulo II: Funciones de la comunicación. México, Grijalbo-CNCA, 1990. pp.
55-73.

16
Comunicación Oral y Escrita

deben proporcionarse indicaciones para reconocer una categoría de una manera


inequívoca cuando se la encuentra;
d) sin embargo, no hay que perder de vista la inadecuación de cualquier
taxonomía que se proponga, debido en parte a la naturaleza misma del comportamiento
de la comunicación: siempre es posible reorganizar la categoría de manera diversa y
más convincente (Robinson, 1972). A la luz de estas consideraciones hemos procedido
a distinguir una taxonomía de las funciones, con el propósito de poner de relieve los
aspectos dinámicos del proceso de la comunicación en su conjunto, habida cuenta de
todos los componentes verbales y no verbales.

Entre las propuestas de la bibliografía (pocas en realidad, y las más numerosas


se centran sólo en el lenguaje) hemos tomado como base la clasificación formulada por
Scherer (1980) acerca de las funciones de los signos no verbales en la conversación y
por Fraser (1978) sobre los tipos de comunicación: las hemos ajustado e integrado con
otras categorías que nos parecen necesarias para proporcionar un cuadro de referencia
más completo. Ha resultado de ahí un esquema probablemente no exhaustivo, y desde
luego no definitivo, que comprende las siguientes funciones:
a) referencial (o representativa);
b) interpersonal (o expresiva);
c) de auto y heterorregulación (o de control);
d) de coordinación de las secuencias de interacción;
e) de metacomunicación.
Respecto a esta lista es oportuno precisar que todo suceso comunicativo puede
desempeñar, a la par, más de una función. Más aún, la comprensión completa de un
suceso de comunicación comporta por norma el análisis plurifuncional. Por ejemplo, la
frase “Te prohíbo que salgas” expresada de manera enfática con tono amenazante, se
puede emplear en un contexto donde constituya una tentativa de regulación del
comportamiento de otra persona, pero puede también expresar características
referentes a la personalidad del emisor, a su estado emotivo; definir la relación con el
otro; además, desde luego, de que trasmite un contenido bien preciso. Está claro, pues,
que en la exposición que sigue las varias funciones se tratarán por separado sólo con
fines analíticos.

Además, es preciso recordar que los diversos sistemas de comunicación son


sustituibles entre sí y se pueden emplear para expresar cualquiera de las funciones
catalogadas. Una relación de superioridad/inferioridad se puede manifestar tan
claramente con una expresión lingüística del tipo: “Yo soy el que manda”, o bien con
una mezcla de ademanes, movimientos de la cabeza, de la mirada, posturas. Sin
embargo, como precisa Fraser (1978) parece que existen diferencias netas acerca del
tipo de comunicación que se produce de ordinario en los diversos sistemas. La
comunicación referencial es en gran parte ámbito del lenguaje, con su estructura
sistemática y su mapa semántico, que se forma con su relación al mundo no lingüístico.
Por otro lado, gran parte de la regulación de la interacción no es lingüística, y se puede
demostrar con facilidad que todos los sistemas comportan informaciones
interpersonales (Fraser, 1978, trad. it., 145).

17
Comunicación Oral y Escrita

FUNCION REFERENCIAL

Se la considera como la función fundamental de la comunicación, y consiste en


el intercambio de informaciones entre los interlocutores sobre un objeto o “punto de
referencia”. De ordinario se toma como punto de referencia un hecho del mundo
exterior, un suceso sobre el que un sujeto emisor desea proporcionar informaciones al
oyente. Es lo que se ejemplifica en el modelo tradicional de comunicación. Ya se ha
dicho (véase capítulo I) que esta definición no abarca todos los intercambios de una
comunicación (no siempre la transmisión de información viene al caso), pero constituye
sin duda un capítulo central en el estudio de la comunicación, sobre todo de la
comunicación lingüística. Está claro, desde luego, que aun siendo posible en ciertas
situaciones transmitir informaciones mediante modalidades no verbales, es sobre todo
con el lenguaje como ciertos contenidos se codifican.

Profundizar el análisis de esta función significa hacer frente al problema del


“significado”, o sea, de la semántica del lenguaje. El término “semántica” indica las
relaciones entre formas lingüísticas y el mundo extralingüístico al que se aplican: un
estudio adecuado a nivel semántico comporta el análisis del modo como el hablante de
una lengua organiza el mundo en torno a sí, las formas lingüísticas que usa y el modo
como vincula esos dos elementos (Fraser, 1978).

Para que se tenga un intercambio de comunicación “consumado” (o eficaz) a


nivel referencial y se eviten malos entendidos, es importante que los interlocutores
compartan una misma estructura semántica. Esto refiere a la especificación de los
puntos de referencia concretos, no sólo de cada una de las palabras (y por lo tanto la
conciencia de fluctuación semántica intrínseca de todo término), sino también de
expresiones lingüísticas más amplias y complejas (baste pensar en las expresiones
idiomáticas o en las “maneras de decir”, en las connotaciones positivas o negativas de
una expresión según el contexto, en las modalidades irónicas al comentar un hecho o
una situación). Se regresa, en suma, a todos los problemas que entran en la
codificación y descodificación de los mensajes y que, por tanto, y como se ha dicho,
abarcan aspectos no verbales: por esto se subraya la oportunidad de desarrollar de
manera adecuada el estudio de la semántica, incluso de los demás sistemas de
comunicación (Fraser, 1978). A este propósito, Scherer (1980), al delinear una tipología
de la función de los signos no verbales, afirma que éstos funcionan semánticamente
cuando en sí mismos significan un punto de referencia, o bien cuando inciden en el
significado de los signos verbales concurrentes. En el primer caso, el de la significación
independiente, se hace referencia a los “emblemas” (Ekman y Friesen, 1969), o sea, a
las señales gestuales y faciales codificadas de ordinario de una manera invariable y
discreta, que sustituyen a los signos verbales: ocurre sobre todo cuando la
comunicación es imposible por la distancia, los ruidos o por encuentros en extremo
rápidos.

En el segundo caso se puede tener, en cambio, una amplificación, una


contradicción o una modificación del significado de expresiones verbales empleadas en
el comportamiento no verbal. Los signos no verbales pueden enfatizar, ilustrar o

18
Comunicación Oral y Escrita

esclarecer todo lo que se ha expresado lingüísticamente, mediante insistencias


paralingüísticas (por ejemplo, elevando el tono de la voz, intercalando pausas),
expresiones faciales, ademanes (véase más adelante). Se tiene contradicción en el
caso de una discrepancia entre el significado del comportamiento verbal y el no verbal
en un acto de comunicación. Es el caso de la ironía, donde el significado de una frase
verbal se pone en duda o se contradice por signos no verbales inadecuados, como un
énfasis exagerado de la entonación (se habla entonces de “incoherencia entre los
canales”, cf. sección “Componentes del acto de la comunicación” en el capítulo I).

La construcción del mapa del lenguaje en el mundo lingüístico es sólo parte de


un análisis de la comunicación representativa. A menudo, en efecto, lo que se verbaliza
o expresa de manera manifiesta no es más que una parte de los elementos que se
hallan presentes en la mente de quien comunica, aspectos que en general se dan por
descontados o “se presumen”. El uso de las presunciones en la comunicación es un
dispositivo necesario para tener intercambios veloces y proceder sin vernos
constreñidos cada vez a redundancias inútiles. Baste pensar que si no fuere así
estaríamos obligados a increíbles paráfrasis como lo demuestra claramente el siguiente
ejemplo de Osgood (1971). Si un padre le dice a su hijo: “Por favor, cierra la puerta”, es
probable que así se realice sin que se deba añadir nada más. Pero si la información
referencial debiera explicarse en su integridad, el padre debería decir algo así: “Ambos
sabemos que tú eres capaz de cerrar la puerta. Hay una puerta al otro extremo de la
sala. Esa puerta se encuentra abierta. Yo, como tu padre, deseo que cierres esa
puerta”.

Por fortuna comenta Fraser (1978) al traer ese ejemplo, el padre, como cualquier
otra persona, presume (da por sentado) gran parte de su discurso, y así puede
expresarse con cinco palabras en vez de treinta y tres. Sin embargo, un estudio
sistemático de las presunciones exige mucha dedicación, porque es un cometido en
extremo complejo. Para darnos cuenta de qué parte de las informaciones se da por
sentada, a veces no es suficiente con tener presentes los elementos que constituyen el
contexto social inmediato en que tiene lugar la comunicación. Las presunciones pueden
ir ligadas también a factores no deducibles del contexto, que remiten a un acervo de
conocimientos comunes y de afirmaciones compartidas (véase más adelante).

La comprensión de las presunciones, básica para la comunicación en que


predomina el aspecto (o función referencial), comporta también un análisis de lo que se
intercambia a nivel interpersonal.

FUNCIÓN INTERPERSONAL (O EXPRESIVA).

Un mensaje verbal no es nunca una transmisión neutra de informaciones sobre


el mundo circundante, sino que siempre hay también una comunicación entre quien
habla y sus interlocutores. Es un grave error, recuerda Danziger (1976), suponer que la
gente dice siempre lo que parece estar diciendo: las frases que se intercambian pueden
referirse a un suceso del día anterior, a una película, a un episodio a que se ha asistido,

19
Comunicación Oral y Escrita

pero al conversar sobre ese tema, las personas confirman o ponen en tela de juicio la
relación social existente entre quien habla y quien escucha.

El mundo al que hacen referencia en tal caso los mensajes, de una manera más
o menos directa, es el mundo del status o posición social o del poder, del amor o de la
“solidaridad”, de la hostilidad y de la afectividad. Danziger habla en este caso de
“función de presentación”, para distinguirla de la función de “representación” (o
referencial). Ambas comportan una relación entre un significante y algo que es un
significado, pero de manera muy diversa. Las frases constituyen una representación
explícita de su contenido semántico, pero al mismo tiempo, cuando se pronuncian en
determinado contexto interpersonal, presentan interrogantes cuya referencia es la
relación entre los interlocutores. Por ejemplo, el planteamiento no se expresa con
afirmaciones explícitas del tipo “Yo soy superior a ti, por lo tanto te mando”, si no que se
pueden trasmitir de manera implícita por el tono de la voz, la mirada, el mantenerse a
cierta distancia. Son signos significativos aunque no exista un diccionario de estos
significados.

