Tzukán
De acuerdo con la leyenda, Tsukán, que así se llama la criatura, habita en
cenotes y ríos subterráneos, desplazándose por pasajes y túneles en toda
la Península de Yucatán, donde cuida que no falte el agua. Sin embargo, la
noble misión no la ejerce por gusto, sino como castigo. Sucede que, en
tiempos antiguos, tuvo la osadía de encararse con el mismísimo Chaac, el
Señor de la Lluvia, a quien no sólo increpó con voz seca y profunda, sino
que se atrevió a desafiar su poder y contradecir sus deseos.
En ese entonces, Chaac estaba preocupado porque una prolongada
sequía había secado los cenotes, lo que ponía en riesgo las cosechas y la
vida de hombres y animales. Entonces se sentó en lo que creyó era un
grueso tronco, que de repente se revolvió y amenazó al "atrevido" que se
había sentado sobre él.
La deidad, enojada ante la insolencia de la gigantesca serpiente, cuyo
cuerpo puede atravesar varios caminos de lado a lado y tiene un aspecto
intimidante, la montó y luchó con ella en el aire. Durante la pelea, Tsukán
desarrolló crines y alas que le permitieron alzarse en el aire y cruzar el
cielo a gran velocidad. Aprovechando esto, el dios lo encaminó a la costa,
con el fin de llevar agua de mar a los cenotes y reabastecerlos.
La portentosa serpiente, que hasta entonces sólo había vivido en cuevas y
llanos, quedó asombrada al contemplar el vasto mar. Tanta extensión de
agua le pareció increíble y quiso quedarse a vivir allí. Pero Chaac tenía
otros planes. Le encomendó vigilar el agua subterránea de la península y
estar pendiente de que nunca faltara. Sólo podría ir al mar cuando
envejeciera y se acercara al final de su vida.
Pero incluso cuando esto ocurre, los cenotes no se quedan sin vigilancia,
pues al morir Tsukán se convierte en lluvia y se filtra hasta las corrientes
subterráneas de agua, donde vuelve a nacer para continuar su misión. Allí
permanece, en la oscuridad. Sus ojos atentos, brillantes y terribles, se
aseguran de que nunca falte el líquido.
la vela encomendada
Una tarde en Teocelo, el 2 de noviembre, soplaba un aire frío característico de
los días de muertos, las personas arreglaban su altar mientras una señora, ajena a
las fechas, cosía vestidos en su casa, como siempre; de vez en cuando llegaba
hasta ella el olor de copal mezclado con el de las flores, o el de la comida
puesta en los altares.
Bajo la luz de una lámpara se apresuraba a terminar unas prendas que debía
entregar al día siguiente, cuando se apagó la luz; la señora buscaba una vela
entre los cajones de la comida, pero en lugar de ir a la cocina abrió la puerta de
la calle, donde la esperaba una mujer alta, muy flaca, que traía una enorme vela
encendida.
Sin darle tiempo a negarse, se la puso entre las manos diciéndole:
– Toma esta vela, la puedes usar para seguir cosiendo y no se terminará. Yo
vendré por ella el fin de semana.
Entonces, sin saber qué hacer, la costurera cerró la puerta en el momento en que
volvió a encender la luz y vio con horror que lo que tenía en las manos no era una
vela, sino un hueso largo de muerto, que soltó con un grito de miedo. No sabía
qué podía significar eso, tampoco su marido, pero una vieja que vivía cerca les
dijo:
– La muerte vendrá por ti cuando recojas la vela de hueso, a menos que consigas
un niño pequeño, de meses, y se lo enseñes antes de darle la vela, si llora, mejor.
Debería ser un niño prestado, de otro modo la muerte lograría su propósito. No
era fácil conseguir al niño. Cuando los vecinos se enteraron de que todo se debía
a que la señora no había respetado lo que ellos creían, y que la tradición
señalada no había sido tomada en cuenta, le cerraron las puertas.
El último día de la semana, la mujer aguardaba en la penumbra de su casa,
segura ya de que la muerte vendría por ella, cuando llegó su marido con un niño
pequeño. Hacía días que ella estaba enferma y no recordaba bien lo que tenía
que hacer, sin embargo, lo tomó en brazos y se sentó de nuevo a esperar.
La noche pareció volverse más oscura, cuando tocaron la puerta. Tomó la vela en
una mano y en la otra al niño, que se despertó y empezó a llorar a gritos. En el
instante de abrir la puerta, la aparición se deshacía entre jirones de niebla y en
la mano sólo le quedaba un montón de ceniza.
Esta vez, la muerte tendría que esperar un año más para sorprender a alguien
que no respetara la tradición.