Las informaciones que se intercambian hacen referencia, por tanto, a muchos


aspectos que tienen que ver con los que participan en la interacción y las relaciones
que existen entre ellos. Según las indicaciones de Fraser, tales informaciones se
pueden reagrupar en tres clases principales: a) identidad social y personal: b) estados
emotivos temporales o actitudes habituales: c) relaciones sociales.

a) Toda la gama de rasgos extralingüísticos, paralingüísticos y lingüísticos es


portadora de informaciones referentes a la identidad y a la personalidad del emisor. Del
lenguaje se pueden extraer muchas inferencias acerca de las características de una
persona: el plan de su discurso, los empleos gramaticales y léxicos pueden ser útiles
indicadores de las características demográficas, como edad, sexo, ocupación,
educación, procedencia. Por ejemplo, no tenemos particulares dificultades en captar la
procedencia geográfica (si es del norte o del sur de Italia) de alguien que habla, por
cuanto que sus características fonológicas además de sintácticas nos permiten una
identificación inmediata. Así como el uso de un lenguaje técnico nos hace comprender
que el interlocutor es un “entendido” de ese ramo, un procedimiento análogo de
inferencias se pone en acción a propósito de las características de la personalidad del
emisor: de la manera como uno habla, de sus actitudes, de cómo se mueve y se viste
es posible sacar conclusiones acerca de algunas dimensiones de la personalidad como
su inteligencia, extroversión, etcétera.

En parte se trata de aspectos que una persona puede utilizar conscientemente


presentándose, o sea, proponiendo a los demás cierta imagen de sí: la persona en
cuestión puede obtener el resultado querido (por ejemplo, parecer excéntrica, de
posición social elevada de gran ingenio) mediante la manipulación del aspecto exterior
(indumentaria arreglo personal, maquillaje), por los aspectos no lingüísticos del discurso
(acento, tono de voz, ritmo) y el estilo global del comportamiento tanto verbal como no
verbal.
b) La expresión de los estados emotivos puede ser explícita, o sea, declarada
verbalmente (por ejemplo, “Hoy me siento feliz”) o bien se puede realizar mediante

20
Comunicación Oral y Escrita

señales no verbales (por ejemplo, una sonrisa, una expresión facial relajada, un
semblante soñador).
Esto vale también para la comunicación de actitudes para con los demás (por
ejemplo, amistad, afabilidad). En todos estos casos, los sistemas no verbales parecen
estar dotados de mayor eficacia de comunicación. Argyle y sus colaboradores llevaron
a cabo diversos experimentos con este propósito (cf. sección “El canal” del capítulo I) y
llegaron a la conclusión de que el efecto de los indicios no verbales era notablemente
superior al de los indicios verbales al influir en los juicios de actitudes como las de
inferioridad y superioridad (Argyle, Salter, Nicholson, Williams y Burgess, 1970).

Los resultados del experimento demuestran que los estímulos verbales operan
sólo como intensificadores en el caso de reforzar la naturaleza percibida por el
mensaje; pero cuando los elementos se contradecían entre sí, los indicios verbales no
sólo carecían de eficacia, sino que eran sobre todo los sistemas no lingüísticos los que
proporcionaban las informaciones.

Resultados semejantes fueron los obtenidos en otra investigación donde se


analizó la comunicación en una situación de “amistad-hostilidad” (Argyle, Alkema y
Gilmour, 1972). En este caso, por el contrario, los estímulos no verbales, incluso el tono
de voz, se consideraron seis veces más eficaces que los verbales.

Por lo que respecta a la comunicación de las emociones hay que recordar que en
los últimos años ha sido objeto de muchos estudios, sobre todo el mundo no verbal
(véase el capítulo VI).

Las emociones más comunes, en efecto, se expresan de manera evidente


mediante el comportamiento exterior. Por ejemplo, un estado de ansiedad se puede
revelar por el tono de la voz, la expresión facial (tensión, aumento de las pupilas,
transpiración), por los ademanes (actividad general del cuerpo y de las manos, que
manosean objetos continuamente), por la mirada (rápida, fugaz). Incluso movimientos
corpóreos difusos, al parecer sin propósito, pueden ser índices de excitación emotiva,
así como gestos particulares pueden indicar estados emotivos específicos; por ejemplo,
apretar los puños revela agresividad, rascarte el índice indica incomodidad, secarse la
frente indica cansancio (Ekman y Friesen, 1969).

Entran también en este ámbito los problemas de control, simulación y disimulo de


emociones. Los interlocutores, en efecto, pueden tratar de esconder su real estado
emotivo o manifestar condiciones emotivas distintas de las que sienten (véase más
adelante sobre estos aspectos). Por lo que respecta a las actitudes para con los
participantes, durante la interacción se expresan también actitudes frente al tema de
discusión. Se puede estar interesado, involucrado, hastiado, disgustado, respecto de lo
que se discute, y esto se puede expresar con gestos, posturas, actos paralingüísticos,
así como mediante la elección de ciertas expresiones o palabras clave que expresan
una actitud positiva o negativa frente al objeto. Wiener y Mehrabian (1986) han hablado
a este propósito de “inmediatez”, poniendo de relieve cómo, por ejemplo, la
comunicación de sentimientos negativos puede llevarse a cabo mediante el uso de

21
Comunicación Oral y Escrita

demostrativos “especiales” como por ejemplo el de “ese” en vez de “este”, indicando


distanciamiento (“esa gente”, “esa clase de personas”).

c) En todo trato social se intercambian informaciones referentes también a las


relaciones sociales (o de rol) que existen entre los participantes. Las particulares
relaciones de parentesco, familiares, poder, se caracterizan por el derecho o deber de
usar determinadas formas lingüísticas asociadas a expresiones no verbales adecuadas.
Esto no sorprende, porque se trata de modalidades utilizadas comúnmente en la
comunicación cotidiana con base en las convenciones existentes en determinada
cultura y que constituyen, por tanto, patrimonio de cualquier adulto competente. Este
aspecto es más problemático, en cambio, para el niño que, en su actividad de
adquisición de la competencia comunicativa, debe arrostrar este cometido, aprendiendo
gradualmente la oportunidad de expresarse de manera diferente según la relación entre
él y el interlocutor que tiene enfrente (un coetáneo, un adulto con el que tiene
familiaridad, un adulto extraño; véase capítulo VIII).

Uno de los aspectos más estudiados del lenguaje de las relaciones sociales se
refiere al uso de alocutivos, es decir los modos como una persona se dirige a otra y los
significados que comportan. A este respecto ya es un clásico el brillante estudio
efectuado por Brown y Gilman (1960) sobre el desarrollo de las reglas de selección de
las formas pronominales, seguido por una serie de investigaciones del mismo tipo sobre
los aspectos sociolinguísticos. Se ha puesto de relieve que todas las sociedades tienen
modos culturalmente definidos de dirigirse a los demás: el uso del nombre propio o bien
el título, más apellido, así como el uso de la forma familiar o bien de la formal de los
pronombres (tu y lei en italiano, tu y vous en francés, du y sie en alemán) se basan o
indican relaciones precisas entre quienes actúan. La elección entre las dos
posibilidades, en suma, especifica el modo como yo presento la relación con el otro y el
tipo de relación que pretendo que se establezca entre nosotros. Los autores citados han
subrayado que son sobre todo dos los aspectos de la relación social a los que se hace
referencia con el diferente uso de alocutivos y pronombres: poder (o status) y
solidaridad. El uso recíproco de formas familiares (o de formas de cortesía) indica
solidaridad; la modalidad no recíproca del uso de formas familiares revela la existencia
de diferencia de status en la relación, donde la persona de nivel superior recibe el
alocutivo más formal, mientras que usa la forma familiar con el subordinado. En la
medida en que una pareja procede de una forma de cortesía recíproca a un uso
recíproco de alocutivos de familiaridad, es la persona de status superior la que de
ordinario da pie al cambio.

“Además de los alocutivos y del uso de pronombres existen otras modalidades


que desempeñan un papel en el lenguaje de las relaciones sociales. Brown (1965)
recalcó cómo el complejo sistema de los títulos honoríficos de carácter lingüístico,
propio de muchas sociedades del Lejano Oriente, permite cambios sistemáticos según
la relación de status y de intimidad. Brown y Ford (1961 encontraron que también las
fórmulas de saludo tienen una forma familiar y otra de cortesía: la primera es más
usada ordinariamente entre los íntimos, la segunda es más común con los superiores y
con los que apenas se conocen.

22
Comunicación Oral y Escrita

Y también la denominación múltiple cuando se emplean diversas versiones del


nombre de la persona, como apodos y diminutivos varios, se considera una señal que
indica relaciones muy íntimas, por ejemplo entre las parejas, donde es posible advertir
series enteras de nombres especiales (para un extenso análisis del problema de las
características de las relaciones de rol, cf. Robinson, 1972, capítulo VI).

FUNCIÓN DE AUTO Y HETERORREGULACIÓN (O DE CONTROL)


Existe un aspecto de la comunicación que se puede llamar en general
instrumental o de control del comportamiento, cuyo propósito es conseguir un objetivo
concreto. Pedirle el periódico al vendedor de periódicos, indicar con el ademán o la
mirada el salero en la mesa, pedir que se abra una ventana en una estancia llena de
humo, son ejemplos de comunicación cuyo propósito es satisfacer algunas exigencias
personales sirviéndose de otros.

Para realizar la regulación del comportamiento ajeno tenemos a disposición


muchas posibilidades a nivel lingüístico, formas más directas que se expresan como
“mandos” y “ordenes” con modalidades indirectas (uso de verbos modales como
“conviene”, “sería necesario”, “es preciso”, unidos a verbos de acción). Obviamente, la
elección de tales expresiones depende de factores varios vinculados al contexto y a los
participantes, por lo que hay ciertas formas consideradas más apropiadas que otras.
Por ejemplo, Soskin y John (1963) han distinguido seis diversos modos verbales, todos
potencialmente eficaces para que a uno le presten un saco de vestir:
Hace frío hoy (enunciativo).
Préstame el saco (directivo).
Tengo frío (señalativo).
Tu saco es caliente (mensurativo).
Brr... (expresivo).
Me pregunto si habré traído el saco (dubitativo)
Considérense las modalidades de que dispone el adulto para controlar el
comportamiento de un niño y obtener de él algo. Halliday (1971), al analizar el lenguaje
como sistema de opciones, presenta de manera ejemplar toda la gama de posibilidades
que una madre tiene a su disposición para expresarle al hijo las propias intenciones
respecto de lo que desea que sea hecho o no hecho. Cada una de las opciones —que
están ligadas al particular contexto de socialización en que se está operando— se
pueden expresar mediante formas léxico-gramaticales diversas. Puede ser un mandato
directo, una amenaza, un llamado, y en este último caso puede recurrir a su autoridad
de adulto, o bien acogerse a la razón y explicar que es lo oportuno: cada una de estas
opciones se puede realizar a través de una vasta gama de diferentes categorías
gramaticales y voces lexicales. Pero no se puede olvidar que igualmente vasta es la
gama de posibilidades no verbales, como todo padre bien sabe, con las que se puede
controlar el comportamiento del hijo: un ademán, una mirada, arquear las cejas, son
igualmente significativos y eficaces; así como los elementos paralingüísticos, como el
tono de voz, el énfasis, etc., asociados a expresiones verbales. A veces, en fin,
controlar a los demás alcanza no sólo a su comportamiento sino a los estados
afectivos: bromas, tomadas de pelo, insistencias molestas y semejantes.

23
Comunicación Oral y Escrita

Por lo que respecta a la función de autorregulación, no existen investigaciones


que la hayan analizado de manera sistemática. Sin embargo, es interesante a este
propósito un trabajo de Siegman (1977), según el cual no sólo codificamos la
conversación de manera que controlemos, el comportamiento de nuestro interlocutor,
sino que a menudo, controlamos también nuestra propia charla con el fin de poner a
buen recaudo la impresión que damos a los demás: Siegman afirma que en el contexto
de las entrevistas, tal autorregulación tiene consecuencias lingüísticas sobre todo en lo
que se refiere a los aspectos temporales del discurso. Demuestra que cuando el
entrevistado percibe al entrevistador como alguien distanciado y de nivel superior, sus
modales al expresarse contienen muchas más pausas silenciosas, que cuando el
entrevistador es visto como afable o de nivel semejante. Esta actividad se considera
reflejo de la autorregulación, porque en el primer caso el que habla siente la necesidad
de estar más atento a lo que dice y gasta energía de carácter cognoscitivo en tal
operación. Cuando, en cambio, el entrevistador es considerado de igual nivel,
fascinante o gentil, disminuye la necesidad de autocontrol y se hecha menos mano de
las pausas silenciosas. En esta condición el entrevistado se abre más y, dato
interesante, Siegman interpreta esto como efecto del aumento concomitante de
regulación del comportamiento ajeno.

Hay que subrayar, además, que las modalidades de la comunicación de que


disponemos están sujetas a diversos grados de control voluntario. Si suponemos que
una persona trata de dar la impresión de amistad, las fallas en los estímulos no
verbales que se proporcionan hacen que sea juzgada como insincera, mientras que las
fallas del contenido verbal la vuelven confusa: es como si no se pudiera explicar por
qué alguien deba hacer observaciones hostiles cuando los demás elementos implican
una actitud distinta, por lo que sólo cabe presumir que esté confundido. Por otro lado
sabemos que el control del tono de la voz y del rostro es más difícil de conseguir que el
control del contenido verbal (sobre esto véase la sección “Función de
metacomunicación” del capítulo II).

A este respecto los estudios más famosos y sistemáticos son los de Vygotski y
de Lurija referentes a la función reguladora del lenguaje en el funcionamiento del
pensamiento y el desarrollo en los niños.

Por lo que hace a la “naturaleza” de este control cognoscitivo ejercido por el


lenguaje, Vygotski (1967) afirma que en el primer periodo del desarrollo infantil, hasta
más o menos los tres años, el lenguaje del adulto es el que dirige el comportamiento del
niño: se trata, pues, de un mecanismo de regulación externo, aunque sometido a ciertas
limitaciones. Por ejemplo, el adulto no le puede pedir a un niño de esa edad que
comience una acción diversa de la que está llevando a cabo y que le ha pedido el
mismo adulto; el niño tenderá primero a concluir la acción iniciada y sólo después
emprenderá la nueva.

Desde los tres años hasta más o menos de cuatro a seis, el niño utiliza el
lenguaje (que Vygotski llama “egocéntrico” y “sincrético”) por él producido
espontáneamente y en voz alta, con el fin de controlar su comportamiento cognoscitivo.
Las características de este lenguaje derivan del hecho de que se utiliza no tanto para

24
Comunicación Oral y Escrita

comunicar —dado que esta función es realizada por otros instrumentos sobre todo no
verbales— sino para guiar el comportamiento: (el lenguaje egocéntrico) no se
circunscribe a acompañar la actividad del niño, sino que sirve de orientación mental y
para la comprensión consciente; ayuda a superar las dificultades: es el lenguaje por sí
mismo, íntima y útilmente vinculado con el pensamiento del niño (Vygotski, 1967. 133).

Este lenguaje egocéntrico inicial nace del lenguaje comunicativo y es una fase de
transición entre el lenguaje en voz alta del todo desarrollado y el pensamiento
silencioso.

En una fase siguiente, de los cuatro y seis años hasta más o menos los siete
años, el lenguaje egocéntrico se interioriza, se convierte en lenguaje interno o
pensamiento verbal; al mismo tiempo se desarrolla un tipo de lenguaje exterior más
idóneo para la comunicación interpersonal.

Los estudios posteriores llevados a cabo por Lurija (1971)3 sobre la “forma” del
control cognoscitivo ejercido por el lenguaje han permitido distinguir:

a) el control del lenguaje sobre el reflejo de orientación: algunos experimentos han


demostrado cómo, al hablar con un niño, es posible remodelar su percepción de
determinado estímulo compuesto, al grado de volver predominante el componente
físicamente más débil de ese estímulo (por ejemplo, si con instrucciones verbales se
le recalca el fondo coloreado de algunas figuras, que era el elemento más débil del
conjunto, se convierte en señal primaria, e incluso los niños pequeños comenzarán
a reaccionar al fondo antes que las figuras en relieve);

b) el control del lenguaje mediante la fundación de código: para efecto de esta función
nominativa —que consiste en decir el nombre de lo que se está haciendo— el sujeto
puede organizar su reacción cognoscitivo-motora. De este modo, el lenguaje entra a
formar parte del comportamiento activo del niño, y en un principio acompaña sus
actividades prácticas, para luego convertirse en una verdadera y propia función de
programación;

c) el control del lenguaje mediante la función de generalización ligada al significado de


las palabras: hacia los cuatro o seis años más o menos, el control del
comportamiento cognoscitivo-motor se efectúa con base en el significado que tienen
las palabras y con base en este significado es como también se ejerce una
capacidad de inhibición sobre la acción práctica. En síntesis, la influencia reguladora
del comportamiento deriva ahora de un sistema de conexiones específicas y
dotadas de significados, que han sido producidas por el lenguaje.

3
Se trata de una serie de importantes investigaciones llevadas a cabo en laboratorio y referentes al “análisis del
desarrollo del papel regulador del sistema verbal en la ontogénesis y de su desintegración en ciertas condiciones
patológicas del cerebro” (Lurija, 1971).

25
Comunicación Oral y Escrita

FUNCIÓN DE COORDINACIÓN DE LAS SECUENCIAS INTERACTIVAS

Para que tenga lugar el intercambio de información del tipo que sea, es preciso
obviamente que la interacción entre los participantes sea iniciada y mantenida; sobre
este tema se ha centrado el interés de algunos investigadores, entre los que vale la
pena recordar a Goffman (1963) y Argyle (1969), así como a otros analistas de
conversación, [Link]. Schegloff (1968).

Desde determinada perspectiva, pues, como ha subrayado Susan Shimanoff en


su obra de 1980, el problema central para todo estudio (y teoría) sobre comunicación es
el del análisis de las reglas que gobiernan y subyacen a todo intercambio interactivo.
Para que sea posible una comunicación y no un acercamiento caótico e incomprensible
de ademanes y palabras, es preciso, en efecto, que los interlocutores compartan reglas
sobre el uso de símbolos, además de una serie de elementos, como son el turnar los
papeles de hablante y oyente, saludarse, despedirse, etcétera.

En este particular desempeñan un papel predominante los elementos no


verbales, en cuanto que permiten la segmentación del flujo de la conversación en
unidades organizadas jerárquicamente y favorecen la sincronización de las
intervenciones de los participantes (Scherer 1980, habla a este propósito de funciones
sintácticas de los signos no verbales).

De las investigaciones de Argyle y Kendon (1967), Argyle (1969), Kendon (1967-


1970) es posible recabar un cuadro detallado de cómo actúan las posturas, gestos,
miradas y otros rasgos del comportamiento en la conversación cara a cara. La mirada, y
en particular el fenómeno del contacto visual, han sido objeto de estudios
experimentales específicos, dado que en la comunicación se pasa un lapso de tiempo
mirándose recíprocamente, mientras que el tiempo restante se dedica a miradas no
recíprocas y hasta a evitar la mirada del otro. Se ha podido comprobar así que la
conversación puede iniciarse con un contacto visual recíproco que señala el deseo y la
intención de los participantes de interactuar.

Una vez iniciada la conversación, cada persona mira de tanto en tanto a la otra.
Quien habla de ordinario quita la mirada al comienzo de frases largas y la fija en el
oyente cuando se encuentra al final de su parlamento: el apartar la mirada, incluso
durante las pausas, no le da al oyente la posibilidad de intervenir, y al propio tiempo
señala la intención del hablante de proseguir con sus afirmaciones.

Fijar la mirada en el oyente al acabar el discurso puede ser una manera de


ofrecer la posibilidad de intervenir y, por tanto, de intercambiar los papeles. Las miradas
durante la interacción tienen también una función más específica de control, en el
sentido de que proporcionan al hablante una retroalimentación sobre cómo su mensaje
ha sido recibido y comprendido. Al mirar al oyente, el que está en uso de la palabra
puede desear controlar, en caso de que aún se mantenga la atención del otro, y de
informarse sobre los efectos producidos por el mensaje transmitido. El análisis atento

26
Comunicación Oral y Escrita

del rostro del otro, de las expresiones de la boca, de las cejas, de los movimientos de la
cabeza, le permiten captar informaciones precisas acerca del grado de atención,
interés, asentamiento, comprensión sobre lo que se está comunicando. A la luz de las
informaciones recibidas, le es posible al hablante regular su comportamiento
continuando con la interacción iniciada, o bien modificándola; por ejemplo, repitiendo o
parafraseando lo que se acaba de decir, con el fin de llegar a la meta que se había
prefijado con la mayor eficacia posible.

En caso de que el interlocutor no se encuentre presente (por ejemplo, en la


conversación telefónica o cuando no es posible recurrir a señales visuales; en un
diálogo con una persona ciega), se recurre a un comportamiento auditivo más
verbalizado, interponiendo expresiones del tipo “interesante, cierto, de verdad, sí, uhm,
etcétera” (Argyle, Lalljee y Cook, 1968).

Por lo demás, durante cualquier conversación, tanto los aspectos lingüísticos


como los paralingüísticos y kinésicos intervienen en regular los intercambios y en definir
la alternancia de las veces o turnos (véase el análisis detallado de Duncan, 1972, sobre
señales y reglas del turn-taking). Un tema interesante en este punto y muy estudiado se
refiere a las modalidades con que el niño adquiere esta capacidad de “turnarse”,
elemento fundamental para establecer una conversación (sobre esto véase el capítulo
VII). Incluso los aspectos kinésicos desempeñan un papel en la regulación de la
interacción. Dittman y Llewellyn (1969) pusieron de relieve que los movimientos del
cuerpo, sobre todo de las manos, se realizan con mayor frecuencia al comienzo de
proposiciones fonéticas (o sea, de unidades naturales del ritmo del discurso que
comprenden una serie de palabras con una única tonalidad) y menos en otros
momentos.

Pero si la proposición no se pronuncia de un tirón, si existen titubeos en el


discurso, los movimientos tienden a acompañar estos titubeos. Ello significa, según los
autores, que modificar un mensaje comporta cierta cantidad de tensión que se puede
expresar en algunos casos a través del movimiento.

Movimientos de la cabeza, unidos a ciertas vocalizaciones de asentimiento o


desavenencia, van siendo producidos por el oyente casi con exclusividad al fin de las
unidades rítmicas del discurso del emisor, con el fin de indicar ora el deseo de insertar
un comentario o incluso una pregunta, ora de proporcionar una retroalimentación.

En general, gran parte del movimiento de quien escucha, según ha subrayado


Kendon (1972), sirve para preparar al otro para que asuman el papel de hablante. La
cabeza, las articulaciones y a veces todo el cuerpo adoptan una nueva postura, con lo
que indican un cambio en el proceso interactivo. Particularmente interesante es el
análisis efectuado por Scheflen (1964) sobre el comportamiento no verbal de los
psiquiatras durante las sesiones psicoterapéuticas. Las tácticas particulares de que
echa mano el psiquiatra se reflejan claramente es sus movimientos, además de en la
postura que asume en los diversos estudios de la interacción: en la fase de audición, el
terapeuta se encuentra arrellanado en el sillón, apartado del paciente, con la cabeza
ligeramente inclinada, con el propósito de permitir asociaciones libres en el paciente.

27
Comunicación Oral y Escrita

En la fase activa de interpretación, por el contrario el terapeuta se inclina hacia


adelante, levanta la cabeza y se mantiene erguido.

Al final de su intervención, vuelve a bajar la cabeza y regresa a la postura de


audición. Scherer (1980) ha hablado a este propósito de “funciones de reacción”, de
señales no verbales, refiriéndose a esas propuestas, relativamente breves y bien
delineadas, que el oyente envía al locutor como retroalimentación. Cabe distinguir tres
tipos principales de señales reactivas. Señales de atención, para comunicar a quien
habla que se está escuchando y prestando atención, señales de comprensión, para
mostrar por ejemplo que se ha comprendido el mensaje, señales de evaluación de las
expresiones del locutor para expresar (por ejemplo, meneando la cabeza o
encogiéndose de hombros) las dudas o el desacuerdo.

El característico alternarse de los papeles, propio de una conversación requiere,


por tanto, que cada participante emita y reciba una serie de señales con el fin de regular
lo que está sucediendo, en el sentido ya sea de mantener la fase presente ya de
permitir el paso gradual a una fase posterior. No se trata empero de una simple
distribución de roles, sino que implica también una coordinación recíproca de
movimientos, definida por Condon y Ogston (1966) como sincronía de la interacción. Se
ha visto, en efecto, que los cambios en el flujo del movimiento entre los participantes
tienden a coincidir. “Es como si quien habla y quien escucha usaran sus movimientos
para marcar el tiempo como si se tratara de una banda de música” (Danziger, 1976,
trad. iit., 82).

Pero hay más, Kendon (1970) demostró que incluso una tercera persona
presente pero que no participe directamente en el intercambio comunicativo puede
también operar cambios de posición exactamente en los puntos límites del ritmo del
discurso de quien habla. El autor presenta el ejemplo de una interacción filmada entre
dos hombres en presencia de una muchacha que está fumando: ésta se inclina hacia
delante para sacudir la ceniza y se echa para atrás exactamente en sincronía con el
ritmo del discurso de los interlocutores directos.

En los diversos tipos de encuentros sociales, además, entran en la sincronía de


interacción otros numerosos mecanismos. Puede darse la coordinación recíproca de
acciones que tiene lugar, por ejemplo, cuando una persona le prende el cigarro a la
otra. Una sincronía particular se da cuando una persona repite, como ante un espejo,
los movimientos de otra. A inclina la cabeza a la derecha y B a la izquierda; o bien A se
arrellana en el sillón y B hace lo mismo. Por lo general es quien escucha el que
reproduce los movimientos del hablante, subrayando de esa manera el estrecho enlace
existente entre ambos.

28
Comunicación Oral y Escrita

FUNCIÓN DE METACOMUNICACIÓN

Como ya se ha señalado en el capítulo I, toda comunicación tiene dos aspectos,


uno referente al “contenido” del mensaje, de la noticia trasmitida, y otro referente al
modo como tal mensaje se ha de tomar y, por tanto, “la relación” que existe entre los
que se comunican.

El aspecto relacional constituye la comunicación sobre la comunicación, o sea, la


metacomunicación. Ésta tiene lugar unas veces mediante expresiones verbales: “estoy
bromeando” o “era un cumplido”, y otras de manera no verbal, por ejemplo, gritando,
sonriendo, arqueando las cejas, etcétera.

“La capacidad de metacomunicar de manera adecuada —afirman Watzlawick y


sus colaboradores (1967), trad. it., 46)— no sólo es la condición sine qua non de la
comunicación eficaz, sino que está estrechamente vinculada con el gran problema de la
conciencia de sí y de los demás.”

Metacomunicar, por tanto, comporta dos operaciones distintas aunque a menudo


conexas: a) percatarse de que el propio sistema de codificación lingüística puede ser
diverso del de los otros; b) evidenciar los aspectos relacionales propios del intercambio
comunicativo. Mizzau (1974) habla del primer aspecto como “conciencia
metalingüística”, consistente en la capacidad de llevar a cabo una acción de reflexión
sobre el lenguaje usado. Si bien el concepto de metalenguaje ha sido formulado por los
estudiosos de la lógica, es parte integrante de nuestra producción lingüística habitual.
Como observa Jacobs (1966): “A menudo en un discurso los interlocutores controlan o
supervisan si los dos están usando el mismo código: ¿Me sigues? ¿Entiendes lo que
quiero decir? Entonces, sustituyendo la señal de dubitación por otra señal que
pertenece al mismo código, el emisor del mensaje trata de hacer este último más
accesible al destinatario.” Esta actividad de análisis del código se vuelve necesaria para
una correcta acción de descodificación de los mensajes: por ejemplo, comprender si
cierta frase tiene carácter ofensivo o irónico, dar una interpretación literal o metafórica a
una concurrencia, decidir si determinada expresión es informativa o directiva.

El éxito de la comunicación consiste, por tanto, en saber poner a discusión el


mensaje, el código y las premisas; cambiar los esquemas de referencia en función de
los contextos; analizar la relación signo-significado en el propio lenguaje y en el otro;
confrontar los códigos sobre la base de los sistemas de valor propio y ajeno (Mizzau
1974.

Está claro, pues, que una acción de esclarecimiento a nivel del contenido puede
resolver malos entendidos en cuanto al uso y significado atribuido a ciertas palabras y
frases; pero es igualmente claro —y la patología nos brinda una extensísima gama de
ejemplos— que a menudo el desacuerdo y la falta de comprensión se basan en la
relación existente entre los interlocutores, en la definición de sí que cada uno pretende
proponer, en la aceptación o rechazo de tal propuesta por parte del otro, etcétera.

29
Comunicación Oral y Escrita

Se ha hablado especialmente del lenguaje; pero también los aspectos no


verbales tienen un papel importante a este propósito.

Ekman y Friesen (1968) analizaron en particular la función metacomunicativa del


comportamiento no verbal, subrayando cómo proporciona elementos mediante los
cuales se interpreta el significado de las expresiones verbales: al evaluar los
sentimientos reales de quien habla, las señales no verbales que acompañan el discurso
pueden constituir índices determinantes. A este propósito los dos autores citados
elaboraron el concepto de canal de dispersión: el comportamiento no verbal, en suma,
queda menos sujeto a la intervención de la censura inconsciente que el lenguaje;
además de que es menos susceptible de falsificación consciente. Mediante un proceso
de automatización de los comportamientos, el individuo tiende a utilizar cada vez menos
en la vida social la retroalimentación interna e interpersonal, hasta privarse de las
informaciones necesarias para ajustar, armonizar y controlar su comportamiento no
verbal. Más aún, muchas personas no son conscientes de lo que hacen con su cuerpo y
a menudo la conciencia y el control del propio comportamiento no se ponen de
manifiesto, y cuando ocurre suelen manifestarse mediante tensión muscular, torpeza,
incomodidad y ansiedad.

Es difícil engañar fingiendo una experiencia no sentida; resulta más fácil para los
profesionales, los actores consumados, los diplomáticos expertos, los abogados
litigantes avezados. De hecho, estos papeles han vuelto a sus protagonistas hábiles y
convincentes “simuladores” del comportamiento no verbal (y verbal).

30
Comunicación Oral y Escrita

Capítulo 2
PERCEPCIÓN DE UNO MISMO Y DE LOS DEMÁSi
PROCESO DE PERCEPCIÓN
La percepción es el proceso de atender selectivamente la información y de asignarle
un significado. Tu cerebro selecciona la información que recibe de tus órganos
sensoriales, la organiza, interpreta y evalúa.
Atención y selección
Aunque estamos sujetos a una constante ráfaga de estímulos sensoriales, solo
enfocamos nuestra atención en algunos cuantos. La manera en que los elegimos
depende, en parte, de nuestras necesidades, intereses y expectativas.

Necesidades. Es probable que pongamos atención a la información que satisface


nuestras necesidades biológicas y psicológicas. Cuando estés en clase, tu nivel de
atención dependerá de la importancia que asignes a la información que estás
recibiendo, es decir, si satisface una necesidad personal.

Intereses. Es probable que pongamos más atención a la información que corresponde


a nuestros intereses. Por ejemplo, es posible que ni siquiera te des cuenta de que hay
una música de fondo hasta que, de pronto, te descubres escuchando alguna “vieja
melodía favorita”. Asimismo, cuando realmente te atrae una persona, es más probable
que pongas más atención a lo que está diciendo.

Expectativas. Por último, es probable que veamos lo que queremos ver y que
ignoremos la información que no cumple nuestras expectativas. Toma un momento
para leer las frases en los triángulos de la figura 2.1. Si no has visto estos triángulos
con anterioridad, es probable que leas “París en la primavera”, “Una vez en la vida” y
“Pájaro en mano”. Pero si examinas las palabras, por segunda ocasión, verás que lo
que has leído no es exactamente lo que está escrito, ¿aprecias ahora las palabras
repetidas? Es fácil pasar por alto la palabra repetida porque no esperamos ver
semejante repetición.

31
Comunicación Oral y Escrita

París Una vez


en la en la Pájaro en
la primavera la vida en mano

2.1 Una prueba sensorial de expectativas

Organización de los estímulos


Aun cuando nuestro proceso de atención y selección limita los estímulos que nuestro
cerebro debe procesar, el número absoluto de estímulos discretos que atendemos
sigue siendo, en cualquier momento dado, sustancial. Nuestros cerebros siguen ciertos
principios de organización para poner en orden estos estímulos, de manera que tengan
sentido. Dos de los principios más comunes que utilizamos son la simplicidad y el
patrón.
Simplicidad. Si los estímulos son demasiados complejos, el cerebro los simplifica
dentro de una forma comúnmente reconocida. Con base en una rápida interpretación
de la indumentaria, la postura y la expresión facial, podemos advertir si una
desconocida es “una exitosa mujer de negocios”, “una reconocida doctora” o bien, “la
mamá de un futbolista”. De manera similar simplificamos los mensajes verbales que
recibimos. Así que, por ejemplo, luego de una larga reunión de análisis con su jefe, en
la que éste describió los cuatro puntos fuertes y las tres áreas de perfeccionamiento de
Toño, éste podría salir y decirle a Joel, su compañero de trabajo, “¡bueno, será mejor
que me ponga a trabajar porque si no, me van a despedir!”
Patrón. Un segundo principio que la mente utiliza cuando organiza la información es el
de encontrar patrones. Un patrón es un conjunto de características utilizadas para
diferenciar unas cosas de otras. Un patrón hace que sea más sencillo interpretar el
estímulo. Por ejemplo, cuando ves un grupo de personas, en lugar de percibir a cada
uno de ellos como individuos, los puedes agrupar por sexo y “ver” hombres y mujeres, o
los puedes agrupar por edad y “ver” niños, adolescentes, adultos y ancianos. Cuando
alguien te pida que menciones qué fue lo advertiste de la gente, se te estará pidiendo
que discutas el patrón. En nuestras interacciones con los demás, tratamos de encontrar
patrones de conductas que nos permitan interpretar y responder a su comportamiento.
Por ejemplo, cada vez que Javier y Beto se encuentran a Sara, ella se acerca y
comienza una animada conversación. Sin embargo cuando Javier está solo y se la
encuentra, ella apenas lo saluda. Después de un tiempo, Javier puede detectar un
patrón en la conducta de Sara. Ella es cálida y amable en presencia de Beto, pero no lo
es cuando éste está ausente. Basándose en este patrón, Javier puede interpretar la
conducta amable de Sara como un “coqueteo a Beto”.

32
Comunicación Oral y Escrita

Interpretación de los estímulos


Al seleccionar y organizar la información que recibe de los sentidos, el cerebro también
interpreta la información asignándole significado. Observa los tres conjuntos de
números que aparecen a continuación. ¿A qué conclusión puedes llegar?
A. 5631 7348
B. 285 37 5632
C. 4632 7364 2596 2174

En cada uno de estos conjuntos, tu mente buscó pistas que dieran algún significado a
cada una de las cifras. Puesto que utilizas este patrón de números todos los días, existe
una probabilidad de que interpretes la serie de números A como un número de teléfono.
¿Qué tal B? es posible que lo hayas visto como un número de registro de seguro social.
¿Y C? La gente que le gusta visitar los centros comerciales y realizar compras con
frecuencia pudo interpretar el conjunto como un número de tarjeta de crédito.

Nuestra interpretación de la conducta de los demás en la conversación afecta la


manera en que nos relacionamos con ellos. Si Javier cree que Sara solo está
interesada en Beto, podría no participar en las conversaciones que ella inicia.
En el resto del capítulo, aplicaremos esta información básica acerca de la percepción al
estudio de las percepciones de uno mismo y de los demás en la comunicación.

PERCEPCIÓN DE LA IDENTIDAD: AUTODEFINICIÓN Y AUTOESTIMA


La autodefinición y la autoestima son dos percepciones de uno mismo que tienen un
importante impacto en la forma en que nos comunicamos. La autodefinición es tu
propia identidad (Baron y Byrne, 2000, p. 160), la idea o la imagen mental que tienes
acerca de tus habilidades, capacidades, conocimientos, aptitudes y personalidad. La
autoestima es la evaluación general que realizas de tu aptitud y méritos (basado en
Mruk, 1999, p. 26). En esta sección, describiremos la manera en que puedes llegar a
comprender quién eres y a determinar si lo que eres está bien. Después, examinaremos
lo que determina el grado en que estas autodefiniciones coinciden con las percepciones
que tienen los demás de ti y el papel que desempeñan en tu comunicación con los
demás.
Formar y mantener una autodefinición
¿Cómo nos enteramos de cuáles son nuestras habilidades, capacidades,
conocimientos, aptitudes y personalidad? Nuestra autodefinición proviene de las
interpretaciones únicas que realizamos de nosotros mismos y que hemos concluido
basándonos en nuestra experiencia, así como también en las respuestas y reacciones
de los demás hacia nosotros.

Autodefinición. Nos formamos impresiones acerca de nosotros mismos basándonos


en nuestras propias percepciones. A través de nuestras experiencias, desarrollamos
nuestro propio significado de las habilidades, capacidades, conocimientos, aptitudes y
personalidad que poseemos. Por ejemplo, si adviertes que es fácil para ti empezar

33
Comunicación Oral y Escrita

conversaciones con extraños y que disfrutas platicar con ellos, puedes concluir que
eres extrovertido y amigable.

Tendemos a subrayar la primera experiencia que tenemos con un fenómeno en


particular. Por ejemplo, alguien que ha sido rechazado en su primer intento de cita
romántica podría verse a sí mismo como una persona que no resulta atractiva para el
sexo opuesto. Si las experiencias siguientes producen resultados similares a los de la
primera, esta primera percepción será fortalecida. Aun cuando la primera experiencia
no se repita inmediatamente, es probable que se requiera más de una experiencia
positiva para cambiar la percepción negativa original.

Cuando tenemos experiencias positivas, es posible que creamos que somos


poseedores de las características personales que asociamos a esa experiencia y que
estas características se vuelven parte de nuestra imagen propia de quiénes somos. Así
que si Sonia resuelve rápidamente los problemas de un programa de computación con
el que Tania ha tenido problemas, es muy probable que incorpore “resolución
competente de problemas” a su autodefinición. Su experiencia positiva confirma que
ella tiene esa habilidad, así que es reforzada como parte de su autodefinición.

Reacciones y respuestas de los demás. Aparte de las percepciones que tenemos de


nosotros mismos, nuestra autodefinición se forma y mantiene por la manera en que los
demás reaccionan y responden ante nosotros (Rayner, 2001, p. 43). Usamos los
comentarios de los demás para verificar nuestras autodescripciones, que sirven para
validar, reforzar o alterar nuestra percepción de quién y qué somos. Por ejemplo, si
durante una sesión de lluvia de ideas en el trabajo uno de tus colaboradores te dice:
“realmente eres un pensador creativo”, puedes decidir que este comentario se ajusta a
la imagen de quién eres. Además, como lo sugiere Rayner, tales comentarios son
especialmente poderosos, pues pueden afectar tu propia percepción si respetas a la
persona que ha hecho el comentario. El poder de estos comentarios es mayor cuando
el elogio es inmediato, más que diferido (Hattie, 1992, p. 251).

Algunas personas tienen autoconceptos muy ricos; pueden incluso describir numerosas
habilidades, capacidades, informaciones, aptitudes y características de personalidad
con las que cuentan. Otros tienen conceptos propios débiles; no pueden describir las
habilidades, capacidades, conocimientos, aptitudes o características de personalidad
que poseen. Cuando más fértil sea nuestro autoconcepto, mejor entenderemos y
sabremos quiénes somos y también estaremos mejor capacitados para lidiar con los
desafíos que enfrentaremos al relacionarnos con los demás.

Nuestros autoconceptos empiezan a formarse desde muy temprano en nuestras vidas y


la información que recibimos de nuestra familia moldea nuestra autodefinición (Demo,
1987). Una responsabilidad mayor de los miembros de la familia es hablar y actuar en
formas que ayudarán a desarrollar autodefiniciones fuertes y precisas en el resto de los
miembros de la familia. Por ejemplo, la mamá que dice: “Roberto, tu habitación se ve
muy limpia, eres muy organizado” o el hermano que comenta: “Karen, el dinero que le
prestaste a Lilia realmente la ayudó; eres muy generosa”, ayudan a Roberto y a Karen a
darse cuenta de partes importantes de sus personalidades.

34
Comunicación Oral y Escrita

Por desgracia, en muchas familias los miembros dañan la imagen propia de los demás
y, en especial, las autodefiniciones que los niños apenas están desarrollando. Culpar,
apodar y señalar repentinamente los defectos del otro es particularmente dañino.
Cuando papá grita: “¡Gustavo, eres tan estúpido! Si te hubieras detenido a pensar, esto
no habría sucedido”, daña la opinión que Gustavo tiene de su propia inteligencia.
Cuando la hermana mayor bromea: “Oye, Tontina, ¿cuántas veces tengo que decirte
que eres demasiado babas para ser bailarina de ballet?”, socava la percepción de
gracia de su hermana menor.
Desarrollar y mantener la autoestima
Como recordarás, la autoestima es la evaluación general que realizamos de nuestra
capacidad y mérito personal. Es además, la evaluación positiva o negativa de nuestra
autodefinición. La evaluación de nuestro mérito personal tiene sus raíces en nuestros
valores y se desarrolla con el tiempo, como resultado de nuestras experiencias. Como
señala Mruk (1999): “La autoestima no es, solamente, lo bien o lo mal que hacemos las
cosas (autodefinición), sino también la importancia y el valor que damos a lo que
hacemos bien o mal” (p.27). Por ejemplo, como parte de su autodefinición, Alfredo cree
que es físicamente fuerte, pero si se considera que la fuerza física no es una
característica que vale la pena tener, y si piensa lo mismo de sus otras características,
entonces no tendrá una autoestima elevada. Mruk argumenta que, para tener una
autoestima elevada, es necesario tener la percepción de poseer una característica, pero
también creer, de manera personal, que esa característica es de un valor positivo.
Al utilizar exitosamente nuestras habilidades, capacidades o información en esfuerzos
que valen la pena, aumentamos nuestra autoestima. Cuando no tenemos éxito al
utilizar nuestras habilidades y capacidades, o cuando las usamos en esfuerzos que no
valen la pena, disminuimos nuestra autoestima.

Precisión de la autodefinición y autoestima


La realidad o exactitud de nuestra autodefinición y autoestima depende de la precisión
de nuestras percepciones y de la manera en que procesamos las percepciones que,
sobre nosotros, tienen los demás. Todos experimentamos éxito o fracaso, y todos
escuchamos algún elogio o crítica. Si ponemos más atención a las experiencias de
éxito y a las respuestas positivas, nuestra autodefinición puede desarrollarse
excesivamente y terminaremos sobreestimándonos. Por el contrario, si percibimos y
nos concentramos en experiencias negativas, dando poco valor a las positivas, o si sólo
recordamos las críticas que recibimos, nuestra imagen propia estará pobremente
formada y nuestra autoestima, indebidamente baja. Ni nuestra autodefinición, ni la
autoestima reflejan, de manera precisa y en ninguno de los casos, quiénes somos en
realidad.

Incongruencia es la brecha entre las percepciones inexactas que tenemos de nosotros


mismos y de la realidad, y construye un problema porque nuestras percepciones de
personalidad pueden afectar más nuestro comportamiento que nuestras capacidades
reales. Por ejemplo, es posible que Ramiro posea en realidad todas las habilidades,
capacidades, información, aptitudes y características de personalidad para un liderazgo

35
Comunicación Oral y Escrita

efectivo, pero si él no advierte que tiene estas características, no dará un paso al frente
cuando se necesite demostrar actitudes de liderazgo. Desafortunadamente, los
individuos tienden a fortalecer sus propias percepciones al ajustar su conducta,
conformándose con esas percepciones. Por tanto, las personas con una autoestima
elevada tienden a conducirse en formas que los llevan a una mayor afirmación,
mientras que la gente con una autoestima baja tiende a actuar de maneras que
confirman la baja autoestima que poseen. La inexactitud de la imagen distorsionada de
uno mismo se magnifica a través de profecías de realización y de mensajes filtrados.

Profecías de realización. Son eventos que resultan de un presagio, pensamiento o


conversación y pueden ser de creación propia o impuesta por otros.

Las profecías de creación propia son esas predicciones que haces de ti mismo. Con
frecuencia “nosotros mismos nos inducimos” al éxito o al fracaso. Por ejemplo, Ernesto
se considera alguien muy social, capaz de conocer a las personas muy fácilmente y se
dice: “Me voy a divertir esta noche en la fiesta”. Como resultado de su autodefinición
positiva, espera encontrarse con extraños, y precisamente, como lo predijo, conoció
distintas personas y se la pasó muy bien. Arturo, por otra parte, se ve a sí mismo como
poco hábil para establecer nuevas relaciones; se dice: “Dudo que conozca a alguien,
me la voy a pasar muy mal”. Puesto que teme encontrarse con extraños, se siente
incómodo como para presentarse él mismo y, justo como lo predijo, se pasa la mayor
parte del tiempo solo y esperando la hora de retirarse.

La autoestima tiene un efecto importante sobre las profecías que realizamos. Por
ejemplo, las personas con una autoestima positiva ven el éxito de la misma manera y
vaticinan, con confianza, que lo pueden repetir; la gente con una autoestima baja
atribuye su éxito a la suerte y predicen que jamás volverá a repetirse (Hattie, 1992, p.
253).

Las profecías impuestas por otros también afectan nuestro desempeño. Cuando los
maestros actúan como si los estudiantes fueran capaces, ellos “compran” esa
expectativa y aprenden. Del mismo modo, cuando los profesores actúan como si los
estudiantes no fueran capaces, éstos pueden vivir “de acuerdo” con estas profecías
impuestas y no tener éxito. Así que, la forma en que nos hablamos a nosotros mismos y
tratamos a los demás afecta las autodefiniciones y la autoestima.

Mensajes filtrados. Una segunda forma en que nuestras percepciones pueden


distorsionarse es a través de la manera en que filtramos lo que los demás nos dicen.
Tendemos a poner atención a los mensajes que refuerzan nuestra imagen propia,
mientras que podemos no “registrar” o subestimar los mensajes que lo contradicen. Por
ejemplo, supongamos que preparas una agenda para tu grupo de estudio. Alguien
comenta que eres un buen organizador. Si pasaste tu infancia escuchando lo
desorganizado que eras, es posible que en realidad, no escuches este comentario o
que lo subestimes. No obstante, si piensas que eres un buen organizador, pondrás
atención al cumplido y quizá lo refuerces al responder, “Gracias, he trabajado mucho
para aprender a ser así. Y conviene serlo”.

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Comunicación Oral y Escrita

Cambio en las autodefiniciones y la autoestima.


La autodefinición y la autoestima son características sólidas, pero pueden cambiar. En
su análisis de distintos estudios, Cristopher Mruk (1999, p. 112) encontró que la
autoestima se incrementa con el trabajo y la práctica, la práctica y más práctica
(sencillamente, no podemos eludir este básico hecho existencial). Entonces, ¿cuál es la
importancia de la autoestima en la comunicación? Nuestra autoestima influye en
nuestra elección de las personas con quienes vamos a relacionarnos. Los
investigadores han descubierto que “la gente con autoestima elevada se compromete
más con parejas que los perciben de manera más favorable; mientras que la gente con
baja autoestima se compromete más con parejas que las perciben de manera menos
favorable.” (Leary, 2002, p. 130)

En este libro consideramos muchos comportamientos de comunicación específicos que


han sido diseñados para aumentar tu capacidad de comunicación. Al comenzar a
perfeccionar y a utilizar estas habilidades, podrás empezar a recibir respuestas
positivas con respecto a tu conducta. Si continúas desarrollando estas habilidades, las
respuestas positivas que recibas perfeccionarán tu autodefinición e incrementarán tu
autoestima.

Autodefinición, autoestima y comunicación


Así como nuestra autodefinición y autoestima afectan la precisión de la forma en que
nos percibimos a nosotros mismos, también influyen en nuestra comunicación
moderando los mensajes internos que compiten en nuestro diálogo interior e influyen en
nuestro estilo de comunicación personal.

Las autodefiniciones moderan el diálogo interior. El diálogo interior es la


conversación interna que tenemos con nosotros mismos. Es posible que las personas
con una autoestima elevada emprendan diálogos internos positivos, tales como “sé que
puedo hacerlo” o “me fue muy bien en esta prueba”. Observa el diálogo interior que tuvo
Adolfo al regresar de una entrevista de trabajo:
Creo que causé una buena impresión en la jefa de personal, es decir, platicó conmigo por un
buen rato. Bueno, conversó conmigo, pero quizá solo estaba tratando de ser amable. Después de
todo, ése es su trabajo. No, no tenía que haber pasado tanto tiempo conmigo. Además se
entusiasmó de verdad cuando le mencioné sobre el internado que hice en el hospital. De hecho,
dijo que estaba interesada en mi internado. Claro que haber hablado de eso no significa que vaya
a marcar alguna diferencia en la opinión que tiene de mí como prospecto de empleado.

Observa que muchos de los mensajes en este diálogo interior son contradictorios. Es
muy probable que lo que determine a cuál de las voces escuchará Adolfo dependa de
sus autodefiniciones. Si tiene una autoestima elevada, con toda seguridad, concluirá
que la persona que lo entrevistó fue sincera. Si, por el contrario, tiene una baja
autoestima y su autodefinición no incluye la aptitud en las habilidades y capacidades
que son de importancia para el empleo, es más probable que “escuche” a las voces
negativas en su cabeza y que concluya que no lo elegirán.

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Comunicación Oral y Escrita

La autodefinición influye en la forma en que hablamos sobre nosotros mismos


con los demás. Si nos sentimos bien con nosotros mismos, existe la probabilidad de
nos comuniquemos de una manera positiva. Por ejemplo, las personas con una
autodefinición sólida y con una autoestima elevada, por lo regular, reconocen sus
logros. Del mismo modo, la gente con autodefiniciones saludables tiende a defender
sus opiniones, incluso tienen el valor para enfrentar argumentos que se oponen a ellas.
Si nos sentimos mal con nosotros mismos, seguramente nos comunicaremos de una
manera negativa, subestimando nuestros éxitos.

¿Por qué algunas personas se subestiman a pesar de lo que han realizado? La gente
que tiene una autoestima baja no está segura del valor de sus contribuciones y espera
que los otros los observen de una forma negativa. Como resultado, los individuos con
una autodefinición mediocre, o una autoestima baja, consideran menos penoso
subestimarse a sí mismos, que escuchar la crítica de los demás. Por lo tanto, para
evitar que los demás critiquen primero su falta de méritos, lo hacen ellos mismos.

Presentaciones
Nos presentamos a los demás a través de las distintas representaciones, o roles, que
actuamos. Una representación es un patrón de conductas aprendidas que la gente
utiliza para satisfacer las exigencias requeridas en un contexto en particular. Por
ejemplo, en un solo día, puedes desempeñar los roles de estudiante, hermano o
hermana y empleado.

Nuestras representaciones pueden ser el resultado de nuestras propias necesidades,


de las relaciones que formamos, las expectativas culturales, las expectativas de los
grupos a los que elegimos pertenecer y de nuestras propias decisiones conscientes.
Por ejemplo, al primogénito de una familia numerosa puede adjudicársele el papel de
padre sustituto, o de modelo a seguir, para los hermanos menores. O si tus amigos te
consideran un “bromista”, puedes seguir llevando a cabo tu representación, riendo y
contando chistes, aun cuando en realidad te sientas lastimado u obligado. Todos
representamos numerosos roles diariamente y giramos en torno a diferentes
habilidades y atributos al representar estos papeles. Con cada nueva situación,
podemos poner a prueba un rol que sabemos representar, o bien podemos decidir
intentar representar un nuevo papel.
Diferencias culturales y de género
La cultura influye en la percepción y afecta las perspectivas de identidad de la gente. La
mayoría de los estadounidenses comparten lo que se llama “la visión de identidad
occidental”, la cual sostiene que el individuo es una entidad autónoma que comprende
distintas capacidades, rasgos, motivos y valores, y que estos atributos originan la
conducta. Además, las personas con esta visión occidental ven al individuo como la
unidad social más básica; así, las nociones de autodefinición y autoestima están
elaboradas a partir de la idea de independencia de los demás y del valor de descubrir y
expresar la unicidad individual. (Samovar y Porter, 2201, pp. 61-65).

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Comunicación Oral y Escrita

La gente que comparte una visión de identidad oriental cree que la familia, no el
individuo, es la unidad social más pequeña. En estas culturas las habilidades,
capacidades, información y características de personalidad que son valoradas son
radicalmente diferentes. Los niños que son educados en culturas occidentales llegan a
valorar características personales que están asociadas con la independencia, valor que
implicará una autoestima elevada para ellos. Sin embargo, en las culturas orientales, el
niño participa en la aculturación hacia una mayor interdependencia (Samovar y Porter,
2001, p. 120). Estos niños desarrollarán una autoestima más elevada cuando se
perciban más serviciales, útiles y modestos.

Del mismo modo, en muchas sociedades, los hombres y las mujeres se adaptan al
medio social para concebirse de manera diferente y valorar quiénes son de acuerdo a si
su comportamiento corresponde a lo que es esperado de su sexo. En las culturas en las
que se espera que las mujeres sean las que eduquen a los hijos, brinden cuidado y
atiendan la vida del hogar y la familia, aquellas que perciban que tienen esas
habilidades, capacidades, información, aptitudes y características de personalidad
requeridas para desempeñar tales labores, tendrán definiciones propias enriquecidas y
una autoestima elevada. En cambio, es probable que las mujeres que no posean esos
atributos tengan menos confianza en sí mismas y una autoestima más devaluada.

PERCEPCIÓN DE LOS DEMÁS


Cuando nos relacionamos con los demás, nos enfrentamos con un importante número
de interrogantes: ¿tenemos algo en común?, ¿nos aceptarán y valorarán?, ¿seremos
capaces de salir adelante? Puesto que esta incertidumbre nos inquieta, tratamos de
mitigarla. Charles Berger describe el proceso que utilizamos para superar nuestro
malestar como reducción de incertidumbre, es decir, el proceso de monitorear el
medio ambiente social para aprender más acerca de uno mismo y de los otros
(Littlejohn, 2002, p. 243). Cuando la gente actúa de manera recíproca, obtiene
información y se forma impresiones de los demás, las cuales serán reforzadas,
intensificadas o cambiadas al desarrollarse las relaciones. Del mismo modo que con
nuestras autodefiniciones, las percepciones sociales que tenemos de los demás no
siempre son precisas. Es probable que los factores que influyen en las percepciones
que tienes de los demás incluyan tanto sus características físicas y conductas sociales,
como tu empleo del estereotipo y estado emocional.

Análisis de las características físicas y de las conductas sociales

Las percepciones sociales, en especial las famosas “primeras impresiones”, con


frecuencia se forman con base en las características físicas y las conductas sociales.
Usamos las primeras impresiones como herramientas que nos ayudan a comprender a
los demás y, para construirlas, utilizamos las características físicas en el siguiente
orden: raza, género, edad, apariencia, expresiones faciales, contacto visual,
movimiento, espacio personal y tacto. Es probable que a partir de la atracción física que
las personas ejercen en nosotros (rasgos faciales, altura, peso, arreglo personal,
indumentaria y tono de voz), las clasifiquemos en amigables, amistosas, inteligentes,

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Comunicación Oral y Escrita

tranquilas o todo lo contrario (Aronson, 1999, p. 380). En un estudio realizado


recientemente, la gente valoró a las mujeres profesionistas vestidas de traje como más
poderosas que las que están vestidas de otra manera. (Temple y Loewen, 1993, p.
345). Muestra a un amigo una fotografía de tu hijo, de tu tío o de tu abuela, ¡seguro que
tu amigo podrá formarse una impresión completa de la personalidad de tu pariente
basándose solamente en la fotografía!

Las primeras impresiones también pueden basarse en las conductas sociales de la


persona. En ocasiones, formamos nuestras impresiones al observar sólo un
comportamiento único. Por ejemplo, luego de una fiesta organizada en la oficina, Carlos
le preguntó a Sara lo que opinaba de Gabino, uno de los representantes de servicios a
cliente. Sara, quien en una ocasión había visto la manera en que Gabino interrumpía a
Yolanda, contesto, “¿Gabino? Ah sí. Se cree muy importante”.

Algunos de los juicios que realizan los demás se basan en teorías implícitas de
personalidad, premisas que la gente ha desarrollado acerca de algunas características
y rasgos de personalidad o conducta que están asociadas con otras (Michener y
DeLamater, 1999, p. 106).

Si tu propia teoría implícita de personalidad dice que ciertos rasgos van juntos, es
probable que generalices y que adviertas que una persona tiene un conjunto completo
de características cuando, en realidad, has observado sólo una característica, rasgo o
comportamiento. Cuando esto ocurre tu percepción muestra lo que se conoce como
efecto de halo. Por ejemplo, Hilda ve que Susana saluda y da la bienvenida
personalmente a cada una de las personas que llegan a la reunión. La teoría implícita
de personalidad de Hilda relaciona esta conducta con la calidez; la calidez con la
bondad, y la bondad con la honestidad. Como resultado, advierte que Susana es
buena, honesta y cálida.

En realidad, Susana podría ser una embustera que utiliza su calidez sólo para inducir
en la gente una falsa sensación de confianza. Este ejemplo demuestra un “halo
positivo” (Hilda le asignó características positivas a Susana), pero también utilizamos la
teoría implícita de personalidad para atribuir características negativas de manera poco
precisa. De hecho, Hollman (1972) descubrió que la información negativa influye en
nuestras impresiones con más firmeza que la información positiva. Por ello, es más
probable que veamos el efecto de halo negativo en los demás que el positivo.

Los efectos de halo parecen ocurrir más frecuentemente bajo una, o más de estas tres
condiciones: 1) cuando el que percibe juzga rasgos en los que tiene una experiencia
limitada, 2) cuando los rasgos tienen fuertes tonos morales y 3) cuando se trata de una
percepción producida por alguien que el que percibe conoce bien.

Dado que estamos influidos por cantidades limitadas de información, tendemos a llenar
los huecos con detalles. Esta tendencia nos lleva a un segundo factor que afecta la
percepción social: el estereotipo.

40
Comunicación Oral y Escrita

Estereotipo

Tal vez el factor más conocido que influye en nuestras percepciones de los demás sea
el estereotipo. Los estereotipos son “atribuciones que cubren las diferencias
individuales y que asignan ciertas características a un grupo entero de personas” (Hall,
2002, p. 198). Así, cuando nos enteramos de que alguien es hispano o musulmán,
jugador de ajedrez, maestro de primaria o enfermero (en síntesis, cualquier grupo
identificable), usamos esta información para atribuir a la persona un montón de
características de grupo que, en su conjunto, pueden ser positivas o negativas, exactas
o inexactas. (Jussim, McCauley y Lee, 1995, p. 6).

Es probable que desarrollemos percepciones generalizadas acerca de cualquier grupo


con el que entremos en contacto. Entonces, cualquier número de pistas de percepción
(color de piel, acento, estilo de ropa, una medalla religiosa, cabello cano, sexo, etc.)
puede llevarnos a proyectar nuestra percepción generalizada sobre un individuo en
particular. Según Hall (2002, p. 201), no formamos la mayor parte de los estereotipos
que utilizamos a partir de nuestra propia experiencia, sino que los aprendemos de la
familia, los amigos, los compañeros de trabajo y los medios de comunicación masiva.
Así que adoptamos los estereotipos antes de tener cualquier “prueba” personal. Y,
puesto que los estereotipos guían lo que comprendemos, nos pueden llevar a tomar en
cuenta la información que los confirma y a pasar por alto la información que los
contradice.

El estereotipo contribuye a las imprecisiones en la percepción, pues ignora las


diferencias individuales. Por ejemplo, si el estereotipo que David tiene de los abogados
incluye que son poco éticos, entonces utilizará este estereotipo cuando conozca a
Denise, una mujer de altos principios y que resulta ser una abogada exitosa.
Seguramente podrás pensar en ejemplos en los que hayas sido víctima de un
estereotipo que se basó en tu género, edad, herencia étnica, clase social,
características físicas o cualquier otra identidad de grupo. Si es así, sabes lo perjudicial
que puede ser el uso del estereotipo.

Cuando utilizamos los estereotipos como base de nuestra interacción social, nos
arriesgamos a tener una mala comunicación y a herir los sentimientos de los demás. Un
amigo afroamericano que fue educado en un hogar de clase media, cuenta la siguiente
historia acerca de su primer día en la universidad. Se encontraba en la oficina de
registro, donde acababa de seleccionar sus clases. Al momento en el que se dirigía a la
caja para realizar el pago que cubría su colegiatura, el decano de la universidad lo
saludó cálidamente, le dio la bienvenida a la escuela y lo condujo a la fila de solicitud de
becas. Él se sintió ofendido. Parece que parte del estereotipo que tenía el decano era
que los estudiantes negros que asisten a la universidad lo hacen gracias al sistema de
becas.

Como lo sugiere este ejemplo, estereotipar puede llevarnos al prejuicio y a la


discriminación. De acuerdo con Hall (2002), el prejuicio es “una actitud rígida que se
basa en la pertenencia a algún grupo y predispone al individuo a sentir, pensar o actuar
de manera negativa hacia otra persona o grupo” (p. 208). Toma en cuenta la diferencia

41
Comunicación Oral y Escrita

entre un estereotipo y un prejuicio: mientras que un estereotipo es un conjunto de


convicciones o expectativas, un prejuicio es una actitud positiva o negativa; ambas se
relacionan con la pertenencia a algún grupo. Los estereotipos y los prejuicios son
cognoscitivos, lo que significa que son cosas que pensamos.

La discriminación por otro lado es una acción negativa hacia un grupo social, o hacia
sus miembros, debida a la pertenencia a un grupo (Jones, 2002, p. 8). Mientras que el
estereotipo y el prejuicio tienen que ver con las actitudes, la discriminación implica una
acción negativa. Por ejemplo, cuando Laura descubre que Wasif, un hombre al que
acaba de conocer es musulmán, puede estereotiparlo como chauvinista. Si ella es
feminista, puede usar este estereotipo para prejuiciarlo y asumir que él espera que las
mujeres sean serviciales y sumisas. Por tanto, se forma un prejuicio sobre él. Si actúa
de acuerdo a su prejuicio, puede llegar a discriminarlo, por ejemplo, si se niega a
participar con él en un proyecto escolar. De este modo sin llegar a conocer a Wasif,
Laura utiliza su estereotipo para prejuzgarlo y discriminarlo. En este caso, puede ser
que Wasif nunca llegue a tener la oportunidad de ser conocido por lo que realmente es,
y Laura puede haber dejado pasar la posibilidad de colaborar con el mejor estudiante
del salón.

Los estereotipos, los prejuicios y la discriminación, al igual que la autodefinición y la


autoestima, pueden ser difíciles de cambiar. La gente es propensa a mantener sus
estereotipos y prejuicios aun enfrentándose a evidencias que los contradigan.

El racismo, el etnocentrismo, el sexismo y otros “ismos” ocurren cuando un grupo con


poder cree que sus miembros son superiores a aquellos que pertenecen a otro grupo, y
que esta superioridad le otorga el derecho de dominar o discriminar al grupo “inferior”.
Debido a que los “ismos” pueden estar profundamente inculcados y ser sutiles, es muy
fácil que pasemos por alto comportamientos que adoptamos y que son racistas y
sexistas.

Toda la gente puede ser víctima de los prejuicios y todos pueden discriminar. Sin
embargo, “los prejuicios de los grupos de poder son más determinantes en sus
consecuencias que otros” (Sampson, 1999, p. 131).
Estados emocionales
Un factor final que afecta la exactitud con la que percibimos a los otros es nuestro
estado emocional en el momento de la interacción. Con base en sus hallazgos, Joseph
Forgas (1991) concluyó que “existe una amplia y penetrante tendencia de la gente a
percibir e interpretar a los otros en términos de sus (propios) sentimientos en un
momento dado” (p. 288). Si por ejemplo, te enteras de que te dieron el servicio de
internado que solicitaste, es posible que tu buen humor provocado por la noticia, se
desborde y te lleve a percibir las otras cosas y personas de manera más positiva de lo
que lo harías bajo otras circunstancias. Si por otra parte, recibes una baja calificación
en un trabajo que pensaste que estaba bien escrito, es probable que las percepciones
de la gente que te rodea estén coloreadas por la desilusión y el enojo que la calificación
te produjo.

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Comunicación Oral y Escrita

Nuestras emociones también nos motivan a comprometernos con percepciones


selectivas, ignorando la información inconsistente. Por ejemplo, si Dora siente una
atracción física hacia Nico, se enfocará sólo en el lado positivo de su personalidad y
tenderá a no fijarse en el lado negativo, que es obvio y aparente para los demás.

Nuestro estado emocional también afecta nuestras atribuciones (Forgas, 2000, p.


397). Las atribuciones son las razones que damos para la conducta de los otros.
Además de realizar juicios acerca de la gente, intentamos fabricar razones para su
comportamiento. De acuerdo con la teoría de atribución, lo que determinamos, correcta
o incorrectamente, que son las causas del comportamiento de los otros tiene un
impacto directo sobre nuestra percepción de ellos. Por ejemplo, imagina que un
colaborador con el que tenías una cita para almorzar no llegó a las 12:20. Si te cae bien
y lo respetas es probable que atribuyas su tardanza a algo externo: una importante
llamada telefónica de último minuto, la necesidad de terminar un trabajo antes del
almuerzo o algún accidente. Si no tienes interés personal en tu colaborador, es
probable que atribuyas su tardanza a algo interno: olvido, desconsideración o mala
intención. En cualquier caso, tu atribución casual afectará la percepción que tienes de él
y, probablemente, la manera en que lo tratarás en el futuro.

Al igual que los prejuicios, las atribuciones casuales pueden ser tan fuertes que resistan
la evidencia contraria. Si la persona no te interesa de manera particular, cuando llegue
y explique que tuvo una llamada de emergencia de larga distancia, es probable que no
le creas o que minimices la urgencia de la llamada. Un primer paso para perfeccionar
nuestra exactitud de percepción es estar consciente de que nuestras características
físicas y conductas sociales, los estereotipos y los estados emocionales afectan las
percepciones que tenemos de los otros.

Ahora queremos presentarte tres principios y una técnica de comunicación que puedes
utilizar para mejorar la precisión de las percepciones sociales que tienes de los otros.
Cómo mejorar la percepción social
Ya que las inexactitudes en la percepción son comunes e influyen en la manera en que
nos comunicamos, mejorar la precisión de la percepción es un primer paso fundamental
para convertirse en un comunicador competente. Los siguientes principios pueden
ayudarte a construir una impresión más realista de los demás, así como a evaluar la
validez de tus propias percepciones.
1. Cuestiona la precisión de tus percepciones. Para hacerlo, deberás comenzar
diciéndote: “Sé lo que creo que vi, escuché, probé, olfateé o sentí, pero podría estar
equivocado. ¿Qué otra información debería tener?” Al aceptar la posibilidad de un
error, puedes motivarte para buscar una verificación ulterior. En situaciones en las
que la exactitud de la percepción es importante, toma unos cuantos segundos para
verificar. Valdrá la pena el esfuerzo.

2. Busca más información para verificar las percepciones. Si tu percepción se


basa en uno o dos fragmentos de información, intenta obtener información adicional

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Comunicación Oral y Escrita

para que tus percepciones estén mejor fundadas. Toma en cuenta que tu
percepción es tentativa, es decir, sujeta a cambio.

La mejor manera de obtener información acerca de la gente es platicar con ella. Por
desgracia, tendemos a evitar a las personas que son diferentes a nosotros, por lo
que no sabemos mucho de ellos. Como consecuencia, basamos nuestras
percepciones (y luego, nuestra conducta) en estereotipos. Está bien sentirse
inseguro acerca de la manera en que debemos tratar a alguien de otro grupo, pero,
más que dejar que tu incertidumbre te lleve a cometer errores, platica con la persona
y pídele la información que necesitas para estar más cómodo.

3. Entiende que las percepciones que tengas de una persona cambiarán con el
tiempo. Con frecuencia, la gente fundamenta su comportamiento en percepciones
que ya son obsoletas y que se basan en información incompleta. Así como tú has
cambiado, también lo han hecho los demás. Cuando te encuentres con alguien que
no has visto en mucho tiempo, permite que su comportamiento actual, más que su
comportamiento en el pasado, o su reputación, sea lo que influya en tus
percepciones. El hecho de que un antiguo compañero de clases fuera un “rebelde”
en la escuela preparatoria, no significa que no haya cambiado y se haya convertido
en un adulto maduro y responsable.
Víctor, el mensajero de la compañía, entrega un memorando a Edith. Al leer la nota, los ojos de Edith se
iluminan y esboza una sonrisa. Víctor dice: “Oye, Edith, pareces muy complacida. ¿Tengo razón?”
César, quien habla en frases cortas y precisas, con un tajante tono de voz, entrega a Enrique su
asignación del día, y éste dice: “Por el tono de tu voz, César, no puedo evitar tener la impresión de que
estás molesto conmigo, ¿cierto?
La evaluación de las percepciones te permite verificar tu percepción o corregirla antes
de actuar con base en ella. Por ejemplo, cuando Enrique dice: “No puedo evitar tener la
impresión de que estás molesto conmigo, ¿cierto?”, Cesar puede responder: 1) “No,
¿qué te dio esa impresión?” En ese caso, Enrique puede describir, de manera más
amplia, las pistas que recibió; 2) “Sí, lo estoy.” En cuyo caso Enrique puede hacer que
César especifique lo que ha provocado esos sentimientos, o 3)”No, no eres tú; es sólo
que tres miembros de mi equipo no se han presentado a trabajar.” Si César no está
molesto con él, Enrique puede considerar las claves que lo llevaron a malinterpretar los
sentimientos de César; si César está enojado con él, Enrique ha creado una
oportunidad para limar asperezas. Aun cuando tus percepciones iniciales pueden ser
correctas, cuando no realizas una evaluación de percepción verbal, corres el riesgo de
actuar a partir de hipótesis engañosas.

ii
Verderber y Verderber. ¡Comunícate! Capítulo 2: “Percepción de uno mismo y de los demás” pp. 25-43, Thomson.
11ª. Edición, México: 2005

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